
La parte principal del libro la escribió entre 1941 y 1942, aunque luego no lo terminó hasta 1944. Dejando de lado sus vaivenes ideológicos, Malaparte se supo bandear muy bien en los años más convulsos y peligrosos de la Europa del siglo XX: no solo salió de la I Guerra Mundial vivo y con condecoraciones al valor sino que estuvo subido al carro del vencedor fascista desde los años 20 en adelante, disfrutando de toda clase de honores y prebendas. En 1931 cayó en desgracia (a quién se le ocurre criticar públicamente a Hitler y Mussolini) y fue sucesivamente encarcelado y desterrado hasta que, en 1941, reapareció vivo y aún tuvo tiempo de incorporarse a la II Guerra Mundial como corresponsal del Corriere dela Sera para cubrir el frente ruso. Antes había pertenecido al cuerpo diplomático y como también en ese ambiente supo bandearse muy bien, de esa época data su relación con los grandes protagonistas de la política y la alta sociedad europea, una familiaridad que le iba a proporcionar la mitad del material literario de Kaputt. La otra mitad sale de sus andanzas como corresponsal por una Europa desgarrada por la guerra y sufriendo el ataque de saña más bestial que haya experimentada desde su ya larga y convulsa creación.
El aspecto algo tramposo del libro, al que antes aludía, se debe a que, a fuerza de repetirlo, el truco se acaba haciendo evidente. Muchos de los capítulos contienen largas y minuciosas descripciones de recepciones en las mansiones de gente como el príncipe Eugenio, el hermano pintor del rey de Suecia, Gustavo V; el diplomático español Agustín de Foxá, otro fascista hecho un lío como él y también diplomático; o el Reichminister Frank, gobernador alemán de Polonia y responsable de las peores brutalidades que hubo de sufrir el pobre pueblo polaco, demasiado cerca de Alemania e inútilmente cerca de Dios, pues éste no le salvó del holocausto exterminador de los nazis. Esas reuniones tienen lugar en suntuosas mansiones, muchas de ellas decoradas con los muebles y cuadros que las tropas alemanas saqueaban a su paso victorioso; a ellas asistían condes, duques, diplomáticos y grandes hombres, todos ellos acompañados de unas sofisticadas esposas educadas desde la cuna para dar brillo a las recepciones en las que se comían delicados manjares y se bebían exquisitos caldos después de haber escuchado al anfitrión interpretar unas piezas de Chopin. Con delectación que tiene algo de perverso, Malaparte se complace en interrumpir de pronto la reunión para introducir relatos espeluznantes y que están teniendo lugar mientras en los salones se exhibe lo más sofisticado y espiritual de la cultura europea: caballos que se metieron en un río ucraniano y que al ser atrapados por un bajón de la temperatura han pasado todo el invierno con el agua al cuello y asomando únicamente las cabezas de crines heladas; prisioneros rusos que se comen a sus camaradas muertos y que merecen este comentario de un alto oficial alemán una vez enterado del hecho:”¿Y se los comen con gusto?”. Aunque también pueden ser soldados tártaros que atan a los prisioneros rusos a un cadáver juntando cara con cara y pecho con pecho para que el muerto se coma al vivo; campesinos rumanos alistados a la fuerza y que cometen las brutalidades escalofriantes que les ordenan los oficiales alemanes y que ellos llevan a cabo convencido de que es un rey al que no han visto nunca quien lo manda. Y también una visita al ghetto de Varsovia en compañía de todas las damas y caballeros que asistían a la recepción del gobernador alemán y que de pronto han tenido la necesidad de saber si la situación de los judíos es tan desesperada como éstos dicen o si se trata de simples habladurías de comunistas.
La aparición de Kaputt, ahora en formato de bolsillo pero en la muy cuidada edición y traducción de David Paradela es como una segunda oportunidad para quienes se lo perdieron hace dos. Sobre todo al principio, hasta que pillas el truco, no se sabe qué produce más horror, si las elegantes recepciones palaciegas o las monstruosidades que mientras tanto están asolando Europa, pues son como las dos caras de este pequeño continente que ha dado a luz a civilizaciones extraordinarias al tiempo que se entregaba a las guerras y al exterminio con un entusiasmo digno de mejor causa.
Kaputt
Curzio Malaparte
Galaxia Gutemberg
[Publicado el 28/5/2012 a las 12:41]
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En su Historia menor de Grecia, Pedro Olalla ha seguido un camino muy diferente. Llama a su libro “historia menor” porque no se ocupa de los grandes acontecimientos históricos sino, como dice en el prólogo el historiador griego Nikos Moschonas, de “pequeños instantes que la historia oficial no registra” y que son “una detección, una recomposición y, hasta cierto punto, una restauración de la historia griega”.
El título también merece otra precisión. Aunque en él aparece la palabra Grecia, y aunque en muchos casos se hable de ella, el tema central del libro es el helenismo o, mejor aún, el espíritu que iluminó el helenismo y que va surgiendo en breves pero intensos fogonazos bajo títulos tales como “Costas de Jonia Oriental, mar Egeo, c.750 a.C.”, “Pastos de Ascra, monte Helicón, Beocia c. 720 a.C.”, “Antigonia, antes Mantinea, Arcadia, c-10”, “Constantinopla, calles de la ciudad, 395”. Así, a saltos de unas decenas de años, los fogonazos del espíritu heleno llegan hasta los dolorosos encontronazos modernos con el imperio otomano para terminar en la “Isla de Ischia (antigua Pitecusa), Italia, 1955”. El motivo son las excavaciones que entonces estaba llevando a cabo el arqueólogo Giorgio Buchner para sacar a la luz la colonia griega de Cuma, que en el siglo VIII a. C. fue una de las principales de la Magna Grecia: con ello se cierra el ciclo iniciado, cómo no, cuando en el 750 a.C. un oscuro aedo se propone contar la cólera de Aquiles y todos los sucesos posteriores a ese airado arrebato primigenio.
Es de resaltar finalmente, aunque tal vez yo debería haber empezado aquí, que el libro está escrito por un hombre nacido en Oviedo en 1966 y que siente Grecia de forma tan apasionada que lleva muchos años afincado allí porque, como él mismo dijo el día de la presentación en Barcelona, deseaba ser un helenista epitopou, lo cual, en sus propias palabras, vendría a ser un “estudioso del mundo griego a pie de obra”. Esa cualidad de narración vivida, y muchas veces vista con sus propios ojos (por ejemplo los paisajes), confiere a los sucesivos episodios un tono intenso de intimidad y conocimiento de primera mano, como si hubiera estado presente cuando, en el año 267, el repicar de los mazos de los canteros marca el ritmo de la enésima reconstrucción de Atenas, esta vez destruida por los hérulos, “un pueblo que saquea cuanto encuentra a su paso, mata a los suyos cuando enferman y no permite que las mujeres sobrevivan a sus maridos”. Pero también puede ser una predicación de Pablo de Tarso, la visita a la devastada biblioteca de Alejandría por parte del joven Pablo Osorio, el último paseo que darán el abad Nectario y su amigo ateniense Giorgios Vardanis por los alrededores del monasterio italiano de Otranto, el inquietante asomar por Oriente de los invasores bárbaros, las salvajadas de los fanatismos religiosos y tantos otros pequeños chispazos que Pedro Olalla, con escrupulosa precisión histórica, ha ido entresacando de aquí y de allá para hilar un relato que se lee con una curiosa sensación de asombro (porque nunca sabes a dónde vas a ir a parar de un capítulo a otro) y de reconocimiento, pues al fin y al cabo está contando la historia de la civilización que nos ha conformado. Y en este sentido creo muy revelador este fragmento que el norteamericano Don Delillo incluía en su novela Los nombres al hablar de Grecia y la extraña sensación de familiaridad que el país provoca en muchos visitantes incluso cuando es la primera vez que pisan sus paisajes. Dice uno de los personajes de Delillo: “Por fin he averiguado el secreto. Durante todos estos meses me he estado preguntando qué era lo que no conseguía identificar en mis sentimientos acerca de este lugar [en el que nunca ha estado antes]. La profunda cualidad de las cosas. La forma de las rocas, el viento. Las cosas vistas contra el cielo. Esa cualidad de la luz antes del ocaso que casi me parte el corazón. Y entonces me he dado cuenta. Son todas ellas cosas que me parece recordar […] Siento que he conocido ya la claridad concreta de este aire y de esta agua. He trepado por los caminos pedregosos hasta las colinas. Es una sensación inquietante…”.
Eso es. De alguna manera, Pedro Olalla se las arregla para que Atenas, Rodas, Antioquía, Tesalónica, Palestina, Constantinopla, Macedonia o Ioannina, surjan del pasado (o del destino) común y tengamos la sensación de haber estado allí entonces, porque todo cuanto se cuenta nos parece recordarlo. Y es una sensación en verdad inquietante la que deja la lectura de este libro apasionante y magníficamente escrito.
Historia menor de Grecia
Pedro Olalla
Acantilado
[Publicado el 21/5/2012 a las 10:34]
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En el caso de la Recherche, a lo largo de los años le he visto saltar de un tomo a otro de la edición de La Pleiade con una constancia demoledora. Tenía a gala no irse a dormir nunca sin haber leído aunque sólo fueran seis u ocho páginas, pero de cuando en cuando desaparecía una temporada y a su regreso el avance en la lectura era claramente apreciable. Aparte de esa confirmación puramente visual, se puede tener la absoluta certeza de su familiaridad con la Recherche porque lleva publicadas centenares de páginas, algunas de ellas en este mismo blog, glosando diversos aspectos que le ha sugerido la escritura de Proust.
La mirada de Proust no es la clase de libro que firmaría un profesor de literatura, ni tampoco lo que cabe esperar de un filósofo. Por decirlo de alguna forma inteligible, es la obra de un explorador que después de pasar muchos años en territorios al principio ignotos y luego progresivamente más conocidos y familiares, vuelve para dar cuenta de lo encontrado. Con lo cual creo estar queriendo decir que se trata de un libro terriblemente honrado, fruto de un conocimiento adquirido con esfuerzo y tamizado por una reflexión que se ha visto refrendada por la experiencia de toda una vida. Y de eso trata el libro, justamente: “Cuando me he referido a la figura del Narrador de la Recherche he señalado que su actitud es análoga a la de un niño que, en ausencia de lengua que sirve de preliminar instrumento y que confiera ya una percepción del mundo, avanza en el mundo de las palabras y de sus enlaces, literalmente explorando un terreno para él completamente virgen, o más bien forjando ese mundo, pues antes de las palabras no cabe hablar de un mundo propiamente humano” (P.309).
Y sigue: “Identificar la vida del espíritu con la exploración de un terreno virgen que es indisociable del espíritu mismo […] considerar que la exigencia de mantener el espíritu, como premisa de una escuela de vida cabalmente humana: tal es el fundamento de una disposición auténticamente ética. Por decirlo con toda claridad: el deber es en cada momento enfrentarse a lo que se resiste, ya se trate de una ecuación o una metáfora”.
Puesto que el lenguaje es lo que distingue al ser humano, es imperativo (ético) avanzar en el mundo de las palabras como quien explora un terreno virgen para forjar un mundo que antes de la palabra no existe. Ello implica devolver a la palabra la capacidad de crear, lo cual implica a su vez que si un contenido de lo que fue nuestra vida evocada por la palabra se vivifica, en ese caso se produce una resurrección (o recreación), no del cuerpo pero sí del contenido del recuerdo.
Se trata por tanto de una apuesta radical porque además de ser un imperativo ético costoso de llevar a cabo nadie tiene asegurada la victoria final en su lucha contra el tiempo, pues quién te asegura que sólo un Proust, o su equivalente, posee el don de hacer fructificar el lenguaje y de hacer presente el pasado.
La mirada de Proust
Víctor Gómez Pin
Triacastela .
[Publicado el 14/5/2012 a las 12:11]
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Sin embargo, aquí y allá se habían ido alzando voces que acusaban a Frey de falsario, pues habría presentado como verídicos (o biográficos) unos hechos que en la realidad habían sido mucho menos dolorosos, heroicos y ejemplares de cómo él los pintaba. Pese a todo, probablemente la cuestión no hubiese pasado de una simple anécdota de no ser porque la divina Oprah Winfrey, que había sido una de las primeras y más encendidas entusiastas del supuesto descenso del joven Frey a los infiernos, se sintió ofendida por el engaño y le tendió a su antes protegido una alevosa trampa mediática: haciéndole creer que se hablaría de otra cosa le invitó a su multitudinario programa y millones de espectadores pudieron asistir al penoso espectáculo de un pobre tipo sentado en un sofá y viéndose obligado a confesar que sus supuestas memorias eran en realidad una invención con vistas a lograr que el texto resultase más vistoso y atractivo para el gran público.
En plena controversia James Frey publicó una tercera novela, Una brillante mañana (Bright Shiny Morning) que fue recibida con división de opiniones. Mientras que los críticos literarios del New York Times y de la revista People la ensalzaron (algún otro medio habló de “resurrección”), los responsables del Los Angeles Times opinaron que era una de las peores novelas que habían leído, mientras que el New Yorker la calificaba de “banal”.
Hay que agradecerle a James Frey el que, lejos de amilanarse por lo delicado de su situación, o lejos de buscar una componenda para contentar a todos, decidiese hacer frente a sus detractores con una novela como El último testamento que ahora publica Modadori , una continua y desvergonzada provocación que a muchas personas no les resultará fácil de leer, y mucho menos aceptar. Os preocupa la veracidad de lo que escribo, parece haberse dicho Frey mientras encendía el ordenador y abría un archivo provisionalmente titulado The Final Testament of the Holy Bible. Os preocupan la verosimilitud y el realismo. Queréis historias que podrían ser reales protagonizadas por alguien fácil de identificar y con quien podáis establecer una relación personal. Pues a ver qué os parece esta historia de un pobre diablo que malvive en los suburbios de Brooklyn y Queens y que se junta en los túneles del subsuelo neoyorkino con una banda fuera de la ley y que se está armando y fabricando armas con fines nada pacíficos. Un tipo que practica abiertamente la homosexualidad, que convive con una prostituta negra (a la que deja embarazada), y con la que no tiene problemas en montar fogosos tríos con otras mujeres. Un tipo que debería morir en las primeras páginas porque le cae encima un panel de vidrio cuando éste estaba siendo izado a un rascacielos en construcción provocándole heridas mortales de necesidad pero de las que se repone en contra de toda lógica. Un hombre que cura a los enfermos, que sana a quienes tienen el alma rota y que hace milagros mientras predica el amor, un amor más bien físico, pues quienes se benefician del mismo suelen tener prodigiosas erecciones y orgasmos antes de caer de rodillas por haber reconocido en él a Jesucristo. Verosimilitud. Realismo. Toma ya. Por si cupiera alguna duda, el libro se abre con una advertencia diciendo que habla de Ben Sión Avrohom, también conocido como el Profeta, el Hijo, el Mesías, Dios Nuestro Señor.
La historia de Ben Sión la cuentan trece narradores distintos que, todos en primera persona, ofrecen testimonio de su encuentro con él ( o Él), siempre en momentos sucesivos para que el lector sea testigo de su trayectoria completa desde el accidente en la obra hasta su muerte en un hospital para indigentes.
Con independencia de sus métodos en busca del éxito, no cabe duda de que James Frey es un narrador eficaz, y quien acepte su propuesta del nuevo Mesías va a tener numerosas ocasiones de ser llevado al límite de su capacidad como lector.
El último testamento
James Frey
Mondadori
[Publicado el 07/5/2012 a las 11:26]
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Mauro Corona es hoy, con mucho, su habitante más famoso. No nació en Erto, pues sus padres eran vendedores ambulantes y su madre le dio a luz en un carromato cerca de Trento. Pero desde niño, y hasta la edad de trece años, todo su aprendizaje vital tuvo lugar en esa desgraciada localidad destinada a sufrir una amputación brutal. Ya de mayor, y tras muchos años de vagabundear y ejercer diversos oficios, Mauro Corona regresó a Erto y se ganó la vida como tallista de madera hasta que un día acertaron a pasar por allí el escritor Claudio Magris y su esposa, hoy fallecida, Marisa Madieri. A ésta, más que su habilidad con el formón, lo que de verdad le sedujo fueron los relatos del escultor. Gracias a su insistencia y patrocinio, Mauro Corona es hoy autor de dieciocho libros que han vendido 2,4 millones de ejemplares, sólo en Italia.
Fantasmas de piedra es un recorrido por las calles del Erto actual contemplado desde la perspectiva de las cuatro estaciones del año, que en el relato se suceden como las de un vía crucis revivido por el autor con tacto piadoso y un extraordinario poder de evocación. El recorrido se inicia en la calle más cercana al cauce del río Vail, en la parte baja del pueblo. Y entre que ha elegido la estación más desolada del año y que esa zona quedó prácticamente arrasada por el agua, el ascenso es angustioso. Sin embargo, ya digo que Mauro Corona posee un extraordinario don para evocar y le bastan cuatro muros que milagrosamente todavía se mantienen en pie, o una verja oxidada,o una puerta arrancada de cuajo, para reconstruir la familia que ocupaba entonces esa casa.
A su don para la evocación, Mauro Corona une una asombrosa precisión y elegancia para la descripción, ya sea de paisajes, gentes, oficios o costumbres, algunas decididamente abominables (y me refiero por ejemplo al salvaje que, a cambio de unos céntimos, animaba a los hermanos Corona a arrasar nidos y traerle unos pollos que el inductor de la salvajada echaba enteros a la sartén después de haber tenido la precaución de aplastarles el cerebro apretando con el índice y el pulgar. Quizás para tranquilidad del lector, el autor aclara que de pequeño aún hizo cosas peores…). Los herreros de antaño, los molinos movidos por el agua del río, el panadero que cada mañana regalaba a los hermanos Corona (“huérfanos de padres huidos”) un bollo de pan cuando iban camino de la escuela; el maestro local, las tabernas de entonces, el penoso abonado de los campos a base de estiércol que las mujeres subían hasta los campos en serones cargados a la espalda. Nada escapa a la mirada de un narrador al que todo interesa, razón por la cual, por ejemplo, el lector cierra el libro con una información detallada acerca de la época en que debe cortarse la leña para el fuego, qué orientación debe dársele para que madure en el bosque o cuál es la madera adecuada para cada uso, pero también información acerca de las herramientas de los diferentes orfebres o la información acerca de los hechos de la vida que con su conducta los adultos transmitían a los jóvenes. Es uno de esos libros que, pese a su aparente sencillez, obligan al lector a sopesar con preocupación cómo van pasando las páginas, pues ello implica que cada vez falta menos para que se acaben. Sería de agradecer que los editores españoles se decidiesen a editar otras obras de este curioso personaje que aparte de escribir y esculpir, todavía encuentra tiempo para escalar montañas, y varias vías de acceso a las cumbres de los Dolomitas y del parque de Yellowstone llevan su nombre.
Fantasmas de piedra
Mauro Corona
Altaïr
[Publicado el 30/4/2012 a las 12:14]
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Sin embargo (pero por eso digo que todo ello es un disparate) los verdaderos planes de la astuta señora Hanhaus incluyen que Lerner tome posesión, en nombre del imperio alemán, de una isla deshabitada y pedida en el Ártico cuyo subsuelo guarda (supuestamente) un fabuloso yacimiento de carbón.
A partir del momento en que un cada vez más desconcertado Theodor Lerner se adentra en los hielos infinitos a bordo de un destartalado pesquero comandado por un ex capitán de la armada imperial, los acontecimientos, diestramente manejados a distancia por la incombustible señora Hanhaus, se irán complicando y retorciendo hasta atrapar sin escapatoria posible a Lerner, y con éste al lector. Es de aclarar sin embargo que si se tratase de una novela norteamericana, el ritmo del catastrófico acontecer sería trepidante y que las posibles discrepancias o inconsistencias de la trama quedarían disimuladas tras el vertiginoso desarrollo del artificio narrativo.
Lejos de ello, El príncipe de la niebla entra de lleno en la gran tradición de la novela europea contada sin prisas y construida sobre un exquisito rigor histórico. Por descontado que los posibles capitalistas e inversores contactados por la señora Hanhaus para crear una compañía minera no se diferencian gran cosa de los capitalistas e inversores que las crónicas de sucesos actuales desenmascaran todos los días; y por descontado que los políticos y grandes cargos cuyo prestigio debe respaldar la iniciativa polar tampoco se diferencian gran cosa de los chapuceros políticos que actualmente se sientan en los banquillos de los juzgados. Pero es de agradecer el gran trabajo que se ha tomado Martin Mosebach en reproducir la atmósfera, los ambientes, los personajes e incluso las vestimentas imperantes en la Centroeuropa de finales del siglo XIX, cuando el mundo germano pugnaba por erigir un imperio equiparable al de las grandes potencias del momento. Y sobre todo hay que agradecerle un finísimo sentido del humor que le permite describir las situaciones más descabelladas, o las bajezas más reprobables con un distanciamiento y una ligereza de ánimo encomiables.
Curiosamente, leyendo esta novela que ahora publica Acantilado, y que en 2007 le valió el muy prestigioso premio Georg Büchner (el jurado destacó entonces la “alegría narrativa” del premiado y su “conciencia humorística de la historia”), nadie adivinaría que Martin Mosebach es un escritor religioso con gran prestigio en los círculos practicantes católicos. En su obra Häresie der Formlosigkei. Die römische Liturgie und ihr Feind (La herejía de la ausencia de forma. La liturgia romana y su enemigo), abogaba por el regreso a las formas litúrgicas tradicionales anteriores al Concilio Vaticano II. En términos generales podría decirse que Mosebach mantiene una línea de pensamiento tradicional y que apoya sin reservas a Benedicto XVI y los esfuerzos de éste por devolver a la Iglesia el rigor religioso en el que ha basado su supervivencia de dos mil años. Por la razón que sea, esa ideología no se trasluce en absoluto en El príncipe de la tiniebla, pues aquí, como queda dicho, lo que predomina es el aire de farsa apoyado en una gran precisión histórica y un notable sentido del humor.
El príncipe de la niebla
Martin Mosebach
Acantilado
[Publicado el 23/4/2012 a las 11:00]
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Sin embargo, si Franco y sus servidores merecen la más severa de las censuras por su cerrilismo intelectual, sus herederos no somos menos culpables y resulta incomprensible que un ministerio tan inútil y falto de contenidos como es el de Cultura no haya sido íntegramente dedicado, desde la llamada restauración democrática, a la nacionalización, repatriación o como quiera llamarse a la labor de recuperar la obra de aquellos intelectuales vergonzosamente obligados a huir y que en gran parte permanece dispersa por las bibliotecas y hemerotecas de los países que tuvieron la generosidad de acogerlos y ofrecerles trabajo. Esa labor de recuperación ha quedado en manos de la iniciativa privada, que suple a base de entusiasmo y trabajo la absoluta y, repito, incomprensible falta de apoyo oficial.
Tal es el caso de La isla de los santos que ahora publica la editorial Igitur gracias en gran parte a la labor realizada por Laura Baeza, diplomática y nieta del autor, Ricardo Baeza. Este, nacido en 1890 en Bayamo, Cuba, y muerto en Madrid en 1956, fue un traductor, editor, periodista, promotor teatral, cronista y diplomático que desarrolló gran parte de su fecunda labor intelectual en la década anterior a la Guerra Civil. Su inequívoca adscripción a la causa republicana, sobradamente puesta de manifiesto en sus colaboraciones en periódicos como El Sol y revistas como La Gaceta Literaria o Revista de Occidente, y su cargo diplomático en Chile justo antes del golpe de Estado de Franco hicieron de él un candidato idóneo al exilio de por vida. Pudo volver a España pocos años antes de su muerte pero sumido en el más absoluto anonimato.
La Isla de los santos es una recolección de las crónicas que Ricardo Baeza publicó en El Sol relatando un viaje de varios meses a Irlanda cuando estaba a punto de estallar allí la guerra civil que a la postre supondría la (casi total) independencia de la República irlandesa. Lo primero que llama la atención de estas crónicas es su calidad literaria. En su momento recibieron el aprecio de los lectores (ventas) lo cual es un mérito cuando dichos lectores estaban acostumbrados a un género como el de la literatura de viajes, brillantemente practicado entonces por hombres de la talla de Luis Oteyza (andanzas por Oriente), Luis Araquistáin ( Estados Unidos) o Manuel Chaves Nogales ( URSS). Destacar frente a ellos era toda una hazaña.
Junto a la gran calidad del texto merece destacarse la claridad en la exposición de una situación enrevesada, dramática y extremadamente dolorosa que enfrentaba a dos naciones (Inglaterra e Irlanda) por las que el cronista sentía gran admiración y aprecio, pero que se estaban desangrando mutuamente ante la mirada consternada del viajero. Esa capacidad de mantener la serenidad de juicio ante una situación desquiciada resulta asimismo muy notable a la hora de tratar el tema del nacionalismo, pues si debía ser condenada sin paliativos la brutal política de castigo llevada a cabo por una mentalidad ultranacionalista como era la del imperialismo británico, no menos reprobables eran los excesos que, como respuesta, estaban llevando a cabo los nacionalistas del Sinn Fein. Su intento de mantenerse ecuánime acabaría costándole ser reprobado por ambos bandos.
Si los numerosos textos firmados por Ricardo Baeza merecen ser puestos al alcance de los lectores actuales, éstos deberían agradecerle otro aspecto de su quehacer intelectual, pues aunque no lo sepan, se están beneficiando indirectamente de la labor que él llevó a cabo entonces. Y me refiero a su actividad como traductor. Más que un trabajo, Baeza entendía la traducción como un vínculo que permitiría a la literatura española ponerse a la par de la europea, y ahí está su labor pionera con autores como Maeterlinck, D´Annuzio, Oscar Wilde o Marcel Schwob, por no hablar de su excelente versión de Los cantos de Maldoror, de Lautréaumont, todos ellos a disposición de los lectores españoles desde los años veinte.
La isla de los santos. Itinerario en Irlanda
Ricardo Baeza
Ígitur
[Publicado el 16/4/2012 a las 10:57]
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El libro está dividido en tres apartados titulados “Escuchar”, “Aprender a ver” y “Encontrar la voz” y corresponden, más o menos, a tres etapas sucesivas de su infancia y adolescencia: la primera, profundamente marcada por los cuentos infantiles, la escuela y las primeras lecturas serias, como Dickens; a continuación, la etapa de aprendizaje marcada por los antecedentes familiares y la herencia recibida de cada uno de los ancestros; y una tercera en la que se narran las primeras incursiones en la escritura.
Aunque el editor norteamericano se ocupó de documentar gran parte de los libros, poemas y obras musicales o de teatro que la Welty cita de memoria, se recomienda vivamente el recurso a Internet porque, se diga lo que se diga de Estados Unidos, en aquel país la cultura recibe un trato exquisito y en la red se da noticia, e incluso documentos gráficos, de todo el acerbo creativo que impresionó la mente de una niña que se abrió al mundo en las primeras décadas del siglo pasado. Muchas veces, cuando hace alguna broma acerca de las canciones que la obligaban a cantar en el colegio, o cita alguna obra musical que oyó en su infancia, el inestimable Youtube ofrece ejemplos vivos de tal canción o musical. Y lo mismo ocurre cuando, por ejemplo, la autora habla con emoción del rascacielos que su padre construyó en Jackson para albergar las oficinas de la empresa de seguros para la que trabajó gran parte de su vida. Basta poner Lamar Life Tower, Jackson, para que en la pantalla del ordenador aparezcan varias fotografías de esa torre (por cierto que muy hermosa) que tanta emoción le seguía causando, a sus setenta y cinco años de edad, a la hija de su constructor.
Sobre todo en la segunda parte (“Aprender a ver”), cuando cuenta los viajes en automóvil y en tren desde Mississippi a Ohio (solar ancestral de la rama paterna) y Virginia Occidental (antepasados de la madre) la narración se puebla de alusiones al aprendizaje que supusieron para la futura narradora aquellos paisajes repasados una y otra vez bajo el seguro amparo paterno, y las diferentes tipologías humanas que les salían paso a lo largo de las mil millas que separaban la salida y la llegada de aquellos viajes. Años después ese aprendizaje recibiría como broche de incalculable valor los años pasados como fotógrafa por cuenta de un organismo social estatal y que le permitió recorrer y recoger testimonios gráficos de los más apartados y remotos rincones del Estado de Mississippi y sus habitantes. Como dato anecdótico, pero que puede ayudar a entender la clase de aprendizaje que estaba recibiendo la joven reportera, es oportuno mencionar que Mississippi no abolió oficialmente la esclavitud hasta 1995. Sí, no es un error: 1995.
A lo largo del libro, pero sobre todo en la última parte, Eudora Welty trata de abrirse a sus lectores (aunque al principio fueron oyentes, pues sus memorias tienen como origen unas conferencias pronunciadas en 1983 en la Universidad de Harvard) y ofrece toda clase de pistas para que el oyente/lector conozca la génesis y el proceso de creación de muchas de sus narraciones cortas. Y ahí es donde aparece la parte esotérica o misteriosa de la creación. Sobre todo los vanguardistas, pero también muchos otros artistas y escritores, han sido muy aficionados a lanzar manifiestos con los que deseaban dejar constancia de la base teórica que sustentaba sus creaciones. Y todo el mundo habrá podido comprobar que la diferencia entre lo que decían y lo que hacían levantaba un abismo de incomprensión y perplejidad, pues si hubieran terminado haciendo lo contrario de lo que pretendían esos textos podrían seguir siendo los mismos. Algo parecido ocurre cuando un escritor trata de explicar los impulsos o intuiciones primeras que luego se transforman en una obra con título y tapas. Ni siquiera los más acérrimos seguidores de la Welty serán capaces de reconocer en cuentos como “Acróbatas en el parque” o “Las manzanas doradas” el proceso seguido desde la intuición o visión primera hasta su plasmación en los cuentos que llevan esos títulos. Y la razón de ello no es en absoluto misteriosa, ya que incluso la propia Welty lo dice varias veces: la escritura sale de la distancia (aunque puede llamársele elaboración artística) que media entre la experiencia y la transformación de ésta en material literario. Y es en esa elaboración distanciadora donde se pierde toda conexión entre origen y fin. Pero el libro es encantador y, leyéndolo, se entiende la propensión de Eudora Welty a recibir a los periodistas con un delantal y las manos blancas con la harina de las pastitas que esta horneando. Era un alma sin doblez.
La palabra heredada
Eudora Welty
Impedimenta
[Publicado el 08/4/2012 a las 13:43]
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Aparte del espectacular impacto mediático de los centenares de miles de documentos puestos en circulación por WikiLeaks, su existencia misma venía a incidir de lleno en la problemática de fondo que amenaza, y al mismo tiempo le ofrece un futuro esplendoroso, al universo de la información. Por referirme únicamente al concepto de información vinculado al periodismo, no hace tanto tiempo que la en las casas se guardaban páginas arrancadas de los periódicos e incluso suplementos enteros de los dominicales. Los periódicos se leían porque, según cuales, transmitían la sensación de estar dando cuenta de lo que pasaba, ya fuera a nivel local, nacional o internacional. Y como muchas veces el día a día impedía leer con el detenimiento debido determinados artículos o reportajes, se guardaban con la idea de encontrar el momento adecuado para echarles una buena ojeada.
¿Quién arranca y guarda páginas de periódicos hoy en día? Y lo que es peor, quienes lee todavía periódicos, ¿ creen estar correctamente informados de lo que pasa?
En esta Autobiografía no autorizada Julian Assange asegura ser un tipo al que no le importa meterse en líos. O por mejor decir: que éstos le estimulan y le hacen sacar lo mejor de sí mismo. Y a fe que desde su adolescencia de hacker internacionalmente perseguido hasta su condición actual de violador contumaz, no ha parado de meterse en líos, algunos gordísimos. Después de las toneladas de basura que le han echado encima es lógico que se defienda e insista en la honradez de sus intenciones (como propalador de noticias subversivas, me refiero). Y dedica a ello no pocas páginas y esfuerzos. Pero lo verdaderamente fascinante de su libros es que el lector no especializado tiene ocasión de ver cómo funciona (y cómo funcionará en el futuro) el fenómeno de la información. Assange no da pistas acerca de cómo se solucionará el gravísimo problema de la seriedad y la fiabilidad de las fuentes, ni de cómo se puede discernir un noticia cierta de una intoxicación. Igual que los grupos subversivos reciben documentos gráficos y escritos que causan verdadera conmoción informativa, el famoso, astuto, oscuro y siempre temible Poder tiene en sus manos los mismos medios para intoxicar a la opinión pública, generalmente por la vía del exceso de información.
Porque esa es otra: dado que la potencia de los medios de comunicación de masas es prácticamente ilimitada, también su capacidad de transmitir información lo es, y Assange da como de pasada algunas cifras asombrosas: “Nos pasaron 75.000 documentos sobre Irak”. O bien: “Para poner a buen recaudo esos 250.000 documentos que nos habían filtrado, busqué el servidor de un amigo en Indonesia…”.
Dice Assange: “ A finales de 2008 estábamos sumergidos bajo una oleada de documentos filtrados que nos enviaban desde todos los rincones del mundo”. A la vista de las cifras antes citadas, cabe preguntarse a qué se refiere cuando habla de “realizar investigaciones y editarlos para su difusión”. Si ni siquiera las redacciones conjuntas de dos monstruos como The New York Times y The Guardian eran capaces de manejar la avalancha de documentos sobre Irak y Afganistán, qué “investigación” y qué “edición” puede llevar a cabo una bienintencionada organización sin ánimo de lucro y que no sólo carece de redacción si no que ni siquiera está físicamente ubicada en un lugar no virtual. Deducir la veracidad de una información filtrada a partir del grado de cabreo del perjudicado es un sistema de verificación digamos que dudoso.
Y si las noticias acerca de la infancia de Assange son curiosas, toda su formación como hacker y sus andanzas por el interior de los sistemas informáticos de las principales corporaciones e instituciones internacionales es fascinante. Un puñado de adolescentes con unos ordenadores sujetos con cinta aislante poniendo en jaque a las mentes más brillantes de la informática y la encriptación mundial. Asombroso. Y de primera mano.
Autobiografía no autorizada
Julian Assange
Los libros del lince
[Publicado el 02/4/2012 a las 12:30]
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El narrador, como tantos otros niños, tiene padres, asiste a un colegio, convive con amigos /enemigos y atesora el recuerdo de un verano fundacional en una de las islas fronteras a Nápoles (casi con toda seguridad Prócida) en compañía de su madre y una hermana más pequeña. El padre, hijo a su vez de una norteamericana que se afincó en Nápoles y ya nunca más quiso volver a su país, siempre ha deseado emigrar a la patria ancestral. Pero su mujer, la madre del narrador, es una napolitana de rompe y rasga y no ve qué necesidad tiene de aislarse de su entorno y dejar su vida para enterrarse en un país desconocido. “Ve tú”, le dice al esposo y padre, “y yo te espero aquí con los niños”. Resultado: el padre, que incluso había encontrado ya un trabajo en América, opta por regresar a Nápoles y no salir nunca más de allí. Veredicto del narrador acerca de su padre: “El suyo fue un exilio sin viaje”. Esa meticulosa concisión del lenguaje es uno de los muchos atractivos de leer a Erri De Luca, del que voy a tomar prestados un par de ejemplos más. Por estar situados uno frente al otro, el instituto de chicos y el de chicas eran testigos diarios de cómo a la salida de clase se producía la clásica y conflictiva mezcla de ambas clientelas. Definición del narrador: “Masculino y femenino exasperaban sus diferencias para gustarse”. Y la hermana, que era un auténtico torbellino, inducía al narrador a participar en toda clase de juegos pero fundamentalmente unos partidos de fútbol en los que valían los empujones, pellizcos, chillidos y puntapiés. Más tarde pasaría a otros juegos en los que ella ponía a prueba su talento para buscar los ángulos, unos tiros que partían desde el instinto de geometría. Veredicto del narrador: esa geometría se ponía en práctica “con estilo, que es una levedad en el esfuerzo”.
Obviamente, sería ridículo atribuir a un niño de diez años una definición del estilo como una levedad en el esfuerzo, ver en la estancia forzosa del padre en Nápoles un exilio sin viaje o en los patosos esfuerzos de aproximación entre chicos y chicas una (lamentable) exhibición de lo masculino y lo femenino, cada cual en lo suyo. Donde mejor se ve la intención última del autor al revisitar la infancia es en la relación con Ella, siempre descrita o nombrada como “una chica del norte” porque Erri De Luca, cincuenta años después, recuerda casi segundo a segundo la impresión (en el sentido de incisión, marca indeleble) que dejó ella en él, aunque por desgracia no recuerda su nombre ni, caso de encontrársela ahora, está seguro de ir a reconocerla.
Pero aquel encuentro de verano, descrito con extraordinaria delicadeza, es lo que permite hoy al auténtico narrador saber de lo que habla cuando hace referencia a sus sentimientos. Y no puedo resistir la tentación de acudir una vez más al texto, pues lo dice infinitamente mejor de lo que pueda hacerlo yo. Se refiere al momento en que, al cabo de una larga y dolorosa pero también estimulante peripecia, esa chica del norte que al día siguiente se marchará para siempre, le besa en los labios. Para la primigenia pareja humana, dice el narrador, la primera noche, desconocida, les pareció a ellos el resto del día primero, desmigajado en puntitos de luz. No sabían si regresaría el sol, de modo que se abrazaron. “Sé de esa primera vez porque tuve yo también aquella hora en la boca, en un instante idéntico al de ellos, sobre una arena de playa, con el cielo descubierto sobre la cabeza”.
De entrada, saber que Los peces no cierran los ojos es un texto en el que se narran las peripecias veraniegas de un niño de diez años da una cierta pereza. Otra vez, piensa el presunto lector mientras ojea el libro en la librería. Pero si lo vuelve a depositar en el montón correspondiente se equivocará lamentablemente. Y demostrará una también lamentable falta de confianza en Erri De Luca, uno de los escritores más interesantes y, con toda justicia, más exitosos del panorama italiano actual.
Los peces no cierran los ojos
Erri De Luca
Seix Barral
[Publicado el 26/3/2012 a las 12:37]
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Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial Bruguera, Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.
Traducciones

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