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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 19 de septiembre de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Un paseo por el bosque

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Al poco de instalarse en una pequeña población de New Hampshire, después de haber pasado veinte años en Inglaterra, Bill Bryson reparó en la presencia de un pequeño sendero que se internaba en el bosque. Al hacer una primera  investigación supo por un cartel  que en realidad se trataba de un tramo del mítico sendero de los Apalaches, una salvajada para caminantes que partiendo del estado de Maine, en el norte de Estados Unidos, llega hasta  Georgia, en el sur, después de recorrer 3.600 kilómetros en un sube y baja continuo por  esa cadena montañosa que recorre el país a lo largo de la costa Este. Eso es lo que Bryson llamará después  Un paseo por el bosque.

Nada más  saber dónde tenía puestos los pies, y con la sola evocación de las montañas que habría de afrontar si se aventurase a coronarlas  (las Blue Ridge, las Smokies, las Catskills o las Grand Mountains, todas ellas evocadoras de grandiosas hazañas senderistas),  Bryson sintió lo que el naturalista John Muir definió como una necesidad ineludible de “echar una hogaza de pan y una libra de té en la mochila y saltar la valla del jardín de atrás”.

Los preparativos de la estrambótica travesía son hilarantes y al mismo tiempo ofrecen un panorama del viaje terrorífico, y ahí está el caso de los muchachos que acamparon en el sendero y fueron atacados por un oso negro. Ambos se subieron a un árbol cada uno y el oso fue a por el que tenía más cerca, trepó, sujetó a su presa por un pie y la arrastró hasta el suelo para devorarla. Los expertos dicen que si te ataca un oso debes abrir los brazos y erguirte al máximo mientras pegas unos alaridos susceptibles de atemorizar al animal. El problema es que al hacer eso puedes encolerizarlo y recordarle que existes, y en ese caso subirá al árbol y tras arrastrarte al suelo por un pie procederá a devorarte  como hizo con el segundo excursionista, por querer socorrer a su amigo dando gritos.

Aparte de los osos la suma de peligros en el camino resulta tan inquietante, sobre todo para quien trate de hacerlo solo, que Bryson mandó una invitación a todos sus amigos para que le acompañaran, dándose el caso de que nadie respondió  salvo el incombustible Katz, un tipo pasado de forma, gordo como un tonel y cuya máxima esperanza  (por otra parte harto improbable) era que al final de la jornada hubiera  un establecimiento de venta de dunkins donuts para atracarse hasta no poder más y así pasar dulcemente los malos tragos del camino.

Los preparativos para equipar a Katz son igual de hilarantes, lo mismo que las primeras jornadas cargando con unas  gigantescas mochilas llenas hasta los topes de cachivaches y unas vituallas que luego van tirando sin ton ni son, sólo por el gusto de quitarse un peso de encima, y nunca mejor dicho. Y no digamos nada de los pintorescos personajes (la gordinflas, el enterado, los egoístas, los encargados de los campings y refugios) que les van saliendo al paso.

Como es habitual en los libros de Bryson, cuando no pasa nada relevante o el paisaje no es especialmente sugestivo, esgrime la documentación atesorada antes del viaje y que se traduce en noticias abrumadoras. Y ahí está el Servicio Nacional de Parques, que en contra de lo que pueda parecer, es el principal deforestador de Estados Unidos cabiéndole el triste honor de ser el principal constructor de unas carreteras forestales que benefician sobre todo a las compañías madereras que han comprado derechos para arrasar bosques a los que antes no se podía acceder y que por lo tanto en toda su existencia nunca habían escuchado el retumbar de un hacha.

Pero también hay momentos deslumbrantes, como la descripción del estado de Virginia visto desde las montañas con sus boques y llanuras verdes, los valles recoletos y los pueblecitos diseminados por tanta hermosura. De repente el lector se solidariza con el  profesor  Muir en su deseo de cargar la mochila de pan y té  y huir saltando la valla del jardín trasero. Cualquier cosa con tal de ver eso que  Bryson describe con tanto entusiasmo.       

Por desgracia, cuando los dos esforzados  y ahora  más estilizados excursionistas llevaban recorrido poco más de la mitad  del camino previsto, Bryson hubo de regresar a la civilización para promocionar un libro (del que según él se vendieron lo menos sesenta ejemplares) y a Katz le habían ofrecido un trabajo interino en Canadá que no podía rechazar. Y Bryson vuelve pero el camino ya no es el mismo  si faltan los ronquidos de Katz en la tienda de al lado  o sus gritos de júbilo al divisar a lo lejos un puesto con el equivalente local de los dunkin donuts. Y no es que esta segunda parte no sea interesante o que la documentación recogida para amenizar lo que resta de camino sea menos veraz y divertida. Es que falta algo que va más allá de Katz y que a lo mejor se llama entusiasmo o capacidad de sorpresa o lo que sea.

EL consuelo es que mientras tanto el relato del viaje ha sido formidable y el lector ha tenido el privilegio de caminar con el mejor Bryson.

 

Un paseo por el bosque

Traducción de Pablo Alvarez Ellacuria

Bill Bryson

RBA

[Publicado el 29/12/2014 a las 08:01]

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Musashino

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Al lector le basta echar una ojeada al prólogo de James Cahill para saber que tiene en las manos un arma en apariencia diminuta pero que en su día debió de tener una inusitada capacidad destructiva. Y digo diminuta porque de las 160 páginas que tiene esta edición de Musashino sólo treinta pertenecen al famoso relato propiamente dicho. EL resto son cuentos sueltos y el prólogo.

Y en cuanto a la capacidad destructiva del “arma”, al analizar lo esencial del fenómeno Kunikida  se dice en el citado prólogo: “El espíritu de su escritura hay que buscarlo, pues, en el autor de The Prelude [es decirt, Worsdworth], mientras que su técnica narrativa bebe directamente de los novelistas rusos; en concreto de Turguénev y Tolstoi, a quienes reconoció como importantes influencias en su trabajo”. Pero lo curioso es que, en este caso, la influencia es literal y directa, casi podríamos decir que una copia o imitación, por ejemplo cuando, después de transcribir integramente una larga descripción de un bosque de abedules que hace Ivan Turguénev en El encuentro, el propio Kunikida añade: “Fue la fuerza de la descripción lo que me permitió apreciar por primera vez la belleza de los bosques caducifolios”. Y poco antes ha dicho: “Cuando un autor japonés escribe sobre bosques piensa sobre todo en pinos, de manera que la imagen de las lluvias del otoño cayendo sobre los robledales no existe en nuestra poesía. Yo mismo provengo del oeste y ya han pasado diez años desde que llegué a Tokio por primera vez […] sólo recientemente he empezado a apreciar la belleza de los bosques de hoja caduca”.  Como es lógico, el relato de la visita de Doppo Kunikida a la llanura de Musashino es una continua sucesión de descripciones de bosques con o sin lluvia, al amanacer o  al ocaso, con niebla o un sol radiante, casi como un pintor cuando descubre un “tema” o pasa por “un periodo azul”, o “rosa” o lo que sea. Pero con una particularidad: hay que leer con una atención extrema porque no se trata de grandes composiciones pictóricas tipo pompier sino de delicadas miniaturas que parecen haikus, como este poema de Kumagai Naoyoshi que cita el propio Kunikida:

 

“De noche, escucho el sonido de las hojas de los árboles

  y oigo al  a viento avanzar despacio”.

 

O este otro fragmento, del propio Kunikida:

 

"Los ciruelos han florecido.

  Por fin podremos disputar de fantásticas noches de luna.

 

Pero quizá sea mejor situar un poco a Doppo Kunikida para entender su lectura. Nacido en 1871 y muerto en 1908, pasa por ser uno de los introductores del naturalismo en un país como Japón, que llevaba más de tres siglos aislado y que incluso rechaba a cañonazos a los barcos de los comerciantes europeos que trataban de introducir sus perniciosas mercancías. Lo que pasa es que, en 1853, el comodoro norteamericano Perry también abrió a cañonazos los puertos japoneses y la irrupción de la influencia occidental supuso una profunda revolución en el país. Pocos años después caía el shogunato de los Tokugawa y se iniciaba el gobierno imperial Meiji, que impuso el cambio de capitalidad, pasando ésta de Kyoto a Tokio. Con los nuevos tiempos  estalló una pugna enconada entre los tradicionalistas, partidarios de conservar la identidad ancestral aun a costa de renunciar a la “modernidad”, y quienes creían indispensable adoptar lo mejor de Occidente para hacer de Japón una potencia contemporánea.

                Esa pugna perdura en la actualidad con la particularidad de que mientras tanto ha nacido una mentalidad dual encabezada por quienes creen posible consumar la modernización del país sin perder aquellas esencias que permiten a los japoneses reconocerse como tales [Sólo hay que recordar a Murakami escuchando jazz de Nueva Orleáns en un ipod y comiendo nuggets de pollo después de haber hecho jogging con un chandal y zapatillas Nike, sin que por ello haya dejado de ser un japonés hasta la médula). Y quizá se entiendan mejor el exquisito cuidado con que Kunikida se adentra en la mítica llanura de Musashino y su decidida apuesta por la vida sencilla y lo más acorde posible con la naturaleza si se tiene en cuenta que ya entonces, en las fechas en que está escrito el libro, la otrora infinita llanura, escenario de acontecimientos vitales (muchas veces bélicos), reflejada en innumerables poemas y narraciones  y motivo de continuas representaciones pictóricas, ya estaba siendo devorada por un monstruo llamado Tokio, que si en 1730, cuando aún se llamaba Edo, albergaba 650.000 almas, en las primeras décadas de 1.800 pasaba ya del millón y medio de habitantes, casi nada comparado con los 13,5 millones que suma en la actualidad, sin contar la aglomeración humana en su área metropolitana.

                Puesto que, al inclinarse claramente por los autores occidentales en contra de los tradicionales Kunikida se puso de lado de los innovadores, en ningún momento se traduce en sus escritos una crítica a la apabullante presencia de la gran ciudad, pero su decidida apuesta por la naturaleza es significativa, igual que su infinito cuidado en valorar lo efímero, es decir, el sentimiento que se oculta tras un reflejo de la luz del atardecer en las hojas (caducifolias por descontado) de un bosque otoñal.  Y una nota final: una editorial que se atreve a traducir a un autor japonés del siglo XIX merece el trato de  favor que se le debe a la gente de bien.

 

 

Musashino

Doppo Kunikida

Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés

Ardicia editorial

[Publicado el 22/12/2014 a las 11:45]

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Relatos del mar

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 Siguiendo con su política de inventar libros bellos y que al mismo tiempo atraigan a un público lector general, o al menos no especializado, Alba Editorial propone ahora Relatos del mar. En lugar de recurrir a un antólogo de postín, como era el caso de Umberto Eco y sus estupendas Historias de las tierra y los lugares legendarios, la editorial ha preferido apoyarse en el nutrido y muy atractivo elenco de escritores de mucha fama y una reconocida vinculación con el mar, como son los casos de Edgar Allan Poe, Jules Verne, Robert Louis Stevenson, Emilio Salgari, Joseph Conrad y tantos otros. Pero también los hay que sorprende verlos en tan marinera compañía, como Rainer Marie Rilke o el mismísimo Franz Kafka, quien por cierto contribuye con un fantástico relato “El cazador Graco” (fantástico en todos los sentidos) pero que sobre todo resulta ser inequívocamente kafkiano.

Aparte de formar, informar y entretener, la selección llevada a cabo por Marta Salís pone de manifiesto una vez más la profunda fascinación y el no menos profundo impacto que el mar ha ejercido desde antiguo en el imaginario popular. Y en el libro se ofrecen numerosas muestras de todo ello: tormentas fragorosas, naufragios y náufragos, buques fantasmas, tesoros hundidos con el barco que los transportaba, tráfico de seres humanos, piratas, hazañas épicas y lo que quieras. Vemos a Hemingway en la piel de un cazador de tesoros que busca la manera de entrar en un trasatlántico hundido con más de cuatrocientas personas a bordo (para robar, no porque quiera ayudar); a los habitantes de un pueblo gallego que ven aparecer en la playa unas barricas de vino y se apresuran a traer carros porque saben que el mar no tardará en devolver el resto del cargamento de un barco recién naufragado; el dueño de un campo de nabos situado a muchos kilómetros del mar y que al ver una mañana un barco posado sobre su huerto le preocupan más sus nabos que saber cómo ha podido llegar hasta allí tan inesperado intruso. Y hay casos en los que la tensión del relato parece obnubilar el narrador, como le pasa a Baroja en su “Grito en el mar”. El insigne escritor está describiendo el efecto que provocan en un espectador sentado en el borde de un acantilado los asaltos contra las rocas de un mar embravecido; hay una niebla que es “como un alma sumida en la tristeza” y caen gotas “como lagrimones que brotan de un corazón oprimido”. Después dirá que “el mar es como una reflexión del alma del hombre; su flujo es su alegría; su reflujo, la tristeza”. Pero en medio, y cuando lleva ya más de una página acumulando adjetivos para reflejar en el exterior el estado de ánimo interior del observador, sin duda llevado por la emoción del momento, dice: […] olas que avanzan cautelosas, oscuras, pérfidas como el alma de la mujer […].

En el curioso relato que cierra el libro, “Apuestas”, el galés Roald Dahl lo expresa indirectamente al describir los efectos de una tormenta sobre el pasaje de un trasatlántico. Tras la desbandada de los más pusilánimes en respuesta a los primeros ataques de las olas, el sobrecargo “echó una mirada de aprobación a los restos de su rebaño, que estaban sentados, tranquilos y complacientes, reflejando en su cara ese extraordinario orgullo que los pasajeros parecen tener al ser reconocidos como buenos marineros”.

Ése es el secreto. A todo el mundo le llena de orgullo que lo reconozcan como un buen marinero porque ese atributo conlleva necesariamente el valor que caracteriza al hombre de mar pero también la sobriedad, la templanza ante el peligro, la voluntad de sobreponerse a las situaciones más desventajosas y, sobre todo, la conciencia de que en uno mismo hay algo de los grandes hombres que pueblan el imaginario desde Odiseo hasta los domingueros al timón de un yate que probablemente luzca en la popa el cartel de “En venta”. Y leyendo el libro produce un innegable placer sentir esas emociones marineras tan arraigadas pero cómodamente tumbado en un sofá y con un buen scotch al alcance de la mano.

 

 

Relatos del mar. De Colón a Hemingway.

Selección de Marta Salís.

Alba editorial

 

 

 

[Publicado el 15/12/2014 a las 10:01]

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Pronto seremos felices

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Si tuviera que describir la clase de función estructural que desempeña el narrador de esta novela iría dando vueltas hasta encontrar un término capaz de expresar la condición de “omnipresencia invisible”. Y lo explico, ya que por fortuna nadie me pide que pierda el tiempo buscando ese absurdo término.

En cierto modo, Pronto seremos felices podría tomarse por un libro de relatos porque los personajes y las peripecias que les ocurren  constituyen narraciones cerradas en sí mismas y alguna de ellas incluso podría ser eliminada sin que el lector tuviera la sensación de que le están siendo ocultados unos datos esenciales para entender la historia en su conjunto.

Y sin embargo, gracias sobre todo a los recursos narrativos (unos recursos, o imaginación, o sabiduría o como quiera que se llame esa mejoría claramente perceptible en cada nueva novela de Ignacio Vidal Folch) el lector va construyendo por su cuenta un universo  perfectamente estructurado y reconocible, y en el que una serie de personajes aman, luchan, triunfan, fracasan, sueñan y cometen traiciones o llevan a cabo actos heroicos más o menos como ocurre en todos los  universos literarios de los autores grandes.

Esa unidad se logra, en gran parte, porque la acción está ambientada en diversas capitales del Este de Europa (Praga, Sofía, Bucarest e incluso en los Cárpatos)  y porque los sucesos tienen lugar justo antes o después de la caída del Muro de Berlín. Pero es algo mucho más sutil que  un alegato anticomunista o  la crónica de un derrumbe anunciado.

El verdadero nexo de unión, el eje vertebrador que pasa de una narración a otra creando una inesperada continuidad estructural  es ese narrador omnipresente que pregunta, escucha, atesora datos y que a veces incluso interviene en el curso de los acontecimientos, pero siempre desde una discreción rayana en la invisibilidad. Prueba de ello es que al final, y después de haber estado presente en todas y cada una de las páginas del libro, el lector apenas sabe nada de él: que es español, que está en los países del Este comprando y vendiendo cosas imprecisas, que ocupa un puesto no demasiado relevante en una empresa radicada en Madrid y poco más. Su nombre apenas se menciona una o dos veces y siempre de pasada. También se sabe que mantiene relaciones más o menos profesionales con hombres de negocios locales y relaciones sentimentales con diversas damas, por lo general muy atractivas, pero de las que no se da un solo dato que un caballero no daría. Por ejemplo acerca de lo que ocurre en los dormitorios, por favor, qué vulgaridad. 

La relativa unidad de tiempo y espacio, el también relativo exotismo de los escenarios y la peculiar idiosincrasia del narrador  permiten a Vidal Folch prescindir de servidumbres tan poco agradecidas como son la verosimilitud o la creación de climas creíbles y dedicarse de lleno a lo que de verdad interesa, es decir, las narraciones humanas, los recursos de cada cuál para salir adelante en situaciones adversas, la capacidad de adaptación (o no) a unas circunstancias inimaginables pocos años atrás o los pactos consigo mismo para sobrevivirse al día siguiente. Y la tipología es muy variada: la secretaria fiel, la bella flor de invernadero que sobrevive inexplicablemente a la demoledora maquinaria socialista, el genio cinematográfico que ve cortada su carrera por la censura y al que la recién recobrada libertad de expresión le llega cuando vitalmente ya se le ha terminado la vena creativa, o los emprendedores de nuevo cuño, uno que sabe adaptarse a las nuevas reglas de juego y se hace riquísimo y otro que no acaba de entenderlas y también se hace riquísimo pero acaba en la cárcel. Hay de todo.

Y conste que a pesar de la aparente frialdad que podría colegirse de la distancia que muchas veces adopta el narrador frente a los sucesos de su entorno, hay secuencias espeluznantes, como la ejecución del conducator Ceacescu y su esposa contada a través de un reportaje emitido una y otra vez por la televisión mientras los diferentes miembros de la familia se dedican a hacer la comida, a limpiar el polvo o a ir al baño, exactamente como se hace aquí cuando llega un bloque de anuncios vistos hasta la saciedad. O la progresiva caída en desgracia de una camarada, veterana de los primeros fervores revolucionarios, que se va viendo postergada por los nuevos gestores post Muro de Berlín porque éstos la acusan, precisamente, de haber sido demasiado fiel (¿llegó incluso a denunciar a sus compañeros?) al viejo régimen. No sé si es un valor añadido o no, pero las novelas de Ignacio Vidal Folch no se parecen en nada a las que más vienen triunfando últimamente.

 

 

Pronto seremos felices

Ignacio Vidal Folch

Destino

 

[Publicado el 08/12/2014 a las 09:53]

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Sidra con Rosie

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A los cien años de su nacimiento Laurie Lee (1914-1997) continúa siendo  querido y, lo que es mejor, muy leído en Inglaterra. Cuando  en 1959 se publicó Sidra con Rosie se vendieron seis millones de ejemplares y Lee pudo dedicarse por completo a escribir cosas como Cuando partí una mañana de verano (1969) y Un instante en la guerra (1991), continuación del relato autobiográfico que empezó con este su agradecido recuerdo a Rosie. En España no goza de la popularidad de otros escritores anglosajones pero sigue siendo un valor seguro y Nórdica es la tercera editorial que apuesta por él, cabiéndole a Edhasa el mérito de jaber sido la primera (1986). Por su parte  la localidad granadina de Almuñécar ha recordado también la fugaz estancia del escritor británico durante el viaje que realizó a España justo antes de la Guerra Civil y cuyo relato está recogido en la continuación de sus memorias.

            En esta su primera incursión en el campo de la memoria Laurie Lee relata su infancia y adolescencia en la aldea de Slad, un lugarejo perdido en Glocersterhire y que él situó en el mapa para siempre. En su momento fue celebrado porque reflejaba, con una prosa excelente y que todavía hoy admira por su frescura y su aliento lírico, un mundo que ya estaba desapareciendo para siempre. El relato arranca con la brusca llegada del narrador, que tiene tres años,  a lo que va a ser su hogar durante los próximos veinte años: una casa enorme y destartalada, construida en una riera que pone en estado de máxima alarma a toda la familia cada vez que llueve con una cierta intensidad, y rodeada de un jardín exuberante, medio salvaje y repleto de peligros y maravillas. La minuciosa exploración de la casa y el jardín, y de los alrededores según se le vaya ensanchando el mundo al explorador, es un ejercicio que le marcará de por vida y que le servirá después para sentirse como en casa en un universo integrado por paisajes tan lejanos a su experiencia como puedan ser los de la España de antes y durante la Guerra Civil.

Aunque el libro empieza por donde suelen empezar los libros de memorias, por la más tierna infancia, a continuación el relato se desarrolla  en fragmentos temáticos en los que el tema y los personajes priman sobre la cronología. Son muy notorios los dedicados a la casa (con especial dedicación a la cocina), la escuela rural, las dos abuelas (rencorosas, adorables, geniales), la vida en el pueblo y sus habitantes según fuera verano o invierno o el dedicado a la madre, muy representativo de  la postura de Lee ante su propia vida: antes ha contado cómo de niño dormía en la misma cama que ella y el sentimiento de intimidad que él creía eterno se acaba el día que las hermanas se lo llevan con mimos y falsas promesas  al cuarto de los chicos “sólo por unos días”. “Nunca me pidieron que volviera a la cama de mi madre [dirá cuando años después escriba el libro]. Fue mi primera traición, mi primera lección del afable y despiadado rechazo de las mujeres”. Más adelante, cuando centre su atención en ella, el retrato es agradecido y cariñoso, pero hecho desde  esa lucidez que le fue otorgada sin quererlo cuando fue arrojado del lecho materno.

Y esta apreciación vale también para el resto de la memoria. Gloucesterhire  es hoy un lugar paradisíaco y muy buscado por los ricos que no quieren perder de vista a Londres, pero entonces era al mismo tiempo un agujero  miserable en el que el hambre visitaba todas las casas y en el que por consiguiente la vida podía ser despiadada. Y en este sentido es muy esclarecedor el capítulo dedicado, un poco como el resto del libro, a Rosie Burdock, la muchacha con la que bebió su primera sidra debajo de un carro medio oculto por el heno y con la que “sólo nos besamos una vez, un beso seco, tímido, como dos hojas que se rozasen en el aire”.

Antes de eso sin embargo, y al hablar de su propio despertar sexual, al abarcar con la mirada el pueblo entero ha dicho: “Se cometía [en el pueblo] la cuota correspondiente de delitos penales. El homicidio, el robo, el incendio premeditado o el estupro […] Se daban casos de incesto allí donde los caminos eran malos; se daban las usuales amistades entre hombres y muchachos […] la opinión local trataba a los transgresores con el silencio, las sátiras y los apodos […] pero su castigo quedaba confinado a la parroquia”.  Y ahí estaba, para probarlo, el puño del campesino al que robaban manzanas: los puñetazos dolían igual si, además de dejarle sin fruta pescaba a algún gañán solfaldando a una hija en el bosque, pero al menos el puño  “era muestro” y todo quedaba en casa.  

 

 

Sidra con Rosie

Laurie Lee

Traducción de José Manuel Álvarez Flórez y Ángela Pérez

Nórdica

 .

 

 

 

 .

 

[Publicado el 01/12/2014 a las 12:09]

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El círculo de los Mahé

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Cuando concedió su tantas veces citada entrevista a la Paris Review, Georges Simenon podía vivir en una soberbia mansión de Connecticut porque para entonces ya era un hombre mundialmente famoso y, por ende, fabulosamente rico. Según calculaban el entrevistador y él, tardaba  semana y media en escribir unas novelas a las que dedicaba dos días completos (¡dos días!) para tomar unas notas sobre las carpetas que después irían recibiendo el fruto de su labor diaria (unas ochenta páginas mecanografiadas). Una vez puesta la palabra Fin, esas novelas eran sometidas a una corrección que consistía fundamentalmente en borrar todo rastro de “literatura”. Es inútil buscar en sus libros una metáfora, un pensamiento filosófico o un juicio moral y ni siquiera la descripción de un atardecer particularmente hermoso.  Si el atardecer lo merece se dice “era hermoso”, y punto. Como decía Julian Barnes en un artículo que le dedicó cuando a mediados del siglo pasado Penguin reeditó todas las novelas de Maigret, Simenon escribe en blanco y negro y en los momentos más brillantes puede recordar una fotografía de Cartier Bresson o un fotograma de Jean Gabin con el sombrero, la pipa y el gabán, todo en tonos rigurosamente grises.  

                Otra acertada observación de Barnes es lo antiguo, por no decir desaparecido, que resulta a los ojos de hoy el universo de Simenon, extraído directamente de la Francia profunda, provinciana,  algo desencantada, polvorienta y recién salida de unos coches de caballos todavía en uso en algunas remotas zonas rurales a las que, helás, también llegaba la maldición del crimen. Pero lo curioso es que, y sigo parafraseando a Barnes, aun siendo un universo ya desaparecido los  motivos, anhelos, pasiones y tabúes que impulsan y condicionan a los personajes resultan perfectamente reconocibles hoy porque, en cierto modo, son impersonales, atemporales y, vaya por Dios, personales en el sentido de que eso mismo que atenaza, obsesiona y en definitiva destruye al protagonista de El círculo de los Mahé podría aquejarle a cualquiera. Porque esa es otra de las tesis favoritas de Simenon y que está presente tanto en las novelas de Maigret como en las que él llamaba “duras”: el crimen no es un acto excepcional y reservado a seres de excepción porque en el fondo de toda persona yace un criminal. Que éste salga o no a la superficie es una cuestión casi de azar, o una jugarreta taimadamente planeada por el destino.  Quién no se harta un buen día, dice Simenon con toda naturalidad, de su mujer, sus hijos, sus amigos, su casa, su carrera y, por fin, su vida. Cómo no sentir que alguien (por ejemplo esos omnipresentes Mahé que llevan generaciones  dejado su huella en toda la región) ha diseñado tu vida como si ya hubiera pasado antes por ahí y supiera de antemano ofrecerte todo aquello que aceptarás sin rechistar porque es lo que en el fondo deseas. Hasta que un día, oscuramente, mitad de forma consciente y mitad porque es un anhelo que surge de lo más oscuro, dices basta y empiezas a desmontar todo lo que otros (sin ir más lejos, tu propia madre) montaron para ti.

                El desencadenante, el equivalente al anzuelo que el doctor Mahé lanza una y otra vez desde la barca con la obsesiva esperanza de pescar una corvina negra, es una adolescente misérrima que está sacando adelante a sus hermanos pequeños con el trabajo de sus manos y por la que el desencantado doctor desarrolla una morbosa obsesión (ni siquiera él se atreve a llamarla amor). Y este es otro de los sentimientos a los que Julian Barnes se refería al mencionar su carácter de universal, primero porque le pueden aquejar a cualquiera, pero sobre todo porque son una cuestión intemporal: tanto en la Francia provinciana y años treinta que describe Maigret como en cualquier país civilizado hoy, acosar públicamente  a una menor sin ni siquiera ofrecer la coartada del amor está mal visto y quien pese a todo acabe destrozando la vida de esa criatura lo terminará pagando, ya sea porque la sociedad le pasa la correspondiente factura o porque el propio malhechor se quite de en medio antes que asumir su desvarío.

                Gran parte de las noticias que daba el propio Simenon sobre su sistema de trabajo  (dos días para pensar la novela, una semana y media para escribirla a razón de ochenta páginas al día y una corrección que no entrañaba reescribir, reinventar o reorientar lo escrito porque el objetivo era quitar cualquier asomo de “literatura”) son rastreables en El círculo de los Mahé. Y es asimismo cierto que son perfectamente visibles las limitaciones y vacilaciones y todo el resto de detalles accesorios cuya revisión podría aliviar el texto y redondear la historia. Pero no es menos cierto que a cualquier otro que no sea Simenon le resultaría imposible ofrecer un relato con la intensidad y la dimensión trágica que él es capaz de transmitir en sólo ciento y pico de páginas.  Con el agravante de que encima puede decirse lo mismo de las quinientas novelas que al parecer escribió.

 

 

 

 

El círculo de los Mahé

Georges Simenon

Traducción de Núria Petit

Acantilado

                 

 

[Publicado el 24/11/2014 a las 07:32]

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Fantastes

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A quien no conozca a George McDonald le basta mirar la cubierta o las guardas de la edición de Atalanta, ambas obra del pintor Richard Dadd, para saber lo que le espera: una avalancha de hadas diminutas, bosques siniestros, palacios maravillosos, árboles con muy malas intenciones, ogros y ogresas, dondellas convertidas en estatuas de mármol, caballeros artúricos en busca del Santo Grial, gigantes y dragones. Es decir, todo el elenco mágico al completo, con sus conjuros y encantamientos.

            Sin embargo, lo que en el ámbito de la lengua española se conoce como cuentos de hadas sería más adecuado llamarles märchen, sobre todo a partir del momento en que los primeros románticos se valieron  de ellos como vehículo para sus relatos fantásticos, sobre todo porque les permitía explotar elementos simbólicos tan expresivos  como el del viaje de iniciación, siendo el ejemplo más conocido el Enrique de Ofterdingen, de Novalis. Y en ese sentido McDonald enlaza directamente porque Fantatstes es un fantástico viaje de iniciación : un joven del que apenas se dan más datos que su nombre, Anodos, y que acaba de alcanzar la mayoría de edad, se despierta una mañana arrullado por un murmullo de agua corriente. Al abrir los ojos ve que por su habitación corre un arroyo, que la cama es un árbol y que las paredes son vegetales. Como si se tratase un deseo largo tiempo guardado, el joven sigue el curso del riachuelo que le conduce a un tupido bosque y, sin más se adentra en el mismo para iniciar un viaje incierto pero imposible de renunciar a él.

            Con esa sencillez se inicia el viaje de Anodos hacia lo desconocido. “¿A dónde te diriges?”, le pregunta una campesina que vive justo en el linde del bosque. “No lo sé”, responde el joven, “Pero quiero ver todo lo que haya que ver”. Uno de los elementos indispensables en ese viaje a lo desconocido es la transgresión. A Anodos le dicen que no se adentre en el bosque de noche porque el Fresno, que en realidad es un ogro, le atrapará, pero el joven se adentra y es atrapado por el ogro Fresno; le dicen que no abra una puerta y, para su desgracia la abre; le dicen que no toque las estatuas de mármol de un palacio maravilloso y toca a una y siembra la desdicha. Para conocer hay que transgredir las leyes de la experiencia y arriesgarse a adentrarse en lo desconocido sin garantía de que se vaya a volver.

             Por eso se adentra en el bosque repleto de horrores y maravillas aun sabiendo que no hay vuelta atrás . Es sin duda un mundo insólito pero, en el fondo, hospitalario y sencillo, donde la cosas ocurren con naturalidad ya sea porque nacen o porque mueren pero sin desgarros. Ese mundo en el que se adentra Anodos tiene “ciertas cualidades incomprensibles del reino de la muerte”, dice C.S. Lewis en el prólogo, pero añade con una precisión encomiable:”de la buena muerte”.

            La última y más censurable de las transgresiones, alejarse del reino de la vida para adentrarse en el de la muerte, resulta ser más un premio que un castigo. “Estaba muerto y satisfecho. Yacía en mi féretro con las manos entrelazas serenamente”, dice Anodos después de morir con dignidad. Y añade: “Me sentía como si una mano fresca se hubiera detenido en mi corazón, apaciguándolo”. Y aunque pueda sonar escandaloso, Anodos afirma que en el reino de la muerte “algún día los amores serán correspondidos. Algún día los amores sinceros contemplarán su propia imagen en los ojos del ser amado con una alegría humilde.  Esto es lo que sucede en el noble reino de la Muerte”. Y si hay quienes sienten un resto de aprensión, porque las viejas ideas que tienen de la muerte son muy distintas, Anodos les tranquiliza. “Ah, amigos mios. Cuidaré de vosotros, os serviré y os acompañaré con mi amor”.

            Contra todo pronóstico, de cuando en cuando George McDonald hace un alto en el torbellino de conjuros, bosques maravillosos, hadas (algunas sorprendentemente gamberras), caballeros que salvan doncellas de las garras del dragón o gigantes que tienen martirizado un reino entero con sus felonías, y consigue introducir lo que podría llamarse el mundo real con unas frases cortas y certeras como disparos. Tras una gran ilusión rápidamente perdida:”La alegría es como la vida, no se basa en ningún argumento”. Hablando de uno que trata de llevar dignamente la pobreza: “¿De qué no se enorgullecen los hombres cuando están condenados a ello?”. O esta expresión de la tristeza después de un fatal lance de amor:”El cielo, con un sol  espléndido, era un desierto sin corazón”. Al igual que le pasa a Alicia en el país de las maravillas, más que un cuento de niños Fantastes es un cuento para contar a los niños y dejarles que ellos mismos vayan desentrañando el curso de los acontecimientos. Con el paso del tiempo comprenderán que Anodos va mucho más allá de las hadas, los ogros y las doncellas encantadas. Y lo que es seguro es que nunca reprocharán a George McDonald que haya compartido con ellos sus ensueños y fantasías.

 

Fantastes

Geoge McDonald

Traducción de Juan José Llanos

Atalanta

 

 

[Publicado el 17/11/2014 a las 16:21]

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Madame Solario

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 Siempre resultan fascinantes las novelas que relatan el final de un mundo sofisticado y elegante, determinado por una riqueza casi insultante y que se quiere a sí mismo como la más elevada expresión de una época, la belle epoque en este caso, en vísperas de ser engullida por la hecatombe de la Primera Guerra Mundial. La autora, Gladys Huntington, llamada Gladys Theodora Parrish en la vida civil, era parte integrante y casi podría decirse que militante de ese mundo en trance de extinción. Los estudiosos de su obra resaltan unánimemente el minucioso cuidado con el que la escritora anotaba en sus cuadernos personales las fiestas, cotillones e invitaciones a tomar el té, o las estancias en balnearios y otros establecimientos de lujo  frecuentados por la alta sociedad europea. Y por ella. Su militancia era tan activa que a la hora de publicar una novela en la que estuvo trabajando más de treinta años, eligió el anonimato para no tener que afrontar el escándalo que suscitaría un relato que tenía  como tema central el incesto (primero entre padre e hija y después entre hermanos, aparte de intentos de parricidio, suicidios, matrimonios de conveniencia, engaños y traiciones varias), y que encima tenía la osadía de hacer un retrato inmisericorde de una sociedad que, en efecto, era la máxima expresión de una época pero que justamente por ello llevaba en sí misma los signos inevitables de la vaciedad, el parasitismo y la decadencia. Quien, paseando por los jardines de Versalles se topa con el Hameau de la Reine entiende de pronto lo inevitable de la Revolución francesa, con todos los horrores y excesos que trajo consigo. Quien lea Madame Solario lamentará la brutalidad del zarpazo que está a punto de propinar la Historia, pero también comprenderá la imposibilidad de salvar un mundo que, como la propia protagonista, era casi inaccesible a la savia nueva que podría renovarlo y a la vez extremadamente vulnerable frente a los tártaros que procedentes del desierto lo iban a arrasar todo.

                La novela está dividida en tres partes atravesadas, casi podría decirse que anegadas, por la presencia de esa bellísima y enigmática mujer de origen incierto (a lo largo del relato pasa de llamarse Nelly a Natalia, aunque al final resulta ser Ellen Solario) que deslumbra a los hombres y despierta sentimientos encontrados en las mujeres,  y que al final se desvanece dejando una estela de admiración y asombro porque ella, como su entorno, es bella, sensible y delicada como una orquídea, y al mismo tiempo mezquina, egoísta y depredadora como una planta carnívora. Es realmente notable la habilidad de la autora para mostrar en todo momento la doble faz de la protagonista, y también la de su distinguido entorno.

                El marco para la acción es el Hotel Bellevue, a orillas del lago de Como, y es prodigiosa la recreación de la vida banal e intrascendente de sus clientes, la voluptuosa descripción de los vestidos, peinados, sombreros, joyas y demás complementos lucidos por unas mujeres presentadas como la más refinada realización de lo femenino; las cenas y bailes, las excursiones en barca o los paseos por los bosques, todo ello basado en la servil obsequiosidad de los sirvientes y fosilizado por la rigidez de una etiqueta social que lo regula todo, desde la composición de las mesas para comer o tomar el té hasta quién baila con quién o la aceptación o rechazo de un recién llegado. Las referencias al Thomas Mann de Muerte en Venecia son tan inevitables como los recuerdos de Henry James, Edith Wharton y, a ratos, de Tomás de Lampedusa.

En la segunda parte, la llegada de Eugen  Harden, el apuesto y desaprensivo hermano de Nelly,Natalia,Ellen Solario da un vuelco a la situación. Si el relato de la primera parte estaba encomendado a la sensibilidad y capacidad de asombro de un joven británico llegado por casualidad al Bellevue, la aparición de Eugen le da un giro vertiginoso a la acción. El joven británico ya había detectado la presencia de un personaje torvo y algo siniestro, un diplomático ruso con fama de consumado duelista y que mantiene una relación con Madame Solario marcada por una soterrada pero evidente tensión sexual y una violencia capaz de explotar en cualquier momento. El hermano, que manifiesta sin ambages su intención de vivir a costa de su hermana en pago por las calamidades que le tocó sufrir por culpa de ella( aquí entra de golpe lo de los incestos, intentos de asesinato, traiciones y demás ingredientes escabrosos que tanto escándalo causaron cuando se publicó la novela en 1956)  no sólo aporta una considerable dosis de información sobre el pasado familiar sino que obliga a su hermana a mostrar unas facetas de sí misma insospechadas cuando sólo era una bellísima y distante presencia. Inevitablemente, las maniobras de Eugen Harden para asegurarse un futuro a costa de los huéspedes más pudientes, y que incluyen una desabrida utilización de su hermana, reciben como respuesta la amenazadora oposición del diplomático ruso.

                La resolución del inevitable choque de los dos machos disputándose (con aparente elegancia y corrección) la posesión de la hembra se resuelve en la tercera parte con la huida de la presa, que se vale a su vez de la candidez del joven inglés que tanto la admiró desde su llegada al hotel. Pero huir no implica necesariamente escapar incólume  y Gladys Huntington no se esconde a la hora de asignar a cada cuál el destino que en buena lógica le corresponde.  La novela es larga, pues son casi 450 páginas de prosa minuciosa y que se recrea en las descripciones y los análisis psicológicos de los personajes, pero compensa de sobras el esfuerzo porque, como se decía de entrada, resulta fascinante.

 

Madame Solario

Gladys Huntington

Traducción de Nicole d´Amonville Alegría

Acantilado

[Publicado el 10/11/2014 a las 09:59]

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Vida de Kavafis

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Es probable que  escribir la biografía de Constantinos Kavafis sea una de las tareas más arduas que se le pueden plantear a un biógrafo. Para empezar era poeta, y desde que los poetas dejaron de tener relevancia social y pasaron a pertenecer a pequeñas sociedades cuasi secretas carecen por lo general de peripecia vital digna de mención e incluso de visibilidad. (Si acompañáis a un relevante poeta capitalino mientras visita una ciudad de provincias veréis cómo aparecen por las esquinas unos seres anodinos que sacan del bolsillo un librito publicado en alguna imprenta local y lo intercambian con el librito, algo mejor editado, que el poeta capitalino ya tendrá preparado para efectuar el trueque).

Por su parte, el propio Kavafis hizo todo cuanto estuvo en su mano para pasar por la vida como  a hurtadillas: en los casi 30 años que ejerció de escribiente interino en el Servicio de Riegos del Ministerio de Obras Públicas de Egipto no logró un contrato fijo porque tenía la nacionalidad griega, pero en Grecia tampoco le veían como uno de los suyos porque además de pertenecer a una familia arraigada en Constantinopla vivió la práctica totalidad de su vida en Alejandría.   Y por si fuera poco, tampoco hizo gran cosa por darse a conocer del público lector, ni entre la minoría griega de Alejandría ni por supuesto en Grecia. Acostumbraba a escribir poemas en unas hojas sueltas que distribuía personalmente entre sus amigos y su cada vez más amplio círculo de seguidores, y aunque publicaba  artículos y ensayos en revistas marginales que ocasionalmente le incluían poemas, nunca quiso ver éstos  editados en forma de libro. Ni siquiera consiguió vencer su reticencia uno de sus más viejos amigos y ferviente admirador, el escritor E.M. Forster, y eso que éste le dio toda clase de facilidades para corregir una y otra vez la versión inglesa de sus poemas y hasta le puso en contacto con la prestigiosa Hogarth Press.

La única incursión de Kavafis en la periferia aventurera de la vida fueron sus relaciones homosexuales, siempre esporádicas y tan ocultas  que llegó al final de su vida sin dar jamás el más leve motivo de escándalo, bien que sus poemas estén llenos de alusiones a su obligada clandestinidad: “Dijo el poeta:”Es amada / la música que no pudo sonar”./ Y yo creo que la más selecta / es aquella vida que no pudo vivirse”.

A pesar de contar con tan exiguo material biográfico, Miguel Castillo Didier, profesor de griego antiguo y moderno en el Centro de Estudios Griegos de la Universidad de Chile y traductor entre otros muchos poetas de Kavafis, se las ha arreglado para hacer una biografía que con toda seguridad va a ser una referencia obligada para todos los estudios que se hagan en adelante sobre Kavafis. Recurriendo a capítulos muy cortos y contundentes que dinamizan la narración, y que llevan títulos muy explícitos (El poeta y su familia, Los padres, Los hermanos, Constantino, En Constantinopla, La pobreza en la Polis, etc) el biógrafo sitúa el entorno familiar, la infancia y los difíciles avatares familiares de la infancia y primera juventud del poeta, marcados por las dificultades económicas y las sucesivas pérdidas familiares.  Hecho lo cual se adentra en las cuestiones que mejor definen su perfil de creador, como la lúcida elección de una profesión (Ser poeta), las décadas decisivas de 1890 y 1900, las luchas interiores y las ideas morales derivadas de las mismas. Pero sobre todo se tratan los aspectos más relevantes en la afirmación de la voz poética de Kavafis, la difícil relación con Alejandría y la evolución desde un primitivo odio y rechazo hasta la reconstrucción de una mítica ciudad universal asentada en sus raíces egipcias y helenas y que se ha ido afianzando con las aportaciones bizantinas y demás vetas vivificadoras procedentes de su rico y complejo pasado histórico. Son muy completos los análisis de la vinculación de Kavafis con la Grecia clásica o el reflejo en su escritura de su formación bizantina, rastreable incluso después de pasar por el tamiz de la traducción.

Inevitablemente, y ante la falta de peripecia vital relevante, el biógrafo no ha tenido más remedio que buscar una referencia excesiva en la obra y acaba produciéndose una identificación recurrente entre el personaje civil y lo que éste dice en sus versos. Quizá por eso el lector, indiferente al hecho de si Kavafis era sincero cuando manifestaba su amor, o su odio, por Alejandría, rescata sobre todo aquellas imágenes que por usar la afortunada expresión de Octavio Paz, “son palabra en el tiempo”. Por ejemplo cuando invoca al destino en nombre de su interlocutor deseándole que, en su viaje hacia Ítaca, el camino sea largo y lleno de aventuras y conocimiento. Pero palabra en el tiempo es una forma elegante invocar a las verdades eternas, esas que hacen referencia al deseo de llegar, en una mañana de verano,  a puertos nunca antes vitos. Aunque también vale cuando, al escuchar  a medianoche  los maravillosos instrumentos de un festejo misterioso, ha llegado la hora de decir adiós, sin llanto, a Alejandría que se aleja.

Vida de Kavafis

Miguel Castillo Didier

Edidiciones Universidad Diego Portales    

[Publicado el 03/11/2014 a las 16:33]

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Al límite

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Según una corriente de opinión bastante generalizada, a Thomas Pynchon no sólo no le interesan la salud y el bienestar de sus lectores sino que se niega rotundamente a dar explicaciones o incluso a avalar interpretaciones de sus novelas. Una segunda corriente, algo minoritaria, afirma sin más que Pynchon ignora la existencia de un espécimen llamado lector y que por eso no tiene inconveniente en escribir novelas desorganizadas, complejas, a ratos surrealistas y que en definitiva plantean toda clase de interrogantes sin ofrecer soluciones, con el agravante de que encima recurre a  la paranoia como herramienta de conocimiento.

            Y bien. O ambas afirmaciones son falsas o Thomas Pynchon ha decidido abrir una nueva línea narrativa, pero en Al límite ni el más atravesado de los lectores puede quejarse de ser ignorado o de que no se le preste una atención tan solícita que casi parece maternal. Para empezar, Pynchon parte de un género conocido de todos, la novela negra, y sigue el esquema con todo rigor. En este caso el Phillip Marlowe de turno es Maxine Tarnow, una madre separada que incluso en los momentos más conflictivos se desvive por llevar y recoger puntualmente a sus dos hijos del colegio, aunque lo hace llevando en el bolso su inseparable Beretta. Por no faltar no falta la oficina destartalada y sin clientes, al menos no esa clase de clientes que en lugar de líos y peligros aportan dinero, ni falta tampoco la secretaria descarada y un poco estrafalaria pero en el fondo abnegada y fiel. La agencia de Maxine se llama “Perseguidlos y Pilladlos” y tiene como enemigos a todos cuantos se dedican a cometer fraudes y delitos económicos, aunque se da la desgraciada circunstancia de que ella misma es un fraude porque le ha sido retirada la licencia especial a causa de algún asuntillo no bien explicado pero tampoco muy limpio. El lector no tarda en entrar en contacto con una fauna bastante alucinante que empieza con el entorno familiar y social de la propia Maxine, su marido en paradero desconocido, los dos futuros geeks que van a ser sus hijos, Heidi, la secretaria, Vyrva McElmo, madre de Fiona, cómplice y  mejor amiga de los dos pequeños Tarnow, pero también los padres, el cuñado, la ex suegra o una gurú que fue su maestra y que ahora hace lo mismo que Maxine pero desde un blog con el que denuncia y fustiga a la otra parte de la fauna que se va acumulando sin solución de continuidad y compuesta de hipsters venidos a menos, hackers que ejercen de camareros en espera de una nueva oportunidad, timadores, camellos, traficantes de drogas y de aplicaciones informáticas, agentes federales, infiltrados del Mossad, mafiosos rusos, árabes de intenciones siniestras, cada cual con su propia circunstancia, porque si uno es un fetichista del calzado el otro es un técnico en perfumes obsesionado con el olor de Hitler, algunos de los cuales mueren en sospechosas circunstancias.

Si la localización física de la acción es una Nueva York inequívoca, el plazo temporal no está menos claro, pues sólo un año antes ha tenido lugar el famoso crack de las punto.com y en el horizonte se dibuja cada vez más nítidamente la sombría silueta de las Torres Gemelas en vísperas de su destrucción. Si la primera referencia suministra una inagotable serie de enigmas, peligros, contradicciones y mezquindades, la segunda aporta un elemento que además de trágico llena de significación las (por otra parte inútiles) investigaciones de la animosa Maxine. La lucha bestial por el poder, encarnada aquí por el control de la información que permite a quien lo detente dominar la vida y hacienda de todos; las traiciones, trapacerías y alianzas de todos contra todos; el ciego afán de acumular dinero; las miserias sexuales y matrimoniales de casi todos, o la complicada trama financiera creada al amparo de internet y que permite la circulación de cantidades fabulosas de dinero casi siempre sospechoso, es decir, las idas y afanes y desengaños de tanta gente adquieren un significado especial para un lector que sabe desde la primera página que la salvajada del 11 de septiembre de paso que reducirá a  escombros los rascacielos hará lo propio con el vigente orden moral y económico.

Y ésa, probablemente, sea la aportación más audaz de Pynchon. Ante la complejidad de la realidad creada por ese arma infinitamente poderosa llamada Wold Wire Web, donde nada es lo que parece, nadie sabe quién hay detrás de cada portal, nadie asegura que en su sistema no hay una puerta trasera ni tampoco puede asegurar o negar que no exista al final de todo un superpoder que lo controle todo, la reacción lógica es la paranoia, entendida ésta como un estado de alerta universal y continuo. En definitiva, los instigadores (autores intelectuales en el lenguaje judicial) del 11 S pudieron ser Al Qaeda, pero también el Mossad para asegurarse la ayuda de EE UU en su lucha contra los árabes, y también nostálgicos de la Guerra Fría o incluso el entorno de George Bush Jr. para asegurarse un negocio fabuloso invadiendo Irak.

Thomas Pynchon ni siquiera aventura una respuesta, pero hace decir a uno de sus personajes: “Pero siempre queda lo otro. Nuestro anhelo […] en algún oscuro recoveco de nuestra alma nacional, necesitamos sentirnos traicionados, incluso culpables. Como si fuéramos nosotros los que creamos a Bush y su pandilla […] Y lo que pase desde entonces sea culpa nuestra”.

No es una novela fácil de leer, pero desde luego es lo más inteligente y casi podría decirse que lo más adulto de cuanto se ha dicho para retratar a la sociedad norteamericana actual.

 

Al límite

Thomas Pynchon

Traducción de Vicente Campos

Tusquets Editores

[Publicado el 27/10/2014 a las 13:06]

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Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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