El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 4 de julio de 2009

 Del alfiler al elefante / Blog de Lluís Bassets

Sadam, interrogado

Con más pena que gloria ha pasado la noticia sobre los interrogatorios del FBI a Sadam Husein en los meses anteriores a su ejecución. El mundo anda muy ocupado en otras cosas como para mantener la atención y la fascinación por el déspota iraquí que se convirtió en el enemigo a batir por parte de la superpotencia americana hasta dar pie a uno de los mayores errores estratégicos cometidos por Washington en los últimos decenios. Y sin embargo, debo confesar que quizás por deformación profesional a mí me sigue fascinando todo lo que tiene relación con este caudillo y dictador árabe, cuyos crímenes inmensos e indiscutibles nadie puede discutir, pero cuya muerte ya reveló por sí sola que nos hallamos ante un personaje de un temperamento y de una talla especiales. La publicación de estas minutas, además, me parece un auténtico acontecimiento, además de una prueba más sobre la transparencia y la calidad de la democracia norteamericana Una lectura inicial de los 20 interrogatorios y las cinco conversaciones informales entre el interrogador norteamericano del FBI y el depuesto jefe del Estado iraquí detenido confirma todo lo que sospechábamos sobre la personalidad de Sadam y los efectos deformadores de la propaganda que llegó a proporcionarnos la imagen de un loco fanatizado. Sadam fue un tipo cruel y sin escrúpulos, pero en ningún aspecto responde a la imagen del déspota caprichoso y paranoico que se trasmitió en algún momento. Al contrario, aparece como un tipo realista y pragmático, laico y nacionalista, que abomina del fanatismo de Jomeini o de Bin Laden. Fue una locura neocon, en cambio, pretender vincularle con Al Qaeda y hacerle responsable de los atentados contra las Torres Gemelas, como estas minutas del FBI terminan de demostrar. Uno de los puntos más interesantes de los interrogatorios tiene que ver con las armas de destrucción masiva inexistentes. Por lo que se puede leer, Sadam sostuvo el engaño sobre dichas armas para mantener la disuasión frente al vecino y enemigo histórico que era la República Islámica de Irán. Engañar al enemigo sobre la propia capacidad mortífera es parte del abc militar. El error de Sadam fue de perspectiva: no se daba cuenta de que un enemigo mayor que su vecino Irán interpretaba sus gestos de forma totalmente inconveniente para sus intereses. Cayó en manos de Bush cuando temía que el atacara Jamenei. Retrospectivamente puede comprobarse, pues, que la posibilidad de un Irán nuclear estaba ya entre las preocupaciones del Irak baasista de Husein. Todo ello subraya el profundo error estratégico de George W. Bush y sus neocons, que no tan sólo tenían malas ideas, sino que además eran totalmente desacertadas para los propios intereses norteamericanos. Hasta su llegada a la Casa Blanca Estados Unidos había desarrollado una política de doble contención frente a Irak e Irán, pero la destrucción del peligro que representaba el Irak baasista fue a costa de convertir a Irán en la potencia hegemónica en la zona. Ahora le toca a Obama construir una nueva política de contención frente a la fatalidad de un Irán nuclear prácticamente dictada por las imprudentes y erróneas decisiones de Bush. (Enlace con The Nacional Security Archive, realmente imprescindible para los ?fans? de Sadam. Podemos ver la ficha policial de ?Sadan Hussein At-tikriti, militar detenido?, con todas sus huellas dactilares, o enterarnos en detalle de sus grandilocuentes y pretenciosas expectativas respecto a la gloria histórica. No estaba loco, pero sí estaba aquejado de la locura de la posteridad que suele afectar a todos los poderosos, demócratas incluidos).

[Publicado el 03/7/2009 a las 11:59]

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Las prisas de la victoria

La guerra no ha terminado. Pero es una guerra perdida desde hace muchos años. Y quien la ha perdido ha sido Estados Unidos de América. Algunos ya se dieron cuenta en el momento en que Bush alzó los brazos para hacer la uve de victoria sobre el portaaviones Abraham Lincoln, frente a la costa californiana, delante de aquella pancarta mentirosa que decía "Misión cumplida", el 1 de mayo de 2003, apenas 40 días después del inicio de la invasión. Se daba por hecha la victoria y el horror en cambio apenas había empezado. Pero la medida y la imagen de la derrota irremediable la han dado la celebración el martes en Irak del Día de la Soberanía Nacional para señalar la partida de las tropas norteamericanas de las grandes ciudades. Las imágenes de alegría, fuegos artificiales y discursos patrióticos que ensalzan la victoria para unos son para otros el duelo por la derrota y por el altísimo precio pagado en vidas y costes de todo tipo. El primer ministro Nuri al Maliki, con tanta precipitación como Bush, quiso apuntarse el tanto de la retirada ante las elecciones del próximo enero, y ha presentado así la fecha del 30 de junio como un día de emancipación nacional, en el que los iraquíes se han sacudido el yugo extranjero. En Irak quedan todavía 130.000 soldados norteamericanos, que no empezarán a retirarse hasta 2010, proceso que culminará a finales de 2011, cuando Washington deberá establecer con Bagdad un tipo de relaciones similares a las que tiene con Madrid si quiere conservar presencia y bases en aquel territorio. Todo esto, por supuesto, si no prenden de nuevo las guerras civiles que han ardido durante estos seis años, no sale entero el Sadam Husein que Nuri al Maliki lleva dentro, no naufraga la precaria unión de kurdos y árabes, chiitas y sunitas, y las cosas transcurren con una normalidad razonable. Ya se sabe que ciertos árabes, instalados en las leyendas de una expansión imparable con el Corán en una mano y la cimitarra en la otra, han inventado una muy peculiar moral de la victoria contemporánea que permite celebrar como conquista incluso la más escocedora de las derrotas. Todavía están lejos los iraquíes de una situación que les permita desplegar la autoestima y aclamarse a sí mismos como vencedores. Pero de momento les basta la desaparición de las ignominiosas patrullas blindadas de sus calles para sentirse arropados por la moral de la victoria. Su Gobierno hace todo lo que puede para que esta leyenda de una victoria ahora tan inaprensible se convierta en hechos. Lo demuestran sus exigencias en la negociación del estatus de las fuerzas norteamericanas (acordado con Bush, por cierto), la dureza de sus posiciones con los contratistas privados que han campado a sus anchas en los seis años largos de guerra y ahora el listón altísimo, quizás demasiado, que le han puesto a la subasta de derechos de explotación del petróleo. No hay muchas razones para el optimismo. Esta transición delicada avanza subrayada por la sangre de los atentados hasta el mismo día de las celebraciones. No sabemos si habrá una resurgencia del terrorismo, con la firma del vecino iraní en plena reacción fundamentalista o de la gran franquicia violenta sunita que es Al Qaeda. Puede haber, pues, más derrotas después de la derrota, y seguro que su enjuague político salpicará a Barack Obama, aunque todas las decisiones, incluso las más acertadas que condujeron a la transición actual, se tomaron en los últimos meses de George W. Bush. Dos han sido las novedades que Obama ha introducido respecto a Irak: la primera, su consideración como un elemento más de una política global para Oriente Próximo, y la segunda, en relación al lugar central que ocupa la diplomacia en su política exterior, después de una etapa en la que su almendra era meramente militar. En el resto no hay diferencias de fondo con el último Bush, de forma que si la derrota ya aceptada es de éste, su prolongación terminaría siendo de Obama. Fue una guerra injusta según los parámetros más clásicos. La causa era falsa: no había armas de destrucción masiva ni Sadam Hussein tenía relaciones con Al Qaeda. Fue mal conducida, y la prueba ha sido su duración y su fin todavía indeterminado. No se libró con la autoridad legítima, que debía ser la de una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Y no se lanzó como último recurso. Pero las guerras no se pierden por injustas, sino por mal libradas. Eran equivocados y confusos sus objetivos y fueron pésimos los medios que se dispuso para obtenerlos. Hasta qué punto el coste irracional de la guerra ha influido en la actual recesión es otro de los puntos para la polémica. Pero no hay duda de que ha sido uno de los pilares del fracaso también económico de la etapa neocon. Dice el muy citado Sun Tzu que "un ejército abocado a la derrota se bate sin esperanzas de vencer", mientras que "un ejército victorioso lo es ya antes de entrar en combate". Seguro que los cultísimos neocons le habían leído, pero no entendieron nada.

[Publicado el 02/7/2009 a las 04:54]

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La crisis de seguridad

Nadie puede discutir a estas alturas que con el 11-S dieron un giro las políticas antiterroristas en todo el mundo. Aquello fue una crisis, una profunda crisis sobre seguridad, a la que se le pueden aplicar las mismas sentencias lapidarias que a la tremenda crisis económica que estamos viviendo: son crisis demasiado grandes cómo para desaprovecharlas. La crisis de seguridad fue aprovechada por todos, aunque algunos destacaron especialmente: Bush y sus neocons se lanzaron con toda la fiereza a cambiar el mundo, instalaron la guerra preventiva como sistema de acción exterior, eliminaron el habeas corpus, suspendieron la constitución, crearon cárceles secretas y limbos jurídicos, y entablaron una guerra global contra el terror que fácilmente pudo confundirse con una confrontación mundial entre Islam y occidente. Todo aquello ya ha pasado (o está terminando de pasar, por cuanto sus secuelas son largas y de difícil disolución). Pero no ha pasado del todo en algunos puntos del planeta: las prácticas sobre seguridad y terrorismo de los actuales gobernantes israelíes no difieren en mucho de las de Bush. Las de Putin y de Hu Jintao son las mismas que tenían entonces y por eso siguen aplicando muy similares patronos en Georgia o en Tibet. Aprovecharon la crisis entonces y siguen todavía a rebufo de aquel cambio cuando las cosas empiezan a cambiar. Pero una vez liquidados los excesos neocons y su aprovechamiento para colar mercancías de matute, hay que reconocer que el 11-S sigue marcando un giro copernicano en la lucha antiterrorista. Lo supieron ver anticipadamente los norirlandeses del IRA, que firmaron los acuerdos del Viernes Santo en 1998, tres años antes, y se quedaron papando moscas y así siguen todavía los violentos del nacionalismo radical vasco, que desperdiciaron la que fue quizás su última oportunidad de dejar las armas mediante la negociación directa con el Gobierno español en 2006, que terminó con el atentado de Barajas del 30 de diciembre de dicho año. Los irlandeses supieron aprovechar la crisis de seguridad para culminar su alejamiento de una violencia cada vez menos rentable y perjudicial para su propia causa y los etarras, en cambio, han dejado que la crisis les fuera mordiendo cada vez más terreno político, jurídico e ideológico. Uno de los frutos españoles de la crisis de seguridad abierta en 2001 fue la ley de partidos, que ahora ha recibido todos los avales del Tribunal de Derechos Humanos del Consejo de Europa. No es casualidad que entre la legislación considerada por el tribunales cuenten las posiciones comunes del Consejo de Ministros de la UE respecto a las listas de grupos terroristas (entre los que están todos los avatares de ETA: KAS, Xaki, Jarrai, Haika, Segi. Gestoras pro Amnistía, Askatasuna, Batasuna, Herri Batasuna y Euskal Herritarrok), una resolución de la Asamblea de Parlamentarios del Consejo de Europa y la Convención del Consejo de Europa para la Prevención del Terrorismo. Todo esto forma parte del legado del 11-S, y distinguiendo un poco más, de la parte democrática e incluso garantista de este legado, a diferenciar claramente de la ya desechada y fracasada filosofía neocon. No está de más recordar que las lecciones de aquellos atentados y de todos los que les siguieron jamás debieron dejarse en manos de Bush y sus compinches. .pdf

[Publicado el 01/7/2009 a las 01:00]

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CIA y golpe

Los reflejos no cambian de la noche a la mañana, aunque desaparezcan las circunstancias que condujeron a su aparición. Hay un golpe de Estado en cualquier lugar del planeta, pero especialmente en América central, y sale alguien señalando con el dedo a la CIA. CIA y golpe son palabras asociadas entre sí casi como martillo y clavo, y eso prácticamente desde su creación. Por eso es todo un acontecimiento que llegue ahora este curioso golpe de Estado de Honduras, en el que el presidente destituido contaba sólo con su pijama para protegerse, para subrayar que desde Langley, la localidad de la periferia de Washington donde tiene su sede la gran agencia de espionaje, los Estados Unidos de Barack Obama ya no dan golpes de Estado sino que los condenan. Si atendemos a las informaciones que llegan desde Washington, incluso cabría esperar que Obama utilizara a la CIA para reponer en su puesto al presidente expulsado. Esperemos que no lo haga: meter la pasta dentífrica en el tubo suele ser una acción mucho más difícil que sacarla. A fin de cuentas, parece que nadie en Honduras quiera darse cuenta de que lo que han hecho entre unos y otros es un auténtico golpe de Estado, una mofa del Estado de derecho, un atentado al principio sagrado del sometimiento de los militares al poder civil y un regreso al camino infame del golpismo, que tanta sangre, dolor y subdesarrollo han producido en América Latina. Ni siquiera vale el argumento de que el ejército cumplió una sentencia judicial que anulaba una decisión presidencial: los militares deben obedecer siempre al ejecutivo, que es de quien dependen. Sólo faltaba la intervención grotesca del coronel golpista Hugo Chávez contra el golpe para culminar la cadena de despropósitos. Y sólo faltaría ahora un golpe de la CIA pero al revés. Tal como están las cosas, la llegada del primer presidente afro americano a la Casa Blanca significa la culminación de otro ciclo en la política internacional que empezó, ni más ni menos que en Teherán, en 1953, con el golpe de Estado que organizó el jefe de la CIA para Africa y Asia, Kermin Roosevelt, emparentado con los dos presidentes del mismo nombre, contra Mohamed Mossadeq, primer ministro salido de unas elecciones democráticas que nacionalizó la compañía de petróleos británica Anglo-Iranian Oil, que luego se convertiría en British petroleum. La lista de golpes de la CIA desde entonces es abrumadora, sobre todo en tiempos de la Guerra Fría, que es para lo que fue organizada la agencia y la circunstancia a la que se amoldó perfectamente como su especialidad. De aquellos polvos golpistas que degollaron la democracia iraní y repusieron al tiránico Sha Reza Palehvi salieron los lodos de la Revolución Islámica en 1979 y el profundo antiamericanismo que quedó marcado a sangre y fuego en la memoria de los iraníes. Por eso Obama ha condenado autocríticamente aquel golpe contra Mossadeq y ahora ha reaccionado con sus nuevos reflejos antigolpistas. Estados Unidos está cambiando. La CIA está cambiando. Pero pasará tiempo antes de que el cambio llegue incluso a esos viejos reflejos tan útiles para personajes como Hugo Chávez, Mahmud Ahmadinejad o los hermanos Castro que necesitan a la CIA y al imperialismo americano para culparles de todo golpe de Estado y de cuanto malo les ocurra a ellos y a sus amigos.

[Publicado el 30/6/2009 a las 01:00]

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Carta a un colono israelí

Estimado señor Ben Hillel: Me invita usted a conocer Judea y Samaria, suponiendo que no he viajado nunca a la Cisjordania palestina ocupada por Israel. Se equivoca. La he visitado, antes de la última Intifada, como visité varias colonias donde tuve ocasión de escuchar de viva voz idénticos argumentos a los que pueden leerse en su carta. Allí pude entender que los colonos consideraban que Jehová les había otorgado colectivamente unos derechos de propiedad sobre este territorio que tenían mayor fuerza que cualquier derecho de propiedad individual, y no digamos ya colectivo, de los ciudadanos palestinos. Allí un dirigente de los colonos me aseguró con toda seriedad que había certificados de propiedad que anulaban cualquier escritura pública o documento legal exhibido por los palestinos, pues se trataba ni más ni menos que de los textos bíblicos. No me sorprende que usted sitúe las supuestas leyes de Dios sobre las de los hombres a la hora de atribuirse derechos históricos sobre territorios que no pertenecen a Israel. Es algo frecuente en movimientos nacionalistas, que fundamentan sus reivindicaciones territoriales en designios divinos, leyendas sobrenaturales o narraciones más literarias que históricas. Pero usted debería intentar entender que es muy difícil que quienes no forman parte de estas comunidades compartan este tipo de creencias y más todavía que lo hagan quienes resultan perjudicados por los supuestos derechos que emanan de ellas, como es el caso de la población árabe palestina. Sobre todo si, además, se hace recaer toda la responsabilidad del conflicto sobre quienes han sido expoliados en esta confrontación entre derechos supuestos y derechos legales internacionalmente reconocidos. No está de más recordar que la legitimidad de la reivindicación sionista de un Estado propio para los judíos (que me parece tan justa e indiscutible como lo es la reivindicación palestina de un Estado propio para los palestinos) no bastó para dar fuerza legal a la existencia del Estado de Israel, que se debe única y exclusivamente a la resolución 181 de la Asamblea General de Naciones Unidas de 1947. No sé por qué cita usted a Goebbels, a mis supuestos antecedentes judíos ni a los fantasmas asimilacionistas. Aunque usted no lo crea tengo una gran devoción por la cultura judía, que forma parte, sin lugar a dudas, de la cultura europea, de mi cultura, mi pasado y mi presente. También tengo gran admiración por Israel, aunque mi desacuerdo con el actual Gobierno y su primer ministro sea radical. Todavía mayor es mi desacuerdo con los numerosos regímenes despóticos y dictatoriales de la región, lo cual no me impide simpatizar ni con la cultura árabe ni con el pueblo palestino. Soy un lector asiduo del diario Haaretz, en su versión en inglés, que le recomiendo vivamente. En sus artículos he encontrado los mejores y más contundentes argumentos contra la ocupación y colonización de los territorios palestinos de Cisjordania. Le recomiendo especialmente que lea con atención el que publicó Chaim Gans el pasado día 23 de junio acerca del precio injusto que se les hace pagar a los palestinos por la realización del sueño sionista. Nada me reconforta más que encontrar voces capaces de reconocerse en el otro y de situarse en su lugar, en este caso el de los palestinos, algo que yo siempre había creído que formaba parte de la herencia civilizatoria judía, aunque a la vista está que los israelíes contemporáneos se han ido despegando de ella de forma cada vez más acentuada.  Le mando mis saludos, así como mis deseos de paz y seguridad para usted y para todos sus vecinos, y la esperanza, quizás vana. de que algún día el odio y el desprecio por el otro que son moneda común en tierras de Oriente Próximo sean sustituidos por la compasión y el respeto. 

[Publicado el 29/6/2009 a las 01:00]

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Carta de un colono isarelí

Un ciudadano israelí, que responde por el nombre de Daniel Ben Hillel, me hace llegar una carta a propósito de mi artículo ?Los okupas de Jehová?, que publiqué en El País y en este blog el 11 de junio. Hoy quiero dar dicha carta en este espacio y señalar que la mejor respuesta a sus argumentos se la da el prestigioso historiador británico Tony Judt en el artículo que publicó ayer El País, y que es una versión algo acortada y traducida al castellano del texto original publicado por The New York Times. La carta toca algunos puntos muy concretos que merecen, sin embargo, una respuesta más específica, que daré en un próximo post, probablemente este mismo lunes. Estimado Sr. Bassets,   Me dicen que es usted de ascendencia Judía, lo cual me permite, quizás, comprender mucho mejor su posicionamiento acérrimamente anti-israelí. Ese es un problema con el cual hemos venido lidiando desde hace 2.500 años y a pesar de que tenemos aún fresca en la memoria la experiencia de la Judería alemana en 1938, aun no hemos podido comprender que hay cosas de las que simplemente no podemos, como judíos, desprendernos.   Su artículo parte de premisas varias, repetidas una y otra vez por los propagandistas árabes, quienes están aplicando la regla enunciada por Goebbels, de triste memoria, de que una mentira repetida mil veces se transforma en una verdad. Intentaré marcar, por lo menos, algunas de éstas, a mi entender, erróneas concepciones.   La propiedad de la tierra de Israel - El Estado de Israel fue fundado en su tierra ancestral, tierra que vió nacer al pueblo Judío y la única tierra en la cual los Judíos se desarrollaron como país y como pueblo. Es cierto que hubo propuestas de sitios alternativos ofrecidas a lo largo de los años, tales como parte de Argentina o la ex colonia inglesa de Uganda, pero no fueron aceptadas por el pueblo Judío por una razón muy simple: no tenemos ninguna base ética para reclamar esos territorios. La tierra de Israel, en cambio, nos pertenece porque es la tierra que Dios le dio al pueblo Judío y no por una resolución de las Naciones Unidas. Analizando las resoluciones, primero de la Sociedad de Naciones y luego de las Naciones Unidas, vemos que el territorio destinado a Israel era el de TODO el protectorado de Palestina (protectorado inglés), que luego fue subdividido para satisfacer intereses políticos ingleses creándose el Reino de Transjordania; el territorio restante fue dividido otra vez por parte de las Naciones Unidas para la creación del Estado de Israel y de una entidad árabe, partición no aceptada por los árabes a pesar de que dejaba en sus manos el 93% del territorio original destinado al pueblo Judío.   Racionalidad de los "okupas" - Los okupas, como usted les llama, y en cuyo numero me cuento, no están en duda; resulta, tan solo, que nuestra escala de valores es distinta a la suya. El Judaísmo no es una religión (se que esto es difícil de entender sobre todo por usted), el Judaísmo es una forma de vida, es una forma de comer, una forma de rezar, una forma de vestir, una forma de pensamiento filosófico, etc., pero sobre todo una fe profunda en Dios. No puede usted tratar de "odiadores de árabes", extremistas y otros cuantos apelativos peyorativos a gente que es tan solo fiel a sus principios de vida, sin por ello alejarse de la realidad mundial ni de trabajar como cualquier hijo de vecino. No puede pretender que yo crea y/o acepte que no tengo derecho a Judea y Samaria (donde vivo) y sí a Tel Aviv por la simple razón de que las Naciones Unidas así lo determinaron. Judea y Samaria son nuestra cuna histórica, no así la región de la costa; por ello creemos tener tanto o más derecho a Judea y Samaria que a cualquier otra región de Israel.   Idealismo - Quizás este punto sea la clave para su incapacidad de comprender la lucha del pueblo Judío por vivir en su tierra; quizás el vivir en una sociedad mercantilista le lleve a creer que se puede transar en lo básico siempre y cuando se obtenga algo a cambio de ello. Sr. Bassets, ¡cuéntele eso a los vascos! ¡cuénteselo a los catalanes (eso debería entenderlo) o a quien fuere que crea que los ideales no se venden! Esta misma es la razón por la cual Estados Unidos es incapaz de comprender la realidad mundial y sueña que con sanciones económicas se soluciona todo. Como dice el dicho: "Cree el ladrón que todos son de su misma condición", y quien está dispuesto a vender sus creencias a cambio de una casa calefaccionada y un vehiculo climatizado cree que lograr lo que quieren es una simple cuestión de precio. Pues se equivoca Sr. Bassets; su forma capitalista de pensar esta básicamente errada ya que asume que todo el mundo es capitalista.   La Realidad - Creo firmemente que la única forma de que vea, acepte y conozca la realidad es que visite nuestro país, y más específicamente mi ciudad, donde sería mi huésped, por supuesto sin cargo alguno para usted; también me haría cargo del coste del billete de avión. Nada como que usted conozca la realidad, nada como ver la forma en la que viven los habitantes de Judea y Samaria para que usted comprenda que hablamos de un volver a las bases, sea en términos de modo de vida, sea en términos éticos.   Nada le impide llegar al conocimiento; incluso podría luego escribir varios artículos que seguramente vendería bien; tan solo la valentía de enfrentarse a sus fantasmas asimilacionistas se interpone entre esta oportunidad y usted. Aguardo su respuesta.   Daniel Ben Hillel

[Publicado el 26/6/2009 a las 11:34]

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Irán en transición

Irán ha sido quizás el mayor beneficiario de los errores de George W. Bush y sus neocons, hasta el punto de que ha resurgido como potencia regional y referencia política hegemónica del islamismo, con extensiones y alianzas por todo Oriente Próximo. La ironía de la historia es que tras alcanzar su cénit de puertas afuera, al régimen jomeinista, corroído en su interior, se le abra la mayor crisis desde su fundación como República Islámica, en lo que son probablemente los balbuceos de una transición política. Pocas cosas son más difíciles de acompañar que el paso de una dictadura a una democracia cuando se sale de una etapa de polarización extrema, como la que ha presidido las relaciones entre Washington y Teherán durante los 30 años de vida de la República Islámica. Diez días ha durado la retención de Obama ante la represión brutal contra la revuelta democrática en Irán. Su rechazo contundente a las actuaciones del régimen llega en el momento mismo en que la crisis electoral pasa a una nueva fase, en la que es muy probable una sensible disminución de las movilizaciones. La estrategia de la dictadura es ahora bien clara: enfriar la crisis endureciendo el control de la calle, por una parte, y por la otra mantener minúsculos márgenes para las reclamaciones, sabiendo que el final está ya decidido e incluso acotada la fecha de la nueva toma de posesión de Ahmadineyad. Nadie podrá decirle a Obama que ha pretendido influir sobre el resultado final o animado a los manifestantes a seguir protestando. Un comportamiento tan circunspecto era especialmente útil para desmentir ante la opinión pública iraní el papel que el régimen otorga a Estados Unidos, como espantajo útil para justificar todos los problemas, fallos y corrupciones, al estilo de la Cuba de Castro.La herida sufrida por el régimen en su legitimidad supuestamente democrática es incurable. Esos tres millones de votos sobrantes, reconocidos por el Consejo de Guardianes en las urnas de 50 distritos sobre 170, son la pistola humeante que prueba el fraude. No hay más que decir. Si no se anulan, y ahora ya es muy difícil que suceda, Ahmadineyad se instalará como un presidente tramposo, salido de un pucherazo alentado por quien detenta realmente el poder como dictador supremo, que es el ayatolá Alí Jamenei. De un plumazo queda en cuestión el entero tinglado que permitía presentar a la República Islámica como un ejemplo de democracia compatible con la más estricta práctica religiosa.Si en China es la autoridad suprema del partido la que constituye el último dogma que garantiza la cohesión y la disciplina, en el Irán jomeinista este papel lo desempeña la autoridad del velayat el-faqih (gobierno del jurisconsulto), que vela por la adecuación del Estado y la sociedad al dogma indiscutible de la sharía o ley islámica, cuya interpretación esta finalmente en sus manos. A diferencia de China, donde nada ha podido resquebrajar al Partido Comunista, en Irán sí ha sucedido con la autoridad de Alí Jamenei, el sucesor de Jomeini, que ha tomado partido sospechosamente por Ahmadineyad, ha declarado válidas las elecciones y se ha jugado su prestigio entre sus pares, los clérigos, como demuestra el apoyo de Rafsanyani y Jatamí a los candidatos reformistas.El cambio de etapa es especialmente delicado. Obama no puede olvidar su objetivo de normalización de relaciones y debe mantenerse firme en una oferta de diálogo que debe ser con Irán, no con el régimen, sobre el proyecto nuclear. Pero tampoco puede permitir que sea utilizada por Ahmadineyad para recuperarse después de esta crisis. Al contrario, debe habilitar la nueva estrategia norteamericana a la necesidad de cambio democrático expresada en esta protesta. Seguir el camino diplomático será especialmente difícil si de pronto el régimen consigue superar este tremendo bache y resucita más duro y fuerte que nunca. Pero si sucede lo contrario, el diálogo con EE UU puede incluso contribuir a una extensión de las grietas que han aparecido en la República Islámica.La fortaleza del movimiento democrático es innegable. Tiene un objetivo claro: la celebración de nuevas elecciones; un símbolo que cuadra perfectamente en la cultura política chiita: Neda, joven mártir asesinada por los impíos basijis, los porristas lumpen al servicio del régimen; y un lenguaje y formas de combate que se apropian de la legitimidad religiosa hasta ahora radicada en el otro bando. Además, la sociedad iraní, como la española en los años sesenta, ha empezado ya su transición de mentalidades e incluso costumbres. Quien no ha sabido hacerla es el régimen. Ahora es el momento en que son válidas las palabras de Mijaíl Gorbachov a Erick Honecker, el dictador comunista de la República Popular de Alemania poco antes de la caída del Muro: "La vida castiga a los que llegan tarde". Un buen puñado de ayatolás ya lo sabe. No así el Guía Supremo y sus esbirros. Si seguimos el prontuario de la historia, su suerte está echada.

[Publicado el 25/6/2009 a las 03:23]

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La intimidad

Fascinante hipnotismo de los poderosos. Puede actuar a distancia sobre quienes no les conocen ni pueden recibir recompensas o prebendas de ellos, incluso sobre mentes pobladas de ideas diametralmente opuestas. Buenas gentes que de pronto se ven impelidas por extrañas e inexplicables razones a defender unas causas que no les van ni les vienen, y que pueden alcanzar cotas sublimes de sectarismo y empecinamiento. Escritores y periodistas deslumbrados por la luz cegadora del poder, que les atrae como los faros a las mariposas nocturnas. Tanto más sorprendente es este fenómeno en nuestros tiempos devaluados, cuando quienes ocupan las más altas magistraturas pueden llegar a ser los peores, los más inanes o los más corruptos. Si siempre es irritante la sumisión de la inteligencia al ordeno y mando, más lo es cuando los adulados poderosos hombres de acción se caracterizan por su insulsa incapacidad, adornada puramente por la manipulación, la propaganda y el teatro, que cubren las vergüenzas de su cabeza huérfana de ideas. Viene a cuento todo esto porque hoy no quiero ocuparme de Berlusconi sino de esos individuos impresionables, que fueron un día juiciosos pero de pronto han caído, como obnubilados por unos pases magnéticos, en la defensa de algo tan inconsútil como la intimidad del primer ministro italiano y en el ataque a los periódicos donde se han publicado las fotos o se ha contado con detalle el tráfico de mujeres al que se dedica el jefe del Gobierno italiano. No para contradecirles ni para defenderme yo mismo y mi periódico respecto a las decisiones que conciernen a algo tan público como la vida privada del Cavaliere. Sino para conminarles a que sigan defendiéndole; que no le dejen sólo con su ejército de abogados y de periodistas a sueldo: ellos son los únicos que lo hacen libre y generosamente, sin atender orden alguna ni esperar recompensa. Les necesitamos. Es tan clara y contundente la falta, tan evidente la necesidad de perseguirla y purgarla, que nada ayudará más y mejor a alcanzar una perfecta depuración del caso que el funcionamiento regular de una defensa intelectualmente ambiciosa, capaz de buscar argumentos donde no los haya por el puro placer de defender a este tipo de individuos y poder llevar así la contraria a sus progres o socialdemócratas malditos hasta cargar sobre sus espaldas la responsabilidad de todo el escándalo. A ellos les toca ahora hacer los deberes. Hacer comprender a la gente que colocar prostitutas en las listas electorales, traficar con mujeres, ofrecer favores políticos a cambio de servicios sexuales, forma parte todo ello de la intimidad. Convencer a los diplomáticos y a los políticos responsables que esa expansiva privacidad del jefe del ejecutivo, en la que se mezclan meretrices de lujo y azafatas televisivas, no pone en peligro la seguridad del Estado y de sus más altos servidores, ni convierte a dicho personaje en seriamente vulnerable a chantajes, extorsiones, espionaje, o inducción a realizar cohechos y tráficos de influencia. Asegurar con sólidos argumentos a sus conciudadanos que en nada afecta al prestigio de su país ni va a influir en lo más mínimo en la actitud de los mandatarios del G20 que se reunirán en julio en L?Aquila bajo tan una presidencia tan amena. Culminar toda su argumentación con un sólido y convincente alegato contra el moralismo y el buenismo practicado por la izquierda más convencional.

[Publicado el 24/6/2009 a las 09:28]

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Más preguntas sobre la nueva revolución iraní

Imaginemos que los reformistas toman el poder, que hoy al menos ya es imaginar en el punto en que están las cosas. ¿Alguien puede creer que Musaví y sus amigos, Rafsandjani y Jatamí entre otros, piensan en renunciar al programa nuclear? ¿Puede creer alguien que se esfumen por arte de birlibirloque las actitudes hostiles a Israel y sobre todo a los judíos, con la mera desaparición de Ahmadinejad de la escena política? ¿Cabe la posibilidad de que la teocracia iraní se deshaga como un azucarillo? La fluidez de la situación política parece, en todo caso, muy notable. Se ha producido un movimiento a la defensiva por parte del régimen, como es el reconocimiento de errores flagrantes en las votaciones en 50 ciudades por parte de un organismo central como es el Consejo de Guardianes (seis teólogos nombrados por el Guía supremo Alí Jamenei y seis juristas nombrados por el jefe del poder judicial, a su vez nombrado por el Guía supremo). El carácter fraudulento de las elecciones y la razón que asiste a quienes piden en las calles por el destino de su voto sólo permiten una respuesta, y es la anulación de los comicios. Si no se anulan, la legitimidad democrática que el régimen ha intentado lucir desde sus inicios queda totalmente cuarteada. Imaginemos, pues, por un momento, que después de este primer paso atrás (un grave error político que demuestra la debilidad de la dictadura) vienen otros más. Que sigue la dinámica de movilizaciones ?y por el momento nada indica que esté perdiendo impulso- y que se llega a conseguir la anulación de los resultados fraudulentos y una nueva convocatoria de elecciones. Si esto sucediera se abriría un período todavía de mayor movilización hasta la celebración de una campaña electoral que podría derivar en una confrontación abierta entre dictadura y democracia. Llegar hasta este punto en un país fuertemente militarizado, en el que el piadoso dictador maneja los hilos de la policía, los servicios secretos y las milicias con gesto compungido y lloroso como si no fueran con él, no es cosa de coser y cantar. El peligro de una enfrentamiento civil serio es bien evidente. Pero imaginemos, imaginemos. Si sucediera todo esto, entonces, no ahora, las preguntas con que empezaba tendrían una vigencia extrema. Y todavía habría que añadir otra más: ¿Un Irán más democrático y menos teocrático dejaría de representar una amenaza existencial para el Estado de Israel? Hay tres cosas que parecen claras. El nuevo régimen seguiría siendo pro palestino. Apoyaría a Hezbolá en Líbano y a Hamas en la franja de Gaza, aunque es muy probable que también favoreciera la recuperación de la unidad con Fatah y su abandono del extremismo violento. Y exhibiría orgullosamente el derecho de los iraníes a contar con una industria nuclear propia e incluso a recorrer el camino para la obtención del arma nuclear si a ninguno de sus vecinos más próximos, Rusia, China, India, Pakistán e Israel, se le ocurre comprometerse en el reto del desarme nuclear que ha planteado Obama. (En otras circunstancias hoy hubiera sido un día perfecto para escribir sobre el espectáculo de Versalles, donde Sarkozy ha resuelto un problema gravísimo que conmociona a los franceses en su vida diaria como es el gran número de burkas que se puede ver por sus calles. Pero la revolución iraní luce un poco más que este sol resplandeciente que ayer iluminó a los franceses y a todo el mundo a pocos kilómetros de París, en la excepcional reunión del Congreso, es decir, el Senado y la Asamblea nacional excepcionalmente reunidos para aclamar y vitorear al presidente. Lo dejaremos para otra y mejor ocasión. Si la hay.)

[Publicado el 23/6/2009 a las 01:00]

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Obama frente a los ayatolás

¿Debe Estados Unidos denunciar el fraude electoral de las elecciones iraníes? ¿Corresponde a la primera superpotencia decidir quién ha ganado los comicios? ¿Está entre sus funciones animar a los manifestantes que exigen unas nuevas elecciones presidenciales? ¿Debe Washington promover el derrocamiento de la dictadura teocrática iraní? Todas estas preguntas se hallan estos días en el fondo de las numerosas críticas que está recibiendo Barack Obama por su extraordinaria cautela a la hora de pronunciarse sobre la situación política iraní. A pesar de toda su prudencia, el régimen de los ayatolás ha señalado a los países occidentales, encabezados por Londres y Washington, y muy especialmente a sus medios de comunicación, como incitadores de la revuelta. Muchos son los argumentos que aconsejan la máxima prudencia a los Gobiernos democráticos en éste y en todos los casos. En primer lugar, porque apoyar a un candidato significa descalificarlo ante la opinión pública interna. Para Obama significa, además, limitar los márgenes del diálogo con Teherán propuesto en su programa electoral, algo que deberá emprender sea cual sea el desenlace de la crisis. Lo mismo puede decirse del apoyo a los manifestantes, que el régimen quiere presentar como manipulados desde el exterior. Muy distinto es intensificar la presión respecto a las violaciones de derechos humanos y el ejercicio de una intensa vigilancia sobre los comportamientos del régimen, sobre todo por parte de un presidente que se ha mostrado empeñado en su defensa en su propio país, como es el caso de Obama. Hay muchos y variados antecedentes sobre el comportamiento de Estados Unidos ante crisis políticas como las de Irán. Para buscar un caso remoto pero interesante, en 1956 Washington alentó la revuelta armada de los húngaros contra la ocupación soviética, hasta crear la falsa sensación de que las tropas de la Alianza Atlántica podrían acudir en auxilio de los revolucionarios. El pragmatismo de la Guerra Fría, que obligaba a respetar las áreas de influencia dibujadas en Yalta al término de la contienda mundial, dejó tirados y sin otro auxilio que el propagandístico a los desgraciados y valientes húngaros. En 1981, para acercarnos más a nuestras circunstancias, la Casa Blanca de Ronald Reagan se mantuvo discretamente al margen y sin entrometerse ante el golpe de Estado del coronel Tejero. Cabe notar también la discreción con que Estados Unidos, esta vez con Bush padre, abordó la represión de los estudiantes de Tian Anmen, a cargo de un régimen que era ya un estrecho aliado sobre todo en el campo económico. Reagan y Bush padre no tuvieron precisamente unos reflejos muy vivos a la hora de tomar partido, respectivamente, en las elecciones filipinas de 1986 en las que Corazón Aquino tuvo que superar el fraude electoral preparado por el dictador Ferdinand Marcos y en el golpe de Estado del verano de 1991 contra Mijail Gorbachev. La tradición norteamericana en estos casos ha sido, ante todo, la de una reacción según criterios de realismo político y de prudencia respecto a sus propios intereses. Durante la entera Guerra Fría Estados Unidos apoyó numerosas dictaduras, la española sin ir más lejos, y no movió un dedo cada vez que hubo extralimitaciones de sus aliados más impresentables. La presidencia neocon de Bush hijo, curiosamente, fabricó un nuevo tipo de actitud moralista ante las crisis políticas, merecedora de los mayores sarcasmos: siendo una de las peores etapas en cuanto a promoción de los valores y derechos más característicos del ideario fundacional norteamericano, impuso como un dogma del comportamiento internacional el derecho e incluso la obligación de Estados Unidos a interferir y arbitrar en las crisis políticas de cualquier país, principalmente si se trataba de derrocar gobiernos despóticos sin vinculaciones de intereses ni alianzas con Washington. Las actuales exigencias y presiones sobre Obama para que lance diatribas y condenas contra la dictadura de Jamenei son una última extensión de la hipocresía neocon y a la vez parte de la labor de oposición al nuevo presidente para hacer descarrilar su política internacional de apertura al mundo musulmán y de diálogo con el Irán de los ayatolás. Todas estas consideraciones no ocultan la dificultad del momento internacional para Obama, pues en cierta medida está inaugurando una nueva forma de relaciones con el mundo que significa una ruptura con la anterior presidencia y muchas innovaciones respecto a las anteriores. (Enlaces con dos artículos críticos con Obama, de Paul Wolfowitz y Charles Krauthammer)  

[Publicado el 22/6/2009 a las 01:00]

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Biografía

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.

 

Bibliografía

La Oca del Sr. Bush

La oca del señor Bush (2008).

Editorial Península

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