PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 20 de agosto de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

YORO

imagen descriptiva

Yoro es una novela rica, en el sentido de que tanto los personajes como su peripecia exigen una tensión narrativa que da lugar a situaciones, imágenes y metáforas a veces deslumbrantes pero también oscuras y que  por lo general se abren a diversas interpretaciones. Pero, justamente debido a su propia riqueza, esta novela no es de fácil lectura, en gran parte porque obliga al lector a poner lo que falta, desechar lo superfluo y, entre las diversas interpretaciones posibles, elegir aquella que conforme en su imaginario personal un relato coherente. O si se prefiere, y ya que pedir coherencia total sería excesivo, una interpretación que visualice un universo narrativo reconocible. O colonizable.

                Resumiendo mucho, Yoro es la larga, dolorosa, a ratos desafiante y siempre lúcida confesión de una mujer natural de Hiroshima y que era una adolescente cuando, el 6 de agosto de 1945, un bombardero B 29 estadounidense apodado Enola Gay dejó caer sobre esa población de 250.000 habitantes una bomba cuyo nombre en clave era Little John. Debido a la terrible y hasta entonces desconocida capacidad destructiva del ingenio termonuclear, la mayor parte de la población civil murió en el acto y el resto fue muriendo en las semanas y años siguientes debido a las quemaduras y los numerosos e imprevisibles efectos secundarios a largo plazo de la radiactividad. Contra toda razón, la narradora sobrevivió. Muy maltrecha, pero viva. Ahora se hace llamar H (por Hiroshima, pero también porque le han dicho que en algunas lenguas la h es muda).

Como es lógico, ese trágico suceso es una presencia continua en la novela. Y puesto que incluso en el horror puede haber belleza (a condición de que el horror cuente con un buen cronista) junto con relatos y descripciones directamente espeluznantes, hay ocasiones en que, además de espeluznantes, los relatos dan lugar a imágenes de gran belleza. Sin ir más lejos, cuando la narradora está desarrollando la idea de que en Hiroshima las cosas no desaparecieron del todo con la explosión sino que dejaron unos contornos llenos de vacío, afirma que si la radiación atravesaba a una persona la superficie que esta ocupaba  quedaba como recortada en su entorno. Y pone como ejemplo el de  una madre que creyó reconocer la sombra de su hija en una pared de la escuela y la estuvo protegiendo durante meses del viento y la lluvia para impedir que se desdibujara el claroscuro que le recordaba la última postura de su niña.

Lo curioso es que esa presencia posterior a la desaparición no es exclusiva de las personas, y se cita el caso de una mujer que parecía ir vestida con un kimono muy ajustado al cuerpo tras la explosión, aunque fijándose mejor se veía que la mujer estaba en realidad desnuda y que los colores de su kimono, al adsorber y reflejar de manera diferente el calor de la bomba, habían dejado impresas en su cuerpo las flores del antiguo paño.

Hay muchos otros ejemplos de horror puro y duro (y no sólo a costa de la bomba, porque también tienen cabida en la confesión de la narradora minuciosas descripciones del trato inhumano dispensado a unos prisioneros de guerra estadounidenses que durante la II Guerra Mundial eran traslados en la bodega de un trasatlántico japonés, las estremecedoras condiciones de vida actuales en las minas a cielo abierto en África, o las continuas agresiones que sufren la mujeres de cualquier continente y época, con o sin la excusa de la guerra). Sin embargo, hará bien el lector en retener las imágenes antes descritas sobre la presencia de las personas y las cosas que parecen haber desaparecido porque, cosa de 150 páginas después, hay una cita del filósofo chino Lao-Tse que apunta en la misma dirección desde otra perspectiva al decir: “La esencia de una habitación reside en el espacio vacío encerrado por las paredes, no en las propias paredes o techos. La utilidad de un cántaro de agua estriba en el vacío donde se puede meter el agua, no en la forma del cántaro o en el material de que está hecho. El vacío todo lo puede, porque lo contiene todo”.

Al lector puede resultarle muy tentador buscar la visibilidad del universo descrito a partir de esa doble imagen de la presencia del ausente, o del dibujo en la piel de unas flores cuando ya no hay ni piel ni flores, o del vacío que lo contiene todo. Y digo que puede resultarle tentador porque los personajes invitan a ello: una mujer que lo perdió todo en la adolescencia, empezando por su sexo, y que desde entonces su vida ha sido una lucha continua con ayuda del bisturí para llegar a ser lo que podría haber sido y no es; una hija, Yoro, que en principio era y no era de su pareja, Jim, pero que acaba siendo mucho más suya de lo que la misma H podría sospechar; la propia Yoro, un ser maldito y condenado desde su misma concepción a tener su destino en manos de los demás; una orangután hembra con una vida extrañamente en paralelo a la de Yoro, y tantas otras figuras que aparecen y desaparecen en la narración con diferentes grados de pasión, pero todas ellas criaturas extrañas, profundamente desgarradas y hasta inverosímiles, que viven porque la narradora, H, da testimonio de ellas, pero que podrían existir únicamente en la voluntad de su creadora.

Es posible una lectura así, pero sería empobrecedora porque, como se ha dicho al empezar, Yoro es una novela rica, llena de brutalidad y horrores (esa madre a punto de morir de hambre y que agradece a sus carceleros que la alimenten cuando está sin saberlo devorando a sus propios hijos) pero también repleta de imágenes y metáforas muy sugestivas y llenas de vida. Porque, en definitiva, como dice la propia narradora en algún momento, todo lo que se cuenta y sucede, por más brutal y negativo que parezca, en el fondo sólo es un alegado en pro de la vida.


 


Yoro


Marina Perezagua


Los Libros del lince


 

 

 

[Publicado el 22/10/2015 a las 10:41]

[Enlace permanente] [5 comentarios]

Compartir:

La ciudad de las desapariciones

imagen descriptiva

En los últimos meses han coincidido en las librerías cuatro libros dedicados a otras tantas ciudades: París, de Lèon-Paul Fargue; Berlín, de Franz  Hessel; Valparaíso, de Joaquín Edwards Bello y, ahora, Londres, de Iain Sinclair. En el caso de los tres primeros, la relación de los autores con su ciudad natal era inequívocamente amorosa, pasional, casi podría decirse que biográfica en el sentido de que hablar de su ciudad era como hablar de sí mismos, pues su relato era fruto de la experiencia de toda una vida en sus calles y plazas, las vivencias de sus edificios y monumentos o los  recuerdos evocados por un olor, una determinada luz del amanecer, la nostalgia de algo  que pudo ser y no fue, o que sí fue pero ya pasó.

En el caso de Iain Sinclair su amor por Londres es evidente, pero su manera de manifestarlo es combativa, áspera, casi siempre surrealista o rozando lo grotesco, pero sobre todo fruto de  una agresividad sin límites contra eso que ahora llaman sistema y que es como un compendio de todos los viejos enemigos de cuantos inconformistas han tratado de romper las reglas de juego establecidas oponiéndose a las fuerzas sociales subterráneas o que actúan a plena luz del día: el capital, las grandes corporaciones supranacionales, los bancos que apoyan las prácticas de dichas corporaciones, las clases dominantes propietarias de los medios de producción, los grandes holdings de comunicación,  los especuladores inmobiliarios en connivencia con las fuerzas antes citadas, los corruptos, los manipuladores de la opinión pública con fines inconfesables, o sea, el sistema.

La ciudad de las desapariciones no es propiamente un libro de Iain Sinclair sino una recopilación de artículos realizada por el también traductor y autor del prólogo, Javier Calvo. Si por lo general es cada vez más aconsejable leer un texto teniendo a mano una tablet o un ordenador, en el caso de esta antología  de Sinclair es casi indispensable, primero porque abarca cuatro décadas de trifulcas, algunas de las cuales quedan ya muy lejanas, y segundo porque se dirige a un público, el londinense, que es testigo, muchas veces víctima y en todo caso actor de lo relatado. Y para qué dar explicaciones a quienes conocen de sobra los sucesos que les están contando.

 En el escrito que abre el libro, dedicado al arquitecto Nicholas Hawskmoor (1661-1736), resulta relativamente sencillo documentarse porque fue un discípulo de Wren que construyó ocho iglesias muy del gusto de Sinclair, ya que “invaden la conciencia y el instinto cartográfico” y son “la forma del miedo”. Pero en los apartados siguientes, cuando toma a los feroces pitbulls como metáfora de toda una época resulta más difícil situarse. ¿De verdad eran un símbolo de poder y riqueza? ¿De verdad los colgaban sus propietarios de un árbol para fortalecer sus ya de por sí terroríficas mandíbulas? No sé cómo andará el lector medio de cultura perruna en el Londres de los años 80 y 90 del siglo pasado, pero es casi seguro que, seguir el paso de Sinclair es una garantía de perplejidad.  Y no digamos nada cuando se arranca con el relato alucinante, surrealista y disparatado de un entierro en Bethnal Green. ¿Hay una sola imagen que se sustente en la realidad? Sí, dice San Google benévolamente: el difunto al que van a entregar a la tierra tan ostentosa como inverosímilmente es Ron Kray, uno de los gemelos Kray, famosos gangsters que en los años 60 y 70 compaginaban las brutalidades y crímenes propios de los gangsters con una presencia constante en los medios de comunicación a costa de unas fastuosas fiestas y saraos benéficos a los que asistían lo más granado de la política, las artes y la farándula londinense. Esa información se acompaña (en Internet) de abundantes fotos, entrevistas y declaraciones de los dicharacheros y rumbosos Kray (que por cierto acabaron sus vidas en prisión, aunque el entierro de uno de ellos, el contado por Sinclair, es lo más parecido a la multitudinaria despedida de un héroe popular).

Por fortuna, según pasan los capítulos y las narraciones se acercan en el tiempo, el lector empieza a gestionar su propia información porque la suicida transformación de Londres a partir de la denostada Margaret Thatcher ha sido extensamente comentada en la prensa europea: la conversión de los Docklands en una lujosa zona residencial, la autopista orbital M25, la Cúpula del Milenio, esa horrenda noria a través de cuyos radios se ve un diminuto Big Ben, el ofensivo supositorio de colorines que tiene su réplica en Barcelona o los Juegos Olímpicos de 2012, vistos a paso de carga a través de la ácida prosa de Iain Sinclair son una  visión a la vez surrealista y angustiosa de una Gran Jugada que aportó fortunas fabulosas a los promotores de tan faraónicos empeños pero que también supusieron un coste económico y humano no menos faraónico. Y que a saber cuándo se acabará de pagar.

Para hacerse una idea de lo que es recorrer Londres en compañía de Iain Sinclair, nadie mejor que él mismo lo puede expresar: “El concepto de “pasear”, de deambular sin meta por la ciudad, de hacer de flâneur había quedado desbancado. Habíamos entrado en la era del acosador […] caminar con una meta, sin entretenerse, sin curiosear. Sin tiempo para saborear los reflejos de los escaparates, para admirar las rejas estilo Art Nouveau. Ahora tocaba caminar con una tesis. Con una presa […] El acosador es un paseante que suda, un paseante que sabe a dónde va, pero no cómo ni por qué […] una investigación somática del interfaz que conecta sueño y memoria”. El resultado de tal propósito no es de fácil lectura, pero sí instructiva y provechosa.

 

La ciudad de las desapariciones

Iain Sinclair

Selección, traducción y prólogo de Javier Calvo

Alpha Decay

[Publicado el 12/10/2015 a las 17:04]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Blasco Ibáñez. Novelas VI

imagen descriptiva

Tal y como anda de disperso y solicitado el personal (me refiero en concreto al público lector) romper una lanza en favor de Blasco Ibáñez resulta  bastante desalentador. Sin embargo, el lector  que todavía disfruta con una historia bien contada, el que aún se maravilla ante la capacidad expresiva y evocadora del lenguaje o quien agradezca que el autor piense en él y se esfuerce por seducirlo y tenerlo fascinado mientras va construyendo un universo que es imaginario y al tiempo real como la vida misma, ese lector, digo, puede regocijarse porque la Fundación Castro acaba de publicar el sexto y último volumen de las novelas de Blasco Ibáñez. En total, mil páginas repartidas entre cuatro novelas. La primera (La reina Calafia) y la última (El fantasma de las alas de oro) se desarrollan en ese ambiente cosmopolita que Blasco dominaba como nadie en su tiempo y que tanta fama le valió.

                Pero, por la razón que sea, en esta ocasión me han interesado más las dos narraciones centrales, dedicadas al descubrimiento y colonización de América. Blasco  pasó muchos años documentándose para enfrentarse a uno de los proyectos más ambiciosos de su trayectoria como escritor: contar la aventura americana en cuatro episodios dedicados, respectivamente, a Cristóbal Colón, Alonso de Ojeda, Hernán Cortés y Pizarro. De tan gigantesco propósito sólo pudo completar los dos primeros episodios, ahora publicados en edición de Ana L. Baquero Escudero: En busca del Gran Kan (Colón) y El caballero de la Virgen (Ojeda).

                Hay ejemplos sublimes de qué pasa cuando un historiador que domina el lenguaje y los recursos de la narrativa invade terrenos propios del novelista  pero sin traicionar los rigurosos  límites del científico que se atañe a lo que él ha podido averiguar y probar. Y hablo por ejemplo de  las prodigiosas descripciones  que hace Steven Runciman en La caída de Constantinopla (hay una cuidada edición en la editorial Reino de Redonda) todas ellas de una plasticidad inigualable y al mismo tiempo rigurosamente documentadas y demostrables. Es famoso el episodio en el que los críticos de Runciman le afearon que contara con todo detalle cómo los defensores constantinopolitanos rechazaron uno de los innumerables ataques turcos deslumbrando a los atacantes con el fulgor de sus escudos previamente bruñidos. ¿Puede, dijeron los críticos, un historiador recurrir a la leyenda para colorear sus escritos? Runciman les demostró que, dada las respectivas posiciones del  sol, los defensores y los atacantes  el día de aquel asalto, era perfectamente factible que, como dice la leyenda, aquellos hubiesen deslumbrado a estos hasta el punto de desbaratar unos  propósitos que más adelante se vieron sobradamente colmados.(Otra descripción prodigiosa de ese libro se produce cuando los turcos saltan finalmente por millares las murallas y se diseminan por las calles cimitarra en mano mientras las campanas de todas las iglesias de la ciudad tañen su mensaje de adiós).

                Los dos libros de Blasco Ibáñez sobre América son un ejemplo no menos notable de qué pasa cuando un novelista bien documentado y comprometido con su propia imagen de escritor fiable y nada frívolo, se decide a contar un  episodio histórico que encima soporta una abrumadora carga ideológica, a favor y en contra. No pretendo decir que Blasco Ibáñez lograse dejar de lado su opinión personal o que en estos libros no haya una carga ideológica muy patente. Pero cuando las leyes de la narración se imponen y el escritor se deja llevar por aquello que le distingue del historiador, el resultado es impresionante. A veces se trata de un simple trazo visual, como por ejemplo cuando un desesperado y mísero Colón encuentra refugio en el monasterio de la Rápita y encuentra además un ávido interlocutor en la persona de un joven médico de Palos llamado Garci Hernández. Blasco dice que conversaban  […] "paseando por un pequeño claustro, amarillo de sol y rayado de negro por la sombra circular de las arcadas”. Qué fantástica concisión y qué reto para el lector visualizar en el espacio ese escenario tan sucintamente trazado. Hay centenares de ejemplos más.

                Pero cuando más brilla el escritor es cuando se adentra en aspectos que el historiador pocas veces desarrolla, como dando por supuesto que el lector ya sabe de qué se está hablando. El lector puede hacerse una idea de qué hablo si acude a la página 370 en la edición de la Fundación Castro y busca, casi al final, un pasaje que empieza diciendo: “Cuando llegaron a Palos la flotilla ya estaba lista para partir”. Desde ahí, y hasta la página 383, se da noticia de cómo eran las carabelas y cómo transcurría la vida a bordo, cómo se estibaba la impedimenta, qué alimentos llevaban consigo, hasta dónde debían ir para cargar un agua no tan contaminada como la del río Tinto, y toda clase de detalles más que a uno le hubiera gustado saber y nunca pudo preguntar por no saber a quién acudir. Y la respuesta no podía ser más sencilla: a Blasco Ibáñez, que se sabía incluso las oraciones que recitaban los grumetes en voz alta a diferentes horas del día. Y lo mismo cabe decir de los modos de vida, la vestimenta, los alimentos y hasta los hábitos sexuales en el siglo XV, primero en España y después en América. Eso sí, desde que en las primeras páginas sale un desharrapado caminante  que resulta ser Cristóbal Colón, al autor le cuesta casi otras doscientas páginas subirlo a las carabelas camino de algo que el descubridor no podía ni imaginar. Claro que, de por medio, Blasco ha contado la situación de los judíos en vísperas de su expulsión, el final de la Reconquista, una historia de amor de Colón o las interminables gestiones de este en las cortes de España y Portugal, donde antes el lector ha sido informado de los logros de don Enrique el Navegante, el estado de los descubrimientos marítimos, las situación de la cartografía de la época o los sistemas de financiación de las expediciones de conquista. O dicho de otro modo: hay que tomárselo con calma y  dejarse llevar confiando  en que el autor sabe lo que hace. Y sí, sabe perfectamente lo que hace.

 

Vicente Blasco Ibáñez. Novelas VI

Edición de de Ana L. Baquero Escudero

Biblioteca Castro

 

[Publicado el 30/9/2015 a las 10:05]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Mason y Dixon

imagen descriptiva

                No puede decirse que Thomas Pynchon sea un escritor rápido. V, su primera novela, es de  1963, La subasta del lote 49 salió en 1966 y El arco iris de la gravedad, en 1973. Tampoco puede decirse de él que mime al lector con cuidado maternal. Más bien lo maltrata en el curso de la lectura con unas narraciones enrevesadas en las que, como dijo el crítico Sam Leith, es más fácil decir de qué no hablan que hacer una sinopsis mínimamente representativa. Y encima maltrata al lector fuera de la lectura al esconderse detrás de un personaje que busca desabridamente el anonimato, sin ir más lejos cuando manda a un cómico a recoger un prestigioso premio que le han dado, pero que también coquetea con la fama, como al decirse orgulloso de que Vladimir Nabokov declarase no recordar haberle tenido como alumno durante unos cursos dictados en la Universidad de Cornell. En lugar de tomarse a mal que el maestro no hubiese reparado en él, su indiferencia ante ese olvido es una forma sibilina  de decir que tampoco a él le había impresionado gran cosa el maestro, y de ahí que no hubiese hecho nada por seducirlo. A eso se llama  orgullo luciferino y es propio de los grandes hombres de fama.

                Después de El arco iris de la gravedad, la novela que más fama, dinero y honores  le ha valido, Pynchon esperó diecisiete años para publicar Vineland (1990) y siete más para dar a conocer Maxon y Dixon (1997), aunque se sabe que llevaba recopilando datos y pergeñando secuencias desde 1975.

                Tan largo periodo de gestación se advierte nada más abrir la novela. Si alguien piensa que le van a contar la historia de cómo un astrónomo bastante friki (Mason) y un agrimensor perfectamente acorde (Dixon) trazaron una línea imaginaria para separar los estados de Maryland y Pennsylvania (entonces todavía colonias británicas) no puede ni imaginar la que se le viene encima. En el momento de su aparición, cuando el fenómeno Pynchon se encontraba en su apogeo y se esperaba con ansiedad su última producción, la comunidad literaria (la favorable, se entiende, porque los detractores emitieron los gruñidos y denuestos de siempre) acogió Mason y Dixon con un suspiro de alivio porque su ídolo “la había vuelto a liar”: la narración era tan satisfactoriamente farragosa, desconcertante, sabia, hermética y zigzagueante como siempre. Y repleta de momentos sublimes que hacen perdonar las decenas y decenas de páginas en las que nadie, empezando por el propio Pynchon, parece saber muy en qué va a parar la cosa. Pero merece la pena aguantar porque antes o después aparecerá un pasaje sensacional. Y quien quiera ahorrarse tiempo puede ir directamente a la página 214 (en la presente reedición de Tusquets)  en la que Mason le cuenta a Dixon cómo sedujo a su esposa Rebekah durante la delirante ceremonia del queso gigante que daba vueltas a la parroquia de Randwich.

                El tiempo siempre acaba por atemperar a quienes aman tensar la cuerda narrativa hasta extremos poco antes inauditos. Al fin y al cabo a los escritores desafiantes les pasa un poco como a los toreros tremendistas, pues si pasado un tiempo prudencial no se cumple el final catastrófico que su osadía parecía prometer,  el público deja de sufrir porque ya sabe que la cosa no es para tanto y que ni los pobres toros dan tantas cornadas como cabía temer ni las novelas de Pynchon son tan laberínticas como parece. Todo consiste en saber si uno es de esos lectores que desean ir directamente al desenlace o si por el contrario pertenece al honrado gremio de quienes no les importa dar rodeos por la historia, la geografía, la astronomía, el desarrollo de la ciencia mecánica del reloj, la prostitución en Ciudad del Cabo (esclavas malayas importadas, por si alguien siente curiosidad) o cómo era la isla de Santa Helena cuando todavía  no había acogido a un huésped tan famoso como Napoleón  y sólo servía como puerto de enlace para los barcos de la Compañía Británica de las Islas Orientales.

                Otra ventaja de leer esta novela casi cuarenta años más tarde es la posibilidad de tener una tablet a mano durante la lectura y acompañar al autor en algunas de sus divagaciones. Por poner un ejemplo, aunque podría confeccionarse una antología, hay un momento en que Mason camina por un lugar para él desconocido de Santa Helena y se siente atraído por un Museo de la Oreja de Jenkin, cuya entrada es tan angosta que el visitante debe tumbarse en el suelo y avanzar ayudándose de los codos. Todo el episodio es igual de surrealista. Pero si de pronto a uno le asalta la duda (“¿Y si fuera verdad lo que me está contando?”) basta acudir a Internet para saber que, en efecto, hubo un marino inglés llamado Robert Jenkins al que un capitán de barco español le cortó una oreja que acabó siendo la excusa para la llamada Guerra de Asiento que en 1739 enfrentó una vez más a las armadas de Inglaterra y España. Lo del museo es cosecha del autor pero, en cambio, la ceremonia del queso gigante todavía se celebra como se cuenta en la novela.

 O sea: quien se deje amilanar y tema adentrarse en esas casi mil páginas del más puro pynchon se estará perdiendo una fiesta a veces larga y pesada pero con picos inolvidables.

 

Mason y Dixon

Thomas Pynchon

Traducción de Jordi Fibla

Tusquets   

 

[Publicado el 18/9/2015 a las 08:39]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Valparaíso

imagen descriptiva

 

La infancia de un niño rico y feliz de Valparaíso tiene por fuerza que parecerse (mimo va, mimo viene, aquella primita tan linda o la niñera haciendo las veces de madre) a la infancia de los niños ricos y felices de cualquier otro rincón del mundo. Por eso los primeros años de la vida del narrador de esta novela suenan un poco a dejà vu. Sin embargo, y aparte de que tampoco es ningún sacrificio hacerlo, es aconsejable aguantar un poco y seguir el desarrollo  propio de cualquier persona porque cuando el narrador crece también crece el interés de lo que cuenta, entre otras cosas porque, una vez superados, la casa paterna, el jardín y el colegio dejan paso a Valparaíso y esa ciudad, empezando por su nombre, en manos de un narrador competente, resulta fascinante.

                Joaquín Edwards Bello era hijo de una familia patricia chilena que lo destinó a la diplomacia, aunque renunció a ésta en favor del periodismo. Durante cuarenta años tuvo en La Nación una columna que cimentó su fama y le permitió mantener una presencia en el país incluso cuando físicamente se encontraba muy lejos por culpa de sus ideas y sus trifulcas con unos y otros: no era un hombre fácil y su sentido crítico, unido a un humor a ratos muy ácido y a una posición desahogada que le permitía no depender de nadie, le costaron no pocos enemigos y exilios. Aparte de sus muy apreciadas crónicas de la vida diaria de su país, Joaquín Edwards Bello escribió novelas tan apreciables como El Roto (1920) o Un chileno en Madrid (1929), en la que ya utilizaba una técnica narrativa  que llevó a su extremo en Valparaíso, la ciudad del viento (1931). En sucesivas ediciones le fue cambiando el título hasta quedar solo el nombre de la ciudad. En 2005 su sobrino, el también novelista Jorge Edwards,  le dedicó un cariñoso homenaje en El inútil de la familia 

Tras la publicación de Valparaíso, y durante algún tiempo, la crítica anduvo dándole vueltas al género de esa obra, pues no tenía claro el grado de veracidad y de creación en lo que Joaquín Edwards contaba de sí mismo. En realidad, la frescura y naturalidad que desprende todavía Valparaíso se debe en parte a la actual insistencia en recurrir a las novelas autobiográficas, o biografías noveladas, como se quiera, un género en el que destaca la monumental narración de  Edward St.Aubyn, que cuenta y no cuenta su vida en un monumental ciclo de cinco novelas reunidas recientemente bajo el título de The Patrick Melrose Novels.

                Llamar la atención de un posible lector bajo la promesa de hablar de sí mismo (se supone que sin censura) tiene un doble peligro. De una parte la apuesta obliga a sacar a la luz lo trivial y anecdótico, pero también lo más profundo y oscuro de uno mismo. Lo más sagrado. Y eso siempre es delicado, aparte de doloroso y expuesto. Al mismo tiempo la apuesta obliga a hablar de los demás con idéntica veracidad, ya sean padres, amigos, amores o desamores. Y si es peligroso decir según qué cosas de uno mismo, cómo no va a serlo si el protagonista de algún suceso no muy elogioso y poco digno de imitación es tu propio padre, tu mejor amigo o aquella mujer que tan generosamente se entregó a cambio de nada. “Puro veneno”, como dice Marlowe cada vez que alguien quiere contarle algo comprometedor. Otra cosa son los diarios, o los dietarios, en los cuales se da cuenta de ciertas cosas sin que el lector pida cuenta de los silencios. Cosa que no ocurre cuando la promesa es contarlo todo.

               El gran invento de la falsa autobiografía y la biografía novelada es que, en sí misma, toda ella es una licencia poética, y lo que importa no es la verdad verdadera sino la imagen, el ambiente, el colorido, el perfume, la huella. Es como si el autor reprodujese en toda su sonoridad y cromatismo la melodía de una composición musical y dejase la letra al albur de la creatividad del lector. O por decirlo con todas sus consecuencias, lo que importa es la expresividad y la verosimilitud,  no la exactitud de los hechos contados.

                La ciudad de Valparaíso, ¿era a finales del siglo XX como la pinta, o tararea, Joaquín Edwards Bello? Probablemente sí. ¿Eran los personales y sus vidas como aparecen aquí? ¿Contará lo aquí narrado como prueba de sus actos (buenos o malos) el día del Juicio Final? Rotundamente, no. Dilucidar esa cuestión le queda al erudito que decide hacer una biografía académica de un autor, porque a él si se le exige rigor y exactitud, y se le pide que rinda cuentas si se le detectan renuncios. A un lector actual, que si no es chileno probablemente no conocerá a Edwards Bello, le tiene sin cuidado el rigor histórico. Lo que de verdad le interesa es la imagen de la ciudad que surge en torno a los personajes, y el alcance humano de éstos a través de sus vidas. Y en ese sentido Valparaíso ofrece momentos de lectura muy gratos porque, aun siendo en palabras de Gabriela Mistral “el hijo más reprendedor de su patria que la salió a nuestro Chile”, la relación del autor con su ciudad natal es íntima, entrañable y, sobre todo,  profundamente agradecida. Y esas cualidades, en manos de un cronista experimentado y con ganas de corresponder a las deferencias que su ciudad tuvo con él, da como resultado una narración viva, enriquecedora y estimulante hasta el extremo de que dan ganas de cerrar el libro e ir a ver personalmente ese paraíso.


 


Valparaíso


Joaquín Edwards Bello


Ediciones Diego Portales


[Publicado el 07/9/2015 a las 10:48]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Taksim

imagen descriptiva

A Andrzej Stasiuk no le gusta nada que le hayan colgado la etiqueta de ser “el escritor de referencia de la generación postcomunista”. Sin embargo, y por más que le pese, pertenece a dicha generación y además es el autor polaco actual más leído, traducido y premiado. En cambio es comprensible que se niegue a ser una referencia para nadie.

Stasiuk nació en 1960 y la caída del Muro de Berlín (1989) le pilló en una posición privilegiada. Había cumplido año y medio de prisión por desertar del ejército, y el clima de euforia y esperanza que se vivía tras la liquidación del comunismo le animó  a utilizar sus experiencias carcelarias en un volumen de duros y descarnados relatos titulado Las murallas de Hebrón (1992). El reconocimiento fue general e inmediato. Pero las prolongadas celebraciones de dicho reconocimiento y la participación en las algaradas propias de todo periodo constituyente le aportaron una valiosa convicción: a la larga,  a ciudad amenazaba con empujarle hacia una completa inacción (según sus propias palabras a fuerza de sexo, drogas y rock’n’roll), razón por la cual abandonó Varsovia y emprendió un prolongado periodo de vagabundeo entreverado de breves periodos de quietud que aprovechó para ir escribiendo novelas como El mundo detrás de Dukla (Acantilado, 2003) o Nueve (Acantilado, 2004), que él mismo considera lo más logrado de su ya abundante producción. Además escribe teatro y, solo por dinero, guiones de cine.

Actualmente vive en Wołowiec, donde su afición por la vida en el campo (ha llegado a gestionar una granja de llamas) se ha traducido en un ambicioso plan de reforestación y cultivos ecológicos. Para su desgracia, ese apego a la tierra le impide ejercer una de sus grandes aficiones: vagabundear por un extenso territorio que se extiende en la confluencia de Rumanía, Ucrania, Polonia, Eslovaquia y Hungría (no hay que hacer demasiado caso de las fronteras actuales porque hay regiones enteras que han cambiado de nacionalidad varias veces y otras incluso han desparecido o cambiado de nombre). El propio Stasiuk, que no es muy aficionado a los eufemismos, denomina a ese impreciso lugar "el culo de Europa". Recogió sus primeras impresiones en De camino a Babadag, un periplo realizado muchas veces a pie y que le llevó de Polonia a Hungría y de Rumanía a Eslovenia.

En Taksim insiste en deambular por esa misma tierra de nadie, aunque en esta ocasión el narrador es dueño de una viejísima furgoneta Fiat Ducato con la que recorre los caminos y atraviesa fronteras en compañía de su misterioso socio Wladek, un hombre que parece ser amigo de todo el mundo, que se cuela en los lugares más inverosímiles y que mete al narrador en toda clase de situaciones imposibles, todo ello en nombre de un negocio increíblemente provechoso que, esta vez sí, ya lo verás, te lo juro, no puede fallar. El comercio habitual de ambos son unas prendas de ropa usada que ya no quieren ni siquiera en los mercadillos de las grandes ciudades europeas, aunque si se tercia trafican con toda clase de artículos al límite de la extinción y procedentes cada vez con mayor frecuencia de China.

La belleza de unos paisajes muchas veces vírgenes, el exotismo de las poblaciones, la forma de vida de sus habitantes y sus costumbres, o las reflexiones de tipo filosófico y moral que provocan los hechos relatados bastarían para dar un gran interés a esta novela que además, o casi podría decirse que antes que nada, destaca por una fantástica técnica narrativa. Junto a largas precisiones geográficas y minuciosas descripciones de paisajes y circunstancias o incluso detalles cotidianos (por ejemplo, de cómo se las apañan dos personas para dormir y prepararse un desayuno caliente en una furgoneta atestada de míseras falsificaciones chinas de tercera mano) el lector puede caer en la cuenta de que no se le ha dicho el nombre de la ciudad, que no sabe nada del interlocutor o que tampoco se da explicación alguna de hechos tan trascendentes como la aparición una cerda rodeada de cochinillos que mata sin más a un hombre en un mercado ante la indiferencia general.

Es una técnica de enfoque y desenfoque que se hace extensiva a la novela entera, capaz de una nitidez instantánea para luego desaparecer en una grisalla informe. Parece como un juego continuo entre realidad y ficción en el que no acaba de saberse dónde está la verdad y a partir de qué momento empieza lo ficticio, todo ello contado además con un tono de desencanto sin paliativos. Aquellas euforias y promesas de los primeros años tras la caída del comunismo han dejado paso a la atroz evidencia de que en el culo de Europa no hay esperanza posible, que los supuestos cambios no han cambiado nada y que el futuro se reduce a depender de las sobras y de lo que nadie más quiere, con el agravante de que, por ejemplo el narrador, ya no aspira a grandes negocios ni ganancias porque se conforma con lo que gana vendiendo andrajos en mercados de pueblos que ni nombre tienen.

Taksim

Andrzej Stasiuk

Traducción de Alfonso Cazenave

Acantilado

[Publicado el 28/8/2015 a las 18:38]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Ve y pon un centinela

imagen descriptiva

Esta novela podría ser un ejemplo excelente para ilustrar la distancia que media entre  “decir” y “hacer” tal y como lo entendía el viejo maestro griego cuando advertía a sus alumnos que debían hacer lo que les decía y no lo que él hacía. En esta advertencia resulta  fácil percibir la primacía que se otorga a la conducta (hacer) sobre la siempre sospechosa palabra (decir)r.  En castellano es posible detectar  idéntica primacía en el precepto que aconseja predicar con el ejemplo, o en ese otro según el cual, “por sus obras los conoceréis”.

 Ve y pon un centinela (el título corresponde al versículo  21,6  del Libro de Isaías) es una novela magnífica y rebosante de ternura,  dinamismo y energía  mientras cuenta lo que hacen, dicen y piensa  los personajes, ya sea en el presente o tiempo atrás. Sin embargo,  el poderoso flujo narrativo se estanca cuando se trata de decir, por ejemplo, lo que unos y otros opinan sobre temas tan pantanosos como son el racismo o los derechos civiles de blancvos y negrosd. Por desgracia, el tiempo dedicado al decir es considerable y Ve y pon un centinela termina quedando  por debajo de la tan exitosa como  justamente aclamada Matar a un ruiseñor.

Ambas novelas fueron escritas en plena década de los años 50, cuando el racismo y la reivindicación de los derechos civiles dominaban los debates a escala nacional. En las dos tales temas juegan  un papel esencial. La gran diferencia estriba en que Matar a un ruiseñor sólo cuenta, o escenifica, o pone en evidencia lo injusto de una situación, mientras que Ven y pon un centinela dedica demasiado tiempo y energía a decir la injusticia que entraña el hecho de conceder a una parte de la población unos derechos que le son negados al resto de la población.

Como se recordará, Matar a un ruiseñor tenía tres líneas narrativas: una de ella eran las cosas y casos que tenían lugar en un pueblo diminuto de Alabama en los años treinta; otra línea era el aprendizaje vital que  estaban llevando a cabo una niña de seis años llamada familiarmente Scout, su hermano de diez años, Jem, y un entrañable amigo de ambos, Dill. La tercera y más comprometida vía narrativa era la complicada defensa que Atticus Finch, abogado y padre de Scout y Jem, hacía de un joven negro acusado de violar a una  mujer blanca. Curiosamente, ese gesto altruista pero casi temerario se menciona como de pasada en Ven y pon un centinela. Parece ser que esa primera novela fue rechazada por todos los editores salvo por uno, que se ofreció a publicarla si Harper Lee primero accdedía a desarrollar  el  apenas esbozado tema de la violación y la intervención del honesto abogado pueblerino.

Podría decirse que finalmente aquel editor tenía razón porque una vez que pese a sus lógicas reticencias Harper Lee entregó Matar a un ruiseñor, ésa versión tuvo un éxito fulminante refrendado por la obtención del premio Pulitzer de ese año (1960). No mucho después, la versión cinematográfica firmada por Robert Mulligan no sólo obtuvo tres Oscar sino que consagró para siempre a Gregory Peck en el papel de Atticus Finch, el hombre íntegro y defensor de los débiles que todo el mundo quisiera tener por padre.

Pese a que, como queda dicho, cronológicamente sea anterior, los hechos que se cuentan en Ven y pon un centinela tienen lugar veinte años después del juicio al joven negro. Scout, ahora conocida por todos como Jean Luise, tiene ya 26 años y vive desde hace tiempo en Nueva York. Por ideología y por elección afectiva, está en total descuerdo con las costumbres y conductas que imperan en el pueblo donde nació y se crió. Además, Jem ha  muerto, Dill vive en Europa sin demostrar la menor  intención de volver y Atticus es un anciano lleno de achaques y carencias. Los cuidados de la tía Alexandra no bastan y, pese a que se defiende con uñas y dientes,  debería ser Jean Louise quien se ocupase de él. Una de las razones que ella tiene para no abandonar Nueva York y asumir el papel que le corresponde en el pueblo es Hank, un joven de mala familia que actualmente hace de mano derecha de Atticus en el bufete de éste y al que todo el mundo considera el heredero natural y, de paso, el marido natural de Jean Louise.

Las relaciones de ésta con su familia y con Hank, así como con  los demás habitantes del pueblo, se cuentan entreveradas de deliciosos recuerdos y escenas de la infancia, algunos decididamente geniales, como el incidente de los pechos postizos de Scout durante un baile en el instituto. Para expresarlo en los términos que utilizo aquí, tanto en Matar a un ruiseñor como en gran parte de Ven y pon un centinela los hechos, las ideas e incluso los fundamentos morales que rigen las conductas son pura narración,   es decir, encarnados en la acción y no expuestos en forma de discursos. Cosa que no ocurre cuando Jean Louise plantea el problema del racismo, un tema para ella de vital importancia y al que se opone apasionadamente. La desgracia es que  encima der ser expuestos de forma prolija y reiterada tanto sus argumentos como las posibles medidas a tomar han quedado en gran parte obsoletas porque la situación de la población afroamericana ya no tiene mucho que ver con la que se daba en la época en que están ambientadas ambas novelas.     

 

Ve y pon un centinela

Harper Lee

Traducción de Belmonte Traducciones

Harper Collins

[Publicado el 18/8/2015 a las 17:32]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

1927: Un verano que cambió el mundo

imagen descriptiva

Me  ha parecido  apropiado inaugurar este aleatorio ciclo de “Lecturas de verano” con el estupendo libro de Bill Bryson  1927: Un verano que cambió el mundo.  Hay fechas que ejercen una influencia decisiva en el imaginario popular: el año Cero porque el nacimiento de Jesús sirvió  muchos siglos después para numerar todos los grandes acontecimientos mundiales ya ocurridos o por ocurrir desde entonces; y 1492, año del descubrimiento de América, es fecha nuy señalada porque se decidió elegirla para señalar el nacimiento de la historia moderna universal. Por su parte, los países suelen acotar una serie de fechas para recordar algún hecho local que permita a sus ciudadanos reconocerse a sí mismos y darse a conocer a los demás. El 25 de octubre en la extinta URSS, el 26 de julio en la Cuba castrista, etc.

Quede claro, de entrada, que si bien el año 1927 fue movido y muy rico en sucesos vistosos, emocionantes y de significada importancia, no es posible destacar en ese verano un solo acontecimiento comparable en importancia y trascendencia a cualquiera de los más arriba mencionados. Pero quienes le conocen bien, saben que Bill Bryson no se iba a dejar amilanar por un detalle tan circunstancial e insignificante y que iba a poner en juego sus bien probados (y sobrados) recursos  para confeccionar un libro de casi seiscientas páginas repletas de informaciones vertiginosas, personajes extravagantes, los asesinos más patosos que  imaginarse pueda, múltiples apuestas económicas insensatas que dieron lugar a fracasos previsibles pero también a logros inverosímiles y docenas de historias más, por lo general  tiernas, jocosas y alucinantes. Muchas de dichas historia podrían tacharse de increíbles (por no utilizar un término tan feo como es “inventadas”). Sin embargo, se puede acusar a Bill Bryson de tener una visión del mundo decididamente surrealista y una forma de contar las cosas tan desenfadada que cuesta creer lo que cuenta. Pero difícilmente se le podrá cazar haciendo trampas, o demostrar que ha tratado un suceso sin haberse informado previamente del mismo con todo rigor.  

El ingente material reunido (previsiblemente por un nutrido pelotón de scouts), Bryson lo ha dividido en cinco apartados, cada uno dedicado a un mes entre mayo y septiembre de 1927 y cada uno presidido por un personaje o suceso que le permiten estructurar ese y los apartados siguientes. Mayo tiene como personaje y suceso principal a Charles Lindbergh y su primer vuelo trasatlántico a bordo del Spirit of St. Louis. En junio predominan el asombroso jugador de béísbol Babe Ruth y sus no menos asombrosos logros deportivos de aquel verano en el que su enorme panza, consecuencia de los excesos cometidos durante toda la vida (parece que su apetito genésico solo era comparable a su voracidad en la mesa) hacía presagiar una hecatombe y en cambio resultó ser el cénit de su trayectoria con los míticos Yankees de Nueva York. En julio tuvo lugar, entre otros sucesos, la dimisión del presidente Calvin Coolidge, tan inesperada que incluso su esposa se enteró de ella por los periódicos. Agosto está dominado por el ominoso final de los anarquistas de origen italiano Sacco y Vanzetti, mientras que septiembre sirve de cierre a los (literalmente) centenares de historias abiertas en el desarrollo de los principales temas precedentes.

Bryson posee un excelente instinto narrativo y una visión comercial no menos aguda, y sabe por lo tanto que en lugar de contar las historias como si fueran bloques sucesivos e independientes es mucho más eficaz irlas dosificando a lo largo de los capítulos. Con ello no sólo consigue imprimirle a lo que cuenta una gran agilidad y amenidad sino que encima los cortes o hiatos entre unas historias y otras los puede aprovechar para ir colando una  información adicional que además de entretener contextualiza el suceso principal. Así por ejemplo, el logro de Lindbergh le da pie a la exposición del panorama histórico y contemporáneo de la aviación en Estados Unidos, con el consiguiente desfile de una inimaginable variedad de tipos estrafalarios e insensatos capaces de emprender las aventuras más locas  con tal de alcanzarla gloria. De paso, y aprovechando que el suceso tuvo lugar no lejos del campo de aviación donde Lindbergh guardaba su avión, Bryson cuenta el terrible pero estrambótico “Crimen del contrapeso de la ventana de guillotina”, ocurrido unos años antes pero cuyos autores, Ruth Snyder y su amante, fueron ejecutados en el verano de 1927 casi al mismo tiempo que electrocutaban a Sacco y Vanzetti. Hay incluso  una fotografía de la señora Snyder por aquello del morbo que supone contemplar el rostro de una mujer que está en vísperas de terminar sus días en la silla eléctrica. Ese afán por no dejarse nada en el tintero lleva a Bryson, por ejemplo, a contar de pe a pa el argumento de un espectáculo de Broadway (espeluznantemente banal y dispartatado, por otra parte) por el solo hecho de que Lindbergh estuvo a punto de ir a verlo, aunque al final desistió porque los partes meteorológicos anunciaban una mejoría sustancial del tiempo y en lugar de ir al teatro prefirió subirse al avión y estar al acecho de un hueco en las nubes que le permitiera despegar rumbo a París. Lo mismo cabe decir de la historia de Al Capone y la  Ley Seca o del fabuloso desarrollo del cine y de Hollywood, traídos a colación, con todo lujo de detalles, con una excusa u otra. Y puede decirse lo mismo de los restantes capítulos, en los que van reapareciendo los Charles Lindbergh, Babe Ruth o Calvin Cooligde entreverados de nuevas y sugestivas ocurrencias veraniegas.  

Quede claro  por lo tanto que 1927: Un verano que cambió el mundo es una hábil combinación de reportajes periodísticos, crónicas de sociedad y sucesos, análisis económicos y políticos, biografías apresuradas de personajes singulares y sucesos sobresalientes que no cambiaron el mundo (al menos no aquel verano). Lo que ocurre es que, seleccionados y contados por Bryson dan como resultado un libro muy dentro de la línea de otros ya conocidos y muy celebrados de este autor, ideales para ser leídos en la playa o debajo de un pino.

 

1927: Un verano que cambió el mundo

Bill Bryson

Traducción de Ana Mata Buil

RBA

 

[Publicado el 25/7/2015 a las 10:19]

[Enlace permanente] [6 comentarios]

Compartir:

La balada de Sam

imagen descriptiva

Es muy de agradecer que de cuando en cuando algún novelista español se decida a situar la trama de su relato muy lejos de los escenarios habituales. Puesto a buscar un ambiente distinto, Javier Márquez ha optado por mandar a su narrador a Triunfo, un pueblecito mexicano situado en la frontera entre los estados de Sonora y Chihuahua. Es decir,  un lugar que en el fondo es  sólo moderadamente exótico porque esa inmensa zona desértica al norte y al sur del Río Grande nos resulta relativamente próxima, primero porque hubo una época en que fue España y segundo porque más tarde jugó un papel destacado en el desarrollo de la Revolución mexicana y la creación del moderno Estado de México; años después pasó formar parte de Estados Unidos (El Álamo, etc), y en la actualidad, y a fuerza de colar un interminable (y trágico) reguero de emigrantes, México parece estar recuperando sus antiguos territorios hasta el extremo de que recientemente los pobladores hispanos han sobrepasado en California a los  norteamericanos (allí conocidos como anglos), aparte de que en la mayor parte de las ciudades del lado norteamericano de la frontera el español es la lengua más hablada y a veces el idioma oficial.

 Tanto la literatura como el cine de México y Estados Unidos han narrado tan profusamente los paisajes, los personajes y las duras condiciones de vida en esa frontera que en cierto modo han creado algo muy próximo a una narrativa de género. En el caso de Estados Unidos, gente como John Ford, Howard Hawks, John Wayne, Sam Peckinpah,  o más modernamente Clint Eastwood (sin olvidar a los Zane Grey, Cormac McCarthy y un larguísimo etcétera, o a los entrañables integrantes de la Banda de la tenaza entre otros muchos) han contribuido decisivamente a crear una mística equivalente a lo conseguido desde el otro lado por los Pancho, Villa, Emiliano Zapata y todos los directores y actores de la generación del Indio Fernández, aunque quizá hayan contribuido aún más decisivamente a esa mística de la frontera las rancheras y corridos, muy presentes en esta novela por medio de intérpretes como Freddy Fender y su “Before the next teardrop falls”, José Alfredo Jiménez y Vicente Fernandez, o canciones hace años muy populares en Televisión Española, como “Dos arbolitos”.

Aparte de buscar un escenario distinto del habitual pero al mismo tiempo muy próximo, Javier Márquez ha buscado deliberadamente no apartarse del género, y tanto los personajes como las situaciones permiten reencontrar a viejos conocidos: el narrador es ese periodista que bebe y trabaja en exceso y que a fuerza de ausentarse tanto de casa consigue que su mujer le engañe con su mejor amigo; la chica es una joven reportera que de entrada castiga al narrador  con su indiferencia aunque la atracción es mutua e instantánea  y no tardará en manifestarse como cabe imaginar; también está la hermosa cantinera que carga con una pesada, y por ello evidente, historia de amor mal consumado; el idolatrado director de cine norteamericano que rodó alguna de sus mejores películas en Triunfo y que ahora, gracias a una acción conjunta de las fuerzas vivas locales y los mismos estudios cinematográficos norteamericanos que son dueños de los derechos de sus películas, años después de su muerte va a recibir un falso homenaje; y se dice falso porque la estatua y los festejos programados en su memoria encubren de hecho una operación comercial de mucho calado; también están el Indio Fernández y la curiosa, furiosa  y variopinta fauna que ayudaba al famoso director a rodar sus películas.

Un integrante fundamental de esa fauna era Chico Montes, el difunto padre del narrador y personaje de confusa y muy contradictoria trayectoria vital (un padre abyecto y huidizo al decir de la ex esposa y madre del narrador, pero adorado y enaltecido por todos cuantos le conocieron en Triunfo). Desvelar la verdadera personalidad del padre es otro de los hilos narrativos principales y ocasión de algunos de los pasajes más lucidos de la narración.  

Y como no podía ser menos, tratándose de México, está la muerte. El pueblo es hijo de la Revolución (sus cimientos se remojaron en sangre) y en la actualidad vive bajo la influencia de dos familias, también hijas de la Revolución, que arrastran desde entonces una interminable serie de enfrentamientos, odios, muertes y venganzas, algunas tan recientes que las viudas y huérfanos de los muertos siguen vivos y reclamando justicia. Y como no podía ser menos, los actos de homenaje al cineasta que puso a Triunfo en el mapa han sido programados justo a día siguiente del emblemático Día de Difuntos, aunque cabe decir a su favor que Javier Márquez no abusa de esa fiesta y su simbología. 

Dado que en conjunto, contando personajes presentes y pasados, hay casi una veintena de trayectorias vitales que se entrecruzan a lo largo de un tiempo que apenas hace distingos entre presente y pasado porque uno y otro son un continuo de borracheras, peleas, canciones y tiroteos,  se agradece que tanto el paisaje como los hechos o las fiestas resulten reconocibles porque el lector sabe en todo momento dónde está y lo que cabe esperar de los amores y odios manifestados entre inasequibles cantidades de tequilas, corridos y balaceras.

 

La balada de Sam

Javier Márquez Sánchez

Editorial Alrevés  

               

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 12/7/2015 a las 10:59]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Italia a media luz

imagen descriptiva

En principio, un texto debería leerse directamente y sin necesidad de recurrir a explicaciones externas o ajenas al texto mismo. En el fondo esta afirmación esconde una cuestión de gran calado y que desde hace siglos viene planteándose de formas muy diferentes, por ejemplo así: ¿disfruta más y más provechosamente de una obra de arte el sabio que ha dedicado su vida al estudio de la actividad artística y que allí donde mira parece que lleve puesta en la mirada su envidiable biblioteca, o quien disfruta de verdad es la persona imaginativa y muy creativa que entra inadvertidamente en una sala a oscuras y al encender las luces y elevar la mirada hacia lo alto de las paredes y el techo descubre que se ha colado en la Capilla Sixtina? O dicho de otro modo: para apreciar hay que saber o basta con ser creativo.

                En el caso de D.H. Lawrence, faltaría más, lo que procede es abrir cualquiera de sus libros por la primera página y seguir hasta la última dejándose llevar por el autor. Es perfectamente irrelevante saber cómo se llamó primitivamente la novela que acabó siendo publicada como Mujeres enamoradas o enterarse de que Lawrence nunca disfrutó de un aprecio nacional similar al de Milton o un del doctor Johnson por haber descrito tan minuciosamente el placer que experimentaba una lady en los brazos de un guarda forestal. Y no es que en las clases aristocráticas no supiesen lo que algunas de sus damas hacían con algunos de sus criados. El problema fue que nunca nadie había descrito tales prácticas con tanto entusiasmo, o como si en fondo un hubiese tanta diferencia entre una dama  de alta alcurnia  y su cocinera. Y hasta ahí podíamos llegar.

Sin embargo, en el caso de Italia a media luz (aunque la traducción generalmente aceptada sea Crepúsculo en Italia) quizá no sea inadecuado conocer algo acerca de las circunstancias que estaba viviendo Lawrence cuando escribió este libro que, para empezar, refleja su primer contacto con Italia pero no es un relato de viajes al uso aunque tampoco un cuaderno de notas y reflexiones o las impresiones de un protestante que topa por vez primera con una sociedad católica tan peculiar como era la italiana anterior a la Primera Guerra Mundial. Hay algo de todo ello, pero tratado de forma muy personal.

En cierto modo, D.H. Lawrence se estaba abriendo por vez primera al mundo de los sentidos porque acababa de conocer a Frieda Weekley, una mujer que desde su primer y tempestuoso encuentro le cambió todos los supuestos que él tenía acerca del sexo, el amor, la vida en pareja, la amistad e incluso la salud, ejerciendo una benéfica influencia en sus escritos que le iba a durar toda la vida. En ese momento Lawrence ya era un escritor que empezaba a ser conocido pero lo editores temían ser perseguidos por publicar sus libros y si lo hacían aprovechaban la circunstancia para pagarle muy poco. Durante los años siguientes Frieda y él iban a llevar una vida muy modesta pero también muy  variada e intensa.

En conjunto Italia a media luz, recoge las primeras impresiones y hallazgos de un placentero viaje a pie a través de los Alpes y que culminaría  con una larga estancia en el pueblecito a orillas del lago de Garda. Es curioso pero aunque Frieda le acompañó todo el tiempo y compartió con él los momentos más exaltantes y duraderos, en el libro no sale una sola vez la palabra “nosotros”,  como si temiera que lo que para él era un viaje iniciático los lectores lo pudiesen  tomar como el simple relato de una luna de miel. Las ya mencionadas primeras impresiones de su encuentro con la simbología católica quedan recogidas en el apartado inicial titulado “Los crucifijos” a lo largo del cual se pone una vez más de manifiesto lo muy enriquecedora y a la vez desmitificadora que puede resultar la mirada de un extraño al posarse en símbolos tan conocidos y en apariencia agotados (en el sentido de que parece que no se pueda decir ya nada nuevo de ellos) como son los cristos que almas piadosas construían antaño en los caminos para proteger a los caminantes. El capítulo “En el lago de Garda” incluye apartados como “La hilandera y los monjes” o “El teatro” (por cierto, magnífico), pero sobre todo “El huerto de los limones”, donde aparecen por vez primera las semillas que más adelante iban a fructificar en unos  vínculos imperecederos de Lawrence, como  la “pobreza” de Italia plena de sol y limoneros frente a la “riqueza” de la Inglaterra gris y polvorienta que estaba colonizando el mundo con las máquinas. No obstante, pese a la exaltación que le provocaban el sol y el modo de vida italiano, o lo extraordinario de laderas de limoneros que descendían casi hasta el lago, Lawrence detectó desde el primer momento el peligro que se cernía sobre ese mundo antiguo y de ahí el “crepúsculo” que añadió al título.   “Italianos en el exilio” y “El viaje de regreso” cierran el volumen y ni vital ni temporalmente manifiestan un estado de ánimo similar al que reinaba durante la estancia en Garda, pero en cambio dejan entrever a un Lawrence más experimentado, más viajero podría decirse, y con una conciencia cada vez más clara de su distanciamiento y ruptura sentimental con la Inglaterra de la primera parte de su vida. Aún tenía por escribir lo mejor de su obra, pero ya había adquirido el acento que luego le haría mundialmente famoso.

 

 

Italia a media luz

D.H. Lawrence

Edición de Miguen Ángel Martínez Cabeza

ABADA editores

[Publicado el 07/7/2015 a las 13:52]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2017 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres