El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 30 de mayo de 2012

 Del alfiler al elefante / Blog de Lluís Bassets

Pabellón de grandes quemados

No hay que darle muchas vueltas. La pitada del Calderón es otro revés para la imagen de España. En los países serios y seguros de su identidad se suelen respetar los símbolos comunes. En muchos, no tan solo se respetan, sino que se veneran, en ocasiones hasta el exceso, a la misma altura que los símbolos y expresiones religiosas. En uno de ellos, Estados Unidos, donde la gente escucha el himno nacional con la mano en el corazón pero hay todavía mayor respeto a la libertad de expresión, los jueces han determinado que nadie puede ser castigado por quemar la bandera venerada por casi todos los ciudadanos. Pero que no exista delito no significa que no haya ultraje ni pérdida cuando se producen hechos como estos. Fue, por tanto, un nuevo revés a lo que ahora se denomina la marca España en una semana y una temporada pródigas en reveses mucho más sustanciales. La lista empieza a ser inquietante, pero bastará con recordar los dos últimos golpes, como son el descubrimiento del déficit público oculto ?y ocultado? en las comunidades de Valencia y Madrid, las dos autonomías gobernadas por el PP de mayor centralidad, y el hundimiento de Bankia, banco privatizado y nacionalizado por el PP en menos de un año y enchufado ahora directamente a los bolsillos de los españoles presentes y futuros, quizás también de los alemanes si terminamos obteniendo los eurobonos, por una cifra de euros con tantos ceros que solo las mentes habituadas al cálculo mental son capaces de manejarla con comodidad. Nadie habría conectado esos tres hachazos que dañan a la credibilidad española de no mediar la intervención de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre. Otra persona, en su lugar, meditaría sobre sus responsabilidades en el enmascaramiento del déficit de su Gobierno y en la catástrofe de una entidad financiera sometida primero a su supervisión como caja de ahorro y luego a su influencia política, incluida la designación de directivos y la asignación de inversiones. Pero Aguirre no. Gracias a su personalidad desacomplejada y a su facilidad para decir lo que piensa sin importarle excesivamente las consecuencias, la presidenta no dudó en meterse en el charco en cuanto tuvo la oportunidad.Tiene poco interés analizar cuánto hay de cálculo y de preparación en sus palabras, si se tiene en cuenta que las pronunció justo en el momento en que estallaba una de las mayores burbujas de la historia de este país, una burbuja que no es tan solo financiera, sino también inmobiliaria, por supuesto, pero sobre todo es política y es madrileña. Enric Juliana resucitó oportunamente hace una semana en La Vanguardia un artículo de Pasqual Maragall, publicado en EL PAÍS el 7 de julio de 2003, que se titulaba Madrid se ha ido, donde se explicaba cómo la capital estaba acaparando todo el poder económico y político para constituirse en una ciudad global dentro de una España radial y reunificada. Pues bien, al igual que los decibelios del Calderón no pudieron con los pitos, el ruido de Aguirre no puede tapar el sonoro y fétido silbido de la burbuja madrileña que acaba de pinchar. Ni herencia recibida, ni despilfarro autonómico: Madrid ha vuelto. Una vez que el Gobierno de Rajoy ha dado de sí todo lo que podía, es decir, amortizado ya a los 150 días, es el Partido Popular, con Madrid a cuestas, el que ingresa en el pabellón de los grandes quemados, junto a multitud de instituciones, las más importantes, de este país, desde la Corona hasta el Banco de España pasando por el Tribunal Constitucional. El artículo de Maragall terminaba con estas frases: ?Yo confío en que la sociedad civil madrileña reaccione y se plantee seriamente cuál ha de ser el papel de esa comunidad en la política española; y para empezar, cómo debe Madrid regenerarse políticamente?. Pero remachaba: ?Cuatro años más de deriva como la de los dos últimos y España perdería el norte. Y nunca tan bien dicho?. Lo escribió en 2003. En 2007, justo cuatro años después, empezó la crisis de las hipotecas subprime en Estados Unidos. Hoy, casi 10 años más tarde, el norte parece a veces definitivamente perdido.

[Publicado el 29/5/2012 a las 10:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Tres dictaduras y una democracia

Amnistía Internacional (AI) no tiene buena prensa entre los dictadores. Merecidamente. Los más viejos del lugar recordarán cómo incordiaba al régimen franquista. Tampoco gustaba a los antifranquistas enfeudados a otras dictaduras, las comunistas de Moscú y Pekín. La labor que viene haciendo AI desde su fundación en 1961 para proteger a las poblaciones de los abusos y atentados contra sus derechos es pionera y ejemplar, a pesar de los errores que pueda haber cometido esta organización, como tantas otras dedicadas a la defensa de los derechos humanos. De las múltiples denuncias que contiene el informe anual sobre el estado de los derechos humanos en el mundo, quiero destacar aquí solo un párrafo sobre 2011, en absoluto el más desgarrador: ?Israel mantuvo el bloqueo de Gaza, prolongando así la crisis humanitaria, y continuó con su agresiva política de ampliar los asentamientos establecidos en el territorio palestino de Cisjordania, que ocupaba desde 1967. Las organizaciones políticas palestinas Fatah y Hamás hicieron blanco de sus ataques a sus respectivos simpatizantes; las fuerzas israelíes y los grupos armados palestinos llevaron a cabo ataques en represalia en Gaza?. Basta juntar en Google tres palabras: Amnesty International, Israel y antisemitismo para dar con las dificultades que se encuentran al informar sobre los abusos en determinadas regiones especialmente complejas. No debe extrañarnos. Las denuncias de AI, incluso las controvertidas o equivocadas, ayudan en los regímenes democráticos y, en cambio, molestan a las dictaduras, como ha ocurrido siempre. ¿Significa esto que Israel no es una democracia? En absoluto. Significa que debemos hilar fino a la hora de calificar lo que hay entre el Jordán y el Mediterráneo, y que puede resumirse en tres dictaduras y una democracia. La democracia es Israel: un Estado de derecho, con división de poderes, democracia representativa, pluralismo político y libertad de expresión. Hay dos dictaduras: la de Hamás en Gaza, donde se aplica la pena de muerte y se atenta contra los derechos humanos, además de atacar a la población israelí fuera de las fronteras, y la más benigna de Fatah en Cisjordania, cuyo jefe, Mahmud Abbas, no ha querido, por cierto, confirmar ni una sola de las condenas a muerte dictadas por sus tribunales. Y una tercera que dejaremos describir a Peter Beinart, joven intelectual sionista estadounidense, en su más que recomendable libro 'La crisis del sionismo': ?Nos decimos a nosotros mismos que Israel es una democracia, pero en Cisjordania es una etnocracia, un lugar donde los judíos gozan de la ciudadanía y los palestinos no?. Puede que la dictadura de los colonos no sea peor que la de Fatah y Hamás, pero es el mayor obstáculo para la paz entre israelíes y palestinos. Y es del todo lógico que AI no tenga buena prensa entre los colonos y los políticos que los representan.

[Publicado el 28/5/2012 a las 10:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Sin hoja ni ruta

Todos buscamos una hoja de ruta que nos saque del pozo. Para los eurobonos esta pasada noche en Bruselas. O para salir del avispero de Afganistán, hace unos días en Chicago. El mayor inconveniente de esta idea luminosa que nos proporciona una guía sin pérdida posible es que lleva incluido el fracaso en su propio origen. Ahora mismo se cumplen diez años de la hoja de ruta que popularizó la expresión, la hoja de ruta por excelencia que debía conducir a la paz entre israelíes y palestinos en tres años, en 2005 exactamente. En un año, cese de toda violencia, congelación de los asentamientos y reformas políticas y celebración de elecciones en la parte palestina; en otro, restauración de relaciones entre Israel y los países árabes y conferencia internacional para resolver todas las condiciones para la creación del estado palestino, incluyendo las económicas; y en un tercero más, negociación de fronteras definitivas, asentamientos en Cisjordania, refugiados palestinos y Jerusalén. Ni siquiera se inició la carretera que lleva al primer año, tal fue el tamaño del fracaso. Podríamos utilizar una expresión menos usada, pero si las hojas de ruta salen una y otra vez de la boca de los responsables políticos ante los problemas más variados y difíciles por algo será. Una explicación podría ser que hablamos de hojas de rutas, road maps en su expresión original, precisamente porque estamos totalmente desorientados y no sabemos ni dónde estamos ni hacia dónde hay que tirar. Como si su repetición a título de oración terminara haciendo llover sobre nosotros los mapas de los que carecemos tanto los ciudadanos como, lo que es mucho peor, los dirigentes. Algunos incluso lo dicen sin rebozo: nos adentramos en territorio desconocido y no tenemos ni idea de hacia dónde vamos. Practican entonces la navegación a vista, guiados por las citas electorales o las encuestas que miden su popularidad, el grado de aceptación de las medidas que propugnan o las expectativas electorales. En casos muy singulares, como es el de Rajoy, la presión es más inminente, a vista de 24 horas, y material, porque son las necesidades de liquidez de los bancos o incluso de las administraciones las que guían cada movimiento y declaración, atendiendo así a la prima de riesgo y a las oscilaciones del Ibex 36 y en ningún caso a objetivo alguno que no sea llegar vivo al día siguiente. Utilizar la expresión hoja de ruta para el caso de Afganistán, como hizo Obama en Chicago, es así tan pertinente como descorazonador. De la misión que llevó a la OTAN al país afgano hace diez años solo se sabe una cosa: tuvo la cobertura legal del Consejo de Seguridad y fue en respuesta a los ataques del 11-S organizados por Al Qaeda desde sus bases en el país de los talibanes amigos. Una vez derrocados los talibanes, tan pronto como en el mismo 2001, poco se puede decir de los objetivos o de los resultados durante estos diez años ni ahora mismo porque siempre han sido confusos y nadie ha conseguido explicarlos. El actual presidente, adversario de la guerra de Irak pero partidario de la de Afganistán, supo pronto que no se obtendría más estabilidad ni garantías de un Estado viable en un año que en diez. Declararse vencedor y partir, que es lo que quieren hacer todos los presidentes, era imposible. De ahí esa hoja de ruta, aprobada en la cumbre de Chicago, sin más objetivo ni propósito que terminar ordenadamente de una vez y dejar atrás esos diez años de guerra, la más larga jamás librada por Estados Unidos. No va a ser fácil. Pakistán está en el origen de todo y también estará en el final. Su frontera está ahora cerrada a los suministros a Afganistán, en respuesta a la matanza de 24 soldados paquistaníes en noviembre por bombardeos estadounidenses. Sacar a los 130.000 soldados que tiene la OTAN, y sobre todo su colosal impedimenta, requiere de estas vías que han visto incrementado súbitamente su coste: los paquistaníes cobraban unos derechos de paso de 250 dólares por camión antes de la matanza y piden 5.000 ahora. Hace falta dinero para irse y también hace falta para dejar la seguridad en manos del nuevo ejército afgano al que hay que formar. Eso es lo que Obama pidió a los aliados en Chicago, aunque su preocupación mayor fue que la retirada prematura de Francia no fuera el cornetín de desbandada para los otros aliados, todos ellos sometidos a unas restricciones presupuestarias que han mermado cualquier vocación de intervención exterior. La OTAN sabe o cree saber lo que va a hacer en Afganistán, pero en Chicago también se ha desentendido claramente de la matanza en Siria. Ahí ya no sabe nada. Y de lo que no se puede hablar, mejor callarse del todo. Así parece creerlo una Alianza que se decía guiada por unas ideas y unos valores discretamente arrumbados en la navegación a vista, que es lo habitual cuando no hay ni hoja ni ruta.

[Publicado el 24/5/2012 a las 10:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Cien días

Nueva moda, inédita en los anales. Los cien primeros días no del Gobierno, sino de la oposición. Después de la herencia recibida, la oposición a la oposición. Y nada mejor que exigir resultados desde el gobierno a quien gobierna la oposición. Cuando la oposición critica, herencia recibida. Cuando ofrece consenso, descalificación por un balance desastroso, no ya del período en que gobernaron sino del nuevo período en que no gobiernan. Gobernar sin oposición. Ofrecer como único pacto la adhesión incondicional a lo ya decidido. Esta es la fórmula que se desprende de la aritmética parlamentaria: las mayorías absolutas sirven para esto. Para utilizarlas sin necesidad de mendigar ni un solo voto a nadie. Todo esto no basta para explicar la estrategia invertida de un Gobierno que no puede prescindir de la herencia ajena y pide resultados efectivos a la oposición que no gobierna. Si así sucede es porque este Gobierno ya tiene herencia propia y sus cien días como los 50 siguientes del Gobierno no son precisamente brillantes. Cuando no hay mérito propio, hay que esforzarse por proyectar la culpa sobre los otros. Tiene por delante todavía tres años y medio de legislatura, pero parece y habla ya como un gabinete amortizado. Está satisfecho por lo que ha hecho porque cree que no se podía hacer otra cosa. También con Bankia, al parecer. O con la ocultación de los déficits autonómicos. Le sorprende la falta de resultados: que su actuación no haya sido mano de santo, que los mercados o que las instituciones europeas no le hayan erigido ya un monumento de liquidez y crecimiento. Quizás será que ha hecho poco o mal, pero ni siquiera quiere imaginarlo. Todo lo pone en la cuenta del desgaste por la crisis, a compensar con las debidas transferencias de responsabilidades a la oposición. Pero nada de quejas: Merkel y el Banco Central podrían malinterpretarlas. En eso Rajoy sigue fielmente el guión de Sarkozy. Que es el mismo que Aznar siguió con Bush. Arrimarse al árbol que da más sombra. Sin darse cuenta de que el gran árbol puede ceder o cambiar en algún momento. La victoria de Hollande es buena, sí, porque así Angela se echará en brazos de Mariano. Para nada más. Todo se fía al final a la comprensión ajena con los esfuerzos propios. Hemos hecho lo que debíamos, no vamos apoyar nada que desagrade al poderoso, sean eurobonos, estímulos al crecimiento, plazos más amplios para cumplir con el déficit, o sobre todo, liquidez del banco central: eso último lo pediremos discretamente, que se entienda sin que nos lo puedan reprochar. A quien ha hecho lo que debe no se le puede pedir más. Ha culminado su trabajo y solo le queda recoger la cosecha. ¿Y si no hay cosecha? ¿Y si la tempestad sigue y sigue? ¿Y si ha sido este Gobierno quien ha terminado contribuyendo con su parte al vendaval? ¿Y si al final no hubiera nada tan parecido a un Gobierno español como el siguiente Gobierno español de signo distinto? Queda la teoría del pacto, cuya popularidad crece a tanta velocidad como se expande la gangrena. La ventaja de los cien días de la oposición es que nos permite mandar a todos, a los dos grandes partidos y también a los otros, cada uno con su herencia consolidada, cada uno con su incapacidad de consenso, al rincón de castigo donde terminan tejiéndose por desesperación muchos consensos. Ahora no quieren, ni pueden, pero tal como van las cosas lo mejor que les puede pasar y que nos puede pasar a todos es que tengan todavía tiempo para querer este consenso de forma ferviente y efectiva en algún momento. Cien días son los que Napoléon tardó en recuperar el poder a su vuelta del extrañamiento en la isla de Elba. Son también el período de trabajo en que Roosevelt acometió las reformas para frenar la Gran Recesión. No se sabe cuáles son los logros de Rajoy en sus cien días ni en sus cientocincuenta, pero sí sabemos de su interés enorme en saber qué ha hecho Rubalcaba en los suyos. Recuperado un consenso como el que consiguió Adolfo Suárez, bastarían cien días para saber si este país tiene todavía salida o está condenado a despeñarse sin que cese la pelea eterna y el griterío entre romanos y cartagineses.

[Publicado el 22/5/2012 a las 00:22]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Viejos rockeros políticos

París siempre sorprende. Ni en la pendiente pierde su poder de fascinación. Por segunda vez consecutiva, un presidente de la República efectúa una misma jugada, llena de significado político e incluso generacional. Ante los peores tiempos, los mejores políticos: Sarkozy se sacó de la manga a Alain Juppé, y Hollande hace lo propio con Laurent Fabius, para ocupar la segunda cartera en importancia del Gobierno, detrás del primer ministro. El Quai d?Orsay, el palacio en la orilla del Sena y vecino de la Asamblea Nacional, está cargado de historia y de simbolismos sobre la proyección mundial de Francia y alberga uno de los cuerpos diplomáticos más experimentados y eficaces del mundo. De ahí que sea una apuesta mayor situar al frente a un peso pesado del partido mayoritario, aunque sea en ambos casos un auténtico adversario del presidente. Alain Juppé, de 67 años, había sido ya ministro de Exteriores y primer ministro, apoyó a Jacques Chirac en la campaña presidencial frente a Edouard Balladur, en 1995, y habría sido él mismo candidato presidencial si la mala fortuna no hubiera cargado sobre sus espaldas los pecados de financiación ilegal debidos a su líder. Chirac le llamaba ?el mejor de todos nosotros?, algo que removía las entrañas del ambicioso Sarkozy, que apoyó a Balladur. Cuando la joven promesa neogaullista llegó a la presidencia, no dudó en recurrir a sus servicios, primero como ministro de Defensa y luego de Exteriores, en sustitución precipitada de Michelle Alliot-Marie, pillada en su interesada amistad con el dictador tunecino Ben Ali. Laurent Fabius, de 66 años, fue el niño mimado de François Mitterrand, que le nombró ministro del presupuesto de su primer Gobierno en 1981. Fue su segundo primer ministro de 1984 a 1986. Y era evidente en aquel entonces que le lanzaba a una carrera presidencial que luego nunca se llegó a concretar. Volvió a ser ministro de Estado con el Gobierno de Lionel Jospin. Siempre observó al joven François Hollande por encima del hombro y en los últimos tiempos con la inquina que proporciona la auténtica rivalidad. Pero el mayor enfrentamiento con quien era el secretario general del PS se produjo con motivo del referéndum sobre la Constitución europea, en el que propugnó el voto negativo, en contra de la consigna de su propio partido. Muchos atribuyen a Fabius la victoria del no y buena parte de los males que de ella se siguieron. Jugadas similares no son posibles en todos los países. Se han visto en Italia, en Israel o también en Alemania con Schäuble. Por supuesto, jamás en España, donde las quemaduras del ejercicio del gobierno se consideran definitivas e irreversibles. Ni en mitad de una crisis de caballo, que se puede llevar por delante a instituciones y políticas fundamentales, alguien podría imaginar apuestas como las que París ha hecho tanto con Sarkozy como con Hollande.

[Publicado el 19/5/2012 a las 10:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Modesta Francia

La llegada de François Hollande a la más alta magistratura de Francia no casa muy bien con los tópicos sobre la arrogancia francesa. Esta disonancia se observa en todos y cada uno de los elementos que explican y conducen a la segunda presidencia de un socialista en la V República después de los 14 años de reinado de Mitterrand. En su personalidad de dirigente gris y subestimado por la pléyade de barones socialistas íntimamente convencidos tanto de su propia superioridad como de su destino presidencial. En su historia personal de secretario general del Partido Socialista durante 11 años, al servicio de la unidad del partido y de las ambiciones ajenas, incluidas las de quien fue su pareja y madre de sus cuatro hijos, Ségolène Royal. En su historia política como candidato: su carrera es lo que más se parece a una imprevisible y accidentada contienda, culminada con la caída de Dominique Strauss-Kahn a los infiernos, en la que han contado ante todo su cabeza fría y sus pies muy firmemente asentados en el suelo. E incluso en el combate final contra Nicolas Sarkozy, victoria de la humildad y la contención ante la voluntad de poder y la fuerza expansiva. Pero la nueva modestia presidencial también se manifestó en la primera y solemne jornada presidencial, el día del traspaso de poderes en que el presidente saliente hace entrega de las claves secretas del mando, incluida la del arma nuclear. No hubo un sol radiante que acogiera al presidente electo y convocara a los franceses a vitorearle en el trayecto de su coche descapotable. Tuvo que aguantar el aguacero sin paraguas ni gabardina primero en el vehículo y luego a pie firme. Y como culminación, un rayo atravesó el avión que le llevaba a Berlín, y le obligó a regresar a tierra y tomar otra aeronave, como un aviso de los tiempos difíciles en que le ha tocado regir los destinos de Francia. A diferencia de Mitterrand, que envolvió su primer día presidencial de épica socialista y francesa, Hollande optó por cumplir con todas sus obligaciones ceremoniales sin aspavientos. De su cosecha introdujo dos homenajes, a Jules Ferry, el ministro de Educación que introdujo la escuela pública, laica y gratuita, y a Marie Curie, premio Nobel de Química y Física y emblema de la investigación científica francesa, buena lección cuando muchos países europeos están de recortes presupuestarios para la enseñanza y la ciencia. No pudo, es cierto, ahorrarse cierta solemnidad: le recibieron 21 salvas de artillería, tuvo que escuchar la Marsellesa en seis ocasiones, pronunció cinco discursos y dio una conferencia de prensa conjunta con la canciller Merkel. Pero en todas sus palabras inaugurales puede captarse el espíritu de esta nueva modestia francesa. Está en su idea presidencial, tras cinco años de un poder excesivo y asfixiante para el primer ministro y su Gobierno: ?Estableceré las prioridades pero no decidiré todo, ni en lugar de todos. De acuerdo con la Constitución, el Gobierno determinará y conducirá la política de la nación?. También en las formas: ?El poder del Estado se ejercerá con dignidad pero con sencillez. Con una gran ambición para el país y una escrupulosa sobriedad en los comportamientos?. O en los nombramientos, un clásico de los caprichos presidenciales: ?Las normas de nominación de los responsables públicos se regularán y la lealtad, la competencia y el sentido del interés general serán los únicos criterios para determinar mis decisiones para escoger a los más altos servidores del Estado?. Este es un hombre que solo muy recientemente se ha habituado a manejar la primera persona del singular después de sacrificarse detrás del 'nosotros' socialista durante cuarenta años. No es una anécdota gramatical: el narcisismo de tantos dirigentes políticos, Sarkozy el que más, es ajeno al nuevo presidente. De ahí que, en el único debate electoral, sonara tan verdadera y eficaz a oídos de los franceses la frase repetida una y otra vez en la que ya se situaba en la función presidencial: ?Yo, presidente de la República?. Su modestia es también ideológica, al servicio de los más modestos: ?No puede haber sacrificios para unos, cada vez más numerosos, y privilegios para otros, cada vez menos numerosos?. Modestia no significa falta de ambición. Hollande la tiene. Y no es únicamente francesa, sino europea y universal, en consonancia con la historia y los principios de la República que preside. Modestia no significa tampoco rigor. O al menos no solo rigor. Hollande ha pedido para Europa tres cosas: proyecto, solidaridad y crecimiento, las tres cosas que olvida la Europa de los recortes promovidos por Nicolas Sarkozy y Angela Merkel. La modestia parecía un defecto en la época de la burbuja, pero es una virtud elevada y difícil en época de crisis. En su ensayo 'Modesta España' la predica Enric Juliana para nosotros. François Hollande, presidente de una Francia tenida siempre por arrogante, la predica también para los franceses y la ofrece como ejemplo para europeos, españoles incluidos.

[Publicado el 17/5/2012 a las 10:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Rumbo a lo desconocido

Navegamos rumbo a lo desconocido. No lo dice un pasajero susceptible ni un grumete parlanchín. Lo dice el capitán: "Será la primera vez que nos adentraremos en un escenario desconocido". La metáfora sirve para todos los niveles de gobierno con que contamos: para Europa, para España y para Cataluña. Pero no la utilizan los múltiples y descoordinados capitanes de la Unión Europea, ni el sigiloso y sombrío timonel que aparece al mando de la nave de España, sino el comandante del también agitado bajel catalán, en una comparecencia parlamentaria de la pasada semana que ha tenido muy escasa resonancia en los medios, eclipsada por el alud de noticias que nos llegaban de Bruselas, de París, de Atenas y sobre todo de esa balsa de Medusa en que se ha convertido el naufragado sistema financiero español. Es una frase curiosa. La primera obligación del patrón de una nave es saber a dónde lleva su barco y su gente. No debiera permitirse frivolidades de augur o de observador distanciado. Si tiene dudas sobre el feliz final de su viaje debe callárselas para sí mismo. Sembrar el desconcierto entre la tripulación y el pasaje subrayando su desconocimiento sobre lo que se le viene encima es todo lo contrario a lo que se espera del capitán de un buque. Pero tiene razón y eso es lo grave. El presidente catalán, Artur Mas, ganó las elecciones con la promesa de un "nuevo pacto fiscal en la línea del concierto económico vasco", expresión suficientemente larga, matizada y compleja como para que podamos saber a qué se refiere exactamente. Aseguró que inauguraría con ello una "transición nacional", otra expresión en la que ya desgranó la idea de un viaje sin puerto de llegada claro ni preciso. Su partido, Convergència Democràtica, concretó en su congreso cuál era el puerto soñado: la independencia, es decir, la secesión de España. Este pasado jueves 19 de mayo, en sesión plenaria del Parlamento catalán, sacó una nueva carta de navegar con una ruta muy precisa, inmediata y perentoria: en julio se votará el mencionado pacto fiscal en la cámara catalana; en septiembre se le propondrá al gobierno español y se abrirán a continuación una semanas de negociación; antes de final de año, "se tomará una decisión definitiva". El diputado de Esquerra Republicana interpelante había sido muy apremiante en su petición. "Usted puede hacer un paso claro para conseguir la hacienda propia catalana (?) porque tiene mayoría en esta cámara y hacerlo es una cosa muy sencilla: que su Gobierno les diga a los ciudadanos de Cataluña dónde deben ingresar sus declaraciones de la renta y su IVA". He ahí una iniciativa de comprensión clara pero de aplicación extremadamente confusa y desconcertante, sobre todo para quienes tienen que pagar los impuestos. No es una propuesta extraña viniendo de un partido acostumbrado a gozar de las ventajas de estar en el Gobierno sin dejar de hacer oposición. Lo extraño es que le guste a un partido de Gobierno: "Yo no discrepo del fondo que usted plantea", le respondió el presidente catalán. La determinación del capitán ante el escenario desconocido es absoluta. Artur Mas aseguró que la creación de una Hacienda propia es irrenunciable. "Cataluña tendrá hacienda propia por la vía del pacto o por la vía, digamos, de la propia decisión", señaló. Algo que "nunca se había planteado de esta manera por parte de ningún Gobierno de Catalunya", subrayó para convencer al diputado de ERC. Es la vía del unilateralismo, la decisión autónoma e independiente de cualquier otra instancia o nivel de gobierno europeo o español. Hay mucha experiencia sobre los rumbos solitarios, Sonderweg le llaman los alemanes. Mas cree que es un camino desconocido. Historiadores acreditados dicen que no lleva a ninguna parte. "Generalmente hemos dicho basta en el peor momento, cuando la coyuntura no era desfavorable, cuando había pasado el punto dulce de nuestra fuerza o de nuestra razón. Tiene la culpa de esa falta de acuerdo, sin duda, el debilitamiento del seny en las clases dirigentes". Fue Vicens Vives quien escribió estas frases en Noticia de Cataluña, hace más de 50 años. Acaba de reditarse en castellano (Destino) y sería muy conveniente que algunos la releyeran y otros la leyeran por primera vez.

[Publicado el 15/5/2012 a las 10:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

El monarca apresurado

El presidente que elige Francia cada cinco años es un monarca apresurado. Que es monarca aunque sea de una República no ofrece duda alguna a los franceses, que cuentan entre las excepciones que diferencian a su país la de elegir a un presidente dotado de la pompa y circunstancia, los poderes e incluso los privilegios de un auténtico soberano reinante. Que es apresurado lo demuestra también la rapidez con que se resuelve la sucesión de un presidente al otro, en abierto contraste con la demora de la república que ha sido siempre espejo y a veces contraste de la francesa. Estados Unidos elige a su presidente el primer martes después del primer lunes de noviembre y hasta el 20 de enero siguiente no suele producirse la solemne toma de posesión, The Inauguration, de forma que la primera potencia mundial se encuentra durante más de dos meses en una situación de transición de complejas repercusiones políticas. Basta saber, estadística en mano, que es el periodo de mayor riesgo para el país, sobre todo internacional. Francia resuelve su transición presidencial en 10 días. Si pudiera, todavía utilizaría menos, tanta es la premura del tiempo. En la noche de la victoria, apenas proclamados los resultados, todos los espadachines están ya en campaña para las elecciones legislativas que se celebrarán los días 10 y 17 de junio. El presidente entrante quiere una mayoría de su propio color, que le permita aplicar su programa; mientras que los amigos del presidente saliente quieren mantener su vieja mayoría para forzar una cohabitación que ate las manos del que se acaba de instalar. La urgencia del calendario no deriva únicamente de la política interior. La fecha electoral coincide con uno de los picos anuales de la reunionitis internacional. El G-8, el G-20, la OTAN y la permanentemente agitada y reunida UE llenan el calendario del recién elegido sin darle respiro en cosa de 15 días. En pocas horas hay que cambiar de chip y pasar de las promesas electorales y los achuchones populares a las expresiones medidas y los saludos protocolarios de la alta diplomacia. En el caso de François Hollande, que no ha formado parte de ningún Gobierno ni ha pisado hasta ahora las gruesas alfombras de la escena mundial, el contraste es más acusado. La expectación ante el desconocido es enorme. Sobre todo por la dimensión de los rompecabezas que encontrará ante sí, empezando por la crisis europea, con el brazo griego inflamado y el español infectado por el agujero de Bankia. Pero donde toda Europa le observa con atención y suspense es en su relación con Angela Merkel, a la que deberá convencer de que los europeos no devolverán nunca sus deudas si no crecen y no crecerán si solo se les sigue recetando una y otra vez la fórmula del dolor y del recorte. El monarca apresurado tiene que darse prisa.

[Publicado el 14/5/2012 a las 10:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Zigzag

Basta una palabra para designar la asombrosa maniobra política protagonizada por el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu entre la noche del lunes al martes en Israel. Los israelíes se acostaron convencidos de que el 4 de septiembre se celebrarían las elecciones que había anunciado el primer ministro tras la disolución anticipada del parlamento o Knesset, y el martes por la mañana se levantaron con las noticias de la suspensión de la convocatoria electoral y la formación de un gobierno de coalición, el más amplio de la historia de Israel, que permitiría a Netanyahu terminar tranquilamente la legislatura y celebrar las elecciones a finales de 2013. La nueva coalición a la que se ha incorporado el partido Kadima, fundado por Ariel Sharon en 2005 tras abandonar el Likud y dirigido ahora por Shaul Mofaz, contará con 94 diputados de los 120 que tiene la Knesset, donde apenas tendrán peso las voces de la oposición, los laboristas por ejemplo, y su nueva líder, Shelly Yachimovich. Ella es quien ha acertado al escoger la palabra, zigzag, aunque es mucho menos seguro que haya acertado al considerar este brusco quiebro político como el más "ridículo de la historia política de Israel". Más probable es que el movimiento de Netanyahu pase a los anales como una jugada maestra en el inextricable ajedrez político israelí y medio-oriental. Hay datos objetivos, más allá de especulaciones y conjeturas, sobre las ventajas de la maniobra efectuada con nocturnidad y alevosía. La disolución anticipada no era ningún disparate, pues Netanyahu aspiraba a mejorar su anterior resultado electoral y a superar ampliamente a Kadima, el partido de la oposición, actualmente con 28 diputados, uno más que el gobernante Likud. El adelanto iba a facilitarle una ampliación de su base parlamentaria, con algunas incertidumbres sobre la evolución de los laboristas, la nueva formación progresista encabezada por el periodista televisivo Yair Lapid o el destino electoral de Tzipi Livni, ex ministra de Exteriores recién apeada de Kadima y resuelta a envidar de nuevo en la cancha electoral. Netanyahu empezó esta legislatura encabezando el gobierno más derechista de la historia de Israel, en el que cuenta con un ministro de Exteriores como Avigdor Lierberman que roza frecuentemente la xenofobia y el racismo; y pretende ahora terminarla con el gobierno de más amplio espectro y abiertamente equilibrado hacia el centro. Su base al principio era estrecha y fragmentada; ahora es amplia y cohesionada por el acuerdo entre Likud y Kadina, las dos fuerzas con más diputados. Hasta ahora apenas se le conocía otro programa más que mantener un permanente inmovilismo en el momento de mayor cambio geopolítico en toda la región; y ahora concreta con su nuevo socio un programa de cuatro puntos, que afectan a cuestiones centrales de la vida política israelí: limitar los privilegios de los religiosos ultraortodoxos ante el servicio militar, cambiar la ley electoral para acotar la fuerza de los pequeños partidos, modificar los presupuestos con mayor énfasis en políticas sociales y reabrir el proceso de paz con los palestinos. Cada uno de estos puntos es crucial para el futuro de Israel. No es posible que el creciente peso demográfico de los ultraortodoxos no se traduzca en responsabilidades cívicas, la del servicio militar entre otras. Es muy difícil tomar decisiones estratégicas, como son los acuerdos de paz, con la fragmentación parlamentaria actual. La creciente agitación social israelí, mostrada el pasado año con sus propios indignados, constituye un serio foco de preocupación. Finalmente, no habrá futuro para Israel en un contexto demográfico como el árabe si no se aprovechan muy rápidamente las últimas oportunidades de paz que puedan quedar abiertas.Un programa así, con año y medio por delante, es más consistente que todo lo que ha hecho Bibi en esta legislatura, que es comprar tiempo y driblar tanto a sus socios y amigos como a sus adversarios, con Obama en cabeza. A pesar de todo, el zigzag nocturno deja una enorme sensación de engaño y alimenta todos los escepticismos, ya habituales cuando se trata de esta región. La maestría táctica se acerca en muchas ocasiones a la exhibición del cinismo como virtud. Tiene por tanto su lógica buscar bajo la cama del acuerdo nocturno el auténtico motivo del gobierno de unidad nacional. Este tipo de gobiernos se hacen antes de declarar una guerra. Ahora con Mofaz, hay tres ex jefes de Estado Mayor dentro de este gobierno. Y luego están las elecciones estadounidenses de noviembre, que dan explicaciones para todo y para nada. Si se disuelve es para reforzarse ante una victoria de Obama. Si se hace un gobierno de unidad nacional, es para atacar a Irán sin que Obama pueda impedirlo antes de las elecciones. La única realidad es que con el zigzag este primer ministro es ahora más fuerte. Para clausurar asentamientos en Cisjordania y para ampliarlos. Para plantar cara a las sentencias del Tribunal Supremo sobre las colonias o para aplicarlas. Para hacer la guerra o para hacer la paz. Y solo los fuertes pueden hacer auténticas concesiones.

[Publicado el 10/5/2012 a las 10:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

El hombre de la rosa

La regla se cumple. Nadie escapa a la crisis. No hay hiperpresidente que valga. De poco sirve la agitación permanente. Todavía menos un carácter dominador y despreciativo, capaz de devorar en unos meses todo el capital político acumulado durante una entera carrera política. Ese hombre que hizo su ascensión según los mejores cánones del maquiavelismo político se ha encontrado incapaz de seguir los consejos del florentino en cuanto se ha encontrado encumbrado y ensalzado como el hombre más poderoso de Francia. Así ha sido como ha sembrado la desconfianza entre los suyos, ha dividido su campo y en el último momento no ha tenido otro remedio que meterse de lleno en el ortigal de la extrema derecha para intentar salvar los muebles. Perdió esta campaña cuando apenas llevaba unos meses en el Elíseo y todos descubrieron bajo los focos del poder soberano todo el trasfondo del personaje. Se vio perfectamente en el debate electoral: no es capaz de dar ni un solo argumento sin ensalzar sus propias virtudes y a la vez humillar a su adversario. Al final el ciudadano deduce que lo que defiende no es un programa, menos todavía una idea. Se defiende a sí mismo, su ego inmenso, su narcisismo fuera de toda medida. Esta ha sido su arma secreta y temible durante toda su carrera política y este ha sido también el instrumento de su perdición y caída. Dos razones iniciales, por tanto: la crisis y el carácter, ambos elementos de una enorme capacidad destructiva para cualquiera, pero sobre todo para un poderoso. De nada han servido la inercia presidencial, el control de la agenda política que proporciona la mayoría y la capacidad de maniobra que da un poder tan concentrado como es de la presidencia de Francia, donde el titular es un monarca electo ante el que se pliegan todos los ricos y poderosos. Solo otro presidente, Valéry Giscard d'Estaing, naufragó antes que Sarkozy en su segunda elección en 1981. Hay muchos puntos en común entre ambas campañas, entre ambas derrotas e incluso entre los caracteres de los dos perdedores. La división de la derecha, con guiño implícito a votar a la izquierda, se ha producido en ambas ocasiones: Jacques Chirac lo hizo de forma discreta en 1981 y François Bayrou con mayor escándalo en 2012. "Si se quiere cambiar de política o hay que cambiar de presidente o hace falta que el presidente haga el esfuerzo de cambiar él mismo", dijo Chirac de Giscard en lo meses previos a las elecciones. Valía ahora para Sarkozy, que en su caso no tan solo no ha cambiado sino que ha acentuado los peores rasgos de su carácter y los trazos más extremistas de su política. El paralelismo con Giscard ha actuado en Sarkozy como el abismo que atrae al suicida. Ha reivindicado una Francia fuerte, expresión que fue utilizada por Giscard en 1981, y se ha pegado al argumento de la experiencia en las difíciles circunstancias de la crisis como el principal atractivo de su candidatura, sin que le hiciera muy buena compañía su mediocre balance. No es algo que haya sucedido en los últimos días de campaña, cuando incluso ha aparecido una acusación morbosa que les acerca: Giscard se encontró con el embarazoso caso de los diamantes de Bokassa, regalados por el monstruoso déspota centroafricano, mientras que Sarkozy se ha tenido que enfrentar con la financiación de su campaña de 2007 con dinero de Gadafi. Hace ya un año, Hollande señaló a Le Monde , que estaba realmente sorprendido por "la analogía entre el final del giscardismo y del sarkozismo" Según el nuevo presidente francés, ambos esgrimieron la ruptura con el pasado, rompieron los códigos presidenciales y practicaron una apertura hacia otras fuerzas, pero también ambos "fueron desestabilizados por la crisis y han conocido una deriva monárquica con un entorno que ha terminado destruyéndoles desde dentro, pues la victoria no se construye a partir de una descomposición". Si Sarkozy ha imitado a Giscard, Hollande lo ha hecho con Mitterrand, que fue quien cayó ante él en 1974 pero le venció en 1981. Esta es otra de las claves de la elección. En un momento de crisis y desconcierto, el vencedor ha echado mano de una imagen que da seguridad. La V República son dos hombres. Los mismos que se enfrentaron en los años fundacionales: de un lado, De Gaulle: del otro, Mitterrand. Para convencer a los franceses hay que ser uno u otro, o mejor todavía, uno y otro. Esto es lo que ha intentado y en buena medida conseguido Hollande, aunque con un ingrediente de reserva y discreción, al estilo de Mariano Rajoy, ante un rival que se ha peleado consigo mismo hasta la autocombustión. Mitterrand fue el hombre de la rosa: "Un hombre, con una rosa en la mano, ha abierto el camino hacia un mañana distinto", le cantaba Barbara. Hollande no significa ilusión de cambio alguno, aunque sí el relato de una sociedad que no se resigna, ante el relato del miedo de Sarkozy. Su rosa está llena de espinas, pero alguna esperanza significa.

[Publicado el 06/5/2012 a las 20:26]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.

 

Bibliografía

La Oca del Sr. Bush

La oca del señor Bush (2008).

Editorial Península

Vídeos asociados

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2011 | Gran Vía, 32 - 28013 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres