El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

jueves, 4 de diciembre de 2008

Blog de Rafael Argullol / entradas etiquetadas como 'erotismo'

El despertar

Rafael Argullol: En la medida en que pierdes el paraíso, eres capaz de confrontar la vida con la muerte y con al idea de mortalidad, eres capaz de confrontar el bien y el mal, el amor y el odio, Eros y discordia, y a partir de aquí casi diría que la historia del ser humano empieza con la pérdida del paraíso. Y este es un acto simbólico y por tanto epifánico.

Delfín Agudelo: La epifanía, sobre todo, cuando Adán y Eva reconocen su ineludible condición humana luego de la expulsión. Es, además, la conciencia de Dios, y por tanto del sentimiento religioso, el nacimiento de la religión como tal. Sin caída, no habría religión judeocristiana.

Rafael Argullol: No solo es el nacimiento de la religión, se crea todo. Esto está muy bien reflejado en el poema de Hesíodo: en la edad de oro, los hombres viven una especie de sonambulismo. Incluso es muy bonita la manera como Hesíodo describe la muerte para los habitantes de la edad de oro. Los hombres son mortales y en cuanto a seres mortales, mueren, a diferencia de los dioses. Pero son mortales sin conciencia de la muerte. En la edad de oro los hombres mueren como sumidos en un sueño. Pero yo diría también que viven como sumidos en un sueño, auténticos sonámbulos. La herida epifánica se produce en el despertar de ese sonambulismo. Y ese despertar es la pérdida de la edad de oro y del paraíso. Ahí, de alguna manera, nace todo: el otro día vimos que el erotismo nace de allí, porque el desnudo del paraíso terrenal era un desnudo que no tenía ningún contenido erótico. El erotismo nace en el momento en que Dios obliga a vestirse a Adán y a Eva y por tanto inaugura el contraste entre lo vestido y lo desnudo. La conciencia religiosa, o más profundamente la conciencia de lo sagrado, nace en el momento en que el hombre descubre la muerte. No solamente muere: adquiere la conciencia de la muerte, muere despierto, no como en el paraíso o en la edad de oro que muere sonámbulo. Muere despierto y evidentemente se desatan todas las contradicciones vinculadas con la muerte, y con su siervo inmediato que es el tiempo. El siervo del tiempo que es la duración, la edad; la constatación física de la vejez y la enfermedad, y a partir de ahí se pone en funcionamiento el deseo de inmortalidad del hombre que ha sido herido de una manera epifánica.
También se da el deseo erótico del otro, la necesidad también diría erótica de traspasar la muerte hacia la inmortalidad, e incluso también la necesidad erótica del propio lenguaje: mientras los hombres son sonámbulos, son de alguna manera seres que como máximo hacen soliloquios, que monologan. Es en el momento en que pierde el paraíso que el hombre deja de estar impedido a inaugurar un tipo de signos y de comunicación que vaya más allá del monólogo para iniciar el diálogo. Desde mi punto de vista, diálogo, relación erótica y conciencia de lo sagrado nacen de la misma herida epifánica que está míticamente encajada, bien espacialmente en la idea del paraíso, bien temporalmente en la idea de la pérdida de la edad de oro.

 

[Publicado el 12/3/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: Paraíso, erotismo, caída]

[Enlace permanente] [Imprimir] [6 comentarios] [Enviar a un amigo]

Compartir: añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  añadir a meneame 

VII. Los paraísos perdidos. La expulsión fundacional

Rafael Argullol: Adán y Eva, antes de ser expulsados, no tenían nada que decirse eróticamente. Empiezan a tener qué decirse una vez han pasado las puertas del paraíso y han sido expulsados. Empieza el juego del desnudamiento y el revestimiento, que es el juego erótico por excelencia.
 
Delfín Agudelo: Por esto, a veces no sé cómo comprender la vida en aras de la recuperación del paraíso. Su pérdida nos concedió tanto el sentimiento amoroso y erótico.
 
Rafael Argullol: Tiendo a creer que la imagen simbólica del paraíso perdido es uno de los espacios epifánicos que el ser humano se ha dado a sí mismo como fundación de sus propios placeres y dolores. El paraíso perdido en la Biblia es el final de una etapa de armonía, pero al mismo tiempo da comienzo a penalidades, a la dinámica de la lucha de contrarios y de la atracción de contrarios que implican estas penalidades. En Trabajos y Días de Hesíodo, el proceso es el mismo: cuando se pierde la edad de oro los hombres entran en un proceso dominado por las contradicciones, pero de esas contradicciones nace luego la propia civilización. Y diría incluso que la leyenda de Buda, cuando el príncipe Siddharta sale del palacio dorado, lo que se encuentra, que es la vejez, la muerte, el tiempo, la enfermedad, el trabajo, es exactamente lo mismo que se encuentran Adán y Eva a la salida del Paraíso— que es lo que se encuentra en el relato de Trabajos y Días cuando se pierde la edad de oro. Hay un momento fundacional en el ser humano que es la pérdida del paraíso. En la medida en que pierdes el paraíso, eres capaz de confrontar la vida con la muerte y con al idea de mortalidad, eres capaz de confrontar el bien y el mal, el amor y el odio, Eros y discordia, y a partir de aquí casi diría que la historia del ser humano empieza con la pérdida del paraíso. Y este es un acto simbólico y por tanto epifánico.

 

[Publicado el 11/3/2008 a las 11:18]

[Etiquetas: Adán, Eva, Paraíso Perdido, erotismo]

[Enlace permanente] [Imprimir] [4 comentarios] [Enviar a un amigo]

Compartir: añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  añadir a meneame 

El desnudamiento

Rafael Argullol: La máscara guarda unas de las simbologías más ricas de lo erótico porque implica esa esencia de juego, lúdica, que está tan estrechamente vinculada a Eros.

Delfín Agudelo: El lenguaje amoroso está en constante sintonía con el lenguaje erótico. Así como el cuerpo se viste y desviste en actitud erótica, también el lenguaje tiene capas que lo evidencian o camuflan como lenguaje erótico.

R.A.: Haría una comparación entre el intercambio corporal y el juego desnudo-vestido en lo erótico con el lenguaje: la comunicación verbal, desde la más directa y utilitaria, hasta la que implicaría la gran poesía amorosa, exige continuamente el juego del desenmascaramiento. Eso es muy importante: fijémonos en el propio mito de la expulsión del paraíso, en la Biblia. A Adán y Eva se les obliga a vestirse, hasta entonces estaban desnudos. Pero esa desnudez siempre me ha parecido aerótica; la ingenuidad, la inocencia y el aerotismo era lo que dominaba en el paraíso perdido. En el momento en que son expulsados y a vestirse, y a sentir la vergüenza respecto a la desnudez, entonces empieza la historia erótica: el juego entre el desnudo y el vestido. Haciendo un paralelismo, la historia del lenguaje—y específicamente la del lenguaje amoroso— también empieza en ese momento. Adán y Eva, antes de ser expulsados, no tenían nada que decirse eróticamente. Empiezan a tener qué decirse una vez han pasado las puertas del paraíso y han sido expulsados. Empieza el juego del desnudamiento y el revestimiento, que es el juego erótico por excelencia. Por esto no tiene el menor interés para lo erótico el lenguaje pornográfico más explicito, o en un terreno científico el lenguaje sexológico. La sexología es productora de antierotismo, porque lo que hace es desnudar sin vestir. Es convertir ese juego de luces y sombras en algo excesivamente focalizado, de manera que no queda ningún enigma ni forma de sombra. Hay algo que acerca al sexólogo, al pornógrafo y al ginecólogo: esa total ausencia de juego de luces y de sombras. Y en los tres casos, no hay ningún tipo de lenguaje erótico, y ya no digamos de poesía.
 

                    

[Publicado el 05/3/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: lenguaje amoroso, lenguaje erótico, Adán, Eva, Erotismo]

[Enlace permanente] [Imprimir] [17 comentarios] [Enviar a un amigo]

Compartir: añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  añadir a meneame 

Carnaval

Rafael Argullol: El cuerpo desnudo tiene importancia porque se puede desnudar; en sí mismo sería antierótico, como lo es una playa nudista, porque el desnudo erótico es importante por el proceso de desnudarse, revestirse y desnudarse.

Delfín Agudelo: También hay erotismo en el desnudo de un rostro. Me imagino en el rostro la metáfora del cuerpo, con su geografía y deseo implícito. El carnaval es un culto a la máscara, y su anhelo erótico aboga por la transgresión perpetua. El ser carnavalesco es un ser y no ser en estado erótico puro.

R.A.: Esto es evidente y hay una larguísima historia de la máscara vinculada a lo erótico. Creo que hay una intimidad entre la máscara y lo erótico, cosa que supo advertir muy bien Stanley Kubrick en Eyes Wide Shut, que es en algún aspecto fallido, pero ante todo una apoteosis de la relación entre máscara y erotismo. Tiene una justificación muy clara: la máscara, desde los tiempos primitivos, invita a una pluralidad de funciones. Lo que molestaba a Platón de la máscara -cuando quiere en La república que los ciudadanos vayan desenmascarados- es esa pluralidad de funciones, porque cada hombre tiene que desarrollar sólo una función dentro de la ciudad ideal, función adecuada a su nivel de alma; por esto,  ataca la poesía trágica y la tragedia, e invita a que no hubiera tragedia en esa ciudad ideal. La máscara implica una pluralidad de funciones y por eso ya en el teatro antiguo había muchos menos actores que personajes, porque utilizando la máscara iban cambiando de personajes: la máscara implicaba esa ambigüedad y pluralidad. Trasladado al mundo erótico, es exactamente lo mismo. El erotismo quiere pluralidad y ambigüedad de funciones. Por eso el sexólogo y/o pornógrafo van a lo unilateral, a lo extremadamente focalizado, mientras que la máscara está vinculada a esa pluralidad de funciones.
La máscara ha tenido ese gran prestigio en todos los momentos que el moralismo humano o el totalitarismo moral humano ha intentado canalizar las conductas comunitarias a través de una determinada rigidez puritana.  Ya en la antigua Grecia, como la religión olímpica tenía corsés puritanos, se desarrollaron todas las religiones mistéricas, nocturnas, etc. Cuando el cristianismo se impuso como cultura hegemónica, se mantuvieron aunque fuera secretamente o clandestinamente, fiestas paganas en las cuales la máscara siempre jugaba un papel fundamental. Cuando los totalitarismos incluso políticos han intentado poner un orden muy estricto, una de las primeras cosas que han prohibido es la máscara. En España, por ejemplo, cada vez que se imponía un régimen totalitario en el siglo XVIII o XIX, se prohibían las máscaras, y durante el franquismo estaban prohibidos los carnavales- este es un dato que ahora a veces se olvida. Durante cuarenta años en España, un país con gran tradición de carnavales, estaban prohibidos, porque la máscara implica peligro para el orden, implica esa especie de subversión para la moral. Es del todo evidente que la máscara guarda unas de las simbologías más ricas de lo erótico porque insinúa esa gradación, esa diversificación, esa contradicción de funciones que tanto quiere lo erótico. Y además implica esa esencia de juego, lúdica, que está tan estrechamente vinculada a Eros.

 

[Publicado el 04/3/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: carnaval, tragedia griega, máscara, erotismo]

[Enlace permanente] [Imprimir] [5 comentarios] [Enviar a un amigo]

Compartir: añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  añadir a meneame 

Un tercer camino

Rafael Argullol: El artista juega con una materia prima que comparte con los demás y con algo que él mismo va construyendo, con su propia sombra personal.

Delfín Agudelo: ¿Cómo vería el sabio esa sombra?

R.A.: La figura del sabio que tenemos -que tiene una raíz muy platónica-, es de aquel que se coloca más allá de toda sospecha, que conquista un espacio más allá de toda sombra. Donde Platón mejor relata esto es en El banquete, en la intervención de Sócrates. Explica un erotismo en que pasa del erotismo concreto del cuerpo al erotismo de varios cuerpos, al erotismo de las normas de conducta, y finalmente acaba con un erotismo esencial, que es el de la belleza en sí misma, que prescinde de toda pasión particular. Hemos heredado con mucha fuerza esa figura, creemos que el sabio es el que se coloca más allá de toda sospecha y más allá de toda sombra, mientras que el artista es aquél que se pasa el tiempo trabajando entre las sombras y entre las sospechas. Por eso hemos tendido a otorgar al sabio una especie de figura musical de equilibrio y armonía, mientras que hemos tendido a otorgar al artista una silueta mucho más desequilibrada, mucho más apasionada, mucho más de ángel caído. Esas son herencias que podemos compartir o no, ya que están muy presentes. Yo, por ejemplo, no las comparto. Pero a nuestro alrededor esos dos arquetipos funcionan continuamente. Los malos profesores y malas facultades de filosofía enseñan una filosofía que está más allá de todas las pasiones. Y los malos artistas creen que el arte está más allá de toda idea, o que tiene que prescindir de las ideas. El autodenominado filósofo cree detentar un mundo de purezas conceptuales que no está para nada contaminado por las sensaciones. El autodenominado artista, el que va de artista, cree que es alguien que siente de una manera muy especial, y que goza del privilegio de ese sentir especial, y que no tiene que dar ninguna explicación de ese sentir. Es muy habitual encontrarse un artista que dice: "Yo no explico lo que hago; mi obra habla por mí". A mí no me resulta del todo convincente. A mí me gusta el artista que es capaz de explicar aquello que realiza, de la misma manera que me gusta el filósofo que es capaz de partir del propio cuerpo, de las sensaciones. Por lo tanto, personalmente me declaro contrario a esa escisión, pero a menudo he tenido que padecer los prejuicios desde uno y otro lado. Y ese prejuicio es de una raíz muy antigua: al menos desde que se ha atribuido a Platón el hecho de que los artistas no pueden educar a la juventud porque están corroídos por las pasiones, maleducando así a la juventud. Y al contrario: cuando los filósofos han creído que eran los educadores por excelencia, eran educadores abstractos y han hecho caer a la filosofía moderna en una especie de jerga completamente críptica, abstracta, alejada de la propia experiencia de la vida. Este es un tema fundamental de nuestra cultura porque lo seguimos padeciendo. Aún ahora en el mundo de las letras tiene gran prestigio el escritor que parece ser incapaz de explicar racionalmente aquello que está haciendo; y entre los filósofos aún tiene un gran prestigio académico el filósofo, por así decirlo, inconmovible ante las emociones. Siempre he intentado luchar, no sé si con éxito o no, por un tercer camino, por un camino intermedio.

[Publicado el 21/12/2007 a las 09:00]

[Etiquetas: sabio, artista, filósofo, Platón, erotismo]

[Enlace permanente] [Imprimir] [10 comentarios] [Enviar a un amigo]

Compartir: añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  añadir a meneame 

Foto autor

Biografía

Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de 25 libros en distintos ámbitos literarios: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura. Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra, entre otros) dirigiéndose cada vez más hacia una escritura transversal que rompe los géneros literarios (Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, etc.).

 

Ha estudiado Filosofía, Medicina, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona y ha asistido a cursos en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Como profesor ha enseñado en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), y el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002).

Bibliografía

El Hijo y el Único
 

El Héroe y el Único (2008). El Acantilado, España 

Breviario de la aurora (2006). El Acantilado, España.

Del Ganges al Mediterránea: un diálogo entre las culturas de India y Europa (2004). Argullol, Rafael y Mishra, Vidya Nivas. Ediciones Siruela, España.

El puente de fuego (2004). Ediciones Destino, España.

El pont de foc (2004). Ediciones Destino, España.

Wolfgang Amadeus Mozart. Las últimas sinfonías (2004). Argullol, Rafael y Reverter, Arturo. Diario El País, S.A., España.

Manifiesto contra la servidumbre: escritos frente a la guerra (1990-2003) (2003). Ediciones Destino, España.

Una educación sensorial: historia personal del desnudo femenino en la pintura (2002). Fondo de Cultura Económica, España.

Tres miradas sobre el arte (2002). Ediciones Destino, España.

El cazador de instantes: cuaderno de travesía 1990-1995 (2002). Ediciones Destino, España.

Davalú o el dolor: crònica d'un duel (2001). Edicions dels Quaderns Crema, España.

Aventura, una filosofía nómada (2000). Plaza & Janés Editores, S.A., España.

El afilador de cuchillos: un poema (1999). El Acantilado, España.

L'esmolador de ganivets: (un poema) (1998). Edicions dels Quaderns Crema, España.

Transeuropa (1998). Ediciones Alfaguara, España.

Naturaleza: la conquista de la soledad (1995). Fundación César Manrique, España.

Sabiduría de la ilusión: quince escenarios (1994). Taurus Ediciones, España.

La razón del mal (1993). Ediciones Destino, España.

Territorio del nómada (1993). Ediciones Destino, España.

El cansancio de Occidente: una conversación (1993). Argullol, Rafael y Trías, Eugenio. Ediciones Destino, España.

El fin del mundo como obra de arte: un relato occidental (1991). Ediciones Destino, España.

Desciende, río invisible (1990). Ediciones Destino, España.

El Quattrocento: arte y cultura en el renacimiento italiano (1988). Montesinos Editor, S.A., España.

Lampedusa: una historia mediterránea (1987). Montesinos Editor, S.A., España.

Territorio del nómada (1987). Fondo de Cultura Económica, S.L., España.

Duelo en el valle de la muerte (1986). Ayuso, España.

Leopardi: infelicidad y titanismo (1985). Montesinos Editor, S.A., España.

Tres miradas sobre el arte (1985). Icaria, España.

El héroe y el único: el espíritu trágico del Romanticismo (1984). Taurus Ediciones, España.

La atracción del abismo: un itinerario por el paisaje romántico (1983). Bruguera, S.A., España.

Disturbios del conocimiento (1980). Icaria, España.

© 2005 La Oficina del Autor (Grupo PRISA) | Gran Vía, 32 6ª planta - 28013 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres