PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 24 de marzo de 2017

 Blog de Rafael Argullol

Prestigios florentinos

Disfrutando de la exposición del Museo Thyssen en torno al retrato de Giovanna Tornabuoni pintado por Domenico Ghirlandaio no tuve más remedio que pensar, una vez más, en el enigma creativo de la Florencia del Renacimiento. Dicho de otro modo: tras la silueta perfecta de Giovanna, más allá de su cuello largo y refinado, se escondía un extraño mundo lleno de violencia que había albergado la mayor concentración de talentos artísticos de la Historia. ¿Cómo podía haber sucedido esto en una ciudad relativamente pequeña, diezmada por la peste negra y sometida a una implacable guerra de clanes de la que ya había dado testimonio Dante en La divina comedia?

Recuerdo que esta pregunta me fascinaba ya hace mucho tiempo cuando, como estudiante, me planté en Florencia para realizar una tesis doctoral que nunca llegaría a su fin. La primera vez que uno va a Florencia se da cuenta de que lo que allí hay supera con mucho lo que hubiera podido imaginar. Parece imposible que gran parte de lo que ve se haya creado en un centenar de años. Cuando, luego, se buscan explicaciones casi ninguna es eternamente satisfactoria. Los historiadores se refieren a causas económicas, sociales, políticas, organizativas. Todas ellas son plausibles pero insatisfactorias para lo que aparece a los ojos como un milagro, como una suerte de golpe de mano del hombre para elevar el listón de la belleza hasta cotas inalcanzables. Pero ¿por qué en esa época y por qué en Florencia? A Orson Welles le gustaba comprobar -injustamente- la esterilidad creativa de la plácida Suiza con la exuberancia artística de aquella turbulenta Florencia, marcada por asesinatos y conspiraciones, en la que los Domenicos Ghirlandaio pintaban a las Giovannas Tornabuoni como si los sentidos se prepararan para un festín eterno.

Como el Quattrocento toscano es mi periodo favorito -quizá porque los artistas ejercían todavía de artesanos en una equilibrada muestra de modestia y libertad-, he vuelto una y otra vez a la pregunta, y aunque no se me ocurría desmentir ninguna de las argumentaciones de los historiadores, he elaborado una hipótesis para consumo propio: debe prestarse más atención, por encima de cualquier otra circunstancia, al prestigio de las artes entre los adolescentes florentinos de toda condición. La enorme energía desplegada al final de la Edad Media con la construcción de las catedrales, que implicaba a los diversos gremios de cada ciudad, es finalmente canalizada en una nueva imagen del artista, el cual, al liberarse paulatinamente de las servidumbres y prejuicios que rodeaban al trabajador manual, es contemplado como un hombre carismático e insólitamente libre. Este viraje se hace mucho más visible en Florencia que en cualquier otra ciudad europea, incluidas Venecia, París y las prósperas urbes flamencas. La revolución de Florencia sería el establecimiento de un magnetismo único que atraería a sucesivas generaciones de jóvenes durante un siglo largo.

Las Vidas de Giorgio Vasari, imprescindibles para entender los cambios en el lenguaje artístico, son una crónica minuciosa de aquel magnetismo, reflejado también por los historiadores florentinos del siglo XV. Por razones que ahora tal vez cuesta entender, Florencia estaba volcada en su propia creación como ciudad. Vasari relata las polémicas colectivas desatadas por la construcción de la cúpula de Santa Maria di Fiori y los vaivenes en el destino de Brunelleschi, cárcel incluida. De creer a Vasari y a los cronistas, cada nueva obra de envergadura excitaba la controversia entre los ciudadanos de Florencia. Las opiniones en torno a Miguel Ángel, ya a principios del siglo XV, serían la culminación del torbellino.

Esta atmósfera situaba la creación artística en el centro de la vida ciudadana, de modo que los adolescentes se sentían cautivados por lo que ofrecían los talleres de los pintores y de los escultores. Y lo que ofrecían eran duras -durísimas, a menudo- condiciones de aprendizaje. Por Vasari y por otros cronistas nos podemos formar una idea bastante nítida del funcionamiento de los botteghe algunas tan renombradas como las de los Pollaivolo o la de Andrea Verrochio donde se educó Leonardo. El adolescente, un niño prácticamente, entraba a formar parte de la vida colectiva del taller hacia los 12 o 13 años. A lo largo de una década participaba en todas las tareas colectivas, desde las más rudas hasta las que le hacían acceder a las obras en proceso de elaboración. A los 20 o 22 años, el aprendiz, convertido ya en maestro, se establecía por su cuenta y, si no podía hacerlo en Florencia, emigraba en busca de trabajo a otra ciudad, materializándose así la fructífera trashumancia renacentista. Si el adolescente accedía a un centro privilegiado como la Academia de los Medicis, la vida cotidiana seguía presidida por el rigor y el esfuerzo, tal como recalcaba Vasari en referencia a Miguel Ángel.

La dureza del aprendizaje no apartaba a los jóvenes florentinos de los talleres, sino todo lo contrario. No hay duda de que desde Cimabue y Giotto, a través del Trecento, el oficio del artesano pintor o escultor se había afianzado gracias a la prosperidad económica de la ciudad; sin embargo, este fenómeno también se daba en muchas otras ciudades sin que se produjera la prodigiosa cristalización de Florencia. Se hizo necesaria la sedimentación de un prestigio para que, en un movimiento espiritual centrípeto, el talento se adhiriera a las calles de la ciudad como una segunda piel. Los florentinos tuvieron una exquisita percepción de lo que estaba sucediendo y bautizaron al héroe que atraía a sus adolescentes: el artista nuovo.

Nosotros que, como es sabido, tenemos nuestros héroes, podemos comprender el impacto de este tipo de fenómenos. Los jóvenes se orientan instintivamente hacia el prestigio, una categoría difícil de definir porque en ella chocan bastante caóticamente la ambición, la lucha, la utilidad y, a menudo, una cierta dignidad en la supervivencia. El prestigio es el imán que cada época ofrece a sus jóvenes. Actualmente, entre nosotros, nada tiene más prestigio que un deportista y por eso nos pasamos la vida contemplando a través de la pantalla estudios donde compiten nuestros héroes. Es una opción.

Aunque nos cueste creerlo puede ser que en la Florencia del Quattrocento la opción fuera otra, y que los campeones de aquel tiempo se hallaran en los talleres de pintura y escultura. ¿Un cuento chino? Puede ser. Pero entonces, ¿cómo se explica que tantos domenicos ghirlandaio fueran capaces de pintar a tantas maravillosas giovannas tornabuoni?

El País, 19/07/2010

[Publicado el 04/9/2010 a las 11:26]

[Enlace permanente] [3 comentarios]

Compartir:

Caber y valer

Me gustaría mucho conocer al auténtico alcalde de Barcelona, que no es el señor Hereu, como equivocadamente podía pensarse, sino al ingenioso inventor de las proclamas publicitarias que aquel asume como propias. De lo que no estoy seguro es que este alcalde en la sombra, al que tanto encantan los juegos de palabras, sea un verdadero amigo de Hereu. Cuando uno ve, por ejemplo, los Puntos de reflexión tatuados en la acera de la Diagonal tiende a pensar que no. Estos debían ser lugares en los que se reflexionara sobre el gran proyecto, y ahora son patéticas huellas de una pantomima. Los motociclistas aparcan tranquilamente sobre los Puntos de reflexión y las ávidas trituradoras se aprestan a triturarlos (compruébenlo si lo desean con un agradable paseo entre el paseo de Gràcia y Balmes, rodeados de patinadores y ciclistas a toda velocidad que ayudan a aumentar la emoción urbana).

El ocurrente alcalde a la sombra lleva años deleitándonos con sus gracias. En lugar de recurrir a prosaicas leyes y a policías eficaces, prefiere proponernos poéticas adivinanzas y crípticos mensajes. De acuerdo con este talante la playa, pero convertida cariñosamente en un ser antropomórfico, en una playita que habla y pide respeto, mientras los bañistas convertidos en hooligans alborotan con toda impunidad. Siguiendo la misma pauta las hordas nocturnas avanzan a voz en grito bajo encantadoras banderolas en las que -tras un examen hermenéutico- parece sugerirse que por la noche "hay que bajar el volumen". El alcalde en la sombra es tan ocurrente que espera detener la barbarie con sus jueguecitos retóricos.

Su último invento es casi insuperable: "en Barcelona todo cabe pero no todo vale". Muchos rincones de la ciudad están invadidos por este lema admirable. De lo que no estoy muy seguro es de la interpretación que hemos de darle. "¿Todo cabe?". ¿Quiere decir que aquí también acogeríamos una convención de asesinos en serie con tal de que gastaran algo de dinero y no empezaran a disparar enseguida? ¿No será que el gran ocurrente se ha confundido en los términos, y en Barcelona todo vale pero no todo cabe, pues la ciudad ya no da cabida a los que gustan del silencio y desearían pasar sin el hostigamiento de los bárbaros?

Un consejo para Hereu: liquide a su sombra y gobierne de una vez.

El País, 17/07/2010

[Publicado el 30/8/2010 a las 10:10]

[Enlace permanente] [5 comentarios]

Compartir:

El extranjero feliz

Siempre me ha llamado la atención la poderosa nostalgia con que muchos escritores recuerdan aquella ciudad en la que -al menos en la memoria- fueron "extranjeros felices".

"París era una fiesta" en los años veinte del siglo pasado, y Nueva York en los cincuenta, y Londres en los sesenta. Hay testimonios más remotos de esta sensación de felicidad provocada por la extranjería. Attilio Brilli, en su ensayo El viaje a Italia, habla de 40.000 forasteros en la Roma del siglo XVII que parecían instalados en una vaporosa dicha que Goethe, con su acostumbrada precisión, llama jovialidad. Las causas de este estado de ánimo son, sin embargo, difíciles de precisar: el hechizo de la provisionalidad, la suspensión de responsabilidades vinculadas al país de origen, la levedad que proporciona el desconocimiento de los "asuntos de familia". Yo mismo siempre recuerdo con agrado las estancias en ciudades donde he ejercido de extranjero.

Por eso tengo una cierta envidia de los que ahora ejercen esta vocación en mi país. Hoy en Barcelona coexisten, al menos, cuatro ciudades que se mezclan con gran dificultad: la Barcelona de los barceloneses, bastante ensimismada y últimamente con el espíritu notablemente decaído; la de los inmigrantes, en nada distinta a cualquier otra ciudad que acoge a los visitantes empujados por la pobreza; la de los turistas, tan volátil como cualquier otra urbe sometida al peculiar igualitarismo del low cost, y finalmente la de los extranjeros que viven -y, si pueden, trabajan- aquí por un tiempo. El otro día leí que este último grupo está formado por más de 100.000 personas.

Pero no me importa tanto la cantidad como la calidad: tienen una mejor relación con la ciudad que los otros grupos, o así me lo parece a mí, con aquella envidia a la que he aludido antes. Gozan del entorno con ese desapego dichoso que proporciona la condición de extranjero. Y ni conocen nuestros asuntos de familia ni tienen el menor interés en ellos. Para entendernos: no saben quién es Millet o Luigi, no tienen ni idea de lo que ha costado la "gran fiesta democrática" del referéndum sobre la Diagonal. Privilegios del extranjero feliz.

El País, 03/07/2010

[Publicado el 23/8/2010 a las 23:42]

[Enlace permanente] [4 comentarios]

Compartir:

El mundo como garito

No sé si se trata de una coincidencia, pero es muy adecuado que los programadores del Liceo quieran captar los signos de nuestra época con la puesta en escena, casi simultánea, de dos obras, La dama de picas de Chaikovski y El jugador de Prokófiev, que tratan de la pasión por el juego. La primera es una obra romántica en el sentido más generoso del calificativo, con momentos deliciosos -muy mozartianos, con especial referencia a Don Giovanni-, y la segunda, una obra muy querida por Prokófiev, es de una identidad turbadora. Naturalmente, en ambos casos la calidad literaria en la que se apoyan las óperas es excepcional. La dama de picas de Pushkin es una pequeña joya fantástica en la que la ambición y la muerte se deslizan a través de tres cartas que, quizá por antiguos simbolismos, siempre han tenido gran reputación entre los jugadores: el tres, el nueve y el as. Por su parte El jugador de Dostoievski, una novela escrita en 20 días y destinada a permanecer en la sombra de Crimen y castigo, en la que el escritor estaba volcado, puede ser contemplada hoy como una obra maestra. La fantasmagoría del guiñol de Ruletenburg pone al descubierto una descarnada danza de decadencias y obsesiones.

Lo significativo es que nuestro mundo empieza a parecerse mucho a un Ruletenburg universal; eso sí, sin las suntuosidades y los refinamientos de aquellos balnearios para ludópatas del siglo XIX. En nuestro mundo lo que antes se llamaba "el pueblo" confía crecientemente en las oportunidades del azar. Al parecer, nunca había habido tantas apuestas sobre tantas cosas; todo, claro está, multiplicado mediante los canales virtuales. ¿Y qué decir de los que antes eran llamados "los poderosos", que ahora, por lo general, han logrado camuflar hasta el calificativo? Juegan, juegan todo el tiempo, si bien lo suyo no son los naipes o la ruleta, sino los bonos y las acciones, y su garito no se localiza en tal o cual lugar, sino que abarca a todo el planeta. Un matiz: los bregados apostadores de Pushkin y Dostoievski parecen bien ingenuos en comparación con cualquiera de esos profesionales de la codicia que, desde sus sedes bancarias o desde sus miradores bursátiles, siempre apuestan con cartas marcadas.

 

El País, 25/06/2010

[Publicado el 23/7/2010 a las 08:16]

[Enlace permanente] [7 comentarios]

Compartir:

El destino en los pies

Una confesión. Siempre me han gustado los buenos partidos de fútbol. Y una proclama antipopular: cada vez detesto más el mundo que rodea el fútbol. Imaginas que el éxito universal de este juego se fundamenta en su belleza y sencillez. De hecho, no recuerdo otro deporte de equipo con reglas más elementales. Así, por ejemplo, en comparación, la reglamentación del baloncesto es mucho mayor. Un jugador ha de pensar continuamente en el paso del tiempo: tiene pocos segundos para atravesar la línea divisoria y algunos más para que su equipo pase el balón, pero no puede permanecer apenas unos instantes bajo la canasta y no está autorizado a retener casi nada la pelota entre sus manos. La ley del tiempo se convierte en una amenaza. Frente a esta legislación exhaustiva, la vida del futbolista en la cancha parece más despreocupada. El árbitro le dirá si comete falta o incurre en fuera de juego, mientras él solo debe preocuparse de que el balón no rebase la línea de cal del rectángulo trazado en el suelo y de que el balón acabe en el fondo de una portería que, por supuesto, no sea la propia.

Esta aparente simplicidad del juego, acompañada de los vínculos cómplices establecidos entre los componentes de un equipo y de la emotividad suscitada, explican el enorme contagio del fútbol en casi todo el planeta a lo largo del último siglo. Cualquier grupo de muchachos delimitan un campo y dos porterías con un puñado de piedras y pueden iniciar un partido. Todo esto es bien sabido y da lo mismo si se encuentran en un descampado de Manchester, en la playa de Copacabana o en los lindes del desierto del Sáhara. Naturalmente, no hace falta recordar que la televisión ha convertido esta facilidad -y esta plasticidad visual- en el mayor espectáculo del presente.

Un buen partido de fútbol es una representación muy atractiva que, como es obvio, incrementa su impacto emocional si el espectador se identifica con uno de los equipos contendientes. Todo esto es bien sabido y no creo que haya nada que objetar a la pasión del aficionado -al fútbol, al baloncesto, a la hípica o a cualquier deporte que a uno le venga en venga- siempre que tal pasión no se convierta en una obsesión. Lo malo de las obsesiones es que acaban siendo auténticos monopolios emocionales que aprisionan a quien incurre en ellos. Aún así no tengo ninguna duda de que uno es libre para abrazarse individualmente con la obsesión que más le guste, por detestable que parezca a los demás. Sin embargo, la verdad, encuentro altamente peligrosas las obsesiones colectivas.

Y esto es lo que a mi modo de ver está sucediendo progresivamente con el fútbol, no con el encantador juego que invita espontáneamente a los niños de cualquier lado, sino con un fenómeno que, además de ser mercantil, ha atravesado las fronteras de lo político e incluso de lo religioso. Claro que me resulta repulsivo que en las actuales circunstancias se desembolsen cantidades obscenas por el fichaje de tal o cual jugador, pero todavía me parece más preocupante que se abata sobre gran parte dela sociedad aquel monopolio psicológico que caracteriza a las obsesiones colectivas. No hace falta ser ningún profeta para aventurar que durante las próximas semanas la Roja -es decir, 11 individuos dándole con el pie al balón- va a protagonizar una epopeya de los sentimientos con connotaciones trascendentales. Y en otros países será la Azul, la Verde, la Amarilla o la Albiceleste. Durante días y días el destino de la humanidad, e incluso del cosmos, estará en los pies de unos muchachos millonarios que correrán arriba y abajo de un rectángulo de césped.

Dicho así, tan prosaicamente, suena a una broma. Sin embargo, ya se encargarán muchos de que no sea una broma, tal como viene sucediendo en los últimos lustros de una forma cada vez más acentuada. La metamorfosis religiosa del fútbol no cree que sea una exageración. Es cierto que las multitudes devotas existen desde hace mucho tiempo y que el Brasil de Pelé, la Holanda de Cruyff o la Argentina de Maradona (para no hablar de los clubes más importantes) suscitaban grandes adhesiones; con todo, en la receptividad de la muchedumbre, la pasión futbolística convivía con otras pasiones ideológicas, políticas y estéticas. Lo cualitativamente nuevo de los últimos lustros es que, al enaltecimiento de los demás horizontes, le ha sucedido el enaltecimiento de un espectáculo, el del fútbol, que ha invadido todos los territorios. Lo que ha ocurrido no solo es un gran negocio, sino también una curiosa, y a menudo grotesca, usurpación de metáforas. A medida que ha languidecido la conversación política, estética o religiosa se ha encumbrado lo que pomposamente se ha llamado el lenguaje del fútbol, lenguaje con miles de practicantes que ya no se refiere a un juego sino, como leemos con frecuencia, a unas "esencias", a una "identidad", a un "modo de ser", expresiones que en otro contexto siempre son sospechosas.

Los portavoces del lenguaje del fútbol son precisamente los que se arrogan el papel de sacerdotes de esa nueva religión de masas que, si es universal por su difusión, es decididamente tribal por los sectarismos de que se alimenta. Creo que se podría hacer una magnífica antología de la literatura esperpéntica con las decenas de filósofos y teólogos del fútbol que pululan por las tertulias radiofónicas y televisivas y, además, escriben suntuosos análisis en los periódicos. También sería útil para medir el nivel alcanzado por la oratoria recopilar las metáforas futbolísticas de las que se sirven, un día sí y otro también, nuestros dirigentes políticos y parlamentarios. Incluso se podrían añadir ciertos párrafos de desesperados obispos que no tiene más remedio que acudir a los símbolos del balompié para dar un indicio a los feligreses del desaparecido Dios.

Sin embargo, en lo alto de la jerarquía sacerdotal de la nueva religión, los encargados últimos de mostrar que la Roja no es un conjunto de 11 habilidosos pateadores de balón sino el retablo de los apóstoles de una redención en marcha, son los "comunicadores deportivos", los mismos que durante todo el curso futbolístico arengan a los creyentes con los comentarios más elementales y las consignas más sectarias.

Como no podía ser de otro modo, estos predicadores han incorporado a sus gritos el fanatismo de los viejos predicadores y la demagogia de los tribunos de la plebe. Su misión: dejar claro, por si no lo estaba, que el destino del ser humano pasa, no por la cabeza, sino por los pies. Y entre tanto ruido apenas queda nada del cautivador juego sobre la arena de la playa de Copacabana.

Si miro algún partido del próximo Mundial no duden que silenciaré la voz del comentarista.

 

El País, 06/06/2010

[Publicado el 11/7/2010 a las 16:07]

[Enlace permanente] [9 comentarios]

Compartir:

El lenguaje de la alcantarilla

Dentro de este nuevo género periodístico constituido por las transcripciones de las charlas telefónicas de presuntos corruptos, el otro día podíamos leer la contundente argumentación de uno de los patriotas, en la que se nos aclaraba que la auténtica política no se hacía en los parlamentos sino en las alcantarillas. El patriota en cuestión -al que cabría calificar de gánster si no supiéramos que es un patriota- parecía así justificar la necesidad de los saqueos perpetrados por él y sus compinches por razones de realismo político. Venía a decirnos que, a la hora de la verdad, lo único que sustenta la política es aquel principio moral, tan edificante, que preside las conversaciones rufianescas: "todo hombre tiene precio". Son, por tanto, los políticos corruptos, que tuvieron un alto rango y honores de los que no han sido desprovistos, los que han sembrado la desconfianza general hacia la política, por más que algunos dirigentes ahora atribuyan el desapego a una suerte de mal de época, azuzado por los medios de comunicación.

Pero, volviendo al nuevo género periodístico, llama la atención el habla utilizada, acorde en todo al espíritu de la alcantarilla al que aludía el prohombre. Tanto en el capítulo Pretoria como en el Gürtel los protagonistas hacen gala de un total desparpajo al expresarse en la jerga mafiosa, convertidos en hampones de película, de esos no demasiado refinados, que salpican sus negocios con constantes alusiones a "cabrones" e "hijos de puta". Naturalmente, en el lenguaje de la alcantarilla no podían faltar alusiones a la testosterona, con solemnes afirmaciones testiculares o, por el contrario, con el lamento, también patriótico, de que las cosas van como van "porque estamos todos capados". La mayor riqueza idiomática, no obstante, se destina, como era de esperar, al dialecto intestinal: todos defecan sobre todos, sin que falte, evidentemente, quien lo hace sobre la divinidad. A juzgar por lo que opinan los presuntos corruptos, el mundo es una maloliente combinación de dinero y excremento.

Lo malo es que estos tipos fueron (¿presuntamente?) secretarios generales, diputados, alcaldes..., y habían comprado votos con el mismo ánimo codicioso con que luego comprarían a los hombres.

 

El País, 05/06/2010 

[Publicado el 02/7/2010 a las 15:31]

[Enlace permanente] [12 comentarios]

Compartir:

Bajo el volcán

Además de ser el título de una de las mejores novelas del siglo pasado, escrita por Malcolm Lowry, Bajo el volcán podría ser la primera frase de una tragicomedia sobre nuestro presente. Me encuentro entre los miles de ciudadanos europeos afectados por las jugarretas del volcán. Eyjafjalla y, aunque en la adolescencia, como lector ferviente de Viaje al centro de la tierra, aprendí a reconocer la importancia de los volcanes, nunca había imaginado que un volcán precisamente islandés, como el del libro de Julio Verne, pondría en jaque a nuestra poderosa tecnología moderna. Contrariado y escéptico, como tantos otros, me he sumergido en el torbellino de retrasos y cancelaciones ¡Qué indignación perder una cita en pleno siglo XXI por culpa de la ceniza de un volcán de nombre impronunciable situado a miles de kilómetros!

Cada vez que la madre naturaleza nos juega una mala pasada nos sentimos injustamente tratados, lo cual, si bien no es un acto de inteligencia, demuestra hasta qué punto hemos caído en nuestra propia trampa al declarar domesticado el entorno que nos rodea. No es la única lección bajo la influencia del volcán. Estas últimas semanas, los náufragos del Eyjafjalla, atrapados en los aeropuertos mientras implorábamos el privilegio de poseer un billete de tren o un coche de alquiler, hemos tenido la ocasión de examinar muchos titulares de periódicos amontonados en las estanterías de los quioscos, y que coincidían en todo con el diario pacientemente leído durante las interminables horas de espera: la incertidumbre de Europa no se manifestaba sólo en los aires, con el tráfico colapsado, sino a ras de tierra, como un gigantesco puñetazo en el estómago. Malas noticias para nuestro bienestar ante las que sentíamos tanta incredulidad como la que experimentábamos frente a los paneles electrónicos en los que se dibujaba con insistencia la fatídica palabra cancelado.

Pero nuestra incredulidad tiene algo de teatral. Sabíamos de antemano que el volcán podía entrar en erupción en cualquier momento, y fingíamos lo contrario.

El País, 22/05/2010


[Publicado el 23/6/2010 a las 08:23]

[Enlace permanente] [5 comentarios]

Compartir:

Las vengadoras

Que el pasado, con diferentes máscaras, siempre vuelve es algo que se aprende con los años y supongo que la lucidez tiene relación con la capacidad de convivir con este retorno. Tan perjudicial resulta la ocultación del pasado como su exhibición como una llaga viva que no permite habitar el presente. Aunque sólo sea por este motivo es aconsejable ver la última y excelente película de Roman Polanski, The ghost writer, traducida aquí impropiamente como El escritor para evitar la incorrección política de la expresión el negro, que es como en el argot editorial se llama a quien escribe por cuenta ajena aceptando que, a cambio de cierto dinero, otro figurará como autor del libro que él escriba. En la actualidad centenares de políticos, deportistas, actores o cocineros recurren a negros para escribir las obras que luego presentan como propias. Y me temo que no faltan los escritores que hacen lo mismo.

La película de Polanski está protagonizada por el negro contratado por la editorial que tiene que publicar las memorias de un tipo que es Tony Blair en todo menos en el nombre. Cinematográficamente es una obra de madurez en la que el cineasta polaco recupera el ritmo de películas como Chinatown o la opresión metafísica de paisajes como las de la primeriza Cuchillo en el agua. También hallamos huellas de las indagaciones dramáticas de El pianista o La muerte y la doncella. Un hombre atrapado por su pasado como Polanski, y así se lo recuerda implacablemente el fiscal de Los Ángeles que persigue su viejo delito, está en condiciones especiales para bucear en el ayer. En los mitos griegos se creía que las Erinias eran deidades vengadoras que llevaban inevitablemente a la destrucción mediante la memoria y el castigo. Es posible que Polanski no escape a sus Erinias, o al tribunal americano, pese a que el tiempo transcurrido invitaría a un ejercicio de perdón.

Sin embargo, curiosamente, en The ghost writer él mismo pone en marcha el violento engranaje de las vengadoras para cebarse sobre Tony Blair e indirectamente sobre George Bush. La novedad es la inmediatez histórica con que Polanski realiza el ajuste de cuentas y que a mí me ha recordado aquella magnífica falta de prejuicios -y de eventuales querellas- con que actúa Dante en La divina comedia. No sé si en la actualidad el poeta toscano podría sumergir tan fácilmente, y con nombres y apellidos, a sus enemigos en el infierno o, por el contrario, debería estar atento al alud de demandantes que acabarán de hundir su ya de por sí maltrecha economía.

Sea como fuera, Roman Polanski, y con el sólo disimulo del nombre de su personaje, ha idodirectamente a la caza de Tony Blair. Y se trata de caza mayor por cuanto Blair, junto con Berlusconi, es el más shakespeariano de los últimos políticos, y no precisamente por lo que se refiere a su honor y dignidad: Berlusconi por bufonesco y Blair por mordaz. Con todo, hay que reconocerle a este último una inteligencia poco habitual en la política del presente, de modo que fueron muchas las expectativas que originó y aún más las desilusiones a las que finalmente dio lugar.

De hecho, ha sido fascinante comprobar cómo Tony Blair ha intentado escapar de su propia sombra desde que abandonó el poder londinense, Ágil camaleón en todos los aspectos de su vida, hemos asistido al espectáculo de observar a Blair convirtiéndose al catolicismo mientras decía tener una suerte de línea telefónica directa con Dios, sin que estas cuestiones místicas le distrajeran de la necesidad de amasar una increíble cantidad de dinero en tan poco tiempo o de la búsqueda inquieta de una nueva oportunidad política en Oriente Próximo -un fracaso- e, incluso, en la presidencia europea -una quimera-. Blair ha ido de aquí para allá con tal velocidad que nos parece que han transcurrido decenios desde que cedió la maléfica herencia del poder al ahora destronado Brown.

Blair ha tenido la habilidad de Proteo y, sin embargo, Polanski, no le ha permitido escabullirse y le ha golpeado con una contundencia poco frecuente. No deja de ser irónico que el cineasta haya urdido toda la trama alrededor de las Memorias del antiguo primer ministro británico, el libro que tenía que servir a éste en varias direcciones simultáneamente: para hacer un suculento negocio, para camuflar el pasado, para forjar un futuro glorioso. En la película todo se interrumpe pues la muerte del personaje implica la muerte simbólica de Blair. Antes, no obstante, ha caído todo el andamiaje y la gloria prometida ha quedado cubierta por el polvo de la mentira. El ghost writer contratado para escribir las Memorias del político comprueba que éste ni siquiera se expresa medianamente bien en la primera y rudimentaria versión del libro. Pero lo peor viene después cuando, desencadenadas las Erinias, los grandes embustes de Blair quedan al descubierto, empezando por el mayor de todos: aquella mentira, la de las "armas de destrucción masiva", que condujo a decenas de miles de muertos en la guerra de Irak. Al álter ego cinematográfico de Blair se le va nublando la sonrisa forzada como si, en efecto, las vengadoras, vertieran sobre su cabeza la sangre acumulada.

El ejercicio de Polanski es valiente, intrigante y tiene la virtud de aclarar que sólo en Europa es posible todavía una tal libertad crítica. No estoy seguro de que en Estados Unidos se hubiera podido producir una película semejante, sustituyendo la figura de Blair por la de Bush, y estoy convencido de que tal tentativa será imposible en las demás regiones del planeta, donde los llamados secretos de Estado son las más eficaces formas de impunidad.

En Europa, pero no sé si en toda Europa. Si hemos de sacar conclusiones de la tragicómica incapacidad de España para afrontar hechos que ocurrieron 70 años atrás, no me imagino un ejercicio de sinceridad histórica a corto plazo. De hecho, ninguno de los grandes traumas de la época democrática, desde la "guerra sucia" al golpe de Estado de 1981, se han aclarado suficientemente. Viendo The ghost writer no podía sacarme de la cabeza que uno de los más íntimos cómplices de Tony Blair en la época de las andanzas denunciadas por Polanski era José María Aznar. ¿Se imaginan una película semejante con un casi-Aznar? Es improbable. Claro que Aznar, escritor dotado, a diferencia de Blair, escribe él solo sus libros sin ayuda de nadie, como es sabido.

 

El País, 10/05/2010

[Publicado el 16/6/2010 a las 18:32]

[Enlace permanente] [6 comentarios]

Compartir:

Idioma universal

No soy amante de las encuestas pues, singularmente en los países de mentalidad católica latina, los encuestados acostumbran a responder para "quedar bien" antes que para reflejar lo que piensan (basta con contrastar la opinión de los españoles sobre su sexualidad con la información de los sexólogos sobre la sexualidad española). Ni confío en las estadísticas ni retengo sus resultados, pero una, escuchada o leída no sé dónde, siempre me viene a la memoria. Según sus datos, un campesino de los años cincuenta -probablemente analfabeto- utilizaba en su habla el doble de palabras que un universitario de principios de este siglo que, como media, reducía su vocabulario a unos 3.000 términos.

Como estoy educado en la idea de que hay una estrecha unidad entre pensamiento y lenguaje, y en la convicción de que éste es nuestro instrumento mediador con la existencia, aquella estadística me insultó alarmantemente ya que mostraba el empobrecimiento de nuestra relación con las cosas, por más que un universitario actual disponga de muchos más discursos técnicos que el pobre campesino de hace 50 años. Este no tenía ninguno de nuestros conocimientos globales, pero lo que sabía lo sabía con gran riqueza de detalles.

No siento nostalgia por la situación del campesino, pero reconozco mis reservas ante nuestra celebrada globalidad. Por ejemplo, leí que el globish es la propuesta más reciente y exitosa de un idioma universal basado en el inglés y dotado de 1.500 palabras, es decir, la mitad de las del universitario de principios de siglo y una cuarta parte de las que usaba el campesino analfabeto. El reduccionismo lingüístico y quizá mental gana adeptos.

Por lo que oigo en la calle, en los medios de transporte o en los restaurantes, la propuesta parece generosa, porque tengo la impresión de que con un par de centenares de palabras bastaría. El ansiado idioma universal de los ilustrados está finalmente a nuestro alcance, sobre todo si no queremos decir nada, más que gritar consignas de cualquier tipo. Para gritar, como sabemos por nuestros queridos tertulianos radiofónicos o televisivos, no hacía falta que el hombre se tormara la molestia de inventar el lenguaje.

El País, 08/05/2010

[Publicado el 09/6/2010 a las 15:34]

[Enlace permanente] [30 comentarios]

Compartir:

Farenheit 2010

El otro día -quizá como preparación del día de Sant Jordi- emitieron en televisión Fahrenheit 451, película de François Truffaut sobre el relato de Ruy Bradbury. Se trata, ya saben, de la escenificación de un mundo en que los libros son perseguidos y quemados por parte de un cuerpo singular de bomberos que, en lugar de apagar incendios, se dedica a propagarlos, siempre que haya letra impresa por medio. Con algún anacronismo, la película conserva una gran intensidad visual. En cuanto a su diagnóstico profético, le sucede lo mismo que a las novelas de Orwell y Huxley: acierta en cuestiones esenciales, aunque es incapaz de prever los grandes cambios tecnológicos. Eso le otorga un cierto aire naïf tanto al contrastar la maldad como al sugerir la resistencia al mal.

Al contrario de lo que pronostica la película, como demuestra festivamente el día de Sant Jordi, estamos rodeados de libros, aunque en su mayoría nunca serán leídos y con mucha probabilidad, serán destruidos sin que ningún lector haya asomado la nariz en ellos (bajo la dictadura de la novedad los editores se han convertido, ellos mismos, en destructores sistemáticos de sus propios libros).

Lo curioso del caso es que, aun disponiendo de tantos libros, nuestros contemporáneos tienen la misma mentalidad que los habitantes de la película de Truffaut: en ambos casos se trata de una rabiosa necesidad de ser analfabetos, pese a que la sociedad haya gastado tanto en su alfabetización. Nuestros contemporáneos, como aquellos personajes ficticios, sienten miedo y desdén por los libros pese a que un día al año se sienten pródigos y compran un libro preferentemente televisivo. El olfato de Truffaut funciona con lustros de antelación: la verdad está en el marco publicitario que alecciona a los analfabetos a través de la pantalla.

La voluntad tenaz de analfabetismo coincide con la obsesión de unos seres humanos que creen que la felicidad reside en un igualitarismo por abajo. "Cuanto menos personas más felices seremos". Un buen lema antiilustrado que preside la película de Truffaut y nuestra vida social. Entre Sant Jordi y Sant Jordi, todo un año de Fahrenheit 451 en los cerebros.

El País, 24/04/2010

[Publicado el 27/5/2010 a las 16:51]

[Enlace permanente] [8 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de treinta libros en distintos ámbitos literarios. Entre ellos: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura: Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre). Como escritura transversal más allá de los géneros literarios ha publicado: Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, Visión desde el fondo del mar. Recientemente, ha publicado Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida (2013) y Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza (2013).

Ha estudiado Filosofía, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona. Estudió también en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Fue profesor visitante en la Universidad de Berkeley. Ha impartido docencia en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002), y los premios Cálamo (2010) y Ciudad de Barcelona (2010) con Visión desde el fondo del mar. 

Bibliografía

Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio
y la celebración de la belleza
(Acantilado, 2013)

 
Una educación sensorial. Historia personal del desnudo
femenino en la pintura
(Acantilado 2012)
Visiones desde el fonde del mar (Acantilado, 2010).
MICROSITE DEL LIBRO

 

Publicaciones principales

POESÍA
- Disturbios del conocimiento. Barcelona: Icaria Editorial, 1980.
- Duelo en el Valle de la Muerte. Madrid: Editorial Ayuso, 1986.
- El afilador de cuchillos. Barcelona: El Acantilado. Quaderns Crema, 1999.
- El poema de la serpiente. Badajoz: Asociación Cultural Littera Villanueva, 2010.
- Cantos del Naumon. Libros del Aire. Colección Jardín Cerrado, núm. 5, 2010.

NARRATIVA
- Lampedusa. Barcelona: Editorial Montesinos, 1981.
- El asalto del cielo. Barcelona: Editorial Plaza & Janés, 1986.
- Desciende, río invisible. Barcelona: Editorial Destino, 1989.
- La razón del mal. Premio Nadal 1993. Barcelona: Editorial Destino, 1994.
- Transeuropa. Madrid: Alfaguara Ediciones, 1998.
- Davalú o el dolor. Madrid: RBA, 2001.
- Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida. Barcelona: Quaderns Crema, 2013.

ENSAYO
- El Quattrocento. Barcelona: Editorial Montesinos, 1982.
- La atracción del abismo. Barcelona: Editorial Bruguera, 1983. Reeditado 2006.
- El Héroe y el Único. Madrid: Taurus Editorial, 1984.
- Tres miradas sobre el arte. Barcelona: Icaria Editorial, 1985.
- Leopardi. Infelicidad y titanismo. Barcelona, 1986
- Territorio del nómada. Barcelona: Ediciones Destino, 1986.
- El fin del mundo como obra de arte. Barcelona: Ediciones Destino, 1990. Reeditado 2007.
- El cansancio de Occidente (en colaboración con Eugenio Trías). Barcelona: Ediciones Destino, 1994.
- Sabiduría de la ilusión. Madrid: Taurus Editorial, 1994.
- Aventura. Una filosofía nómada. Barcelona: Nuevas Ediciones Debolsillo, 2000.
- Una educación sensorial. Historia personal del desnudo femenino en la pintura. Madrid-México: Fondo de Cultura Económica, 2002. Barcelona: Editorial Acantilado, 2012.
- Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra. Barcelona: Ediciones Destino, 2003.
- Del Ganges al Mediterráneo: un diálogo entre las culturas de India y Europa (en colaboración con Vidya Nivas Mishra). Madrid: Siruela, 2004.
- Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza. Barcelona: Editorial Acantilado 2013.

ESCRITURA TRANSVERSAL
- El cazador de instantes. Barcelona: Ediciones Destino, 1996. Reeditado 2007.
- El Puente de Fuego. Cuaderno de Travesía, 1996-2002. Barcelona: Ediciones Destino, 2004.
- Enciclopedia del crepúsculo. Madrid: El Acantilado, 2006.
- Breviario de la aurora. Barcelona: El Acantilado, 2006.
- Visión desde el fondo del Mar. Barcelona: Editorial Acantilado, 2010. Premio Cálamo 2010. Premio Ciudad de Barcelona 2010.

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2017 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres