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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 24 de mayo de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

La piel de la frontera

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En apariencia La piel de la frontera es una recolección de relatos (en concreto catorce) escritos entre 2003 y 2013. Todos salvo uno (el segundo, ambientado en una residencia de escritores situada al norte de Nueva York) transcurren en poblaciones diseminadas por el Segriá y el Bajo Cinca, dos comarcas ancestralmente aquejadas de una especie de maldición que el propio autor define con elegante precisión:”Lo peor que le puede pasar a una región [es] que se vaya todo el mundo, que se vaya la gente, que se vayan los árboles  y que se vaya hasta la tierra”.  Una vez desarboladas por la mano del hombre, esas dos regiones que constituyen la frontera occidental del desierto de los Monegros (y que además sirven hoy de frontera entre Aragón y Cataluña) sufrieron una grave pérdida de habitantes seguida de una pérdida todavía más grave de tierra que a través de los ríos Segre y Cinca ha ido a parar a esa fértil llanura hoy conocida  como Delta del Ebro.

                Breve inciso histórico: los lectores ya algo veteranos recordarán sin duda los infinitos chistes  que en su día se hicieron a costa de las manías de Franco y sus embalses, y recordarán también las anécdotas que se contaban a costa de aquél ministro del Opus Dei llamado Laureano López Rodó y su obsesión por los almacenes frigoríficos. Sus subordinados le llamaban (a sus espaldas, claro) el Frigorías porque no pronunciaba un discurso o no hacía declaración alguna sin que antes o después hiciese alguna alusión al número de frigorías que necesitaba el campo para alcanzar una rentabilidad europea.

                Pues bien: resulta que el agua aportada por los fementidos pantanos terminó por fertilizar las vegas del Segre y el Cinca y los antiguos eriales se transformaron en interminables campos de frutales, con la particularidad de que gracias a los almacenes rebosantes de frigorías el tiempo de comercialización de la fruta se prolongó de forma notoria, cosa que hizo aún más rentable la plantación de frutales.

                El regreso masivo de los árboles invirtió el flujo migratorio y el Segriá y el bajo Cinca dejaron de suministrar mano de obra barata a los mercados  internacionales y empezaron a recibir un flujo continuo de desheredados que desde entonces no ha hecho sino crecer: primero llegaron marroquíes seguidos por argelinos y más tarde por senegaleses, malianos o gambianos, que aún se verían reforzados después por ucranianos, rumanos y, al final, búlgaros.

                He dicho al principio que este libro puede parecer una recopilación de relatos breves escritos a lo largo de una decena de años, pero tal descripción no sólo es incompleta sino que incluso resulta engañosa porque puede inducir a pensar que se trata de la clásica operación editorial para aprovechar un material heterogéneo que el autor tenía olvidado en los cajones de su mesa de trabajo. Y nada más lejos de la realidad. Francesc Serés, natural Zaidín, una pequeña población ribereña del Cinca cuando éste enfila ya hacia Fraga, empezó a recorrer con asiduidad desde 2003 los paisajes de su infancia. Al principio viajaba en moto y más tarde en automóvil pero siempre sin más equipaje que una mochila ni más utillaje que una cámara de fotos y un cuaderno para tomar notas. Sin embargo, y a fuerza de reiterar por aquellos pueblos unas apariciones no siempre bien entendidas,  terminó adquiriendo esa condición que el gran Malinowski consideraba indispensable para un buen antropólogo: lograr que los nativos le tomen por un mal inofensivo pero inevitable y que empiecen a comportarse como si no fuesen seguidos a todas horas por un pesado armado con la cámara y el bloc de notas.

                Puesto en términos pasionales podría decirse que el lector es invitado a presenciar la recreación de un paisaje interior, es decir, espiritual. Los geógrafos franceses, que son los inventores del término, dirían que se trata de la creación de un ámbito periurbano, entendiendo por tal el espacio (o tierra de nadie) que surge entre lo urbano y lo rural y que una vez despojado de los rasgos que le eran propios se reorganiza para crear su propia identidad. Los títulos de cada relato (magníficos)  hablan de pequeñas historias de las historias sin historia, de todo lo que se sabe y se cuenta antes de olvidarlo, de retrovisores fabricados en Ucrania, de un pequeño manual de arquitectura efímera o del fin del mundo tal como lo conocimos.

                Sólo con humor, empatía, solidaridad y comprensión se podía tratar de reflejar un drama humano, económico, paisajístico y personal de una forma tan bella, apasionada y elegante (o sea literaria) como lo ha hecho Francesc Serés en sus relatos.

 

La piel de la frontera

Francesc Serés

Traducción de Nicole D’Amonville Alegría

Acantilado

 

 

 

[Publicado el 29/12/2015 a las 19:25]

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El instante de peligro

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Si antes de abrir este libro el lector curioso desea saber algo más acerca de Miguel Ángel Hernández Navarro (Murcia, 1977) no tiene más que entrar en su bien documentada página personal (http://www.mahernandez.es) y al navegar por allí sabrá, entre otras muchas cosas, que es profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia, que ha sido investigador en el Clark Art Institute de Williamstown (Massachusetts) y que “sus áreas de interés son el arte, la teoría y la cultura visual del mundo contemporáneo, con un especial énfasis en las visualidades de resistencia, tecnología, las políticas migratorias y las temporalidades antagónicas”.

Cuando, una vez suficientemente informado,  el lector se adentre en el libro comprobará que tanto el narrador, llamado Martín Torres, como los demás personajes encargados de vehicular la acción, comparten muchos rasgos e intereses profesionales con el propio M.A. Hernández. Martín Torres  no solo ejerce la enseñanza universitaria sino que él también ha sido investigador en aquel instituto de arte de Massachusetts y es un especialista en la teoría y la cultura visual del mundo contemporáneo. Pero los evidentes parecidos y coincidencias entre el autor que firma el libro y el personaje encargado de contarlo no implican necesariamente que sea una obra autobiográfica. Todo escritor habla de aquello que mejor conoce y más le interesa, y que los amores y desamores de los personajes o sus triunfos y fracasos artísticos sean biográficos no es relevante porque lo único que de verdad importa en una narración es que los hechos estén bien contados. (No obstante, y ya que sale, a ningún novelista le viene mal conocer de primera mano aquello de lo que habla, pero tampoco eso es indispensable y ahí está el célebre caso de Emilio Salgari, cuyas novelas transcurrían en todos los mares existentes entre Malasia, las Antillas y el Ártico cuando en realidad apenas salió nunca de su Verona natal).

Otra cosa que podrá observar el lector según vaya pasando páginas es lo muy complicado que lo tienen los artistas plásticos contemporáneos para concebir, plasmar y no digamos vender eso que antes se llamaba una obra de arte. No estoy insinuando que antaño los maestros  lo tuvieran más fácil o que, por ejemplo, a Leonardo da Vinci  no le supuso el menor esfuerzo colocar un lienzo limpio en el caballete y ponerse a dar brochazos hasta terminar esa figura femenina hoy conocida como La Gioconda. Faltaría más. Pero los artistas contemporáneos no disponen de lienzo, pinceles, colores ni, muchísimo menos, una idea clara de lo que es arte, o de cuál es la línea divisoria entre una obra de arte y una patochada sonrojante.

Y esta es la propuesta que le llega a Martín Torres en un momento particularmente bajo de su vida profesional y sentimental: una becaria del Clark Art Institute de Williamstown llamada Anna Morelli ha encontrado cinco bobinas anónimas de 16 mm mostrando la sombra de una figura masculina recortada contra una pared, siempre la misma, sin voz, ni movimiento, nada. La búsqueda artística de la Morelli consiste en construir la identidad de una época en la que las fronteras del sujeto  ya han sido destruidas. Y para ello recorre  el mundo buscando fotografías en las que reconocerse componiendo una especie de álbum familiar e íntimo a través de las familias de los demás. Y en el desarrollo de esa investigación está empezando a borrar el contenido de las imágenes para dejar solo un pequeño fragmento en el cual poder afirmar su identidad. Tacha aquello que ya ha sido eliminado de la memoria. Borra  imágenes que ya nadie recuerda. Trata de encontrarse en las historias olvidadas, sean reales o imaginadas.

¿Y cuál es el papel que ella reserva a Martín Torres en su proyecto?: aportar la historia que falta en esas películas (que encima están a punto de ser parcial o totalmente borradas). No hace falta insistir en que ante semejante reto al profesor Martín Torres le falta tiempo para hacer las maletas y partir hacia Massachussets.

Cierto que el planteamiento parece complicado, antes incluso de que entren en juego las complejas líneas de seducciones, rechazos, atracciones sexuales y anhelos sentimentales. Pero no asustarse a destiempo ante la aparente oscuridad porque M.A. Hernández no sólo tiene unos recursos narrativos muy sólidos sino que cuenta con el respaldo de guías tan competentes como Walter Benjamin cuando dice:”Articular históricamente el pasado no significa conocerlo “como verdaderamente ha sido”. Significa apoderarse de un recuerdo tal y como éste relampaguea en un instante de peligro”.

 

El instante de peligro

Miguel Ángel Hernández

Anagrama    

 

[Publicado el 15/12/2015 a las 18:32]

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Molinos de viento en Brooklyn

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Esta novela reúne todos los ingredientes para pasar sin pena ni gloria y acabar en el más absoluto olvido. Para empezar,  Prudencio de Pereda fue un autor norteamericano de origen español que nació en 1912 y vivió en el barrio neoyorquino de Brooklyn. Para su desgracia hubo de competir con gigantes como Ernst Hemingway, John Dos Passos, Erskine Caldwell, William Saroyan y tantas otras estrellas que no le permitieron brillar, aunque de su primera novela, All the Girls We Loved (1948), logró vender medio millón de ejemplares. Con la segunda, Fiesta (1953), no tuvo tanta suerte y después de Molinos de viento en Brooklyn (1960) Pereda se empeñó en un anonimato tan recalcitrante que, hoy, ni siquiera los sabiondos de Google son capaces de decir apenas nada sustancial de él.

                El hecho de que la novela esté ambientada en los años veinte y refleje las vidas de una pequeña colonia española en Nueva York que no sólo desapareció hace tiempo sino que lo hizo sin dejar apenas más rastro que esta novela de apenas doscientas páginas (compárese por ejemplo con la contribución a la cultura y el modo de ser norteamericano que han realizado las minorías judía, italiana, irlandesa o latina) son otras tantas bazas seguras para el olvido. Y por si fuera poco, Molinos de viento en Brooklyn no es en absoluto una gran narración épica que aspire a fijar en la memoria colectiva la lucha desesperada de unos hombres y mujeres desarraigados y sin apenas recursos pero que logran labrarse un futuro en tierra extraña. O su heroico empeño por conservar unos valores ancestrales que les identifican y les permiten reconocerse como hermanos pese a estar tan lejos de casa. Para nada. Quienes llevan el peso de la acción, Agapito, el Abuelo, el padre y los hermanos del narrador (un adolescente en pleno rito de paso a la edad adulta) son todos ellos teverianos, es decir, traficantes de cigarros puros confeccionados a base de vaya usted a saber qué porquerías pero que ellos venden a precios abusivos bajo el supuesto de ser tabaco habano recién desembarcado sin pasar aduana, y de ahí que sea tan barato. O sea unos golfos a escala minúscula y que viven de las migajas del gran engaño, pues en aquel momento Norteamérica vivía bajo la ley seca y estaba incubando las poderosas mafias que amasaban fortunas fabulosas a punta de metralleta y corrupción universal.

                Lo curioso es que con sus pequeños trapicheos y astucias, ese minúsculo grupo de golfos acaba configurándose como un cuerpo social inequívocamente español en el que Agapito, el viejo compinche del abuelo, encarna los rasgos del clásico pícaro aferrado a la vida y sin más horizonte que la mera supervivencia, y que es el encargado de enseñar al joven narrador en plena etapa de iniciación los secretos del oficio pero también valores como la amistad, la fidelidad al compañero o la conciencia de que en sus circunstancias la ayuda mutua es indispensable frente a la inevitable llegada de la adversidad. A su lado el Abuelo asume la figura y las maneras del caballero español que pone la dignidad y el honor por encima de cualquier ventaja material, ello a pesar de que la Abuela le machacará por su quijotismo (y por un donjuanismo perfectamente injusto). En paralelo a las sabias conductas de sus mayores, el joven narrador vivirá las delicias de la iniciación sentimental y sexual gracias a los cuidados de una viuda de origen cubano que le llevará sin sobresaltos ni malos rollos hasta las cumbres del éxtasis. Pero ya digo que es una historia pequeña, cotidiana y entrañable y en absoluto épica. Hasta el día en que el Abuelo, en vísperas de su jubilación, asombra a todos al aceptar la presidencia de La Española, una sociedad encargada de vehicular las relaciones sociales de la colonia pero sobre todo encargada de organizar una fiesta anual que alcanza su apogeo en la actuación de una figura  de cierto renombre en un teatro local. Y si el Abuelo ha tomado a todos por sorpresa al aceptar la presidencia de esa sociedad, logra sembrar el desconcierto al anunciar que para la fiesta de ese año ha logrado contratar a Manolin, un bailarín de flamenco tan universalmente aclamado que incluso se ha retirado a sus veintipocos años de edad y vive actualmente en La Habana en compañía de sus dos esposas. Si, dos esposas, pero a una figura de tanto renombre se le perdonan ciertas cosas. Su actuación para La Española marcará el retorno del gran divo al mundo del espectáculo.

                Cabe resaltar que el Abuelo y las fuerzas vivas de La Española se van a quedar de piedra cuando vean descender al gran artista  por la escala del barco que le trae desde La Habana. Ese descenso está contado con gran  habilidad y parece que el  problema van a ser las dos esposas que le acompañan, pero no. El verdadero motivo de escándalo es una peculiaridad física del genial Manolin que no se puede desvelar porque sería como traicionar al autor. Pero a partir de ese momento la amable existencia de los teverianos sufre un giro vertiginoso y la novela se beneficia de un subidón genial. Y lo dicho: tiene todas las bazas para pasar sin pena ni gloria y es una lástima porque Prudencio de Pereda es un narrador nato, uno de esos virtuosos a los que les das un puñado de cerillas y te montan la catedral de Chartres o el acorazado Potenkim. Pues con Pereda lo mismo pero en Brooklyn y con unos pocos golfos encantadores.

 

Molinos de viento en Brooklyn

Prudencio de Pereda

Traducción de Ignacio Gómez Calvo.

Hoja de lata

[Publicado el 11/12/2015 a las 18:40]

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La niña perdida

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En los cursos de escritura creativa (al menos los que son serios) enseñan a los futuros novelistas que las historias, si son lo bastante relevantes como para abrirlas, deben ser lo suficientemente relevantes como para merecer ser cerradas, dándose la curiosa circunstancia de que resulta mucho más fácil abrirlas que cerrarlas.

                En ese sentido La niña perdida, el cuarto y último volumen de la saga Dos amigas, debiera figurar en la bibliografía de toda escuela que se precie porque en él Elena Ferrante lleva a cabo un asombroso tour de force en lo que a cerrar historias se refiere. Y no podría ser de otro modo porque el escenario es el Nápoles de los años cincuenta, una ciudad que todavía sangra por las heridas provocadas durante la Segunda Guerra Mundial y en la que la lucha por la mera subsistencia se libra en medio de un clima de violencia y de enfrentamientos más tribales que políticos y en la que casi un millón de personas tratan de sobrevivir.

                El lector hará bien en tener presente que, allá en el arranque del primer volumen, la narradora, Elena Greco, también llamada Lenuccia o Lenú, decía encontrarse casi al final de su vida y anunciaba su decisión de contar la historia de Raffaella Cerullo, también conocida como Lina, o Lila, una mujer ahora desaparecida sin dejar rastro pero que nació unas pocas casas más allá de donde nació la propia narradora y con la que, pese a la distancia, las pugnas, los celos mutuos, los distanciamientos y las opciones vitales tan diferentes tomadas por una y otra, había  mantenido una relación tan profunda que le resultaba imposible relatar las circunstancias de su vida sin contar de paso su propia vida. O no contar también las vidas de esa treintena de personas pertenecientes a diversas y muy conocidas familias del barrio y que habían ido a la misma escuela y crecido juntas para luego casarse entre sí y tener hijos, o separarse, traicionarse, intercambiar parejas, apoyarse mutuamente y (lo cual es una posibilidad que está presente todo el tiempo) morir de forma violenta, unas veces a manos de otros pero también por decisión propia.

Y como fondo, o mejor aún, como universo, esa omnipresente ciudad esparcida por las faldas del humeante Vesubio y que parece tener interiorizada la eterna precariedad de su existencia: sus habitantes, como se demuestra durante un terremoto que tiene lugar ya bien avanzada la saga, son conscientes de que en cualquier momento pueden ser engullidos por el volcán, o enterrados en escombros como en su día lo fueron Pompeya y Herculano, y aceptan esa poco envidiable  posibilidad con la misma taciturna resignación con que aceptan el poder latente de las mafias, las intemperancias de los grupos violentos, da igual si de derechas o izquierdas, o la imposibilidad metafísica de escapar a su condición. Elena, la narradora, es la única de todos ellos que parece haber escapado al destino común: ha logrado trasladarse al norte (Florencia),donde ha cursado una carrera universitaria, se ha casado con un joven y prestigioso profesor con el que ha tenido dos niñas, aparte de estar iniciando una prometedora carrera literaria. Es la envidia de todos. Tan lejos. A salvo del pudridero napolitano. Qué suerte la suya.

Y sin embargo, contra toda lógica, e incluso contra su propio criterio (por no hablar de las andanadas que va a recibir de la irascible Lila) la prometedora escritora abandona a su marido y sus hijas, deja de lado su incipiente carrera literaria y vuelve a Nápoles. La excusa es un viejo amor de juventud, asimismo amado de joven por Lila, y que parece ofrecerle  la posibilidad de culminar una historia de juventud que quedó inconclusa  y que ahora, en la madurez, puede  ofrecerle la oportunidad de vivir lo que entonces no pudo.

Pero quien crea que tiene por delante el  relatado de los inevitables sobresaltos de una vulgar historia amorosa triangular se llevará un chasco. Porque Elena Ferrante, la otra narradora, la que firma el libro y cobra los royalties de las ventas multitudinarias en todo el mundo, va poniendo en escena a la treintena de personajes cuyas historias comenzaron en los volúmenes anteriores y con envidiable habilidad va dando cuenta de la trayectoria y el desenlace de cada uno (ya digo que es un notable tour de force en lo que a culminar historias se refiere)  todo ello sin renunciar a culminar la compleja y muy conflictiva historia de las dos amigas que dan nombre a la saga. Podría decirse que se puede leer La niña perdida sin haber leído los tres volúmenes anteriores, pero sería hacerle un flaco favor a quien siga tan disparatado consejo porque se le incitaría a  renunciar sin demasiada justificación a una narración que está a la altura de cualquiera de las grandes obras contemporáneas y que le adsorberá literalmente de principio a fin.    

 

La niña perdida

Elena Ferrante

Traducción de Celia Filiperto

Lumen   

 

 

 

 

 

[Publicado el 23/11/2015 a las 19:45]

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Pureza

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Algún crítico ha dicho que el muy ambicioso y competitivo Jonathan Franzen, queriendo escribir la gran novela del siglo XXI, había redescubierto con  Pureza lo mejor de la novelística del siglo XIX.

                Es una boutade, desde luego, pero la boutade comparte con el libelo la curiosa ambivalencia de ser una afirmación por lo general muy certera y al mismo tiempo radicalmente falsa.  Es cierto que Pureza está concebida al modo de las viejas “novelas río”, con una decena de personajes principales y un nutrido pelotón de comparsas que se van incorporando al curso principal narrativo aportando unos  puntos de vista personales inevitablemente mediatizados por sus propias circunstancias, deseos, aspiraciones y frustraciones y que, por ende, van modificando  la percepción que  el lector se ha ido haciendo de cada uno de ellos según han aparecido en escena. Con minuciosa ecuanimidad, Franzen los recibe  con indudable entusiasmo y no duda en remontarse hasta la generación anterior para aportar la información que permita al lector hacerse una idea cabal de los Tom, Andreas, Pip, Anabel, Annagret, Katya, Leila y demás agonistas.

Por lo general esos consecutivos cambios de percepción  resultan enriquecedores y aunque debido a los imperativos de la narración, en algunas ocasiones resultan capciosos, tramposos y hasta deliberadamente mendaces (por no decir erróneos, fallidos o imposibles de aceptar sin resistencia) al mismo tiempo son  lo que rompe con la tradición decimonónica y representan la mejor aportación narrativa de Franzen. Y voy a tratar de explicarlo.

                Para saludar la aparición de cada personaje y ofrecer una generosa acumulación de sus respectivos datos biográficos Franzen adopta una técnica muy parecida a lo que en cine se llaman planos secuencia: la cámara (la mirada narrativa) está fija y registra todo cuanto ocurre en su campo de visión sin cortes ni trucos de montaje. Lo que se ve por allí es lo que hay y si algo no se ve es porque no existe, a menos que muchas páginas después, en otro plano secuencia, un personaje nuevo aporte datos que el anterior ignoraba, ocultaba o tergiversaba deliberadamente.  Esa técnica narrativa permite una presentación tranquila del personaje, cuya vida fluye como si fuera un continuo y facilita que sea el lector (y no un autor sabelotodo y ventajista como los de antes) quien seleccione lo esencial y deseche lo irrelevante, o separe la verdad de la mentira, o incluso que cambie de opinión cuando aparezcan nuevos y relevantes datos. Lo más positivo de esa técnica, lo que la crítica suele señalar como la mayor aportación de Franzen a la narrativa contemporánea, es que le permite poner en práctica lo que mejor sabe hacer, es decir, expresar literariamente lo que pasa dentro de una cabeza con sus miedos y sus inseguridades, paranoias, reiteraciones, cobardías o heroicidades, todo ello como digo, sin cortes ni irrupciones desde el exterior. Por descontado que esa técnica surge del llamado “monólogo interior” de Joyce, pero desde entonces la evolución narrativa ha sido tan extraordinaria que ahora, sin recurrir a trucos de prestidigitación,  es posible localizar en lo más profundo de la consciencia y sacar a la luz componentes del alma humana tan complejos como puedan ser el incesto, el odio al progenitor, la culpabilidad, las pulsiones sexuales que lindan o se sumergen en la perversión, el deseo de dominación tiránica, el impulso de matar o la violación, ello por no hablar de otros rasgos humanos más generales pero no por ello menos perturbadores, como son los celos, la necesidad de reconocimiento social, el afán de acaparar, el deseo/rechazo de compartir la vida con un compañero/a y, siendo éste uno de los elementos tragicómicos mejor utilizados por Franzen, un nada caritativo recuento de las idioteces que llega a hacer uno en nombre del amor. Y en esta enumeración de piezas constitutivas del entramado humano, Franzen recurre de continuo a  un componente estructural que empieza a perfilarse como un acompañante inevitable para el hombre moderno: la paranoia resultante de constatar la imposibilidad de preservar la intimidad. O si se prefiere, la certeza de que existen fuerzas ocultas e incontrolables cuya aspiración final es el dominio  total sobre el género humano  (aunque puede ponerse aquí cualquier otra definición que incluya la nueva religión tecnológica que lo ha hecho posible y cuyo exponente máximo es Internet).

Como es lógico, poner en juego tal cúmulo de fuerzas y deseos y circunstancias muchas veces contrapuestas no resulta sencillo, y en consecuencia la trama de Pureza es tan compleja (enrevesada) que muchas veces cae en lo inverosímil: gurús de la informática que aspiran a convertir las wikilieaks en juegos de niños pero que sentimentalmente son unos verdaderos   tarados (véase al gran hombre que acepta por amor orinar sentado pese a considerar una humillación no seguir haciéndolo de pie), mujeres que caen fascinadas ante esos gurús antes de abominar de ellos cuando descubren que, en efecto, son unos tarados; padres multimillonarios que tratan de lograr con dinero lo que deberían ganar con sentimiento,  madres tiránicas que usan el sentimiento como sus riquísimos maridos utilizan el dinero, crímenes en la Alemania comunista que se resuelven con un suicidio en una reserva de la selva amazónica muchos años más tarde o traiciones y chantajes de todos los colores. Y, en medio de esa vorágine, Purity Tyler, Pip para los amigos, que sobrelleva con escaso donaire el mote de Pureza que le puso su madre al nacer pero que merecía haber sido llamada Inocencia. Porque a Jonathan Franzen no parece importarle tanto la pureza como la inocencia, es decir, ese estadio en el que alguien posee la información (el poder) y no hace uso de ella…por amor. Pero bueno. Ya digo que la trama es compleja y que en casi 700 páginas pasan demasiadas cosas para resumirlas en una sola palabra. Pero si esa palabra es amor seguro que no es una opción descabellada.

 

 

Pureza 

Jonathan Franzen

Traducción Enrique de Hériz

Salamandra

[Publicado el 13/11/2015 a las 18:18]

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Manuscrito encontrado en Zaragoza

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Cuando en  los años setenta Alianza Editorial  tradujo la selección del  Manuscrito encontrado en Zaragoza que Roger Caillois había hecho para Gallimard, el  asombro fue general. Las andanzas por España de Alfonso van Worden, un joven  hidalgo flamenco adscrito a las Guardias Valonas de Felipe V, nos pillaron a todos desprevenidos porque no se parecían en nada a lo que habíamos  leído hasta entonces. Se suponía que, encontrándose en Andalucía, el joven oficial extranjero recibía la orden de incorporarse a su regimiento en Madrid. Y su travesía por Sierra Morena era lo más parecido a un viaje alucinatorio: posadas desiertas y aquejadas de una fama siniestra, gitanos y bandoleros, criptojudíos, inquisidores provistos de sus instrumentos de tortura y musulmanes al servicio de unos demonios siempre maquinando perversidades contra los viajeros y, lo más comentado, unas bellísimas princesas norteafricanas que además de manifestar unas vistosas tendencias lésbicas e incestuosas eran tan liberales en sus costumbres que proporcionaban  al viajero unas voluptuosidades nocturnas difíciles de olvidar, sobre todo porque al despertar a la mañana siguiente el soldado se descubría acostado en un  cadalso con los cadáveres corrompidos de dos bandoleros ahorcados y casi comidos por los buitres. Por lo visto las dos beldades estaban al servicio del diablo, dispuesto a ofrecer a viajero el oro y la mora con sólo que abandonase su fe cristiana para abrazar la musulmana.

            Todo iba así, a base de unas historias entreveradas de otras historias que daban entrada a su vez a nuevos y sorprendentes personajes dotados de suma facilidad para contar unas peripecias  personales solo  igualadas por las disparatadas circunstancias que aquejaban a los personajes de la siguiente posada, todo ello sin salir de Sierra Morena.

            El autor (por descontado que entonces casi desconocido incluso en su país) era el conde Jan Nepomuceno Potocki (1761-1815), miembro de una riquísima familia polaca que poseía una inimaginable cantidad de tierras en lo que actualmente es Ucrania Occidental. El  padre de Jan, repostero real y uno de los menos adinerados de la familia, era de todas formas dueño de un territorio equivalente (para entendernos) a la distancia que media entre Barcelona y Zaragoza, con decenas de ciudades y decenas de miles de siervos/esclavos a su servicio. Por seguir la tradición familiar, el conde Potocki ingresó en el cuerpo de ingenieros del ejército polaco y hasta ayudó a los reyes de Malta a luchar contra los piratas berberiscos, pero en el fondo, y por orden de preferencias, lo suyo era viajar (cosa que hizo por medio mundo), aprender (fue un ilustrado dispuesto a asimilar todo el saber de su tiempo) y escribir, una actividad a la que dedicó buena parte de su vida. y a la que debe su actual aprecio universal.

            En lo que respecta a la actividad que le más fama le ha valido, la escritura, lo dado a conocer en Francia por Roger Caillois equivalía más o menos a la versión del Manuscrito encontrado en Zaragoza publicada en San Petesburgo en 1804 y en la que Potocki llevaba trabajando desde 1796. Su afán por conocer nuevas culturas y formas diferentes de entender la vida (la etnografía actual tiene una inmensa deuda con sus trabajos), su curiosidad por todas las ramas del saber y una intensa vida social y aventurera que le llevó a ejercer de espía al servicio del zar, a frecuentar los centros ilustrados de París, a ingresar en la francmasonería e incluso a cruzar el cielo de Viena a bordo de un globo aerostático, parecieron distraerle de sus escritos, pero no. Ajeno al escaso eco alcanzado por el manuscrito de San Petesburgo, Potocki se encerró en alguna de sus propiedades y no solo reescribió y amplió a sesenta y dos las catorce jornadas ya publicadas sino que abrió considerablemente su temática a todas las ramas del saber: seguía habiendo criptojudíos y bandoleros y endemoniados y las dos princesas norteafricanas juegan un papel tan primordial en la complicada trama que una de ellas, Emina, resulta ser la madre de una hija que Alfonso van Worden desconocía y que acabará siendo su heredera universal. Y para terminar de cerrar el círculo, el ya avejentado y cansado oficial de las Guardias Valonas acaba sus días como gobernador de Zaragoza. Qué menos.

            Pero el paso de una versión a otra supuso de hecho la transformación de un relato gótico en una novela hija de la Ilustración con importantes y continuas exploraciones en campos tan distantes como la geometría, la filosofía, la geografía o los cultos del antiguo Egipto. Y una curiosidad: así como a Potocki no le importaba gran cosa la verosimilitud geográfica (en plena Sierra Morena, por ejemplo, el joven oficial se sube a un altozano desde el que contempla un maravilloso panorama de la vega de Granada…situada a bastantes kilómetros de allí) en cambio es  de un rigor exquisito cuando habla de los ritos y creencias recogidos en las libros sagrados de las tres grandes religiones monoteístas.  O por decirlo como lo dicen François Rosset y Dominique Triaire, autores de la magnífica edición anotada que ahora publica Acantilado, los sobresaltos y las apariciones de endemoniados han dado paso a un planteamiento metafísico que ellos platean así: frente a la confusa y cambiante multiplicidad del saber, ¿se puede ser libre para elegir con criterio?

            El propio Potocki no supo encontrar la respuesta adecuada y la amargura de no ver su trabajo intelectual suficientemente reconocido, unida a la desazón que le produjeron dos matrimonios fracasados en medio de ciertas acusaciones de incesto, por no hablar de su profundo cansancio vital le empujaron a una resolución extrema: arrancó una fresa de plata que adornaba el asa de un florero regalado por su madre, confeccionó  con ella una bala y tras hacerla bendecir por el cura de servicio en palacio puso fin a su vida volándose el cerebro.

 

 

Manuscrito encontrado en Zaragoza

Jan Potocki

Edición de François Rosset y Dominique Triaire

Traducción de José Ramón Monreal

Acantilado

 

      

[Publicado el 01/11/2015 a las 12:22]

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YORO

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Yoro es una novela rica, en el sentido de que tanto los personajes como su peripecia exigen una tensión narrativa que da lugar a situaciones, imágenes y metáforas a veces deslumbrantes pero también oscuras y que  por lo general se abren a diversas interpretaciones. Pero, justamente debido a su propia riqueza, esta novela no es de fácil lectura, en gran parte porque obliga al lector a poner lo que falta, desechar lo superfluo y, entre las diversas interpretaciones posibles, elegir aquella que conforme en su imaginario personal un relato coherente. O si se prefiere, y ya que pedir coherencia total sería excesivo, una interpretación que visualice un universo narrativo reconocible. O colonizable.

                Resumiendo mucho, Yoro es la larga, dolorosa, a ratos desafiante y siempre lúcida confesión de una mujer natural de Hiroshima y que era una adolescente cuando, el 6 de agosto de 1945, un bombardero B 29 estadounidense apodado Enola Gay dejó caer sobre esa población de 250.000 habitantes una bomba cuyo nombre en clave era Little John. Debido a la terrible y hasta entonces desconocida capacidad destructiva del ingenio termonuclear, la mayor parte de la población civil murió en el acto y el resto fue muriendo en las semanas y años siguientes debido a las quemaduras y los numerosos e imprevisibles efectos secundarios a largo plazo de la radiactividad. Contra toda razón, la narradora sobrevivió. Muy maltrecha, pero viva. Ahora se hace llamar H (por Hiroshima, pero también porque le han dicho que en algunas lenguas la h es muda).

Como es lógico, ese trágico suceso es una presencia continua en la novela. Y puesto que incluso en el horror puede haber belleza (a condición de que el horror cuente con un buen cronista) junto con relatos y descripciones directamente espeluznantes, hay ocasiones en que, además de espeluznantes, los relatos dan lugar a imágenes de gran belleza. Sin ir más lejos, cuando la narradora está desarrollando la idea de que en Hiroshima las cosas no desaparecieron del todo con la explosión sino que dejaron unos contornos llenos de vacío, afirma que si la radiación atravesaba a una persona la superficie que esta ocupaba  quedaba como recortada en su entorno. Y pone como ejemplo el de  una madre que creyó reconocer la sombra de su hija en una pared de la escuela y la estuvo protegiendo durante meses del viento y la lluvia para impedir que se desdibujara el claroscuro que le recordaba la última postura de su niña.

Lo curioso es que esa presencia posterior a la desaparición no es exclusiva de las personas, y se cita el caso de una mujer que parecía ir vestida con un kimono muy ajustado al cuerpo tras la explosión, aunque fijándose mejor se veía que la mujer estaba en realidad desnuda y que los colores de su kimono, al adsorber y reflejar de manera diferente el calor de la bomba, habían dejado impresas en su cuerpo las flores del antiguo paño.

Hay muchos otros ejemplos de horror puro y duro (y no sólo a costa de la bomba, porque también tienen cabida en la confesión de la narradora minuciosas descripciones del trato inhumano dispensado a unos prisioneros de guerra estadounidenses que durante la II Guerra Mundial eran traslados en la bodega de un trasatlántico japonés, las estremecedoras condiciones de vida actuales en las minas a cielo abierto en África, o las continuas agresiones que sufren la mujeres de cualquier continente y época, con o sin la excusa de la guerra). Sin embargo, hará bien el lector en retener las imágenes antes descritas sobre la presencia de las personas y las cosas que parecen haber desaparecido porque, cosa de 150 páginas después, hay una cita del filósofo chino Lao-Tse que apunta en la misma dirección desde otra perspectiva al decir: “La esencia de una habitación reside en el espacio vacío encerrado por las paredes, no en las propias paredes o techos. La utilidad de un cántaro de agua estriba en el vacío donde se puede meter el agua, no en la forma del cántaro o en el material de que está hecho. El vacío todo lo puede, porque lo contiene todo”.

Al lector puede resultarle muy tentador buscar la visibilidad del universo descrito a partir de esa doble imagen de la presencia del ausente, o del dibujo en la piel de unas flores cuando ya no hay ni piel ni flores, o del vacío que lo contiene todo. Y digo que puede resultarle tentador porque los personajes invitan a ello: una mujer que lo perdió todo en la adolescencia, empezando por su sexo, y que desde entonces su vida ha sido una lucha continua con ayuda del bisturí para llegar a ser lo que podría haber sido y no es; una hija, Yoro, que en principio era y no era de su pareja, Jim, pero que acaba siendo mucho más suya de lo que la misma H podría sospechar; la propia Yoro, un ser maldito y condenado desde su misma concepción a tener su destino en manos de los demás; una orangután hembra con una vida extrañamente en paralelo a la de Yoro, y tantas otras figuras que aparecen y desaparecen en la narración con diferentes grados de pasión, pero todas ellas criaturas extrañas, profundamente desgarradas y hasta inverosímiles, que viven porque la narradora, H, da testimonio de ellas, pero que podrían existir únicamente en la voluntad de su creadora.

Es posible una lectura así, pero sería empobrecedora porque, como se ha dicho al empezar, Yoro es una novela rica, llena de brutalidad y horrores (esa madre a punto de morir de hambre y que agradece a sus carceleros que la alimenten cuando está sin saberlo devorando a sus propios hijos) pero también repleta de imágenes y metáforas muy sugestivas y llenas de vida. Porque, en definitiva, como dice la propia narradora en algún momento, todo lo que se cuenta y sucede, por más brutal y negativo que parezca, en el fondo sólo es un alegado en pro de la vida.


 


Yoro


Marina Perezagua


Los Libros del lince


 

 

 

[Publicado el 22/10/2015 a las 10:41]

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La ciudad de las desapariciones

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En los últimos meses han coincidido en las librerías cuatro libros dedicados a otras tantas ciudades: París, de Lèon-Paul Fargue; Berlín, de Franz  Hessel; Valparaíso, de Joaquín Edwards Bello y, ahora, Londres, de Iain Sinclair. En el caso de los tres primeros, la relación de los autores con su ciudad natal era inequívocamente amorosa, pasional, casi podría decirse que biográfica en el sentido de que hablar de su ciudad era como hablar de sí mismos, pues su relato era fruto de la experiencia de toda una vida en sus calles y plazas, las vivencias de sus edificios y monumentos o los  recuerdos evocados por un olor, una determinada luz del amanecer, la nostalgia de algo  que pudo ser y no fue, o que sí fue pero ya pasó.

En el caso de Iain Sinclair su amor por Londres es evidente, pero su manera de manifestarlo es combativa, áspera, casi siempre surrealista o rozando lo grotesco, pero sobre todo fruto de  una agresividad sin límites contra eso que ahora llaman sistema y que es como un compendio de todos los viejos enemigos de cuantos inconformistas han tratado de romper las reglas de juego establecidas oponiéndose a las fuerzas sociales subterráneas o que actúan a plena luz del día: el capital, las grandes corporaciones supranacionales, los bancos que apoyan las prácticas de dichas corporaciones, las clases dominantes propietarias de los medios de producción, los grandes holdings de comunicación,  los especuladores inmobiliarios en connivencia con las fuerzas antes citadas, los corruptos, los manipuladores de la opinión pública con fines inconfesables, o sea, el sistema.

La ciudad de las desapariciones no es propiamente un libro de Iain Sinclair sino una recopilación de artículos realizada por el también traductor y autor del prólogo, Javier Calvo. Si por lo general es cada vez más aconsejable leer un texto teniendo a mano una tablet o un ordenador, en el caso de esta antología  de Sinclair es casi indispensable, primero porque abarca cuatro décadas de trifulcas, algunas de las cuales quedan ya muy lejanas, y segundo porque se dirige a un público, el londinense, que es testigo, muchas veces víctima y en todo caso actor de lo relatado. Y para qué dar explicaciones a quienes conocen de sobra los sucesos que les están contando.

 En el escrito que abre el libro, dedicado al arquitecto Nicholas Hawskmoor (1661-1736), resulta relativamente sencillo documentarse porque fue un discípulo de Wren que construyó ocho iglesias muy del gusto de Sinclair, ya que “invaden la conciencia y el instinto cartográfico” y son “la forma del miedo”. Pero en los apartados siguientes, cuando toma a los feroces pitbulls como metáfora de toda una época resulta más difícil situarse. ¿De verdad eran un símbolo de poder y riqueza? ¿De verdad los colgaban sus propietarios de un árbol para fortalecer sus ya de por sí terroríficas mandíbulas? No sé cómo andará el lector medio de cultura perruna en el Londres de los años 80 y 90 del siglo pasado, pero es casi seguro que, seguir el paso de Sinclair es una garantía de perplejidad.  Y no digamos nada cuando se arranca con el relato alucinante, surrealista y disparatado de un entierro en Bethnal Green. ¿Hay una sola imagen que se sustente en la realidad? Sí, dice San Google benévolamente: el difunto al que van a entregar a la tierra tan ostentosa como inverosímilmente es Ron Kray, uno de los gemelos Kray, famosos gangsters que en los años 60 y 70 compaginaban las brutalidades y crímenes propios de los gangsters con una presencia constante en los medios de comunicación a costa de unas fastuosas fiestas y saraos benéficos a los que asistían lo más granado de la política, las artes y la farándula londinense. Esa información se acompaña (en Internet) de abundantes fotos, entrevistas y declaraciones de los dicharacheros y rumbosos Kray (que por cierto acabaron sus vidas en prisión, aunque el entierro de uno de ellos, el contado por Sinclair, es lo más parecido a la multitudinaria despedida de un héroe popular).

Por fortuna, según pasan los capítulos y las narraciones se acercan en el tiempo, el lector empieza a gestionar su propia información porque la suicida transformación de Londres a partir de la denostada Margaret Thatcher ha sido extensamente comentada en la prensa europea: la conversión de los Docklands en una lujosa zona residencial, la autopista orbital M25, la Cúpula del Milenio, esa horrenda noria a través de cuyos radios se ve un diminuto Big Ben, el ofensivo supositorio de colorines que tiene su réplica en Barcelona o los Juegos Olímpicos de 2012, vistos a paso de carga a través de la ácida prosa de Iain Sinclair son una  visión a la vez surrealista y angustiosa de una Gran Jugada que aportó fortunas fabulosas a los promotores de tan faraónicos empeños pero que también supusieron un coste económico y humano no menos faraónico. Y que a saber cuándo se acabará de pagar.

Para hacerse una idea de lo que es recorrer Londres en compañía de Iain Sinclair, nadie mejor que él mismo lo puede expresar: “El concepto de “pasear”, de deambular sin meta por la ciudad, de hacer de flâneur había quedado desbancado. Habíamos entrado en la era del acosador […] caminar con una meta, sin entretenerse, sin curiosear. Sin tiempo para saborear los reflejos de los escaparates, para admirar las rejas estilo Art Nouveau. Ahora tocaba caminar con una tesis. Con una presa […] El acosador es un paseante que suda, un paseante que sabe a dónde va, pero no cómo ni por qué […] una investigación somática del interfaz que conecta sueño y memoria”. El resultado de tal propósito no es de fácil lectura, pero sí instructiva y provechosa.

 

La ciudad de las desapariciones

Iain Sinclair

Selección, traducción y prólogo de Javier Calvo

Alpha Decay

[Publicado el 12/10/2015 a las 17:04]

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Blasco Ibáñez. Novelas VI

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Tal y como anda de disperso y solicitado el personal (me refiero en concreto al público lector) romper una lanza en favor de Blasco Ibáñez resulta  bastante desalentador. Sin embargo, el lector  que todavía disfruta con una historia bien contada, el que aún se maravilla ante la capacidad expresiva y evocadora del lenguaje o quien agradezca que el autor piense en él y se esfuerce por seducirlo y tenerlo fascinado mientras va construyendo un universo que es imaginario y al tiempo real como la vida misma, ese lector, digo, puede regocijarse porque la Fundación Castro acaba de publicar el sexto y último volumen de las novelas de Blasco Ibáñez. En total, mil páginas repartidas entre cuatro novelas. La primera (La reina Calafia) y la última (El fantasma de las alas de oro) se desarrollan en ese ambiente cosmopolita que Blasco dominaba como nadie en su tiempo y que tanta fama le valió.

                Pero, por la razón que sea, en esta ocasión me han interesado más las dos narraciones centrales, dedicadas al descubrimiento y colonización de América. Blasco  pasó muchos años documentándose para enfrentarse a uno de los proyectos más ambiciosos de su trayectoria como escritor: contar la aventura americana en cuatro episodios dedicados, respectivamente, a Cristóbal Colón, Alonso de Ojeda, Hernán Cortés y Pizarro. De tan gigantesco propósito sólo pudo completar los dos primeros episodios, ahora publicados en edición de Ana L. Baquero Escudero: En busca del Gran Kan (Colón) y El caballero de la Virgen (Ojeda).

                Hay ejemplos sublimes de qué pasa cuando un historiador que domina el lenguaje y los recursos de la narrativa invade terrenos propios del novelista  pero sin traicionar los rigurosos  límites del científico que se atañe a lo que él ha podido averiguar y probar. Y hablo por ejemplo de  las prodigiosas descripciones  que hace Steven Runciman en La caída de Constantinopla (hay una cuidada edición en la editorial Reino de Redonda) todas ellas de una plasticidad inigualable y al mismo tiempo rigurosamente documentadas y demostrables. Es famoso el episodio en el que los críticos de Runciman le afearon que contara con todo detalle cómo los defensores constantinopolitanos rechazaron uno de los innumerables ataques turcos deslumbrando a los atacantes con el fulgor de sus escudos previamente bruñidos. ¿Puede, dijeron los críticos, un historiador recurrir a la leyenda para colorear sus escritos? Runciman les demostró que, dada las respectivas posiciones del  sol, los defensores y los atacantes  el día de aquel asalto, era perfectamente factible que, como dice la leyenda, aquellos hubiesen deslumbrado a estos hasta el punto de desbaratar unos  propósitos que más adelante se vieron sobradamente colmados.(Otra descripción prodigiosa de ese libro se produce cuando los turcos saltan finalmente por millares las murallas y se diseminan por las calles cimitarra en mano mientras las campanas de todas las iglesias de la ciudad tañen su mensaje de adiós).

                Los dos libros de Blasco Ibáñez sobre América son un ejemplo no menos notable de qué pasa cuando un novelista bien documentado y comprometido con su propia imagen de escritor fiable y nada frívolo, se decide a contar un  episodio histórico que encima soporta una abrumadora carga ideológica, a favor y en contra. No pretendo decir que Blasco Ibáñez lograse dejar de lado su opinión personal o que en estos libros no haya una carga ideológica muy patente. Pero cuando las leyes de la narración se imponen y el escritor se deja llevar por aquello que le distingue del historiador, el resultado es impresionante. A veces se trata de un simple trazo visual, como por ejemplo cuando un desesperado y mísero Colón encuentra refugio en el monasterio de la Rápita y encuentra además un ávido interlocutor en la persona de un joven médico de Palos llamado Garci Hernández. Blasco dice que conversaban  […] "paseando por un pequeño claustro, amarillo de sol y rayado de negro por la sombra circular de las arcadas”. Qué fantástica concisión y qué reto para el lector visualizar en el espacio ese escenario tan sucintamente trazado. Hay centenares de ejemplos más.

                Pero cuando más brilla el escritor es cuando se adentra en aspectos que el historiador pocas veces desarrolla, como dando por supuesto que el lector ya sabe de qué se está hablando. El lector puede hacerse una idea de qué hablo si acude a la página 370 en la edición de la Fundación Castro y busca, casi al final, un pasaje que empieza diciendo: “Cuando llegaron a Palos la flotilla ya estaba lista para partir”. Desde ahí, y hasta la página 383, se da noticia de cómo eran las carabelas y cómo transcurría la vida a bordo, cómo se estibaba la impedimenta, qué alimentos llevaban consigo, hasta dónde debían ir para cargar un agua no tan contaminada como la del río Tinto, y toda clase de detalles más que a uno le hubiera gustado saber y nunca pudo preguntar por no saber a quién acudir. Y la respuesta no podía ser más sencilla: a Blasco Ibáñez, que se sabía incluso las oraciones que recitaban los grumetes en voz alta a diferentes horas del día. Y lo mismo cabe decir de los modos de vida, la vestimenta, los alimentos y hasta los hábitos sexuales en el siglo XV, primero en España y después en América. Eso sí, desde que en las primeras páginas sale un desharrapado caminante  que resulta ser Cristóbal Colón, al autor le cuesta casi otras doscientas páginas subirlo a las carabelas camino de algo que el descubridor no podía ni imaginar. Claro que, de por medio, Blasco ha contado la situación de los judíos en vísperas de su expulsión, el final de la Reconquista, una historia de amor de Colón o las interminables gestiones de este en las cortes de España y Portugal, donde antes el lector ha sido informado de los logros de don Enrique el Navegante, el estado de los descubrimientos marítimos, las situación de la cartografía de la época o los sistemas de financiación de las expediciones de conquista. O dicho de otro modo: hay que tomárselo con calma y  dejarse llevar confiando  en que el autor sabe lo que hace. Y sí, sabe perfectamente lo que hace.

 

Vicente Blasco Ibáñez. Novelas VI

Edición de de Ana L. Baquero Escudero

Biblioteca Castro

 

[Publicado el 30/9/2015 a las 10:05]

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Mason y Dixon

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                No puede decirse que Thomas Pynchon sea un escritor rápido. V, su primera novela, es de  1963, La subasta del lote 49 salió en 1966 y El arco iris de la gravedad, en 1973. Tampoco puede decirse de él que mime al lector con cuidado maternal. Más bien lo maltrata en el curso de la lectura con unas narraciones enrevesadas en las que, como dijo el crítico Sam Leith, es más fácil decir de qué no hablan que hacer una sinopsis mínimamente representativa. Y encima maltrata al lector fuera de la lectura al esconderse detrás de un personaje que busca desabridamente el anonimato, sin ir más lejos cuando manda a un cómico a recoger un prestigioso premio que le han dado, pero que también coquetea con la fama, como al decirse orgulloso de que Vladimir Nabokov declarase no recordar haberle tenido como alumno durante unos cursos dictados en la Universidad de Cornell. En lugar de tomarse a mal que el maestro no hubiese reparado en él, su indiferencia ante ese olvido es una forma sibilina  de decir que tampoco a él le había impresionado gran cosa el maestro, y de ahí que no hubiese hecho nada por seducirlo. A eso se llama  orgullo luciferino y es propio de los grandes hombres de fama.

                Después de El arco iris de la gravedad, la novela que más fama, dinero y honores  le ha valido, Pynchon esperó diecisiete años para publicar Vineland (1990) y siete más para dar a conocer Maxon y Dixon (1997), aunque se sabe que llevaba recopilando datos y pergeñando secuencias desde 1975.

                Tan largo periodo de gestación se advierte nada más abrir la novela. Si alguien piensa que le van a contar la historia de cómo un astrónomo bastante friki (Mason) y un agrimensor perfectamente acorde (Dixon) trazaron una línea imaginaria para separar los estados de Maryland y Pennsylvania (entonces todavía colonias británicas) no puede ni imaginar la que se le viene encima. En el momento de su aparición, cuando el fenómeno Pynchon se encontraba en su apogeo y se esperaba con ansiedad su última producción, la comunidad literaria (la favorable, se entiende, porque los detractores emitieron los gruñidos y denuestos de siempre) acogió Mason y Dixon con un suspiro de alivio porque su ídolo “la había vuelto a liar”: la narración era tan satisfactoriamente farragosa, desconcertante, sabia, hermética y zigzagueante como siempre. Y repleta de momentos sublimes que hacen perdonar las decenas y decenas de páginas en las que nadie, empezando por el propio Pynchon, parece saber muy en qué va a parar la cosa. Pero merece la pena aguantar porque antes o después aparecerá un pasaje sensacional. Y quien quiera ahorrarse tiempo puede ir directamente a la página 214 (en la presente reedición de Tusquets)  en la que Mason le cuenta a Dixon cómo sedujo a su esposa Rebekah durante la delirante ceremonia del queso gigante que daba vueltas a la parroquia de Randwich.

                El tiempo siempre acaba por atemperar a quienes aman tensar la cuerda narrativa hasta extremos poco antes inauditos. Al fin y al cabo a los escritores desafiantes les pasa un poco como a los toreros tremendistas, pues si pasado un tiempo prudencial no se cumple el final catastrófico que su osadía parecía prometer,  el público deja de sufrir porque ya sabe que la cosa no es para tanto y que ni los pobres toros dan tantas cornadas como cabía temer ni las novelas de Pynchon son tan laberínticas como parece. Todo consiste en saber si uno es de esos lectores que desean ir directamente al desenlace o si por el contrario pertenece al honrado gremio de quienes no les importa dar rodeos por la historia, la geografía, la astronomía, el desarrollo de la ciencia mecánica del reloj, la prostitución en Ciudad del Cabo (esclavas malayas importadas, por si alguien siente curiosidad) o cómo era la isla de Santa Helena cuando todavía  no había acogido a un huésped tan famoso como Napoleón  y sólo servía como puerto de enlace para los barcos de la Compañía Británica de las Islas Orientales.

                Otra ventaja de leer esta novela casi cuarenta años más tarde es la posibilidad de tener una tablet a mano durante la lectura y acompañar al autor en algunas de sus divagaciones. Por poner un ejemplo, aunque podría confeccionarse una antología, hay un momento en que Mason camina por un lugar para él desconocido de Santa Helena y se siente atraído por un Museo de la Oreja de Jenkin, cuya entrada es tan angosta que el visitante debe tumbarse en el suelo y avanzar ayudándose de los codos. Todo el episodio es igual de surrealista. Pero si de pronto a uno le asalta la duda (“¿Y si fuera verdad lo que me está contando?”) basta acudir a Internet para saber que, en efecto, hubo un marino inglés llamado Robert Jenkins al que un capitán de barco español le cortó una oreja que acabó siendo la excusa para la llamada Guerra de Asiento que en 1739 enfrentó una vez más a las armadas de Inglaterra y España. Lo del museo es cosecha del autor pero, en cambio, la ceremonia del queso gigante todavía se celebra como se cuenta en la novela.

 O sea: quien se deje amilanar y tema adentrarse en esas casi mil páginas del más puro pynchon se estará perdiendo una fiesta a veces larga y pesada pero con picos inolvidables.

 

Mason y Dixon

Thomas Pynchon

Traducción de Jordi Fibla

Tusquets   

 

[Publicado el 18/9/2015 a las 08:39]

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Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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