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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 26 de agosto de 2019

 Blog de Rafael Argullol

La esperanza objetiva

Rafael Argullol: Es muy difícil convencer al hombre que renuncie al corto plazo. 

Delfín Agudelo: Tengo la impresión de que en el anhelo de eliminar la incertidumbre y salirse del corto plazo existe una buena voluntad que, sin embargo, estará siempre vinculada al castigo. Prometeo siendo un titán roba para los humanos, pero Zeus luego inflinge un castigo sobre él y sobre éstos; Edipo carga con su buena voluntad y espera encontrar la verdad, pero su desvelamiento vendrá acompañada de un castigo. La buena voluntad, a la vez, del Doctor Frankenstein: sí tiene su momento egocéntrico de asumir al postura de un dios, pero también detrás se presenta el ímpetu medicinal de ayudar, que será crudamente castigado por su misma creación. La esperanza sobre la buena voluntad, aparentemente viene acompañado de un castigo.

R.A.: Creo que sí, viene acompañado de un castigo siempre que no entendamos el castigo desde el punto de vista de la culpabilidad propia de la religión cristiana y propia en nuestro caso del catolicismo. Del castigo en el sentido de que nuestra aspiración a la armonía y al cosmos siempre va acomañada de la presencia del caos y del desorden, de la disonancia. Y eso muchas veces es reconocible cuando tratamos de contrastar lo llamado objetivo y lo llamado subjetivo. Un ejemplo: cuando alguien mayor, un ser querido nuestro, entra en un proceso de deterioro físico, la mirada objetiva sobre ese deterioro físico nos llevaría a desear su muerte. Pero la mirada subjetiva nos hace desear de una manera muy entrañable y muy egoísta en el buen sentido de la palabra su supervivencia. Ahí encontramos ya un choque típico de nuestra condición humana entre la mirada objetiva que es capaz de mirar desde la distancia y la mirada atrapada en el corto plazo, en el amor, en la pasión, en la familiaridad, en la hermandad: generalmente nos hace mover en un corto plazo y corta distancia, mientras que en cambio desde alguna distancia mucho más amplia se puede ser más objetivo. Incluso podemos llegar a conclusiones muy crudas: entre los cuidados sanitarios que se necesitarían para que unos niños hambrientos de un país pobre fueran tratados médicamente y lo que estos mismos recursos empleados en nuestro propio padre ya muy viejo harían es evidente que desde un punto de vista humano y objetivo optaríamos por lo primero, pero es del todo seguro que la mayoría de la gente, frente a la abstracción que significa lo primero,  opta por lo segundo. Es como el tema del placer y del dolor en el cual solo podemos ser subjetivos. Por tanto la cuestión del castigo o el otro lado de lo prometeico no es sólo que sea una especie de moralina o de juicio o castigo moral, sino que forma parte de nuestra propia condición porque tenemos que ver siempre las cosas desde varios frentes, y nos inclinamos por uno y otro dependiendo de nuestra propia situación.

La verdad no está siempre en el mismo platillo, tal como comentábamos antes: cuando a Aristóteles le preguntaron el por qué había abandonado la escuela de su maestro Platón, él dijo: "Amo mucho a Platón pero amo muco más a la verdad". Ante un dilema semejante, cuando a Camus le preguntaron entre la verdad y su madre, él escogió su madre. La respuesta de Aristóteles tiende a lo objetivo, mientras la de Camus a lo subjetivo. ¿Cuál de las dos es cierta? Las dos. Entonces en toda la lógica prometeica del pasado y del presente nos movemos continuamente en este vaivén, que es una de las tradiciones de ciegas esperanzas: a veces enfocamos la vida desde el punto de vista de la ilusión esperanzada y a veces el hecho de que esa espera estaba equivocada, estaba ciega, y era un autofraude. ¿Cuándo es una cosa o la otra? Es imposible discernir: incluso en una sola hora podemos cambiar varias veces de posición, y a mi modo de ver eso da esa profundidad inigualable a esa rara sentencia, "Insuflar en los hombres ciegas esperanzas", para que superaran el absurdo. No se sabe si estas ciegas esperanzas son para bien o para mal, pero en cualquier caso nos alejan del abismo, aunque sea provisionalmente. Y esta es nuestra situación: cuando tenemos algún dolor de algún tipo, físico, amoroso, moral, por enfermedad o muerte de alguien cercano, nos aferramos a esas ciegas esperanzas de manera mucho más pura que en la rutina de la vida cotidiana. En la rutina de la vida cotidiana también, pero como más descoloridas, esas ciegas esperanzas se presentan con toda su brillantez en los acontecimientos que cortan la rutina en nuestra vida personal. Y sospecho que lo mismo ocurre en la vida colectiva, que se presentan con mucha más nitidez no tanto en los días rutinarios, sino cuando hay guerras, revoluciones, grandes rupturas en el interior de esa rutina. Entonces aparece con todo su esplendor ese claroscuro de las ciegas esperanzas a las que aludió Esquilo en su Promete

[Publicado el 07/12/2009 a las 13:05]

[Etiquetas: esperanzas, objetividad, subjetividad]

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Paseo y extravío

Rafael Argullol: Ahora, estando en la ciudad que logra equilibrar la mirada antigua, la memoria antigua, como el presente poderoso, es cuando se posibilita el encuentro de una manera mucho más sensible y compleja.
Delfín Agudelo: Creo que el encuentro en una ciudad que sus calles tienen nombres mas no números cumple una función espectacular en el paseo en el cual uno se deja perder. Para esto considero que es fundamental tener poco sentido de la orientación, y es delicioso. Lo recuerdo perfecto: caminando por la calle Lafayette, vi una calle bonita y tomé a la derecha, me encontré con el Pasaje del Cairo, y ahí qué hay: te aventuras y ya estás pensando en el Cairo; no estás allí, pero tienes una calle que te refiere de inmediato. Lo atraviesas, luego tomas el Pasaje Verdau, y de un momento a otro te preguntas dónde estás, en qué dirección ibas. Luego aparezco en la calle Cadet, donde esa mañana había tomado un café con una mujer hermosa. Qué sucede: el nombre de la calle te permite la pérdida porque se convierte eventualmente en aquello que estás buscando, si  puedes someter el azar a una traducción precisa. Otro día salí a caminar con la idea del azar absoluto, y sin darme cuenta aparecí en la Allée André Breton. Y en ese momento sabes que París es la capital de los encuentros: el atravesarte con un nombre que es una referencia inmediata con el azar objetivo.
R.A.: Si, además es el laberinto-mundo, tanto Londres como París -pero repito, especialmente París- porque no solo te traslada a todas las etapas de la historia sino que te traslada prácticamente a todos los países del mundo. En ese sentido la auténtica mundanidad de París es ésta, el hecho de que tú a través de tu propio extravío puedes llegar al mar de la China y puedes llegar a Patagonia, y puedes llegar a un presidente de Chile y puedes llegar a un déspota mongol, aparte de evidentemente escritores de todos lados que muchas veces han pasado por París o han estado viviendo o creando allí. Eso naturalmente da una densidad extraordinaria. Por eso evidentemente es muy difícil que una ciudad, si entra en un proceso de decadencia en el sentido de sequedad, pueda tener altibajos, pero como testimonio de alguna manera de lo que ha sido el espíritu de la humanidad es un testimonio muy vivo. Y sobre todo ese poderse perder en el testimonio, poder estar desorientado en ese testimonio. Una cosa es leerlo en un manual, y la otra es experimentarlo a través de esa pérdida, de esa orientación. Estoy de acuerdo contigo: una de las grandes condiciones del viajero es saber orientarse, y la segunda gran condición es saber desorientarse. Las dos son absolutamente imprescindibles. Y más en un mundo como el nuestro; saber orientarse para evitar la caída en errores o peligros evidentes pero una vez tú marcas tus propias señales de orientación tienes que saberte desorientar, tienes que dejarte desorientar. Y en ese sentido es muy interesante cómo van penetrando, de la misma manera que en Roma van penetrando estratos urbanos de la Roma antigua, la Roma renacentista, la barroca y la del XIX, en París, donde también entran los estratos urbanos, hay esta especie de libro universal reflejado en las calles, esta enciclopedia reflejada en las calles en la que tú vas consultando de la manera más azarosa. Evidentemente eso si sucede en el terreno general de la cultura a la fuerza tiene que suceder en el terreno particular de la vida.

[Publicado el 14/1/2009 a las 09:00]

[Etiquetas: París, azar, creatividad, promenade, calle]

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La ciudad como enciclopedia cultural

Rafael Argullol: Creo que deberíamos acostumbrarnos a medir lo que llamamos creación a partir de esos otros criterios, criterios mucho más vivos, que están mucho más presentes en la vida secreta de las ciudades, y en nuestra propia vida secreta cuando nos internamos en ella
Delfín Agudelo: A mí me parece muy interesante, y en el caso de París fundamental, esa vida secreta, porque los elementos digamos inherentes al mismo París, incluso en su infraestructura vial, invitan al secreto. Pienso específicamente en Montmartre, que entre muchos otros es un espacio laberíntico: hay calles que tienen una curva de noventa grados y continúan llamándose igual; hay calles que salen de esas calles y conservan el mismo nombre, en algo que uno pensaría que no es posible pero lo es.
Ahora bien, ¿cómo asumir la creatividad inherente a un tipo de estructura así? Me llama la atención de qué manera podemos refrescar la poética de las ciudades una vez caemos en cuenta de todo lo que se ha hecho. Recuerdo a Louis Sébastien Mercier, siglo XVIII, quien siempre dijo: "Yo escribo con las piernas". Escribía su caminar. Escribo acerca de lo que camino, mi verdadera labor consiste en el  caminar. Si sabemos que eso es París, si sabemos que París es caminar, ¿cómo hacemos un acercamiento a esa idea que conocemos, sin que sea viciada o repetida? No me refiero solamente a París: ¿qué poética podemos sacar de Londres, cómo la podemos variar? ¿Hay que crear una poética nueva? ¿Será posible que París en algún momento deje de ser la capital de los encuentros?
R.A.: Es que la ciudad marca su propia personalidad cultural, a través diríamos de su mapa, de su plano,  de su estructura. París ha facilitado desde el siglo XIII o XIV, y sobre todo desde el XVIII, el paseo: ha facilitado al flâneur, y ha facilitado el perderse, porque no es lo mismo un paseo en el que tienes una completa nitidez de coordenadas en todo momento, que un paseo en el que puedes llegar a naufragar, a perderte a extraviarte en el laberinto. Yo mismo, por ejemplo, en Barcelona intento en determinados barrios, como el Gótico, nunca tener una percepción muy clara de por dónde van las calles, para tener la oportunidad de eso que es un regalo de los dioses: la habilidad de perderte en tu propia ciudad. Creo también que hay un factor importante que está en el espíritu de ciudades sobre todo como París, pero también como evidentemente Roma o Praga, o como pueden ser muchas de las ciudades europeas, en relación a las ciudades americanas. A mí, la primera vez que fui a Nueva York, Manhattan me pareció una estructura fascinante, pero sin embargo me llamó mucho la atención que las calles, como en Bogotá, muchas veces están numeradas, así como en otras ciudades americanas. Eso, debo reconocer, me chocó, y me repelió: acostumbrado a Europa, donde nosotros podemos ir de la calle Einstein hasta la esquina Paul Valéry, y de allí a la Plaza Shakespeare, no es lo mismo que si tu vas de la avenida tercera o a la calle catorce y luego a la rotonda cinco. Porque primero te somete ya a una tensión simbólica que influye en tu propio viaje, en tu propia percepción.
Creo que una ciudad como Nueva York, que tiene una vitalidad extraordinaria, sin embargo tiene más condiciones de perder la centralidad cultural que una ciudad como París. Es muy cierto lo que Walter Benjamin proclamó, París como capital del XIX,  pero aún ahora es una especie de doble  muy digno de sí mismo, a pesar de que quizás está en cierto período algo crepuscular respecto a aquella época. En cambio me pregunto si Nueva York, pongamos por caso, si Estados Unidos perdiera de manera irreversible su papel de primer plano de potencia del mundo, como algunos economistas auguran para los próximos treinta años, está del todo preparada para establecerse con tal potencia como París. Aunque pueda parecer un poco naive, me preocupa la numeración de las calles; me preocupa una cierta incapacidad para el paseo con extravío tranquilo -no el paseo con el extravío que te secuestran o machacan-, ese paseo a lo parisino, en que te vas sintiendo apaciblemente perdido, o te ibas sintiendo apaciblemente perdido a medida en que ibas viendo y descubriendo cosas en la misma ciudad. Esto naturalmente llega  a su máxima expresión en la ciudad que siendo muy poco activa culturalmente en la actualidad es la ciudad más estable como capital cultural del mundo: Roma. Roma, aunque efectivamente nada de lo que es vanguardia en nuestros días está allí, te facilita por completo ese extravío a través de la historia del espíritu humano. Nosotros normalmente pecamos de demasiada exigencia de presentirnos de la realidad. Lo que realmente marca la personalidad de una ciudad es su capacidad para los encuentros, su capacidad para que el duelo con el azar sea denso, y su capacidad para hacerte atravesar tu espíritu humano, pero no su capa más reciente, sino incluso sus capas más profundas del espíritu humano: esto en Roma lo tienes privilegiado. Lo tienen otras ciudades muy antiguas que no diríamos que marcan la antigüedad cultural como pueden ser Benarés, Damasco, y luego lo tienen ciudades que equilibran mucho más y esto me parece muy mágico- lo antiguo y lo moderno, como es el caso de Londres y sobre todo de París, que es ese sutil equilibrio que es, creo, lo que facilita esa idea de que cualquier encuentro sea posible porque de lo que está muerto en unas ruinas, aparte de espectros, no se espera más; en una ciudad nueva, de planta nueva, uno por falta de digamos memoria de las sombras espera encuentros limitados. Ahora, estando en la ciudad que logra equilibrar la mirada antigua, la memoria antigua, como el presente poderoso, es cuando se posibilita el encuentro de una manera mucho más sensible y compleja.

[Publicado el 08/1/2009 a las 09:00]

[Etiquetas: París, Roma, ciudad, creatividad, capitalidad cultural]

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París. La vida secreta de las ciudades

Rafael Argullol: Así que, Delfín, has estado un período en París. Imagino que no has encontrado ese lado de decadencia a la que se alude tan frecuentemente en España, sobre todo en estos últimos años, al hablar de París como si hubiera una necesidad de hacer hincapié en la pérdida de capitalidad cultural. ¿Cuál ha sido tu pulso reciente?
Delfín Agudelo: Mi pulso reciente, contemplado como capitalidad creativa, consiste en precisamente su calidad de atemporalidad: la ciudad de los encuentros, la ciudad del azar. En esa medida, el azar es un elemento inmarcesible y al serlo así, jamás va a privar a aquél que fue sujeto de un encuentro de la creatividad. Ahora bien, es una creatividad que está enmarcada en esa misma poética que genera París.
R.A.: Esto está muy bien visto. En general cuando se debate en nuestros días sobre la capitalidad cultural de una ciudad o el hecho de que en nuestros días no hay claramente dibujada una capital cultural del mundo, por lo general los medios de comunicación, los sociólogos o los estudiosos aluden a muchos datos de infraestructuras, datos estadísticos, pero en cambio olvidan ese elemento al que tú has aludido y que es absolutamente central: en el fondo la creatividad de una ciudad se mide por su capacidad de ofrecer una gran densidad de encuentros en medio del azar. Yo creo que la ciudad más desolada creativamente es aquella a la que tú te acercas, a la que te adentras, y tienes la completa convicción, luego contrastada, de que allá no puede ocurrir nada, de que allá no puede haber ningún encuentro especial, ninguna singularidad: que el azar de ninguna manera se puede mostrar generoso. En cambio, por el contrario, donde existe aquella densidad posible de encuentros a la que he aludido, entonces evidentemente nos hallamos ante un escenario de gran creatividad.
Si siguiéramos este criterio deberíamos descartar muchos prejuicios. Por ejemplo, es muy posible que ciudades en las cuales pensamos poco como capitales mundiales de creatividad, como pueden ser actualmente Estambul, o como podría ser Calcuta, sean ciudades en las que efectivamente exista una creatividad subterránea porque ofrece eso. Y en esa dirección creo que París, a lo largo de los siglos, ha logrado asentar, casi diríamos con estratos geológicos, esa capacidad para que el visitante llegue a tener una especie de duelo muy intenso con el azar; no un duelo débil y flojo, sino muy intenso. Claro que podríamos hablar de infraestructuras y de influencias, y en ese sentido naturalmente en el siglo XIX París jugaba un papel mucho más desnivelado respecto a otras ciudades del mundo, en cuanto a esa creatividad cultural; y quizás en la segunda mitad del siglo XX ese papel ha correspondido a Nueva York, y ahora o nos alegramos o nos lamentamos por tener que decir que en el fondo hay una especie de visión poliédrica, una pluricapitalidad: no hay ninguna ciudad que sea efectivamente determinante en el sentido del presente, donde esté alojada la industria editorial o cinematográfica, donde esté sobre todo alojada la gran creatividad de artistas. No hay probablemente ninguna que destaque de manera extraordinaria sobre las demás, como lo habían hecho París, Londres o Nueva York en el pasado. Pero creo que deberíamos acostumbrarnos a medir lo que llamamos creación a partir de esos otros criterios, criterios mucho más vivos, que están mucho más presentes en la vida secreta de las ciudades, y en nuestra propia vida secreta cuando nos internamos en ella

[Publicado el 07/1/2009 a las 09:00]

[Etiquetas: París, azar, creatividad, capitalidad cultural]

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Protesta contra la muerte

Rafael Argullol: La aproximación a la propia muerte en el arte daría lugar a un espectro sorprendente de lenguajes, desde el dolor a la alegría, desde lo cómico a un cierto travestismo moral, o una gran serenidad.
 
Delfín Agudelo: ¿No está acaso un escritor constantemente escribiendo un testamento artístico, en la medida en que jamás se puede olvidar de la muerte en el momento de la creación? Conoce un fin último, sabe un fin último: sabe de un momento en el que ya no podrá escribir más.
 
R.A.: Hay determinadas actividades y entre ellas la actividad relacionada con la creación artística, que tienen un mayor contacto con la muerte porque implican una relación más continua con ella. También lo está la filosofía: si el filósofo tiene que pensar sobre la vida, necesariamente tiene que pensar acerca de la muerte. Al artista le sucede igual: la mayoría de los hombres tienden a postergar continuamente el pensamiento sobre la muerte. Esto no quiere decir que los haga más vulnerables, porque a veces cuando ese pensamiento se presenta estás más indefenso. Pero a veces he llegado a la conclusión de que si tuviera que resumir en una sola frase en qué consistía la cultura, al menos para el hombre occidental, diría que ha sido desde el principio una protesta contra la muerte: contra le hecho de que nos hemos hecho conscientes de que vamos a morir, por lo tanto protesta contra el tiempo, contra la muerte que es la quintaesencia última del tiempo. Y al ser eso la cultura, es inevitable que arte, filosofía y música tengan que plantearse muy frecuentemente la reflexión sobre la muerte porque también es una rebelión, una resistencia contra la muerte.
 
    La obra de arte incluye la muerte pero se resiste frente a ella, porque desesperadamente el artista busca una especie de trascendencia en vida, en la vida. El hombre religioso puede  proyectar esa trascendencia aún después de la muerte. El artista es aquél que se da cuenta del problema último constantemente, y sin embargo se resiste frente a él. Podríamos decir que la muerte es el más amoral de los actos. Y en ese sentido desarrollamos una cierta resistencia moral frente a esa a moralidad. No digo inmoral: digo amoral. La muerte es el acto por el cual nos vemos ya desposeídos por completo de consciencia, desposeídos de imaginación, de pensamiento y de sentimiento. Todo aquello en lo cual nosotros podemos trabajar, la muerte lo subvierte, y en cuanto a tal, evidentemente está presente continuamente en una reflexión -que es la de la filosofía, poesía, literatura- que tiene siempre como materia prima la consciencia, los sentidos, el placer, el dolor. La contrafigura continua es la muerte. Pienso que lo reflejó muy bien Ingmar Bergman en El séptimo sello con el juego del caballero y la muerte al ajedrez. El arte no deja de ser esa partida continua del caballero con la muerte, en el que muchas veces tenemos la sensación de que ganamos provisionalmente una jugada, pero que en el fondo el jugador último es la muerte. El enemigo último o el adversario último no son solo los editores, lectores, o el público, la impotencia o la imperfección: el enemigo último es la muerte, porque si no existiera, podríamos reiniciar el intento cuantas veces quisiéramos. Pero sabemos que tenemos un tiempo limitado para nuestra jugada.

[Publicado el 07/2/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: muerte, escritor, vida]

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Poética de la vida

Rafael Argullol: Si es sincero en esa indagación, de ahí no saca indagaciones sistemáticas, sino que su visión es mucho más complicada.

Delfín Agudelo: El caso de la utilización de la palabra "muerte" se relaciona con el lado enigmático y el lado misterioso. Aquél que se adentra en la oscuridad intenta resolver algo, sacar su yo más moralista o indagar en determinado tema. Sin embargo, me recuerda una frase de Tabucci, que es algo así: "Todos se angustian con la muerte por su calidad de misterio. Pero lo verdaderamente misterioso es la vida. Todos sabemos que nos vamos, pero ¿cómo llegamos?" Intentando poner en un mismo plan, sería igual de misterioso hacer un texto de la poética de la muerte que un texto hablando de la poética de la vida.

R.A.: Seguramente actuar alrededor de una poética de la muerte es algo propio de la juventud. Y casi de la adolescencia. En cambio intentar expresarse a partir de una poética de la vida es propio de la edad adulta. En el caso del joven, sobre todo cuando es escritor muy joven, se enfrenta a las palabras a través de un misterio que muchas veces es un falso misterio. Se enfrenta a las palabras como si fueran absolutos. Muerte, dios, demonio, vida, existencia, mundo, universo... Por eso la poesía muy joven está llena de afirmaciones absolutas. La muerte tiene el atractivo de ser un final absoluto y de presentarse como un misterio absoluto. Pero en cambio a medida que madura una obra poética o literaria, uno va contrastándose con los matices de la vida, se da cuenta de que la vida no tiene nada que ver con el dilema del todo o la nada o la existencia o la muerte absoluta, sino que la vida es una especie de caos de matices, de caos cromático y en ese sentido se va orientando a través de esa poética de la vida. Por eso depurará mucho más su lenguaje, se hará más cauto, más prudente, y buscará probablemente el misterio que hay en cada uno de sus matices. Por eso quizá la palabra más adecuada es "enigma", a través de lo mismo que significa: revelarse y velarse. La muerte no es enigmática porque no plantea esa gimnasia de revelación y velación. La vida es continuamente enigmática porque de manera permanente plantea esa dialéctica entre lo que se vela y revela. Luego la muerte en sí es poco interesante. Es interesante si se la toma simbólicamente, pero como acto físico es un acto que ha producido escasa experiencia porque nadie nos ha contado nada ni desde la muerte ni desde después de la muerte. Por lo tanto no ha producido experiencia. Una poética de la muerte es una poética sin experiencia, una poética de la pura sugestión, de un presentimiento probablemente forzado. Una poética dominada por lo metafórico pero sin experiencia. Es un elemento central en la medida en que defendamos una literatura a la que me referí en alguna otra conversación: experiencia más experimento. Sin embargo, la muerte ni produce experiencia ni produce experimento, a no ser que sea la muerte como tantas veces se ha utilizado en el arte y la literatura, que es una forma de la vida. No la vida una forma de la muerte, sino la muerte una forma de la vida, y por tanto se la toma como una especie de presencia radical de la vida en un sentido negativo o invertido.

[Publicado el 17/1/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: vida, muerte, escritor joven, absolutos]

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El dilema

Rafael Argullol: Vamos dejando huellas y pistas en el camino, pero son el uno por ciento de todos nuestros movimientos alrededor de estos mitos, sueños y preguntas.

Delfín Agudelo: Encuentro una similitud entre las huellas y la funcionalidad del laberinto en la dimensión espectral del arte, y es que siempre rastreamos la propia existencia del artista como una constante búsqueda en su labor de, como decías, taxidermista u oteador. El artista reconoce lo espectral y a partir de allí camina. Eso implica, naturalmente,  una búsqueda del laberinto.

Rafael Argullol: En la búsqueda artística hay algo muy frustrante y muy gozoso al mismo tiempo, que ridiculiza la habitual pregunta "¿Disfrutas cuando estás escribiendo?" o "¿Sufres cuando estás escribiendo?" Probablemente están tan cerca un ámbito de otro que están superpuestos de una manera que no se pueden separar. Hay algo muy gozoso porque en el hecho mismo de dejar trazos o dejar huellas tienes una sensación de reconocimiento de lo que es el mundo, y de lo que es la vida. Eso siempre ha actuado en el hombre de una manera afirmativa, porque en medio de la confusión al menos puedes dejar unas pistas para ti mismo, para tus amigos, para tus lectores, para las personas que quieres o para las que odias. Eso es afirmativo y gozoso porque te hace multiplicar tu propia vida: es un acto multiplicativo de la vida. Pero también tiene algo de frustrante porque en lo artístico siempre hay algo de enfriamiento de la sensibilidad pura. Lo artístico siempre es evocativo y al serlo no deja de ser un asesinato de la experiencia, aunque sea un bello asesinato de la experiencia. Cuando se está en la plenitud de la experiencia es imposible dedicarse al arte. Cuando uno está metido, inmerso en el meollo de la experiencia, no va a alejarse de ese meollo para evocar.

/upload/fotos/blogs_entradas/thomas_mann.jpgEn cambio el arte por un lado multiplica la vida, y por otro lado no deja de ser un cierto enfrentamiento con la vida. De ahí que desde siempre se haya planteado el repetido dilema entre arte y vida, si te puedes dedicar plenamente al arte y a la vida al mismo tiempo, si puedes encontrar o no elementos de conciliación. Yo creo que el artista que se ensimisma, que se encierra forzosa y absolutamente en su obra, hace un pacto de no-vida, hace un pacto de renuncia a la vida. Por eso no es nada gratuito el héroe literario que se inventa Thomas Mann  en Doctor Faustus, el compositor Adrien Leverkühn, quien, en un momento determinado, frustrado porque no puede componer obras musicales de creatividad nueva, pacta con el diablo a costa de su propia vida. Es decir, se le concede la fecundidad musical a cambio de renunciar a la vida. En esa figura Thomas Mann, además de que era un tema que le obsesionaba mucho, no deja de recoger una tradición que casi te diría que se entrevé en el poema de Gilgamesh, y que se entrevé ya en la literatura antigua. No sé si se puede ser Homero y Ulises al mismo tiempo.  

[Publicado el 07/12/2007 a las 09:37]

[Etiquetas: El arte y sus espectros, sensibilidad, Thomas Mann, doctor Faustus, artista, arte y vida]

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Conversaciones. El lenguaje del insomnio VI

Delfín Agudelo: A pesar de estar postrado en cama, el insomnio es tremendamente fatigante. No hay movimiento, pero el cuerpo al día siguiente atestigua el estado de confusión mental. Es como en el sueño, en el que no encuentras un equilibrio entre lo soñado y el tiempo transcurrido, con la diferencia de que en el caso del insomnio el cuerpo, a la mañana siguiente, evidencia ese supuesto largo tiempo transcurrido, que es precisamente el que te toma para salir definitivamente del insomnio.

Rafael Argullol: Por eso es tan extremadamente inquietante y creativo. Acelera mucho tus sensaciones, incluso corporales. Si uno se fija, en el estado del insomnio los latidos del corazón van más rápido. Así como es muy probable que en el estado de duermevela los latidos sean lentos, porque se trata de una especie de semi-nirvana en el que uno cae y que en todos los refranes de todas las lenguas está vinculado a un estar "colgado", estar "en Babia", estar "en los cerros de Úbeda", estar en algún lugar que te quedas con la conciencia suspendida. Estás como dormido pero estás despierto. En ese momento los latidos van más lentos, porque te quedas apaciguado. Tú mismo bajas las defensas, y al bajarlas los latidos y los ritmos del cuerpo disminuyen. Sin embargo, en el insomnio tú no bajas voluntariamente las defensas, estás desarmado porque te has visto obligado a sentirte desarmado pero tú no las has bajado, estás en lucha. Aceleramos los movimientos del cuerpo, sobre todo guiados por los latidos. Damos vueltas en la cama, necesitamos levantarnos y caminar de arriba abajo: el cuerpo se pone hiperactivo. En ese estado de aceleración del cuerpo que podríamos hacer equiparable a la toma de determinadas drogas, drogas activas, no drogas pasivas (el opio es la droga pasiva por excelencia), todo se acelera y entonces también se acelera la actividad neuronal, la actividad cerebral.

D.A.: Dado su carácter de lugar fronterizo, no todo el mundo puede hablar de él; sin embargo, todos estamos sujetos al insomnio, tanto los niños como los viejos. Es un momento aterradoramente íntimo del cual nadie escapa.

R.A.: Este estado fronterizo nos acompaña de nacimiento a muerte, desde la cuna a la tumba. Los viejos con frecuencia te dicen que tienen insomnio, que no pueden dormir por la noche. Y en los niños se produce también el insomnio mucho antes de que exista un estado llamado con dicho nombre. En todas las edades del hombre el insomnio forma parte de nuestra condición en el umbral del laberinto. Seguramente para el niño estar en el umbral del laberinto es el inquietante reconocimiento de lo que nosotros llamamos vida. Y para el viejo estar en el umbral es el inquietante reconocimiento de lo que llamamos muerte. Cuando estamos en la plena actividad de la vigilia, mantenemos alejada esta percepción porque la plena actividad de la vigilia finalmente nos lleva a una condición pragmática: estamos muy ocupados en cosas singulares, particulares, inmediatas. Si estamos en el sueño, estamos a merced de esas otras leyes en las cuales nosotros apenas podemos intervenir. Yo siempre he creído que el sueño nos toma a nosotros. Sería más apropiado decir que el sueño nos sueña que nosotros soñamos. Porque estamos en una actitud completamente pasiva, en la que no podemos hacer nada. En el estado de vigilia estamos en una actitud activa en la que, como vamos eligiendo, descartamos todo aquello que resulte peligroso. No obstante en el estado del insomnio estamos en una actitud que en parte es activa y en parte es pasiva. En cada época de la vida se nos va informando de ese laberinto que tenemos delante. El laberinto no es siempre el mismo. Éste va variando de acuerdo con nuestra propia variación en la vida.

[Publicado el 23/11/2007 a las 10:24]

[Etiquetas: duermevela, laberinto, Babia, Cerros de Úbeda, sueño, vida]

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Foto autor

Biografía

Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de treinta libros en distintos ámbitos literarios. Entre ellos: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura: Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre). Como escritura transversal más allá de los géneros literarios ha publicado: Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, Visión desde el fondo del mar. Recientemente, ha publicado Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida (2013) y Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza (2013).

Ha estudiado Filosofía, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona. Estudió también en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Fue profesor visitante en la Universidad de Berkeley. Ha impartido docencia en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002), y los premios Cálamo (2010) y Ciudad de Barcelona (2010) con Visión desde el fondo del mar. 

Bibliografía

Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio
y la celebración de la belleza
(Acantilado, 2013)

 
Una educación sensorial. Historia personal del desnudo
femenino en la pintura
(Acantilado 2012)
Visiones desde el fonde del mar (Acantilado, 2010).
MICROSITE DEL LIBRO

 

Publicaciones principales

POESÍA
- Disturbios del conocimiento. Barcelona: Icaria Editorial, 1980.
- Duelo en el Valle de la Muerte. Madrid: Editorial Ayuso, 1986.
- El afilador de cuchillos. Barcelona: El Acantilado. Quaderns Crema, 1999.
- El poema de la serpiente. Badajoz: Asociación Cultural Littera Villanueva, 2010.
- Cantos del Naumon. Libros del Aire. Colección Jardín Cerrado, núm. 5, 2010.

NARRATIVA
- Lampedusa. Barcelona: Editorial Montesinos, 1981.
- El asalto del cielo. Barcelona: Editorial Plaza & Janés, 1986.
- Desciende, río invisible. Barcelona: Editorial Destino, 1989.
- La razón del mal. Premio Nadal 1993. Barcelona: Editorial Destino, 1994.
- Transeuropa. Madrid: Alfaguara Ediciones, 1998.
- Davalú o el dolor. Madrid: RBA, 2001.
- Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida. Barcelona: Quaderns Crema, 2013.

ENSAYO
- El Quattrocento. Barcelona: Editorial Montesinos, 1982.
- La atracción del abismo. Barcelona: Editorial Bruguera, 1983. Reeditado 2006.
- El Héroe y el Único. Madrid: Taurus Editorial, 1984.
- Tres miradas sobre el arte. Barcelona: Icaria Editorial, 1985.
- Leopardi. Infelicidad y titanismo. Barcelona, 1986
- Territorio del nómada. Barcelona: Ediciones Destino, 1986.
- El fin del mundo como obra de arte. Barcelona: Ediciones Destino, 1990. Reeditado 2007.
- El cansancio de Occidente (en colaboración con Eugenio Trías). Barcelona: Ediciones Destino, 1994.
- Sabiduría de la ilusión. Madrid: Taurus Editorial, 1994.
- Aventura. Una filosofía nómada. Barcelona: Nuevas Ediciones Debolsillo, 2000.
- Una educación sensorial. Historia personal del desnudo femenino en la pintura. Madrid-México: Fondo de Cultura Económica, 2002. Barcelona: Editorial Acantilado, 2012.
- Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra. Barcelona: Ediciones Destino, 2003.
- Del Ganges al Mediterráneo: un diálogo entre las culturas de India y Europa (en colaboración con Vidya Nivas Mishra). Madrid: Siruela, 2004.
- Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza. Barcelona: Editorial Acantilado 2013.

ESCRITURA TRANSVERSAL
- El cazador de instantes. Barcelona: Ediciones Destino, 1996. Reeditado 2007.
- El Puente de Fuego. Cuaderno de Travesía, 1996-2002. Barcelona: Ediciones Destino, 2004.
- Enciclopedia del crepúsculo. Madrid: El Acantilado, 2006.
- Breviario de la aurora. Barcelona: El Acantilado, 2006.
- Visión desde el fondo del Mar. Barcelona: Editorial Acantilado, 2010. Premio Cálamo 2010. Premio Ciudad de Barcelona 2010.

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