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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 22 de octubre de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Vida de Kavafis

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Es probable que  escribir la biografía de Constantinos Kavafis sea una de las tareas más arduas que se le pueden plantear a un biógrafo. Para empezar era poeta, y desde que los poetas dejaron de tener relevancia social y pasaron a pertenecer a pequeñas sociedades cuasi secretas carecen por lo general de peripecia vital digna de mención e incluso de visibilidad. (Si acompañáis a un relevante poeta capitalino mientras visita una ciudad de provincias veréis cómo aparecen por las esquinas unos seres anodinos que sacan del bolsillo un librito publicado en alguna imprenta local y lo intercambian con el librito, algo mejor editado, que el poeta capitalino ya tendrá preparado para efectuar el trueque).

Por su parte, el propio Kavafis hizo todo cuanto estuvo en su mano para pasar por la vida como  a hurtadillas: en los casi 30 años que ejerció de escribiente interino en el Servicio de Riegos del Ministerio de Obras Públicas de Egipto no logró un contrato fijo porque tenía la nacionalidad griega, pero en Grecia tampoco le veían como uno de los suyos porque además de pertenecer a una familia arraigada en Constantinopla vivió la práctica totalidad de su vida en Alejandría.   Y por si fuera poco, tampoco hizo gran cosa por darse a conocer del público lector, ni entre la minoría griega de Alejandría ni por supuesto en Grecia. Acostumbraba a escribir poemas en unas hojas sueltas que distribuía personalmente entre sus amigos y su cada vez más amplio círculo de seguidores, y aunque publicaba  artículos y ensayos en revistas marginales que ocasionalmente le incluían poemas, nunca quiso ver éstos  editados en forma de libro. Ni siquiera consiguió vencer su reticencia uno de sus más viejos amigos y ferviente admirador, el escritor E.M. Forster, y eso que éste le dio toda clase de facilidades para corregir una y otra vez la versión inglesa de sus poemas y hasta le puso en contacto con la prestigiosa Hogarth Press.

La única incursión de Kavafis en la periferia aventurera de la vida fueron sus relaciones homosexuales, siempre esporádicas y tan ocultas  que llegó al final de su vida sin dar jamás el más leve motivo de escándalo, bien que sus poemas estén llenos de alusiones a su obligada clandestinidad: “Dijo el poeta:”Es amada / la música que no pudo sonar”./ Y yo creo que la más selecta / es aquella vida que no pudo vivirse”.

A pesar de contar con tan exiguo material biográfico, Miguel Castillo Didier, profesor de griego antiguo y moderno en el Centro de Estudios Griegos de la Universidad de Chile y traductor entre otros muchos poetas de Kavafis, se las ha arreglado para hacer una biografía que con toda seguridad va a ser una referencia obligada para todos los estudios que se hagan en adelante sobre Kavafis. Recurriendo a capítulos muy cortos y contundentes que dinamizan la narración, y que llevan títulos muy explícitos (El poeta y su familia, Los padres, Los hermanos, Constantino, En Constantinopla, La pobreza en la Polis, etc) el biógrafo sitúa el entorno familiar, la infancia y los difíciles avatares familiares de la infancia y primera juventud del poeta, marcados por las dificultades económicas y las sucesivas pérdidas familiares.  Hecho lo cual se adentra en las cuestiones que mejor definen su perfil de creador, como la lúcida elección de una profesión (Ser poeta), las décadas decisivas de 1890 y 1900, las luchas interiores y las ideas morales derivadas de las mismas. Pero sobre todo se tratan los aspectos más relevantes en la afirmación de la voz poética de Kavafis, la difícil relación con Alejandría y la evolución desde un primitivo odio y rechazo hasta la reconstrucción de una mítica ciudad universal asentada en sus raíces egipcias y helenas y que se ha ido afianzando con las aportaciones bizantinas y demás vetas vivificadoras procedentes de su rico y complejo pasado histórico. Son muy completos los análisis de la vinculación de Kavafis con la Grecia clásica o el reflejo en su escritura de su formación bizantina, rastreable incluso después de pasar por el tamiz de la traducción.

Inevitablemente, y ante la falta de peripecia vital relevante, el biógrafo no ha tenido más remedio que buscar una referencia excesiva en la obra y acaba produciéndose una identificación recurrente entre el personaje civil y lo que éste dice en sus versos. Quizá por eso el lector, indiferente al hecho de si Kavafis era sincero cuando manifestaba su amor, o su odio, por Alejandría, rescata sobre todo aquellas imágenes que por usar la afortunada expresión de Octavio Paz, “son palabra en el tiempo”. Por ejemplo cuando invoca al destino en nombre de su interlocutor deseándole que, en su viaje hacia Ítaca, el camino sea largo y lleno de aventuras y conocimiento. Pero palabra en el tiempo es una forma elegante invocar a las verdades eternas, esas que hacen referencia al deseo de llegar, en una mañana de verano,  a puertos nunca antes vitos. Aunque también vale cuando, al escuchar  a medianoche  los maravillosos instrumentos de un festejo misterioso, ha llegado la hora de decir adiós, sin llanto, a Alejandría que se aleja.

Vida de Kavafis

Miguel Castillo Didier

Edidiciones Universidad Diego Portales    

[Publicado el 03/11/2014 a las 16:33]

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Al límite

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Según una corriente de opinión bastante generalizada, a Thomas Pynchon no sólo no le interesan la salud y el bienestar de sus lectores sino que se niega rotundamente a dar explicaciones o incluso a avalar interpretaciones de sus novelas. Una segunda corriente, algo minoritaria, afirma sin más que Pynchon ignora la existencia de un espécimen llamado lector y que por eso no tiene inconveniente en escribir novelas desorganizadas, complejas, a ratos surrealistas y que en definitiva plantean toda clase de interrogantes sin ofrecer soluciones, con el agravante de que encima recurre a  la paranoia como herramienta de conocimiento.

            Y bien. O ambas afirmaciones son falsas o Thomas Pynchon ha decidido abrir una nueva línea narrativa, pero en Al límite ni el más atravesado de los lectores puede quejarse de ser ignorado o de que no se le preste una atención tan solícita que casi parece maternal. Para empezar, Pynchon parte de un género conocido de todos, la novela negra, y sigue el esquema con todo rigor. En este caso el Phillip Marlowe de turno es Maxine Tarnow, una madre separada que incluso en los momentos más conflictivos se desvive por llevar y recoger puntualmente a sus dos hijos del colegio, aunque lo hace llevando en el bolso su inseparable Beretta. Por no faltar no falta la oficina destartalada y sin clientes, al menos no esa clase de clientes que en lugar de líos y peligros aportan dinero, ni falta tampoco la secretaria descarada y un poco estrafalaria pero en el fondo abnegada y fiel. La agencia de Maxine se llama “Perseguidlos y Pilladlos” y tiene como enemigos a todos cuantos se dedican a cometer fraudes y delitos económicos, aunque se da la desgraciada circunstancia de que ella misma es un fraude porque le ha sido retirada la licencia especial a causa de algún asuntillo no bien explicado pero tampoco muy limpio. El lector no tarda en entrar en contacto con una fauna bastante alucinante que empieza con el entorno familiar y social de la propia Maxine, su marido en paradero desconocido, los dos futuros geeks que van a ser sus hijos, Heidi, la secretaria, Vyrva McElmo, madre de Fiona, cómplice y  mejor amiga de los dos pequeños Tarnow, pero también los padres, el cuñado, la ex suegra o una gurú que fue su maestra y que ahora hace lo mismo que Maxine pero desde un blog con el que denuncia y fustiga a la otra parte de la fauna que se va acumulando sin solución de continuidad y compuesta de hipsters venidos a menos, hackers que ejercen de camareros en espera de una nueva oportunidad, timadores, camellos, traficantes de drogas y de aplicaciones informáticas, agentes federales, infiltrados del Mossad, mafiosos rusos, árabes de intenciones siniestras, cada cual con su propia circunstancia, porque si uno es un fetichista del calzado el otro es un técnico en perfumes obsesionado con el olor de Hitler, algunos de los cuales mueren en sospechosas circunstancias.

Si la localización física de la acción es una Nueva York inequívoca, el plazo temporal no está menos claro, pues sólo un año antes ha tenido lugar el famoso crack de las punto.com y en el horizonte se dibuja cada vez más nítidamente la sombría silueta de las Torres Gemelas en vísperas de su destrucción. Si la primera referencia suministra una inagotable serie de enigmas, peligros, contradicciones y mezquindades, la segunda aporta un elemento que además de trágico llena de significación las (por otra parte inútiles) investigaciones de la animosa Maxine. La lucha bestial por el poder, encarnada aquí por el control de la información que permite a quien lo detente dominar la vida y hacienda de todos; las traiciones, trapacerías y alianzas de todos contra todos; el ciego afán de acumular dinero; las miserias sexuales y matrimoniales de casi todos, o la complicada trama financiera creada al amparo de internet y que permite la circulación de cantidades fabulosas de dinero casi siempre sospechoso, es decir, las idas y afanes y desengaños de tanta gente adquieren un significado especial para un lector que sabe desde la primera página que la salvajada del 11 de septiembre de paso que reducirá a  escombros los rascacielos hará lo propio con el vigente orden moral y económico.

Y ésa, probablemente, sea la aportación más audaz de Pynchon. Ante la complejidad de la realidad creada por ese arma infinitamente poderosa llamada Wold Wire Web, donde nada es lo que parece, nadie sabe quién hay detrás de cada portal, nadie asegura que en su sistema no hay una puerta trasera ni tampoco puede asegurar o negar que no exista al final de todo un superpoder que lo controle todo, la reacción lógica es la paranoia, entendida ésta como un estado de alerta universal y continuo. En definitiva, los instigadores (autores intelectuales en el lenguaje judicial) del 11 S pudieron ser Al Qaeda, pero también el Mossad para asegurarse la ayuda de EE UU en su lucha contra los árabes, y también nostálgicos de la Guerra Fría o incluso el entorno de George Bush Jr. para asegurarse un negocio fabuloso invadiendo Irak.

Thomas Pynchon ni siquiera aventura una respuesta, pero hace decir a uno de sus personajes: “Pero siempre queda lo otro. Nuestro anhelo […] en algún oscuro recoveco de nuestra alma nacional, necesitamos sentirnos traicionados, incluso culpables. Como si fuéramos nosotros los que creamos a Bush y su pandilla […] Y lo que pase desde entonces sea culpa nuestra”.

No es una novela fácil de leer, pero desde luego es lo más inteligente y casi podría decirse que lo más adulto de cuanto se ha dicho para retratar a la sociedad norteamericana actual.

 

Al límite

Thomas Pynchon

Traducción de Vicente Campos

Tusquets Editores

[Publicado el 27/10/2014 a las 13:06]

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Correspondencia y Diarios

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George Orwell disfruta actualmente  de un reconocimiento prácticamente universal, y esa unanimidad no deja de ser curiosa porque, en su día, sus críticas persistentes y furibundas contra el comunismo, el capitalismo y el imperialismo le valieron una respuesta no menos persistente y furibunda tanto de la derecha  como de la izquierda. Quien se pregunte cómo es posible que tanta inquina se haya convertido hoy en admiración y respeto quizá encuentre la respuesta en esta selección de su Correspondencia y Diarios. Al menos a mí no me cabe duda de que una de las explicaciones hay que buscarla en  la imagen de hombre honesto, ponderado y de una envidiable integridad  intelectual que surge durante la lectura de sus cartas y diarios. Por ejemplo cuando, todavía convaleciente de la herida recibida en España, escribe a un crítico que además de cargarse su última novela le ha acusado de haber estado a sueldo de Franco. No hay en su carta el menor reproche y menos aún una opinión malsonante, y eso que el crítico en cuestión no sólo le estaba ahuyentando a los posibles lectores (se trataba de Homenaje a Cataluña) sino que le iba a impedir seguier haciendo colaboraciones con la prensa de izquierdas, que era su medio de vida.

                Orwell fue un aficionado casi compulsivo a la correspondencia y los diarios y lo que ahora publica Debate es una selección de la voluminosa edición inglesa realizada por Peter Davison. Pero hay material de sobra para hacerse una idea de sus postulados políticos e intelectuales, y también para conocer esa parte humana de Orwell que él mismo tendría que haber ofrecido en una autobiografía que su muerte prematura le impidió escribir. Tanto las cartas como los diarios elegidos corresponden a las últimas semanas de la estancia en España  de Orwell y su mujer Eileen y abarcan hasta bien entrado el año 1943, cuando la II Guerra Mundial está en su apogeo y el narrador constata con creciente alarma que el esfuerzo bélico contra Alemania no surte los efectos disuasorios deseados y que por el contrario Gran Bretaña está sufriendo repetidas derrotas en los numerosos frentes abiertos: Londres sañudamente bombardeado, acoso alemán en Egipto y Oriente Medio, progresivo distanciamiento de la India y pérdida de influencia en el imperio del Extremo Oriente, etc.  A veces se desmoraliza (“Si se puede hacer algo mal indefectiblemente se hará”) y  en un momento de desánimo se plantea qué hacer si Alemania cumple su amenaza de invadir Inglaterra y su respuesta no deja de ser curiosa: morir matando, y si no huir, pero no más lejos de Irlanda… También deja constancia del daño moral que está causando la guerra al resumirlo en una consigna generalizada entre quienes rigen los destinos de todos: “Mal, sé mi bien”.

                Son continuas sus referencias y reflexiones relativas a España, la geoestrategia contemporánea, las conductas de unos y otros ante los acontecimientos que se avecinan. Y son particularmente emotivas las entradas en su diario relacionadas con el comportamiento de la población civil sometida a unos bombardeos salvajes.  La tardanza de Estados Unidos en sumarse al frente antialemán. Los reveses en las colonias.  El catastrófico acuerdo de no agresión entre Stalin y Hitler. Pero entre tamaño desastre, de cuando en cuando hay anotaciones que denotan una sensibilidad muy peculiar. El 27 de julio de 1940  dice: ”He visto una garza en Baker Street”. Y el 23 de marzo de 1942: “Ya ha florecido el azafrán silvestre”.También sale muy favorecida la imagen de Eileen O´Shaughnessy, la mujer con la que se casó en 1936 y que no solo se mantuvo a su lado hasta su muerte (la de ella) sino que le apoyó en su aventura profesional e intelectual, compartiendo con él una vida de privaciones y acoso. Pero resulta encantador verla, cuando están teniendo que salir a escondidas de Barcelona porque los comunistas estalinistas quieren juzgarlos por traición, escribir cartas a quienes les estaban guardando su casa de Inglaterra y darles instrucciones para el cuidado de las gallinas que dejaron a su cargo o pidiéndoles  noticias sobre su perro llamado, no por casualidad, Marx.

                En la entrada de su diario correspondiente a junio de 1940 Orwell alude a su deseo de instalarse algún día en alguna de las 500 islas Hébridas “que están casi todas deshabitadas pero tienen agua, un poco de tierra cultivable y cabras que viven en libertad”. No podía saberlo, pero en 1945 pudo cumplir su deseo de instalarse allí, concretamente en una preciosa granja de la isla de Jura. Sin embargo, para bien y para mal, su circunstancia personal había cambiado radicalmente, sobre todo debido a la muerte de Eileen justo cuando acababan de adoptar un niño de 10 meses, Richard, y cuando su posición económica se presentaba muy desahogada gracias a las ventas de Rebelión en la granja.  Pese a la pérdida de su compañera y aliada, Orwell se instaló en Jura con Richard y en compañía de su hermana  Avril, que se haría cargo del niño tras la muerte del escritor. Pese al continuado acoso de la tuberculosis que finalmente acabó con su vida en 1950, Orwell tuvo tiempo de cultivar la tierra y cuidar de cincuenta ovejas, diez vacas y un cerdo, aparte de guiar al pequeño Richard en sus primeros años.  Por fortuna tuvo tiempo también para escribir 1980, que por retrasos en  la entrega del manuscrito pasó a llamarse 1982 y que finalmente, debido a nuevos retrasos, recibió el título definitivo de 1984.

 

Correspondencia y diarios (1936-1943)

George Orwell

Traducción de Miguel Temprano García

Editorial Debate

 

                 

   

[Publicado el 17/10/2014 a las 08:57]

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Adiós a Berlín

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La editorial Acantilado anuncia  su propósito de publicar cinco novelas y la biografía de  Christopher Isherwood, y ha elegido empezar este particular maratón con Adiós a Berlín, la más exitosa y para muchos su mejor novela.

Releer una obra cincuenta años después (Seix Barral la publicó en España en la década de 1960) tiene su intríngulis porque el tiempo es un enemigo implacable, sobre todo con la doblez y la pretenciosidad, y todo buen lector puede dar fe de la lista de bajas que van sufriendo  sus favoritos según cumple años y le da por renovar los buenos momentos vividos durante la apoteósica primera lectura de este libro o aquél.  

No es el caso de Adiós a Berlín, que conserva intactas la frescura, el entusiasmo y, sobre todo, la intensidad que tantos elogios le valieron tras su aparición en 1939. El propio Isherwood afirmaba en un  prólogo de 1935 que los seis relatos que fueron apareciendo aquí y allá antes de ser reunidos bajo un mismo título y con el calificativo de “novela” forman una unidad más o menos continua. Y quienes lean la siguiente novela que publicará Acantilado, Mr. Norris  Changes Trains, descubrirá personajes y situaciones que son y no son iguales que en Adiós a Berlín. Ello es debido a que ambas novelas se formaron a partir de escritos anteriores concebidos para formar parte de una novela que debía llamarse The Lost  y que debía contar el ascenso de Hitler visto por un testigo apasionado pero no personalmente implicado.

Y eso es lo que se cuenta en  Adiós a Berlín, pero de una manera peculiar. De las seis narraciones, o capítulos, cinco transcurren  en la capital y una, la central, en un establecimiento de vacaciones. Como mera curiosidad se puede resaltar que sólo en ese intermedio se hace una alusión explícita a la homosexualidad pero no del narrador y protagonista sino de dos amigos. En los restantes capítulos, el narrador no por casualidad llamado Christopher Isherwood, o Herr Isvoo como todo el rato le llama graciosamente su casera, mantiene con las mujeres esa clase de relación íntima que se atribuye a los homosexuales, aunque él se mantiene perfectamente asexuado en medio de la vorágine que tenía lugar a su alrededor.

En la narración está perfectamente dosificado el progresivo horror que todo el rato se percibe en el horizonte mientras los personajes, que sólo empiezan a percibir el final de los tontamente llamados “felices años 20”, se entregan a la clase de desenfreno frívolo y amoral que caracteriza a un fin de época. La casquivana Sally Bowles, que a ratos es adorable y a ratos digna de ser estrangulada, encarna a la perfección la imagen de la mariposa que revolotea alegremente en torno al fuego que la va a devorar. No es de extrañar que ese papel se lo reservaran a Liza Minelli en la versión cinematográfica titulada Cabaret, reconvertida en musical a partir de una versión teatral realizada por el propio Isherwood y titulada I Am a Camera.

La relectura de Adiós a Berlín se ve enriquecida por dos circunstancias no estrictamente literarias pero que la favorecen. A diferencia de lo que les pasó a sus primeros lectores cuando apareció en 1939, los actuales saben muy bien lo que pasó una vez que los nazis tomaron el poder, y la progresiva persecución que van sufriendo los personajes judíos que salen en la novela adquieren los tintes siniestros que el destino les iba a deparar. Según se va cargando de intensidad y peligro la irresponsable frivolidad inicial, la prosa ágil y nada tremendista de Isherwood aquiere una dimensión profunda y premonitoria.    

La segunda circunstancia que juega a favor del texto actual es la existencia de Cabaret. Quien desee repasarla la tiene en You Tube entera y en castellano. Yo estoy a favor de cualquier cosa que obligue al lector a replantearse lo que lee, y el hecho de que Isherwood  interviniese indirectamente desde la versión teatral legitima muchas secuencias de la película y permite hacer comparaciones y valoraciones casi siempre enriquecedoras,  con la particularidad de que en ocasiones la cinta añade un plus perfectamente acorde con el espíritu de la narración. Y ahí está la excursión campestre que realizan los tres amigos del relato central. En el libro no pasa nada especial, aparte de las querellas habituales entre dos de ellos, pero  la película enriqueció el momento con esa secuencia terrible en la que un adolescente rubio y de ojos azules, y con aspecto de querubín ario, comienza a cantar  en un merendero “Tomorrow Belongs to Me”. Cuando se abre el plano resulta que el querubín va vestido con el uniforme de las juventudes hitlerianas, y poco a poco se le van uniendo otros adolescentes de uniforme o de paisano, y después numerosos adultos en un crescendo progresivamente violento hasta terminar con un plano general en el que la venta parece a punto de saltar por los aires al son de ese canto coral y ya inequívocamente guerrero.

 

Adiós a Berlín

Christopher Isherwood                                                                                                              

Traducción de María Belmonte

Acantilado     

 

[Publicado el 09/10/2014 a las 11:28]

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Itinerario poético

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En los círculos profesionales se da por sabido que a los novelistas les pasa con las novelas de los demás lo mismo que a los grandes cocineros con los platos cocinados por otros: a los primeros les pueden fascinar por ejemplo cuestiones técnicas, semánticas o incluso escatológicas y a los segundos  quizá les desconcierta la presencia de un condimento insólito o la técnica utilizada para ligar todos los elementos que constituyen el plato. Pero si al final les preguntas a unos y otros si el plato es comestible o la novela legible te miran como se mira a un mentecato que sólo se interesa por cuestiones perfectamente banales y sin el menor interés.

Por idénticas razones  se da por sentado que el peor crítico de una obra es el autor de la misma, pues posee tanta información y habla tan “desde dentro” que si pretende ofrecer una interpretación no hace sino aportar confusión. Y ahí está aquél Madame Bovary c´est moi que ha dado origen a un prodigioso cúmulo de sandeces, con el agravante en este caso de que Flaubert nunca dijo semejante cosa, al menos por escrito.

Pero como podrá comprobar el lector, a Octavio Paz no se le puede tachar de manipulador. Las seis conferencias que Atalanta publica bajo el acertado título de Itinerario poético  son bastante más que una lectura comentada de lo más notable de su producción a lo largo de cuarenta años de ejercicio de la poesía. Como dice el propio Paz en la conferencia inaugural (dictada el 4 de marzo de 1975 y hasta ahora inédita al igual que las cinco siguientes) lo que pretende es situar cada poema en su  contexto literario, social y personal, “mostrar que los poemas no nacieron del aire, sino que se insertan en unas circunstancias que son, a la vez, sociales y personales”. Paz sin embargo era muy consciente de las interferencias que puede provocar un autor al hablar de su obra. “El poeta debe desaparecer para que el lector se las arregle a solas con el texto, porque el lector es el segundo autor del poema. Su lectura lo rehace y lo cambia”.

En este sentido Octavio Paz no es sospechoso de pretender guiar al lector mediante una interpretación avalada por su derecho como autor. Una de las características más valoradas  en Paz era su capacidad de reflexión y autocrítica recogida en títulos tan conocidos como El arco y la lira, Puertas al campo o  Los hijos del limo, muchos de los cuales eran casi contemporáneos de sus mejores recopilaciones de poemas.

Y justamente porque el autor es tan respetuoso con la libertad del lector y tiene tan claro que el objetivo de estas conferencias era sumar en lugar de restar (anatemizar las interpretaciones ajenas en beneficio de la propia) la lectura del presente itinerario poético resulta tan enriquecedora.

La poesía moderna, o para entendernos, la que ha surgido a lo largo del siglo XX es difícil y oscura porque muchas veces se ha querido heterodoxa, rompedora y subversiva, y no hay más que dar un repaso a los poetas dadaístas y surrealistas para ver qué significa ese afán de ruptura y revolución, o releer al maestro de todos ellos, Mallarmé, para apreciar lo que quiere decir el término “hermético” que tantas veces se le aplica.

Aunque es una pérdida irreparable que no exista una grabación de las conferencias, al hilo de lo que Octavio Paz va diciendo de las circunstancias que rodearon la creación de un poema, lo que buscaba decir en ese momento, o aquello contra lo que reaccionaba, casi parece estar escuchándole al ofrecer joyas tan delicadas como esta:

 

La hora es transparente:

vemos, si es invisible el pájaro,

el color de su canto.

 

Como dice Alberto Ruy Sánchez en su estupendo prólogo,  “Si su obra de creación y reflexión son “dos alas del mismo pájaro” que vuela alto y veloz hacia el fuego del sol, estas conferencias son la columna vertebral de ese vuelo”. Poder “escuchar” de labios del autor lo que él consideraba más valioso de lo que produjo entre 1935 y 1975 es un auténtico privilegio.

 

Itinerario poético. Seis conferencias inéditas.

Octavio Paz

Prólogo de Alberto Ruy Sánchez

 

Editorial Atalanta

 

 

 

[Publicado el 02/10/2014 a las 12:14]

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Partir para contar

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Los ves colgados de esas verjas de Ceuta y Melilla que cada vez son más altas y tienen más cuchillas cortantes como navajas de afeitar (y llamadas “concertinas” por las autoridades españolas quizá para quitar hierro a lo siniestro de su cometido); los ves famélicos y asustados y muchas veces ves los cortes que les ha costado llegar a lo alto de unas vallas de las que van a ser desalojados aunque sea a palos; y mientras tanto escuchas a los locutores hablando de “desplazamientos inhumanos”, del “hambre, la zozobra y los peligros que les han acosado durante el camino” y, sobre todo, oyes las continuas referencias a unas mafias innominadas; pero nada de todo ello permite hacerse una idea, siquiera somera, del monstruoso montaje económico y político creado a costa de unos desheredados que se ven obligados a recorrer miles de kilómetros o a lo largo de varios años y arrostrando toda clase de privaciones y bajezas para terminar, en el mejor de los casos, en algún país europeo de la cuenca del Mediterráneo sin papeles, ejerciendo trabajos miserables y a merced de unas autoridades que en cualquier momento pueden ponerlos otra vez en la frontera.

Mahmud Traoré, el joven senegalés que narra su odisea en Partir para contar, salió de su aldea natal cercana a Dakar el 17 de septiembre de 2002 y logró entrar en Ceuta durante el célebre “asalto” que tuvo lugar en la noche del 28 al 29 de septiembre de 2005 y en el curso del cual centenares de jóvenes se lanzaron todos a una contra las vallas: sorprendidos por ese ataque coordinado, los vigilantes de uno y otro lado de la valla trataron de repeler a los asaltante primero con pelotas de caucho y luego, cuando se les acabaron, disparando al aire con sus armas de reglamento. Pero hubo varios muertos porque, al parecer, los africanos son  como aquellos obreros del franquismo que parecían volar porque la policía nacional siempre disparaba al aire en las manifestaciones, a pesar de lo cual podía haber algún muerto y varios heridos.

Entre una y otra fecha, y contando avances y retrocesos, durante esos tres años y medio el joven Traoré hubo de recorrer más de 7.000 kilómetros en camiones, todoterrenos y autobuses, pero también en transportes policiales en los que era devuelto a la frontera anterior; sin embargo, una parte considerable de esa distancia hubo de hacerla a pie porque los conductores de los vehículos contratados entre varios para realizar un trayecto acostumbran a abandonar a los pasajeros alegando diversos pretextos: controles imprevistos de policías o soldado, rastros de bandas de ladrones tuareg, acuerdos entre las autoridades locales y las de los países emisores de emigrantes ilegales para que éstos sean devueltos a casa,  o lo que sea.

Esas rutas de la emigración clandestina siguen, no por casualidad, los caminos abiertos desde la antigüedad por las grandes caravanas que se adentraban hasta el corazón de África con productos de primera necesidad y regresaban cargadas de sal, marfil y esclavos. En el caso de Traeré, su viaje le llevó a atravesar Senegal, Mali, Burkina Faso, Níger, Libia, Argelia, Marruecos y España. Al decir del narrador, a lo largo de ese larguísimo trayecto, únicamente en Burkina Faso pudo circular sin ser víctima de extorsiones y engaños.

Otra desgracia es que la palabra “mafias” que suele utilizarse en los noticiarios encubre en realidad un tinglado económico que incluye a policías y militares cuyos puestos de control les permiten ir mordiendo los ahorros de los viajeros pero dejándoles siempre algo para que no se enfaden los siguientes; incluye también a las autoridades encargadas de extender documentaciones y pasaportes en los sucesivos países de paso, a los conductores de vehículos de transporte (capaces de meter a 30 personas en un todoterreno y luego dejarlas tiradas en mitad del desierto); a las sucesivas bandas locales organizadas y, como no podía ser menos, a la población civil de las ciudades intermedias a las que llegan sin blanca los viajeros y en las que deben hacer altos, a veces de muchos meses, para trabajar y ahorrar con vistas a seguir viaje. Y ahí es donde les esperan los autóctonos para ofrecerles sueldos de miseria (hacer de aguador durante doce horas al día puede recibir como pago la comida y diez euros mensuales) ello por no hablar de los desprecios y humillaciones que van en aumento según se sube hacia el norte y se aclara la piel de las poblaciones. “Como si ya no fuera África”, apunta Mahmud Traoré.   

La sorpresa es que, sin restar un ápice al espectáculo degradante de unos grupos humanos dedicados a explotar salvajemente a unos semejantes menos afortunados, la sorpresa, digo, es que al mismo tiempo Traoré da cuenta de numerosos gestos de solidaridad y apoyo de parte de unas poblaciones que viven con lo justo y que deberían estar hastiadas de socorrer a los millares desgraciados que un año tras otro atraviesan sus poblaciones viviendo de la caridad y la generosidad humana, pues cómo si no podrían sobrevivir sin ropa, ni agua, ni alimentos y haciendo jornadas de sol a sol a pie y en pleno desierto. Otra sorpresa agradable es el tono matter of fact en que está narrada la odisea: ni el menor asomo de autocompasión, ni adoctrinamiento o juicio moral. Mahmud Traoré eligió vivir en Europa, sabía que ello tenía un precio y se limita a contar su historia sin recurrir a efectos literarios o llamadas al sentimiento. Fue así y así lo cuenta.

                                                          

Partir para contar

Mahmud Traoré y

Bruno Le Dactec

Traducción de Beatriz Moreno

 

Editorial Pepitas de Calabaza    

[Publicado el 25/9/2014 a las 11:03]

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Paz

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 París, Londres, Moscú, Alejandría, Nueva York o, cómo no, la joyceana Dublin han sido motivo y fuente de inspiración que se renueva de continuo sin dar muestra de agotamiento porque, en último término, toda ciudad es un estado de ánimo y conforma el alma de quien la pinta en la misma medida que quien osa pintarla deja en ella su impronta más profunda. Desde ahora el lector en lengua española puede añadir al elenco habitual el nombre del turco Ahmet Hamdi Tanpinar (Estambul 1901-1962), reiteradamente reconocido como maestro por el premio Nobel Orhan Pamuk. No por casualidad ambos escritores son un ejemplo elocuente de esa capacidad de renovación o renacimiento que tiene una ciudad, ya que en ambos Estambul es el telón de fondo contra el que se insertan sus personajes. Quienes hayan leído novelas de Pamuk, y más concretamente su libro Estambul. Ciudad y recuerdos y lea ahora Paz, de Tanpinar, reconocerán la ciudad a la que ambos recurren incansablemente como referente, aunque también podrán apreciar las notorias diferencias entre uno y otro. Pero no por otra razón se dice que tanto la Estambul de Tanpinar como la de Pamuk surgen de un estado de ánimo, cambiante como todo estado de ánimo, distinto según sea el amanecer o el ocaso, o según la ciudad esté bañada de luz otoñal o de invierno, o si el momento  lo vive alguien que está enamorado o si se limita a dejar pasar las horas sin saber qué hacer de sí mismo. Y si tales diferencias son notorias a lo largo de un día o una estación del año, cómo podrían ser iguales las descripciones de dos escritores que han elaborado sus respectivas obras con casi setenta años de diferencia.

Cabe señalar que Tanpinar es un extraordinario narrador: con el apoyo de cuatro o cinco personajes centrales, a los que tampoco les pasa nada del otro mundo (Ishat se pone seriamente enfermo y está a punto de morir pero se recupera; Mümtaz se enamora de la bella Nurat y los desenamoran en un plazo de meses; Surat, el amargado, se ahorca después de haber sembrado el odio y la desunión a su alrededor, y algunos parientes y conocidos de los anteriores que desempeñan cometidos discretos y nada vertiginosos), con esos mimbres, digo, Tanpinar tiene materia viva de sobra para sacar a la luz una ciudad prodigiosa, mitad oriental y  mitad occidental, sumida en la angustia de una Guerra Mundial que puede estallar cuando todavía no se han borrado los desastrosos efectos causados por la anterioir, cuyos habitantes apuran las delicias de vivir el momento con esa mezcla de voluptuosidad y fatalismo que se antoja profundamente oriental.

Pero la suya es una prosa culta, rica en resonancias y que aspira a capturar en el instante lo que de eterno hay en la cotidianidad. Y encima teniendo a gala mostrar un cuidado tan exquisito al crear a sus personajes principales como a un ser anónimo que tan solo acierta a cruzarse con la mirada del narrador. No pocas veces ese cuidado amoroso en la descripción da motivo a despaciosos rodeos, y ahí está ese camarero que tenía por costumbre regresar con su amante tras largas rupturas en las que descansaba  de las labores del amor porque, insomne y agotado, se balanceaba como un barco sin velas ni timón en la niebla aún no dispersa de los placeres de la cama de la noche anterior. Puntualizo que este hombre que merece un esbozo rápido per certero no ha salido antes y no volverá a saberse nada más de él. En cambio, si a veces la prosa se hace algo lenta y digresiva, es una verdadera delicia por ejemplo esa reunión de amigos, un auténtico simposio, durante el que comen y beben, recitan poesías pertinentes al momento, interpretan piezas de música antigua y, en definitiva, están juntos y dejan pasar el tiempo mientras cae la noche cargada de olores y luces (es inconcebible la cantidad de matices luminosos que puede provocar el atardecer en el cielo y el mar, en las casas y las colinas de enfrente, en las barcas que van y vienen o en el ánimo de quienes viven en las márgenes de un Bósforo prodigioso, vivo, cargado de olores y mareas y vestigios de un pasado que no necesitan retroceder mucho para encontrar porque está presente en todas y cada una de las 500 páginas de la novela).

 

Paz

Ahmet Hamdi Tanpinar

Traducción de Rafael Carpintero

Editoirial Sexto Piso .


           


 


 


 


[Publicado el 18/9/2014 a las 18:08]

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El Giro de Italia

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Dino Buzzati siempre estuvo íntimamente vinculado a  Il Corriere della Sera, en cuya redacción entró como aprendiz para luego ser redactor, corresponsal, enviado especial y finalmente colaborador de postín.  En  paralelo, su carrera  de escritor empezó bien, con una novela llamada Bárnabo de las montañas (1933) que tuvo bastante éxito. La segunda, El secreto del Bosque Viejo (1935) le supuso una dura decepción pero la tercera, El desierto de los tártaros (1940), le valió el reconocimiento internacional. Años más tarde (1976) Valerio Zurlini hizo una muy estimable versión cinematográfica con Vittorio Gassman y Jacques Perrin en los principales papeles.

            Los críticos tradicionales se suelen despachar a Buzzati acusándole de ser un mero imitador de Kafka, pero el juicio es superficial porque si bien la influencia de “lo kafkiano” es evidente, en Buzzati hay un acento existencial que lo equipara sin desdoro con Sartre y Camus (a los que no debe nada) y también una vigorosa veta surrealista absolutamente personal y muy  sorprendente, sobre todo para quien se adentra en una crónica ciclista esperando encontrar metáforas del tipo “la serpiente multicolor reptando por los soleados campos de la Toscana ” y qué va, menuda sorpresa le espera.

            Como su nombre indica, El Giro de Italia es la crónica de esa vuelta ciclista, concretamente la celebrada en 1949, en la que se enfrentaron Gino Bartali, el mítico campeón ya en vísperas de su derrota, y Fausto Coppi, el joven león llamado a derrotar al viejo macho alfa que por aquél entonces todavía comandaba con mano férrea la manada multicolor. Para entonces Coppi había ganado varios Giros de Italia y empezaba a ser temindo en Francia, pero le faltaba el golpe de autoridad frente a quien había sido su patrón y maestro.

Buzzati confiesa en el libro no saber mucho de ciclismo y es de suponer  que al terminar de leer las crónicas que firmó a lo largo de 19 días y los más de 4.000 kilómetros de carrera, los buenos aficionados seguramente correrían a comprar Il Corriere dello Sport para enterarse de cosas tales como quién adelantó a quién y en qué kilómetro, en qué estado de forma se encontraban este o aquél, quién fue a fin de cuentas el ganador de la etapa, cómo había quedado  la clasificación general, qué diferencias de tiempo había entre los diez primeros y todo el resto de datos que los entendidos consideran indispensables  pero que Buzzati no les ofrecía por estar demasiado ocupado en contar esto o aquello. Sin embargo y dijeran lo que dijeran los puristas, el mejor Buzzati  surgía  sobre todo en  las etapas aburridas (las que transcurren en territorio llano, por ejemplo, apenas ofrecen nada que contar porque son como un plácido paseo de cicloturistas que sólo sacan el genio en el último kilómetro al preparar, y luego disputar, el sprint final). Y puesto que no tenía gran cosa que reportar, daba rienda suelta a su aguda y muy versátil creatividad. Y ahí está el anciano aficionado que salta sobre su bicicleta de buena mañana y se lanza desaforado a desempedrar las carreteras que un par de horas después se disputarán los profesionales. O las conversaciones supuestamente mantenidas por los espectadores apostados desde hace horas al borde de la carretera, la niña enferma a la que han sentado en una silla dispuesta en la acera para que presencie el paso de los ciclistas, o las terribles evocaciones bélicas cuando la carrera pasa al pie del derruido Monte Cassino y los cadáveres se levantan para verla. Todo ello con la particularidad de que el viejo aficionado que corre en solitario por delante del pelotón va adquiriendo entidad y rasgos físicos cada vez que Buzzati, aburrido por la falta de acción, se acuerda de él y lo va perfilando de una etapa a otra  hasta convertirlo en un  personaje que merecería ser real.  

            Pero como es lógico, la prosa alcanza sus tonos más subidos cuando después de atravesar todo Italia desde Sicilia llegan los terroríficos Dolomitas y los  primeros cuerpo a cuerpo entre Héctor y Aquiles, que más tarde se consumarán en los Alpes. Pero incluso ahí, en pleno drama, Buzzati vá más allá de la crónica y, por ejemplo, ofrece dos versiones de la derrota, una primera en la que cuenta cómo podría haber sido la cena en hotel con todo el equipo (corredores, directores, masajistas y mecánicos escuchando en silencio el amargo discurso de derrotado)  y una segunda en la que se cuenta qué pasó de verdad cuando el vencedor de tantas batallas se niega a reconocer su derrota alegando que otro día cambiará su suerte. Por los amantes del dato histórico, cabe decir que ese Giro lo ganó Coppi y que Bartali quedó segundo, y que en los años siguientes proseguiría el combate singular pero cada vez más decantado en favor del joven emergente a costa del viejo perdedor,  al que Buzzati le dedica un improperio de una dureza que sólo podía venir de un rendido admirador: al finalizar  la terrible etapa del Izoard y la Madeleine, en la que Coppi le saca más de ocho irrecuperables minutos, Bartali saluda amistosamente a un aficionado que le ha llamado por su nombre y Buzzati, testigo del hecho, se indigna. Eras un hombre frío y distante, y magníficamente aislado detrás de tu antipatía,  pero si ahora que estás derrotado devuelves los saludos, ¿ tanto valen para ti los aplausos?

 

El Giro de Italia

Dino Buzzati

Traducción cde David Paradela

Gallo Nero Ediciones

[Publicado el 10/9/2014 a las 18:06]

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La chica de ojos verdes

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Cuando, en 1960, Edna O´Brien publicó su primera novela, Las chicas de campo, despertó la atención de la mejor crítica anglosajona, que la saludó alborozada. Pero también atrajo la mirada ceñuda de la Iglesia Católica de Irlanda, inmersa en aquel entonces en una campaña nacional de regeneración. Pasados los horrores de la II Guerra Mundial y los rigores de la posguerra, la sociedad irlandesa (luego se vería que era la sociedad occidental en general, y con mayor apremio todavía la juventud) pedía protagonismo, voz y alegría, es decir, la oportunidad de vivir.

Quizá porque la jerarquía católica intuía lo que se le venía encima, lanzó todo el peso de su afán regeneracionista contra esa novela primeriza en la que se hablaba abiertamente de la sexualidad femenina y que, lejos de satanizarla, apoyaba que las mujeres manifestasen sus deseos y tratasen de satisfacerlos, en especial las adolescentes. Que un padre alcoholizado convirtiese la vida de su esposa en un infierno o que maltratase físicamente a su hija mientras se bebía literalmente el patrimonio familiar no escandalizaba a los censores porque (al parecer) era lo habitual en una sociedad como la irlandesa de entonces, económica y moralmente arruinada. Pero que una chica de campo saliese con un hombre mayor y no ocultase que trataba de ganarse sus favores causó un escándalo mayúsculo. Al final no pasaba nada de verdad censurable entre el adulto y la adolescente, pero la sola mención de que ésta tuviese apetitos y no se ruborizase al tratar de satisfacerlos rompía todos los esquemas aceptados.

Por eso, cuando dos años después (1962) Edna O´Brien retomó en La chica de ojos verdes a las dos adolescentes de su primera novela y las llevó a Dublin para que prosiguiesen sin trabas familiares su aprendizaje vital, la Iglesia pasó del escándalo a la agresión directa y si desde los púlpitos se alentaba a los feligreses a quemar en público esas novelas, finalmente logró que fuesen oficialmente prohibidas y no dejó en su acoso hasta lograr que la propia Edna O´Bien abandonase el país.

En La chica de ojos verdes la protagonista, Caithleen, o Kate, no sólo sigue buscando los favores de un adulto sino que se enamora de un hombre casado y (el colmo) protestante, con el agravante de que en esta ocasión llega hasta el final y se va a vivir con él pese a la presión social y los grotescos intentos del padre alcoholizado por salvarla del mal recurriendo incluso al obispo que la consagró de niña. Todos los esfuerzos se demuestran inútiles porque, al cabo de un plazo prudente de relación blanca, ella se entrega en unas circunstancias que le resultan cómicas y hermosas: “la excitación en aumento de su cuerpo me tenía cautivada, era como el vaivén del mar, igual que las palabras de amor que me susurraba. Leves jadeos y besos, besos y cortos gemidos con los que fue cubriendo mi cuerpo hasta que al final alcanzó el clímax dentro de mí y me colmó con su amor”.  Quien así habla está soltera, tiene 21 años, acaba de ser desflorada y su amante casado en ningún momento ha manifestado la menor inclinación matrimonial. A pesar de lo cual hay placer y amor sin remordimiento.        

Vista en la distancia, la novela sorprende porque el tono general de la misma está en perfecto acuerdo con todo lo que iba a ocurrir después y no es de extrañar que sólo dos años más tarde (1964) Desmond Davis la llevara a la pantalla encomendando el papel de Kate a Rita Tushingham, aquella actriz flacucha y de rostro afilado que con la sola ayuda de su “knack” abrió paso a las Twiggy, Jean Shrimton, Mary Quant y demás iconos de los felices 60, tan alejadas de aquellas chicas de campo que los amantes de las tradiciones pretendían seguir imponiendo.

Otra cosa que sorprende de Edna O´Brien es el tratamiento que da a sus personajes. Baba, la única amiga de Kate, su único punto de referencia en la vida que se abre ante las dos, es antipática, engreída y la maltrata continuamente. Por su parte, Kate es torpona física, espiritual y moralmente hablando. Ante los problemas que le plantea la  vida demuestra unas dudas y vacilaciones muy acordes con su condición pueblerina, pero que sorprenden en una protagonista de novela porque atenta contra la identificación protagonista/lector que todavía era una norma indiscutible de la novelística tradicional. Incluso en su vida personal Edna O´Brien fue una transgresora y eso es algo que, entonces como ahora, tiende a complicar las relaciones. Lo cual no quiere decir que dificulte la lectura sino que crea una distancia muy positiva porque el lector se ve obligado a reflexionar y plantearse por qué, pese a que Kate o Baba no resulten particularmente atractivas, en cambio uno está de su parte.

 

La chica de ojos verdes

Edna O´Brien

Traducción: Regina López Muñoz

Editorial Errata Naturae

[Publicado el 04/9/2014 a las 13:28]

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Repertorio de ideas del surrealismo

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André Breton acabó ganándose el calificativo de “papa” porque se hinchó de bendecir, excomulgar, beatificar o, en el más benévolo de los casos, reprender a quienes no veían y practicaban el surrealismo como él lo vivía. No le gustaba la palabra “escuela”, ni tampoco el calificativo de “grupo” y prefería describirlo como “una asociación libre, espontánea, de personas [entre las cuales] se establece una especie de pacto que define una actitud poética, social, filosófica que no puede ser transgredida sin producir la ruptura con el espíritu (y la comunidad) surrealista”. Poco después aceptaba que se calificase al surrealismo de “movimiento”, si se entendía éste como “una actitud común ante la vida” o también como una “aventura espiritual.

                Y bien, teniendo en cuenta las matizaciones y precauciones antedichas puede decirse que el surrealismo, al menos en sus comienzos, fue un movimiento vigoroso, saludable, desvergonzado  e iconoclasta, es decir justo lo que buscaba una Europa que necesitaba una revisión urgente de los valores y creencias que tan malparados habían quedado tras la I Guerra Mundial. Y qué mejor remedio que el administrado por unos jóvenes convencidos de la ineludible necesidad de soltar lastre, derribar ídolos y desenmascarar a los impostores a fin de “transformar el mundo, cambiar la vida y rehacer de arriba abajo el pensamiento humano”. Nada menos.

                El problema fue que unos pocos años después Europa se las arregló para representar una nueva versión del Apocalipsis igual de sangrienta y brutal que la de la anterior solo que esta vez con el añadido del Holocausto. Y aunque el surrealismo seguía en activo, esta segunda hecatombe, como dijo Buñuel para manifestar su rechazo y su impotencia ante el mercantilismo y la politización que rodeó (y rodea) al “Gernika” de Picasso, ya era “demasiado viejo para poner bombas”.   

                En este Repertorio de ideas del surrealismo (título tomado de un proyecto de Antonin Artaud no llevado a la práctica) Ángel Pariente ha reealizado una brillante recopilación de dichos y ocurrencias surrealistas que además ha ordenado alfabéticamente por temas. Como comprobará el lector, los surrealistas no se arredraban ante nada y entraban de frente en temas tan peliagudos como podían ser entonces los Juicios de Moscú o el Comunismo, pues les obligaba a ventilar públicamente una cuestión tan contradictoria para ellos como era su ferviente apoyo a la dictadura del proletariado y la evidencia de lo que estaba pasando de verdad en Moscú. Pácticamente no guardaron silencio ante cualquier cosa que pueda incluirse entre la primea entrada en el repertorio, Absurdo, y la última, Z de Zola, “un escritor de genio: el imbécil Zola”, según Louis Scutenaire (1945). Aunque aseguraban no tener padres, poco a poco fueron elaborando un Olimpo de favoritos, con Valery y Apollinaire a la cabeza, a los después se irían uniendo los Baudelaire, Rimbaud y Lautreamont, aparte de Marx y Freud. Y frente a éstos surgieron los aborrecibles Claudel (asno oficial, granuja, pedante), Pierre Loti (el idiota), Maurice Barrés (el traidor) o Anatole France (el policía). Como asimismo comprobará el lector, la lista de réprobos es interminable, con el agravante de que había figuras, sin ir más lejos Picasso, con las que Breton mantuvo una prolongada y muy complicada relación de amor odio, fundamentalmente porque sería una locura querer encuadrar a Picasso en una escuela, grupo, movimiento o cualquier otra entidad que no indique una noción de individualismo radical. Hubo otros, como Antonin Artaud que recibieron tantas críticas como alabanzas.  Más problemáticos fueron, sin ir más lejos, los insultos proferidos contra Anatole France durante su entierro, una tirria que llevó a Breton a pedir públicamente que los despojos del fallecido fuesen metidos en un cajón y arrojados al Sena porque le negaba incluso el derecho a convertirse en polvo.

                Otras veces, en cambio, la crítica era elegante, mensurada y, en mi opinión, justa, como por ejemplo cuando en 1928 Luis Buñuel y Salvador Dalí le mandan a Juan Ramón Jiménez una nota manuscrita que decía: “Nos creemos en el deber de decirle –sí, desinteresadamente– que su obra nos repugna por inmoral, por histérica, por arbitraria”. Movido por su inquebrantable propensión a la sinceridad, al repasar su propia obra, y la de sus compañeros, Luis Buñuel reconocía el valor de lo conseguido, ya fuera en literatura y pintura e incluso en el cine, pero lamentaba que el surrealismo no hubiese alcanzado uno de sus compromisos más queridos: cambiar la vida.         

 

Repertorio de ideas del surrealismo

Ángel Pariente

Editorial Pepitas de calabaza

[Publicado el 26/8/2014 a las 11:44]

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Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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