El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 30 de mayo de 2012

 Blog de Rafael Argullol

1984+25

El otro día vi en la estantería el número 1984, que correspondía al título de la novela de George Orwell, y de pronto reparé en el hecho de que ya hemos sobrepasado en un cuarto de siglo aquella fecha tantas veces tenida por simbólica. Como sentí curiosidad por averiguar la vigencia de las profecías contenidas en el texto, me puse a releer el libro. Habían pasado muchos años desde mi primera lectura y recordaba más lo que se había dicho sobre la novela que la novela misma ¿Nuestra sociedad se parecía en algo a lo que Orwell dibujó como sociedad del futuro?

De entrada, me sorprendió una cierta ingenuidad en el tono. Quedaba claro que el autor, en el momento de escribir la novela en 1949, estaba completamente determinado por las circunstancias de la época. Tras el trauma de la guerra civil española, en la que había participado activamente, y de la II Guerra Mundial, Orwell se mostraba impresionado por el clima apocalíptico que iba adquiriendo la recién estrenada guerra fría. Y así, al construir su antiutopía, el novelista se servía de los lenguajes totalitarios de su tiempo como los propios de ese futuro que él intentaba ilustrar.

Quizá en 1984 -antes de la caída del muro de Berlín, por tanto- estos lenguajes tenían una cierta fuerza evocadora. Sin embargo, 25 años después, hoy, parecen extraordinariamente lejanos, no porque la amenaza del totalitarismo ya no exista, sino porque se manifiesta con un estilo bien distinto que, seguramente, hubiera resultado paradójico para el propio novelista. Y en efecto, ¿podría haber ironía mayor para el muy irónico Orwell -un seguidor de Swift y Defoe- que comprobar que su Gran Hermano, el solemne ojo totalitario inspirado en el nazismo y el estalinismo, es hoy el leitmotiv del más brutal entretenimiento televisivo?

No es que no haya una continuidad entre ambos Gran Hermano como fenomenales engranajes de control; sin embargo, el vigilante supremo de 1984 aparece inevitablemente naïf en comparación con el sofisticado vampiro que succiona las conciencias de los telespectadores en nuestros días. Orwell había analizado cuidadosamente el fenómeno de la propaganda de masas en la primera mitad del siglo XX, pero no estaba en absoluto en condiciones de prever el refinamiento y la complejidad de los engranajes de manipulación colectiva a principios del siglo XXI.

Orwell, desde luego, no iba desencaminado al plantear el futuro en términos de poder visual. En una época de decadencia de la palabra, era la imagen lo que permitiría domesticar la libertad del ser humano. En consecuencia, Orwell imagina un centinela cuyo ojo alcance todos los rincones. No obstante, 25 años después de 1984, el ojo orwelliano le parece al lector de la novela corto de vista, ingenuamente miope, si lo contrasta con ese Argos nuestro al que nos acogemos, monstruo de 100 ojos con el que perseguimos y con el que somos perseguidos en esa gran ceremonia de control mutuo que transcurre cotidianamente por las pantallas del mundo.

El Gran Hermano concebido por Orwell para la siniestra república futura jamás habría pensado penetrar en las recónditas intimidades de las que hoy se apoderan el Estado, la policía, las empresas de publicidad, las entidades bancarias y cualquier individuo con la suficiente obscenidad como para desear reducir a la nada la vida privada de los demás.

El negro ideal del Gran Hermano en 1984 es la extinción del individuo, tras la cual empezará otra especie supuestamente superior. O'Brien, uno de los jefes del Partido, se lo comunica a Winston, el último resistente: "El hombre es un ser infinitamente maleable. Si usted cree ser un hombre, Winston, considérese el último ejemplar de esa especie". En nuestros días, un cuarto de siglo después, exaltamos oficialmente al individuo, pero nos prestamos gustosamente a la extinción de la intimidad, que es sin duda el camino más directo hacia la abolición de la libertad individual. Cada vez que nos sometemos a la cámara que nos vigila -nos sometemos continuamente- y cada vez que oímos una voz que nos anuncia que nuestra conversación será grabada -algo que ocurre con creciente asiduidad- damos un paso más hacia la destrucción de nuestra vida íntima, la única que tenemos por cierta.

El valor de 1984, aunque a menudo sus escenarios aparezcan obsoletos, es la capacidad de anticipación respecto al peligro fundamental que acecha al hombre contemporáneo. Claro que para muchos perder la libertad individual no es ningún peligro, sino algo más bien deseable. Eso lo anticipó Orwell en la última frase de la novela. Abandonada toda resistencia, Winston acaba, también él, amando al Gran Hermano.

 

El País,  04/04/2009


[Publicado el 27/4/2009 a las 09:00]

[Etiquetas: artículo, 1984, George Orwell]

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Inglés para idiotas

En el gran bazar en que se ha convertido el proceso electoral puede encontrarse de todo, como hemos podido comprobar estas últimas semanas. El político, disfrazado de prestidigitador, hace los trucos que están a su alcance, e incluso —patéticamente— los que no lo están, con tal de convencer a los electores. Para conseguir sus propósitos se valen de buenas y malas artes, creciendo en sofisticación estos últimos a medida en que avanza la campaña. Los clientes más deseados son los “desmovilizados”, los “indecisos”, los “abstencionistas” y los que, si esto tuviera algún valor, votarían en blanco.

Precisamente con respecto al voto en blanco hemos asistido a uno de los pocos fenómenos remarcables de esta campaña electoral: el silenciamiento de la propuesta de Pascual Maragall. No es que yo crea que es fácil de aceptar que quien ha sido hasta hace poco presidente de la Generalitat y del partido socialista proponga a los electores el voto en blanco; sin embargo, esta circunstancia hubiera debido avivar el debate pues si alguien con su dilatada experiencia y responsabilidad políticas ha llegado a esta conclusión es que nos hallamos ante un caso de alerta considerable sobre el funcionamiento de nuestra vida pública.

Lo remarcable es que, en lugar de avivarse el debate, se ha producido una auténtica conspiración del silencio en la que han participado los medios de comunicación, al recoger un eco rápidamente debilitado, los partidos, encabezados por el propio partido socialista, y muchos de los amigos políticos de Pasqual Maragall, que apenas han intervenido en su defensa o así me lo ha perecido a mí. No han faltado, además, siniestras manifestaciones de supuesta “compasión”, sobretodo por parte de aquellos que viven y medran en estos aparatos de poder que exigen la opacidad y el camuflaje.
Fuera del “caso Maragall” —un personaje, Pasqual Maragall, que para bien o para mal remueve las aguas del pantano— no ha habido nada en el gran bazar que no fuera previsible. Entre ataque y ataque lo más vistoso ha sido la subasta que los candidatos han hecho con el dinero de los ciudadanos, unos regalando cheques y otros promesas de reducciones impositivas. En todos los casos está claro que en las arcas del Estado sobra dinero y no se entiende porqué éste no se emplea en arreglar las injusticias que el mismo Estado detecta gracias a sus sacrosantas estadísticas.
Pero si el segmento más filibustero de la campaña ha sido la tómbola que se ha realizado con el dinero público el segmento más estúpido ha sido, sin duda, el arrebato en torno a la enseñanza del inglés. De repente casi todos los candidatos, mirándose probablemente en el espejo de sus propias carencias, han encontrado en el aprendizaje del inglés el talismán de nuestro porvenir. Pronto toda Catalunya, toda España hablará inglés si hacemos caso a lo que nos aseguran los señores Zapatero, Rajoy, Montilla,… (todos al parecer menos ellos).
 
No vamos a negar ahora la importancia del inglés como lengua científica, económica o de comunicación pero de ahí a transformar ese idioma en la panacea de las virtudes futuras media un universo. Sin ir más lejos, y para recordar un tema doméstico, las turbas de simpáticos hooligans británicos vociferan en inglés entre cerveza y cerveza y no por eso los vamos a poner de ejemplo –creo- para esas escuelas llenas de niños angloparlantes que vamos a crear. Tampoco resulta conveniente, por ejemplo, inculcarles el himno de los marines para que lo canten en el recreo, por más que su letra algo tosca sea perfectamente inglesa.
 
Con todo, la verdad, el problema no estriba ni en los hooligans ni en los marines sino en nosotros: ¿Qué importa el idioma si lo que se dice es el fruto de la ignorancia? ¿Qué habremos avanzado si un estudiante universitario manifiesta en maravilloso inglés que no sabe quién es el emperador Carlos V o el pintor Piero della Francesca, que tampoco sabe, ni desde luego le importa cuál es el teorema de Pitágoras o el número pi, que confunde con absoluta impunidad la Revolución Francesa y el Mayo del 68? Estas pequeñas lagunas —en catalán, español o inglés— son fácilmente constatables para cualquiera que se entretenga en charlar con nuestros estudiantes, actividad que quizá sería de provecho para quien pretendiera presentarse candidato.
 
Sin embargo, lejos de hacer este trabajo de campo, el candidato prefiere ofrecer inglés para todos de modo que el mal sistema educativo actual derive en una peor academia de un único idioma. Tras el goteo apocalíptico de informes europeos y mundiales sobre el pésimo estado de educación en España hubiera sido de esperar que la enseñanza fuera el asunto central de la campaña. No ha sido así en absoluto, o únicamente lo ha sido en lo referente a la enseñanza del inglés, tema en el que la farsa guarda paralelismos con la subasta de talones y reducciones de impuestos: “Yo haré que todos sepan inglés en diez años”, “yo haré que sea en cinco”, “yo en dos”, y así sucesivamente.
 
Sospecho un par de razones. La primera, fácil de adivinar, es que proponer el inglés universal es una tarea bastante menos complicada que realizar una auténtica reforma educativa. La segunda es un poco más maliciosa: ¿saben nuestros candidatos quién es Piero della Francesca o cuál es el teorema de Pitágoras? ¿Les importa? English for idiots.

                                                                                               El País, 23/02/08

[Publicado el 06/3/2008 a las 09:00]

[Etiquetas: Artículos, elecciones, inglés]

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Biografía

Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de 25 libros en distintos ámbitos literarios: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura. Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra, entre otros) dirigiéndose cada vez más hacia una escritura transversal que rompe los géneros literarios (Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, etc.).

Ha estudiado Filosofía, Medicina, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona y ha asistido a cursos en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Como profesor ha enseñado en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), y el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002).

A partir del 15 de septiembre estará disponible su más reciente libro: Visión desde el fondo del mar (Acantilado, 2010).  

Bibliografía


 
Visiones desde el fonde del mar (Acantilado, 2010).

En librerías a partir del 15 de septiembre

 

 
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Lampedusa (2008). El Acantilado, España

El Héroe y el Único (2008). El Acantilado, España 

Breviario de la aurora (2006). El Acantilado, España.

Del Ganges al Mediterránea: un diálogo entre las culturas de India y Europa (2004). Argullol, Rafael y Mishra, Vidya Nivas. Ediciones Siruela, España.

El puente de fuego (2004). Ediciones Destino, España.

El pont de foc (2004). Ediciones Destino, España.

Wolfgang Amadeus Mozart. Las últimas sinfonías (2004). Argullol, Rafael y Reverter, Arturo. Diario El País, S.A., España.

Manifiesto contra la servidumbre: escritos frente a la guerra (1990-2003) (2003). Ediciones Destino, España.

Una educación sensorial: historia personal del desnudo femenino en la pintura (2002). Fondo de Cultura Económica, España.

Tres miradas sobre el arte (2002). Ediciones Destino, España.

El cazador de instantes: cuaderno de travesía 1990-1995 (2002). Ediciones Destino, España.

Davalú o el dolor: crònica d'un duel (2001). Edicions dels Quaderns Crema, España.

Aventura, una filosofía nómada (2000). Plaza & Janés Editores, S.A., España.

El afilador de cuchillos: un poema (1999). El Acantilado, España.

L'esmolador de ganivets: (un poema) (1998). Edicions dels Quaderns Crema, España.

Transeuropa (1998). Ediciones Alfaguara, España.

Naturaleza: la conquista de la soledad (1995). Fundación César Manrique, España.

Sabiduría de la ilusión: quince escenarios (1994). Taurus Ediciones, España.

La razón del mal (1993). Ediciones Destino, España.

Territorio del nómada (1993). Ediciones Destino, España.

El cansancio de Occidente: una conversación (1993). Argullol, Rafael y Trías, Eugenio. Ediciones Destino, España.

El fin del mundo como obra de arte: un relato occidental (1991). Ediciones Destino, España.

Desciende, río invisible (1990). Ediciones Destino, España.

El Quattrocento: arte y cultura en el renacimiento italiano (1988). Montesinos Editor, S.A., España.

Lampedusa: una historia mediterránea (1987). Montesinos Editor, S.A., España.

Territorio del nómada (1987). Fondo de Cultura Económica, S.L., España.

Duelo en el valle de la muerte (1986). Ayuso, España.

Leopardi: infelicidad y titanismo (1985). Montesinos Editor, S.A., España.

Tres miradas sobre el arte (1985). Icaria, España.

El héroe y el único: el espíritu trágico del Romanticismo (1984). Taurus Ediciones, España.

La atracción del abismo: un itinerario por el paisaje romántico (1983). Bruguera, S.A., España.

Disturbios del conocimiento (1980). Icaria, España.

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