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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 5 de junio de 2020

 Blog de Rafael Argullol

Edipo es un destino

Rafael Argullol: Llegar a dominar el arte del equilibro entre el logos y el misterio. Algo de eso nos dice el viejo Sófocles en lo que sería su última lección, que está en su última obra, en su último año de vida.

Delfín Agudelo: La imagen del peregrinaje ciego me parece muy relevante, simbólico. Es contemplar la idea del viajero como aquel que no ve físicamente, por lo que presuntamente no necesitaría del desplazamiento físico. Ya estaria viendo con los ojos interiores, pero aún así somete su cuerpo al atravesamiento físico.

R.A.: Creo que el simbolismo más rotundo de Edipo en el momento en que se arranca físicamente los ojos, puesto que se arranca también el falso conocimiento que tenía acerca de sí mismo. Se arranca una sabiduría superficial y de corto plazo. En ese mismo momento está simbólicamente preparado para ulteriores pasos en el conocimiento. Esos ulteriores pasos aún no los ha dado; el arrancarse los ojos es una especie de catarsis y preparación para el siguiente camino.

Esos años de oscuridad literaria, estos años carentes de información literaria acerca de la errancia de Edipo podemos suponer que son los años en los que él va acumulando ese conocimiento ulterior para el que se había preparado cerrándose la mirada a corto plazo, y dirigiendo una mirada a largo plazo hacia el interior de sí mismo. Esa mirada hacia el interior, que en términos de Novalis podemos comprender como el viaje hacia el interior, al mismo tiempo debe transcurrir por el exterior, debe transcurrir a través de ese peregrinaje, ese nomadismo, ese ser transeúnte, ese ser pasajero, ese ser desterrado, ese ser de alguna manera exilado de todas las tierras. En ese sentido antes hablaba también del ciclo de Jesucristo: tras un sedentarismo de 18 años, del que no sabemos nada, los 3 años de los que nos informan los evangelios muestran de alguna manera a un transeúnte frenético: está cambiando continuamente de tierra.

Creo que en es simbolismo de Edipo la adquisición de la sabiduría exige un doble movimiento: el viaje hacia el interior, para el que le han preparado la propia ceguera, que se contrasta con el peregrinaje físico exterior, con el movimiento. Esto enlaza además creo que con una tradición muy arraigada en distintas culturas, y es la tradición del peregrino errante como portador de sabiduría, e incluso, como antes decía, como persona sagrada. Edipo es de estas figuras de personas santas de distintas culturas, que son personas que incluso los ejércitos que están en guerra respetan a su paso: se hace una especie de armisticio provisional mientras pasa la figura y luego se reanudan las hostilidades. ¿Por qué? Porque están rodeadas del aura de la mirada interior que le provisiona una luz especial que hace que sean respetados. Generalmente esas figuras son ciegas, nómadas, son personajes que se vuelven en una franja ambivalente entre lo físico y lo metafísico, son personajes que ellos mismos son, en palabras de Nietzsche, un destino. Probablemente Sófocles nos dice eso: Edipo se convierte en un destino en sí miso, y en la última tragedia hace la representación del significado de ese destino. 

[Publicado el 12/3/2010 a las 18:24]

[Etiquetas: Edipo, mirada, mirada interior, peregrinaje ciego]

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Creamos nuestro laberinto

Rafael Argullol: Nosotros tenemos regulado de una manera muy hábil todo lo que son esa especie de carnaval que sirve para potenciar el propio orden de la sociedad
Delfín Agudelo: Pensaría que la palabra monstruoso, o el concepto de monstruo, abarca más espacios de los que en realidad creemos en la cultura.
R.A.: Lo monstruoso siempre pretende estar libre, y el poder siempre pretende domesticar a lo monstruoso. De ahí por ejemplo la propia figura del Minotauro, a la que aludías al principio: el minotauro es una criatura simbólicamente de extrema libertad. Pero por eso se le recluye en el laberinto. Eso lo vieron muy bien los surrealistas y Picasso con su fascinación hacia el personaje: tenemos un minotauro interior al cual nosotros le construimos un laberinto para encerrarlo. No es que se construya a partir de un poder exterior: nosotros lo hacemos. Tenemos el minotauro y construimos nuestro laberinto: es la manera de domar, y tener recluido al minotauro, para que no se manifieste y no se escape de nosotros. Evidentemente lo monstruoso tiene esa especie de plus de libertad que nos atrae pero al mismo tiempo nos da miedo. Y eso se retrotrae a nuestras primeras experiencias de infancia.

[Publicado el 04/9/2008 a las 07:00]

[Etiquetas: minotauro, laberinto, interior]

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IX. Monstruos y clones. Geografías simbólicas

Rafael Argullol: Me he llegado a acostumbrar al hecho de que los paisajes exteriores que tenemos van moldeando no solamente nuestra forma de ser sino que también el juego de la imaginación.

Delfín Agudelo: ¿Cuál es tu impresión de las diferencias de imaginarios entre una cultura y otra, luego de haber conocido esos paisajes exteriores e interiores? ¿De qué manera te sorprende aún llegar a un país lejano?

R.A.: Kant hablaba del libre juego de facultades que proporciona la imaginación; decía que cuando el entendimiento o la razón se veían desbordados, lo que acudía al rescate del hombre era la imaginación, gracias a la cual podíamos experimentar de manera favorable y propicia experiencias que sin la imaginación resultarían desagradables y desmesuradas. Eso es algo que me parece muy importante porque en medio de lo que llamamos realidad cotidiana casi siempre nos viene al rescate en sus distintas formas la imaginación. Pues bien, me he acostumbrado a lo largo de los viajes a ver que ese libre juego de facultades es verdaderamente distinto según el espacio en el que te mueves. Incluso he llegado a desarrollar una geografía psicológica y simbólica que me sirve mucho: el desierto no es solo desierto, sino una descripción de la nada, del vacío, incluso de lo ilimitado; el mar tiene su contenido, el valle también en relación a la montaña, los espacios abiertos, los errados, la espesura de la selva, el bosque.
Los distintos espacios tienen directamente o marcan directamente los juegos de la imaginación, de la misma manera que no es lo mismo que uno vaya de paseante por Ciudad de México, Sao Paulo o Nueva Delhi que por una pequeña ciudad provinciana de Castilla. El paseante en un lugar u otro cambia completamente sus posibilidades de contraste entre realidad e imaginación. En ese sentido, durante veinticinco o treinta años he estado viajando continuamente entre Europa y América, aparte de Asia y África; pero entre Europa y América es el viaje de ida y retorno que mas he realizado. Primero en Estados Unidos donde viví dos años en San Francisco, y luego o lo largo de toda Latinoamérica. Desde el primer momento me llamó mucho la atención este cambio de reglas de juego. En Europa la imaginación está marcada por una profundidad en el tiempo, lo que llamamos antigüedad, por una densidad de población que es lo que hace que sea muy difícil viajar por la Europa occidental por la noche sin ver luces que indican pueblos, ciudades o casas. No hay un vacío nocturno por esa profundidad del tiempo, por esa densidad, por la estrechez y un cierto sedentarismo al menos en los últimos siglos. Las historias o relatos en Europa tienen mucho de sedentario.

 

 

 

[Publicado el 03/4/2008 a las 07:00]

[Etiquetas: viaje interior, imaginario, sedentario, Europa, América]

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Un viaje de Semana Santa

Entre las múltiples propuestas viajeras que se ofrecen por Semana Santa, tan exóticas muchas que parecen agotar toda posibilidad de la imaginación, hay una que nunca se plantea pese a ser la más prodigiosa y económica. Es un viaje que dura tres días –rememoración de otro viaje que también duró tres días- con la particularidad de que no hace falta salir de casa ni sufrir las aglomeraciones tan inevitables en ese período. Se lo cuento porque un año yo realicé este viaje del que volví muy satisfecho, lo cual quizá anime a alguno.
Se trata de imitar a Dante, de la única forma en que es posible imitarlo: leyéndolo. Dante contó a un confidente que la entera travesía de la Divina Comedia duró tres días, del Viernes Santo al Domingo de Resurrección del año 1300. Al confesar esto el poeta, naturalmente, quería dejar claro que su modelo era otro viajero, Cristo, que tras morir en la cruz el viernes recorrió el ultramundo antes de resucitar el domingo. Deducimos, por tanto, que si bien, al decir de los estudiosos, la composición de la obra se extendería de 1304 a 1321, fecha en la que se produce el fallecimiento de Dante, éste invitaba a creer que el auténtico viaje había durado únicamente tres días, una visión recuperada luego en los versos de la Comedia.
Cierta o no la confidencia a mí me parece sugerente seguirle el juego a Dante y buscar tras el texto la visión de aquella Semana Santa de 1300. Lo mejor, en consecuencia, es leer la Divina Comedia durante tres días seguidos, a poder ser Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Resurrección: Inferno, Purgatorio y Paradiso, un mundo cada día. Y al leer, además, no quedarse únicamente con la letra sino, de acuerdo con aquel juego, tratar de establecer la orilla visionaria de los versos, que lógicamente aparecerá distinta a cada lector. No es necesario en absoluto ser creyente o erudito; basta con tener un cierto espíritu viajero. Tengo la impresión de que el verdadero viajero, incluso desde la inmovilidad, es capaz de ver donde los otros, sometidos al vértigo y al ajetreo, no ven.
Como quiera que sea al empezar a leer la Divina Comedia pronto llegamos muy lejos. Que el protagonista y el cronista coincidan en la misma persona facilita las cosas pues da verosimilitud a nuestra posición. Si logramos sortear los escollos de las interpretaciones alegóricas nos sentimos muy cerca de Dante al principio de la aventura. No hay que leer por tanto ninguna nota a pie de página, al menos en este tipo de desafío. La “selva oscura” es, en efecto, una selva y las temibles fieras que acechan al protagonista, fieras de verdad. En el juego sobran las alegorías: Virgilio es un maestro admirado en el que se puede confiar y Beatriz, una mujer deseable.
Ninguna guía de viaje tiene la sabiduría y el encanto de la que se va desplegando ante nuestros ojos en el Inferno. Pintores y grabadores han intentado captarla, siempre, insuficientemente, por más que se llamen Botticelli o Gustavo Doré. La visión que el viajero puede extraer del subsuelo del poema tiene mayor riqueza. Al seguir a Dante y Virgilio en su descenso al infierno nos transformamos en espeleólogos que nos dirigimos a un tenebroso centro de la Tierra. La geografía es maravillosamente concreta: los ríos Aqueronte y Flegetonte, la laguna Estigia, el Pozo de los Gigantes, la ciudad de Dite. Y al descender vamos atravesando los sucesivos círculos del infierno hasta llegar al noveno, sede de Lucifer.
No obstante, si bien nos fijamos, es decir, prescindiendo de la mirada teológica o del arrebato metafísico, los círculos del infierno son muy poco dantescos. Con el talante del viajero no son comprensibles las terroríficas lecturas de la Divina Comedia que nuestra cultura ha asumido desde el Romanticismo. Es verdad que la inigualable imaginación de Dante se pone al servicio de la disección de la oscuridad, y también es cierto que el poeta florentino carga con sus propias fobias y opiniones los hombros de los condenados. Pero creo que ningún lector, ni del presente ni del pasado, puede sentir terror alguno ante las descripciones de Dante. Demasiado bellas, demasiado irónicas.

Dante, aunque pueda ser brutal en sus condenas, no es un moralista. En los otros mundos los hombres se comportan como en este. Los avariciosos siguen siendo avariciosos; los aduladores continúan aduladores; los dignos, como el altivo Farinata degli Uberti, no pierden su dignidad. Esto nos ayuda a los otros viajeros pues también nosotros, en nuestras vidas, habitamos junto a avariciosos, a aduladores, a gentes dignas, y a contrastarlos con nuestros deseos no nos cuesta comprender las suertes reservadas por Dante para ellos.

En la lectura del Sábado Santo los efectos de la visión son distintos. Recordamos el Inferno como pictórico, plástico, con colores sombríos que pesan en la retina del lector. Dante y Virgilio atraviesan el submundo con prisas, como si también ellos temieran quedar aplastados por la pesadez ambiental. Como contraste el Purgatorio es notablemente más ligero. El espeleólogo es sustituido por el escalador. A medida en que ascendemos por la montaña en la que purgan los semicondenados Dante y Virgilio aminoran su marcha. El poeta se siente más apaciguado, tal vez percibiendo que aquel es el territorio, suma de dolor y de esperanza, que como ser humano le corresponde. El viajero actual que sigue el mismo itinerario siente algo semejante.
El purgatorio es más musical que pictórico. En repetidas ocasiones se escuchan cantos, algunos melancólicos, algunos alegres. A menudo se celebre la amistad. Dante conoce allí, por fin, a sus queridos Guido-Guinizelli y Arnaut Daniel, quien habla en occitano. También es el lugar que le sirve para especificar en que consiste el dolce stil nuovo. La música parece apropiada para este mundo intermedio. Particularmente emotivo es el momento en que el poeta se topa con su amigo el músico florentino Casella. El ambiente es tan relajado que éste acaba cantando una canción compuesta por Dante.
En la lectura del tercer día, Domingo de Resurrección, la música continúa pero deslizándose hacia la danza y, finalmente, hacia la luz. El Paradiso tiene fama de ser excesivamente especulativo y abstracto, y yo mismo lo recordaba así de una lectura remota. Sin embargo en aquel viaje de Semana Santa cambié de opinión. Me tranquilizó que también en el cielo, al igual que en los otros dos reinos, los seres humanos se comportaran como en la Tierra. En consecuencia Dante charla tranquilamente con su tatarabuelo Cacciaguida o su amiga Picarda. También habla con reyes y papas, y hasta con Adán, con quien discute temas estilísticos. El Paradiso es un ágora celestial.
Y una danza de amor, aunque sea de ese extraño amor que Dante sintió por Beatriz y que culmina con la más excepcional coreografía concebida, la construida al relatar la Rosa de los Bienaventurados ¿Hay alguna opción a esta altura entre los distintos viajes de Semana Santa?
 
El País, 20/03/2008

 

[Publicado el 02/4/2008 a las 07:00]

[Etiquetas: semana santa, viaje, interioridad]

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VI. El amor y la máscara. La carta de amor.

Rafael Argullol: Yo, que pienso que todo amor es amor propio, no creo que pueda amar aquél que no tiene una dosis sólida de amor propio porque el amor es un exceso.
Delfín Agudelo: Así como hay cartas de suicidio, también hay cartas de amor: las dos definen momentos de geografía interior. Centro de su propio universo, el amante que escribe la carta de amor desea que el sentimiento amoroso lo rodee de una manera precisa, pero que en momento alguno deje de lado la estela que él mismo ejerce.
R.A.: El propósito de una carta de amor puede ser muy variable. Hay un propósito muy directo y un propósito extremadamente oblicuo. En ese sentido, toda la historia de la literatura o bien ha sido una carta de muerte, de adiós, una elegía, o bien ha sido una carta de amor. Podemos analizar la literatura occidental como una sucesión de cartas de amor. Por ejemplo, la Divina Comedia es la gran carta de amor a Beatriz por parte de Dante, que nos deja un monumento literario extraordinariamente minucioso. El Werther es una carta de amor que está muy teñida de muerte pero no por esto deja de serlo. Madame Bovary sería una carta de amor por vía negativa. Tenemos muchas obras en las cuales se va representando o desarrollando más bien una estrategia respecto al amor, porque en definitiva en una carta de amor fundamentalmente lo que se busca es la cartografía de uno mismo, la cartografía de tus propios accidentes, de tus propias necesidades, de tus desiertos, montañas, valles, bosques; y a partir de ahí vas siguiendo esos senderos ocultos o enrevesados en medio de los accidentes.
Por tanto, hay tantas tipologías de cartas de amor como estrategias literarias que se han dado a lo largo de la historia. Desde el dardo fulminante hasta lo que sería una estrategia elaboradísima. Yo quisiera hacer un paralelo con el dolor y el placer; de la misma manera que estas dos ideas han suscitado comentarios y sensaciones simétricas, el amor y la muerte han hecho lo mismo. Es decir, a la muerte le pedimos mucho en cuanto la situamos como el mayor misterio de la vida. Y al amor le pedimos mucho porque le pedimos que nos regale esa segunda mitad de la frase que no tenemos. La vida, el cuerpo... lo que aprendemos siempre parece que nos da la primera mitad de la frase; entonces al amor le exigimos completarla. Y por eso realmente le pedimos mucho. Nos dejamos llevar por el dolor y el placer pero quizás les pedimos menos porque se trata de situaciones fulminantes. En cambio a la muerte y al amor le pedimos mucho. Singularmente, desde una óptica literaria, al amor lo definiría como el intento de escribir la segunda parte de la frase que necesitamos para completar lo que en una preciosa palabra podemos definir: entereza. Sentirnos enteros, completos. Y en ese sentido hay una infinidad de estrategias para intentar conseguir eso, desde la estrategia de Dante hasta la estrategia que puede ser un poema de Baudelaire que en principio parece que exprese radicalmente el anti-amor, pero esto también se convierte en una forma fulminante de amor.

 

[Publicado el 19/2/2008 a las 08:00]

[Etiquetas: carta de amor, geografía interior]

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Al aire libre

imagen descriptiva

Rafael Argullol: Nos describimos a nosotros mismos a través del mundo, pero no describimos tanto al mundo a través de nuestro yo.

Delfín Agudelo: Hay una clara simbiosis entre el yo y el mundo, y este proceso, que es reflejo opaco o luminoso, se traduce en literatura. Imagino que habrás tenido cientos de experiencias como éstas en tus viajes.

R.A.: Muchas. Entiendo y comparto la expresión de Novalis al decir que todo viaje es a través del interior. Pero yo diría que todo viaje es a través del interior si tú estás en condiciones de hacer un viaje exterior. En ese sentido, el puro viaje interior que queda en el interior puede desembocar en un solipsismo. El viaje exterior, que es la experiencia del contraste con el mundo, con lo que tienes alrededor, proporciona la materia prima que reelaboras como experiencia interior. En ese sentido, el viaje sucede continuamente. No quizá de la manera que tú prevés. Uno de los grandes atractivos del viaje es que lo que te proporciona no es tanto lo que habías previsto, sino aquello que se presenta, o que quizá tú estás predispuesto; pero no exactamente aquello que habías pensado. Esa dislocación de la experiencia me parece muy importante en todos los sentidos. Recuerdo lo que decía Van Gogh cuando estaba en Provenza: que él no podía pintar si no era sintiendo el mistral que le azotaba la cara. O lo que decía Nietzsche: todo pensamiento que no se produzca al aire libre se convierte rápidamente en un pensamiento venenoso.  

Uno de los grandes defectos del arte contemporáneo o incluso de la pintura en la segunda mitad del siglo XX es que el artista se fue encerrando en su estudio, en lugar de salir a ese aire libre que decía Van Gogh; y el pensador o sabio se quedó encerrado en su universidad, en su despacho o en su estudio, en lugar de ser un paseante, o asumir la figura del caminante. El pensador tiene que ser un caminante. En ese sentido, contrastarse con el mundo siempre proporciona una materia prima, aunque sea inesperada- incluso lo que podamos ver en un paseo que hacemos en nuestra ciudad siempre será inesperado. El Viajero debe evitar que su viaje sea puramente un interior. El viaje interior es la consecuencia y matriz de ese viaje exterior, es un circuito que se va alimentando. El uno alimenta al otro. El viaje exterior sin reelaboración interna se convierte en puro deslizamiento por la superficie.

[Publicado el 18/12/2007 a las 07:30]

[Etiquetas: viaje interior, exterior, Vang Gogh, Nietzsche]

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Foto autor

Biografía

Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de treinta libros en distintos ámbitos literarios. Entre ellos: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura: Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre). Como escritura transversal más allá de los géneros literarios ha publicado: Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, Visión desde el fondo del mar. Recientemente, ha publicado Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida (2013) y Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza (2013).

Ha estudiado Filosofía, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona. Estudió también en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Fue profesor visitante en la Universidad de Berkeley. Ha impartido docencia en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002), y los premios Cálamo (2010) y Ciudad de Barcelona (2010) con Visión desde el fondo del mar. 

Bibliografía

Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio
y la celebración de la belleza
(Acantilado, 2013)

 
Una educación sensorial. Historia personal del desnudo
femenino en la pintura
(Acantilado 2012)
Visiones desde el fonde del mar (Acantilado, 2010).
MICROSITE DEL LIBRO

 

Publicaciones principales

POESÍA
- Disturbios del conocimiento. Barcelona: Icaria Editorial, 1980.
- Duelo en el Valle de la Muerte. Madrid: Editorial Ayuso, 1986.
- El afilador de cuchillos. Barcelona: El Acantilado. Quaderns Crema, 1999.
- El poema de la serpiente. Badajoz: Asociación Cultural Littera Villanueva, 2010.
- Cantos del Naumon. Libros del Aire. Colección Jardín Cerrado, núm. 5, 2010.

NARRATIVA
- Lampedusa. Barcelona: Editorial Montesinos, 1981.
- El asalto del cielo. Barcelona: Editorial Plaza & Janés, 1986.
- Desciende, río invisible. Barcelona: Editorial Destino, 1989.
- La razón del mal. Premio Nadal 1993. Barcelona: Editorial Destino, 1994.
- Transeuropa. Madrid: Alfaguara Ediciones, 1998.
- Davalú o el dolor. Madrid: RBA, 2001.
- Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida. Barcelona: Quaderns Crema, 2013.

ENSAYO
- El Quattrocento. Barcelona: Editorial Montesinos, 1982.
- La atracción del abismo. Barcelona: Editorial Bruguera, 1983. Reeditado 2006.
- El Héroe y el Único. Madrid: Taurus Editorial, 1984.
- Tres miradas sobre el arte. Barcelona: Icaria Editorial, 1985.
- Leopardi. Infelicidad y titanismo. Barcelona, 1986
- Territorio del nómada. Barcelona: Ediciones Destino, 1986.
- El fin del mundo como obra de arte. Barcelona: Ediciones Destino, 1990. Reeditado 2007.
- El cansancio de Occidente (en colaboración con Eugenio Trías). Barcelona: Ediciones Destino, 1994.
- Sabiduría de la ilusión. Madrid: Taurus Editorial, 1994.
- Aventura. Una filosofía nómada. Barcelona: Nuevas Ediciones Debolsillo, 2000.
- Una educación sensorial. Historia personal del desnudo femenino en la pintura. Madrid-México: Fondo de Cultura Económica, 2002. Barcelona: Editorial Acantilado, 2012.
- Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra. Barcelona: Ediciones Destino, 2003.
- Del Ganges al Mediterráneo: un diálogo entre las culturas de India y Europa (en colaboración con Vidya Nivas Mishra). Madrid: Siruela, 2004.
- Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza. Barcelona: Editorial Acantilado 2013.

ESCRITURA TRANSVERSAL
- El cazador de instantes. Barcelona: Ediciones Destino, 1996. Reeditado 2007.
- El Puente de Fuego. Cuaderno de Travesía, 1996-2002. Barcelona: Ediciones Destino, 2004.
- Enciclopedia del crepúsculo. Madrid: El Acantilado, 2006.
- Breviario de la aurora. Barcelona: El Acantilado, 2006.
- Visión desde el fondo del Mar. Barcelona: Editorial Acantilado, 2010. Premio Cálamo 2010. Premio Ciudad de Barcelona 2010.

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