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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 25 de agosto de 2019

 Blog de Rafael Argullol

Protesta contra la muerte

Rafael Argullol: La aproximación a la propia muerte en el arte daría lugar a un espectro sorprendente de lenguajes, desde el dolor a la alegría, desde lo cómico a un cierto travestismo moral, o una gran serenidad.
 
Delfín Agudelo: ¿No está acaso un escritor constantemente escribiendo un testamento artístico, en la medida en que jamás se puede olvidar de la muerte en el momento de la creación? Conoce un fin último, sabe un fin último: sabe de un momento en el que ya no podrá escribir más.
 
R.A.: Hay determinadas actividades y entre ellas la actividad relacionada con la creación artística, que tienen un mayor contacto con la muerte porque implican una relación más continua con ella. También lo está la filosofía: si el filósofo tiene que pensar sobre la vida, necesariamente tiene que pensar acerca de la muerte. Al artista le sucede igual: la mayoría de los hombres tienden a postergar continuamente el pensamiento sobre la muerte. Esto no quiere decir que los haga más vulnerables, porque a veces cuando ese pensamiento se presenta estás más indefenso. Pero a veces he llegado a la conclusión de que si tuviera que resumir en una sola frase en qué consistía la cultura, al menos para el hombre occidental, diría que ha sido desde el principio una protesta contra la muerte: contra le hecho de que nos hemos hecho conscientes de que vamos a morir, por lo tanto protesta contra el tiempo, contra la muerte que es la quintaesencia última del tiempo. Y al ser eso la cultura, es inevitable que arte, filosofía y música tengan que plantearse muy frecuentemente la reflexión sobre la muerte porque también es una rebelión, una resistencia contra la muerte.
 
    La obra de arte incluye la muerte pero se resiste frente a ella, porque desesperadamente el artista busca una especie de trascendencia en vida, en la vida. El hombre religioso puede  proyectar esa trascendencia aún después de la muerte. El artista es aquél que se da cuenta del problema último constantemente, y sin embargo se resiste frente a él. Podríamos decir que la muerte es el más amoral de los actos. Y en ese sentido desarrollamos una cierta resistencia moral frente a esa a moralidad. No digo inmoral: digo amoral. La muerte es el acto por el cual nos vemos ya desposeídos por completo de consciencia, desposeídos de imaginación, de pensamiento y de sentimiento. Todo aquello en lo cual nosotros podemos trabajar, la muerte lo subvierte, y en cuanto a tal, evidentemente está presente continuamente en una reflexión -que es la de la filosofía, poesía, literatura- que tiene siempre como materia prima la consciencia, los sentidos, el placer, el dolor. La contrafigura continua es la muerte. Pienso que lo reflejó muy bien Ingmar Bergman en El séptimo sello con el juego del caballero y la muerte al ajedrez. El arte no deja de ser esa partida continua del caballero con la muerte, en el que muchas veces tenemos la sensación de que ganamos provisionalmente una jugada, pero que en el fondo el jugador último es la muerte. El enemigo último o el adversario último no son solo los editores, lectores, o el público, la impotencia o la imperfección: el enemigo último es la muerte, porque si no existiera, podríamos reiniciar el intento cuantas veces quisiéramos. Pero sabemos que tenemos un tiempo limitado para nuestra jugada.

[Publicado el 07/2/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: muerte, escritor, vida]

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Poética de la vida

Rafael Argullol: Si es sincero en esa indagación, de ahí no saca indagaciones sistemáticas, sino que su visión es mucho más complicada.

Delfín Agudelo: El caso de la utilización de la palabra "muerte" se relaciona con el lado enigmático y el lado misterioso. Aquél que se adentra en la oscuridad intenta resolver algo, sacar su yo más moralista o indagar en determinado tema. Sin embargo, me recuerda una frase de Tabucci, que es algo así: "Todos se angustian con la muerte por su calidad de misterio. Pero lo verdaderamente misterioso es la vida. Todos sabemos que nos vamos, pero ¿cómo llegamos?" Intentando poner en un mismo plan, sería igual de misterioso hacer un texto de la poética de la muerte que un texto hablando de la poética de la vida.

R.A.: Seguramente actuar alrededor de una poética de la muerte es algo propio de la juventud. Y casi de la adolescencia. En cambio intentar expresarse a partir de una poética de la vida es propio de la edad adulta. En el caso del joven, sobre todo cuando es escritor muy joven, se enfrenta a las palabras a través de un misterio que muchas veces es un falso misterio. Se enfrenta a las palabras como si fueran absolutos. Muerte, dios, demonio, vida, existencia, mundo, universo... Por eso la poesía muy joven está llena de afirmaciones absolutas. La muerte tiene el atractivo de ser un final absoluto y de presentarse como un misterio absoluto. Pero en cambio a medida que madura una obra poética o literaria, uno va contrastándose con los matices de la vida, se da cuenta de que la vida no tiene nada que ver con el dilema del todo o la nada o la existencia o la muerte absoluta, sino que la vida es una especie de caos de matices, de caos cromático y en ese sentido se va orientando a través de esa poética de la vida. Por eso depurará mucho más su lenguaje, se hará más cauto, más prudente, y buscará probablemente el misterio que hay en cada uno de sus matices. Por eso quizá la palabra más adecuada es "enigma", a través de lo mismo que significa: revelarse y velarse. La muerte no es enigmática porque no plantea esa gimnasia de revelación y velación. La vida es continuamente enigmática porque de manera permanente plantea esa dialéctica entre lo que se vela y revela. Luego la muerte en sí es poco interesante. Es interesante si se la toma simbólicamente, pero como acto físico es un acto que ha producido escasa experiencia porque nadie nos ha contado nada ni desde la muerte ni desde después de la muerte. Por lo tanto no ha producido experiencia. Una poética de la muerte es una poética sin experiencia, una poética de la pura sugestión, de un presentimiento probablemente forzado. Una poética dominada por lo metafórico pero sin experiencia. Es un elemento central en la medida en que defendamos una literatura a la que me referí en alguna otra conversación: experiencia más experimento. Sin embargo, la muerte ni produce experiencia ni produce experimento, a no ser que sea la muerte como tantas veces se ha utilizado en el arte y la literatura, que es una forma de la vida. No la vida una forma de la muerte, sino la muerte una forma de la vida, y por tanto se la toma como una especie de presencia radical de la vida en un sentido negativo o invertido.

[Publicado el 17/1/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: vida, muerte, escritor joven, absolutos]

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La indagación de la oscuridad

Rafael Argullol: Esta búsqueda lleva a visiones de una poeticidad negativa de potencia extraordinaria.

Delfín Agudelo: El sujeto que se perfila más allá del bien y el mal es porque tomó un camino en una división. ¿Pero qué espera encontrar en su búsqueda?

R.A.: Los escritores que han planteado con mayor autenticidad y profundidad ese lado oscuro son aquellos que en sus obras han expresado de una manera muy tumultuosa la luz mezclada con la oscuridad y el bien con el mal: la síntesis o escenario intermedio tragicómico. Pienso en Cervantes, Montaigne, Shakespreare, autores que no han tenido una voluntad explícita de militar en el mal, aunque sea estéticamente. Tiendo a creer que los grandes militantes del mal en la estética moderna en el fondo han sido grandes apóstoles del bien. Caso es el de Sade, de Leopardi, de Baudelaire, incluso de Ciorán en el siglo XX. Son personajes cuyo martilleo pesimista muchas veces hace que encubran un auténtico moralista empeñado en buscar desesperadamente un concepto de bien, bondad y luz en medio de la oscuridad. Y en parte eso también era propio de Nietzsche: en la Genealogía de la moral intenta subvertir toda la moral de occidente pero no hay duda de que después de toda esa subversión que aparentemente le coloca más allá del bien y del mal, debajo de todo se esconde un moralista. Es un poco como estos maravillosos ironistas franceses del XVIII, La Rochefoucault y otros que bajo su corrosividad crítica ocultaban evidentemente una voluntad moralista.
Creo que la auténtica indagación de la oscuridad se da de una manera muy mezclada y tumultuosa. El que indaga en la oscuridad tiene muy pocas ganas de crear una estética del mal o de la oscuridad. Si es sincero en esa indagación, de ahí no saca indagaciones sistemáticas, sino que su visión es mucho más complicada. Es algo parecido a lo que a veces me gusta comentar respecto a la utilización de la palabra "muerte". La utilización de la palabra "mal" es bastante paralela al de la muerte. Los poetas jóvenes que tienen un gran ánimo esteticista las utilizan bastante en sus poemas. Pero con el paso de los años, a medida que uno se contrasta con la muerte, la enfermedad y el mal, uno es mucho más cauto a la hora de utilizarlas. Con "oscuridad" y "tiniebla" pasa lo mismo. Una cosa es el esteticismo  de la oscuridad que puede llevar a Byron y al doctor Polidori a juntarse en un lago de Suiza para hacer competición de cuentos de vampiro. Lo otro es, una vez superado este esteticismo, a medida en que uno se enfrenta  a la verdadera oscuridad de la vida, que no tiene nada de heroico, que es más bien prosaica, rutinaria y repetitiva, y se presenta de una manera bastante poco atractiva.

[Publicado el 16/1/2008 a las 10:14]

[Etiquetas: oscuridad, escritor, moral]

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Ángeles y demonios

Gustave Courbet, Retrato de Baudelaire. 1847Rafael Argullol: La literatura moderna ha llegado a hacer explícito ese proceso de representación múltiple.

Delfín Agudelo: La creación literaria es la representación de los yoes del autor —“Madame Bovary c’est moi”. Pero también es representación que a su vez será un posible reflejo del lector—caso pertinaz es Baudelaire llamando a se refiere a Poe como “un espíritu hermano del suyo”.

R. A.: Por eso intrínsecamente la literatura no puede ser moralista porque el moralismo, incluso aquél de altísimo nivel, como puede ser el de Platón, exige que tú decidas entre tus papeles. Exige que haya un protagonista que anule a los demás, como lo es casi siempre el bien, la verdad, la bondad, lo que quieras. La literatura nunca puede ser moralista porque tienes que dejar que afloren todos los personajes. Tiene que aflorar Dr. Jekyll y Mr. Hyde: los contrarios. Siempre ha fracasado este tipo de literatura, no solo la literatura ideológica en el siglo XX—como por ejemplo el realismo social—,porque lo que llamamos literatura no puede cobrar una restricción moral o moralística de los personajes que encierran la condición humana. Tiene que explorarlos. Incluso uno puede explicitar la simpatía que tienen el uno por otro, pero tiene que ponerlos a todos en el escenario. Cuando las estéticas dirigistas, políticas o no políticas, han intentando decir “Sólo eso”, han condenado al arte y a la literatura a la autodestrucción. Por eso al escritor no se le tiene que pedir un compromiso moral en cuanto a escritor, pero sí en cuanto a ciudadano. Pero en cuanto a escritor hay que dejarle plena libertado para que saque a todos los ángeles y a todos los demonios: no se le puede pedir sólo lo angelical. Al moralista sí, al igual que al santo o al filósofo, al sabio; pero al artista no: se le tiene que aceptar que puede con todos los círculos, los angelicales y los demoniacos.

 

[Publicado el 11/1/2008 a las 09:23]

[Etiquetas: moralidad, escritor, Platón, literatura]

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La liberación de personajes

Gustave Doré, Canto 6, InfernoRafael Argullol: Es necesario ese estado doble de armarse y desarmarse, y cada uno lo produce acorde sus propios métodos y técnicas.
 
Delfín Agudelo: El armarse y desarmarse es un ser y no ser en simultánea: es tener una predisposición a la expresión y a la comunicación personal de aquello que sucedió, pero al mismo tiempo te reconoces en un estado distinto a la cotidianeidad porque estás libre de tiempo y espacio. Saltas a una dimensión distinta, desde la única en la que puedes crear una obra artística.
 
R. A.: Estábamos hablando el otro día de la representación de personajes múltiples que es el acto de la creación literaria. En nuestra vida cotidiana acostumbramos a desempeñar un papel, como máximo dos o tres. Cuando liberamos los personajes, la multiplicidad de identidades que tenemos en el interior, es cuando empieza la representación. Te diría que la creación literaria tiene mucho que ver con la capacidad que tengamos de liberar a todos los personajes que tenemos dentro. Cuando estos personajes están actuando, evidentemente se produce una especie de lucha entre armarse y desarmarse, entre la afirmación y negación de la existencia, ser y no ser; cuanto más liberamos los personajes que viven en nuestro interior, más entramos en contacto con los distintos matices de la vida. En ese sentido la literatura ideal sería aquella que recogería una representación en la que hemos liberado a todos los personajes. Uno nos hablaría de Dios, el otro de la Nada, el otro del Dolor, otro de la Angustia, de la Esperanza, de la Ilusión: una representación que por un lado sería cósmica y por el otro lado sería cómica. La diferencia reside en una sola letra. La literatura ideal es tragicomedia de la vida. Pero normalmente en nuestro día a día prescindimos de esa liberación de personajes. Sólo la literatura se puede permitir el lujo de poner sobre el escenario todo nuestros yoes y entonces hacerlos luchar, combatir, litigar, compartir. La literatura moderna ha llegado a hacer explícito ese proceso de representación múltiple, como lo vemos en el caso de Kierkegaard y sus seudónimos, o el caso de Pessoa. La literatura moderna ha convertido en transparente ese hecho de que es autorepresentación múltiple de nuestras identidades. Pero creo que, aunque la literatura antigua no lo dijera explícitamente, ya evidentemente había una consciencia de eso. El propio Dante, en la Divina Comedia, no solamente se traslada él como personaje central junto con Virgilio; los distintos condenados e interlocutores que va encontrando son en cierto modo alter egos suyos, personajes que forman parte de su propia representación. La tragedia griega está basada también en este hecho. Por lo tanto, toda la historia de la literatura es un testimonio de esa multiplicidad de la representación. Lo que ocurre es que en la literatura moderna se hace explícito, transparente. Kierkegaard va saltando de un yo a otro, mientras que Pessoa va ocultando el yo de una manera tan sofisticada a través de todas esas identidades. ¿Por qué? Porque Pessoa sabía, al igual que Kierkegaard, que eran todos al mismo tiempo.

[Publicado el 10/1/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: escritor, personajes, representación]

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Epifanías

Rafael Argullol: Lo ideal, evidentemente, es el equilibrio entre la gran verdad y la gran mentira, entre ese fuego y ese hielo.

Delfín Agudelo: Es entonces una mezcla entre lo gélido y lo hirviente, que demarca la existencia de contrarios. Uno de ellos, tu ejemplo de la presencia de la epifanía-lo que has llamado anteriormente "una radical experiencia propia"-implica necesariamente dos contrarios: un mundo real y un mundo trascendente. La epifanía precede a la experiencia de escritura, cerrando así un círculo entre la realidad y ficción. Ineludiblemente, esa epifanía surge en un mundo real. Me pregunto si un escritor puede inducir una epifanía.

R. A.: El escritor va con la caña de pescar. La diferencia del escritor con cualquier otra profesión es que está predispuesto a captar la presencia de esas epifanías. Yo tengo muchos amigos que se dedican a otras profesiones, y están mucho menos atentos que yo a los acontecimientos de la memoria, a lo que yo llamo acontecimientos de mi propia memoria. El escritor es alguien predispuesto y como va con la caña de pescar, va poniendo cebos a esas epifanías y acontecimientos hasta que alguno de ellos pica, y en ese momento empiezas a transfigurar ese acontecimiento o epifanía. Tienes que mostrar la predisposición, si bien ésta no asegura la presencia del acontecimiento a partir del cual puedes intentar forjar un texto. La predisposición es lo que de alguna manera distingue al escritor o artista del no escritor o artista. ¿Cómo reconoces la presencia? Pues porque brillan de alguna manera especial, aunque sean acontecimientos negros: no tienen que ser necesariamente luminosos, puesto que pueden ser buenos o malos, siempre y cuando tengan un toque o luz especial que en un momento determinado captas y a partir de dicha luz entran en funcionamiento todos los mecanismos de reelaboración que llamamos escritura o literatura. ¿Cómo se presentan esos momentos de luz especial? A partir de sueños, a partir de, como decíamos días atrás, intuiciones en el insomnio, de asociaciones de ideas que realizas durante el día, a partir de correspondencias que tú realizas a lo largo de tu vida diaria en la que ves una planta y eso lo puedes llegar a relacionar con un jardín que viste en otro momento, o que es un cuadro con unos personajes, con una multitud de gente de un mercado y eso se relaciona con algo más. Continuamente actúan diversos elementos de captación de esos instantes de luz especial. Sueño, insomnio, correspondencias, evocaciones, libre asociación de ideas... no hay un solo método, no hay un solo procedimiento: hay muchos, y reconoces alguno. A partir de ahí, discriminas. ¿Vale la pena que ese acontecimiento sea epifánico? Para saberlo te lanzas. En un alto porcentaje de veces, te lanzas y te equivocas: tomas como epifánico acontecimientos que no merecen la pena o que tú no logras hacerlos merecer la pena. Lo imagino como en cualquier otra actividad de la vida: el saltador de altura, por un gran salto que hace, falla nueve. Es igual el caso de escritor: de diez intuiciones de grandes acontecimientos que lo llevarán a textos sólidos, nueve o más están errados. El error puede ser muy grande: puede llegar a implicar meses o años de tu vida en un acontecimiento raro. Y eso ha pasado mucho, y nos ha pasado a todos. En un momento determinado tú dices: "Era un error" o, como ya estás tan empecinado en esto, te niegas a reconocer el error, y sigues avanzando. A partir de ahí puede resultar una obra catastrófica o una obra fallida.

[Publicado el 08/1/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: escritor, artista, epifanía, escritura]

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IV. Lo cósmico y lo cómico. Riesgo y verdad

Rafael Argullol: En el ámbito de la literatura, muchas veces la creación de estructuras artificiosas ahoga la propia creatividad. No defiendo la espontaneidad, porque cuanto más culto el escritor, mejor; pero en cuanto a escritor, nunca recibirá una instrucción literaria que le proporcione la escritura.

Delfín Agudelo: Las escuelas de creación literaria enseñan, entre otras cosas, aquello que se debe evitar. Esto implica necesariamente que hay un tipo de escritura preestablecido para cada género. Desde siempre se ha tendido a una fosilización de las estrategias, llegando así a callejones sin salida: se olvida de la innovación, produciendo pocas veces estrategias nuevas.

R.A.: Pienso que uno de los ejemplos de nuestra época es que se está viviendo una especie de resaca con respecto a lo que fue la vanguardia moderna. Es muy probable que en el último tercio del siglo XX hubiera una especie de hipertrofia del vanguardismo, y ahora nos dirigimos al lado contrario. Tengo la impresión de que en los focos de creación literaria de la actualidad se experimenta poco. Hay una cierta obediencia a mecanismos reguladores, como pueden ser la academia, las supuestas escuelas de creación literaria, y sobre todo el mercado editorial, que parece exigir un determinado tono a la literatura. Lo que es preocupante es que también tengo la impresión de que una gran mayoría de escritores asume ese tono monocorde que se le exige basado en la ley de la oferta y la demanda, mientras que en el último tercio del siglo XX parecía que el escritor sólo podía ser rabiosamente vanguardista. Ahora parece que se hubiera impuesto pendularmente un movimiento de índole conservadora que hace que el escritor experimente muy poco. Recuerdo un ejemplo que en su momento resultaba llamativo: el libro de un crítico italiano titulado Kafka o Thomas Mann. El autor evidentemente se inclinaba por Kafka. Actualmente parece que las opciones se han vuelto más conservadoras cuando yo creo que lo auténticamente deseable es Kafka y Thomas Mann: por un lado hacer una literatura inteligible que tenga como ambición llegar a un público lo más amplio posible, pero al mismo tiempo que sea una literatura que se exija continuamente a sí misma un rigor, una experimentación y se exija algo que a mí me parece imprescindible, y es que el autor, aunque quiera llegar a comunicar lo más ampliamente posible, no tiene que doblegarse ni a las exigencias del mercado ni tan siquiera a las exigencias del hipotético lector. El pequeño prefacio de Montaigne a sus Ensayos es claro: dice que se investigará a sí mismo pero que el lector no espere que se esté doblegando servilmente a lo que él desearía. Ya mucho más radical fue en el siglo XIX Baudelaire, cuando se refirió al hipócrita lector, que no dejaba de ser una fórmula provocadora. El autor tiene que buscar la comunicación pero creo que nunca se ha superado la fórmula tradicional de que el lector sobre todo tiene que buscar su propia verdad. No la verdad, en abstracto, sino su propia verdad, su propia sinceridad, o, si se quiere, su propia mentira auténtica, siendo algo que le sea radicalmente propio, sin ceder a la presión exterior y eso exige sin duda un gran grado de experimentación y de riesgo. La literatura tiene que ser riesgo necesariamente, el arte tiene que ser riesgo si quiere implicar esa dosis central de verdad.

[Publicado el 02/1/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: Franz Kafka, Thomas Mann, escritor, lector]

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El francotirador

René Magritte, Rafael Argullol: Un escritor sale porque a determinada edad, generalmente muy joven, tiene la ilusión de ser escritor, luego se lanza al mundo, a la literatura; pero no porque vaya a un taller creativo de escritura.

Delfín Agudelo: Los cursos de escritura creativa se dedican a enseñar qué reglas se deben cumplir, lo que podríamos llamar el aspecto técnico. Pero la literatura como tal...

R.A.: La literatura nunca se ha enseñado. Si recurrimos a ejemplos clásicos de la edad media o del mundo antiguo, vemos que no se enseñaba literatura, sino las distintas artes del conocimiento: la retórica, la oratoria, la gramática, pero nunca se ha podido enseñar el ser escritor. Esto no se puede enseñar, es algo para lo cual el que pretende ser escritor tiene que tener muy claro que es algo que significa ser un francotirador; significa ser alguien que de alguna manera se lanza al desierto, al monte, a la ciudad, donde quiera, pero solo. El escritor en cuanto a escritor es un autodidacta. Puede ser un hombre cultísimo en muchísimas cosas, y eso sí se le puede enseñar. Pero en cuanto a escritor es un francotirador y un autodidacta. Nunca podrá haber facultades de literatura, de la misma manera que no puede haber facultades de pintura o de escultura. Se pueden enseñar técnicas de concepción de algo, pero lo otro es completamente al margen, y muchas veces, en el caso de la literatura, la creación de estas estructuras artificiosas ahoga la propia creatividad. No defiendo la espontaneidad, porque cuanto más culto el escritor, mejor; pero en cuanto a escritor, nunca recibirá una instrucción literaria que le proporcione la escritura.

[Publicado el 27/12/2007 a las 09:00]

[Etiquetas: el francotirador, escritor, enseñanza]

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La educación sensorial

Teoría literariaRafael Argullol: Los malos profesores y malas facultades enseñan una filosofía que está más allá de todas las pasiones. Y los malos artistas creen que el arte está más allá de toda idea, o que tiene que prescindir de las ideas.

Delfín Agudelo: ¿Pero están acaso en imposible diálogo la academia con el quehacer creativo literario? Muchos estudiantes ingresan a facultades de humanidades o carreras de literatura porque quieren aprender a escribir literatura. No su análisis, sino la materia propiamente dicha. Con una buena directriz, pienso que esto es posible. Pero también lo es que un joven escritor naufrague en los mares de la crítica y del análisis comparativo.

R.A.: Yo, desde luego, nunca le recomendaría la facultad de humanidades a un aprendiz de escritor o a todo adolescente que le fascinara la idea de llegar a ser escritor. Siempre recomendaría estudiar medicina, o biología, o mineralogía, o geografía; es decir, algo que tuviera que ver con la sensorialidad del mundo. La escritura ya surgiría de ahí. En general, tal como están concebidas las humanidades, son auténticas fábricas para alejar a un adolescente que esté bien dotado de la escritura porque son como fábricas que cultivan la abstracción y un alejamiento de la vida, de los conocimientos actuales. A mi modo de ver, esto es muy peligroso. Los estudios en estas condiciones alejan al estudiante, justifican su propio egotismo y solipsismo, su propia endogamia. Una vez estudiadas las cosas del mundo, sí que haría una especie de estudios especiales, raros, de humanidades. Pero lo haría después, como consecuencia del contacto entre lo físico y lo sensorial. A partir de ahí, te podrías enfrentar con cosas más vinculadas a las humanidades.

D.A.: Así que la educación sensorial no podría venir del estudio académico de la literatura.

R. A.: Es por lo que te decía al principio: la literatura nunca ha sido consecuencia de los estudios de literatura. Ha sido consecuencia de las guerras, de los viajes, de la aventura, del descubrimiento, de las drogas, del alcohol; pero casi nunca ha sido consecuencia de los estudios de literatura. Los estudios de literatura son una especie de taxidermia de la experiencia literaria que puede estar muy bien si quien recibe esta taxidermia es alguien que está dispuesto a estar en contacto con la vida viva. Pero si quien recibe esta taxidermia va enmudeciendo, se va volviendo el mismo animal disecado —un cadáver—, difícilmente saldría algo . Ese es también el riesgo de la teoría literaria, que está muy bien para leerla si eres guardia forestal o si estudias los delfines; pero el escritor que se encierra en la teoría literaria es un suicida, porque la teoría literaria es como una especie de gran justificación, monstruosa justificación alrededor del hecho literario que acostumbra a culminar en un vaciamiento profundo de la matriz misma del hecho literario. No veo por qué se tienen que superponer los estudios de literatura y la literatura, de la misma manera que soy tremendamente escéptico respecto a los talleres de literatura, las escuelas creativas de literatura, todos estos montajes que existen actualmente. No creo que jamás salga un escritor de todos estos montajes, jamás. Un escritor sale porque a determinada edad, generalmente muy joven, tiene la ilusión de ser escritor, luego se lanza al mundo, a la literatura; pero no porque vaya a un taller creativo de escritura, que es una cosa más bien patética.

[Publicado el 26/12/2007 a las 09:00]

[Etiquetas: escritor, humanidades, adolescente, ]

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Foto autor

Biografía

Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de treinta libros en distintos ámbitos literarios. Entre ellos: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura: Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre). Como escritura transversal más allá de los géneros literarios ha publicado: Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, Visión desde el fondo del mar. Recientemente, ha publicado Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida (2013) y Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza (2013).

Ha estudiado Filosofía, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona. Estudió también en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Fue profesor visitante en la Universidad de Berkeley. Ha impartido docencia en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002), y los premios Cálamo (2010) y Ciudad de Barcelona (2010) con Visión desde el fondo del mar. 

Bibliografía

Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio
y la celebración de la belleza
(Acantilado, 2013)

 
Una educación sensorial. Historia personal del desnudo
femenino en la pintura
(Acantilado 2012)
Visiones desde el fonde del mar (Acantilado, 2010).
MICROSITE DEL LIBRO

 

Publicaciones principales

POESÍA
- Disturbios del conocimiento. Barcelona: Icaria Editorial, 1980.
- Duelo en el Valle de la Muerte. Madrid: Editorial Ayuso, 1986.
- El afilador de cuchillos. Barcelona: El Acantilado. Quaderns Crema, 1999.
- El poema de la serpiente. Badajoz: Asociación Cultural Littera Villanueva, 2010.
- Cantos del Naumon. Libros del Aire. Colección Jardín Cerrado, núm. 5, 2010.

NARRATIVA
- Lampedusa. Barcelona: Editorial Montesinos, 1981.
- El asalto del cielo. Barcelona: Editorial Plaza & Janés, 1986.
- Desciende, río invisible. Barcelona: Editorial Destino, 1989.
- La razón del mal. Premio Nadal 1993. Barcelona: Editorial Destino, 1994.
- Transeuropa. Madrid: Alfaguara Ediciones, 1998.
- Davalú o el dolor. Madrid: RBA, 2001.
- Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida. Barcelona: Quaderns Crema, 2013.

ENSAYO
- El Quattrocento. Barcelona: Editorial Montesinos, 1982.
- La atracción del abismo. Barcelona: Editorial Bruguera, 1983. Reeditado 2006.
- El Héroe y el Único. Madrid: Taurus Editorial, 1984.
- Tres miradas sobre el arte. Barcelona: Icaria Editorial, 1985.
- Leopardi. Infelicidad y titanismo. Barcelona, 1986
- Territorio del nómada. Barcelona: Ediciones Destino, 1986.
- El fin del mundo como obra de arte. Barcelona: Ediciones Destino, 1990. Reeditado 2007.
- El cansancio de Occidente (en colaboración con Eugenio Trías). Barcelona: Ediciones Destino, 1994.
- Sabiduría de la ilusión. Madrid: Taurus Editorial, 1994.
- Aventura. Una filosofía nómada. Barcelona: Nuevas Ediciones Debolsillo, 2000.
- Una educación sensorial. Historia personal del desnudo femenino en la pintura. Madrid-México: Fondo de Cultura Económica, 2002. Barcelona: Editorial Acantilado, 2012.
- Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra. Barcelona: Ediciones Destino, 2003.
- Del Ganges al Mediterráneo: un diálogo entre las culturas de India y Europa (en colaboración con Vidya Nivas Mishra). Madrid: Siruela, 2004.
- Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza. Barcelona: Editorial Acantilado 2013.

ESCRITURA TRANSVERSAL
- El cazador de instantes. Barcelona: Ediciones Destino, 1996. Reeditado 2007.
- El Puente de Fuego. Cuaderno de Travesía, 1996-2002. Barcelona: Ediciones Destino, 2004.
- Enciclopedia del crepúsculo. Madrid: El Acantilado, 2006.
- Breviario de la aurora. Barcelona: El Acantilado, 2006.
- Visión desde el fondo del Mar. Barcelona: Editorial Acantilado, 2010. Premio Cálamo 2010. Premio Ciudad de Barcelona 2010.

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