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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 25 de septiembre de 2020

 Javier Fernández de Castro

El Sur pide la palabra

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La descripción que hace de este libro el cineasta Oliver Stone no puede ser más sugestiva: “El eslovaco chalado, el carismático filósofo croata y el más peligroso político griego han unido fuerzas para brindarnos el atasco en el que está medita Europa…”. El esloveno chalado es Slavoj Žižek, director de un instituto de humanidades en la Universidad de Londres y uno de los revulsivos culturales más provocadores de Europa, por más que sus numerosos enemigos y detractores en lugar de apreciar sus indudables dotes para el espectáculo  prefieran descalificarlo tachándolo de gamberro. Después de leer su decena de intervenciones en este libro el lector español podrá apreciar que si este hombre irrita tanto a los poderes establecidos es porque, junto a una actitud irreverente que a ratos se adentra en la blasfemia, demuestra una capacidad de análisis y una facilidad para la síntesis que le hacen terriblemente incómodo y difícil de rebatir sin caer en el insulto puro y duro (que es lo que por lo general hacen).

                Menos conocido por el gran público que Žižek,  el filósofo carismático Srećko Horvat no es menos luchador e incisivo que él. Aparte de escribir libros de combate y colaborar en medios como The Guardian, El País y Al Jazeera, dirige en Zagreb el Festival Subversivo, que no sé exactamente qué es aunque con semejante título tampoco hay que ser un adivino para hacerse una idea de qué hacen. El tercer participante, Alexis Tsipras, el más peligroso político griego, fue la gran y más esperanzadora sorpresa en las últimas elecciones de su país (2009) y aquí hace las veces de banderín de enganche para las elecciones al Parlamento Europeo de 2014, a las que se presenta al frente de una colación de partidos denominada Partido de la Izquierda Europea.

                Lo que han escrito entre los tres, no es un tratado político, ni la tan ansiada reflexión que saque a la izquierda de la profunda depresión que la aqueja desde hace ya tanto tiempo: es un libro de combate que busca transmitir la urgencia de un cambio radical en el rumbo actual de la Unión Europea.  Aunque cada uno vaya a su aire, tanto Žižek como Horvat comparten su crítica a la mayor parte de las medidas adoptadas para paliar una situación provocada por los bancos con la connivencia de los estados y cuyo coste se ha hecho recaer íntegramente sobre las problaciones: entre otras muchas, una fiscalidad injusta, recortes en el gasto público sin precedentes, "ajuste" de los salarios, desmantelamiento del Estado providencia o la privatización de bienes públicos fundamentales, como por ejemplo el agua y la energía. Y las que seguirán.

Como es lógico, dada su condición de esloveno y croata, respectivamente, ambos son muy sensibles a la campaña de desinformación sufrida por sus países con el ingreso en la Comunidad Europea, y que les está conduciendo a una situación política y social sospechosamente similar a la que ya sufren Grecia, España, Portugal o Irlanda.  La conclusión es que Los Balcanes, los demonizados y vilipendiados Balcanes, son en definitiva una parte integrante y no diferenciada de ese Sur que reivindican los autores del libro.

Pero, aun siendo artículos de combate, lo que los hace más incisivos es que sus autores son capaces de alternar la lucha de trincheras con análisis de mucho calado, y en ese sentido son muy reveladores los titulados “En tierra de sangre y dinero: Angelina Jolie y los Balcanes” (una crítica demoledora de Srećko Horvat a En tierra de sangre y miel, la película en la que la conocida actriz metida a directora se empantanó en su intento de mostrar ese terrible y siniestro punto en el que, por recurrir a la terminología de Giorgo Agamben al hablar de Auschwitz “el bien y el mal, y con ellos todos los metales de la ética tradicional, alcanzan su punto de fusión”). Y ya que el lector habrá llegado hasta el momento en que Horvat justifica la sustitución de la imagen dulzona de la miel por el rostro implacable del dinero,  puede adentrarse en el artículo siguiente, titulado “La marcha turca”, en el que Slavoj Žižek analiza y da noticias bastante curiosas acerca del cuarto movimiento de la Novena sinfonía de Beethoven y el (mal) llamado “Himno a la alegría”.

En vísperas de las elecciones europeas es casi un elercicio de higiene mental hacer una pausa en la avalancha de ideología trucada que están vertiendo los curiosamente todavía llamados partidos “conservadores” y “progresistas” y darle una oportunidad a una visión de Europa diferente, y que podría resumirse en una reflexión de alguien tan poco sospechoso de subversión como es T.S. Eliot. En sus Notas para la definición de una cultura, sostenía que en la tesitura de elegir entre el sectarismo y la incredulidad, el único modo de mantener viva una religión (en este caso el fetiche Europa) es provocar una escisión que rompa el núcleo central de esa Iglesia. O dicho en otras palabras: el chalado, el carismático y el peligroso político que firman este libro no tratan de acabar con Europa sino de provocar un cisma en el que las grecias, españas, portugales, irlandas, eslovenias, croacias, serbias y quienes vengan detrás vean sus derechos respetados y colmadas sus aspiraciones más elementales. O sea, que les den la palabra. Qué menos.

 

 

El sur pide la palabra

Srećko Horvat y Slavoj Žižek

Prólogo de Alexis Tsipras

Traducción de Enrique Murillo

 

Los libros del lince

 

[Publicado el 13/4/2014 a las 08:32]

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La hondonada

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La autora está a mitad de la  cuarentena  pero deja muy claro que le tiene sin cuidado si la suya es una novela tradicional o pos moderna o qué. Quiere contar una historia y lo hace por encima de modas y modos y conveniencias.

La estructura desde luego, y salvo por unos pocos flashs backs explicativos, es perfectamente tradicional: lo primero va primero y lo segundo va después, con el planteamiento, el nudo y el desenlace perfectamente ordenados.

Y en cuanto a la técnica, sin alardes ni malabarismos ni ninguna otra clase de exhibicionismos, lo mismo se detiene a describir minuciosamente las flores de una charca y el vuelo de las aves acuáticas que recurre a las elipsis para dar saltos en el tiempo o en la evolución de algún personaje y centrarse en lo que más le interesa contar en ese momento. Pero con orden y sin sobresaltos. La autora parece dar por sentado que sus lectores tienen bien aprendida la evolución sufrida por la novela a lo largo del siglo XX y que tienen armas suficientes para aportar el contenido de los hiatos narrativos.

Curiosamente, la crítica insiste mucho en la existencia de un choque cultural (una parte de la novela está ambientada en la India y la otra, la más larga, en Estados Unidos). Y sí, hay choque cultural, pero no como cabría esperar sino al revés, y lo explico.

Subhash y Udayan son dos hermanos  nacidos y crecidos en un suburbio de Calcuta y que pertenecen a una familia de la pequeña burguesía local. De los dos, el más decidido, valiente y transgresor es el pequeño, Udayan, mientras que el otro es más reflexivo y prudente (lo que le vale ser llamado cobarde en varias etapas de su vida). El progresivo compromiso político-revolucionario de uno, que le lleva a militar en un partido maoísta partidario de imponer la revolución por medios violentos, marca el inicio de un progresivo distanciamiento con el mayor, que en lugar de participar en  las luchas callejeras  prefiere aprovechar una beca para estudiar oceanografía en una universidad norteamericana.

En contra de lo que pueda parecer, los conflictos vienen todos de la India porque en Estados Unidos todo va como la seda:  Subhash se integra sin problemas en una universidad que le acoge amistosamente  y le ofrece  una beca lo bastante generosa como para vivir en un apartamento, comprarse un coche y, llegado el momento, casarse y traer a su esposa india, que también se integrará sin problemas en la vida universitaria norteamericana y terminará licenciándose en filosofía y ejerciendo de profesora en California.

Los choques sociales, sentimentales y culturales vienen todos de la India. Udayan, que ha participado en varios atentados y directa o indirectamente apoya los asesinatos políticos de su partido, es abatido por fuerzas paramilitares indias y deja una esposa, Guri, que sin él saberlo está embarazada.  Los problemas de Guri con su familia política, en la que ha entrado saltándose todas las normas sociales,  y el futuro incierto que les aguarda a ella y su hijo en la India mueven a Subhash a casarse con ella y llevársela consigo a Estados Unidos, con lo cual provoca un conflicto con sus padres, que si ya no querían a esa esposa elegida sin su consentimiento por el hijo menor, tampoco la van a aceptar ahora casada con el primogénito.

Aunque Subhash apoya económicamente a sus padres y hace lo posible por mantener una relación paterno filial fluida, la transgresión de las normas matrimoniales tradicionales en la India y, en general, su poco respeto a la cultura ancestral provocan un distanciamiento insalvable y que se mantiene incluso tras la muerte del padre y, unos años después, con la madre, cegada hasta el final en su culto por el hijo muerto y su negativa a perdonar la “traición” del primogénito.

Mientras tanto, en América, los conflictos no surgen del entorno social en el que se integran Subhash y su precaria familia, y tampoco surgen de la formación ancestral recibida en la India porque sus problemas son reconocibles y podrían darse en cualquier pareja occidental: los escrúpulos  de la viuda embarazada por aceptar casarse con su cuñado sin que haya amor por ninguna de las dos partes; la resistencia a que el padre ficticio ejerza de padre real con  la niña ya nacida en América; las contradicciones que surgen cuando la niña desarrolla una gran complicidad con su falso padre, provocada en parte  por el progresivo distanciamiento con la madre verdadera; la huida de ésta dejando a la niña al cuidado del falso padre; la reacción de la niña, ya mayor, cuando conoce la identidad de su padre y los motivos por los cuales fue abandonada por su madre, etc.

Jhumpa Lahiri, a todas estas, y como ya he dicho desde el principio, está inmersa en la historia y la sigue sin desfallecimientos hasta el final, reflejando con gran tensión y acierto  el complejo vericueto moral y sentimental de los protagonistas y sin arredrarse ante las difíciles decisiones que deben tomar unos y otros.  Y si la sucinta relación de acontecimientos aquí ofrecida transmite la sensación de que se trata de un relato sentimentaloide y folletinesco, nada más lejos de la realidad. La novela despierta la atención del lector en las primeras páginas y ya no la suelta hasta el final porque  la autora es una excelente narradora.

 

La hondonada

Jhumpa Lahiri

Traducción de Gemma Rovira Ortega

Salamandra

[Publicado el 06/4/2014 a las 09:32]

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Los cuentos

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Con Marvis Gallant tengo la desagradable sensación de haberme pasado la vida mirando en todas las direcciones posibles salvo aquellas que me hubiesen llevado a ella. Leí hace un montón de años (a toro pasado) alguna de sus crónicas de Mayo del 68 y me prometí que leería cualquier cosa que ella escribiese. Pero desde entonces ha publicado más de cien cuentos (116 según sus incondicionales), dos novelas, una pieza de teatro, una parte de sus diarios y bastantes entrevistas sin que yo haya cumplido mi promesa de leerla. Incluso su muerte, ocurrida hace poco más de un mes, me ha sorprendido con el pie cambiado.

Ella, junto con  Alice Munro y  Margaret Atwood, formaba el trío de  viejas damas canadienses (91, 83 y 75 años respectivamente) siempre a la espera del premio Nobel. El hecho de que el año pasado Alice Munro ganase  el ansiado premio debió de ser un golpe muy duro para la aspirante más veterana,  primero porque sabía que ya no volverían a repetirse las condiciones idóneas para que volviese  a recaer sobre una mujer canadiense y angloparlante (ni siquiera la Atwood pese a su “juventud” tiene muchos motivos para la esperanza) y segundo porque Alice Munro se había declarado reiteradamente alumna y admiradora suya.  Y que premien al alumno por delante del maestro tiene que ser un motivo de satisfacción para éste. Pero vaya.

Aunque en esta misma columna he manifestado varias veces mi admiración por la Munro, en el caso harto improbable de haber formado parte del  jurado que tuvo que decidir entre ellas dos me hubiese visto en un compromiso porque  ambas son unas extraordinarias narradoras.

Lo que sí hay, en cambio, son unas notables diferencias entre sus universos narrativos. Si los cuentos de Alice Munro transcurren en una zona de Canadá perfectamente reconocible   y los protagonistas podrían ser intercambiables (y eso que luego las historias no tienen nada que ver unas con otras) Mavis Gallant era una mujer sin asiento y se le nota. A los veintiocho años dejó el periódico de Montreal para el que trabajaba y se instaló en París  decidida a vivir de la escritura porque, decía, quien no viva de sus creaciones no es un escritor. Muchos de sus relatos transcurren en París, pero también en España, Italia, Alemania y en menor medida Rusia porque hizo un largo viaje por el paraíso soviético y no le gustó nada. Tras un breve y no muy estimulante matrimonio con un músico canadiense decidió de una vez por todas que el matrimonio no era lo suyo y nunca más acomodó su paso al de nadie. En cambio le gustaba meter cuatro cosas en una maleta y echarse a la carretera sin tener bien definidos ni el tiempo que iba a durar el viaje ni la dirección que tomaría. Decía que allí donde iba se encontraba como en casa (aunque en realidad a la edad de cuatro años dejó de tener casa propia debido a la muerte de su padre y al nuevo matrimonio de su madre) y que le encantaba conocer gente nueva y saber de sus vidas. Según ha contado ella misma los personajes de sus relatos ya tenían nombre, estado civil, lugar de nacimiento, profesión y demás rasgos que luego ella modificaba según las necesidades de lo que contaba. Y esa técnica de construcción se trasluce en sus cuentos porque parecen contados por alguien que los ve desde lejos y con el despego de quien está allí pasando el verano.

A veces, y aunque estén ambientados aquí o allá, son autobiográficos, y de ahí que el desarraigo y la lucha por abrirse un hueco en la ciudad desconocida de turno sea un tema recurrente y, como digo, muy personal. Y sin embargo está contado con un despego y una falta de dramatismo que los hace más desgarrados. Pero sin sofocos.  Así esa esposa, dueña de un establecimiento hotelero que ve cómo su marido se distrae cada vez más con las clientas hasta que se marcha con una de ellas, cosa que no altera a la abandonada que sigue llevando el hotel con la misma calma con la que recibe al réprobo unos años después. Se va y vuelve y no importa mucho, como la niña casadera de otro de los cuentos que rompe su compromiso con el novio que le gustaba y se casa con el que dice su madre. Sin problemas.   

Los cuentos ambientados en la España de los años cincuenta están marcados por la falta de dinero y de esperanzas en el futuro. La narradora y tres amigos españoles pasan hambres y miserias pero sin rencores ni peleas. Posteriormente se ha sabido que esos cuentos reflejaban exactamente la situación de Mavis Gallant entonces porque ella le mandaba sus cuentos  a un agente canadiense que se quedaba con el dinero de sus representados (entre ellos Somerset Maugham y Huxley). Es una anécdota pero refleja la técnica de Mavis Gallant para construir sus historias, ya que de la España que ella conoció refleja el ambiente, la derrota moral de sus habitantes y la falta de esperanza pero, aun siendo experiencia propia, ha dejado fuera lo personal. No escribía para ajustar cuentas sino para entender el sinsentido de la existencia. Y justamente por ello algún lector podrá sentirse desconcertado y aun decepcionado, sobre todo si es de aquellos que buscan en la literatura un sentido a la vida porque creen estar suficientemente servidos con la ración de incoherencias y sinsentidos que les depara la cotidianidad.

 

 

Los cuentos

Mavis Gallant

Traducción de Sergio Lledó

Lumen

[Publicado el 30/3/2014 a las 18:08]

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El buscador de almas

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Si tuviese que de definir esta novela con una sola palabra no me cabe la menor duda de que elegiría “desmesura” aunque, influido claramente por Groddeck, me apresuro a señalar que el elemento fundamental de la definición es “mesura”, precedida de una partícula denegatoria. O por decirlo en otras palabras: no es una sucesión de patochadas a lo largo de la cual el autor parece jalearse a sí mismo para ver si en la página siguiente se le ocurre una enormidad más gorda que las ya soltadas hasta entonces. Nada más lejos.

Groddeck era un científico y en las historias del psicoanálisis su nombre figura muy cercano al de Freud porque fue él quien dio nombre y abrió camino para la conceptualización del “ello”, un paso que demostró ser fundamental para el posterior desarrollo de la curación del alma. Siendo un científico puro, Groddeck no sólo formuló sus teorías sino que hizo profesión de ellas, llegando a tener tanto éxito en la práctica de las mismas que a lo largo de su vida creó varias clínicas muy visitadas por enfermos atraídos por sus métodos curativos.

Resumiendo al máximo sus presupuestos teóricos, Groddeck pensaba que las enfermedades no las provocan los vacilos ni los accidentes sino que son un producción humana que reside en el “ello”. Éste, como casi todo lo humano, se manifiesta a través de los símbolos y uno de dichos símbolos es la enfermedad: vírica, accidental o mental, él no hacía distingos y las trataba por igual, logrando como queda dicho el número de curaciones suficientes como para que a sus balnearios no les faltasen clientes. El paso siguiente sería considerar el símbolo como un síntoma más, por lo que el cuerpo podría ser tratado  como un texto interpretable a través de los síntomas, uno de los cuales serían las enfermedades pero también las palabras.

Cuando quiso exponer sus teorías a la comunidad científica lo hizo de forma epistolar (con Freud, Ferenczi, etc) pero sobre todo a través de El libro del ello, tan celebrado por Freud. Y cuando quiso abrirse al gran público escribió El buscador de almas. Con gran perspicacia, y porque intuía  que todo científico metido a literato es sospechoso de intentar dar gato por liebre y colar una versión light de sus teorías, optó sin ambages por la desmesura. August Müller es un acomodado burgués que vive una anodina existencia en compañía de su hermana, una hija adolescente de ésta, una robusta criada llamada Emilie y una anciana  “que siempre acarreaba consigo cierto aire de envidia, encono y odio” llamada Trude.  En la novela no queda claro qué papel jugaba esa mala mujer en el desarrollo doméstico. Según el amo de la casa había sido su ama de cría, pero era falso. En cambio se toma muy a mal la llegada de la hermana del amo, porque es algo mandona, y cuando es despojada de su habitación en beneficio de la adolescente se marcha echando pestes y jurando vengarse: a los pocos días aparece en la cama de la joven una chinche. Impelido por su hermana la mandona, August Müller emprende una cruzada contra las chinches que acaba convirtiéndose en un torrente de situaciones progresivamente más incontroladas y grotescas, y en el curso de las cuales además de perder la razón es  falsamente acusado de portar la escarlatina, robado por un truhán, perseguido por la policía por ser un peligro para la salud pública, tomado por un peligroso fuera de la ley, abucheado en una reunión de mujeres y, teniendo por delante aún muchas situaciones disparatadas, perderá su nombre y por propia decisión pasará a llamarse Thomas Weltlein.

Pero como ya he señalado  no se trata de una patochada  sin sentido. La exageración y el tono de comedia, que otorgaban al autor libertad para llevar el disparate hasta el infinito, quedan atemperados por la mesura que subyace en todo el relato y de la que dan cumplida cuenta las cinco personalidades elegidas para firmar otros tantos postfacios, y entre las cuales destacan las firmas de Freud, Ferenczi y Otto Rank. Groddeck era fiel a sus ideas y casi todo lo que cuenta podría ser interpretado recurriendo El libro del ello. Pero tiene a su favor que, además de un teórico era un excelente narrador y remito al lector a los capítulos que transcurren en una taberna (Docendo discimus y siguientes), al de la reunión de señoras (XX) o su delirante  interpretación de lo que es una campana y un campanario (XXI), y que justifican de sobra la reacción airada de las feministas, los creyentes y los lectores en general. He señalado antes la perspicacia de Groddeck al elegir un tono desenfadado y de humor grueso porque ello le permitía decir unas enormidades que al serle atribuidas a un demente (por ejemplo su recomendación de educar a las adolescentes para el amor en lugar del matrimonio) quedaban justificadas y hasta excusadas por ser locuras. Y lo cierto es que pese a las airadas reacciones puntuales, el libro fue finalmente publicado y nunca entró en el limbo de los censurados.

El mayor problema es que el tiempo, o mejor dicho, la evolución de la literatura, no ha sido clemente con Groddeck. El ritmo de los acontecimientos queda ralentizado por unos parlamentos excesivamente largos, muchos de los cuales no son esenciales, y aunque no llegan a invalidar la novela le restan eficacia. Y es una pena porque tiene hallazgos dignos de todo elogio.

 

 

El buscador de almas

Georg Groddeck

Traducción de José Aníbal Campos

Sexto piso

 

 

 

 

 

[Publicado el 23/3/2014 a las 09:57]

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Vivir y escrir. Prosas autobiográfica

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Si España no se caracteriza por la gratitud y el trato exquisito a sus figuras literarias más destacadas – por lo general  las maltrata en vida y las entierra en el olvido una vez muertas – no es la única en practicar tan injusta conducta. El daño que le hicieron sus contemporáneos a Gabriela Mistral aflora en muchas de las páginas de este curioso libro titulado Vivir y escribir. Y digo curioso porque, hablando con rigor,  no está escrito por Gabriela Mistral en el sentido de que  nunca quiso redactar una autobiografía formal, y así lo dice ella misma en uno de los primeros textos seleccionados. En cambio, como en muchos de sus libros habla de sí misma era posible, y eso es lo que ha hecho el autor de esta antología, Pedro Pablo Zegers, entresacar y ordenar cronológicamente los fragmentos para ofrecer una visión bastante sugestiva de una mujer singular y poco vegetativa  y que se sentía cómoda en ese caos moderado que era su cotidianidad. Es bastante significativo el extracto de su libro  Moneda dura que abre el libro: ”Estoy llena de caras sin nombres y nombres sin caras […] Es un laberinto de vieja este que sufro; y tendré que esperar al Día del Juicio para que mis nombres encuentren residencia en mis rostros y así vuelvan mis fantasmas de ayer a recuperar la encarnadura que hoy les he quitado”.  No necesitaba poner en orden a los demás y tampoco a sí misma. 

Curiosamente, habla con ternura de los dos pueblos donde pasó su niñez, Montegrande y La Unión, pero también de lugares donde fue a parar mitad por destierro y mitad por voluntad propia, como Punta Arenas y la Patagonia, lugares que no debían de ser fáciles de vivir en la época que ella ejerció allí el magisterio (los primeros años del siglo XX).  Pero también de ese rincón solitario de los Andes en el que, dice, “he  vivido los años más intensos de mi vida, que todo se lo debo al sol abrasador, a esta tierra verde y a este río […] quiero llamar a los Andes mi tierra nativa, la tierra de mis preferencias. La otra, Coquimbo, ni me dio jamás la misericordia de esta paz ni fue para mí otra cosa que un sorbo renovado de salmuera y hiel”.

Desde luego que este libro de prosas autobiográficas no excusa de leer paralelamente una biografía tradicional. Al revés, yo casi diría que es un estímulo para conocer mejor a esta mujer hoy bastante olvida, al menos por estos pagos, y que sin embargo transmite en sus escritos un impagable aliento de pasión, tanto en sus amores como en sus desamores de salmuera y hiel. Son continuas las trifulcas con sus compañeros de profesión, que nunca le perdonaron que ejerciera el magisterio sin tener título (como si para enseñar a unos niños olvidados de la mano de Dios en uno de los más inhóspitos confines del mundo se necesitase empapelar las paredes de diplomas); también con la prensa nacional, las autoridades y algunas figuras señeras, concretamente con Neruda, maestro, rival y protegido al mismo tiempo. Pero también con paisajes, costumbres y grandes hombres de otros países y continentes.

Son muchas las causas que se han aducido para explicar su lucha a brazo partido para asegurarse un lugar bajo el sol…fuera de los Andes.  Era mujer (“sin mucha gracia humana y sin mucha comunicación”), mestiza, de miras independientes (religiosa pero con ramalazos budistas,  y conservadora pero con convicciones en favor de las mujeres, los desprotegidos y determinadas estructuras sociales queb impedíana las autoridades encontrarle un acomodo a gusto de todos). Y encima con una sexualidad ambigua, bien que ella no hiciera ostentación de la misma hasta el extremo de que en el libro no hay ni la más leve mención a su vida afectiva. Como si no existiera. Su relación amorosa más conocida (el protagonista de “Sonetos de la muerte” que supuestamente se suicidó por amor) la desactiva en pocas líneas reconociendo que amores hubo pero que el joven Romelio se suicidó por otras causas y que para entonces ya tenía otra novia. O sea que no era fácil ejercer la mitificación con ella. Ni tampoco esperar que ella la practicara, y basta leer el relato de su paso por Lourdes.

Pero junto a ese poso  amargo porque “no tengo condiciones para ganarme la cordialidad fácil” es capaz de mostrar una extraordinaria sensibilidad hacia las personas a quienes consideraba dignas de su consideración, ya fueran Stefan Zweig y su esposa en el momento de la muerte de ambos en Petrópolis, su corta pero intensa amistad con la novelista venezolana Teresa de la Parra o, sobre todo, el relato de la muerte de Yin Yin, el chico al que los mitólogos declaraban su hijo y que ella, con uno de sus eficaces mandobles para disipar hojarascas, reduce a la categoría menos mística de sobrino. Pero lo adoraba y su suicidio, y la parte de responsabilidad que le correspondió a ella, la marcaron profundamente. También muestra su pasión cuando habla de la Biblia, de sus labores docentes y, reiteradamente, del castellano, su lengua materna. Es enternecedora su sorpresa cuando, al llegar a Madrid, descubre que la lengua que le enseñó su madre, perdida entre las montañas y a resguardo de modas e influencias extrañas,  era descendiente directa de quienes la llevaron allí y que, en cierto modo, incluso estaba mejor conservada.

 

Vivir y escribir

Gabriela Mistral

Compilación y prólogo de Pedro Pablo Zegers

 Ediciones Universidad Diego Portales

[Publicado el 16/3/2014 a las 10:15]

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En Lower River

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Ellis Hock es un hombre mayor, casado con una mujer a la que no ama y padre de una hija que le desprecia; la tienda de ropa para caballero a la que ha dedicado gran parte de su vida está en estado de inanición irreversible; apenas tiene amigos y, en el momento de anunciarle el divorcio, su mujer le ha comunicado su intención de  quedarse con la casa familiar y de sacarle  todo el dinero que pueda. 

Ante semejante panorama es casi inevitable que Hock vuelva la vista a África, y más concretamente a una aldea de Nyasalandia, hoy República de Malawi, donde siendo estudiante y miembro de un programa de cooperación vivió los años que, ahora lo ve, fueron los más felices de su vida. Entonces ejerció de maestro, aprendió la lengua local, entabló una curiosa familiaridad con las serpientes que infestaban la aldea y hasta se enamoró de una joven local con la que se hubiese casado de no ser porque ya estaba prometida. El país acababa de alcanzar su independencia  y en el ambiente se respiraba ilusión y esperanza.

El choque contra  la realidad de la carga sentimental cuidadosamente guardada desde aquella época  será terrible.  En los cuarenta años transcurridos desde entonces la esperanza ya no es siquiera un recuerdo y mientras tanto han ocurrido catástrofes como el sida, que además de matar a los mayores ha dejado poblados enteros habitados por huérfanos que son lo más parecido a la peor reencarnación de El señor de las moscas. Como le dice alguien a Hock, “si uno de esos niños te muerde te mata”. O como le dice Gala, su amor de entonces hoy convertida en una mujer desdentada y que se desparrama después de ocho partos  “se te van  a comer el dinero y cuando hayan terminado se te comerán a ti”. Para un hombre que llegaba dispuesto a ayudar, a reconstruir la escuela y a gastar su dinero ayudando a quienes mereciesen ser ayudados, la degradación moral del paraíso y  la actuación desalmada de quienes sólo luchan por mantenerse vivos  le aconsejan dar  por finalizado ese imposible regreso al pasado, sólo para descubrir que está en manos de quienes debían ser los destinatarios de su bondad. Es un huésped de pago, pero sabe que cuando ya no les sea útil va a ser vendido a quien todavía piense que puede sacar algo más de él. Eso si no lo matan, sin más.

Evelyn Waugh en Por un puñado de polvo, o Paul Bowles en un cuento terrible llamado “Un episodio distante” (pero también una infinidad de escritores de las más diferentes épocas y países ) ya habían tratado cada cual a su manera el encuentro imposible del occidental muy seguro de su cultura y deseoso de entrar en contacto con otras culturas “exóticas” o como se decía entonces “más atrasadas”. Lo que hace más doloroso el choque inevitable es que siempre hay un poso de buena fe en el occidental, y un deseo de cooperar más o menos explícito, pero sobre todo hay la convicción de que el otro, el exótico, el atrasado, se comportará como un caballero y sabrá respetar el honor, la dignidad y en último caso la vida del bienintencionado visitante. Pero quiá.  Cuando ello no es así, la indefensión y el desconcierto del supuesto  superior es un espectáculo desgarrador.

Desconozco  por completo cuál ha sido la evolución sentimental de Paul Theroux con respecto a África. Pero cualquiera que haya seguido su trayectoria literaria puede  dar fe de que tal evolución ha tenido lugar, y encima de forma un tanto traumática. Sus primeros libros de viaje y sus novelas ambientadas en África merecieron el mejor elogio que puede escuchar un escritor viajero, pues sus lectores coincidían en que antes incluso de terminar la lectura ya estaban sintiendo la ineludible necesidad de conocer personalmente los lugares que él describía y la clase de personas con las que había entablado relación.

Pero seguro que no dicen lo mismo los lectores de En Lower River. El relato es espléndido. Theroux aquilata magistralmente la intensidad de la información que va suministrando: la desesperación de Ellis Hock con su vida en América, su moderada esperanza en que África vaya a ser la solución y, una vez allí,  la progresiva inmersión en un universo envilecido y que, desde el primer momento, dejar entrever que va a ser una prisión de la que difícilmente escapará, con el agravante de que la escapatoria no puede ser la vuelta a su vida de antes porque no existe.  Y el calificativo de magistral se justifica porque, en  gran parte, ese viaje sin regreso al continente oscuro está contado a través del olor. Ahora mismo no recuerdo una narración en la que el olor ambiental retrate con mayor precisión el estado de ánimo del personaje y, por extensión, del lector. Al principio los olores reconstruyen el pasado, son el reencuentro con el paraíso feliz. Pero poco a poco el hedor, la podredumbre, o mejor aún, los grados de podredumbre (vegetal, animal, ambiente, humana, en el aire, en la tierra, en los objetos, lo que sea) añaden una intensidad casi metafísica a la angustia del prisionero que quiere escapar, porque le va vida en ello, pero que hubiera preferido  con toda su alma recuperar aquél otro alma de su juventud, cuando en el mundo había esperanza. En definitiva: Theroux parece estar profundamente desencantado con África, pero ello no ha mermado sus capacidades como escritor.


 

 En Lower River

 Paul Theroux

Traducción de Ezequiel Martínez Llorente

 Alfaguara  


 

[Publicado el 09/3/2014 a las 12:01]

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Historia de las tierras y los lugares legendarios

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No deja de ser curiosa y aun notable la trayectoria intelectual de Umberto Eco. Debutó como filósofo y medievalista y luego amplió su campo de curiosidad a la semiótica, haciéndose más tarde una autoridad en el campo de la comunicación de masas. Pero en torno a los cincuenta años de edad decidió que su vida necesitaba un aliciente más allá de la academia y se descolgó con una novela, El nombre de la rosa, que fue un bombazo editorial a escala mundial. Después escribió tres o cuatro novelas más que no alcanzaron la aceptación y la difusión de la primera, pero ésta ya le había asegurado el pago de la electricidad y otros gastos hasta el final de sus días. Y cuando parecía satisfecho con lo conseguido, al acercarse a los ochenta años decidió darle un nuevo giro a su vida y se adentró en el campo de la divulgación fina: Historia de la belleza (2004), Historia de la fealdad (2007) y El vértigo de las listas (2009).

                Por descontado que su nombre y el número que ocupa en el ranking de ventas mundiales le permiten tener un equipo de colaboradores que le facilitan el trabajo. El dirige, ellos buscan lo que se les pide y con el material acumulado entre todos se confeccionan estos libros intachables  y que buscan antes que nada adentrar al lector en unas regiones del espíritu tan amplias (como la belleza y la fealdad, nada menos) que antes sólo podían ser recorridas de las mano del erudito (un camino directo y seguro pero casi siempre arduo) o del divulgador, un obrero especializado que goza de muy mala fama pero que ve parcialmente dignificado su oficio cuando lo ejercen personas como Eco.

                Según dice él mismo, en Historia de las tierras y los lugares legendarios ha querido mostrar “la realidad de las ilusiones”. Y puesto que el ámbito de la ilusión es infinito, Eco ha preferido ceñirse, como bien dice el título, a las tierras y lugares legendarios. Aun así, aunque el recorte es serio, la propuesta final es extrema. Desde los primeros y en ocasiones ingeniosísimos intentos por explicar la Tierra, a territorios avalados por la Biblia o vigorizados por Homero, o desde continentes volatilizado hasta islas utópicas o  lugares no novelescos, el lector va a adentrarse en un sugestivo viaje en torno a la fantasía humana.

                Para sistematizar en lo posible tan ingente material, Umberto Eco ha optado por hacer una introducción en la que pone un poco de orden en el estado de cada cuestión, situando histórica y geográficamente los temas y avanzando el veredicto de la actualidad a los mismos. Y vale como ejemplo la curiosa cuestión de las antípodas: incluso los defensores de la esfericidad de la Tierra tenían dificultades para aceptar que en el otro lado hubiese gente viviendo cabeza abajo, un problema que se agravaba por el hecho de que al pertenecer a zonas desconocidas, seguramente no les habría alcanzado la redención por la muerte de Cristo, y cómo se podía aceptar semejante escándalo. Y otro tanto les ocurría a quienes defendían, siguiendo a la Biblia, que la Tierra tenía forma de tabernáculo, pues entonces qué hacer con la bóveda celeste, el sol, la luna y las estrellas. Una vez establecido el estado de la cuestión, vienen unos textos, por lo general breves pero bien escogidos, de autores que van desde los presocráticos a los contemporáneos y en los que cada autor expone su propia tesis. Por seguir con el tema de las antípodas, es enternecedora la indignación de Lucrecio contra “las quimeras que el vano error hace imaginar a los necios porque han adoptado una teoría absurda”. Todo por sostener que había gente viviendo cabez abajo sin caerse, como si estuviese reflejada en el agua. 

                Y por en medio, están las magníficas ilustraciones. A veces hacen referencia y, como dice su nombre, ilustran el texto que aparece a su lado, pero en muchas ocasiones son un documento en sí mismas que justifica su presencia por su belleza y su valor documental pero que exigen de manera casi imperiosa el continuo recurso a Internet para completar la información que los sucintos pies de foto no dan. Basta abrir el libro por cualquier página al azar para encontrar ejemplos de lo que digo: “Olaus Rudbeck muestra la  posición de la Atántida.Frontispicio de Atlántica sive Manheimn, de Olaus Ruddbeck, Uppsala, 1679", En este caso se trata de un minúsculo grabado (pág. 191), pero pasa lo mismo con una supuesta pero regia destrucción de la Atlántida a todo color y a doble página obra de un tal Thomas Cole, de 1836, perteneciente a la colección de la New York Historical Society. Con el agravante de que una vez satisfecha la curiosidad visual queda el apetito por adentrarse un poco más en las sugerencias de los pequeños textos seleccionados. O sea: no es un libro para despachárselo de una sentada sino para irlo degustando poco a poco sin miedo a los laberintos que se abren en cada capítulo.

 

Historia de las tierras y los lugares legendarios

Umberto Eco

Traducción de María Pons Irazazábal

Lumen   

[Publicado el 02/3/2014 a las 10:15]

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Lionel Asbo

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En el encabezamiento de las cuatro partes de que consta el libro se pregunta reiteradamente: “¿Quién dejó entrar a los perros? ¿Quién?”. Y a renglón seguido se especifica: …”Ésta, nos tememos, va a ser la cuestión”.  Teniendo en cuenta que el subtítulo dice “El estado de Inglaterra” resulta razonable sospechar que la mencionada cuestión consiste en averiguar por qué Inglaterra, poseedora de una clase alta aquejada de grandes vicios pero que dedicaba sus mejores esfuerzos a dirigir a una clase trabajadora domesticada y muy productiva, ha dejado entrar a unos perros proletarios que no sólo han copado los resortes del poder sino que imponen a todos sus gustos plebeyos y la satisfacción de sus abyectas pasiones. O algo así.

Si alguien está de verdad  interesado en averiguar tan intrigante proceso más le vale ir a buscar la respuesta en otras fuentes porque aquí no la va a encontrar. Pero quien abra la novela con la esperanza de que le cuenten una historia formidable, encarnada en unos personajes a la vez fascinantes y repulsivos, y cuyas andanzas son igual de fascinantes y repulsivas (o sea, como la vida misma, vaya) habrá acertado de lleno.

El planteamiento es muy sencillo: un chico de quince años y que ha quedado huérfano desde muy temprano (un chico con inequívocos rasgos negroides en una familia suburbial y cuyos miembros están en el límite  mismo de la border line pero que son todos inmaculadamente blancos) está al cuidado de su tío Lionel, un tipo brutal y descerebrado al que vemos alimentar con cerveza y tabasco a unos perros de presa que él necesita feroces para su negocio de intimidación y extorsión; al que vemos también propinar palizas bestiales sin motivo, vender a unos proxenetas a un adolescente que él considera rival  y entrar y salir continuamente de la cárcel, aprovechando sus periodos de libertad para aleccionar a su protegido en contra de la escuela, los estudios y el saber en general; al que incita a consumir porno inmoderadamente cuando no se lo lleva a locales de top less y al que le impone una única barrera moral: que no se acueste con su madre, es decir la abuela del chico, pero eso es algo que ya está ocurriendo, como bien sabrá el lector desde la primera línea: “Estoy teniendo una aventura con una mujer mayor […] El sexo es fantástico y creo que estoy enamorado. Pero hay una complicación grave y es la siguiente: ¡es mi abuela!”.

Obviamente, con un material así Martin Amis tendría de sobra para llegar hasta el final de la novela, pero más o menos hacia la mitad de la misma ocurre algo que toma a todos por sorpresa ( y me inclino  a pensar que en ese todos está incluido el propio Amis): encontrándose en una de sus habituales estancias en  la cárcel, al tío Lionel le cae la lotería: no ochenta mil, ni trescientas mil, ni novecientas setenta mil libras sino ciento cincuenta millones. De libras. Nada menos.

A cualquiera se le ocurre que en una sociedad como la actual (y esto se hace extensivo a cualquier sociedad, no sólo a la inglesa) poner en manos de un bruto descerebrado  el poder absoluto que implica  disponer de esa inimaginable cantidad de dinero es suficiente para romper todos los esquemas e incitar a quebrantar cualquier promesa previa. Frente a la obligación no deseada de ser testigo de su época y erigirse en conciencia moral de sus contemporáneos (el arte comprometido, la creación de una realidad mejor, etc) es comprensible que un narrador de raza como es Martin Amis se desdiga de todos sus planteamientos y promesas y se dedique a seguir hasta el final el filón literario que ha encontrado. Y al diablo con la sociología y sus perros. ¿Y que, en resumidas cuentas, quién los dejó entrar ?

Martin Amis, quién si no.  


 Lionel Asbo. El estado de Inglaterra.

Traducción de Jesús Zulaica.

Anagrama


 

[Publicado el 23/2/2014 a las 10:50]

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Figuraciones mías

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Los maestros antiguos, fundamentalmente aquellos que no ocultaban un cierto ramalazo cínico, tenían a su disposición una fórmula que les ponía al abrigo del acoso de algún alumno levantisco y escandalizado por las  incongruencias  detectadas entre las enseñanzas teóricas del maestro y la conducta personal  de éste: “Tú haz caso de lo que digo y no te preocupes por lo que hago”, era la  réplica ritual de aquellos hombres sabios.

El modelo moderno de sabiduría (y frescura) magistral es sin duda el Henry St. George de La lección del maestro, de Henry James: lo que el gran escritor consagrado le dice al joven neófito es que para triunfar en el arte es preciso renunciar a las pompas y vanidades de este mundo (incluido el amor); pero  lo que hace el avispado maestro es llevarse a la chica mientras el pobre tonto que aspira a la gloria trabaja como un condenado. 

En el caso de Fernando Savater habría que introducir una pequeña variante  porque en lugar  de perder el tiempo averiguando lo que hace (y da la sensación de que se divierte muchísimo haciendo lo que hace) hay que estar atentos a lo que lee, pues cuando le da por contarlo es insuperable. En 1976 ya dejó constancia de por dónde iban sus preferencias con un libro (La infancia recuperada) en el que sólo hablaba de gente como Stevenson, Julio Verne, Jack London, Daniel Defoe, Emilio Salgari, Conan Doyle o Tolkien. Es de señalar que en aquel momento triunfaba la literatura experimental y reflexiva y decirse admirador de Tolkien, entonces un desconocido, era casi una provocación. Y en otro libro no muy posterior (Criaturas del aire, 1979) quienes  hablaban  eran los propios personajes mitificados en las lecturas infantiles y ahora reivindicados, desde Sherlock Holmes, Tarzán o Fu.Manchú  hasta Drácula, aunque también tenían voz  personajes históricos tan dispares como  Juliano el Apóstata y  Bakunin o incluso un místico tan desconocido fuera de Sevilla como Miguel de Mañara, ninguno de los cuales desentonaba al alternar sus intervenciones con los Phileas Fogg, Mefistófeles, Simbad o Peter Pan que los precedían o seguían en el orden de aparición.

Por suerte para todos, Savater conoce sus puntos fuertes y para Figuraciones mías  ha elegido personalmente aquellos escritos que mejor reflejan sus gustos (o para decirlo con más precisión, sus amores desde siempre). El resultado, por lo  festivo, es como un pim pam pum de feria en el que los trofeos ganados en los aciertos van desde Cioran y Emerson a Baroja, Virginia Woolf,  Dante o Tolstoi, saltando de unos a otros con la frescura que da el conocer y haber pasado muy buenos ratos con todos ellos, pero no por otra razón se decía un poco más arriba que Savater transmite la sensación de divertirse muchísimo leyendo, con la particularidad de que encima sabe decirlo después.

 Incluso cuando se trata de darles  un palmetazo en los nudillos a los sabelotodo que se creen obligados a intervenir de continuo para decirnos lo que debemos hacer (y en este caso me refiero a los miembros de la Academia filosófica que fruncen el ceño ante cualquier escrito que muestre un vestigio de lo que ellos consideran “frivolidad”) Fernando Savater sabe hacer un guiño y esconderse tras una voz respetada para decir:   “Los filósofos que sólo escriben para filósofos profesionales actúan de un modo casi tan absurdo como actuaría un fabricante de calcetines que sólo fabricase calcetines para fabricantes de calcetines”. El autor del que se toma prestada  la observación es Odo Marquard, un viejo filósofo alemán perteneciente a la escuela de la ironía escéptica (faltaría más) y del que el propio Savater, en otro artículo no recogido en la presente selección, dice que hace disfrutar porque es “erudito pero ligero, profundo y divertido, profundamente divertido”. Con semejante aval sería un crimen no ir corriendo a una librería con intención de pasarlo tan bien como él. Para tranquilidad de quienes saben reconocer un buen consejo, sepan que pueden encontrar libros suyos en Paidos, Trotta y Pre-Textos, aparte de que la editorial argentina Katz publicó en 2007, Felicidad de la infelicidad. Reflexiones filosóficas.

La segunda parte de Figuraciones mías está dedicada a la educación y el futuro papel de la filosofía en la formación, que es un problema al que Savater ha dedicado una gran atención y que le ha costado no pocas trifulcas, fundamentalmente con los estamentos  religiosos y educativos más retrógrados. Al final (Tercera parte) y de forma casi testimonial (quiero decir que no entra al trapo con su artillería habitual) Savater plantea la cuestión de la supuesta “gratuidad de la cultura” defendida por los usuarios de Internet.


 


Figuraciones mías


Fernando Savater


Editorial Ariel


 


 

[Publicado el 16/2/2014 a las 16:11]

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La flor azul

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Parece una simple novelita amena,  intrascendente y bien escrita pero sin pretensiones,  pese a que el personaje principal es Friedrich von Hardenberg, actualmente más conocido como Novalis.  Y la estructura narrativa tampoco supone  un quebradero de cabeza dado que la acción se desarrolla a lo largo de 55 capitulillos tan cortos (3 ó 4 páginas los más largos) que más parecen “estampas” o flashes sobre la vida del héroe.

                Pero se trata de una obra muy singular y sería un error dejarse engañar por las tácticas o artes simulatorias de Penelope Fitzgerald, una mujer capaz de escribir una biografía de su padre y sus tíos y no mencionarse a sí misma. O capaz de escribir tres o cuatro novelas supuestamente autobiográficas sin que sus lectores llegasen a sospechar siquiera que mientras las escribía la autora soportaba una vida durísima: madre de tres hijos, esposa de un abogado en exceso aficionado a la botella y que fue expulsado deshonrosamente de la profesión por ladrón; que al hundirse la barcaza en la que vivían tuvo que refugiarse durante diez años con su familia en un piso del auxilio social y que durante cuarenta años se ganó el sustento para sí y los suyos dando clases en una academia de arte dramático privada, pese a lo cual sus novelas son ingeniosas y divertidas y no incluyen una sola  queja ni rastro de autocompasión.

                Para escribir sobre Novalis, y aparte de aprender alemán a fin de poder acudir a las fuentes, Penelope Fitzgerald tomó dos precauciones que se reflejan claramente en esta su última novela. La primera, y más elemental, fue no intentar emular a su biografiado creando un personaje equiparable al original. Cuando un escritor se ha visto  sobrepasado por la figura histórica que se tejió a partir de su vida y su obra (y Novalis, además de ser un poeta de primera fila pasa por haber puesto los fundamentos del Romanticismo alemán, nada menos) intentar ponerse a su altura es una insensatez y una osadía y las trastiendas de las librerías rebosan de fracasos clamorosos.

                La segunda precaución adoptada por Penelope Fitzgerald, directamente derivada de la anterior, fue evitar cualquier asomo de pretenciosidad. Escribió  su primer libro a los 59 años  y al empezar La flor azul tenía en su haber una decena de biografías y novelas que le habían supuesto más prestigio y reconocimiento que dinero, aunque lo fundamental es que no necesitaba demostrar nada, ni reivindicar nada. Quería escribir una obra satisfactoria y que le llenase a ella, y si de paso podía añadir algún rasgo o matiz a la figura del gran hombre, tanto mejor. Pero la vía elegida para plasmarlo en el papel no deja de ser curiosa, aparte de instructiva. Penelope Fitzgerald conocía bien la obra y la vida de Friedrich von Hardenberg y todo lo que dice o hace el protagonista de La flor azul seguramente lo dijo o hizo el personaje histórico,  salvo que la acción narrada casi siempre está centrada en algún suceso cotidiano, a no ser que la autora esté dando información curiosa e instructiva acerca de los usos y modos de vida cotidianos de una familia de la nobleza rural “empobrecida”, cosa que no impide que en las casas/palacios vivieran más de cincuenta personas, entre miembros de la familia y servidumbre. En la escena inicial, Fritz y su amigo Diethmaler llegan a la casa paterna del primero y son recibidos por una prodigiosa lluvia de sábanas, fundas de almohadas y cabezales, chalecos, corpiños y calzones que los criados tiran por las ventanas: es el día de la gran colada, que en las casas de prestigio era anual, mientras que en casa de Diethmaler, menos noble, la operación se celebraba tres veces al año, razón por la cual ese joven caballero disponía de ochenta y nueve camisas para usar entre una colada y otra. O este menú para la  cena en casa de los Hardenberg: sopa de cerveza, azúcar y huevos; otra de escaramujo y cebolla; otra de pan y agua de col; otra de ubres de vaca aromatizadas con nuez moscada, todo ello presidido por una gran fuente de patatas. Y lo mismo si se trata de formación moral, el periplo académico de un joven de buena familia o las costumbres licenciosas de los estudiantes, por no hablar de las apariciones de Fichte o los hermanos Schlegel y sus respectivas filosofías. Todo parece visto como de reojo, por ejemplo cuando se trata de describir a Sofía, la niña de doce años que luego, una vez muerta, en los escritos de Novalis  será el misterioso nexo de unión entre la luz y la tiniebla, la flor azul origen de la poesía.  Pero en la novela se la describe como lo que era, una criatura casi analfabeta y con los gustos y las aficiones propias de su edad, cosa que no impide al enamorado poeta considerarla su “sabiduría” y pedirle que sea su “ángel guardián” pese a que la familia en pleno trata de abrirle los ojos enumerándole todas las deficiencias y defectos de la pobre niña. Sin embargo, y quizá porque es el momento cumbre,  la descripción que se hace de la primera vez que el joven  Hardenberg ve a la que será su gran amor, es digna de un poema suyo:

“En el fondo del salón, una joven de pelo negro estaba mirando por la ventana dando golpecitos en el cristal como si quisiera llamar la atención de alguien en el exterior.

[…]

– Que el tiempo se detenga hasta que ella se dé la vuelta – dijo Fritz en voz alta".

                Y cuando finalmente deje de jugar y se gire, pondrá en marcha sin saberlo un proceso poético que transformará a esa niña enfermiza y analfabeta, y que probablemente nunca llegó a entender quién era el joven que la amó a primera vista, en la flor azul que acabó dando origen a un movimiento literario llamado a revolucionar Occidente.

 

La flor azul

Penelope Fitzgerald

Traducción de Fernando Borrajo

Impedimenta    

[Publicado el 09/2/2014 a las 17:46]

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Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942- Fontrubí, Barcelona, 2020) ejerció entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral estuvo vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se dedicó asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. 

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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