El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 21 de marzo de 2010

 Del alfiler al elefante / Blog de Lluís Bassets

Sobre la pena de telediario

Sin gloria de telediario no hay pena de telediario. Esta pena no la sufren los seres oscuros y desconocidos. Alguien podría construir una ecuación: cuanta mayor ha sido la exposición de alguien en los telediarios, mayor es la pena que sufre esta persona cuando aparece esposada y transportada por la policía en el telediario. ¿Totalitaria la pena de telediario? En ningún otro país como en Estados Unidos tiene tanta vigencia la pena de telediario. Estrellas cinematográficas, cantantes, deportistas y políticos, desde gobernadores hasta congresistas, aparecen de vez en cuando esposados ante el juez, deslumbrados por los flashes y apretujados por los periodistas. La justicia totalitaria es secreta y opaca. Se detiene, juzga y ejecuta en silencio. Se solicita a las cámaras sólo para lo imprescindible. Pero el grueso del procedimiento penal se produce en los sótanos, en habitaciones aisladas y de paredes espesas, para que arriba no se oigan los gritos de horror de los condenados. Hay casos especiales, es verdad, en los que se combina el arcaico ejercicio de ejemplaridad pública con la fría actuación de la maquinaria totalitaria. Por ejemplo, las ejecuciones en los estadios chinos o iraníes, por tiro en la nuca o por la grúa convertida en horca. Pero ahí no hay pena de telediario. Los reos llegan al cadalso después de que ya se les ha extraído cualquier asomo de dignidad y de vergüenza. Estamos ante la pura amenaza colectiva. También hay el delito de telediario: ocuparlo hasta convertirse en su propietario. De todos los telediarios. Quien lo comete es quien más puede temer que algún día le llegue la pena de telediario. No sucederá: pero por si acaso, el mayor delincuente de telediario, Berlusconi, de vez en cuando regala a los periodistas con el gesto sarcástico de mostrarse como si estuviera esposado ante ellos. Activa así la imaginación y recuerda que ésta es la mayor pena que se le podría infligir. Pero también actúa como una carcajada y un exorcismo para que no suceda.

[Publicado el 06/11/2009 a las 10:43]

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Fotos de aniversario

Las celebraciones son el momento de las fotos, las imágenes fijas que congelan el fluir de los acontecimientos. Hace un año Barack Obama vencía en las elecciones presidenciales más emocionantes del último medio siglo, después de unas primarias demócratas y de una campaña electoral deslumbrantes. Hace 20 años caía el muro de Berlín y empezaba el desmoronamiento del bloque comunista, que abría las puertas a una organización del planeta radicalmente distinta, regida por la globalización y la multipolaridad. Ambas celebraciones se juntan estos días con otras imágenes y nos ofrecen como en un mosaico la nueva configuración del mundo que Fareed Zakaria ha llamado posamericano. Las elecciones de Virginia y Nueva Jersey reconfortan al deprimido Partido Republicano y recuerdan las dificultades de Obama para traducir en hechos sus maravillosas palabras. Angela Merkel, la canciller alemana recién reelegida, habla en sesión especial al Congreso para agradecer a Washington su aportación a la libertad de los europeos. General Motors anuncia la anulación de la venta de Opel a un consorcio ruso-canadiense, poniendo en peligro millares de puestos de trabajo en la industria automovilística europea. El cazurro presidente checo Václav Klaus firma finalmente el Tratado de Lisboa. La cúspide institucional de la Unión Europea -el premier sueco y presidente en ejercicio Fredrik Reinfeldt, el presidente de la Comisión, Jose Manuel Durão Barroso, y el alto representante para Política Exterior, Javier Solana- se reúnen en la Casa Blanca con Obama y su equipo en la rutinaria cumbre semestral transatlántica, despertando como casi siempre la misma escasa atención de la prensa internacional. Es una buena agenda semanal para revisar los 20 años de retraso que lleva Europa. De aquella noche berlinesa del 9 de noviembre de 1989 surgieron las tareas que debían emprender los europeos: unificar el continente, darle una moneda común y proporcionarle una identidad política exterior. Sólo la mitad del programa entonces esbozado ha sido cumplido, aunque arrastrando los pies y con un retraso tal que cabe preguntarse a estas horas si se llega a tiempo. No se quiso hacer en Maastricht (1992). Tampoco se consiguió en las revisiones de Amsterdam (1997) y, menos aún, de Niza (2001), aunque nunca se frenó la ampliación de la UE, primero a 15, luego a 25 y finalmente a 27. Lo que estaba en los propósitos iniciales se ha conseguido al fin con el Tratado de Lisboa, revisión a la baja de la fracasada Constitución Europea, cuya ratificación y rúbrica se ha conseguido esta misma semana. El comensal llega tarde al convite internacional y sin haberse enfundado y acomodado todavía a su nuevo traje. Cuando en Berlín empezó todo, el mundo giraba sobre el eje transatlántico, esa relación especial construida durante el siglo XX en dos guerras mundiales y en la guerra fría. Ahora mismo, cuando los europeos nos disponemos a sentarnos aparentemente con una sola voz en la mesa de los negocios internacionales, el eje del mundo se ha desplazado del Atlántico al Pacífico y la resolución de los grandes problemas -la recuperación económica, el desarme nuclear o el calentamiento global- ya no pasan por las cancillerías europeas sino por la Casa Blanca y el complejo pequinés de Zhongnanhai. Obama y los demócratas tienen sus propias preocupaciones a un año de la victoria electoral. Pero las preocupaciones de los Gobiernos europeos, a 20 años de la caída del Muro, deberían ser todavía más serias, respecto a su papel en el mundo y respecto a sus relaciones con Estados Unidos. Jeremy Shapiro y Nick Witney, dos especialistas en las relaciones transatlánticas, lo explican con precisión en su trabajo Hacia una Europa posamericana, elaborado por encargo del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. Los Gobiernos europeos tienen una actitud fetichista e infantil hacia Washington. Piensan todavía en términos de guerra fría, como si la seguridad de Europa dependiera de Estados Unidos. Muchos tienen una fijación en la relación especial de cada uno por separado con la superpotencia. Conciben la relación transatlántica como un bien superior en sí mismo y actúan como si la UE y EE UU compartieran exactamente los mismos intereses. Shapiro y Witney propugnan una UE más pragmática y menos sentimental, que tome más responsabilidades en la guerra de Afganistán, las relaciones con Rusia o la paz en Oriente Próximo. Señalan, en cambio, que sobran cumbres, foros y diálogos. Su paper, en la semana de las fotos conmemorativas, es un jarro de agua fría que debiera despertar a los dormidos Gobiernos europeos. (Enlace con el portal del European Council on Foreign Relations, donde se puede leer el 'paper' en cuestión)

[Publicado el 05/11/2009 a las 10:26]

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La fijación de la identidad

¿Qué significa ser francés? Fijar la identidad se ha convertido en la fijación de Nicolas Sarkozy. Y no estamos hablando de cualquier identidad, una cuestión peliaguda que afecta incluso a los individuos. Tampoco valen ciertas identidades colectivas, como preguntarse qué significa ser marsellés, bretón o europeo. La identidad que conviene es la nacional. Menuda pregunta. Y menudo momento para plantearla. Tiene razón Segolène Royal cuando dice que la nación en su origen era de izquierdas. ¿Pero lo es ahora? La idea, pensada para lidiar con la inmigración, tiene que ver más con la derecha, incluso extrema del Frente Nacional, cuyos votos Sarkozy persigue, que con la izquierda. Incluso cabe intuir que uno de los objetivos que se persigue es dividir a la izquierda, sabiendo que los jacobinos de tan fuerte tradición y arraigo franceses se agruparán detrás de la pregunta con el presidente de al República y dejarán descolgados a los otros. Quedarán con el pie cambiado quienes piensen en términos de identidades múltiples y solapadas o consideren el debate identitario como una maniobra para secuestrar el concepto de ciudadanía. No es cuestión de traernos el debate de Francia. Si el Gobierno ha querido poner en marcha la maquinaria del Estado, con los prefectos a la cabeza, para lanzar un gran debate nacional sobre la identidad nacional, será por qué no tiene otra cosa más importante que hacer. Pero lo más interesante es que la forma adoptada dice mucho de Francia y de su identidad nacional. Dice tanto que casi puede darse por cerrado el debate. Como es de todos sabido, no es la sociedad, sino el Estado quien construye históricamente la nación francesa. De ahí que nada más adecuado que sea también el Estado quien plantee el debate. Y quien también lo zanje cuando haga falta. (Enlace con el portal oficial del debate).

[Publicado el 04/11/2009 a las 07:38]

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La lista de la corrupción

En cabeza de todos, los corruptores. En segundo lugar, los corruptos. En tercer lugar, los facilitadores, todos cuantos aportan sus saberes técnicos, sus habilidades para organizar los manejos: urbanistas, arquitectos, abogados, fiscalistas, economistas. En último lugar, los que miran a otro lado: la oposición, los auditores y controladores, los fiscales y jueces, los periodistas. Cada uno puede ir llenando la lista. Teniendo en cuenta que muy rápidamente corren los puestos en la escala. Los corruptos que se convierten en corruptores, los facilitadores que devienen corruptos, los despistados que se convierten en facilitadores. Es el sino de la sociedad que no sabe atajar el mal: irá bajando por el cuerpo hasta infectarlo todo. No hay corrupción sin corruptores. Cuanto más poderosos, más intensa su corrupción. (Cuanto más intensa, más difusa). Cuanto más poderosos, más ocultos y de difícil localización. Y cuanto más poderosos, más responsables. El pescado empieza a corromperse por la cabeza. Pero la obligación de atajarla y evitar que la metástasis nos alcance a todos es de todos. Cada vez que alguien mira hacia otro lado, desiste de su reclamación, se deja invadir por la pereza o el desánimo, regala márgenes a la corrupción. Lo mismo sucede en el nivel siguiente, donde están quienes por su profesión debieran denunciarla; cada vez que un controlador (la oposición, los auditores, los periodistas) se inhibe es un tanto para la corrupción. Ya sabemos que el poder corrompe y que el poder absoluto corrompe absolutamente. Limitar el poder, controlarlo, contar con buenas instituciones que vigilen y limiten los poderes de los poderosos, es imprescindible para que la corrupción no se extienda. No es un problema de leyes, que las hay y muchas innecesarias. La impunidad es hija de una sociedad satisfecha y conformista que ha bajado la guardia.

[Publicado el 03/11/2009 a las 07:28]

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La teoría del oasis

Esta es una metáfora definitivamente condenada. Quien habla de oasis catalán presupone charca de podredumbre. No tiene más vueltas: si acaso tuvo alguna vez un significado positivo, ha quedado inhabilitado para siempre. Hacer a estas alturas genealogías del oasis es un ejercicio redundante, que aporta lo que ya sabemos. Quienes van a seguir utilizándola son quienes están convencidos de que la charca catalana es la excepción respecto a la hispánica normalidad. El tópico de los fenicios especuladores y corruptos no anda lejos de la inversión del oasis. Lo extraño, lo verdaderamente extraño, es la fuerza del tópico entre los propios nacionalistas, que lo han usado estos días casi con tanta intensidad como los otros. Parece fuera de toda duda que esta metáfora simplona originada por una autosatisfacción bienintencionada tiene que ver más con los deseos que con la realidad. Suele ser un espejismo en el sentido literal de la palabra, que surgió en tiempos republicanos cada vez que las cosas iban un poco mejor en Barcelona que en el resto de España. Su fuerza, ya entonces, estaba en su inmediato efecto boomerang: el espejismo del oasis servía de gozosa demostración de que las diferencias políticas efectivas que se daban en Cataluña no eran más que una excusa para la ocultación del pillaje. Detrás de los sentimientos, las identidades y los símbolos no hay más que la cruda realidad de los más bajos intereses, la charca. Esto funciona siempre, incluso ahora, cuando conocemos la trivialidad del resorte. Es evidente que en Cataluña hay un sistema de partidos distinto, con cinco formaciones, en el que el PP se halla entre los pequeños y una coalición nacionalista ocupa su lugar frente al socialismo. El propio PSC no es el PSOE. El catalanismo es una ideología transversal que penetra incluso dentro del PP. Y hay una gran capacidad de consenso entre los dos más grandes, CiU y PSC, que tiene incluso el nombre de una coalición de gobierno que todavía no se ha producido: la sociovergencia. Pues bien, la ideología de la sospecha anticatalana sabe desde siempre a qué se debe todo esto: son monsergas que sólo sirven para robar. Lo único que cabe concluir hoy en día sobre el oasis catalán es que es un tópico que descalifica a quien lo usa porque conduce indefectiblemente a la idea de una charca fenicia de abiertos relentes excluyentes y xenófobos. Su origen no está en la República sino mucho más atrás. En Quevedo, por ejemplo, que veía al catalán como un ladrón de tres brazos. (Enlaces: sobre el origen de la metáfora; sobre el uso nacionalista del oasis; no he encontrado la referencia sobre Quevedo, que conozco de memoria y añadiré si alguien me echa una mano).

[Publicado el 02/11/2009 a las 07:08]

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Correlación de corrupciones

La correlación de fuerzas fue sustituida por la correlación de debilidades. No estaba nada mal. Se trataba de resistir, evitar los errores, anular los riesgos, jugar al quietismo a la espera de que el contrincante fuera quien se la pegara. El resultado, obvio, es catastrófico: nos mecemos todos en un océano de conservadurismo, donde sólo cuenta mantener las cosas tal como están. Si a los comentaristas les da por la vena lírica, incluso es posible que este dulce balanceo se vea acompañado de las nanas sobre el consenso, la estabilidad, el reparto del poder en cómodas cuotas, la excelencia de las políticas previsibles, e incluso la seriedad de los gobernantes y de esa oposición empeñada en seguir viviendo estupendamente en la oposición. Pero ahora hemos visto que esta correlación ocultaba a otra, que bajo la superficie tersa de este océano tranquilo bulle un submundo donde pululan los peores bichos y se expanden plagas e infecciones. Es la correlación de corrupciones, el cuadro que determinará en los próximos meses el desarrollo de los combates políticos y electorales hispánicos. Quien no se halle infectado, los más pequeños y marginales, recibirán su pequeña piñata electoral. Será suficiente para asustar, pero será un susto inocente, como los que se dan para quitar el hipo. Los grandes sufrirán: faltaría más; se lo han ganado a pulso. Aunque probablemente en grado mucho menor de lo que se merecen. Aumentará de forma brutal el voto de protesta, los nulos y la abstención. Y la campañas se jugarán como se está jugando ya ahora, atizándose unos a otros con el ?y tú más?. No podemos todavía adelantar tesis alguna. No hay suficientes elementos como para dar por sentado que la corrupción de la derecha no pasa factura y que sólo se castiga a la izquierda. El problema será, quizás, el grado de desgaste que tendrá en cada uno de los partidos. Pero lo que debe preocupar, si tenemos la cabeza en la experiencia italiana, es que no aparezca alguien capaz de convertir la podredumbre en petróleo como hizo Berlusconi en Italia. Este sí sería un susto de aúpa. No hay que olvidar que si optó por pasar a la política y presentarse a las elecciones fue precisamente para evitar la cárcel que le esperaba inexorablemente en caso de seguir siendo un civil de a pie. El corruptísimo Caimán es el hijo directo de la correlación de corrupciones que se ocultaba bajo la correlación de debilidades italiana. Así vemos como quienes están en la oposición ponen todo su empeño en seguir manteniéndose en esa oposición dorada donde tan bien se vive y triunfa.

[Publicado el 30/10/2009 a las 07:07]

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La reina y el emperador

No se puede llegar tan lejos, en un territorio político densamente poblado y con tantas figuras de relieve, sin mucha inteligencia y modestia. El sigilo y la humildad son herramientas imprescindibles. Y también lo es una virtud difícil como saber suscitar el desprecio de los otros. Es el complejo de Claudio, el emperador al que todos tomaban por incapaz y con el que nadie contaba para suceder a Calígula, tan magistralmente retratado por Robert Graves. Toda la carrera de Merkel confirma que hasta 2005, año en que consigue la Cancillería, responde a la figura del candidato menospreciado; pero incluso después, hasta ahora mismo, le persiguen las reminiscencias de Claudio, cuando muchos ponen en duda su contrato de coalición y su nuevo Gobierno. Esos nueve votos que le han faltado en la votación de investidura en el Bundestag se deben al complejo de Claudio, que lo sufren los otros, pero aprovecha a quien es el objeto de la mirada menospreciativa. Lo mejor que le puede suceder es que no ceje este desprecio que la propulsa. De momento, el balance de hoy mismo, al día siguiente de su toma de posesión, la sitúa ya en un lugar destacado en la historia contemporánea de Alemania, un país de gran estabilidad que ha sido gobernado sólo por ocho cancilleres en 60 años. Merkel está en este momento por encima de los dos cancilleres menores que fueron Ludwig Erhard (1963- 1966), destacado ministro de Economía pero canciller de tres años y de una única victoria electoral, al igual que su sucesor, Karl-Georg Kiesinger (1966-1969), éste además con la desventaja de que no dejó la huella del primero y de su economía social de mercado, concepto central en la vida social y económica alemana. La canciller está ahora en un pelotón excepcional, en el que hasta ahora sólo había ciclistas socialdemócratas, cada uno con su trofeo: el gran Willy Brandt (1969-1974) y su Ostpolitik, la apertura hacia el Este comunista que abrió el camino a la caída del Muro; el brillante Helmut Schmidt (1974- 1982), que sentó las bases de la unión económica y monetaria europea y de la arquitectura de cumbres internacionales; y el astuto Gerhard Schröder (1998-2005), que incorporó a los Verdes al Gobierno y lanzó la reforma del pesado Estado de bienestar alemán.A partir de hoy, Merkel va a pedalear para alcanzar al grupo de cabeza, donde están dos cancilleres democristianos como ella, pero con la envergadura y la longevidad de los padres fundadores: Konrad Adenauer (1949-1963), el primero de la República de Bonn; y Helmut Kohl (1982-1998), el canciller de la unificación. Su biógrafo Gerd Langguth considera que tiene muchas posibilidades de permanecer en el poder 16 años; algo que la elevaría al altar mayor y sería naturalmente un drama para el SPD. Su reto actual es situar de nuevo a su país sobre los raíles del crecimiento y de la creación de empleo, tirando del resto de Europa como sólo puede y sabe hacerlo Alemania. No está claro que vaya a conseguirlo, sobre todo cuando hay todavía temores de una recaída en la crisis (la doble V) y de una explosión de las cifras del paro, y se sabe de la enorme cantidad de activos tóxicos que permanecen ocultos en el sistema bancario alemán, sobre todo y, al igual que en España, en su sistema de bancos públicos regionales.La receta de la nueva coalición es la de una apuesta de optimismo y esperanza. Las principales medidas fiscales, esos 24.000 millones de rebajas en cuatro años son un estímulo para convertir la salida de la crisis en un arranque de caballo siciliano; pero deberán aplazarse o moderarse si la recuperación es más lenta, para no convertir el déficit en un peso muerto insoportable. En Berlín hay ahora mismo una coalición parlamentaria que arriesga, una canciller reelegida gracias a la confianza que suscita entre los electores y un Gobierno que inicia su labor con un mensaje antidepresivo. Riesgo, confianza y optimismo son casi todo lo contrario de lo que caracteriza a la política en el resto de Europa.Hay también, y es otro mérito de Merkel, un surco de continuidad política sobre el que se asienta el nuevo Gobierno. La reforma del Estado de bienestar que proseguirá este nuevo Gabinete apenas dará un poco más de velocidad a las reformas ya iniciadas por los anteriores, el suyo de gran coalición y los de Schröder de coalición roja y verde. Si Merkel acelera demasiado o enseña en exceso la patita, como pedía el doctrinarismo de algunos liberales o el liberalconservadurismo bávaro, todo puede caer como un castillo de naipes.Seguimos, pues, sin saber quién es exactamente Angela Merkel. Vimos en la anterior legislatura que no era Margaret Thatcher y podemos leer en su contrato de coalición que tampoco quiere serlo en ésta. Es liberal, conservadora y socialdemócrata, a la vez y de forma no excluyente. Su posición no es ideológica sino topográfica: es la reina del centro y es la reina porque ella misma es el centro. Y su reinado será largo y fructífero si consigue prolongar una y otra vez el misterio.

[Publicado el 29/10/2009 a las 03:07]

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País de un solo juez

¡Qué misterioso país! Un solo juez lo hace todo. Perseguir terroristas, procesar piratas somalíes, rebuscar en las fosas del franquismo, desmontar las tramas de corrupción de los partidos, y todo eso después de procesar a Pinochet, revolver en los crímenes de Estado o golpear al narco. ¿Y qué hacen los otros jueces? A veces se diría que rabiar por lo mucho que trabaja el juez único e incluso dedicarse a buscarle las cosquillas para ver si se le puede pillar en fragrante prevaricación. Pero no generalicemos. Seguro que hay muchos jueces trabajadores y diligentes que son alérgicos a los focos y a la prensa, pero hacen su trabajo con enorme profesionalidad y pundonor. Aunque sea todo un misterio que casi ninguno de los grandes casos caiga en sus manos, no vamos ahora a convertir las hiperactividad de uno en motivo de humillación de todos los otros. En todo caso, un país de juez único es doblemente preocupante. Por la inactividad de unos y por el enorme poder del otro. Aunque peor sería el país, sin duda, si quedara en manos de los jueces de la siesta. De manera que viva el juez y viva el país que puede permitirse el lujo de confiar sólo en una toga para el mantenimiento de una cierta decencia pública.

[Publicado el 28/10/2009 a las 07:51]

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Cabezas desmochadas

La lucha por el poder, en esencia, poco ha cambiado a lo largo de las épocas, como tampoco varía mucho de un país a otro. Quítate tú que me pongo yo significa en el límite un combate en el que se juega el todo por el todo, con todas las armas y sin cuartel para nadie. En épocas primitivas era un mero combate de jefes, un duelo a muerte en el que ya se sabía que habría un vencedor y un vencido. Luego, en épocas por fortuna pretéritas, era un juego de astucia y crueldad que se resolvía por el engaño y la tajante resolución final que proporcionaban el puñal o el veneno. En nuestra época todavía aparecen de vez en cuando reminiscencias: con cadáveres auténticos en países como Rusia, con asesinatos simbólicos a través de los medios en los más civilizados. Pero la esencia del negocio sigue siendo la misma: la liquidación definitiva del adversario. También son interesantes las diferencias que podemos registrar según latitudes y países. Hay países donde todo se hace con gran elegancia, sin despeinarse ni perder en ningún momento la compostura. Es admirable, por ejemplo, el espectáculo de largueza moral que ha organizado Dominique de Villepin ante los tribunales, pasando de acusado a excusador de todos, incluso de quienes han prestado testimonio en su contra o le han perseguido. Es verdad que hay mucha ironía en su actitud, que juega sobre la eventualidad de una absolución total o parcial que le mantenga a flote y le permita desafiar de nuevo la autoridad de Sarkozy. En Italia, el berlusconismo ha conducido a la decadencia del civilizado florentinismo sustituido por la sal gruesa y por los modos agrestes de la mafia siciliana. Es la distancia que hay de Andreotti a Berlusconi y de la democracia cristiana al Polo de la Libertad. La venganza política, en todo caso, se halla inscrita como un emblema imborrable en esa forzada sonrisa odontológica del gran patrón, que exhibe al modo como lo hacen los caninos cuando se ve atacado. Si en Francia estábamos entre mosqueteros, aquí son escenas de gran bandidaje. ¿Y España? ¿Qué decir de las amenazas verbales y miradas torvas entre quienes se disputan el poder dentro del Partido Popular? La tradición que viene aquí en mente es la cuartelera, en la que se combinan largas etapas de pronunciamientos con otras de dictadura, siempre con el espadón al mando, dispuesto a cortar varias cabezas de un solo mandoble. Eso sí, lo que se valora siempre y sale triunfante no es el valor ante el combate ni las dotes militares de estos soldados que se disputan entre sí; sino el valor en la sala de banderas, la capacidad de hacerse con el cuartel y la decisión de fusilar sin piedad a quienes se opongan. Sigamos consolándonos pues y que se sigan consolando las víctimas de estos combates ahora por fortuna incruentos. Nadie desmochará sus cabezas; o sólo sucederá simbólicamente. Todos ellos vivirán para contarlo, y podrán meditar sobre lo que les habría sucedido hace apenas unas décadas cuando el castigo más probable para su ambición hubiera sido el patíbulo o un falso accidente.

[Publicado el 27/10/2009 a las 07:36]

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Egocracia

Egos revueltos, los literarios que nos cuenta Juan Cruz en su libro felizmente premiado. Y egos fermentados, en metástasis e incluso podridos se diría los de la política, donde la satisfacción que exige el yo puede llegar a las mayores catástrofes. Nada que decir de los primeros, clave de la creación artística, y mucho que lamentar, en cambio, de los efectos de los segundos sobre la pérdida de calidad de la democracia y de la vida política. Cuando hay democracia y vida política, porque en caso contrario, el ego se erige en epicentro volcánico de la dictadura. Es evidente en el caso del ego berlusconiano, a cuyo servicio se ha rendido el entero aparato del Estado, la justicia, el parlamento, los medios por supuesto, y sólo se ha podido resistir el tribunal constitucional italiano. Y a pesar del varapalo, la egocracia sigue pugnando por mantener su reinado, aunque siga dejando numerosos despojos por el camino. También lo es en el caso del ego sarkozyano, el otro ejemplar deslumbrante de esos egos inflamados de la política, aunque la fuerza de la costumbre y la sombra moderada y sensata de Carla Bruni lo presenten ahora como un ego mitigado y en vereda. Que no lo es lo demuestra el juicio por el caso Clearstream que acaba de terminar en París, un caso de libro sobre la dificultad de un proceso justo cuando una de las partes en el pleito civil es el presidente de la República, dotado de inmunidad penal y con autoridad sobre el poder judicial y la fiscalía. Sarkozy ha podido exhibir, además, su poder sin límites, realizando manifestaciones que vulneran la presunción de inocencia, al igual que prometió en su día que colgaría de un gancho de carnicero a los culpables de haber falsificado un listado informático que le convertía en sospechosos de corrupción y de poseer una cuenta en dinero negro en Luxemburgo. Todo el mundo sabe en Francia que si su acción ante la justicia se dirige a Dominique de Villepin, el rumboso ex primer ministro, ex ministro de Exteriores y ex secretario general de la presidencia de Chirac, es sólo porque este último, el verdadero rival y probablemente responsable de la maniobra para descalificar a Sarkozy, no queda ya al alcance para la venganza. Esta es una historia política que ilustra los progresos realizados por la humanidad en cuestión de peleas y ajustes de cuentas entre poderosos. No hace muchos años el desenlace no habría sido el vodevil que ha mantenido en tensión a la opinión pública francesa, sino un espectáculo dantesco de dolor y muerte. Los egos incruentos de la literatura se convierten en egos ávidos de venganzas cuando entra el poder desnudo de la política, territorio por excelencia del odio y de la liquidación del adversario, aunque hoy en día quede limitada primordialmente, al menos en Europa, al territorio de la muerte simbólica.

[Publicado el 26/10/2009 a las 07:30]

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Biografía

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.

 

Bibliografía

La Oca del Sr. Bush

La oca del señor Bush (2008).

Editorial Península

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