El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 13 de marzo de 2010

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

El lamento del perezoso

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Imaginemos un tipo que se pasa más de cuarenta años escribiendo sin que nadie le haga el menor caso. Para sobrevivir durante ese largo periodo de tiempo, y pagarse su voluntad de seguir escribiendo, ese autor de suerte esquiva habrá tenido que ejercer toda clase de oficios absurdos, incluido el que mecánico de bicicletas.

                Puestos a imaginar situaciones inverosímiles, pongamos que el susodicho autor, que por más señas es norteamericano, ve uno de sus libros traducidos y publicados en una diminuta editorial de una ignota provincia del imperio. Y que, por aquellas cosas que pasan, el libro se abre paso en la jungla literaria y termina siendo un fenómeno editorial con ventas millonarias en medio mundo. En cuyo caso cabe plantearse: ¿qué clase de obra publicará ahora ese hombre que de la noche a la mañana ha dejado de ser una oscura rata de biblioteca  y es ahora  una celebridad mundial?

                Seguro que, planteada la cuestión a escritores, editores, críticos y demás profesionales que viven del libro muy pocos, o por mejor decir, a ninguno se le ocurriría describir algo semejante a El lamento del perezoso.

                No pretendo decirle a nadie, y menos a un tipo como Sam Savage, cómo debe escribir sus libros, pero cualquier lector con criterio advierte que aquí concurren varios factores adversos, empezando por la imagen elegida como metáfora del protagonista. Porque el perezoso, ya sea en su vertiente animal o humana, merece de entrada toda la simpatía del lector. Pero, al menos en la versión humana, es complicado hacer de él un héroe, ni siquiera en la acepción moderna del antihéroe, debido a la conciencia judeocristiana que conforma al lector medio. Quiero decir: el perezoso humano suscita un primer reflejo de simpatía, o como poco de comprensión, si, como la cigarra, elige la inacción mientras la laboriosa (y odiada) hormiga se labra un sustento para los tiempos duros. Pero - y aquí se pone en marcha el mecanismo de la conciencia moral  del lector - el perezoso se convierte automáticamente en un pelmazo si se lamenta cuando le llegan los tiempos malos porque, al fin y al cabo, él se lo ha buscado.

                El agravante, en el caso del planteamiento de Sam Savage, es que Andy Whittaker, el antihéroe, no es un vago sino un perdedor tan arquetípico que desde las primeras líneas  queda muy claro que no tiene la menor posibilidad de sobrevivir. Con el agravante de que su problema no es la pereza sino la calamidad, es decir, ser un calamidad que no sabe administrar la herencia con cuyas rentas pensaba financiarse la escritura, como tampoco sabe administrar la desproporcionada inversión de trabajo y tiempo en una precaria e insignificante revista literaria de provincias, o en las novelas y cuentos que le han de dar la gloria. Por si fuera poco, ni siquiera administra bien sus relaciones sociales, profesionales y sentimentales, demostrando una rara habilidad  para decir o hacer lo que no debe, y para callarse y no hacer cuando una palabra a tiempo, o un gesto, podrían haberle salvado.

                Curiosamente, El lamento del perezoso resulta entretenida de leer porque, dejando de lado su toma de partido moral, el lector tiene un papel muy activo: se trata de un relato epistolar, montado exclusivamente a partir de las cartas que escribe el desgraciado Whittaker durante cuatro meses. Sus corresponsales son inquilinos que no sólo no le pagan sino que le acosan con toda clase de bajezas;  presuntos colaboradores de la revista, con los cuales tiene una divertida relación de amor odio; peleas con la ex esposa que le abandonó y que le exige destempladamente la pensión; la hermana y la madre, con las que mantiene un doloroso litigio. O incluso una ex amante a la que logra ofender tontamente ganándose a cambio una puñalada que le sangrará lo (poco) que le queda de vida. Son como miles de pinceladas en un lienzo progresivamente cargado de significación y cuya figura final es el lector quien la compone.

 El siempre agobiado Andrew Whittaker dice en algún momento que tiene un montón de novelas en la cabeza y que debe ir dándoles salida para llegar a las más significativas. Podría ser una metáfora del propio Savage, o una promesa de futuras sorpresas tan agradables como lo fue  Firmin, la novela sobre una rata de biblioteca que lo lanzó a la fama tras ser publicada por Seix Barral.

 

El lamento del perezoso

Sam Savage

Seix Barral

[Publicado el 30/12/2009 a las 12:13]

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Victoria

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Victoria

 

En aquella película llamada "Amadeus", había un momento en que el mediocre Salieri levantaba compungido los ojos al cielo para quejarse así: " Señor, si necesitabas de alguien que cantase tu gloria entiendo que no te acordaras de mi, un pobre músico sin talento, pero, ¿era necesario que eligieses a un cretino como Mozart?".

Resulta curioso constatar la existencia de innumerables salieris preguntándose quejumbrosos cosas como: "Si era necesario renovar la literatura de principios del siglo XX y buscarle salidas hasta entonces insospechadas, ¿había por fuerza que recurrir a un nazi?".

Tal es exactamente el caso de Hnut Hamsun, un hombre de origen campesino que en tosa su vida apenas si alcanzó 250 días de escolarización, y cuya formación literaria fue nula. A pesar de lo cual cuando llegó a ser  galardonado con el premio Nobel (1920), sus libros se vendían en todos los países cultos, ganaba dinero a espuertas y gente tan diferente como Thomas Mann, Kafka, Hesse, Brecht o Singer le tenía por el padre de la literatura moderna universal. Por suerte, incluso Molotov sentía por él una admiración tan grande que intervino personalmente para que no fuese fusilado en el curso de los procesos seguidos en todo Europa a partir de 1945 contra los peores colaboracionistas de los nazis. Al final a Hamsun no lo mataron físicamente pero  aparte de retirarle oficialmente todas las medallas y honores le despojaron de su dinero y fue a parar a un manicomio hasta poco antes de su muerte, ocurrida con los 90 años cumplidos.

Su primera novela, Hambre (1890) es un larguísimo y enloquecido monólogo interior en el que ya resuenan ecos de Joyce y Kafka. Victoria (1898) la escribió cuando ya estaba en posesión de una fuerza  narrativa que llevaría a su máxima expresión en la Trilogía del vagabundo: Bajo las estrellas de otoño (1906), Un vagabundo toda con sordina (1909) y La última alegría (1912).  Tanto en Victoria como en cualquiera de estas novelas están presentes dos de los rasgos que mejor caracterizan a Hamsun. El primero es la ruptura radical con la técnica narrativa entonces al uso. A fuerza de excelencia, los Zola, Twain, Dickens, Flaubert o Dostoyevski habían llevado la novela a un callejón sin salida porque era imposible ir más allá que ellos. Pero, y habla ahora el Salieri de turno, ¿era necesario recurrir a un bárbaro del Norte para hacer saltar en pedazos las sutiles leyes no escritas en las que se basaba la estructura arquitectónica de las maravillosas novelas que todavía escribían los autores antes citados?

  Fuese necesario o no, Hamsun y su éxito fulminante y universal pusieron de manifiesto que era posible escribir sin atenerse a las reglas de juego que hasta entonces parecían inamovibles.

El otro rasgo distintivo de la escritura de Hamsun ya claramente visible en Victoria y que será llevado a su máxima expresión en la Trilogía, es una prodigiosa capacidad para la narración que se mantiene incólume pese al tiempo transcurrido desde su redacción y, lo cual es aun más mágico, se transmite al lector incluso a través de la traducción. La trama no puede ser más sencilla: el protagonista es hijo de un molinero y pese a que logrará autoeducarse y llegará a ser un joven y exitoso escritor, a lo ojos de su amor de toda la vida, una niña rica llamada  Victoria, nunca dejará de ser un criado y, por ende, siempre lo tratará como a tal, pese a que también ella está enamorada del joven poeta. Lo que diferencia a Victoria de la infinita serie de relatos de tema similar es esa capacidad narrativa de Hamsun a la que estoy haciendo referencia y que le permite desarrollar lo que podría llamarse una visión periférica, gracias a la cual el ámbito de significación que crea el narrador par inscribir la historia tiene tanta o más importancia que la peripecia misma. Es más: desde las primeras páginas queda claro que el desencuentro entre los amantes es insoluble y que la verdadera peripecia es la construcción de un mundo (él ámbito de significación al que ante antes me refería) en el que  habrá de vivir el amante cuando la amada, víctima de su propia contradicción, desaparezca. Es posible que quienes hayan leído antes la trilogía que esta novela tengan ya la mirada maleada, pero en la relación del joven hijo del molinero con la naturaleza hay como un anticipo de la inmersión que vivirá en los bosques el vagabundo de la trilogía.  Porque no se trata del regreso a un medio del que el hijo del molinero nunca debió salir, como tampoco el vagabundo parece que lo haya abandonado nunca. El bosque y sus habitantes, los olores y el frío, la soledad, el roce de la tierra o los ruidos que producen las ramas al rozar entre ellas son los reflejos de una sensibilidad para la que la ciudad y todo lo que esta representa son terra ignota. Y de la que  resulta extrañamente sencillo dejarse expulsar.

 

Victoria

Knut Hamsun

Nórdica libros

[Publicado el 24/12/2009 a las 18:34]

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Cuadernos de notas

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Cuadernos de notas (1878-1911)

 

         

            La reedición de estos apuntes personales de Henry James es una gran noticia. Por alguna misteriosa razón los nueve cuadernos que componen el presente volumen se salvaron del fuego que en cambio sí destruyó otros muchos papeles que James optó por no guardar. Fueron publicados por vez primera en inglés en 1947 y la edición estuvo a cargo de F.O. Matthiessen y Kenneth B. Murdock. Hubo que esperar hasta 1989 para que alguien, en este caso Península, tuviese la idea de publicarlos es castellano. La editorial española tuvo un primer acierto en  la  elección de traductor, pues recurrió a Marcelo Cohen. Este escritor argentino, que había ejercido de redactor-jefe de Quimera y El viejo topo mientras residió en Barcelona, optó por pasarse a la traducción cuando cerró la segunda revista, y tiene en su haber unas excelentes versiones de Jane Austen, T.S Eliot, Philip Larkin y Wallace Stevens, es decir, unos auténticos miuras literarios cuya lidia exige un amplio conocimiento de los idiomas de partida y llegada, aparte del manejo de los recursos poéticos. También es el autor de esta traducción que Península (y conste que ofrezco el dato sin ánimo de proporcionar munición a quienes opinan que los editores raras veces leen los libros que publican)  incluyó en una colección de Historia, Ciencia y Sociedad. Henry James empezó estas anotaciones en  1878, cuando contaba 35 años de edad y estaba redactando Los europeos. Mantuvo la costumbre hasta 1911, cinco años antes de su muerte, ocurrida cuando tenía 73 años.

            Es de suponer que este libro atraerá a los incondicionales de James, que deben de ser muchos a juzgar por la cantidad de ediciones y reediciones de sus libros que tienen lugar año tras año. Pero sobre todo va a provocar delirios en aquellos que andan enzarzados en esa lucha a brazo partido que supone escribir una novela. Porque de eso van estos cuadernos. El lector tiene la fascinante oportunidad de asistir a los primeros pasos de una historia que, al cabo de un largo y complicado proceso, puede materializarse (o no) en una narración. James fue el inventor de un género literario que podría llamarse "the long short story". En la edición española, quien más cerca estuvo de encontrar una definición parecida fue Lara padre, para el cual todo libro de ficción de los que él publicaba era un cuento corto o un cuento largo, refiriéndose en este segundo caso a lo que el resto de mortales considera una novela. El cuento corto largo de James va por ahí.  Lo curioso es que, en plena maquinación de una historia, James era capaz de cuantificar la longitud final del posible relato, siendo su unidad de medida las cinco mil palabras. Toda  historia que no diera para juntar esa mínima cantidad de palabras era desechada y de hecho hace un par de años Andrés Barba y Javier Montes recurrieron a tres escritores españoles y tres mexicanos para que desarrollasen ideas que James dejó anotadas pero no utilizó nunca. El séptimo de los elegidos fue el  irlandés Colm Toibin, autor de una biografía novelada de James que  me ha costado no sé cuántas discusiones hasta las tantas a costa de una práctica que, en mi opinión, es un híbrido perverso y que contamina tanto a la novela como a la biografía sin llegar a ser ni una cosa ni otra. Pero ya habrá ocasión de tratarlo con más detalle. 

            El prodigio de los Cuadernos es que se puede ver en funcionamiento  la mente de un auténtico narrador de raza. El cual, al término de una cena en casa alguna de aquellas damas que tanto le gustaban volvía a su estudio con historias reales que le habían contado las comensales y, mientras tomaba notas, empezaba el proceso perfilar la sinopsis de una  historia que en ocasiones puede durar hasta cinco páginas. Los editores originales se ocuparon de identificar y seguir la pista a los relatos pergeñados en cada entrada,  y como dan noticia acerca de su título final en el momento de su publicación, resulta facilísimo ir a consultar el relato en cuestión y ver qué pasó cuando se trató de pasarlo del bosquejo a la versión publicada. Los viciosos de James tienen juerga para rato.

 

         Cuadernos de motas (1878-1911)

Henry James

Destino

 

 

[Publicado el 16/12/2009 a las 12:16]

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Destellos de vida

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Destellos de vida

 

Stefan y Friederike Zweig fueron amantes durante más de treinta años y sólo al final, cuando la vida ya le tenía acorralado, el  famoso escritor consintió en casarse (por lo civil) con su compañera de toda la vida.

                Obviamente,  una convivencia tan prolongada con uno de los escritores europeos más admirados y leídos durante la primera mitad del siglo XX, permitió a Friederike Zweig entrar en contacto con lo más granado de las letras y la cultura de aquella época. En algunos casos (sobre todo Romain Rolland y Joseph Roth), el afecto es mutuo y la relación  prosigue al margen de Stefan Zweig.  Con Thomas Mann, por el contrario, la falta de afecto es evidente y así seguirá hasta el final. Otros, como Albert Schweitzer, Albert Einsten, o Máximo Gorki son unos pocos de los muchos personajes de primera fila con los que trató el matrimonio Zweig y de los cuales Friederike ofrece unos relatos interesantes, fundamentalmente porque son de primera mano.

                Sin embargo,  el relato de la intensa vida social de los Zweig no es el aspecto más interesante de este libro que poco a poco se va convirtiendo en una crónica sobre un mundo que a principios de siglo era un paraíso lleno de lujos y privilegios para las cultas, refinadas y muy  adineradas clases medias europeas. Pero que no iba a poder oponer resistencia a las sucesivas dentelladas que irá sufriendo: la Primera Guerra Mundial y la desaparición del Imperio Austrohúngaro; la Revolución rusa y la expansión de los movimientos revolucionarios; el recurso al fascismo para controlar a las masas obreras con la (falsa) convicción de que después será posible controlar al fascismo; emergencia de nuevas clases medias que lejos de reflejarse en los ideales que identificaban a la generación de los Rolland, Zweig, Roth y compañía, los atacaban con ferocidad preconizando el fin de todo ello.

                La progresiva desaparición de las propiedades materiales y espirituales no se detendrá ni siquiera cuando a los otrora privilegiados ya no les quede más que la última y más irrenunciable de sus obligaciones: salvar la vida. Stefan Zweig, ya separado de Friederike y ahora sentimentalmente unido a "una muchacha enfermiza,  treinta años más joven que él y que en lugar de ofrecer seguridad la exige" (según palabras de la ex esposa) tratará inútilmente de buscar un refugio en Brasil y al no encontrarlo recurrirá como solución a la dignidad y se suicidará en compañía de su joven compañera.

                Al hablar de "crónica" se impone el calificativo de "doméstica", pues, curiosamente, este libro podría haberlo escrito un ama de casa que luchó lo indecible por  crear un hogar en el que cupiesen y estuviesen a gusto todos sus integrantes. El problema para la abnegada y resolutiva Friederike era que ni la época ni los integrantes del susodicho "hogar" ser mostraron propicios a sus empeños. Respecto a la primera, la época, queda dicho que en Europa se estaba produciendo un cataclismo y, como reflejo del mismo en el libro, cada vez resultará más difícil encontrar casas baratas, las autoridades ya no permitirán que el dinero vaya de aquí para allá con la liberalidad de antes e incluso los permisos de residencia se irán viendo progresivamente restringidos en nombre de la obligatoriedad de prestar servicios militares o sociales a la patria. En este sentido, la imagen de Rilke "disfrazado" de militar es impagable.

                Y en cuanto a lo segundo, los integrantes del hogar tampoco le daban facilidades al ama de casa, la cual tenía ya dos niñas cuando conoció a Stefan Zweig y, por decirlo en palabras de la propia Friederike, "perdió la cotidianidad" con él. Dado que el afamado escritor era poco dado a los lazos matrimoniales y la exclusivas sentimentales (dice ella en su diario: "Stefan me ha nombrado hoy su "conejilla mayor" permanente. No pido más: que disfrute de vez en cuando con las conejillas menores [...] siempre que yo siga siendo la conejilla mayor").

El hogar ideal, por tanto, debía tener un espacio independiente para que el conejo alfa pudiera consumar tranquilamente sus afanes literarios y sus ardores copulativos; otro espacio en el que pudiesen  llevar una vida ordenada y sana las dos niñas con la institutriz, la niñera y el restante personal de servicio; y un tercer espacio para que el ama de casa, si no estaba desarrollando con su augusto esposo una intensa vida social por los balnearios y festivales de música y teatros de medio Europa, pudiese sacar adelante su propia carrera litería. Que semejante montaje le durase más de treinta años, y que Friederike aún tuviese arrestos para montarse una segunda vida en Estados Unidos con sus hijas y los maridos de éstas habla suficientemente en su favor.

Decir, finalmente, que el "tono ama de casa" parece fruto de una elección deliberada, o de una firme voluntad de no escribir el tipo de libro que hubiese escrito su "adorado" Zweig.

 

 

 

 

Destellos de vida

Memorias

Friederike Zweig

Papel de liar

 

 

[Publicado el 09/12/2009 a las 11:11]

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El ruido eterno

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El ruido eterno

La traducción castellana del título original (The rest is noise se ha convertido en El ruido eterno) resulta algo abstracta, pero en cambio el subtítulo no puede expresar mejor el contenido del libro: "Escuchar al siglo XX a través de su música".

                El autor, Alex Ross, es un conocido crítico musical estadounidense, antiguo columnista del New York Times y actual colaborador de The New Yorker. Ahora mismo, mientras escribo,  tengo en la pantalla un larguísimo articulo suyo, correspondiente al pasado 10 de agosto y titulado "Te infinite playlist" en el que da pistas acerca de las mejores páginas web para escuchar música clásica.  También en su libro ofrece una página (http://www.therestisnoise/) a la que el lector  puede acudir cada vez que en el texto se dice algo en exceso enrevesado para quien no sabe música, y pongo un ejemplo. En la página 215 de la edición española, al hablar del arranque de la Quinta sinfonía de Sibelius, dice Alex Ross: "... las trompas presentan un tema suavemente resplandeciente, cuyas primeras notas explicitan una serie simétrica de intervalos, a la manera de una mariposa: cuarta, segunda mayor, cuarta de nuevo...". Si el lector ha tenido la precaución de ir leyendo el texto con el ordenador bien a mano, al llegar aquí puede ir a la página web antes mencionada y escuchar el ejemplo musical correspondiente al pasaje en cuestión.

                Pero la verdadera cuestión es: el lector que no sabe música, ¿se hará ahora una idea de lo que es una serie asimétrica realizada a base de intervalos que pasan de cuarta a segunda mayor, y de ahí a cuarta otra vez? Y ya puestos: ¿de verdad quiere decir algo que las trompas presentan un tema suavemente resplandeciente, a la manera de una mariposa?

                Por descontado que en un libro de más de seiscientas páginas, y en el que se habla de centenares de músicos y músicas - incluyendo algunos de los compositores y composiciones más complejos del siglo XX - hay montones de afirmaciones tan vistosas como la anterior, y pongo otro ejemplo: en la página 25, al hablar de Salomé, de Richard Strauss, dice: "Tras habernos perturbado con insólitas disonancias, Strauss nos perturba ahora con sencillos acordes de goce necrofílico".

                Este libro está siendo un fenómeno editorial en el mundo entero. Y en principio no parece muy sensato dar por sentado que, entre lo muchos millones de personas que lo han comprado, la mitad  sortea sin problemas un pasaje en el  que se hable del tritono (ese intervalo o semitono que separa las notas Do sostenido y Sol,  más pequeño que la quinta justa y que, por provocar vibraciones incómodas en los oídos humanos, ha sido bautizado por los estudiosos como diabolus in música), mientras que la otra mitad no necesita preguntarse el significado de  "dos notas chorreado como la sangre sobre el mármol" ( p.77), o que, leyendo el pasaje dedicado a Salomé, es capaz de identificar en su propia experiencia sensorial, qué es un goce necrofílico. Port lo tanto: si cabe la posibilidad de que las personas avezadas en técnica musical se sientan ofendidas por las descripciones metafóricas, y si los analfabetos del pentagrama seguramente van a perderse cuando Ross no tenga más remedio que dejarse de circunloquios y hablar de técnica, cabe preguntarse el porqué de su éxito en todo el mundo.

                Si he de responder a botepronto, no me cabe la menor duda de que gran parte de su atractivo residen en el desbordante entusiasmo que transmite Alex Ross al hablar de música. En segundo lugar, su conocimiento de aquello de lo que habla: ofrece una avalancha de información, tanto a nivel anecdótico como histórico y testimonial, y ante la imposibilidad de retener tal cantidad de datos (algunos fundamentales) no hay más remedio que dejar el ejemplar bien a la vista y consultarlo de cuando en cuando. Y en tercer lugar, si el libro se lee con toda facilidad e interés es debido a la sorprendente capacidad narrativa de Ross.

En resumen: se trata de un libro que desborda entusiasmo y que está firmado  por alguien que además de saber acerca de lo que habla, escribe bien. Es decir, un milagro. Y todo ello con el mérito añadido de estar refiriéndose todo el rato a la música clásica del siglo XX, "ese confuso pandemónium situado en el extrarradio de la cultura, según descripción del propio Ross.

 

El ruido eterno

Alex Ross

Seix Barral

 

[Publicado el 02/12/2009 a las 08:11]

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"Guapo" y sus isótopos

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"Guapo" y sus isótopos

 

La frase inicial no puede ser más explícita acerca de qué va este libro. Pues dice:"Algunas veces no hay manera de dar una explicación precisa de la razón que rige la constitución de una determinada familia de palabras  en nombre de una unidad de significación [...] ni menos aún de qué condiciones del significar son las que obran en semejante agrupación [...]". Por si fuera poco, aun sin conocer la explicación  que rige la constitución de una determinada familia de palabras, dicha familia es reconocida y aceptada en público consenso y, al menos en sus términos centrales, sin vacilación alguna.

            Recurriendo al benéfico y socorrido ejemplo, se considera que "bueno" y "bondadoso" son "afines", como también lo son "amable" y "bondadoso". Y sin embargo, la expresión "amable y bondadoso" se escucha sin estridencia alguna, mientras que, en cambio, si se unen los otros dos términos también afines, "bueno y bondadoso", se produce un rechazo. O por decirlo como se dice en el libro "salta la repulsión".

            Lo mismo ocurre con la familia de palabras que da origen a lo que se  investiga en este libro: se empieza con la palabra  "guapo" y luego se van añadiendo "lindo", "bonito"., etc. Y cuando se empiezan a combinar entre sí, resulta que expresiones como "el niño es guapo y lindo" o "el niño es lindo y bonito" suenan estridentes, con la particularidad de que esa estridencia no remite a una explicación gramatical ni tampoco a una explicación lógico-conceptual precisa. La estridencia  se sitúa en tierra de nadie, una vez pasados los controles de frontera de la jurisdicción gramatical.

            Resulta innecesario insistir en que todo lo dicho es un escándalo y se entiende que, allá por los años sesenta y setenta del siglo pasado, espíritus inconformistas y algo irreverentes como Rafael Sánchez Ferlosio y Agustín García Calvo aquí, pero también Roland Barthes o Noam Chomsky y tantísimos otros por doquier, decidieran estudiar más a fondo la causa última de tantas y tan intrigantes inconsistencias como se detectan en el habla cotidiana.. 

            La suya fue una aventura emocionante y arriesgada.  Ellos mismos, desde el primer momento, pusieron de manifiesto el grave inconveniente que implicaba para su trabajo el hecho de que el objeto a investigar y la herramienta utilizada para llevar a cabo la investigación, eran la misma cosa, la lengua. Y sus enemigos, o al menos los más escépticos, no tardaron en señalar otra grave falla inherente a lo que los lingüistas hacían, pues según y cómo podría parecer que, por decirlo con la misma discreción y modestia que se dice en este libro, estuviesen tratando de adentrarse en esa tierra de nadie que surge una vez dejados atrás los controles de frontera de la jurisdicción gramatical. ¿Para qué?  También  se dice sin ambages al principio de este libro: "Para dar explicación precisa de la razón que rige...etc.".

            Como he dicho, fue una aventura emocionante y arriesgada. Todavía no se ha terminado y aunque los lingüistas ya no reciben tanta atención mediática como antes (pienso por ejemplo en los ya mencionados Barthes y Chomsky siendo entrevistados en  programas de televisión de máxima audiencia), nadie asegura que un día [los lingüistas] no vayan a salir otra vez a la palestra para anunciar que han dejado atrás la última frontera y que la ley ya impera en el universo entero. Por qué no.

"Guapo" y sus isótopos fue escrito en 1970 y pertenece a la época en que Rafael Sánchez Ferlosio  se encerró en su casa para reflexionar sobre la lengua. Se dice que desde entonces guarda docenas de cuadernos escritos a mano que - confiemos en ello - irán saliendo a la luz en su debido momento. Pero quede claro que se trata de una investigación lingüística pura y dura, sin concesiones ni treguas. Los buenos lectores de Rafael Sánchez Ferlosio saben bien que siguiendo el discurrir de su prosa - lenta, reflexiva y conceptualmente compleja, o sea, lo que podría definirse como una escritura para adultos - de cuando en cuando surgen joyas que deslumbran por su sencillez y su potencia narrativa. Creo innecesario recurrir una vez más al pasaje de la noria en El testimonio de Yarfoz o a la lección de humildad que recibe el príncipe Nébride, que se las echa de agrimensor, a manos del hijo del fiel Yarfoz, pues él  si que es un agrimensor de verdad. O las docenas de ejemplos que se podrían entresacar de sus trabajos de ensayo. Para bien y para mal este es un libro científico y no hay joyas ni excursos narrativos. En cambio si hay algo que distingue a las restantes obras de Rafael Sánchez Ferlosio, y es la posibilidad de asistir al espectáculo emocionante de una inteligencia desplegando toda su potencia en busca del concepto cuya falta de explicación da motivo a toda esta investigación acerca de una palabra como guapo, de la que el común de los mortales apenas si tendríamos nada que decir.

 

 

 

 

 

"Guapo" y sus isótopos

Rafael Sánchez Ferlosio

Destino

[Publicado el 24/11/2009 a las 06:26]

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Historia de mi vida

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Historia de mi vida

La editorial Atalanta he realizado la proeza de editar Historia de mi vida de Giacomo Casanova. Y digo proeza porque se trata de dos tomos que suman la friolera de 3575 páginas. Gracias a ello el lector español tiene ocasión de leer, por vez primera, los escritos íntegros de Casanova. Las ediciones que habían circulado hasta ahora por las librerías españolas eran una traducción de la versión francesa publicada por la Editorial Plon a partir de 1826. Jean Laforgue, que fue quien se encargó de la edición material del texto, no sólo limpió éste de inconveniencias lingüísticas, geográficas y amatorio-nocturnas sino que rebajó aquellas opiniones que consideró inadecuadas, suavizó juicios y, en general, adaptó lo dicho por Casanova a las convenciones de la moral del siglo XVIII. Es decir, que, finalmente, se puede saber qué dijo en realidad el aventurero veneciano. Y lo que es mejor, se puede saber cómo lo dijo.

                Y justamente en ese cómo ahora rescatado radica gran parte de la fascinación que han ejercido estas memorias desde su aparición. Porque Casanova, aunque resulte casi sonrojante recordarlo aquí, era un seductor. Su estilo es ágil, directo y coloquial hasta el extremo de lindar muchas veces con la oralidad, es decir, nada que ver con el tono moroso y discursivo de dos contemporáneos tan ilustres como Rousseau o Voltairte.  La diferencia radical con la escritura de aquella radica en que Casanova, repito, era un seductor nato. De mujeres por descontado, pero al contar su historia también pretendía seducir a príncipes y grandes señores (pues al fin y al cabo gran parte de su vida vivió de ello). También pretendía ser reconocido por sus muchas virtudes además de las amatorias, entre las cuales su habilidad para vivir el lado más peligroso de la vida y salir más o menos indemne de tamaña osadía. Pueden detectarse en determinados pasajes y afirmaciones rasgos de vanidad y vanagloria y hasta algún que otro ajuste de cuentas. Pero sobre todo y ante todo Casanova pretende seducir al lector y se toma infinitas molestias para tenerlo entretenido, bien informado y, si se tercia, incluso un punto excitado a costa del relato pícaro y pormenorizado de sus aventuras amorosas. Es raro tener la sensación, mientras lees, de estar oyéndole declamar en voz alta gustándose mucho a sí mismo. Tampoco lo imaginas  corrigiendo párrafos porque, al releerlos, ha caído en la cuenta de que no responden a los gustos del momento. Y mucho menos le crees capaz de insistir, pormenorizar o tergiversar un lance cualquiera en nombre de la verdad, la justicia, la historia o cualquier otra consideración que no sea la literaria. Ni era ni pretendía ser un historiador, un sociólogo o un memorialista. Escribía porque pretendía ser leído. Y a diferencia del historiador, que no tiene más interlocutor que la Historia, el narrador dialoga todo el tiempo con el Lector y ello crea unas leyes internas que son, en definitiva, las que marcan la diferencia entre un texto literario y otro que no lo es. Determinar si encima es bueno, buena literatura, es una misteriosa operación cuyo mecanismo (por fortuna, creo yo) todavía estamos muy lejos de llegar a comprender. 

                El resultado de todo ello es un documento asombrosamente exacto y de primera mano acerca de la vida en la Europa del siglo XVIII, narrada a través de  las peripecias de un pícaro ilustrado cuyas hazañas a veces transcurren en las cortes y los palacios y a veces, sin apenas transición, en las camas más perfumadas o en las más lóbregas tabernas, sin descartar las huidas vergonzosas a través de las fronteras para salvar el pellejo y evitar dar con sus huesos en la cárcel. Sin embargo, y aunque sociológicamente resulte ser un testimonio de gran valor,  las memorias de Casanova son, insisto,  un texto literario de primera magnitud. Algunas de sus aventuras amorosas (y de inmediato salen los nombres de Lucrezia,  Henriette, Caterina Capretta y tantas otras),  son pequeñas obras maestras que bastarían para poner de manifiesto el talento narrativo de Casanova y su clara conciencia de estar haciendo una obra literaria en el sentido más noble y creativo de la palabra.

                Es de resaltar la notable tarea llevada a cabo por Mauro Armiño, que además de traducirse de una sentada las 3.500 páginas del original, ha tenido que liar con la ingente labor de dar sentido, sin tergiversarlo, un texto escrito en francés, una lengua que Casanova, veneciano de nacimiento, aprendió sobre la marcha y de oído. Paralelamente, es asimismo de resaltar la tarea llevada a cabo por Atalanta, pues si es de alabar su cuidado y bien editado contenido, encima ha hecho un libro de esos que dan ganas de leerlos sólo por el gusto de tenerlo en las manos, sentir el tacto de las cubiertas o escuchar el crujir de las páginas. Incluso  los cuadros elegidos para ennoblecer las guardas son un gozo. Y el prólogo, de Félix de Azúa, es incisivo, mordaz y, como cabía esperar, ofrece eso que los anglosajones denominan insigths, y que es una forma de describir ese tipo de mirada capaz de atravesar la apariencia para ir directamente al meollo del asunto.

 

Historia de mi vida

Giacomo Casanova

Atalanta

[Publicado el 17/11/2009 a las 06:57]

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El Gatopardo

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El Gatopardo

Acaba de aparecer El Gatopardo en una edición que Edhasa publicita como "definitiva". Ello es una excelente excusa para adentrarse de nuevo en esta novela que, casi cuarenta años después de su aparición en España, conserva todo su vigor y su capacidad de mantener absorto al lector desde la aburrida apertura con el rezo del rosario en  familia hasta la prodigiosa escena final en la que el fiel pero disecado perro Bendicó, al ser arrojado a la basura desde una ventana del palacio, compone por un instante en su caída la apolillada silueta del gatopardo que ha ejercido de animal totémico en esa familia Salina ahora en el umbral de su extinción.    

Creo de justicia reivindicar aquí la figura del escritor Giorgio Bassani, que en 1958, cuando ejercía de director de Feltrinelli, cayó en sus manos el manuscrito de un desconocido. Pese a que dicho manuscrito le llegaba rebotado desde Mondadori porque Elio Vitorini lo había rechazado allí,  Bassani no sólo decidió publicarlo sino que se encargó personalmente de editar el texto. Es más: cuando el libro ya estaba en galeradas, Bassani supo que un sobrino de Tomasi di Lampedusa ( Gioacchino Lanza Tomasi, autor del prefacio en la presente edición de Edhasa) poseía una manuscrito mecanografiado posterior al que él mismo había utilizado en Feltrinelli, se trasladó a Palermo con las galeradas a fin de cotejar ambas versiones e introducir todas las correcciones y adiciones que consideró necesarias.  A pesar de lo cual, en 1968, cuando el libro ya era un éxito mundial y Luchino Visconti había estrenado su película, un oscuro profesor de Catania logró una efímera fama al denunciar que Bassani punto menos que había reescrito un texto en el que había " miles de inconsistencias", algunas de ellas  "sustanciales".

Para nada de nada. El sobrino, que parece ser un auténtico caballero, empieza por excusar en su prefacio a Vitorini diciendo que supo reconocer la talla del autor de El Gatopardo (bien que lamentablemente no llevase su reconocimiento hasta el extremo de imponer su publicación en la editorial Mondadori que él mismo dirigía). Y defiende asimismo el trabajo de Bassani, al que reconoce su profesionalidad  y agradece el detalle de haberse recorrido media Italia para mejorar en lo posible el texto sobre el que había trabajado, y que no difiere gran cosa del ahora considerado definitivo. Por otra parte,  los pequeños fragmentos y esbozos encontrados tras la muerte de Lampedusa, y recogidos en la presente edición, no añaden pero tampoco quitan gran cosa al texto original.

En cambio es de gran interés el propio prefacio, sobre todo cuando Gioacchino Lanza Tomasi hace una observación sobre El Gatopardo que a mi me parece muy bien vista. Y me refiero al momento en que traza un paralelismo entre EL Gatopardo y otra novela, traducida en castellano como Las confesiones de un italiano (Acantilado, 2008), de  la que fue autor Hipólito Nievo (1831-1861).  Y dice el prologuista: "... ambas novelas describen efectivamente el ocaso de un mundo; pero Lampedusa hace sonar la campanilla de alarma tan pronto como la voluntad de describir es reemplazada por la voluntad de crear una experiencia, mientras que Nievo es capaz de entregarse a la retórica de la patria y del amor durante capítulos enteros". Y por si cupiera alguna duda, añade un  par de líneas más abajo: "Sin duda [Lampedusa] siente más rechazo por la retórica del Resurgimiento que  por la ideología del Resurgimiento".

Los ecos de la guerra y los desembarcos, Garibaldi y sus sueños dislocados,  los austriacos o los borbones, la nueva clase emergente  con la que el  príncipe Salina va a negociar  hasta el extremo de intercambiar sangre (su sobrino Tancredi) por dinero (Angélica, la hija del alcalde llamado a ser más rico que el propio príncipe) son como los lejanos aullidos del lobo que sólo vienen a importunar con sus funestos augurios ese universo aristocrático cuya futilidad está prodigiosamente descrita en el traslado familiar desde Palermo a Donnafugata para pasar el verano: una Sicilia aplastada por el calor, blanquecina de polvo, esquilmada y sedienta pero que rinde pleitesía al señor pese a que este se encuentra tan blanquecino de polvo, sediento y esquilmado como la propia Sicilia. Con su observación, Gioacchino Lima Tomasi está planteando a su manera la diferencia que se crea dentro de toda narración  entre tiempo histórico y tiempo psicológico, una distinción tan más fundamental cuanto que se trata de una novela que algunos definieron en su día como "autobiográfica". Es prodigiosa la capacidad de Lampedusa para transformar en narración su propia experiencia y para poner al descubierto lo que tiene de retórico, o sea vano, el mundo que va a ocupar su lugar cuando él muera.  

 

 

 

 

 

 

 

El Gatopardo

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Edhasa

[Publicado el 11/11/2009 a las 07:41]

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La forja de un rebelde

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La forja de un rebelde

La reedición de La forja de un rebelde en formato de bolsillo ofrece una oportunidad más, a quien todavía no la haya leído, de conocer por sí mismo una de las mejores novelas escritas en la segunda mitad del siglo XX.  Otra cuestión es si, a estas alturas del nuevo siglo,  la lectura es tan gratuita como sugiere el precio de tapa (17,50 € los tres volúmenes con su estuche y todo), entendiendo el término "gratuito" en la segunda acepción del diccionario de la RAE: arbitrario, sin fundamento.

                Teniendo en cuenta que la voz narradora empieza a dar cuenta de su historia personal hace ahora más o menos un siglo, ¿tiene algún interés meterse entre pecho y espalda casi mil quinientas páginas en las que se habla fundamentalmente de la situación en España antes y durante la Guerra Civil?

                Y lo que es más grave: teniendo en cuenta que la conciencia moral de la voz narradora se forjó (pues de eso va la novela, de asistir a la forja de una conciencia moral) hace ahora exactamente un siglo, ¿compensa el esfuerzo de adaptarse a la mentalidad, el lenguaje, el vocabulario o la forma de narrar de entonces?

                Doy por descontando que se conocen las circunstancias de esta trilogía en la que Arturo Barea, un republicano de buena fe, deja constancia de su peripecia vital desde que se abre a la vida en los barrios pobres del Madrid de principios de siglo hasta su salida de España hacia una Inglaterra de la que (eso lo sabe el lector actual) ya nunca regresará. El primer volumen, La Forja, abarca la niñez y adolescencia del narrador hasta su llamada a filas. La segunda, La ruta, trata de sus experiencias en la Guerra de África y de sus primeros pasos hacia la literatura en el Madrid inmediatamente anterior a la Guerra Civil. Y la tercera parte, La ruta, empieza cuando el narrador ha cumplido ya treinta años y ve configurarse su futuro (y el de todos), con augurios funestos: "En treinta años mueren muchos hombres y muchas cosas. Se siente uno como rodeado de fantasmas o como si el fantasma fuera uno mismo". En las últimas páginas del libro anterior ya ha hecho su aparición en el Norte de África el personaje que por activa o por pasiva va a llenar todo lo que resta de siglo: un generalillo ávido de gloria y poder  llamado Francisco Franco...

                Cuando la leí, la trilogía estaba prohibidísima en España y supongo que fue en una edición de Sudamericana entrada medio destrangis. Una de las cosas que me intrigaban al releerla ahora era si aquella sensación de transgresión y de estar realizando un acto subversivo no le habría puesto un plus que ahora, tantos años después ya no jugaría a su favor.

                Primera sorpresa: la que más ha envejecido es La forja, justo la que mejor recordaba, y la que más me gustó entonces, probablemente porque al ser la primera fue la que marcó    decisivamente los otros dos tomos. Pero hoy es la que más enseña los afeites y esas torpezas narrativas que tanto le han reprochado a Barea. Habla un niño de pocos años y no sólo emite juicios y da informaciones imposibles para su edad sino que a ratos redondea la (mala) faena remedando la forma de razonar infantil. No creo que le hubiese costado mucho empezar diciendo: "Hola, me llamo Arturo Barea, tengo casi cincuenta años y me propongo relatar mi vida de forma novelada, empezando por mi niñez". O lo que sea, con tal de no adoptar el tono del adulto que hace como que habla un niño.

                 Más grave me parece el punto de vista moral que adopta el narrador ante las diversas situaciones y circunstancias que se le presentan, algunas tan graves como la injusticia social de la época; la corrupción generalizada del Ejército en África;  el clima social que se creó en España y que condujo inevitablemente a la Guerra Civil, o muchos de los episodios que le tocaron vivir durante la guerra, empezando por su propio oficio de censor. Muchas veces da la sensación de que Arturo Barea está convencido de que basta la mera denuncia, es decir, la descripción "objetiva" de una conducta reprobable, para que ésta quede condenada y maldita, hecho lo cual  uno puede seguir adelante con su vida con la conciencia tranquila. Como si dijera: "Bastante hago con dejar constancia del desaguisado. ¿Acaso esperas de mí, maldito lector, que encima empeñe mi vida en resolverlo?"

                Ni qué decir tiene que la respuesta a esa pregunta es uno de los fundamentos de la Tragedia. Y mira tú si les dio para escribir obras que todavía hoy dan respuestas a las calamidades que nos afligen.

                Y a pesar de todo ello, o por volver a la pregunta de si merece la pena despacharse mil quinientas páginas, etc., la respuesta es sí. Radicalmente, si. Y cuando logras hacer lo que se espera que haga todo lector, es decir, dejarse de historias y meterse de lleno en la historia, la novela se lee maravillosamente y puede decirse que muchas de sus páginas están a la altura de las mejores páginas de Baroja o Sender. Por lo  menos.

               

La forja de un rebelde

Arturo Barea

Debolsillo

[Publicado el 02/11/2009 a las 18:39]

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Paraísos perdidos

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No conozco bien el proceso, pero lo imagino así: fue alguien, posiblemente un documentalista, quien puso sobre aviso a la editorial - en este caso Saga editorial - acerca de la existencia de un magnífico archivo fotográfico. Se trataba de una colección de fotografías en blanco y negro tomadas en su mayoría en las décadas de 1950 y 1960 y que daban cuenta del estado de todas las costas españolas por aquellas fechas. Y cuando digo todas es literal, pues incluyen imágenes de todos los golfos, cabos, bahías, calas, playas, mangas y albuferas comprendidos entre Port de la Selva, muy cerca de la frontera francesa con Cataluña, y Hondarribia, en la frontera  cantábrica con Francia, abarcando al completo el perímetro mediterráneo y atlántico de la Península Ibérica con la excepción de Portugal. También se incluyen unas pocas pero muy expresivas imágenes para demostrar que tampoco  las islas Baleares y Canarias se libraron del tsunami del ladrillo que se abatió sobre las costas españolas a raíz del llamado "desarrollismo".  

Imagino que a la vista de tan extraordinario material, la editorial tomó la única decisión que cabía ante una posibilidad tan fascinante: reproducir en fotografías de hoy el estado des aquellas localidades y paisajes reflejados en las originales, pero tomándolas desde el lugar exacto donde en su día fueron tomadas aquellas. Cabe decir que no siempre ha sido posible hacerlo, muchas veces porque aquél lugar está ocupado hoy por un gigantesco bloque de apartamentos,  o porque un disparatado hotel tapa por completo la perspectiva.  Aun así,  es muy alto el número de casos en que el ángulo de visión es exactamente el mismo y puede perfectamente establecerse una comparación visual entre el entonces y el ahora. Y el resultado es abrumador.

                El libro ha sido piadosamente titulado Paraísos perdidos, pero también podría haberse llamado Historia nacional de la infamiaMuseo general de los horrores o cualquier otro título capaz de sugerir la inimaginable obra de destrucción perpetrada contra el litoral español. Debido a la magnitud del desatino, y ante el peligro evidente de caer en un tono a mitad de camino entre lo jeremíaco y lo apocalíptico, el autor del texto  ha optado  por una ironía contenida que alcanza toda su expresividad, y su máxima capacidad de censura, a la vista de las clamorosas imágenes que lo acompañan. Al final, y quizás para conceder un respiro al acongojado lector, se han incluido una sección de espacios naturales y una nostálgica colección de imágenes que reflejan el estado de la cuestión justo antes de la hecatombe. O cómo éramos antes de la llegada de los primeros bikinis y lo que éstos trajeron consigo.

Está claro que nada de lo ocurrido en España en el sector de la construcción desde el estallido del boom turístico de finales de la década de 1960 hubiera sido posible sin la connivencia (por no llamarlo asociación para delinquir) de  políticos, autoridades nacionales/autonómicas/ municipales, banqueros, inversores y demás industriales relacionados con la construcción, todos ellos extrañamente comprensivos con la codicia y la rapacidad de los constructores. ¿Por qué? Porque, de una forma u otra, todos ellos se han beneficiado de esa obra de destrucción masiva irónicamente llamada "construcción". Y basta mirar la crónica de sucesos, o recordar casos tan clamorosos como el de Marbella bajo el mandato de Jesús Gil , para comprender el alcance de la corrupción que impera en ese sector.

Pero si está clara la culpabilidad de todos ellos, no debería olvidarse el papel jugado por los compradores de los apartamentos, parcelas y viviendas tan inescrupulosamente puestas en el mercado. Al fin y al cabo han sido ellos, los compradores, quienes han retroalimentado con sus dineros la prosperidad del gigantesco  tinglado.  Y conste que también aquí se da una circunstancia tragicómica, pues si en cierto modo los compradores no dejan de ser cómplices del desaguisado, al mismo tiempo son víctimas del mismo, pues la mayoría está echando la vida para pagar las hipotecas de unas casas construidas de cualquier manera y en las que puedes estar al tanto del estado de la vejiga del vecino (puesto que se le oye actuar en el cuarto de baño) o llevar  un cómputo bastante completo de la calidad y cantidad de sus ayuntamientos carnales porque también eso se oye a través de unas paredes finas como el papel de fumar y encima llenas de grietas.

Todo propietario de "un apartamento en la costa" tiene ahora ocasión de comprobar cómo era el paisaje antes de la llegada de los bárbaros.  Con un poco de imaginación, y teniendo el modelo original en la mano, incluso puede mirar por la ventana y aventurar  cómo serían el mar y la tierra de no tener delante un muro de ladrillo cuidadosamente encalado de blanco, eso sí, pues los constructores no reparan en gastos de cal con tal de integrar ese muro en el paisaje. 

 

 

Paraísos perdidos

Juan Pedro Bator

Saga / editorial

[Publicado el 27/10/2009 a las 09:48]

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Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

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