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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 22 de septiembre de 2017

 Blog de Rafael Argullol

23-01-2012

El sexto día
del décimo mes de 1721,
a la edad de ochenta años,
al monje Dokyo Etan,
siguiendo la tradición,
le dieron un pincel
para que escribiera algo
antes de morir.
Dokyo escribió: "Nada más",
y tiró el pincel al suelo,
también según la costumbre.
Estalló en una risa alegre
y de inmediato, murió.
Si supiéramos
lo que le hizo reír tanto a Dokyo
lo sabríamos todo.

 

Rafael Argullol: Poema, editorial Acantilado, Barcelona, 2017.  

[Publicado el 08/9/2017 a las 09:00]

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21-01-2012

Una araña negra cruza el camino.
De pronto se detiene, asustada
por mi sombra, que la cubre por entero.
La amenaza es pavorosa
y, lejos de su red, la araña se siente desprotegida.
La vida se ha hecho incierta,
un error del instinto.
Ya nada será igual.
Ya nada es igual cuando aprendemos
que existe la sombra de un intruso en el camino.

 

(Rafael Argullol: Poema, editorial Acantilado, Barcelona, 2017) 

[Publicado el 07/9/2017 a las 09:00]

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20-01-2012

 "Mamá, soy tonto".
El círculo se cierra.
Ha incendiado el cielo
con desprecios
y ha inundado la tierra
con turbulentas bellezas.
Ha escalado la cumbre
para ver más allá
y se ha hundido sin remedio.
En su último día, Nietzsche
-el "pobre Nietzsche", según todos-
abandona la casa de la calle Carlo Alberto 6
para dirigirse al centro de Turín.
Ve a un cochero maltratar a su caballo.
Nietzsche interviene y se derrumba,
abrazado al cuello del animal,
el único cómplice que le queda.
3 de enero de 1889:
"Mutter, ich bin dumm".
Empiezan diez años de silencio.

 

(Rafael Argullol: Poema, editorial Acantilado, Barcelona, 2017)

[Publicado el 06/9/2017 a las 09:00]

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04-01-2012

El león esperaba pacientemente a los pies del anacoreta.
Cuando, al fin, se producía la caricia apaciguaba toda su fiereza.
Olvidaba las luchas y cacerías de la mañana,
y se dejaba perder en aquella paz amistosa.
Entonces, siempre, volvía a la memoria del león
aquel mediodía incendiado por un sol blanco
en el que su zarpa herida sangraba con abundancia.
Se había clavado un enorme pincho y, por mucho que se debatía,
no encontraba la forma de arrancárselo.
En medio de este tormento apareció un hombre
que dirigía distraídamente sus palabras hacia el cielo.
Al verle, lejos de asustarse -como hacían los hombres
cuando se encontraban con leones- se quedó muy quieto.
Viéndolo tranquilo también él se tranquilizó,
y al pedirle el hombre que levantara la zarpa,
él se la ofreció, confiado, sin miedo.
Pasó mucho rato hurgando en su herida, hasta extraerle el pincho.
De inmediato sintió un gran alivio, y, al levantarse su benefactor,
el león lo acompañó mansamente hasta la gruta en la que vivía.
Así transcurrieron los días y los años.
El anacoreta envejeció, hasta que su delgada carne
quedó casi desprendida del esqueleto. También el león envejeció,
al mismo ritmo, fiel a su amigo, a la espera
de que Aquello irrumpiera en la cueva.
Primero murió el hombre, y su cara quedó dibujada con facciones serenas.
Al ver el rostro ya sin vida de su benefactor al león le pareció
-con el indescifrable pensamiento de los leones-
que había cumplido finalmente su tarea.
Salió hasta la entrada de la cueva para contemplar el desierto por última vez;
y después se tendió junto al anacoreta, de la misma manera que hacía cada noche.
Y así, como un león feliz, aguardó que Aquello se cumpliera.

 

(Rafael Argullol: Poema, editorial Acantilado, Barcelona, 2017) 

[Publicado el 05/9/2017 a las 09:00]

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03-01-2012

Todo transcurría rápidamente,
menos los sueños.
Noche a noche los sueños
eran cada vez más lentos y más largos.
Pronto se escaparon de las noches
y ocuparon también los días.
Día a día los sueños
eran cada vez más lentos y más largos.
Y llegó el momento en que los sueños
se apropiaron de todas las noches y de todos los días.
Entonces empezó el Diluvio.

 

(Rafael Argullol: Poema, editorial Acantilado, Barcelona, 2017) 

[Publicado el 04/9/2017 a las 14:13]

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Provincianos y cosmopolitas

En 1794 el escritor saboyano, aunque ruso de adopción, Xavier de Maistre escribió un delicioso relato, Viaje alrededor de mi habitación, en el que se describe de modo autobiográfico la vida de un oficial que, obligado por una convalecencia a permanecer 42 días encerrado en su cuarto, viaja con su imaginación por un territorio riquísimo en referencias y en pensamientos. El protagonista del texto es un verdadero cosmopolita, un ciudadano del mundo en el sentido literal, a pesar de que está recluido entre cuatro paredes. Me acuerdo con frecuencia del libro de Xavier de Maistre cuando escucho los balances que muchos hacen de sus travesías del mapamundi en viajes organizados, y en los que se plantea una situación inversa a la del argumento literario de aquél: recorren vastos espacios pero su imaginación -o su falta de imaginación- los atrapa en un territorio pobrísimo, tanto en referencias como en pensamientos. Consumen grandes cantidades de kilómetros aunque, como viajeros, atesoran una escasa experiencia de sus viajes. Son, por así decirlo, la vanguardia de los provincianos globales y, en ningún caso, al contrario del oficial convaleciente de Xavier de Maistre, son cosmopolitas ni aspiran a serlo.

El provinciano global es una figura representativa de una época, la nuestra, que empuja al cosmopolita hacia una suerte de clandestinidad. El cosmopolita, personaje en extinción, o quizá provisionalmente retirado a las catacumbas del espíritu, es alguien que desea habitar la complejidad del mundo. Es un amante de la diferencia, ansioso siempre de explorar lo múltiple y lo desconocido para volver a casa, si es que vuelve, con el bagaje de los sucesivos saberes que ha adquirido. El cosmopolita, al no soportar la excesiva claustrofobia de la identidad propia, busca en el espacio absorto de lo ajeno aquello que pueda enriquecer su origen y sus raíces. El hijo pródigo de la parábola bíblica encarna a la perfección ese anhelo: el conocimiento de los otros es finalmente el conocimiento de uno mismo. El cosmopolita quiere saber.

El provinciano global quiere acumular mientras, simultáneamente, elimina o aplana las diferencias. Hay muchos signos en nuestro tiempo que señalan en esa dirección, sin que se adivine cómo el que todavía posee la vieja alma del cosmopolita pueda oponerse. Por su espectacularidad y por su carácter reciente el turismo de masas es, sin duda, uno de esos signos. Cada vez se elevan más voces proclamando el carácter pandémico de un fenómeno que, paradójicamente, en sus inicios se consideró liberador porque el igualitarismo del viaje parecía la continuación lógica de la creencia ilustrada en el igualitarismo de la educación. Sin embargo, cualquiera que se pasee por las antiguas ciudades europeas o, con otra perspectiva, por las zonas aún consideradas exóticas del planeta, puede percibir con facilidad el alcance de una plaga que está solo en sus comienzos. Los centros históricos de las urbes ya son casi todos idénticos, como idénticos son los resorts en los que se albergan los huéspedes de los cinco continentes. La diferencia ha sido aplastada, dando lugar al horizonte por el que se mueve con comodidad el provinciano global.

Con respecto a la información -otra de nuestras deidades, si no la principal- Heráclito, hace 2.500 años, ya dejó dicho que no proporcionaba la comprensión. No parece probable que variara de posición, deslumbrado por nuestras tecnologías. La misma paradoja que afecta al turismo masivo, enfermo de velocidad y cuantificación, afecta a esa humanidad más informada que nunca pero proclive a la amnesia. Como lo demuestran hechos recientes, tal las guerras de Siria o de Ucrania, es imposible que la llamada opinión pública sepa tan poco de aquello que debería saber tanto en la era de la información total. El provinciano global quiere disponer de resortes informativos, si bien es dudoso que quiera saber. Quizá tampoco está en condiciones de hacerlo. Aquellos que detentan el poder, dirigentes políticos y económicos, están en la misma situación. Cuando a menudo nos lamentamos de la falta de estatistas en la política mundial aludimos, en realidad, al dominio del provincianismo global.

La desfiguración de la cultura cosmopolita puede ser clave a la hora de entender buena parte del desconcierto actual. Lo que hemos denominado globalización, vinculada a las grandes migraciones y a las nuevas tecnologías, ha sido, en parte, un fenómeno fructífero, al poner en relación tradiciones ajenas entre sí y al facilitar nuevas posibilidades frente a la desigualdad; no obstante, paralelamente, ha supuesto una devastación cultural de grandes proporciones al destrozar buena parte del sutil tejido de la diferencia. La uniformidad socava los alicientes que alberga toda visión cosmopolita.

Una de las grandes metáforas de este proceso en nuestra época es la rápida, universal y consentida mutilación de centenares de idiomas en favor de un idioma avasalladoramente hegemónico. Con toda probabilidad, hace solo tres décadas, nadie se hubiese aventurado a insinuar que para participar en un congreso en Lisboa sobre Camões -poeta nacional portugués- había que intervenir en inglés, o que en cualquiera de nuestras universidades se puede asistir al espectáculo de que un profesor explique a Baudelaire o a Goethe en medio inglés a un público estudiantil que entiende el inglés a medias. Y aún menos, desde luego, se hubiese podido imaginar que se llegaría a la situación de que un entero país -Corea del Sur- pretenda alcanzar a poseer el inglés, como nueva lengua propia, mediante el ingenioso método de llevar a las embarazadas a clases en aquel idioma, de modo que el feto pueda ya adaptarse a lo que prima en el cada vez más reducido universo lingüístico. Obviamente no tengo nada contra lo que los cursis llaman "lengua de Shakespeare" sino contra el reduccionismo que, al maltratar a todos los demás idiomas, también empobrece a la propia lengua inglesa: recientemente, un catedrático de Oxford me contaba que, mientras la mayoría de sus colegas apenas conocen otros idiomas que no sean el suyo, los escritores británicos contemporáneos utilizan una lengua drásticamente empobrecida.

Este sería un buen retrato del provinciano global: aquel que aspira a hablar un solo idioma, lo más utilitario posible, sin importarle la destrucción de los mundos que habitan en los otros idiomas; aquel que se mueve continuamente de aquí para allá, obseso coleccionista de imágenes, al tiempo que es incapaz de fijar la mirada, y no digamos el pensamiento, en paisaje alguno; aquel que está permanentemente informado con aludes de noticias y mensajes que sepultan su capacidad de comprensión. Es posible que un individuo de tal naturaleza se considere a sí mismo un cosmopolita. Pero vive en una pequeña aldea que ha confundido con el mundo.

[Publicado el 02/2/2016 a las 09:00]

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La doble muerte de Komitas Vardapet

En octubre de 1935 moría en el hospital psiquiátrico Villejuif de París, rodeado de un total anonimato, Komitas Vardapet, un nombre casi desconocido en la actualidad -si exceptuamos su presencia en Armenia-, pero al que Claude Debussy y Gabriel Fauré habían considerado uno de los grandes músicos de los inicios del siglo XX. Además de compositor, Komitas era un musicólogo excepcional que, a lo largo de sus viajes, había reunido un tesoro formado por 3.000 canciones armenias, kurdas, persas y turcas. Su labor fue imprescindible para recuperar la música tradicional en muchos de los territorios todavía dominados por el imperio otomano; y aunque su dedicación principal fue la música religiosa le debemos asimismo el establecimiento de puentes entre el legado tradicional y la creación moderna. Dotado de una voz excepcional, los coros que Komitas había dirigido causaron una honda impresión en el París anterior a la I Guerra Mundial.

Sin embargo, esa voz excepcional cesó de repente en 1915, y la agonía se apoderó de Komitas Vardapet 20 años antes de su muerte física. El 24 de abril de 1915 Komitas, que era sacerdote de la iglesia armenia, fue arrestado en Estambul, ciudad en la que residía. En esa misma jornada siguieron su suerte un par de centenares de intelectuales y artistas armenios. Todos fueron enviados al norte de Anatolia Central, a 300 kilómetros de la capital, para, allí, ser detenidos en un campo de internamiento. Simultáneamente se desencadenó una represión masiva contra la comunidad armenia. Decenas de miles de personas fueron asesinadas en una campaña de exterminio étnico que no tenía precedentes. Hubo que esperar a la II Guerra Mundial y al horror desatado contra los judíos para que el crimen masivo tuviera mayores proporciones que el que, por iniciativa del Ejército otomano, diezmó al pueblo armenio. Tras pasar 15 días en el campo de concentración, en circunstancias extremadamente penosas y rodeados por la más completa incertidumbre, Komitas y unos pocos de sus compañeros fueron devueltos a Estambul.

A favor del músico habían intervenido el poeta turco Mehmet Emin Yurdakul, la escritora Halide Edip y, sobre todo, el embajador norteamericano Henry Morgenthau, admirador de la música de Komitas y espectador frecuente de los conciertos que éste realizaba en Estambul. El compositor regresó en un estado completamente trastornado. Enseguida se dijo que se había vuelto "loco". Fue llevado al pabellón psiquiátrico de un hospital militar, donde permaneció cerca de cuatro años. En 1919, gracias a las aportaciones económicas de varios amigos, fue trasladado a París e ingresado en el hospital psiquiátrico Villejuif. Komitas Vardapet no volvió nunca a cantar.

Esta es la información más segura vinculada a la locura de Komitas: tras su detención nunca volvió a cantar. El resto está rodeado por la penumbra. Hace unos años, tras escuchar una obra de Komitas, me interesé por este autor, totalmente desconocido para mí. Conseguí algunos discos, pocos, aquí y allá, y supe también que en Armenia era considerado un héroe nacional. En algún lugar leí algo sobre su detención y locura. Indagué. Las fuentes eran escasas y los datos, contradictorios. La bibliografía era mínima, teniendo en cuenta la talla que, al parecer, había tenido Komitas. Había unanimidad al recordar que gran parte de la obra del músico se había perdido, en aciaga consonancia con la pérdida de su voz. En algún lado leí que Komitas no solamente no volvió a cantar sino que no volvió a hablar en absoluto. La creencia más extendida era que, durante su largo exilio en el hospital psiquiátrico de Villejuif, el músico hablaba muy poco y permanecía la mayor parte del tiempo retraído y taciturno. Rehuía a los viejos conocidos que le visitaban y no soportaba que le hablaran del pasado. Igualmente estaba desinteresado por el presente. No obstante, se dice, estaba en condiciones de hablar con total lucidez sobre la música, y a veces lo hacía. Los visitantes lo consideraban inmerso en una agonía interminable.

Komitas Vardapet, el director del vigoroso coro que había asombrado a Debussy y a Fauré, permanecía casi siempre en silencio. La pregunta sobre lo que llevó a Komitas al silencio es la misma que la que nos hace interrogarnos por la naturaleza de su locura. Algún psiquiatra contemporáneo se ha interesado por su caso y ha sugerido un diagnóstico: tras su detención Komitas sufrió un trastorno de estrés postraumático (PTSD). Puede ser, aunque en 1915 estos diagnósticos todavía no existían.

La pregunta sigue siendo la misma. ¿Qué vio y escuchó Komitas en el campo de internamiento de Anatolia Central? ¿Qué sintió? ¿Cuál fue la violencia que se ejerció sobre él para que regresara a Estambul con ese PTSD o, para entendernos mejor, con esa locura? ¿Qué es lo que le hizo caer en el silencio? Algunos afirman que fue sometido a un simulacro de ejecución, a través del cual debía ser arrojado a un precipicio; para otros, bastó con contemplar la ejecución de los demás. Es difícil penetrar con un guía eficaz en el bosque sombrío de lo que sucedió aquellos días en Anatolia.

La respuesta ofrece los mismos claroscuros que el denominado Genocidio Armenio, que para algunos historiadores implicó la muerte de más de un millón de personas. Turquía sigue negando oficialmente esta matanza, y la mayoría de países pasa de puntillas sobre el tema para no incordiar al Gobierno turco. Cuando se cumple el primer centenario del negro acontecimiento Europa ha sido incapaz de realizar una declaración solemne de condena. Una extraña cautela, si no miedo, acrecenta la sensación de impotencia. A pesar de la presión turca parece casi increíble que, cien años después, las conmemoraciones de aquel suceso hayan sido tan discretas que han rozado la clandestinidad.

Leyendo sobre Komitas he comprobado que ese tono se impuso desde el principio y que los propios armenios exiliados, tras lo que fue llamado Gran Crimen, optaron por callar o por hablar en una voz baja que no incomodara al mundo. Cayó, como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, el Imperio Otomano y, luego, gran parte de las tierras armenias fueron incorporadas a la Unión Soviética. El mundo se sumió en otros intereses y preocupaciones. Lo que ahora los medios de comunicación -menos los turcos- llaman mecánicamente el Genocidio Armenio, y que las víctimas bautizaron como Gran Crimen, fue olvidado.

También fue olvidado Komitas Vardapet, quien durante quince días vio, escuchó y sintió el suficiente horror como para preferir el silencio a la palabra. Poco importa si en aquella violencia indescriptible murieron cien mil más o cien mil menos, una disputa de historiadores y, en el peor de los casos, de políticos. Lo que importa es el horror inexplicable al que, abruptamente, tuvo que enfrentarse todo un pueblo. Un velo de confusión y silencio sigue rodeando ese viejo horror. Pero todas las informaciones coinciden: Komitas Vardapet, cuya voz esa tan bella que parecía hacer de tenor y barítono al mismo tiempo, nunca más volvió a cantar.

[Publicado el 12/1/2016 a las 17:30]

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Indefensos ante la manipulación

Hace años, estando en Río de Janeiro, me empeñé en visitar Petrópolis, una ciudad situada en la sierra de Orgaos, a 60 kilómetros de la capital carioca. Tenía curiosidad por ver la ciudad que albergó la corte estival de los emperadores de Brasil, dado que siempre resulta una sorpresa ser informado de que Brasil tuvo emperadores, aunque por escaso tiempo, en el siglo XIX. Petrópolis es agradable, con un clima seco que contrasta con el de Río. Su principal patrimonio es, precisamente, el Museo Imperial. Sin embargo, tiene otro pequeño museo cuyo contenido tiene una importancia simbólica mucho mayor que el que recuerda la pompa extravagante de los fugaces emperadores. Me refiero al dedicado a Stefan Zweig, en la casa donde el escritor austriaco y su mujer Lotte se suicidaron el 22 de febrero de 1942.

En este pequeño museo advertí, por primera vez, que no había una fotografía, sino dos, sobre aquella muerte. En la que yo conocía hasta entonces los cadáveres de Stefan y Lotte se mostraban, separados, sobre una cama, con una mesilla al lado con diversos objetos: un vaso, una botella de agua, una caja de cerillas, una lámpara. En la otra fotografía, desconocida para mí, el cadáver de Lotte aparecía inclinado sobre el de Stefan, juntas las manos de ambos. Me comunicaron amablemente que la variación de la escena era la consecuencia de que la policía, tras tomar una primera fotografía, habría separado pudorosamente los cadáveres, de modo que la siguiente fotografía fue la que se hizo pública para la prensa. Pensé que en la variación de las dos imágenes se alojaba todo un mundo, y que así lo hubiese considerado el propio Zweig.

Modestamente enmarcado colgaba en una pared de la casa el llamado testamento de Stefan Zweig, un breve texto que el novelista había escrito, al parecer, el día anterior al suicidio, dirigido al juez y a la policía. En realidad era un documento tan singular que sólo podía estar dirigido al conjunto de los hombres. En la primera mitad del texto, tras advertir que dejaba la vida por propia voluntad y en plena posesión de sus facultades mentales, Zweig agradecía a los brasileños la extraordinaria hospitalidad que le habían ofrecido, al tener que huir él de Europa, acosado por el nazismo. Finalizaba: "Europa, mi patria espiritual, se ha destruido a sí misma (...). Por eso me parece mejor concluir a tiempo y con ánimo sereno una vida para la que el trabajo espiritual siempre fue la alegría más pura y la libertad personal el mayor bien sobre la tierra. Saludo a mis amigos. ¡Ojalá puedan aún ver el amanecer! Yo, demasiado impaciente, me adelanto a ellos". Su obra desapareció de las estanterías, como si los nazis hubieran conseguido exterminarla.

En Petrópolis entendí el resurgimiento, en los últimos decenios, de Zweig como escritor. Al igual que sucede en otros casos, su recepción había experimentado un violento zigzag. Tremendamente popular en la Europa de entreguerras, había desaparecido de las estanterías después de la segunda contienda mundial, como si los estudiantes nazis que quemaban sus libros en las plazas de Alemania hubiesen conseguido exterminarlo para siempre. Con frecuencia veíamos Veinticuatro horas de la vida de una mujer y otras novelas de Zweig en las bibliotecas de nuestros abuelos, pero en la universidad ningún profesor recomendaba a un escritor que parecía definitivamente periclitado. Pero los últimos años del siglo XX, el siglo que lo había llevado a la cima y lo había destruido, albergaron el inesperado retorno de Zweig a las librerías de los países europeos. Cuando un retorno de este tipo se produce no hay duda de que la época, con sus interrogantes, lo exige, aunque sea de manera oblicua.

Recientemente he releído El mundo de ayer; Stefan Zweig subtituló Memorias de un europeo a un libro escrito en circunstancias adversas: sin apuntes, sin archivos, sin amigos con los que compartir los recuerdos del pasado y, por encima de todo, en una situación de permanente hostigamiento traumático que, como se deduce del testamento previo al suicidio, no se amortigua ni siquiera en el amable exilio de Brasil. Es más, El mundo de ayer sirve para encontrar explicación al suicidio, aparentemente chocante, de alguien que no está enfermo, no es un fracasado y no es sentimentalmente infeliz. Sirve para encontrar explicación a lo que quizá podría ser definido como un suicidio civilizatorio, si es que tenemos -no tenemos- necesidad de definir actos como este.

Más allá de sus múltiples aciertos literarios, El mundo de ayer es una lección magistral sobre la demolición de los vínculos entre palabra y verdad. Los totalitarismos, a través de los cuales la Europa exaltada por Zweig, junto a tantos otros escritores, se había "destruido a sí misma", ponían al descubierto que aquella demolición dejaba indefenso por completo al individuo y, en consecuencia, listo para la manipulación y la sumisión. Extirpando la verdad a las palabras se extirpaba también el espíritu a los hombres. Es posible que, en la lejana Petrópolis, Zweig, antes de suicidarse, pensara que los efectos de lo que estaba sucediendo conmoverían irreparablemente el futuro.

Y, al menos en parte, tenía razón. Nosotros, por fortuna y por el momento, vivimos muy lejos de aquel paisaje apocalíptico que se tragó el mundo de Zweig. Sin embargo, en muchos sentidos somos herederos de aquella extinción. Nuestra época ya no ha recuperado, o no ha querido recuperar, la verdad interna de la palabra. Si somos sinceros, nuestra época ya no piensa en términos de palabra o de verdad. "Dar la palabra", un ritual sacralizado hasta hace poco, ha dejado, en apariencia, de tener significado, y en nuestra vida pública la presencia de la verdad se ha convertido en fantasmagórica, aplastada por las obesas siluetas de la rentabilidad, la eficacia, el impacto o la utilidad. En lenguaje, o la falta de lenguaje, lo dice todo: compárese el tono con el que se proclama la actual construcción europea con el que refleja Zweig en El mundo de ayer cuando hace referencia al entusiasmo con que Rilke, Valéry y tantos otros se referían a la "unidad espiritual" de Europa. Europa era una cultura; no, como alardean los portavoces del presente, una marca.

Con todo, donde el lector actual puede encontrar la mayor vibración al recorrer las páginas de Zweig es al percibir ciertos paralelismos entre los riesgos del pasado y del presente. Huérfanos de la verdad de las palabras, o incapaces de encontrarla y compartirla, también nosotros nos encontramos indefensos ante la manipulación, por más que nuestra fe tecnológica nos mantenga ensimismados. Las épocas parecen muy distantes, es cierto. En la nuestra sólo ha irrumpido una multitud de pequeños brujos que juegan con la mentira y casi todos convivimos indiferentemente con ella. Pero la falta de amor a la verdad entraña el mayor peligro: es el terreno abonado para que los grandes brujos entren en escena.

[Publicado el 07/6/2015 a las 17:55]

[Etiquetas: zweig, europa]

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Medicina y humanismo

Glosa de Rafael Argullol en la entrega de la Medalla de Oro al Mérito Cívico al Hospital del Mar de Barcelona. Saló de Cent, Ayuntamiento de Barcelona, 2 de febrero de 2015

 

Alcalde, regidores, señoras, señores.

Es para mí un honor y un placer dirigirme a ustedes para rendir homenaje al Hospital del Mar con motivo de su centenario y de la concesión de la Medalla de Oro del Ayuntamiento de Barcelona. Aunque no soy médico, sino escritor y profesor de Humanidades, he tenido una relación muy cercana con la medicina. Primero, cuando era muy joven, porque inicié la carrera, interrumpida. Más tarde, en búsqueda de otros conocimientos, y posteriormente porque he utilizado numerosas metáforas médicas en mis textos a lo largo de mi trayectoria literaria. Siempre he creído que el mundo de la palabra y el mundo del cuerpo tienen historias paralelas y que, si la medicina busca curar lo que los antiguos denominaban la physis, la literatura y la filosofía buscan la curación del espíritu.

No soy médico, pero estoy en condiciones de valorar la ética y la épica de la medicina. Y la historia del Hospital del Mar es, también, una historia de épica y de ética, desde su fundación hasta la actualidad.

También es una historia en la cual la ciudad, Barcelona, y el mar juegan un papel fundamental. Respecto a este último, podríamos recordar que estamos hablando de un hospital con una situación única, casi adentrado en las aguas del Mediterráneo, rodeado por un barrio que había tenido una fuerte vocación marinera. El mar tiene, creo, un importante poder terapéutico y catártico. Es, para la vista, lo que la música para el oído. Una vez, hace algunos años, conocí a un gran médico y escritor polaco que había organizado la unidad de curas intensivas del Hospital General de Cracovia. Desde el primer momento, incluyó la música entre estas curas. Cuando le dije que el mar sería el complemento visual idóneo, aprobó la idea con entusiasmo. El Hospital del Mar es, y con todas las consecuencias, mar. Y es Barcelona. Aunque en la actualidad está a la espera de nuevos aggiornamenti, propios del siglo XXI, en 1992 se presentó ya, con motivo de los Juegos Olímpicos, como un moderno establecimiento dedicado a la medicina, la cirugía y la investigación. Antes, la crónica se remonta a 1914, fecha de su fundación, un año en que Europa se llenaba de tinieblas y Barcelona conoció un trienio dorado. El Hospital del Mar, nacido como Hospital de Infecciosos, está más cerca de las tinieblas que de lo otro, más próximo a los miserables que a los poderosos. Quiere ser el muro sanitario que ha de defender la ciudad de las epidemias. Esto nos muestra cuál es la primera voluntad del Hospital del Mar y, también, del vínculo con la ciudad.

Porqué, aunque sea brutal decirlo así, las epidemias marcan a una ciudad tanto como sus sueños. El maravilloso sueño del Renacimiento florentino se engendra entre los estragos de la peste negra que asoló Europa y, en particular, la capital toscana. Para vivir sueños una ciudad ha de hacer frente a sus epidemias, también a las espirituales, que están siempre al acecho. Como Hospital de Infecciosos, título oscuro y maldito, el Hospital del Mar nace en 1914 para luchar contra las epidemias físicas y, desde entonces, tiene una larguísima tradición al servicio de la ciudad, hasta llegar a ser, después, un hospital generalista. Hay muchos episodios de esta lucha donde se confirma la ética y la épica de la medicina. Déjenme hoy rememorar solo uno: aquel que nos explica el bombardeo del Hospital durante la Guerra Civil y su traslado, más o menos improvisado, al Hotel Florida, al pie del Tibidabo. Leer esta narración de hechos, ver la actitud de los médicos y del personal sanitario, observar cómo, en condiciones durísimas, se quiso mantener el funcionamiento hospitalario emociona, reconcilia y demuestra la fortaleza del ser humano frente a las adversidades, aquello que, en medio de decepciones y escepticismos, nos hace que nos sintamos orgullosos de pertenecer a la humanidad. Lejos de su mar, en la otra parte de la ciudad, en la precariedad del Hotel Florida, el Hospital selló su pacto de sangre, su compromiso con la ciudad.

Este compromiso continúa, aunque ya hace muchos años que no se denomina el Hospital de Infecciosos y que no se circunscribe a combatir epidemias sino que se ha extendido a todas las ramas de la medicina. Y el compromiso continúa gracias al carácter social y comunitario del Hospital, a su voluntad innovadora y a la apuesta por la investigación. La medicina ha de estar al servicio de la sociedad. No es un trabajo más, no es un negocio ni es solo una profesión. No es una actividad privada. O no debería serlo. Debería ser un servicio y debería ser una pasión porque concierne a uno de los territorios más frágiles y fascinantes de la existencia: aquel donde confluyen el miedo y la esperanza. Si leen o releen los principios de Hipócrates comprobarán hasta qué punto estos términos juegan entre ellos. Ahora ha desaparecido la declaración hipocrática de las salas de espera. Antes nos la encontrábamos habitualmente y, como enfermo, era tranquilizador.

A propósito de las salas de espera, déjenme hacer una reflexión literaria y filosófica. En uno de mis libros indiqué, un poco provocadoramente, que las salas de espera serían los espacios idóneos para hacer representaciones de teatro antiguo y, también, posiblemente del moderno. En ninguna otra parte se concentra tanta quinta esencia del miedo y la esperanza. En ellas se vive la condición humana en estado puro. Hombres, mujeres... sentados o de pie, arriba y abajo. Esperan. Pero ¿qué esperan? En ocasiones noticias más o menos triviales; otras veces noticias que cambiarán para siempre sus vidas. Esperan. Con miedo y con esperanza. Las puertas se abren y se cierran. Para algunos es la rutina; para otros el destino que puede trastocarlo todo. A menudo es la condición humana llevada al límite.

Afortunadamente, junto con el miedo hay esperanza. Si algún hospital -el Hospital del Mar, por ejemplo- se propusiese hacer realidad mi propuesta se podría representar el Prometeo encadenado de Esquilo, con su escena central, cuando el titán filántropo explica cómo ha alejado a los hombres del no-sentido y del nihilismo. Dice: "Les he dado ciegas esperanzas". Les he dado fuerzas en medio de la oscuridad para fundar la civilización. El lector de Esquilo se encuentra con la concepción griega de la cultura humana. Surgen la agricultura, la ganadería, la minería, el lenguaje, las matemáticas, la astronomía y... la medicina.

En la sala de espera se representaría, el surgimiento de la medicina.

La medicina es, si creemos a Prometeo, hija del miedo y de la esperanza. Hija del dolor que provoca el miedo y de la esperanza de superar, de curar, este dolor. Los griegos utilizaban la misma palabra, elpis, para espera y esperanza. Por ello las salas de espera son, metafóricamente, los pasajes de confluencia entre el enfermo y el médico, entre los dos protagonistas de este relato. El médico no existe sin el enfermo y la medicina tampoco existe sin la tensa dialéctica entre dolor y curación. Como consecuencia, la medicina no puede ser meramente una actividad o un negocio privado. Ha de estar al servicio de la comunidad, del hombre. Y quien lo ejerce ha de hacerlo con la pasión por aquello que es humano, dispuesto siempre a reconocer el protagonismo del enfermo.

Junto con la medicina comunitaria, se hace más necesario que nunca reivindicar al médico humanista. ¿Y que es un médico humanista a principios del siglo XXI? Hace cuatro años tuve la fortuna de escribir un libro de conversaciones con el Dr. Moisès Broggi.

En aquel entonces él tenía 103 años y, como es sabido, una dilatadísima dedicación a la medicina y a la cirugía. Había visto la evolución de la figura del médico y los cambios en la consideración del enfermo. Le preocupaban fundamentalmente dos aspectos: la separación entre especialidad y visión unitaria del cuerpo, por una parte y, por otra, el alejamiento entre enfermo y médico. Creo que un médico humanista en nuestros días es aquel que trata de superar estas dualidades. Durante el Renacimiento la gran conquista fue la unificación entre teoría y práctica. Ya no eran el herrero o el barbero, como en los cuadros de Brueghel o El Bosco, los que operaban sino que era el médico quien se enfrentaba directamente al cuerpo. El reto hoy en día es leer de nuevo el cuerpo en su integridad con el respaldo de los revolucionarios saberes que proporciona la especialización. La medicina es conocimiento y catarsis, curación para la técnica y curación para la palabra.

Tengo amigos muy apreciados en el Hospital del Mar y sé que, en buena parte, comparten estos criterios. Cien años después de su nacimiento, el propio Hospital es una buena muestra de aquella épica y de aquella ética de las cuales hablaba al principio. Con una historia difícil, dura y gloriosa, el Hospital del Mar se ha ganado el prestigio científico y médico que tiene ahora. También se ha ganado un lugar privilegiado en el corazón de los barceloneses, que ven este recinto del dolor y la esperanza, casi bañado por el mar, un elemento indispensable de su memoria urbana y de su paisaje sentimental.

Muchas gracias al Ayuntamiento de Barcelona por este merecidísimo reconocimiento. Y muchas felicidades a los amigos del Hospital del Mar. El reconocimiento del esfuerzo siempre nos hace más grandes.

Rafael Argullol
2 de febrero de 2015

[Publicado el 07/6/2015 a las 17:40]

[Etiquetas: medicina, humanismo, hospital del mar]

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El libro y el león

Cada tarde el león penetraba en la cueva y se acercaba a su benefactor. Durante el día el león había vagado por el desierto, a veces en busca de alimento, a veces sin otra misión que atravesar la silenciosa belleza de la vida. Si era necesario no rehuía el combate y, tras él, iba a limpiarse el hocico en las claras aguas del río. Fueran como fueran sus mañanas al atardecer tenía la necesidad de aproximarse a su benefactor.

Al lado de éste las noches transcurrían siempre iguales, sobre todo en invierno cuando el fuego que iluminaba el fondo de la cueva proyectaba en la pared ambas figuras. El hombre, cubierto con una tela tosca, permanecía interminables horas delante de su pergamino. Era ya de edad avanzada pero tenía la mirada viva y el pulso firme en el momento de escribir. De vez en cuando, interrumpía su tarea, e inclinándose un poco acariciaba la cabellera del león. Éste esperaba pacientemente a los pies del anacoreta y cuando, por fin, la caricia se producía experimentaba una sensación intensa que apaciguaba toda su fiereza. Olvidaba las luchas y cacerías de la mañana y se dejaba perder en aquella paz amistosa.

Entonces, inevitablemente, volvía a la memoria del león aquel mediodía incendiado por un sol blanco en que su zarpa herida sangraba con abundancia. Se había clavado un enorme pincho y, por más que se debatía, no encontraba forma de arrancárselo. En medio de este tormento hizo su aparición un hombre que hablaba en voz alta, distraído, ignorante de la presencia del león herido. El hombre dirigía sus palabras hacia el cielo. De repente, advirtió la presencia del animal; sin embargo, lejos de asustarse, como hacían los hombres cuando se encontraban con leones, se quedó muy quieto. Luego, con una media sonrisa, le dijo cosas que parecían amables. Viendo tranquilo al hombre, también el león herido se tranquilizó, y cuando aquel le pidió con un gesto que levantara la zarpa el felino lo hizo sin miedo alguno. El hombre pasó mucho rato hurgando cuidadosamente en la herida hasta que logró extraer el pincho. De inmediato sintió un gran alivio y, al levantarse su curador, el león lo acompañó hasta la gruta en la que vivía.

Así transcurrieron los días y luego los años. Su benefactor no cesaba en su empeño y su manuscrito se multiplicaba hasta convertirse en un libro enorme. El hombre envejeció, hasta que su delgada carne casi quedó desprendida del esqueleto, trabajando siempre con tenacidad, de la mañana a la noche. El león también envejeció, al mismo ritmo que su benefactor, hasta que la muerte irrumpió en la cueva. Primero murió el hombre y su cara quedó dibujada con facciones serenas. Al ver el rostro ya sin vida de su benefactor al león le pareció -con el indescifrable pensamiento de los leones- que había cumplido finalmente con su tarea. La fiera salió hasta la entrada de la cueva para contemplar el desierto por última vez y luego se tendió junto a su benefactor, de la misma manera que había hecho a lo largo de tantos años, y como un león feliz aguardó la muerte. El gran libro, la obra de tantos años y de tantos desvelos fue el testigo mudo de la escena.

San Gerónimo en su estudio, Niccolò Colantonio. Museo Nazionale di Capodimonte (Nápoles)

San Gerónimo en su estudio. Niccolò Colantonio, 1444-1446.
Museo Nazionale di Capodimonte, Nápoles. 

 

[Publicado el 23/4/2015 a las 09:42]

[Etiquetas: libro, león, sant jordi]

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Biografía

Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de treinta libros en distintos ámbitos literarios. Entre ellos: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura: Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre). Como escritura transversal más allá de los géneros literarios ha publicado: Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, Visión desde el fondo del mar. Recientemente, ha publicado Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida (2013) y Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza (2013).

Ha estudiado Filosofía, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona. Estudió también en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Fue profesor visitante en la Universidad de Berkeley. Ha impartido docencia en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002), y los premios Cálamo (2010) y Ciudad de Barcelona (2010) con Visión desde el fondo del mar. 

Bibliografía

Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio
y la celebración de la belleza
(Acantilado, 2013)

 
Una educación sensorial. Historia personal del desnudo
femenino en la pintura
(Acantilado 2012)
Visiones desde el fonde del mar (Acantilado, 2010).
MICROSITE DEL LIBRO

 

Publicaciones principales

POESÍA
- Disturbios del conocimiento. Barcelona: Icaria Editorial, 1980.
- Duelo en el Valle de la Muerte. Madrid: Editorial Ayuso, 1986.
- El afilador de cuchillos. Barcelona: El Acantilado. Quaderns Crema, 1999.
- El poema de la serpiente. Badajoz: Asociación Cultural Littera Villanueva, 2010.
- Cantos del Naumon. Libros del Aire. Colección Jardín Cerrado, núm. 5, 2010.

NARRATIVA
- Lampedusa. Barcelona: Editorial Montesinos, 1981.
- El asalto del cielo. Barcelona: Editorial Plaza & Janés, 1986.
- Desciende, río invisible. Barcelona: Editorial Destino, 1989.
- La razón del mal. Premio Nadal 1993. Barcelona: Editorial Destino, 1994.
- Transeuropa. Madrid: Alfaguara Ediciones, 1998.
- Davalú o el dolor. Madrid: RBA, 2001.
- Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida. Barcelona: Quaderns Crema, 2013.

ENSAYO
- El Quattrocento. Barcelona: Editorial Montesinos, 1982.
- La atracción del abismo. Barcelona: Editorial Bruguera, 1983. Reeditado 2006.
- El Héroe y el Único. Madrid: Taurus Editorial, 1984.
- Tres miradas sobre el arte. Barcelona: Icaria Editorial, 1985.
- Leopardi. Infelicidad y titanismo. Barcelona, 1986
- Territorio del nómada. Barcelona: Ediciones Destino, 1986.
- El fin del mundo como obra de arte. Barcelona: Ediciones Destino, 1990. Reeditado 2007.
- El cansancio de Occidente (en colaboración con Eugenio Trías). Barcelona: Ediciones Destino, 1994.
- Sabiduría de la ilusión. Madrid: Taurus Editorial, 1994.
- Aventura. Una filosofía nómada. Barcelona: Nuevas Ediciones Debolsillo, 2000.
- Una educación sensorial. Historia personal del desnudo femenino en la pintura. Madrid-México: Fondo de Cultura Económica, 2002. Barcelona: Editorial Acantilado, 2012.
- Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra. Barcelona: Ediciones Destino, 2003.
- Del Ganges al Mediterráneo: un diálogo entre las culturas de India y Europa (en colaboración con Vidya Nivas Mishra). Madrid: Siruela, 2004.
- Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza. Barcelona: Editorial Acantilado 2013.

ESCRITURA TRANSVERSAL
- El cazador de instantes. Barcelona: Ediciones Destino, 1996. Reeditado 2007.
- El Puente de Fuego. Cuaderno de Travesía, 1996-2002. Barcelona: Ediciones Destino, 2004.
- Enciclopedia del crepúsculo. Madrid: El Acantilado, 2006.
- Breviario de la aurora. Barcelona: El Acantilado, 2006.
- Visión desde el fondo del Mar. Barcelona: Editorial Acantilado, 2010. Premio Cálamo 2010. Premio Ciudad de Barcelona 2010.

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