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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 23 de noviembre de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Canciones de amor a quemarropa

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Todo empezó con los elogios que se hacían de esta novela en los medios anglosajones, aunque tal sería mejor decir norteamericanos. Unos elogios en parte sorprendentes porque, al indagar un poco, resultó que el tema de la novela es ya casi un género: el grupo de gente joven de un pueblecito del Medio Oeste (concretamente la población ficticia pero muy verosímil de Little Wing, Wisconsin) que se  conoce desde la escuela, que ha crecido junta y se ha casado entre sí y que ahora, ya de adultos, se reúnen para celebrar algo tan festivo como es una boda.  Pero a estas alturas, porque ya digo que es un género, a nadie se le escapa que en plena celebración, cuando afloren las emociones y se dispare el consumo de bebidas destiladas (todos menos Ronny, el pobre cowboy alcohólico que lo quiere  dejar porque está hecho polvo y todos le vigilan y le empapuzan de Coca-Cola) aflorarán  también las tensiones y las envidias y los malos rollos, y las vidas malgastadas o los matrimonios con la persona equivocada, todo ello aderezado con la máxima de que quien más haya subido (por lo general quienes lograron escapar del pueblo y triunfaron en la gran ciudad) más dura será la caída que les espera.  

            Según se avanza en la novela se comprueba que el autor, Nickolas Butler, sigue fielmente el guión y no hay un personaje, un solo matrimonio o una sola camarera de cafetería (esa mujer adorable siempre con una jarra de café en la mano y que habla entre suspiros mitad porque la vida la ha maltratado mucho y mitad porque los pies la están matando) que no responda exactamente a los arquetipos  mejor perfilados a lo largo del tiempo. Lo cual aumenta la perplejidad ante tanto elogio. Qué habrán visto los críticos, pero más aún los lectores de a pie para deshacerse en gratitudes y parabienes.

            La razón de ese entusiasmo resulta estar  en el hecho de que Nickolas Butler, como la práctica totalidad de los novelistas norteamericanos actuales ha salido de alguno del millón y pico de talleres de escritura  que funcionan en todas las universidades y que sacan cada año toneladas de escritores. Y salvo cuando se pone trascendente (alguna vez que busca “lo americano” de un cielo determinado o una visión de los desheredados que comparten la música y los pocos alimentos que tienen y que serían los auténticos herederos de los fundadores y no esos marcianos de Silicon Valley) Nickolas Butler demuestra ser un alumno aventajado. Por lo tanto, al escoger para su primera novela un tema tan conocido ya sabía que la mayoría de sus lectores sabrían del mismo casi tanto como él y que, para retener su atención hasta el final debía ofrecer algo distinto, fresco y, a poder ser, sorprendente.

            Obviamente, desde hace ya bastantes  décadas los novelistas norteamericanos parecen haber emprendido una carrera en la que el mejor premio se lo lleva el más cínico y desencantado, el que menos esperanza le concede a sus personajes y el que emplea el lenguaje más soez y brutal.  Para triunfar tampoco viene mal si de paso se muestra bajo su peor faceta la ridícula ristra de valores sobre los que se ha erigido esa sociedad que les ha dado cobijo y alimentado y proporcionado una educación y retribuido por su trabajo (a algunos de ellos fastuosamente), y que les deja hacer lo que quieren, decir lo que les da la gana y aún  les reserva un hueco en el panteón de los mejores. A nadie se le escapa que competir contra todo eso resulta ya tan complicado como complicado lo tienen Quentin Tarantino o los hermanos Coen para verter más litros de sangre o acumular más muertos en sus próximas películas sin copiarse a sí mismos.

            Nickolas Butler ha tirado justamente por el camino contrario y ha escrito una novela antigua, sentimental, amistosa y honesta. Naturalmente que hay miserias y traiciones y adulterios consumados o en grado de tentativa, personajes que sienten la tentación de tirarse desde lo alto de un silo, y por descontado que trabajar en una granja de vacas o vivir en un pueblo como Little Wing es un horror, pero entre contar todo eso con la brutalidad de un ajuste de cuentas o la gratitud de quien lo ha conocido y amado y está agradecido por haber tenido oportunidad vivir esa clase de vida Butler ha elegido la segunda. De acuerdo que esa América ya no existe salvo en la nostalgia de los lectores que han recibido la sorpresa de poder revivirla (aunque sólo sea durante el tiempo de leer la novela).  Pero si vamos al resultado concreto de la operación, ahí está como mejor ejemplo el personaje de Beth, la mujer de uno de ellos, la mujer que todos querrían para sí,  una mujer cabal y equilibrada, sometida a las mismas presiones que todos y víctima de errores pasados que a punto están ahora de arruinarle la vida, a pesar de lo cual en todo momento transmite la certeza de que sabrá salir adelante con dignidad y sin renunciar a lo que para ella es de verdad importante. Es un buen ejemplo de cómo es posible contar una historia sin caer necesariamente en la carrera por el cinismo y el desengaño. O de cómo se puede contar una historia de amor sin cursilerías.

 

 

 

Canciones de amor a quemarropa

Nickolas Butler

Traducción de Marta Alcaraz

Libros del Asteroide    

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 21/1/2015 a las 18:47]

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Grecia. Viaje al Monte Athos

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Algo pasaba en la Inglaterra de las décadas de 1920 y 1930 que impulsaba a los escritores jóvenes a (como decía mi madre cuando se ponía dramática) “desempedrar carreteras” con el único y loable fin de ver qué había al final de las mismas y luego contarlo. En muchos casos también trataban de comprobar qué quedaba de las maravillas que les habían contado los autores que les precedieron, fundamentalmente en lo relativo a Italia y Grecia, e incluso comprobar si había algo que se les hubiese pasado desapercibido a los maestros.

                Ahí están los Leigh Fermor atravesando Europa a pie con apenas 18 años con los ojos fijos  en lo que para él (digan lo que digan los turcos) fue siempre Constantinopla; Laurie Lee haciendo lo propio con la España abocada a una terrible Guerra Civil; Bruce Chatwin llegando a los confines de la Patagonia buscando unos trazos que luego encontraría en Australia en forma de canción, pero también, y los cito según me vienen, los Colin Thubron, Evelyn Waugh, Norman Lewis, William Dalrymple, Lawrence Durrell y tantos otros, todos ellos precedidos como quien abre camino por Robert Byron, muerto a los treinta y pocos años cuando un submarino alemán torpedeó el barco que debía llevarle a El Cairo. Por fortuna, para entonces ya había escrito Europa en el parabrisas (1925), The Station (1928) y Viaje a Oxiana (1937), este último considerado la cumbre de su labor como escritor y uno de los libros de viaje más influyentes y decisivos del siglo XX, entre otras cosas porque todo autor con dos dedos de frente no tiene el menor empacho en reconocer que lo copia siempre que puede.

                En Europa a través del parabrisas un Robert Byron de dieciocho años recorre gran parte de Italia y Grecia a bordo de un esplendoroso Sumbeam descapotable que les permite a él y sus amigos cargar la montaña de maletas que cada uno consideraba indispensable llevar consigo, aparte de los licores, sifones y todo el resto de complementos sin los que no puede pasar un caballero. Entonces Byron pudo apreciar en Grecia algo que luego iba a ser un elemento fundamental en su vida: el arte bizantino. Como tantas veces se ha dicho, Bizancio, la Roma de Oriente, la fuerza de transmisión del cristianismo a los últimos rincones donde no pudo llegar el Imperio de Occidente, era para Byron un organismo creado a partir del cuerpo Roma, la mente de Grecia y el Alma de Oriente.

                El interés de Robert Byron por el arte bizantino es tanto más clarividente cuanto que en su época, cegados por el esplendor del Renacimiento y muy interesados en rastrear sus raíces en su predecesor, el Románico, los estudiosos y los grandes amantes del arte consideraban que lo bizantino era una manifestación artística que, en el mejor de los casos, tenía el dudoso honor de estar copiándose a sí misma desde la Edad Media.

                Se entiende que a los editores españoles no les guste el título original del segundo y ya mucho más consistente libro, The Station, elegido con toda intención por Byron para combatir de frente esa idea de inmovilismo que tanto le reprochaba Occidente a Bizancio, pues le da una dimensión espiritual y casi mágica. Para él era una Estación porque allí se había aposentado una fe en la que se habían detenido el tiempo. O sea: los iconos que, es cierto, se repiten una y otra vez desde el principio hasta nuestros días no son una cuestión de falta de imaginación, o inexistencia de un espíritu de búsqueda e iniciativa sino de fé. Los saltos claramente perceptibles que da la pintura de Giotto a Simone Martini, Gentile de Fabiano, Pisanello, Leonardo, Rafael o Miguel Ángel, reflejan una búsqueda artística y tiene que ver con los pigmentos usados, las leyes de la perspectiva o el precio del lapislázuli traído desde Afghanistán para fabricar el color azul, por no hablar de las teorías estéticas que van apareciendo  o la evolución de los gustos sociales llevada a su cumbre por los burgueses flamencos.

                Leyendo a Robert Byron, y hay que hacerlo con mucho atención y tino porque va en serio y está muy lejos de buscar la trivialización que precede a la fama y las ventas, los cambios que pese a todo se van produciendo en la pintura bizantina son sutiles y tienen que ver con la fe, la manifestación de un concepto espiritual que aspira a ser eterno (porque es único y verdadero) y de ahí que en determinadas épocas los puristas considerasen a la pintura como un vehículo de falsedad y blasfemia. Y que a punto estuvieran de destruirla, privando de paso a la pintura en Occidente de uno de sus referentes más ricos e inspiradores.

                En The Station, o en Grecia. Viaje al Monte Athos, el lector va a descubir, a la par que el propio Robert Byron, el tesoro espiritual y artístico que encierra ese espacio tan singular llamado Athos. Qué maravilla. Pero aparte de la erudición, a Byron le interesaba la gente, trataba de adentrarse en sus costumbres y, sin ir más lejos, degustaba como un sibarita la hospitalidad oriental bebiendo vino de resina con unos viejos monjes a la sombra de una parra que además de sombra les ofrecía  uvas con solo estirar el brazo. Y la descripción de paisajes durante los desplazamientos a lomos de mulo de un monasterio a otro esplican por qué sus sucesores no tenían inconveniente en considerarlo un maestro. Casi al final del libro, la descripción del valle del Eurotas y las ruinas de Mistras es insuperable.

 

 

Grecia. Viaje al Monte Athos.

Robert Byron

Traducción, Andrés Arenas y Enrique Girón

CONFLUENCIAS    

 

[Publicado el 13/1/2015 a las 12:12]

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Así empieza lo malo

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El lector que le pida a un libro una historia bien contada, y mejor aún si de paso le informa (aportando datos y reflexiones pertinentes) y le entretiene (me refiero a que no hay mejor pasatiempo que  disfrutar con el uso  de una prosa culta, precisa y a poder ser elegante) verá colmadas sus esperanzas con el último libro de Javier Marías.

                La historia, los personajes, las circunstancias, los ambientes y hasta la localización geográfica son perfectamente reconocibles porque, como si dijéramos, son marca de la casa. Y ahí está ese continuo tejer y destejer de los acontecimientos que se desarrollan ante los ojos del lector en una suerte de flujo continuo pero no unívoco ni homogéneo: algo que de entrada parece una evidencia irrefutable puede pasar de inmediato a ser una ilusión, un equívoco o una falsa apreciación según surgen nuevas evidencias, ahora de nuevo irrefutables, o bien las de antes quedan matizadas por la conciencia reflexiva de un narrador sabiamente apostado en un lugar tan privilegiado que casi parece un prestidigitador. Hoy puede ser hoy aunque también puede referirse a ayer porque el testigo habla desde su hoy de ahora pero refiriéndose a unos hechos ocurridos en un pasado relativamente lejano, y en el transcurso de ese lapso el narrador es el mismo de entonces pero cambiado, pues de joven fue testigo y en parte actor de unos hechos que al ser contados cuando ya es un adulto su visión, su percepción de los comportamientos de unos y otros o lo que perdura de ellos ha cambiado y por lo tanto también han cambiado los hechos en apariencia inamovibles, y lo mismo da que  fueran actos de amor, de odio o de indiferencia, y que se cometieran con intención de durar o no: todo está sometido a la acción del tiempo, al paso del tiempo, que es uno de los ejes fundamentales sobre los que se asienta la evidencia de que estamos asistiendo al comienzo de lo malo. Pero vaya con el tiempo. De pronto, en plena acción, todo se detiene y el discurrir reflexivo del narrador puede llevar a Shakespeare o a Faulkner, y al regreso todo puede seguir como antes o no porque los personajes tienen su lógica y también evolucionan y pueden aprovechar el parón para solventar sus propios asuntos, aunque bien pueden haber permanecido inmersos en su propia desgracia.

Curiosamente, en la página 191 hay una intervención que describe esto que estoy tratando de exponer pero de forma más escueta y acertada que yo. La reflexión se centra en la juventud y la infancia, siempre en busca de modelos de comportamiento, y de pronto, acudiendo a la maestría de Hitchcock, dice el narrador: “[…] en aquellas películas hay largos tramos en los que nadie abre la boca y no hay ni el más leve diálogo, en los que sólo se ve a gente ir de un lado a otro y sin embargo el espectador mira la pantalla imantado, con creciente intriga y zozobra sin que para ello haya a veces la menor justificación objetiva. Es la simple observación la que nos crea la zozobra y la intriga. Basta con posar la vista en alguien para que empecemos a hacernos preguntas y a temer por su destino”.

Obviamente, la búsqueda de similitudes entre las películas del maestro del terror y esta novela requiere cambiar la pantalla y el espectador por las páginas de un libro y un lector, y también requiere matizar lo de que la zozobra pueda ocurrir sin la menor justificación objetiva. Se está narrando la deriva del matrimonio de Eduardo Muriel y Beatriz Noguera, y cuando arranca dicha deriva el matrimonio es ya “una larga e indisoluble desdicha”. Paralelamente a la mutua y atroz destrucción de ambos esposos, el narrador recibe el encargo de investigar un acto imperdonable cometido en el pasado por un tercer personaje, el prestigioso pediatra Jorge Van Vechten. Todo ello transcurre contra el fondo de la tan elogiada Transición desde el nefasto y rencoroso franquismo a una democracia que nació lastrada por la consigna de no ajustar cuentas bajo el supuesto de que ganar el futuro era más importante que reabrir viejas heridas y pedir cuentas por unos desmanes que si fueron cometidos durante la guerra pues mira, con las guerras ya se sabe, pero que por desgracia se perpetuaron en una sañuda e implacable persecución a los vencidos que duró hasta el último de los cuarenta años de gobierno de Franco. El paralelismo, y las diferencias, entre el perdón y el olvido al pasado a escala nacional y personal es obvio y mientras parece que en la novela “nadie abre la boca y no hay ni el  leve diálogo” la tragedia del matrimonio Mariel, los desmanes del pediatra y los yerros o aciertos de un joven narrador que lo ve todo desde la distancia del adulto son toda una constante lección moral sobre el amor y su pérdida, los extremos de la abyección y la capacidad de humillar e infligir dolor, la posibilidad, o no, del perdón y los insondables circuitos por los que se mueve el deseo. Para contar todo eso las posibilidades expresivas de la narración son llevadas por Javier Marías hasta el límite de manera implacable y sin concesiones. Nadie ha dicho que la vida haya de ser justa y amena todo el tiempo, pero tampoco ha dicho nadie que preguntarse por el destino de nuestros semejantes no vaya a ser un viaje fascinante y plagado de emociones, incluso sabiendo que con toda probabilidad, en lugar de un final feliz será el principio de lo malo.

 

 

Así empieza lo malo

Javier Marías

Alfaguara

[Publicado el 05/1/2015 a las 11:30]

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Un paseo por el bosque

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Al poco de instalarse en una pequeña población de New Hampshire, después de haber pasado veinte años en Inglaterra, Bill Bryson reparó en la presencia de un pequeño sendero que se internaba en el bosque. Al hacer una primera  investigación supo por un cartel  que en realidad se trataba de un tramo del mítico sendero de los Apalaches, una salvajada para caminantes que partiendo del estado de Maine, en el norte de Estados Unidos, llega hasta  Georgia, en el sur, después de recorrer 3.600 kilómetros en un sube y baja continuo por  esa cadena montañosa que recorre el país a lo largo de la costa Este. Eso es lo que Bryson llamará después  Un paseo por el bosque.

Nada más  saber dónde tenía puestos los pies, y con la sola evocación de las montañas que habría de afrontar si se aventurase a coronarlas  (las Blue Ridge, las Smokies, las Catskills o las Grand Mountains, todas ellas evocadoras de grandiosas hazañas senderistas),  Bryson sintió lo que el naturalista John Muir definió como una necesidad ineludible de “echar una hogaza de pan y una libra de té en la mochila y saltar la valla del jardín de atrás”.

Los preparativos de la estrambótica travesía son hilarantes y al mismo tiempo ofrecen un panorama del viaje terrorífico, y ahí está el caso de los muchachos que acamparon en el sendero y fueron atacados por un oso negro. Ambos se subieron a un árbol cada uno y el oso fue a por el que tenía más cerca, trepó, sujetó a su presa por un pie y la arrastró hasta el suelo para devorarla. Los expertos dicen que si te ataca un oso debes abrir los brazos y erguirte al máximo mientras pegas unos alaridos susceptibles de atemorizar al animal. El problema es que al hacer eso puedes encolerizarlo y recordarle que existes, y en ese caso subirá al árbol y tras arrastrarte al suelo por un pie procederá a devorarte  como hizo con el segundo excursionista, por querer socorrer a su amigo dando gritos.

Aparte de los osos la suma de peligros en el camino resulta tan inquietante, sobre todo para quien trate de hacerlo solo, que Bryson mandó una invitación a todos sus amigos para que le acompañaran, dándose el caso de que nadie respondió  salvo el incombustible Katz, un tipo pasado de forma, gordo como un tonel y cuya máxima esperanza  (por otra parte harto improbable) era que al final de la jornada hubiera  un establecimiento de venta de dunkins donuts para atracarse hasta no poder más y así pasar dulcemente los malos tragos del camino.

Los preparativos para equipar a Katz son igual de hilarantes, lo mismo que las primeras jornadas cargando con unas  gigantescas mochilas llenas hasta los topes de cachivaches y unas vituallas que luego van tirando sin ton ni son, sólo por el gusto de quitarse un peso de encima, y nunca mejor dicho. Y no digamos nada de los pintorescos personajes (la gordinflas, el enterado, los egoístas, los encargados de los campings y refugios) que les van saliendo al paso.

Como es habitual en los libros de Bryson, cuando no pasa nada relevante o el paisaje no es especialmente sugestivo, esgrime la documentación atesorada antes del viaje y que se traduce en noticias abrumadoras. Y ahí está el Servicio Nacional de Parques, que en contra de lo que pueda parecer, es el principal deforestador de Estados Unidos cabiéndole el triste honor de ser el principal constructor de unas carreteras forestales que benefician sobre todo a las compañías madereras que han comprado derechos para arrasar bosques a los que antes no se podía acceder y que por lo tanto en toda su existencia nunca habían escuchado el retumbar de un hacha.

Pero también hay momentos deslumbrantes, como la descripción del estado de Virginia visto desde las montañas con sus boques y llanuras verdes, los valles recoletos y los pueblecitos diseminados por tanta hermosura. De repente el lector se solidariza con el  profesor  Muir en su deseo de cargar la mochila de pan y té  y huir saltando la valla del jardín trasero. Cualquier cosa con tal de ver eso que  Bryson describe con tanto entusiasmo.       

Por desgracia, cuando los dos esforzados  y ahora  más estilizados excursionistas llevaban recorrido poco más de la mitad  del camino previsto, Bryson hubo de regresar a la civilización para promocionar un libro (del que según él se vendieron lo menos sesenta ejemplares) y a Katz le habían ofrecido un trabajo interino en Canadá que no podía rechazar. Y Bryson vuelve pero el camino ya no es el mismo  si faltan los ronquidos de Katz en la tienda de al lado  o sus gritos de júbilo al divisar a lo lejos un puesto con el equivalente local de los dunkin donuts. Y no es que esta segunda parte no sea interesante o que la documentación recogida para amenizar lo que resta de camino sea menos veraz y divertida. Es que falta algo que va más allá de Katz y que a lo mejor se llama entusiasmo o capacidad de sorpresa o lo que sea.

EL consuelo es que mientras tanto el relato del viaje ha sido formidable y el lector ha tenido el privilegio de caminar con el mejor Bryson.

 

Un paseo por el bosque

Traducción de Pablo Alvarez Ellacuria

Bill Bryson

RBA

[Publicado el 29/12/2014 a las 08:01]

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Musashino

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Al lector le basta echar una ojeada al prólogo de James Cahill para saber que tiene en las manos un arma en apariencia diminuta pero que en su día debió de tener una inusitada capacidad destructiva. Y digo diminuta porque de las 160 páginas que tiene esta edición de Musashino sólo treinta pertenecen al famoso relato propiamente dicho. EL resto son cuentos sueltos y el prólogo.

Y en cuanto a la capacidad destructiva del “arma”, al analizar lo esencial del fenómeno Kunikida  se dice en el citado prólogo: “El espíritu de su escritura hay que buscarlo, pues, en el autor de The Prelude [es decirt, Worsdworth], mientras que su técnica narrativa bebe directamente de los novelistas rusos; en concreto de Turguénev y Tolstoi, a quienes reconoció como importantes influencias en su trabajo”. Pero lo curioso es que, en este caso, la influencia es literal y directa, casi podríamos decir que una copia o imitación, por ejemplo cuando, después de transcribir integramente una larga descripción de un bosque de abedules que hace Ivan Turguénev en El encuentro, el propio Kunikida añade: “Fue la fuerza de la descripción lo que me permitió apreciar por primera vez la belleza de los bosques caducifolios”. Y poco antes ha dicho: “Cuando un autor japonés escribe sobre bosques piensa sobre todo en pinos, de manera que la imagen de las lluvias del otoño cayendo sobre los robledales no existe en nuestra poesía. Yo mismo provengo del oeste y ya han pasado diez años desde que llegué a Tokio por primera vez […] sólo recientemente he empezado a apreciar la belleza de los bosques de hoja caduca”.  Como es lógico, el relato de la visita de Doppo Kunikida a la llanura de Musashino es una continua sucesión de descripciones de bosques con o sin lluvia, al amanacer o  al ocaso, con niebla o un sol radiante, casi como un pintor cuando descubre un “tema” o pasa por “un periodo azul”, o “rosa” o lo que sea. Pero con una particularidad: hay que leer con una atención extrema porque no se trata de grandes composiciones pictóricas tipo pompier sino de delicadas miniaturas que parecen haikus, como este poema de Kumagai Naoyoshi que cita el propio Kunikida:

 

“De noche, escucho el sonido de las hojas de los árboles

  y oigo al  a viento avanzar despacio”.

 

O este otro fragmento, del propio Kunikida:

 

"Los ciruelos han florecido.

  Por fin podremos disputar de fantásticas noches de luna.

 

Pero quizá sea mejor situar un poco a Doppo Kunikida para entender su lectura. Nacido en 1871 y muerto en 1908, pasa por ser uno de los introductores del naturalismo en un país como Japón, que llevaba más de tres siglos aislado y que incluso rechaba a cañonazos a los barcos de los comerciantes europeos que trataban de introducir sus perniciosas mercancías. Lo que pasa es que, en 1853, el comodoro norteamericano Perry también abrió a cañonazos los puertos japoneses y la irrupción de la influencia occidental supuso una profunda revolución en el país. Pocos años después caía el shogunato de los Tokugawa y se iniciaba el gobierno imperial Meiji, que impuso el cambio de capitalidad, pasando ésta de Kyoto a Tokio. Con los nuevos tiempos  estalló una pugna enconada entre los tradicionalistas, partidarios de conservar la identidad ancestral aun a costa de renunciar a la “modernidad”, y quienes creían indispensable adoptar lo mejor de Occidente para hacer de Japón una potencia contemporánea.

                Esa pugna perdura en la actualidad con la particularidad de que mientras tanto ha nacido una mentalidad dual encabezada por quienes creen posible consumar la modernización del país sin perder aquellas esencias que permiten a los japoneses reconocerse como tales [Sólo hay que recordar a Murakami escuchando jazz de Nueva Orleáns en un ipod y comiendo nuggets de pollo después de haber hecho jogging con un chandal y zapatillas Nike, sin que por ello haya dejado de ser un japonés hasta la médula). Y quizá se entiendan mejor el exquisito cuidado con que Kunikida se adentra en la mítica llanura de Musashino y su decidida apuesta por la vida sencilla y lo más acorde posible con la naturaleza si se tiene en cuenta que ya entonces, en las fechas en que está escrito el libro, la otrora infinita llanura, escenario de acontecimientos vitales (muchas veces bélicos), reflejada en innumerables poemas y narraciones  y motivo de continuas representaciones pictóricas, ya estaba siendo devorada por un monstruo llamado Tokio, que si en 1730, cuando aún se llamaba Edo, albergaba 650.000 almas, en las primeras décadas de 1.800 pasaba ya del millón y medio de habitantes, casi nada comparado con los 13,5 millones que suma en la actualidad, sin contar la aglomeración humana en su área metropolitana.

                Puesto que, al inclinarse claramente por los autores occidentales en contra de los tradicionales Kunikida se puso de lado de los innovadores, en ningún momento se traduce en sus escritos una crítica a la apabullante presencia de la gran ciudad, pero su decidida apuesta por la naturaleza es significativa, igual que su infinito cuidado en valorar lo efímero, es decir, el sentimiento que se oculta tras un reflejo de la luz del atardecer en las hojas (caducifolias por descontado) de un bosque otoñal.  Y una nota final: una editorial que se atreve a traducir a un autor japonés del siglo XIX merece el trato de  favor que se le debe a la gente de bien.

 

 

Musashino

Doppo Kunikida

Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés

Ardicia editorial

[Publicado el 22/12/2014 a las 11:45]

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Relatos del mar

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 Siguiendo con su política de inventar libros bellos y que al mismo tiempo atraigan a un público lector general, o al menos no especializado, Alba Editorial propone ahora Relatos del mar. En lugar de recurrir a un antólogo de postín, como era el caso de Umberto Eco y sus estupendas Historias de las tierra y los lugares legendarios, la editorial ha preferido apoyarse en el nutrido y muy atractivo elenco de escritores de mucha fama y una reconocida vinculación con el mar, como son los casos de Edgar Allan Poe, Jules Verne, Robert Louis Stevenson, Emilio Salgari, Joseph Conrad y tantos otros. Pero también los hay que sorprende verlos en tan marinera compañía, como Rainer Marie Rilke o el mismísimo Franz Kafka, quien por cierto contribuye con un fantástico relato “El cazador Graco” (fantástico en todos los sentidos) pero que sobre todo resulta ser inequívocamente kafkiano.

Aparte de formar, informar y entretener, la selección llevada a cabo por Marta Salís pone de manifiesto una vez más la profunda fascinación y el no menos profundo impacto que el mar ha ejercido desde antiguo en el imaginario popular. Y en el libro se ofrecen numerosas muestras de todo ello: tormentas fragorosas, naufragios y náufragos, buques fantasmas, tesoros hundidos con el barco que los transportaba, tráfico de seres humanos, piratas, hazañas épicas y lo que quieras. Vemos a Hemingway en la piel de un cazador de tesoros que busca la manera de entrar en un trasatlántico hundido con más de cuatrocientas personas a bordo (para robar, no porque quiera ayudar); a los habitantes de un pueblo gallego que ven aparecer en la playa unas barricas de vino y se apresuran a traer carros porque saben que el mar no tardará en devolver el resto del cargamento de un barco recién naufragado; el dueño de un campo de nabos situado a muchos kilómetros del mar y que al ver una mañana un barco posado sobre su huerto le preocupan más sus nabos que saber cómo ha podido llegar hasta allí tan inesperado intruso. Y hay casos en los que la tensión del relato parece obnubilar el narrador, como le pasa a Baroja en su “Grito en el mar”. El insigne escritor está describiendo el efecto que provocan en un espectador sentado en el borde de un acantilado los asaltos contra las rocas de un mar embravecido; hay una niebla que es “como un alma sumida en la tristeza” y caen gotas “como lagrimones que brotan de un corazón oprimido”. Después dirá que “el mar es como una reflexión del alma del hombre; su flujo es su alegría; su reflujo, la tristeza”. Pero en medio, y cuando lleva ya más de una página acumulando adjetivos para reflejar en el exterior el estado de ánimo interior del observador, sin duda llevado por la emoción del momento, dice: […] olas que avanzan cautelosas, oscuras, pérfidas como el alma de la mujer […].

En el curioso relato que cierra el libro, “Apuestas”, el galés Roald Dahl lo expresa indirectamente al describir los efectos de una tormenta sobre el pasaje de un trasatlántico. Tras la desbandada de los más pusilánimes en respuesta a los primeros ataques de las olas, el sobrecargo “echó una mirada de aprobación a los restos de su rebaño, que estaban sentados, tranquilos y complacientes, reflejando en su cara ese extraordinario orgullo que los pasajeros parecen tener al ser reconocidos como buenos marineros”.

Ése es el secreto. A todo el mundo le llena de orgullo que lo reconozcan como un buen marinero porque ese atributo conlleva necesariamente el valor que caracteriza al hombre de mar pero también la sobriedad, la templanza ante el peligro, la voluntad de sobreponerse a las situaciones más desventajosas y, sobre todo, la conciencia de que en uno mismo hay algo de los grandes hombres que pueblan el imaginario desde Odiseo hasta los domingueros al timón de un yate que probablemente luzca en la popa el cartel de “En venta”. Y leyendo el libro produce un innegable placer sentir esas emociones marineras tan arraigadas pero cómodamente tumbado en un sofá y con un buen scotch al alcance de la mano.

 

 

Relatos del mar. De Colón a Hemingway.

Selección de Marta Salís.

Alba editorial

 

 

 

[Publicado el 15/12/2014 a las 10:01]

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Pronto seremos felices

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Si tuviera que describir la clase de función estructural que desempeña el narrador de esta novela iría dando vueltas hasta encontrar un término capaz de expresar la condición de “omnipresencia invisible”. Y lo explico, ya que por fortuna nadie me pide que pierda el tiempo buscando ese absurdo término.

En cierto modo, Pronto seremos felices podría tomarse por un libro de relatos porque los personajes y las peripecias que les ocurren  constituyen narraciones cerradas en sí mismas y alguna de ellas incluso podría ser eliminada sin que el lector tuviera la sensación de que le están siendo ocultados unos datos esenciales para entender la historia en su conjunto.

Y sin embargo, gracias sobre todo a los recursos narrativos (unos recursos, o imaginación, o sabiduría o como quiera que se llame esa mejoría claramente perceptible en cada nueva novela de Ignacio Vidal Folch) el lector va construyendo por su cuenta un universo  perfectamente estructurado y reconocible, y en el que una serie de personajes aman, luchan, triunfan, fracasan, sueñan y cometen traiciones o llevan a cabo actos heroicos más o menos como ocurre en todos los  universos literarios de los autores grandes.

Esa unidad se logra, en gran parte, porque la acción está ambientada en diversas capitales del Este de Europa (Praga, Sofía, Bucarest e incluso en los Cárpatos)  y porque los sucesos tienen lugar justo antes o después de la caída del Muro de Berlín. Pero es algo mucho más sutil que  un alegato anticomunista o  la crónica de un derrumbe anunciado.

El verdadero nexo de unión, el eje vertebrador que pasa de una narración a otra creando una inesperada continuidad estructural  es ese narrador omnipresente que pregunta, escucha, atesora datos y que a veces incluso interviene en el curso de los acontecimientos, pero siempre desde una discreción rayana en la invisibilidad. Prueba de ello es que al final, y después de haber estado presente en todas y cada una de las páginas del libro, el lector apenas sabe nada de él: que es español, que está en los países del Este comprando y vendiendo cosas imprecisas, que ocupa un puesto no demasiado relevante en una empresa radicada en Madrid y poco más. Su nombre apenas se menciona una o dos veces y siempre de pasada. También se sabe que mantiene relaciones más o menos profesionales con hombres de negocios locales y relaciones sentimentales con diversas damas, por lo general muy atractivas, pero de las que no se da un solo dato que un caballero no daría. Por ejemplo acerca de lo que ocurre en los dormitorios, por favor, qué vulgaridad. 

La relativa unidad de tiempo y espacio, el también relativo exotismo de los escenarios y la peculiar idiosincrasia del narrador  permiten a Vidal Folch prescindir de servidumbres tan poco agradecidas como son la verosimilitud o la creación de climas creíbles y dedicarse de lleno a lo que de verdad interesa, es decir, las narraciones humanas, los recursos de cada cuál para salir adelante en situaciones adversas, la capacidad de adaptación (o no) a unas circunstancias inimaginables pocos años atrás o los pactos consigo mismo para sobrevivirse al día siguiente. Y la tipología es muy variada: la secretaria fiel, la bella flor de invernadero que sobrevive inexplicablemente a la demoledora maquinaria socialista, el genio cinematográfico que ve cortada su carrera por la censura y al que la recién recobrada libertad de expresión le llega cuando vitalmente ya se le ha terminado la vena creativa, o los emprendedores de nuevo cuño, uno que sabe adaptarse a las nuevas reglas de juego y se hace riquísimo y otro que no acaba de entenderlas y también se hace riquísimo pero acaba en la cárcel. Hay de todo.

Y conste que a pesar de la aparente frialdad que podría colegirse de la distancia que muchas veces adopta el narrador frente a los sucesos de su entorno, hay secuencias espeluznantes, como la ejecución del conducator Ceacescu y su esposa contada a través de un reportaje emitido una y otra vez por la televisión mientras los diferentes miembros de la familia se dedican a hacer la comida, a limpiar el polvo o a ir al baño, exactamente como se hace aquí cuando llega un bloque de anuncios vistos hasta la saciedad. O la progresiva caída en desgracia de una camarada, veterana de los primeros fervores revolucionarios, que se va viendo postergada por los nuevos gestores post Muro de Berlín porque éstos la acusan, precisamente, de haber sido demasiado fiel (¿llegó incluso a denunciar a sus compañeros?) al viejo régimen. No sé si es un valor añadido o no, pero las novelas de Ignacio Vidal Folch no se parecen en nada a las que más vienen triunfando últimamente.

 

 

Pronto seremos felices

Ignacio Vidal Folch

Destino

 

[Publicado el 08/12/2014 a las 09:53]

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Sidra con Rosie

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A los cien años de su nacimiento Laurie Lee (1914-1997) continúa siendo  querido y, lo que es mejor, muy leído en Inglaterra. Cuando  en 1959 se publicó Sidra con Rosie se vendieron seis millones de ejemplares y Lee pudo dedicarse por completo a escribir cosas como Cuando partí una mañana de verano (1969) y Un instante en la guerra (1991), continuación del relato autobiográfico que empezó con este su agradecido recuerdo a Rosie. En España no goza de la popularidad de otros escritores anglosajones pero sigue siendo un valor seguro y Nórdica es la tercera editorial que apuesta por él, cabiéndole a Edhasa el mérito de jaber sido la primera (1986). Por su parte  la localidad granadina de Almuñécar ha recordado también la fugaz estancia del escritor británico durante el viaje que realizó a España justo antes de la Guerra Civil y cuyo relato está recogido en la continuación de sus memorias.

            En esta su primera incursión en el campo de la memoria Laurie Lee relata su infancia y adolescencia en la aldea de Slad, un lugarejo perdido en Glocersterhire y que él situó en el mapa para siempre. En su momento fue celebrado porque reflejaba, con una prosa excelente y que todavía hoy admira por su frescura y su aliento lírico, un mundo que ya estaba desapareciendo para siempre. El relato arranca con la brusca llegada del narrador, que tiene tres años,  a lo que va a ser su hogar durante los próximos veinte años: una casa enorme y destartalada, construida en una riera que pone en estado de máxima alarma a toda la familia cada vez que llueve con una cierta intensidad, y rodeada de un jardín exuberante, medio salvaje y repleto de peligros y maravillas. La minuciosa exploración de la casa y el jardín, y de los alrededores según se le vaya ensanchando el mundo al explorador, es un ejercicio que le marcará de por vida y que le servirá después para sentirse como en casa en un universo integrado por paisajes tan lejanos a su experiencia como puedan ser los de la España de antes y durante la Guerra Civil.

Aunque el libro empieza por donde suelen empezar los libros de memorias, por la más tierna infancia, a continuación el relato se desarrolla  en fragmentos temáticos en los que el tema y los personajes priman sobre la cronología. Son muy notorios los dedicados a la casa (con especial dedicación a la cocina), la escuela rural, las dos abuelas (rencorosas, adorables, geniales), la vida en el pueblo y sus habitantes según fuera verano o invierno o el dedicado a la madre, muy representativo de  la postura de Lee ante su propia vida: antes ha contado cómo de niño dormía en la misma cama que ella y el sentimiento de intimidad que él creía eterno se acaba el día que las hermanas se lo llevan con mimos y falsas promesas  al cuarto de los chicos “sólo por unos días”. “Nunca me pidieron que volviera a la cama de mi madre [dirá cuando años después escriba el libro]. Fue mi primera traición, mi primera lección del afable y despiadado rechazo de las mujeres”. Más adelante, cuando centre su atención en ella, el retrato es agradecido y cariñoso, pero hecho desde  esa lucidez que le fue otorgada sin quererlo cuando fue arrojado del lecho materno.

Y esta apreciación vale también para el resto de la memoria. Gloucesterhire  es hoy un lugar paradisíaco y muy buscado por los ricos que no quieren perder de vista a Londres, pero entonces era al mismo tiempo un agujero  miserable en el que el hambre visitaba todas las casas y en el que por consiguiente la vida podía ser despiadada. Y en este sentido es muy esclarecedor el capítulo dedicado, un poco como el resto del libro, a Rosie Burdock, la muchacha con la que bebió su primera sidra debajo de un carro medio oculto por el heno y con la que “sólo nos besamos una vez, un beso seco, tímido, como dos hojas que se rozasen en el aire”.

Antes de eso sin embargo, y al hablar de su propio despertar sexual, al abarcar con la mirada el pueblo entero ha dicho: “Se cometía [en el pueblo] la cuota correspondiente de delitos penales. El homicidio, el robo, el incendio premeditado o el estupro […] Se daban casos de incesto allí donde los caminos eran malos; se daban las usuales amistades entre hombres y muchachos […] la opinión local trataba a los transgresores con el silencio, las sátiras y los apodos […] pero su castigo quedaba confinado a la parroquia”.  Y ahí estaba, para probarlo, el puño del campesino al que robaban manzanas: los puñetazos dolían igual si, además de dejarle sin fruta pescaba a algún gañán solfaldando a una hija en el bosque, pero al menos el puño  “era muestro” y todo quedaba en casa.  

 

 

Sidra con Rosie

Laurie Lee

Traducción de José Manuel Álvarez Flórez y Ángela Pérez

Nórdica

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[Publicado el 01/12/2014 a las 12:09]

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El círculo de los Mahé

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Cuando concedió su tantas veces citada entrevista a la Paris Review, Georges Simenon podía vivir en una soberbia mansión de Connecticut porque para entonces ya era un hombre mundialmente famoso y, por ende, fabulosamente rico. Según calculaban el entrevistador y él, tardaba  semana y media en escribir unas novelas a las que dedicaba dos días completos (¡dos días!) para tomar unas notas sobre las carpetas que después irían recibiendo el fruto de su labor diaria (unas ochenta páginas mecanografiadas). Una vez puesta la palabra Fin, esas novelas eran sometidas a una corrección que consistía fundamentalmente en borrar todo rastro de “literatura”. Es inútil buscar en sus libros una metáfora, un pensamiento filosófico o un juicio moral y ni siquiera la descripción de un atardecer particularmente hermoso.  Si el atardecer lo merece se dice “era hermoso”, y punto. Como decía Julian Barnes en un artículo que le dedicó cuando a mediados del siglo pasado Penguin reeditó todas las novelas de Maigret, Simenon escribe en blanco y negro y en los momentos más brillantes puede recordar una fotografía de Cartier Bresson o un fotograma de Jean Gabin con el sombrero, la pipa y el gabán, todo en tonos rigurosamente grises.  

                Otra acertada observación de Barnes es lo antiguo, por no decir desaparecido, que resulta a los ojos de hoy el universo de Simenon, extraído directamente de la Francia profunda, provinciana,  algo desencantada, polvorienta y recién salida de unos coches de caballos todavía en uso en algunas remotas zonas rurales a las que, helás, también llegaba la maldición del crimen. Pero lo curioso es que, y sigo parafraseando a Barnes, aun siendo un universo ya desaparecido los  motivos, anhelos, pasiones y tabúes que impulsan y condicionan a los personajes resultan perfectamente reconocibles hoy porque, en cierto modo, son impersonales, atemporales y, vaya por Dios, personales en el sentido de que eso mismo que atenaza, obsesiona y en definitiva destruye al protagonista de El círculo de los Mahé podría aquejarle a cualquiera. Porque esa es otra de las tesis favoritas de Simenon y que está presente tanto en las novelas de Maigret como en las que él llamaba “duras”: el crimen no es un acto excepcional y reservado a seres de excepción porque en el fondo de toda persona yace un criminal. Que éste salga o no a la superficie es una cuestión casi de azar, o una jugarreta taimadamente planeada por el destino.  Quién no se harta un buen día, dice Simenon con toda naturalidad, de su mujer, sus hijos, sus amigos, su casa, su carrera y, por fin, su vida. Cómo no sentir que alguien (por ejemplo esos omnipresentes Mahé que llevan generaciones  dejado su huella en toda la región) ha diseñado tu vida como si ya hubiera pasado antes por ahí y supiera de antemano ofrecerte todo aquello que aceptarás sin rechistar porque es lo que en el fondo deseas. Hasta que un día, oscuramente, mitad de forma consciente y mitad porque es un anhelo que surge de lo más oscuro, dices basta y empiezas a desmontar todo lo que otros (sin ir más lejos, tu propia madre) montaron para ti.

                El desencadenante, el equivalente al anzuelo que el doctor Mahé lanza una y otra vez desde la barca con la obsesiva esperanza de pescar una corvina negra, es una adolescente misérrima que está sacando adelante a sus hermanos pequeños con el trabajo de sus manos y por la que el desencantado doctor desarrolla una morbosa obsesión (ni siquiera él se atreve a llamarla amor). Y este es otro de los sentimientos a los que Julian Barnes se refería al mencionar su carácter de universal, primero porque le pueden aquejar a cualquiera, pero sobre todo porque son una cuestión intemporal: tanto en la Francia provinciana y años treinta que describe Maigret como en cualquier país civilizado hoy, acosar públicamente  a una menor sin ni siquiera ofrecer la coartada del amor está mal visto y quien pese a todo acabe destrozando la vida de esa criatura lo terminará pagando, ya sea porque la sociedad le pasa la correspondiente factura o porque el propio malhechor se quite de en medio antes que asumir su desvarío.

                Gran parte de las noticias que daba el propio Simenon sobre su sistema de trabajo  (dos días para pensar la novela, una semana y media para escribirla a razón de ochenta páginas al día y una corrección que no entrañaba reescribir, reinventar o reorientar lo escrito porque el objetivo era quitar cualquier asomo de “literatura”) son rastreables en El círculo de los Mahé. Y es asimismo cierto que son perfectamente visibles las limitaciones y vacilaciones y todo el resto de detalles accesorios cuya revisión podría aliviar el texto y redondear la historia. Pero no es menos cierto que a cualquier otro que no sea Simenon le resultaría imposible ofrecer un relato con la intensidad y la dimensión trágica que él es capaz de transmitir en sólo ciento y pico de páginas.  Con el agravante de que encima puede decirse lo mismo de las quinientas novelas que al parecer escribió.

 

 

 

 

El círculo de los Mahé

Georges Simenon

Traducción de Núria Petit

Acantilado

                 

 

[Publicado el 24/11/2014 a las 07:32]

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Fantastes

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A quien no conozca a George McDonald le basta mirar la cubierta o las guardas de la edición de Atalanta, ambas obra del pintor Richard Dadd, para saber lo que le espera: una avalancha de hadas diminutas, bosques siniestros, palacios maravillosos, árboles con muy malas intenciones, ogros y ogresas, dondellas convertidas en estatuas de mármol, caballeros artúricos en busca del Santo Grial, gigantes y dragones. Es decir, todo el elenco mágico al completo, con sus conjuros y encantamientos.

            Sin embargo, lo que en el ámbito de la lengua española se conoce como cuentos de hadas sería más adecuado llamarles märchen, sobre todo a partir del momento en que los primeros románticos se valieron  de ellos como vehículo para sus relatos fantásticos, sobre todo porque les permitía explotar elementos simbólicos tan expresivos  como el del viaje de iniciación, siendo el ejemplo más conocido el Enrique de Ofterdingen, de Novalis. Y en ese sentido McDonald enlaza directamente porque Fantatstes es un fantástico viaje de iniciación : un joven del que apenas se dan más datos que su nombre, Anodos, y que acaba de alcanzar la mayoría de edad, se despierta una mañana arrullado por un murmullo de agua corriente. Al abrir los ojos ve que por su habitación corre un arroyo, que la cama es un árbol y que las paredes son vegetales. Como si se tratase un deseo largo tiempo guardado, el joven sigue el curso del riachuelo que le conduce a un tupido bosque y, sin más se adentra en el mismo para iniciar un viaje incierto pero imposible de renunciar a él.

            Con esa sencillez se inicia el viaje de Anodos hacia lo desconocido. “¿A dónde te diriges?”, le pregunta una campesina que vive justo en el linde del bosque. “No lo sé”, responde el joven, “Pero quiero ver todo lo que haya que ver”. Uno de los elementos indispensables en ese viaje a lo desconocido es la transgresión. A Anodos le dicen que no se adentre en el bosque de noche porque el Fresno, que en realidad es un ogro, le atrapará, pero el joven se adentra y es atrapado por el ogro Fresno; le dicen que no abra una puerta y, para su desgracia la abre; le dicen que no toque las estatuas de mármol de un palacio maravilloso y toca a una y siembra la desdicha. Para conocer hay que transgredir las leyes de la experiencia y arriesgarse a adentrarse en lo desconocido sin garantía de que se vaya a volver.

             Por eso se adentra en el bosque repleto de horrores y maravillas aun sabiendo que no hay vuelta atrás . Es sin duda un mundo insólito pero, en el fondo, hospitalario y sencillo, donde la cosas ocurren con naturalidad ya sea porque nacen o porque mueren pero sin desgarros. Ese mundo en el que se adentra Anodos tiene “ciertas cualidades incomprensibles del reino de la muerte”, dice C.S. Lewis en el prólogo, pero añade con una precisión encomiable:”de la buena muerte”.

            La última y más censurable de las transgresiones, alejarse del reino de la vida para adentrarse en el de la muerte, resulta ser más un premio que un castigo. “Estaba muerto y satisfecho. Yacía en mi féretro con las manos entrelazas serenamente”, dice Anodos después de morir con dignidad. Y añade: “Me sentía como si una mano fresca se hubiera detenido en mi corazón, apaciguándolo”. Y aunque pueda sonar escandaloso, Anodos afirma que en el reino de la muerte “algún día los amores serán correspondidos. Algún día los amores sinceros contemplarán su propia imagen en los ojos del ser amado con una alegría humilde.  Esto es lo que sucede en el noble reino de la Muerte”. Y si hay quienes sienten un resto de aprensión, porque las viejas ideas que tienen de la muerte son muy distintas, Anodos les tranquiliza. “Ah, amigos mios. Cuidaré de vosotros, os serviré y os acompañaré con mi amor”.

            Contra todo pronóstico, de cuando en cuando George McDonald hace un alto en el torbellino de conjuros, bosques maravillosos, hadas (algunas sorprendentemente gamberras), caballeros que salvan doncellas de las garras del dragón o gigantes que tienen martirizado un reino entero con sus felonías, y consigue introducir lo que podría llamarse el mundo real con unas frases cortas y certeras como disparos. Tras una gran ilusión rápidamente perdida:”La alegría es como la vida, no se basa en ningún argumento”. Hablando de uno que trata de llevar dignamente la pobreza: “¿De qué no se enorgullecen los hombres cuando están condenados a ello?”. O esta expresión de la tristeza después de un fatal lance de amor:”El cielo, con un sol  espléndido, era un desierto sin corazón”. Al igual que le pasa a Alicia en el país de las maravillas, más que un cuento de niños Fantastes es un cuento para contar a los niños y dejarles que ellos mismos vayan desentrañando el curso de los acontecimientos. Con el paso del tiempo comprenderán que Anodos va mucho más allá de las hadas, los ogros y las doncellas encantadas. Y lo que es seguro es que nunca reprocharán a George McDonald que haya compartido con ellos sus ensueños y fantasías.

 

Fantastes

Geoge McDonald

Traducción de Juan José Llanos

Atalanta

 

 

[Publicado el 17/11/2014 a las 16:21]

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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