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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 20 de agosto de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

La familia Karnowsky

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Pese a que esta novela se inscribe de pleno derecho  en la gran corriente narrativa centroeuropea de finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX su autor, I.Y. Singer, raras veces figura en las listas de los más grandes. Y no sólo suele ser olvidado sino que, en caso de ser citado, la crítica le trata con cierta condescendencia por considerarlo excesivamente “próximo” a Thomas Mann.  Sin embargo, con el tiempo ha podido verse que esa injusta falta de aprecio  fue en gran parte debida a dos circunstancias por completo ajenas a su auténtica valía literaria. La primera de esas circunstancias  hay que atribuírsela a la sombra progresivamente ominosa de su hermano I.B. Synger, once años más joven y que le fue comiendo el terreno como figura pública hasta anularlo tras recibir, en 1978, el  premio Nobel de Literatura en reconocimiento a su gigantesca labor en favor de la difusión y consolidación del yiddish, una lengua que en 1930 era hablada por 13 millones de personas y que se había reducido dramáticamente al término de la II Guerra Mundial.

 La segunda circunstancia que jugó en contra de la aceptación y reconocimiento popular del mayor de los Singer no deja de ser curiosa. Su primera novela, Los hermanos  Ashkenazy (1936), estaba ambientada en las complejas, contradictorias, excluyentes y casi siempre conflictivas relaciones entre las comunidades judías establecidas en ese turbulento rincón del mundo llamado Galitzia unificado más o menos por una lengua común, el yiddish, pero hablada a su aire según el hablante fuese polaco,  checo, eslovaco, ucraniano, buielorruso, rumano o húngaro, sin olvidar que los imperios ruso y austriaco estuvieron siglos disputándose la hegemonía sobre la zona y dejaron su impronta sobre la lengua, en especial el alemán. Quien desee profundizar en el verdadero significado de “complejas, contradictorias, excluyentes y casi siempre conflictivas relaciones” entre comunidades judías puede acudir a Pensar el siglo XX, de Tony Judt, pero eso no le garantizará que vaya a entender gran cosa porque, en efecto, es un galimatías inextricable.

Sin embargo no solo estaba escrita en yiddish sino que encima era una buena novela, por lo que tenía mucho terreno ganado cuando, en 1943, publicó La familia Karnowsky, así descritos en las primeras líneas del libro:”Los Karnowsky de la Gran Polonia eran conocidos como hombres obstinados y polemistas, aunque también estudiosos y cultivados, sin duda unas mentes de hierro”. Comprendiendo que en ese rincón del mundo no tienem futuro, el patriarca del clan, David Karnowsky decide trasladarse con toda su familia a Berlín, y una vez establecidos en la gran capital ordena su vida y la de los suyos de acuerdo con una estrategia única: adaptarse al medio y sus costumbres, pero siendo “judíos entre judíos y alemanes entre alemanes”. A pesar de que la desastrosa I Guerra Mundial supuso un grave deterioro de  las condiciones económicas y sociales, y exacerbó los odios raciales, mal que bien la estrategia permitió a los Karnowsky llegar a la cumbre en la figura del primogénito, Georg, que después de unos inicios vacilantes acaba siendo un ginecólogo altamente respetado en las más distinguidas esferas sociales y diplomáticas. Sin embargo, el progresivo poder de las fuerzas políticas emergentes (en la novela llamadas Orden Nuevo) y sus cada vez más violentas agresiones contra los judíos aconsejan a Georg Karnowsky emigrar con su familia a Nueva York, al igual que hicieron cerca de 100.000 familias más por esas fechas.

Curiosamente , en las más de 500 páginas de texto no se hace una sola alusión al Holocausto y esa fue una de las razones por las que, pese a su buena acogida inicial, casi de inmediato la novela fuese literalmente barrida de las librerías por los relatos de la inimaginable tragedia que por esas mismas fechas estaba teniendo lugar en la Alemania nazi a raíz de la política de exterminio decretada por Hitler.

                Aunque sea una bestialidad incluso mencionarlo, a nadie se le escapa que la muerte de seis millones de personas fría y sistemáticamente ejecutada por una maquinaria de exterminio tan precisa como desalmada  es un material literario como nunca jamás se le había ofrecido a un narrador y (es de esperar) nunca jamás le vaya a ser ofrecido a nadie más en el futuro.  Entonces, ¿por qué el silencio de I.Y. Singer?

En primer lugar porque en el momento de ser escrita la novela (1940-1941) se conocían las progresivas agresiones de los nazis contra los judíos (internamiento en campos de concentración, reducción a la condición de esclavos laborales, altísima mortandad debido a las “malas” condiciones higiénicas y alimenticias de los campos, etc) pero la idea del exterminio sistemático no se adoptó oficialmente hasta el 20 de enero de 1942 en la llamada Conferencia de Wannsee. Además, como bien se ve en la novela, las autoridades alemanas concedían con cierta liberalidad los permisos de emigración porque era una forma barata y rápida de confiscar las fortunas que las grandes familias judías dejaban gustosamente detrás con tal de acabar con la pesadilla que eran sus vidas en Alemania y los territorios conquistados.

Además del relativo desconocimiento de lo que estaba pasando en realidad, los propios exilados eran muy reticentes a contar sus experiencias, o la suerte corrida por muchos familiares y amigos, debido a que para recibir el correspondiente permiso los emigrantes debían jurar que no contarían nada en sus países de destino, y ahí es donde surge uno de los personajes más interesantes (y siniestros) de La familia Karnowsky, el doctor Zerbe, un miserable esbirro de la Gestapo enviado como cónsul a Nueva York con la misión específica de espiar a la colonia judío germana local y obligarla a mantener silencio con la amenaza de las represalias que sufrirían sus familiares.

En la práctica, el silencio de I.Y. Singer no tiene gran importancia porque el lector actual dispone de información suficiente para poner de su parte cualquier aspecto de la tragedia que falte, aparte de que tiene ocasiones de sobras para constatar la inutilidad de la gran estrategia del patriarca al alentar a los suyos a ser “judíos con los judíos y alemán con los alemanes”.   La primera parte de dicha estrategia no hacía sino agravar su “culpa” a ojos de los verdugos, y la segunda hacía más incomprensible la situación de todos ellos, aquí simbolizados por ese pobre Ludwig Kadish, condecorado con la Cruz de Hierro por su heroísmo durante la I Guerra Mundial y que al serle confiscado su negocio les nuestra sus verdugos el ojo de cristal que entregó gustoso en su momento en beneficio de la patria. 

La familia Karnowsky

Israel Yehoshua Singer

Traduccion del yiddish de Rhoda  Henelde y Jacob Abecasis

Acantilado

 

   

[Publicado el 27/6/2015 a las 10:49]

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Capturar la luz

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Antes de aventurarse  a leer este libro  es aconsejable repasar con cuidado el apartado de Agradecimientos y el Índice analítico. La sola mención de las instituciones académicas a las que el autor agradece que le brindaran la oportunidad de trabajar allí y relacionarse con los respectivos cuerpos docentes, o la lista de autores y personajes mencionados a lo largo del libro basta para disipar cualquier falsa esperanza de que Arthur Zajonc sea un divulgador o un visionario dispuesto a llenar casi cuatrocientas páginas de anécdotas y curiosidades más o menos científicas, por no hablar de interpretaciones esotéricas o casi mágicas. Lejos de ello, Arthur Zajonc es un científico puro que lleva toda la vida tratando de comprender ese misterioso  fenómeno al que llamamos luz. Lo que ocurre es que por fortuna el autor es un científico  un tanto peculiar porqure, a diferencia de lo que hacen muchos colegas suyos, no trata con paciencia y benevolente suficiencia los esfuerzos de interpretación que se han hecho desde tiempos inmemoriales en  campos muy alejados  de la ciencia. Y como él mismo dice, “la luz ha dado lugar a innumerables asociaciones artísticas y religiosas de una belleza extraordinaria.  Los físicos  lo han abordado por medio de la ciencia; los pensadores religiosos, por medio del símbolo; los artistas y los técnicos, por medio de la práctica. Cada una de esas perspectivas da voz a una parte de nuestra experiencia. […] A lo largo de los tres últimos siglos las dimensiones artísticas y religiosas de la luz se han mantenido aisladas de su estudio científico. Me parece que ha llegado la hora de volver a unirlas y elaborar una imagen más completa de la luz que la que cualquier disciplina es capaz de ofrecer por separado”.

                El propósito del libro, pues, queda claramente definido: una investigación a través del tiempo acerca de las conjeturas, intuiciones, hallazgos y errores realizados a  través del tiempo por personalidades tan dispares como Homero, Zoroastro, Juan el Evangelista, Brunelleschi, Newton, Thomas Young, Goethe (largo y tendido) Faraday, Maxwell, Rudolf Steiner, Einstein, Feyman, David Bohm o John Wheeler. Si algunos de estos nombres resultan desconocidos o no quedan bien situados, no tema el lector porque Zajonc se encarga de situárselos en el tiempo y su circunstancia, dibujando en ocasiones unos personajes tan fascinantes, como por ejemplo Faraday, pero también Brunelleschi y otros, que cuesta trabajo no dejar la lectura para ponerse a buscar información sobre ellos y terminar de conocerlos. Y lo mismo cabe decir de fenómenos como el arcoíris o la aurora boreal, en apariencia archiconocidos pero que al ser examinados con un poco de cuidado resultan ser tan desconocidos y misteriosos como la luz misma. Porque ésa es otra.

                Antes de exponer sus intenciones al escribir este libro (tal y como quedan reflejadas en la cita reproducida más arriba) Arthur Zajonc  ha hecho un pequeño recuento de sus  esfuerzos de toda la vida por entender qué es la luz, y aunque reconoce el gran avance que supuso la teoría cuántica, una teoría que todos los grandes físicos modernos se han esforzado por comprender en toda su complejidad aunque haya sido en vano, dice:”Cuando entendí que, pese a toda la fuerza, precisión y belleza de la óptica cuántica, todavía no sabemos lo que es la luz, me entusiasmé. Los viejos ídolos científicos de la luz han sido destruidos como efigies caducas, y todos los intentos de modelar otros nuevos han fracasado. No podía resistirme a internarme por todos los pasadizos – los antiguos y los nuevos- de la enorme mansión de la luz. Este libro relata mis hallazgos”.

Y esas son las reglas del juego que propone Arthur Zajonc: adentrarse en los pasadizos de la mitología, la ciencia, la religión, la poesía o la pintura con todo rigor y sin concesiones, pero también con la honestidad necesaria para dejar claro, desde el primer momento, que sabemos un montón de cosas y enigmas sobre la luz y que las mejores mentes de cada siglo han tratado de dar respuestas… sin conseguirlo. Es decir, que solo sabemos que no sabemnos nada de cierto. Y puesto que al terminar el libro no habrá un ceñudo profesor queriendo conocer lo que se ha aprendido, el lector tiene libertad absoluta de administrar su atención y gozar de los numerosos pasajes  en los que el autor ha sabido reflejar la belleza que transmite la mente humana cuando trata de dar cuenta creativamente de algo que le fascina.

 

Capturar la luz

Arthur Zajonc

Traducción de Francisco López Martín

Atalanta

 

  

 

[Publicado el 21/6/2015 a las 12:17]

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Paseos por Berlín

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Franz Hessel, nació en 1880 en Stettin (Pomerania), aunque los años decisivos de su formación los pasó en Berlín. En 1900 se trasladó a Múnich, donde estableció una fecunda relación con Stefan George, y a partir de 1906 alternó prolongadas estancias en París con visitas frecuentes a su ciudad de adopción, Berlín, fundamentalmente en su calidad de traductor y colaborador externo de la editorial Rowolt. Fue un hombre extremadamente discreto y poco dado a la presencia pública, hasta el extremo de que su figura podría estar hoy casi olvidada fuera de los círculos más eruditos de no mediar dos circunstancias perfectamente ajenas a su quehacer intelectual. En 1920 escribió Romance en París, una novela que pasó sin pena ni gloria hasta que en 1953 François Truffault la llevó al cine y la hizo mundialmente famosa bajo el título de Jules et Jim. Hessel había muerto doce años atrás en el más completo anonimato, pero incluso de haber estado con vida hubiese renunciado con firmeza pero sin estridencias a esa fama vicaria. Si detrás de Jules estaba él mismo, Jim escondía al crítico Henri-Pierre Roché, un amigo de Hessel que mantuvo con la entonces esposa de éste, Helen Grund, el sugestivo mènage à trois  que tanto llamó la atención en la opinión pública del momento y que, es de suponer, tantos matrimonios debió de pulverizar cuando las esposas se avinieron a encarnar el papel que con tanto donaire llevaba Jeanne Moreau en la película. El otro momento de fama le llegó de refilón ya bien entrado el siglo XXI cuando su hijo Stéphane publicó un libro/manifiesto que iba a tener incalculables consecuencias entre los jóvenes asqueados de la sociedad de su tiempo: ¡Indignaos!

                El aspecto más notable y provechoso de las estancias de Hessel en París fue, de un lado, el profundo conocimiento y complicidad que llegó a adquirir con la ciudad y que luego podría aplicar al recuento de sus paseos por  Berlín. Pero más decisiva aún iba a ser su amistad y colaboración con Walter Benjamin,  con el cual llegó a traducir al alemán una gran parte de En busca del tiempo perdido, de Proust. Ambos vivían de lleno el bullente París de los Años Veinte, cuando la pintura, la música, la literatura y, cómo no, el pensamiento, estaban recibiendo unas corrientes de extraordinaria creatividad e inventiva. La Primera Guerra Mundial había sido una verdadera hecatombe para Europa y era imperativa la búsqueda de  vías con las que cimentar los nuevos tiempos.

                Benjamin y Hessel estaban inmersos en esa búsqueda de horizontes nuevos y,  cada cual a su manera, eran muy conscientes del papel que les correspondía jugar. En la práctica, Benjamin se inclinó por retroceder hasta el Segundo Imperio y situó, en la figura de Baudelaire, el nacimiento de la modernidad metropolitana. En este sentido es fundamental un pequeño texto titulado “El pintor  de la vida moderna”, en el que el poeta francés destacaba la peculiar mirada del “paseante” (el flâneur) capaz de descubrir, interpretar y revitalizar el paisaje urbano. A diferencia del viajero clásico ( y sobre todo en contra de la peor versión de éste, el turista) el flâneur no deambula por las calles en busca de monumentos, lugares emblemáticos o símbolos universales que denoten la inmutable trascendencia de la ciudad. Para Benjamin, el flâneur ha tenido que reeducar su mirada y darle la capacidad de percibir síntomas, huellas, presencias antiguas y esencias (que tanto pueden ser olores como colores o sonidos) capaces de articularse en forma de un discurso personal, inédito e irrepetible, pero al mismo tiempo reconocible y asimilable por parte del lector.

                Aunque Hessel era menos teórico que Benjamin, casi al mismo tiempo de publicar Paseos por Berlín escribió un pequeño ensayo titulado “El difícil arte de pasear” en el que exponía sus ideas sobre el ejercicio del paseo y que, resumiendo mucho su posición, podría expresarse diciendo que el flâneur es el guardián del genius loci, el hombre que recorre las calles sin un propósito definido y, mucho menos aún, una idea preconcebida. Por mal que le miren los atareados ciudadanos, por sospechosa que sea la presencia de un desocupado que husmea los rincones sin interés aparente o que importuna a los residentes con sus preguntas y precisiones, el paseante se impregna lentamente de las sorpresas que le brinda el azar.

                En la práctica, Franz Hessel tradujo ese afán por merodear en un libro delicioso. Muchas de sus observaciones y noticias son de los Años Veinte, y desde entonces la capital alemana ha sufrido convulsiones tan poderosas como el ascenso de la pequeña burguesía que nutría las filas del partido Nacional Socialista y el arrasamiento de la sociedad judía, o convulsiones tan arrasadoras como los bombardeos de la Segunda Gurerra Mundial y la posterior (y actual) reconstrucción a base de planes muchas veces faraónicos. Y sin embargo, aunque el Berlín del que habla Hessel poco tiene que ver con el actual, el libro es una joya repleta de pequeños hallazgos  (esos hombres-anuncio con carteles que dicen: WALTERCITO, EL CONFORTADOR DE ESPÍRITUS CON UN CORAZÓN DE ORO…EL CAÑÓN DEL ÁNIMO MÁS FAMOSO DE BERLÍN…), la detallada descripción de los diferentes talleres artesanales reunidos en un antiguo almacén (cómo se fabrica y decora un marco de espejo, por ejemplo) o detalles curiosos, como el comentario a la “próxima” inauguración del famoso templo de Pergamon. Como le ocurre al París de Leon Paul Fargue, el Berlín de Hessel es la experiencia de toda una vida y habla de él como hablaría de su familia, o de su casa. Y la narración resulta apasionante y entrañablemente cercana.

 

Paseos por Berlín

Franz Hessel

Traducción de Manolo Laguillo

Errata Naturae

                 

 

[Publicado el 09/6/2015 a las 18:01]

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El niño que se desnudó delante de una webcam

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Escribir una novela siempre ha sido una práctica de algo riesgo porque  terminarla y publicarla es sólo el principio de una aventura que es lo más parecido a un salto al vacío sin red. No obstante, y aunque la sociología de la literatura tiene registrada una infinita variedad de las quisicosas ocurridas  a las novelas y sus autores una vez que ambos se someten al juicio público, no cabe duda que el mayor riesgo de todos es que la novela sea mala sin paliativos. Lo que se dice un patinazo, del que ocasionalmente no se libran ni los maestros.

                Antes, cuando las cosas de la literatura las llevaban los profesionales de las letras y no los publicistas se decía que escribir una mala novela costaba siete años de silencio, y es de suponer que se decía porque la experiencia demostraba que ese era el plazo requerido para que los lectores olvidasen la infamia que determinado sautor les endilgó siete años atrás.

                José Serralvo, el autor de El niño que se desnudó delante de una webcam muestra el camino hacia un nuevo peligro, pues corre  el riesgo de meter al enemigo en casa porque (¡todavía hoy!) existe una invencible tendencia a identificar al autor con su obra y si ese Serralvo sabe tanto de pornografía infantil y pedofilia… Que no se extrañe si a partir de ahora las madres de su escalera corren a poner a salvo a sus niños cada vez que lo vean entrar o salir de casa.

                El título, sin ir más lejos, da una cierta idea del contenido de la narración. Pero sólo en lo que se refiere a las primeras páginas, porque según se van sucediendo las situaciones, y con la sola relación de los sucesos narrados se podría escribir un tratado no sólo sobre las prácticas y preferencias pedófilas sino también sobre las perversiones que tales prácticas y preferencias potencian. Aunque en la novela se diga de otra forma, queda claro que la satisfacción sexual (como todo en esta vida) está sometida a las leyes de la termodinámica y más concretamente a la de los rendimientos decrecientes, razón por la cual llegado un momento determinado, y que suele coincidir con la pérdida del sentimiento de novedad y la llegada de la repetición y la monotonía, para conseguir el mismo grado de satisfacción se exige un aumento exponencial de la “práctica”, y ese es un camino irreversible hacia la perversidad.

                Lo que hace no sólo legible sino apasionante la lectura de esta historia de un niño que es inducido a las mayores aberraciones y abyecciones por parte de adultos que lo manipulan como quien maneja una marioneta es la notable habilidad del protagonista/narrador para situarse en un terreno que está más allá de la moral, la crónica negra, el reportaje sensacionalista y, menos aún, el testimonio de denuncia. Es un ejercicio de estilo muy meritorio porque la voz narradora va bordeando todo el rato el abismo sin caer nunca en él, o al menos nunca del todo. En parte gracias al humor, pues por raro que parezca hablando de lo que se habla hay golpes de humor estupendos.

                En ningún caso se recurre a la autocompasión y menos aún al yo era inocente, yo no sabía, fui engañado, de haberlo sabido… Por descontado que el niño de doce años que cae en manos de un ciberacosador y perversor de menores no tiene ni idea de dónde se está metiendo y, menos aún, de lo que le va a pasar. Pero tampoco es del todo inocente y llegado un momento dado de su desarrollo como persona es tan manipulador como manipulado, o por llevarlo a un terreno mucho más conocido, es tan víctima como verdugo, y éste probablemente sea el aspecto más novedoso e instructivo del trabajo de José Serralvo.   

                La práctica de la pedofilia no tiene asidero moral alguno porque no es una relación de igualdad ni siquiera cuando hay un cierto grado de consentimiento por parte del débil (por ejemplo respecto a su participación en las fabulosas sumas de dinero que mueve ese negocio). Pero si la práctica en sí carece de apoyatura moral es porque, como dice el protagonista/narrador, la pedofilia es “la expresión de la sexualidad de un adulto deshumanizado que contribuye a deshumanizar a un niño”. Objetivar al niño, deshumanizarlo, es la coartada perfecta para justificar las mayores iniquidades. Pero también es la vía hacia la destrucción del deshumanizador porque está creando monstruos que  terminarán manipulándolo a él: son los dueños de su placer y su única vía de satisfacción, y qué mejor definición del verdugo.

Pero si la narración capta la atención del lector y no la suelta hasta el final es porque José Serralvo pone continuamente en juego recursos muy variados y que vienen directamente de Nabokov, David Foster Wallace, entre otros, pero también vías narrativas tan paralelas, atractivas y ricas como pueda ser una historia de amor. Peculiar, como todo, pero amor.

 

El niño que se desnudó delante de una webcam

José Serralvo

Los libros del Lince.   

[Publicado el 29/5/2015 a las 22:07]

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Otra vida

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Actualmente Per Olov Enquist es el escritor vivo más prestigioso de Suecia. Es periodista, crítico, ensayista, autor teatral, novelista y guionista cinematográfico. Es una figura pública pero nunca ha sido un padre de la patria como antaño lo eran los grandes escritores. Su carácter independiente, su propensión a defender causas a veces no muy populares y, sobre todo, su larga y conflictiva dependencia del alcohol no han hecho de él una figura fácilmente asimilable o adecuada para ser elevada a la categoría de referente social. Al referirse a él los encargados de regir los destinos culturales y repartir las prebendas, lo normal es que digan frunciendo el ceño: “Ese Enquist…”.

Otra vida es una autobiografía falsa en el sentido de que es muy probable que todo cuanto dice ocurriese de verdad, pero contado desde la otra orilla, es decir, desde el remanso al que llegó (él lo relata así) cuando descubrió que redactar de un tirón las treinta primeras páginas del libro luego titulado La biblioteca del capitán Nemo, y que esas páginas fuesen legibles, indicaba que el alcohol no le había destruido del todo el cerebro. “Suena cursi, pero un libro, ese libro, me salvó la vida”, dice ahora.

                Lo primero que llama la atención de Otra vida es que está escrito en presente y en tercera persona, por lo que la palabra “yo” no aparece una sola vez en las casi seiscientas páginas de remembranzas.  Y quienes opinan que contar en presente una vida tan larga tiene por fuerza que resultar monótono se equivocan porque “ese Enquist” tiene toda clase de recursos y se las apaña para que no se note su reiteración en el uso del presente. Y otro tanto ocurre con la tercera persona. Al principio se habla del niño, aquel niño, ese niño, pero cuando crece un poco ya ni eso necesita porque todos sabemos a quién se refiere cuando dice fue, vino, pensó, creyó, etc. Según él, empezó el libro en primera persona pero pronto descubrió que no le funcionaba y se pasó a la tercera porque eso le permitía un saludable distanciamiento con el personaje, sobre todo a la hora de contar pasajes muy íntimos y conflictivos de su vida, que son muchos. La profunda influencia del pietismo en el pasado y el presente de Suecia (y por lo tanto la profunda huella que ha dejado en él) le permite ofrecer unas páginas espléndidas de su infancia, ya sea en lo relativo a su curiosa relación con el padre muerto coincidiendo casi con el nacimiento de “ese niño” o su relación no menos curiosa con una madre posesiva, acérrima y obsesiva en lo religioso. Fantástico el recurso al padre que se inventa para frenar y evadirse de la asfixia materna, todo ello salpicado de imágenes sin parangón con las infancias sureñas, y me refiero por ejemplo al relato de  los desplazamientos diarios hasta la escuela en esquíes, en pos de la madre, buscando la protección de los bosques pero atravesando también llanuras batidas por los vientos polares y a no sé cuantísimos grados bajo cero. El pueblo, Hjoggöbole, está mil kilómetros al norte de Estocolmo, y allí pasan cosas tan curiosas como es el hecho de que, teniendo sólo ochenta habitantes haya dado cinco escritores notables, o seis contando a Stieg Larsson, que era de por allí cerca. Otra singularidad, que por fuerza, tiene que influir poderosamente en sus habitantes:  en Hjoggöbole anochece a las dos del mediodía…

                Y otra curiosidad mas: las librerías están repletas de biografías, autobiografías y novelas que reflejan lo acontecido en Occidente durante la segunda mitad del siglo XX, pero casi siempre escritas por autores norteamericanos, ingleses, franceses, alemanes o incluso italianos. Ver eso mismo (Vietnam, mayo del 68, los Beatles, los movimientos de liberación racial en Estados Unidos, los conflictos de Israel con los palestinos, los sucesivos movimientos literarios, la figura de Ingmar Bergman o del mismo Olof Palme y tantos otros iconos que han forjado la imagen del siglo pasado) a través de los ojos de un sueco de mirada penetrante les da un carácter curioso y, sobre todo distinto al que estamos acostumbrados. Por otra parte es un aliciente más para leer esta muy apreciable Otra vida que sin duda abrirá el apetito del lector avispado y le pondrá sobre la pista de un autor no menos apreciable.  

 

Otra vida

Per  Olov Enquist

Traducción de Martin Lexell y Mónica Corral

Ediciones Destino

[Publicado el 20/5/2015 a las 10:30]

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Lancha rápida

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La alusión náutica del título admite diversas interpretaciones, pero el lector entiende de inmediato la precisión extrema del  calificativo “rápida” porque Renata Adler escribe (o al menos escribía cuando publicó Lancha rápida, 1976) en plan metralleta.  Parafraseando un poco su manera de contar las cosas, una página puede empezar con una reflexión (breve, por supuesto) sobre el neoyorquino medio y sus hábitos diurnos para pasar de inmediato a una pelea con sus hermanos (igual de breve y sin relación alguna con lo anterior)  y luego contar algo que le pasó en Baltimore que por una extraña asociación de ideas le recuerda el incidente con un caballo muy nervioso que pese a su poca pericia ecuestre se empeñó en montar durante un campamento de verano, empeño que le costó a una compañera la rotura de una pierna. Y aunque la autora no lo especifique claramente, deja entrever que se trataba de una niña bastante odiosa o sea que medio le estuvo bien empleado.

            Esa aventura veraniega, u otro suceso similar, bien puede enlazar de pronto con una situación desesperada que se le planteó en un aeropuerto egipcio cuando un grupo de turistas norteamericanos cuyo vuelo fue anulado ocupó a las bravas todas las plazas del avión que debía tomar la irreverente reportera de The New Yorker. Es perfectamente característico de esta autora el que no diga una sola palabra del motivo de su estancia en Egipto ni de las circunstancias políticas, sociales o bélicas que se daban en aquél momento y que en cambio cuente de forma muy detallada y bastante amena sus propias maniobras para camelarse a un piloto y viajar en la cabina de mando mientras el jefe de la expedición turística norteamericana, y promotor del asalto usurpador al avión de la Adler, se quedaba en tierra dándose a todos los diablos.

            Como no podía ser menos tratándose de un escrito (cuesta llamarlo novela por no malencaminar al lector desprevenido) publicado en los años setenta y por lo tanto en plena resaca de los diversos “sesenta y ochos” ocurridos en medio mundo, el tono general  es más bien descarado e irreverente pero sin faltar. Por aquél entonces Renata Adler se estaba erigiendo en una de las tres mujeres más leídas en Estados Unidos (las otras dos eran Joan Didion, que actualmente está siendo recuperada, y  Janet Malcolm, un tanto arrinconada en el limbo de las glorias pasadas a la espera de un regreso triunfal).  Esa fama le permitía llevar a cabo de una forma muy personal los encargos que su periódico le hacía. A lo largo de su dilatada carrera como reportera de mesa y enviada especial, Renata Adler trató temas tan variados como las guerras de Biafra o la de Los Seis Días, por descontado que estuvo varias veces en Vietnam y nunca volvió de allí convertida en una heroína para los brass boys del alto mando de su país. También estuvo en Selma (Alabama), cuando Martin Luther King llevó a cabo su histórico paso sobre el puente Edmund Pettus, una hazaña recientemente recordada por  Obama casi cuarenta años después.  Sus crónicas sobre la agonía de Nixon durante sus últimos años en la Casa Blanca debieron ser como una pesadilla para el presidente finalmente defenestrado. La recopilación de sus trabajos periodísticos eran publicados regularmente y contribuían a sustentar el prestigio de su autora. Por en medio, Lancha rápida (1976) fue un bombazo editorial que le valió numerosos elogios y la atención de la crítica, que habló de “una nueva escritura” y “un paso adelante en el arte de narrar”, y que años después todavía sería considerada como un ejemplo a seguir por gente tan poco dada al elogio fácil como David Foster Wallace.   

            Pero los espadachines, como los viejos pistoleros de la frontera o  los críticos tremendistas (aquellos que, aparentemente, no pasan una) están condenados a topar con alguien que tiene el gatillo más fácil o que es más hábil en la estocada, y están asimismo condenados a herir de muerte a quien no tocaba. El gran error de Renata Adler  fue reducir a escombros a Pauline Kael, una mujer que había guiado los gustos cinematográficos de al menos dos generaciones. Quien se maneje mínimamente con el inglés tiene en Google el famoso artículo de Renata Adler titulado The Perils of Pauline, un ejemplo de cañonazo periodístico riguroso,  documentado y argumentado hasta la saciedad, y en el que entre otras minucias ponía de manifiesto las preferencias sexuales de la crítica (sadismo, sumisión,  violencia, etc) así como las numerosas pifias cometidas durante sus comentarios cinematográficos.

Por aquellas cosas que pasan, Pauline Kael era muy querida del público y si Renata Adler se propuso destruirla lo consiguió, pero de rebote se buscó ella misma la ruina porque de pronto sus desplantes e ironías y sus bromas cáusticas dejaron de caer en gracia y desde la década de 1980 hasta la nueva aparición de sus obras, ya bien avanzado el presente siglo, ha vivido arrinconada y sin pena ni gloria. Pero a su regreso, con cerca de ochenta años, resulta que sigue llevando la misma trenza que tanta fama le dio cuando la fotografió Richard Avedon en la cumbre de su fama.

 

Lancha rápida

Renata Adler

Traducción de Javier Guerrero

Sexto Piso

 

 

 

[Publicado el 09/5/2015 a las 10:05]

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Asán

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                Desde la interpretación de la Guerra de Vietnam que Coppola ofrecía en Apocalypse Now (1979) ya nadie se atreve a explicar las nuevas intervenciones bélicas norteamericanas (hablo de Kuwait, Irak, Afgatistán, Somalia, etc ) como actos heroicos y magnánimos llevados a cabo por jóvenes altruistas decididos a dar sus vidas lejos de casa por la sola recompensa de haber contribuido a contener a las pérfidas huestes del Mal. Quién osaría sostener tal cosa después de aquella prodigiosa narración del ascenso por el río de un barquichuelo tripulado por las fuerzas del Bien (que vaya otras) acosadas por toda clase de locos, suicidas, drogados, megalómanos y una pintoresca gama de desquiciados cuya quintaesencia era el desnortado coronel Kurtz (Marlon Brando).

                A su manera, y para entendernos, Apocalypse Now es a Vietnam lo que Asán a la guerra de Chechenia.  Tanto a Coppola como a Vladimir Makanin, el autor de Asán,  se les planteaba el nada sencillo problema de explicar cómo los ejércitos de las naciones más poderosas del mundo (Estados Unidos entonces, la Federación Rusa después), dotados además en ambos casos del armamento más potente y sofisticado del momento, pudieron ser derrotados por un puñado de campesinos analfabetos y apenas armados.     

                Si para explicar lo suyo Coppola se adentraba al final por la resbaladiza senda de la  metafísica (demostrando de paso lo grande que le venía lo de emular a Conrad),  Makanin se deja estar de metáforas e interpretaciones esotéricas y va directamente al grano: es evidente que la guerra moderna es tecnología, armamento inteligente, grandes estrategias y sofisticadas soluciones ideadas por los cerebros de Estado Mayor. Pero es una verdad parcial porque no refleja la realidad  más allá de lo que afecta a los  altos mandos y los modernos medios de creación de opinión (antes llamados medios de  información).

Para el combatiente de a pie, sea de uno u otro bando, la guerra no escapa a la necesidad ni es un ámbito ajeno a la realidad universal, y por lo tanto su sistema nervioso central, lo que permite que el organismo se mueva y cumpla las misiones que se le asignan no es la ideología, ni los sentimientos patrióticos,  los ideales de libertad  o el odio a la opresión: el carburante, lo que mueve todo, es la pasta, y en ese sentido Vladimir Makanin ha tenido el acierto de encomendar la narración a un oficial del ejército de la Federación Rusa cuya misión es controlar y distribuir la gasolina que envía Moscú  a sus fuerzas estacionadas en Chechenia. 

Por lo tanto, el mayor Zhilin, que ni siquiera es un guerrero porque su verdadera profesión es la de ingeniero militar, es un hombre que de pronto se ha encontrado en el centro de una necesidad esencial para todos los actores del drama. Él es quien suministra la gasolina que necesitan los tanques y los vehículos blindados indispensables para circular por unas  carreteras infestadas de guerrilleros, y el que aporta el queroseno para los aviones y  los helicópteros (un arma insustituible si se trata de defender a los convoyes). También sería un  objetivo prioritario para los señores de la guerra que dominan y se reparten los pasos montañosos, pero resulta que a si a dichos señores la gasolina no les sirve de nada (al fin y al cabo ellos y sus guerrilleros  se desplazan a pie, de arbusto en arbusto para defenderse de los temidos helicópteros)  en cambio saben que esa gasolina es vital para los rusos y por lo tanto un argumento muy convincente a la hora de negociar una mordida a cambio de que los convoyes puedan atravesar incólumes los sucesivos desfiladeros. Finalmente incluso los campesinos dependen vitalmente del combustible que mueve sus tractores, y puesto que no tienen dinero para comprarlo ni fuerza para apoderarse de la gasolina a las bravas, la pagan con la información que le transmiten al astuto mayor Zhilin por medio de ese  arma de destrucción masiva llamada teléfono móvil.  Si un señor de la guerra baja de las montañas el mayor Zhilin sabe de inmediato dónde se está apostando para tender una emboscada, cuántos hombres le acompañan, cuales son los mejores pasos para sorprenderlos y qué vías de escape tienen previstas para después de la emboscada. La imagen del campesino que se siente importante y llama de continuo al mayor para informarle del estado de salud de una vecina que enfermó ayer o de la aparición de una cabra perdida es impagable.

Como es lógico, el mayor Zhilin, que  no sólo no es un guerrero sino que se está construyendo una dacha junto a un gran río para vivir allí con su mujer y su hija cuando se retire,  no tiene la menor intención de utilizar su información con fines bélicos.  Sin quererlo se ha convertido en un negociador moderadamente ambicioso;  no está a favor ni en contra de la guerra pero sabe que mientras dure él va a sacar dinero de unos y otros, va a tener protección ante las veleidades de sus superiores (es indispensable) y encima va a salvar bastantes vidas porque gracias a él y sus negociaciones con unos y otros los ataques y las emboscadas disminuyen y también las represalias en forma de ametrallamientos indiscriminados  (sin olvidar el napalm) contra los guerrilleros y las poblaciones que puedan haberles dado cobijo. O sea que todos contentos.

Dicho lo cual, no hay que olvidar que se trata de la guerra de Chechenia, uno de los escenarios bélicos más salvajes, crueles y sangrientos, y  aunque Asán no es una novela tremendista sería imposible hablar de esa guerra sin dar cuenta de las brutalidades reiteradamente cometidas por ambos bandos. Y el lector que se aventure en esta narración habrá de dar por sentado que la acción “civilizadora” del mayor Zhillin no siempre triunfa y que la violencia sigue siendo consustancial a toda guerra. Sobre todo en Chechenia.

 

Asán

Vladimir Makanin

Traducción de Yulia Dobrovolskaya y José María Muñoz

Acantilado  

 

 

[Publicado el 29/4/2015 a las 11:29]

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La escalada

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Advierto que esta lectura es el resultado del clásico hallazgo en la biblioteca de una casa prestada para unas vacaciones. Y advierto, para que el lector pueda pasar página a tiempo, que el presente relato se publicó en castellano en 2008 y que el texto, tratado sin trucos ni alargos para que el ejemplar tenga algo más de cuerpo, no pasará de las 70 páginas. Me parece obligado hacer estas advertencias porque los editores, que están aquejados de toda clase de manías, tienen al menos dos tan arraigadas que han logrado transmitírselas a los lectores,  creando con ello un bucle que unos y otros se dedican a retroalimentar

Una de dichas manías es  el fetiche de la novedad. Si al editor medio le ponen sobre la mesa un escrito que no esté recién salido del horno lo rechazará sin abrirlo, como si temiera contaminarse. Sin embargo, si se piensa en la infinita cantidad de obras de primerísima fila que flotan en el limbo del olvido porque no son recientes y se comparan con las toneladas de  medianías que se publican cada año cabría preguntarse si no merecería la pena reflexionar un poco con vistas a dar un buen golpe de timón al negocio editorial.

La otra manía  tiene que ver con la extensión.  Si está generalizada  la aversión de editores y lectores por los cuentos, cuando se trata de un cuento largo, o de un relato corto, se puede hablar de maldición porque en castellano ni siquiera hay un nombre para designar lo que los anglosajones, y con ellos el resto de literaturas cultas, conocen como “nouvelle”.

Y si encima de ser un relato de género indefinido, el autor es un raro y su obra un enigma, encontrarlo editado en castellano roza el milagro. Y puesto que a Ludwig Hohl le costó casi cincuenta años escribirlo y a sus incondicionales casi otro tanto darlo a conocer, recomendar su lectura ahora, cuando lleva siete u ocho años rondando por las librerías,  me parece un retraso  insignificante, manías aparte.

En cuanto a la obra misma, es un prodigio. La trama no puede ser más sencilla: dos escaladores se disponen a conquistar una cualquiera de las muchas cumbres alpinas. Alguien que conozca bien la zona terminará identificando cuál es, pero a Hohl ese detalle le importaba tan poco que no le da nombre. A mitad de ascensión, y a mitad del relato, uno de los dos escaladores decide que ya tiene suficiente y que se vuelve a casa. En pleno regreso, un pastor le indica que se está metiendo en terreno peligroso y que le compensa dar un rodeo, pero el caminante no hace caso y sigue su camino. Su compañero, mientras tanto, prosigue la escalada en solitario. Él no necesita que nadie le diga la imprudencia que entraña intentar una escalada como esa en solitario porque conoce y asume el riesgo. Y sigue adelante. Obviamente, y con independencia de la pericia, la fortaleza y la determinación de cada cual, ambos han ido allí en busca de sus respectivos destinos y van a ver cumplidos sus deseos.

Puesto que en la contraportada se dice que Ludwig Hohl empezó a escribir La escalada en 1926 y que no dejó de poner y quitar cosas hasta 1975 (aunque luego todavía la retocó más), es lógico preguntarse, durante la lectura, qué es lo que fue poniendo y quitando a lo largo de tantos años porque el relato es lineal, sólo hay dos personajes y de éstos apenas se dan unos pocos detalles físicos, biográficos, profesionales o caracteriológicos. Es un relato casi por completo exterior pero con un matiz: para los románticos el paisaje era un estado de ánimo, o una naturaleza virgen que el viajero colonizaba al conferirle un carácter. Por lo tanto el proceso era puramente interior y bien podría ser que la próxima vez que pasase por ahí el paisaje le pareciese totalmente distinto porque también la mirada había cambiado.

En La escalada el proceso es inverso porque es la naturaleza la que coloniza e ilumina el paisaje interior. Durante la primera mitad, cuando el ascenso transcurre por valles cada vez más elevados pero reconocibles, salpicados de pueblecitos y con manchas boscosas y de pastos amables, las descripciones también son amables y familiares. Pero cuando todo eso desaparece y se convierte en roca y hielo y nubarrones precursores de tormentas y ventiscas, el lenguaje cambia bruscamente. Parece como si cesasen de pronto las descripciones prolongadas y coloristas, casi como planos generales, y se apoderasen del lenguaje los primeros planos en blanco y negro y con unas precisiones, muchas veces técnicas, que en lugar de abrir cierran el plano, y en lugar de sugerir cortan las alas a la imaginación. Tanto para el que desciende en busca de la seguridad, como el que continúa la ascensión y luego emprende un regreso aún más arriesgado, ya no hay espacios abiertos, cielos altos, objetivos lejanos. El triunfo se limita a alcanzar la piedra siguiente, o seguir vivo un momento más, el descanso en una roca cortante es un dolor aceptable porque la alternativa es la caída sin vuelta atrás, todo ello narrado con una sencillez y una limpieza sorprendentes.  Y aunque Hohl no parece haber hecho nada para que sea así, poco a poco tanto Ull, el que sólo piensa en llegar a la cumbre,  como  Johann, el que da media vuelta,  acaban siendo un todo con la montaña porque ya no hay hombre y no hay naturaleza: sólo un instante, un fogonazo, una peripecia de una intensidad acongojante pero que pasa como pasan las nubes sobre las cumbres o se deslizan los arroyos por las laderas. Sería un recurso de mal narrador salvar a los dos escaladores diciendo que todo ha sido un (mal) sueño. Pero lo cierto es que se podría hacer fácilmente porque no sería necesario cambiar una sola coma de lo ya narrado.

 

La escalada

Ludwig Hohl

Traducción Rosa Pilar Blanco

Editorial minúscula

[Publicado el 23/4/2015 a las 21:07]

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La inmensa soledad

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Cualquier parecido de este libro con el producto de un profesor tratando de demostrar lo mucho que sabe es pura malinterpretación. Frédéric Pajak es novelista, dibujante, periodista y redactor jefe de semanarios satíricos y de humor. Aunque lleva publicando novelas y libros de diversos géneros y temáticas desde 1987 (Le bon Larron, Bernard Campiche editor) su fuerte es una simultaneidad o paralelismo de textos y dibujos donde la línea no se impone a la letra ni ésta subordina a la imagen. Basta echar una ojeada a La inmensa soledad para apreciar que los dibujos perderían gran parte de su capacidad evocativa sin los textos que los acompañan, de la misma forma que esos textos, por sí mismos, serían una acumulación de citas, cartas, comentarios o simples pies de foto. Tal y como los ofrece el autor, línea y dibujo son como el punto de partida hacia un viaje que no se sabe a dónde lleva, pero no importa porque lo sustancial es el ir, no el destino de ese viaje.

                La primera señal sólida del itinerario que emprendía Frédéric Pajak surgió en 1997 con la aparición de Martin Luther, l'inventeur de la solitude. La simultaneidad de texto y dibujo empezaba a cobrar una fuerza que se vería confirmada dos años después, 1999, con La inmensa soledad, en la que son claramente perceptibles las posibilidades de una forma de expresión que se vieron confirmadas con la aparición de  Manifeste incertain Tomos I (2012), II (2013) y III (2014),  que le han valido toda clase de premios y reconocimientos y que Errata Naturae tiene intención de publicar en castellano. Las páginas de esa trilogía se ven ennoblecidas por la trágica peripecia de Walter Benjamin, que empieza en el Tomo I cuando ve cernirse sobre su cabeza las siniestras águilas nazis y termina en el Tomo III, cuando, convencido de que va a ser entregado a la Gestapo, se arroja desde lo alto de un puente en Port Bou. También juega un importante papel la figura no menos trágica de Ezra Pound, el exquisito conocedor de la poética china y que fue repudiado por Mussolini porque éste entendió que era un pobre loco en pleno extravío, circunstancia que no impidió a las autoridades norteamericanas encerrarlo primero en una jaula al aire libre y tenerlo luego trece años en una prisión federal acusado de alta traición. Pero también pululan por esas páginas personajes tan conocidos como André Breton y Nadja o Paul Léon Farge y una nada desdeñable cantidad de contemporáneos.

                El profundo interés de Frédéric Pajak por figuras de las letras y el conocimiento le ha llevado a aventurarse en personajes tan dispares como el ya mencionado Martin Luther (Presses Universitaires de France, 2001); Guillaume Apollinaire en Le Chagrin d'amour (2000), James Joyce (del que hizo una biografía titulada Humour, PUF, 201), una primera tentativa con Nietzsche (del que ya destacaba como rasgo definitorio la temprana desaparición de su  padre, circunstancia que le equiparaba a él mismo) o Schopenhauer (una antología publicada por Gallimard en 2009).

                En La inmensa soledad Frédéric Pajak demostraba poseer ya todos los recursos y la experiencia necesaria para emprender una obra que, en palabras del prestigioso crítico francés Pierre Assouline, “más allá del riesgo de inscribir en el tiempo un proyecto literario, histórico, biográfico escalonado a lo largo de varios volúmenes, es una visión artística de una tenacidad y singularidad sin parangón ni equivalente en lo que su publica actualmente”.  

                Quienes conocen a Assouline saben que utiliza las palabras con la precisión de un jurista, y que todos los calificativos que dedica a Pajac permiten situar milimétricamente, y en apenas tres líneas, lo que mejor define su obra: se trata de “un proyecto literario, histórico y biográfico”, en el que el autor no esconde su condición de narrador (o si se prefiere, de no erudito, pensador, exégeta o todo el resto de escrituras que caigan fuera de lo estrictamente literario). Por ejemplo, eso le lleva a poner al pie del dibujo de la fachada de Vía Carlo Alberto nº 6, Piso 3º, de Turin, a la que fue llevado Nietzsche después del famoso incidente del caballo y su ataque de apoplejía: “Durante los días que siguen, se lanza sobre el piano. Y lo que sale por la ventana de la pequeña habitación es una música que podríamos calificar propiamente de “espantosa”. Gritos, cánticos y los más variados monólogos funestos se mezclan con los acordes arrastrados y disonantes.

Nietzsche tiene cuarenta y cuatro años. Está definitivamente loco”.

Quien, al llegar a la página 203 vea el dibujo de la fachada de una casa que podría pertenecer a cualquier ciudad europea, cuando  vuelva a contemplar el dibujo, después de haber leído el texto, descubrirá que esa imagen se ha transformado mágica, o mejor aún,  trágicamente. Y el fenómeno se repite el número suficiente de veces como para afirmar que el propio libro no sólo se transfigura página a página sino que también Nietzsche y Pavese habrán adquirido a los ojos del lector unas tonalidades y matices que antes no tenían.

Y lo mismo vale para los calificativos de arriesgado (porque hace falta tener valor para manejar con soltura a los personajes ya citados), histórico (porque en este caso “literario” no significa necesariamente “ficticio” o “trivial”) o biográfico (pues de inmediato se aprecia que Pajak se vierte en cada página sin reservar nada para el futuro), aunque lo que de verdad demuestra todo ello es hasta qué punto Assouline es preciso cuando afirma que se trata de una obra “sin parangón”.

 

 

La inmensa soledad

Frédéric Pajak

Traducción de Javier del Prado Biezma

 

Errata Naturae

                 

[Publicado el 08/4/2015 a las 10:47]

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Sangre o amor

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 Por lo que dice una de las solapas del libro, cuando Donna Leon escribió Sangre y amor ya le había hecho resolver veinticinco casos al comisario Guido Brunetti. No recuerdo bien en qué momento  dejé de serle fiel y tampoco sabría decir qué influencia pudo tener en ello la serie de la cadena alemana de  televisión ADR. Ahora vuelvo a encontrarme con Brunetti y compañía y me complace constatar que el elenco completo no sólo sigue al pie del cañón sino que, cada cual en lo suyo, aguantan estupendamente. El comisario Brunetti sigue sin dejarse apabullar del todo por la alcurnia de su familia política, los señores condes de Falier, aunque sigue llevando mal que Paola, su mujer, sea una profesora extraordinariamente culta y, a ratos, algo altiva con quienes no poseen una erudición equiparable.  Los hijos adolescentes del comisario, Chiara y Raffi, continúan siendo una fuente continua de satisfacciones y sobresaltos para sus padres.

                Y en comisaría tampoco parece que hayan cambiado mucho las cosas. El vicequestore Patta, el jefe, mantiene desde hace años una vinculación con el (odioso) teniente Scarpa que nadie se explica, ni siquiera por el hecho de que ambos sean palermitanos y a veces hablen en un dialecto incomprensible para los venecianos de pro. Casi desde su asignación a la comisaría de Venecia el teniente Scarpa ha desarrollado una aversión por el (pobre) policía Alvise que debería tener a éste  profundamente amargado de no ser por la protección de la signorina Elettra, la sibilina secretaria del jefe capaz de “asaltar bancos, allanar archivos ministeriales e incluso remover archivos del Vaticano”, por lo que conseguirse la clave del ordenador del odioso Scarpa y entrometerse en la persecución de éste contra Alvise es algo que ella hace sin que se le desordene uno solo de sus muy cuidados cabellos o se le arrugue una prenda de su muy estudiado vestuario.

                Si me entretengo en perfilar un poco los caracteres y circunstancias de los principales personajes, y que cualquier lector asiduo de Donna Leon conoce bastante mejor que yo, es justamente por lo sorprendente que resulta la fidelidad de todos ellos a sus caracteres iniciales.  Y porque denota a las claras la notable  imaginación de su creadora, que no necesita traicionar y distorsionar a sus criaturas para tener al lector inmerso una vez más – e insisto en que con esta son veintiséis— en el caso que debe resolver el infatigable  Brunetti.

                El gran problema de las series, ya sean novelísticas o televisivas, es que al cabo de unos cuantos episodios el creador, o los guionistas, cada vez encuentran más dificultades para cumplir la regla de oro de toda serie y que les obliga a que todo sea igual pero diferente. Decir siempre lo mismo, poner en  juego siempre a los mismos personajes, hacer que estos respondan a los estímulos que todo lector o espectador conoce (y exige) y sin embargo que cada episodio siga siendo lo bastante interesante como para no espantar a la audiencia.

                El recurso fácil es deformar uno tras otros a los personajes y hacerles cometer actos que en las primeras entregas no cometerían, o enamorarse de quien antes no se enamorarían jamás o ponerle ambiciones hasta ahora desconocidas, ello si no les inventan pasados imperdonables, les descubren hermanos horribles o aparecen hijos insospechados. Quizá, de todas las series longevas y que siguen en pleno vigor la que mejor aguanta el paso del tiempo sean Los Simpson porque como no juegan al realismo, ni pretenden parecerse a la vida real, Homer Simpson puede ser hoy el peor y más dañino empleado de una central nuclear y mañana, sin tener que dar explicación alguna, puede arruinar una expedición espacial, ser un guardaespaldas del alcalde perfectamente creíble o líder de una banda de rock.

                Brunetti, en cambio, pretende ser un policía real y hacer el tipo de cosas que puede hacer un policía honesto (y renuncio al sarcasmo fácil) y lo mismo los personajes que son su entorno. Y que tantos casos más tarde sigan siendo ellos mismos es muy de agradecer, por no decir que es una especie de pequeño milagro. Aunque no me cabe duda de que el hecho de ser Venecia el marco de sus pesquisas ayuda mucho, o en cualquier caso más de lo que Sicilia ayuda al bueno de Montalbano.

 

Sangre o amor

Donna Leon

Traducción Maia Figueroa Evans

 

Seix Barral

 

 

   

[Publicado el 26/3/2015 a las 21:29]

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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