El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 21 de mayo de 2013

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Fantasmas de piedra

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El 9 de octubre de 1963 una ladera del monte Toc ( que en el dialecto local significa “podrido”) se derrumbó sobre el embalse de Vajont, en  plenos Dolomitas de Friuli. Al caer de golpe sobre el agua embalsada los 300 millones de metros cúbicos de piedra provocaron una oleada gigantesca que saltando por encima de la presa se precipitó valle abajo arrasando todo cuanto encontró a paso. Además de Erto y Casso, las dos poblaciones situadas al pie de la presa, el agua se llevó consigo las localidades de Spesse, Pineda, Lirón, Marzana, Prada y  San Marino. La mitad de los cuatro mil habitantes que entonces tenía Erto desaparecieron aquella trágica noche. La otra mitad emigró en busca de una nueva vida salvo por trescientos irredentos que optaron por quedarse y aferrarse a los usos tradicionales y los viejos modos de vida ertanos.

 

Mauro Corona es hoy, con mucho, su habitante más famoso. No nació en Erto, pues sus padres eran vendedores ambulantes y su madre le dio a luz en un carromato cerca de Trento. Pero desde niño, y hasta la edad de trece años, todo su aprendizaje vital  tuvo lugar en esa desgraciada localidad destinada a sufrir una amputación brutal.  Ya de mayor, y tras muchos años de vagabundear y ejercer diversos oficios, Mauro Corona regresó a Erto y se ganó la vida como tallista de madera hasta  que un día acertaron a pasar por allí el escritor Claudio Magris y su esposa, hoy fallecida, Marisa Madieri. A ésta, más que su habilidad con el formón, lo que de verdad le sedujo fueron los relatos del escultor. Gracias a su insistencia y patrocinio, Mauro Corona es hoy autor de dieciocho libros que han vendido 2,4 millones de ejemplares, sólo en Italia.  

Fantasmas de piedra es un recorrido por las calles del Erto actual contemplado desde la perspectiva de las cuatro estaciones del año, que en el relato se suceden como las de un vía crucis revivido por el autor con tacto piadoso y un extraordinario poder de evocación. El recorrido se inicia en  la calle más cercana al cauce del río Vail, en la parte baja del pueblo. Y entre que ha elegido la estación más desolada del año y que esa zona quedó prácticamente arrasada por el agua, el ascenso es angustioso. Sin embargo, ya digo que Mauro Corona  posee un extraordinario don para evocar y le bastan cuatro muros que milagrosamente todavía se mantienen en pie, o una verja oxidada,o una puerta arrancada de cuajo, para reconstruir la familia que ocupaba entonces esa casa.

A su don para la evocación, Mauro Corona une una asombrosa precisión y elegancia para la descripción, ya sea de paisajes, gentes, oficios o costumbres, algunas decididamente abominables (y me refiero por ejemplo al salvaje que, a cambio de unos céntimos, animaba a los hermanos Corona a arrasar nidos y traerle unos pollos que el inductor de la  salvajada echaba enteros a la sartén después de haber tenido la precaución de aplastarles el cerebro apretando con  el índice  y el pulgar. Quizás para tranquilidad del lector, el autor aclara que de pequeño aún  hizo cosas peores…). Los herreros de antaño, los molinos movidos por el agua del río, el panadero que cada mañana regalaba a los hermanos Corona (“huérfanos de padres huidos”) un bollo de pan cuando iban camino de la escuela; el maestro local, las tabernas de entonces, el penoso abonado de los campos a base de estiércol que las mujeres subían hasta los campos en serones cargados a la espalda. Nada escapa a la mirada de un narrador al que todo interesa, razón por la cual, por ejemplo,  el lector cierra el libro con una información detallada acerca de la época en que debe cortarse la leña para el fuego, qué orientación debe dársele para que madure en el bosque o cuál  es la madera adecuada para cada uso, pero también información acerca de las herramientas de los diferentes orfebres o la información acerca de los hechos de la vida que con su conducta los adultos transmitían a los jóvenes. Es uno de esos libros que, pese a su aparente sencillez, obligan al lector a sopesar con  preocupación cómo van pasando las páginas, pues ello implica que cada vez falta menos para que se acaben. Sería de agradecer que los editores españoles se decidiesen a editar otras obras de este curioso personaje que aparte de escribir y  esculpir, todavía encuentra  tiempo para escalar  montañas, y varias vías de acceso a las cumbres de los Dolomitas y del parque de Yellowstone llevan su nombre.

 

Fantasmas de piedra

Mauro Corona

Altaïr

 

 

[Publicado el 30/4/2012 a las 12:14]

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El príncipe de la niebla

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El disparate comienza cuando la oronda señora Hanhaus, una aventurera con más ingenio que escrúpulos y que cuenta con la inestimable ayuda de la bella Puppi, su peluquera, se las arregla para que Theodor Lerner, un periodista en ciernes que está a punto de perder su trabajo por culpa justamente de la señora Hanhaus, sea  enviado al Ártico para llevar a cabo una misión trascendente. En teoría dicha misión consiste en localizar a un osado explorador que trataba de atravesar el Círculo Polar Ártico a bordo de un dirigible y que lleva varias semanas perdido. Gracias a la inestimable ayuda de la seductora Puppi, la señora Hanhaus no sólo logra que  Schoeps, el redactor jefe del periódico para el que trabaja Lerner,  no ponga a éste de patitas en la calle sino que le hace ver el golpe publicitario (y las ventas) que supondría para el periódico dar con el paradero del desgraciado explorador.   

 

Sin embargo (pero por eso digo que todo ello es un disparate) los verdaderos planes de la astuta señora Hanhaus  incluyen que Lerner tome posesión, en nombre del imperio alemán, de una isla deshabitada y pedida en el  Ártico  cuyo subsuelo guarda (supuestamente) un fabuloso yacimiento de carbón.

A partir del momento en que un cada vez más desconcertado Theodor Lerner se adentra en los hielos  infinitos a bordo de un destartalado pesquero comandado por un ex capitán de la armada imperial, los acontecimientos, diestramente manejados a distancia por la incombustible señora Hanhaus,  se irán complicando y retorciendo hasta atrapar sin escapatoria posible a Lerner, y con éste al lector. Es de aclarar sin embargo que si se tratase de una novela norteamericana, el ritmo del catastrófico acontecer sería trepidante y que las posibles discrepancias o inconsistencias de la trama quedarían disimuladas tras el vertiginoso desarrollo del artificio narrativo.

Lejos de ello, El príncipe de la niebla entra de lleno en la gran tradición de la novela europea contada sin prisas y construida sobre un exquisito rigor histórico. Por descontado que los posibles capitalistas e inversores contactados por la señora Hanhaus para crear una compañía minera no se diferencian gran cosa de los capitalistas e inversores que las crónicas de sucesos actuales desenmascaran todos los días; y por descontado que los políticos y grandes cargos cuyo prestigio debe respaldar la iniciativa polar tampoco se diferencian gran cosa de los chapuceros políticos que actualmente se sientan en los banquillos de los juzgados. Pero es de agradecer el gran trabajo que se ha tomado Martin Mosebach  en reproducir  la atmósfera, los ambientes, los personajes e incluso las vestimentas imperantes en la Centroeuropa de finales del siglo XIX, cuando el mundo germano pugnaba por erigir un imperio equiparable al de las grandes potencias del momento. Y sobre todo hay que agradecerle un  finísimo sentido del humor que le permite describir las situaciones más descabelladas, o las bajezas más reprobables con un distanciamiento y una ligereza de ánimo encomiables.

Curiosamente, leyendo esta novela que ahora publica Acantilado, y que en 2007 le valió el muy prestigioso premio Georg Büchner (el jurado destacó entonces la “alegría narrativa” del premiado y su  “conciencia humorística de la historia”), nadie adivinaría que Martin Mosebach es un escritor religioso con gran prestigio en los círculos practicantes católicos. En su obra    Häresie der Formlosigkei. Die römische Liturgie und ihr Feind (La herejía de la ausencia de forma. La liturgia romana y su enemigo), abogaba por el regreso a las formas litúrgicas tradicionales anteriores al Concilio Vaticano II. En términos generales podría decirse que Mosebach mantiene una línea de pensamiento tradicional y que apoya sin reservas a Benedicto XVI y los esfuerzos de éste por devolver a la Iglesia el rigor religioso en el que ha basado su supervivencia de dos mil años. Por la razón que sea, esa ideología no se trasluce en absoluto en El príncipe de la tiniebla, pues aquí, como queda dicho, lo que predomina es el aire de farsa apoyado en una gran precisión histórica y un notable sentido del humor.

 

El príncipe de la niebla

Martin Mosebach

Acantilado

 

[Publicado el 23/4/2012 a las 11:00]

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La isla de los santos

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El régimen que durante cuarenta años lideró el general Franco dio muestra de una estrechez de miras tan sañuda que la mitad (por poner una cifra) de los intelectuales españoles tuvo que buscar la salvación fuera de España. Esa diáspora cultural fue una tragedia personal para los exilados y una pérdida incalculable para un país como España, que nunca ha estado sobrado de mentes pensantes.

 

Sin embargo, si Franco  y sus servidores merecen la más severa de las censuras por su cerrilismo intelectual, sus herederos no somos menos culpables y resulta incomprensible que un ministerio tan inútil y falto de contenidos como es el de Cultura no haya sido íntegramente dedicado, desde la llamada restauración democrática, a la nacionalización, repatriación o como quiera llamarse a la labor de recuperar la obra  de aquellos intelectuales vergonzosamente obligados a huir y que en gran parte  permanece dispersa por las bibliotecas y hemerotecas de los países que tuvieron la generosidad de acogerlos y ofrecerles trabajo. Esa labor de recuperación ha quedado en manos de la iniciativa privada, que suple a base de entusiasmo y trabajo la absoluta y, repito, incomprensible falta de apoyo oficial.

Tal es el caso de La isla de los santos que ahora publica la editorial Igitur gracias en gran parte a la labor realizada por Laura Baeza, diplomática y nieta del autor, Ricardo Baeza. Este, nacido en 1890 en Bayamo, Cuba, y muerto en Madrid en 1956, fue un traductor, editor, periodista, promotor  teatral, cronista y diplomático que desarrolló gran parte de su fecunda labor intelectual en la década anterior a la Guerra Civil. Su inequívoca adscripción a la causa republicana, sobradamente puesta de manifiesto en sus colaboraciones en periódicos como El Sol y revistas como La Gaceta Literaria o Revista de Occidente, y su cargo diplomático en Chile justo antes del golpe de Estado de Franco hicieron de él un candidato idóneo al exilio de por vida. Pudo volver a España pocos años antes de su muerte pero sumido en el más absoluto anonimato.

La Isla de los santos es una recolección de las crónicas que Ricardo Baeza publicó en El Sol relatando un viaje de varios meses a Irlanda cuando estaba a punto de estallar allí la guerra civil que a la postre supondría la (casi total)  independencia de la República irlandesa. Lo primero que llama la atención de estas crónicas es su calidad literaria. En su momento recibieron el aprecio de los lectores (ventas) lo cual es un mérito cuando dichos lectores estaban acostumbrados a un género como el de la literatura de viajes,  brillantemente  practicado entonces por hombres de la talla de Luis Oteyza (andanzas  por Oriente), Luis Araquistáin ( Estados Unidos) o Manuel Chaves Nogales ( URSS). Destacar frente a ellos era toda una hazaña.

Junto a la gran calidad del texto merece destacarse la claridad en  la exposición de una situación enrevesada, dramática y extremadamente dolorosa que enfrentaba a dos naciones (Inglaterra e Irlanda) por las que el cronista sentía gran admiración y aprecio, pero que se estaban desangrando mutuamente ante la mirada consternada del viajero. Esa capacidad de mantener la serenidad de juicio ante una situación desquiciada resulta asimismo muy notable a la hora de tratar el tema del nacionalismo, pues si debía ser condenada sin paliativos la brutal política de castigo llevada a cabo por una mentalidad ultranacionalista como era la del imperialismo británico, no menos reprobables eran los excesos que, como respuesta, estaban llevando a cabo los nacionalistas del Sinn Fein. Su intento de mantenerse ecuánime acabaría costándole ser reprobado por ambos bandos.

Si los numerosos textos firmados por Ricardo Baeza merecen ser puestos al alcance de los lectores actuales, éstos deberían agradecerle otro aspecto de su quehacer intelectual, pues aunque no lo sepan, se están beneficiando indirectamente de la labor que él llevó a cabo entonces. Y me refiero a su actividad como traductor. Más que un trabajo, Baeza entendía la traducción como un vínculo que permitiría a la literatura española ponerse a la par de la europea, y ahí está su  labor pionera con autores como Maeterlinck, D´Annuzio, Oscar Wilde o Marcel Schwob, por no hablar de su excelente versión de Los cantos de Maldoror, de Lautréaumont, todos ellos a disposición de los lectores españoles desde los años veinte.

 

La isla de los santos. Itinerario en Irlanda

Ricardo Baeza

Ígitur

 

[Publicado el 16/4/2012 a las 10:57]

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La palabra heredada

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Las memorias de Eudora Welty ocupan apenas un par de centenares de páginas pero todas y cada una de ellas serán un regalo de inestimable valor para los (incomprensiblemente) escasos aunque fervorosos seguidores de la elegante dama sureña.

 

El libro está dividido en tres apartados titulados “Escuchar”, “Aprender a ver” y “Encontrar la voz” y corresponden, más o menos, a tres etapas sucesivas de su infancia y adolescencia: la primera, profundamente marcada por los cuentos infantiles, la escuela  y las primeras lecturas serias, como Dickens;  a continuación, la etapa de aprendizaje marcada por los antecedentes familiares y la herencia recibida de cada uno de los ancestros; y una tercera en la que se narran las primeras incursiones en la escritura.

Aunque el editor norteamericano se ocupó de documentar gran parte de los libros, poemas y obras musicales o de teatro que la Welty cita de memoria, se recomienda vivamente el recurso a Internet porque, se diga lo que se diga de Estados Unidos, en aquel país la cultura recibe un trato exquisito y en la red se da noticia, e incluso documentos gráficos, de todo el acerbo creativo que  impresionó la mente de una niña que se abrió al mundo en las primeras décadas del siglo pasado. Muchas veces, cuando hace alguna broma acerca de las canciones que la obligaban a cantar en el colegio, o cita alguna obra musical que oyó en su infancia, el inestimable Youtube ofrece ejemplos vivos de tal canción o musical. Y lo mismo ocurre cuando, por ejemplo, la autora habla con emoción del rascacielos que su padre construyó en Jackson para albergar las oficinas de la empresa de seguros para la que trabajó gran parte de su vida. Basta poner Lamar Life Tower, Jackson, para que en la pantalla del ordenador aparezcan varias fotografías de esa torre (por cierto que muy hermosa) que tanta emoción le seguía causando, a sus setenta y cinco años de edad, a la hija de su constructor.

Sobre todo en la segunda parte (“Aprender a ver”), cuando cuenta los viajes en automóvil y en tren desde Mississippi a Ohio (solar ancestral de la rama paterna) y Virginia Occidental (antepasados de la madre) la narración se puebla de alusiones al aprendizaje que supusieron para la futura narradora  aquellos paisajes repasados una y otra vez bajo el seguro amparo paterno, y las diferentes tipologías humanas que les salían  paso a lo largo de las mil millas que separaban la salida y la llegada de aquellos viajes. Años después ese aprendizaje recibiría como broche de incalculable valor los años pasados como fotógrafa por cuenta de un organismo social estatal y que le permitió recorrer y recoger testimonios gráficos de los más apartados y remotos  rincones del Estado de Mississippi y sus habitantes. Como dato anecdótico, pero que puede ayudar a entender la clase de aprendizaje que estaba recibiendo la joven reportera, es oportuno mencionar que Mississippi no abolió oficialmente la esclavitud hasta 1995. Sí, no es un error: 1995.

A lo largo del libro, pero sobre todo en la última parte, Eudora Welty trata de abrirse a sus lectores (aunque al principio fueron oyentes, pues sus memorias tienen como origen unas conferencias pronunciadas en 1983 en la Universidad de Harvard) y ofrece toda clase de pistas para que el oyente/lector conozca la génesis y el proceso de creación de muchas de sus narraciones cortas. Y ahí es donde aparece la parte esotérica o misteriosa de la creación. Sobre todo los vanguardistas, pero también muchos otros artistas y escritores, han sido muy aficionados a lanzar manifiestos con los que deseaban dejar constancia de la base teórica que sustentaba sus creaciones.  Y todo el mundo habrá podido  comprobar que la diferencia entre lo que decían y lo que hacían levantaba un abismo de incomprensión y perplejidad, pues si hubieran terminado haciendo lo contrario de lo que pretendían esos textos podrían seguir siendo los mismos. Algo parecido ocurre cuando un escritor trata de explicar los impulsos o intuiciones primeras que luego se transforman en una obra con título y tapas. Ni siquiera los más acérrimos seguidores de la Welty serán capaces de reconocer  en cuentos como “Acróbatas en el parque” o “Las manzanas doradas” el proceso seguido desde la intuición o visión primera hasta su plasmación en los cuentos que llevan esos títulos. Y la razón de ello no es en absoluto misteriosa, ya que incluso la propia Welty lo dice varias veces: la escritura sale de la distancia (aunque puede llamársele elaboración artística) que media entre la experiencia y la transformación de ésta en material literario. Y es en esa elaboración distanciadora donde se pierde toda conexión entre origen y fin.  Pero el libro es encantador y, leyéndolo, se entiende la propensión de  Eudora Welty a recibir a los periodistas con un delantal y las manos blancas con la harina de las pastitas que esta horneando. Era un alma sin doblez.

 

La palabra heredada

Eudora Welty

Impedimenta

 

[Publicado el 08/4/2012 a las 13:43]

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Autobiografía no autorizada

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Sin la menor duda, la aparición de WikiLeaks ha sido el fenómeno más importante ocurrido últimamente en un universo de la información que ya estaba (y está) experimentando unas transformaciones  tan trascendentales que nadie puede dibujar  con un mínimo de certeza  hacia dónde se dirige. Ni siquiera símbolos imperecederos de la libertad y la ponderación informativa, llámense The New York Times, The Guardian, Le Monde, El País y demás, tienen el futuro asegurado, al menos  en  su forma actual.

 

Aparte del espectacular impacto mediático de los centenares de miles de  documentos puestos en circulación por WikiLeaks, su existencia misma venía a incidir de lleno en la problemática de fondo que amenaza, y al mismo tiempo le ofrece un futuro esplendoroso, al universo de la información. Por referirme únicamente al concepto de información vinculado al periodismo, no hace tanto tiempo que la en las casas se guardaban páginas arrancadas de los periódicos e incluso suplementos enteros de los dominicales. Los periódicos se leían porque, según  cuales, transmitían la sensación de estar dando cuenta de lo que pasaba, ya fuera a nivel local, nacional o internacional. Y como muchas veces el día a día impedía leer con el detenimiento debido determinados artículos o reportajes, se guardaban con la idea de encontrar el momento adecuado para echarles una buena ojeada.

¿Quién arranca y guarda páginas de periódicos hoy en día? Y lo que es peor,  quienes lee todavía periódicos, ¿ creen estar correctamente informados de lo que pasa?

En esta Autobiografía no autorizada Julian Assange asegura ser un tipo al que no le importa meterse en líos. O por mejor decir: que éstos le estimulan y le hacen sacar lo mejor de sí mismo. Y a fe que desde su adolescencia de hacker  internacionalmente perseguido hasta su condición actual de violador contumaz, no ha parado de meterse en líos, algunos gordísimos. Después de las toneladas de basura que le han echado encima es lógico que se defienda e insista en la honradez de sus intenciones  (como propalador de noticias subversivas, me refiero). Y dedica a ello no pocas páginas y esfuerzos. Pero lo verdaderamente fascinante de su libros es que el lector no especializado tiene ocasión de ver cómo funciona (y cómo funcionará en el futuro) el fenómeno de la información. Assange no da pistas acerca de cómo se solucionará el gravísimo problema de la seriedad y la fiabilidad de las fuentes, ni de cómo se puede discernir un noticia cierta de una intoxicación. Igual que los grupos subversivos reciben documentos gráficos y escritos que causan verdadera conmoción informativa, el famoso, astuto, oscuro y siempre temible Poder tiene en sus manos los mismos medios para intoxicar a la opinión pública, generalmente por la vía del exceso de información.

Porque esa es otra: dado que la potencia de los medios de comunicación de masas es prácticamente ilimitada, también su capacidad de transmitir información lo es, y Assange da como de pasada algunas cifras asombrosas: “Nos pasaron  75.000 documentos sobre Irak”. O bien: “Para poner a buen recaudo esos 250.000 documentos que nos habían filtrado, busqué el servidor de un amigo en Indonesia…”.

Dice Assange: “ A finales de 2008 estábamos sumergidos bajo una oleada de documentos filtrados que nos enviaban desde todos los rincones del mundo”. A la vista de las cifras antes citadas, cabe preguntarse a qué se refiere cuando habla de “realizar investigaciones y editarlos para su difusión”. Si ni siquiera las redacciones conjuntas de dos monstruos como The New York Times y The Guardian eran capaces de manejar la avalancha de documentos sobre Irak y Afganistán,  qué “investigación” y qué  “edición” puede llevar a cabo una bienintencionada organización sin ánimo de lucro y que no sólo carece de redacción si no que ni siquiera está físicamente ubicada en un lugar no virtual. Deducir la veracidad de una información filtrada a partir del grado de cabreo del perjudicado es un sistema de verificación digamos que dudoso.

Y si las noticias acerca de la infancia de Assange son curiosas, toda su formación como hacker y sus andanzas por el interior de los sistemas informáticos de las principales corporaciones e instituciones internacionales es fascinante.  Un puñado de adolescentes con unos ordenadores sujetos con cinta aislante poniendo en jaque a las mentes más brillantes de la informática y la encriptación mundial. Asombroso. Y de primera mano.

 

Autobiografía no autorizada

Julian Assange

Los libros del lince  

[Publicado el 02/4/2012 a las 12:30]

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Los peces no cierran los ojos

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Aparentemente, la voz narradora es la de un niño de diez años, pero en modo alguno es una novela de aprendizaje. En todo caso sería un aprendizaje a posteriori y me explico. El autor, Erri De Luca, no pretende en ningún momento remedar el habla, los sentimientos o los anhelos de un niño pequeño. Como él mismo dice al respecto (p. 22) “Me arrimo a través de la escritura a  mi yo de hace  cincuenta años, para un jubileo privado mío”. Jubileo, aquí, equivale a revisitación, reexamen, constatación de algo que ya forma parte de lo más profundo de uno mismo y que se aprendió entonces, a los diez años.

 

El narrador, como tantos otros  niños, tiene padres, asiste a un colegio, convive con  amigos /enemigos y atesora el recuerdo de un verano fundacional  en una de las islas fronteras a Nápoles (casi con toda seguridad Prócida) en compañía de su madre y una hermana más pequeña. El padre, hijo a su vez de una norteamericana que se afincó en Nápoles y ya nunca más quiso volver a su país, siempre ha deseado emigrar a la patria ancestral. Pero su mujer, la madre del narrador, es una napolitana de rompe y rasga y no ve qué necesidad tiene de aislarse de su entorno y dejar su vida para enterrarse en un país desconocido. “Ve tú”, le dice al esposo y padre, “y yo te espero aquí con los niños”. Resultado: el padre, que incluso había encontrado ya un trabajo en América, opta por regresar a Nápoles y no salir nunca más de allí. Veredicto del narrador acerca de su padre: “El suyo fue un exilio sin viaje”.   Esa meticulosa concisión del lenguaje es uno de los muchos atractivos de leer a Erri De Luca, del que voy a tomar prestados  un par de ejemplos más.  Por estar situados uno frente al otro, el instituto de chicos y el de chicas eran testigos diarios de cómo a la salida de clase se producía  la clásica y conflictiva mezcla de ambas clientelas. Definición del narrador: “Masculino y femenino exasperaban sus diferencias para gustarse”.   Y la hermana, que era un auténtico torbellino, inducía al narrador a participar en toda clase de juegos pero fundamentalmente unos partidos de fútbol en los que valían los empujones, pellizcos, chillidos y puntapiés. Más tarde pasaría a otros juegos en los que ella ponía a prueba su talento para buscar los ángulos,  unos tiros que partían desde el instinto de geometría. Veredicto del narrador: esa geometría  se ponía en práctica “con estilo, que es una levedad en el  esfuerzo”.

Obviamente, sería ridículo atribuir a un niño de diez años una definición del estilo como una levedad en el esfuerzo, ver en la estancia forzosa del padre en Nápoles un exilio sin viaje o en los patosos esfuerzos de aproximación entre chicos y chicas una (lamentable) exhibición de lo masculino y lo femenino, cada cual en lo suyo. Donde mejor se ve la intención última del autor al revisitar la infancia es en la relación con Ella, siempre descrita o nombrada como “una chica del norte” porque Erri De Luca, cincuenta años después, recuerda casi segundo a segundo  la impresión (en el sentido de incisión, marca indeleble) que dejó ella en él, aunque por desgracia no recuerda su nombre ni, caso de encontrársela ahora, está seguro de ir a reconocerla.

Pero aquel encuentro de verano, descrito con extraordinaria delicadeza, es lo que permite hoy al  auténtico narrador saber de lo que habla cuando hace referencia a sus sentimientos. Y no puedo resistir la tentación de acudir una vez más al texto, pues lo dice infinitamente mejor de lo que pueda hacerlo yo. Se refiere al momento en que, al cabo de una larga y dolorosa pero también estimulante peripecia, esa chica del norte que al día siguiente se marchará para siempre, le besa en los labios. Para  la primigenia pareja humana, dice el narrador, la primera noche, desconocida, les pareció a ellos el resto del día primero, desmigajado en puntitos de luz. No sabían si regresaría el  sol, de modo que se abrazaron. “Sé de esa primera vez porque tuve yo también aquella hora en la boca, en un instante idéntico al de ellos, sobre una arena de playa, con el cielo descubierto sobre la cabeza”.

De entrada, saber que Los peces no cierran los ojos es un texto en el que se narran las peripecias veraniegas de un niño de diez años da una cierta pereza.  Otra vez, piensa el presunto lector mientras ojea el libro en la librería. Pero si lo vuelve a depositar  en el montón correspondiente se equivocará  lamentablemente. Y demostrará una  también lamentable falta de confianza en Erri De Luca, uno de los escritores más interesantes y, con toda justicia, más exitosos del panorama italiano actual.

 

Los peces no cierran los ojos

Erri De Luca

Seix Barral

[Publicado el 26/3/2012 a las 12:37]

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Obras completas. Narrativa

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Cuando la República de las Letras era democrática y libre -  es decir, antes de que los mercados la dejasen reducida a una especie de sucursal dentro del  negocio general  que nos anega a todos, republicanos o no – los viejos maestros utilizaron su experiencia para  poner en circulación unas cuantas máximas que terminaron adquiriendo la categoría de ley. Una de ellas aseguraba que escribir una mala novela conllevaba como penitencia cinco años en el purgatorio de la  no publicación. Otra norma decía que tras recibir un palo demoledor por parte de la crítica, a la víctima no le cabía otra que mantener una actitud de dignidad similar a la que debe adoptar un marido cuando sale a la luz pública su condición de cornúpeta irredento.  Y se aseguraba asimismo que la longevidad vital era condición indispensable para acceder al Olimpo, sobre todo porque si sobrevivías a todos tus contemporáneos pasabas a ser el portavoz y único representante autorizado de tu generación.

 

El contrapartida, la experiencia les decía a los viejos maestros que, una vez muertos, los grandes hombres deben esperar veinte años en el limbo del olvido antes de ser objeto de un regreso triunfal que les otorgará en propiedad  el siento que en vida ya ocupaban en el Olimpo. Aunque también cabe la posibilidad de la estancia en el limbo del olvido pase a ser definitiva, como les ha  ocurrido a tantos prohombres que en su día retenían la atención de las multitudes y hoy son unos perfectos desconocidos. Por poner sólo unos pocos ejemplos, los Cela, Alberti,  Gil de Biedma, Ruidrejo, Barral, Benet y demás parecen haberse sumido en el compás de espera del que hablaban los viejos maestros, y al cabo del cual se sabrá si vuelven o no para quedarse (una vez adquirida la condición de clásico).

Sin embargo, la conversión de la industria cultural (el propio término lo dice) en un negocio ha distorsionado los usos y costumbres republicanos y  ya nadie respeta los plazos de espera antes de someter al juicio público una nueva obra, la dignidad de los silencios tras un sonoro fracaso o el preceptivo alejamiento antes del regreso triunfal.  Y todo ello viene  cuento de la aparición del tomo dedicado a la narrativa de Francisco Ayala que ahora presenta Galaxia Gutenberg en edición de Antoni Munné.  Que se sepa, nadie le dio nunca un palo demoledor por ninguna de sus novelas, y eso que escribió la primera, Tragicomedia de un hombre sin espíritu (aparecida en 1925), cuando sólo contaba dieciséis años. Entre ésta y  El filósofo y un pirata, su última obra de ficción (aparecida en 1999, cuando contaba ya 93 años) fue dando a conocer  novelas como Historia de un amanecer (1926), y El boxeador y un ángel (1929) y Cazador en el alba (1930), sus obras más vanguardistas . Los años convulsos que precedieron a la Guerra Civil y el desarrollo y desenlace de la misma (exilio, así como su peregrinar por diversos países de acogida antes de recalar definitivamente en Estados Unidos), le impusieron un relativo parón, ya que las difíciles circunstancias vitales no le impidieron llevar a cabo la parte más sustancial de su obra, como por ejemplo la colección de cuentos  Los usurpadores (1940, que incluye el que probablemente sea su relato más celebrado,” El hechizado”),o sus novelas más conocidas,  La cabeza del cordero (1949) y El jardín de las delicias (1971).

Si la perduración depende de la longevidad, Francisco Ayala la tiene asegurada puesto que murió en 2009, a los 103 años de edad. Y en cuanto a la espera antes del regreso, ya digo que las reglas de juego andan muy perturbadas y uno no sabe qué dirían los viejos maestros si levantaran sus venerables cabezas. Cuando regresó del exilio, en los años 60 del siglo pasado, la comunidad republicana no sabía bien donde ubicarlo. No era uno de los rojazos al uso que volvía victorioso después de unos años de ostracismo, pero en la derecha  tampoco era muy apreciado porque en  novelas como Muertes de perro (1958) y El fondo del vaso (1962) no hacían un papel muy lucido  las dictaduras. Y como tampoco era un hombre conocido fuera de los círculos profesionales, sólo  poco a poco se le fue recuperando (académico desde 1983, varias veces propuesto para el premio Nobel de literatura, etc). La publicación de sus Obras Completas, avaladas por el reconocido prestigio de Galaxia Gutenberg, es una buena ocasión para que el público de habla española conozca de primera mano la obra de este hombre ampliamente valorado por su ejemplar honestidad intelectual.   

 

Obras Completas. Narrativa

Francisco Ayala

Galaxia Gutenberg

[Publicado el 19/3/2012 a las 11:24]

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Sé que mi padre decía

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Esta novela que ahora reedita la editorial Los libros del lince ganó en 2009  el Premio Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón, pero no tiene mucho que ver con lo que uno espera encontrar cuando empieza a leer una novela de detectives. Para empezar, no sigue la moda de los relatos nórdicos de crímenes, que de forma tan merecida se han ganado un aprecio prácticamente universal. Y tampoco es un remedo de los grandes escritores de género estadounidense. Por no haber  ni siquiera hay policías violentos, detectives en vísperas de alcoholizarse, comisarías ruinosas y polvorientas ni laboratorios científicos en los que desentrañar habilidosamente la verdad. A decir verdad, Sé lo que dice mi padre no se parece a nada de lo que habitualmente se acumula en las estanterías reservadas a la novela negra. No tiene referentes. Resulta ocioso  traer a colación a gente como Patricia Highsmith, Jim Thompson o Fred Vargas porque no hay parangón con ninguno de ellos.

 

Lo que más llama la atención es la absoluta y radical falta de juicio moral acerca de los personajes, sus actos o la sociedad que los ampara. Ni siquiera a la hora de describir a Jon Asecas, un pistolero que empieza por verse implicado azarosamente en la trama y acaba erigiéndose en uno de los actores principales, se utiliza el rasgo que hubiera permitido definirlo nítidamente y de un solo trazo, es decir, su condición de miembro de ETA, unas siglas que sólo aparecen una vez y por un motivo equivocado y por completo ajeno a la trama. Aunque mi conocimiento de la literatura producida en el País Vasco en los últimos años no es tan exhaustivo como para poder afirmarlo con toda seguridad, yo diría que es la primera vez que en un relato de ficción aparece un miembro de esa organización sin que, directa o indirectamente, se le juzgue por su militancia o se le cuelgue algún tipo de etiqueta moral, ya sea a favor o en contra. El tal Jon Asecas actúa como actúa y son sus actos quienes le sitúan a uno u otro lado de la línea moral que cada lector tiene en su conciencia. Y lo mismo podría decirse del resto de personajes, que vaya otros. Si acaso, el juicio emana de los propios actores del conflicto. Por ejemplo Ismael Ochoa, el narrador, es reiteradamente negado en insultado por todos cuantos le rodean, empezando por su propio padre, debido a su condición de ex legionario. Si deseaba romper con su pasado, e incluso si buscaba negar sus orígenes y empezar desde cero en otro sitio (vienen a decirle su concuidadanos), ¿no tenía a su disposición un montón de opciones antes que enrolarse en la legión?

La trama, en su planteamiento, no puede ser más sencilla. Ese ex legionario que lleva muchos años dando tumbos por ahí, recibe de su ex mujer las pruebas necesarias para hacer un chantaje que les solucionará la vida a ambos. Todo lo que debe hacer es presentarse ante su único amigo de la infancia, mencionarle las pruebas de su intolerable y culposa doblez y sacarle un montón de pasta a cambio de su silencio. Pero nada sale como está previsto, entre otras cosas porque tampoco nadie es lo que parece, ni tampoco actúa como debería. Con notable habilidad, Willy Uribe teje esta historia de traiciones, derrotas, cobardías, crímenes y miserias en la que resultaría difícil trazar la vieja distinción entre buenos y malos, o entre ganadores y perdedores. Y como en toda buena historia, adivinamos que la palabra Fin no significa que todo quede resuelto y perdonado, o que cada uno vaya a conformarse con su suerte, pues incluso los supuestos ganadores acabarán recibiendo su merecido.    

Otro aspecto notable de la novela es su localización: transcurre  casi íntegramente en Bilbao y con personajes locales, pero contra todo pronóstico resulta de una verosimilitud muy de agradecer. Tal vez en gran parte elloc se deba a que Willy Uribe es un alumno aventajado de Ramiro Pinilla, un hombre que ha hecho del País Vasco un universo narrativo de gran riqueza y lleno de matices. Y que se empiece a poder hablar de ETA (o incluso de los  pistoleros de ETA) sin atrincherarse tras una andana de denuestos o beatificaciones es, me parece a mi, un síntoma de salud, o un primer paso hacia la normalización.  La Historia acabará situando a ETA donde corresponde. Y ya va siendo hora de que los ciudadanos (y quienes escriben ) vayan haciendo lo propio.

 

Sé que mi padre decía

Willy Uribe

Los libros del lince

[Publicado el 12/3/2012 a las 13:44]

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La noche

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Un féretro que aspira – uno piensa que con cierta lógica -  a servir de mortaja a una mujer pero que, para su disgusto, acaba en una tumba con un muerto varón; un barco que teme la decrepitud y la muerte y solo alcanza la paz en el fondo del mar; una gallina que se venga cruelmente de quienes la van a devorar; un perro que hace de testigo y testimonio de la muerte de su amo, un pobre poeta tísico; un muñeco del escaparate de una juguetería que sufre por su fealdad o un traje gris que, movido por sus apetitos, decide vivir su vida. Es como un mundo visto desde el otro lado del espejo, un mundo en el que los objetos dan cuenta de los humanos.

 

Y si no, si son éstos, los humanos, quienes se hacen cargo de la narración, se trata de seres alucinados que viven situaciones desenfrenadas desde una lucidez enloquecida. Por ejemplo ese hombre que advierte una obstrucción en el grifo de la bañera y que después de muchos esfuerzos logra extraer el objeto que impedía el paso del agua y que resulta ser una extraña criatura  casi anfibia: el parecido de la extracción con un parto da pie a llevar la “lógica”  hasta el final y el hecho de haber dado a luz una vez hace verosímil que el hombre vuelva a quedar embarazado…; pero también el niño físicamente ridículo que se venga escribiendo libros crueles o el contrincante de ajedrez que es sólo una alucinación de la pobre Margaret Rose.

La de Francisco Tario es una escritura tan personal que resulta del todo intransferible. Es más, de no haber sido un hombre marcado por una férrea voluntad de anonimato, o en caso de haber tenido éxito y ser el iniciador de una escuela literaria (un modelo a seguir) hubiera sido un horror, sobre todo para los imitadores-seguidores, pero también para los lectores porque, como digo, es una escritura personal e intransferible. Pero por fortuna la llevó a cabo plasmándola en novelas, obras teatrales y, sobre todo, cuentos, y leerle es un viaje al asombro y la maravilla. El formato que mejor se adapta a su escritura es el cuento y nunca sabes qué te espera en el relato siguiente, aunque casi sería más justo decir que nunca sabes por dónde te va a salir en la página siguiente.

Francisco Tario (nacido Ciudad de México en 1911 y muerto en  Madrid en 1977) se caracterizó antes que nada por su voluntad de anonimato.  Para empezar ni siquiera se llama Tario sino Peláez. Fue un mejicano de pura cepa, pues nació, se formó y  vivió allí la mayor parte de su vida. Además de un consumado dandy, fue portero de fútbol semiprofesional, astrónomo y pianista aficionado, empresario cinematográfico y, casi por encima de todo, un hombre dedicado a su mujer (estaba casado con Camen Farrell, con fama de ser una de las mujeres más bellas de su época), a sus dos hijos y al resto de su familia y amigos. Pero muchos de éstos, así como de sus relativamente escasos aunque acérrimos lectores, se quedarían asombrados de saber que en la localidad asturiana de Llanes, donde estaban las raíces de sus ancestros, todavía le consideran un indiano, es decir uno de los muchos emigrados a América que por más años que pasen fuera siempre serán uno de los suyos. Ya digo, sin embargo que tenía una capacidad asombrosa para el disfraz y que podía ejercer de mejicano y asturiano sin sentirse extraño aquí o allá.  Y lo mismo puede decirse de su escritura (siendo inequívocamente mejicano no  hay rastro de modismos o temas característicos de sus coetáneos) y también de su condición de escritor. Se ganó bien la vida ejerciendo de esto o aquello, pero esencialmente fue uno de esos escritores  a los que sólo les gusta escribir, siendo por completo ajenos a las servidumbres del oficio de las letras que empiezan cuando  guardas la pluma y te enfrentas a las entrevistas, las actuaciones públicas o al ejercicio de la condición de intelectual. Bastaría un cuento como el titulado “Un huerto frente al mar” para hacerse una idea de lo que hubiera podido ser Francisco Tario caso de haber optado por una escritura y un ejercicio del oficio más “normales”.  Pero fue un ser libre y vivió la vida como le pareció, y por suerte todavía hay gentes que creen ciegamente en su calidad literaria (como  Atalanta, pero también biógrafos, editores y entusiastas), que continúan luchando por dar a conocer su obra.

 

La noche

Francisco Tario

Atalanta   

 

[Publicado el 05/3/2012 a las 10:51]

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Que cien años no es nada

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Hoy, 27 de febrero se cumplen cien años del nacimiento de Lawrence Durrell en la localidad india de Julundur. En los países civilizados se está celebrando la efemérides con artículos, ediciones especiales y, sobre todo, manifestaciones espontáneas de gratitud por las muchas horas de inolvidables lectura que  ese hombre nos proporcionó. Por descontado que España guarda un silencio sepulcral y desagradecido. Nada. Como si jamás hubiera oído nadie hablar de ese Lawrence ¿qué?

Y sin embargo se le debe, como poco, el majestuoso Cuarteto de Alejandría, repleto de hallazgos, sugerencias y fertilidad literaría, por no hablar del descubrimiento de la ciudad de Alejandría o el regalo de un personaje como la misteriosa Justine. Con sólo que Durrell hubiese dejado esos cuatro libros como testimonio de su paso por este mundo ya debería ser recordado con gratitud año tras año. Pero es que encima dejó atrás otras dos huellas de su paso que conducen a unos  lugares tan impagables como son Grecia y la Provenza , la primera vivida apasionadamente durante su etapa más vital y creativa (las islas, el sol, la luz, los baños, los olivos, los sucesivos amores o los libros fruto de todo ello) y la segunda durante los largos años vividos allí en su  madurez, dejando como testimonio de ello el Quinteto de Avignon y un retrato encantador de ese universo que nos cae a un tiro de piedra y titulado Visión de Provenza.  Y para qué dar las gracias por ello si aquí andamos sobrados de todo.

Pero algo muy grave tiene que estar pasando si además de despreciar a los grandes hombres con el olvido se desprecian incluso los soportes materiales de sus obras, y me estoy refiriendo a los libros.  Actualmente paso por el emotivo trance de desalojar un piso en el que se me han acumulado libros desde hace lo menos treinta años.  Muchos de ellos los ha acarreado (literalmente) por estaciones francesas, inglesas e italianas, y he sentido una indecible sensación de orgullo cuando finalmente los he visto  colocados en el lugar que les estaba reservado en las estanterías de casa. ¿Para siempre?

Quiá.

Primera sorpresa: actualmente ya nadie compra libros de segunda mano porque, me dicen los profesionales del ramo, no se valora que sea una edición muy cuidada y a cargo de un intelectual muy prestigiado…hace treinta años.  Lo de que sea un ejemplar agotado e inencontrable tampoco es valor suficiente.  La impresión general es que, antes o después, Google acabará ofreciéndolo, y qué más da si la edición es anónima y mediocre si sale (palabra mágica) gratis.

Segunda sorpresa: nadie quiere libros usados ni quiera gratis porque, me dicen los profesionales del ramo, a ellos no les salen tan regalados como parece. En primer lugar hay que mandar a buscarlos con una furgoneta y pagar a quien los cargue, y una vez en el almacén hay que contratar a otra persona para que los introduzca en la base de datos porque, me dicen, las pocas ventas que se hacen llegan a través de Internet.

Tercera y última sorpresa: hay instituciones, por ejemplo las universitarias,  que después de mucho insistir están dispuestas a aceptar una biblioteca pero sólo si es excepcional . Y ello no para incorporarla a sus propios fondos sino para ponerla en una sala cuya llave las secretarias se la facilitan a quien la pida, con el resultado de que a los pocos meses han desparecido los ejemplares más valiosos.  No sé si sirve de mucho consuelo la certeza de que a esos saqueadores les aguarda la misma suerte cuando quieran dejar a buen recaudo sus respectivas bibliotecas.

Otras instituciones, como por ejemplo las bibliotecas públicas de las comunidades históricas tampoco aceptan libros si no están escritos en su lengua vernácula. Y otras instituciones más, por ejemplo las penitenciarias y las asistenciales, aseguran que sus bibliotecas están muy desasistidas y que aceptarán gustosas  toda clase de libros…a condición de que se los depositen en los correspondientes estable cimientos. Es decir, cargar una vez más con los libros, ahora para depositarlos en la cárcel o un hospicio. Vivir para ver.

Solución final: aprovechando el persistente anticiclón invernal que hemos disfrutado,  improvisé un tenderete frente a mi casa y tuve la satisfacción de ver cómo había transeúntes que optaban por llevarse unos cuantos libros bajo el brazo. Pero conste que los más usados, es decir, los más queridos, releídos y consultados no los quería nadie y hoy deben de estar a punto de ser reciclados para ser reconvertidos en bolsas para la compra o papel de envolver regalos. Pero ya digo que algo muy grave nos está pasando.

[Publicado el 27/2/2012 a las 13:03]

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Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

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