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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 21 de septiembre de 2017

 Blog de Rafael Argullol

El mago y familia

El otro día vi la miniserie de cinco horas titulada Los Mann. La novela de un siglo, realizada hace algunos años por Heinrich Breloer para la televisión alemana y me pareció, una vez más, que Alemania es uno de los pocos países europeos en los que se ha realizado un auténtico ajuste de cuentas con el pasado. Es verdad que el trauma alemán fue el peor del siglo XX -con los alemanes como verdugos y víctimas simultáneamente- pero también es cierto que el proceso de expiación histórica ha sido de una profundidad sin precedentes, al menos hasta la generación actual, puesto que una película como La ola, recién estrenada aquí, insinúa que los jóvenes alemanes ya son tan amnésicos como el resto de sus coetáneos europeos.

No sé si lo que se refleja en La ola -el olvido juvenil del Holocausto, nada menos- es representativo de la última generación, y sería muy grave que así fuera. No obstante, aun así, debería reconocérsele a la cultura alemana de posguerra una capacidad para remover la propia cloaca que, sin ir más lejos, jamás se ha producido en la España democrática. A este respecto, la inexistencia de catarsis con relación a la dictadura y la contaminación del forzado pacto político de la transición por parte de todos los ámbitos de la vida social española ha significado el mantenimiento de una enfermiza opacidad al volver la vista atrás. Durante 30 años las fosas comunes no han sido abiertas, pero todavía es más grave que tan pocos se hayan atrevido a abrir las cloacas morales. Aún falta en nuestro país el libro, o la película, que sea capaz de ofrecernos la radiografía de la miseria espiritual que nos llevó, primero, al desastre y, luego, a la exigencia de olvidar el desastre para sobrevivir. Y esta falta de valentía se paga colectivamente en la actualidad con una suerte de desencaje en el que el ayer sangriento, cerrado en falso, amenaza sombríamente con no dar tregua al presente y con invalidar el futuro.

En contraste con esta actitud el cataclismo alemán -de mayores proporciones que el nuestro, es cierto- se vio seguido por un alud de intervenciones radicales por parte de escritores y artistas. Durante toda la segunda mitad del siglo XX el organismo moral de la Alemania que había sucumbido a la catástrofe fue destripado, troceado, diseccionado hasta la última molécula. La consigna era clara: el mal había sido enorme y la cirugía debía estar en consonancia con tal enormidad. Era una consigna necesaria, acertada, seguida por una legión de escritores alemanes, autores de rabiosas autocríticas, y no alemanes, encargados, por lo general, de recordar que el monstruo no fue por supuesto únicamente alemán. Así se trataba de hacer limpieza y, si citamos a Heinrich Böll, a Thomas Bernhardt, a Günter Grass y a tantos otros convendremos que alguna limpieza sí se logró.

Y a Thomas Mann, naturalmente. Thomas Mann, un hombre conservador por principios y por carácter, no tuvo inconveniente en abrir solemnemente la veda con su Doktor Faustus, la novela escrita en el apogeo del nacionalsocialismo y, algo después, tras su caída: la obligación de los escritores alemanes era ir a la caza de aquella infamia espiritual que había acogido al huevo de la serpiente entre el miedo, la duda y la exaltación. No bastaba con culpar a Hitler o al nacionalsocialismo; hacía falta, antes que nada, investigar en el propio corazón culpable. Para ser más rotundo en su demanda Thomas Mann, en cierto modo, se ofrecía a sí mismo como materia prima del experimento.

Y en algún sentido el filme Los Mann. La novela de un siglo es la continuación de este experimento, sólo que en este minucioso fresco histórico, El Mago tal como era llamado Thomas Mann en la intimidad familiar, se ve acompañado por su mujer, Katia, por su hermano Heinrich y por sus hijos, en especial los dos mayores, Klaus y Erika, tan dotados para el arte como para la autodestrucción. Y no puede decirse que el experimento no funcione pues, tras cinco horas de visión, el espectador empieza a comprender que el totalitarismo no fue únicamente la consecuencia de una ideología delirante sino, por encima de todo, el fruto inevitable de la corrupción de las mentes y la mentira con uno mismo como forma de vida. Algo que, como sabemos, no es un monopolio alemán.

Thomas Mann, aunque opuesto a Hitler, no sale muy bien librado cuando es colocado en el centro de un siglo tan cruel como fue el siglo XX. Por lo demás, el viejo Mann, mucho más humano que el excesivamente moralista joven Mann, ya sabía que sería juzgado con severidad y que sólo tras este juicio recobraría su grandeza.

 
El País, 31/01/2009

[Publicado el 26/2/2009 a las 09:00]

[Etiquetas: Thomas Mann, Alemania, holocausto, ]

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Galería de espectros: Hans Castorp

Rafael Argullol: Hoy, en mi galería de espectros, me he topado con el de Hans Castorop.

Delfín Agudelo: Te refieres al espectro del protagonista de La montaña mágica de Thomas Mann.

R.A.: La montaña mágica evidentemente ofrece muchas posibilidades de abordaje. Se puede abordar desde el punto de vista del dolor, de la enfermedad; desde el punto de vista incluso de un sentido romántico del amor muy peculiar; desde el punto de vista de una visión sobre lo que puede ser el porvenir en el siglo XX a través de las conversaciones que se dan en ese sanatorio tan especial situado en Suiza. Pero cuando evoco a Hans Castorp siempre me viene el experimento del tiempo, el de un hombre que se acerca unos días a un sanatorio para visitar a un pariente y acaba atrapado en el laberinto del tiempo, de modo que permanece en ese lugar a lo largo de siete años. Durante estos siete años queda como fascinado, excitado por el poder de la montaña, y sólo tras muchos trabajos y muchas contradicciones es capaz de volver al valle para reincorporarse a la vida cotidiana -aunque con la paradoja irónica y trágica de lo que le espera trágicamente es la primera guerra mundial. También me llama la atención la captación que hace Mann del experimento del tiempo. Si un lector atento hace el análisis de los ritmos de la novela, se da cuenta de que de la misma manera que para Castorp el tiempo queda distorsionado, el espacio narrativo también está expresamente distorsionado por Mann. De manera que los primeros días del espacio de Castorp en la montaña mágica duran prácticamente tres cuartos de la novela, y luego lo que son los siete años en que queda atrapado se van deslizando hacia una velocidad y ritmo narrativo cada vez mayor. Ahí nos encontramos algo que literariamente es muy interesante, que creo tiene que ver con el impacto de la novela en la literatura del siglo XX, y es la traducción del tiempo en espacio, incluso en espacio narrativo. Esto sería de algún modo llevar al terreno de la novela y de la narración las propias propuestas que contemporáneamente hacia Einstein sobre la necesidad de la física contemporánea de traducir el espacio en tiempo y viceversa.

[Publicado el 22/9/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: galería, espectros, Hans Castorp, Thomas Mann]

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Galería de espectros: Adrian Leverkhün

Rafael Argullol: Hoy en mi galería de espectros he visto el espectro de Adrian Leverkhün.

Delfín Agudelo: ¿Te refieres al protagonista de Doctor Faustus de Thomas Mann?

R.A.: Sí, a éste que quizás sea el representante más ilustre y completo de la saga de los Faustos en el siglo XX. A través del compositor musical Adrian Leverkhün, Thomas Mann intentó dar un nuevo contenido al mito de Fausto, que en cierto modo heredaba el original renacentista y sobre todo el que había planteado Goethe en su obra de principios del siglo XIX, pero que le daba un giro por un lado  más contemporáneo y por otro lado decididamente más desolador. En el caso de este Fausto del siglo XX planteado por Thomas Mann nos encontramos con un artista que tiene el terror de la esterilidad creativa, y que frente a este terror está dispuesto a pactar con el diablo que evidentemente ya no con es un diablo medieval o un infierno medieval, ni tan siguiera el infierno planteado por Goethe, de carácter ilustrado y romántico. Se trata de un infierno muy nuestro, contemporáneo, en el sentido de que forma parte de nuestra propia alma, de nuestra propia psicología.

En esa dirección lo que significa infierno y pacto diabólico en Adrian Leverkhün es en no amar. Hay un momento crucial en esa novela en que se plantea el intercambio de la posibilidad de una nueva fecundidad artística, pero con la condición de la pérdida de todo amor humano. Y eso le da al personaje una suerte de rigor trágico extraordinariamente duro y desolador. Al mismo tiempo me atrae mucho de este personaje más bien triste y desgraciado el hecho de que Thomas Mann en una narrativa extraordinaria logre hacer coincidir el destino del compositor con el destino de una Alemania que está plenamente imbuida del desastre de la segunda guerra mundial Allí nos encontramos con algo insólito en la trayectoria de Fausto en su versión siglo XX y es que esa trayectoria se subdivide en dos encarnaciones: la individual de un artista que es capaz de entregar el amor humano a cambio de la posibilidad de la creatividad, tema que a Thomas Mann siempre le obsesionó mucho, la vinculación arte-vida; y la colectiva, en que Alemania es Fausto que a través de sus ambiciones y a través de sus sueños acaba entregada en manos mefistofélicos al nacional socialismo y a la segunda guerra mundial. Quizás sea una de las principales novelas del siglo XX en que un novelista como Thomas Mann logra engarzar dos destinos, el individual y colectivo, de una manera tan magistral.

[Publicado el 01/9/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: galería, espectros, Thomas Mann, Doctor Faustus, Adrian Leverkhün]

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Galería de espectros: Aschenbach

Rafael Argullol: Hoy en mi galería de espectros he observado al de Aschenbach deambulando por Venecia.

Delfín Agudelo: Cuando pienso en Aschenbach, de La muerte en Venecia, no sé si pensar en él como un escritor o como un músico en íntima relación con Mahler.

R.A.: Yo mismo al pensar y al sentir el espectro de Gustav Von Aschenbach a veces lo imagino como escritor, tal como nos lo presenta Thomas Mann en la novela, y a veces lo imagino como músico, según la recreación que realiza Visconti en su película. Generalmente la traslación cinematográfica de una obra literaria es inferior; en cualquier caso, es parcial. Pero aquí nos encontramos con un ejemplo en el cual la retraducción visual es casi o tiene casi igual calidad que la propia novela. Creo que fue un acierto por parte de Visconti convertir al escritor Aschenbach en compositor, porque el lenguaje cinematográfico a la fuerza es menos introspectivo. Y en ese sentido, la combinación de visualidad y de música representó una combinación muy potente, en el que el gran tema de Thomas Mann de la lucha, contradicción o incompatibilidad entre arte y vida se pone de manifiesto a través de una música fascinante pero difícil, sobre todo para su época como fue la música de Gustav Mahler. En ese sentido la aspiración a la belleza, que en la película discurre a través de esa seducción por el adolescente Tadzio, nos conduce al gran problema de Thomas Mann, según el cual el artista necesariamente estaba condenado a verse atrapado en los abismos de la sensualidad y que, como tal, siempre acabaría rompiendo el equilibrio moral. En la novela hay mucha más introspección: el protagonista es un escritor, lo cual lleva consigo que se recurra muchísimo al monologo interior. Sin embargo, el tema evidentemente es el mismo: el de la lucha entre ese difícil equilibrio que intenta mantener el artista, un equilibrio que le convierta también en un héroe del conocimiento, de la sabiduría, pero finalmente el volcarse hacia un desequilibrio de las sensaciones y de las pasiones que en definitiva es el destino final de Aschenbach.
Hay una derrota y una victoria en ese destino. Es una derrota en cuanto a que se desintegra su estructura vital, y llega a la muerte, a la agonía de la muerte. Todo su deambular por Venecia es una especie de continua agonía. Su victoria es que al final de todo el proceso se libera el centro pasional e instintivo, tanto en el caso del escritor como en el del músico, y es capaz, en cierto modo, de acceder a una belleza libre que previamente, mientras intentaba detentar toda esta convención moral, se hacía completamente imposible. En ese sentido, es interesante el desenlace de Thomas Mann, el cual habla de la locura del artista, rememorando el Fedro de Platón; extraordinario es también el de Visconti, que plantea el declive y descomposición física de un hombre, con ese maquillaje que le va cayendo por la cara, como signo externo, barroco, muy presente de una agonía; y al final esa agonía, sin embargo, parece que vaya acompañada por ese sentimiento de liberación que le hace que por primera vez pueda hablarle cara a cara a la belleza que venía persiguiendo. Por tanto, el espectro de Aschenbach siempre tiene, creo, algo de patético, como un hombre que ha tenido enormes dificultades o enormes imposibilidades para hacer conciliar su propia vida y el arte. Tiene, al mismo tiempo, algo de muy impactante y muy cercano, en el sentido en que plantea ese choque entre la razón y el instinto, entre la moral y la sensualidad, entre la libertad y la norma, que en definitiva siempre está presente en el arte.

 

[Publicado el 11/2/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: Gustav Von Aschenbach, Thomas Mann, Luchino Visconti, Muerte en Venecia, galería]

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IV. Lo cósmico y lo cómico. Riesgo y verdad

Rafael Argullol: En el ámbito de la literatura, muchas veces la creación de estructuras artificiosas ahoga la propia creatividad. No defiendo la espontaneidad, porque cuanto más culto el escritor, mejor; pero en cuanto a escritor, nunca recibirá una instrucción literaria que le proporcione la escritura.

Delfín Agudelo: Las escuelas de creación literaria enseñan, entre otras cosas, aquello que se debe evitar. Esto implica necesariamente que hay un tipo de escritura preestablecido para cada género. Desde siempre se ha tendido a una fosilización de las estrategias, llegando así a callejones sin salida: se olvida de la innovación, produciendo pocas veces estrategias nuevas.

R.A.: Pienso que uno de los ejemplos de nuestra época es que se está viviendo una especie de resaca con respecto a lo que fue la vanguardia moderna. Es muy probable que en el último tercio del siglo XX hubiera una especie de hipertrofia del vanguardismo, y ahora nos dirigimos al lado contrario. Tengo la impresión de que en los focos de creación literaria de la actualidad se experimenta poco. Hay una cierta obediencia a mecanismos reguladores, como pueden ser la academia, las supuestas escuelas de creación literaria, y sobre todo el mercado editorial, que parece exigir un determinado tono a la literatura. Lo que es preocupante es que también tengo la impresión de que una gran mayoría de escritores asume ese tono monocorde que se le exige basado en la ley de la oferta y la demanda, mientras que en el último tercio del siglo XX parecía que el escritor sólo podía ser rabiosamente vanguardista. Ahora parece que se hubiera impuesto pendularmente un movimiento de índole conservadora que hace que el escritor experimente muy poco. Recuerdo un ejemplo que en su momento resultaba llamativo: el libro de un crítico italiano titulado Kafka o Thomas Mann. El autor evidentemente se inclinaba por Kafka. Actualmente parece que las opciones se han vuelto más conservadoras cuando yo creo que lo auténticamente deseable es Kafka y Thomas Mann: por un lado hacer una literatura inteligible que tenga como ambición llegar a un público lo más amplio posible, pero al mismo tiempo que sea una literatura que se exija continuamente a sí misma un rigor, una experimentación y se exija algo que a mí me parece imprescindible, y es que el autor, aunque quiera llegar a comunicar lo más ampliamente posible, no tiene que doblegarse ni a las exigencias del mercado ni tan siquiera a las exigencias del hipotético lector. El pequeño prefacio de Montaigne a sus Ensayos es claro: dice que se investigará a sí mismo pero que el lector no espere que se esté doblegando servilmente a lo que él desearía. Ya mucho más radical fue en el siglo XIX Baudelaire, cuando se refirió al hipócrita lector, que no dejaba de ser una fórmula provocadora. El autor tiene que buscar la comunicación pero creo que nunca se ha superado la fórmula tradicional de que el lector sobre todo tiene que buscar su propia verdad. No la verdad, en abstracto, sino su propia verdad, su propia sinceridad, o, si se quiere, su propia mentira auténtica, siendo algo que le sea radicalmente propio, sin ceder a la presión exterior y eso exige sin duda un gran grado de experimentación y de riesgo. La literatura tiene que ser riesgo necesariamente, el arte tiene que ser riesgo si quiere implicar esa dosis central de verdad.

[Publicado el 02/1/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: Franz Kafka, Thomas Mann, escritor, lector]

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El "artista" y el "sabio"

Rafael Argullol: En el lenguaje espectral del arte, la elección de una vida alejada del arte es una lección completamente plausible. Uno de los capítulos del arte espectral consiste en que el artista abandona el arte.

Delfín Agudelo: ¿Pero en qué consiste esa renuncia? Creo que es imposible renunciar a la experiencia, mientras que sí es posible renunciar a la escritura de la experiencia. Tiene que ver con lo que apuntabas hace unos días: no hay poesía erótica sino poesía sobre la experiencia erótica. Se puede dejar de escribir, ¿pero se puede dejar de sentir?

R. A.: Hay una obsesión por parte del artista moderno -no sé si también en el artista medieval- por la imposibilidad de ser feliz, que es lo que definió tan bien Borges cuando hizo aquella afirmación de "No he sido feliz." Y eso que en el caso de Borges como escritor me da la impresión de que era un oteador que llevaba su peregrinaje de una manera muy lúdica. /upload/fotos/blogs_entradas/la_muerte_en_venecia.jpgHay algo muy gozoso en ese deambular a través de las pistas del mundo, pero también muy frustrante, que quema mucho. En ese sentido la renuncia puede ser una renuncia a favor de una serenidad y de un equilibrio que el arte no te ofrece, tema evidente en el final de La muerte en Venecia de Thomas Mann que encontramos un fragmento casi literal del Fedro de Platón. El sabio nunca es el artista, porque el sabio siempre aspira a un equilibrio, a un estar más allá de las pasiones, mientras que el artista está continuamente tentado por el propio abismo. Al menos en nuestra tradición siempre hay una gran duda en el momento en que uno se mueve en el terreno del arte, entre seguir el camino del "artista" o el del "sabio". Seguir un camino en el que tú rasgas el velo de Isis una y otra vez y esperas ver qué pasa; o el otro, que consiste en buscar un equilibrio con el enigma que significa el velo de Isis.

[Publicado el 11/12/2007 a las 11:17]

[Etiquetas: Isis, artista, sabio, Borges, Thomas Mann]

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El dilema

Rafael Argullol: Vamos dejando huellas y pistas en el camino, pero son el uno por ciento de todos nuestros movimientos alrededor de estos mitos, sueños y preguntas.

Delfín Agudelo: Encuentro una similitud entre las huellas y la funcionalidad del laberinto en la dimensión espectral del arte, y es que siempre rastreamos la propia existencia del artista como una constante búsqueda en su labor de, como decías, taxidermista u oteador. El artista reconoce lo espectral y a partir de allí camina. Eso implica, naturalmente,  una búsqueda del laberinto.

Rafael Argullol: En la búsqueda artística hay algo muy frustrante y muy gozoso al mismo tiempo, que ridiculiza la habitual pregunta "¿Disfrutas cuando estás escribiendo?" o "¿Sufres cuando estás escribiendo?" Probablemente están tan cerca un ámbito de otro que están superpuestos de una manera que no se pueden separar. Hay algo muy gozoso porque en el hecho mismo de dejar trazos o dejar huellas tienes una sensación de reconocimiento de lo que es el mundo, y de lo que es la vida. Eso siempre ha actuado en el hombre de una manera afirmativa, porque en medio de la confusión al menos puedes dejar unas pistas para ti mismo, para tus amigos, para tus lectores, para las personas que quieres o para las que odias. Eso es afirmativo y gozoso porque te hace multiplicar tu propia vida: es un acto multiplicativo de la vida. Pero también tiene algo de frustrante porque en lo artístico siempre hay algo de enfriamiento de la sensibilidad pura. Lo artístico siempre es evocativo y al serlo no deja de ser un asesinato de la experiencia, aunque sea un bello asesinato de la experiencia. Cuando se está en la plenitud de la experiencia es imposible dedicarse al arte. Cuando uno está metido, inmerso en el meollo de la experiencia, no va a alejarse de ese meollo para evocar.

/upload/fotos/blogs_entradas/thomas_mann.jpgEn cambio el arte por un lado multiplica la vida, y por otro lado no deja de ser un cierto enfrentamiento con la vida. De ahí que desde siempre se haya planteado el repetido dilema entre arte y vida, si te puedes dedicar plenamente al arte y a la vida al mismo tiempo, si puedes encontrar o no elementos de conciliación. Yo creo que el artista que se ensimisma, que se encierra forzosa y absolutamente en su obra, hace un pacto de no-vida, hace un pacto de renuncia a la vida. Por eso no es nada gratuito el héroe literario que se inventa Thomas Mann  en Doctor Faustus, el compositor Adrien Leverkühn, quien, en un momento determinado, frustrado porque no puede componer obras musicales de creatividad nueva, pacta con el diablo a costa de su propia vida. Es decir, se le concede la fecundidad musical a cambio de renunciar a la vida. En esa figura Thomas Mann, además de que era un tema que le obsesionaba mucho, no deja de recoger una tradición que casi te diría que se entrevé en el poema de Gilgamesh, y que se entrevé ya en la literatura antigua. No sé si se puede ser Homero y Ulises al mismo tiempo.  

[Publicado el 07/12/2007 a las 09:37]

[Etiquetas: El arte y sus espectros, sensibilidad, Thomas Mann, doctor Faustus, artista, arte y vida]

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Foto autor

Biografía

Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de treinta libros en distintos ámbitos literarios. Entre ellos: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura: Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre). Como escritura transversal más allá de los géneros literarios ha publicado: Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, Visión desde el fondo del mar. Recientemente, ha publicado Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida (2013) y Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza (2013).

Ha estudiado Filosofía, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona. Estudió también en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Fue profesor visitante en la Universidad de Berkeley. Ha impartido docencia en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002), y los premios Cálamo (2010) y Ciudad de Barcelona (2010) con Visión desde el fondo del mar. 

Bibliografía

Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio
y la celebración de la belleza
(Acantilado, 2013)

 
Una educación sensorial. Historia personal del desnudo
femenino en la pintura
(Acantilado 2012)
Visiones desde el fonde del mar (Acantilado, 2010).
MICROSITE DEL LIBRO

 

Publicaciones principales

POESÍA
- Disturbios del conocimiento. Barcelona: Icaria Editorial, 1980.
- Duelo en el Valle de la Muerte. Madrid: Editorial Ayuso, 1986.
- El afilador de cuchillos. Barcelona: El Acantilado. Quaderns Crema, 1999.
- El poema de la serpiente. Badajoz: Asociación Cultural Littera Villanueva, 2010.
- Cantos del Naumon. Libros del Aire. Colección Jardín Cerrado, núm. 5, 2010.

NARRATIVA
- Lampedusa. Barcelona: Editorial Montesinos, 1981.
- El asalto del cielo. Barcelona: Editorial Plaza & Janés, 1986.
- Desciende, río invisible. Barcelona: Editorial Destino, 1989.
- La razón del mal. Premio Nadal 1993. Barcelona: Editorial Destino, 1994.
- Transeuropa. Madrid: Alfaguara Ediciones, 1998.
- Davalú o el dolor. Madrid: RBA, 2001.
- Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida. Barcelona: Quaderns Crema, 2013.

ENSAYO
- El Quattrocento. Barcelona: Editorial Montesinos, 1982.
- La atracción del abismo. Barcelona: Editorial Bruguera, 1983. Reeditado 2006.
- El Héroe y el Único. Madrid: Taurus Editorial, 1984.
- Tres miradas sobre el arte. Barcelona: Icaria Editorial, 1985.
- Leopardi. Infelicidad y titanismo. Barcelona, 1986
- Territorio del nómada. Barcelona: Ediciones Destino, 1986.
- El fin del mundo como obra de arte. Barcelona: Ediciones Destino, 1990. Reeditado 2007.
- El cansancio de Occidente (en colaboración con Eugenio Trías). Barcelona: Ediciones Destino, 1994.
- Sabiduría de la ilusión. Madrid: Taurus Editorial, 1994.
- Aventura. Una filosofía nómada. Barcelona: Nuevas Ediciones Debolsillo, 2000.
- Una educación sensorial. Historia personal del desnudo femenino en la pintura. Madrid-México: Fondo de Cultura Económica, 2002. Barcelona: Editorial Acantilado, 2012.
- Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra. Barcelona: Ediciones Destino, 2003.
- Del Ganges al Mediterráneo: un diálogo entre las culturas de India y Europa (en colaboración con Vidya Nivas Mishra). Madrid: Siruela, 2004.
- Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza. Barcelona: Editorial Acantilado 2013.

ESCRITURA TRANSVERSAL
- El cazador de instantes. Barcelona: Ediciones Destino, 1996. Reeditado 2007.
- El Puente de Fuego. Cuaderno de Travesía, 1996-2002. Barcelona: Ediciones Destino, 2004.
- Enciclopedia del crepúsculo. Madrid: El Acantilado, 2006.
- Breviario de la aurora. Barcelona: El Acantilado, 2006.
- Visión desde el fondo del Mar. Barcelona: Editorial Acantilado, 2010. Premio Cálamo 2010. Premio Ciudad de Barcelona 2010.

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