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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 20 de octubre de 2017

 Blog de Rafael Argullol

El altar del dios desconocido

En el desconcierto de nuestros días siempre resurge la misma duda: ¿estamos ante un nuevo Renacimiento o ante una nueva Edad Oscura? Los más pesimistas no tienen dudas con respecto a la inminencia de un tiempo tenebroso, y ven en signos e indicios el anuncio inminente de la catástrofe, en tanto que los más optimistas -o simplemente menos pesimistas- se tranquilizan presagiando una era dorada, gracias especialmente a la ciencia y a la técnica. Lo cierto es que hay argumentos para reivindicar ambas posiciones, y quizá esto sea lo propio de cada época y de cada presente: la ambigüedad extrema del futuro y la imposibilidad de formular profecías, a no ser que uno se ampare en doctrinas religiosas o ideológicas, que siempre tienen una perspectiva visionaria del porvenir.

Bajo la advocación de un dios -fuera este de la religión o de la ideología-, el hombre se atreve al pronóstico porque la doctrina que abraza necesariamente le reclama un futuro mejor, cuando menos a largo plazo (el cristianismo ofrecía la salvación; el comunismo dibujaba la igualdad; la Ilustración se consolaba de las penurias del presente con promesas de libertad y progreso). El problema surge cuando el dios está ausente, y el altar vacío. Cuando los templos, también laicos, están deshabitados, como sucede en nuestros días, el pronóstico se hace imposible. ¿A qué juego vamos a apostar si ni siquiera sabemos las reglas del juego? Cuando el altar está vacío podemos, como máximo, adorar a los ídolos del presente -en los estadios, por ejemplo, o en los festejos lúdicos-, pero nos representa una gran temeridad, o nos produce una insoportable pereza, ir más allá de esto. Y esta indolencia, esta apatía, para bien o para mal, nos deja indiferentes ante lo que pueda suceder en un futuro siempre demasiado lejano y con escasas ilusiones de intervención en su modelaje.

Si nos interesara el pasado -que tampoco nos interesa demasiado, en estricta simetría con nuestro desinterés por el porvenir- descubriríamos hasta qué punto es decisivo el tipo de dios que ocupará el altar vacío. Porque de lo que no hay duda es de que siempre hay un dios desconocido que acaba ocupando el trono de los viejos dioses.

Hace 2.000 años Pablo de Tarso vio esto con una claridad difícil de superar. Entre sus muchos méritos el mayor era la capacidad de observación, fruto de su extraordinaria energía nómada. San Pablo, como todo observador lúcido de un mundo en transición, sabía que las ideas y los mitos circulaban con las caravanas y se discutían en las tabernas y posadas del camino. No hubo caminante capaz de competir con Pablo de Tarso, de quien se calcula que entre la conversión al cristianismo, cuando se dirigía a Damasco, y su martirio en Roma recorrió 30.000 kilómetros. De la Arabia profunda a Macedonia, de Corintio a Roma, y según alguna leyenda también a España. Viajaba casi siempre a pie, solo o con algún discípulo, a un promedio de 30 kilómetros por día.

San Pablo, hombre de convicciones firmes, no era un gran orador, pero al parecer, con su actitud y su fe, tenía una enorme capacidad de persuasión. Se impuso en las ciudades de Oriente Medio y Asia Menor. Sin embargo, tuvo grandes dificultades en Atenas. Konstantino Kavafis, en un precioso poema, ha evocado el enfrentamiento entre el predicador cristiano y los filósofos atenienses. Aunque Atenas era ya tan solo una pequeña ciudad de provincias del Imperio Romano seguía contando con potentes escuelas estoicas, epicúreas y cínicas. Los filósofos, grandes argumentadores, desarmaban al infatigable Pablo.

Hasta que este tuvo una ocurrencia genial: recordó haber visto, a las afueras de la ciudad, el altar al dios desconocido. En realidad, en la antigua Grecia, este tipo de altares no eran insólitos y en ellos se conmemoraba a los dioses sin nombre propio, un poco como en nuestra Fiesta de Todos los Santos o en nuestra Tumba al Soldado Desconocido. Pero Pablo se agarró a lo que le pareció una oportunidad y explicó que él, precisamente, anunciaba la venida de aquel dios desconocido. La estratagema surgió, al parecer, cierto efecto entre los oyentes y, aunque san Pablo abandonó Atenas sin el predicamento obtenido en otras ciudades, había logrado colocar la piedra angular del edificio en construcción. El altar estaba vacío pero pronto se llenaría con un nuevo dios que despertaría el entusiasmo de las multitudes.

Antes que Kavafis, otro poeta, Giacomo Leopardi, se había preguntado cómo una doctrina del talante de la cristiana, mucho menos sofisticada que la clásica, había terminado por imponerse en todo el Imperio Romano, y cómo fervorosos pero poco avezados predicadores, encabezados por Pablo de Tarso, habían desplazado a maestros de la palabra y del discurso de la talla de los filósofos griegos.

La respuesta la da el propio Leopardi: este mundo -el de los filósofos griegos-, pese a su decadencia imparable, era todavía brillante pero carecía de lo que el poeta italiano califica como valores de ilusión. En otras palabras, estaba falto de fuerza en medio de su exquisitez. Era un mundo sin ilusión, sin mística, la refinada sombra de una grandeza perdida. No estaba en condiciones de hacer frente a una invasión espiritual entusiasta.

Por el contrario, al mundo predicado por san Pablo, tosco en muchos aspectos, le sobraba entusiasmo y era capaz de ofrecer a la multitud el espejismo de la salvación. Tenía valores de ilusión, tenía fuerza: podía hacerse con el altar del dios desconocido. Lo ocuparía durante los 2.000 años siguientes, si bien en una parte de este periodo tuvo que compartirlo con otras ideologías que se presentaron como nuevos dioses. Las utopías sociales o ilustradas, por ejemplo.

Hoy día da la impresión de que las cosas han vuelto al punto en que las encontró el infatigable viajero Pablo de Tarso cuando, al acercarse a Atenas, divisó el altar del dios desconocido e interpretó, con razón, que el trono estaba vacío. Ninguna fuerza creavalores de ilusión, acaso con la excepción de la codicia; pero la codicia, por sí sola, únicamente reproduce el baile alrededor del Becerro de Oro al ritmo de un frenético presente continuo.

En el horizonte, aparentemente, no hay pretendientes capaces de ocupar el altar vacío. Podría suceder que el altar ya se hubiera quedado vacío para siempre y que nos hayamos adentrado en una humanidad ajena a las ilusiones, por apatía, por escarmiento o por sano escepticismo.

Sin embargo, también es posible -y probable- que ahora mismo, a pesar de nuestra ignorancia al respecto, se esté incubando el nuevo aspirante a ocupar el altar del dios desconocido. Y que de la naturaleza de ese dios dependa que nos encaminemos a una Edad Oscura o pongamos rumbo hacia un Renacimiento.

 

El País, 16/04/2011

[Publicado el 27/4/2011 a las 18:14]

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Fragmento "La tumba alemana"

Semana Santa de 1960. Ribes Roges. Me he pasado la tarde de iglesia en iglesia. A eso mis tías lo llaman «visitar monumentos ». Consiste en dejar de jugar para meterse en un ambiente tétrico con cirios y olor a incienso. Es difícil comprender todo esto de que Jesús ha muerto y pronto resucitará. Tampoco entiendo el galimatías de los ayunos y de las abstinencias, porque mis tías recomiendan una cosa y el Colegio, máxima autoridad en casi todo, otras. Es imposible saber cuándo hay que comer carne, cuándo pescado y cuándo simplemente se trata de pasar hambre.

Lo más excitante es participar por primera vez en una procesión. Este año he sentido curiosidad por lo que debían de sentir estos que van encapuchados. Cada iglesia tiene hábitos y capirotes de distinto color. El nuestro, el de la iglesia del Mar, es azul. Pero ahora me arrepiento un poco, porque el capirote me asfixia y tengo miedo de que la cera ardiente de mi cirio me caiga en la mano y me queme el ridículo guante blanco que me han hecho poner.

De repente oigo una voz que me asusta un poco. Quizá me impresiona demasiado. Una anciana ha aparecido en un callejón y entona un canto lúgubre, penetrante, que paraliza el cortejo. Después de escuchar esta saeta ya nada es igual. Olvido mi sensación de ridículo y todo me parece muy triste. Veo a varias mujeres descalzas arrastrando cadenas y, a continuación, algunos hombres disfrazados de Cristo cargan con cruces de madera. la tumba alemana

Me fijo sobre todo en uno de ellos. Lleva encima una enorme cruz que debe de pesar mucho. Suda abundantemente. Alguien del público que está contemplando la procesión le alarga un vaso de agua. Como el individuo, ocupado en cargar la cruz, no puede coger el vaso, se queda mirando la mano, no sé si de un hombre o de una mujer, que ha surgido en medio de tantas cabezas. Finalmente la mano consigue que el vaso llegue a los labios sedientos. Me quedo embobado mirando el agua deslizándose. Nunca hubiera podido imaginar que un vaso de agua fuera tan importante.

 

El placer es el haz y la compasión el envés. El regalo para el cuerpo que es el placer tiene su doble exacto en el regalo para el alma que es la compasión. De esa duplicidad, que es al mismo tiempo intimidad, nace todo lo mejor de que somos capaces: la amistad, el amor, la fiesta de los sentidos, el juego del pensamiento.

No obstante, para acceder a la doble llave del placer y la compasión, el cachorro debe aceptar el arduo lenguaje del perdón: sin capacidad para el perdón, el hombre no puede alcanzar jamás el refinamiento de los sentidos y del alma. Perdonar es maravillosamente difícil y sólo podría considerarse feliz quien no tiene nada que perdonar porque lo ha perdonado todo.

¿Y quién llega a este estado? El cachorro humano es implacable y vengativo, de manera que cuando descubre que existe el idioma del perdón se muestra sorprendido y desconcertado. Posiblemente, también dispuesto ya para una etapa distinta de su vida. El niño no perdona. Olvida pero no perdona. Y si no olvida se venga o quiere vengarse. El niño se rige por la Ley del Talión y su corta memoria está cargada de Erinias, las sangrientas deidades de la venganza. Aguarda horas e incluso años para descargar su furia. Pero un día, si tiene suerte, descubre las virtudes taumatúrgicas del perdón.

Me río de mí mismo al ver la secuencia de las sombras chinescas, la desamparada estupidez del cachorro, su furor, su sorpresa.

Visión desde el fondo del mar, pgs. 228-229 

[Publicado el 19/4/2011 a las 11:24]

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La línea de sombra

¿Alguien se acuerda del día en que descubrió que existía la sombra? Probablemente nadie. Y sin embargo, ¡qué día tan importante! De repente, me doy cuenta de que alguien, la sombra, me acompaña siempre y a todas partes. Solo la leve excepción del mediodía solar, un segundo tan solo, me libra del inseparable compañero. También la oscuridad, pero la oscuridad no es sino una multitud de sombras que nos rodea y nos abraza. O el sueño, si es que soñamos imágenes sin sombras, algo sobre lo que no nos pondremos nunca de acuerdo. El niño que acaba de descubrir su sombra se da cuenta de que no solo él tiene compañía: los otros niños también la tienen, y los adultos, y los perros y los gatos, y las casas, y las bicicletas. El mundo entero tiene un compañero del que no puede desprenderse. Las sombras son los testigos más fieles de nuestras vidas y, no obstante, no tenemos ni idea de la hora en que empezó para cada uno de nosotros ese testimonio. ¿Cómo sería un mundo sin sombras? ¿Más infeliz? ¿Más dichoso?

Es difícil responder a esta cuestión. Pero tenemos una pista en la historia de la pintura. A los pintores, por la razón que sea, les costó incorporar las sombras a su obra, no, obviamente, por insuficiencias técnicas sino, quizá, por un devoto respeto hacia la luz. Mi época favorita -o al menos la que me induce a un gozo mayor-, el Quattrocento toscano, permaneció casi ajena al tratamiento de la sombra. Aquellos maravillosos pintores, que llegaron a saberlo todo del arte de la pintura, se mostraron reacios en el momento de aceptar la sombra. En Ghirlandaio y Botticelli no la hay, como tampoco la hay en el gran Piero della Francesca, para quien todo, los colores y las formas, estaba al servicio de la luz. Estos florentinos, que vivieron en un tiempo atravesado por la violencia y fueron desprejuiciados con respecto a la mayoría de las cosas, demostraron un extremo celo en defensa de la luz. El universo de las sombras debía quedar al margen, sino del mundo sí del mundo ideal que creaba la pintura. Pero cuando se coló la primera sombra en la representación las sombras se apoderaron de todo. Miguel Ángel abrió la puerta hacia la poderosa negrura de Caravaggio, y tras éste las sombras se enseñorearon de la pintura europea.

No sé si aquella pintura florentina ha sido la mejor pero sí pienso que ha sido la más gozosamente serena. La causa no es tanto la ausencia de sombra, sino la negativa a dar un protagonismo radical a la frontera que separa la sombra de la luz. Porque, en efecto, el descubrimiento indisociablemente unido al de la sombra, aunque mucho más inquietante, es el de la línea de sombra. Apuesto a que el niño advierte la existencia de un territorio completamente ajeno a la niñez, algo que estará siempre dominado por la incertidumbre, desde el instante mismo en que advierte el cerco de las líneas de sombra. Simétricamente también para el viejo, esa frontera, la más intangible, es la que le transporta a las otras fronteras, a las ya vividas y a la que falta por vivir. La línea de sombra, aunque en apariencia solo sea el contraste entre las zonas de luz y de oscuridad, es puro tiempo; informa de las edades del hombre, informa de las gradaciones entre la vida y la muerte. Por eso, los genios florentinos pretendían ignorarla, y por la misma razón Caravaggio la recordaba siempre.

Si en la pintura la expresión de la línea de sombra exige el choque cromático violento, el torbellino de la forma, en la literatura el escenario idóneo es la calma, cuanto más absoluta mejor. En el espejo de la quietud se reflejan las líneas de sombra con una nitidez extraordinaria. De ahí que los escritores no hayan elegido la tempestad, sino la bonanza, cuando han querido escenificar los poderes de la línea de sombra sobre la condición humana. La tempestad introduce el caos pero también la resistencia y el coraje; por el contrario, la bonanza, la exasperante bonanza de días tediosamente iguales, invita a la laxitud y al desamparo. Nada se mueve, con la salvedad de la línea de sombra que, como la minutera de un reloj implacable, marca la tierra a fuego.

O el mar. De hecho, un mar en calma, sin viento, con las velas obligadamente caídas ha sido la escenografía favorita de los poetas que han rendido homenaje a la obsesión por la línea de sombra. Así era el mar que desesperaba a los griegos, camino de Troya, y que exigió el sacrificio de Ifigenia por parte de su propio padre, Agamenón. Así también era el gélido mar austral en el que queda encallado el buque del protagonista de la Oda del Viejo Marinero de Coleridge. Sin embargo, quien mejor supo explotar la potencia simbólica de la línea de sombra fue Joseph Conrad en un relato titulado precisamente así, La línea de sombra. Maestro en la descripción de tormentas y naufragios, Conrad alcanza su cima literaria al narrarnos los espejismos y trampas de una terrible bonanza. En medio del aislamiento y la inmovilidad el protagonista percibe "la misteriosa calma de las fuerzas del mundo". La línea de sombra, con impecable regularidad, marca ante sus ojos las horas y los días. Finalmente, todo -juventud, muerte, nacimiento incluso- está al otro lado de la sombra.

Lo cierto es que esta parece ser también nuestra situación. La esperanza es que, como ocurre en el relato de Conrad, una repentina ráfaga de aire cambie nuestra perspectiva. Entonces nos olvidamos del reloj de sombras y, con el viento ya a favor, marchamos alegremente en busca de una nueva tempestad.

El País, 10/04/2011

[Publicado el 12/4/2011 a las 10:11]

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Fragmento "Poema de la serpiente"

(3)

Cuántos buenos sentimientos

suscita una imagen,

el hermoso e inofensivo retrato,

la piel sin carne:

todo armonía,

todo promesas,

todo nostalgia

de una edad de oro,

como los viejos retratos de familia.

Pero pongamos

carne a la piel,

tiempo a la silueta,

memoria al instante

y el instinto saltará

de un lado a otro

y penetrará todos los poros

a la busca de goce

sin dejarse domesticar

por promesas y nostalgias

o por buenos sentimientos.

Adherida la carne

a la apariencia

el bárbaro ocupa

la benéfica cabaña

de nuestra santidad.

El amor desciende

por una sima interminable

y los dulces ideales

son violentas convulsiones.

Pero quizá el retrato,

la hermosa imagen,

reaparezca allá

sobre la pútrida agua estancada

al final del pozo.

Quizá los repulsivos insectos

del abismo

anuncian las estrellas.

 

Poema de la serpiente

[Publicado el 04/4/2011 a las 09:30]

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El póstumo (fragmento)

Hubo una escuela de pintores bizantinos, en la época de Justiniano, que se encerraban en total oscuridad antes de empezar a pintar sus iconos. Durante días y días permanecían recluidos en la celda de un monasterio con la ventana tapiada para evitar que entrara la luz. Sólo se les podía servir comida y bebida por la noche, pero sin la ayuda de cirios ni antorchas. El emisario dejaba los alimentos al pie de la puerta y luego desaparecía, asegurándose de que ningún rastro de luz alterara la oscuridad de la celda.

El recluido tenía que acostumbrarse a esta forma de muerte que para un pintor es la tiniebla. Naturalmente, al principio no divisaba nada, e iba de un rincón a otro de la celda a tientas.Luego, aunque el espacio permanecía en la misma oscuridad, sus pupilas empezaban a orientarse y a distinguir matices en la penumbra. Con el paso de los días aprendía que esos matices, casi imperceptibles al inicio, eran formas bien contrastadas que le transportaban a un mundo que le había sido completamente invisible en los primeros momentos del encierro.

El pintor únicamente se consideraba preparado, y por tanto listo para salir de la celda y comenzar el icono, cuando ese nuevo mundo de formas que había emergido de la oscuridad le resultaba suficientemente diáfano como para proceder a reproducirlo en la tabla. Liberado del encierro, el pintor era cuidado por unos ayudantes que le facilitaban su adaptación gradual a la luminosidad. Cuando, ya adaptado, el pintor daba inicio a su obra, lo que tenía que reflejar no era lo que le envolvía, distorsionado por la excesiva luz de las cosas cotidianas, sino aquel escenario que había descubierto en la oscuridad. Para la escuela a la que pertenecía este pintor bizantino, era necesario morir para ver más lejos y con mayor claridad.

Visión desde el fondo del mar, pgs. 37-38

[Publicado el 25/3/2011 a las 10:30]

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Decálogo de deseos imposibles para una ciudad

1.    Quiero que no gane siempre el que más grita o el más gracioso. En consecuencia:

2.    No quiero tertulianos

3.    Quiero silencio. En consecuencia:

4.    No quiero lumpenturismo ni barbarie ni estupidez

5.    Quiero lentitud del goce. En consecuencia:

6.    No quiero fast-food, en ninguna de sus modalidades, incluida la supuestamente   espiritual

7.    Quiero una ciudad librepensadora. En consecuencia:

8.    No quiero una ciudad que se miente a sí misma.

9.    Quiero vivir en Barcelona. En consecuencia:

10.  No quiero vivir en Barcelona.

[Publicado el 18/3/2011 a las 06:15]

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El castillo del ángel

Lo que más llama la atención de la escalera de Palladio, observada desde el último piso, es que la caracola parece zambullirse en el fondo marino: la alfombra roja, bastante gastada, desciende en una espiral vertiginosa, como arrastrando a los eventuales huéspedes del castillo hacia el pozo sin fondo. Pese a la suntuosidad palladiana el efecto es inquietante, adecuado a la atmósfera turbadora del entero castillo de Duino, una fortaleza volcada sobre el Adriático a una treintena de kilómetros de Trieste. Si esta ciudad goza de una justa fama de melancolía, Duino parece la quintaesencia de esa melancolía cincelada por la bruma. De un modo particular en invierno, cuando los visitantes escasean y el frío húmedo cala los huesos. El propio castillo, si exceptuamos la espléndida escalera, es de una sobriedad desazonadora. Desde las ventanas se divisan, sobre las rocas, los restos del antiguo castillo medieval, negros y azotados por las olas. Dos de los pisos están ocupados por una colección de instrumentos musicales, sobre todo, violines. En las otras estancias hay múltiples vitrinas con testimonios y fotografías de Rainer Maria Rilke y de su protectora, la princesa Marie von Thurn und Taxis, a la que se alude con frecuencia con el nombre italianizado: Maria della Torre e del Tasso.

Y no puedes dejar de preguntarte cómo debían de ser las estancias del poeta de Praga en este castillo que daría nombre a uno de los libros fundamentales de la poesía moderna, las Elegías de Duino. Naturalmente, era muy distinto si estaban o no la princesa y su familia. En el primer caso, según los testimonios de la época, se organizaban brillantes veladas musicales y, es de suponer, otras actividades sociales. Pero, a menudo, Rilke pasaba temporadas solitarias en el castillo. Si lo juzgamos con los ojos del visitante actual, esa soledad podía ser muy dura, y no cuesta mucho imaginar al poeta contemplando la última luz del día hundiéndose tras las piedras negras del antiguo castillo y enfrentándose una vez más al hermoso abismo concebido por Palladio.

En realidad, las Elegías de Duino reflejan los altibajos de un espíritu sometido a una tensión excepcional. Al contrario de lo que sucedió con los posteriores Sonetos a Orfeo, escritos en un tiempo muy breve, las Elegías fueron una obra de difícil y dilatada concepción, cien veces abandonadas y reiniciadas, mientras Rilke saltaba de país en país, o, más bien, escapaba de refugio en refugio. Es difícil encontrar otro escritor en el que una frontera tan nítida separara periodos de asombrosa creatividad de otros periodos vividos bajo la permanente amenaza de un presente apático y un futuro estéril. Rilke construía magníficos edificios de la imaginación mientras se reconocía incapaz de establecerse en ninguna morada estable.

Esto contribuye a explicar el extraño nomadismo del poeta: habitó decenas de casas prestadas y nunca tuvo un domicilio propio. Recorrió Europa de un extremo a otro, desde Rusia -adonde viajó con Lou Andreas Salomé y se entrevistó con Tolstoi- hasta España, en la que la decepción por la ansiada Toledo se vio recompensada por la sorpresa espiritual de Ronda, el lugar de su reinicio como poeta. Entre ambos extremos, Rilke visitó casi todos los países de Europa, hasta el punto de que es imposible encontrar un escritor más europeo que él. Incluso en la lengua: era praguense, pero escribía en alemán; escribía en alemán pero declaraba preferir el francés; prefería la lengua francesa pero fantaseaba con la idea de convertirse en un escritor "en ruso", como le comunicó al director de un periódico de San Petersburgo. Rilke apostaba por la trashumancia a través de países y de idiomas. Tenía en la cabeza el ideal cosmopolita de Europa. Por eso sufrió con espanto moral el estallido de la I Guerra Mundial, acontecimiento que agudizó esa tendencia suya a considerarse un refugiado; un refugiado de lujo, si se quiere, de castillo en castillo.

El de Duino fue muy importante para él, de creer sus palabras. La pregunta, sin embargo, es ¿cómo lo vivió?, ¿cómo debían de ser las noches y los días en el castillo abruptamente cortado sobre el acantilado? Lo que vemos ahora pertenece a nuestro tiempo y a nuestras trampas: la colección de instrumentos, la pequeña tienda de recuerdos, el café regentado por un tipo malhumorado, la amplia terraza con vistas al mar Adriático donde, en verano, según reza un cartel, se celebran convites de bodas y bautizos, seguramente para subsanar las penurias presupuestarias del que fue feudo de la poderosa familia Thurn und Taxis. El propio Rilke está fosilizado en forma de documentos, autógrafos y fotografías sobre los almohadones de color verde botella encerrados en las vitrinas para la contemplación de los turistas ligeramente ilustrados.

Pero, ¿cómo era para él entonces? ¿Cuánto hubo de realidad y cuánto de sueño en aquellas horas solitarias, si es que se le puede pedir a alguien que conteste a esta pregunta? ¿Dónde, en qué instante se topó la imaginación de Rilke con el maravilloso ángel de las Elegías de Duino? ¿Fue en la boca abismal de Palladio o fue al mirar por la noche los rastros de la negra fortaleza medieval o fue en cualquier otro lugar del castillo? Imposible saberlo. No obstante, curiosamente, en medio de la fantasmagoría, si algo parece verdad en Duino es el vuelo del ángel. Sus alas rozan levemente el aire, y ese sonido es el mismo que encontramos en un verso de Rilke: "Tú has de cambiar tu vida."

El País, 13/02/2011

[Publicado el 11/3/2011 a las 12:15]

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Europa cobarde, Europa libre

El lado oscuro de Europa lo conocemos bien: durante cinco siglos -hasta el pasado- nuestro continente colonizó y saqueó el resto del mundo. En América los europeos acabaron con poblaciones enteras y civilizaciones imponentes, y en el África de hoy todavía son bien visibles las fronteras del expolio, con ese mapa geométrico trazado en las cancillerías europeas para repartir el botín y que, al no respetar las tradiciones e identidades locales, ha sido después, tras las independencias de esos países, motivo continuo de conflictos sangrientos. Tampoco Asia se libró, por supuesto, de la furia depredadora e imperial europea, que durante mucho tiempo consideró a antiguas civilizaciones del calibre de la china o la india como productos primitivos y exóticos. Con razón, ese lado oscuro ha sido estudiado minuciosamente por los historiadores, porque durante cinco siglos la globalización dirigida por Europa, casi siempre con violencia, preparó el escenario del mundo que ahora contemplamos. Los no europeos nos recuerdan a menudo nuestro lado oscuro, para reprocharnos el pillaje sufrido o simplemente para justificar situaciones actuales, y muchos europeos también nos lo recordamos de tanto en tanto, bien por sinceridad, bien para gozar de una buena conciencia.

Lo que no es nada evidente es que unos y otros nos acordemos, aunque sea levemente, del lado luminoso de Europa. Es posible que los no europeos se muestren insensibles a cualquier indicio de esta luz, sea porque la desconozcan o desprecien, sea porque la "rica" y "tecnológica Europa" interesa por otra cosa, como tierra de migración, y no por sus supuestos valores morales y espirituales (es difícil aceptar la moralidad y la espiritualidad de la cultura que te ha oprimido).

Más extraordinario es que los propios europeos no parezcan ya en condiciones de reconocer, con cierta convicción y consecuencia, el lado luminoso que también alimenta su herencia. Dicho brutalmente: una Europa cobarde y acomodaticia se ve incapaz de defender su patrimonio espiritual, al que sistemáticamente camufla u oculta con el ánimo de preservar privilegios económicos que hagan más llevadero el implacable declive. Como si estuviera vencida de antemano, Europa disimula su mejor legado para conservar, triste y groseramente, prebendas para las que intuye que hay una fecha de caducidad.

Durante muchos años he denunciado -y sigo denunciando- las tropelías históricas de Europa, pero desde hace tiempo encuentro necesario recuperar un sentimiento de autoestima fundamentado en lo que vengo llamando, aquí, el lado luminoso.Curiosamente esta necesidad se me hizo más patente a grandistancia de las fronteras europeas, en Benarés, durante las muy estimulantes conversaciones con el pensador indio Vidya Nivas Mishra acerca de las afinidades y distancias entre las mentalidades europea e india, que culminaron en un libro conjunto.

Aunque soy un gran admirador de la tradición hindú y Mishra -fallecido poco después en un accidente de automóvil- era un hombre en extremo convincente, pronto me di cuenta de que estábamos situados en miradores radicalmente diferentes. Mientras en mis palabras aludía siempre al "yo" -un "yo" bastante desamparado, por cierto, falto de cobertura religiosa o ideológica, al menos en mi caso-, Mishra siempre se refería a "nosotros", pero no a un "nosotros" puramente actual, sino a una entidad colectiva que se remontaba cuatro milenios atrás. (Los mismos, elocuentemente, de existencia de Benarés, junto con Damasco la ciudad más antigua continuamente habitada). Esta circunstancia, pensé entonces, a lo largo de nuestras charlas, otorgaba una imbatible superioridad al punto de vista de Mishra sobre el mío.

Ese hombre, me dije, habla con la enorme seguridad de saberse acompañado por millones de compatriotas cohesionados por el flujo continuo de miles de años, en tanto que yo -¡otra vez el solitario yo!- tenía que presentarme como representante exclusivo de mí mismo y, cuando aludía al pasado, tenía que hablar de un río, el de la civilización europea, constantemente interrumpido por diques y cambios abruptos de cauce. Mi posición en el diálogo era claramente desfavorable pues, frente a la fortaleza de la continuidad que dibujaba mi interlocutor, yo, como europeo, no podía dejar de mencionar nuestros constantes virajes y revoluciones, de la antigüedad clásica al medievo cristiano, del renacimiento a la ilustración y a la modernidad. Europa se había negado y reinventado constantemente de manera revolucionaria hasta el punto que, en nosotros, tradición y revolución se requerían mutuamente y eran, casi, una misma cosa.

En Benarés, tan lejos de Europa, me di cuenta de que este era, precisamente, el rasgo esencial del pensamiento europeo y que, si bien era cierto que a lo largo de la historia habíamos ejercido como invasores y expoliadores implacables, no era menos cierto que habíamos conseguido desarrollar un "instinto" para la crítica y la autocrítica del que carecían, por lo que yo sabía -aunque, desde luego, podía equivocarme- las otras regiones del mundo. En el último día de nuestras conversaciones traté de explicarle esta singularidad europea a Vidya Nivas Mishra aludiendo al destino de Antígona y al hecho de que, en la tragedia de Sófocles, se daba carta de naturaleza a la libertad individual como el motor de la condición humana. Le añadí que, con este presupuesto, era imposible que el pensamiento no fuera el escenario de la crítica y la autocrítica, y que la historia no fuera sino una sucesión de revoluciones, de sacudidas ansiosas de libertad, que obligadamente me dejaban a mí en soledad frente a sus milenios de comunidad espiritual. Pero no estoy seguro de que me comprendiera pese a su permanente sonrisa afable e inteligente.

Y creo, en efecto, que este es nuestro lado luminoso, el haz de libertad que brilla en medio de la oscuridad a la que, con tanto afán sangriento y codicioso, hemos contribuido. Hemos destruido mucho pero, en la estela de Antígona, hemos apostado con frecuencia por la libertad de conciencia, incluso contra la omnipresente "razón de Estado" (confundida, en ocasiones, con la "razón de Dios") en la que encuentran cobijo tantas tradiciones del mundo que nos rodea.

Esta es la gran lección del humanismo europeo, antiguo y moderno, lección que los europeos actuales, sumidos en la molicie mental y refugiados en una concepción gélida y burocrática de Europa, se empeñan en olvidar. La vergonzosa actitud de la comunidad europea ante los recientes acontecimientos en los países del norte de África -todos ellos antiguas colonias europeas- no son sino la lóbrega coronación de un silencio culpable que se repite ante cada hecho que incomoda la seguridad senil y avariciosa de un continente que omite cualquier construcción moral ante la vigilancia de los "mercados". Europa calla ante cualquier atropello de los derechos individuales -proceda este de reyezuelos, como los de Túnez o Uzbekistán, o de emperadores, como en el caso chino-, siempre temerosa de que cualquier gesto le suponga la definitiva retirada de prebendas que -y esto aumenta el miedo- consideran ya medio perdidas bajo la espada de Damocles de la decadencia.

Y este es, sin duda, el camino peor porque, afortunadamente obsoleta su función saqueadora, la única auténtica riqueza de futuro que le queda a Europa es Antígona. Quiero decir: la reivindicación de la libertad individual de conciencia, el derecho a la crítica, la necesidad de la autocrítica. Esta, la razón del individuo, es el bien único, espléndido, que todavía podemos exportar y que aún puede ganarnos un respeto en el mundo. Acobardados y sumisos ante la razón de Estado solo nos queda prepararnos para ser unos obedientes y eficaces esclavos.

El País, 16/02/2011


[Publicado el 20/2/2011 a las 12:41]

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La biblioteca que escapó del fuego

 Como estamos mucho más habituados a las imágenes de libros en las hogueras, resulta difícil de imaginar el proceso contrario: la salvación de una gran biblioteca del acecho de las llamas. La de Alejandría fue incendiada varias veces, y tenemos abundantes noticias sobre quema de libros en cualquier época sometida al fanatismo, hasta el pasado más reciente. Por eso llama la atención lo ocurrido con la Biblioteca Warburg. Curiosamente, todo fue muy rápido, pese a que las negociaciones secretas entre los alemanes y británicos implicados en el plan de salvación de la biblioteca fueron largas y laboriosas. A principios de 1933, Hitler alcanzó el poder, y a finales de ese mismo año los volúmenes que Aby Warburg había reunido en el transcurso de cuatro décadas ya se encontraban en su nueva morada londinense. Los acontecimientos se precipitaron, sometidos al vértigo sin precedentes de un periodo que culminaría en el mayor desastre de la historia. Los continuadores de la obra de Aby Warburg -pues este había fallecido un lustro antes- pronto advierten que será imposible proseguir con su labor bajo la vigilancia nazi. En consecuencia, empiezan los contactos destinados al traslado. Primero se piensa en la Universidad de Leiden, en los Países Bajos, donde escasean los fondos para el futuro mantenimiento. Después, en Italia, el lugar más adecuado de acuerdo con el contenido de la biblioteca, pero el menos fiable tras el largo Gobierno de Mussolini. Finalmente, se impone la opción británica. Eric M. Warburg, hermano de Aby, escribió una crónica pormenorizada de las negociaciones que, como apéndice, se incluye en el recién publicado texto de Salvatore SettisWarburg Continuatus. Descripción de una biblioteca (Ediciones de la Central y Museo Reina Sofía). El relato nos introduce en una trama de alta intriga.

¿Por qué era tan singular la Biblioteca Warburg? Es difícil obtener una respuesta unívoca. De la lectura del libro de Salvatore Settis, así como de la del también reciente y muy recomendable ensayo de J. F. Yvars Imágenes cifradas (Elba), se desprende una suerte de paisaje de círculos concéntricos según el cual la misteriosa personalidad de Aby Warburg abrazaría la estructura de su biblioteca, del mismo modo en que los hilos de la telaraña no pueden comprenderse sin el instinto constructor del propio insecto. También las explicaciones, ya clásicas, de Fritz Saxl, Ernst Cassirer, Erwin Panofsky o E. H. Gombrich sobre el maestro de Hamburgo apuntan en la misma dirección. Lo que podríamos denominar el caso Warburg se refiere a un hombre que dedicó su vida a la formación de una biblioteca que, con el tiempo, sería muchos mundos al unísono: un edificio, construido en Hamburgo por el arquitecto Fritz Schumacher, que debía inspirarse en la elipse orbital de Kepler; un laberinto que atrapaba al visitante, según Cassirer; una colección organizada de acuerdo con criterios sutiles y completamente heterodoxos, todavía no enteramente dilucidados; un polo espiritual que magnetizaba a cuantos se acercaban y que daría lugar, primero en Alemania y luego -póstumamente respecto al fundador- en Reino Unido, a la más prestigiosa tradición contemporánea en el territorio de la Historia del Arte.

En el centro de la telaraña, el hombre, Aby Warburg, continúa siendo un misterio, alguien mucho más evocado que leído, a pesar de que últimamente crece la edición de sus escritos, incluido su crucial Atlas Mnemosyne (Editorial Akal), comparado, con razón, por Yvars con el Libro de los pasajes de Walter Benjamin. De Aby Warburg siempre se recuerdan dos circunstancias que acotan su trayectoria vital. De sus últimos años se saca a colación la enfermedad nerviosa que motivó su internamiento en un sanatorio y, en el otro extremo de su biografía, se alude al adolescente que, en un gesto bíblico, renunció a su primogenitura en el seno de una familia de la gran burguesía hamburguesa a condición de que, en el futuro, siempre dispusiera de los fondos necesarios para adquirir cuantos libros quisiera. A los 13 años, la edad en que se produjo esa renuncia, Aby parecía haber adivinado ya sus dos pasiones futuras: coleccionar libros y organizar de manera revolucionaria su colección. El resultado fue, sobre todo después de la construcción del edificio que obedecía a sus innovadores criterios, una biblioteca radicalmente distinta a las demás.

Las estanterías de la Biblioteca Warburg reunían volúmenes que guardaban entre sí "afinidades electivas", lo cual suponía extraños alineamientos de arte, medicina, filosofía, astrología o ciencias naturales alrededor de unas imágenes simbólicas que, aisladas en cada especialidad, perdían su fuerza genealógica. Así, por ejemplo, y para horror de los historiadores ortodoxos, en los paneles del Atlas Mnemosyne Warburg juntaba motivos alegóricos, fragmentos de cuadros, emblemas esotéricos, fórmulas matemáticas o grabados sobre la circulación sanguínea en un solo plano de múltiples relaciones. Gracias a esas "afinidades electivas", el historiador podía excavar el pasado a través de múltiples túneles que se iban entrecruzando en el subsuelo de la memoria(Mnemosyne era el frontispicio que presidía la Biblioteca Warburg). Esta idea, susceptible de ser aplicada a toda la historia de la cultura, era particularmente importante al tratar de identificar las fuentes antiguas del arte renacentista, como demostró el mismo Aby Warburg con sus extraordinarias radiografías de El nacimiento de Venus y La Primavera de Botticelli. Sus discípulos experimentaron pronto que su biblioteca, lejos de ser un archivo inerte, era un organismo vivo que trasladaba a la imaginación por las diversas islas del conocimiento.

Lo que los dos barcos de vapor transportaban aquella gélida mañana de diciembre de 1933 no eran solo miles de libros cuidadosamente escogidos a lo largo de décadas, sino la semilla de una sabiduría singular que daría frutos magníficos. Parece que la decisión del municipio de Hamburgo de prestar por tres años la Biblioteca Warburg irritó sobremanera a la Cancillería del Reich en Berlín. Empezaban las hogueras por todas partes y, desde luego, era escandaloso que se hubieran escapado sigilosamente 60.000 posibles víctimas.

El País, 29/01/2011

 

[Publicado el 01/2/2011 a las 08:20]

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La arteria de la memoria

Hubiera tenido que darme cuenta mucho antes pero no reparé en el hecho hasta este último verano, durante un viaje por el noroeste de Sicilia que me llevó a la región asolada por el gran terremoto de 1968: en medio de las ruinas de las civilizaciones antiguas; en Grecia o el Asia Menor, por ejemplo, en las ciudades bizantinas abandonadas de Siria, o en la propia Sicilia, por los alrededores de Siracusa o en el valle de los Templos de Agrigento. Junto a las columnas, o abrazadas con la piedra quebrada de los frisos, aparecen robustas higueras de tronco retorcido y de apariencia tan antigua como los vestigios que custodian. Esta hermandad entre las ruinas y las higueras deambulaba por mi cabeza, sin haber adquirido forma fija, hasta que en ese reciente viaje siciliano se despertó la evidencia al contemplar el demolido trazado urbano de varios municipios sacrificados a la furia niveladora del seísmo.

 

Mis guías me condujeron hasta Santa Margherita di Belice y Poggioreale. En ambos casos la devastación había sido completa. Entre los esqueletos de los edificios irrumpían, además de la maleza, árboles crecidos a la sombra de cuatro décadas transcurridas desde el terremoto. Sin embargo, las reinas indiscutibles eran las higueras majestuosamente plantadas en el centro de lo que habían sido las calzadas de la ciudad, y ahora emergían como extraños espacios en los que se advertía el halo de misterio y el silencio que alimentan la tierra de nadie.

Como eran los últimos días de verano, en pleno septiembre, las higueras habían dado ya sus frutos y se podía oler el aroma intenso, como de cuerpos exhaustos tras el amor, de los higos aplastados contra la tierra. En medio de cada calle había, al menos, una de esas higueras benefactoras que había crecido entre la nada para compensar la desolación de los supervivientes. Y tal circunstancia se repetía siempre, en todos los pueblos destrozados por el terremoto de hace cuarenta años.

La única excepción a esta ley era Gibellina Vecchia (la anterior ciudad, arrasada por el seísmo, pues la Nuova Gibellina está alejada unos kilómetros de la urbe original). Ahí no había nacido ninguna higuera pues, en este caso, las ruinas habían sido convertidas en un gigantesco laberinto mediante la intervención, en los años inmediatamente posteriores al caos, del artista Alberto Burri, quien cortó a una misma altura los derruidos muros de las casas y encapsuló con hormigón los restos de la ciudad. Todo fue iniciativa de un ilustrado y extravagante personaje, el senador Ludovico Corrao, quien todavía hoy, a sus noventa y pico años, muestra ágilmente y con indisimulado orgullo el anfiteatro que hizo construir al pie de aquel laberinto espectral con el objetivo de representar, en las noches de julio, las grandes obras de la tragedia griega. De este modo, los espectadores convocados por Corrao -quien fue, durante años, alcalde de Gibellina- pudieron asistir a las sesiones dedicadas a Sófocles y Eurípides y al logro mayor de aquel teatro a la luz de la luna: la puesta en escena, completa, de la trilogía de la Orestíada.

La intervención de Alberto Burri, como otras de otros artistas que acudieron a Gibellina respondiendo al llamamiento de Ludovico Corrao, suscitó en su momento encendidas controversias. Hoy el visitante tiene la sensación de ir a la deriva en el interior de una colosal tumba, poderosa como escultura incrustada en la naturaleza pero ajena a toda idea de resurrección. Entre las ruinas sarcófagos de la desaparecida Gibellina, sin higueras que saluden con sus brazos retorcidos, el mundo parece doblemente muerto. Quizá fuera ésta también la impresión de uno de los artistas europeos convocados para luchar contra los efectos del terremoto, Joseph Beuys, el cual se situó en una perspectiva exactamente opuesta a la de Burri. Si éste había lacrado el ataúd donde yacía el cadáver, Beuys optó por la posibilidad simbólica del renacimiento.

Para conseguirlo el artista alemán ideó un bosque alargado en forma de sendero que unía los restos de Gibellina con el cementerio de la ciudad que, distanciado de ésta, sobre una colina había permanecido intacto, sin sufrir los estragos del seísmo. Aparentemente -pues no hay ningún documento que lo atestigüe- se trataba de crear una corriente que, siguiendo la ley de los vasos comunicantes, pusiera en contacto el depósito de pesado contenido en los sepulcros con el vacío del presente que siguió a la destrucción. Las funciones habituales se invertían, y era la morada de los muertos la que procuraba nueva existencia a la exterminada morada de los vivos. Si esta presunción es cierta el bosque de Beuys quería ser la arteria de la memoria que nutriera el renacimiento del corazón de Gibellina. Pero no podemos pasar de las conjeturas puesto que el proyecto de Beuys nunca se llevó a cabo. Esto no es obstáculo para que, una vez que te lo han relatado, encuentres la idea plenamente consecuente y el invisible camino del bosque aparezca con claridad entre el camposanto y la ciudad arruinada. O, al menos, esto es lo que me ocurrió a mí.

Visité el hermoso cementerio, a media mañana, bajo el sol tórrido del declinante verano siciliano. Las tumbas abarrocadas estaban abiertas con imágenes de santos y vistosos jarrones de flores secas. De tanto en tanto, algún mausoleo suntuoso con verjas y ángeles custodios. No era difícil imaginar el flujo del aura deslizándose por los muros del cementerio y, luego, a través del bosque invisible, hacia el valle, hasta inundar de recuerdos la destruida Gibellina. Cuando esto ocurra por fin no hay duda que una vigorosa higuera brotará en el centro de la gran ruina y renovará la tierra.

El País, 09/01/2011

 

[Publicado el 18/1/2011 a las 12:48]

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Foto autor

Biografía

Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de treinta libros en distintos ámbitos literarios. Entre ellos: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura: Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre). Como escritura transversal más allá de los géneros literarios ha publicado: Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, Visión desde el fondo del mar. Recientemente, ha publicado Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida (2013) y Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza (2013).

Ha estudiado Filosofía, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona. Estudió también en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Fue profesor visitante en la Universidad de Berkeley. Ha impartido docencia en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002), y los premios Cálamo (2010) y Ciudad de Barcelona (2010) con Visión desde el fondo del mar. 

Bibliografía

Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio
y la celebración de la belleza
(Acantilado, 2013)

 
Una educación sensorial. Historia personal del desnudo
femenino en la pintura
(Acantilado 2012)
Visiones desde el fonde del mar (Acantilado, 2010).
MICROSITE DEL LIBRO

 

Publicaciones principales

POESÍA
- Disturbios del conocimiento. Barcelona: Icaria Editorial, 1980.
- Duelo en el Valle de la Muerte. Madrid: Editorial Ayuso, 1986.
- El afilador de cuchillos. Barcelona: El Acantilado. Quaderns Crema, 1999.
- El poema de la serpiente. Badajoz: Asociación Cultural Littera Villanueva, 2010.
- Cantos del Naumon. Libros del Aire. Colección Jardín Cerrado, núm. 5, 2010.

NARRATIVA
- Lampedusa. Barcelona: Editorial Montesinos, 1981.
- El asalto del cielo. Barcelona: Editorial Plaza & Janés, 1986.
- Desciende, río invisible. Barcelona: Editorial Destino, 1989.
- La razón del mal. Premio Nadal 1993. Barcelona: Editorial Destino, 1994.
- Transeuropa. Madrid: Alfaguara Ediciones, 1998.
- Davalú o el dolor. Madrid: RBA, 2001.
- Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida. Barcelona: Quaderns Crema, 2013.

ENSAYO
- El Quattrocento. Barcelona: Editorial Montesinos, 1982.
- La atracción del abismo. Barcelona: Editorial Bruguera, 1983. Reeditado 2006.
- El Héroe y el Único. Madrid: Taurus Editorial, 1984.
- Tres miradas sobre el arte. Barcelona: Icaria Editorial, 1985.
- Leopardi. Infelicidad y titanismo. Barcelona, 1986
- Territorio del nómada. Barcelona: Ediciones Destino, 1986.
- El fin del mundo como obra de arte. Barcelona: Ediciones Destino, 1990. Reeditado 2007.
- El cansancio de Occidente (en colaboración con Eugenio Trías). Barcelona: Ediciones Destino, 1994.
- Sabiduría de la ilusión. Madrid: Taurus Editorial, 1994.
- Aventura. Una filosofía nómada. Barcelona: Nuevas Ediciones Debolsillo, 2000.
- Una educación sensorial. Historia personal del desnudo femenino en la pintura. Madrid-México: Fondo de Cultura Económica, 2002. Barcelona: Editorial Acantilado, 2012.
- Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra. Barcelona: Ediciones Destino, 2003.
- Del Ganges al Mediterráneo: un diálogo entre las culturas de India y Europa (en colaboración con Vidya Nivas Mishra). Madrid: Siruela, 2004.
- Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza. Barcelona: Editorial Acantilado 2013.

ESCRITURA TRANSVERSAL
- El cazador de instantes. Barcelona: Ediciones Destino, 1996. Reeditado 2007.
- El Puente de Fuego. Cuaderno de Travesía, 1996-2002. Barcelona: Ediciones Destino, 2004.
- Enciclopedia del crepúsculo. Madrid: El Acantilado, 2006.
- Breviario de la aurora. Barcelona: El Acantilado, 2006.
- Visión desde el fondo del Mar. Barcelona: Editorial Acantilado, 2010. Premio Cálamo 2010. Premio Ciudad de Barcelona 2010.

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