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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 24 de mayo de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

El Giro de Italia

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Dino Buzzati siempre estuvo íntimamente vinculado a  Il Corriere della Sera, en cuya redacción entró como aprendiz para luego ser redactor, corresponsal, enviado especial y finalmente colaborador de postín.  En  paralelo, su carrera  de escritor empezó bien, con una novela llamada Bárnabo de las montañas (1933) que tuvo bastante éxito. La segunda, El secreto del Bosque Viejo (1935) le supuso una dura decepción pero la tercera, El desierto de los tártaros (1940), le valió el reconocimiento internacional. Años más tarde (1976) Valerio Zurlini hizo una muy estimable versión cinematográfica con Vittorio Gassman y Jacques Perrin en los principales papeles.

            Los críticos tradicionales se suelen despachar a Buzzati acusándole de ser un mero imitador de Kafka, pero el juicio es superficial porque si bien la influencia de “lo kafkiano” es evidente, en Buzzati hay un acento existencial que lo equipara sin desdoro con Sartre y Camus (a los que no debe nada) y también una vigorosa veta surrealista absolutamente personal y muy  sorprendente, sobre todo para quien se adentra en una crónica ciclista esperando encontrar metáforas del tipo “la serpiente multicolor reptando por los soleados campos de la Toscana ” y qué va, menuda sorpresa le espera.

            Como su nombre indica, El Giro de Italia es la crónica de esa vuelta ciclista, concretamente la celebrada en 1949, en la que se enfrentaron Gino Bartali, el mítico campeón ya en vísperas de su derrota, y Fausto Coppi, el joven león llamado a derrotar al viejo macho alfa que por aquél entonces todavía comandaba con mano férrea la manada multicolor. Para entonces Coppi había ganado varios Giros de Italia y empezaba a ser temindo en Francia, pero le faltaba el golpe de autoridad frente a quien había sido su patrón y maestro.

Buzzati confiesa en el libro no saber mucho de ciclismo y es de suponer  que al terminar de leer las crónicas que firmó a lo largo de 19 días y los más de 4.000 kilómetros de carrera, los buenos aficionados seguramente correrían a comprar Il Corriere dello Sport para enterarse de cosas tales como quién adelantó a quién y en qué kilómetro, en qué estado de forma se encontraban este o aquél, quién fue a fin de cuentas el ganador de la etapa, cómo había quedado  la clasificación general, qué diferencias de tiempo había entre los diez primeros y todo el resto de datos que los entendidos consideran indispensables  pero que Buzzati no les ofrecía por estar demasiado ocupado en contar esto o aquello. Sin embargo y dijeran lo que dijeran los puristas, el mejor Buzzati  surgía  sobre todo en  las etapas aburridas (las que transcurren en territorio llano, por ejemplo, apenas ofrecen nada que contar porque son como un plácido paseo de cicloturistas que sólo sacan el genio en el último kilómetro al preparar, y luego disputar, el sprint final). Y puesto que no tenía gran cosa que reportar, daba rienda suelta a su aguda y muy versátil creatividad. Y ahí está el anciano aficionado que salta sobre su bicicleta de buena mañana y se lanza desaforado a desempedrar las carreteras que un par de horas después se disputarán los profesionales. O las conversaciones supuestamente mantenidas por los espectadores apostados desde hace horas al borde de la carretera, la niña enferma a la que han sentado en una silla dispuesta en la acera para que presencie el paso de los ciclistas, o las terribles evocaciones bélicas cuando la carrera pasa al pie del derruido Monte Cassino y los cadáveres se levantan para verla. Todo ello con la particularidad de que el viejo aficionado que corre en solitario por delante del pelotón va adquiriendo entidad y rasgos físicos cada vez que Buzzati, aburrido por la falta de acción, se acuerda de él y lo va perfilando de una etapa a otra  hasta convertirlo en un  personaje que merecería ser real.  

            Pero como es lógico, la prosa alcanza sus tonos más subidos cuando después de atravesar todo Italia desde Sicilia llegan los terroríficos Dolomitas y los  primeros cuerpo a cuerpo entre Héctor y Aquiles, que más tarde se consumarán en los Alpes. Pero incluso ahí, en pleno drama, Buzzati vá más allá de la crónica y, por ejemplo, ofrece dos versiones de la derrota, una primera en la que cuenta cómo podría haber sido la cena en hotel con todo el equipo (corredores, directores, masajistas y mecánicos escuchando en silencio el amargo discurso de derrotado)  y una segunda en la que se cuenta qué pasó de verdad cuando el vencedor de tantas batallas se niega a reconocer su derrota alegando que otro día cambiará su suerte. Por los amantes del dato histórico, cabe decir que ese Giro lo ganó Coppi y que Bartali quedó segundo, y que en los años siguientes proseguiría el combate singular pero cada vez más decantado en favor del joven emergente a costa del viejo perdedor,  al que Buzzati le dedica un improperio de una dureza que sólo podía venir de un rendido admirador: al finalizar  la terrible etapa del Izoard y la Madeleine, en la que Coppi le saca más de ocho irrecuperables minutos, Bartali saluda amistosamente a un aficionado que le ha llamado por su nombre y Buzzati, testigo del hecho, se indigna. Eras un hombre frío y distante, y magníficamente aislado detrás de tu antipatía,  pero si ahora que estás derrotado devuelves los saludos, ¿ tanto valen para ti los aplausos?

 

El Giro de Italia

Dino Buzzati

Traducción cde David Paradela

Gallo Nero Ediciones

[Publicado el 10/9/2014 a las 18:06]

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La chica de ojos verdes

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Cuando, en 1960, Edna O´Brien publicó su primera novela, Las chicas de campo, despertó la atención de la mejor crítica anglosajona, que la saludó alborozada. Pero también atrajo la mirada ceñuda de la Iglesia Católica de Irlanda, inmersa en aquel entonces en una campaña nacional de regeneración. Pasados los horrores de la II Guerra Mundial y los rigores de la posguerra, la sociedad irlandesa (luego se vería que era la sociedad occidental en general, y con mayor apremio todavía la juventud) pedía protagonismo, voz y alegría, es decir, la oportunidad de vivir.

Quizá porque la jerarquía católica intuía lo que se le venía encima, lanzó todo el peso de su afán regeneracionista contra esa novela primeriza en la que se hablaba abiertamente de la sexualidad femenina y que, lejos de satanizarla, apoyaba que las mujeres manifestasen sus deseos y tratasen de satisfacerlos, en especial las adolescentes. Que un padre alcoholizado convirtiese la vida de su esposa en un infierno o que maltratase físicamente a su hija mientras se bebía literalmente el patrimonio familiar no escandalizaba a los censores porque (al parecer) era lo habitual en una sociedad como la irlandesa de entonces, económica y moralmente arruinada. Pero que una chica de campo saliese con un hombre mayor y no ocultase que trataba de ganarse sus favores causó un escándalo mayúsculo. Al final no pasaba nada de verdad censurable entre el adulto y la adolescente, pero la sola mención de que ésta tuviese apetitos y no se ruborizase al tratar de satisfacerlos rompía todos los esquemas aceptados.

Por eso, cuando dos años después (1962) Edna O´Brien retomó en La chica de ojos verdes a las dos adolescentes de su primera novela y las llevó a Dublin para que prosiguiesen sin trabas familiares su aprendizaje vital, la Iglesia pasó del escándalo a la agresión directa y si desde los púlpitos se alentaba a los feligreses a quemar en público esas novelas, finalmente logró que fuesen oficialmente prohibidas y no dejó en su acoso hasta lograr que la propia Edna O´Bien abandonase el país.

En La chica de ojos verdes la protagonista, Caithleen, o Kate, no sólo sigue buscando los favores de un adulto sino que se enamora de un hombre casado y (el colmo) protestante, con el agravante de que en esta ocasión llega hasta el final y se va a vivir con él pese a la presión social y los grotescos intentos del padre alcoholizado por salvarla del mal recurriendo incluso al obispo que la consagró de niña. Todos los esfuerzos se demuestran inútiles porque, al cabo de un plazo prudente de relación blanca, ella se entrega en unas circunstancias que le resultan cómicas y hermosas: “la excitación en aumento de su cuerpo me tenía cautivada, era como el vaivén del mar, igual que las palabras de amor que me susurraba. Leves jadeos y besos, besos y cortos gemidos con los que fue cubriendo mi cuerpo hasta que al final alcanzó el clímax dentro de mí y me colmó con su amor”.  Quien así habla está soltera, tiene 21 años, acaba de ser desflorada y su amante casado en ningún momento ha manifestado la menor inclinación matrimonial. A pesar de lo cual hay placer y amor sin remordimiento.        

Vista en la distancia, la novela sorprende porque el tono general de la misma está en perfecto acuerdo con todo lo que iba a ocurrir después y no es de extrañar que sólo dos años más tarde (1964) Desmond Davis la llevara a la pantalla encomendando el papel de Kate a Rita Tushingham, aquella actriz flacucha y de rostro afilado que con la sola ayuda de su “knack” abrió paso a las Twiggy, Jean Shrimton, Mary Quant y demás iconos de los felices 60, tan alejadas de aquellas chicas de campo que los amantes de las tradiciones pretendían seguir imponiendo.

Otra cosa que sorprende de Edna O´Brien es el tratamiento que da a sus personajes. Baba, la única amiga de Kate, su único punto de referencia en la vida que se abre ante las dos, es antipática, engreída y la maltrata continuamente. Por su parte, Kate es torpona física, espiritual y moralmente hablando. Ante los problemas que le plantea la  vida demuestra unas dudas y vacilaciones muy acordes con su condición pueblerina, pero que sorprenden en una protagonista de novela porque atenta contra la identificación protagonista/lector que todavía era una norma indiscutible de la novelística tradicional. Incluso en su vida personal Edna O´Brien fue una transgresora y eso es algo que, entonces como ahora, tiende a complicar las relaciones. Lo cual no quiere decir que dificulte la lectura sino que crea una distancia muy positiva porque el lector se ve obligado a reflexionar y plantearse por qué, pese a que Kate o Baba no resulten particularmente atractivas, en cambio uno está de su parte.

 

La chica de ojos verdes

Edna O´Brien

Traducción: Regina López Muñoz

Editorial Errata Naturae

[Publicado el 04/9/2014 a las 13:28]

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Repertorio de ideas del surrealismo

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André Breton acabó ganándose el calificativo de “papa” porque se hinchó de bendecir, excomulgar, beatificar o, en el más benévolo de los casos, reprender a quienes no veían y practicaban el surrealismo como él lo vivía. No le gustaba la palabra “escuela”, ni tampoco el calificativo de “grupo” y prefería describirlo como “una asociación libre, espontánea, de personas [entre las cuales] se establece una especie de pacto que define una actitud poética, social, filosófica que no puede ser transgredida sin producir la ruptura con el espíritu (y la comunidad) surrealista”. Poco después aceptaba que se calificase al surrealismo de “movimiento”, si se entendía éste como “una actitud común ante la vida” o también como una “aventura espiritual.

                Y bien, teniendo en cuenta las matizaciones y precauciones antedichas puede decirse que el surrealismo, al menos en sus comienzos, fue un movimiento vigoroso, saludable, desvergonzado  e iconoclasta, es decir justo lo que buscaba una Europa que necesitaba una revisión urgente de los valores y creencias que tan malparados habían quedado tras la I Guerra Mundial. Y qué mejor remedio que el administrado por unos jóvenes convencidos de la ineludible necesidad de soltar lastre, derribar ídolos y desenmascarar a los impostores a fin de “transformar el mundo, cambiar la vida y rehacer de arriba abajo el pensamiento humano”. Nada menos.

                El problema fue que unos pocos años después Europa se las arregló para representar una nueva versión del Apocalipsis igual de sangrienta y brutal que la de la anterior solo que esta vez con el añadido del Holocausto. Y aunque el surrealismo seguía en activo, esta segunda hecatombe, como dijo Buñuel para manifestar su rechazo y su impotencia ante el mercantilismo y la politización que rodeó (y rodea) al “Gernika” de Picasso, ya era “demasiado viejo para poner bombas”.   

                En este Repertorio de ideas del surrealismo (título tomado de un proyecto de Antonin Artaud no llevado a la práctica) Ángel Pariente ha reealizado una brillante recopilación de dichos y ocurrencias surrealistas que además ha ordenado alfabéticamente por temas. Como comprobará el lector, los surrealistas no se arredraban ante nada y entraban de frente en temas tan peliagudos como podían ser entonces los Juicios de Moscú o el Comunismo, pues les obligaba a ventilar públicamente una cuestión tan contradictoria para ellos como era su ferviente apoyo a la dictadura del proletariado y la evidencia de lo que estaba pasando de verdad en Moscú. Pácticamente no guardaron silencio ante cualquier cosa que pueda incluirse entre la primea entrada en el repertorio, Absurdo, y la última, Z de Zola, “un escritor de genio: el imbécil Zola”, según Louis Scutenaire (1945). Aunque aseguraban no tener padres, poco a poco fueron elaborando un Olimpo de favoritos, con Valery y Apollinaire a la cabeza, a los después se irían uniendo los Baudelaire, Rimbaud y Lautreamont, aparte de Marx y Freud. Y frente a éstos surgieron los aborrecibles Claudel (asno oficial, granuja, pedante), Pierre Loti (el idiota), Maurice Barrés (el traidor) o Anatole France (el policía). Como asimismo comprobará el lector, la lista de réprobos es interminable, con el agravante de que había figuras, sin ir más lejos Picasso, con las que Breton mantuvo una prolongada y muy complicada relación de amor odio, fundamentalmente porque sería una locura querer encuadrar a Picasso en una escuela, grupo, movimiento o cualquier otra entidad que no indique una noción de individualismo radical. Hubo otros, como Antonin Artaud que recibieron tantas críticas como alabanzas.  Más problemáticos fueron, sin ir más lejos, los insultos proferidos contra Anatole France durante su entierro, una tirria que llevó a Breton a pedir públicamente que los despojos del fallecido fuesen metidos en un cajón y arrojados al Sena porque le negaba incluso el derecho a convertirse en polvo.

                Otras veces, en cambio, la crítica era elegante, mensurada y, en mi opinión, justa, como por ejemplo cuando en 1928 Luis Buñuel y Salvador Dalí le mandan a Juan Ramón Jiménez una nota manuscrita que decía: “Nos creemos en el deber de decirle –sí, desinteresadamente– que su obra nos repugna por inmoral, por histérica, por arbitraria”. Movido por su inquebrantable propensión a la sinceridad, al repasar su propia obra, y la de sus compañeros, Luis Buñuel reconocía el valor de lo conseguido, ya fuera en literatura y pintura e incluso en el cine, pero lamentaba que el surrealismo no hubiese alcanzado uno de sus compromisos más queridos: cambiar la vida.         

 

Repertorio de ideas del surrealismo

Ángel Pariente

Editorial Pepitas de calabaza

[Publicado el 26/8/2014 a las 11:44]

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Trasatlántico

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En los talleres de escritura creativa enseñan que las novelas deben arrancar con una historia vistosa, emotiva, trepidante y capaz de enganchar al desprevenido lector. Si consigues eso, dicen los maestros, después puedes hacer un poco lo que quieras con los tiempos narrativos, los escenarios donde transcurre la acción y el, la o los narradore(a)s, siempre que tengas la precaución de no perder por el camino la atención del lector.

Colum McCann conoce bien la norma porque lleva años enseñándosela  a futuros escritores en una universidad de Nueva York. Y en Trasatlántico cumple escrupulosamente con sus enseñanzas y abre la novela con el relato novelado del vistoso y trepidante, aparte de histórico,  vuelo que en 1919 realizaron los pilotos británicos Arthur Brown y John Alcock, quienes partiendo de Terranova a bordo de un bombardero Vickers modificado, llegaron a Irlanda y se convirtieron e los primeros en atravesar el Atlántico sin escalas. Ante la enormidad que se proponían  hacer los dos aviadores pasa casi desapercibida la importancia de la intervención de  una periodista de Terranova y su hija fotógrafa, quienes les entregan una carta con el ruego de que la echen al correo cuando toquen suelo europeo. Esa carta acabará dejando un levísimo rastro que salta y enlaza épocas, continentes, personajes y circunstancias sin aparente relación pero que exigen una colaboración activa del lector para elaborar el relato total.    

En el caso de esta novela, McCann tuvo que hacer frente a dos condicionantes de índole muy diferente pero que a la postre se han demostrado decisivos. El primero hay que atribuirlo al éxito furibundo de su novela anterior,  Que el vasto mundo siga girando (2009) que le valió fama, fortuna, premios prestigiosos y efusivos elogios a escala mundial, pero que le causó de paso un problema muy común en los autores de éxito repentino: cómo escribir otro libro que sea tan bueno como el anterior sin que parezca una copia, o lo que es lo  mismo, cómo satisfacer las  expectativas creadas. El segundo condicionante no tenía nada que ver con las servidumbres de la industria editorial y en cambio era de orden estrictamente literario: a diferencia de lo que les pasa a otros muy admirados escritores irlandeses tipo Elisabeth Bowen, John Banville o, sobre todo, Colm Toibín,  Colum McCann no es un escritor fácil e imaginativo y que de cualquier cosa se inventa una novela. Él es un fanático de la investigación previa y de la precisión, y si describe un viaje en barco en los años 30 del siglo pasado, los trajes de ellos y ellas, las nomas sociales de trato según el interlocutor sea ella o él, las bebidas y los aperitivos, las músicas que se oyen en el barco o el trato con la servidumbre están milimétricamente reflejados, con la particularidad de que esa minuciosidad en el detalle a veces tiene una importancia decisiva en el desarrollo de la trama, como es el caso de la ya mencionada carta que atravesará por vez primera el Atlántico por los aires, aunque es más significativo aún un detalle mínimo que se describe en el capítulo II, íntegramente dedicado a la visita, asimismo histórica, que  el ex esclavo y abolicionista norteamericano Frederick Douglass realizó a Irlanda en 1845. Aunque el visitante lo viera todo desde la seguridad de los círculos ilustrados y socialmente acomodados que financiaron su viaje, la situación en Irlanda era espantosa, y si ya de por sí era espeluznante el espectáculo de miseria y degradación que ofrecían las calles, se estaban produciendo los primeros pero inequívocos indicios de la hambruna que les iba a costar la vida a dos millones de personas, aparte de que también se estaba consolidando un sentimiento antibritánico que terminaría con la secesión de la República de Irlanda y una guerra civil en Irlanda del Norte que ha llegado a nuestros días. Y sin embargo, pese a que el desgarro social es evidente, lo decisivo para el relato es la brevísima relación del abolicionista con una criada adolescente que sirve en casa de su editor irlandés, y que se limita a unos pocos intercambios de palabras y a un apretón de manos que el ex esclavo intercambia con toda la servidumbre antes de seguir viaje. Ese gesto de fraternidad, y la imagen de hombre que ha sabido conquistar su libertad, son decisivas para la criada, que de pronto concibe la de otro modo inconcebible idea de escaparse a América en busca de una vida mejor. Debido a lo imperceptible de ese momento mágico en la trayectoria de una insignificante fregona, el lector debe hacer un esfuerzo considerable de reconstrucción para relacionarla  muchos años y muchas páginas más tarde con una madre coraje que participa como enfermera en la Guerra de Sucesión americana porque, dice, quiere estar cerca de su hijo de diecisiete años que se ha apuntado como voluntario no para luchar contra los estados esclavistas del sur sino para luchar. Sin más. Una vez que le entreguen el cadáver de su hijo, la madre coraje da un giro a su vida y tras casarse con un suministrador de hielo, tener seis hijos con él, perder a su marido y a dos de los hijos mayores, terminará viviendo con su hija pequeña, que andando el tiempo se convertirá en una periodista de cierta fama en Terranova, momento en que el relato enlaza con la carta y sigue encarnado en la voz de la hija fotógrafa, etc. No es una novela redonda, equilibrada y de una calidad uniforme. Ni mucho menos. Pero McCann a ratos entra por derecho propio en el Olimpo de los grandes narradores irlandeses que tantas historias fascinantes les quedan por contarnos.

 

Trasatlántico

Colum McCann

Traducción de Marta Alcaraz

Seix Barral

                         

[Publicado el 20/8/2014 a las 12:49]

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Historia y desventuras del desconcodo soldado Schlump

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Al cumplirse cien años justos del estallido de la mal llamada Gran Guerra –en realidad, apenas veinte años después Europa se las apañó para enzarzarse en otra guerra igual de grande o más y hubo que numerarlas, Primera, Segunda… y las que vengan– la editorial Impedimenta ha tenido la buena idea de rescatar Historia y desventuras del desconocido soldado Schlump. Su autor, Hans Herbert Grimm fue un maestro de escuela que sobrevivió a la primera de las dos grandes guerras. Porque estaba visceralmente en contra del militarismo y los nacionalismos aprovechó sus experiencias bélicas para escribir una novela que, según pensaba él, además de darle una cierta fama  también podría aportarle unas moderadas pero muy bien recibidas ganancias porque eso de “pasas más hambre que un maestro” no es exclusivo de España.  Y a punto estuvo de conseguirlo porque el sentimiento antibelicista era generalizado. Publicado en 1928, el libro tuvo un cierto éxito e incluso se tradujo al inglés, mereciendo una crítica muy favorable por parte de J.B. Priestley. Sin embargo, H.H.Grimm chocó contra dos imponderables que demostraron ser demasiado para él. El primero de dichos imponderables fue que  justo entonces Sin nvedad en el frente, la novela de Erich Maria Remarque, se convirtió en un best seller mundial, con el agravante de que todavía hoy continúa siendo una referencia ineludible de la literatura antibélica.

                El segundo inconveniente fue que la política de limpieza que ya estaban llevando a cabo los nacionalsocialistas empezó con grandes hogueras a las que fueron a parar todos los libros y cuadros denominados “degenerados”, y el de H.H. Grimm no sólo era antibelicista y antinacionalista y no sólo no seguía las consignas oficiales de odio a todo lo que fuera francés, belga o inglés, es decir los próximos enemigos de Alemania, sino que encima estaba editada por un judío comunista. Pero H.H. Grimm ya se debía de oler lo que se le venía encima porque además de publicar su libro con pseudónimo guardó tan en secreto su identidad que, a diferencia de su libro,  se salvó de la quema y pudo salvar asimismo un ejemplar a base de emparedarlo en su casa.

                Es evidente que no gustándole el tremendismo ni la enumeración de horrores que él había presenciado, la intención de H.H. Grimm fue escribir una novela picaresca. Schlump, viene de lump, que en alemán significa sinvergüenza, y al principio podría ser un compinche de Rinconete o el Lazarillo. Destinado a labores de intendencia en la retaguardia del frente francés, se vale del mínimo poder de su cargo para disfrutar de la vida con los camaradas y, aprovechando esa moral tan peculiar de los tiempos de guerra, establecer relaciones con toda clase de mujeres y jóvenes francesas. Habla maravillas de ellas porque, la verdad, ellas le tratan amorosamente y le devuelven con creces sus favores aunque, eso sí, no se dan descripciones ni detalles íntimos. Pese a su apodo, Schlump es un caballero y no cuenta según que cosas de las damas a las que frecuenta. Pero si encima puede hacer trapicheos con los alimentos, el vino o el tabaco, qué más puede pedir un muchacho de pueblo, hijo de un obrero y al que de pronto le dan las llaves de la despensa.

                Otro de los grandes atractivos es que se trata de una novela de novelas, y sobre todo durante los tediosos días de la retaguardia, todo el mundo tiene tiempo y disposición para escuchar una buena historia y cada dos por tres los oyentes se sientan por el suelo y se van pasando tabaco o botellas de vino mientras un recién llegado cuenta su historia, por lo general breve pero intensa  y como corresponde a un tiempo tan desquiciado como es el de una guerra, totalmente disparatada. El episodio del niño que se mete un orinal metálico por la cabeza y no se lo puede quitar es formidable y refleja muy bien el carácter moderadamente burlesco que H.H. Grimm quería darle a su novela.

                Pero nadie escapa a una guerra con las manos limpias y el cuerpo sin marcas. Poco a poco Schlump se va acercando al horror y una vez que se ve atrapado en el mismo ya no escapa de él hasta el final, y lo hace con el cuerpo hendido y, sobre todo, el alma endurecida. La gente que todavía asocia guerra con heroísmo es objeto de la rechifla general. El sálvese quien pueda ya es universal y con la derrota el relato pierde sus últimos tonos picarescos y adquiere un tono sombrío que debió de enfurecer a esos nazis que, una vez quemadas las obras de arte degenerado, estaban ya clavando sus torvas miradas en los judíos. Pero sorprende sobre todo la elegancia de una narración que no cae nunca en el tremendismo ni en la búsqueda de la imagen fácil. Lo que pasa es que una guerra es la plasmación del horror y la expresión de los peores rasgos del género humano. Y era imposible que la picaresca pudiera dar cuenta del mismo y salir incólume.

 

Historia y desventuras del desconocido soldado Schlump

Hans Herbert Grimm

Traducción de Belén Santana

Impedimenta

[Publicado el 04/8/2014 a las 20:07]

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Bloody Miami

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Bloody Miami, la tercera y recién publicada novela de Tom Wolfe, ha levantado en España el revuelo  y los entusiasmos ya casi rituales en las apariciones en todo el mundo de las obras de este autor norteamericano. Casi simultáneamente Anagrama ha repuesto en las librerías Todo un hombre, la segunda y bastante polémica novela que, en 1998, vino a dar continuidad a la obra creativa de Wolfe iniciada en 1989 con La hoguera de las vanidades

        En los tres casos la estructura narrativa se asienta en una ciudad (Nueva York en  La hoguera, Atlanta en Todo un hombre y, como dice el título, Miami en el caso de la última creación de Wolfe). También en los tres casos la tensión dramática surge fundamentalmente de la lucha racial más o menos encubierta en cada ciudad, con una comunidad blanca que ostenta el poder económico y social y una comunidad afroamericana (en el caso de Nueva York y Atlanta)o latina, en Miami, que están ganando cuotas de poder cada vez más amplias, basadas fundamentalmente en el terreno de la política y la opinión pública.  Como corresponde a unas narraciones a las que su autor ha declarado herederas de la gran novelística realista encarnada por Balzac o Dickens, en torno a los líderes blancos o de color pulula un nutrido elenco de actores secundarios que ejercen de abogados, directivos subalternos, periodistas, policías, ladrones, penitenciarios, drogotas o chivatos. A casi todos, antes o después, les llegan sus quince minutos de gloria y durante unas páginas acaparan el interés, por lo general para vivir unas situaciones casi tan vacuas y desgraciadas como las de esos opulentos próceres  con unas mansiones voraces ( Charlie Croker el promotor inmobiliario de Todo un nombre suele ir por la casa enumerando los cientos  miles de dólares que le costó cada cuadro, mueble, lámpara, cortina o estancia), unas segundas esposas muy jóvenes  y no menos voraces,  unos directivos segundones que aspiran a tomar la delantera, periodistas que ven la noticia humana (si es muy humana) como una escala que los ha de llevar a lo más alto o esos abogados, da lo mismo si blancos o negros,  a los que se describe como “unos tipos que hablan con un lado u otro de la boca según quién les pague”.   Lo que se dice una comedia humana.


Lo que más llama la atención en cualquiera de las novelas de Tom Wolfe, es el aparato de información que precede a cada redacción. Es inevitable recordar en este aspecto a Pío Baroja dejando unas cuantas líneas en blanco que rellenará cuando le conteste ese secretario de ayuntamiento al que ha escrito preguntando si desde la revuelta del camino junto al puente del río ya se ve el campanario de su pueblo.  Porque, claro, cómo seguir con las aventuras de Zalacaín dejando sin comprobar un dato de tal importancia. O Joyce escribiendo a su tía Josephine para confirmar si en el cruce de dos determinadas calles de Dublin estaba la mercería que él cita  en Ulisses.


Puesto que a Tom Wolfe el dinero ya le rebosaba por los bolsillos cuando se puso a escribir La hoguera de las vanidades (en ese momento hacía ya más de veinte años que era un autor de éxito en medio mundo a costa del nuevo periodismo) no necesitaba escribir a ningún secretario de ayuntamiento o a una vieja tía para comprobar un dato porque su agente ya le habría buscado un pelotón de exploradores para que vaciaran por él las hemerotecas y los fondos de las universidades en busca de hallazgos que  luego le resumirían para que pudiera saber de qué habla  si está describiendo cómo unos banqueros despojan a un promotor tipo El Pocero de sus cuantiosos bienes, cómo hablan los mozos de cuadra en una plantación de Georgia o cómo son de chulas las latinas de Miami cuyos novios introducen en el país toneladas de heroína. Pero curiosamente, ésa es la parte que sigue más viva en Baroja o Joyce y la que más parece cartón piedra en Tom Wolfe. En los casos de los dos primeros (y de Balzac y Dickens, por alusiones) lo que cuentan forma parte de su experiencia, por más que haya sido  elaborada  y  puesta al servicio de la narración. Con Wolfe, a ratos, se tiene una sensación muy parecida a la que transmiten las películas hechas con ordenador: ver sucumbir al Empire State bajo la embestida de un tsunami es espectacular, pero es inevitable que si el director  dispone de los medios  acabe haciendo sucumbir también al Rockefeller Center, el puente de Brooklyn y todos los restantes símbolos neoyorquinos, dándose la desgraciada circunstancia de que cada vez transmiten menos emoción. Tanto Bloody Miami como  Todo un hombre, se leen de un tirón y no se pueden dejar porque abren un universo al que difícilmente puede acceder el lector medio, pero el trabajo de exploración y sintetización  por ordenador  llega a uniformizar la acción a costa de la emoción. Es la vieja lucha del artesananado contra la fabricación industrial.


 


Bloody Miami

Traducción de Benito Gómez Ibáñez

 Todo un hombre

  Traducción de Juan Gabriel López Guix


 Anagrama


 

 

[Publicado el 28/7/2014 a las 17:40]

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El último tramo

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Pocos libros, que yo recuerde, han sido últimamente tan esperados, desesperados, dados por perdidos y jubilosamente recibidos como esta tercera y, helás, última entrega del viaje que Patrick Leigh Fermor hizo entre 1933 y 1935 y que debía llevarle andando desde Holanda hasta Estambul (Constantinopla para el autor).

Dada su costumbre de escribir a mano  y dejar pasar mucho tiempo entre la experiencia y su narración (la primera entrega, El tiempo de los regalos, salió en 1977 y la segunda, Entre los bosques y el agua, en 1986) a nadie le preocupó mucho que fuesen pasando los años y no se supiese nada del prometido remate de la trilogía. En su prólogo a El último tramo, Colin Thubron y Artemis Cooper, albacea literario y biógrafa de Fermor respectivamente, demuestran lo muy cerca que estuvimos de esperar para nada, pero también ofrecen una imagen estremecedora del viejo luchador incansable que está perdiendo facultades (como a lo largo del viaje y los años  fue perdiendo cuadernos de notas y borradores),  pero que no cejará en su empeño de culminar su obra. De paso ese prólogo debería hacer reflexionar a quienes piensan que cada obra de arte es un fragmento del discurso del Creador (léase sagrada) y que nadie tiene derecho a cambiar siquiera una coma. El texto que nos ha llegado es fruto de un cúmulo de casualidades, hallazgos, callejones sin más salida que volver a empezar, replanteamientos y, al final, la propia decadencia física del viajero que se dice insatisfecho, que desearía dar un nuevo repaso a lo hecho y que en ocasiones  incluso recomienda dejarlo en un cajón.

Vaya por delante que Colin Thubron, con la ayuda de Artemis Cooper, ha hecho un trabajo espléndido. Y si alguien se pregunta si El último tramo es un producto de consumo para aprovechar el tirón del autor, la respuesta es no. El estilo  elegante, minucioso y de una extraordinaria vitalidad es inconfundible, y si en algún momento el autor echó en falta sus cuadernos no se nota, quizá porque como él mismo dice, los recuerdos le venían de pronto como surgen de la oscuridad unas pinturas al ser iluminadas por una antorcha. Sigue siendo el enamoradizo que cae rendido a los encantos femeninos (parece que entre las notas de su llegada a Constantinopla, para variar casi milagrosamente recuperadas, no se dice nada de Santa Sofía y sus pinturas pero en cambio se da cumplida cuenta de una joven griega fugazmente conocida), pero como al mismo tiempo es un caballero nunca da la menor pista acerca del grado de intimidad física con las mujeres que encuentra y le acogen y miman en sus casas, ya sea una estudiante enormemente atractiva, la dueña de un hotel que le devuelve la mochila robada o, sobre todo, la divertida estancia en un burdel de Bucarest protegido y cuidado por las pupilas.

                Quizá, puestos a encontrar diferencias con el Leigh Fermnor de entonces, en este último hay unos juicios de valor que en cambio no se veían en los libros anteriores, y eso que la ominosa presencia de los nazis era continua  podría haberse ensañado. Aquí, pese a la lejanía con los hechos vividos entonces, aunque es posible que las terribles y posteriores Guerras de los Balcanes le removiesen dolorosamente la memoria mientras rehacía textos, hay intervenciones muy críticas, en especial con los turcos, a los que presenta como una de las máximas calamidades sufridas por Europa en toda su historia. Por cierto que hablando de eso, de historia, para dar una idea de lo prolongada que fue la ocupación turca de Bulgaria ofrece una medida del paso del tiempo que sólo  a él se le podía ocurrir. Estuvieron allí, según él, más o menos el lapso que va de Chaucer a Dickens. En cambio le duele más el odio irracional que percibe entre vecinos, ya sea de rumanos y búlgaros, búlgaros y turcos o de todos contra todos salvo los griegos, que son unos caballeros. 

                Pero lo mejor es que sigue siendo el viajero que disfruta del sol y los olores y el pan con queso o los paisajes, que lo mismo duerme en una cabaña de leñadores que en casa de un cónsul inglés o en el mejor burdel de Bucarest, y que si llega a una población búlgara,  a la sola vista de un grupo de aldeanos vestidos a la turca, se mete gozosamente en un lío de invasiones y choques de culturas, y dialectos  y músicas y canciones que, milagros de la técnica, existen, y basta poner en You Tube estas palabras mágicas Zashto mi se sirdish, liube? (que son la primera estrofa de una canción que a Paddy le gustaba mucho) para ir a parar a un alucinante mundo de cantantes y músicos e instrumentos actuales que se pueden escuchar mientras que en las street view de los pueblos por los que transcurre el viaje se pueden ver unos paisajes que no parecen haber cambiado gran cosa desde entonces. Hola y adiós al viejo Paddy.

 

El último tramo

Traducción de Inés Belaústegui e Ismael Attrache

Patrick Leigh Fermor

RBA

 

 

 

 

[Publicado el 22/7/2014 a las 13:21]

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Por el territorio del Ussuri

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La cuenca hidrográfica del río Ussuri ocupa una superficie de 201.440 km2 (aproximadamente la mitad de la Península Ibérica) y está situada al norte de Vladivostok, la ciudad ribereña del mar de Japón y destino oriental del mítico tren transiberiano. Geológicamente el territorio está estructurado por la cordillera Sijoté-Alín, que corre más o menos de norte a sur y en paralelo al mar, y que ha dado origen a un sistema hidrográfico  de una gran complejidad. El territorio, en el que confluyen Rusia, China y Corea, fue objeto de continuas disputas fronterizas entre las tres naciones hasta que, en 1958, el tratado de Aygunsk se lo atribuyó definitivamente a Rusia, aunque como comprobará el lector, chinos y coreanos son mayoritarios en sus respectivas zonas de influencia geográfica. La etnia local más importante era la gold, a la que pertenecía Dersú Uzalá, aunque posiblemente  las extremas condiciones climáticas borraban las diferencias étnicas, religiosas y culturales en favor de la supervivencia. No hay un solo episodio de violencia en todo el libro y en cambio la hospitalidad es una ley inviolable, y lo habitual es que campesinos y cazadores que viven en unas condiciones muy precarias acojan a los viajeros en sus viviendas y compartan con ellos sus alimentos.

                Por el territorio del Ussuri tiene su origen en las notas de viaje tomadas por Vladímir Arséniev durante las diversas expediciones por la zona,  aunque en el presente libro se concede especial relevancia a la de 1902, en el curso de la cual conoció al hoy célebre cazador gold, y  a las de 1906 y 1907, en las que volvió a encontrarse con él. Arséniev era militar y su misión fundamental consistía en explorar y cartografiar ese territorio que la culminación del ferrocarril transiberiano (1904) iba a abrir a la llamada “civilización” y a la consabida explotación que ésta trae consigo. En algún momento Arséniev comenta que muchos de los bosques por los que transita ya no son primarios porque han perecido víctimas del fuego que trae consigo la máquina de vapor. Además de militar y cartógrafo Arséniev era geólogo, naturalista,  etnólogo y, sobre todo, un hombre consciente de la destrucción que entrañaba la civilización por él representada. Por eso es tan emocionante su encuentro con Dersú Uzalá, un ser que vive inmerso en una naturaleza de la que forma parte íntegra y con la cual mantiene la misma relación que con su cuerpo o su espíritu, pues todo forma parte de lo mismo. El habla que le atribuye el traductor, Sergio Hernández-Ranera, es todo un acierto porque, a veces rozando el surrealismo, logra transmitir el sencillo panteísmo del cazador. Son magníficas las páginas que Arséniev dedica a su intento de apreciar la naturaleza a través de la sensibilidad y la sabiduría del anciano cazador, sus técnicas para seguir rastros u orientarse en plena taiga, su delicadeza en el trato con las criaturas que le rodean o sus deferencias ( dejar comida después de  arreglar un refugio porque mañana alguien puede necesitar ambas cosas, por ejemplo). Y es enternecedora la enumeración de los objetos que Dersú Uzalá lleva consigo, la mayoría de los cuales se podrían encontrar en el  vertedero de cualquier ciudad pero que para él son lo suficientemente valiosos como para cargarlos sobre sus hombros.

                Son igualmente magníficas las  descripciones de los territorios por los que atraviesa en sus exploraciones, los ríos, la fauna y la flora, las personas y, especialmente, todo lo relativo a la vida al aire libre, los campamentos, los fuegos antimosquitos, el aprovisionamiento, o la manera de hacer cruzar ríos turbulentos a los caballos de carga. Pero atención. Arséniev no era un excursionista dominguero. Estaba cartografiando y descubriendo un territorio recién adquirido y que el Alto Mando deseaba conocer bien, caso de tener que realizar una incursión militar. Arséniev sabía que un día algún compañero de armas tendría a lo mejor que confiar en sus observaciones para mover un cuerpo de ejército y que no le gustaría nada ser enviado a callejones sin salida, verse atrapado en un lodazal o malencaminado por culpa de unos mapas mal trazados y unas instrucciones chapuceras. De ahí que sus prolijas explicaciones del curso de los ríos y sus afluyentes, las carácterísticas orográficas o los fenómenos meteorológicos de las diversas zonas puedan resultar un poco excesivas para el lector que no se va a ver nunca en la tesitura de perderse por aquellas extensiones del fin del mundo. Pero un buen día aparece otra vez Dersú Uzalá y la narración sufre un subidón muy de agradecer.

 

Por el territorio del Ussuri

Vladímir Arséniev

Traducción de Sergio Hernández-Ranera

AKAL

[Publicado el 13/7/2014 a las 09:03]

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El viento en las hojas

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El libro recoge siete narraciones cortas sin relación aparente entre sí. La primera refleja el momento de felicidad de un niño que se suelta de la mano del padre al llegar al parque y corre al puesto de helados para decidir, con la ayuda cómplice de la heladera, qué clase de cucurucho elegirá. En la segunda narración una pareja de ancianos es brutalizada en plena calle por un apuesto y musculoso joven que pasea a un perrazo con el que aterroriza a los ancianos sin que nadie salga en su ayuda. En la tercera, alguien que lleva un buen rato caminando por las calles de una ciudad decide refugiarse en un viejo café; la mesa elegida se convierte en un apostadero desde el que observa con discreción pero también con gran interés a una atractiva mujer sentada a una mesa cercana; mira divertido las bromas de una pareja de novios a costa de la puerta giratoria y las travesuras de unos niños en esa misma puerta, aunque su atención acabará centrándose en un grupo de parroquianos ya mayores que de pronto se enteran de que uno de ellos les está diciendo adiós…para siempre. En la siguiente, una niña está haciendo pompas de jabón en un puente y como quiere verlas volar hasta desaparecer sobre el río cada vez se sube de un salto al pretil y, pese a los reiterados sustos de la madre, alcanza a asomar la cabeza y los hombros en el vacío mientras agita unos pies que  no tocan el suelo. El padre, a todas estas, está negligentemente sentado con una pierna colgando sobre el agua y exhorta a la madre para que deje en paz a la niña.

                Pero bueno. Ya he dicho al principio  que las  piezas no guardan mucha relación entre sí,  aunque después he añadido que la desconexión es engañosa. Hay un elemento simbólico que se traslada de un relato a otro: cada vez que el personaje a través de cuya sensibilidad se encarna la narración percibe un atisbo de trascendencia,  o cree vislumbrar fugazmente un principio de racionalidad,  en algún árbol cercano el viento rompe a cantar entre las hojas. La reiteración de ese hálito en principio efímero, y desde luego marginal al acontecimiento mismo, acaba siendo tan expresivo como el vuelo que emprendía en otros tiempos la lechuza ante un logro de la sabiduría. Cada vez que alguien ve, o cree ver, o le parece entender, algo, el viento se desliza entre las hojas.    

                Otro elemento que se traslada de una narración a otra confiriéndoles tanta entidad como si surgieran de un solo y único aliento narrativo (como pasaría si fuese una novela) es una mirada que capta y da cuenta de la felicidad del niño repasando la variedad de sabores en oferta, la odiosa petulancia del joven y su perro feroz o la elegancia del contertulio que se despide de sus colegas de toda la vida sin estridencias ni gestos teatrales.

                Es de resaltar que es una mirada minuciosa pero que no juzga, hasta el extremo de que no hay un solo calificativo en la conducta del agresor que azuza a un animal contra unas víctimas inocentes. La tarea de condenar al petulante musculoso, o de admirar la sobriedad del contertulio en su despedida final es tarea que le queda reservada al lector. Pero que no juzgue no quiere decir que sea una mirada no comprometida, pues no tiene nada que ver con la curiosidad o la intromisión. El que mira es alguien que quiere saber más y desea llegar al fondo de lo que ve, y para ello se vale de  los signos en apariencia irrelevantes  de unas existencias no menos insignificantes y que en sí mismas ni siquiera parecen dignas de mención (qué más dará la clase de helado que acabe escogiendo el niño, o qué importancia tiene si al final siempre pide el mismo sabor). Sin embargo, la concatenación de instantes captados como de pasada, y su estructuración por medio de una forma de contar muy personal y poderosa (lo que antes se  llamaba una escritura), hace que esas pequeñas epifanías cotidianas acaben sonando como el viento cuando canta en las hojas. En algún momento la mirada que pretende desentrañar el entorno y el viento que corrobora alborozado los hallazgos, se alían con una especie de camaradería jubilosa:”en las copas de los árboles el airecillo que mecía el verde reciente de las hojas era igual que una sonrisa que se insinuara y remitiese y luego se insinuara de nuevo”.

                Pero, era inevitable, a partir de un momento dado lo percibido en el exterior se vuelve trascendente: “cuando no sólo no vemos lo que vemos sino que vaya usted a saber [Nota aclaratoria: estamos a vueltas con una muchacha al parecer muy atractiva pero apenas atisbada a través de un escaparate y de ahí ese dubitativo “vaya usted a saber”] entonces a lo mejor creamos. Se crea entonces por consiguiente porque no se tiene más remedio, porque estamos faltos y creamos”. “Pero si la belleza”, continúa diciéndose el paseante que cruza obsesivo una y otra vez ante el escaparate en cuestión, “la pongo yo, ¿qué es lo que ella pone?”. Y termina preguntándose: “¿O es que no es tan importante lo que haya al otro lado del cristal como que haya cristal y dos lados del cristal?”.

El libro es lo más parecido a una pequeña e insidiosa herramienta con la que, de proponérselo, J.A. González podría acabar dando cuenta del mundo. Cada narración es una pequeña joya tallada por la experiencia y pulida con ayuda de la sabiduría. Pero como la suya es una forma de narrar elegante y discreta, como todo lo artesanal, no se va a enterar  nadie. Y será una pérdida  lamentable.

 

 

El viento en las hojas

J.A. González Sainz

Anagrama   

[Publicado el 06/7/2014 a las 21:04]

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Mal encuentro a la luz de la luna

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A la suerte la llaman esquiva y encima la pintan calva para significar que si ella no quiere no la atrapas ni por los pelos. Y si alguien puede dar fe de hasta qué punto son exactas esas afirmaciones acerca de la suerte es William Stanley Moss, “Billy” para los amigos. En el momento cumbre de su vida “Billy” supo estar donde debía  y supo hacer lo que tocaba hacer, es decir, arriesgar ciegamente su vida y culminar con éxito una hazaña tan heroica como disparatada.

            Quiso la suerte sin embargo, la dichosa suerte, que se viese obligado a compartir  el momento cumbre de su vida con Patrick Leigh Fermor, un hombre guapo, elegante  y encantador, audaz, amante de las mujeres y amado por las mujeres hasta el final de sus venturosos días, gran conversador y mejor escritor y encima dotado de un talento especial para conectar con el mundo en general, ya fueran los rudos pastores cretenses, los montaraces bizantinos todavía enrocados a los pies del Taigeto  o las sofisticadas herederas de los más enjundiosos linajes de la vieja Europa. Es decir, un mal compañero a la hora de compartir fama y repartir méritos.

            La gran hazaña de ambos, le llave que les iba a dar acceso a la fama, fue el secuestro del general Kreipe, jefe de las fuerzas alemanas que ocupaban Creta durante la II Guerra Mundial. Fermor y Moss  llevaron a cabo la inimaginable idea de secuestrar al general con la sola ayuda de media docena de chiflados como ellos y la connivencia de los cretenses, que aun sabiendo la durísima represión que llevaría a cabo el ejército alemán para liberar a su jefe y castigar a quienes lo secuestraron, ayudaron a éstos y contribuyeron decisivamente a que, al cabo de increíbles aventuras y por tener, esta vez sí, la suerte plenamente de su lado, el general Kreipe terminase siendo embarcado en un buque inglés y trasladado al cuartel general de las fuerzas de operaciones  británicas en El Cairo. De todo ello se da cuenta en este libro de resonancias shakesperianas (Ill Met by Moonlight en el original ) que fue llevado al cine en los años 50 por  Michael Powell  con  Dirk Bogarde haciendo de Patrick Leigh Fermor y David Oxley como Billy Moss.

             La desproporción entre las fuerzas agresoras (el comando británico) y las agredidas (los 50.000 expedicionarios alemanes) y la mezcla de heroísmo e irresponsabilidad que impregna el episodio entero son tan notorias que  el lector  podría verse asaltado por la sospecha de que tiene en las manos la invención de una mente calenturienta, pero qué va.  El episodio que se narra en el libro está documentado hasta la saciedad y les valió a sus principales protagonistas la concesión de medallas y un reconocimiento oficial en forma de ascensos, pero también una distribución muy desigual de la fama y, sobre todo, de la memoria. Mientras que Patrick Leigh Fermor murió  en 2011 a los 95 años  rodeado del afecto que le dispensaron los griegos hasta el último día y siendo despedido por todos como uno de los más grandes escritores de viajes del siglo XX, William Stanley Moss murió en 1965 a los 44 años de edad en Jamaica, ya entonces casi olvidado y hoy totalmente desconocido para las generaciones actuales.  

            Una suerte tan pispar  quizá se explique porque también era muy diferente la actitud de ambos frente al mundo. A Fermor el momento de gloria le sorprendió ya casi con treinta años de edad y una conciencia muy clara de querer sacar todo el partido posible de ese mundo que tan anchamente le sonreía. A su vuelta de Creta pasó varios meses en el hospital dejándose agasajar por todos (y todas, según la fama que le persiguió hasta el final) y aunque siguió en los cuerpos especiales ya no volvió a poner en riesgo su vida. Moss, por su parte, tenía 22 años y ya era capitán durante el episodio de Creta y volvió allí casi de inmediato, aparte de que una vez finalizada la guerra llevó una vida de riesgo y aventura que le valió un merecido prestigio como escritor. Pero su carácter huraño y solitario le empujó a perderse finalmente en el horizonte casi sin despedirse de nadie. Pero Ill Met by Moonlight habla por sí solo y pone a cada uno en su lugar.

 

Mal encuentro a la luz de la luna

W. Stanley Moss

Tradución de Dolores Payás

 

Acantilado

              

  

 

[Publicado el 29/6/2014 a las 12:00]

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Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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