El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
miércoles, 19 de noviembre de 2008
Dionisio Ridruejo
Edición y Estudio introductorio Jordi Gracia
Centro de Estudios Políticos e Institucionales
Escrito en España empezó siendo una recopilación de artículos y conferencias que abarcaban de 1954 a 1958.
La idea era ofrecer un amplio panorama de la situación en que se encontraban el Régimen de Franco y España en vísperas de la década de 1960. Pero el ensamblaje de un material tan disperso dejó tantos huecos a la vista que el autor decidió reescribir el libro todo de nuevo con ánimo de ofrecer una auténtica visión global. El resultado, lo dice él mismo en el prólogo, "aspira a ser un análisis objetivo sin dejar de ser un testimonio".
Para quien no conozca siquiera superficialmente las circunstancias vitales del autor -y pienso fundamentalmente en lectores muy jóvenes y/o de fuera de España- cuento a vuelapluma que Dionisio Ridruejo fue un falangista tan de primera hora que incluso le dio tiempo de participar en la redacción del himno de la Falange, el tan cantado como vilipendiado "Cara al sol". También fue un disidente tan de primera hora que tras ejercer cargos de responsabilidad, fundamentalmente el de Jefe de Propaganda durante la Guerra Civil, sus crecientes discrepancias con el bando ganador se tradujeron primero en un claro distanciamiento y luego en un enfrentamiento progresivamente enconado y que le costó varios juicios, multas y destierros hasta acabar en la cárcel. Tan complicada trayectoria le colocó en una situación imposible, pues si el gobierno franquista empezó a considerarle un traidor desde los primeros años 40, por su parte la oposición nunca acabó de fiarse de él ni le admitió como uno de los suyos. O sea, un auténtico paria que murió solo (1975) y sin que ningún grupo político avalase sus reiterados esfuerzos por participar en el proceso político que ya estaba teniendo lugar. Quien sienta curiosidad por este atormentado personaje tiene a su disposición Materiales para una biografía, de Jordi Gracia, el también editor y autor del excelente prólogo de Escrito en España.
Que un hombre como Ridruejo se decidiera en su día a "hacer un análisis objetivo" de la situación en que se encontraba España tras 20 años de franquismo tenía una ventaja evidente, pues los hechos y situaciones que analizaba los conocía de primera mano. Pero también tenía un inconveniente, y es la ya mencionada desconfianza que suscitaba un hombre cuya postura crítica frente a la situación sujeto de análisis no era fruto de una conversión violenta tipo Saulo sino de una lenta y madurada evolución que en el momento de ser escrito el presente libro, 1961, aún no había terminado. Lo cual no quiere decir que para entonces no mantuviese ya una postura crítica de una dureza extrema y desde luego insólita en un hombre que pretendía seguir viendo en España (fuera de la cárcel, se entiende) una vez publicado ese libro que finalmente hubo de ver la luz en Argentina.
El verdadero problema era, y en parte lo sigue siendo, de índole moral. Pues qué autoridad moral podía concederle el lector de entonces a un hombre que en buena parte era responsable de la situación que él mismo analizaba ahora con tanta crudeza.
Para el lector actual el problema es diferente, más que nada porque los casi 50 años transcurridos desde que Dionisio Ridruejo andaba escribiendo su libro "a ratos perdidos" han cerrado muchas heridas y atemperado los ánimos. Pero se pueden destacar dos circunstancias que estimulan la lectura de Escrito en España. Una es el hecho de leer hoy a toro muy pasado, cuando las predicciones y proyecciones de futuro que hace Dionisio Ridruejo ya son el pasado y se puede constatar el grado de acierto o yerro de aquél análisis.
La otra circunstancia, la que a mí más me interesa, tiene que ver con el lenguaje, pues siendo un contemporáneo que habla de hechos todavía vivos y sujetos a discusión (y basta ver lo que está saliendo a la luz junto con los muertos que aparecen en las fosas de la Guerra Civil) el de Dionisio Ridruejo es un discurso antiguo, pues pertenece a una época en la que todavía se concebía como posible intervenir para provocar un cambio en la condición humana. Una época, asómbrese quien lea esto hoy, en que la Declaración de Derechos humanos, la defensa de la libertad, la aspiración a la dignidad o la creencia en el respeto a los demás todavía figuraban en la lista de prioridades de una persona y no una sarta de aspiraciones ilusorias y de una ingenuidad lastimosa. ¿Hay de verdad algún padre, hoy, que inculque a su hijo el valor supremo de la honestidad? Si es así, que cese de inmediato en su empeño porque, si no lo está condenando a muerte, al menos va a hacer de su hijo el hazmerreir de sus contemporáneos.
Ridruejo estaba tan convencido de que el hombre tenía en su mano la posibilidad de cambiar el destino de todos que, tras renunciar a todos sus cargos y prebendas, se alistó como voluntario (y soldado raso) en la División Azul para combatir en Rusia al comunismo. Curiosamente, debemos agradecer que también en esto estuviese equivocado pues si llegan a vencer, él y las Panzerdivisionen de Hitler, la catástrofe universal hubiera sido aún peor de lo que está siendo.
[Publicado el 17/11/2008 a las 10:45]
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Eduardo Lago
Destino
La aparición de Eduardo Lago en el panorama de las letras con una novela titulada Llámame Brooklyn -ganadora del premio Nadal 2006 y de un montón de premios más- tomó por sorpresa a la parroquia literaria. Lago, que ya andaba entonces por los 50 años,
no sólo demostraba poseer una sólida formación sino que tenía una forma de contar tan diferente a lo que se estaba haciendo en aquel momento que ni siquiera necesitó presentarse como anti lo que se estaba haciendo en aquel momento. Iba a la suya. Sin más. Y de ahí la sorpresa.
Para esta su segunda aparición pública Eduardo Lago ha elegido cambiar otra vez de registro en busca de una vía narrativa distinta. Y para ello propone la historia de alguien que suelta anónimamente unos cuentos en internet con la esperanza de obtener respuesta. Y quien le responde es Sophie, o mejor dicho, alguien que ahora se hace llamar Sophie porque un día creyó atravesar una línea de sombra que la movió a replantearse su vida entera. Y empezó por el nombre.
Una vez puesta a rodar la bola del destino, los sucesos se encadenan. De una parte Sohpie cree reconocer en el anónimo autor de los cuentos a un hombre con el que tuvo una intensa relación años atrás. Ese reencuentro virtual hace que se ponga en camino hacia Venecia y Trieste por motivos no bien explicitados, pero que dan ocasión a diversas aventuras. Por ejemplo, el inesperado encuentro con un atractivo árabe al que Sophie reconoce de inmediato porque todas las televisiones están divulgando su imagen bajo la acusación de ser un ladrón de mapas. Ella, viéndolo acosado, acepta ayudarlo a escapar de París sin hacer preguntas.
Paralelamente tendrá lugar la narración de los cuentos anónimos -tres de ida y tres de vuelta- que van intercalándose con la progresiva aproximación de Sophie al misterio triestino-veneciano oculto tras ese encuentro quizás no tan casual en la red. Es sin duda el momento álgido del presente libro -al que me resisto a llamar novela para no desorientar al posible lector. Hay un momento en que, además de la narración personal de la propia Sophie, suenan alternadas hasta seis o siete voces distintas -la mayoría en primera persona- y que corresponden a personajes que viven en Rusia en el año 2000, Abisinia durante la invasión italiana previa a la Segunda Guerra Mundial y Bombay, 1978. Pese a la disparidad de fechas, lugares y sucesos, o pese la superposición de voces narrativas, no cabe posibilidad alguna de confusión. Los personajes rusos hablan y se comportan como uno cree que deben de comportarse los habitantes de una remota ciudad de la Rusia contemporánea, la esposa seducida por el (bellísimo) criado abisinio se comporta como uno imagina que reaccionaría una elegante dama italiana que acaba de desencadenar un drama colonial debido a su lujuria, y el encantador empleado de los ferrocarriles indios, que en su día tuvo la suerte de ser el confidente de Kipling, también habla y se comporta de manera muy verosímil.
Hasta aquí Eduardo Lago hace honor a su fama y se muestra como un narrador sólido, imaginativo y de una cultura tan variada como versátil. Mientras Sophie continúa su acercamiento al desentrañamiento del misterio (a todas estas, hemos perdido de vista al apuesto ladrón sin que éste haya aclarado qué robaba o quiénes eran sus implacables persecutores), también van desarrollándose las historias de vuelta, esto es, las segundas partes (que no desenlaces) de las tres historias de ida. Y hasta ahora el desarrollo global de la narración es espléndido.
Sin embargo, a partir de ahí no es que se produzca un bajón, o que de pronto a Eduardo Lago se le haya olvidado el arte de contar historias. Algunos de los (muchos) cuentos que restan por leer son muy buenos y siguen estando tan bien contados como los primeros. Pero tienen una desventaja muy clara frente a los precedentes: en éstos, y mientras los va leyendo, el lector puede entretenerse en buscar la estructura general que los interconecta y hace que suenen de forma coral. Lo cual ya no ocurre en las dos partes siguientes. Es posible que haya un flujo (o metaflujo) que las haga formar parte de un todo. Pero no es fácil de ver, y ni siquiera las ocasionales reapariciones posteriores de Sophie bastan para integrar esos dos últimos bloques en la corriente narrativa inicial.
Y tampoco es que esté yo ahora priorizando la forma novela (suponiendo que exista tal cosa) sobre la forma cuentos. Pero, para decirlo en plan telqueliano, en la primera parte los significantes de cada historia penetran en las demás y las fecundan incluso retroactivamente, mientras que a partir de un momento dado en el Ladrón de mapas se produce una mera acumulación de material narrativo. Y una vez degustada la excelencia de la narración inicial, el lector pide más de lo mismo y no querrá conformarse con menos. Y ya sé que es injusto, pero qué quieres. Pasa lo mismo con el amor. Si el amado se ha beneficiado de los arrebatos sublimes del amante, nunca aceptará actuaciones que no estén a la altura de las primeras.
[Publicado el 13/11/2008 a las 10:54]
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Tras los pasos de George Borrow,
vendedor de biblias en el siglo XIX
David Fernández de Castro
Sabía con toda certeza que de un día a otro, qué vida esta, acabaría apareciendo sobre mi mesa de trabajo el libro en el que mi hijo David ha estado trabajando durante los cuatro últimos años.
A lo largo de ese tiempo han ido apareciendo periódicamente sobre mi mesa unos manuscritos cada vez más trabajados y maduros. Y hasta me he visto implicado en alguno de ellos, probablemente con mejor voluntad que acierto.
Ahora que puedo ver, tocar y oler el resultado de tan enorme empeño, no puedo por menos que recordar la vez que vi a Henry Moore hablar de su forma de esculpir una de sus obras. Y digo que le vi hablar porque se valía del rostro y el cuerpo entero para subrayar aquello que él, un hijo de minero, creía no estar expresando bien con la palabra. Hasta que dando una gran voz que atrajo la atención de todos los que estaban el hall del hotel del West End donde me había citado para la entrevista, me hizo un gesto de espera con aquellas manazas suyas como de descargador de muelle y subió a su habitación. Al volver traía consigo una vieja carpeta llena a reventar de bocetos, apuntes tomados en servilletas de pub, recortes de revistas y otros tesoros por el estilo. Y unas horrorosas fotografías en blanco y negro. Las había hecho su mujer porque también a ella le llamaba la atención cómo se desarrollaba un proceso de creación y había querido plasmarlo. En una se veía a Henry sentado en una silla y mirando atribulado un gigantesco pedrusco de mármol que casi ocupaba por entero el estudio. En la siguiente se veía a Henry, todavía más atribulado, mirando la piedra desde otro ángulo. En una posterior ya se había acercado y parecía estar arrancando con la uña una esquirla medio suelta. Y en las restantes se le veía atacar al pedrusco , primero armado de martillo y escoplo y luego valiéndose de las diferentes herramientas que sirven para picar, cortar, hendir o alisar la piedra.
"Lo importante es seguir las vetas que encuentres", decía señalando con aquel dedazo como de herrero una forma redondeada que surgía del mármol y que bien podría acabar siendo un hombro desnudo de mujer. El reto, decía, era encontrar un equilibrio entre las formas que él llevaba en la cabeza y las que iba encontrando en el mármol según perseguía hasta el final las vetas que iba poniendo al descubierto a martillazos.
Salvadas las obvias distancias, en el caso de un escritor que decide seguir los pasos de un tipo al que le dio por venir a España a vender biblias protestantes en plenas guerras carlistas (inglés tenía que ser), seguir una veta bien puede implicar subirse a un tren y luego empalmar con un autobús y luego con otro hasta llegar a Finisterre. Y a lo mejor el viaje ha merecido la pena porque allí hay un borroviano que se sabe hasta el último paso de Borrow en Galicia y te ofrece un tesoro. O bien acabas tomando el té en el palacio de los Medina-Sidonia en amable charla con la última descendiente de tan noble familia. Y que en vida fue tachada de roja para arriba, aunque probablemente se quedaría muy sorprendida de oírse llamar "veta".
Pero también llega el día en que, fatalmente, hace hora y media que esperas a un autobús y no pasa, y encima se pone a llover y se ha levantado un viento racheado que mete la lluvia incluso bajo un techado. Y ves pasar los coches y te sientes reflejado en las miradas de sus ocupantes que sólo ven, en esa tarde de perros, a un tipo refugiado bajo el techo y las mamparas de la parada de un autobús que ese día no ofrece servicio (algo que por allí sabe hasta el aldeano más garrulo), pero allí está el forastero, calándose como un tonto pese a tener el paraguas abierto. Y diciéndose a sí mismo, el tonto, qué se le habrá perdido a él en ese culo del mundo cuando encima la veta daba directamente contra un muro ciego.
Y de eso va el libro. O de eso van todos los libros. Y como decía el bueno de Henry mostrándome aquellas manos de uñas rotas y los dedos llenos de costurones y torcidos a fuerza de martillazos mal dirigidos, "te dejas las manos justamente para que no se note que te has dejado las manos y parezca que la escultura ya estaba en la piedra y tú sólo has tenido que retirar la ganga". Y es verdad. Lo que cuenta es el resultado y no el empeño. Y el resultado, por fin, ahí está. A disposición del que sienta curiosidad por saber de qué va eso de querer venderles biblias a los españoles en tiempos de guerra.
[Publicado el 10/11/2008 a las 10:56]
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Julián Ríos
Galaxia Gutenberg
Quien lea sin sospechar una celada la sobrecubierta de Quijote e hijos se quedará con la impresión de que Julián Ríos está ofreciendo una recopilación de lecturas del Quijote realizadas por grandes escritores.
Y cuando digo grandes, y cito la mencionada sobrecubierta, estamos hablando de Thomas Mann, Machado de Assis, Arno Schmidt, Rayuela o Nabokov.
Debo decir que empecé a leer el libro con una cierta aprensión porque temía que fuera a pasarme lo mismo que me ha pasado siempre que alguien me ha regalado un disco con la versión novedosa, o "muy personal", de una pieza que me resulta particularmente querida y que por ende la tengo muy oída. Las primeras audiciones suelen ser una lucha a brazo partido entre "mi" versión y la "novedosa", y sólo al cabo de unas cuantas broncas y rechazos -y sin llegar nunca a negar la versión con la que me he formado- empiezo a ver que tal vez la nueva tenga sus puntos de interés.
Hecho el necesario traslado, me estaba viendo pelear una tras otra con las lecturas realizadas por el elenco de escritores ya mencionados, y que difícilmente podrían armonizarse con la que yo vengo haciendo de don Quijote desde hace toda una vida. Pero no hay tal.
En estricta justicia, el único que de verdad habla de don Quijote es Thomas Mann por medio de un diario que escribió mientras releía el texto cervantino durante un viaje en barco a Nueva York. Las acotaciones de Mann dan pie a que intervenga Julián Ríos estableciendo concordancias y asociaciones de ideas con personajes que a él le son tan queridos como Nabokov, Shakespeare, Joyce y muchos más. Pero ahí se acaban las lecturas cervantinas de los grandes nombres.
Una vez terminada la intervención de Mann -y que no resulta en absoluto conflictiva- los siguientes capítulos ya sólo tienen una relación muy tangencial con don Quijote. Pero una vez reajustado el tiro se disipa del todo la aprensión inicial y se puede proceder a la lectura de lo que de verdad hay, que no es poco.
Porque hacer un repaso al Ulises de la mano de Julián Ríos es un lujo. Ríos lleva toda la vida trabajando con Joyce y no me cabe duda de que sabe tanto de él como aquel Richard Ellmann al que Anagrama le publicó hace muchos años una gigantesca biografía en la que prácticamente le seguía la pista día a día al exilado irlandés como si de un Leopold Bloom se tratase. Quien haya leído a Joyce en su momento y luego se haya limitado a refrescar aquella proeza, va a descubrir un montón de aspectos del Ulises que ni sospechaba. Porque va de la mano de un experto.
Y lo mismo cabría decir de Arno Schmidt, un autor apenas conocido en España y al que en cambio Ríos conoce incluso en persona. O Machado de Assís, del que tampoco se puede decir que figure con frecuencia en las listas de los más vendidos.
Frente a lo que les pasa a los profesores -siempre tan preocupados por la opinión de sus compinches/competidores que no pueden hacer una simple afirmación sin abrumarte a fuerza de notas y citas de otras opiniones afines emitidas por eminencias intachables - cuando un escritor habla de otro escritor suele demostrar una soltura absolutamente creativa. Una simple ojeada al texto sobre Thomas Mann permite ver a Ríos saltar cada pocas líneas de Tieck a Heine y de este a Jakob Wasserman, Antonio Machado, Goethe, Shelton, Sklovski o Hitler, aparte de que no va a tardar en tenérselas tiesas con Nabokov por afirmar que don Quijote le parece una "enciclopedia de la crueldad". Y Lolita qué, dirá Julián Ríos con evidente sarcasmo, para de inmediato comparar la suerte que Nabokov le reserva a esa pobre nínfula con la que Mann le ofrece a bello Tadzio de Muerte en Venencia.
Claro que lo mismo le pasa cuando, hablando de Arno Schmidt, en cuestión de unas pocas líneas lo compara con Lewis Carroll y a ambos con Antón Chejov. Schmidt, Carrol, Chéjov. Elemental, ¿no? Literatura de literatura, los autores de un autor. Qué hay de malo en ello.Y como digo, a la que se aprecia de qué va el libro, la lectura se hace mucho más relajada. Luego qué costaba decir claramente desde el primer momento la clase de libro que el lector está a punto de comprar.
[Publicado el 06/11/2008 a las 19:17]
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Álvaro Cunqueiro
Hubo una época en España -pongamos que fuera allá por las décadas de 1960 y 1970- en que resultaba casi imposible confeccionar un menú literario si el ingrediente Cunqueiro no figuraba en alguno de los platos elegidos.
Más adelante, cuando la dictadura se ablandó y empezaron a entrar autores extranjeros antes prohibidos, o aquí tuvieron lugar fenómenos como el boom de la novela latinoamericana y sus consecuencias, Álvaro Cunqueiro y otros de sus contemporáneos se fueron adentrando poco a poco en el limbo de los escritores con más prestigio que lectores.
La magnífica edición que la Biblioteca Castro presenta ahora de sus obras literarias va a permitir (re)descubrir a un hombre que fue poeta, novelista, colaborador infatigable de toda clase de periódicos y revistas, dramaturgo, gastrónomo, autor de guías y practicante de todo el resto de oficios que acaba ejerciendo en la edición y el periodismo quien pretende vivir de la pluma. Por lo tanto, sería excesivo esperar de un hombre que antes de desayunar a lo mejor ya se habría despachado a vuelapluma 15 o 20 páginas de encargo, que sus obras completas ofrezcan una calidad excelsa y sin altibajos.
En razón de lo cual, y en lo que a esta edición se refiere, quizás no sea mala idea intentar una primera aproximación mediante obras como Tertulias de boticas prodigiosas y escuela de curanderos, La otra gente o Las historias gallegas, esto es, una colección de narraciones breves, semblanzas y retratos populares, un terreno en el que él se sentía cómodo y libre, y que permite entrar de lleno en el Cunqueiro vivaz e imaginativo, enormemente culto y un punto surrealista, o al menos con el descaro suficiente para pretender colarte como veraz la historia del hombre que volvió con figura de cuervo para impedir con sus graznidos que su viuda vendiera unas tierras, pero también el extraño caso del portugués que se encarnó en el zapato que le sobraba a un cojo, o el ojo clínico del curandero/veterinario capaz de diagnosticar -sin ni siquiera bajarse del tren- la causa de que a una cerda el aliento le oliera a rayos.
Quien salga reconfortado de esa primera toma de contacto y continúe con ganas de adentrarse aún más en Cunqueiro, hará bien en proseguir con obras como Merlín y familia, Las crónicas de Sochrante o Cuando el viejo Simbad vuelva a las islas, que son novelas, salvo que no tradicionales porque en ellas Cunqueiro se vale de alguna figura relevante (por ejemplo Merlín y Simbad) o un lugar (Sochrante) para ofrecer un marco unitario a una serie de narraciones (aquí llamadas capítulos) que tienen principio y fin en sí mismas y que están más o menos emparentadas entre sí.
En las restantes de las llamadas obras mayores, El hombre que se parecía a Orestes, Las mocedades de Ulises, Flores del año mil y pico de ave, Vida y fugas de Fanto Fantini della Gherardesca o El año del cometa con la batalla de los cuatro reyes, etc, la forma novela tradicional se alterna con la reiterada afición de Cunqueiro por las narraciones cortas y acumulativas, aparte de que si le da por ahí no desdeña en meter una pequeña pieza de teatro.
Y lo que se irá leyendo podrá atrapar más o menos al lector, pero en comparación con la clase de prosa que hoy en día se estila, la de Cunqueiro deslumbra por su limpieza y su precisión, y el riquísimo uso del castellano: sea cual sea la ocasión, o el ambiente que esté describiendo, el lenguaje se adapta a lo narrado, y por descontado que los objetos, las prendas de vestir y aun los sentimientos son los adecuados a cada situación. Con todo lo cual me parece estar queriendo rendir un modesto homenaje de admiración por el magnífico oficio de aquellos viejos escritores que parecían no dar una sola línea por perdida o que luchaban a muerte por obtener el dato preciso. Un ejemplo es Baroja escribiendo al secretario de un ayuntamiento para que le confirme si desde la plaza de su pueblo se ve un monte determinado, o el propio Joyce pidiendo a la tía Josephine que fuese a comprobar si era cierto que había una mercería allí donde él la ponía en su Ulises. En el caso de Cunqueiro se da el valor añadido de que se movía con idéntica soltura por la Galicia rural que en la Grecia clásica, en la Bretaña medieval o en la Italia renacentista. Y hará mal quien no aproveche esta ocasión para enriquecer su biblioteca y, de paso, su espíritu.
[Publicado el 03/11/2008 a las 11:35]
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Alejandro Gándara
Alfaguara
El día de hoy es el relato minucioso y extremadamente preciso de un día que comienza a las 7:20 de la mañana y termina a una hora imprecisa, aunque tardía, de esa misma jornada.
Pero no se trata de un día cualquiera, al menos no para Ángel Santiesteban, un hombre que de algún tiempo atrás viene provocando a los acontecimientos para que hoy, precisamente hoy, no le quede más remedio que tomar una decisión trascendente [y sobre la que no pienso dar detalles porque, al menos en lo que al presente escrito se refiere, lo relevante es la necesidad de hacer y no la causa de dicha necesidad, que pertenece al terreno estrictamente novelístico].
El problema, o al menos uno de los problemas, es Goro, un adolescente muy movido y desorientado y que tiene a su vez sus propios problemas. Bien es verdad que en el fondo no le pasa nada que en mayor o menor medida no les pase a todos los adolescentes, pero como es hijo suyo, Santiesteban se cree obligado a hacer algo a ese respecto. Hace algún tiempo que la madre encontró otro amor y se fue a probar suerte. Y él, el padre, es un jardinero sin trabajo que por aquellas cosas de la vida se ha encontrado sin comerlo ni beberlo teniendo a su cargo un hijo y un perro. Durante algún tiempo ha ido capeando la situación como ha podido hasta que, llegado un momento preciso (hoy), toma la decisión de darle a su vida, y de paso a la de todos, un buen golpe de timón.
Se trata, pues, de un relato aparentemente cotidiano acerca de una familia desestructurada pero como tantas. Lo verdaderamente distinto es el tratamiento que le da Alejandro Gándara, un escritor en plena posesión de los recursos narrativos y que, sin aspavientos ni alardes, sólo a base de rigor y buen hacer, obtiene un muy notable rendimiento a un material que en manos de otro escritor con menos garra e imaginación no resultaría especialmente prometedor.
Una vez metidos en faena, no deja de ser sorprendente que un hombre inmerso en una situación límite preste tanta atención a las gentes y las cosas del barrio durante el ritual paseo matutino con el perro; que se dedique a recorrer todos los mercados y supermercados del barrio pese a que no va de compras; que se meta en querellas absurdas con unos u otros, desde un pordiosero profesional a la bruja de su vecina, todo ello sin ni siquiera prestar al menos un poco de atención a su situación laboral, que vaya desastre también: debe dinero a la seguridad social y al casero, no ha pagado desde hace semanas a la profesora particular del crío, los del parking le andan persiguiendo para que pague y en el peor momento se gasta la práctica totalidad del dinero que le queda de por vida en comprar unos percebes carísimos. Y por si fuera poco, a los escasos posibles clientes que le salen casi contra su voluntad les da un trato entre arrogante y desganado que, lógicamente, no le reporta ningún empleo. Ni qué decir tiene que al amigo bien situado y dispuesto a prestarle dinero le dará el mismo trato entre arrogante y displicente que a sus no-clientes. Por todo lo cual no es de extrañar que termine la jornada sin un duro, hasta el extremo de que antes de irse a la cama en ayunas le dará de cenar al perro lo único comestible que hay en la casa, un bocadillo de calamares. Pero con su chorrito de ketchup, eso sí.
Lo que ocurre es que después de pasar casi 24 intensas horas con ese elegante diseñador de jardines ideales en paro, al llegar la noche el lector ya tiene toda clase de pistas para sospechar que no se trata simplemente de un calamidad buscando desesperadamente que le caiga el rayo que acabe con él de una vez, ni que sea un tipo torpón e incapaz de entender las leyes del mundo o que se haya estado entranando toda la vida para que un buen día (por ejemplo hoy) la vida se las dé todas de golpe y en el mismo carrillo. Qué va. Al contrario. Precisamente porque se sabe incapaz de enfrentarse a esa situación que él mismo ha provocado, y cuya solución ya no admite demora, el taimado jardinero ha llevado a cabo una sutil maniobra -una auténtica obra de arte- destinada a que sean los acontecimientos, y no él, los verdaderos responsables del (inevitable) desenlace. Como en toda tragedia. No fue él. Fue el destino. Pero lo dicho: sin alardes ni despliegues trepidantes. Con el solo apoyo de una prosa de gran solidez y solvencia, el relato se desarrolla en una suerte de crescendo armónico y sin fisuras camino de su lógico fin.
[Publicado el 31/10/2008 a las 10:00]
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Gabriel Jackson
Crítica
De entre todos los personajes que crearon y destruyeron la II República española Juan Negrín es una de sus figuras más brillantes, enigmáticas y, quizás justamente a causa de ello, la más controvertida.
Pero con un matiz: hasta hace muy pocos años, y salvo contadas excepciones, en realidad no había tal controversia porque la trayectoria política, profesional e incluso personal de Negrín era reducida a escombros por todos sin excepción. Todos. Con idéntica visceralidad. Juan Negrín. Qué personaje nefasto.
Desde los trabajos de historiadores como Juan Marichal y Manuel Tuñón de Lara hace años, a los más recientes de los profesores Enrique Moradiellos y Antonio Miralles, los esfuerzos por imponer la sensatez y presentar a Juan Negrín desde una perspectiva más acorde con la realidad han sido constantes. Pero no está resultando una tarea fácil. Ni siquiera el PSOE, pese a reconocer que fue uno de sus afiliados más señeros, acaba de saber qué hacer con él. Y los problemas que han tenido sus dirigentes a la hora de colgar su retrato en la sede central del partido en la calle Ferraz de Madrid es una muestra expresiva de su desconcierto.
La biografía de Gabriel Jackson que ahora publica Editorial Crítica es un paso más pero muy importante, casi podría decirse que decisivo, en el camino hacia la recuperación de Juan Negrín. Y no cabe la menor duda de que cualquier biógrafo futuro habrá de acudir una y otra vez a este trabajo del historiador norteamericano del que son de sobras conocidas su seriedad y su vasto conocimiento acerca de la España contemporánea. Pero no parece que estemos aún ante la biografía definitiva.
Y la razón es que la confusión y la controversia en torno a la obra y la circunstancia vital de Juan Negrín seguían siendo tan profundas en el momento ponerse a trabajar que Gabriel Jackson parece haber preferido ir desentrañando punto por punto los aspectos más controvertidos del biografiado en lugar de utilizar las etapas clásicas en la vida humana. Y el desarrollo de los capítulos no deja lugar a dudas: Juan Negrín como persona; como científico; como político; como ministro de Hacienda; Negrín y la "desaparición" de Andreu Nin; su difícil relación con Indalecio Prieto y el lamentable enfrentamiento final con éste, etc, etc. Se diría que Gabriel Jackson ha querido sentar las bases para que futuros biógrafos puedan contar ya de una vez, y de corrido, quién fue Juan Negrín en lugar de enredarse a cada paso en la fatigosa tarea de deshacer entuertos y malentendidos. Y que no son pocos ni baladíes, ya que tradicionalmente se le ha acusado de hechos tan capitales como haber entregado la República a los comunistas, aparte de su protagonismo en episodios tan oscuros como el del "oro de Moscú"; o su empecinamiento en no reconocer la victoria de Franco ni siquiera después de la traumática rendición de Madrid.
Es evidente que las circunstancias en que Negrín hubo de llevar a cabo su quehacer político fueron terriblemente difíciles, pues transcurrieron en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, es decir, una de las peores catástrofes que podían ocurrirle a la civilización occidental. En cuyo caso, difícilmente podría esperarse de él una trayectoria serena, ecuánime y libre de contradicciones.
Pero a las lógicas dificultades de contar una vida en medio de acontecimientos tan excepcionales se añade otra que también es de difícil solución, y me refiero al hecho de que Juan Negrín nunca quiso defender su actuación, ni en vida ni de cara a la posteridad. Ni siquiera su archivo personal (no abierto a la investigación hasta hace pocos años y todavía no suficientemente estudiado) parece que guarde secretos o revelaciones sensacionales. Y tampoco se conserva lo más sustancial de su correspondencia personal, aunque bien es verdad que, junto a la ya mencionada desidia (¿o arrogancia?) de cara al futuro, un exilio bastante agitado no es la mejor garantía de supervivencia para un archivo.
En este sentido la biografía que ha realizado Gabriel Jackson, aparte de ser la clase de trabajo bien documentado y ecuánime que cabía esperar de él, da ocasión a una lectura fascinante porque tanto la época como el personaje siguen ofreciendo un material extraordinario. Pero todavía es un retrato por acumulación, en el que la figura central se va perfilando a base de capas sucesivas. Quizá sea porque las heridas siguen sin haber cicatrizado todavía y se necesiten unos cuantos años más para que pueda hablarse de la II República y la Guerra Civil sin que sea como volver a revivir un drama. Pero no cabe duda de que Juan Negrín necesita un biógrafo no comprometido y al que sólo le interese contar lo que pasó, le duela a quien le duela, y al que le interese más la persona que la Historia. Y quizá esté pensando yo ahora en la clase de retrato que le hizo Samuel Boswell al doctor Jonson, y conste que si me voy tan lejos y tan atrás es para estar seguro de que no me va a salir una rata de biblioteca blandiendo un documento recién hallado y que vuelve a poner todo en cuestión. Una de esas biografías de las que pueda decirse al menos, como hacen los italianos, que si lo contado non è vero è ben trovato.
[Publicado el 27/10/2008 a las 11:25]
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Javier Marías
Galaxia Gutenberg
Aquella mitad de mi tiempo recoge los artículos publicados por Javier Marías en diversos medios periodísticos entre 1997 y 2008, y sus contenidos tienen en mayor o menor medida una relación directa con la faceta más personal y privada del autor.
Lo dijo él mismo el día de la presentación del libro:"Nunca escribiré mis memorias". Lo repite su hermano Miguel en el prólogo:"Es de suponer, si se mantiene en sus ideas con la persistencia que suele, que Javier no vaya a escribir jamás su propia autobiografía...". Y por si hubiera alguna duda al respecto, el maquetista ha incluido en la contraportada las palabras que dice a continuación el prologuista: "...esto es lo más cercano a unas Memorias...".
Por descontado que podría tratarse de una astuta maniobra ideada por el jefe de marketing de la editorial y a la que se habrían sumado maliciosamente los dos hermanos Marías y el propio maquetista a fin de convencer al lector deseoso de saber cosas íntimas de su autor favorito que no hay ni habrá nunca más cera que la que arde, y que es esto o nada.
Pero no parece probable que, una vez agotada la presente edición, Javier Marías se vaya a descolgar con una autobiografía "de verdad". Por decirlo más o menos con sus propias palabras, él cree que, salvo excepciones, la vida del escritor no es particularmente emocionante. Lo personal, dice, "es un material sensible que se presta al sentimentalismo y la cursilería" razón por la cual él "huye del sentimentalismo como de la peste".
Sin embargo, y aunque sus lectores habituales habrán leído en su día bastantes de esos artículos, seguramente se lleven una sorpresa al releerlos ahora de un tirón. Al haber sido ordenados por temas afines (o sea, con una intención) su lectura produce el mismo efecto que el montaje en el cine: unos planos rodados por separado y sin unidad aparente, al ser montados siguiendo un orden coherente se transforman igual que en la escritura un puñado de signos en apariencia heterogéneos se convierte en un discurso al ser ordenados de forma inteligible. En uno y otro caso esos planos/signo liberan unos significados que quedaban ocultos o no estaban suficientemente explícitos al ser vistos o leídos por separado. Y en este sentido cabe reconocer el buen trabajo realizado por la editora, Inés Blanca, tanto por la agrupación del material en grandes apartados como por el orden de aparición elegido para los artículos.
Otro aspecto a destacar tras la lectura de la presente antología es que Javier Marías no parece dejar descansar nunca la pluma. Incluso cuando aparta su atención de alguna obra convencionalmente más importante (esa novela que todo escritor, obligatoriamente, estará empezando, desarrollando o terminando, siempre igual, una y otra vez: bien mirado, qué fatiga y qué pesadez la condición de novelista) él sigue ejerciendo de escritor incluso cuando practica eso que en la profesión se llaman "trabajos alimenticios", en este caso escribir para la prensa. Porque aún así, y lo mismo le da que sea una revista especializada, un suplemento dominical o un periódico diario, él ha ido siempre a lo suyo, que en este caso es construir poco a poco, con paciencia de artesano, un personaje llamado Javier Marías al que unas veces vemos decirle adiós a un amigo desaparecido, otras evocar a la nanny que lo cuidó de niño, registrar alarmado el primer achaque de vejez en su padre octogenario, decir a base de pincelas nostálgicas como era el barrio de Chamberí cuando él volvió de América o contar una farra de las de antes, muchas veces en compañía del recordado Juan Benet. Es un ir poniendo un trazo aquí, añadiendo un rasgo allá o aclarando algo que dijo en una circunstancia muy determinada y que un tiempo después no le parece que exprese bien su pensamiento.
Lo curioso es que probablemente ni siquiera él, cuando empezó a trabajar de forma intermitente y dispersa su propio material biográfico, tuviera una conciencia clara de hasta qué punto estaba llevando a cabo un retrato personal tan completo y revelador, y que en muchas ocasiones estaba ofreciendo datos o facetas del autor que en principio no estaba previsto que salieran a la luz.
[Publicado el 23/10/2008 a las 19:00]
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Memorias de un vagón de ferrocarril
Eduardo Zamacois
Durante aquella interminable posguerra española había una serie de autores nacionales y extranjeros -remanentes de épocas pasadas- cuya presencia en las bibliotecas de las familias burguesas parecía obligada.
Y ello era así hasta el extremo de que, por poner un ejemplo extravagante, uno podía empezar a leer en casa un libro de Graham Greene y seguir su lectura en las bibliotecas de los amigos a los que fuese visitando. Porque estaría en todas ellas.
Lo mismo podría decirse de autores como Pearl S. Buck, Stephan Zweig, Chesterton, André Maurois, Axel Munthe, Knut Hamsun o los españolizados, tipo Emilio Zola, Federico Nietzsche o Ricardo Wagner. Algunos de ellos han vuelto con el tiempo a las bibliotecas nacionales mientras que otros, como aquel Maxence van der Meer, han desaparecido para siempre con sus cuerpos y sus almas, tan cristianos.
También causaron numerosas bajas las purgas voluntarias (por causas políticas) y las autocensuras (morales). Entre los españoles que desaparecieron durante mucho tiempo estaban Baroja y los viejos republicanos, pero sobre todo los exilados, que por estar vivos y seguir publicando eran considerados una amenaza contra el régimen de Franco y las buenas conciencias. A falta de otra cosa mejor, los lectores más recalcitrantes podían deleitarse con José María Pemán, Marcelino Menéndez Pelayo y José de Echegaray o Jacinto Benavente, estos dos últimos premios Nobel, nada menos.
Eduardo Zamacois también era de los fijos, pero no indiscriminadamente. Aparte de que se exilió cuando vio la que se venía encima con el triunfo de Franco y los suyos, Zamacois tenía un pasado algo turbulento y en su juventud incluso había escrito novelas eróticas. Por eso su presencia en las casas de buen ver se limitaba a las obras más irreprochables. Y entre ellas solía estar siempre este título que ahora recupera Ediciones del Viento.
Memorias de un vagón de ferrocarril es una novela deliciosa pero ingenua, y que tiene un inconveniente: el lector no sólo debe aceptar la convención de que la voz narradora la encarne un vagón de ferrocarril sino que, en nombre de la amenidad y por aquello de facilitar la inclusión de diálogos y la diversidad de puntos de vista, el lector también debe aceptar que tengan voz propia los restantes vagones del convoy y sus máquinas tractoras, así como los vagones y las máquinas tractoras de los trenes que van y vienen de unas ciudades a otras.
No obstante, y si bien es cierto que la voz narradora puede resultar algo peculiar, en cambio su experiencia y su sabiduría acerca de las cosas de la vida son inmensas. Debido a su continua movilidad -primero fue destinado a las líneas que cubren el norte peninsular, luego a las zonas del sur y por último al Levante -ese vagón al que sus compañeros de viaje apodan El Cabal demuestra haber adquirido un conocimiento muy notable de la geografía española y sus peculiaridades.
Pero su fuerte, claro está, son los pasajeros, entre los cuales hay de todo: matrimonios desgarrados por la infidelidad, ladrones salteadores de trenes, la fugaz aparición del torero famoso que viaja rodeado de su séquito habitual, el señorito calavera que se viste de esmoquin y se regala a sí mismo una fiesta pantagruélica (su última fiesta) o la misteriosa dama que se sube al tren en Calatayud y resulta ser una fría asesina.
Al cabo de una vida de servicio, por los compartimentos de El Cabal habrá desfilado una nada desdeñable muestra de la sociedad española de los años 20 que el vigilante vagón dibuja con trazo amable pero certero. Y dando muestras de una capacidad crítica muy notable, por ejemplo cuando resalta (y conste que la novela es de 1923) esa manía tan española de mantener a las mujeres en una ignorancia total ("No lleve a su señora a ver ese espectáculo", "No es un libro para señoras", etc) y al mismo erigirlas en árbitros de "lo que debe ser", por lo que la mentalidad y la moral nacional quedan a cargo de unos cuantos millones de seres prácticamente analfabetos. Claro que como dicen a alimón Zamacois y El Cabal, "lo absurdo es tan cotidiano que lo de sentido común es lo que sorprende".
[Publicado el 20/10/2008 a las 11:18]
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Cristina Fernández Cubas
Tusquets
Los primeros volúmenes de relatos, aquellos que tanto llamaron la atención y tantos elogios le valieron a Cristina Fernández Cubas, datan de 1980 (Mi hermana Elba) y 1983 (Los altillos de Brumal). Por tanto puede decirse con toda seguridad que desde entonces se ha incorporado una generación entera a la cada vez más extraña banda de usuarios de esa antigualla llamada libro.
La publicación ahora de Todos los cuentos ofrece a los recién llegados una ocasión magnífica para entrar de lleno en la obra que Cristina Fernández Cubas , de forma pausada pero constante, ha ido produciendo a lo largo de 30 años. Y que, quizás por aquello de que son relatos cortos uno tiende a pensar que es asimismo una obra "breve", cuando ahora puede verse que sólo su producción de cuentos, sin contar las novelas, suma más de 500 páginas.
El libro va precedido de un prólogo de Fernando Valls en el que, además de una documentada apreciación global, hay un pormenorizado repaso, casi cuento por cuento, del tema y contenido de cada uno. O sea que no merece la pena insistir por ahí porque el lector dispone de información suficiente para ponerse a leer de una vez, que al fin y al cabo es de lo que se trata.
En cambio quizás no esté de más recordar ahora, siempre en beneficio de los recién llegados, por qué tantos críticos fiables continúan distinguiendo a Cristina Fernández Cubas como una de las mejores - si no la mejor - narradora de relatos breves de la literatura española. A mi entender, y dejando de lado la calidad de una prosa que es como el destilado de un incansable proceso de creación y depuración creativa, la razón última de esa unanimidad en el aprecio es que Cristina Fernández Cubas conserva una rara cualidad que casi todo el mundo posee de niño y que luego, lamentablemente, casi todo el mundo pierde al crecer.
Y me estoy refiriendo a aquella capacidad - ese don - para oír la voz antigua que entonces resonaba en los relatos y los sucesos cotidianos; en las distorsionadas informaciones que llegaban desde el mundo de los mayores o en las preciosas informaciones que los niños siguen pasándose unos a otros generación tras generación y que tan útiles son para sobrevivir en un mundo poblado de enigmas y peligros y, sobre todo, de signos. Lo curioso es que esa voz está ahí, sigue estando ahí, aunque la mayoría ya no la distingamos y por lo tanto ya no seamos capaces de desentrañar aquellos signos que hoy siguen marcando los muchos peligros pero también las muchas maravillas de este mundo de adultos.
Por lo tanto es útil buscar en estudios y enciclopedias cosas acerca de la estructura y las técnicas narrativas de Cristina Fernández Cubas, su cercanía o no a la gran tradición de la short story anglosajona o su gusto por el género de terror. Pero todo ello, con ser aconsejable, no sirve de nada si el lector no es capaz de reconocer instantáneamente la importancia de una fotografía infantil que la narradora desfiguró de niña con un cortaplumas; el estado de alerta que debe provocar la aparición de un huevo con dos yemas; la fascinación que emana de una tienda, como perdida en una ciudad extranjera y azotada por la nieve, y llamada La Flor de España; de la seriedad del aviso que encierra el sólo hecho de que, nada más llegar al aeropuerto Yesilkov de Estambul, la viajera comente: "Tengo la sensación de que van a pasarnos cosas". O del dudoso honor -porque la cosa tiene sus ventajas e inconvenientes- de que un recepcionista te de la habitación número siete en un hotel en el que todas las habitaciones llevan el número siete. Claro que también puede ser un baúl al que su propietaria, una niña camino del internado llama mundo, o el suspiro -quizás un lloriqueo- que escucha el novio recién casado y que está en la cocina preparando un combinado para la novia que le espera en el cuarto de estar. Como ya se han ido todos los invitados a la ceremonia y ella es la única habitante de la casa, el suspiro, o lloriqueo, es suyo, la novia recién casada que lloriquea el día de su boda. De manera que un suspiro basta para desencadenar una acción que nadie sabe dónde irá a parar, pues se trata de un signo que da acceso a otros ámbitos marcados con signos igual de enigmáticos y que sólo la voz narradora parece capaz de desentrañar. Pero qué más da. Qué importa adentrarte en un universo del que desconoces casi todas las claves. Bastan unas pocas páginas para saber que estás en buenas manos y que no debe preocuparte por qué te suena tan familiar ese ignoto rincón de África donde transcurre "La fiebre azul" y que parece directamente sacado de una aventura de Tintin. Que vaya otro buen compañero de viaje.
[Publicado el 15/10/2008 a las 11:59]
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Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial Bruguera, Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.
18/11/2008 22:55
Publicado por: Joan Josep Escoda
17/11/2008 20:23
Publicado por: Dasein
13/11/2008 22:56
Publicado por: Joan Josep Escoda
13/11/2008 22:39
Cuando termine los Tres cuentos...
Publicado por: Joan Josep Escoda
10/11/2008 15:57
Publicado por: María Bilbao
07/11/2008 13:33
Publicado por: consuelo
07/11/2008 13:28
que bonita...el protagonista es...
Publicado por: manoli
07/11/2008 13:22
muy bueno cuesta hacer un alto...
Publicado por: JESUS
06/11/2008 13:35
Publicado por: Francisco Ferrer Lerín
05/11/2008 20:36
Publicado por: Vica
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