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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 24 de marzo de 2017

 Blog de Rafael Argullol

El planeta de agua

En nuestros días tenemos, al parecer, poco tiempo para los espectros, sea porque nuestra memoria es frágil, o sea porque nos creamos cabalgando un presente desbocado desde el que sería peligroso mirar hacia atrás. Sin embargo, lo queramos o no, los espectros serán siempre nuestros compañeros inseparables. Shakespeare lo advirtió claramente al contarnos que no se podía llegar al fondo de las pasiones humanas sin la compañía de las presencias espectrales: Hamlet con el fantasma de su padre; Lady Hamlet, con los de sus víctimas. Mucho antes, en la Ilíada, Homero, para expresar el dolor de una amistad quebrada por la muerte, hace que Aquiles abrace en vano el espectro de su querido Patroclo, una sombra sin cuerpo llegada del Hades para ser tocada sólo con los sutiles sentidos de la memoria.

Creo que los antiguos griegos tenían, entre otras, esta ventaja sobre nosotros: no esperaban nada del más allá, al contrario de lo que nos enseñó el cristianismo, pero tampoco lo contemplaban con la indiferencia que nos exige el utilitarismo moderno. Su más allá, su Hades, era una patria de sombras que, si bien permanecían ya al margen del magma de la vida, podían ser convocadas por los vivos en forma de recuerdos, de evocaciones, de presentimientos y, por qué no, de emociones que la memoria impulsaba a renacer. Eso en definitiva eran -y son- los espectros que se aparecían en los sueños, en su versión más indómita, o en los propios pensamientos. Los muertos eran necesarios para los vivos y es posible que, en buena medida, la maravillosa imaginación incrustada en los mitos helénicos sea la consecuencia fecundísima de aquella necesidad: el Hades, el lugar de exilio de las sombras humanas, era una suerte de espejos en los que se reflejaban misteriosamente los afanes de los seres vivos.

Se me ocurrió que esto podía ser así, no leyendo a Homero o Shakespeare, sino viendo de nuevo la película de Andrei Tarkoviski Solaris. La primera vez que la vi, hace mucho tiempo, me resultó inquietante pero como detesto las películas de ciencia ficción -salvo2001 Odisea en el espacio y Blade Runner- no di demasiadas vueltas al asunto. Luego, pasados los años, cayó en mis manos el relato de Stalisnaw Lem en el que se había basado, no sin grandes problemas de adaptación, Tarkovski para su película. La narración de Lem es una pequeña obra maestra de la literatura de la espera, en la línea de Kafka o, todavía más, de Beckett. Durante años los astronautas de la estación solar Solaris acechan cualquier indicio que pueda originarse en el planeta del mismo nombre, descubierto, en la ficción, 100 años atrás. El planeta Solaris gravita alrededor de dos soles, uno rojo y otro azul, y está enteramente cubierto por un océano.

A lo largo de la espera los astronautas realizan todo tipo de experimentos para arrancar el secreto del planeta de agua con la misma fascinación con que los viejos racionalistas, reacios a aceptar las prevenciones de los iniciados, querían rasgar el velo que cubría el rostro de la diosa Isis. Solaris es sometido a radiaciones en busca de su materia íntima pero, paradójicamente, lo que acaba aflorando es de índole espiritual. Es verdad que el planeta de agua envía finalmente no sólo mensajes sino "visitantes" que conviven con los solitarios astronautas; sin embargo, estos "visitantes", como el padre de Hamlet para éste o como Patroclo para Aquiles, son conglomerados de recuerdos, culpas o pasiones aparentemente desvanecidas. Son espectros.

Al contemplar por segunda vez la película de Tarkovski me di cuenta de que es precisamente el territorio de las pasiones espectrales el que más interesa al cineasta ruso, quien reconstruye una delicada historia de amor entre el protagonista, Chris Kelvin, y su mujer, Harey, muerta, suicidada, una década antes. Es una extraña historia de amor, de las más singulares que haya ofrecido el cine. Si Hamlet recibe la visita de su padre en las almenas del castillo danés como recordatorio de una venganza incumplida, y Aquiles la de Patroclo en los campos troyanos como testimonio de una amistad que desafía a la muerte, Harey resucita para Kelvin con el propósito de sellar un amor inmortal aunque, desde luego, no inocente pues arrastra tras de sí tanto la dicha como la desdicha. Y así el planeta del agua, Solaris, obsesionantemente espiado durante años por los habitantes de la nave espacial, acaba teniendo una naturaleza sorprendente y turbadora: es algo así como el amplificador de la conciencia humana, que devuelve como vivo lo que erróneamente se considera desaparecido para siempre.

Ésa -no dar miedo, como en las malas películas- es la función de los espectros. Son los mediadores entre la muerte y la vida. Para sus correrías los hombres formularon los mitos y, por supuesto, también el arte que, en última instancia, tiene la misma misión que el planeta de agua: hacer soportable la espera y enviar inesperados huéspedes de vez en cuando.

Es cierto que todo esto se ve más claro en una fecha tan señalada como la del Día de Difuntos. Me acuerdo de que una vez, de niño, le pregunté a mi tía abuela, quien quería que la acompañara al cementerio, para qué servían los muertos, una pregunta, por otro lado, muy propia de nuestro presente. La mujer, fuera porque era medio sorda, fuera porque era realmente hermética, tenía fama de dar respuestas crípticas, algo así como una heredera de la pitonisa de Delfos. Contestó, más o menos: los muertos sirven para que los vivos vivan. Supongo que entonces me sonó a galimatías. ¡Pero tenía razón!

El País, 14/11/2010

[Publicado el 17/12/2010 a las 07:30]

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Orestes y la mafia

Hay un momento decisivo de la antigua literatura griega que nos concierne especialmente: al final de la Orestíada, la única trilogía de Esquilo que hemos conservado hasta nuestros días. En ese desenlace el poeta trágico ofrece un cambio revolucionario en la percepción de la naturaleza humana. Orestes, de acuerdo con la tradición anterior, debía verse sometido a la férrea ley de la sangre y la venganza, de modo que, como autor de la muerte de su madre Clitemnestra, tenía que pagar el precio de la implacable norma oscura: él había matado a su madre como cobro del parricidio cometido por esta en la figura del padre, Agamenón; este, a su vez, había sucumbido para expiar el filicidio de su propia hija, Ifigenia, sacrificada para favorecer a la expedición griega contra Troya. Sangre, venganza y sangre otra vez: la férrea cadena que comunica los odios, deseos y ambiciones de las estirpes y los clanes. Ojo por ojo, diente por diente. La ley del talión. O, dicho de otro modo: la comunidad sometida a la oscura y turbulenta ley de la sangre.

Orestes, en consecuencia, de acuerdo con esta ley debía morir, pagando así la irreversible deuda contraída. Sin embargo, en un giro espectacular desde el punto de vista cívico y espiritual, Esquilo resuelve salvar a su héroe. Orestes, en lugar de ser juzgado y condenado en el recinto interior de la sangre, es presentado ante el tribunal de Atenas, el Aerópago. Al valorar la actuación del desgraciado descendiente de un linaje maldito el jurado divide sus votos, estableciéndose un empate entre los partidarios y contrarios del ajusticiamiento del héroe. Con suficiente simbolismo Esquilo hace que Palas Atenea, patrona de la ciudad, ejerza su voto de calidad como presidenta del tribunal para absolver a Orestes y romper, de este modo, la cadena de la venganza. Desde ese momento, las Erinias, las negras deidades portadoras de la venganza, se transforman en las Euménides, diosas benevolentes y protectoras de una comunidad fundamentada en la ley cívica. Únicamente atendiendo a este revolucionario final de la Orestíada ya deberíamos recordar a Esquilo como el poeta de la joven democracia ateniense, el primero que propuso sustituir las complicidades de la tribu y el clan por los principios jurídicos de una ciudadanía libre. De hecho se ha comparado, con acierto, la conclusión de la tragedia esquilea con el movimiento coral que culmina la Novena sinfonía de Beethoven. En ambos casos se trataría de hilos estéticos en la construcción de una conciencia democrática.

En los años ochenta del siglo anterior tuvo lugar una inigualable representación de laOrestíada ante las ruinas de Gibellina, una ciudad devastada por el terremoto que en 1968 había sacudido el noreste de Sicilia. En tres veranos sucesivos -1983, 1984 y 1985-, bajo la dirección de Filippo Crivelli, fueron escenificadas las tres piezas de la obra de Esquilo hasta completar la entera representación.

Además del gran valor artístico del acontecimiento, otros factores contribuían, obviamente, a resaltar la tensión moral del argumento. El hecho de que los versos resonaran en las piedras de la ciudad fantasmal multiplicaba el poder de la palabra. Pero no era menos impresionante advertir que todo aquel esfuerzo teatral, que intentaba llamar la atención de Europa sobre los efectos de la catástrofe, se desarrollaba en un territorio en el que el poderío de la mafia era incuestionable y en el que, por tanto, había quedado congelada la ilusión democrática soñada por Esquilo. Baste indicar que a poca distancia del lugar donde se representaba la Orestíada se hallaban, alrededor de Corleone, los parajes popularizados en aquellos mismo años por Coppola en su película El Padrino, también una trilogía que tiene algo deOrestíada contemporánea, aunque sin final conciliador.

He pensado algunas veces en el elevado significado evocador de aquellas representaciones sicilianas pues difícilmente podían estar presentes en un territorio más reducido los dos grandes modelos, enfrentados entre sí, de la organización social humana: la comunidad libre basada en el derecho objetivo de la ciudad y la mafia que ampara los intereses particulares de familias, tribus, clanes o, según un lenguaje posterior, aparatos. Al rememorar esta tensión, y aquellas representaciones teatrales ante las ruinas de la ciudad destruida, lo que me alarma es encontrar indicios en el mundo de que el espíritu de Corleone se impone al espíritu de Gibellina, y que la opción de la libertad ciudadana retrocede ante el ímpetu de la visión mafiosa.

Es verdad que, si bien lo pensamos, la democracia constituye una excepción (la excepción humanista ilustrada) en los modos de organización del ser humano, pero cuesta aceptar que la lección de Orestes se vaya desvaneciendo entre nosotros. Y, sin embargo, todo parece indicar que es así cuando aceptamos sumisamente el poder de los aparatos de los partidos financieros y productivos.

El capitalismo, que se ha desembarazado al fin de cualquier contención ética, aparece cada vez más reacio a cualquier ejercicio de calidad democrática y más seducido por la visión mafiosa del mundo. En esa dirección no me extraña que aumenten los portavoces del dinero que se manifiestan encantados con la "vía china de crecimiento" pues han llegado a la deducción de que para los buenos negocios -esos que no tienen que atender razones jurídicas o humanitarias- no existe mejor familia que un partido único que regule con pulso firme lo que haya que regular. El miedo, por no decir pánico, de los gobernantes occidentales ante las autoridades chinas, y el consiguiente silencio frente a los permanentes atropellos de los derechos humanos, tiene, por supuesto, el apoyo entusiasta de los grandes consorcios empresariales y financieros. Si algo molesta de China no es su desprecio de la libertad individual sino la amenaza de su presente, y sobre todo de su futuro, poderío económico. Y algo similar cabe decir de Rusia, un país que, si bien se desembarazó del totalitarismo político, parece ofrecerse al mundo como el mejor ejemplo de la sintonía entre un capitalismo desbocado, sin contención alguna, y la perspectiva mafiosa de organización social.

Tampoco es de extrañar la práctica derrota de Obama en su intento de poner coto a los depredadores de Wall Street, milagrosamente renacidos tras el susto de hace tres años. Pese a tantas películas de Hollywood no hay conciliación posible entre la concepción mafiosa y la democracia. Si la mafia, en cualquiera de sus acepciones, reina la libertad se debilita hasta anularse.

Y, en sentido contrario, la lección de Orestes, brindada por Esquilo, es que solo con el retroceso del egoísmo y la rapiña, solo con la erradicación de los intereses de familia, a los que siempre aluden los mafiosos de toda ralea, puede construirse una comunidad libre.

El País, 13/11/2010

[Publicado el 10/12/2010 a las 07:40]

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"El tren", km. 1777

He visto el obelisco cuando faltaban unos treinta metros para que nuestro compartimento se situara a su altura. "Ahí está!, le he dicho a Rusalka. Un instante después ha quedado encuadrado en la ventana; pequeño, liso, modestísimo. No sé por qué, esperaba un obelisco semejante a los obeliscos que coronan tantas fuentes barrocas romanas. Y ha sido al instante siguiente, con el obelisco alejándose, convertido de nuevo en una mancha blanca, cuando se ha cruzado ante mi la imagen turbadora y he sabido de inmediato que, si no era la muerte misma, era su preciso portavoz.

Lo he sabido dentro de mí, al sentir el azote frío, porque fuera, allá en la ventana, sólo venía una confusa silueta reflejada en el cristal sucio de la ventana, engullida enseguida por el deslumbramiento provocado por el sol del atardecer. El obelisco se había desvanecido y una pronunciada curva había colocado el sol, todavía cegador, en el centro de la ventana.

Nunca he creído en las premoniciones. Y sin embargo algo mortal había sucedido en aquel mismo momento. Estaba seguro. Pero no comenté nada.  

Visión desde el fondo del mar, pg. 913 

[Publicado el 15/11/2010 a las 08:24]

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Pagsanjang. Isla de Luzón, Filipinas

8 de julio de 2006. Pagsanjang. Isla de Luzón, Filipinas. Esta mañana he sido testigo de la prodigiosa habilidad de los remeros del Pagsanjang para remontar el curso del río a contracorriente y superar los saltos de agua. Como las lluvias monzónicas mantienen alejados a los turistas, he hecho la excursión en solitario. Uno de los remeros, Willy, me ha hecho sentar en el centro de la banca, una especie de piragua de madera que he contratado. Él se ha quedado de pie, detrás, mientras Edwin, su compañero, se colocaba delante. (...)

Willy me ha contado que una vez al año, antes de la Navidad, todos los remeros que no son demasiado viejos se trasladan a los grandes saltos del Pagsanjang, más allá de donde hemos estado nosotros. La marcha dura tres días, en el transcurso de los cuales no comen ni duermen sino que únicamente reman. Al superar la cascada final, la mayor de todas, comen arroz y plátanos y beben el mismo aguardiente de caña que nosotros estábamos bebiendo. Reparadas las fuerzas los remeros se echan  a dormir en la orilla. A menudo duermen también tres días, o más, y a este descanso prolongado lo llaman muerte. La muerte del remero, más exactamente: rower's death ha dicho Willy. Durante esta muerte del remero los sueños son muy importantes, porque informan de cómo ha sido realmente el año que se despide y de cómo repercutirá en el que está a punto de empezar.

Visión desde el fondo del mar, pgs. 39-40 

[Publicado el 03/11/2010 a las 08:10]

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Los tapices del unicornio

11 de mayo de 1968. En París. (...) Yo he ido a parar al Museo de Cluny y, aunque no albergaba intención alguna de visitar un museo, he agradecido que estuviera abierto. No tenía ni idea de lo que podía encontrar en su interior. Las salas estaban vacías, lo cual me proporcionaba la sensación de visitar un castillo o un monasterio recientemente abandonado por sus habitantes. He recorrido las estancias con rapidez, más atento a lo que podía estar sucediendo en el exterior que a los objetos que se presentaban a mi vista.

Sin embargo, el unicornio me ha detenido de golpe. Nunca me han gustado demasiado los tapices. Aquello era especial. Jamás había visto unos tapices tan delicados. El conjunto, con la historia del unicornio, me ha causado un efecto extraño. No he entendido el significado, quizá porque desconozco la leyenda en que se inspiran los tapices. Tampoco me ha importado, puesto que lo que verdaderamente era cautivador era el propio unicornio. El unicornio prisionero, el unicornio herido, el unicornio que descansa su cabeza en el regazo de la princesa. He estado mucho rato contemplándolo. Afuera todo iba a una velocidad incontenible, mientras dentro, ante el unicornio, el mundo estaba completamente detenido.

Visión desde el fondo del mar, pgs. 453-454

[Publicado el 24/10/2010 a las 19:06]

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El acantilado del grito

Cuando, en 1889, Edvard Munch vio cumplido su sueño de residir en Francia, gracias a una beca, se mostró más entusiasmado por las lecciones del casino de Montecarlo que por los impresionistas parisinos. No es que no le interesase Monet, sino que le interesaban aún más los jugadores de la ruleta. Entusiasta de Dostoievski, también Munch consideraba que el casino era "un castillo encantado donde se citan los demonios", afirmación del escritor ruso en El jugador. Con respecto al de Baden-Baden. Al parecer el pintor nórdico se pasaba horas y horas entre las ruletas, pero no jugando -como sí hacía Dostoievski-, sino observando los rostros de los jugadores. Decía que no había mejor modelo para captar las emociones profundas del ser humano pues apenas dejaban traslucir sus sentimientos, pero lo que aflora a la superficie era de una intensidad única: el que perdía debía permanecer casi indiferente y el que ganaba, si quería mantener las formas, también. Las caras se convertían en máscaras ("poner cara de póquer", decimos nosotros) y en esas máscaras habitaba todo el mundo.

 

Quizá fue a través de esa peculiar escuela de Montecarlo como Munch llegó a pintar toda esa serie de personajes enmascarados que conforman lo que llamó El Friso de la Vida, un conjunto de obras realizadas en la última década del siglo XIX, y a las que el artista, en forma de variaciones, retornó el resto de su vida. En ese periodo Munch descubrió que no quería representar a hombres celosos, a mujeres angustiadas o a jóvenes desesperados porque lo que, en realidad, quería era plasmar en el lienzo los celos en sí mismos, la angustia, la desesperación en su pureza. Quería ser un alquimista que capturara la quintaesencia de las emociones. Por eso no es de extrañar que August Strindberg, enInferno, uno de los libros más delirantes, identificó a Munch como un rival que quería arrebatarle los secretos de la piedra filosofal.

En esa década prodigiosa de su pintura, Munch fue de reto en reto hasta llegar al desafío más rotundo: pintar el grito. Quedaba claro para él que, como en las demás cuestiones, no se trataba de pintar la expresión de alguien que gritaba, sino el grito mismo. Curiosamente, al proponerse este objetivo, se colocaba, seguramente sin saberlo, en el otro extremo de lo que había dicho años atrás Schopenhauer. Este había hecho una extravagante apuesta con un amigo según la cual nadie, nunca, sería capaz de pintar el grito.

Y, precisamente en la dirección opuesta, Munch se lanzó a su célebre composición El Grito, de la que, como en el caso de otras obras, hizo diversas variaciones. Antes de llegar a la máscara absoluta que domina esta pintura, Munch había ido depurando su idea de enmascarar las emociones para hacerlas más descarnadas. Las calles se llenan de personajes espectrales, como los que desfilan al atardecer por la avenida de Karl Johan de Oslo, y hombres y mujeres, impulsados por fuerzas incontrolables, se funden desesperadamente en abrazos sin rostro. De esta forma, El Grito va abriéndose paso en la imaginación del artista.

Hasta que llega la fecha en la que Munch cree -muy al estilo de Strindberg- advertir la señal definitiva. De acuerdo con su testimonio era un anochecer en el que se sentía muy cansado, de modo que se creía enfermo. Sin embargo, salió a pasear por un camino de las afueras, desde el que se podía contemplar, a sus pies, la ciudad y el fiordo. Se detuvo para mirar cómo el sol se ponía en el horizonte y las nubes, según su descripción, se teñían de sangre. El fiordo estaba extrañamente iluminado. Munch anotó con relación a su paseo: "Sentí como un grito a través de la naturaleza. Me pareció oír un grito. Pinté este cuadro, pinté las nubes como sangre verdadera. Los colores gritaban".

De creerle, la señal se había producido. No obstante, faltaba lo más importante, aquello que Schopenhauer consideraba imposible: pintar el grito. Para ejecutar ese imposible, Munch construyó un espacio abismal en el que chocaban las líneas ondulantes y las rectas. Por otro lado, el camino de la barandilla -tal vez el mismo por el que estuvo paseando- se introducía diagonalmente en el lienzo hasta constituir una amenaza para la retina del espectador. Por fin, las formas arremolinadas contribuían a crear la sensación de vacío. Y, como es notorio, en un primer plano, presidiendo toda la escena, la gran máscara del grito y la ambigüedad definitiva de la propuesta: ¿es ella la que grita con pavor, o bien es poseída por el sonido terrible de un grito del que trata de defenderse tapándose los oídos? Posiblemente, si Munch ganó la apuesta a Schopenhauer es porque transmitió esa duda, y el espectador oye el grito de la máscara, la cual, a su vez, oye un grito cuya procedencia siempre será un misterio.

No es de extrañar que Edvard Munch, con posterioridad, otorgara tanta importancia a sus horas juveniles ante las ruletas del casino de Montecarlo. Cuando baila la bola en el redondel se produce un silencio peculiar, una sedimentación de los alientos contenidos, tan difícil de pintar como el grito mismo.

El País, 10/10/2010 


 

[Publicado el 15/10/2010 a las 10:25]

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El ruido y la furia

Al vivir en el centro de Barcelona, el pasado día 29 de septiembre tuve el oscuro privilegio de presenciar algunos de los incidentes que se produjeron alrededor de la plaza de Catalunya. De camino a casa tuve que refugiarme, junto a otros transeúntes, en un bar, cuyo dueño daba asilo a los que huían pese a que la persiana metálica estaba semicerrada. A través del ventanal, sin embargo, podían observarse fragmentos de los acontecimientos; y lo que se veía era, la verdad, bastante asombroso, puesto que, al parecer, una furia incontenible se había apoderado de decenas de individuos (luego supe que eran centenares, más allá de la panorámica que permitía el cuadro de la ventana). Lo que más llamaba la atención era la extremada violencia de los gestos, como si los que quemaban contenedores y tiraban todo tipo de objetos a la policía hubieran decidido no acabar su actuación hasta haber arrasado toda la ciudad. Algunos iban enmascarados y en los ojos de quienes iban a cara descubierta era difícil adivinar si prevalecía la rabia, el odio o el goce provocado por una diversión extrema. Pese al caos, los protagonistas de la escena actuaban con una notable -y sospechosa- disciplina, que contrastaba con la actitud vacilante de los policías y la torpeza de movimientos de algún que otro turista que de vez en cuando corría despavorido entre los alborotados.

 

En el bar, donde permanecí no menos de una hora, el dueño intentó imponer la normalidad; no obstante, de repente, tenía demasiados clientes para la capacidad de su local. Desistió de hacer un buen negocio y se limitó, como el resto de los que estábamos encerrados, a esperar. A esperar y a contemplar lo que sucedía. Todos estábamos como paralizados, aunque en ningún momento se produjo el menor indicio de pánico. Mucho silencio sí, interrumpido en ocasiones con comentarios en voz baja. A mi lado había un hombre de mediana edad con una pegatina de Comisiones Obreras sobre la camisa. Seguramente se había desplazado hasta el centro de la ciudad para sumarse a la manifestación convocada con motivo de la huelga general, y todo aquel desastre le impedía cumplir su objetivo. De tanto en tanto exclamaba: "¡Increíble!", pero más elocuente era cuando callaba y movía la cabeza, pues entonces su expresión denotaba una mezcla de incredulidad e impotencia que resumía, probablemente, el sentir de muchos otros forzados clientes del bar.

Como el encierro se prolongaba, sin cambios aparentes, y como incluso aquella teatral brutalidad se convertía en rutina, tuve tiempo suficiente para darle vueltas a lo que estaba sucediendo. Había mucho ruido en el exterior, en la calle, aunque no había duda de que el ruido de fondo debía escucharse en el páramo de las promesas incumplidas que habían herido de muerte a segmentos enteros de la sociedad. El ruido ensordecedor que ahora oíamos era, paradójicamente, la manifestación de la indiferencia y apatía nihilistas que se habían apoderado de una parte de la juventud, no ahora, en la crisis económica, sino antes, en los años de bonanza, especulación y dinero fácil. Esa violencia, servida ahora en dosis concentradas, mezclaba en un cocktailpeligrosísimo la frustración de los que han perdido toda esperanza y la degradación de los que han sido adiestrados enuna vida simplista y estúpida por parte de aquellos engranajes que siempre sacan partido de las vidas simplistas y estúpidas. (De hecho, sobre las cabezas de unos chicos que arrastraban un contenedor en llamas lucía, en la pared del fondo, una consigna publicitaria: Be stupid).

De ahí que sea tan difícil separar los componentes de ese turbulento combinado humano al que los medios de comunicación, con increíble irresponsabilidad, llaman "los antisistema". Sería erróneo, creo, descartar la presencia de una desesperación que de súbito lanza al precipicio de la ira. Pero, junto a los airados con causa -aunque no con justificación- se hallan otros elementos aborrecibles que no solo no son "antisistema", sino que, por acción u omisión, siempre son los aliados del poder. Una parte importante de ellos son los que Marx denominó lumpemproletariado o lo que antes, cuando no había tanto miedo a la corrección -o coacción- política, se denominaba "la chusma": un abigarrado conjunto en el que el robo, la picaresca y el resentimiento social compiten para proporcionar las conductas más indignas. La chusma siempre se moviliza para nutrir las cloacas del poder. Y no hay duda de que muchos de los energúmenos que asaltaban los comercios y ahuyentaban a los ciudadanos aquel 29 de septiembre pertenecían, por así decirlo, a la "chusma clásica", a la de siempre, la escoria que trata de pescar en río revuelto.

Sin embargo, en Barcelona, al lado del lumpen tradicional, actuó asimismo un tipo de chusma genuino de nuestro tiempo y que, precisamente, parece haberse apoderado de esa ciudad como sede favorita, si bien se trata de un fenómeno que afecta a todas las grandes ciudades. En este caso, el violento sujeto dispuesto a incendiar edificios enteros con tal de satisfacer sus ansias de diversión es el fruto de sucesivas "simpatías": el simpático participante en las borracheras colectivas del fin de semana; el simpático hooligan que vive para vociferar; el simpático conductor de aspecto patibulario que ensordece a los vecinos con sus ruidos favoritos. En otras palabras: las diversas especies que han alimentado nuestro lumpenhedonismo contemporáneo, para los cuales, al parecer, la diversión -su diversión- es una suerte de derecho divino y a las que se ha alentado con miedos vergonzosos y tolerancias desenfocadas. "En Barcelona todo cabe, pero no todo vale", rezaba este verano un eslogan publicitario del Ayuntamiento. El día 29 de septiembre se demostró que asimismo todo valía, para desánimo de mi compañero de encierro en el bar, el militante de Comisiones Obreras que se había propuesto acudir a la manifestación.

En realidad no sé qué pensaba este hombre ante la furia desencadenada que contemplaba. Quizá, como yo, pensó que todo aquello se habría podido atajar si se hubiera actuado a tiempo. Quizá pensó que nuestros dirigentes, además de carecer de altura política, jamás reconocen sus errores a través de dimisiones, y que los ciudadanos los imitan no confesándose la verdad por miedo y apatía. Y que entre unos y otros hemos conseguido que la bola se hinche y amenace con aplastarnos. Mientras los que al día siguiente los medios de comunicación llamarían "antisistema" campaban a sus anchas, solo me faltó ver en el periódico atrasado la famosa foto de Zapatero dando explicaciones, como un dócil pupilo, a los magnates de Wall Street, otros "antisistema", aunque de traje y corbata.

Hubiera podido mostrársela a mi compañero de encierro. Pero ya estaba suficientemente atribulado. Repetía: "¡Increíble!".

El País, 07/10/2010

 

[Publicado el 08/10/2010 a las 11:09]

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La cabeza bajo el ala

El verano, propicios siempre para ser informados de noticias que olvidamos durante el invierno, ha dejado constancia de que, según las últimas valoraciones, ninguna universidad española está entre las 200 más importantes del mundo. En la anterior lista había una -la Universidad de Barcelona-, pero en la actualidad también ha desaparecido. Hubo unos cuantos comentarios en los periódicos, aunque no creo que esta información haya amargado las vacaciones a demasiada gente. Unos días después de esa noticia La Vanguardia dedicaba una doble página al negocio de la prostitución en España y, además de indicar las fabulosas ganancias que implicaba para las mafias, ofrecía, no sé bien a través de qué medios, un cálculo de las prestaciones anuales requeridas por los varones españoles: 15 millones, un récord en Europa y todo un índice de la salud sexual, y no sexual, de la sociedad española.

En la misma doble página, en un recuadro, los periodistas advertían que la prostitución era el segundo negocio con más volumen de beneficios, únicamente por detrás del de las armas, pero por delante del de las drogas. No me quedó claro si por "armas" se entendía la fabricación y exportación legal o directamente el tráfico ilegal de armamento; de ser esto último la capacidad recaudatoria del pobre Estado quedaría aún más mermada, tras no sacar provecho alguno del dinero negro procedente de las drogas y la prostitución. De todos modos no hay ningún indicio de que la alarma suscitada en la comunidad sea particularmente grave. Negocios tan rentables, al fin y al cabo, no son fruto de un verano, sino la consecuencia de delitos perpetrados a lo largo de años y a la vista de todos. Nadie puede escandalizarse, más allá de cuatro comentarios fugaces.

Sin embargo, como pueden comprobar, el panorama es bastante coherente. Un país que asiste impávido a la sedimentación del delito, como ocurrió también, durante décadas, con la especulación inmobiliaria, ¿para qué necesita buenas universidades? Si lo que prevalece es la corrupción y la ganancia fácil por encima del mérito, ¿a qué viene rasgarse las vestiduras cuando las estadísticas incordian con sus fríos números señalando a tantos jóvenes predispuestos a la apatía a falta de otras posibilidades? ¿Cuántos españoles se sienten responsables del desastre educativo?

Creo que necesitaríamos muy pocas manos para contarlos con los dedos. Evidentemente, los culpables son siempre los otros. En especial hay dos figuras que son vistas como monigotes del pim-pam-pum sobre los que lanzar las reacciones airadas cuando emerge un problema: el maestro y el político. Esteúltimo, protagonista de un paisaje utilitarista y sin ideas, incorpora a su profesión el riesgo de ser señalado constantemente; los italianos, que saben bastante de estas cosas, ya hace mucho que han asociado el mal tiempo con el porco governo. Por su parte, el maestro, como está en la primera línea del frente, es el depositario directo del colapso educativo.

Lo grave, e hipócrita, de esta concepción es ignorar que, en realidad, se trata de un fracaso ciudadano que implica la entera percepción de la democracia. Treinta y cinco años después de la muerte de Franco, y con la octava economía del mundo -según se ha alardeado-, España es incapaz de tener una universidad de prestigio mundial. Y hay algo peor. A casi nadie parece importarle. O bien se trata de un fracaso de la democracia, tal como históricamente se ha entendido este modelo político, o bien hemos instaurado una democracia de otro tipo, innovadora y vanguardista, para la cual es mucho más decisivo tener una selección de fútbol campeona del mundo que una universidad entre las primeras del planeta. Si se hacen encuestas a este respecto es casi mejor no saber los resultados. Aunque también podría ser que nos estuviéramos adelantando a todos al ensalzar la ignorancia y despreciar el conocimiento, y constituyamos la vanguardia del siglo XXI.

Pero si hay que entender la democracia tal y como la entendieron humanistas e ilustrados el fracaso es evidente, y no atañe solo a los políticos y a los maestros, sino a todos los ciudadanos. Hay unanimidad en que el sistema educativo es un desastre, pero lo insólito sería que tuviéramos buenas escuelas y universidades en medio de la indiferencia general. Es cierto que gran parte de la Universidad española se halla en caída libre como consecuencia de sucesivas reformas ineficaces y de una burocratización sin límites que acaba premiando a los mediocres, pero no es menos cierto que los buenos -o excelentes- profesores que sobreviven lo hacen en un ambiente descorazonador en el que la falta de estímulos procede, en primer lugar, del escaso interés y prestigio del conocimiento en el seno de la comunidad.

A través de la sempiterna pantalla de televisión -con un consumo medio de tres horas diarias por habitante- los adolescentes son informados puntualmente de que los héroes son deportistas multimillonarios, los especuladores, los tertulianos gritones, las prostitutas de lujo y toda esa chusma que se pasa el día juzgando y sentenciando a los demás. Este esperpento permanente transmite un mensaje claro: ¿para qué sirve la cultura?; para nada, pues lo que sirve es la palabra hueca, la neurona lenta y la rapiña veloz. Y frente a esa invasión la resistencia de los ciudadanos, hay que reconocerlo, es escasa. La conciencia crítica disminuye hasta casi anularse, empezando por la que atañe a la vida política, pero con repercusiones en todos los estratos de la sociedad. Con estar atentos a la pobreza del lenguaje utilizado por los españoles, desde el que se usa en los Parlamentos hasta el que se puede escuchar en los restaurantes, uno puede formarse una idea bastante nítida de la situación.

No nos engañemos. Políticos sin grandeza y profesores desorientados solo son responsables secundarios de la escasísima formación media de los jóvenes; el responsable directo es el ciudadano-avestruz, el protagonista de una democracia fraudulenta en la que se enfatizan los derechos y se rehúyen los deberes, siempre mirando hacia otro lado o con la cabeza bajo el ala. El ciudadano-avestruz nada quiere saber de la destrucción del litoral mientras esto no vulnere sus intereses; nada le afecta la corrupción mientras no se grave su bolsillo; en nada le concierne el asentamiento de las mafias mientras él pueda ir tirando; le importa un comino tener o no tener buenas universidades mientras la diversión esté asegurada. Siempre podrá acusar a los políticos -reclutados a su imagen y semejanza- de sus errores. Porco governo. El espantapájaros.

Lo malo es que finalmente se consigue una democracia de avestruces; todos con la cabeza bajo el ala y, por supuesto, sin mirar nunca de frente.

  El País, 17/09/2010 

[Publicado el 24/9/2010 a las 13:23]

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El bosque sagrado

Vi hace poco la versión de esta última tragedia de Sófocles dirigida por Peter Stein. Era una representación austera, de una desnudez inquietante y con una soberbia actuación de Karl Maria Brandauer en el papel del anciano Edipo. Brandauer, con el gesto siempre contenido, lograba transmitir la variedad de emociones que invaden al protagonista ante la inminencia de la muerte: el amor paterno hacia las hijas, el inconformismo ante los hombres, el agradecimiento hacia los dioses. Peter Stein resolvía de modo sobresaliente la intervención del coro de los ciudadanos de Colono, en particular cuando entonó el maravilloso canto sobre la vejez.

Me interesaba ver la elección escenográfica de Stein para construir el bosque sagrado. Los espectadores se encontraban con una desolada llanura interrumpida por un bosque de laurel, viñas y olivos. La escena ponía de relieve el carácter ambiguo del bosque sagrado, un espacio en el que pueden tener lugar portentos benéficos y también revelaciones pavorosas. De hecho, Sófocles ya da la pauta sobre la naturaleza ambivalente de estos recintos al colocar al bosque de su ciudad natal bajo la protección de las Euménides, deidades benevolentes pero con un terrible pasado cuando, como Erinias, eran las oscuras diosas de la sangre y la venganza. Edipo da sus últimos pasos postreros con viento favorable, inclinado hacia la gloria que el futuro le deparará en la memoria de los hombres, aunque sin olvidar la violencia, la incomprensible violencia, que impulsa la vida.

En la obra de Sófocles al final solo a Teseo le es permitido asistir a la enigmática muerte de Edipo. Como homenaje del poeta a Atenas, recién derrotada en la guerra, el rey Teseo acompaña al héroe hacia un desenlace secreto. Lo que se oye en el bosque sagrado es aleccionador y misterioso. Edipo advierte al rey respecto a lo que va a ver: "Y tú guárdatelo siempre para ti mismo y, cuando llegues al final de la vida, indícaselo solo al mejor y que él no deje de revelárselo al siguiente".

Siguiendo la lógica de Edipo únicamente uno de nosotros, hoy día, está en condiciones de saber en qué consistió la muerte de Edipo. Pero este enigma es todavía más difícil que el que tuvo que afrontar el héroe en su juventud al cruzarse en su camino la terrorífica Esfinge. ¿Qué autoridad dictamina quién es el mejor? No soportamos que lo haga una autoridad exterior y, en nuestro interior, cualquier autoridad es demasiado voluble para arrogarse una sentencia. En un instante pasamos de ser el mejor a ser el peor, y viceversa. Algo semejante debieron de pasar los espectadores contemporáneos de Sófocles, incapaces, como nosotros, de dar una solución al problema de la muerte de Edipo.

No obstante, quizá la auténtica muerte de Edipo, calificada de maravillosa, fue la recuperación de la vista tras tantos años de ceguera. Así como en Edipo rey todas las metáforas puestas en circulación por Sófocles son indicios de que Edipo, ufano de su capacidad para observar, acabará arrancándose los ojos, en Edipo en Colono las más diversas insinuaciones nos empujan a la idea de que el ciego ve las cosas con mayor penetración. Si el joven Edipo, en la cima de su poderío como tirano de Tebas, desprecia al gran adivino Tiresias por ser ciego, ahora, a punto de morir, el viejo Edipo se redime él mismo en el papel del adivino capaz de ver lo que los ojos humanos, demasiado domesticados por la rutina y la cotidianidad, ignoran. Quizá podamos aventurar que Edipo, en el último instante, tuvo la visión certera de la condición humana, con sus grandezas y horrores, y que esta era la herencia de la que Teseo tenía que constituirse en albacea.

Todo esto cuesta creer que pudo suceder en Colono, o en la Atenas acribillada por el ruido de una circulación infernal. Miles de exhaustos turistas persiguen los rastros de los dioses mientras algunos autobuses exhiben, en grandes paneles, la publicidad de unos tejanos llamados True religión, que, a la sombra del Partenón, significa una lacónica declaración de principios de nuestra nefasta época. Y, sin embargo, el bosque sagrado siempre subsiste.

Colono modernamente ha sido absorbido por el caos urbano de Atenas pero en la Antigüedad era una ciudad con entidad propia, Colono de los Jinetes, en la que nació Sófocles y en la que este poeta situó la acción de su última obra, escrita con más de 80 años. Ahora es un lugar devorado por el polvo y el tráfico que en pleno verano se sumerge en una neblina sofocante. Nada hace pensar que allí hubo un bosque sagrado. Sin embargo, fue a este bosque hacia donde se encaminó el viejo Edipo cuando, tras años de enrancia, tuvo el presentimiento de que su muerte estaba cercana. En realidad, fue el propio Sófocles el que quiso cerrar su círculo vital en Colono de los Jinetes, y hacia allí se llevó a su héroe favorito, a quien había hecho pasar del poder a la miseria en Edipo Rey y al que, en un nuevo cambio de fortuna, arrancaba a la miseria para alcanzar la gloria en Edipo en Colono.
 

El País, 12/09/2010  

[Publicado el 18/9/2010 a las 13:52]

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Juegos africanos

Por lo visto, al igual que sucede otros años, uno de los entretenimientos favoritos de nuestra policía local es dispersar a los vendedores ambulantes africanos que venden bolsos falsos y otras baratijas cerca de las tiendas de lujo del paseo de Gràcia. No creo que se trate de detenerlos sino de asustarlos, con maniobras bastante rutinarias ante las que los espigados inmigrantes, la mayoría senegaleses, dan muestras de su habilidad en el repliegue, tanto de sus mercancías como de sus propias personas. No dudo que con estas batidas la policía cumple con su obligación de reprimir actividades ilegales o ilícitas; pero, la verdad, en todos estos años, me ha parecido que la hostilidad de los ciudadanos con respecto a estas actividades era mínima y, además, por qué no confesarlo, en un mundo de apabullante estupidez en relación a las marcas, tiene bastante gracia que por cuatro pavos uno, si quiere, pueda adquirir guccis, pradas, vuittons y lo que desee, aunque son falsísimos.

El otro día observé una de estas heroicas intervenciones de nuestra policía local. A mi lado un agente de paisano informaba por teléfono a sus compañeros de uniforme sobre la posición de los vendedores ambulantes. De ignorar el asunto, hubiera creído que asistía a los prolegómenos de una arriesgada redada en la que se capturaría a peligrosos terroristas. Luego, como era de esperar, hubo cuatro gritos y se produjeron las consabidas carreras. El agente de paisano informó a no sé quien que la operación ya había sido completada. Todo muy profesional.

Lástima, pensé, que tal profesionalidad no se aplique con igual rigor en el caso de las manadas de borrachos y de las turbas vociferantes que, noche tras noche, causan molestias infinitamente superiores a las que provocan los vendedores de bolsos y gafas falsos. A muchos ciudadanos nos gustaría tener una policía en condiciones de acabar con la falsedad incomparable de una ciudad incapaz de cumplir sus propias normas.

El País, 31/07/2010

[Publicado el 11/9/2010 a las 07:30]

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Foto autor

Biografía

Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de treinta libros en distintos ámbitos literarios. Entre ellos: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura: Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre). Como escritura transversal más allá de los géneros literarios ha publicado: Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, Visión desde el fondo del mar. Recientemente, ha publicado Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida (2013) y Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza (2013).

Ha estudiado Filosofía, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona. Estudió también en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Fue profesor visitante en la Universidad de Berkeley. Ha impartido docencia en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002), y los premios Cálamo (2010) y Ciudad de Barcelona (2010) con Visión desde el fondo del mar. 

Bibliografía

Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio
y la celebración de la belleza
(Acantilado, 2013)

 
Una educación sensorial. Historia personal del desnudo
femenino en la pintura
(Acantilado 2012)
Visiones desde el fonde del mar (Acantilado, 2010).
MICROSITE DEL LIBRO

 

Publicaciones principales

POESÍA
- Disturbios del conocimiento. Barcelona: Icaria Editorial, 1980.
- Duelo en el Valle de la Muerte. Madrid: Editorial Ayuso, 1986.
- El afilador de cuchillos. Barcelona: El Acantilado. Quaderns Crema, 1999.
- El poema de la serpiente. Badajoz: Asociación Cultural Littera Villanueva, 2010.
- Cantos del Naumon. Libros del Aire. Colección Jardín Cerrado, núm. 5, 2010.

NARRATIVA
- Lampedusa. Barcelona: Editorial Montesinos, 1981.
- El asalto del cielo. Barcelona: Editorial Plaza & Janés, 1986.
- Desciende, río invisible. Barcelona: Editorial Destino, 1989.
- La razón del mal. Premio Nadal 1993. Barcelona: Editorial Destino, 1994.
- Transeuropa. Madrid: Alfaguara Ediciones, 1998.
- Davalú o el dolor. Madrid: RBA, 2001.
- Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida. Barcelona: Quaderns Crema, 2013.

ENSAYO
- El Quattrocento. Barcelona: Editorial Montesinos, 1982.
- La atracción del abismo. Barcelona: Editorial Bruguera, 1983. Reeditado 2006.
- El Héroe y el Único. Madrid: Taurus Editorial, 1984.
- Tres miradas sobre el arte. Barcelona: Icaria Editorial, 1985.
- Leopardi. Infelicidad y titanismo. Barcelona, 1986
- Territorio del nómada. Barcelona: Ediciones Destino, 1986.
- El fin del mundo como obra de arte. Barcelona: Ediciones Destino, 1990. Reeditado 2007.
- El cansancio de Occidente (en colaboración con Eugenio Trías). Barcelona: Ediciones Destino, 1994.
- Sabiduría de la ilusión. Madrid: Taurus Editorial, 1994.
- Aventura. Una filosofía nómada. Barcelona: Nuevas Ediciones Debolsillo, 2000.
- Una educación sensorial. Historia personal del desnudo femenino en la pintura. Madrid-México: Fondo de Cultura Económica, 2002. Barcelona: Editorial Acantilado, 2012.
- Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra. Barcelona: Ediciones Destino, 2003.
- Del Ganges al Mediterráneo: un diálogo entre las culturas de India y Europa (en colaboración con Vidya Nivas Mishra). Madrid: Siruela, 2004.
- Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza. Barcelona: Editorial Acantilado 2013.

ESCRITURA TRANSVERSAL
- El cazador de instantes. Barcelona: Ediciones Destino, 1996. Reeditado 2007.
- El Puente de Fuego. Cuaderno de Travesía, 1996-2002. Barcelona: Ediciones Destino, 2004.
- Enciclopedia del crepúsculo. Madrid: El Acantilado, 2006.
- Breviario de la aurora. Barcelona: El Acantilado, 2006.
- Visión desde el fondo del Mar. Barcelona: Editorial Acantilado, 2010. Premio Cálamo 2010. Premio Ciudad de Barcelona 2010.

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