El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

jueves, 4 de diciembre de 2008

Blog de Rafael Argullol / entradas etiquetadas como 'escritura'

La democratización de la escritura

Rafael Argullol: Se produce esa escenificación inmediata.

Delfín Agudelo: Hay un elemento muy interesante en cuanto a la inmediatez del blog literario que me llama mucho la atención: la carencia de intermediarios. No tiene coste abrir el blog. Lo abres y cualquier persona del mundo puede acceder. Es el autor quien decide qué publicar. Estás publicando sin la intermediación de un editor, de una casa editorial, de alguien que diga que es digno de ser publicado, o que te hace falta cambiarle esto y aquello. Me imagino que los editores están detrás de un blog literario, como un scout de fútbol viendo un partido de barrio. Hay textos que jamás habríamos conocido; de la misma manera que hay muchos otros que jamás debieron haber dejado salir a la luz.

R.A.: Compararía lo que ha ocurrido con Internet en general y con los blogs en particular a los auténticos procesos que han tenido lugar en las grandes revoluciones. Me refiero a revoluciones reales, sociales y políticas Cuando se da la revolución francesa, y no digamos la rusa, se produce una conclusión general en la que en un momento determinado todo parece anunciar una nueva humanidad, una nueva civilización. Y luego, evidentemente dentro de los procesos revolucionarios, se producen elementos caóticos, elementos de servidumbre, que posteriormente son más bien oscuros. En el caso de Internet y de los blog es desde el punto de vista de la escritura una revolución sin precedentes. Es una revolución mucho más profunda y de alcance más estremecedora que la invención de la imprenta que, aunque modificó muchísimo la relación del autor con el público, no dejaba de ser una aplicación mecánica de los manuscritos anteriores que conseguían una mayor celeridad de llegar al público; pero no se producía la inmediatez y simultaneidad actual. Ahora la revolución es de enormes dimensiones. Hay toda una serie de aspectos que son tremendamente positivos, que es la democratización total o casi total de la escritura. Cualquiera puede sentirse escritor. Cualquiera puede sentirse escritor montando su blog, su revista literaria, su libro virtual, incluso sus obras completas virtuales. Cualquiera puede sentirse comentarista- ya no lector, sino comentarista, crítico, juzgador, teórico-literario de aquello que recibe. Evidentemente ese factor que es de una potencia brutal tiene el contrapeso de que se mezclan muchas cosas, como el caos, el oscurantismo, el hecho de que no hay unos filtros que lleguen a ordenar mínimamente la calidad tanto del que emite como del que hace de público activo. Nos encontramos con una especie de totum revolutum en el cual sin duda se están construyendo cosas admirables, y que está liberando energías extraordinarias; pero que al mismo tiempo evidentemente facilita una especie de gato por liebre universal.

[Publicado el 18/6/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: escenificación, editor, publicación, democratización, escritura]

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XII. Un blog literario sobre un blog literario. La experiencia virtual de un neófito.

Rafael Argullol: Tras unos meses de realizar un blog literario, tal vez valdría la pena plantearse en qué consiste.

Delfín Agudelo: Desde hace ya casi siete meses venimos teniendo esta serie de conversaciones "a tumba abierta" que conforman el blog. Desde entonces hemos atravesado el dédalo del insomnio, hemos visto la dimensión espectral del arte, las ideas y sensaciones del ritmo de la escritura, las escuelas de creación literaria, los testamentos artísticos; hemos visto las cartas de amor, la expulsión adánica, las geografías de la ciudad, la literatura; y sin contar con los espectros que te han visitado una y otra vez. Todo estos temas desde siempre han estado presentes en tu obra. Pero no su sistema de publicación: la idea del blog es nueva para ti. ¿Cómo ha sido la nueva experiencia de publicación virtual, sin paso previo por el papel?

R.A.: Para mí ha sido un cambio muy importante, porque no soy una persona que tuviera una experiencia previa al respecto, ni tampoco alguien que haya utilizado excesivamente las llamadas "nuevas tecnologías". En ese sentido puedo considerar que he sido un escritor vinculado a la forma tradicional de la escritura, y por otro lado alguien que también ha utilizado el lenguaje oral y la palabra como un componente importante en conferencias y cursos. Pero por primera vez me he planteado esta nueva forma de comunicación; y precisamente la primera sensación que he tenido es que  esa nueva forma de comunicación e intercomunicación es una curiosa síntesis entre la tradición anterior a la escritura, al menos tal como ya la había experimentado, y lo que era la oralidad. Es decir, por un lado -al menos por parte del que realiza el blog- se necesita la pausa, lentitud o reflexión propia de la escritura, en el sentido habitual del término; y por otro lado también se necesita el nerviosismo, la rapidez de reflejos, de alguna manera cazar al vuelo los pensamientos y sensaciones propias de la oralidad. Por tanto, es para mí una experiencia interesante en cuanto a que es una nueva síntesis y en consecuencia ha sido un reto.

[Publicado el 11/6/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: Blog literario, publicación, escritura]

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El tablero

Rafael Argullol: Es interesante ver cómo los géneros de la comunicación amorosa se han ido volviendo cada vez más sintéticos, y en cierto modo cada vez más tramposos; o de trampas más vinculadas a lo que sería la propia trampa del encantamiento de la publicidad de nuestra época.

Delfín Agudelo: ¿Es paradójica una carta de amor a través de un correo electrónico?

R.A.: No; es posible. Pero es casi el paso de lo que era el poema épico al haikú; o del poema épico al epigrama. Claro, ésa es la grandeza del sms, a diferencia del e-mail. Yo que he sido una persona muy poco dada a lo electrónico, me gusta mucho el lenguaje del sms, porque exige un carácter conceptual y sintético que encuentro muy interesante. Evidentemente, esta carta de amor se puede dar, pero exige en el escribiente una estrategia distinta a lo que era la carta de amor tradicional: le exige una estrategia o bien más metafísica, o muchísimo más imaginista, casi sensorial. El sms se acerca a la pincelada, mientras que la carta de amor en cierto modo se acerca al tratado.

D.A.: Pensaría que la caligrafía es un elemento fundamental. En la carta de amor, podríamos llamarla “caligrafía amorosa”: aquella que confirma quién la ha escrito. La diferencia entre una carta de amor escrita en ordenador o con la mano es abismal. Es más ameno recorrer ese mapa interior de mano de la caligrafía amorosa.

R.A.: Confirmaría lo que dices. Incluso en la época de las máquinas de escribir, a finales del XIX y durante todo el siglo XX, las cartas amorosas en general continuaron escribiéndose a mano; mientras se escribía masivamente a mano, la carta personal —la amorosa, que es la reina de las cartas personales— se seguía escribiendo a mano. Evidentemente en nuestros días todo lo que son los procedimientos tecnológicos tienden a camuflaje, a la neutralidad del camuflaje. Pero nadie te dice que la nueva tecnología no vuelva a reproducir la necesidad de la caligrafía. El escáner ahora nos da una posibilidad caligráfica, pero sin embargo—y esto lo he oído— mucha gente está regresando a la escritura a mano. Quizás no para escribir un libro, como es mi caso, sino para la nota personal se está volviendo en cierto modo a la utilización de caligrafías personales. De lo contrario, evidentemente, el trazo neutro camufla. Ocurre que el lenguaje sintético, por ejemplo de los sms más que del e-mail, es un lenguaje de trampa y de camuflaje. Y en ese sentido es muy interesante ver que facilita el hecho de hacer una jugada en un tablero de damas: luego de la jugada, esperas el movimiento que pueda hacer la otra persona. Los grados de compromiso son muy distintos; es un tema fascinante el de la palabra entre los amantes, o entre los aspirantes a amantes.
En la carta había una estrategia a largo plazo: el que la escribía pensaba en cómo sería la recepción. Había un tiempo. En el mejor de los casos, había mensajeros de por medio, y pasaba todo un día antes de la recepción y retorno de la respuesta. Esto fue sustituido brutalmente por el teléfono, que fue el método más descarnado que se ha inventado. Tenías que desnudarte completamente. Si llamabas a una mujer o a una amante, tenías que descubrir todas las cartas por la instantaneidad de la comunicación. Y eso ahora ha sido sustituido por algo mucho más sibilino, que es una instantaneidad como la del e.mail o el sms, pero camuflada. Ofreces un fragmento, esperas el otro, ofreces otro, y así sucesivamente, y si esos fragmentos, como las piezas de un puzzle, van encajando, te atreves a la realización en conjunto. Si nos vieran desde fuera otros animales superiores— que es probable que nos vean— escribirían algo parecido a lo de Gerald Darrell sobre los usos y rituales amatorios de algunos animales, porque esos distintos intercambios semánticos o semióticos en la comunicación amorosa marcan muchísimo lo que son los rituales y las sensibilidades de una determinada época. Todo son cartas de amor. El telefonazo del aspirante amante al objeto de su deseo también es una carta de amor verbal, pero brutal. Y un e-mail, o un sms, también, pero son distintos modos de comunicación, y van desde el signo escrito, así sea de manera lapidaria, hasta la Divina Comedia.

[Publicado el 21/2/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: carta de amor, escritura, caligrafía]

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Estrategias

Rafael Argullol: Un poema de Baudelaire en principio parece que expresar radicalmente el anti-amor, pero también se convierte en una forma fulminante de amor.
 
Delfín Agudelo: Tanto la cartografía personal como la escritura como acto que completa resumen en gran medida la escritura amorosa. Por esto, podríamos decir que la escritura de una carta de amor es un gesto narcisista, un juego ilusorio: se cree estar pensando en el ausente, cuando el realidad se está pensando en uno mismo.
 
R.A.: Al contrario de lo que comúnmente se admite, tanto el amor como la muerte son productos de la imaginación, más narcisistas que el placer y el dolor. En el caso del amor toda carta amorosa generalmente tiene un único destinatario, que es quien la escribe, no quien la recibe. Desarrolla una especie de larguísima circunferencia en medio de la cual está el teórico receptor, pero que fundamentalmente se espera la segunda parte de la circunferencia, que es cómo llega de nuevo hacia el escribiente. Esa es la gran fascinación de la carta de amor, que quien la está escribiendo puede que llegue a pensar incluso desesperadamente en una mujer, pero sobre todo está pensando en cómo esa mujer le va a responder. El que la escribe, entre líneas está pensando también en la respuesta. Por esto yo diría que es un proceso extraordinariamente moroso, extremadamente parsimonioso, y en la medida en que hemos ido abandonando las cartas de amor se ha ido abandonando también ese proceso en el cual el que escribía estaba pendiente de la propia recepción.
Es muy curioso el género amoroso en nuestros días, cómo la carta de amor ha ido siendo sustituida por la rivalidad del teléfono, luego con la de los e-mails, y por último con la de los sms. El sms es un lenguaje lapidario, conciso, extraordinariamente adecuado para las trampas del placer, para tender y recibir trampas eróticas, porque está basado en la síntesis y en cierto modo en poner pequeños pedazos de queso en la ratonera, a ver si pica el ratón. En cambio la carta amorosa es una estrategia en la cual uno quedaba muy retratado, por lo que iba con mucho cuidado, precavidamente. Incluso la carta amorosa más breve es la que uno imagina que se ha pensado con extraordinario detenimiento. Es interesante ver cómo los géneros de la comunicación amorosa se han ido volviendo cada vez más sintéticos, y en cierto modo cada vez más tramposos; o de trampas más vinculadas a lo que sería la propia trampa del encantamiento de la publicidad de nuestra época.

[Publicado el 20/2/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: carta de amor, escritura]

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Armarse, desarmarse

Rafael Argullol: En un momento determinado tú dices: "Era un error" o, como ya estás tan empecinado en esto, te niegas a reconocerlo, y sigues avanzando. A partir de ahí puede resultar una obra catastrófica o una obra fallida.

Delfín Agudelo: Cuando era pequeño, la mejor estrategia para sentir miedo era contar cuentos de terror en la noche en compañía de amigos: existía la predisposición, y luego del cuento, venían los sonidos extraños, los momentos de terror, el miedo a la oscuridad. Esa predisposición funciona igualmente cuando esperas sentir el momento epifánico. Habrá quienes tienen elementos específicos: caminar por tal calle a tal hora de la noche, o visitar determinada ciudad en cierta estación del año.

Rafael Argullol: Nos movemos en planos distintos: por un lado tiene que haber la predisposición, y por otro tiene que existir la captación del acontecimiento, la visión de esa luz especial. Y luego cuando te lanzas a toda la construcción, tienes que haber acertado en la condición epifánica... Si bien reconocemos al escritor como esencialmente un voyeur, que es un mirón de la vida, yo nunca me he visto a través de esta imagen. He querido ser partícipe de la vida y al mismo tiempo dar testimonio literario de esa participación. Dicho de una manera muy presuntuosa, esa tensión casi imposible entre ser Odiseo y escribir la Odisea: participar y al mismo tiempo dar testimonio. Esto hace que cada uno reconozca de una manera muy particular esos estados de posible captación. En el mío, los viajes me han servido mucho porque son momentos en que uno está particularmente desarmado pero armado de otra manera. Si estás viajando solo y por parajes desconocidos, quedas desarmado de todas las protecciones de tu realidad cotidiana. Pero por otro lado, lo abordas con los cinco sentidos completamente en tensión, y tienes la facultad de captar plenamente. Para la literatura es muy importante esa doble función de desarmarse y armarse de una manera distinta. Desarmarse, quitarse corazas y al mismo tiempo ser capaz de estar en una tensión especial, en un estado de receptividad especial. En el momento ya no solo de captación de la posible materia prima literaria sino el momento mismo de la escritura, se tiene que estar relajado y tenso. Si estás exclusivamente relajado, no funciona nada: es la indolencia, sería mucho mejor il dolce far niente, no te dediques a escribir porque no saldrá nada. Pero si estás demasiado tenso, demasiado crispado, es posible que tampoco el texto fluya ni respire, ni lo que estés escribiendo tenga el distanciamiento, incluso la ironía suficiente o la auto-ironía suficiente. Me parece necesario ese estado doble de armarse y desarmarse, y cada uno lo produce acorde sus propios métodos y técnicas.

[Publicado el 09/1/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: epifanía, escritura, predisposición, viaje]

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Epifanías

Rafael Argullol: Lo ideal, evidentemente, es el equilibrio entre la gran verdad y la gran mentira, entre ese fuego y ese hielo.

Delfín Agudelo: Es entonces una mezcla entre lo gélido y lo hirviente, que demarca la existencia de contrarios. Uno de ellos, tu ejemplo de la presencia de la epifanía-lo que has llamado anteriormente "una radical experiencia propia"-implica necesariamente dos contrarios: un mundo real y un mundo trascendente. La epifanía precede a la experiencia de escritura, cerrando así un círculo entre la realidad y ficción. Ineludiblemente, esa epifanía surge en un mundo real. Me pregunto si un escritor puede inducir una epifanía.

R. A.: El escritor va con la caña de pescar. La diferencia del escritor con cualquier otra profesión es que está predispuesto a captar la presencia de esas epifanías. Yo tengo muchos amigos que se dedican a otras profesiones, y están mucho menos atentos que yo a los acontecimientos de la memoria, a lo que yo llamo acontecimientos de mi propia memoria. El escritor es alguien predispuesto y como va con la caña de pescar, va poniendo cebos a esas epifanías y acontecimientos hasta que alguno de ellos pica, y en ese momento empiezas a transfigurar ese acontecimiento o epifanía. Tienes que mostrar la predisposición, si bien ésta no asegura la presencia del acontecimiento a partir del cual puedes intentar forjar un texto. La predisposición es lo que de alguna manera distingue al escritor o artista del no escritor o artista. ¿Cómo reconoces la presencia? Pues porque brillan de alguna manera especial, aunque sean acontecimientos negros: no tienen que ser necesariamente luminosos, puesto que pueden ser buenos o malos, siempre y cuando tengan un toque o luz especial que en un momento determinado captas y a partir de dicha luz entran en funcionamiento todos los mecanismos de reelaboración que llamamos escritura o literatura. ¿Cómo se presentan esos momentos de luz especial? A partir de sueños, a partir de, como decíamos días atrás, intuiciones en el insomnio, de asociaciones de ideas que realizas durante el día, a partir de correspondencias que tú realizas a lo largo de tu vida diaria en la que ves una planta y eso lo puedes llegar a relacionar con un jardín que viste en otro momento, o que es un cuadro con unos personajes, con una multitud de gente de un mercado y eso se relaciona con algo más. Continuamente actúan diversos elementos de captación de esos instantes de luz especial. Sueño, insomnio, correspondencias, evocaciones, libre asociación de ideas... no hay un solo método, no hay un solo procedimiento: hay muchos, y reconoces alguno. A partir de ahí, discriminas. ¿Vale la pena que ese acontecimiento sea epifánico? Para saberlo te lanzas. En un alto porcentaje de veces, te lanzas y te equivocas: tomas como epifánico acontecimientos que no merecen la pena o que tú no logras hacerlos merecer la pena. Lo imagino como en cualquier otra actividad de la vida: el saltador de altura, por un gran salto que hace, falla nueve. Es igual el caso de escritor: de diez intuiciones de grandes acontecimientos que lo llevarán a textos sólidos, nueve o más están errados. El error puede ser muy grande: puede llegar a implicar meses o años de tu vida en un acontecimiento raro. Y eso ha pasado mucho, y nos ha pasado a todos. En un momento determinado tú dices: "Era un error" o, como ya estás tan empecinado en esto, te niegas a reconocer el error, y sigues avanzando. A partir de ahí puede resultar una obra catastrófica o una obra fallida.

[Publicado el 08/1/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: escritor, artista, epifanía, escritura]

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Fuego, hielo

Rafael Argullol: Sí es un acto de vanidad pero también puede ser un acto más dignificado: puede ser un acto de amor propio.
Delfín Agudelo: Para legitimar o forjar este amor propio, el autor tiene dos opciones: que su escritura esté destinada al cajón, o destinada al estante de librería. El libro que sale del cajón debe aspirar a algo: de hecho, el texto que se cree literario debe tener alguna aspiración.
R. A: Un texto tiene que aspirar a ser el resultado de una gran verdad y una gran mentira. ¿Por qué tiene que ser una gran verdad? Porque tiene que partir de una radical experiencia propia. ¿Por qué una gran mentira? Porque tiene que aspirar a ser una construcción artística, y por tanto artificiosa, lo más rigurosa posible. Por un lado la verdad quema; por otro lado el artificio y la mentira son gélidos. Por lo tanto, un texto literario tiene que aspirar a ser hirviente y gélido al mismo tiempo, gran verdad y gran mentira. Y eso, donde se ve estupendamente, es en la literatura que ha tenido o quiere tener vocación directamente confesional o autobiográfica. Ahí vemos que el registro, el espectro es muy amplio. Un texto confesional, literario, que se queda en la gran verdad y en el fuego, es generalmente como un vómito que irá a parar a la papelera o al cajón, que no llega a publicarse. Saco las tripas, las entrañas de dentro, pero no las complemento con ninguna construcción distante, enfriadora, artificiosa. Esto es lo que podríamos llamar desde el punto de vista literario "Literatura Autobiográfica Suicida": desaparecerá, a pesar de ser una magnífica confesión. En la medida en que vas enfriando ese fuego, que vas añadiendo artificio a esa verdad, llegarás a construcciones que son cada vez más precisas. Hay escritos supuestamente confesionales que creo que han pasado por tantos filtros de construcción artificiosa, artística, que la verdad primera queda extremadamente reelaborada. Lo ideal, evidentemente, es el equilibrio entre la gran verdad y la gran mentira, entre ese fuego y ese hielo.

[Publicado el 07/1/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: escritura, creación, autor, cajón, artificio, verdad, mentira]

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Amor propio, dolor propio

Retrato de Robert Louis Stevenson, fotografía tomada por Samuel Lloyd OsbourneRafael Argullol: El acto de escribir es una gran escenografía, aunque sea muy íntima y aparentemente solitaria, en la que entran en juego la representación de muchos roles y personajes distintos.

Delfín Agudelo: ¿Es acaso la escritura un acto de vanidad, debido a su completo encerramiento por parte del escritor—nada existe fuera de él?

R.A.: Es un acto de vanidad, es un acto de desespero, es un acto de supervivencia, es un acto de trascendencia implícita, es un acto de amor propio. Y es un acto de masoquismo, de dolor propio. Es un acto que implica muchas actitudes psicológicas al mismo tiempo, incluso extremas: uno escribe porque siente en un momento determinado un desamparo respecto al mundo y a la vida, uno escribe porque no es capaz de enfrentarse a la vida, o incluso por un superávit de vida, que es como me gusta más la escritura. Si tuviera que hacer una clasificación de escritores —que no haré de una manera canónica—, tomaría esta frontera imposible de averiguar: qué literatura parte del superávit de vida y cuál del déficit de vida. En los dos casos encontraríamos ejemplos muy valiosos. Típico ejemplo extraordinario de literatura que parte del déficit de vida es por ejemplo Borges; otro ejemplo extraordinario es Nietzsche, dos extraordinarios escritores desde este punto de vista. Sin embargo, Joseph Conrad o Stevenson parecen escribir desde el superávit de vida. ¿Implica alguno de los dos mayor vanidad o desesperación? No lo sé porque los fuegos pueden estar cruzados: es muy probable que Borges, que fue un hombre infeliz, y Nietzsche que también fue un hombre infeliz, encontrara grandes momentos de felicidad en el acto de escribir. Y Sófocles, que se declaraba un hombre feliz y que toda la sociedad ateniense de su época lo tenía por feliz, era profundamente infeliz por tener que escribir sobre la falta de identidad de Edipo. Sí es un acto de vanidad pero también puede ser un acto más dignificado: puede ser un acto de amor propio.

[Publicado el 04/1/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: escritura, lector]

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El primer lector

René Magritte, "La reproduction interdite", 1937Rafael Argullol: El autor, aunque quiera llegar a comunicar lo más ampliamente posible, no tiene que doblegarse ni a las exigencias del mercado ni tan siquiera a las exigencias del hipotético lector.

Delfín Agudelo: En ese caso, la escritura sería completamente solitaria en la medida en que si ni siquiera se tiene en cuenta al hipotético lector, no se piensa en nadie más que él mismo. Sin embargo, el hipotético lector sería el escritor mismo; habría una separación, por decirlo de alguna manera. El creador es al mismo tiempo un lector.

R.A.: Como yo parto de la idea de que lo que llamamos nuestra identidad es una multiplicidad conformada por múltiples yoes, tantas veces contradictorios y opuestos entre sí, aventuraría que es muy posible que en el escritor, en el momento en que está escribiendo, una parte de su yo se dirija a otra parte de su yo, que incluye al lector. El escritor es también su lector. En ese sentido, evidentemente cuando se escribe, y se tiene ambición -que es lo opuesto a guardar el manuscrito en un cajón y no mostrarlo a nadie- hay un primer modelo para esa comunicación en el propio autor. Hay un primer lector dentro del propio autor, hay un primer distanciamiento y por lo tanto un primer vínculo comunicativo que está dentro del propio autor. Entonces el acto de escritura es un acto necesariamente solitario, pero quizá no tan tópicamente solitario como se acostumbra a decir si partimos de esa idea de la multiplicidad de yoes que entran en juego en el momento en que estás escribiendo. Estás escribiendo, hay un personaje que está escribiendo en ordenador o a mano, como es mi caso, que es alguien que está realizando una actividad física; hay otro personaje que le está poniendo trampas del lenguaje, trampas lingüísticas y lógicas a ese otro; hay otro personaje que es el que le está diciendo "Lo estás haciendo bien", "Lo estás haciendo mal", "Deberías ir por este camino o por este otro". Hay otro personaje que simplemente está negando rotundamente todo lo que el otro está escribiendo. Hay otro personaje en la representación que está diciendo todo lo que podría ser y no es. Y así.
El acto de escribir es una gran escenografía, aunque sea muy íntima y aparentemente solitaria, en la que entran en juego la representación de muchos roles y personajes distintos. Y entre estos roles, el del lector está claramente presente. Yo escribo dirigiéndome a alguien; ese alguien no necesariamente tiene que tener nombre y apellido, no tiene que ser el cliente de determinada editorial y tampoco necesariamente tiene que pertenecer a un grupo social o cultural. Pero ese alguien está presente en el acto de la escritura.

[Publicado el 03/1/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: escritura, lector, personaje, ]

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La otra patria

Rafael Argullol: El viaje exterior sin reelaboración interna se convierte en puro deslizamiento por la superficie.

Delfín Agudelo: Todo viaje implica desciframiento, tanto personal como exterior. También es posible que nuestros viajes interiores terminen siendo un juego de rastrear el viaje de algún otro. Siempre seduce descubrir el sendero del otro viajero.  Pero, en muchos casos, el verdadero enigma es nuestra casa, nuestra ciudad y nuestro país.

R.A.: Juega un papel importante la sensación que tuve desde muy joven de que la patria no era nada de lo que nos decían los historiadores, políticos o educadores, sino que la patria, si podemos utilizar esta palabra, era algo que siempre estaba delante nuestro, buscando un origen. Yo lo relacionaría con la sombra: uno de los grandes descubrimientos cuando eres niño es que tienes sombra, que está detrás de ti. Con respecto a la sombra, hay un segundo descubrimiento que tenemos en la edad adulta y es que no hay sólo una sombra detrás, sino que también hay una sombra delante. A mí lo que me ha pasado es que siempre he perseguido esta sombra que está delante pero buscando en esa sombra también lo que dejaba atrás, lo que estaba en el origen. A partir de aquí siempre he visto la vida y la literatura como un viaje, como una especie de juego de espejos ilimitados. Yo me reflejo y me voy reflejando en paisajes futuros, pero al final de todo este juego de espejos lo que espero encontrar es el paisaje original, que no me pueden entregar ni los políticos ni los historiadores, ni me pueden otorgar conceptos geopolíticos. Es más bien, valga la contradicción, una sensación espiritual. Por eso pienso que la mejor muerte que alguien puede tener es aquella en la cual la sombra que tienes delante y la sombra que tienes detrás lleguen a coincidir, se superpongan. Deberíamos morir exactamente en aquél momento en que llegamos a ese paisaje del futuro, que sentimos al mismo tiempo como paisaje del origen.

D.A.: Pero la patria que conoces, ¿es sombra venidera o sombra del pasado?

R.A.: Esto solo indirectamente puede tener que ver con ciudades natales. La ciudad natal te proporciona algunos de estos espejos fundamentales en ese juego, pero no creo que te proporcione el espejo último y esencial. Esa superposición entre la sombra que dejamos atrás y la sombra que tenemos delante se puede producir en la ciudad en la que has nacido, pero también se puede producir en cualquier lado. Lo importante no es el lugar físico, sino que llegue  a producirse esa sensación. En el momento en que se produjera esa sensación sobraría todo arte y toda literatura porque creo que todo lo que hemos llamado literatura, absolutamente todo, es un intento de buscar ese momento en que se superpongan las sombras que tenemos delante y detrás. Es decir, en que se superponga lo que buscamos y aquello que hemos dejado detrás nuestro, en un lugar indeterminado de nosotros mismos. Toda la literatura es eso. Por eso es tan distinto el tiempo de la ciencia al tiempo de la literatura: el de la ciencia es acumulativo, siempre busca dar nuevas respuestas para viejos enigmas; y el tiempo de la literatura es formular nuevos enigmas como equilibrio o contraposición de los viejos enigmas. Pero si llegáramos a revelar el enigma por antonomasia, sobraría toda literatura.

[Publicado el 19/12/2007 a las 09:09]

[Etiquetas: sombras, escritura, patria, ciudad]

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Foto autor

Biografía

Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de 25 libros en distintos ámbitos literarios: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura. Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra, entre otros) dirigiéndose cada vez más hacia una escritura transversal que rompe los géneros literarios (Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, etc.).

 

Ha estudiado Filosofía, Medicina, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona y ha asistido a cursos en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Como profesor ha enseñado en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), y el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002).

Bibliografía

El Hijo y el Único
 

El Héroe y el Único (2008). El Acantilado, España 

Breviario de la aurora (2006). El Acantilado, España.

Del Ganges al Mediterránea: un diálogo entre las culturas de India y Europa (2004). Argullol, Rafael y Mishra, Vidya Nivas. Ediciones Siruela, España.

El puente de fuego (2004). Ediciones Destino, España.

El pont de foc (2004). Ediciones Destino, España.

Wolfgang Amadeus Mozart. Las últimas sinfonías (2004). Argullol, Rafael y Reverter, Arturo. Diario El País, S.A., España.

Manifiesto contra la servidumbre: escritos frente a la guerra (1990-2003) (2003). Ediciones Destino, España.

Una educación sensorial: historia personal del desnudo femenino en la pintura (2002). Fondo de Cultura Económica, España.

Tres miradas sobre el arte (2002). Ediciones Destino, España.

El cazador de instantes: cuaderno de travesía 1990-1995 (2002). Ediciones Destino, España.

Davalú o el dolor: crònica d'un duel (2001). Edicions dels Quaderns Crema, España.

Aventura, una filosofía nómada (2000). Plaza & Janés Editores, S.A., España.

El afilador de cuchillos: un poema (1999). El Acantilado, España.

L'esmolador de ganivets: (un poema) (1998). Edicions dels Quaderns Crema, España.

Transeuropa (1998). Ediciones Alfaguara, España.

Naturaleza: la conquista de la soledad (1995). Fundación César Manrique, España.

Sabiduría de la ilusión: quince escenarios (1994). Taurus Ediciones, España.

La razón del mal (1993). Ediciones Destino, España.

Territorio del nómada (1993). Ediciones Destino, España.

El cansancio de Occidente: una conversación (1993). Argullol, Rafael y Trías, Eugenio. Ediciones Destino, España.

El fin del mundo como obra de arte: un relato occidental (1991). Ediciones Destino, España.

Desciende, río invisible (1990). Ediciones Destino, España.

El Quattrocento: arte y cultura en el renacimiento italiano (1988). Montesinos Editor, S.A., España.

Lampedusa: una historia mediterránea (1987). Montesinos Editor, S.A., España.

Territorio del nómada (1987). Fondo de Cultura Económica, S.L., España.

Duelo en el valle de la muerte (1986). Ayuso, España.

Leopardi: infelicidad y titanismo (1985). Montesinos Editor, S.A., España.

Tres miradas sobre el arte (1985). Icaria, España.

El héroe y el único: el espíritu trágico del Romanticismo (1984). Taurus Ediciones, España.

La atracción del abismo: un itinerario por el paisaje romántico (1983). Bruguera, S.A., España.

Disturbios del conocimiento (1980). Icaria, España.

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