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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 22 de octubre de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

La edad media

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De entrada aparece una voz que, oculta tras un oportuno y poco comprometido “nosotros”, asume la tarea de relatar las peripecias de los alumnos del colegio El Bosco. Su misión es transmitir una visión coral y de conjunto, aunque dedica especial atención a elhijodelRana, Fauró y Moya, tres gordos a los que no podías dejar de meterles pescozones. Al mismo tiempo, la voz “nosotros” es la encargada de señalar el paso del tiempo y si al principio se centra en la relación de los alumnos entre ellos mismos y también con los profesores y los respectivos padres, más tarde, cuando les llegue la edad de pasar a un instituto mixto,  aparecerán las chicas y las inevitables dificultades de relación con ellas (con las primeras tácticas de seducción, la servidumbre de los celos y las rivalidades o el aprendizaje torpe y escasamente satisfactorio de las primeras experiencias  sexuales). Esa relación aún será más difícil y compleja cuando crezcan unos y otras y sus deseos, y anhelos, las aspiraciones profesionales o las ambiciones vitales se concreten y por ende se vuelvan más exigentes y perentorias (“Ya voy teniendo una edad”, le dice una de ellas al novio que si de un lado se muestra reacio al uso del preservativo, tampoco parece muy decidido a formalizar su relación, ni siquiera en el caso de que su alergia al látex pueda tener consecuencias reproductivas).

            Casi en paralelo se desarrolla la historia de M (a su debido tiempo el lector recibirá información puntual de quién es este personaje tapado por una mayúscula), un tipo que mitad por desidia y mitad por elección, ronda ya la treintena y sigue viviendo en casa de sus padres, utiliza el coche de sus padres y que a pesar de  su título de abogado trabaja de interino en la Ciudad de la Justicia ejerciendo labores muy inferiores a su titulación.  En su rutinaria y provisionalmente definitiva vida de funcionario subalterno irrumpe un compañero del Bosco, hoy convertido en un exitoso emprendedor, que le presenta a otro exitoso empresario (en este caso un rey de la noche) que de inmediato le invita a participar de su éxito. Todo lo que necesita es aportar una cantidad de dinero que M no posee. Desde el momento en que M decide tomarla prestada de las cantidades que los jueces decretan para dirimir pleitos judiciales, queda claro que se está buscando la ruina y que la aventura va a terminar en desastre.

            Entre medias ha irrumpido una voz dual, porque se expresa bajo  la forma de un chat muy divertido y juguetón al principio pero que se irá cargando de nubarrones con el paso del tiempo. Son intervenciones cortas y casi eléctricas y que raras veces superan la página o página y media, pero que en cambio permiten conocer casi al segundo la evolución y el inevitable desenlace de ese intercambio de mensajes que tan juguetón sonaba al principio.

            Lo que más sorprende de La edad media, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de una primera novela, es el rigor con el que Leonardo Cano cumple las reglas de juego que ha elegido para cada una de las voces narradoras. El relato coral, como queda dicho, no sólo va presentando a cada uno de los personajes sino que refleja con toda exactitud su evolución hacia la edad adulta, con el mérito añadido de que evolucionan incluso el lenguaje y la ideología, pues si al principio refleja el universo y la forma de expresarse de unos escolares maldicientes, machistas, maltratadores de los débiles y profundamente influidos por la ideología de sus mayores, al llegar a la edad adulta (o media, como la define el autor) tanto el lenguaje como la ideología se adaptan a la nueva situación y el mal decir, el machismo o el maltrato siguen presentes pero ya con tintes inequívocamente adultos.

            Y lo mismo cabe decir de la impecable narración de M, siempre objetiva y como sin pasión, aunque por debajo se adivinen unas tormentas que acaban por irrumpir en la superficie. O la técnica del chat, muy difícil porque todas las emociones y sus variaciones se expresan única y exclusivamente por medio del lenguaje obligadamente sinóptico y esquemático del chat. Las tres voces narrativas, y la mayor parte de los personajes que intervienen en la novela, confluirán en una cena de antiguos alumnos que se ha ido preparando un poco al azar de los medios sociales pero que no tarda en adquirir los tintes inequívocos de una cita urdida por el destino de todos.

            Se trata en definitiva de una agradable sorpresa porque La edad media es una excelente primera novela que permite esperar con optimismo la llegada de nuevas ocurrencias de Leonardo Cano.

 

La edad media

Leonardo Cano

Editorial Candaya

[Publicado el 19/3/2016 a las 10:06]

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Mansura

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Todo novelista está condenado a sobrellevar con entereza una servidumbre que justo porque su naturaleza así lo exige debe pasar desapercibida para el lector normal. A no ser, eso sí, que al llamado lector normal (qué novelista no ha tenido que escuchar en una reunión social una variante de esta frase: “Ah, si yo le contara a usted mi vida podría escribir una novela alucinante”) cansado de percibir el escaso  entusiasmo del novelista de turno por escuchar esa historia alucinante le dé por ponerse a juntar letras con intención de que acaben siendo una novela. Inevitablemente, y más bien antes que después, el neonato escritor  acabará descubriendo por sí mismo la servidumbre a la que me estoy refiriendo, y que no es otra sino el gigantesco trabajo que debe llevar a cabo el novelista para que no se note, justamente, la enormidad del trabajo que está obligado a tomarse para camuflar los parches, remiendos, ocurrencias, tachones, salidas en falso y demás argucias del oficio que finalmente le permitirán presentar un texto limpio y dotado de esa cualidad que los críticos de antes definían como poseedor de “una difícil sencillez”.

Todo lo cual me venía a la cabeza  mientras releía  esta curiosa novela  reeditada ahora, más de treinta años después, por Javier Marías en su editorial Reino de Redonda. La  historia que se narra sale de una crónica medieval auténtica escrita por el sire Jean de Joinville y titulada Livre des Saintes Paroles et des Bons Fets de Notre Saint Roi. En principio, y porque tal era la costumbre entonces, la crónica de Joinville debía reflejar  los hechos  acaecidos durante  la  Cruzada a Tierra Santa promovida en 1248 por  el rey Luis IX, elevado en 1297 a  los altares como San Luis de Francia. Ese séptimo  intento de liberar  los Santos Lugares fue un nuevo  desastre y el ataque y asedio a la ciudad egipcia de Al-Mansurah, o Mansurá, se saldó con la derrota y captura del rey sus caballeros cristianos, todos los cuales permanecieron cautivos del infiel hasta ser liberados en 1254 tras el pago de un sustancioso rescate.

A lo que parece, el joven cronista salió tan escarmentado de las aventuras bélicas  que además de negarse a acompañar a su señor en la Octava Cruzada (un nuevo fracaso que le costó la vida al rey santo) fue a buscar refugio en sus posesiones tras  renunciar formalmente a su  compromiso de cronista. Y hubiese muerto feliz en el olvido de no ser porque en 1307, y cuando él había sobrepasado los ochenta años de edad, la reina Juana de Navarra, esposa de Felipe el Hermoso y madre del futuro Luis X, logró convencerle de que se valiese de los hechos guerreros de rey santo para camuflar una especie de compendio de las virtudes que deben adornar a todo buen soberano cristiano. Se comprende mejor el interés doctrinario de la reina madre si se tiene en cuenta que a su heredero algunos historiadores actuales le llaman el Obstinado y otros el Pendenciero.

Es decir que en el proceso de transformar una crónica medieval en una novela del siglo XX, nada menos, el autor partió de una crónica que además de falsa (pues parece más un breviario que un tratado militar) era un relato en  el que “lo increíble era más verdadero que lo posible”, razón por la cual, y como el propio Azúa avisa en una nota dirigida al lector, optó por “añadir episodios inventados para dar más verosimilitud al relato”. Una vez metido en la senda de inventar lo verosímil (una operación que una estudiosa italiana ha calificado de palinsesto mientras que Jacinto Antón, el autor del Prólogo, prefiere denominarla “cachonda”) el autor cuenta con la inestimable complicidad del narrador (asimismo inventado), pues al poco de iniciar el relato declara haber sido elegido por los poderosos y añade: “este ser yo quien soy, más lo debo a quien me eligió que a mí mismo, y me creo obra de otro que quiso hacerme así como soy”. Mayor libertad de acción para intervenir, cambiar, añadir o quitar, imposible.

El resultado es una narración que, más de treinta años después de acabada, conserva toda su frescura y creatividad y se deja leer de un tirón sin que al cabo importe ya qué hay de verdad e invención en el relato.

 

Mansura

Félix de Azúa

Reino de Redonda.

 

 

 

 

[Publicado el 11/3/2016 a las 19:51]

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El hombre que estuvo allí

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  George Plimpton (1927-2003) no sólo era un tipo osado e imaginativo sino que gozaba de un peculiar sentido del humor. Su prolongada colaboración en revistas de tanta difusión como Sports Illustrated (muy conocida incluso en España porque en sus portadas salen unas saludables y vistosas muchachas en traje de baño) o The New Yorker y la Paris Review, le permitió mantener una estrecha relación con las más prominentes figuras del deporte, la cultura y la vida social.

En su opinión, además de un profundo conocimiento del tema sobre el que escribiese, el periodista tenía la obligación de transmitir los sentimientos y puntos de vista más íntimos de los personajes en el momento de ocurrir los hechos que estuviesen siendo relatados. De esa convicción salió una modalidad de Nuevo Periodismo que él mismo denominó Participativa  y que, en esencia, consistía en meterse en la piel de los personajes ejerciendo las mismas actividades que ellos practicaban. En consecuencia, y para hablar adecuadamente de boxeo se las arregló para encerrarse durante tres asaltos en un cuadrilátero con Archie Moore, entonces campeón del mundo de los semipesados (y que le vapuleó sin piedad). Con el mismo propósito jugó de portero en un equipo de hockey profesional (sobre hielo, nada menos), hizo de pitcher durante un encuentro entre dos de los mejores equipos de la Liga Nacional de Béisbol, jugó como aficionado en un torneo de golf con las primeras figuras del momento y, llevando las cosas más allá del deporte, se hizo matar a tiros por John Wayne en Río Lobo, o presionó a Leonard Bernstein para  que le dejase hacer de percusionista durante un concierto de la Filarmónica de Nueva York. Además de llevar una agitada vida sentimental y de escribir decenas de miles de páginas, muchas de ellas como periodista pero también como novelista, autor teatral o guionista de cine y televisión, aún tuvo tiempo de hacerse un experto en fuegos artificiales y si de niño manejaba con soltura las letales “bombas cereza” y las “triquitraques de plata”, de mayor concibió la idea de jubilarse en compañía de otro chiflado llamado Orville Carlisle e instalarse en China, Japón, Corea o cualquier otro país fabricante de fuegos de artificio: la idea era agenciarse unas buenas hamacas y, mientras se deleitaban con las últimas invenciones de los maestros artificieros orientales, inventar nombres que sobrepasasen a los ya existentes, descritos por los fabricantes locales como “Los monos entran en el espacio celestial y expulsan al tigre”, o “Un perro callejero que corre perturba las nubes celestiales”.

Lo peculiar de su sentido del humor consiste en que si de un lado trata con jovial benevolencia las meteduras de pata y las extravagancias de los personajes que le sirven de base para sus colaboraciones (gente perfectamente despellejable, como Hemingway y Norman Mailer) en cambio no se pasa una a sí mismo. Y si alguien piensa que aprovechará su actuación en la portería de los Boston Bruins de Chicago, o su intervención como quarterback  de los Detroit Lions, para ensalzarse y cubrirse de elogios por su actuación, puede esperar en vano porque nunca ocurre. En cambio no se olvida de un solo fallo ni se perdona su lentitud para pasar el balón según la jugada ensayada (lentitud que propiciaba que la totalidad de ambos equipos se le echase encima mientras disputaban furiosamente ese balón que debería estar muy lejos de allí). Como tampoco se olvida de resaltar la sutileza de Bernstein abroncando a toda la orquesta por haber entrado a destiempo cuando en realidad el que falló estrepitosamente fue el percusionista (o sea, el propio Plimpton).

Al ojear la presente recopilación de escritos realizada por la editorial Contra (y que incluye artículos deportivos pero también trabajos sobre gente tan variada como Muhammad Alí, Warren Beatty, el presidente Bush Sr, Hunter Thompson,  Normal Mailer y William Styron, o intervenciones tan delicadas como Campo de golf de Harding Park, California, o El restaurante Elain’es (geniales ambas), al lector puede preocuparle comprobar que el relato del encuentro de béisbol en el Yankee Stadium dura más de treinta páginas. Como seguramente les ocurrirá  a la mayoría de los presente en la librería, el preocupado lector no sabrá una palabra de béisbol, razón por la cual quizá le sonara algo excesivo dedicar más de treinta páginas a hablar de pitchers, bolas de rosca, hits, bases, home runs y demás terminología propia de ese juego. Plimpton no estaba llamado a ser un gran lanzador de bolas endiabladas, pero en cambio tenía un don especial para la narración y leerle cuando trata cosas  de béisbol, o boxeo, o tenis, es muy entretenido porque no solo habla desde dentro (haciendo partícipe al lector de los secretos mejor guardados de esos deportes altamente especializados) sino que los convierte en relatos que tienen como protagonista a un aficionado que se metió en camisa de once varas y lo paga tan caro como le pasa en las comedias de enredo al tonto que se quiere hacer pasar por listo.

 

 

El hombre que estuvo allí.

Lo mejor de George Plimpton

Traducción de Gabriel Cereceda

Contra      

[Publicado el 01/3/2016 a las 11:58]

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Altos estudios eclesiásticos

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A la sola vista de semejante título dan ganas de decirle al lector desprevenido que, aparte de ser una broma privada del autor, el contenido del libro quedaría mejor explicado si en lugar de “eclesiásticos” dijera “lingüísticos”. El problema es que, a lo mejor, con esa precisión el remedio podría ser peor que la enfermedad porque los lingüistas, a qué engañarnos, nunca se han caracterizado por ofrecer unos “productos” (como los llama el propio Rafael Sánchez Ferlosio) amenos e inteligibles para el lector no especializado. En ese caso, y una vez metidos en el farragoso camino del afán aclaratorio, tal vez sería necesario añadir  también que los  presentes ensayos, aun siendo lingüísticos,  no tienen como propósito una investigación científica. Antes que nada Rafael Sánchez Ferlosio es un narrador (o por mejor decir, un gran narrador) y su principal preocupación es la narratividad y, por ende, presta una gran atención a la estructura de la frase y la especulación narrativa. Al fin y al cabo el pensamiento no es lineal y los conceptos no constituyen un continuo, por lo que la realidad también es discontinua y solo encuentra su unidad a través de las rupturas y no en el intento (por lo demás inútil) de ocultarlas. Se trata por tanto de que si el mundo es complejo difícilmente se podrá comprenderlo, o siquiera reflejarlo, con un lenguaje artificiosamente sencillo y lineal.

Pero se equivocará quien busque certezas y principios más fuertes en los Altos estudios eclesiásticos porque la búsqueda va justamente en sentido contrario y el propósito final sería ofrecer “un libro repleto de respetuosas vacilaciones y nuevas proposiciones de  vías de investigación”. O dicho en otras palabras, la propuesta de Rafael Sánchez Ferlosio es una aventura literaria en la que, por remedar la famosa ocurrencia machadiana, lo importante es el camino (“caminante no hay camino…”) y no la feliz arribada a un puerto  determinado. Y al hablar de aventura nadie mejor que el propio Ferlosio puede dar una idea de a qué se refiere. Por ejemplo cuando en la introducción a la segunda parte de Las semanas del jardín, empieza diciendo que han surgido complicaciones en el intento de alcanzar la ciudad de las figuras porque […] “esa ciudad resulta estar tan apretadamente rodeada por las tiendas de los nómadas que parece cada vez más difícil alcanzar sus puertas, e incluso se empieza a recelar si la famosa ciudad no será al fin toda ella más que campamentos junto a campamentos”. Cómo saber si, en el afán por caminar no se ha dejado atrás el objeto de la búsqueda,  o si no estaremos enzarzados en un desesperante callejear sin sentido ni final. Siempre por utilizar los términos en los que se expresa el propio autor, resulta difícil decir si estamos dentro o fuera de la ciudad porque lo que nos hace es la palabra y no podemos percibirnos desde fuera o tomar una perspectiva porque no existe un exterior de la lengua. Lo que buscamos, y el objeto del que nos valemos en esa búsqueda resultan ser la misma cosa.

Y si bien no hay certezas, si caben  las respetuosas (y muy sugerentes) vacilaciones y proposiciones. El grueso de las investigaciones “eclesiásticas” lo constituyen dos ensayos ya clásicos: Uno es Las semanas en el jardín, en el que es especialmente recomendable  el Apéndice II titulado “El caso Manrique”, y el segundo es Memoria e informe sobre Víctor de Aveyron, una investigación acerca de la formación de una conciencia mediante la adquisición del lenguaje. El volumen lo completan unos apartados que bajo  el título de “Antigüedades” y “Diversiones” ofrecen una muestra indispensable para seguir la trayectoria intelectual de Rafael Sánchez Ferlosio.

 

Altos estudios eclesiásticos

Rafael Sánchez Ferlosio

Edición de Ignacio Echeverría

Debate

[Publicado el 22/2/2016 a las 10:41]

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Burgos

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En plenos años cuarenta, cuando el afán oficial por labrarnos a todos un destino en lo universal ya había descendido notablemente, la Editorial Destino decidió abrir nuevos frentes de negocio y, entre otros, apostó por el turismo, un sector que entonces estaba aletargado pero que ya daba síntomas de ir a experimentar un crecimiento espectacular. 

 Dada la naturaleza del proyecto fue inevitable que  su promotor, el editor Josep Vergés, recurriese al autor estrella de la casa, el arisco e incombustible Josep Pla.  Y fue asimismo inevitable  que la colección empezase con sendas guías, la de Cataluña (1948) y la de  Mallorca, Menorca e Ibiza (1950). Por fortuna, además de facilitar la colaboración de dos de los mejores fotógrafos del momento, F. Catalá Roca y Ramón Dimas, Vergés concedió carta blanca en lo relativo al contenido y Pla correspondió entregando a la imprenta un texto que iba mucho más allá de las guías al uso porque combinaba el estilo de las guías de viaje clásicas con magníficas descripciones enriquecidas con aportaciones geológicas, geográficas,históricas o arquitectónicas, pero sobre todo impregnadas de una visión que traslucía una profunda relación personal (o sea pasional) con los paisajes que iban saliendo al paso en los sucesivos recorridos.

Sin ir más lejos, ante el mar de viñas que se abre a sus pies cuando se asoma al Penedés, Pla  comenta: “no hay ni un metro de tierra que no haya sido  objeto de una atención superior al esfuerzo meramente mecánico […] es un gran paisaje. No cae nunca en la elegancia, pero se mantiene en la solidez, en la utilidad, en la gravedad”. Y añade: “Es el paisaje eficaz para el establecimiento agrícola basado siempre en horizontes cerrados. Lo panorámico incita a la trashumancia. Lo limitado es agrario, precisa la sensación física de posesión”. Gracias a su estilo inconfundible estaba creando un género que todavía hoy, casi setenta años más tarde, continúa logrando que su lectura sea una inestimable delicia.

Posteriormente otros autores serían invitados a describir sus propios paisajes: J.M. Pemán, Andalucía; G. Gómez de la Serna, Castilla la Nueva; Dolores Medio, Asturias; Joan Fuster, El País Valenciano, y otra vez el propio Pla, Cataluña. Pero por desgracia sólo dos, Pío Baroja con El País Vasco, y Dionisio Ridruejo y su Castilla la Nueva, lograron estar a la altura del iniciador de la colección.

La Editorial Gadir  ha tenido la excelente idea de desgajar por provincias la guía original y si en 2012 publicó Segovia y en 2013 Soria, ahora acaba de poner en las librerías el tomo correspondiente a Burgos.  Por aquello del amor al terruño (Dionisio Ridruejo nació en Burgo de Osma, Soria, en 1912) es posible que  el capítulo dedicado a su provincia sea el más delicado y repleto de añoranza, pero Burgos, justo porque es el núcleo esencial de Castilla, y el que tiene una orografía casi tan complicada como su historia, es probablemente la entrega más interesante.

Muy sumariamente cabe hablar de dos zonas bien diferenciadas. Al norte, y todavía pegado a las montañas de Cantabria y Vizcaya, el Ebro domina un paisaje quebrado y repleto de sobresaltos que el río se ha visto obligado a horadar para abrirse paso hasta Miranda y regalarse con las risueñas ondulaciones de la Rioja. Recorriendo los sucesivos valles se entiende que los árabes no osaran adentrarse  en unos parajes propicios a la emboscada y el ocultamiento de personas y bienes. Desde lo alto de Frías, en cambio, el paisaje cambia sustancialmente. Aunque todavía aparecerán accidentes tan abruptos como la Sierra de la Demanda o los Montes Obarenes, predominan unos espacios tan abiertos y expuestos al peligro de los ataques árabes que su poblamiento exigió  la fundación de grandes monasterios que dieran cobijo y apoyo a los primitivos colonizadores. Y de ahí la persistencia de maravillas como la Cartuja de Miraflores o las Huelgas, pero sobre todo los monasterios de San Pedro de Cardeña y  Santo Domingo de Silos, tan íntimamente ligados al Cid Campeador y por lo tanto al nacimiento, fortalecimiento y predominio de aquella Castilla del “hacella y no enmendalla” que no iba a tardar en conquistar medio mundo. Son tierras dominadas por el Duero, que las atraviesa de Este a Oeste hasta abandonarlas a la altura de Aranda de Duero y Roa.

El autor eligió llevar a cabo un recorrido lógico, de Norte a Sur, que permite a quien se decida a seguirlo conocer de primera mano el desarrollo histórico de las diferentes etapas de este viaje ya fascinante de por sí pero que ve incrementada su fascinación por la insuperable prosa castellana que poseía Dionisio Ridruejo.    

 

Burgos   

Dionisio Ridruejo

Editorial Gadir

[Publicado el 06/2/2016 a las 13:59]

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Francamente, Frank

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Puesto que suele atacarse a traductores y editores por las afrentas que muchas veces sufren los títulos de las novelas extranjeras al ser vertidos a otro idioma, me parece justo señalar el acierto de optar por  Francamente, Frank, en lugar del Let Me Be Frank With You ideado por Richard Ford. Tal opción no borra el viejo estigma del traduttore traditore, pero al menos es mejor que el original y encima aporta unos matices al libro que no están en el título de la versión inglesa.

                Al cabo de convivir con él durante treinta años y más de mil páginas repartidas entre El periodista deportivo (1986), El día de la Independencia (1995) y Acción de Gracias (2006), los incondicionales conocen de sobra a Frank Bascombe. Y saben por tanto que es “un hombre de una pieza”, es decir, una de esas personas a las que puedes ver por última vez, pongamos que en 1986, y encontrártelas de nuevo en 1995, o en 2006, y reanudar la conversación allí donde se quedó diez o veinte años atrás con la seguridad de que no habrán cambiado y que en lo sustancial su solvencia moral y su postura vital  seguirán siendo las de siempre. Lo cual no implica que no hayan sufrido una evolución, puede que incluso muy sustancial. Y tal es el caso del viejo Frank Bascombe.

 Desde el punto de vista estrictamente literario es posible que en lo relativo a tensión, estructura y ritmo narrativo Francamente, Frank no esté en la línea de la trilogía mencionada más arriba, pero tampoco sería adecuado considerarlo un producto residual. Richard Ford posee una especial habilidad para huir de la grandilocuencia y los planteamientos tremendistas  incluso cuando se pone serio y dice cosas trascendentes. Al final de Acción de Gracias Frank Bascombe aseguraba haber accedido al “Siguiente nivel” y apostillaba: “seguramente el último”. Pero no. En esta su última cita con el lector, Frank Bascombe se define a sí mismo como un “Yo por Defecto”, término tomado del lenguaje informático y que señala la elección que se materializa cuando no se toma ninguna otra de las opciones posibles.  En su nueva etapa de Yo por Defecto, Fran Bascombe ha regresado a Haddam, el suburbio de New Jersey  en el que ya vivía cuando de joven ejercía el periodismo  deportivo. Tiene 68 años, sigue casado con su segunda esposa, Sally, y ha dejado de ejercer de agente inmobiliario. Pero no ha perdido el ojo para “clavar” a un personaje al primer vistazo, y ahí está esa mujer a la que ve “como un frigorífico sonriente”, o esta observación: “el lenguaje imita el desorden público”.

Esa concisión y precisión para describir a un personaje o exponer una observación se puede hacer extensiva a su manera de plantearse una narración. Podría decirse que Ford no necesita un argumento (o guión, o desarrollo previo) para dar curso a una narración extraordinariamente compleja. Por ejemplo, la llamada de un antiguo cliente al que le vendió una casa (la mansión familiar del propio Frank, nada menos). Pese a tratarse de una construcción sólida y haber sido diseñada por un arquitecto, al estar situada  en primer línea de playa no pudo resistir los embates del mar y los vientos soliviantados por aquel huracán llamado Sally que  hace unos años arrasó a su paso un gran tramo de la costa de Nueva Jersey, incluida Nueva York. Frank no fue responsable del destructivo fenómeno y Arnie, el comprador, no le culpa, pero pagó al contado más de dos millones de dólares y ahora un especulador le ofrece quinientos mil dólares, aunque se ofrece a retirar las ruinas a su cargo. La soterrada tensión entre comprador y vendedor, con el desolador paisaje de destrucción a su alrededor, está magistralmente sugerida.

Otro arranque nada tremendista: al llegar otro día a su casa, y antes incluso de bajar del coche, Frank ve a una mujer contemplando pensativa su casa. Poco después, ya desde  el interior,  la ve seguir merodeando indecisa en torno a la casa y llega a la conclusión de que existe algún vínculo profundo entre la casa y la desconocida. Y acaba invitándola a pasar. De esta forma tan sencilla, y sin que en ningún  momento afloren tensiones o sobresaltos, la desconocida acaba contando un terrible suceso de sangre  ocurrido allí en el pasado.

Hasta cierto punto, no sería descabellado señalar que Richard Ford esboza una suerte de paralelismo entre el exterior (los paisajes urbanos y rurales arrasados por el huracán) y el interior  (la debilidad, la decadencia y el irresistible avance de la enfermedad en el propio Frank pero también en quienes son su entorno). Y los críticos creen ver en esa relación  dialéctica una metáfora ponderada pero inclemente de la Norteamérica de hoy, avejentada, con sus valores más tradicionales en proceso de disolución e inmersa en un proceso de insolidaridad que acabará provocando su propia destrucción. Pero ya queda dicho que todo eso se expone en tono amable y nada tremendista. Lo cual resulta incluso más inquietante.

 

Francamente, Frank

Richard Ford

Traducción de Benito Gómez Ibáñez

Anagrama

[Publicado el 24/1/2016 a las 13:38]

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Marca de agua

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Quienes gusten de estar bien informados, si han elegido como destino la capital del Véneto, pueden tener en la guía Venecia, de Félix de Azúa una excelente compañera de viaje. Montañas de información ponderada y cabal, juicios certeros y una inacabable sucesión de datos. Se acaba sabiendo incluso los cientos de miles de postes de roble que fue preciso hundir en el barro para sustentar ese prodigio que, tantos siglos después, continúa pese a todo surgiendo del agua. Una vez allí, y para combatir los inevitables tiempos muertos (lluvias persistentes, disparidad en los horarios de apertura de iglesias y museos y tantos otros ratos que no sabes en qué emplearlos) se puede recurrir a la Venecia observada, de Mary McCarthy (1956). No obstante, y como para muchos esa guía es muy inferior a Piedras de Florencia (1959), siempre cabe recurrir a la estupenda  Venecia de Jan Morris (1960). Sin embargo, y dadas las fechas de publicación de esas guías, es conveniente tener a mano una obra moderna o un buen smartphone para consultar horarios o asegurarse de que las obras citadas en aquellas obras clásicas no han sido trasladas a otros centros, porque todo es posible en esa ciudad.

            Pero no cabe duda de que la mejor vía para crearse una relación íntima y personal con Venecia es, desde luego, patearse una y otra vez sus calles, subir y bajar sus centenares de puentes, dejarse empapar por los colores, las nieblas y los olores, o arriesgar con las contundentes especialidades de la cocina véneta, ello por no hablar de la arquitectura, la pintura y, faltaría más, los canales. Después de tan intensa preparación, y mejor aún si ello ocurre al cabo de reiteradas visitas a la ciudad, leer Marca de agua, de Joseph Brodsky, es como un milagro. O como revisitar una ciudad que estaba allí y que unas veces la reconoces y otras la descubres a través de la sensibilidad de un viajero que la visitó durante diecisiete años seguidos, siempre en invierno.

            Es un librito de apenas cien páginas y a lo largo de las mismas Brodsky no entra una sola vez en uno de los museos o academias rebosantes de asombrosas pinturas,  ni recurre a las maravillas arquitectónicas para embelesar al lector embelleciendo el texto. La única iglesia que dice querer visitar es la Madonna dell’Orto, “no tanto por la probable coincidencia temporal de la agonía del alma como por la maravillosa Madonna con niño, de Bellini que alberga en su interior”.  Creo obligado a precisar que ese deseo le surge al regreso de un viaje nocturno en góndola (prodigiosamente descrito) en torno a la isla de San Michele, la fabulosa isla de los muertos donde, no por casualidad, años más tarde iba a ser enterrado el propio Brodsky.     

            Decir que es la obra de un poeta no basta para dar cuenta de la carga emocional que irradia. Es decir, quien escribe es un poeta, perfectamente equiparable a los más grandes poetas rusos de su tiempo (Ajmátova, Pasternak, Mandelstam,Tsvetáieva, etc), y en sus paseos y reflexiones se le ocurren ese tipo de imágenes capaces de transformar la experiencia sensorial del lector, por ejemplo cuando al hablar del espesor y la inmovilidad de la nebbia que puede cubrir de pronto Venecia, dice que si sales a comprar cigarrillos “puedes aprovechar el túnel que tú mismo has abierto en la niebla para volver” porque, dice, ese túnel puede permanecer abierto durante largo rato. Eso, en relación a la experiencia sensorial de cada cual, porque también es capaz de cambiar la percepción que uno puede tener de un espacio físico, y para dar una idea de lo que trato de decir invito al lector a que abra el libro por la página 62. Durante una vuelta a casa en plena noche, y en un solo aliento, en su discurrir surgen Dante, Homero, Virgilio o Hipócrates para cerrar el paseo con esta reflexión: “Uno nunca sabe qué engendra qué: una experiencia un lenguaje, o un lenguaje una experiencia”.  Porque, insiste, “una metáfora –o, hablando de una manera más general, el lenguaje mismo- posee casi siempre un final abierto, persigue la continuidad, una vida después de la muerte, si se quiere. En otras palabras (no pretendo der ingenioso) la metáfora es incurable”. Todo ello porque mientras camina le ha salido al paso la Fondamenta degli Incurabili y ya se sabe lo que pasa cuando te pones a enredar con el lenguaje y la experiencia.

            Brodsky es implacable con los demás (académicos, artistas de café, antiguas amantes, nuevas posibles amantes que no llegan a serlo) porque empieza por no pasarse una a sí mismo. Leyendo entre líneas, las reiteradas visitas invernales a Venecia no aliviaron para nada su rigurosa soledad, ni los canales fueron un sustituto de los añorados paisajes infantiles del Báltico, y en alguna ocasión incluso habla de saltarse la tapa de los sesos con una Browning. Esa falta de complacencia consigo mismo la hace extensible a los demás con juicios demoledores pero también certeros. Por ejemplo cuando, aburrido de la cháchara exculpatoria de la viuda de Ezra Pound, juzga con severidad al gran hombre no por sus desvaríos fascistas o sus proclamaciones antisemitas sino porque, en sus Cantos, comete uno de los errores más antiguos: buscar la belleza. Le resulta chocante que Pound, alguien que vivió tanto tiempo en Italia, “no se hubiera dado cuenta de que la belleza nunca puede ser un objetivo y de que siempre es producto de otra clase de empeño, a menudo de naturaleza muy vulgar”. Toda una teoría estética en solo tres líneas.

 

 

Marca de agua

Joseph Brodsky

Traducción de Menchu Gutiérrez

Siruela    

[Publicado el 12/1/2016 a las 12:53]

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La piel de la frontera

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En apariencia La piel de la frontera es una recolección de relatos (en concreto catorce) escritos entre 2003 y 2013. Todos salvo uno (el segundo, ambientado en una residencia de escritores situada al norte de Nueva York) transcurren en poblaciones diseminadas por el Segriá y el Bajo Cinca, dos comarcas ancestralmente aquejadas de una especie de maldición que el propio autor define con elegante precisión:”Lo peor que le puede pasar a una región [es] que se vaya todo el mundo, que se vaya la gente, que se vayan los árboles  y que se vaya hasta la tierra”.  Una vez desarboladas por la mano del hombre, esas dos regiones que constituyen la frontera occidental del desierto de los Monegros (y que además sirven hoy de frontera entre Aragón y Cataluña) sufrieron una grave pérdida de habitantes seguida de una pérdida todavía más grave de tierra que a través de los ríos Segre y Cinca ha ido a parar a esa fértil llanura hoy conocida  como Delta del Ebro.

                Breve inciso histórico: los lectores ya algo veteranos recordarán sin duda los infinitos chistes  que en su día se hicieron a costa de las manías de Franco y sus embalses, y recordarán también las anécdotas que se contaban a costa de aquél ministro del Opus Dei llamado Laureano López Rodó y su obsesión por los almacenes frigoríficos. Sus subordinados le llamaban (a sus espaldas, claro) el Frigorías porque no pronunciaba un discurso o no hacía declaración alguna sin que antes o después hiciese alguna alusión al número de frigorías que necesitaba el campo para alcanzar una rentabilidad europea.

                Pues bien: resulta que el agua aportada por los fementidos pantanos terminó por fertilizar las vegas del Segre y el Cinca y los antiguos eriales se transformaron en interminables campos de frutales, con la particularidad de que gracias a los almacenes rebosantes de frigorías el tiempo de comercialización de la fruta se prolongó de forma notoria, cosa que hizo aún más rentable la plantación de frutales.

                El regreso masivo de los árboles invirtió el flujo migratorio y el Segriá y el bajo Cinca dejaron de suministrar mano de obra barata a los mercados  internacionales y empezaron a recibir un flujo continuo de desheredados que desde entonces no ha hecho sino crecer: primero llegaron marroquíes seguidos por argelinos y más tarde por senegaleses, malianos o gambianos, que aún se verían reforzados después por ucranianos, rumanos y, al final, búlgaros.

                He dicho al principio que este libro puede parecer una recopilación de relatos breves escritos a lo largo de una decena de años, pero tal descripción no sólo es incompleta sino que incluso resulta engañosa porque puede inducir a pensar que se trata de la clásica operación editorial para aprovechar un material heterogéneo que el autor tenía olvidado en los cajones de su mesa de trabajo. Y nada más lejos de la realidad. Francesc Serés, natural Zaidín, una pequeña población ribereña del Cinca cuando éste enfila ya hacia Fraga, empezó a recorrer con asiduidad desde 2003 los paisajes de su infancia. Al principio viajaba en moto y más tarde en automóvil pero siempre sin más equipaje que una mochila ni más utillaje que una cámara de fotos y un cuaderno para tomar notas. Sin embargo, y a fuerza de reiterar por aquellos pueblos unas apariciones no siempre bien entendidas,  terminó adquiriendo esa condición que el gran Malinowski consideraba indispensable para un buen antropólogo: lograr que los nativos le tomen por un mal inofensivo pero inevitable y que empiecen a comportarse como si no fuesen seguidos a todas horas por un pesado armado con la cámara y el bloc de notas.

                Puesto en términos pasionales podría decirse que el lector es invitado a presenciar la recreación de un paisaje interior, es decir, espiritual. Los geógrafos franceses, que son los inventores del término, dirían que se trata de la creación de un ámbito periurbano, entendiendo por tal el espacio (o tierra de nadie) que surge entre lo urbano y lo rural y que una vez despojado de los rasgos que le eran propios se reorganiza para crear su propia identidad. Los títulos de cada relato (magníficos)  hablan de pequeñas historias de las historias sin historia, de todo lo que se sabe y se cuenta antes de olvidarlo, de retrovisores fabricados en Ucrania, de un pequeño manual de arquitectura efímera o del fin del mundo tal como lo conocimos.

                Sólo con humor, empatía, solidaridad y comprensión se podía tratar de reflejar un drama humano, económico, paisajístico y personal de una forma tan bella, apasionada y elegante (o sea literaria) como lo ha hecho Francesc Serés en sus relatos.

 

La piel de la frontera

Francesc Serés

Traducción de Nicole D’Amonville Alegría

Acantilado

 

 

 

[Publicado el 29/12/2015 a las 19:25]

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El instante de peligro

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Si antes de abrir este libro el lector curioso desea saber algo más acerca de Miguel Ángel Hernández Navarro (Murcia, 1977) no tiene más que entrar en su bien documentada página personal (http://www.mahernandez.es) y al navegar por allí sabrá, entre otras muchas cosas, que es profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia, que ha sido investigador en el Clark Art Institute de Williamstown (Massachusetts) y que “sus áreas de interés son el arte, la teoría y la cultura visual del mundo contemporáneo, con un especial énfasis en las visualidades de resistencia, tecnología, las políticas migratorias y las temporalidades antagónicas”.

Cuando, una vez suficientemente informado,  el lector se adentre en el libro comprobará que tanto el narrador, llamado Martín Torres, como los demás personajes encargados de vehicular la acción, comparten muchos rasgos e intereses profesionales con el propio M.A. Hernández. Martín Torres  no solo ejerce la enseñanza universitaria sino que él también ha sido investigador en aquel instituto de arte de Massachusetts y es un especialista en la teoría y la cultura visual del mundo contemporáneo. Pero los evidentes parecidos y coincidencias entre el autor que firma el libro y el personaje encargado de contarlo no implican necesariamente que sea una obra autobiográfica. Todo escritor habla de aquello que mejor conoce y más le interesa, y que los amores y desamores de los personajes o sus triunfos y fracasos artísticos sean biográficos no es relevante porque lo único que de verdad importa en una narración es que los hechos estén bien contados. (No obstante, y ya que sale, a ningún novelista le viene mal conocer de primera mano aquello de lo que habla, pero tampoco eso es indispensable y ahí está el célebre caso de Emilio Salgari, cuyas novelas transcurrían en todos los mares existentes entre Malasia, las Antillas y el Ártico cuando en realidad apenas salió nunca de su Verona natal).

Otra cosa que podrá observar el lector según vaya pasando páginas es lo muy complicado que lo tienen los artistas plásticos contemporáneos para concebir, plasmar y no digamos vender eso que antes se llamaba una obra de arte. No estoy insinuando que antaño los maestros  lo tuvieran más fácil o que, por ejemplo, a Leonardo da Vinci  no le supuso el menor esfuerzo colocar un lienzo limpio en el caballete y ponerse a dar brochazos hasta terminar esa figura femenina hoy conocida como La Gioconda. Faltaría más. Pero los artistas contemporáneos no disponen de lienzo, pinceles, colores ni, muchísimo menos, una idea clara de lo que es arte, o de cuál es la línea divisoria entre una obra de arte y una patochada sonrojante.

Y esta es la propuesta que le llega a Martín Torres en un momento particularmente bajo de su vida profesional y sentimental: una becaria del Clark Art Institute de Williamstown llamada Anna Morelli ha encontrado cinco bobinas anónimas de 16 mm mostrando la sombra de una figura masculina recortada contra una pared, siempre la misma, sin voz, ni movimiento, nada. La búsqueda artística de la Morelli consiste en construir la identidad de una época en la que las fronteras del sujeto  ya han sido destruidas. Y para ello recorre  el mundo buscando fotografías en las que reconocerse componiendo una especie de álbum familiar e íntimo a través de las familias de los demás. Y en el desarrollo de esa investigación está empezando a borrar el contenido de las imágenes para dejar solo un pequeño fragmento en el cual poder afirmar su identidad. Tacha aquello que ya ha sido eliminado de la memoria. Borra  imágenes que ya nadie recuerda. Trata de encontrarse en las historias olvidadas, sean reales o imaginadas.

¿Y cuál es el papel que ella reserva a Martín Torres en su proyecto?: aportar la historia que falta en esas películas (que encima están a punto de ser parcial o totalmente borradas). No hace falta insistir en que ante semejante reto al profesor Martín Torres le falta tiempo para hacer las maletas y partir hacia Massachussets.

Cierto que el planteamiento parece complicado, antes incluso de que entren en juego las complejas líneas de seducciones, rechazos, atracciones sexuales y anhelos sentimentales. Pero no asustarse a destiempo ante la aparente oscuridad porque M.A. Hernández no sólo tiene unos recursos narrativos muy sólidos sino que cuenta con el respaldo de guías tan competentes como Walter Benjamin cuando dice:”Articular históricamente el pasado no significa conocerlo “como verdaderamente ha sido”. Significa apoderarse de un recuerdo tal y como éste relampaguea en un instante de peligro”.

 

El instante de peligro

Miguel Ángel Hernández

Anagrama    

 

[Publicado el 15/12/2015 a las 18:32]

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Molinos de viento en Brooklyn

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Esta novela reúne todos los ingredientes para pasar sin pena ni gloria y acabar en el más absoluto olvido. Para empezar,  Prudencio de Pereda fue un autor norteamericano de origen español que nació en 1912 y vivió en el barrio neoyorquino de Brooklyn. Para su desgracia hubo de competir con gigantes como Ernst Hemingway, John Dos Passos, Erskine Caldwell, William Saroyan y tantas otras estrellas que no le permitieron brillar, aunque de su primera novela, All the Girls We Loved (1948), logró vender medio millón de ejemplares. Con la segunda, Fiesta (1953), no tuvo tanta suerte y después de Molinos de viento en Brooklyn (1960) Pereda se empeñó en un anonimato tan recalcitrante que, hoy, ni siquiera los sabiondos de Google son capaces de decir apenas nada sustancial de él.

                El hecho de que la novela esté ambientada en los años veinte y refleje las vidas de una pequeña colonia española en Nueva York que no sólo desapareció hace tiempo sino que lo hizo sin dejar apenas más rastro que esta novela de apenas doscientas páginas (compárese por ejemplo con la contribución a la cultura y el modo de ser norteamericano que han realizado las minorías judía, italiana, irlandesa o latina) son otras tantas bazas seguras para el olvido. Y por si fuera poco, Molinos de viento en Brooklyn no es en absoluto una gran narración épica que aspire a fijar en la memoria colectiva la lucha desesperada de unos hombres y mujeres desarraigados y sin apenas recursos pero que logran labrarse un futuro en tierra extraña. O su heroico empeño por conservar unos valores ancestrales que les identifican y les permiten reconocerse como hermanos pese a estar tan lejos de casa. Para nada. Quienes llevan el peso de la acción, Agapito, el Abuelo, el padre y los hermanos del narrador (un adolescente en pleno rito de paso a la edad adulta) son todos ellos teverianos, es decir, traficantes de cigarros puros confeccionados a base de vaya usted a saber qué porquerías pero que ellos venden a precios abusivos bajo el supuesto de ser tabaco habano recién desembarcado sin pasar aduana, y de ahí que sea tan barato. O sea unos golfos a escala minúscula y que viven de las migajas del gran engaño, pues en aquel momento Norteamérica vivía bajo la ley seca y estaba incubando las poderosas mafias que amasaban fortunas fabulosas a punta de metralleta y corrupción universal.

                Lo curioso es que con sus pequeños trapicheos y astucias, ese minúsculo grupo de golfos acaba configurándose como un cuerpo social inequívocamente español en el que Agapito, el viejo compinche del abuelo, encarna los rasgos del clásico pícaro aferrado a la vida y sin más horizonte que la mera supervivencia, y que es el encargado de enseñar al joven narrador en plena etapa de iniciación los secretos del oficio pero también valores como la amistad, la fidelidad al compañero o la conciencia de que en sus circunstancias la ayuda mutua es indispensable frente a la inevitable llegada de la adversidad. A su lado el Abuelo asume la figura y las maneras del caballero español que pone la dignidad y el honor por encima de cualquier ventaja material, ello a pesar de que la Abuela le machacará por su quijotismo (y por un donjuanismo perfectamente injusto). En paralelo a las sabias conductas de sus mayores, el joven narrador vivirá las delicias de la iniciación sentimental y sexual gracias a los cuidados de una viuda de origen cubano que le llevará sin sobresaltos ni malos rollos hasta las cumbres del éxtasis. Pero ya digo que es una historia pequeña, cotidiana y entrañable y en absoluto épica. Hasta el día en que el Abuelo, en vísperas de su jubilación, asombra a todos al aceptar la presidencia de La Española, una sociedad encargada de vehicular las relaciones sociales de la colonia pero sobre todo encargada de organizar una fiesta anual que alcanza su apogeo en la actuación de una figura  de cierto renombre en un teatro local. Y si el Abuelo ha tomado a todos por sorpresa al aceptar la presidencia de esa sociedad, logra sembrar el desconcierto al anunciar que para la fiesta de ese año ha logrado contratar a Manolin, un bailarín de flamenco tan universalmente aclamado que incluso se ha retirado a sus veintipocos años de edad y vive actualmente en La Habana en compañía de sus dos esposas. Si, dos esposas, pero a una figura de tanto renombre se le perdonan ciertas cosas. Su actuación para La Española marcará el retorno del gran divo al mundo del espectáculo.

                Cabe resaltar que el Abuelo y las fuerzas vivas de La Española se van a quedar de piedra cuando vean descender al gran artista  por la escala del barco que le trae desde La Habana. Ese descenso está contado con gran  habilidad y parece que el  problema van a ser las dos esposas que le acompañan, pero no. El verdadero motivo de escándalo es una peculiaridad física del genial Manolin que no se puede desvelar porque sería como traicionar al autor. Pero a partir de ese momento la amable existencia de los teverianos sufre un giro vertiginoso y la novela se beneficia de un subidón genial. Y lo dicho: tiene todas las bazas para pasar sin pena ni gloria y es una lástima porque Prudencio de Pereda es un narrador nato, uno de esos virtuosos a los que les das un puñado de cerillas y te montan la catedral de Chartres o el acorazado Potenkim. Pues con Pereda lo mismo pero en Brooklyn y con unos pocos golfos encantadores.

 

Molinos de viento en Brooklyn

Prudencio de Pereda

Traducción de Ignacio Gómez Calvo.

Hoja de lata

[Publicado el 11/12/2015 a las 18:40]

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Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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