PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 25 de junio de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Mason y Dixon

imagen descriptiva

                No puede decirse que Thomas Pynchon sea un escritor rápido. V, su primera novela, es de  1963, La subasta del lote 49 salió en 1966 y El arco iris de la gravedad, en 1973. Tampoco puede decirse de él que mime al lector con cuidado maternal. Más bien lo maltrata en el curso de la lectura con unas narraciones enrevesadas en las que, como dijo el crítico Sam Leith, es más fácil decir de qué no hablan que hacer una sinopsis mínimamente representativa. Y encima maltrata al lector fuera de la lectura al esconderse detrás de un personaje que busca desabridamente el anonimato, sin ir más lejos cuando manda a un cómico a recoger un prestigioso premio que le han dado, pero que también coquetea con la fama, como al decirse orgulloso de que Vladimir Nabokov declarase no recordar haberle tenido como alumno durante unos cursos dictados en la Universidad de Cornell. En lugar de tomarse a mal que el maestro no hubiese reparado en él, su indiferencia ante ese olvido es una forma sibilina  de decir que tampoco a él le había impresionado gran cosa el maestro, y de ahí que no hubiese hecho nada por seducirlo. A eso se llama  orgullo luciferino y es propio de los grandes hombres de fama.

                Después de El arco iris de la gravedad, la novela que más fama, dinero y honores  le ha valido, Pynchon esperó diecisiete años para publicar Vineland (1990) y siete más para dar a conocer Maxon y Dixon (1997), aunque se sabe que llevaba recopilando datos y pergeñando secuencias desde 1975.

                Tan largo periodo de gestación se advierte nada más abrir la novela. Si alguien piensa que le van a contar la historia de cómo un astrónomo bastante friki (Mason) y un agrimensor perfectamente acorde (Dixon) trazaron una línea imaginaria para separar los estados de Maryland y Pennsylvania (entonces todavía colonias británicas) no puede ni imaginar la que se le viene encima. En el momento de su aparición, cuando el fenómeno Pynchon se encontraba en su apogeo y se esperaba con ansiedad su última producción, la comunidad literaria (la favorable, se entiende, porque los detractores emitieron los gruñidos y denuestos de siempre) acogió Mason y Dixon con un suspiro de alivio porque su ídolo “la había vuelto a liar”: la narración era tan satisfactoriamente farragosa, desconcertante, sabia, hermética y zigzagueante como siempre. Y repleta de momentos sublimes que hacen perdonar las decenas y decenas de páginas en las que nadie, empezando por el propio Pynchon, parece saber muy en qué va a parar la cosa. Pero merece la pena aguantar porque antes o después aparecerá un pasaje sensacional. Y quien quiera ahorrarse tiempo puede ir directamente a la página 214 (en la presente reedición de Tusquets)  en la que Mason le cuenta a Dixon cómo sedujo a su esposa Rebekah durante la delirante ceremonia del queso gigante que daba vueltas a la parroquia de Randwich.

                El tiempo siempre acaba por atemperar a quienes aman tensar la cuerda narrativa hasta extremos poco antes inauditos. Al fin y al cabo a los escritores desafiantes les pasa un poco como a los toreros tremendistas, pues si pasado un tiempo prudencial no se cumple el final catastrófico que su osadía parecía prometer,  el público deja de sufrir porque ya sabe que la cosa no es para tanto y que ni los pobres toros dan tantas cornadas como cabía temer ni las novelas de Pynchon son tan laberínticas como parece. Todo consiste en saber si uno es de esos lectores que desean ir directamente al desenlace o si por el contrario pertenece al honrado gremio de quienes no les importa dar rodeos por la historia, la geografía, la astronomía, el desarrollo de la ciencia mecánica del reloj, la prostitución en Ciudad del Cabo (esclavas malayas importadas, por si alguien siente curiosidad) o cómo era la isla de Santa Helena cuando todavía  no había acogido a un huésped tan famoso como Napoleón  y sólo servía como puerto de enlace para los barcos de la Compañía Británica de las Islas Orientales.

                Otra ventaja de leer esta novela casi cuarenta años más tarde es la posibilidad de tener una tablet a mano durante la lectura y acompañar al autor en algunas de sus divagaciones. Por poner un ejemplo, aunque podría confeccionarse una antología, hay un momento en que Mason camina por un lugar para él desconocido de Santa Helena y se siente atraído por un Museo de la Oreja de Jenkin, cuya entrada es tan angosta que el visitante debe tumbarse en el suelo y avanzar ayudándose de los codos. Todo el episodio es igual de surrealista. Pero si de pronto a uno le asalta la duda (“¿Y si fuera verdad lo que me está contando?”) basta acudir a Internet para saber que, en efecto, hubo un marino inglés llamado Robert Jenkins al que un capitán de barco español le cortó una oreja que acabó siendo la excusa para la llamada Guerra de Asiento que en 1739 enfrentó una vez más a las armadas de Inglaterra y España. Lo del museo es cosecha del autor pero, en cambio, la ceremonia del queso gigante todavía se celebra como se cuenta en la novela.

 O sea: quien se deje amilanar y tema adentrarse en esas casi mil páginas del más puro pynchon se estará perdiendo una fiesta a veces larga y pesada pero con picos inolvidables.

 

Mason y Dixon

Thomas Pynchon

Traducción de Jordi Fibla

Tusquets   

 

[Publicado el 18/9/2015 a las 08:39]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Valparaíso

imagen descriptiva

 

La infancia de un niño rico y feliz de Valparaíso tiene por fuerza que parecerse (mimo va, mimo viene, aquella primita tan linda o la niñera haciendo las veces de madre) a la infancia de los niños ricos y felices de cualquier otro rincón del mundo. Por eso los primeros años de la vida del narrador de esta novela suenan un poco a dejà vu. Sin embargo, y aparte de que tampoco es ningún sacrificio hacerlo, es aconsejable aguantar un poco y seguir el desarrollo  propio de cualquier persona porque cuando el narrador crece también crece el interés de lo que cuenta, entre otras cosas porque, una vez superados, la casa paterna, el jardín y el colegio dejan paso a Valparaíso y esa ciudad, empezando por su nombre, en manos de un narrador competente, resulta fascinante.

                Joaquín Edwards Bello era hijo de una familia patricia chilena que lo destinó a la diplomacia, aunque renunció a ésta en favor del periodismo. Durante cuarenta años tuvo en La Nación una columna que cimentó su fama y le permitió mantener una presencia en el país incluso cuando físicamente se encontraba muy lejos por culpa de sus ideas y sus trifulcas con unos y otros: no era un hombre fácil y su sentido crítico, unido a un humor a ratos muy ácido y a una posición desahogada que le permitía no depender de nadie, le costaron no pocos enemigos y exilios. Aparte de sus muy apreciadas crónicas de la vida diaria de su país, Joaquín Edwards Bello escribió novelas tan apreciables como El Roto (1920) o Un chileno en Madrid (1929), en la que ya utilizaba una técnica narrativa  que llevó a su extremo en Valparaíso, la ciudad del viento (1931). En sucesivas ediciones le fue cambiando el título hasta quedar solo el nombre de la ciudad. En 2005 su sobrino, el también novelista Jorge Edwards,  le dedicó un cariñoso homenaje en El inútil de la familia 

Tras la publicación de Valparaíso, y durante algún tiempo, la crítica anduvo dándole vueltas al género de esa obra, pues no tenía claro el grado de veracidad y de creación en lo que Joaquín Edwards contaba de sí mismo. En realidad, la frescura y naturalidad que desprende todavía Valparaíso se debe en parte a la actual insistencia en recurrir a las novelas autobiográficas, o biografías noveladas, como se quiera, un género en el que destaca la monumental narración de  Edward St.Aubyn, que cuenta y no cuenta su vida en un monumental ciclo de cinco novelas reunidas recientemente bajo el título de The Patrick Melrose Novels.

                Llamar la atención de un posible lector bajo la promesa de hablar de sí mismo (se supone que sin censura) tiene un doble peligro. De una parte la apuesta obliga a sacar a la luz lo trivial y anecdótico, pero también lo más profundo y oscuro de uno mismo. Lo más sagrado. Y eso siempre es delicado, aparte de doloroso y expuesto. Al mismo tiempo la apuesta obliga a hablar de los demás con idéntica veracidad, ya sean padres, amigos, amores o desamores. Y si es peligroso decir según qué cosas de uno mismo, cómo no va a serlo si el protagonista de algún suceso no muy elogioso y poco digno de imitación es tu propio padre, tu mejor amigo o aquella mujer que tan generosamente se entregó a cambio de nada. “Puro veneno”, como dice Marlowe cada vez que alguien quiere contarle algo comprometedor. Otra cosa son los diarios, o los dietarios, en los cuales se da cuenta de ciertas cosas sin que el lector pida cuenta de los silencios. Cosa que no ocurre cuando la promesa es contarlo todo.

               El gran invento de la falsa autobiografía y la biografía novelada es que, en sí misma, toda ella es una licencia poética, y lo que importa no es la verdad verdadera sino la imagen, el ambiente, el colorido, el perfume, la huella. Es como si el autor reprodujese en toda su sonoridad y cromatismo la melodía de una composición musical y dejase la letra al albur de la creatividad del lector. O por decirlo con todas sus consecuencias, lo que importa es la expresividad y la verosimilitud,  no la exactitud de los hechos contados.

                La ciudad de Valparaíso, ¿era a finales del siglo XX como la pinta, o tararea, Joaquín Edwards Bello? Probablemente sí. ¿Eran los personales y sus vidas como aparecen aquí? ¿Contará lo aquí narrado como prueba de sus actos (buenos o malos) el día del Juicio Final? Rotundamente, no. Dilucidar esa cuestión le queda al erudito que decide hacer una biografía académica de un autor, porque a él si se le exige rigor y exactitud, y se le pide que rinda cuentas si se le detectan renuncios. A un lector actual, que si no es chileno probablemente no conocerá a Edwards Bello, le tiene sin cuidado el rigor histórico. Lo que de verdad le interesa es la imagen de la ciudad que surge en torno a los personajes, y el alcance humano de éstos a través de sus vidas. Y en ese sentido Valparaíso ofrece momentos de lectura muy gratos porque, aun siendo en palabras de Gabriela Mistral “el hijo más reprendedor de su patria que la salió a nuestro Chile”, la relación del autor con su ciudad natal es íntima, entrañable y, sobre todo,  profundamente agradecida. Y esas cualidades, en manos de un cronista experimentado y con ganas de corresponder a las deferencias que su ciudad tuvo con él, da como resultado una narración viva, enriquecedora y estimulante hasta el extremo de que dan ganas de cerrar el libro e ir a ver personalmente ese paraíso.


 


Valparaíso


Joaquín Edwards Bello


Ediciones Diego Portales


[Publicado el 07/9/2015 a las 10:48]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Taksim

imagen descriptiva

A Andrzej Stasiuk no le gusta nada que le hayan colgado la etiqueta de ser “el escritor de referencia de la generación postcomunista”. Sin embargo, y por más que le pese, pertenece a dicha generación y además es el autor polaco actual más leído, traducido y premiado. En cambio es comprensible que se niegue a ser una referencia para nadie.

Stasiuk nació en 1960 y la caída del Muro de Berlín (1989) le pilló en una posición privilegiada. Había cumplido año y medio de prisión por desertar del ejército, y el clima de euforia y esperanza que se vivía tras la liquidación del comunismo le animó  a utilizar sus experiencias carcelarias en un volumen de duros y descarnados relatos titulado Las murallas de Hebrón (1992). El reconocimiento fue general e inmediato. Pero las prolongadas celebraciones de dicho reconocimiento y la participación en las algaradas propias de todo periodo constituyente le aportaron una valiosa convicción: a la larga,  a ciudad amenazaba con empujarle hacia una completa inacción (según sus propias palabras a fuerza de sexo, drogas y rock’n’roll), razón por la cual abandonó Varsovia y emprendió un prolongado periodo de vagabundeo entreverado de breves periodos de quietud que aprovechó para ir escribiendo novelas como El mundo detrás de Dukla (Acantilado, 2003) o Nueve (Acantilado, 2004), que él mismo considera lo más logrado de su ya abundante producción. Además escribe teatro y, solo por dinero, guiones de cine.

Actualmente vive en Wołowiec, donde su afición por la vida en el campo (ha llegado a gestionar una granja de llamas) se ha traducido en un ambicioso plan de reforestación y cultivos ecológicos. Para su desgracia, ese apego a la tierra le impide ejercer una de sus grandes aficiones: vagabundear por un extenso territorio que se extiende en la confluencia de Rumanía, Ucrania, Polonia, Eslovaquia y Hungría (no hay que hacer demasiado caso de las fronteras actuales porque hay regiones enteras que han cambiado de nacionalidad varias veces y otras incluso han desparecido o cambiado de nombre). El propio Stasiuk, que no es muy aficionado a los eufemismos, denomina a ese impreciso lugar "el culo de Europa". Recogió sus primeras impresiones en De camino a Babadag, un periplo realizado muchas veces a pie y que le llevó de Polonia a Hungría y de Rumanía a Eslovenia.

En Taksim insiste en deambular por esa misma tierra de nadie, aunque en esta ocasión el narrador es dueño de una viejísima furgoneta Fiat Ducato con la que recorre los caminos y atraviesa fronteras en compañía de su misterioso socio Wladek, un hombre que parece ser amigo de todo el mundo, que se cuela en los lugares más inverosímiles y que mete al narrador en toda clase de situaciones imposibles, todo ello en nombre de un negocio increíblemente provechoso que, esta vez sí, ya lo verás, te lo juro, no puede fallar. El comercio habitual de ambos son unas prendas de ropa usada que ya no quieren ni siquiera en los mercadillos de las grandes ciudades europeas, aunque si se tercia trafican con toda clase de artículos al límite de la extinción y procedentes cada vez con mayor frecuencia de China.

La belleza de unos paisajes muchas veces vírgenes, el exotismo de las poblaciones, la forma de vida de sus habitantes y sus costumbres, o las reflexiones de tipo filosófico y moral que provocan los hechos relatados bastarían para dar un gran interés a esta novela que además, o casi podría decirse que antes que nada, destaca por una fantástica técnica narrativa. Junto a largas precisiones geográficas y minuciosas descripciones de paisajes y circunstancias o incluso detalles cotidianos (por ejemplo, de cómo se las apañan dos personas para dormir y prepararse un desayuno caliente en una furgoneta atestada de míseras falsificaciones chinas de tercera mano) el lector puede caer en la cuenta de que no se le ha dicho el nombre de la ciudad, que no sabe nada del interlocutor o que tampoco se da explicación alguna de hechos tan trascendentes como la aparición una cerda rodeada de cochinillos que mata sin más a un hombre en un mercado ante la indiferencia general.

Es una técnica de enfoque y desenfoque que se hace extensiva a la novela entera, capaz de una nitidez instantánea para luego desaparecer en una grisalla informe. Parece como un juego continuo entre realidad y ficción en el que no acaba de saberse dónde está la verdad y a partir de qué momento empieza lo ficticio, todo ello contado además con un tono de desencanto sin paliativos. Aquellas euforias y promesas de los primeros años tras la caída del comunismo han dejado paso a la atroz evidencia de que en el culo de Europa no hay esperanza posible, que los supuestos cambios no han cambiado nada y que el futuro se reduce a depender de las sobras y de lo que nadie más quiere, con el agravante de que, por ejemplo el narrador, ya no aspira a grandes negocios ni ganancias porque se conforma con lo que gana vendiendo andrajos en mercados de pueblos que ni nombre tienen.

Taksim

Andrzej Stasiuk

Traducción de Alfonso Cazenave

Acantilado

[Publicado el 28/8/2015 a las 18:38]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Ve y pon un centinela

imagen descriptiva

Esta novela podría ser un ejemplo excelente para ilustrar la distancia que media entre  “decir” y “hacer” tal y como lo entendía el viejo maestro griego cuando advertía a sus alumnos que debían hacer lo que les decía y no lo que él hacía. En esta advertencia resulta  fácil percibir la primacía que se otorga a la conducta (hacer) sobre la siempre sospechosa palabra (decir)r.  En castellano es posible detectar  idéntica primacía en el precepto que aconseja predicar con el ejemplo, o en ese otro según el cual, “por sus obras los conoceréis”.

 Ve y pon un centinela (el título corresponde al versículo  21,6  del Libro de Isaías) es una novela magnífica y rebosante de ternura,  dinamismo y energía  mientras cuenta lo que hacen, dicen y piensa  los personajes, ya sea en el presente o tiempo atrás. Sin embargo,  el poderoso flujo narrativo se estanca cuando se trata de decir, por ejemplo, lo que unos y otros opinan sobre temas tan pantanosos como son el racismo o los derechos civiles de blancvos y negrosd. Por desgracia, el tiempo dedicado al decir es considerable y Ve y pon un centinela termina quedando  por debajo de la tan exitosa como  justamente aclamada Matar a un ruiseñor.

Ambas novelas fueron escritas en plena década de los años 50, cuando el racismo y la reivindicación de los derechos civiles dominaban los debates a escala nacional. En las dos tales temas juegan  un papel esencial. La gran diferencia estriba en que Matar a un ruiseñor sólo cuenta, o escenifica, o pone en evidencia lo injusto de una situación, mientras que Ven y pon un centinela dedica demasiado tiempo y energía a decir la injusticia que entraña el hecho de conceder a una parte de la población unos derechos que le son negados al resto de la población.

Como se recordará, Matar a un ruiseñor tenía tres líneas narrativas: una de ella eran las cosas y casos que tenían lugar en un pueblo diminuto de Alabama en los años treinta; otra línea era el aprendizaje vital que  estaban llevando a cabo una niña de seis años llamada familiarmente Scout, su hermano de diez años, Jem, y un entrañable amigo de ambos, Dill. La tercera y más comprometida vía narrativa era la complicada defensa que Atticus Finch, abogado y padre de Scout y Jem, hacía de un joven negro acusado de violar a una  mujer blanca. Curiosamente, ese gesto altruista pero casi temerario se menciona como de pasada en Ven y pon un centinela. Parece ser que esa primera novela fue rechazada por todos los editores salvo por uno, que se ofreció a publicarla si Harper Lee primero accdedía a desarrollar  el  apenas esbozado tema de la violación y la intervención del honesto abogado pueblerino.

Podría decirse que finalmente aquel editor tenía razón porque una vez que pese a sus lógicas reticencias Harper Lee entregó Matar a un ruiseñor, ésa versión tuvo un éxito fulminante refrendado por la obtención del premio Pulitzer de ese año (1960). No mucho después, la versión cinematográfica firmada por Robert Mulligan no sólo obtuvo tres Oscar sino que consagró para siempre a Gregory Peck en el papel de Atticus Finch, el hombre íntegro y defensor de los débiles que todo el mundo quisiera tener por padre.

Pese a que, como queda dicho, cronológicamente sea anterior, los hechos que se cuentan en Ven y pon un centinela tienen lugar veinte años después del juicio al joven negro. Scout, ahora conocida por todos como Jean Luise, tiene ya 26 años y vive desde hace tiempo en Nueva York. Por ideología y por elección afectiva, está en total descuerdo con las costumbres y conductas que imperan en el pueblo donde nació y se crió. Además, Jem ha  muerto, Dill vive en Europa sin demostrar la menor  intención de volver y Atticus es un anciano lleno de achaques y carencias. Los cuidados de la tía Alexandra no bastan y, pese a que se defiende con uñas y dientes,  debería ser Jean Louise quien se ocupase de él. Una de las razones que ella tiene para no abandonar Nueva York y asumir el papel que le corresponde en el pueblo es Hank, un joven de mala familia que actualmente hace de mano derecha de Atticus en el bufete de éste y al que todo el mundo considera el heredero natural y, de paso, el marido natural de Jean Louise.

Las relaciones de ésta con su familia y con Hank, así como con  los demás habitantes del pueblo, se cuentan entreveradas de deliciosos recuerdos y escenas de la infancia, algunos decididamente geniales, como el incidente de los pechos postizos de Scout durante un baile en el instituto. Para expresarlo en los términos que utilizo aquí, tanto en Matar a un ruiseñor como en gran parte de Ven y pon un centinela los hechos, las ideas e incluso los fundamentos morales que rigen las conductas son pura narración,   es decir, encarnados en la acción y no expuestos en forma de discursos. Cosa que no ocurre cuando Jean Louise plantea el problema del racismo, un tema para ella de vital importancia y al que se opone apasionadamente. La desgracia es que  encima der ser expuestos de forma prolija y reiterada tanto sus argumentos como las posibles medidas a tomar han quedado en gran parte obsoletas porque la situación de la población afroamericana ya no tiene mucho que ver con la que se daba en la época en que están ambientadas ambas novelas.     

 

Ve y pon un centinela

Harper Lee

Traducción de Belmonte Traducciones

Harper Collins

[Publicado el 18/8/2015 a las 17:32]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

1927: Un verano que cambió el mundo

imagen descriptiva

Me  ha parecido  apropiado inaugurar este aleatorio ciclo de “Lecturas de verano” con el estupendo libro de Bill Bryson  1927: Un verano que cambió el mundo.  Hay fechas que ejercen una influencia decisiva en el imaginario popular: el año Cero porque el nacimiento de Jesús sirvió  muchos siglos después para numerar todos los grandes acontecimientos mundiales ya ocurridos o por ocurrir desde entonces; y 1492, año del descubrimiento de América, es fecha nuy señalada porque se decidió elegirla para señalar el nacimiento de la historia moderna universal. Por su parte, los países suelen acotar una serie de fechas para recordar algún hecho local que permita a sus ciudadanos reconocerse a sí mismos y darse a conocer a los demás. El 25 de octubre en la extinta URSS, el 26 de julio en la Cuba castrista, etc.

Quede claro, de entrada, que si bien el año 1927 fue movido y muy rico en sucesos vistosos, emocionantes y de significada importancia, no es posible destacar en ese verano un solo acontecimiento comparable en importancia y trascendencia a cualquiera de los más arriba mencionados. Pero quienes le conocen bien, saben que Bill Bryson no se iba a dejar amilanar por un detalle tan circunstancial e insignificante y que iba a poner en juego sus bien probados (y sobrados) recursos  para confeccionar un libro de casi seiscientas páginas repletas de informaciones vertiginosas, personajes extravagantes, los asesinos más patosos que  imaginarse pueda, múltiples apuestas económicas insensatas que dieron lugar a fracasos previsibles pero también a logros inverosímiles y docenas de historias más, por lo general  tiernas, jocosas y alucinantes. Muchas de dichas historia podrían tacharse de increíbles (por no utilizar un término tan feo como es “inventadas”). Sin embargo, se puede acusar a Bill Bryson de tener una visión del mundo decididamente surrealista y una forma de contar las cosas tan desenfadada que cuesta creer lo que cuenta. Pero difícilmente se le podrá cazar haciendo trampas, o demostrar que ha tratado un suceso sin haberse informado previamente del mismo con todo rigor.  

El ingente material reunido (previsiblemente por un nutrido pelotón de scouts), Bryson lo ha dividido en cinco apartados, cada uno dedicado a un mes entre mayo y septiembre de 1927 y cada uno presidido por un personaje o suceso que le permiten estructurar ese y los apartados siguientes. Mayo tiene como personaje y suceso principal a Charles Lindbergh y su primer vuelo trasatlántico a bordo del Spirit of St. Louis. En junio predominan el asombroso jugador de béísbol Babe Ruth y sus no menos asombrosos logros deportivos de aquel verano en el que su enorme panza, consecuencia de los excesos cometidos durante toda la vida (parece que su apetito genésico solo era comparable a su voracidad en la mesa) hacía presagiar una hecatombe y en cambio resultó ser el cénit de su trayectoria con los míticos Yankees de Nueva York. En julio tuvo lugar, entre otros sucesos, la dimisión del presidente Calvin Coolidge, tan inesperada que incluso su esposa se enteró de ella por los periódicos. Agosto está dominado por el ominoso final de los anarquistas de origen italiano Sacco y Vanzetti, mientras que septiembre sirve de cierre a los (literalmente) centenares de historias abiertas en el desarrollo de los principales temas precedentes.

Bryson posee un excelente instinto narrativo y una visión comercial no menos aguda, y sabe por lo tanto que en lugar de contar las historias como si fueran bloques sucesivos e independientes es mucho más eficaz irlas dosificando a lo largo de los capítulos. Con ello no sólo consigue imprimirle a lo que cuenta una gran agilidad y amenidad sino que encima los cortes o hiatos entre unas historias y otras los puede aprovechar para ir colando una  información adicional que además de entretener contextualiza el suceso principal. Así por ejemplo, el logro de Lindbergh le da pie a la exposición del panorama histórico y contemporáneo de la aviación en Estados Unidos, con el consiguiente desfile de una inimaginable variedad de tipos estrafalarios e insensatos capaces de emprender las aventuras más locas  con tal de alcanzarla gloria. De paso, y aprovechando que el suceso tuvo lugar no lejos del campo de aviación donde Lindbergh guardaba su avión, Bryson cuenta el terrible pero estrambótico “Crimen del contrapeso de la ventana de guillotina”, ocurrido unos años antes pero cuyos autores, Ruth Snyder y su amante, fueron ejecutados en el verano de 1927 casi al mismo tiempo que electrocutaban a Sacco y Vanzetti. Hay incluso  una fotografía de la señora Snyder por aquello del morbo que supone contemplar el rostro de una mujer que está en vísperas de terminar sus días en la silla eléctrica. Ese afán por no dejarse nada en el tintero lleva a Bryson, por ejemplo, a contar de pe a pa el argumento de un espectáculo de Broadway (espeluznantemente banal y dispartatado, por otra parte) por el solo hecho de que Lindbergh estuvo a punto de ir a verlo, aunque al final desistió porque los partes meteorológicos anunciaban una mejoría sustancial del tiempo y en lugar de ir al teatro prefirió subirse al avión y estar al acecho de un hueco en las nubes que le permitiera despegar rumbo a París. Lo mismo cabe decir de la historia de Al Capone y la  Ley Seca o del fabuloso desarrollo del cine y de Hollywood, traídos a colación, con todo lujo de detalles, con una excusa u otra. Y puede decirse lo mismo de los restantes capítulos, en los que van reapareciendo los Charles Lindbergh, Babe Ruth o Calvin Cooligde entreverados de nuevas y sugestivas ocurrencias veraniegas.  

Quede claro  por lo tanto que 1927: Un verano que cambió el mundo es una hábil combinación de reportajes periodísticos, crónicas de sociedad y sucesos, análisis económicos y políticos, biografías apresuradas de personajes singulares y sucesos sobresalientes que no cambiaron el mundo (al menos no aquel verano). Lo que ocurre es que, seleccionados y contados por Bryson dan como resultado un libro muy dentro de la línea de otros ya conocidos y muy celebrados de este autor, ideales para ser leídos en la playa o debajo de un pino.

 

1927: Un verano que cambió el mundo

Bill Bryson

Traducción de Ana Mata Buil

RBA

 

[Publicado el 25/7/2015 a las 10:19]

[Enlace permanente] [6 comentarios]

Compartir:

La balada de Sam

imagen descriptiva

Es muy de agradecer que de cuando en cuando algún novelista español se decida a situar la trama de su relato muy lejos de los escenarios habituales. Puesto a buscar un ambiente distinto, Javier Márquez ha optado por mandar a su narrador a Triunfo, un pueblecito mexicano situado en la frontera entre los estados de Sonora y Chihuahua. Es decir,  un lugar que en el fondo es  sólo moderadamente exótico porque esa inmensa zona desértica al norte y al sur del Río Grande nos resulta relativamente próxima, primero porque hubo una época en que fue España y segundo porque más tarde jugó un papel destacado en el desarrollo de la Revolución mexicana y la creación del moderno Estado de México; años después pasó formar parte de Estados Unidos (El Álamo, etc), y en la actualidad, y a fuerza de colar un interminable (y trágico) reguero de emigrantes, México parece estar recuperando sus antiguos territorios hasta el extremo de que recientemente los pobladores hispanos han sobrepasado en California a los  norteamericanos (allí conocidos como anglos), aparte de que en la mayor parte de las ciudades del lado norteamericano de la frontera el español es la lengua más hablada y a veces el idioma oficial.

 Tanto la literatura como el cine de México y Estados Unidos han narrado tan profusamente los paisajes, los personajes y las duras condiciones de vida en esa frontera que en cierto modo han creado algo muy próximo a una narrativa de género. En el caso de Estados Unidos, gente como John Ford, Howard Hawks, John Wayne, Sam Peckinpah,  o más modernamente Clint Eastwood (sin olvidar a los Zane Grey, Cormac McCarthy y un larguísimo etcétera, o a los entrañables integrantes de la Banda de la tenaza entre otros muchos) han contribuido decisivamente a crear una mística equivalente a lo conseguido desde el otro lado por los Pancho, Villa, Emiliano Zapata y todos los directores y actores de la generación del Indio Fernández, aunque quizá hayan contribuido aún más decisivamente a esa mística de la frontera las rancheras y corridos, muy presentes en esta novela por medio de intérpretes como Freddy Fender y su “Before the next teardrop falls”, José Alfredo Jiménez y Vicente Fernandez, o canciones hace años muy populares en Televisión Española, como “Dos arbolitos”.

Aparte de buscar un escenario distinto del habitual pero al mismo tiempo muy próximo, Javier Márquez ha buscado deliberadamente no apartarse del género, y tanto los personajes como las situaciones permiten reencontrar a viejos conocidos: el narrador es ese periodista que bebe y trabaja en exceso y que a fuerza de ausentarse tanto de casa consigue que su mujer le engañe con su mejor amigo; la chica es una joven reportera que de entrada castiga al narrador  con su indiferencia aunque la atracción es mutua e instantánea  y no tardará en manifestarse como cabe imaginar; también está la hermosa cantinera que carga con una pesada, y por ello evidente, historia de amor mal consumado; el idolatrado director de cine norteamericano que rodó alguna de sus mejores películas en Triunfo y que ahora, gracias a una acción conjunta de las fuerzas vivas locales y los mismos estudios cinematográficos norteamericanos que son dueños de los derechos de sus películas, años después de su muerte va a recibir un falso homenaje; y se dice falso porque la estatua y los festejos programados en su memoria encubren de hecho una operación comercial de mucho calado; también están el Indio Fernández y la curiosa, furiosa  y variopinta fauna que ayudaba al famoso director a rodar sus películas.

Un integrante fundamental de esa fauna era Chico Montes, el difunto padre del narrador y personaje de confusa y muy contradictoria trayectoria vital (un padre abyecto y huidizo al decir de la ex esposa y madre del narrador, pero adorado y enaltecido por todos cuantos le conocieron en Triunfo). Desvelar la verdadera personalidad del padre es otro de los hilos narrativos principales y ocasión de algunos de los pasajes más lucidos de la narración.  

Y como no podía ser menos, tratándose de México, está la muerte. El pueblo es hijo de la Revolución (sus cimientos se remojaron en sangre) y en la actualidad vive bajo la influencia de dos familias, también hijas de la Revolución, que arrastran desde entonces una interminable serie de enfrentamientos, odios, muertes y venganzas, algunas tan recientes que las viudas y huérfanos de los muertos siguen vivos y reclamando justicia. Y como no podía ser menos, los actos de homenaje al cineasta que puso a Triunfo en el mapa han sido programados justo a día siguiente del emblemático Día de Difuntos, aunque cabe decir a su favor que Javier Márquez no abusa de esa fiesta y su simbología. 

Dado que en conjunto, contando personajes presentes y pasados, hay casi una veintena de trayectorias vitales que se entrecruzan a lo largo de un tiempo que apenas hace distingos entre presente y pasado porque uno y otro son un continuo de borracheras, peleas, canciones y tiroteos,  se agradece que tanto el paisaje como los hechos o las fiestas resulten reconocibles porque el lector sabe en todo momento dónde está y lo que cabe esperar de los amores y odios manifestados entre inasequibles cantidades de tequilas, corridos y balaceras.

 

La balada de Sam

Javier Márquez Sánchez

Editorial Alrevés  

               

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 12/7/2015 a las 10:59]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Italia a media luz

imagen descriptiva

En principio, un texto debería leerse directamente y sin necesidad de recurrir a explicaciones externas o ajenas al texto mismo. En el fondo esta afirmación esconde una cuestión de gran calado y que desde hace siglos viene planteándose de formas muy diferentes, por ejemplo así: ¿disfruta más y más provechosamente de una obra de arte el sabio que ha dedicado su vida al estudio de la actividad artística y que allí donde mira parece que lleve puesta en la mirada su envidiable biblioteca, o quien disfruta de verdad es la persona imaginativa y muy creativa que entra inadvertidamente en una sala a oscuras y al encender las luces y elevar la mirada hacia lo alto de las paredes y el techo descubre que se ha colado en la Capilla Sixtina? O dicho de otro modo: para apreciar hay que saber o basta con ser creativo.

                En el caso de D.H. Lawrence, faltaría más, lo que procede es abrir cualquiera de sus libros por la primera página y seguir hasta la última dejándose llevar por el autor. Es perfectamente irrelevante saber cómo se llamó primitivamente la novela que acabó siendo publicada como Mujeres enamoradas o enterarse de que Lawrence nunca disfrutó de un aprecio nacional similar al de Milton o un del doctor Johnson por haber descrito tan minuciosamente el placer que experimentaba una lady en los brazos de un guarda forestal. Y no es que en las clases aristocráticas no supiesen lo que algunas de sus damas hacían con algunos de sus criados. El problema fue que nunca nadie había descrito tales prácticas con tanto entusiasmo, o como si en fondo un hubiese tanta diferencia entre una dama  de alta alcurnia  y su cocinera. Y hasta ahí podíamos llegar.

Sin embargo, en el caso de Italia a media luz (aunque la traducción generalmente aceptada sea Crepúsculo en Italia) quizá no sea inadecuado conocer algo acerca de las circunstancias que estaba viviendo Lawrence cuando escribió este libro que, para empezar, refleja su primer contacto con Italia pero no es un relato de viajes al uso aunque tampoco un cuaderno de notas y reflexiones o las impresiones de un protestante que topa por vez primera con una sociedad católica tan peculiar como era la italiana anterior a la Primera Guerra Mundial. Hay algo de todo ello, pero tratado de forma muy personal.

En cierto modo, D.H. Lawrence se estaba abriendo por vez primera al mundo de los sentidos porque acababa de conocer a Frieda Weekley, una mujer que desde su primer y tempestuoso encuentro le cambió todos los supuestos que él tenía acerca del sexo, el amor, la vida en pareja, la amistad e incluso la salud, ejerciendo una benéfica influencia en sus escritos que le iba a durar toda la vida. En ese momento Lawrence ya era un escritor que empezaba a ser conocido pero lo editores temían ser perseguidos por publicar sus libros y si lo hacían aprovechaban la circunstancia para pagarle muy poco. Durante los años siguientes Frieda y él iban a llevar una vida muy modesta pero también muy  variada e intensa.

En conjunto Italia a media luz, recoge las primeras impresiones y hallazgos de un placentero viaje a pie a través de los Alpes y que culminaría  con una larga estancia en el pueblecito a orillas del lago de Garda. Es curioso pero aunque Frieda le acompañó todo el tiempo y compartió con él los momentos más exaltantes y duraderos, en el libro no sale una sola vez la palabra “nosotros”,  como si temiera que lo que para él era un viaje iniciático los lectores lo pudiesen  tomar como el simple relato de una luna de miel. Las ya mencionadas primeras impresiones de su encuentro con la simbología católica quedan recogidas en el apartado inicial titulado “Los crucifijos” a lo largo del cual se pone una vez más de manifiesto lo muy enriquecedora y a la vez desmitificadora que puede resultar la mirada de un extraño al posarse en símbolos tan conocidos y en apariencia agotados (en el sentido de que parece que no se pueda decir ya nada nuevo de ellos) como son los cristos que almas piadosas construían antaño en los caminos para proteger a los caminantes. El capítulo “En el lago de Garda” incluye apartados como “La hilandera y los monjes” o “El teatro” (por cierto, magnífico), pero sobre todo “El huerto de los limones”, donde aparecen por vez primera las semillas que más adelante iban a fructificar en unos  vínculos imperecederos de Lawrence, como  la “pobreza” de Italia plena de sol y limoneros frente a la “riqueza” de la Inglaterra gris y polvorienta que estaba colonizando el mundo con las máquinas. No obstante, pese a la exaltación que le provocaban el sol y el modo de vida italiano, o lo extraordinario de laderas de limoneros que descendían casi hasta el lago, Lawrence detectó desde el primer momento el peligro que se cernía sobre ese mundo antiguo y de ahí el “crepúsculo” que añadió al título.   “Italianos en el exilio” y “El viaje de regreso” cierran el volumen y ni vital ni temporalmente manifiestan un estado de ánimo similar al que reinaba durante la estancia en Garda, pero en cambio dejan entrever a un Lawrence más experimentado, más viajero podría decirse, y con una conciencia cada vez más clara de su distanciamiento y ruptura sentimental con la Inglaterra de la primera parte de su vida. Aún tenía por escribir lo mejor de su obra, pero ya había adquirido el acento que luego le haría mundialmente famoso.

 

 

Italia a media luz

D.H. Lawrence

Edición de Miguen Ángel Martínez Cabeza

ABADA editores

[Publicado el 07/7/2015 a las 13:52]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

La familia Karnowsky

imagen descriptiva

Pese a que esta novela se inscribe de pleno derecho  en la gran corriente narrativa centroeuropea de finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX su autor, I.Y. Singer, raras veces figura en las listas de los más grandes. Y no sólo suele ser olvidado sino que, en caso de ser citado, la crítica le trata con cierta condescendencia por considerarlo excesivamente “próximo” a Thomas Mann.  Sin embargo, con el tiempo ha podido verse que esa injusta falta de aprecio  fue en gran parte debida a dos circunstancias por completo ajenas a su auténtica valía literaria. La primera de esas circunstancias  hay que atribuírsela a la sombra progresivamente ominosa de su hermano I.B. Synger, once años más joven y que le fue comiendo el terreno como figura pública hasta anularlo tras recibir, en 1978, el  premio Nobel de Literatura en reconocimiento a su gigantesca labor en favor de la difusión y consolidación del yiddish, una lengua que en 1930 era hablada por 13 millones de personas y que se había reducido dramáticamente al término de la II Guerra Mundial.

 La segunda circunstancia que jugó en contra de la aceptación y reconocimiento popular del mayor de los Singer no deja de ser curiosa. Su primera novela, Los hermanos  Ashkenazy (1936), estaba ambientada en las complejas, contradictorias, excluyentes y casi siempre conflictivas relaciones entre las comunidades judías establecidas en ese turbulento rincón del mundo llamado Galitzia unificado más o menos por una lengua común, el yiddish, pero hablada a su aire según el hablante fuese polaco,  checo, eslovaco, ucraniano, buielorruso, rumano o húngaro, sin olvidar que los imperios ruso y austriaco estuvieron siglos disputándose la hegemonía sobre la zona y dejaron su impronta sobre la lengua, en especial el alemán. Quien desee profundizar en el verdadero significado de “complejas, contradictorias, excluyentes y casi siempre conflictivas relaciones” entre comunidades judías puede acudir a Pensar el siglo XX, de Tony Judt, pero eso no le garantizará que vaya a entender gran cosa porque, en efecto, es un galimatías inextricable.

Sin embargo no solo estaba escrita en yiddish sino que encima era una buena novela, por lo que tenía mucho terreno ganado cuando, en 1943, publicó La familia Karnowsky, así descritos en las primeras líneas del libro:”Los Karnowsky de la Gran Polonia eran conocidos como hombres obstinados y polemistas, aunque también estudiosos y cultivados, sin duda unas mentes de hierro”. Comprendiendo que en ese rincón del mundo no tienem futuro, el patriarca del clan, David Karnowsky decide trasladarse con toda su familia a Berlín, y una vez establecidos en la gran capital ordena su vida y la de los suyos de acuerdo con una estrategia única: adaptarse al medio y sus costumbres, pero siendo “judíos entre judíos y alemanes entre alemanes”. A pesar de que la desastrosa I Guerra Mundial supuso un grave deterioro de  las condiciones económicas y sociales, y exacerbó los odios raciales, mal que bien la estrategia permitió a los Karnowsky llegar a la cumbre en la figura del primogénito, Georg, que después de unos inicios vacilantes acaba siendo un ginecólogo altamente respetado en las más distinguidas esferas sociales y diplomáticas. Sin embargo, el progresivo poder de las fuerzas políticas emergentes (en la novela llamadas Orden Nuevo) y sus cada vez más violentas agresiones contra los judíos aconsejan a Georg Karnowsky emigrar con su familia a Nueva York, al igual que hicieron cerca de 100.000 familias más por esas fechas.

Curiosamente , en las más de 500 páginas de texto no se hace una sola alusión al Holocausto y esa fue una de las razones por las que, pese a su buena acogida inicial, casi de inmediato la novela fuese literalmente barrida de las librerías por los relatos de la inimaginable tragedia que por esas mismas fechas estaba teniendo lugar en la Alemania nazi a raíz de la política de exterminio decretada por Hitler.

                Aunque sea una bestialidad incluso mencionarlo, a nadie se le escapa que la muerte de seis millones de personas fría y sistemáticamente ejecutada por una maquinaria de exterminio tan precisa como desalmada  es un material literario como nunca jamás se le había ofrecido a un narrador y (es de esperar) nunca jamás le vaya a ser ofrecido a nadie más en el futuro.  Entonces, ¿por qué el silencio de I.Y. Singer?

En primer lugar porque en el momento de ser escrita la novela (1940-1941) se conocían las progresivas agresiones de los nazis contra los judíos (internamiento en campos de concentración, reducción a la condición de esclavos laborales, altísima mortandad debido a las “malas” condiciones higiénicas y alimenticias de los campos, etc) pero la idea del exterminio sistemático no se adoptó oficialmente hasta el 20 de enero de 1942 en la llamada Conferencia de Wannsee. Además, como bien se ve en la novela, las autoridades alemanas concedían con cierta liberalidad los permisos de emigración porque era una forma barata y rápida de confiscar las fortunas que las grandes familias judías dejaban gustosamente detrás con tal de acabar con la pesadilla que eran sus vidas en Alemania y los territorios conquistados.

Además del relativo desconocimiento de lo que estaba pasando en realidad, los propios exilados eran muy reticentes a contar sus experiencias, o la suerte corrida por muchos familiares y amigos, debido a que para recibir el correspondiente permiso los emigrantes debían jurar que no contarían nada en sus países de destino, y ahí es donde surge uno de los personajes más interesantes (y siniestros) de La familia Karnowsky, el doctor Zerbe, un miserable esbirro de la Gestapo enviado como cónsul a Nueva York con la misión específica de espiar a la colonia judío germana local y obligarla a mantener silencio con la amenaza de las represalias que sufrirían sus familiares.

En la práctica, el silencio de I.Y. Singer no tiene gran importancia porque el lector actual dispone de información suficiente para poner de su parte cualquier aspecto de la tragedia que falte, aparte de que tiene ocasiones de sobras para constatar la inutilidad de la gran estrategia del patriarca al alentar a los suyos a ser “judíos con los judíos y alemán con los alemanes”.   La primera parte de dicha estrategia no hacía sino agravar su “culpa” a ojos de los verdugos, y la segunda hacía más incomprensible la situación de todos ellos, aquí simbolizados por ese pobre Ludwig Kadish, condecorado con la Cruz de Hierro por su heroísmo durante la I Guerra Mundial y que al serle confiscado su negocio les nuestra sus verdugos el ojo de cristal que entregó gustoso en su momento en beneficio de la patria. 

La familia Karnowsky

Israel Yehoshua Singer

Traduccion del yiddish de Rhoda  Henelde y Jacob Abecasis

Acantilado

 

   

[Publicado el 27/6/2015 a las 10:49]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Capturar la luz

imagen descriptiva

Antes de aventurarse  a leer este libro  es aconsejable repasar con cuidado el apartado de Agradecimientos y el Índice analítico. La sola mención de las instituciones académicas a las que el autor agradece que le brindaran la oportunidad de trabajar allí y relacionarse con los respectivos cuerpos docentes, o la lista de autores y personajes mencionados a lo largo del libro basta para disipar cualquier falsa esperanza de que Arthur Zajonc sea un divulgador o un visionario dispuesto a llenar casi cuatrocientas páginas de anécdotas y curiosidades más o menos científicas, por no hablar de interpretaciones esotéricas o casi mágicas. Lejos de ello, Arthur Zajonc es un científico puro que lleva toda la vida tratando de comprender ese misterioso  fenómeno al que llamamos luz. Lo que ocurre es que por fortuna el autor es un científico  un tanto peculiar porqure, a diferencia de lo que hacen muchos colegas suyos, no trata con paciencia y benevolente suficiencia los esfuerzos de interpretación que se han hecho desde tiempos inmemoriales en  campos muy alejados  de la ciencia. Y como él mismo dice, “la luz ha dado lugar a innumerables asociaciones artísticas y religiosas de una belleza extraordinaria.  Los físicos  lo han abordado por medio de la ciencia; los pensadores religiosos, por medio del símbolo; los artistas y los técnicos, por medio de la práctica. Cada una de esas perspectivas da voz a una parte de nuestra experiencia. […] A lo largo de los tres últimos siglos las dimensiones artísticas y religiosas de la luz se han mantenido aisladas de su estudio científico. Me parece que ha llegado la hora de volver a unirlas y elaborar una imagen más completa de la luz que la que cualquier disciplina es capaz de ofrecer por separado”.

                El propósito del libro, pues, queda claramente definido: una investigación a través del tiempo acerca de las conjeturas, intuiciones, hallazgos y errores realizados a  través del tiempo por personalidades tan dispares como Homero, Zoroastro, Juan el Evangelista, Brunelleschi, Newton, Thomas Young, Goethe (largo y tendido) Faraday, Maxwell, Rudolf Steiner, Einstein, Feyman, David Bohm o John Wheeler. Si algunos de estos nombres resultan desconocidos o no quedan bien situados, no tema el lector porque Zajonc se encarga de situárselos en el tiempo y su circunstancia, dibujando en ocasiones unos personajes tan fascinantes, como por ejemplo Faraday, pero también Brunelleschi y otros, que cuesta trabajo no dejar la lectura para ponerse a buscar información sobre ellos y terminar de conocerlos. Y lo mismo cabe decir de fenómenos como el arcoíris o la aurora boreal, en apariencia archiconocidos pero que al ser examinados con un poco de cuidado resultan ser tan desconocidos y misteriosos como la luz misma. Porque ésa es otra.

                Antes de exponer sus intenciones al escribir este libro (tal y como quedan reflejadas en la cita reproducida más arriba) Arthur Zajonc  ha hecho un pequeño recuento de sus  esfuerzos de toda la vida por entender qué es la luz, y aunque reconoce el gran avance que supuso la teoría cuántica, una teoría que todos los grandes físicos modernos se han esforzado por comprender en toda su complejidad aunque haya sido en vano, dice:”Cuando entendí que, pese a toda la fuerza, precisión y belleza de la óptica cuántica, todavía no sabemos lo que es la luz, me entusiasmé. Los viejos ídolos científicos de la luz han sido destruidos como efigies caducas, y todos los intentos de modelar otros nuevos han fracasado. No podía resistirme a internarme por todos los pasadizos – los antiguos y los nuevos- de la enorme mansión de la luz. Este libro relata mis hallazgos”.

Y esas son las reglas del juego que propone Arthur Zajonc: adentrarse en los pasadizos de la mitología, la ciencia, la religión, la poesía o la pintura con todo rigor y sin concesiones, pero también con la honestidad necesaria para dejar claro, desde el primer momento, que sabemos un montón de cosas y enigmas sobre la luz y que las mejores mentes de cada siglo han tratado de dar respuestas… sin conseguirlo. Es decir, que solo sabemos que no sabemnos nada de cierto. Y puesto que al terminar el libro no habrá un ceñudo profesor queriendo conocer lo que se ha aprendido, el lector tiene libertad absoluta de administrar su atención y gozar de los numerosos pasajes  en los que el autor ha sabido reflejar la belleza que transmite la mente humana cuando trata de dar cuenta creativamente de algo que le fascina.

 

Capturar la luz

Arthur Zajonc

Traducción de Francisco López Martín

Atalanta

 

  

 

[Publicado el 21/6/2015 a las 12:17]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Paseos por Berlín

imagen descriptiva

Franz Hessel, nació en 1880 en Stettin (Pomerania), aunque los años decisivos de su formación los pasó en Berlín. En 1900 se trasladó a Múnich, donde estableció una fecunda relación con Stefan George, y a partir de 1906 alternó prolongadas estancias en París con visitas frecuentes a su ciudad de adopción, Berlín, fundamentalmente en su calidad de traductor y colaborador externo de la editorial Rowolt. Fue un hombre extremadamente discreto y poco dado a la presencia pública, hasta el extremo de que su figura podría estar hoy casi olvidada fuera de los círculos más eruditos de no mediar dos circunstancias perfectamente ajenas a su quehacer intelectual. En 1920 escribió Romance en París, una novela que pasó sin pena ni gloria hasta que en 1953 François Truffault la llevó al cine y la hizo mundialmente famosa bajo el título de Jules et Jim. Hessel había muerto doce años atrás en el más completo anonimato, pero incluso de haber estado con vida hubiese renunciado con firmeza pero sin estridencias a esa fama vicaria. Si detrás de Jules estaba él mismo, Jim escondía al crítico Henri-Pierre Roché, un amigo de Hessel que mantuvo con la entonces esposa de éste, Helen Grund, el sugestivo mènage à trois  que tanto llamó la atención en la opinión pública del momento y que, es de suponer, tantos matrimonios debió de pulverizar cuando las esposas se avinieron a encarnar el papel que con tanto donaire llevaba Jeanne Moreau en la película. El otro momento de fama le llegó de refilón ya bien entrado el siglo XXI cuando su hijo Stéphane publicó un libro/manifiesto que iba a tener incalculables consecuencias entre los jóvenes asqueados de la sociedad de su tiempo: ¡Indignaos!

                El aspecto más notable y provechoso de las estancias de Hessel en París fue, de un lado, el profundo conocimiento y complicidad que llegó a adquirir con la ciudad y que luego podría aplicar al recuento de sus paseos por  Berlín. Pero más decisiva aún iba a ser su amistad y colaboración con Walter Benjamin,  con el cual llegó a traducir al alemán una gran parte de En busca del tiempo perdido, de Proust. Ambos vivían de lleno el bullente París de los Años Veinte, cuando la pintura, la música, la literatura y, cómo no, el pensamiento, estaban recibiendo unas corrientes de extraordinaria creatividad e inventiva. La Primera Guerra Mundial había sido una verdadera hecatombe para Europa y era imperativa la búsqueda de  vías con las que cimentar los nuevos tiempos.

                Benjamin y Hessel estaban inmersos en esa búsqueda de horizontes nuevos y,  cada cual a su manera, eran muy conscientes del papel que les correspondía jugar. En la práctica, Benjamin se inclinó por retroceder hasta el Segundo Imperio y situó, en la figura de Baudelaire, el nacimiento de la modernidad metropolitana. En este sentido es fundamental un pequeño texto titulado “El pintor  de la vida moderna”, en el que el poeta francés destacaba la peculiar mirada del “paseante” (el flâneur) capaz de descubrir, interpretar y revitalizar el paisaje urbano. A diferencia del viajero clásico ( y sobre todo en contra de la peor versión de éste, el turista) el flâneur no deambula por las calles en busca de monumentos, lugares emblemáticos o símbolos universales que denoten la inmutable trascendencia de la ciudad. Para Benjamin, el flâneur ha tenido que reeducar su mirada y darle la capacidad de percibir síntomas, huellas, presencias antiguas y esencias (que tanto pueden ser olores como colores o sonidos) capaces de articularse en forma de un discurso personal, inédito e irrepetible, pero al mismo tiempo reconocible y asimilable por parte del lector.

                Aunque Hessel era menos teórico que Benjamin, casi al mismo tiempo de publicar Paseos por Berlín escribió un pequeño ensayo titulado “El difícil arte de pasear” en el que exponía sus ideas sobre el ejercicio del paseo y que, resumiendo mucho su posición, podría expresarse diciendo que el flâneur es el guardián del genius loci, el hombre que recorre las calles sin un propósito definido y, mucho menos aún, una idea preconcebida. Por mal que le miren los atareados ciudadanos, por sospechosa que sea la presencia de un desocupado que husmea los rincones sin interés aparente o que importuna a los residentes con sus preguntas y precisiones, el paseante se impregna lentamente de las sorpresas que le brinda el azar.

                En la práctica, Franz Hessel tradujo ese afán por merodear en un libro delicioso. Muchas de sus observaciones y noticias son de los Años Veinte, y desde entonces la capital alemana ha sufrido convulsiones tan poderosas como el ascenso de la pequeña burguesía que nutría las filas del partido Nacional Socialista y el arrasamiento de la sociedad judía, o convulsiones tan arrasadoras como los bombardeos de la Segunda Gurerra Mundial y la posterior (y actual) reconstrucción a base de planes muchas veces faraónicos. Y sin embargo, aunque el Berlín del que habla Hessel poco tiene que ver con el actual, el libro es una joya repleta de pequeños hallazgos  (esos hombres-anuncio con carteles que dicen: WALTERCITO, EL CONFORTADOR DE ESPÍRITUS CON UN CORAZÓN DE ORO…EL CAÑÓN DEL ÁNIMO MÁS FAMOSO DE BERLÍN…), la detallada descripción de los diferentes talleres artesanales reunidos en un antiguo almacén (cómo se fabrica y decora un marco de espejo, por ejemplo) o detalles curiosos, como el comentario a la “próxima” inauguración del famoso templo de Pergamon. Como le ocurre al París de Leon Paul Fargue, el Berlín de Hessel es la experiencia de toda una vida y habla de él como hablaría de su familia, o de su casa. Y la narración resulta apasionante y entrañablemente cercana.

 

Paseos por Berlín

Franz Hessel

Traducción de Manolo Laguillo

Errata Naturae

                 

 

[Publicado el 09/6/2015 a las 18:01]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2017 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres