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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 2 de julio de 2020

 Blog de Rafael Argullol

Galería de espectros: Eva

Rafael Argullol: Hoy en mi galería de espectros he contemplado el de Eva.

Delfín Agudelo: Pero Eva tiene muchos rostros, desde literarios hasta pictóricos. ¿A cuál de todas has visto?

R.A.: Cuando pienso en Eva, y cuando creo vislumbrar su fantasma, no tengo ninguna duda de que se trata de la que pinto Masaccio en La expulsión del paraíso. No porque no haya habido otras Evas singularmente fuertes, como es el caso de Durero y tantos otros, pero esta Eva primeriza de Masaccio lo expresa prácticamente todo: toda la fuerza de la expulsión, todo el significado de la caída. También me parece un personaje fascinante en relación al propio Adán. Masaccio pintó a Adán avergonzado, una vez ha sido ya desposeído del paraíso, tapándose los ojos, bajando la cabeza: un cuerpo perfecto, plenamente renacentista, pero con una cara cubierta. En contrapartida, el cuerpo de Eva es quizá más imperfecto pero vibrante en movimiento, y con una cara y fuerza desgarradora; una fuerza singular que le da todo el protagonismo. De hecho, el cuadro debería llamarse Eva o Eva acompañada de Adán. Además veo que Masaccio pone de relieve la centralidad de lo femenino y el carácter periférico de lo masculino en el gran episodio bíblico. Quien tiene todo el poder de la tentación, quien tiene todo el poder de la transgresión, y tiene todo el poder incluso de la propia tragicidad de la pérdida del paraíso es Eva.
Me gusta mucho esta pintura y rememorarla porque no solo es la expulsión del paraíso que entendemos tradicionalmente como el inicio del sufrimiento, de la vejez, de la muerte, del trabajo, sino creo que esta pintura es algo así como el inicio de la historia del erotismo. El erotismo humano nace en el momento mismo en que Adán y Eva salen del paraíso expulsados. Mientras iban desnudos en el paraíso, no había erotismo. Quizás había una sexualidad, pero no el auténtico erotismo que nace de esa sensación de que la desnudez tiene que ser cubierta. En el momento en que la desnudez es obligadamente cubierta, nace la propia fascinación por la desnudez y nace también la atracción de la desnudez. Dando un vuelco a la explicación de la pérdida del paraíso, es verdad que explica muchos de los aspectos propios de la pérdida de una edad de oro en cualquier mitología. Pero al mismo tiempo es el inicio del erotismo humano porque es redescubrimiento de la desnudez. Para que haya redescubrimiento tiene que haber obligación de cubrimiento, y eso es lo que se les exige al ser expulsados. La espléndida desnudez de esas dos figuras guiadas por la dramaticidad del rostro de Eva tiene algo de epifánico y por tanto de muy potente.

 

[Publicado el 22/2/2008 a las 08:00]

[Etiquetas: galería, espectros, Eva, Masaccio]

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VI. El amor y la máscara. La carta de amor.

Rafael Argullol: Yo, que pienso que todo amor es amor propio, no creo que pueda amar aquél que no tiene una dosis sólida de amor propio porque el amor es un exceso.
Delfín Agudelo: Así como hay cartas de suicidio, también hay cartas de amor: las dos definen momentos de geografía interior. Centro de su propio universo, el amante que escribe la carta de amor desea que el sentimiento amoroso lo rodee de una manera precisa, pero que en momento alguno deje de lado la estela que él mismo ejerce.
R.A.: El propósito de una carta de amor puede ser muy variable. Hay un propósito muy directo y un propósito extremadamente oblicuo. En ese sentido, toda la historia de la literatura o bien ha sido una carta de muerte, de adiós, una elegía, o bien ha sido una carta de amor. Podemos analizar la literatura occidental como una sucesión de cartas de amor. Por ejemplo, la Divina Comedia es la gran carta de amor a Beatriz por parte de Dante, que nos deja un monumento literario extraordinariamente minucioso. El Werther es una carta de amor que está muy teñida de muerte pero no por esto deja de serlo. Madame Bovary sería una carta de amor por vía negativa. Tenemos muchas obras en las cuales se va representando o desarrollando más bien una estrategia respecto al amor, porque en definitiva en una carta de amor fundamentalmente lo que se busca es la cartografía de uno mismo, la cartografía de tus propios accidentes, de tus propias necesidades, de tus desiertos, montañas, valles, bosques; y a partir de ahí vas siguiendo esos senderos ocultos o enrevesados en medio de los accidentes.
Por tanto, hay tantas tipologías de cartas de amor como estrategias literarias que se han dado a lo largo de la historia. Desde el dardo fulminante hasta lo que sería una estrategia elaboradísima. Yo quisiera hacer un paralelo con el dolor y el placer; de la misma manera que estas dos ideas han suscitado comentarios y sensaciones simétricas, el amor y la muerte han hecho lo mismo. Es decir, a la muerte le pedimos mucho en cuanto la situamos como el mayor misterio de la vida. Y al amor le pedimos mucho porque le pedimos que nos regale esa segunda mitad de la frase que no tenemos. La vida, el cuerpo... lo que aprendemos siempre parece que nos da la primera mitad de la frase; entonces al amor le exigimos completarla. Y por eso realmente le pedimos mucho. Nos dejamos llevar por el dolor y el placer pero quizás les pedimos menos porque se trata de situaciones fulminantes. En cambio a la muerte y al amor le pedimos mucho. Singularmente, desde una óptica literaria, al amor lo definiría como el intento de escribir la segunda parte de la frase que necesitamos para completar lo que en una preciosa palabra podemos definir: entereza. Sentirnos enteros, completos. Y en ese sentido hay una infinidad de estrategias para intentar conseguir eso, desde la estrategia de Dante hasta la estrategia que puede ser un poema de Baudelaire que en principio parece que exprese radicalmente el anti-amor, pero esto también se convierte en una forma fulminante de amor.

 

[Publicado el 19/2/2008 a las 08:00]

[Etiquetas: carta de amor, geografía interior]

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El acto más radical

Rafael Argullol: Y sin embargo no se habla jamás del suicidio.
 
Delfín Agudelo: Guardan silencio aquellos que lo han vivido de cerca; los demás, a duras penas podrían decir algo.
 
R.A.: Desde pequeño he estado rodeado de susurros suicidas: es decir, a veces oías el murmullo, el susurro, una conversación indirecta de que en tu familia o en otra hubo un suicidio, pero se ocultaba de manera muy celosa la verdad real del suicidio Aquí, recientemente, ha habido personajes de relevancia que se han suicidado y se ha negado y ocultado. Recuerdo el caso de hace unos años el caso del poeta   José Agustín Goytisolo, aquí en Barcelona. Esto pesa mucho. Respecto al suicidio artístico, habría un matiz: un artista se suicida más allá de las infelicidades personales que pueden determinarlo bien porque ya no tiene nada que decir, o tiene tanto que decir de manera que no puede decirlo por medios artísticos. Hay un suicidio por déficit, y hay otro por exceso. Eso, en el personaje que se suicida. Para el espectador, o para el lector que sigue la obra de ese artista, tiene algo siempre de interrupción de un proceso en el cual se sentía copartícipe. Te quedas solo porque claro, el lector, en el sentido fuerte del término, acaba siendo un coautor, y por lo tanto un cómplice muy íntimo del escritor o del artista.
El suicido es un acto radical, quizás el más radical de la vida humana. Hay un cierto suicido falso adolescente, en el cual el adolescente no piensa tanto en matarse sino asistir desde atrás a su entierro para ver cómo sus padres están sufriendo. Pero este suicidio, o pseudosuicidio narcisista del adolescente es un falso suicidio: el radical es aquél que se emprende como un acto irreversible. Es verdad que nuestra época también se ha propagado de lo que podríamos llamar nuestro suicidio narcisista e inducido que es suicidarse después de matar. Por ejemplo, recientemente el caso de aquél estudiante en Estados Unidos, que se mató después de matar a decenas de estudiantes, y filmándose todo: ha llegado a nuestra época el cultivo del narcicismo de la imagen hasta tal punto que ha incluido en algunos casos lo que podríamos llamar ejemplos de este pseudosuicidio. Pero esto lo considero excluido del testamento artístico del suicidio.
 
D.A.: ¿Cuál sería el inmediato contrario de la nota de suicidio? ¿La carta de amor? Imaginemos una nota de suicidio que a la vez fuera una carta de amor. Habría tanta tensión en esa escritura que sería de difícil legibilidad

R.A.: Yo creo que si. De la misma manera que antes hablaba de la alegría que se manifestó en estos días anteriores al suicidio de Kleist, él mismo, mientras estaba a punto de suicidarse, le envió a su amante una carta de amor preciosa. En ese sentido creo yo que cuando se llega al tipo de madurez en la cultura del suicidio que tuvo Kleist o Zweig es muy posible que aquí rece una energía que también se pueda traducir en amor. También es bueno recordar el poema de Leopardi: el amor y la muerte tienen una comunicación estrechísima. Yo, que pienso que todo amor es amor propio, no creo que pueda amar aquél que no tiene una dosis sólida de amor propio porque el amor es un exceso. Por tanto, no lo veo como la negación del amor.

[Publicado el 13/2/2008 a las 08:00]

[Etiquetas: nota de suicidio, carta de amor]

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El estigma

Rafael Argullol: El enemigo último es la muerte porque si no existiera podríamos reiniciar el intento cuantas veces quisiéramos.

Delfín Agudelo: Quizás debido a esta concepción del arte y su protesta por no tener ese tiempo extra en vida es que encontramos constantemente una incomprensión -a veces rechazo- frente a la idea del suicidio. Y en el caso de un artista, existiría una sensación de rabia por parte del lector/espectador que pensará en la privación de ese "extra de vida ajeno" que bien pudo haber dado más creaciones.
 
R. A.: Acabas de decir una cosa muy interesante: el arte es ese tiempo extra frente a la muerte con el que nos dotamos. Lo que subyace a cualquiera de las miles de definiciones que se han dado sobre el arte es que el hombre en algún momento determinado se dota de lo que hemos llamado arte para concederse un extra de tiempo frente a la radical falta de tiempo que es la muerte. Pero el suicidio es otra cosa. La incomprensión es doble: el suicidio en general y el artístico. El general implica una incomprensión que supongo que se ha estudiado muchas veces, vinculada a la propia moral cristiana y fundamentalmente a la moral católica, y de otras consciencias religiosas que de alguna manera marcó con fuego a los suicidas y al entorno familiar del suicida, que quedaban marcados. Tenía algo de estigma. En ese sentido, dentro de la propia mitología aún acrecentó más la negatividad del suicido, el hecho simbólico de que Judas el traidor se suicidaba. Ese sustrato mental cristiano se ha proyectado. Este hecho, por ejemplo, rompía muy claramente con la percepción del suicido en sociedades como la griega o la romana, que no eran solo más abiertas al suicidio, sino que muchas veces se le concedía una función noble. En Roma se instituyeron incluso rituales de suicido en que el amigo íntimo ayudaba al otro a suicidarse, muy lejos de considerarse un atentado contra el honor.
 
Aquí, en nuestra cultura, el suicidio ha tenido muy mala prensa, sobre todo en el área católica, y curiosamente la sigue teniendo en un momento en que se han desacralizado tantas herencias de la cultura católica. El suicidio sigue siendo un tema tabú. No solamente porque no se podían enterrar en campo santo es que todavía es un tabú. Hace unos meses me llamó la atención un titular de La Vanguardia que informaba del suicidio como primera causa de muerte entre las personas que tenían entre 20 y 55 años, lo que lo situaba en la primera causa de muerte, incluso por encima del cáncer y de enfermedades cardiopáticas. Y sin embargo no se habla jamás del suicidio.

 

[Publicado el 12/2/2008 a las 08:00]

[Etiquetas: suicidio, tabú, artista]

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Últimos sonidos

Rafael Argullol: El caso de Kleist culminó toda una trayectoria literaria y poética.

Delfín Agudelo: ¿Cómo sería, entonces, una última nota de suicidio de un músico, escrita en un lenguaje musical? La música que más me gusta es aquella que puede ser la más triste o la más alegre, siendo la misma pieza.

Rafael Argullol: He oído algunas "piezas de suicidio", pero es evidente que así como hay una última mirada, hay un último sonido. Tenemos el caso, muy tópico, del Réquiem de Mozart, que tiene mucho de testamento musical. Mozart era un hombre que claramente prefiguraba la inminencia de la muerte seguramente porque se sentía muy enfermo, a pesar de que no tenía diagnóstico objetivo alguno. En el caso de Mozart, el Réquiem y La flauta mágica atestiguan esa dicotomía entre la muerte y la alegría, muy placentero en muchos momentos, y luego ese rigor mortis del Réquiem, que también, en algunos momentos, exalta. Luego están los últimos cuartetos de Beethoven, donde vemos la constancia de la proximidad de la muerte. La Sinfonía inacabada de Schubert; la última sinfonía de Mahler, donde la muerte parece estar muy presente dada la íntima relación que estableció con ésta: a partir de la muerte de su hija escribió las Canciones de los niños muertos, una música terrible. Pero en su última sinfonía la diferencia en la relación con la muerte se debe a que está frente a frente con su propia muerte.
Con esto quiero decir que el arte, en sus distintas facetas de la literatura o la música, ha manifestado el dolor por la muerte de seres queridos quizás más de lo que se ha aproximado a la propia muerte. Generalmente ha sido más patético el dolor por los seres queridos. La aproximación a la propia muerte en el arte daría lugar a un espectro sorprendente de lenguajes, desde el dolor a la alegría, desde lo cómico a un cierto travestismo moral, o una gran serenidad. En cambio, el dolor por la muerte ajena es la que ha concentrado la pulsión más patética.

 

[Publicado el 06/2/2008 a las 08:00]

[Etiquetas: música, suicidio, Mahler, Mozart]

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Rituales

Rafael Argullol: Pero a pesar de todo, Zweig realiza una especie de testamento diciendo que él había crecido y vivido en un mundo que había desaparecido, y cree que no puede seguir viviendo en éste que ya no es el suyo.
Delfín Agudelo: Me llama la atención pensar en el escritor que es consciente de estar escribiendo su última carta. No dejarán de interesar nunca los motivos de muerte prematura de un escritor: desde aquél que puede escribir su última obra hasta aquél en que muere en un accidente. Pienso en el caso de Camus en ese coche. Hay cierta indignación con el destino por no haber dado esa oportunidad...
R.A.: Hay casos completamente distintos. En el caso primero del escritor que no solamente lega un testamento artístico porque se va a suicidar sino que crea una auténtica ritualidad y escenografía alrededor de este acto, está el caso muy notable de Heinrich von Kleist. No solamente se suicidó, sino que se fue a un balneario, acompañado de una mujer que no era su amante sino una amiga, una cómplice de suicidio que era enferma terminal. Estuvieron una semana en el balneario, todos los huéspedes comentaron luego que parecían la pareja más feliz que habían visto, que siempre reían y jugaban. Al cabo de una semana, se suicidaron. Ella, enferma terminal; él, por la voluntad del suicidio. En ese sentido, nos encontramos con un suicido de extraña ritualidad, porque no es de 24 horas, es de muchos días en el cual, además, manifiesta una extraña y misteriosa alegría que jamás seremos capaces de desvelar. Pero el caso de Kleist culminó toda una trayectoria literaria y poética.
El otro caso, el de la muerte por accidente, es completamente distinto: muerte por accidente lo es todo, hasta cuando tienes noventa años y muerAlbert Camuses es un accidente, porque no la has buscado y ella viene a ti: el accidente cardiovascular que te liquida. La muerte por accidente en plena madurez o edad adulta, como es el caso de Camus, tiene algo de jugarreta del destino que en su caso en particular había una extraña aceleración en su vida última, ya que jamás dio por descontado la inminencia de la muerte, pero parecía que se estaba preparando para ella. Su propia relación con la velocidad... Murió, pero no murió de manera completamente casual; él tenía una faceta relativamente desconocida, y era que le gustaba mucho la velocidad. Sus amigos decían que cada vez la practicaba de manera más temeraria. En ese sentido, el último Camus era alguien que si no buscaba la muerte directamente, sí jugaba ya muy temerariamente con la vida. Pero podemos llamar a sus últimos textos "Últimos testamentos" en el sentido estricto del término. Lo son, porque se ha visto truncada su vida, pero no claramente porque haya una voluntad de que los sea, como es el caso bastante espectacular de Zweig o de von Kleist.

[Publicado el 05/2/2008 a las 08:00]

[Etiquetas: Heinrich von Klein, Camus, suicidio, muerte, autor]

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Últimas palabras

Rafael Argullol: Evidentemente no hay nada más último que lo último, no hay nada más aparentemente definitivo que la última obra.
Delfín Agudelo: Pensemos en la consciencia última de estar escribiendo una última carta: la nota del suicido.
R.A.: Hay algunas realmente sorprendentes. Quizás la más que conozco es la que escribió Stefan Zweig cuando se suicidó en Brasil, porque es una carta de suicidio que alude a un fin de una determinada cultura que él ya no puede soportar. No es suicidio por infelicidad personal extrema, como muchas veces se da, sino como declaración de que vive en un mundo imposible. Y eso lo hace Zweig que se suicida en Petrópolis, antigua ciudad imperial cerca de Río de Janeiro, en los años cuarenta. Ha escapado como judío al hitlerianismo pero ya está en Brasil, y allí ha sido muy bien acogido, tiene incluso un gran éxito entre los lectores, lleva una vida relativamente feliz, tiene un novia de la que está enamorado que se suicida con él. Pero a pesar de todo realiza una especie de testamento diciendo que él había crecido y vivido en un mundo que había desaparecido, y cree que no puede seguir viviendo en éste que ya no es el suyo. Es un texto bastante significativo acompañado de un testamento artístico de carácter civilizatorio. Más habitual es el que está implicado diríamos en lo que es la infelicidad personal, en el cual ha habido determinados poetas y artistas que han dejado una especie de último testimonio de su situación, de su infelicidad, de lo que esperaban del mundo y no se ha realizado.

[Publicado el 31/1/2008 a las 08:00]

[Etiquetas: Stefan Zweig, sucidio]

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Epifanías

Rafael Argullol: La última mirada contiene esa doble faceta de testamento y de poética de todo lo que ha sido su obra. En todos los casos, creo que se da esa doble vertiente, y esto también sucede en la literatura.

Delfín Agudelo: Siento que existe en nuestra cultura una obsesión con lo “último”, ya sea a sabiendas del autor o por un acto inesperado. Obsesiona la última carta que escribió, la última fotografía, la última composición. Quizás sea así porque es contrastar al artista con el absoluto de la muerte.

R.A.: Lo que llamamos testamento artístico ha sido muy importante en la mayoría de las culturas. De hecho, determinadas culturas como la Griega antigua, especialmente en la época helenística, llegan a inventar una síntesis maravillosa de este testamento artístico en el epitafio —que a veces ponía otra persona, pero que normalmente lo ponía el propio autor. El epitafio son las últimas palabras, y en cuatro o cinco versos, es necesario resumir lo que he sido y cómo quiero que me vean los otros tal como he sido. Entonces el epitafio empieza en el mundo antiguo, continúa en el renacimiento, y llega a la cúspide en el romanticismo. No creo que se haya escrito un epitafio superior al de John Keats: Here lies One Whose Name was writ in Water. Quiere que sean las últimas palabras, y a la vez síntesis.

El último legado ha sido importante, incluso se ha convertido en género literario a lo largo de los siglos. Lo que ocurre es que nuestra época, como es tan atenta al consumo inmediato de todo lo que sea novedad, paradójicamente se presenta como la novedad superior la última creación de un artista. En nuestro tiempo las editoriales siempre quieren algo original, actual y último del autor. Evidentemente no hay nada más último que lo último, no hay nada más aparentemente definitivo que la última obra. Hay toda una mitología alrededor de lo último. Esto ha creado no únicamente en el terreno del arte sino de la cultura de masas popular un auténtico cultivo de la “novedad última”, contradictoriamente: nada mejor que el último disco, la última foto de los Beatles, o de John Lennon. Pero fíjate que en el siglo XIX había un auténtico furor por algo más macabro que esto: las máscaras mortuorias. A los grandes artistas se les hizo una máscara mortuoria que luego se exhibía, y gracias a esto tenemos la de Beethoven, de Leopardi. Ahí estaba de alguna manera un último que sintetizaba todo.

 

[Publicado el 30/1/2008 a las 08:01]

[Etiquetas: epifanías, epitafio, muerte]

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VI. Testamentos artísticos. La última mirada

Rafael Argullol: Más que la muerte de un autor, lo que realmente es significativo es la última etapa, que puede ser años, días u horas.

Delfín Agudelo: Si bien se trata de una última etapa, lo es en relación con la muerte. La muerte parece ser ese abismo en el que intentamos ver la última batalla del artista contra el absoluto. Absolutamente nada pasará en vano. 

R.A.: Esta última eetapa es muy significativa para iluminar no solamente este momento de un artista sino para iluminar toda su obra. En el terreno de la pintura e incluso de la fotografía, me han llamado la atención las exposiciones en las cuales se reflejaba la última mirada. Recuerdo una hace unos años en Barcelona que se llamaba así, "La última mirada", en la cual había una antología de cuadros de pintores en los cuales ellos mismos se habían autorretratado en el último periodo de su vida. Paralelamente recuerdo otra exposición, no muy lejos de ésta en el tiempo, en Roma, que era prácticamente lo mismo en el caso de fotógrafos, que se habían autorretratado en el último período. En los dos casos era muy interesante porque aparte de que hay una evidente voluntad testamentGustave Courbet, "Autorretrato"aria en esa última mirada, se quiere sintetizar aquello que se desea legar hacia el futuro. Aunque se trate de un autor aparentemente poco deseoso de gloria y trascendencia, creo que en el hecho de autorretratarse en un período terminal hay esa idea del legado, del regalo o de la oferta hacia el futuro. Cada una de estas obras, de estas últimas miradas, eran pequeñas síntesis de poética o estética de lo que había sido la obra del autor. A través de esta última mirada veíamos mucho de lo que había sido el lenguaje, la evolución, el talente, la idiosincrasia del autor.
En un orden más general de cosas, siempre he dado mucha importancia y seguido con mucha atención los autorretratos en la historia de la pintura occidental y me he dado cuenta que los pintores propensos al autorretrato aceleran casi vertiginosamente esa tendencia cuando sienten que llega el final de su vida-muchas veces un final de vida provocado por ellos, como el suicidio. Recuerdo la obsesión que tuvo Courbet por autorretratarse a lo largo de 50 años. Otro caso es el de Van Gogh, que se autorretrató durante años, y los últimos dos o tres años hizo decenas y decenas de autorretratos; y el caso de Edgar Munch, que tenía tendencia al autorretrato, y terminó haciéndolo obsesivamente. Y la fotografía, en parte, ha facilitado este hecho: hay fotógrafos que han llegado a autorretratarse diariamente, y otros que lo han hecho el día final de su vida, antes de suicidarse. Creo que tiene algo de testamento, no solo hacia la posteridad, sino de declaración de principios de lo que ha sido toda una obra: son testamentos artísticos que se contienen en estas últimas miradas. Hay que conceder, de la misma manera, plena importancia a las últimas películas, sobre todo a las que voluntariamente son las últimas películas; pienso en Los muertos de John Huston, que es una adaptación de un cuento de Joyce. Allí, Houston ya sabía que su enfermedad era irreversible y por lo tanto, cuando vemos los muertos, vemos un testamento; además, si vemos con atención la película, vemos que también hay un compendio de sus preocupaciones cinematográficas. El sacrificio de Tarkovsky también es realizada cuando él ya sabe que tiene una enfermedad irreversible y tiene esa doble faceta de testamento y de poética de todo lo que ha sido su obra. En todos los casos, creo que se da esa doble vertiente, y esto también sucede en la literatura.

[Publicado el 29/1/2008 a las 08:00]

[Etiquetas: testamento, artista, muerte, última etapa, creación]

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Pintura del infierno

Rafael Argullol: Dante, de alguna manera, es el artista que otorga a Dios la obra de arte perfecta. La Divina Comedia es una obra perfecta al servicio divino.
Delfín Agudelo: Mi impresión es que el Infierno y el Purgatorio despiertan más interés dramático que el Paraíso. Tanto en la obra poética como en los grabados de Doré.
R.A.: Dentro de la gran tradición cristiana artística y literaria, siempre el infierno ha producido muchísimas más imágenes que el paraíso, porque la idea cristiana del paraíso es una idea que nunca ha logrado pasar de la abstracción a la sensualidad. En cambio, el inferno desde el principio se planteó como extremadamente sensitivo, sensual y sexual dentro de la imaginación cristiana. Por tanto, en todos los ejemplos antes y después de Dante, el infierno ha producido muchísima más densidad creativa que el paraíso. En cambio, como contraste, el paraíso islámico sí tuvo unas tradiciones sensitivas y sensuales que el cristianismo nunca tuvo, porque en el Islam el paraíso se acercó mucho a todo aquello que una cultura del desierto veía negada: el oasis, los jardines, el agua, las mujeres, etc., todo esto formando parte de un paraíso sensual. El paraíso cristiano siempre fue extremadamente abstracto. Casi podríamos decir que el infierno ha sido cosa de poetas y el paraíso un monopolio de los teólogos en la tradición cristina. Además, en Dante hay una cosa extraordinaria: es más difícil de leer el Paraíso porque éste está escrito para ser escuchado, ya que es musical. Gustave Doré, El Purgatorio, que es una esfera intermedia, es escultórico; y el Infierno es pictórico. Nosotros leemos y vemos el Infierno; el Purgatorio lo vemos pero con ese matiz de la escultura respecto a la pintura, que la escultura es siempre es más austera, más sobria, menos colorista, menos cromática. Y el Paraíso es música. Entonces esto forma parte de la extraordinaria creación dantesca: pasar de un mundo de los sentidos, pictórico, a un mundo de los sentidos ya más elevados, escultórico y arquitectónico, y luego a un mundo que quiere ser mucho más abstracto y espiritual de acuerdo con las ideas teológicas y cristianas, que es el musical.
Por eso, el lector moderno se encuentra mucho más a gusto con el Infierno, porque se encuentra rodeado de imágenes. Nosotros, además de que somos hijos de un mundo de imágenes abigarradoras, somos así. Dante no hace sino seguir todo nuestro criterio mental de dar al infierno esa prioridad sensitiva y convertir el paraíso en algo abstracto. Eso ocurre también en nuestra vida: tenemos una idea bastante sensitiva y explícita de en qué consisten nuestros infiernos. En cambio, nuestros paraísos, aquello que llamamos la dicha, la felicidad, el gozo, no dejan de ser ideas bastante abstractas. No sé si esto forma parte de la condición humana o de nuestra condición cristiana, con un background occidental y cristiana. Pero tenemos una idea más abstracta de la felicidad que del dolor. El dolor es plástico, es pictórico. En uno de mis libros, Davalú o el dolor, insistí mucho en ese aspecto: el dolor exige una captación inmediata. Por tanto, es muy pictórico. En cambio, la idea de muerte es una idea más abstracta. Podemos filosofar sobre la muerte, no podemos filosofar sobre el dolor. El dolor lo captamos o no; pero todas las filosofías frías sobre el dolor están destinadas a no ser eficaces contra el dolor. En cambio la reflexión estoica sobre la muerte de Séneca o Montaigne es muy valiosa frente a la muerte.

[Publicado el 22/1/2008 a las 08:00]

[Etiquetas: Dante, Divina Comedia, Infierno, Paraíso, Purgatorio]

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Foto autor

Biografía

Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de treinta libros en distintos ámbitos literarios. Entre ellos: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura: Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre). Como escritura transversal más allá de los géneros literarios ha publicado: Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, Visión desde el fondo del mar. Recientemente, ha publicado Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida (2013) y Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza (2013).

Ha estudiado Filosofía, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona. Estudió también en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Fue profesor visitante en la Universidad de Berkeley. Ha impartido docencia en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002), y los premios Cálamo (2010) y Ciudad de Barcelona (2010) con Visión desde el fondo del mar. 

Bibliografía

Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio
y la celebración de la belleza
(Acantilado, 2013)

 
Una educación sensorial. Historia personal del desnudo
femenino en la pintura
(Acantilado 2012)
Visiones desde el fonde del mar (Acantilado, 2010).
MICROSITE DEL LIBRO

 

Publicaciones principales

POESÍA
- Disturbios del conocimiento. Barcelona: Icaria Editorial, 1980.
- Duelo en el Valle de la Muerte. Madrid: Editorial Ayuso, 1986.
- El afilador de cuchillos. Barcelona: El Acantilado. Quaderns Crema, 1999.
- El poema de la serpiente. Badajoz: Asociación Cultural Littera Villanueva, 2010.
- Cantos del Naumon. Libros del Aire. Colección Jardín Cerrado, núm. 5, 2010.

NARRATIVA
- Lampedusa. Barcelona: Editorial Montesinos, 1981.
- El asalto del cielo. Barcelona: Editorial Plaza & Janés, 1986.
- Desciende, río invisible. Barcelona: Editorial Destino, 1989.
- La razón del mal. Premio Nadal 1993. Barcelona: Editorial Destino, 1994.
- Transeuropa. Madrid: Alfaguara Ediciones, 1998.
- Davalú o el dolor. Madrid: RBA, 2001.
- Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida. Barcelona: Quaderns Crema, 2013.

ENSAYO
- El Quattrocento. Barcelona: Editorial Montesinos, 1982.
- La atracción del abismo. Barcelona: Editorial Bruguera, 1983. Reeditado 2006.
- El Héroe y el Único. Madrid: Taurus Editorial, 1984.
- Tres miradas sobre el arte. Barcelona: Icaria Editorial, 1985.
- Leopardi. Infelicidad y titanismo. Barcelona, 1986
- Territorio del nómada. Barcelona: Ediciones Destino, 1986.
- El fin del mundo como obra de arte. Barcelona: Ediciones Destino, 1990. Reeditado 2007.
- El cansancio de Occidente (en colaboración con Eugenio Trías). Barcelona: Ediciones Destino, 1994.
- Sabiduría de la ilusión. Madrid: Taurus Editorial, 1994.
- Aventura. Una filosofía nómada. Barcelona: Nuevas Ediciones Debolsillo, 2000.
- Una educación sensorial. Historia personal del desnudo femenino en la pintura. Madrid-México: Fondo de Cultura Económica, 2002. Barcelona: Editorial Acantilado, 2012.
- Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra. Barcelona: Ediciones Destino, 2003.
- Del Ganges al Mediterráneo: un diálogo entre las culturas de India y Europa (en colaboración con Vidya Nivas Mishra). Madrid: Siruela, 2004.
- Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza. Barcelona: Editorial Acantilado 2013.

ESCRITURA TRANSVERSAL
- El cazador de instantes. Barcelona: Ediciones Destino, 1996. Reeditado 2007.
- El Puente de Fuego. Cuaderno de Travesía, 1996-2002. Barcelona: Ediciones Destino, 2004.
- Enciclopedia del crepúsculo. Madrid: El Acantilado, 2006.
- Breviario de la aurora. Barcelona: El Acantilado, 2006.
- Visión desde el fondo del Mar. Barcelona: Editorial Acantilado, 2010. Premio Cálamo 2010. Premio Ciudad de Barcelona 2010.

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