PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 28 de julio de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

El viento en las hojas

imagen descriptiva

El libro recoge siete narraciones cortas sin relación aparente entre sí. La primera refleja el momento de felicidad de un niño que se suelta de la mano del padre al llegar al parque y corre al puesto de helados para decidir, con la ayuda cómplice de la heladera, qué clase de cucurucho elegirá. En la segunda narración una pareja de ancianos es brutalizada en plena calle por un apuesto y musculoso joven que pasea a un perrazo con el que aterroriza a los ancianos sin que nadie salga en su ayuda. En la tercera, alguien que lleva un buen rato caminando por las calles de una ciudad decide refugiarse en un viejo café; la mesa elegida se convierte en un apostadero desde el que observa con discreción pero también con gran interés a una atractiva mujer sentada a una mesa cercana; mira divertido las bromas de una pareja de novios a costa de la puerta giratoria y las travesuras de unos niños en esa misma puerta, aunque su atención acabará centrándose en un grupo de parroquianos ya mayores que de pronto se enteran de que uno de ellos les está diciendo adiós…para siempre. En la siguiente, una niña está haciendo pompas de jabón en un puente y como quiere verlas volar hasta desaparecer sobre el río cada vez se sube de un salto al pretil y, pese a los reiterados sustos de la madre, alcanza a asomar la cabeza y los hombros en el vacío mientras agita unos pies que  no tocan el suelo. El padre, a todas estas, está negligentemente sentado con una pierna colgando sobre el agua y exhorta a la madre para que deje en paz a la niña.

                Pero bueno. Ya he dicho al principio  que las  piezas no guardan mucha relación entre sí,  aunque después he añadido que la desconexión es engañosa. Hay un elemento simbólico que se traslada de un relato a otro: cada vez que el personaje a través de cuya sensibilidad se encarna la narración percibe un atisbo de trascendencia,  o cree vislumbrar fugazmente un principio de racionalidad,  en algún árbol cercano el viento rompe a cantar entre las hojas. La reiteración de ese hálito en principio efímero, y desde luego marginal al acontecimiento mismo, acaba siendo tan expresivo como el vuelo que emprendía en otros tiempos la lechuza ante un logro de la sabiduría. Cada vez que alguien ve, o cree ver, o le parece entender, algo, el viento se desliza entre las hojas.    

                Otro elemento que se traslada de una narración a otra confiriéndoles tanta entidad como si surgieran de un solo y único aliento narrativo (como pasaría si fuese una novela) es una mirada que capta y da cuenta de la felicidad del niño repasando la variedad de sabores en oferta, la odiosa petulancia del joven y su perro feroz o la elegancia del contertulio que se despide de sus colegas de toda la vida sin estridencias ni gestos teatrales.

                Es de resaltar que es una mirada minuciosa pero que no juzga, hasta el extremo de que no hay un solo calificativo en la conducta del agresor que azuza a un animal contra unas víctimas inocentes. La tarea de condenar al petulante musculoso, o de admirar la sobriedad del contertulio en su despedida final es tarea que le queda reservada al lector. Pero que no juzgue no quiere decir que sea una mirada no comprometida, pues no tiene nada que ver con la curiosidad o la intromisión. El que mira es alguien que quiere saber más y desea llegar al fondo de lo que ve, y para ello se vale de  los signos en apariencia irrelevantes  de unas existencias no menos insignificantes y que en sí mismas ni siquiera parecen dignas de mención (qué más dará la clase de helado que acabe escogiendo el niño, o qué importancia tiene si al final siempre pide el mismo sabor). Sin embargo, la concatenación de instantes captados como de pasada, y su estructuración por medio de una forma de contar muy personal y poderosa (lo que antes se  llamaba una escritura), hace que esas pequeñas epifanías cotidianas acaben sonando como el viento cuando canta en las hojas. En algún momento la mirada que pretende desentrañar el entorno y el viento que corrobora alborozado los hallazgos, se alían con una especie de camaradería jubilosa:”en las copas de los árboles el airecillo que mecía el verde reciente de las hojas era igual que una sonrisa que se insinuara y remitiese y luego se insinuara de nuevo”.

                Pero, era inevitable, a partir de un momento dado lo percibido en el exterior se vuelve trascendente: “cuando no sólo no vemos lo que vemos sino que vaya usted a saber [Nota aclaratoria: estamos a vueltas con una muchacha al parecer muy atractiva pero apenas atisbada a través de un escaparate y de ahí ese dubitativo “vaya usted a saber”] entonces a lo mejor creamos. Se crea entonces por consiguiente porque no se tiene más remedio, porque estamos faltos y creamos”. “Pero si la belleza”, continúa diciéndose el paseante que cruza obsesivo una y otra vez ante el escaparate en cuestión, “la pongo yo, ¿qué es lo que ella pone?”. Y termina preguntándose: “¿O es que no es tan importante lo que haya al otro lado del cristal como que haya cristal y dos lados del cristal?”.

El libro es lo más parecido a una pequeña e insidiosa herramienta con la que, de proponérselo, J.A. González podría acabar dando cuenta del mundo. Cada narración es una pequeña joya tallada por la experiencia y pulida con ayuda de la sabiduría. Pero como la suya es una forma de narrar elegante y discreta, como todo lo artesanal, no se va a enterar  nadie. Y será una pérdida  lamentable.

 

 

El viento en las hojas

J.A. González Sainz

Anagrama   

[Publicado el 06/7/2014 a las 21:04]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Mal encuentro a la luz de la luna

imagen descriptiva

A la suerte la llaman esquiva y encima la pintan calva para significar que si ella no quiere no la atrapas ni por los pelos. Y si alguien puede dar fe de hasta qué punto son exactas esas afirmaciones acerca de la suerte es William Stanley Moss, “Billy” para los amigos. En el momento cumbre de su vida “Billy” supo estar donde debía  y supo hacer lo que tocaba hacer, es decir, arriesgar ciegamente su vida y culminar con éxito una hazaña tan heroica como disparatada.

            Quiso la suerte sin embargo, la dichosa suerte, que se viese obligado a compartir  el momento cumbre de su vida con Patrick Leigh Fermor, un hombre guapo, elegante  y encantador, audaz, amante de las mujeres y amado por las mujeres hasta el final de sus venturosos días, gran conversador y mejor escritor y encima dotado de un talento especial para conectar con el mundo en general, ya fueran los rudos pastores cretenses, los montaraces bizantinos todavía enrocados a los pies del Taigeto  o las sofisticadas herederas de los más enjundiosos linajes de la vieja Europa. Es decir, un mal compañero a la hora de compartir fama y repartir méritos.

            La gran hazaña de ambos, le llave que les iba a dar acceso a la fama, fue el secuestro del general Kreipe, jefe de las fuerzas alemanas que ocupaban Creta durante la II Guerra Mundial. Fermor y Moss  llevaron a cabo la inimaginable idea de secuestrar al general con la sola ayuda de media docena de chiflados como ellos y la connivencia de los cretenses, que aun sabiendo la durísima represión que llevaría a cabo el ejército alemán para liberar a su jefe y castigar a quienes lo secuestraron, ayudaron a éstos y contribuyeron decisivamente a que, al cabo de increíbles aventuras y por tener, esta vez sí, la suerte plenamente de su lado, el general Kreipe terminase siendo embarcado en un buque inglés y trasladado al cuartel general de las fuerzas de operaciones  británicas en El Cairo. De todo ello se da cuenta en este libro de resonancias shakesperianas (Ill Met by Moonlight en el original ) que fue llevado al cine en los años 50 por  Michael Powell  con  Dirk Bogarde haciendo de Patrick Leigh Fermor y David Oxley como Billy Moss.

             La desproporción entre las fuerzas agresoras (el comando británico) y las agredidas (los 50.000 expedicionarios alemanes) y la mezcla de heroísmo e irresponsabilidad que impregna el episodio entero son tan notorias que  el lector  podría verse asaltado por la sospecha de que tiene en las manos la invención de una mente calenturienta, pero qué va.  El episodio que se narra en el libro está documentado hasta la saciedad y les valió a sus principales protagonistas la concesión de medallas y un reconocimiento oficial en forma de ascensos, pero también una distribución muy desigual de la fama y, sobre todo, de la memoria. Mientras que Patrick Leigh Fermor murió  en 2011 a los 95 años  rodeado del afecto que le dispensaron los griegos hasta el último día y siendo despedido por todos como uno de los más grandes escritores de viajes del siglo XX, William Stanley Moss murió en 1965 a los 44 años de edad en Jamaica, ya entonces casi olvidado y hoy totalmente desconocido para las generaciones actuales.  

            Una suerte tan pispar  quizá se explique porque también era muy diferente la actitud de ambos frente al mundo. A Fermor el momento de gloria le sorprendió ya casi con treinta años de edad y una conciencia muy clara de querer sacar todo el partido posible de ese mundo que tan anchamente le sonreía. A su vuelta de Creta pasó varios meses en el hospital dejándose agasajar por todos (y todas, según la fama que le persiguió hasta el final) y aunque siguió en los cuerpos especiales ya no volvió a poner en riesgo su vida. Moss, por su parte, tenía 22 años y ya era capitán durante el episodio de Creta y volvió allí casi de inmediato, aparte de que una vez finalizada la guerra llevó una vida de riesgo y aventura que le valió un merecido prestigio como escritor. Pero su carácter huraño y solitario le empujó a perderse finalmente en el horizonte casi sin despedirse de nadie. Pero Ill Met by Moonlight habla por sí solo y pone a cada uno en su lugar.

 

Mal encuentro a la luz de la luna

W. Stanley Moss

Tradución de Dolores Payás

 

Acantilado

              

  

 

[Publicado el 29/6/2014 a las 12:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Esas mujeres llamadas salvajes

imagen descriptiva

El título habla de mujeres y el texto cumple escrupulosamente la promesa porque si a lo largo del libro salen trescientos personajes, la inmensa mayoría de ellos  –y por lo general los mejor perfilados y cuidados – son mujeres. En cambio en el título sale también la palabra “salvajes”  pero en este caso la cuestión es más ambigua porque puede hacer referencia al carácter fiero, irreductible y de autoafirmación  casi suicida de algunas de las mujeres aquí reflejadas (y entre las que en cierto modo bien podría incluirse la propia autora)  pero también puede estar aludiendo a que el verdadero salvajismo es el de gran parte de los grupos sociales, tribus, instituciones y gobiernos que salen en el libro y que en definitiva son los responsables de poner a las mujeres en situaciones  imposibles. La imagen de la muchacha revolucionaria china que camina  cantando al encuentro del pelotón de fusilamiento comandado por sus propios camaradas revolucionarios podría ser un buen ejemplo de situación  imposible.  Pero tampoco es mal ejemplo esa bella revolucionaria soviética que en su celo purista no ha dudado en denunciar a sus compañeros y que  ahora, exilada en Azerbaiyán porque ya se sabe lo que les hace a sus hijos cualquier Revolución, vagabundea sin rumbo porque “ha perdido  esa virtud esencial que es tener un propósito”.

                Quede claro que la autora no es una feminista acérrima  dispuesta a defender a ultranza a las mujeres y, como complemento dialéctico ineludible, a demonizar al masculino como responsable único de la desgracia femenina. De vez en cuando sale la palabra “estúpida” dirigida a una mujer que no le gusta y que desaparecerá para siempre de su horizonte. Lo que le da una dimensión inusual a las narraciones de Rosita Forbes es su posición ambigua frente a los privilegios de raza y de clase (de los que se aprovecha sin asomo de culpabilidad), su condena sin paliativos de la condición de inferioridad en que viven las mujeres de toda raza, cultura y condición, y su fascinación por un poder y una fuerza que si los encuentra encarnados en una mujer los celebra, aunque si quien ostenta esa fuerza y ese poder es un hombre no los condena. Al revés.  A veces los acepta como algo inevitable.

                Quien desee hacerse una idea de esa ambigüedad a la que hago referencia tiene un ejemplo extraordinario en el capítulo que dedica a Halidé Edib (1883-1964), escritora y líder nacionalista que jugó un papel esencial en la revolución que permitió a Turquía romper con su pasado imperial y pasar a ser una república laica que todavía hoy busca su propia identidad. En algún momento de entusiasmo traza un paralelo no muy afortunado entre Halidé Edib y Juana de Arco, pero por fortuna se cansa enseguida y se centra en poner de relieve la extraordinaria trayectoria política e intelectual de esta mujer que, después de arriesgar su vida durante unos años muy convulsos logró salir con vida de los mismos.  Su admiración y homenaje al valor y la capacidad de supervivencia se hacen extensivos a mujeres que han entregado su vida al cuidado de enfermos, mujeres  soldado en diversas revoluciones o una misteriosa bailarina a la que conoce en Lyon  y reencuentra muchos años después como sacerdotisa en Haití, sin olvidar a las esclavas a las que sigue la pista en Abisinia y Arabia, prostitutas de diversos lupanares, o su semblanza de la singular exploradora, anarquista, ocultista, budista y escritora Alexandra David-Neel, a la que califica de “la persona viva más extraordinaria del mundo”.

                La versión negativa de la fascinación del Rosita Forbes por el poder quedó reflejada en las numerosas entrevistas (no recogidas aquí)  y encuentros con hombres tan destacados como  D’Annunzio y Lawrence de Arabia, Clemenceau, el rey Faisal o el emperador  Haile Selassie, aunque su no disimulada admiración por Hitler y Mussolini terminó costándole no pocos disgustos cuando ambos dictadores mostraron su verdadera  faz.  

     Pero fue justamente esa profunda contradicción la que continúa otorgando valor e interés a unas crónicas de viaje escritas entre las dos grandes guerras mundiales del siglo XX y que denotan todavía una notable amplitud de miras y un rechazo indiscriminado de la injusticia. Ello aunque a veces parece quedarse sin palabras, por ejemplo cuando en un harén las esposas del gran hombre se dicen felices y contentas y rechazan toda posibilidad de cambiar de estatus, o cuando se encuentra con la esposa que exige al consejo de ancianos que obligue a su marido a buscar una segunda esposa. ¿Por qué? Porque ella ya le ha dado diez hijos al gran hombre y pide refuerzos ante la perspectiva de seguir pariendo herederos.  Es lo que tiene el viajar: los clichés que pueden explicar el mundo aquí resultan casi insultantes bajo una jaima plantada en mitad del Sáhara o en una cabaña en la Amazonia. 

 

 

 

Esas mujeres llamadas salvajes

Rosita Forbes

Traducción de Catalina Rodríguez y grabados originales de Isobel Beard

Almuzara

 

 

 

 

 

[Publicado el 23/6/2014 a las 10:52]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Apaches

imagen descriptiva

Junto con Warlock (1958) y  Malas tierras (1978), Apaches (1986) completa la  inmensa trilogía que Oakley Hall (1920-2006) dedicó al otrora llamado “salvaje oeste”. La acción transcurre en  la década de 1880 en Nuevo México y se reparte en tres grandes ejes: los indios, concretamente los apaches Sierra Verde, están en vísperas de su aniquilación, y antes que autodestruirse en inhóspitas reservas regentadas por los ojos pálidos (después de tantos años de “rostros pálidos” cuesta un poco acostumbrarse a esta nueva denominación) prefieren escaparse en dirección a Sierra Madre cometiendo salvajadas con las que vengar las sufridas por ellos. Ello da ocasión a la intervención de la Caballería, que es la segunda gran línea narrativa de la novela, con el teniente Cutler, un soldado raso ascendido varias veces a capitán y degradado otras tantas a teniente por su indisciplina y su habilidad para atraerse el odio de sus superiores. Al mando de sus infalibles rastreadores hoyas, también  apaches pero enemigos de los sierraverdes,  Cutler protagonizará los mejores momentos de la narración: cómo se desarrolla una persecución, trucos de los rastreadores hoyas para descubrir las huellas de los fugitivos, cómo se planea una emboscada, cómo hacer para alcanzar una posición de dominio y superioridad aun siendo menos, cómo despistan los guerreros a sus perseguidores para dar tiempo a que escapen las squaws cargadas con la impedimenta y los niños, todo ello estupendamente contado. Hall no era ningún analfabeto y cita  Bernal Díaz del Castillo con la misma facilidad con que describe las diferencias que hay entre la monta a la brida (practicada por los soldados españoles herederos de la caballería medieval y copiada por el ejército estadounidense) y la monta al jinete (copiada de los árabes y también traída por los españoles pero los no militares, y que fue adoptada por los indios porque preferían conducir al caballo con las rodillas y así tener libres las manos para manejar el arco y las flechas). Parece mentira las cosas que se aprenden leyendo a los autores que saben de lo que hablan.

                La tercera gran línea narrativa se centra en los civiles, los grandes hacendados que saben haber perdido el control del territorio a manos de los aventureros que todavía buscan fortunas fáciles en el Oeste, los comerciantes que trafican con bienes de primera necesidad y crean las llamadas Redes, unas asociaciones de tipo mafioso que además de estafar a los indios y venderles licor, practicaban  la usura y servían  a sus amos ejecutando sentencias y embargos a granjeros morosos; los funcionarios estatales encargados de los asuntos indios; los jueces, sheriffs, alcaldes y gobernadores y fiscales tan corruptos que resulta casi imposible trazar una línea de separación entre ellos y los cuatreros, forajidos, pistoleros y demás marginados sociales que van rebotando de Texas a Nuevo México y vuelta buscando un medio de supervivencia. Todos ellos son muy conscientes de que la “civilización” está a punto de barrer el viejo orden, por llamarlo de alguna manera, para sustituirlo por un nuevo sistema que ya se perfila y que se parece sospechosamente al actual. La conciencia de fin de época es tan clara que incluso el nuevo gobernador, un general e historiador especializado en  Pedro de  Alvarado, cambia de especialidad y decide escribir historia contemporánea con nombres y apellidos reales. Esta tercera vía narrativa podría resultar la menos interesante de no ser por la minuciosa atención que Hall presta a las mujeres. En lugar de recluirlas, como  siempre, en el prostíbulo y el saloon, Hall sigue con gran simpatía la lucha titánica de varias mujeres (la gran dama, las esposas de militares, la hija de familia rica mexicana e incluso las squaws indias) por sobrevivir y luchar por ganar un poco de dignidad en un medio apabullantemente masculino y vehiculado por la violencia, ya sea la costumbre apache de cortar la nariz a la adúltera o la fijación del ojo pálido por considerar que ellas no son más que botín. Que Apaches sume más 650 páginas de texto apretado puede parecer intimidante, pero quien lleve tiempo buscando un novelón del oeste como los de antes está de suerte.

 

Apaches

Oakley Hall

Traducida por Benito Gómez Ibáñez

Galaxia Gutenberg

[Publicado el 16/6/2014 a las 10:10]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

La senda de las nubes blancas

imagen descriptiva

Para algunos lectores este es un libro de viajes que habla mucho de espiritualidad, mientras que otros opinarán que para ser un libro de espiritualidad concede demasiada importancia a la naturaleza.

  Sin embargo, tratándose del Tibet la naturaleza y el espíritu están tan profundamente imbricados que resulta del todo imposible hablar de lo uno sin lo otro. Y así lo expresa el autor, el lama Anagarika Govinda:”Son precisamente la vida tan áspera y la lucha implacable contra el poder de la naturaleza las que han templado el espíritu de los tibetanos y han forjado su carácter”.

 Desde el punto de vista de la narración estrictamente viajera, La senda de las nubes blancas es el resultado de dos viajes separados en el tiempo. Cronológicamente, el primero empieza en la ciudad india de Ghoom y a través del valle de Tomo (en Sikkim) llega a la ciudad tibetana de Shigatse, a orillas del Brahmaputra. El segundo  recorrido es a través del Tibet occidental y parte de la ciudad India de Almora para alcanzar su punto álgido en las ruinas del monasterio de Tsaparang, después de dar el rodeo canónico en torno al monte Kailas.  Entre otras virtudes el autor era un pintor y dibujante que ilustraba gráficamente sus hallazgos iconológicos en los monasterios que visitaba; quizás por ello tenía una particular sensibilidad para los cielos y el espacio, la línea y el color, aparte de poseer unas grandes dotes para la descripción  de los paisajes a los que se enfrentaba en sus viajes. Y en ese sentido son muy expresivos los capítulos 1, 2 y 3, de la Segunda parte titulados respectivamente “La naturaleza de las Tierras Altas”, “El lenguaje vivo de los colores” y “Sueños y reminiscencias en la Tierra del Lago Azul”. O el capítulo dedicado al Monte Kailas al inicio de la Quinta parte.

Además de poseer una sensibilidad especial para comunicarse con la naturaleza, el autor andaba en busca de su perfeccionamiento espiritual, y el sólo hecho de que el viaje obedeciera a un imperativo de orden superior (es decir, lo más lejos que cabe imaginar del turista actual) explica esa relación íntima y personal con la grandiosa naturaleza a la que se enfrentaba, capaz de templar el espíritu y forjar un carácter. El uso del viaje como metáfora del camino hacia el conocimiento es normal incluso en Occidente, aunque en Oriente se lleva al extremo porque si la persona es un microcosmos que encierra el universo entero, su trayectoria individual también expresa metafóricamente la evolución del universo en su totalidad presente y pasada, y por ende futura.

A ello hay que añadir una empatía natural del autor con los personajes que le acompañan y guían en su viaje a la perfección, su minucioso interés en la descripción de los edificios, las condiciones de vida de sus moradores, las vestimentas o los utensilios de uso cotidiano, todo ello marcado por la más estricta austeridad y economía de medios. Incluso las instrucciones para el uso de las deyecciones secas del yak como combustible tienen cabida en este aspecto digamos etnográfico del libro, y el lector hará bien en apuntarse que si tiene intención de viajar por alturas en las que no hay madera, debe seguir las rutas de las caravanas si es que le apetece tomarse un té hirviendo o combatir el frio con una sopa caliente.

  El otro componente esencial del libro, el espiritual, resulta más difícil de evaluar por un profano. Al cabo de  miles años, el budismo tibetano ha acumulado un acerbo espiritual riquísimo y de una profundidad asombrosa pero transmisible porque esa es la base de su horizonte: el camino no lleva a la obtención de una sabiduría que propicie la salvación individual.  Ese saber tiene que ser transmisible porque debe beneficiar a todos, aunque alcanzarlo les está reservado a unos pocos porque exige  una vida de entrega, sacrificio y meditación, muchas veces en condiciones de renuncia extremas.

  Sin embargo, a medida que el autor avanza en su propio desarrollo espiritual, llega fatalmente  un momento en que el profano empieza a no estar seguro del terreno que pisa. Me refiero por ejemplo a los capítulos dedicados a los superpoderes que se alcanzan mediante el adiestramiento de la mente, y que permiten a determinados iniciados elevarse a varios metros de altura sin descomponer la postura de meditación o recorrer a saltos distancias imposibles sin esfuerzo aparente; también la trasmisión telepática del pensamiento y, sobre todo, cuando se trata de la transmigración y la reencarnación, que en algún momento el autor califica de   “hechos de razón”. Cómo dar por bueno, sin más,  que unos venerados lamas se reencarnen años después en unos niños que crecen siendo niños y al mismo tiempo aquellos lamas. Pero cómo negarlo también cuando se conoce la existencia de millares de monjes y anacoretas, actuales y pasados, que pasan años en cuevas situadas a alturas inverosímiles soportando temperaturas inhumanas y sin apenas vestidos ni alimentos. Y todo gracias al dominio que sus mentes ejercen sobre sus cuerpos.

 Puesto que la  ignorancia me impide tener un criterio claro sobre los mayores arcanos del budismo tibetano, no los juzgo. Pero constato que, aparte de ser un magnífico narrador de viajes, el  lama Anagarika Govinda acumuló una sabiduría que está recogida en La senda de las nubes blancas. Queda a juicio del lector decidir hasta qué punto se adentra en ella sabiendo, como queda dicho, que alcanzarla exige entrega, sacrificio y meditación, muchas veces en condiciones de renuncia extremas


La senda de las nubes blancas

Lama Anagarika Govinda

  Traducción de Marcelo Cohen


 Atalanta

   

 

[Publicado el 09/6/2014 a las 10:48]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Las chicas de campo

imagen descriptiva

 

Cuando esta novela se publicó en Estados Unidos el New  York Review of Books  se la despachó con la contundencia de un mandoble: “Un tesoro de potencia,  inteligencia e ironía”.  Su éxito fue fulminante y pese a ser una primera novela y por lo tanto una obra de juventud, situó  a Edna O´Brien entre los grandes de su época. Muchos años después en España,  y a la chita callando, Las chicas de campo  lleva ya tres ediciones en Errata Naturae, prueba inequívoca de que el boca a boca continúa siendo  el mejor remedio para que un libro se abra camino.


 La trama no puede ser más sencilla, pues narra  los ritos de paso de una adolescente a la condición de mujer adulta. Está ambientada en un poblacho remoto de la Irlanda de los años 30 y quienes conocen a la autora aseguran que el ambiente, los personajes y las situaciones que se describen no se diferencian mucho de las experiencias propias  vividas por ella: un padre errático  que se está bebiendo la fortuna y el futuro de su familia; una madre abnegada que apenas puede hacer otra cosa salvo amar desesperadamente a su marido y a su hija, y que acaba desapareciendo sin dejar otra cosa que un rastro sentimental; unos vecinos miserables que encima ejercen de jueces implacables de sus iguales y son, lógicamente, víctimas de estos; una íntima amiga a la vez tiránica y dependiente; unas instituciones educativas y religiosas que a los crecidos  bajo el franquismo les resultarán extrañamente próximas y conocidas.


Lo primero que llama la atención es que Edna O´Brien no lleva a cabo un ajuste de cuentas con el pasado, y eso que motivos no parecían faltarle. Tampoco es una evocación amable y sentimental de la infancia, pero sí la reconstrucción  minuciosa  y elegante de un universo capaz de destruir a sus criaturas  y capaz también de forjar caracteres  fuertes, independientes y que buscan su camino a tientas pero sabiendo lo que quieren. Y en ese sentido, la muchacha de catorce años a la que la vida obliga a hacerse cargo de sí misma sin haberle proporcionado todavía  las mínimas armas para hacerlo con unas garantías de éxito es un prodigio: poco agraciada, desgarbada, torpona y propensa a caerse en pleno baile “enseñando las ligas y todo lo demás”. Y encima con una mejor amiga muy guapa, rica,  tiránica y que parece ir muy por delante en los relativo a experiencia y conocimiento del mundo. Pero tampoco contra  ella se lleva a cabo un ajuste cuentas.  Caithleen Brady, la narradora, parece tener motivos suficientes de preocupación consigo misma como para andar juzgando o condenando a los además. Por ejemplo con su sexualidad. Desde el arranque de la narración sabe llevar dentro una fuerza poderosa y en cierto modo indomeñable y busca la forma de darle salida con una naturalidad exenta de drama. A diferencia de lo que le ocurre a su amiga Baba, que exige sin disimulo riqueza y a cambio está dispuesta a dar lo que sea preciso  para conseguirla, Caithleen  busca instintivamente la serenidad y el sentimiento, y  desdeñando las ofertas que le salen al paso fija su atención en un hombre mayor y casado pero que la cuida y le da afecto y le agradece adecuadamente  lo mucho que ella le ofrece a cambio. Frente a los sobresaltos y angustias que acompañan habitualmente a las iniciaciones sexuales adolescentes, la de Caithleen es perfectamente natural y amistosa. Quizá porque las chicas de campo también tienen una relación más directa y cotidiana con el cuerpo y sus funciones básicas, la desnudez frente al otro y la exigencia de recíproca desnudez por parte del otro se acepta con la misma sencillez que antes ha buscado y encontrado durante los progresivos contactos físicos. Incluso el brusco desenlace del rito iniciático carece de drama. Su mujer ha descubierto las andanzas del marido infiel y ante la posibilidad de un escándalo, el marido infiel escoge la fidelidad obligada. Pero sin asomo de remordimiento o conciencia de culpabilidad por parte de la abandonada. Es un hecho más de la vida y, como transmite  la novela entera, lo vive sin darle más vueltas ni dramas. Se entiende que las fuerzas religiosas y bien pensantes de la Irlanda del momento arremetiesen contra Edna O´Brien y tratasen con todas sus fuerzas reducirla al silencio. Una sexualidad sin pecado. Qué escándalo.


 



Las chicas del campo

Edna O´Brien

Traducción de Regina López Muñoz

Errata naturae

 

 

[Publicado el 03/6/2014 a las 19:52]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

¡Hayduke vive!

imagen descriptiva

Los simpatizantes de Edward Abbey y de su insuperable Banda de la Tenaza están (estamos) de enhorabuena porque Editorial Berenice ha vuelto a reunir a Hayduke, Doc, Bonnie y Seldom Seen Smith para reanudar su indesmayable, irredenta e inútil guerra contra las fuerzas del mal. La acción está situada en el terreno favorito de Edward Abbey, un territorio conocido como Cuatro Esquinas porque allí confluyen los estados de Utah, Colorado, Nuevo México y Arizona. Pleno desierto surcado de cañones y barrancas, una de las cuales, la más vistosa, es el Gran Cañón del Colorado.

Las fuerzas del mal están capitaneadas por el reverendo Love, un pantagruélico hombretón padre de once hijos y que por asegurar el bienestar de todos ellos, y el de las nuevas generaciones, defiende incluso a tiros los intereses de una multinacional belga que ha logrado del gobierno federal licencias para la explotación de minas de uranio a cielo abierto. Al decir de  los ecologistas,”el estroncio causa leucemia aguda, afecta a la médula, mata a la gente. Sobre todo a los niños”.  A lo que responde el reverendo Love:”El uranio me huele como huele el dinero. Huele como huele el trabajo. Me huele a miles de puestos de trabajo. Y no me importa deciros que me gusta ese olor”.  Quien se haya molestado en escuchar los argumentos esgrimidos por los partidarios de esa práctica llamada “fracking” verá que la ideología de los actuales reverendos Love no ha avanzado un solo paso respecto a lo que decían hace cincuenta años, más o menos cuando los de la tenaza se alzaron en armas contra la todavía controvertida presa del Cañón de Glen, en el río Colorado.

Abbey no dice cuántos, pero es evidente que han pasado muchos años desde su anterior (y catastrófica) pelea contra las fuerzas del mal. Desde entonces, Doc y Bonnie han formado una pareja estable, tienen un crío y están esperando otro, él ejerce de pediatra y ella de ama de casa. Seldom Seen Smith tiene tres esposas (hay mucho mormón en esta novela) y varios hijos, y se gana más o menos la vida alquilando caballos y barcas a los turistas. De manera que cuando reaparece Hayduke, al que todos daban por muertos, y trata de reconstruir la banda todos se hacen los locos. Doc porque trabaja en una clínica pediátrica y le necesitan, Bonnie porque estando preñada cómo se va a meter en la clase de líos que les propone el reaparecido, y el apenas visto Smith porque con las esposas, los niños, los caballos y las barcas tiene tanto trabajo que no le queda tiempo, ni ganas, de hacer ecoterrorismo.

Pero la propuesta de Hayduke es irrechazable porque se trata de acabar con la máquina malvada total, una explanadora denominada Super G.E.M.A  4240 W, alta de trece pisos, ancha como un campo de fútbol, capaz de desarrollar una potencia que podría iluminar una ciudad de 100.000 habitantes y valorada en 13.500 millones de dólares. Popularmente se la conoce como GOLIAT y es la punta de lanza de la que se valen las fuerzas del mal para arrasar bosques, desmontar montañas y cegar barrancos para construir una superautopista que traerá consigo las  minas a cielo abierto pero también urbanizaciones, hoteles de lujo, campos de golf y todo el resto de equipamientos que considera indispensables  el progreso.

Si la primera aparición estelar de la Banda de la Tenaza fue escrita en la década de 1970, esta segunda intervención data de diez años más tarde. Para entonces los integrantes de los movimientos ambientalistas eran, como los describe el propio Abbey “un ramillete de fascistas, racistas, terroristas, sexistas, anarquistas, comunistas, demócratas y simples ecofriquis campechanos”. O unos gamberros, en opinión del reverendo Love.

Ya entonces, la evidencia de que la industrialización, el progreso, el crecimiento económico sin límites y la desregulación a ultranza estaban destruyendo el planeta empezaba  a encontrar eco en capas cada vez más amplias de la sociedad. Pero el despertar de la conciencia ambiental todavía necesitaba una literatura de combate y eso es lo que hace Abbey: colar sus ideales en defensa de la Tierra a toda costa. Lo que ocurre es que no era un predicador talibán ni tampoco un pelmazo, y la transmisión de su ideología muchas veces parece una mera excusa para contar las disparatadas historias llevadas a cabo por esos sexistas, anarquitas y ecoterroristas que tanto le gustaban. El lector sabe de antemano que la banda no va a ganar la batalla contra el mal y basta ver lo que se le sigue haciendo al planeta para saber  cómo andan las cosas. Pero entre que los gamberros pierden la batalla y se salvan por los pelos, la narración ofrece momentos de una comicidad explosiva (con perdón) y sólo cabe lamentar que no habrá una tercera entrega porque Abbey se  murió a deshora y hoy forma parte del desierto que los reverendos Love le van arrebatando bocado a bocado.

 

¡Hayduke vive!

Edward Abbey

Traducción de Juan Bonilla

 

Berenice 

[Publicado el 25/5/2014 a las 20:59]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

La buena reputación

imagen descriptiva

 Esta novela  es como uno de esos grandes ríos que en su curso medio fluyen tranquilos, poderosos y ajenos porque no necesitan nada fuera de sí mismos. Casi de inmediato el lector cae en la cuenta de que puede entregarse a la lectura sin  otro cuidado que dejarse llevar porque no hay peligro de cascadas, ni amenaza de rápidos que corren entre piedras cortantes y que se disuelven en remolinos traicioneros.

            La propuesta de honrada tranquilidad que lleva a cabo Martínez de Pisón en La buena reputación tiene el mérito añadido de haber superado con éxito una dificultad técnica de cierta envergadura. En principio se trata de una historia tan reconocible como pueda ser la trayectoria vital de los miembros de una familia española desde los años cincuenta, cuando los padres están en su plenitud vital, hasta el momento en que la generación siguiente toma el relevo. Lo que ya no es tan habitual es el marco espacial en el que transcurre la acción (Melilla, Tetuán, Málaga, Zaragoza y Barcelona), ni tampoco  las circunstancias (el norte de Marruecos se encuentra en pleno torbellino descolonizador y los habitantes de las ciudades españolas en territorio marroquí no están nada seguros de que el huracán anticolonialista no se los va a llevar por delante). Encima, la familia que lleva el peso de la narración no pertenece, como puede pensar cualquiera nada más oír la palabra Melilla, al estamento militar. Lejos de ello, se trata de un matrimonio en el que él es judío (poco ortodoxo  pero hijo de Israel al fin) y ella una mujer católica, más ocupada en asegurar un futuro a unas hijas en edad casadera que en participar en la vida, costumbres, tradiciones y compromisos judíos.

            Pero, e insisto en el carácter tranquilo de la narración, Martínez de Pisón logra mantener en todo momento el equilibrio entre las vicisitudes de los diferentes miembros de la familia y el suministro de la información que el lector precisa para poder juzgar por sí mismo lo que está leyendo. La situación de los judíos bajo el régimen de Franco (quién no recuerda el famoso sonsonete contra el judaísmo internacional) tanto en la Península como en Melilla; la actitud de las autoridades civiles y militares ante el tráfico de familias judías hacia Israel en previsión de que los nacionalistas marroquíes cumplan sus amenazas; la influencia que ejercen  los requisitos religiosos y los compromisos sociales judaicos en la relación de pareja de un matrimonio mixto; los proyectos matrimoniales de las hijas en una sociedad dominada por unos solteros-objetivo que en su mayoría eran militares y por lo tanto aves de paso difíciles de cazar (o al menos difíciles de cazar para siempre);  el peregrinaje de unas ciudades a otras en busca de un acomodo que vaya bien a todos, etc. Es muy meritoria la dosificación de esa información y su intercalación en la vorágine de acontecimientos que aquejan a todos,  porque como es lógico pasa de todo: hay adulterios, actos de heroísmo, fugas románticas con un novio no bien visto por la mamá, los peligros que afronta el padre para ayudar a escapar a gente a la que ni siquiera conoce; peleas y reconciliaciones entre los padres, traiciones de las hijas, o las pequeñas venganzas y los grandes amores habituales en las familias. Y no creo necesario aludir a la sobriedad y precisión del lenguaje, tan difíciles de ver en la narrativa actual. O qué decir de las elegantes elipsis que permiten pasar página a determinadas situaciones sin necesidad de contarlo todo.  Sin duda, una obra mayor y de madurez.

 

La buena reputación

Ignacio Martínez de Pisón

Seix Barral    

 

[Publicado el 19/5/2014 a las 19:07]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Una casa de tierra

imagen descriptiva

Woodie Guthrie fue un tipo simpático y muy querido en vida por su inequívoca apuesta por los desfavorecidos. Él mismo, aparte de su familia y amigos,  o de su primera esposa y sus tres primeros hijos, formaba parte de los centenares de miles de pequeños granjeros y campesinos que se vieron arrojados de sus tierras y condenados a vagar por las grandes llanuras americanas con el único objetivo de sobrevivir. John Steinbeck  dejó un retrato inolvidable de todos ellos en su novela Las uvas de la ira.  

                Guthrie no era un teórico ni un pensador sino un hombre de acción. Conocía perfectamente a sus enemigos: las grandes compañías madereras que estaban talando (y siguen) grandes extensiones de bosques sin plantar un solo árbol; las gigantescas empresas agrícolas y alimentarias que en su afán de poder y riqueza estaban provocando (y siguen) desastres ecológicos de magnitud incontrolable; y los bancos, que prestaban a manos llenas (como ahora) unos créditos que los pequeños granjeros sólo iban a poder devolver a costa de perder sus tierras. A la vista de lo que esos tres enemigos de Guthrie siguen haciendo en la actualidad, nadie podrá decir que el padre de la llamada “canción de protesta” se equivocó en la elección de enemigos.

                Otra cosa muy distinta son los métodos que él propugnaba para redistribuir la riqueza, y por ejemplo en una de sus canciones más conocidas proponía que los comestibles (y el whisky) fuesen gratis, que tres veces a la semana se repartiese ropa gratuitamente y que se le pegase un tiro al siguiente petrolero que arruinase un río de pesca. Su “filosofía” quedaba bien resumida en una frase que podía leerse en su guitarra mientras cantaba:”Esta máquina mata fascistas”.

                No deja de ser un misterio que Una casa de tierra, escrita y terminada cuando Woody Guthrie ya era un personaje reconocido a escala nacional, no sólo no se publicase entonces sino que desapareciera el manuscrito hasta el extremo de que lo haya encontrado ahora y casi por casualidad el escritor  Douglas Brinkley cuando buscaba información para hacer un trabajo sobre Bob Dylan.   Se aduce como razón para tan largo olvido que Guthrie llevó a cabo varias gestiones para que su escrito fuese llevado al cine y que la negativa de los productores a poner en pantalla esa novela fueron las mismas que indujeron a los editores a no querer publicarla: a finales de los años cuarenta la reacción anticomunista era tan fuerte que ya se veían  como inevitables la aparición de un McCarthy  y de los desafueros que este  llevaría a cabo.

                Otra razón que avalaría la negativa a filmar/publicar Una casa de tierra sería la prolongada escena de sexo conyugal que abre el relato,  y que justamente por estar maravillosamente descrita pareció asustar a quienes debían darle  publicidad. No es preciso recordar que en ese momento, y pese a tener terminada la parte más sustancial de su obra, Henry Miller vivía de la caridad de sus amigos porque no permitían publicar uno solo de sus libros, aparte de que si una persona tenía la ocurrencia de mandarle por correo a un amigo un ejemplar de El amante de  Lady Chatterley podía terminar en la cárcel por valerse de una infraestructura  federal  para la distribución de pornografía.  

                Una casa de tierra narra la angustiosa situación de Tike y Ella May Hamlin, un matrimonio de pequeños granjeros reducido a una situación desesperada. El lector mínimamente conocedor de la situación que se daba entonces en Estados Unidos sabe mientras lee que todos los planes y esfuerzos de Tike y Ella May para salir de la miseria y ofrecerle a su hijo una vida digna están  condenados al más estrepitoso fracaso porque se les están viniendo encima, si no han ocurrido ya, catástrofes tan inimaginables como la Gran Depresión (Crack de 1929), la terrible sequía que durante cuatro años seguidos iba a asolar las otrora ubérrimas praderas americanas y,  como consecuencia  directa de la deforestación y la roturación inmoderada,  las  gigantescas tormentas de polvo originadas casi en la frontera con Canadá y que recorrerían todo el Oeste hasta llegar al sur de Texas y Nuevo México.

                Esas vicisitudes, más insinuadas o sabidas por motivos extraliterarios que descritas en la novela, se centran en dos largos momentos: uno de ellos es el ya mencionado encuentro amoroso conyugal, que como corresponde a un ambiente rural transcurre íntegramente sobre un montón de heno; el  otro gran momento narrativo  es el nacimiento del niño probablemente engendrado entonces.   Pese a que Guthrie  demostró tener más soltura con la guitarra que con la pluma, el relato se lee con un gran sentimiento de solidaridad hacia esos dos personajes que,  en una situación vital insostenible, son capaces de transmitir unos sentimientos tan humanos como son el afecto mutuo, la alegría, la capacidad de juego o la esperanza.

 

Una casa de tierra

Woody Guthrie

Traducción de Jesús Zulaika

 

Anagrama

[Publicado el 12/5/2014 a las 09:18]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

En un metro de bosque

imagen descriptiva

Resumiéndolo mucho, un mandala (o mándala, que con las terminologías exóticas nunca se sabe) es una recreación del camino de la vida, del universo y de la iluminación de Buda. Todo el universo se reconstruye a partir de un pequeño dibujo realizado con arenas de colores y que, una vez cumplida su misión iluminadora, se destruye. La búsqueda de lo universal en lo infinitamente pequeño es la apuesta que propone David George Haskell en este libro. Su peculiar mandala es un metro cuadrado de bosque situado en el extremo occidental de la meseta de Cumberland, en el estado de Tennessee. Haskell hace una descripción tan detallada del lugar que con un poco de paciencia y pericia, y con la ayuda de Google Maps y herramientas tan imprescindibles como la visión por satélite, las fotografías y demás, el lector acaba conociendo ese remoto rincón mejor que el jardín de la casa de su infancia, con el añadido de que además del reconocimiento visual va a disponer de 360 páginas repletas de noticias, aventuras y reflexiones fascinantes.

 Pero atención. No se trata de una novela. Haskell es un científico (da clases de ecología en la Universidad del Sur, en Tennessee) y ha involucrado en su libro a tal cantidad de compañeros de claustro, biólogos, botánicos y naturalistas, muchos de los cuales han puesto a su disposición sus respectivos saberes, que no podía descolgarse después con un producto  de fascículo y quiosco tipo Rodríguez de la Fuente.

 

                Cada capítulo, más o menos, tiene un motivo central que sirve de enlace para la montaña de información que viene a continuación. El capítulo primero, por ejemplo, va de líquenes y de las distintas asociaciones que tienen lugar en la lucha por la supervivencia. Más tarde, un simple copo de nieve que se le posa a Haskell en la punta del dedo sirve para que el lector, la próxima vez que vaya a un lugar con nieve, se felicite a sí mismo por las feliz ocurrencia de  haber metido en la bolsa de viaje una lupa: de la mano de Kepler, y sin ir más allá de la punta del dedo, le aguarda un viaje maravilloso. Y lo mismo con una mariposa (y la correspondiente lupa) que se posa en el dedo y no se deja quitar de ahí porque, valiéndose del sudor humano, está haciendo acopio de una sal que luego entregará a su pareja en prenda de amor junto con la correspondiente ración de semen. Y los caracoles, vaya vida sexual tan atareada se gastan. El hermafroditismo, que de entrada parece una ventaja por aquello de la autosuficiencia, tiene más inconvenientes de lo que parece. Y esas observaciones que siempre empiezan con algún suceso mínimo ocurrido en el metro cuadrado de bosque que Haskell domina desde una piedra, dan paso a planteamientos universales y que en ocasiones se remontan a centenares de miles de millones de años, con todo el proceso de evolución y demás.   

                Un ejemplo claro de ese zoom que va de lo infinitamente pequeño a lo infinitamente grande se puede encontrar en el capítulo “Unas huellas”. La aparición de unas hojas ramoneadas en  un arbusto llamado Viburnum acerifolium, que probablemente pasará inadvertido a la mayor parte de la humanidad, a Haskell le indica el paso por allí de  ciervo, motivo suficiente  para narrar cómo se las apañan los vegetales para sobrevivir en invierno y la asociación que deben establecer los herbívoros con los microbios para digerir ese alimento que la planta cocinaba para sí. De ahí sólo hay un paso para adentrarse en  la relación de la actual superpoblación de cérvidos y el peligro (más aparente que real) para la supervivencia de los bosques. Pero tranquilos porque luego vienen la salamandra y los caracoles, un  terremoto, las luciérnagas y hasta un bestiario subterráneo. Es un no parar, pero a ritmo pausado, empezando en la desolación invernal para luego pasar al florecimiento primaveral, el estío abundoso y la melancólica aparición de las primeras brumas otoñales. Todo ello sin salir de un pedazo de bosque que se atraviesa de un solo paso.

 

 

En un metro de bosque

Un año observando la naturaleza

 

David George Haskell

Turner Noema

 

[Publicado el 04/5/2014 a las 10:14]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2017 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres