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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 28 de mayo de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Historia del rey de Bohemia y de sus siete castillos

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En el momento de su aparición, 1830, esta novela recibió calificativos tales como “delirio narrativo”, “extravagancia ortográfica y tipográfica” o “disparate esotérico”.  Años más tarde surrealistas  como André Breton y Tristan Tzara  le idolatraron y rupturistas como Apollinaire  incluso imitaron sus filigranas tipográficas.  Cuando Nodier publicó Disertación sobre el uso de las antenas en los insectos, el primero del centenar largo de obras que después firmaría,  nadie supo ver que estaba iniciando su carrera literaria un hombre que llegó a ser un prolífico autor de literatura fantástica, aparte de novelista, dramaturgo, ensayista, autor de odas panfletarias contra  Napoleón y un reputado  lexicógrafo, como lo prueban sus todavía vigentes  Dictionnaire universel de la langue française (Diccionario universal de la lengua francesa, 1824), y su estudio filológico Bibliothèque sacrée grecque-latine de Moïse à Saint Thomas d'Aquin (Biblioteca sacra greco-latina, desde Moisés hasta Santo Tomás de Aquino, 1826).

            Nodier todavía tuvo tiempo de alentar una tertulia a la que durante años asistieron  gente como Alfred de Vigny, Balzac, Delacroix, Nerval, Sante-Beuve, Gautier, Dumas y Víctor Hugo, que más adelante le robaría con su propia tertulia a muchos de esos  contertulios. Aunque la competencia distanció a los anfitriones, Hugo siempre mantuvo que el Romanticismo europeo no hubiera sido lo que fue de no haber sido por el magisterio ejercido por Nodier.

            Vaya por delante que si alguien está interesado  en conocer qué les pasó de verdad al rey de Bohemia y a sus siete castillos más le vale ir a buscar en otras fuentes porque no se la van a contar ni Nodier, ni ninguno de los tres narradores que irrumpen arbitrariamente en la acción y llevan ésta de aquí para allá sin orden ni lógica alguna. Por ejemplo Thédore, el narrador que abre el libro, clama desesperado por un caballo para trasladarse a Bohemia y alude a Bucéfalo y al caballo de César (como diciendo que si ellos tuvieron montura a ver por qué razón no puede disponer él de una). Y termina aludiendo al famoso y muy trágico “¡Un caballo!¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!”. Sin embargo, a pesar de tanta urgencia y desespero, el capítulo siguiente, titulado Retractación, empieza así:”Por lo demás, ¿qué haría yo con un caballo?”.

            El argumento es que ese animal no tiene nada que hacer frente al mejor carruaje jamás inventado, la cama, “un coche que me pertenece a mí, donde duerno apaciblemente en cada una de sus cuatro esquinas, algunas veces solo, a menudo acompañado, y que dirijo a mi antojo hacia todos los lugares del universo”. Y si encima masticas hojas de adormidera que despiertan en la mente a la adorable familia de los ensueños para qué, en efecto, se necesita un caballo. Además el bueno de Théodore no está dispuesto a partir hacia Bohemia ( estamos ya en el tercer capítulo) si no es en compañía de sus dos buenos amigos Pic de Fanferluchio y el fiel Breloque. Gracias la técnica del  grabado en madera, un invento revolucionario que permitía intercalar imágenes en el texto, el lector tiene ocasión de conocer en efigie a tan estrafalarios personajes mientras se saludan desde una página a la opuesta. La cosa sigue así todo el rato, de un narrador a otro, y como en la novela de K., nos quedamos para siempre a las puertas del castillo.

            Si es maravilloso que un autor de mediados del siglo XIX arriesgue su prestigio y sus caudales (al parecer se arruinaron él y los editores) en escribir, ilustrar y poner a la venta un libro que ya entonces se consideraba invendible, bien se puede hablar de milagro si un pequeño editor del siglo XXI tiene la osadía de poner a la venta por vez primera en castellano una edición que prácticamente es una  reproducción casi idéntica a la original, respetando el tamaño, la tipografía, los grabados y encima en un papel que enciende los sentidos al pasar las páginas. Y todo ello al cuidado de Francisco González Fernández, que además de traductor  es el autor de un prólogo yo creo que definitivo sobre Charles Nodier, el Romanticismo y este libro tan singular llamado Historia del rey de Bohemia y de sus siete castillos. Cualquiera que ame los libros se felicitará si acepta mi consejo y sale corriendo a conseguirse un ejemplar de esta joya.

 

Historia del rey de Bohemia y de sus siete castillos
Charles Nodier

Edición de Francisco González Fernández

KRK    

 

[Publicado el 27/5/2017 a las 19:15]

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El libro de la madera

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Quienes tengan a su cargo la tarea de mantener el calor del hogar, sobre todo si dicha tarea se hace con leña, va a encontrar en Lars Mytting un buen compañero de tareas porque su libro ofrece mucha información de primera mano y también toda clase de consejos útiles, pero sobre todo porque es un compinche estupendo: mantener constantemente encendida una chimenea o una estufa es un trabajo duro, que encima no siempre es bien entendido (la eterna acusación de “dejar toda la casa perdida”). Además según y cómo puede resultar incluso peligroso, y de ahí que el texto esté repleto de alusiones a la “sana costumbre de conservar todos los dedos de las manos”  o lo poco apetecible que resulta “convertirse en un habitual de las visitar urgentes al hospital”.

                Lars Mytting es noruego y un entusiasta (léase apasionado) de todo lo relacionado con la leña. Su condición de noruego podría resultar un lastre porque, como buen  ciudadano de un país nórdico, lleva impresa en la sangre una cultura sobre la madera extraordinariamente desarrollada. Y se entiende a la carrera que sea así cuando dice, como de pasada, que en su país los noticiarios no consideran que el frío sea noticia hasta que la temperatura no pasa de los 40º bajo cero. Y puesto que en esas latitudes es posible que las borrascas provoquen cortes de electricidad y gasóleo, resulta lógico sentir una agradable sensación de seguridad cuando afuera arrecia una ventisca y tienes la leñera llena de troncos hasta el techo.

                No obstante, el posible hándicap que supone hablar desde la abundancia y la superioridad que produce la conciencia de tener a la puerta de casa, como aquel que dice, las masas boscosas más extensas de Europa, Mytting lo suple de sobras con la camaradería y complicidad a las que antes aludía. El trato con la madera exige una considerable energía, sobre todo si hay que empezar por desplazarse hasta el bosque para talar un árbol y luego llevar a cabo el duro y no siempre sencillo proceso que convertir el tronco en un montón de leños cortados, secos, bien apiliados y listos para el fuego.

                Lars Mytting sigue paso a paso todo el proceso ofreciendo además observaciones inesperadas, pues por ejemplo tranquiliza a quienes puedan sentir una cierta aprensión por estar contribuyendo a la agresión al medio ambiente debido a la combustión de los 400 kg por persona y año que se necesitan para calentar una casa durante un invierno particularmente frío (es de suponer que habla de los famosos –40º necesarios para decir “particularmente” frío). Pero, sea como sea, hay que sentir tranquilidad al respecto porque manteniendo caliente la casa no se contribuye a deteriorar el medio ambiente: los árboles adsorben CO2 de la atmósfera durante su época de crecimiento, pero ese gas vuelve a ser liberado tras la muerte del árbol, ya sea por causa natural o debido al fuego. O sea que, malo por malo, mejor que muera produciendo un calor mucho más agradable que el procedente de la electricidad o el gasóleo porque la madera al arder produce unos rayos infrarrojos muy similares a los del sol y de ahí la sensación de bienestar que produce volver de la calle y arrimarse mucho a una estufa.

                En España sólo los pueblos de alta montaña podrán sacar pleno provecho de la sabiduría de  Mytting y lo que cuenta acerca de cómo se debe cortar un tronco (al parecer conviene dejar un tocón de no más de 10 cm de alto para facilitar el nacimiento de unos brotes que se benefician de la red de raíces creada por el  árbol recién cortado), la época mejor para la tala (la  primavera, porque así el verano realiza adecuadamente  la tarea de secado) y el apilado, que es toda una obra de arte de la que depende en gran  parte el calor invernal. Por desgracia en gran parte de la superficie boscosa española predomina el pino, que da una madera esponjosa y que encima de arder rápido produce una brasa no excesivamente calurosa. En un ranking ideal  lo mejor es la madera de encina seguida de la del olivo, el almendro, el roble y el algarrobo. Sin embargo, si no es posible procurarse uno mismo la madera, Mytting aconseja recurrir a un buen suministrador  profesional, encargarle la mejor leña  y resignarse a pagar un poco más porque a larga compensa comprar calidad.

                Otro tanto cabe decir de las herramientas. Incluso cuando hay que recurrir al profesional en lugar de hacerlo uno mismo, es una delicia leer a Mytting hablar de las herramientas y la forma correcta de usarlas porque una vez más, su entusiasmo es contagioso, y pongo como ejemplo el capítulo dedicado a la motosierrra o el cariño con que habla del hacha. Dan ganas de salir a comprar una honrada Hultafors, o en su defecto una mítica Mustad2 , sabiendo que si las mantienes debidamente te van a durar toda la vida. O sea una lectura regalo para el maderero en activo pero también a para quien se limita a comprar  ya cortada y preparada la madera que necesita para mantener el calor de hogar.

 

El libro de la madera

Lars Mytting

Traducción del noruego de  Kristina Solum y Antón Lado

Penguin Random House

[Publicado el 19/5/2017 a las 11:39]

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Viajes con Henry James

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Los incondicionales de Henry James están (estamos) de enhorabuena porque aquí llega  uno más, todavía en fase de formación pero ya en estado puro. Puro James, y eso que tenía veintipocos años cuando empezó a escribir para The Nation la serie inicial de relatos de viaje que acabaría prolongándose durante casi diez años (1870-1879).  Como dice su mejor biógrafo, Leon Edel, James fue un genio a la hora de gestionar su carrera de  escritor. Estaba muy dotado para el tipo de escritura que se proponía hacer, pero sobre todo tenía una gigantesca ambición (en los presentes escritos menciona varias veces que se guarda determinados datos y reflexiones porque los utilizará cuando llegue el momento de escribir “la gran novela americana”) y desde sus inicios se trazó un camino que luego cumplió escrupulosamente hasta el final.

                En ese sentido la veintena de “postales” que completan el presente libro podrían considerarse en su inicio un ejercicio de estilo que luego fue creciendo en ambición y alcance. Los cinco primeros, desde Saratoga hasta las cataratas del Niágara están íntegramente dedicados a localidades norteamericanas y aunque ya da numerosas pruebas de su sensibilidad y buen ojo para la descripción de paisajes (el recuento de su primera visión del lago Ontario es una maravilla de concisión creativa) lo que en verdad le interesaba era la gente, el ambiente social en los balnearios que iba visitando, ofreciendo de los mismos una imagen  marca de la casa. Son muy notables sus descripción de las mujeres, deshaciéndose en elogios de su elegancia y saber estar, muy en contra de la opinión que le merecen los maridos, a los que tacha invariablemente de holgazanes. Después se sabría que, más allá de estar buscando el favor de un público que ya empezaba a tener noticias de ese escritor en ciernes, estos capítulos preparatorios tenían como fin encelar a los responsables de la revista The Nation para que le financiasen nuevos relatos, ahora durante  un largo periplo por Europa.

                Por suerte para todos la revista aceptó y a partir de su aterrizaje en Inglaterra el libro experimenta una saludable subida de tensión debida, sin duda, al renovado entusiasmo del joven James, que no sólo se adentraba en un territorio conocido y que le era muy próximo sino que lo hacía en las mejores condiciones, porque además de pertenecer a una  familia acomodada y que siempre le apoyó en sus aspiraciones linetarias, The Nation le pagaba por entrega unas tarifas envidiables. De Inglaterra pasa al Continente y tras visitar algunas ciudades y castillos del Palatinado, dirige sus pasos a  París, Roma, Milán, Florencia y Venecia, con las que ya entabla una relación que más adelante será perfectamente reconocible en sus grandes novelas del ciclo europeo.

                Una curiosidad: James se propuso, con plena conciencia de las ventajas e inconvenientes de tal propósito, rendir cuenta únicamente de lo positivo que le transmitían los lugares visitados, y si por casualidad en algún momento se muestra crítico con lo que ve, casi de inmediato se reprocha a sí mismo tal actitud y recobra de inmediato el tono positivo y enriquecedor. Por descontado que  hace mención de la mugre y la decadencia de Venecia o que ni puede ni quiere evitar que se trasluzca el escaso entusiasmo que le provoca una ciudad como Milán, pero donde más notoria es su voluntad de mostrarse constructivo y su interés en transmitir entusiasmo es durante su estancia en París. Al pasear por sus calles, dice sentir una suerte de lánguido éxtasis de contemplación y maravilla – maravilla de que la tierna flor de la poesía y el arte florezca de nuevo sobre prendas de ropa manchadas de sangre y tumbas recién cavadas”. Nadie diría que está dándose por enterado de que sólo un año antes esas mismas calles estaban siendo ocupadas por unos partidarios de la Comuna que después sufrirían una represión  tan brutal que costó un mínimo de 10.000 vidas.

                Sin embargo también hay numerosos pasajes en los que se puede percibir ya al mejor James. En ese sentido aconsejo al lector indeciso que busque al final del capítulo dedicado a Florencia el encuentro con un anciano copista francés que ha logrado la hazaña de reproducir en condiciones casi imposibles el  extraordinario cuadro de Ghirlandaio Adoración de los Magos (www.arqfdr.rialverde.com/6-Renacimiento/Re_Ilustr01.htm). Claro que, si el lector es de los que saben escuchar un buen consejo, hará bien en apuntarse el dato e ir a ver ese mismo cuadro cuyo original está en el Ospedale degli Innocenti de Florencia. En su defecto puede contentarse con ir a ver exactamente el mismo trabajo que tanto admiró a James, hoy colgado en el Museo de la Copia, en París.

 

Viajes con Henry James

Henry James

Traducción de Borja Folch

Ediciones B

[Publicado el 05/5/2017 a las 18:20]

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El país donde florece el limonero

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El lector se quedará algo desconcertado cuando descubra en el mismo prólogo, es decir, antes incluso de haber entrado en materia, que nunca ha comido una naranja como debe ser. Porque, amigo mío, para  comer una naranja como es debido hay que respetar el ritual que sigue cualquier cultivador experimentado y que se cumple así: “[El cultivador] primero sujeta el fruto en la palma de la mano, con el tallo hacia arriba. Luego hace un corte horizontal para dividirlo exactamente por la mitad. El jugo de una naranja recién cogida es abundante, incontenible y su aroma estalla en el aire. Arroja la mitad superior sobre la crecida hierba porque, en la naranja, el zumo y la dulzura se concentran en la parte inferior, lo más lejos posible del tallo. Luego corta una rodaja y pinchándola con la hoja de la navaja la ofrece por la parte sin filo”. Es de temer que este ritual no acabe de funcionar con una de esas naranjas de supermercado que a lo mejor lleva meses en una cámara frigorífica. 

            Al principio de su vida profesional Helena Attlee acompañaba a turistas británicos y del norte de Europa a visitar los parques y jardines de las villas aristocráticas de la Toscana. Hoy, treinta años después, sigue haciendo lo mismo, pero su campo de acción se ha extendido a todo Italia desde el lago de Garda, al pie de los Alpes, hasta la ciudad siciliana de Siracusa, con especial énfasis en la variedad sanguina que crece en las laderas del Etna y cuyo peculiar color sangre se lo debe al frío y no al calor del cercano  volcán. Da la sensación de que Helena Attlee lo sabe todo acerca de los jardines (de hecho tiene cuatro libros dedicados a la historia cultural de los jardines de Italia y de medio mundo) pero a lo largo del tiempo ha desarrollado un asombroso conocimiento acerca de los cítricos en general y de los limones en particular y ella misma refleja su pasión por ese fruto que es al mismo tiempo infinitamente precioso y gratuito porque de esa forma todo el mundo puede disfrutar de él. O por decirlo en palabras de Eugenio Montale, “aquí tocca anche a noi  poveri la nostra parte di ricchezza/es é l’odore dei limoni” (‘aquí también nos toca a los pobres nuestra parte de riqueza/y es el olor de los limones’).

            Pese a su título, El país donde florece el limonero es mucho más que un tratado sobre los cítricos. A ratos es un libro de viajes, pero también una investigación  sobre el origen y la evolución de los cítricos actuales (la mandarina de China, el pomelo de Malaysia, el limón de los Himalayas y sus complicados y fascinantes vericuetos seguidos antes de confluir en nuestras mesas); también hay intrigantes excursos por diferentes vertientes de la horticultura o una curiosa visión de la vida cotidiana y las costumbres de unos aristócratas del Renacimiento a quienes les dio por cultivar, injertar, multiplicar y crear extrañas variedades (frutas “preñadas”, con dedos, con pechos) pese a vivir en latitudes frías e inhóspitas, muy alejadas de un medio tan  amable y acogedor como puedan ser la costa amalfitana o las soleadas laderas de la Conca d’Or palermitana.  

             Pero sobre todo es un libro que festeja el sol, la luz, el olor y los sabores, casi siempre contra un fondo mediterráneo, todo ello envuelto en un lenguaje agradablemente cálido, sensual y evocativo. Helena Attlee es una de esas personas entusiastas que encima tienen la virtud de trasmitir su entusiasmo incluso donde en apariencia no hay nada digno de resaltar. Véase por ejemplo, su forma de informar que en la Biblioteca Británica de Londres se puede consultar  un ejemplar de Hespérides, un tratado escrito por un jesuita del siglo XVII  llamado Giovanni Batista Ferrari e ilustrado por Cornelius Bloemaert, cuyos grabados  pasan  por ser una obra clave en la historia de la ilustración botánica. Según Helena Attlee, una vez abierto  ese ejemplar, “al ver los grabados se siente el peso de la fruta en la mano, la textura de la pìel contra los dedos y, si se es afortunado, se experimenta algo de la pasión que despertó entre los coleccionistas de cítricos”. Quien, al terminar de leer ese párrafo no sienta la imperiosa necesidad de comprar de inmediato un pasaje a Londres para presentarse en esa biblioteca nada más aterrizar en  Heathrow, es un tibio de corazón.

            Inevitablemente, hay aspectos de los cítricos que son bien conocidos, como su capacidad para  curar el escorbuto o su utilidad en campos tan variados como la medicina, los perfumes (qué decir de ese humilde árbol llamado bergamota literalmente repleto de aceites esenciales) o el paisajismo. Pero hay muchos otros aspectos relacionados con ellos y casi desconocidos pero que la autora no se olvida de mostrar, por ejemplo ofreciendo numerosas recetas culinarias en las que incluye incluso el proceso de elaboración del plato o la salsa. El libro se completa con una sección final titulada “Lugares para visitar” que enumera los principales parques y jardines italianos abiertos al visitante, pero también museos, viveros, granjas, restaurantes e incluso fiestas en honor de los cítricos. Todo un hallazgo.

 

El país donde florece el limonero

Helena Attlee

Traducción de María Belmonte

Acantilado. 

[Publicado el 20/4/2017 a las 18:43]

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Václav Havel. Una vida

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En una época como la actual, en la que los grandes líderes políticos mundiales raras veces alcanzan una talla digna de mención (y traer aquí a Trump es una obviedad innecesaria) seguir la trayectoria humana y el desarrollo intelectual de un hombre como Vácal Havel casi devuelve la fe en la posibilidad de que la clase política no sea una más de las muchas especies que hemos visto desaparecer.

            Michael Žantovský fue amigo, colaborador, consejero y casi casi podría decirse que compinche del que fuera el último presidente de Checoslovaquia y el primero de la entonces recién nacida República Checa (1993-2003). El hecho de que conociese tan íntimamente al biografiado, o el hecho no menos significativo de que actualmente sea el director de la Biblioteca Václav Havel permiten pensar que Michael Žantovský dispuso de toda la información necesaria para escribir una biografía que, a buen seguro, será una referencia indispensable para quien desee escribir sobre Havel en el futuro. Sin embargo, tanta proximidad y familiaridad con el biografiado también permiten albergar la duda de si el biógrafo no se habrá excedido en el relato de los aspectos luminosos de aquel para orillar las facetas oscuras, que las tuvo. Y muchas.

            Por si alguien lo duda, quede claro que no estamos frente a una hagiografía de 795 páginas. Faltaría más. Sería un flaco favor al amigo y una insoportable felonía para el lector. Pero Havel fue un hombre complejo y sus muchas facetas (fue ensayista, dramaturgo, moralista, activista político, filósofo, hombre de Estado y hasta marido, aunque no del todo ejemplar) podrían llegar a descompensar en favor de una actividad u otra el intento de reflejar de forma equilibrada una trayectoria vital tan rica.

            Michael Žantovský es un cronista ameno y están muy bien narradas ya sean las peripecias de una juventud inconformista e iconoclasta que vivió a su manera lo que en Occidente se llamó Mayo del 68, la brutal intervención de los tanques soviéticos para aplastar la Primavera de Praga (y que a Havel le costó cuatro años de cárcel) o la sorprendentemente pacífica toma del poder por parte de los sin poder.

            Sin embargo, el libro tiene dos partes bien diferenciadas. La primera, curiosamente, le resultará casi familiar a cualquiera que haya vivido total o parcialmente bajo el régimen de Franco, quizá porque en definitiva todas las dictaduras acaban por parecerse. Los años de un chico llamado a ser un rebelde (por pertenecer a una familia pudiente los comunistas impidieron a Havel tener una educación similar a la de sus compañeros) y los continuos y progresivamente más conflictivos enfrentamientos con la autoridad (acoso policial, ninguneo oficial, arrestos e incluso cárcel) no se diferencian gran cosa de los sufridos en España por quienes, después de pasar un calvario similar, con la llegada de la democracia fueron elegidos para dirigir el país.

            En cambio, a partir de las semanas previas a la caída del Muro de Berlín (1989)  el libro cobra un interés inusitado y es donde mejor se aprecian las dotes narrativas de Žantovský porque resulta fascinante asistir a las (surrealistas) negociaciones de un tipo que sólo estaba preparado para dirigir obras de teatro con unos tipos que en absoluto estaban preparados para entregar el poder sin recurrir a la brutalidad. Fue la llamada Revolución de terciopelo, que culminó con el nombramiento casi a dedo de Václav Havel como presidente de la nación. Y como ejemplo del parecido entre ambos países, he aquí la versión de Žantovský para explicar  cómo fue posible que todo un parlamento, o en el caso de España las Cortes, aceptasen sin rechistar un cambio de régimen que ponía en la calle a todos sus integrantes. “Para quienquiera que se pregunte cómo se podía decidir de antemano el voto de un Parlamento bicameral y de 350 diputados […] basta con decir que se trataba de un Parlameto tan acostumbrado a  obedecer órdenes que habría elegido a Drácula si se lo hubiese dicho el Gobierno”. 

            A cualquiera le gustaría poder asistir a un consejo de ministros, ya sea en el Vaticano, en una república bananera o en un país super desarrollado, porque ver de primera mano cómo funcionan los mecanismos del poder resulta, como digo, fascinante. Y ahí es donde alcanza mayor altura esta biografía, porque se da la circunstancia de que muchos de los acontecimientos narrados desde ahora en adelante fueron presenciados por el propio biógrafo o bien pudo seguirlos muy de cerca y sin haber perdido contacto con los protagonistas. Y no siempre le habrá resultado fácil dar cuenta de ellos. Los grandes objetivos de Havel al acceder a la presidencia eran, en primer lugar, devolver el poder a los ciudadanos de la forma más rápida y pacífica posible; en segundo lugar,  integrar Checoslovaquia en Europa y la Otan y, por último, evitar la escisión de Chequia y Eslovaquia. A este respecto también suena familiar la observación de Havel durante las primera reunión de su gabinete, en la que vino a decir:”Nos han agradecido mucho que no mintamos acerca de la desastrosa situación del país, pero cuando se den cuenta de que apenas podemos hacer nada para remediarlo lo más seguro es que salgamos de aquí untados de alquitrán y emplumados”.

            En su primer mandato Havel no pudo evitar la escisión de Eslovenia, pero al menos logró que ocurriera de forma pacífica y dejando abierta una puerta para una posible reunificación en el futuro. En cambio no sólo logró la integración en Europa y la Otan sino que la República Checa fue un ejemplo de restablecimiento pacífico de los derechos fundamentales y de participación en una economía de mercado sin cambiar un amo (la URSS) por dos (EEUU y Alemania). Pero también cometió fallos tan graves como apoyar la intervención internacional en Kosovo e Irak. Sin embargo, quizá su mayor error fuera no dejar el poder cuando se encontraba en el mejor momento de su trayectoria y persistir en continuar en el cargo pese a sufrir un cáncer de pulmón que mermó considerablemente sus facultades físicas y mentales (al parecer consumía toda clase de medicinas y drogas, algunas de ellas para contrarrestar los efectos colaterales de las anteriores). Y pese a su considerable extensión, el libro se lee de un tirón y al terminar queda una cierta gratitud hacia Havel por ser un hombre que hizo frente a una realidad no muy distinta a la de ahora sin necesidad de recurrir a soluciones tan peligrosas como, por ejemplo, los actuales populismos. 

 

Václav Havel. Una vida.

Michael Žantovský

Traducción de Alejandro Pradera Sánchez

 

Galaxia Gutenberg

[Publicado el 11/4/2017 a las 12:32]

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Franziska Linkerhand

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Ante la imposibilidad de “contarlo todo” sobre la historia que se propone desarrollar, el narrador no tiene otra opción que seleccionar los hechos y situaciones que le resultan más pertinentes: aquel trauma infantil que le va a condicionar la vida al personaje central; el primer  amor y la enésima traición y no digamos la muerte, ya sea del protagonista o de alguien muy próximo a él. A la hora de escribir la presente novela, es decir, cuando hubo de plantearse la indispensable selección de temas, personajes, situaciones y el sentido general de la obra en ciernes,  Brigitte Reimann se encontraba en plena posesión de sus recursos narrativos. En ese momento llevaba publicados una docena de libros (novelas, relatos, correspondencia, etc) que le habían valido una sólida reputación y, sobre todo,  una cierta postura de fuerza frente a la opresora vigilancia de los guardianes de las esencias comunistas (vulgo censores). Todo ello, por supuesto, al ir unido al sólido oficio adquirido, le permitió plantearse una obra realmente ambiciosa y libre.

                Puesto que nació en 1933, su primera infancia la pasó bajo el nazismo, mientras que, en 1945,  la zona oriental de Alemania en la que ella residía cayó bajo la influencia comunista. La suya era una familia de pequeños pero muy prestigiosos editores que se las arregló para pasar sin mayores apuros la etapa nacionalsocialista, mientras que, pese a que las nuevas autoridades comunistas requisaron la mayor parte de los bienes familiares, se dio la circunstancia de que la abuela, aparte de ser una mujer alegre, hedonista y amante de la vida, poseía unas cuantas propiedades inmobiliarias que por suerte cayeron del lado capitalista de Alemania. Ello permitió a la familia pasar con decoro la, por lo demás árida, etapa socialista. 

Pero en las sociedades tan perturbadas como las que se crean bajo los regímenes totalitarios no se perdona que nadie pueda salir de ellos sin haber sido triturado por la maquinaria del poder, por no hablar de quienes no hayan sufrido persecución, cárcel y demás oprobios. Como mínimo, y si no hay pruebas de haberse aprovechado de la situación, siempre quedará la sospecha de una cierta colaboración o al menos connivencia con los opresores.

O sea que Brigitte Reimann no tuvo que romperse buscando tema para su novela: tocaba plantear cómo es posible una vida de cierta dignidad en circunstancias tan diversas como adversas. Y podía haber tomado el camino más directo porque tanto nazis como comunistas habían proporcionado  argumentos de sobra para proceder a un ajuste de cuentas feroz.  

Y lo hay, ajuste quiero decir, salvo que Brigitte Reimann era demasiado sutil para practicar  una reducción a escombros brutal e  indiscriminada, aparte de que, por fortuna, se encontraba en su mejor momento como narradora y sabía, por ejemplo, que bien administrada una simple ojeada de soslayo puede ser más demoledora incluso que una mirada directa y sin contemplaciones.  Así es como van surgiendo lenta pero inexorables cuestiones como el desclasamiento social, la situación de la mujer en una sociedad abiertamente machista, las entelequias de los intelectuales para nadar y guardar la ropa (so pena de acabar en la cárcel), o la dificultad de defender las libertades esenciales sin chocar de lleno contra una autoridad muy poco respetuosa con dichas libertades. Las discusiones de la protagonista, arquitecta de profesión, con los burócratas estatales son una muestra expresiva de cómo plantear una crítica sin concesiones pero también sin reduccionismos. El concepto de espacio ciudadano tal y como lo entendían quienes dictaban las órdenes desde Moscú, o cómo lo querían los discípulos de la Bauhaus,  es tan abismal que no se necesita cargar las tintas para saber cuál de las dos partes llevaba razón.

                Para vehicular tan denso contenido Brigitte Reimann recurrió a Franziska Linkerhand, una alter ego tan versátil que la autora habla de ella en tercera persona pero sin tener el menor problema en dejar que sea la propia Franziska quien hable por sí misma, a veces en un mismo párrafo. El solapamiento de una voz y otra adquiere un tono decididamente dramático en la última página, escrita cuando la autora se encontraba bajo los afectos de la morfina que le fue administrada para ayudarla a morir.

                Franziska Linkerhand no es una novela fácil pero quien decida no dejarse influir por una apariencia coriácea que en realidad no es tal, podrá disfrutar de esa sensación de estar participando de un prodigio, cosa que siempre ocurre cuando entra en acción una inteligencia narrativa que posee los recursos necesarios para expresarse en plena libertad.

 

 

Franziska Linkerhand

Brigitte Reimann

Traducción de Ibon Zubiaur

Errata naturae

 

 

 

[Publicado el 17/3/2017 a las 10:42]

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Oriente

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Los escritores contemporáneos de libros de viajes deben hacer frente a una competencia  decididamente brutal por parte de:  los relatos de quienes viajaron y lo contaron todo antes que ellos, las guías de viaje, los reportajes de la televisión y el cine, los documentales, los viajes organizados, las revistas especializadas y, últimamente, Internet con toda la gama de  chats, páginas webs  o inventos hace poco tan impensables como ese Street view que permite ver “personalmente” una infinidad de paisajes y ciudades, incluida con un poco de suerte la casa del propio observador. Ante semejante oferta a los viajeros que desean dejar constancia de sus exploraciones no les queda más remedio que recurrir a lo novedoso, lo nunca visto, aquello que usted jamás hubiera sospechado, y de ahí la gran variedad de guías y relatos de viaje que juegan con la idea de lo secreto y a veces hasta lo prohibido pero que, lógicamente, acaban glosando lo de siempre. Al fin y al cabo sería como ir a Atenas y no mencionar siquiera el Partenón, o al hablar de Roma  obviar San Pedro o pasear por Barcelona sin dar noticia de aquel tipo de finales del s.XIX que llenó la ciudad de propuestas tan singulares como La Sagrada Familia o la Pedrera.

            Cuando, en 1908, Blasco Ibáñez decidió viajar hasta Estambul, no se veía acosado por tantas urgencias y mediaciones como atribulan al viajero actual. Él  se limitó a ponerse en marcha hacia su destino e ir tomando notas de cuanto le salía al paso  para luego contarlo, con la ventaja añadida de que pudo hacerlo con la naturalidad de quien no tiene prejuicios ni ideas preconcebidas acerca de lo que puede o no puede decir. El resultado es un libro delicioso porque está contado como lo haría un explorador que hubiese visitado confines nunca hollados por nadie y trajese trepidantes noticias dignas de ser puestas en conocimiento de todos.

            Es de precisar sin embargo que se trata de  un libro asimétrico porque tiene dos partes muy diferenciadas y no del todo equilibradas, quizá porque a Blasco lo que de verdad le interesaba era el contacto con Oriente (y de ahí el título general del libro) mientras que todo lo  visto durante el viaje camino de  Estambul tiene algo de obra hecha con oficio y buen hacer pero sin pasión.

La primera etapa es un sorprendente Vichy atestado por una muchedumbre variopinta, multinacional  y  elegante  que aprovecha la salud (o una supuesta mala salud)  para alojarse en hoteles de lujo, socializar, bailar, celebrar cenas opíparas, practicar juegos de azar y  asistir a conciertos, todo ello  alternado con visitas a las fuentes termales para beber las aguas. Al final, no obstante, Blasco se pregunta con ironía cómo es posible que si tantas y tan variadas son las enfermedades de unos y otros, en cambio se curen todas con las mismas aguas.

            Ginebra, la etapa siguiente, ofrece la particularidad de que la ciudad misma apenas se menciona porque el hilo del relato es el generoso  refugio que esa ciudad ha brindado desde hace siglos a quienes, a causa de sus ideas,  han chocado con las autoridades de sus respectivos países. Ciudad/salvación para todos menos para el desdichado Miguel Servet, que tuvo la igualmente desdichada idea de enemistarse con Calvino y eso le costó terminar en la hoguera.

Después desfilan ante los ojos del viajero lugares tan dispares como Berna, el lago Leman, Munich (la Atenas germánica), Salzburgo, Viena, el Danubio o Budapest que reciben la atención que merecen, primero porque son ciudades y paisajes cargados de historia y en los que han visto la luz todos los  personajess que han contribuido a la creación de Europa y han dejado su huella en la memoria común.

Pero el relato experimenta lo que en el lenguaje moderno de ahora se denomina “un subidón” cuando de pronto hacen su aparición los primeros minaretes, altos, estilizados y dotados en el tercio superior de ese balcón circular que permite al muecín llamar a los fieles a la oración, y que a Blasco le hace pensar en la cofa del palo mayor de un navío oculto por las construcciones ciudadanas. A partir de ese momento surge el Blasco Ibáñez admirado en todo el mundo civilizado: su descripción de Estanbul con el colorido, los olores, la mezcla de razas y atavíos, o las ciudades y barrios con las invisibles fronteras que separan Oriente de Occidente es sencillamente antológica. Incluso su visita a la mezquita de Bakarié para asistir a las danzas de los derviches es una maravilla porque, como digo, al no tener conciencia de que esa danza ritual se ha convertido ya en un espectáculo para turistas, Blasco entra de lleno en su esencia y por momento parece tan embriagado de entusiasmo y fervor como los propios danzantes.

Por desgracia, además de un ejercicio antológico la narración es también un documento histórico porque desde que Blasco estuvo allí (1908) Turquía ha vivido experiencias tan decisivas como las dos Guerras Mundiales, el  enésimo enfrentamiento bélico con Grecia o episodios tan traumáticos como el genocidio de armenios llevado a cabo por los “jóvenes turcos” (1915-1923) y que han cambiado para siempre la imagen y la cotidianidad turcas. A pesar de lo cual, quienes conozcan Estambul podrán constatar  hasta qué punto la mirada y el aprecio de Blasco Ibánez subsisten en la ciudad actual porque su percepción  iba mucho más allá de un relato para turistas.

 

Oriente

Vicente Blasco Ibáñez

Almuzara

 

 

[Publicado el 26/2/2017 a las 13:02]

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La muñeca de nieve y otros cuentos

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Las narraciones de Nathanierl Hawthorne suenan hoy anticuadas y deliciosamente pasadas de moda pero, ojo, porque se trata de uno de los grandes creadores de la literatura norteamericana. Para Harold Bloom, Hawthorne es una de las cien mentes creativas y ejemplares que él reunió en su famosa antología Genios. Sin embargo, sus contemporáneos no le pusieron fácil el  camino hacia la cumbre. Como él mismo dice en el prefacio a la presente edición, “¿acaso alguien ha tardado tanto como yo en obtener el más leve reconocimiento del público? Me senté a la orilla de la vida, como un hechizado, y a mi alrededor brotaron matas; y las matas se hicieron arbustos y los arbustos árboles, hasta que pareció no haber salida posible de las enmarañadas profundidades de mi oscuridad”.

Aunque por la forma elegante y poco vengativa de decirlo no lo parezca, Hawthorne estaba aludiendo a los vintitantos años de silencio e indiferencia transcurridos desde que en 1928 publicó su primera novela, Fanshaw (pagándola encima de su propio bolsillo) y la aparición de La letra escarlata (1850), una de las más grandes novelas de la literatura norteamericana. En pleno entusiamo, Bloon llega a decir que Hester Prynne, el principal personaje femenino de esa novela “es la Eva americana” y la compara con ventaja  con cualquier otra heroína de la literatura mundial.

Entre una novela y otra escribió varias novelas más que en su momento pasaron desapecibidas, y gran cantidad  de narraciones cortas que salieron a luz en pequeñas revistas de provincias y muchas veces sin firma, aunque finalmente las más vistosas fueron recopiladas en dos antologías, Cuentos contados dos veces (1837) y La muñeca de nieve y otros cuentos (1851).  Cabe decir que si bien para entonces La letra escarlata  ya estaba recibiendo los más encendidos elogios por parte de escritores de la talla de Emerson, Thoreau, Longfellow o Melville (que incluso le dedicó su Moby Dick), la presente antología se publicó gracias al aval de un amigo. Claro que no es menos significativo el hecho de que su mejor novela solo se llegaron a vender 8.000 ejemplares durante la vida del autor.

Aparte de la elegancia y la precisión de su prosa, lo primero que llama la atención al leer a Hawthorne es la riqueza espiritual de sus personajes. Si describe a un poeta dice que “el mundo cobraba otro aspecto, un aspecto mejor, cuando los ojos felices del poeta lo bendecían […] La Creación sólo había concluido con la llegada del poeta para interpretarla y, así, completarla”. Me pregunto qué poeta actual dejaría que se hablase de su obra en estos términos.  Otra cualidad muy notoria en las narraciones de Hawthorne es la sensación de reposo que transmiten. Casi todas ellas están ambientadas en Nueva Inglaterra y aunque la independencia y sus lances bélicos están muy presentes, el tiempo transcurrido les había borrado los rasgos más duros y sangrientos y le permitía contarlos con serenidad y el mencionado reposo. Y eso que hay personajes tan desgarrados como Prudence Inglefield, la bella pero desdichada hija del herrero John Inglefield que regresa a casa para la comida de Acción de Gracias y que está a punto de ser perdonada y readmitida en la familia pero “inmóvil por un instante, Prudence observó la habitación iluminada por el fuego; parecía luchar con un demonio capaz de apoderarse de ella inluso si se refugiaba en los dominios sagrados del corazón de su padre”.  El demonio, helás, es más furte y la muchacha desaparece en la oscuridad de la noche. Cuando reaparece, entre las maquilladas bellezas de la ciudad vecina, puede verse a una en cuya sonrisa disoluta no hay el menor asomo de compasión por los afectos puros y las alegrías y pesares que los acompañan . “La misma potencia oscura que había arrancado a Prudence del hogar de su padre […] podría arrebatar a un alma culpable de las puertas del Cielo y hacer del pecado y el castigo algo igualmente eterno”. Casi lo mismo puede decirse de la muñeca de nieve que da título a la antología: desde el primer momento se adivina que la equivocada solicitud del padre va a provocar una tragedia que hará irremediablemente desgraciados a sus hijos. Y es que, a veces, la bondad puede ser tan destructiva y maligna como el demonio. Pero todo ello, como digo, Hawthorne lo cuenta con una admirable serenidad y reposo.

 

La muñeca de nieve y otros cuentos

Nathaniel Hawthorne

Traducción de Marcelo Cohen

Acantilado

 

[Publicado el 13/2/2017 a las 11:20]

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La séptima función del lenguaje

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     Creo necesario, antes de entrar en materia, dejar claro que La séptima función del lenguaje no es una novela para todos los públicos.  Y no porque sea complicada y aburrida o una obra sólo para entendidos y especialistas sino porque tiene su punto y quien no sepa pillárselo quizá no la encuentre tan entretenida como debería.

            El argumento no puede ser más sencillo: el 25 de marzo de 1980, a Roland Barthes se lo lleva por delante la camioneta de una lavandería mientras cruzaba una calle. En principio el atropello podría  ser uno más de los centenares de accidentes que invariablemente ocurren en París todos los días. Pero se da la circunstancia de que a los servicios de inteligencia les llama la atención que  haya tenido lugar justo el día en que el conocido filósofo ha comido con François Mitterrand, el candidato socialista que lo tiene todo a su favor para acceder a la presidencia de la República en las próximas elecciones generales. Y puesto que la obligación de los espías es sospechar y recelar conspiraciones  aviesas, el comisario Fayard es encargado de averiguar si se trata en serio de un atropello fortuito o si ha sido un acto criminal.

            Como es lógico, cuando el comisario Fayard inicia su investigación y trata de interrogar a los compañeros y posibles rivales del todavía herido (aunque Barthes no tardará en fallecer para cumplir satisfactoriamente su función de víctima) no entiende una sola palabra de lo que le cuentan unos y otros. Es un hombre conservador,  algo retrógrado y muy primario, y cuando va a ver a  Michel Faucoult y le escucha decir en clase: “…qué puede significar, en el seno de cierta concepción de la salvación […] qué puede significar la repetición de la penitencia sino la repetición misma del pecado”, comprende  que va a necesitar  a un intérprete que le guíe por ese laberinto conceptual en el que le han metido sus superiores. Y acaba por encontrar a Simon Herzog, un profesor  eventual de semiología de la imagen  que se presta a regañadientes a acompañar  al tozudo policía  por un camino que incluso les llevará a Estados Unidos en busca de un oscuro texto con poderes extraordinarios (es la séptima función del lenguaje tal y como la formuló  Roman Jakobson en Ensayos de lingüística general ).

O dicho en otras palabras: lo que plantea el autor, Laurent Binet, es una confrontación entre el concepto de realidad que le puede entrar en la cabeza a un funcionario de la policía y la progresiva implicación de un intelectual que cree y no cree, o que cuestiona pero no niega los hallazgos que pese a todo va haciendo junto con su inverosímil pareja.

Basta hacer un somero repaso al elenco de personajes que juegan en la narración un papel más o menos importante (los  Foucault, Derrida, Sollers, la Kristeva y demás) para entender  que el atropello de Barthes no es una simple anécdota, pues Binet ha situado su narración en pleno territorio Tel Quel. Y en ese territorio es inevitable  que la dialéctica entre lo real y lo ficticio, lo verdadero y lo verosímil, o  lo que hay de real en los personajes ficticios y de  ficticio en los reales acabe por filtrarse e impregnar a la narración misma. Recurra quien necesite refrescar  la memoria a textos del propio Barthes como El grado cero de la escritura (1953) o La muerte del autor (1968). Binet no puede (y cómo podría si no existe y sólo hay escritura) mantener aquel viejo pacto entre autor y lector que permitía al primero contar lo que se le ocurría y al segundo aceptar tan plenamente lo que se le contaba que hasta se identificaba con los personajes y sus circunstancias. Y con ello llegamos a ese “punto” al  que me refería al principio: el telquelismo lleva tiempo  adentrándose en las áridas sendas del olvido y en cierto modo merece las pullas y bromas que hace Binet a costa de algunas de sus tesis más queridas, pero su huella no se ha borrado del todo. Y los escritores franceses en general, y Binet en particular,  parece como si necesitasen enseñar la tramoya y recordar a cada paso al lector que todo es un artilugio y pura convención.  Lo cual obliga al lector a entrar y salir de la historia, a no creerse nada de lo que le cuentan  y sin embargo tomárselo lo suficientemente en serio como para seguir leyendo. Por eso digo que si alguien no se sabe jugar a ese juego (pillar el punto) a lo mejor éste no resulta divertido. En cierto modo es como si los ventrílocuos no hiciesen el menor esfuerzo por hacer que parezca que quienes hablan son los muñecos. Lo cual, como es lógico, no tiene nada que ver con la cuestión de si los muñecos dicen cosas divertidas y emocionantes o no. En sólo una forma peculiar de ofrecer el espectáculo.

 

La séptima función del lenguaje

Laurent Binet

Traducción de Adolfo García Ortega

Seix Barral    

 

[Publicado el 31/1/2017 a las 20:23]

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Desde una bicicleta china

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Después de la Segunda Guerra Mundial un Japón derrotado, humillado y arrasado hubo de reinventarse a sí mismo porque las potencias vencedoras no estaban dispuestas a permitirle que volviese a ser un país militarista y armado hasta los dientes. Y eligió ser el humilde replicante de todos los objetos que tan felices nos hacían a los occidentales. Los más veteranos recordarán que al principio los productos japoneses estaban peor considerados incluso que esas cosas que los chinos venden ahora a precios irrisorios. Hasta que de pronto se cambiaron las tornas y Japón se convirtió en el peor enemigo de Occidente, su Némesis, el ogro que  iba a devorar todo lo nuestro, empezando por lo más preciado: un día se compraban el Empire State, o los mejores estudios de Hollywood, o la discográfica que comercializaba las canciones de los Beatles. ¿Es que nadie les iba a parar los pies? No. Y a la vista de las cifras obscenas que misteriosos millonarios japoneses pagaban en las subastas por un Van Gogh o un Monet estaba claro que no.

            Hubo que esperar pacientemente la aparición de las películas de Akira Kurosawa, las novelas de Haruki Murakami, las interpretaciones de gente como Lang Lang y Mitsuko Uchida o los estupendos dibujos de Hayao Miyazaki para empezar a creer que la milenaria cultura japonesa no había sido totalmente arrasada por la bomba atómica y que el gran ogro amarillo no era sólo un sumidero que amenazaba con devorarlo todo sino que tenía un componente humano capaz de sumar, aportar, demostrar que el hombre es capaz de expresarse de una infinita variedad de formas. Tampoco es de olvidar que mientras tanto los llamados “Tigres asiáticos” estaban reduciendo a Japón a su tamaño real.

            Algo parecido pasa ahora con China. Con la mareante cantidad de miles de millones de chinos que hay (y que habrá…), con la fabulosa cantidad de dinero que están amasando y con una tradición cultural milenaria y exquisita es inevitable pensar que allí dentro estarán haciendo toda clase de cosas maravillosas en las diversas formas de expresión del ser humano. El problema es que todavía no sabemos quiénes son los actuales kurosawas, murakamis, uchidas  y miyazakis chinos. Todo lo que llega de allí es horrible: que son unos sucios y escupen, que riegan las lechugas con aguas fecales, que manipulan las medicinas y, sobre todo, que si nadie les para los pies se van a comer el mundo. Por eso son tan útiles, y de agradecer, libros como Desde una bicicleta china.  Dolores Payás nació en la provincia de Barcelona pero como ella dice de sí misma, pronto ensanchó el horizonte. Por aquellas cosas de la vida ahora lleva ya unos años en China. Puesta a contar cosas que ha aprendido de ese país podía haber elegido el tremendismo, la crónica negra o el reportaje criminal, porque material sensacionalista no le faltaba. Pero su elección, aunque parece más inteligente,  resulta un tanto inclasificable porque no es ficción, no es ensayo, no es testimonio personal, no es un libro de viajes, no es un escrito de denuncia, aunque sí hay un poco de todo ello. Pero, sobre todo, se lee con agrado porque hay en él un humor amable y desdramatizador. Por descontado que de cuando en cuando la realidad resuena como un cañonazo (“China quema ella sola más carbón que el resto del mundo junto”) y que hay cosas que difícilmente se pueden contar como quien cuenta una broma, como la detención de unos desaprensivos que manipulaban la carne de rata para hacerla pasar por cordero. Pero incluso ahí cabe el toque desdramatizador, pues para eso está su compañero de fatigas G, un hombre de nervios de acero y que no se deja impresionar por un quítame allá esa  rata y continúa comiendo pinchos de cordero en los puestos ambulantes. Porque ese es el espíritu que parece surgir de un largo paseo a bordo de una bicicleta china: de acuerdo que es imperdonable tener que salir a la calle con mascarilla y gafas de sol por culpa del smog, pero mientras empezamos a saber qué sale de ese inmenso país no está de más ir conociéndolo un poco mejor y hacerlo además desde la convicción de que el mundo es demasiado grande para que pueda comérselo alguien de un solo bocado, incluso si se trata de un gigante con más de mil millones de bocas, o de un solo payaso como ese bocazas llamado Trump. Y tampoco sabemos aún quienes serán los tigres encargados de hacer de China un país tan civilizado como Japón.

 

Desde una bicicleta china

Dolores Payás

HarperCollins

[Publicado el 16/1/2017 a las 09:40]

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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