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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 19 de septiembre de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Bloody Miami

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Bloody Miami, la tercera y recién publicada novela de Tom Wolfe, ha levantado en España el revuelo  y los entusiasmos ya casi rituales en las apariciones en todo el mundo de las obras de este autor norteamericano. Casi simultáneamente Anagrama ha repuesto en las librerías Todo un hombre, la segunda y bastante polémica novela que, en 1998, vino a dar continuidad a la obra creativa de Wolfe iniciada en 1989 con La hoguera de las vanidades

        En los tres casos la estructura narrativa se asienta en una ciudad (Nueva York en  La hoguera, Atlanta en Todo un hombre y, como dice el título, Miami en el caso de la última creación de Wolfe). También en los tres casos la tensión dramática surge fundamentalmente de la lucha racial más o menos encubierta en cada ciudad, con una comunidad blanca que ostenta el poder económico y social y una comunidad afroamericana (en el caso de Nueva York y Atlanta)o latina, en Miami, que están ganando cuotas de poder cada vez más amplias, basadas fundamentalmente en el terreno de la política y la opinión pública.  Como corresponde a unas narraciones a las que su autor ha declarado herederas de la gran novelística realista encarnada por Balzac o Dickens, en torno a los líderes blancos o de color pulula un nutrido elenco de actores secundarios que ejercen de abogados, directivos subalternos, periodistas, policías, ladrones, penitenciarios, drogotas o chivatos. A casi todos, antes o después, les llegan sus quince minutos de gloria y durante unas páginas acaparan el interés, por lo general para vivir unas situaciones casi tan vacuas y desgraciadas como las de esos opulentos próceres  con unas mansiones voraces ( Charlie Croker el promotor inmobiliario de Todo un nombre suele ir por la casa enumerando los cientos  miles de dólares que le costó cada cuadro, mueble, lámpara, cortina o estancia), unas segundas esposas muy jóvenes  y no menos voraces,  unos directivos segundones que aspiran a tomar la delantera, periodistas que ven la noticia humana (si es muy humana) como una escala que los ha de llevar a lo más alto o esos abogados, da lo mismo si blancos o negros,  a los que se describe como “unos tipos que hablan con un lado u otro de la boca según quién les pague”.   Lo que se dice una comedia humana.


Lo que más llama la atención en cualquiera de las novelas de Tom Wolfe, es el aparato de información que precede a cada redacción. Es inevitable recordar en este aspecto a Pío Baroja dejando unas cuantas líneas en blanco que rellenará cuando le conteste ese secretario de ayuntamiento al que ha escrito preguntando si desde la revuelta del camino junto al puente del río ya se ve el campanario de su pueblo.  Porque, claro, cómo seguir con las aventuras de Zalacaín dejando sin comprobar un dato de tal importancia. O Joyce escribiendo a su tía Josephine para confirmar si en el cruce de dos determinadas calles de Dublin estaba la mercería que él cita  en Ulisses.


Puesto que a Tom Wolfe el dinero ya le rebosaba por los bolsillos cuando se puso a escribir La hoguera de las vanidades (en ese momento hacía ya más de veinte años que era un autor de éxito en medio mundo a costa del nuevo periodismo) no necesitaba escribir a ningún secretario de ayuntamiento o a una vieja tía para comprobar un dato porque su agente ya le habría buscado un pelotón de exploradores para que vaciaran por él las hemerotecas y los fondos de las universidades en busca de hallazgos que  luego le resumirían para que pudiera saber de qué habla  si está describiendo cómo unos banqueros despojan a un promotor tipo El Pocero de sus cuantiosos bienes, cómo hablan los mozos de cuadra en una plantación de Georgia o cómo son de chulas las latinas de Miami cuyos novios introducen en el país toneladas de heroína. Pero curiosamente, ésa es la parte que sigue más viva en Baroja o Joyce y la que más parece cartón piedra en Tom Wolfe. En los casos de los dos primeros (y de Balzac y Dickens, por alusiones) lo que cuentan forma parte de su experiencia, por más que haya sido  elaborada  y  puesta al servicio de la narración. Con Wolfe, a ratos, se tiene una sensación muy parecida a la que transmiten las películas hechas con ordenador: ver sucumbir al Empire State bajo la embestida de un tsunami es espectacular, pero es inevitable que si el director  dispone de los medios  acabe haciendo sucumbir también al Rockefeller Center, el puente de Brooklyn y todos los restantes símbolos neoyorquinos, dándose la desgraciada circunstancia de que cada vez transmiten menos emoción. Tanto Bloody Miami como  Todo un hombre, se leen de un tirón y no se pueden dejar porque abren un universo al que difícilmente puede acceder el lector medio, pero el trabajo de exploración y sintetización  por ordenador  llega a uniformizar la acción a costa de la emoción. Es la vieja lucha del artesananado contra la fabricación industrial.


 


Bloody Miami

Traducción de Benito Gómez Ibáñez

 Todo un hombre

  Traducción de Juan Gabriel López Guix


 Anagrama


 

 

[Publicado el 28/7/2014 a las 17:40]

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El último tramo

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Pocos libros, que yo recuerde, han sido últimamente tan esperados, desesperados, dados por perdidos y jubilosamente recibidos como esta tercera y, helás, última entrega del viaje que Patrick Leigh Fermor hizo entre 1933 y 1935 y que debía llevarle andando desde Holanda hasta Estambul (Constantinopla para el autor).

Dada su costumbre de escribir a mano  y dejar pasar mucho tiempo entre la experiencia y su narración (la primera entrega, El tiempo de los regalos, salió en 1977 y la segunda, Entre los bosques y el agua, en 1986) a nadie le preocupó mucho que fuesen pasando los años y no se supiese nada del prometido remate de la trilogía. En su prólogo a El último tramo, Colin Thubron y Artemis Cooper, albacea literario y biógrafa de Fermor respectivamente, demuestran lo muy cerca que estuvimos de esperar para nada, pero también ofrecen una imagen estremecedora del viejo luchador incansable que está perdiendo facultades (como a lo largo del viaje y los años  fue perdiendo cuadernos de notas y borradores),  pero que no cejará en su empeño de culminar su obra. De paso ese prólogo debería hacer reflexionar a quienes piensan que cada obra de arte es un fragmento del discurso del Creador (léase sagrada) y que nadie tiene derecho a cambiar siquiera una coma. El texto que nos ha llegado es fruto de un cúmulo de casualidades, hallazgos, callejones sin más salida que volver a empezar, replanteamientos y, al final, la propia decadencia física del viajero que se dice insatisfecho, que desearía dar un nuevo repaso a lo hecho y que en ocasiones  incluso recomienda dejarlo en un cajón.

Vaya por delante que Colin Thubron, con la ayuda de Artemis Cooper, ha hecho un trabajo espléndido. Y si alguien se pregunta si El último tramo es un producto de consumo para aprovechar el tirón del autor, la respuesta es no. El estilo  elegante, minucioso y de una extraordinaria vitalidad es inconfundible, y si en algún momento el autor echó en falta sus cuadernos no se nota, quizá porque como él mismo dice, los recuerdos le venían de pronto como surgen de la oscuridad unas pinturas al ser iluminadas por una antorcha. Sigue siendo el enamoradizo que cae rendido a los encantos femeninos (parece que entre las notas de su llegada a Constantinopla, para variar casi milagrosamente recuperadas, no se dice nada de Santa Sofía y sus pinturas pero en cambio se da cumplida cuenta de una joven griega fugazmente conocida), pero como al mismo tiempo es un caballero nunca da la menor pista acerca del grado de intimidad física con las mujeres que encuentra y le acogen y miman en sus casas, ya sea una estudiante enormemente atractiva, la dueña de un hotel que le devuelve la mochila robada o, sobre todo, la divertida estancia en un burdel de Bucarest protegido y cuidado por las pupilas.

                Quizá, puestos a encontrar diferencias con el Leigh Fermnor de entonces, en este último hay unos juicios de valor que en cambio no se veían en los libros anteriores, y eso que la ominosa presencia de los nazis era continua  podría haberse ensañado. Aquí, pese a la lejanía con los hechos vividos entonces, aunque es posible que las terribles y posteriores Guerras de los Balcanes le removiesen dolorosamente la memoria mientras rehacía textos, hay intervenciones muy críticas, en especial con los turcos, a los que presenta como una de las máximas calamidades sufridas por Europa en toda su historia. Por cierto que hablando de eso, de historia, para dar una idea de lo prolongada que fue la ocupación turca de Bulgaria ofrece una medida del paso del tiempo que sólo  a él se le podía ocurrir. Estuvieron allí, según él, más o menos el lapso que va de Chaucer a Dickens. En cambio le duele más el odio irracional que percibe entre vecinos, ya sea de rumanos y búlgaros, búlgaros y turcos o de todos contra todos salvo los griegos, que son unos caballeros. 

                Pero lo mejor es que sigue siendo el viajero que disfruta del sol y los olores y el pan con queso o los paisajes, que lo mismo duerme en una cabaña de leñadores que en casa de un cónsul inglés o en el mejor burdel de Bucarest, y que si llega a una población búlgara,  a la sola vista de un grupo de aldeanos vestidos a la turca, se mete gozosamente en un lío de invasiones y choques de culturas, y dialectos  y músicas y canciones que, milagros de la técnica, existen, y basta poner en You Tube estas palabras mágicas Zashto mi se sirdish, liube? (que son la primera estrofa de una canción que a Paddy le gustaba mucho) para ir a parar a un alucinante mundo de cantantes y músicos e instrumentos actuales que se pueden escuchar mientras que en las street view de los pueblos por los que transcurre el viaje se pueden ver unos paisajes que no parecen haber cambiado gran cosa desde entonces. Hola y adiós al viejo Paddy.

 

El último tramo

Traducción de Inés Belaústegui e Ismael Attrache

Patrick Leigh Fermor

RBA

 

 

 

 

[Publicado el 22/7/2014 a las 13:21]

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Por el territorio del Ussuri

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La cuenca hidrográfica del río Ussuri ocupa una superficie de 201.440 km2 (aproximadamente la mitad de la Península Ibérica) y está situada al norte de Vladivostok, la ciudad ribereña del mar de Japón y destino oriental del mítico tren transiberiano. Geológicamente el territorio está estructurado por la cordillera Sijoté-Alín, que corre más o menos de norte a sur y en paralelo al mar, y que ha dado origen a un sistema hidrográfico  de una gran complejidad. El territorio, en el que confluyen Rusia, China y Corea, fue objeto de continuas disputas fronterizas entre las tres naciones hasta que, en 1958, el tratado de Aygunsk se lo atribuyó definitivamente a Rusia, aunque como comprobará el lector, chinos y coreanos son mayoritarios en sus respectivas zonas de influencia geográfica. La etnia local más importante era la gold, a la que pertenecía Dersú Uzalá, aunque posiblemente  las extremas condiciones climáticas borraban las diferencias étnicas, religiosas y culturales en favor de la supervivencia. No hay un solo episodio de violencia en todo el libro y en cambio la hospitalidad es una ley inviolable, y lo habitual es que campesinos y cazadores que viven en unas condiciones muy precarias acojan a los viajeros en sus viviendas y compartan con ellos sus alimentos.

                Por el territorio del Ussuri tiene su origen en las notas de viaje tomadas por Vladímir Arséniev durante las diversas expediciones por la zona,  aunque en el presente libro se concede especial relevancia a la de 1902, en el curso de la cual conoció al hoy célebre cazador gold, y  a las de 1906 y 1907, en las que volvió a encontrarse con él. Arséniev era militar y su misión fundamental consistía en explorar y cartografiar ese territorio que la culminación del ferrocarril transiberiano (1904) iba a abrir a la llamada “civilización” y a la consabida explotación que ésta trae consigo. En algún momento Arséniev comenta que muchos de los bosques por los que transita ya no son primarios porque han perecido víctimas del fuego que trae consigo la máquina de vapor. Además de militar y cartógrafo Arséniev era geólogo, naturalista,  etnólogo y, sobre todo, un hombre consciente de la destrucción que entrañaba la civilización por él representada. Por eso es tan emocionante su encuentro con Dersú Uzalá, un ser que vive inmerso en una naturaleza de la que forma parte íntegra y con la cual mantiene la misma relación que con su cuerpo o su espíritu, pues todo forma parte de lo mismo. El habla que le atribuye el traductor, Sergio Hernández-Ranera, es todo un acierto porque, a veces rozando el surrealismo, logra transmitir el sencillo panteísmo del cazador. Son magníficas las páginas que Arséniev dedica a su intento de apreciar la naturaleza a través de la sensibilidad y la sabiduría del anciano cazador, sus técnicas para seguir rastros u orientarse en plena taiga, su delicadeza en el trato con las criaturas que le rodean o sus deferencias ( dejar comida después de  arreglar un refugio porque mañana alguien puede necesitar ambas cosas, por ejemplo). Y es enternecedora la enumeración de los objetos que Dersú Uzalá lleva consigo, la mayoría de los cuales se podrían encontrar en el  vertedero de cualquier ciudad pero que para él son lo suficientemente valiosos como para cargarlos sobre sus hombros.

                Son igualmente magníficas las  descripciones de los territorios por los que atraviesa en sus exploraciones, los ríos, la fauna y la flora, las personas y, especialmente, todo lo relativo a la vida al aire libre, los campamentos, los fuegos antimosquitos, el aprovisionamiento, o la manera de hacer cruzar ríos turbulentos a los caballos de carga. Pero atención. Arséniev no era un excursionista dominguero. Estaba cartografiando y descubriendo un territorio recién adquirido y que el Alto Mando deseaba conocer bien, caso de tener que realizar una incursión militar. Arséniev sabía que un día algún compañero de armas tendría a lo mejor que confiar en sus observaciones para mover un cuerpo de ejército y que no le gustaría nada ser enviado a callejones sin salida, verse atrapado en un lodazal o malencaminado por culpa de unos mapas mal trazados y unas instrucciones chapuceras. De ahí que sus prolijas explicaciones del curso de los ríos y sus afluyentes, las carácterísticas orográficas o los fenómenos meteorológicos de las diversas zonas puedan resultar un poco excesivas para el lector que no se va a ver nunca en la tesitura de perderse por aquellas extensiones del fin del mundo. Pero un buen día aparece otra vez Dersú Uzalá y la narración sufre un subidón muy de agradecer.

 

Por el territorio del Ussuri

Vladímir Arséniev

Traducción de Sergio Hernández-Ranera

AKAL

[Publicado el 13/7/2014 a las 09:03]

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El viento en las hojas

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El libro recoge siete narraciones cortas sin relación aparente entre sí. La primera refleja el momento de felicidad de un niño que se suelta de la mano del padre al llegar al parque y corre al puesto de helados para decidir, con la ayuda cómplice de la heladera, qué clase de cucurucho elegirá. En la segunda narración una pareja de ancianos es brutalizada en plena calle por un apuesto y musculoso joven que pasea a un perrazo con el que aterroriza a los ancianos sin que nadie salga en su ayuda. En la tercera, alguien que lleva un buen rato caminando por las calles de una ciudad decide refugiarse en un viejo café; la mesa elegida se convierte en un apostadero desde el que observa con discreción pero también con gran interés a una atractiva mujer sentada a una mesa cercana; mira divertido las bromas de una pareja de novios a costa de la puerta giratoria y las travesuras de unos niños en esa misma puerta, aunque su atención acabará centrándose en un grupo de parroquianos ya mayores que de pronto se enteran de que uno de ellos les está diciendo adiós…para siempre. En la siguiente, una niña está haciendo pompas de jabón en un puente y como quiere verlas volar hasta desaparecer sobre el río cada vez se sube de un salto al pretil y, pese a los reiterados sustos de la madre, alcanza a asomar la cabeza y los hombros en el vacío mientras agita unos pies que  no tocan el suelo. El padre, a todas estas, está negligentemente sentado con una pierna colgando sobre el agua y exhorta a la madre para que deje en paz a la niña.

                Pero bueno. Ya he dicho al principio  que las  piezas no guardan mucha relación entre sí,  aunque después he añadido que la desconexión es engañosa. Hay un elemento simbólico que se traslada de un relato a otro: cada vez que el personaje a través de cuya sensibilidad se encarna la narración percibe un atisbo de trascendencia,  o cree vislumbrar fugazmente un principio de racionalidad,  en algún árbol cercano el viento rompe a cantar entre las hojas. La reiteración de ese hálito en principio efímero, y desde luego marginal al acontecimiento mismo, acaba siendo tan expresivo como el vuelo que emprendía en otros tiempos la lechuza ante un logro de la sabiduría. Cada vez que alguien ve, o cree ver, o le parece entender, algo, el viento se desliza entre las hojas.    

                Otro elemento que se traslada de una narración a otra confiriéndoles tanta entidad como si surgieran de un solo y único aliento narrativo (como pasaría si fuese una novela) es una mirada que capta y da cuenta de la felicidad del niño repasando la variedad de sabores en oferta, la odiosa petulancia del joven y su perro feroz o la elegancia del contertulio que se despide de sus colegas de toda la vida sin estridencias ni gestos teatrales.

                Es de resaltar que es una mirada minuciosa pero que no juzga, hasta el extremo de que no hay un solo calificativo en la conducta del agresor que azuza a un animal contra unas víctimas inocentes. La tarea de condenar al petulante musculoso, o de admirar la sobriedad del contertulio en su despedida final es tarea que le queda reservada al lector. Pero que no juzgue no quiere decir que sea una mirada no comprometida, pues no tiene nada que ver con la curiosidad o la intromisión. El que mira es alguien que quiere saber más y desea llegar al fondo de lo que ve, y para ello se vale de  los signos en apariencia irrelevantes  de unas existencias no menos insignificantes y que en sí mismas ni siquiera parecen dignas de mención (qué más dará la clase de helado que acabe escogiendo el niño, o qué importancia tiene si al final siempre pide el mismo sabor). Sin embargo, la concatenación de instantes captados como de pasada, y su estructuración por medio de una forma de contar muy personal y poderosa (lo que antes se  llamaba una escritura), hace que esas pequeñas epifanías cotidianas acaben sonando como el viento cuando canta en las hojas. En algún momento la mirada que pretende desentrañar el entorno y el viento que corrobora alborozado los hallazgos, se alían con una especie de camaradería jubilosa:”en las copas de los árboles el airecillo que mecía el verde reciente de las hojas era igual que una sonrisa que se insinuara y remitiese y luego se insinuara de nuevo”.

                Pero, era inevitable, a partir de un momento dado lo percibido en el exterior se vuelve trascendente: “cuando no sólo no vemos lo que vemos sino que vaya usted a saber [Nota aclaratoria: estamos a vueltas con una muchacha al parecer muy atractiva pero apenas atisbada a través de un escaparate y de ahí ese dubitativo “vaya usted a saber”] entonces a lo mejor creamos. Se crea entonces por consiguiente porque no se tiene más remedio, porque estamos faltos y creamos”. “Pero si la belleza”, continúa diciéndose el paseante que cruza obsesivo una y otra vez ante el escaparate en cuestión, “la pongo yo, ¿qué es lo que ella pone?”. Y termina preguntándose: “¿O es que no es tan importante lo que haya al otro lado del cristal como que haya cristal y dos lados del cristal?”.

El libro es lo más parecido a una pequeña e insidiosa herramienta con la que, de proponérselo, J.A. González podría acabar dando cuenta del mundo. Cada narración es una pequeña joya tallada por la experiencia y pulida con ayuda de la sabiduría. Pero como la suya es una forma de narrar elegante y discreta, como todo lo artesanal, no se va a enterar  nadie. Y será una pérdida  lamentable.

 

 

El viento en las hojas

J.A. González Sainz

Anagrama   

[Publicado el 06/7/2014 a las 21:04]

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Mal encuentro a la luz de la luna

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A la suerte la llaman esquiva y encima la pintan calva para significar que si ella no quiere no la atrapas ni por los pelos. Y si alguien puede dar fe de hasta qué punto son exactas esas afirmaciones acerca de la suerte es William Stanley Moss, “Billy” para los amigos. En el momento cumbre de su vida “Billy” supo estar donde debía  y supo hacer lo que tocaba hacer, es decir, arriesgar ciegamente su vida y culminar con éxito una hazaña tan heroica como disparatada.

            Quiso la suerte sin embargo, la dichosa suerte, que se viese obligado a compartir  el momento cumbre de su vida con Patrick Leigh Fermor, un hombre guapo, elegante  y encantador, audaz, amante de las mujeres y amado por las mujeres hasta el final de sus venturosos días, gran conversador y mejor escritor y encima dotado de un talento especial para conectar con el mundo en general, ya fueran los rudos pastores cretenses, los montaraces bizantinos todavía enrocados a los pies del Taigeto  o las sofisticadas herederas de los más enjundiosos linajes de la vieja Europa. Es decir, un mal compañero a la hora de compartir fama y repartir méritos.

            La gran hazaña de ambos, le llave que les iba a dar acceso a la fama, fue el secuestro del general Kreipe, jefe de las fuerzas alemanas que ocupaban Creta durante la II Guerra Mundial. Fermor y Moss  llevaron a cabo la inimaginable idea de secuestrar al general con la sola ayuda de media docena de chiflados como ellos y la connivencia de los cretenses, que aun sabiendo la durísima represión que llevaría a cabo el ejército alemán para liberar a su jefe y castigar a quienes lo secuestraron, ayudaron a éstos y contribuyeron decisivamente a que, al cabo de increíbles aventuras y por tener, esta vez sí, la suerte plenamente de su lado, el general Kreipe terminase siendo embarcado en un buque inglés y trasladado al cuartel general de las fuerzas de operaciones  británicas en El Cairo. De todo ello se da cuenta en este libro de resonancias shakesperianas (Ill Met by Moonlight en el original ) que fue llevado al cine en los años 50 por  Michael Powell  con  Dirk Bogarde haciendo de Patrick Leigh Fermor y David Oxley como Billy Moss.

             La desproporción entre las fuerzas agresoras (el comando británico) y las agredidas (los 50.000 expedicionarios alemanes) y la mezcla de heroísmo e irresponsabilidad que impregna el episodio entero son tan notorias que  el lector  podría verse asaltado por la sospecha de que tiene en las manos la invención de una mente calenturienta, pero qué va.  El episodio que se narra en el libro está documentado hasta la saciedad y les valió a sus principales protagonistas la concesión de medallas y un reconocimiento oficial en forma de ascensos, pero también una distribución muy desigual de la fama y, sobre todo, de la memoria. Mientras que Patrick Leigh Fermor murió  en 2011 a los 95 años  rodeado del afecto que le dispensaron los griegos hasta el último día y siendo despedido por todos como uno de los más grandes escritores de viajes del siglo XX, William Stanley Moss murió en 1965 a los 44 años de edad en Jamaica, ya entonces casi olvidado y hoy totalmente desconocido para las generaciones actuales.  

            Una suerte tan pispar  quizá se explique porque también era muy diferente la actitud de ambos frente al mundo. A Fermor el momento de gloria le sorprendió ya casi con treinta años de edad y una conciencia muy clara de querer sacar todo el partido posible de ese mundo que tan anchamente le sonreía. A su vuelta de Creta pasó varios meses en el hospital dejándose agasajar por todos (y todas, según la fama que le persiguió hasta el final) y aunque siguió en los cuerpos especiales ya no volvió a poner en riesgo su vida. Moss, por su parte, tenía 22 años y ya era capitán durante el episodio de Creta y volvió allí casi de inmediato, aparte de que una vez finalizada la guerra llevó una vida de riesgo y aventura que le valió un merecido prestigio como escritor. Pero su carácter huraño y solitario le empujó a perderse finalmente en el horizonte casi sin despedirse de nadie. Pero Ill Met by Moonlight habla por sí solo y pone a cada uno en su lugar.

 

Mal encuentro a la luz de la luna

W. Stanley Moss

Tradución de Dolores Payás

 

Acantilado

              

  

 

[Publicado el 29/6/2014 a las 12:00]

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Esas mujeres llamadas salvajes

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El título habla de mujeres y el texto cumple escrupulosamente la promesa porque si a lo largo del libro salen trescientos personajes, la inmensa mayoría de ellos  –y por lo general los mejor perfilados y cuidados – son mujeres. En cambio en el título sale también la palabra “salvajes”  pero en este caso la cuestión es más ambigua porque puede hacer referencia al carácter fiero, irreductible y de autoafirmación  casi suicida de algunas de las mujeres aquí reflejadas (y entre las que en cierto modo bien podría incluirse la propia autora)  pero también puede estar aludiendo a que el verdadero salvajismo es el de gran parte de los grupos sociales, tribus, instituciones y gobiernos que salen en el libro y que en definitiva son los responsables de poner a las mujeres en situaciones  imposibles. La imagen de la muchacha revolucionaria china que camina  cantando al encuentro del pelotón de fusilamiento comandado por sus propios camaradas revolucionarios podría ser un buen ejemplo de situación  imposible.  Pero tampoco es mal ejemplo esa bella revolucionaria soviética que en su celo purista no ha dudado en denunciar a sus compañeros y que  ahora, exilada en Azerbaiyán porque ya se sabe lo que les hace a sus hijos cualquier Revolución, vagabundea sin rumbo porque “ha perdido  esa virtud esencial que es tener un propósito”.

                Quede claro que la autora no es una feminista acérrima  dispuesta a defender a ultranza a las mujeres y, como complemento dialéctico ineludible, a demonizar al masculino como responsable único de la desgracia femenina. De vez en cuando sale la palabra “estúpida” dirigida a una mujer que no le gusta y que desaparecerá para siempre de su horizonte. Lo que le da una dimensión inusual a las narraciones de Rosita Forbes es su posición ambigua frente a los privilegios de raza y de clase (de los que se aprovecha sin asomo de culpabilidad), su condena sin paliativos de la condición de inferioridad en que viven las mujeres de toda raza, cultura y condición, y su fascinación por un poder y una fuerza que si los encuentra encarnados en una mujer los celebra, aunque si quien ostenta esa fuerza y ese poder es un hombre no los condena. Al revés.  A veces los acepta como algo inevitable.

                Quien desee hacerse una idea de esa ambigüedad a la que hago referencia tiene un ejemplo extraordinario en el capítulo que dedica a Halidé Edib (1883-1964), escritora y líder nacionalista que jugó un papel esencial en la revolución que permitió a Turquía romper con su pasado imperial y pasar a ser una república laica que todavía hoy busca su propia identidad. En algún momento de entusiasmo traza un paralelo no muy afortunado entre Halidé Edib y Juana de Arco, pero por fortuna se cansa enseguida y se centra en poner de relieve la extraordinaria trayectoria política e intelectual de esta mujer que, después de arriesgar su vida durante unos años muy convulsos logró salir con vida de los mismos.  Su admiración y homenaje al valor y la capacidad de supervivencia se hacen extensivos a mujeres que han entregado su vida al cuidado de enfermos, mujeres  soldado en diversas revoluciones o una misteriosa bailarina a la que conoce en Lyon  y reencuentra muchos años después como sacerdotisa en Haití, sin olvidar a las esclavas a las que sigue la pista en Abisinia y Arabia, prostitutas de diversos lupanares, o su semblanza de la singular exploradora, anarquista, ocultista, budista y escritora Alexandra David-Neel, a la que califica de “la persona viva más extraordinaria del mundo”.

                La versión negativa de la fascinación del Rosita Forbes por el poder quedó reflejada en las numerosas entrevistas (no recogidas aquí)  y encuentros con hombres tan destacados como  D’Annunzio y Lawrence de Arabia, Clemenceau, el rey Faisal o el emperador  Haile Selassie, aunque su no disimulada admiración por Hitler y Mussolini terminó costándole no pocos disgustos cuando ambos dictadores mostraron su verdadera  faz.  

     Pero fue justamente esa profunda contradicción la que continúa otorgando valor e interés a unas crónicas de viaje escritas entre las dos grandes guerras mundiales del siglo XX y que denotan todavía una notable amplitud de miras y un rechazo indiscriminado de la injusticia. Ello aunque a veces parece quedarse sin palabras, por ejemplo cuando en un harén las esposas del gran hombre se dicen felices y contentas y rechazan toda posibilidad de cambiar de estatus, o cuando se encuentra con la esposa que exige al consejo de ancianos que obligue a su marido a buscar una segunda esposa. ¿Por qué? Porque ella ya le ha dado diez hijos al gran hombre y pide refuerzos ante la perspectiva de seguir pariendo herederos.  Es lo que tiene el viajar: los clichés que pueden explicar el mundo aquí resultan casi insultantes bajo una jaima plantada en mitad del Sáhara o en una cabaña en la Amazonia. 

 

 

 

Esas mujeres llamadas salvajes

Rosita Forbes

Traducción de Catalina Rodríguez y grabados originales de Isobel Beard

Almuzara

 

 

 

 

 

[Publicado el 23/6/2014 a las 10:52]

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Apaches

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Junto con Warlock (1958) y  Malas tierras (1978), Apaches (1986) completa la  inmensa trilogía que Oakley Hall (1920-2006) dedicó al otrora llamado “salvaje oeste”. La acción transcurre en  la década de 1880 en Nuevo México y se reparte en tres grandes ejes: los indios, concretamente los apaches Sierra Verde, están en vísperas de su aniquilación, y antes que autodestruirse en inhóspitas reservas regentadas por los ojos pálidos (después de tantos años de “rostros pálidos” cuesta un poco acostumbrarse a esta nueva denominación) prefieren escaparse en dirección a Sierra Madre cometiendo salvajadas con las que vengar las sufridas por ellos. Ello da ocasión a la intervención de la Caballería, que es la segunda gran línea narrativa de la novela, con el teniente Cutler, un soldado raso ascendido varias veces a capitán y degradado otras tantas a teniente por su indisciplina y su habilidad para atraerse el odio de sus superiores. Al mando de sus infalibles rastreadores hoyas, también  apaches pero enemigos de los sierraverdes,  Cutler protagonizará los mejores momentos de la narración: cómo se desarrolla una persecución, trucos de los rastreadores hoyas para descubrir las huellas de los fugitivos, cómo se planea una emboscada, cómo hacer para alcanzar una posición de dominio y superioridad aun siendo menos, cómo despistan los guerreros a sus perseguidores para dar tiempo a que escapen las squaws cargadas con la impedimenta y los niños, todo ello estupendamente contado. Hall no era ningún analfabeto y cita  Bernal Díaz del Castillo con la misma facilidad con que describe las diferencias que hay entre la monta a la brida (practicada por los soldados españoles herederos de la caballería medieval y copiada por el ejército estadounidense) y la monta al jinete (copiada de los árabes y también traída por los españoles pero los no militares, y que fue adoptada por los indios porque preferían conducir al caballo con las rodillas y así tener libres las manos para manejar el arco y las flechas). Parece mentira las cosas que se aprenden leyendo a los autores que saben de lo que hablan.

                La tercera gran línea narrativa se centra en los civiles, los grandes hacendados que saben haber perdido el control del territorio a manos de los aventureros que todavía buscan fortunas fáciles en el Oeste, los comerciantes que trafican con bienes de primera necesidad y crean las llamadas Redes, unas asociaciones de tipo mafioso que además de estafar a los indios y venderles licor, practicaban  la usura y servían  a sus amos ejecutando sentencias y embargos a granjeros morosos; los funcionarios estatales encargados de los asuntos indios; los jueces, sheriffs, alcaldes y gobernadores y fiscales tan corruptos que resulta casi imposible trazar una línea de separación entre ellos y los cuatreros, forajidos, pistoleros y demás marginados sociales que van rebotando de Texas a Nuevo México y vuelta buscando un medio de supervivencia. Todos ellos son muy conscientes de que la “civilización” está a punto de barrer el viejo orden, por llamarlo de alguna manera, para sustituirlo por un nuevo sistema que ya se perfila y que se parece sospechosamente al actual. La conciencia de fin de época es tan clara que incluso el nuevo gobernador, un general e historiador especializado en  Pedro de  Alvarado, cambia de especialidad y decide escribir historia contemporánea con nombres y apellidos reales. Esta tercera vía narrativa podría resultar la menos interesante de no ser por la minuciosa atención que Hall presta a las mujeres. En lugar de recluirlas, como  siempre, en el prostíbulo y el saloon, Hall sigue con gran simpatía la lucha titánica de varias mujeres (la gran dama, las esposas de militares, la hija de familia rica mexicana e incluso las squaws indias) por sobrevivir y luchar por ganar un poco de dignidad en un medio apabullantemente masculino y vehiculado por la violencia, ya sea la costumbre apache de cortar la nariz a la adúltera o la fijación del ojo pálido por considerar que ellas no son más que botín. Que Apaches sume más 650 páginas de texto apretado puede parecer intimidante, pero quien lleve tiempo buscando un novelón del oeste como los de antes está de suerte.

 

Apaches

Oakley Hall

Traducida por Benito Gómez Ibáñez

Galaxia Gutenberg

[Publicado el 16/6/2014 a las 10:10]

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La senda de las nubes blancas

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Para algunos lectores este es un libro de viajes que habla mucho de espiritualidad, mientras que otros opinarán que para ser un libro de espiritualidad concede demasiada importancia a la naturaleza.

  Sin embargo, tratándose del Tibet la naturaleza y el espíritu están tan profundamente imbricados que resulta del todo imposible hablar de lo uno sin lo otro. Y así lo expresa el autor, el lama Anagarika Govinda:”Son precisamente la vida tan áspera y la lucha implacable contra el poder de la naturaleza las que han templado el espíritu de los tibetanos y han forjado su carácter”.

 Desde el punto de vista de la narración estrictamente viajera, La senda de las nubes blancas es el resultado de dos viajes separados en el tiempo. Cronológicamente, el primero empieza en la ciudad india de Ghoom y a través del valle de Tomo (en Sikkim) llega a la ciudad tibetana de Shigatse, a orillas del Brahmaputra. El segundo  recorrido es a través del Tibet occidental y parte de la ciudad India de Almora para alcanzar su punto álgido en las ruinas del monasterio de Tsaparang, después de dar el rodeo canónico en torno al monte Kailas.  Entre otras virtudes el autor era un pintor y dibujante que ilustraba gráficamente sus hallazgos iconológicos en los monasterios que visitaba; quizás por ello tenía una particular sensibilidad para los cielos y el espacio, la línea y el color, aparte de poseer unas grandes dotes para la descripción  de los paisajes a los que se enfrentaba en sus viajes. Y en ese sentido son muy expresivos los capítulos 1, 2 y 3, de la Segunda parte titulados respectivamente “La naturaleza de las Tierras Altas”, “El lenguaje vivo de los colores” y “Sueños y reminiscencias en la Tierra del Lago Azul”. O el capítulo dedicado al Monte Kailas al inicio de la Quinta parte.

Además de poseer una sensibilidad especial para comunicarse con la naturaleza, el autor andaba en busca de su perfeccionamiento espiritual, y el sólo hecho de que el viaje obedeciera a un imperativo de orden superior (es decir, lo más lejos que cabe imaginar del turista actual) explica esa relación íntima y personal con la grandiosa naturaleza a la que se enfrentaba, capaz de templar el espíritu y forjar un carácter. El uso del viaje como metáfora del camino hacia el conocimiento es normal incluso en Occidente, aunque en Oriente se lleva al extremo porque si la persona es un microcosmos que encierra el universo entero, su trayectoria individual también expresa metafóricamente la evolución del universo en su totalidad presente y pasada, y por ende futura.

A ello hay que añadir una empatía natural del autor con los personajes que le acompañan y guían en su viaje a la perfección, su minucioso interés en la descripción de los edificios, las condiciones de vida de sus moradores, las vestimentas o los utensilios de uso cotidiano, todo ello marcado por la más estricta austeridad y economía de medios. Incluso las instrucciones para el uso de las deyecciones secas del yak como combustible tienen cabida en este aspecto digamos etnográfico del libro, y el lector hará bien en apuntarse que si tiene intención de viajar por alturas en las que no hay madera, debe seguir las rutas de las caravanas si es que le apetece tomarse un té hirviendo o combatir el frio con una sopa caliente.

  El otro componente esencial del libro, el espiritual, resulta más difícil de evaluar por un profano. Al cabo de  miles años, el budismo tibetano ha acumulado un acerbo espiritual riquísimo y de una profundidad asombrosa pero transmisible porque esa es la base de su horizonte: el camino no lleva a la obtención de una sabiduría que propicie la salvación individual.  Ese saber tiene que ser transmisible porque debe beneficiar a todos, aunque alcanzarlo les está reservado a unos pocos porque exige  una vida de entrega, sacrificio y meditación, muchas veces en condiciones de renuncia extremas.

  Sin embargo, a medida que el autor avanza en su propio desarrollo espiritual, llega fatalmente  un momento en que el profano empieza a no estar seguro del terreno que pisa. Me refiero por ejemplo a los capítulos dedicados a los superpoderes que se alcanzan mediante el adiestramiento de la mente, y que permiten a determinados iniciados elevarse a varios metros de altura sin descomponer la postura de meditación o recorrer a saltos distancias imposibles sin esfuerzo aparente; también la trasmisión telepática del pensamiento y, sobre todo, cuando se trata de la transmigración y la reencarnación, que en algún momento el autor califica de   “hechos de razón”. Cómo dar por bueno, sin más,  que unos venerados lamas se reencarnen años después en unos niños que crecen siendo niños y al mismo tiempo aquellos lamas. Pero cómo negarlo también cuando se conoce la existencia de millares de monjes y anacoretas, actuales y pasados, que pasan años en cuevas situadas a alturas inverosímiles soportando temperaturas inhumanas y sin apenas vestidos ni alimentos. Y todo gracias al dominio que sus mentes ejercen sobre sus cuerpos.

 Puesto que la  ignorancia me impide tener un criterio claro sobre los mayores arcanos del budismo tibetano, no los juzgo. Pero constato que, aparte de ser un magnífico narrador de viajes, el  lama Anagarika Govinda acumuló una sabiduría que está recogida en La senda de las nubes blancas. Queda a juicio del lector decidir hasta qué punto se adentra en ella sabiendo, como queda dicho, que alcanzarla exige entrega, sacrificio y meditación, muchas veces en condiciones de renuncia extremas


La senda de las nubes blancas

Lama Anagarika Govinda

  Traducción de Marcelo Cohen


 Atalanta

   

 

[Publicado el 09/6/2014 a las 10:48]

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Las chicas de campo

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Cuando esta novela se publicó en Estados Unidos el New  York Review of Books  se la despachó con la contundencia de un mandoble: “Un tesoro de potencia,  inteligencia e ironía”.  Su éxito fue fulminante y pese a ser una primera novela y por lo tanto una obra de juventud, situó  a Edna O´Brien entre los grandes de su época. Muchos años después en España,  y a la chita callando, Las chicas de campo  lleva ya tres ediciones en Errata Naturae, prueba inequívoca de que el boca a boca continúa siendo  el mejor remedio para que un libro se abra camino.


 La trama no puede ser más sencilla, pues narra  los ritos de paso de una adolescente a la condición de mujer adulta. Está ambientada en un poblacho remoto de la Irlanda de los años 30 y quienes conocen a la autora aseguran que el ambiente, los personajes y las situaciones que se describen no se diferencian mucho de las experiencias propias  vividas por ella: un padre errático  que se está bebiendo la fortuna y el futuro de su familia; una madre abnegada que apenas puede hacer otra cosa salvo amar desesperadamente a su marido y a su hija, y que acaba desapareciendo sin dejar otra cosa que un rastro sentimental; unos vecinos miserables que encima ejercen de jueces implacables de sus iguales y son, lógicamente, víctimas de estos; una íntima amiga a la vez tiránica y dependiente; unas instituciones educativas y religiosas que a los crecidos  bajo el franquismo les resultarán extrañamente próximas y conocidas.


Lo primero que llama la atención es que Edna O´Brien no lleva a cabo un ajuste de cuentas con el pasado, y eso que motivos no parecían faltarle. Tampoco es una evocación amable y sentimental de la infancia, pero sí la reconstrucción  minuciosa  y elegante de un universo capaz de destruir a sus criaturas  y capaz también de forjar caracteres  fuertes, independientes y que buscan su camino a tientas pero sabiendo lo que quieren. Y en ese sentido, la muchacha de catorce años a la que la vida obliga a hacerse cargo de sí misma sin haberle proporcionado todavía  las mínimas armas para hacerlo con unas garantías de éxito es un prodigio: poco agraciada, desgarbada, torpona y propensa a caerse en pleno baile “enseñando las ligas y todo lo demás”. Y encima con una mejor amiga muy guapa, rica,  tiránica y que parece ir muy por delante en los relativo a experiencia y conocimiento del mundo. Pero tampoco contra  ella se lleva a cabo un ajuste cuentas.  Caithleen Brady, la narradora, parece tener motivos suficientes de preocupación consigo misma como para andar juzgando o condenando a los además. Por ejemplo con su sexualidad. Desde el arranque de la narración sabe llevar dentro una fuerza poderosa y en cierto modo indomeñable y busca la forma de darle salida con una naturalidad exenta de drama. A diferencia de lo que le ocurre a su amiga Baba, que exige sin disimulo riqueza y a cambio está dispuesta a dar lo que sea preciso  para conseguirla, Caithleen  busca instintivamente la serenidad y el sentimiento, y  desdeñando las ofertas que le salen al paso fija su atención en un hombre mayor y casado pero que la cuida y le da afecto y le agradece adecuadamente  lo mucho que ella le ofrece a cambio. Frente a los sobresaltos y angustias que acompañan habitualmente a las iniciaciones sexuales adolescentes, la de Caithleen es perfectamente natural y amistosa. Quizá porque las chicas de campo también tienen una relación más directa y cotidiana con el cuerpo y sus funciones básicas, la desnudez frente al otro y la exigencia de recíproca desnudez por parte del otro se acepta con la misma sencillez que antes ha buscado y encontrado durante los progresivos contactos físicos. Incluso el brusco desenlace del rito iniciático carece de drama. Su mujer ha descubierto las andanzas del marido infiel y ante la posibilidad de un escándalo, el marido infiel escoge la fidelidad obligada. Pero sin asomo de remordimiento o conciencia de culpabilidad por parte de la abandonada. Es un hecho más de la vida y, como transmite  la novela entera, lo vive sin darle más vueltas ni dramas. Se entiende que las fuerzas religiosas y bien pensantes de la Irlanda del momento arremetiesen contra Edna O´Brien y tratasen con todas sus fuerzas reducirla al silencio. Una sexualidad sin pecado. Qué escándalo.


 



Las chicas del campo

Edna O´Brien

Traducción de Regina López Muñoz

Errata naturae

 

 

[Publicado el 03/6/2014 a las 19:52]

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¡Hayduke vive!

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Los simpatizantes de Edward Abbey y de su insuperable Banda de la Tenaza están (estamos) de enhorabuena porque Editorial Berenice ha vuelto a reunir a Hayduke, Doc, Bonnie y Seldom Seen Smith para reanudar su indesmayable, irredenta e inútil guerra contra las fuerzas del mal. La acción está situada en el terreno favorito de Edward Abbey, un territorio conocido como Cuatro Esquinas porque allí confluyen los estados de Utah, Colorado, Nuevo México y Arizona. Pleno desierto surcado de cañones y barrancas, una de las cuales, la más vistosa, es el Gran Cañón del Colorado.

Las fuerzas del mal están capitaneadas por el reverendo Love, un pantagruélico hombretón padre de once hijos y que por asegurar el bienestar de todos ellos, y el de las nuevas generaciones, defiende incluso a tiros los intereses de una multinacional belga que ha logrado del gobierno federal licencias para la explotación de minas de uranio a cielo abierto. Al decir de  los ecologistas,”el estroncio causa leucemia aguda, afecta a la médula, mata a la gente. Sobre todo a los niños”.  A lo que responde el reverendo Love:”El uranio me huele como huele el dinero. Huele como huele el trabajo. Me huele a miles de puestos de trabajo. Y no me importa deciros que me gusta ese olor”.  Quien se haya molestado en escuchar los argumentos esgrimidos por los partidarios de esa práctica llamada “fracking” verá que la ideología de los actuales reverendos Love no ha avanzado un solo paso respecto a lo que decían hace cincuenta años, más o menos cuando los de la tenaza se alzaron en armas contra la todavía controvertida presa del Cañón de Glen, en el río Colorado.

Abbey no dice cuántos, pero es evidente que han pasado muchos años desde su anterior (y catastrófica) pelea contra las fuerzas del mal. Desde entonces, Doc y Bonnie han formado una pareja estable, tienen un crío y están esperando otro, él ejerce de pediatra y ella de ama de casa. Seldom Seen Smith tiene tres esposas (hay mucho mormón en esta novela) y varios hijos, y se gana más o menos la vida alquilando caballos y barcas a los turistas. De manera que cuando reaparece Hayduke, al que todos daban por muertos, y trata de reconstruir la banda todos se hacen los locos. Doc porque trabaja en una clínica pediátrica y le necesitan, Bonnie porque estando preñada cómo se va a meter en la clase de líos que les propone el reaparecido, y el apenas visto Smith porque con las esposas, los niños, los caballos y las barcas tiene tanto trabajo que no le queda tiempo, ni ganas, de hacer ecoterrorismo.

Pero la propuesta de Hayduke es irrechazable porque se trata de acabar con la máquina malvada total, una explanadora denominada Super G.E.M.A  4240 W, alta de trece pisos, ancha como un campo de fútbol, capaz de desarrollar una potencia que podría iluminar una ciudad de 100.000 habitantes y valorada en 13.500 millones de dólares. Popularmente se la conoce como GOLIAT y es la punta de lanza de la que se valen las fuerzas del mal para arrasar bosques, desmontar montañas y cegar barrancos para construir una superautopista que traerá consigo las  minas a cielo abierto pero también urbanizaciones, hoteles de lujo, campos de golf y todo el resto de equipamientos que considera indispensables  el progreso.

Si la primera aparición estelar de la Banda de la Tenaza fue escrita en la década de 1970, esta segunda intervención data de diez años más tarde. Para entonces los integrantes de los movimientos ambientalistas eran, como los describe el propio Abbey “un ramillete de fascistas, racistas, terroristas, sexistas, anarquistas, comunistas, demócratas y simples ecofriquis campechanos”. O unos gamberros, en opinión del reverendo Love.

Ya entonces, la evidencia de que la industrialización, el progreso, el crecimiento económico sin límites y la desregulación a ultranza estaban destruyendo el planeta empezaba  a encontrar eco en capas cada vez más amplias de la sociedad. Pero el despertar de la conciencia ambiental todavía necesitaba una literatura de combate y eso es lo que hace Abbey: colar sus ideales en defensa de la Tierra a toda costa. Lo que ocurre es que no era un predicador talibán ni tampoco un pelmazo, y la transmisión de su ideología muchas veces parece una mera excusa para contar las disparatadas historias llevadas a cabo por esos sexistas, anarquitas y ecoterroristas que tanto le gustaban. El lector sabe de antemano que la banda no va a ganar la batalla contra el mal y basta ver lo que se le sigue haciendo al planeta para saber  cómo andan las cosas. Pero entre que los gamberros pierden la batalla y se salvan por los pelos, la narración ofrece momentos de una comicidad explosiva (con perdón) y sólo cabe lamentar que no habrá una tercera entrega porque Abbey se  murió a deshora y hoy forma parte del desierto que los reverendos Love le van arrebatando bocado a bocado.

 

¡Hayduke vive!

Edward Abbey

Traducción de Juan Bonilla

 

Berenice 

[Publicado el 25/5/2014 a las 20:59]

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Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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