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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 21 de noviembre de 2019

 Blog de Rafael Argullol

Detenimiento

Rafael Argullol: Se crean simulacros de relatos de la megápolis que son iguales en todos lados, y es muy probable que el relato de nuestros días sobreviva en los entresijos de la gran ciudad.

Delfín Agudelo: La supervivencia de cualquier relato, sin importar su microcosmos o macrocosmos, debe superar la barrera de la rapidez informática, del asombroso en cuanto excesivo dinamismo de la información, del mismo relato, que muchas veces es un fruto inmediato y poco maduro. Adheridos aún a la poética del paseante, que es la enemistad absoluta con la idea del time is money, existe la esperanza de la supervivencia del relato en la ciudad.

R. A.: Esta mañana estaba paseando con un amigo bajo este sol magnífico y llevábamos una hora conversando, paseando lentamente, tranquilamente, por una de las pocas calles que en el centro de Barcelona es posible porque ha tenido poco éxito comercial a pesar de su amplitud, que es el paseo Sant Joan. Estábamos caminando tranquilamente y nos hemos encontrado a un tercer amigo, a quien hacía mucho tiempo que no veía. Se ha acercado a nosotros, y nos ha dicho: "¿Vosotros tenéis tiempo todavía de ir caminando tranquilamente por la ciudad?" Yo le respondí que en el momento en que no tienes tiempo para ir caminando tranquilamente por la ciudad lo mejor que puedes hacer es dejar de vivir, porque has abandonado la vida previamente. Me gusta mucho el lema de ese maravilloso fotógrafo que era Cartier-Bresson, "La prisa es de miserables". Hay algo en estos momentos profundamente revolucionario en el detenimiento, en la comida: saboreas el alimento en lugar de engullirlo. En el detenimiento que significa la sensualidad y el erotismo frente al fast food de la pornografía. El detenimiento que significa la cultura frente a la falsa religión de los bestsellers, y grandes artefactos editoriales. Detenimiento que significa una película de estructura clásica frente a los juegos artificiales de los efectos especiales. El detenimiento significa la conversación con un amigo frente a una especie de comunicación con signos, puramente utilitaria, que es en la que creo que hemos degenerado. El paseo, aunque sea difícil, sigue siendo algo reivindicable porque es la base misma de nuestra capacidad de pensar y de expresar a los otros. Por tanto, creo que el ritmo lento es profundamente revolucionario. Casi estamos en una época de anti-Marinetti, anti-futurismo, contraria a esa fascinación de los futuristas por la velocidad, por lo rápido. Podríamos exaltar la lentitud, el detenimiento, la capacidad de atravesar la complejidad de la vida, acosados como estamos desde todos los frentes por el fast-food.

Barcelona es una ciudad en la que todavía habría posibilidades de pasear por su tamaño, pero en los últimos diez años ha estado completamente acosada y casi diríamos abrumada por la presencia masiva del turismo. Es una ciudad que en estos momento está sufriendo un grave deterioro desde el punto de vista de ese detenimiento y de esa lentitud, aunque evidentemente no se puede comparar todavía con las grandes megápolis tipo Ciudad de México, Sao Paulo o Bogotá. Pero creo que uno de los grandes fracasos del hombre contemporáneo ha sido precisamente dejarse arrebatar la figura del paseante. Y eso llama la atención porque a veces, en determinadas ciudades del norte de África, Alejandría, Marrakech, ves todavía que existe esta amistad traducida en paseo, esa cultura del café, esas horas dedicadas al amor propio y al detenimiento. Aquí muchas veces no existen. Las horas que no se pueden dedicar al paseo o a la amistad son horas que ya no se dedican al amor propio.

[Publicado el 24/9/2009 a las 12:13]

[Etiquetas: megápolis, paseante, ciudad, relato]

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Simulacro de relatos

Rafael Argullol: Por eso el paseo urbano era básico como territorio del descubrimiento y debo reconocer que en los últimos años el paseo se está convirtiendo físicamente imposible. Por lo menos en Barcelona, con la densidad demográfica, por la cantidad de habitantes por metro cuadrado, por la presencia de determinados obstáculos cada vez más difíciles.

Delfín Agudelo: Ahora contemplamos el paseo como actividad entre un lugar en la ciudad y otro- caminar hasta el trabajo, caminar hasta la universidad, caminar hasta la plaza. Pero en este caso el paseo no se lleva a cabo en sí mismo, sino que es una alternativa a no tomar cualquier medio de transporte. Se lleva a cabo como alternativa de movimiento, mas no como núcleo creador de la cultura.

R.A.: Casi lo llevaría a un último capítulo de la historia del paseante, porque la relación entre cultura y paseo es una relación que viene de la Grecia clásica, y que el peripatético era alguien que conversaba, filosofaba o militaba a través del paseo individual o de la complejidad con amigos, y atravesaría distintos siglos. Quisiera recordar un texto maravilloso de Petrarca en el cual explica su ascensión al Mount-Ventoux en Provença y esa ascensión es un auténtico modelo de paseo entre la edad media y el renacimiento. Y no digamos la importancia del paseo en el siglo XVIII y siglo XIX. Ahora en determinadas ciudades francesas, alemanas y españolas nos encontramos con el "paseo de los artistas", o "el paseo de los poetas", que tenía mucho que ver con la creación de cultura. O alrededor del café o de la copa, o caminando. Creo que eran las dos actitudes, y la tercera escribiendo. La cultura se ha hecho con los pies caminando, conversando, y con la pluma escribiendo. Y esto ha entrado en una situación de colapso en estos días.

Por esto me da la impresión que en nuestras grandes ciudades lo literario ha dado una vuelta de tuerca, y en lugar de aspirar a ser la ciudad colectivamente, la multitud colectivamente el protagonista, como puede ser Berlin Alexanderplatz de Döblin, ahora cada vez tendremos más el pequeño relato fragmentario de la micrópolis o del barrio, y por eso no tiene que llamarnos la atención que por ejemplo en ciudades como Barcelona vayan a convivir relatos magrebíes, dominicanos, etc., cada uno en el pequeño territorio del entorno, mientras que por el otro lado el conjunto orgánico de la ciudad es profundamente amnésico, profundamente enemigo del relato. Se crean simulacros de relatos de la megápolis que son iguales en todos lados, y es muy probable que el relato de nuestros días sobreviva en los entresijos de la gran ciudad.

[Publicado el 16/9/2009 a las 10:23]

[Etiquetas: multitud, ciudad moderna, simulacro, relato]

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Islas urbanas

Rafael Argullol: Es muy probable que los movimientos metropolitanos de los años sesenta, con la fecha emblemática de mayo del 68, fueran en realidad uno de los últimos movimientos en que se intentó identificar ciudad-cultura, creación de civilización-utopía, etc., y que del último tercio del siglo XX haya ido viviendo una agonía de esta identificación, al mismo tiempo que se iba reforzando la red de comunicación universal.

 Delfín Agudelo: Esta evolución de la identidad de una ciudad es de las maneras más certeras de analizar cualquier época, y todavía más en un pasado más reciente, como puede ser desde 1830 hasta nuestros días. El flâneur o paseante surge, entre otras cosas, ya que el individuo necesita reconocer la ciudad que ha cambiado o que está en constante cambio, como se puede ver en el poema "Le cygne" de Baudelaire: es mediante su atravesamiento que se logra su conquista, y así adquirir, de alguna manera, un sentido de pertenencia. Pero en el caso del flâneur es una conquista falsa, porque jamás logra conquistarla, es ella quien lo conquista a él en el capitalismo naciente, en las cadenas, como recuerda Benjamin: el flâneur ya no se pierde en las calles, sino en los grandes centros comerciales. En China o Estados Unidos está el centro comercial más grande del mundo. Me cuesta imaginarlo porque precisamente lo imagino como una ciudad, que es, pasando desde el pasaje parisino donde se exhibió por primera vez la mercancía, a hablar ya "del más grande del mundo".

 R. A.: Yo hace ya bastantes años escribí un texto que era también un pequeño homenaje a Edgar Allan Poe, que se llamaba "La ciudad Maelstrom". Partía del ejemplo concreto que me había impresionado mucho en aquel momento, en Atlanta, Estados Unidos, pero también reflexionando en torno a la evolución de la metrópolis. Me llamó la atención que esta ciudad, con un clima excelente, que invitaba al paseo y al aire libre, había organizado la trama urbana de manera que había micrópolis cerradas, confinadas alrededor de grandes centros comerciales que incluían torres, restaurantes, cines, etc. Esas distintas micrópolis estaban cuarteadas por autopistas urbanas. Entonces te encontrabas que una ciudad apta para hacer una vida al aire libre prácticamente diez u once meses al año, se sumergía en estos gigantescos sótanos micropolitanos, allí metía todo, y comunicaba esas distintas islas a través de autopistas urbanas que no dejaban de ser medios de comunicación e incomunicación, porque también servía para tener separados y escindidos barrios o fragmentos de la ciudad no deseable.

Eso es lo que ocurre con nuestras megápolis: nos organizamos en islas cuarteadas a través de islas urbanas, y así tenemos un fuerte armazón de discriminación social entre los distintos grupos que pueblan la ciudad. Lo que de Atlanta en aquél momento me pareció muy llamativo, negativamente llamativo, luego se ha convertido en un modelo universal que lo he visto reproducir y dibujar en todos los continentes. Y en unas estructuras de este tipo, la importantísima figura para la literatura, para la cultura, para la ciencia y para el espíritu, que ha sido el paseante, entra en una crisis casi irreducible. Casi podría decir que he sentido en carne propia ese cambio, y he procurado vivir siempre en el centro de la ciudad porque el paseo urbano para mí es algo extraordinariamente importante porque soy alguien nacido en la ciudad, que mis padres y abuelos también eran de la ciudad, así que tengo una mentalidad muy urbana. Por eso el paseo urbano era básico como territorio del descubrimiento y debo reconocer que en los últimos años el paseo se está convirtiendo físicamente imposible.

[Publicado el 08/9/2009 a las 12:41]

[Etiquetas: ciudad, paseo, flâneur, ]

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La masa "megapolitana"

Rafael Argullol: Creo que la multitud en Poe o en Baudelaire todavía tiene unas ciertas características de identidad propia.
Delfín Agudelo: Pensaría, de esta manera, que es precisamente el protagonismo de la calle, la manera como ésta actúa sobre la multitud y las distintas posibilidades que ella acarrea, el gran elemento coyuntural de dicha transformación. Ya desde mediados del siglo XIX la idea que contrapone a la multitud, el flâneur, se daba por obsoleta: ya él mismo formaba parte anónima de la masa.
R.A.: Exacto. Consiste en ese segundo estadio en que la multitud se convierte completamente en masa; es decir, que ya pierde todo perfil individualizador, como si perdiera toda el alma, y casi nos trasladamos al escenario urbano del primer tercio del siglo XX que acogerá los grandes totalitarismos, el nacional-socialismo, el estalinismo, y que desde el punto de vista literario dará lugar a una literatura como la de Kafka, puesto que el personaje de La metamorfosis no deja de ser el individuo en una época de hegemonía absoluta de la masa. Un individuo que no puede sostener su propia resistencia moral e individual, y se hunde y queda sometido en cierto modo a los engranajes que lo rodean. El gran poeta de la época en que la literatura recoge la transformación de la multitud en masa es precisamente Kafka, con todo su sentido de la para-realidad, de lo onírico, de lo absurdo. En general lo que en el siglo XX se llamó la literatura del absurdo, entre muchas otras cosas no dejaba de ser la imposibilidad del individuo en un momento de predominio de lo masivo. Pienso por ejemplo en los textos de Albert Camus, incluso en un texto como El extranjero, donde el acto gratuito, absurdo, se convierte en protagonista. Eso no sería posible sin que hubiera reinado ya el mundo de los grandes totalitarismos masivos. Pienso también en la gratuité y la absurdité de André Gide, donde también se refleja esto: por un lado la presencia de ese elemento absolutamente socavador de perfiles individuales que es la masa, y por el otro la dificultad de la resistencia individual a no ser que sea muchas veces a través de lo absurdo.
Me da la impresión que en la segunda mitad del siglo XX, y sobre todo a finales del siglo XX y principios del XXI, nos hemos trasladado a otro escenario, que sería el más genuino de la megápolis, en el cual ni siquiera la masa, la multitud-masa, interviene disciplinadamente en la calle como había sido bajo los totalitarismos, sino que esa multitud-masa se convierte fundamentalmente en masa a través de las conexiones de nuestros medios de comunicación y de nuestras pantallas. En nuestros días no hace falta que haya grandes manifestaciones de la masa en la calle para que la conciencia se comporte de una manera arbitrariamente masiva porque creo que la complicidad masiva en nuestra época se da desde los hogares individuales a través de las terminales infinitamente no repetidas de los medios de comunicación. En la época de Mussolini o Hitler, la masa era convocada a la calle y de alguna manera el poder de la masa se manifestaba visualmente a través de su presencia en la calle. Creo que nuestros días el poder de la masa ya no metropolitana, sino megapolitana, por así decirlo, se manifiesta precisamente a través de esa uniformidad de las conciencias, provocadas no por su asistencia masiva, sino por esa especie de uniformización que producen los terminales de los medios de comunicación.   

[Publicado el 26/8/2009 a las 10:00]

[Etiquetas: multitud, ciudad moderna, baudelaire, poe, megápolis, Kafka]

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El paseante entre la multitud

Rafael Argullol: Uno de los aspectos más remarcables de las variaciones que se han dado en la ciudad en los siglos XX y XXI es también la transformación del protagonista del relato urbano, que junto con el héroe o personaje individual ha sido la multitud y que a principios del siglo XXI tiene unas características profundamente distintas de las que se pudo apreciar en el momento en que se formularon las ideas sobre la modernidad.
Delfín Agudelo: La multitud, además de sufrir una evolución como tema o personaje literario, ha tenido un desarrollo en las calles mismas de la ciudad: de la ciudad moderna a metrópolis y de ésta a la megápolis siempre ha sido el sinónimo del ligar público y de las reflexiones solitarias de un caminante urbano.
R.A.: A este respecto pienso que es interesante recordar que probablemente el primer relato literario en que la multitud se convierte en protagonista es precisamente una narración de Edgar Allan Poe, "La multitud". Es una narración que e gusta mucho, en muchos aspectos. Primero por su calidad literaria, pero también porque creo que es el punto de salida de ese nuevo protagonismo o de lo colectivo-urbano. En "El hombre de la multitud" Poe presenta algo que no deja de ser muy contemporáneo, y es el devenir de un hombre que no puede estar separado de la multitud. Él lo plantea en la ciudad de Londres, y ese hombre siempre tiene que estar cerca de donde hay multitud, durante el día o la tarde, en Oxford Street, después tiene que ir a los bajos fondos de la vida noctámbula y prostitución, y al amanecer tiene que ir al mercado central... Siempre tiene que estar cercano a la multitud, inmerso en ella, porque no es nadie sin la multitud. Creo que en ese sentido Poe hace una especie de visión profética de lo que será la relación entre la literatura y la ciudad en los tiempos futuros, a pesar de que en la experiencia urbana de Edgar Allan Poe no es muy metropolitana. Él no era de Nueva York sino de Boston, que era una ciudad muy pequeña en relación a las nuevas metrópolis que se estaban configurando en el siglo XIX. Así que aquí, como en otros aspectos, es tan interesante establecer ese paralelismo, esa intimidad entre Baudelaire y Poe, sobre todo porque Baudelaire la reivindicó respecto a Poe. Ya no solo es que estemos hablando de una literatura que deriva directamente de lo rural a lo urbano, sino de la advertencia de que en adelante la multitud tiene que ser un personaje absolutamente fundamental dentro de la literatura. Y eso tiene su equivalencia y traducción inmediata en el hecho cierto de que En las flores del mal de Baudelaire el protagonista individual es muchas veces la multitud, quien está presente en esa especie de carnaval urbano y crítico del progreso que plantea Baudelaire en sus poemas. Se ve una multitud que evidentemente es la consecuencia de la última urbanización, del paso de tantos campesinos a  barrios proletarios de París, de la revolución industrial, de la politización. Una multitud que es a la vez carne de cañón y sujeto de la nueva poesía. Una multitud que está impregnándose en esa metrópolis pero que también de alguna manera se convierte en la que da un cierto sentido a la nueva poesía moderna que reivindica Baudelaire. Creo que la multitud en Poe o Baudelaire todavía tiene unos ciertos características de identidad propia.

[Publicado el 20/8/2009 a las 09:29]

[Etiquetas: multitud, ciudad moderna, baudelaire, poe]

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Plaza Egipto, Calle Breton

Rafael Argullol: Evidentemente si eso sucede en el terreno general de la cultura a la fuerza tiene que suceder en el terreno particular de la vida.
Delfín Agudelo: Lo más bonito en el terreno particular de la vida es encontrar estos elementos en el nombre de la calle, en los atributos de la calle, en las placas conmemorativas, por ejemplo, que también me parece que en París es algo muy interesante, que permiten esta condición particular de la vida en hacer de la ciudad, de la calle y de la vida sobre todo un espacio interior: es la interioridad absoluta. Caminar París en invierno es completamente diferente a caminarlo en verano, por la misma situación del promeneur que es estar cerrado en sí mismo, el frío y la abrigo. Me parece muy emblemático en toda la función que cumple París en la historiografía de la promenade, que es esa constante búsqueda de sí mismo, del poeta, del caminante, a través de lo que está viendo en la ciudad. Y en eso el azar es fundamental, porque aquél que sale a caminar la ciudad está necesariamente en una situación de búsqueda, está buscando algo. ¿Qué es ese algo? No se sabe.
R.A.:Esto en definitiva es el arte y la cultura. En nuestro momento creo que hay una confusión inducida de lo que es el arte de la cultura tan extraordinario que el elemento primero del arte y de la cultura es orientarse y desorientarse, el elemento primero es una búsqueda, el elemento primero es la curiosidad, la necesidad de descubrimiento, el ponerse en una posición de descubrir. Y en ese sentido evidentemente París mantiene casi diríamos intacto los incentivos que hay al respecto. Si bien es cierto que por toda una serie de hándicaps propios de nuestra época, quizás el flâneur se ha hecho más difícil, al igual que el paseante, por las masas turísticas que también están en lo barrios: por el hecho de que la particularidad de aquellos negocios maravillosamente singulares quizá cada vez es más difícil por la presencia aplastante de las grandes franquicias, de las cadenas, etc. Pero diría que París es la ciudad que aún muestra una mayor resistencia al respecto, es decir, es aquella que aún tiene una gran capacidad para mantener la singularidad, la particularidad, todo ello amparado en un aspecto que ha veces se ha reprochado a los parisinos, quizás con razón en algunos momentos, que es  una ciudad segura de sí misma,  que es algo muy difícil de encontrar en el mundo, porque las ciudades en general no están seguras de sí mismas. Las ciudad alegan algunos aspectos de su pasado, de su presente, porque las ciudades tienen una gran inseguridad. Nueva York o los neoyorquinos nunca han tenido el lado de seguridad en sí misma que tiene París, porque no hay la antigüedad de París, porque Nueva York está formado además por una serie de convulsiones internas que han hecho que la seguridad en sí misma resida en- y quizás es el encanto de Nueva York-una especie de mundo en ebullición, en continua autocrisis. En cambio en París hay esa seguridad que te ayuda a ofrecerse como enciclopedia universal.

[Publicado el 15/1/2009 a las 09:00]

[Etiquetas: azar objetivo, Breton, calle, ciudad]

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La ciudad como enciclopedia cultural

Rafael Argullol: Creo que deberíamos acostumbrarnos a medir lo que llamamos creación a partir de esos otros criterios, criterios mucho más vivos, que están mucho más presentes en la vida secreta de las ciudades, y en nuestra propia vida secreta cuando nos internamos en ella
Delfín Agudelo: A mí me parece muy interesante, y en el caso de París fundamental, esa vida secreta, porque los elementos digamos inherentes al mismo París, incluso en su infraestructura vial, invitan al secreto. Pienso específicamente en Montmartre, que entre muchos otros es un espacio laberíntico: hay calles que tienen una curva de noventa grados y continúan llamándose igual; hay calles que salen de esas calles y conservan el mismo nombre, en algo que uno pensaría que no es posible pero lo es.
Ahora bien, ¿cómo asumir la creatividad inherente a un tipo de estructura así? Me llama la atención de qué manera podemos refrescar la poética de las ciudades una vez caemos en cuenta de todo lo que se ha hecho. Recuerdo a Louis Sébastien Mercier, siglo XVIII, quien siempre dijo: "Yo escribo con las piernas". Escribía su caminar. Escribo acerca de lo que camino, mi verdadera labor consiste en el  caminar. Si sabemos que eso es París, si sabemos que París es caminar, ¿cómo hacemos un acercamiento a esa idea que conocemos, sin que sea viciada o repetida? No me refiero solamente a París: ¿qué poética podemos sacar de Londres, cómo la podemos variar? ¿Hay que crear una poética nueva? ¿Será posible que París en algún momento deje de ser la capital de los encuentros?
R.A.: Es que la ciudad marca su propia personalidad cultural, a través diríamos de su mapa, de su plano,  de su estructura. París ha facilitado desde el siglo XIII o XIV, y sobre todo desde el XVIII, el paseo: ha facilitado al flâneur, y ha facilitado el perderse, porque no es lo mismo un paseo en el que tienes una completa nitidez de coordenadas en todo momento, que un paseo en el que puedes llegar a naufragar, a perderte a extraviarte en el laberinto. Yo mismo, por ejemplo, en Barcelona intento en determinados barrios, como el Gótico, nunca tener una percepción muy clara de por dónde van las calles, para tener la oportunidad de eso que es un regalo de los dioses: la habilidad de perderte en tu propia ciudad. Creo también que hay un factor importante que está en el espíritu de ciudades sobre todo como París, pero también como evidentemente Roma o Praga, o como pueden ser muchas de las ciudades europeas, en relación a las ciudades americanas. A mí, la primera vez que fui a Nueva York, Manhattan me pareció una estructura fascinante, pero sin embargo me llamó mucho la atención que las calles, como en Bogotá, muchas veces están numeradas, así como en otras ciudades americanas. Eso, debo reconocer, me chocó, y me repelió: acostumbrado a Europa, donde nosotros podemos ir de la calle Einstein hasta la esquina Paul Valéry, y de allí a la Plaza Shakespeare, no es lo mismo que si tu vas de la avenida tercera o a la calle catorce y luego a la rotonda cinco. Porque primero te somete ya a una tensión simbólica que influye en tu propio viaje, en tu propia percepción.
Creo que una ciudad como Nueva York, que tiene una vitalidad extraordinaria, sin embargo tiene más condiciones de perder la centralidad cultural que una ciudad como París. Es muy cierto lo que Walter Benjamin proclamó, París como capital del XIX,  pero aún ahora es una especie de doble  muy digno de sí mismo, a pesar de que quizás está en cierto período algo crepuscular respecto a aquella época. En cambio me pregunto si Nueva York, pongamos por caso, si Estados Unidos perdiera de manera irreversible su papel de primer plano de potencia del mundo, como algunos economistas auguran para los próximos treinta años, está del todo preparada para establecerse con tal potencia como París. Aunque pueda parecer un poco naive, me preocupa la numeración de las calles; me preocupa una cierta incapacidad para el paseo con extravío tranquilo -no el paseo con el extravío que te secuestran o machacan-, ese paseo a lo parisino, en que te vas sintiendo apaciblemente perdido, o te ibas sintiendo apaciblemente perdido a medida en que ibas viendo y descubriendo cosas en la misma ciudad. Esto naturalmente llega  a su máxima expresión en la ciudad que siendo muy poco activa culturalmente en la actualidad es la ciudad más estable como capital cultural del mundo: Roma. Roma, aunque efectivamente nada de lo que es vanguardia en nuestros días está allí, te facilita por completo ese extravío a través de la historia del espíritu humano. Nosotros normalmente pecamos de demasiada exigencia de presentirnos de la realidad. Lo que realmente marca la personalidad de una ciudad es su capacidad para los encuentros, su capacidad para que el duelo con el azar sea denso, y su capacidad para hacerte atravesar tu espíritu humano, pero no su capa más reciente, sino incluso sus capas más profundas del espíritu humano: esto en Roma lo tienes privilegiado. Lo tienen otras ciudades muy antiguas que no diríamos que marcan la antigüedad cultural como pueden ser Benarés, Damasco, y luego lo tienen ciudades que equilibran mucho más y esto me parece muy mágico- lo antiguo y lo moderno, como es el caso de Londres y sobre todo de París, que es ese sutil equilibrio que es, creo, lo que facilita esa idea de que cualquier encuentro sea posible porque de lo que está muerto en unas ruinas, aparte de espectros, no se espera más; en una ciudad nueva, de planta nueva, uno por falta de digamos memoria de las sombras espera encuentros limitados. Ahora, estando en la ciudad que logra equilibrar la mirada antigua, la memoria antigua, como el presente poderoso, es cuando se posibilita el encuentro de una manera mucho más sensible y compleja.

[Publicado el 08/1/2009 a las 09:00]

[Etiquetas: París, Roma, ciudad, creatividad, capitalidad cultural]

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Galería de espectros: el flâneur

Rafael Argullol: Hoy en mi galería de espectros he visto un espectro difuso, un espectro que puede ser el perfil de muchos espectros; el espectro del flâneur-

Delfín Agudelo: Sin duda te puedes estar refiriendo a ese ojo de la ciudad, o a ese homme de foules que es el flâneur de Baudelaire.

R.A.: Sí, alguien que no acaba de tener un nombre y un apellido, porque precisamente una de las características que Baudelaire supo ver en la nueva condición urbana era la de precisamente los nombres y los apellidos -esas identidades tan marcadas del mundo anterior, del mundo rural, del mundo feudal- quedaban difuminados en el nuevo oleaje de la multitud. Creo que el flâneur, ese hombre que se deja ir, que pasea pero dejándose ir por la ciudad, que se deja arrastrar por la marea de la ciudad, sin un propósito claramente determinado pero secretamente albergando muchos propósitos de captación del ritmo de la ciudad, es un personaje que a la fuerza está acompañado por ese otro gran protagonista de la ciudad que es la multitud. Si la multitud es el protagonista por excelencia de la nueva metrópolis, el flâneur sería el individuo que se mueve en medio de esa multitud buscando unas señas de identidad que cree desconocer, buscándolas pero como el náufrago va agarrado a la madera y dejándose arrastrar por la corriente, con una clara esperanza de salvación pero no sabiendo en qué esquina de la ciudad va a aparecer esa salvación. La experiencia del flâneur no será tanto esa esquina en la que encontrará reposo provisional sino que la experiencia del flâneur es aquello que le ocurre en la medida en que va agarrado de la madera en la corriente del oleaje, por el cual le arrastra la ciudad.

[Publicado el 27/10/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: Flâneur, Baudelaire, ciudad, metrópolis]

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Las metamorfosis de Ali Bey

Rafael Argullol: Tenemos una especie de juego de estratos demográficos que se está produciendo además a una enorme velocidad y hubiera sido completamente imprevisto hace tres o cuatro décadas.

Delfín Agudelo: Me llama la atención el nativo, en relación con la idea tuya de la patria: no es aquella en la que se nace, sino a la que uno llega, la que se construye. Estas reacciones un tanto peligrosas, por xenofobia, intolerancia, a esta alteridad que llega a la ciudad, en apariencia terminan siendo que el nativo es uno más, que no tiene por qué sentirse con la exclusividad distinta al que llega. Oímos decir: "Yo sí soy de acá". ¿Pero qué es ser de "acá"? ¿Qué implica que haya vivido toda la vida en la ciudad?

R.A.: Este es un tema extraordinariamente interesente y sobre el que he escrito a raíz de la lectura de una biografía maravillosa de Alí Bey, un viajero barcelonés que a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX fue el segundo o tercer europeo en entrar en la Meca. Este hombre, que se llamaba Domingo Badía, y que adoptó para trasladarse a África y Asia el nombre de Alí Bey, es un hombre extraordinario, y que la obra que finalmente escribió -la recopilación de sus viajes por África y Asia, publicadas en París, me parece, en 1816- es una de las grandes obras maestras de la literatura de viajes. Me fascina la personalidad de Domingo Badía, alias Alí Bey- o al revés, Alí Bey, alias Domingo Badía- porque tenía esa enorme capacidad de metamorfosis. Fue un hombre que tuvo la capacidad de ponerse en el otro extremo de sí mismo continuamente. Como cristiano tenía una enorme facilidad de verse como musulmán; como alguien que hablaba francés o español, podía vestirse como alguien que hablaba árabe. O como alguien que nació en una clase social medianamente modesta, y que siempre tuvo dificultades para vivir, se veía muy bien y los otros lo veían muy bien como príncipe turco. De hecho hay una maravillosa anécdota en que se encuentran en Alejandría Chateaubriend y Alí Bey, y éste, cuando tiene la cita con Chateaubriend, le dice "¡Atala, René!" Chateaubriend, explotando en vanidad literaria -que él mismo después tendrá que justificar- dirá: "Por fin he encontrado al turco más sabio que pueda concebirse, que está familiarizado con mis personajes literarios." Cuando vuelve a Europa, Chateaubriend se entera de que el príncipe turco familiarizado con sus obras es en realidad un barcelonés llamado Domingo Badía, pero que había logrado ser el camaleón perfecto, no en el sentido peyorativo del término, sino en el sentido interno del viajero. Para mí la esencia del viajero es aquél que es capaz de mirarse desde distintos lugares y sabe situarse en distintas pieles. Y este personaje lo hizo hasta grados maravillosos, porque tenía esa capacidad de sentirse nativo, y para intercambiar el papel del nativo y el extranjero. Esto es lo que debemos acostumbrarnos a hacer: relativizar las denominaciones nativo y extranjero.

[Publicado el 21/5/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: Ali Bey, metamorfosis, ciudades, nativo, extranjero]

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Guerrilla de la imaginación

Claude Monet, "Boulevard des Capucines", 1873Rafael Argullol: Esa fusión de comunidades está originando una especie de caos narrativo que puede ser extraordinariamente fértil en el futuro, pero siempre tenderá a ser asfixiado y obturado por lo que es el discurso monolítico que está gestionado desde los medios del poder.
Delfín Agudelo: Esta gigantesca mezcla de narraciones y narrativas se crea en la megápolis y, si bien muchos de estos textos creados no hacen referencia explícita a la megápolis como tal, muchos sí la caracterizan. En esa medida, para que esto suceda, creo que hay un momento en que la megápolis tiene que caer en cuenta de que lo es; el ciudadano de la metrópolis lo supo en su momento, a finales de siglo XIX. El parisino se reconoce en una capital cultural de occidente. Hay un caso distinto en el siglo XX, que es de quien se reconoce en la megápolis.
R.A.: Creo que hay una gran diferencia respecto al paso de la ciudad tradicional a la metrópolis, y de ésta a la megápolis La metrópolis todavía tuvo mecanismos de autorreconocimiento, muy convulsos, porque en muchos casos implicaron grandes cismas, revolucionarios y contrarrevolucionarios. En el terreno del arte, luchas sin cuartel entre vanguardias y núcleos de conservación y tradición. Pero hubo todo un proceso de autorreconocimiento y es ahí donde podemos encontrar la gloria creativa, por así decirla, de ciudades como París, Londres, Nueva York, Viena o Londres, en ese proceso. En definitiva, desde Baudelaire en adelante, el arte moderno forma parte de ese caudal de autorreconocimiento. No creo que hubiera podido ser posible lo que llamamos vanguardia histórica si no hubiera sido en el seno de ese autorreconocimiento de la metrópolis. A pesar de que aumentaba de manera gigantesca sus proporciones, conservaba la posibilidad de establecer señas de identidad, aunque fueran muy elásticas. En cambio, en el caso de la megápolis, una de sus características es que impide el autorreconocimiento a sus propios pobladores. Es decir, el poblador de la megápolis solo en parte tiene un vínculo emocional de conexión con ese habitad. Y lo tiene en cuanto diríamos aún recuerda el momento en que era una ciudad. Pero por lo general lo que se impone es ese alud de amnesia, continuamente cortado por grandes borracheras de actualidad, y con unos habitantes que giran alrededor de esas borracheras. Más que un autorreconocimiento de la megápolis, se da una especie de resistencia, casi diríamos de guerrilla de la imaginación o del relato que remite a las propias raíces y tradiciones, que es lo que transcurre en ese mundo diseminado y subterráneo.

[Publicado el 09/5/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: metrópolis, megápolis, identidad, Baudelaire, ciudad]

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Foto autor

Biografía

Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de treinta libros en distintos ámbitos literarios. Entre ellos: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura: Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre). Como escritura transversal más allá de los géneros literarios ha publicado: Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, Visión desde el fondo del mar. Recientemente, ha publicado Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida (2013) y Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza (2013).

Ha estudiado Filosofía, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona. Estudió también en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Fue profesor visitante en la Universidad de Berkeley. Ha impartido docencia en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002), y los premios Cálamo (2010) y Ciudad de Barcelona (2010) con Visión desde el fondo del mar. 

Bibliografía

Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio
y la celebración de la belleza
(Acantilado, 2013)

 
Una educación sensorial. Historia personal del desnudo
femenino en la pintura
(Acantilado 2012)
Visiones desde el fonde del mar (Acantilado, 2010).
MICROSITE DEL LIBRO

 

Publicaciones principales

POESÍA
- Disturbios del conocimiento. Barcelona: Icaria Editorial, 1980.
- Duelo en el Valle de la Muerte. Madrid: Editorial Ayuso, 1986.
- El afilador de cuchillos. Barcelona: El Acantilado. Quaderns Crema, 1999.
- El poema de la serpiente. Badajoz: Asociación Cultural Littera Villanueva, 2010.
- Cantos del Naumon. Libros del Aire. Colección Jardín Cerrado, núm. 5, 2010.

NARRATIVA
- Lampedusa. Barcelona: Editorial Montesinos, 1981.
- El asalto del cielo. Barcelona: Editorial Plaza & Janés, 1986.
- Desciende, río invisible. Barcelona: Editorial Destino, 1989.
- La razón del mal. Premio Nadal 1993. Barcelona: Editorial Destino, 1994.
- Transeuropa. Madrid: Alfaguara Ediciones, 1998.
- Davalú o el dolor. Madrid: RBA, 2001.
- Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida. Barcelona: Quaderns Crema, 2013.

ENSAYO
- El Quattrocento. Barcelona: Editorial Montesinos, 1982.
- La atracción del abismo. Barcelona: Editorial Bruguera, 1983. Reeditado 2006.
- El Héroe y el Único. Madrid: Taurus Editorial, 1984.
- Tres miradas sobre el arte. Barcelona: Icaria Editorial, 1985.
- Leopardi. Infelicidad y titanismo. Barcelona, 1986
- Territorio del nómada. Barcelona: Ediciones Destino, 1986.
- El fin del mundo como obra de arte. Barcelona: Ediciones Destino, 1990. Reeditado 2007.
- El cansancio de Occidente (en colaboración con Eugenio Trías). Barcelona: Ediciones Destino, 1994.
- Sabiduría de la ilusión. Madrid: Taurus Editorial, 1994.
- Aventura. Una filosofía nómada. Barcelona: Nuevas Ediciones Debolsillo, 2000.
- Una educación sensorial. Historia personal del desnudo femenino en la pintura. Madrid-México: Fondo de Cultura Económica, 2002. Barcelona: Editorial Acantilado, 2012.
- Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra. Barcelona: Ediciones Destino, 2003.
- Del Ganges al Mediterráneo: un diálogo entre las culturas de India y Europa (en colaboración con Vidya Nivas Mishra). Madrid: Siruela, 2004.
- Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza. Barcelona: Editorial Acantilado 2013.

ESCRITURA TRANSVERSAL
- El cazador de instantes. Barcelona: Ediciones Destino, 1996. Reeditado 2007.
- El Puente de Fuego. Cuaderno de Travesía, 1996-2002. Barcelona: Ediciones Destino, 2004.
- Enciclopedia del crepúsculo. Madrid: El Acantilado, 2006.
- Breviario de la aurora. Barcelona: El Acantilado, 2006.
- Visión desde el fondo del Mar. Barcelona: Editorial Acantilado, 2010. Premio Cálamo 2010. Premio Ciudad de Barcelona 2010.

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