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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 24 de marzo de 2017

 Blog de Rafael Argullol

Los paraísos perdidos

Buenos días a todos,
Queremos, como siempre, agradecer a los lectores que nos siguen acompañando, y a aquellos que nos siguen dejando sus comentarios.
Nos place mucho contarles que próximamente volveremos a colgar conversaciones entre Rafael Argullol y Camilo Hoyos. Por ahora nos encontramos preparándolas, razón por la cual, hasta entonces, iremos colgando algunas de las antiguas conversaciones, para así poder ir entrando de nuevo en materia.
 
Reciban todos un cordial saludo,
Delfín Agudelo
____________
 
Rafael Argullol: Adán y Eva, antes de ser expulsados, no tenían nada que decirse eróticamente. Empiezan a tener qué decirse una vez han pasado las puertas del paraíso y han sido expulsados. Empieza el juego del desnudamiento y el revestimiento, que es el juego erótico por excelencia. 
Delfín Agudelo: Por esto, a veces no sé cómo comprender la vida en aras de la recuperación del paraíso. Su pérdida nos concedió tanto el sentimiento amoroso y erótico. 
R.A.: Tiendo a creer que la imagen simbólica del paraíso perdido es uno de los espacios epifánicos que el ser humano se ha dado a sí mismo como fundación de sus propios placeres y dolores. El paraíso perdido en la Biblia es el final de una etapa de armonía, pero al mismo tiempo da comienzo a penalidades, a la dinámica de la lucha de contrarios y de la atracción de contrarios que implican estas penalidades. En Trabajos y Días de Hesíodo, el proceso es el mismo: cuando se pierde la edad de oro los hombres entran en un proceso dominado por las contradicciones, pero de esas contradicciones nace luego la propia civilización. Y diría incluso que la leyenda de Buda, cuando el príncipe Siddharta sale del palacio dorado, lo que se encuentra, que es la vejez, la muerte, el tiempo, la enfermedad, el trabajo, es exactamente lo mismo que se encuentran Adán y Eva a la salida del Paraíso- que es lo que se encuentra en el relato de Trabajos y Días cuando se pierde la edad de oro. Hay un momento fundacional en el ser humano que es la pérdida del paraíso. En la medida en que pierdes el paraíso, eres capaz de confrontar la vida con la muerte y con al idea de mortalidad, eres capaz de confrontar el bien y el mal, el amor y el odio, Eros y discordia, y a partir de aquí casi diría que la historia del ser humano empieza con la pérdida del paraíso. Y este es un acto simbólico y por tanto epifánico.
D.A.: La epifanía, sobre todo, cuando Adán y Eva reconocen su ineludible condición humana luego de la expulsión. Es, además, la conciencia de Dios, y por tanto del sentimiento religioso, el nacimiento de la religión como tal. Sin caída, no habría religión judeocristiana.
R.A.: No solo es el nacimiento de la religión, se crea todo. Esto está muy bien reflejado en el poema de Hesíodo: en la edad de oro, los hombres viven una especie de sonambulismo. Incluso es muy bonita la manera como Hesíodo describe la muerte para los habitantes de la edad de oro. Los hombres son mortales y en cuanto a seres mortales, mueren, a diferencia de los dioses. Pero son mortales sin conciencia de la muerte. En la edad de oro los hombres mueren como sumidos en un sueño. Pero yo diría también que viven como sumidos en un sueño, auténticos sonámbulos. La herida epifánica se produce en el despertar de ese sonambulismo. Y ese despertar es la pérdida de la edad de oro y del paraíso. Ahí, de alguna manera, nace todo: el otro día vimos que el erotismo nace de allí, porque el desnudo del paraíso terrenal era un desnudo que no tenía ningún contenido erótico. El erotismo nace en el momento en que Dios obliga a vestirse a Adán y a Eva y por tanto inaugura el contraste entre lo vestido y lo desnudo. La conciencia religiosa, o más profundamente la conciencia de lo sagrado, nace en el momento en que el hombre descubre la muerte. No solamente muere: adquiere la conciencia de la muerte, muere despierto, no como en el paraíso o en la edad de oro que muere sonámbulo. Muere despierto y evidentemente se desatan todas las contradicciones vinculadas con la muerte, y con su siervo inmediato que es el tiempo. El siervo del tiempo que es la duración, la edad; la constatación física de la vejez y la enfermedad, y a partir de ahí se pone en funcionamiento el deseo de inmortalidad del hombre que ha sido herido de una manera epifánica. 
También se da el deseo erótico del otro, la necesidad también diría erótica de traspasar la muerte hacia la inmortalidad, e incluso también la necesidad erótica del propio lenguaje: mientras los hombres son sonámbulos, son de alguna manera seres que como máximo hacen soliloquios, que monologan. Es en el momento en que pierde el paraíso que el hombre deja de estar impedido a inaugurar un tipo de signos y de comunicación que vaya más allá del monólogo para iniciar el diálogo. Desde mi punto de vista, diálogo, relación erótica y conciencia de lo sagrado nacen de la misma herida epifánica que está míticamente encajada, bien espacialmente en la idea del paraíso, bien temporalmente en la idea de la pérdida de la edad de oro.

[Publicado el 01/7/2011 a las 10:02]

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El cementerio marino

En las lecturas adolescentes me impresionaban mucho los paisajes en los que se describían cementerios marinos: me refiero a esos fondos abismales en los que reposaban decenas de buques hundidos en medio de un inalterable silencio. Recuerdo varios pasajes de Emilio Salgari y Julio Verne, pero no recuerdo ni el título del libro ni el autor de las páginas que me produjeron, entonces, más impacto, y en las que se dibujaba un gigantesco depósito de naves depositadas en el suelo marino. Este autor, cuyo nombre he tratado de recuperar a lo largo de años sin conseguirlo, era un maestro de la fantasmagoría y atribuía a un espíritu del mar -algo así como un moderno Neptuno- la idea de amontonar en ese incomparable camposanto los barcos que se habían hundido en los diversos mares del mundo.

En esa escenificación submarina todos los marineros permanecían en sus puestos, con la particularidad de que ya no eran de carne y hueso, como cuando vivían, sino sólo de hueso, es decir esqueletos: el timonel al timón, el grumete en lo alto del palo mayor, el capitán en la cabina de mando, y así, aferrados a sus respectivas labores, ejércitos de fantasmas. Y mientras los hombres, descarnados, vivían el sueño eterno de los justos en ese museo de náufragos definitivos, los peces reinaban con un esplendor envidiable. Mi autor desconocido narraba una enciclopedia entera de especies exóticas, aficionadas todas a los abismos, junto a criaturas más familiares como los peces torpedo, los peces martillo o rayas capaces de fulminar a los adversarios con su electricidad. Los peces se movían, libres y juguetones, entre las esperanzas perdidas de los hombres.

Luego, abandonada la adolescencia, las lecturas me condujeron a cementerios marinos perfilados ya no en el fondo sino en la superficie: fue el momento de las naves a la deriva y de los buques fantasmas. Por esos azares que luego, con el paso de los años, descubres que no son azar, sino pura coherencia, me enfrasqué en varias historias con aquel común denominador. Podría enumerar muchas pero me vienen a la memoria, con especial intensidad, la leyenda del Holandés Errante, el barco que traslada el féretro de Drácula en la novela de Bram Stoker y, en la pendiente culminante del recuerdo, la conmovedora deriva del Viejo Marinero por los gélidos mares australes. En este último caso los versos de Coleridge se mezclan tan íntimamente en mi memoria con las ilustraciones realizadas sobre el poema por Gustave Doré que me cuesta deslindar unas de otros. Los fantasmas se deslizaban, errantes y quizá serenos, por la superficie de las aguas.

Por fin, con la edad adulta, las lecturas, y no únicamente las lecturas, me condujeron a nuevos cementerios que ya no estaban en los fondos marinos, ni en la superficie de océanos crepusculares, sino en tierra, en una tierra frágil y fronteriza desde la que los hombres contemplaban con añoranza el mar perdido como si, en efecto, rememoraran, en algún lugar recóndito de su conciencia, un remotísimo instante de ingravidez y felicidad. Tal vez educado por el ejemplo de Barcelona, siempre he considerado un gran acierto que las tumbas se orienten hacia el mar, hacia lo abierto, dando así vía libre, vuelo, a la navegación de los recuerdos. No hay ruinas más ligeras, y sin embargo más henchidas de presencias, que esas necrópolis griegas, construidas sobre colinas y volcadas hacia el mar, en las que las historias del pasado, rodeadas por un aura de eternidad, permanecen extrañamente vivas.

Estos cementerios marinos debían encaminarse necesariamente al mejor cantado de todos ellos, el de Sète, evocado por Paul Valéry en su gran poema. En la fantasmagoría del poeta francés la acción ya no transcurre en la oscuridad abismal ni en el claroscuro del ocaso sino a plena luz del día o, más exactamente, en la extrema claridad del mediodía. Valéry escoge el momento en el que el mundo permanece sin sombra para fijar su deslumbramiento. Y esto nos revela una verdad que sólo aprendemos con el transcurso del tiempo: la luz es más turbadora, más misteriosa, que la oscuridad. Es cierto que aquellos lejanos cementerios marinos de las lecturas adolescentes avivaban mi imaginación al poner ante mis ojos mundos desvanecidos, y también es cierto que las posteriores travesías a bordo de buques fantasmas me trasladaban a puertos impensables; no obstante, ningún viaje puede llevarte a donde te lleva el deslumbramiento de la luz.

Hay un instante, que ocupa los versos centrales del poema de Valéry, en el que pasado, presente y futuro se confunden en un solo átomo, y entonces se deshace momentáneamente la línea de hierro que separa la vida de la muerte, aflorando los recuerdos como acontecimientos que todavía tienen que suceder. Probablemente la inmortalidad no sea más que eso: vivir como futuro lo que forma parte del pasado. Eso, creo, es lo que ya quería sugerir aquel autor cuyo nombre no acierto a recordar y que concibió un espíritu marino que coleccionaba naves naufragadas. También, pienso, es la ruta que proponen los buques fantasmas. Sin embargo, cuando se comprende mejor este viaje, como tan bien nos transmite Valéry, es al dejarse deslumbrar por el sol del mediodía desde esos cementerios marinos que se deslizan hacia el mar como si la muerte necesitara cada día, en el instante sin sombra, contemplarse de nuevo como vida.

El País, 12/06/2011  

[Publicado el 21/6/2011 a las 08:29]

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El caso del pintor inexistente

imagen descriptiva

Los pasados 10 y 11 de mayo, y como Subasta de Primavera, una de las principales firmas de Madrid dedicadas al mercado del arte, sacó a subasta el cuadro de un extraño pintor. La obra, cuyo número de lote era el 783, se llamaba El estudio del pintor y era un óleo sobre tablex cuyas medidas eran 45 por 37 centímetros. Estaba firmada al dorso y fechada en 1986. Hasta aquí nada especialmente reseñable, una pieza más de las cientos que se subastan cada año. Lo único insólito era que el autor del cuadro respondía al nombre de Rafael Argullol, es decir, mientras no se demuestre lo contrario, yo mismo, sospecha que aumentaba al comprobar que los datos biográficos eran exactamente idénticos a los míos. Por desgracia, en mi vida he sido incapaz de pintar un cuadro.

La curiosa historia había empezado el 8 de mayo cuando, estando en Bogotá, recibí un SMS de una amiga holandesa, marchante de arte, a la que hacía años que no veía. Me informaba, con cierta irónica malicia, que un cuadro mío había salido a la venta en una casa de subastas de Madrid. Como me ofrecía todos los datos necesarios, al volver de Colombia busqué en Internet la misma fuente a la que había accedido mi amiga, con la certeza de que esta se había equivocado. Pero no, todas sus informaciones salían reflejadas en la pantalla: los días de la subasta, el número de lote, las medidas de la obra... Junto con la casa de subastas aparecía la autoridad de un art magazine -de nombre paradisiaco- que, según deduje, tenía un amplio alcance internacional. En la pantalla quedaba claro que Rafael Argullol era un pintor consolidado y con cierta reputación pues brotaban cosas como "próximas subastas de obras de Argullol", "noticias de actualidad sobre Argullol" e incluso un emocionante titular que contemplé con legítimo orgullo: "obras de Pablo Picasso y Rafael Argullol". De repente, de la noche a la mañana, me había convertido en un prestigioso pintor, o más bien, como se insistía en la pantalla, con sutil italianización, pittore.

Y entonces brotó también la imagen. Me preocupaba, la verdad, el cuadro que yo, como pittore, había pintado en aquel ya lejano 1986. ¿Sería un monigote cualquiera?, ¿sería, si no una obra maestra, sí al menos algo presentable, algo que pudiera enseñar sin rubor a mis amigos? Como me temía lo peor, cuando tuve mi cuadro ante los ojos sentí un cierto alivio. No era desde luego una obra maestra, pero tampoco era uno de aquellos espantapájaros que en los años ochenta se fabricaban por miles. Estudié cuidadosa-mente la obra que yo, en un rapto inconsciente, había pintado hacía un cuarto de siglo y, de pronto, encontré una explicación al hecho de que se me presentara como pittore.

Me di cuenta de que no solo me había transformado milagrosamente en pintor sino que, en realidad, era un pintor italiano, más bien de la primera mitad de la pasada centuria. Cuanto más obsesivamente examinaba el cuadro -mi cuadro- más me convencía de que allí se delataban claras influencias transalpinas. A veces veía la mano de Giorgio Morandi; a veces, la de Umberto Boccioni e, incluso, no sería descartable el influjo del propio De Chirico. Decididamente, El estudio del pintor, aunque fuera mi único cuadro, era una obra importante, una pintura compleja en la que resonaban, algo tardíamente, eso sí, los ecos de grandes maestros. En aquellos días de 1986 yo me debí convertir, seguramente, en un medium de aquellos sobresalientes artistas y en estado de conmoción, o de éxtasis, ejecuté, sin apercibirme racionalmente, este cuadro que, también sin mi conocimiento, había salido a subasta en Madrid.

De hecho todo encajaba. ¿No era acaso el tema del "taller del pintor" uno de mis temas favoritos en la historia de la pintura? Vermeer, Velázquez, Courbet, el propio Picasso, al que tan inesperadamente ahora acompañaba en un catálogo. No era de extrañar, pues, que en el momento de ser empujado por las oscuras fuerzas de la inspiración a acometer la única pintura de mi vida hubiera escogido aquel asunto, y El estudio del pintor se erigiera, así, en un manifiesto de mis propios deseos. De otra parte, no pudiendo negar que cada uno de nosotros aspira a lo que no tiene, o a lo que la naturaleza le ha vedado, hay una lógica implacable en el hecho de que el pintor quiera ser músico, el músico se deleite con la idea de ser escritor, y el escritor sueñe con ser pintor. Mi sueño se había cumplido gracias a que una vieja amiga holandesa me había informado de una subasta en la que se ponía a la venta un cuadro mío. Soy el autor del -para mí- ya famoso El estudio del pintor.

Sin embargo, como no soy el autor de ningún cuadro, ni siquiera de este, y como sé con toda seguridad que no estoy dotado para la pintura, aunque sea bajo un estado extático, el sueño también puede derivar fácilmente hacia la desagradable pesadilla. Si es tan fácil usurpar la identidad de alguien, crearle un oficio, y hasta atribuirle una obra determinada que nunca realizó, resulta asimismo muy sencillo atribuirle la vida que no tuvo y juzgarlo por actos que jamás cometió. Evidentemente las falsificaciones en el mundo del arte siempre han sido moneda corriente, al igual que los plagios en literatura. Pero el caso de El estudio del pintor es bastante singular y se incrusta, no tanto en la larga tradición del falso artístico, sino en nuestra tendencia contemporánea a crear existencias falsas, a partir del acoplamiento de distintos fragmentos suministrados por las casi infinitas redes de información a las que cualquiera tiene acceso.

Como me cuesta creer que alguien haya inventado mi condición de pittore de manera preconcebida, dada la nula rentabilidad comercial de dicha operación, quiero pensar que todo es el fruto de un monstruoso equívoco: monstruoso en el sentido estricto que esta palabra podía tener para aquellos maravillosos taxidermistas de Macao y Singapur que, en la segunda mitad del XIX, construían nuevas especies a partir de animales distintos para satisfacer la furia darwiniana de los museos occidentales. El resultado era una criatura falsa forjada a partir de piezas verdaderas. A El estudio del pintor, mi pobre cuadro, le ha pasado lo mismo. Alguien lo ha arrebatado a su autor material -sea quien sea este- y, tras cambiar mi oficio, me lo ha adjudicado a mí. Todo es falso y todo es verdadero al mismo tiempo: como lo eran los centauros y las quimeras. En un horizonte repleto de plagiarios impunes, naturalmente escudados en el anonimato del denominado "mundo virtual", ¿tienen relevancia la torpeza de un art magazine o el descuido de una prestigiosa casa de subastas? ¿Son realmente torpeza o descuido?

Mientras respondo a este interrogante me muevo en un dilema: ¿debo, de acuerdo con la pesadilla, arremeter contra la impunidad de los autores del desaguisado o, por el contrario, rendido al dulce sueño de haber conquistado de golpe el título de pittore,debo considerarme el artífice de un cuadro que, para ser el primero, no es nada despreciable y me anuncia una prometedora carrera?

 El País, 06/06/2011

[Publicado el 06/6/2011 a las 23:37]

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Fecha límite: 2016

El pasado 1 de mayo, en el downtown de Los Ángeles, el domingo por la tarde transcurría con la peculiar rutina -esa mezcla de pesadez del aire y lentitud de las horas- con que transcurren los domingos por la tarde en todas las ciudades del mundo, aunque con un ingrediente propio: los diversos elementos del paisaje urbano conformaban un escenario que ya se acercaba mucho al proporcionado por la película Blade runner. Es explicable, pensé, pues al fin y al cabo no faltan tantos años para llegar al 2019 del filme, y muchos estamos de acuerdo en que Blade Runner fue una de las más acertadas aproximaciones al futuro que se hicieron en el siglo XX. Únicamente ocho años antes de llegar a la fecha señalada. Es verdad que no hay replicantes, ni coches voladores, ni audaces expediciones espaciales (y en cambio sí teléfonos móviles e Internet, algo que no previó Philip K. Dick, el inspirador literario de la película de Ridley Scott, y que, por cierto, tampoco vislumbraron Aldous Huxley y Georges Orwell en sus respectivos pronósticos); sin embargo, en nuestro mundo se perfila con creciente nitidez aquella confusión de lenguas, de razas, de arquitecturas, aquella combinación de sofisticación tecnológica y pobreza espiritual, de experimentos científicos ilimitados y carencias morales también ilimitadas. Y no había duda de que Los Ángeles había sido una elección adecuada.

La tarde del domingo 1 de mayo se consumía, pues, como tratando de acercarse al guión de Blade runner en las calles semivacías del downtown angelino. Al contrario de la película, en la que llueve todo el tiempo, lucía un sol radiante pero, por lo demás, todo parecía preparado para la deshumanización anunciada en el choque brutal de los brillantes rascacielos y los edificios desahuciados, y en el gesto lentísimo de multitud de home-less que deambulaban alrededor de los grandes aparcamientos al aire libre, antes de sumergirse en extrañas tiendas de campaña confeccionadas con bolsas de basura. Para hacer más verosímil la representación anticipada de Blade runner donde, que yo recuerde, no aparece un solo libro, en Main Street, cerca del hotel en el que estaba alojado, me topé con una librería que se llamaba The Last Bookstore in Los Angeles. El amigo que me acompañaba, nacido en la ciudad, me informó de que se trataba de algo literal y de que aquella, en efecto, era la única librería que no había sucumbido al efecto de las grandes superficies comerciales.

El decorado era casi perfecto, en su intención bladerunneriana, cuando en la propia Main Street se oyeron exclamaciones procedentes de algunos bares en los que relucían gigantescas pantallas de televisión: así me enteré de la muerte de Bin Laden. Con mi amigo, un americano muy anglosajón pero poco nacionalista, entramos en uno de ellos para contemplar la imagen de Obama, pálido y serio, mientras hacía el anuncio. Hubo unamago de entusiasmo por parte de un grupo de blancos que bebían cerveza, e incluso uno de ellos se puso a entonar un patriótico U-S-A, como si contemplara un espectáculo deportivo; en general, sin embargo, los parroquianos se mantuvieron come didos y en silencio. Me dio la impresión de que, para los mexicanos y para los negros, el anuncio tampoco era nada del otro mundo.

A partir de este momento, y durante los días siguientes, las pantallas de televisión norteamericanas -y las de todo el planeta- vomitaron, como es sabido, imágenes relacionadas con la muerte de Bin Laden, una ceremonia de monopolio visual solo equiparable, precisamente, al acontecimiento con que esa muerte se relacionaba: los atentados del 11 de septiembre de 2001. No obstante, con anterioridad a la explotación de esa historia macabra, las televisiones americanas estaban muy ocupadas con otra historia no menos apocalíptica pero que, al principio, me resultaba misteriosa. En hoteles, bares y restaurantes los televisores proponían una fecha, 2016, acompañada de una anotación inquietante: deadline. Como en la actualidad no es necesario mirar la televisión para que, gracias a las omnipresentes pantallas, la televisión te mire a ti mientras estás comiendo, bebiendo o simplemente paseando por el vestíbulo de tu hotel, pronto logré hacerme una cierta idea de lo que ocurrirá en el año 2016 según un ejército de analistas, sociólogos, politólogos y economistas que se exhibían en preocupadas tertulias: ese año se producirá la gran catástrofe y la economía china sobrepasará por primera vez a la norteamericana. El desastre. El único día que, en la habitación del hotel, escuché con atención un programa de la CNN destinado al asunto comprobé que el deadline era, como se subtitulaba el reportaje, "el fin del imperio americano en el mundo". Me sorprendió que durante casi dos horas los analistas que intervenían solo se mostraran tremendamente preocupados por el factor económico y que apenas entraran en juego consideraciones acerca de la libertad, la cultura o la moral. Al parecer el papel de China como el Gran Acreedor -de todos nosotros pero especialmente de los estadounidenses- había debilitado cualquier resistencia ante un modelo que compagina, con toda naturalidad, el más incontinente de los capitalismos con el totalitarismo político. Desde hacía tiempo nadie se atrevía a denunciar este hecho, como temiendo la furia del Gran Acreedor.

No obstante, creo que también es una hipocresía atribuir a China la proposición de un futuro mucho más inclinado a la codicia que a la libertad. De ser cierto que hemos aceptado un mundo casi exclusivamente moldeado por el factor económico poco podríamos reprocharle a China, a no ser el vértigo de su voracidad, vinculado a la rotundidad de la miseria de la que partía. No han sido los chinos, sino los occidentales, quienes han forjado, a través de sus políticos y sus medios de comunicación, la imagen de una humanidad esclava de la supremacía absoluta del mercado. Hay un símbolo totalmente elocuente de esta tiranía en nuestra grotesca antropomorfización de ese dios único. Hoy he leído en el periódico "el mercado celebra el ascenso de Keiko Fujimori en los sondeos"; y no hay día que no sea informado de los sentimientos y emociones de la divinidad: el "mercado sufre", el "mercado está ansioso", el "mercado juzga"... Fuera de estos sentimientos y emociones nada parece contar. China, el Gran Acreedor, lo único que va a hacer es llevar este desvarío -el auténtico deadline- a las últimas consecuencias.

El año 2016, por tanto, no es, seguramente, tan decisivo como sugieren todos esos analistas. En realidad la frontera crucial es la que viene marcada por la venta del alma mediante un trueque siniestro: libertad por mercado (hasta hace poco se alegaba que ambos términos se complementaban). Si hemos cruzado irreversiblemente esta frontera el mejor año para vernos reflejados es 2019, el de Blade runner, con una humanidad que duda de su condición humana, y en una ciudad que ha dejado de tener ciudadanos para albergar seres acorralados por el miedo y la rapacidad.

El País, 24/05/2011

[Publicado el 02/6/2011 a las 08:30]

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Fragmento "El remolino"

20 de enero de 1969. BCN. Por la noche. Esta mañana ha ocurrido lo que en cierto modo todos esperábamos, aunque quizá los acontecimientos han superado cualquier previsión. El paraninfo de la universidad estaba abarrotado. Quizá hubiera unos dos mil estudiantes procedentes de las diversas facultades. Otro grupo muy numeroso se manifestaba al mismo tiempo en la Diagonal, lo que al principio debe de haber despistado a la policía. Desde luego no era una estrategia sino el resultado de que no alcanzaran un acuerdo los diversos partidos, que compiten entre sí para ser campeones del radicalismo. Los que se declaran comunistas nunca se sienten satisfechos de la rotundidad de su comunismo, y otro tanto sucede con los ácratas y situacionistas. Ya no hay moderados, porque la moderación, al igual que la tibieza, está desprestigiada.

Con todo, esta mañana en el paraninfo los distintos sectores parecían haber dejado de lado sus diferencias, al menos durante un par de horas. Como acordamos ayer, en una tumultuosa reunión que duró hasta la madrugada, yo he sido uno de los tres oradores. El ambiente se ha ido caldeando con consignas y cánticos. Cuando me ha tocado hablar he tenido la sensación de que unas olas de luz flotaban en la sala. Estaba medio deslumbrado y no sé muy bien lo que he dicho. Supongo que algo suficientemente extremo para que gustara a los oyentes. Al orador que iba tras de mí apenas se le ha oído, pues desde las primeras filas, nutridas de militantes, se ha empezado a proclamar que lo importante era salir a la calle. El paraninfo era una olla a presión y nada podía impedir que se desbordara. Casi lo más prudente era, en efecto, que la multitud saliera a la calle.

Pero cuando todo hacía pensar que así sería, ha empezado a romperse el cortejo por la intervención de distintos grupos. Pronto la confusión ha sido enorme, con una parte de la gente dirigiéndose hacia la salida y otra, compuesta por centenares de estudiantes, encaminándose hacia las escaleras del Rectorado. Yo estaba en este último grupo, menos por mi propia voluntad que por la imposibilidad de desviarme en otra dirección. Unos cuantos individuos, a los que conocía perfectamente, estaban destrozando todo el mobiliario, y ante esta actitud no faltaban las reacciones histéricas que pedían aún más destrucción. Dos chicas rociaban con spray los retratos de los rectores que colgaban en la antesala.

Hasta que nos salió al paso el rector Albaladejo en persona, algo más viejo que el hombre que aparecía en su retrato embadurnado. Estuvo bastante digno, intentando dialogar. Dijo que no llamaría a la policía. Hubo un momento de cierta calma, con los más gritones algo anonadados por la presencia de la autoridad enemiga. Pronto, sin embargo, los gritos arreciaron, acompañados de amenazas. El rector Albaladejo estuvo a punto de ser arrollado junto a dos personas, quizá profesores, que permanecían a su lado. Al fin optó por salir del rectorado por una puerta lateral. Entonces vi a Manaso protegiéndolo frente a un grupo que trataba de agredirle.

Desde aquel momento Manaso estuvo en el centro de la escena, como una referencia fija en medio del caos. Gozaba de cierto respeto en todos los ambientes, incluso entre los más radicales, e hizo uso de su posición. Al principio parecía disgustado por el cariz que tomaban los acontecimientos, pero luego reapareció la sonrisa esplendorosa. A partir de un determinado instante todo se ha acelerado. Un busto de Franco ha ido de mano en mano hasta ser arrojado por la ventana. Manaso y otro estudiante de Ciencias han arriado la bandera española del mástil principal que preside el edificio de la universidad y, en su lugar, han izado la bandera roja con la hoz y el martillo. Desde las ventanas del rectorado se veía, abajo, en la plaza, a una multitud de curiosos que señalaban hacia nosotros. No obstante, inmediatamente vimos también la formación compacta de la policía que había cortado el tráfico en la Gran Vía. El sol del mediodía brillaba majestuosamente en los cascos grises de los policías. Era evidente que entrarían al cabo de pocos minutos.

Es difícil describir lo que pasó a continuación, pues todos parecían correr hacia todos lados simultáneamente. La entrada de la policía por la puerta central chocó con la resistencia de los que intentaban salir. Los gritos no podían disimular los impactos de las pelotas de goma que disparaban los policías. Creí que estábamos inevitablemente atrapados. Manaso me cogió del brazo y me arrastró a través del patio de Ciencias hacia el jardín posterior, frente al Seminario. Para mi sorpresa había conseguido abrir una puerta trasera que siempre estaba cerrada. Todos los que pudimos salimos por ella hacia la calle Diputación, libre de vigilancia policial.

 

Visión desde el fondo del mar, pgs. 455-457

[Publicado el 26/5/2011 a las 11:29]

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El lugar de la revelación

Actualmente, en la de Patmos, pese a no ser de las islas griegas más devastadas por el turismo, es difícil escenificar, siquiera con la imaginación, el paisaje solitario y duro en el que San Juan escribió, según la tradición cristiana, el Apocalipsis. Todo es demasiado amable, y también demasiado domesticado, para que alguien conciba como inminente el final de los tiempos. Y sin embargo, no nos faltan las evocaciones que vinculan Patmos a uno de los libros más singulares que jamás se hayan escrito: la pintura europea retuvo muy pronto a Juan -supuestamente el viejo evangelista Juan- como a uno de sus héroes más apreciados. Hay una infinitud de cuadros dedicados al solitario de Patmos. Mi favorito es el pintado por Piero della Francesca, y que hoy forma parte de la Frick Collection, en Nueva York. Ese hombre vestido con la túnica de color rojo sangre parece, en efecto, cargar sobre sus espaldas una responsabilidad casi insoportable: haber puesto por escrito la visión de una humanidad terminal.

En nuestros días Patmos no parece el sitio más idóneo para haber recibido esta visión. Allí la vida es excesivamente alegre, suave, y el goce está a flor de piel. Con todo, no dudo de que hace 2.000 años pudo existir un Patmos, aislado con respecto a las más frecuentadas rutas de navegación, que fuera la isla adecuada para los planes del anciano evangelista, y que allí el dulce Juan que en plena juventud era "el discípulo más amado" de Jesús se convirtiera, gastado por la existencia, en el más despiadado de los profetas, aquel al que se le revelaría el fin del mundo.

De hecho, el lugar de la revelación es siempre difícil de reconocer, aunque en algunos casos la fantasía puede ayudarnos. En los espejismos sucesivos del mar Muerto, en Israel, se pueden adivinar las exaltaciones febriles de los antecesores de Juan. Elías, Isaías, Jeremías: los profetas bíblicos lanzándose en el gran salto al vacío de la revelación entre los azulados vahos de un mar sin vida y los deslumbramientos del desierto. Incluso algo del enfrentamiento más limítrofe de todos, el de Moisés con Yaveh, puede deducirse cuando uno se olvida de las delicias costeras del mar Rojo y se adentra en el monte Sinaí. En pleno Sinaí, cerrando los ojos, aún se puede ver una zarza ardiendo.

Lo que los europeos llamamos Oriente Próximo -una denominación hilarante para los nativos-, además de ser una de las zonas más conflictivas del mundo, es, sin duda por su densidad mítica, de las más propicias para imaginar los escenarios de la revelación. ¿Cuántas veces no se revelaron el ocaso final y la salvación definitiva en estas tierras áridas rebosantes de memoria? Si bien la actual Arabia Saudí, con su opulencia armada, es un territorio poco propenso para la mística, los caminos del desierto son capaces de trasladarte con cierta facilidad a la Arabia Felix de las grandes caravanas que comerciaban entre Siria y Yemen, con Medina y La Meca como puntos de referencia. Entre estas dos ciudades, hace 14 siglos, podemos dibujar la silueta del arcángel Gabriel dictando durante 20 años los versos del Corán a Mahoma, el último profeta. Un aura de misterio rodea los lugares donde se produjo la Revelación, o donde se nos dice que se produjo, aun para aquellos ajenos a las creencias religiosas.

Con todo, debo reconocer que el lugar de la revelación que más me intriga no tiene que ver con la religión, sino con la filosofía. Es un lugar que actualmente no podemos visitar porque no sabemos dónde está, ni nunca se ha sabido. El único que habría podido contar dónde estaba era Sócrates; pero, o bien este no se lo contó a su discípulo, o bien Platón, sabido el lugar, no quiso transmitírnoslo a nosotros. Lo cierto es que en esa maravillosa obra teatral que es El Banquete, el momento culminante, la intervención de Sócrates, viene precedida por un viraje inesperado que traslada al lector al horizonte de la revelación. Hasta este momento todo ha sido muy urbano y muy racional: un grupo de amigos se han reunido en casa del poeta Agatón para beber vino y discutir cordialmente sobre la naturaleza del amor. Algunas intervenciones, como las de Fedro y del médico, Eryxímaco, son solemnes y sesudas; otras, como la de Aristófanes, espléndidamente cómicas. Todas tienen en común el refinamiento en la argumentación.

Al tomar la palabra Sócrates para refutar los argumentos de sus compañeros de bebida, se produce un brusco cambio de escenario cuando advierte de que lo que va a decir no lo sabe por sí mismo sino por la revelación que le hizo una "extranjera", sacerdotisa de Mantinea, llamada Diótima. El efecto dramático es prodigioso si tenemos en cuenta que las páginas que vienen a continuación en El Banquete, con la explicación socrática de lo que es la Belleza en sí misma, son de las más esenciales en la obra platónica y de las más citadas en la historia de la filosofía occidental. Quien revela la verdad sobre el amor a Sócrates no es un hombre o dios griego sino una mujer, una extranjera, una bárbara, por tanto; y el padre del racionalismo sucumbe encantado ante la fuerza mistérica de una profetisa de la que no hay ninguna otra mención en la cultura griega, excepto el recuerdo que le dedica el propio Sócrates como la sacerdotisa que libró a Atenas durante 10 años de la peste.

Siempre he creído que en el caso de Diótima y Sócrates el lugar de la revelación debió de ser nocturno, lunar: únicamente así podía brotar una de las páginas más luminosas de toda la literatura. Tal vez Sócrates hubiera contado dónde se produjo el encuentro pero, como se sabe, de pronto apareció Alcibíades completamente borracho. Y, tras horas de charla y vino, el estado de los contertulios tampoco debía de ser mucho mejor.

El País, 08/05/2011

[Publicado el 19/5/2011 a las 14:58]

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Fragmento "El arco iris atrapado en la telaraña"

Para construir mi casa y porque no soy un maestro de obras que puede construir su casa con piedra, ladrillos o madera. Quiero decir: para hacer habitable el espacio en el que he vivido y todavía vivo. Curiosamente, al escribir esto me doy cuenta de que, para lograrlo, también tengo que hacer habitable la tierra anterior a mi nacimiento, y la tierra posterior a mi muerte. De nada sirve habitar un mundo limitado a tus fronteras cronológicas, puesto que un mundo de este tipo es incomprensible y, además, imposible para el goce. Si éste fuera el escenario la penuria de nuestros sentidos y de nuestra mente sería tal que caeríamos en la desesperación de quien sabe de antemano que únicamente podrá caminar entre vacíos. Tomar posesión de las ruinas dejadas por los hombres que nos precedieron y resguardarse a la sombra de los proyectos venideros es una condición indispensable para reconocer los pasos que nosotros mismos hemos seguido.

 ¿Por dónde hemos pasado?, ¿por dónde pasaremos? La araña es un animal sabio ante estas preguntas. Durante un breve período, cuando vivía en la Casa Antigua, estudié el movimiento de las arañas. Tejen el hilo de la tela, de dentro hacia fuera, con polígonos sucesivos tensados radialmente. Las más activas crean un par de figuras en un solo día, desplazándose siempre por los ejes radiales. Es un trabajo de una perfección tan inmaculada que ni siquiera los insectos atrapados en la red alteran el refinamiento de las líneas. Si el observador está atento verá, incluso, la descomposición de la luz en los hilos, como si fuera el mismo arco iris el que ha sido capturado. Con todo, la sabiduría de la araña estriba en su continuo cambio de perspectiva. En la Casa Antigua llegué a disponer de una veintena de telarañas magníficas. En cualquiera de ellas podía observarse la misma conducta. La araña correteaba de aquí para allá, saltando de polígono en polígono, sin descansar nunca en el mismo punto. A menudo volvía al centro o a los perímetros interiores de la red para, a continuación, ganar un nuevo mirador desde el que dominar el conjunto de su obra. Retrocedía para avanzar, avanzaba para retroceder, se deslizaba por los viejos hilos para adquirir el impulso que le conduciría a tejer los nuevos.

La araña vive pocos días. Sin embargo, entonces pensé en qué pasaría si una araña sucediera a otra, trabajando indefinidamente en la misma tela. Tejerían una red sin límites, de modo que podríamos confundir su telaraña con el universo. Sería una construcción maravillosa. Sin embargo, como contrapartida, se perdería esta sabiduría eléctrica de la efímera araña que le hace dominar todos los hilos tejidos a lo largo de su breve vida. Extraviada en la construcción maravillosa, inmensa e inabarcable, no tendría tiempo para desplazarse de continuo entre el centro y los perímetros exteriores, y al final el pasado y el futuro de aquella maravilla ya no serían para la araña senderos cotidianos sino materia de mitos, sueños e intuiciones. La araña habría perdido la condición arácnida para adquirir la humana.

Visión desde el fondo del mar, pg. 525-526

[Publicado el 06/5/2011 a las 14:19]

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El altar del dios desconocido

En el desconcierto de nuestros días siempre resurge la misma duda: ¿estamos ante un nuevo Renacimiento o ante una nueva Edad Oscura? Los más pesimistas no tienen dudas con respecto a la inminencia de un tiempo tenebroso, y ven en signos e indicios el anuncio inminente de la catástrofe, en tanto que los más optimistas -o simplemente menos pesimistas- se tranquilizan presagiando una era dorada, gracias especialmente a la ciencia y a la técnica. Lo cierto es que hay argumentos para reivindicar ambas posiciones, y quizá esto sea lo propio de cada época y de cada presente: la ambigüedad extrema del futuro y la imposibilidad de formular profecías, a no ser que uno se ampare en doctrinas religiosas o ideológicas, que siempre tienen una perspectiva visionaria del porvenir.

Bajo la advocación de un dios -fuera este de la religión o de la ideología-, el hombre se atreve al pronóstico porque la doctrina que abraza necesariamente le reclama un futuro mejor, cuando menos a largo plazo (el cristianismo ofrecía la salvación; el comunismo dibujaba la igualdad; la Ilustración se consolaba de las penurias del presente con promesas de libertad y progreso). El problema surge cuando el dios está ausente, y el altar vacío. Cuando los templos, también laicos, están deshabitados, como sucede en nuestros días, el pronóstico se hace imposible. ¿A qué juego vamos a apostar si ni siquiera sabemos las reglas del juego? Cuando el altar está vacío podemos, como máximo, adorar a los ídolos del presente -en los estadios, por ejemplo, o en los festejos lúdicos-, pero nos representa una gran temeridad, o nos produce una insoportable pereza, ir más allá de esto. Y esta indolencia, esta apatía, para bien o para mal, nos deja indiferentes ante lo que pueda suceder en un futuro siempre demasiado lejano y con escasas ilusiones de intervención en su modelaje.

Si nos interesara el pasado -que tampoco nos interesa demasiado, en estricta simetría con nuestro desinterés por el porvenir- descubriríamos hasta qué punto es decisivo el tipo de dios que ocupará el altar vacío. Porque de lo que no hay duda es de que siempre hay un dios desconocido que acaba ocupando el trono de los viejos dioses.

Hace 2.000 años Pablo de Tarso vio esto con una claridad difícil de superar. Entre sus muchos méritos el mayor era la capacidad de observación, fruto de su extraordinaria energía nómada. San Pablo, como todo observador lúcido de un mundo en transición, sabía que las ideas y los mitos circulaban con las caravanas y se discutían en las tabernas y posadas del camino. No hubo caminante capaz de competir con Pablo de Tarso, de quien se calcula que entre la conversión al cristianismo, cuando se dirigía a Damasco, y su martirio en Roma recorrió 30.000 kilómetros. De la Arabia profunda a Macedonia, de Corintio a Roma, y según alguna leyenda también a España. Viajaba casi siempre a pie, solo o con algún discípulo, a un promedio de 30 kilómetros por día.

San Pablo, hombre de convicciones firmes, no era un gran orador, pero al parecer, con su actitud y su fe, tenía una enorme capacidad de persuasión. Se impuso en las ciudades de Oriente Medio y Asia Menor. Sin embargo, tuvo grandes dificultades en Atenas. Konstantino Kavafis, en un precioso poema, ha evocado el enfrentamiento entre el predicador cristiano y los filósofos atenienses. Aunque Atenas era ya tan solo una pequeña ciudad de provincias del Imperio Romano seguía contando con potentes escuelas estoicas, epicúreas y cínicas. Los filósofos, grandes argumentadores, desarmaban al infatigable Pablo.

Hasta que este tuvo una ocurrencia genial: recordó haber visto, a las afueras de la ciudad, el altar al dios desconocido. En realidad, en la antigua Grecia, este tipo de altares no eran insólitos y en ellos se conmemoraba a los dioses sin nombre propio, un poco como en nuestra Fiesta de Todos los Santos o en nuestra Tumba al Soldado Desconocido. Pero Pablo se agarró a lo que le pareció una oportunidad y explicó que él, precisamente, anunciaba la venida de aquel dios desconocido. La estratagema surgió, al parecer, cierto efecto entre los oyentes y, aunque san Pablo abandonó Atenas sin el predicamento obtenido en otras ciudades, había logrado colocar la piedra angular del edificio en construcción. El altar estaba vacío pero pronto se llenaría con un nuevo dios que despertaría el entusiasmo de las multitudes.

Antes que Kavafis, otro poeta, Giacomo Leopardi, se había preguntado cómo una doctrina del talante de la cristiana, mucho menos sofisticada que la clásica, había terminado por imponerse en todo el Imperio Romano, y cómo fervorosos pero poco avezados predicadores, encabezados por Pablo de Tarso, habían desplazado a maestros de la palabra y del discurso de la talla de los filósofos griegos.

La respuesta la da el propio Leopardi: este mundo -el de los filósofos griegos-, pese a su decadencia imparable, era todavía brillante pero carecía de lo que el poeta italiano califica como valores de ilusión. En otras palabras, estaba falto de fuerza en medio de su exquisitez. Era un mundo sin ilusión, sin mística, la refinada sombra de una grandeza perdida. No estaba en condiciones de hacer frente a una invasión espiritual entusiasta.

Por el contrario, al mundo predicado por san Pablo, tosco en muchos aspectos, le sobraba entusiasmo y era capaz de ofrecer a la multitud el espejismo de la salvación. Tenía valores de ilusión, tenía fuerza: podía hacerse con el altar del dios desconocido. Lo ocuparía durante los 2.000 años siguientes, si bien en una parte de este periodo tuvo que compartirlo con otras ideologías que se presentaron como nuevos dioses. Las utopías sociales o ilustradas, por ejemplo.

Hoy día da la impresión de que las cosas han vuelto al punto en que las encontró el infatigable viajero Pablo de Tarso cuando, al acercarse a Atenas, divisó el altar del dios desconocido e interpretó, con razón, que el trono estaba vacío. Ninguna fuerza creavalores de ilusión, acaso con la excepción de la codicia; pero la codicia, por sí sola, únicamente reproduce el baile alrededor del Becerro de Oro al ritmo de un frenético presente continuo.

En el horizonte, aparentemente, no hay pretendientes capaces de ocupar el altar vacío. Podría suceder que el altar ya se hubiera quedado vacío para siempre y que nos hayamos adentrado en una humanidad ajena a las ilusiones, por apatía, por escarmiento o por sano escepticismo.

Sin embargo, también es posible -y probable- que ahora mismo, a pesar de nuestra ignorancia al respecto, se esté incubando el nuevo aspirante a ocupar el altar del dios desconocido. Y que de la naturaleza de ese dios dependa que nos encaminemos a una Edad Oscura o pongamos rumbo hacia un Renacimiento.

 

El País, 16/04/2011

[Publicado el 27/4/2011 a las 18:14]

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Fragmento "La tumba alemana"

Semana Santa de 1960. Ribes Roges. Me he pasado la tarde de iglesia en iglesia. A eso mis tías lo llaman «visitar monumentos ». Consiste en dejar de jugar para meterse en un ambiente tétrico con cirios y olor a incienso. Es difícil comprender todo esto de que Jesús ha muerto y pronto resucitará. Tampoco entiendo el galimatías de los ayunos y de las abstinencias, porque mis tías recomiendan una cosa y el Colegio, máxima autoridad en casi todo, otras. Es imposible saber cuándo hay que comer carne, cuándo pescado y cuándo simplemente se trata de pasar hambre.

Lo más excitante es participar por primera vez en una procesión. Este año he sentido curiosidad por lo que debían de sentir estos que van encapuchados. Cada iglesia tiene hábitos y capirotes de distinto color. El nuestro, el de la iglesia del Mar, es azul. Pero ahora me arrepiento un poco, porque el capirote me asfixia y tengo miedo de que la cera ardiente de mi cirio me caiga en la mano y me queme el ridículo guante blanco que me han hecho poner.

De repente oigo una voz que me asusta un poco. Quizá me impresiona demasiado. Una anciana ha aparecido en un callejón y entona un canto lúgubre, penetrante, que paraliza el cortejo. Después de escuchar esta saeta ya nada es igual. Olvido mi sensación de ridículo y todo me parece muy triste. Veo a varias mujeres descalzas arrastrando cadenas y, a continuación, algunos hombres disfrazados de Cristo cargan con cruces de madera. la tumba alemana

Me fijo sobre todo en uno de ellos. Lleva encima una enorme cruz que debe de pesar mucho. Suda abundantemente. Alguien del público que está contemplando la procesión le alarga un vaso de agua. Como el individuo, ocupado en cargar la cruz, no puede coger el vaso, se queda mirando la mano, no sé si de un hombre o de una mujer, que ha surgido en medio de tantas cabezas. Finalmente la mano consigue que el vaso llegue a los labios sedientos. Me quedo embobado mirando el agua deslizándose. Nunca hubiera podido imaginar que un vaso de agua fuera tan importante.

 

El placer es el haz y la compasión el envés. El regalo para el cuerpo que es el placer tiene su doble exacto en el regalo para el alma que es la compasión. De esa duplicidad, que es al mismo tiempo intimidad, nace todo lo mejor de que somos capaces: la amistad, el amor, la fiesta de los sentidos, el juego del pensamiento.

No obstante, para acceder a la doble llave del placer y la compasión, el cachorro debe aceptar el arduo lenguaje del perdón: sin capacidad para el perdón, el hombre no puede alcanzar jamás el refinamiento de los sentidos y del alma. Perdonar es maravillosamente difícil y sólo podría considerarse feliz quien no tiene nada que perdonar porque lo ha perdonado todo.

¿Y quién llega a este estado? El cachorro humano es implacable y vengativo, de manera que cuando descubre que existe el idioma del perdón se muestra sorprendido y desconcertado. Posiblemente, también dispuesto ya para una etapa distinta de su vida. El niño no perdona. Olvida pero no perdona. Y si no olvida se venga o quiere vengarse. El niño se rige por la Ley del Talión y su corta memoria está cargada de Erinias, las sangrientas deidades de la venganza. Aguarda horas e incluso años para descargar su furia. Pero un día, si tiene suerte, descubre las virtudes taumatúrgicas del perdón.

Me río de mí mismo al ver la secuencia de las sombras chinescas, la desamparada estupidez del cachorro, su furor, su sorpresa.

Visión desde el fondo del mar, pgs. 228-229 

[Publicado el 19/4/2011 a las 11:24]

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La línea de sombra

¿Alguien se acuerda del día en que descubrió que existía la sombra? Probablemente nadie. Y sin embargo, ¡qué día tan importante! De repente, me doy cuenta de que alguien, la sombra, me acompaña siempre y a todas partes. Solo la leve excepción del mediodía solar, un segundo tan solo, me libra del inseparable compañero. También la oscuridad, pero la oscuridad no es sino una multitud de sombras que nos rodea y nos abraza. O el sueño, si es que soñamos imágenes sin sombras, algo sobre lo que no nos pondremos nunca de acuerdo. El niño que acaba de descubrir su sombra se da cuenta de que no solo él tiene compañía: los otros niños también la tienen, y los adultos, y los perros y los gatos, y las casas, y las bicicletas. El mundo entero tiene un compañero del que no puede desprenderse. Las sombras son los testigos más fieles de nuestras vidas y, no obstante, no tenemos ni idea de la hora en que empezó para cada uno de nosotros ese testimonio. ¿Cómo sería un mundo sin sombras? ¿Más infeliz? ¿Más dichoso?

Es difícil responder a esta cuestión. Pero tenemos una pista en la historia de la pintura. A los pintores, por la razón que sea, les costó incorporar las sombras a su obra, no, obviamente, por insuficiencias técnicas sino, quizá, por un devoto respeto hacia la luz. Mi época favorita -o al menos la que me induce a un gozo mayor-, el Quattrocento toscano, permaneció casi ajena al tratamiento de la sombra. Aquellos maravillosos pintores, que llegaron a saberlo todo del arte de la pintura, se mostraron reacios en el momento de aceptar la sombra. En Ghirlandaio y Botticelli no la hay, como tampoco la hay en el gran Piero della Francesca, para quien todo, los colores y las formas, estaba al servicio de la luz. Estos florentinos, que vivieron en un tiempo atravesado por la violencia y fueron desprejuiciados con respecto a la mayoría de las cosas, demostraron un extremo celo en defensa de la luz. El universo de las sombras debía quedar al margen, sino del mundo sí del mundo ideal que creaba la pintura. Pero cuando se coló la primera sombra en la representación las sombras se apoderaron de todo. Miguel Ángel abrió la puerta hacia la poderosa negrura de Caravaggio, y tras éste las sombras se enseñorearon de la pintura europea.

No sé si aquella pintura florentina ha sido la mejor pero sí pienso que ha sido la más gozosamente serena. La causa no es tanto la ausencia de sombra, sino la negativa a dar un protagonismo radical a la frontera que separa la sombra de la luz. Porque, en efecto, el descubrimiento indisociablemente unido al de la sombra, aunque mucho más inquietante, es el de la línea de sombra. Apuesto a que el niño advierte la existencia de un territorio completamente ajeno a la niñez, algo que estará siempre dominado por la incertidumbre, desde el instante mismo en que advierte el cerco de las líneas de sombra. Simétricamente también para el viejo, esa frontera, la más intangible, es la que le transporta a las otras fronteras, a las ya vividas y a la que falta por vivir. La línea de sombra, aunque en apariencia solo sea el contraste entre las zonas de luz y de oscuridad, es puro tiempo; informa de las edades del hombre, informa de las gradaciones entre la vida y la muerte. Por eso, los genios florentinos pretendían ignorarla, y por la misma razón Caravaggio la recordaba siempre.

Si en la pintura la expresión de la línea de sombra exige el choque cromático violento, el torbellino de la forma, en la literatura el escenario idóneo es la calma, cuanto más absoluta mejor. En el espejo de la quietud se reflejan las líneas de sombra con una nitidez extraordinaria. De ahí que los escritores no hayan elegido la tempestad, sino la bonanza, cuando han querido escenificar los poderes de la línea de sombra sobre la condición humana. La tempestad introduce el caos pero también la resistencia y el coraje; por el contrario, la bonanza, la exasperante bonanza de días tediosamente iguales, invita a la laxitud y al desamparo. Nada se mueve, con la salvedad de la línea de sombra que, como la minutera de un reloj implacable, marca la tierra a fuego.

O el mar. De hecho, un mar en calma, sin viento, con las velas obligadamente caídas ha sido la escenografía favorita de los poetas que han rendido homenaje a la obsesión por la línea de sombra. Así era el mar que desesperaba a los griegos, camino de Troya, y que exigió el sacrificio de Ifigenia por parte de su propio padre, Agamenón. Así también era el gélido mar austral en el que queda encallado el buque del protagonista de la Oda del Viejo Marinero de Coleridge. Sin embargo, quien mejor supo explotar la potencia simbólica de la línea de sombra fue Joseph Conrad en un relato titulado precisamente así, La línea de sombra. Maestro en la descripción de tormentas y naufragios, Conrad alcanza su cima literaria al narrarnos los espejismos y trampas de una terrible bonanza. En medio del aislamiento y la inmovilidad el protagonista percibe "la misteriosa calma de las fuerzas del mundo". La línea de sombra, con impecable regularidad, marca ante sus ojos las horas y los días. Finalmente, todo -juventud, muerte, nacimiento incluso- está al otro lado de la sombra.

Lo cierto es que esta parece ser también nuestra situación. La esperanza es que, como ocurre en el relato de Conrad, una repentina ráfaga de aire cambie nuestra perspectiva. Entonces nos olvidamos del reloj de sombras y, con el viento ya a favor, marchamos alegremente en busca de una nueva tempestad.

El País, 10/04/2011

[Publicado el 12/4/2011 a las 10:11]

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Foto autor

Biografía

Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de treinta libros en distintos ámbitos literarios. Entre ellos: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura: Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre). Como escritura transversal más allá de los géneros literarios ha publicado: Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, Visión desde el fondo del mar. Recientemente, ha publicado Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida (2013) y Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza (2013).

Ha estudiado Filosofía, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona. Estudió también en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Fue profesor visitante en la Universidad de Berkeley. Ha impartido docencia en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002), y los premios Cálamo (2010) y Ciudad de Barcelona (2010) con Visión desde el fondo del mar. 

Bibliografía

Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio
y la celebración de la belleza
(Acantilado, 2013)

 
Una educación sensorial. Historia personal del desnudo
femenino en la pintura
(Acantilado 2012)
Visiones desde el fonde del mar (Acantilado, 2010).
MICROSITE DEL LIBRO

 

Publicaciones principales

POESÍA
- Disturbios del conocimiento. Barcelona: Icaria Editorial, 1980.
- Duelo en el Valle de la Muerte. Madrid: Editorial Ayuso, 1986.
- El afilador de cuchillos. Barcelona: El Acantilado. Quaderns Crema, 1999.
- El poema de la serpiente. Badajoz: Asociación Cultural Littera Villanueva, 2010.
- Cantos del Naumon. Libros del Aire. Colección Jardín Cerrado, núm. 5, 2010.

NARRATIVA
- Lampedusa. Barcelona: Editorial Montesinos, 1981.
- El asalto del cielo. Barcelona: Editorial Plaza & Janés, 1986.
- Desciende, río invisible. Barcelona: Editorial Destino, 1989.
- La razón del mal. Premio Nadal 1993. Barcelona: Editorial Destino, 1994.
- Transeuropa. Madrid: Alfaguara Ediciones, 1998.
- Davalú o el dolor. Madrid: RBA, 2001.
- Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida. Barcelona: Quaderns Crema, 2013.

ENSAYO
- El Quattrocento. Barcelona: Editorial Montesinos, 1982.
- La atracción del abismo. Barcelona: Editorial Bruguera, 1983. Reeditado 2006.
- El Héroe y el Único. Madrid: Taurus Editorial, 1984.
- Tres miradas sobre el arte. Barcelona: Icaria Editorial, 1985.
- Leopardi. Infelicidad y titanismo. Barcelona, 1986
- Territorio del nómada. Barcelona: Ediciones Destino, 1986.
- El fin del mundo como obra de arte. Barcelona: Ediciones Destino, 1990. Reeditado 2007.
- El cansancio de Occidente (en colaboración con Eugenio Trías). Barcelona: Ediciones Destino, 1994.
- Sabiduría de la ilusión. Madrid: Taurus Editorial, 1994.
- Aventura. Una filosofía nómada. Barcelona: Nuevas Ediciones Debolsillo, 2000.
- Una educación sensorial. Historia personal del desnudo femenino en la pintura. Madrid-México: Fondo de Cultura Económica, 2002. Barcelona: Editorial Acantilado, 2012.
- Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra. Barcelona: Ediciones Destino, 2003.
- Del Ganges al Mediterráneo: un diálogo entre las culturas de India y Europa (en colaboración con Vidya Nivas Mishra). Madrid: Siruela, 2004.
- Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza. Barcelona: Editorial Acantilado 2013.

ESCRITURA TRANSVERSAL
- El cazador de instantes. Barcelona: Ediciones Destino, 1996. Reeditado 2007.
- El Puente de Fuego. Cuaderno de Travesía, 1996-2002. Barcelona: Ediciones Destino, 2004.
- Enciclopedia del crepúsculo. Madrid: El Acantilado, 2006.
- Breviario de la aurora. Barcelona: El Acantilado, 2006.
- Visión desde el fondo del Mar. Barcelona: Editorial Acantilado, 2010. Premio Cálamo 2010. Premio Ciudad de Barcelona 2010.

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