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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 20 de mayo de 2019

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Mañana tendremos otros nombres

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Dar noticia de una ruptura sentimental, o narrar la crónica de un desamor, nunca  ha sido una  tarea fácil, ni tampoco  grata. Sin ir más lejos,  y sólo  por un legítimo deseo de llegar al fondo de tan doloroso desgarro,  se puede terminar oficiando de forense,  y conste que en el texto se alude sin rodeos a tan escasamente apetecible posibilidad: “[…] quizá toda historia de amor termina siendo una investigación, o mejor, una autopsia”.

Consciente de la posibilidad de caer en ese o en cualquiera de los otros muchos peligros que aquejan y afean al género (autocompasión, despecho y afán de venganza, el malo es el otro, ahora resulta que no sé a quién he amado la mitad de mi vida, etc.etc.) Patricio Pron se ha valido con muy notable acierto de unos recursos narrativos que no son en absoluto habituales y que pueden desorientar al lector, aunque ello ocurre únicamente hasta que  se  entienden las reglas de juego. Que resultan ser fascinantes porque le han permitido ir mucho más allá de un simple y desgraciado caso particular.

De entrada, las dos voces encargadas de llevar el peso de la narración son Él y Ella, es decir, nada que ver con aquellos personajes a los que el autor se encargaba de proporcionar cuanto antes unos rasgos físicos y un comportamiento moral  que permitían la inmediata identificación del lector, solidarizándose con unos y rechazando a otros  como ocurre en la vida misma. Tal despersonalización choca al principio  porque, encima, cuando empiezan a entrar en juego los demás personajes  ninguno de ellos recibe más rasgo identificador que la inicial (D., E., A., M., Bg. J., F.). Y lo mismo pasa con los padres de todos ellos, que son solo eso, padres innombrados, o con los jefes del despacho de arquitectos  en el que trabaja Ella, y a los que en todo caso se les da el tratamiento de jefe principal, jefe menos jefe, etc.

Si se tratase de una película podría decirse que toda ella ha sido rodada en planos medios, esto es, sin panorámicas que permiten una visión comprensiva y conjunta de la escena pero  también sin los primeros planos de los que se valen los directores  para resaltar un aspecto fundamental de la narración. Tampoco hay flash-backs (y los que hay son meros apuntes referidos al pasado), tampoco hay recurso al plano y contraplano ni  a todo el resto de triquiñuelas cinematográficas que permiten acelerar o retardar la acción o crear ilusiones  engañosas, así como tampoco hay apenas saltos  temporales o bifurcaciones elípticas. En absoluto. El flujo narrativo se mantiene inalterable mientras las cosas pasan porque tenían que pasar: al principio de conocerse El y Ella se van a vivir juntos porque así tenía que ser, y al cabo de unos años se separan porque quién se opone a la fatalidad. En algún momento Ella dice: “[…] nunca elegimos, solo vivimos en lo que es, lo  que no es existe sólo como idea, y como toda idea no puede ser habitada. Permanece a la espera, mientras uno cree que decide algo”.

Ese mundo de ideas no habitadas, y por lo tanto ese mundo deshabitado y a la espera de tomar una decisión, se complementa con otras  muchas intuiciones que suelen apuntarse siempre a  modo de tentativa. Por ejemplo: “[Él] siempre había pensado en la identidad como un punto de llegada, nunca como uno de partida”. Y de ahí, lógicamente,  que mañana vayamos a tener otros nombres, y unas vidas determinadas por el momento de la llegada y nunca al partir.

Porque, en definitiva, lo que Patricio Pron va construyendo con la tenacidad del tallador que esculpe lo que quizá acabará siendo el Mausoleo de Halicarnaso, es una clase de cotidianidad que  les resultará totalmente ajena e incomprensible a quienes se estén acercando al final de su trayectoria vital (viejos). A los propios protagonistas les pasa un poco  lo mismo porque también ellos están en plena exploración, pero si el lector ya veterano  cree de pronto reconocer una propuesta — por ejemplo si se trata de resolver los sempiternos problemas de la vida en pareja con el conocido y nunca exitoso recurso a lo que ahora los cursis de los reality show llaman “poliamor”— de inmediato se sentirá excluido al ver que lo que se pretende es “optimizar” la relación con la “adquisición” de un tercer actor. Lo mismo ocurre con la (casi siempre calamitosa) búsqueda de pareja acudiendo a los medios sociales, o las relaciones interpersonales mediante mensajes con los que se rompe un noviazgo, se propone una vida en común o se anuncia un cambia de piso o trabajo, expresado todo ello en tiradas de no más de 120 palabras. Entremezclados en un flujo narrativo que surge como un poderoso chorro continuo,  van apareciendo rasgos superestructurales  (las leyes del mercado, las imposiciones de la genética, las corrientes sociales, la precariedad laboral, etc) que conforman  y determinan unas vidas inmersas en la vieja pelea entre el deseo y la realidad. Y si dar noticia de un desamor nunca ha sido fácil ni grato, crear  a su alrededor un ámbito de significación inteligible (lo que la crítica de antes llamaba un universo narrativo) es una ambición  hercúlea que Patricio Pron ha resuelto con  brillantez y acierto porque, por encima de  todo, su novela es una apasionante tentativa encontrar un lenguaje capaz de dar cuenta de una realidad exterior que se está conformando ahora, o para decirlo más directamente, cómo dar noticia de que está surgiendo un mundo nuevo y que no puede ser reflejado mediante las técnicas narrativas de antes. Nada menos.   

 

Mañana tendremos otros nombres

Patricio Pron

Premio Alfaguara de novela 2019

[Publicado el 03/5/2019 a las 09:55]

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Cuentos salvajes

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Este  libro de Edmodio Quintero es un ejemplo paradigmático de por qué el lector medio se muestra reticente a comprar y leer recolecciones de relatos breves. Y por la misma razón el libro  es un ejemplo cabal de hasta qué punto el lector medio  se priva de una riquísima fuente de placer estético al dejarse llevar por  unos prejuicios que en gran medida son alimentados por los propios editores. Todo escritor  que no posea la capacidad necesaria  para imponer su criterio (por ejemplo, esgrimiendo su fama  y prestigio)  habrá escuchado una frase que los editores  repiten como un mantra: “No me traiga relatos porque no se venden”. Resultado: casi no se publican  libros de cuentos porque no se venden y los libros de cuentos  no se venden porque no se publican.  Gran astucia.

En cierto modo con los relatos breves pasa lo mismo que con los poemas. Tomados en su mejor momento ambos son como un fogonazo casi instantáneo pero de tanta intensidad que pueden dejar en la retina una huella capaz de durar toda una vida. Al recientemente fallecido escritor Rafael Sánchez Ferlosio una maestra romana le enseñó  de niño el poema “El infinito”, de Giacomo Leopardi.  Una de las últimas cosas que hizo poco antes de morir, bien pasados los noventa años de edad, fue recitar aquel poema sin alterar una línea ni  perder una sola palabra, desde el dubitativo comienzo,

Sempre caro mi fu quest’ermo colle
E questa siepe, che da tanta parte
Dell’ultimo orizzonte il guardo esclude.

hasta el prodigioso final.

Cosí tra questa
Inmensità s’annega il pensier mio:
E il naufragar m’è dolce in questo mare1.

 

                Sin pretender en absoluto establecer comparaciones, y más que nada porque tengo ahora mismo ante mis ojos el libro de Ednodio Quintero, si tuviese que poner un ejemplo de relato breve como un fogonazo pero capaz de dejar una huella indeleble en la retina elegiría sin dudarlo el titulado “Maracaibo en la noche”, en el que la voz narradora empieza afirmando que nació en “algún lugar agreste de la alta montaña” para manifestar a continuación su convicción  de que fue engendrado “en un hotel de Maracaibo”. Es lo que en psiquiatría se conoce como Urszene, que literalmente significa “escena original”, es decir, en este caso, el relato realizado desde lo más cerca posible del momento primigenio en que el narrador fue concebido. Pese a ocupar apenas cuatro páginas, el lector llega casi sin aliento al final: “Y desde mi refugio inexpugnable, en la frontera del no-ser, escuchaba fascinado el zumbido del ventilador colgado del techo, escuchaba el zumbido de un helicóptero sobre las montañas del Guirigay”. Ese helicóptero tiene una íntima relación con un bote de mayonesa en el que viajan las cenizas del narrador. Pero es mejor leerlo (pág. 459 de la edición de Atalanta).

             La ininterrumpida sucesión de puntos de vista y voces narrativas, unido a la acumulación de momentos temáticos, emotivos y de gran intensidad que ofrece un buen libro de relatos puede llegar a resultar fatigosa para el lector debido justamente a lo heterogéneo de su propuesta.

            En el caso de Cuentos salvajes el peligro de  cansancio o  tedio queda conjurado por unos recursos narrativos que Ednodio Quintero utiliza con asombrosa precisión y elegante eficacia. Aparte de un lenguaje límpido y de gran musicalidad utiliza una serie de rasgos que pasan de unos relatos a otros hasta crear una extraña familiaridad (eso que también podría llamarse estilo): hay una voz narradora en primera persona que se autobiografía de continuo sin importarle contradecirse o corroborar lo dicho unas páginas más atrás; el marco físico en el que se inscriben gran parte de las historias es el altiplano alpino, un medio rural tan arraigado y tan extremado y aislado del resto del mundo que para contarse a sí mismo se ve obligado a mantener vivos sus mitos, crear su propia magia, traspasar los límites entre lo real y lo imaginario o recurrir a una suerte de  moral transgresora en la que caben por igual la ternura, el dolor, la soledad o la capacidad de extasiarse ante la magnificencia de un atardecer o la belleza de una mujer. Tampoco pretendo decir que se pueda leer de un tirón como si fuera una novela, pero a diferencia de lo que pasa con ésta, se puede acudir una y otra vez a Cuentos salvajes con la seguridad de que, sea cual sea  la página encontrada, será la puerta de entrada a un universo conocido y al mismo tiempo enigmático porque es imposible predecir lo que pueda pasar.

 

Cuentos salvajes

Ednodio Quintero

Atalanta

 

 

____________________________________________________________________________________

 



(1)[Siempre amé este yermo monte  / y este promontorio, que me oculta / la

visión del último horizonte.[…]

Así a través de esta inmensidad se ahoga el pensamiento:

y me resulta dulce naufragar en este mar. 

I Canti (1831), Canto XII

 

 

 

  

[Publicado el 24/4/2019 a las 18:14]

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Cristo de nuevo crucificado

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Según y cómo a Kazantzakis hubiera podido salirle una novela blanda y de una religiosidad  casi como de catequesis. Y si no véase la primera parte de una posible sinopsis argumental: Likóvrisi, una población griega asentada en Anatolia y que sobrevive como puede al opresivo y por lo general despiadado dominio turco, se dispone a celebrar su tradicional representación de la Pasión encarnada por personajes locales. A tal fin el pope y los notables se reúnen para elegir a quienes habrán de encarnar a los protagonistas del drama. Y tras muchas discusiones, vetos y compromisos  acuerdan que Manoliós, el joven y tranquilo pastor de ovejas será Jesucristo; la atractiva y disoluta viuda Katerina será una muy apropiada Magdalena, mientras que otros tres vecinos más harán de Pedro, Juan y Jacobo. Finalmente, y pese a sus protestas  y a su airado rechazo, el papel de Judas le es atribuido al malencarado Panayóteras, apodado el Zampayeso por su afición a comerse imágenes de santos de escayola.  Poco a poco todos y cada uno de los elegidos irá asumiendo el papel asignado y si Manoliós ofrecerá su vida para salvar a los demás, la arrepentida  Magdalena también obrará honestamente al igual que los otros apóstoles. Y el Zampayeso, faltaría  más, acabará siendo un Judas muy convincente.

                Sin embargo, ahí acaba la blandura y la religiosidad para  todos  los públicos. Todavía hoy Anatolia es una tierra hostil e inhóspita y sobrevivir allí exige una gran capacidad de resistencia y una dureza similar a la del entorno. Y si esas condiciones son ciertas para la población turca, se puede imaginar  las penosas condiciones en que vivían a principios del siglo pasado las manchas de población griega convertidas en islotes  residuales y abandonados a su suerte desde que los invasores otomanos arrebataron a Grecia esa parte de la antigua Asia Menor. Nada más empezar la novela, y cuando los notables de Likóvrisi están reunidos para preparar la tradicional representación pascual, aparecen unos famélicos refugiados, únicos supervivientes de otro poblado griego quemado y pasado a cuchillo por el ejército turco. Los supervivientes apenas si han podido llevarse consigo unas pocas pertenencias (entre las cuales unas cuantas cenizas de sus antepasados) y piden solidaridad por parte de esos otros hermanos que en comparación viven prósperamente y en relativa armonía con el opresor.  

                Hasta ahí el relato mantiene un tono amable y a ratos jocoso porque la presentación de los personajes, algunos muy chuscos  y pintorescos, transmite la gran simpatía que siente Kazantzakis por sus respectivas cuitas y quisicosas. La misma respuesta insolidaria y egoísta de los  notables cuando se niegan a ofrecer la ayuda a los refugiados se ve atenuada en parte porque   Manoliós/Cristo empieza a asumir la personalidad del personaje que le ha sido asignado y obliga a “sus apóstoles” a robar  en los almacenes de los ricos para dar de comer a quienes lo han perdido todo.  Incluso el agá, una especie de comisario político que representa a la autoridad turca, es presentado como un inofensivo gordinflón que gusta de comer y emborracharse beatíficamente en el balcón de su casa que da a la plaza teniendo bien a mano a Yusufaki, un rollizo adolescente que masca de continuo la aromática almáciga para mantener el aliento fresco y perfumado si acaso toca satisfacer otras necesidades de su amo.

                Es admirable cómo el lenguaje  va cambiando y se vuelve cada vez más abrupto y brutal para adaptarse al crescendo dramático de la acción. Y ahí está como ejemplo el momento en que el despiadado Ladás  se vanagloria ante su mujer del repugnante negocio que se le ha ocurrido a costa de los desgraciados refugiados. “Pero aquélla [Penelopi, la esposa] no se movió del banco; tejía y tejía y miraba sin ver las agujas que se juntaban, luego se separaban, volvían a juntarse y hacían crecer el calcetín que estaba tejiendo para el viejo Ladás [su marido]. Y dentro del calcetín no veía el huesudo pie del viejo  sino el hueso mismo, largo, seco, medio carcomido ya por los gusanos”.

                Y si ésa es la respuesta feroz de una esposa cabe imaginar el tono sombrío y sanguinario que adopta la narración desde el momento en que el agá descubre que su rollizo y sumiso Yusufaki ha sido asesinado mientras dormía y decide que irá torturando y ahorcando uno por uno a todos los habitantes del pueblo hasta que salga el culpable. Y aunque los futuros actores de la tradicional representación se comportarán de acuerdo con lo que harían sus respectivos personajes en el drama sacro, la barbarie que se abate sobre Likóvrisi  sobrepasa cualquier previsión que haya podido hacerse el lector durante el amable y risueño arranque de la narración. Esta obra, pero también otras como  Zorba el griego o La última tentación de Cristo le valieron a Kazantzakis una popularidad tan inmensa que la Iglesia Católica incluyó sus libros en el Índice de obras prohibidas, mientras que su propia iglesia, la Ortodoxa, optó por excomulgarle. Curiosamente, si el relato de una pasión viviente le costó a Kazanzakis ser perseguido incluso después de muerto [está enterrado no en tierra sagrada sino al pie de las murallas de su ciudad natal, Heraklion] cuál no sería el castigo eclesiástico si le hubiese correspondido relatar el abandono, la insolidaridad internacional y el cúmulo de sufrimientos que soportan  los miles de refugiados actualmente hacinados, y sin esperanza, en diversas islas griegas.

 

 

Cristo de nuevo crucificado

Nikos Kazantzakis

Traducción de Selma Ancira

Acantilado           

 

[Publicado el 26/3/2019 a las 19:17]

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La luna.Símbolo de transformación

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Quienes sientan la necesidad de saberlo ABSOLUTAMENTE TODO acerca de la Luna están de suerte porque la editorial Atalanta acaba de publicar un monumental trabajo de Jules Cashford en el que la autora explora exhaustivamente los mitos, símbolos e imágenes poéticas (centenares de imágenes poéticas) acerca de la Luna, recurriendo entre otras fuentes a la historia, la antropología, la mitología o la imaginación para llevar a cabo un estudio de las ideas desde el Paleolítico hasta la actualidad. Nada menos.

Basta con echar una ojeada al índice de los capítulos, profusamente ilustrados, para hacerse una idea del alcance y el discurrir de los objetivos de la autora: La Luna y los ritmos de la vida, la Luna y las aguas, la Luna y la gran red de la vidas, la Luna y el Sol, la Luna y la fertilidad, la Luna y el destino, La Luna negra y la muerte, la Luna nueva y el renacimiento, etc. 

El título completo de la obra, La Luna. Símbolo de transformación, es otra muestra de que Jules Cashford no se ha limitado a realizar un trabajo enciclopédico, pues su intención es dar respuesta a lo que estos relatos e imágenes ponen de manifiesto acerca de la consciencia humana y su capacidad de evolución.  Al principio de todo, cuando la principal fuente de conocimiento para el homo sapiens era la observación del medio natural en el que estaba inmerso, lo primero que llamó su atención fueron la constante y cambiante sucesión de los fenómenos que afectaban a la Naturaleza y por lo tanto a su vida: el cielo y la tierra, la noche y el día o el ritmo de la aparición y desaparición de los astros celestes. La autora sostiene que lo sorprendente, sobre todo desde el punto de vista de una cultura solar como es la nuestra desde la adopción generalizada de la agricultura hace ahora más de tres mil años, es que fuese la luna y no el sol el principal foco de las ideas y prácticas sagradas una vez que estas asumieron un alcance cosmológico. Para dar respuesta a las grandes preguntas que el ser humano se ha planteado a si mismo desde sus orígenes, el primer objeto de observación y estudio fue la luna, con sus salidas y ocasos aparentemente caprichosos, sus ritmos de crecimiento y disminución o  el mismo hecho de desaparecer del todo para reaparecer unos días más tarde. Gracias a ella, según la autora, el hombre primitivo pudo concebir algo tan abstracto como es el tiempo o el concepto de ciclo, y ahí se inició el desarrollo del pensamiento deductivo y  racional, siempre visualizado mediante el recurso al lenguaje simbólico.

 El problema, que la combativa Jules Cashford cuestiona una y otra vez, es que el pensamiento simbólico no sólo fue anterior al discurrir racional y al lenguaje discursivo actual sino que encima era indiscernible del sentimiento religioso y los primeros intentos de explicaciones científicas. Lo cual hace que el pensamiento simbólico sea rechazado tachándolo de fantasioso y carente del respaldo de “lo real”. Para Jules Cashford ese rechazo es empobrecedor porque el discurso simbólico no es  dialéctico sino integrador, y en lugar de atomizar el conocimiento creando compartimentos estancos que muchas veces sólo se afirman negando a sus contrarios, crea imágenes inteligibles, evocadoras y capaces de seguir expresando allí donde los restantes discursos guardan silencio.

Albert Einstein, poseedor de un discurso inclusivo que iba mucho más allá de la teoría de la relatividad, planteó el problema de la tendencia exclusivista y disgregadora actual de la siguiente forma: ”El poder desencadenado por la bomba atómica lo ha cambiado todo salvo nuestra forma de pensar. Por eso nos encaminamos hacia catástrofes sin precedentes”. Por decirlo como Jules Cashford lo repite en cierto modo a lo largo de su libro, el ser humano tiene actualmente la misma necesidad de dar respuestas que tenían sus ancestros más lejanos. Ellos carecían de lenguaje y se lo inventaron a base de transformar su pensamiento como queda reflejado en este libro. Todo hace suponer, por decirlo como lo hace Einstein, que se impone un cambio en la  forma de pensar y que si no se cuestiona el rechazo tan radical a lo simbólico nos aguardan catástrofes sin precedentes.

Por fortuna, y aunque sea de forma puntual, algo parece estar cambiando. Porque, sin ir más lejos, cuando ese científico de la NASA que acciona todos los días los mandos que le permiten manejar el vehículo que él mismo contribuyó a que llegar sano y salvo al lejano Marte, al prever los peligros que suponen para sus aparatos viajando por el espacio la existencia de los misteriosos agujeros negros, ¿no está en pleno  lenguaje simbólico (por no llamarlo directamente poético) cuando los define como “horizontes de acontecimientos absolutos”? Seguro de Jules Cashford lo tomaría de inmediato por uno de los suyos.

La Luna. Símbolo de transformación.

Jules Cashford

Traducción de Francisco López Martín

Atalanta

[Publicado el 20/2/2019 a las 11:36]

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Comedia

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Sería pretencioso tratar de decir algo coherente, y no digamos original, acerca de la obra cumbre de Dante obviando el hecho de que casi con toda seguridad ya habrá sido dicho antes, y encima con mayor propiedad, por cualquiera de los infinitos estudios que le han sido dedicados a lo largo de los más de setecientos años transcurridos desde su publicación. Incluso un crítico tan prestigioso como Harold Bloom se limitó a decir muchas y muy elogiosas generalidades y sólo al final, amparándose en su inmensa autoridad se descolgó  acusando a Beatriz de “ gruñona” y de haber provocado en Dante un amor definido por Borges como “desgraciado y supersticioso”. E insiste: “está claro que Dante se habría enamorado de Matilde [su guía durante la travesía del Purgatorio] si la transfigurada Beatriz, madre regañona e imagen del deseo, no lo estuviese esperando en el canto siguiente”.  Matilde, por el contrario, “graciosa y bella”, era la “misteriosa epítome de una joven enamorada”.

                En cambio sí es pertinente hablar de la excelente traducción de José María Micó y de la no menos excelente edición de Acantilado.  Catedrático de Literatura en la Universidad Pompeu Fabra, poeta, filólogo, traductor y músico (quien sienta curiosidad puede verle en YouTube interpretando sus propias canciones en compañía de Marta, su mujer)  a José María Micó le ha costado cuatro años terminar su versión de la Comedia. De entrada llama la atención la radical desaparición del apelativo a la divinidad de la obra, una ocurrencia de Boccaccio que luego fue universalmente adoptada por todos. Además de devolverle el título original, Micó respetó los tercetos de endecasílabos (la famosa terza rima inventada por Dante) pero en cambio renunció a la rima porque, como él mismo dice, “al verter el texto en verso rimado te obligas a un registro especial, a forzar el sentido y la sintaxis”. Ángel Crespo en 1975, y J.M. Sagarra en catalán (1953) recurrieron a la rima en sus respectivas traducciones y recibieron muchos elogios por ello, pero no es menos cierto que en ocasiones los textos de ambos resultan casi ininteligibles.

                Hay que tener en cuenta, hablando de ininteligibilidad, que si bien Shakespeare se inventó  o dio significación nueva a numerosas palabras, el idioma al que recurrió para escribir sus obras ya estaba hecho y disponía de ilustres antecesores que le servían de modelo,  Dante por su parte tuvo que inventarse el italiano mientras escribía  la Comedia, razón por la cual utilizó gran cantidad de neologismos, cultismos y unas palabras inventadas que tanto martirizan a sus traductores, ello por no hablar del frecuente recurso a la lengua llamada vulgar (en todos los sentidos) y ahí está el ejemplo del demonio que “hace de su culo una trompeta”, aludiendo a la ventosidad que se tira un maleducado súcubo.

                Otro aspecto que contribuye a que la presente versión de la Comedia resulte tan agradable de leer es la sustitución de las siempre engorrosas notas a pie de página por unas breves pero muy precisas introducciones a cada canto en las que, adoptando el papel de la gruñona Beatriz o la encantadora Matilde, Micó guía al lector por los vericuetos del círculo correspondiente ofreciendo pequeños datos biográficos de los personajes que surjan al paso y, si se tercia, la razón de su presencia allí.

                Y también es muy pertinente hablar de la edición en sí: tapa dura, papel de primera calidad y una encuadernación que permite que el libro se quede abierto en cualquier página sin necesidad de forzarlo.  Y en lugar de las habituales notas a pie de página, más de dos tercios de la misma lo ocupa el texto castellano, mientras que la parte inferior se ha reservado al texto original.  Inevitablemente, el cuerpo de letra en este caso es diminuto, pero en el peor de los casos en las tiendas venden ya unas lupas dotadas de luz que facilitan enormemente la lectura a quienes no tengan tanta agudeza visual como solían.

                Decir finalmente que hacer una edición tan cuidada, y por ende costosa, de la Comedia no parece que vaya a ser un negocioso ruinoso porque tiene todo el aspecto de ser uno de esos libros de salida lenta pero de largo aliento. Y al mismo tiempo, en esta época de idiotismo generalizado en la que reina lo insustancial y lo frívolo, es un guiño a la reducida pero incombustible colonia de resistentes que, llámense pequeños editores, libreros de trinchera o lectores pese a todo, mantienen viva la apuesta por la calidad y su compromiso con el viejo y vapuleado  “No pasarán”.  Faltaría más.

 

Comedia

Dante Alighieri

Prólogo, comentarios y traducción de José Maria Micó.

Acantilado.

[Publicado el 05/2/2019 a las 23:49]

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Fuego en la montaña

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Reconozco que siento una enorme debilidad por los personajes de Edward Abbey, unos frikis irredentos  y extrañamente  empecinados en salvar a sus semejantes de los peligros que trae consigo el tan denostado Progreso, léase Contaminación y Destrucción de espacios vírgenes, Dilapidación de los recursos naturales, Diseminación de la fealdad y el mal gusto hortera y tantas otras desgracias similares. Lo curioso es que todos ellos están tan absortos con sus ataques incendiarios y volando cosas con cargas de dinamita que ni siquiera parecen enterarse de que los propios contemporáneos a los que pretenden salvar no les apoyan ni les siguen porque no confían en la eficacia de los métodos que emplean lo que para ellos son sólo  cuatro locos. Y lo de cuatro, aquí, viene al pelo porque cuatro son los integrantes de la impagable Banda de la Tenaza  que protagonizan la novela del mismo nombre (Berenice, 2012). El  lector entusiasta tiene ocasión de volver a verlos en acción en ¡Hayduke vive! (Berenice, 2014), en la que la banda vuelve a reunirse para destruir la Super G.E.M.A  4240 W, una aplanadora popularmente conocida como Goliat y que haciendo uso de su fabulosa potencia está a punto de arrasar Nuevo México y el resto de los desérticos estados del  sureste americano en los que Abbey sitúa sus novelas, todas ellas plagadas de especímenes similares.    

                El protagonista de Fuego en la montaña (1962) es un anciano ranchero llamado  John Vogelin y que demuestra ser un digno precursor de tan  altruistas como fracasados compañeros de fatigas. La desmesura de Vogelin es idéntica a la de aquellos, ya que en esta ocasión planta cara  él solo y sin más ayuda que su arma favorita (la palabra NO esgrimida con granítica contumacia)  en respuesta a los requerimientos de desalojo que recibe nada menos que del Ejército de los Estados Obtusos de América, como él los llama..

 En esta novela el problema, resumiéndolo mucho,  es que la Fuerza Aérea dispone por allí cerca de un campo de tiro inmenso pero que se ha quedado pequeño debido al significativo aumento del alcance y la potencia destructiva  de los modernos missiles lanzados desde los aviones. Por una simple medida de prudencia el Alto Mando cree necesario expropiar los ranchos cercanos para crear un anillo de seguridad en torno al campo de tiro. Sin embargo, cuando los militares creen haber reunido la firma de todos los propietarios de tierras en los alrededores resulta que uno de ellos, el dueño de un insignificante racho llamado Box V, se niega rotundamente a vender. Es un pedazo de tierra tan árido y dejado de la mano d Dios que el mismo John Vogelin lo  describe diciendo que en él “una vaca tiene que caminar un kilómetro para conseguir un bocado de hierba y ocho kilómetros más para echar un trago de agua”. Para animar a los propietarios a que vendan sus ranchos el gobierno les ofrece unas cantidades que nadie más les pagaría nunca por ellas. Pero ante la negativa a vender del último resistente, la presión sobre él es cada vez más agobiante: requerimientos oficiales, sentencias de desalojo, amenazas de evicción forzosa, visitas de diversas autoridades y acoso físico parte de los soldados de servicio en la base y que rompen de continuo con los jeeps las vallas para el ganado bajo la excusa de entrar a cazar liebres. Pero la respuesta del anciano a todo ello es su inamovible NO. El ha nacido y vivido allí y allí quiere morir. O sea que NO vende.

Pero no es del todo cierto que luche él sólo contra el Ejército y la razón suprema de la defensa nacional. Incondicionalmente de su parte está su nieto  Billy Vogelin, un niño de doce años que vive con sus padres en Pittsburgh y que todos los veranos  atraviesa él solo el país de punta a punta para cabalgar con su abuelo. Y lo tiene clarísimo: si le dejaran no dudaría en abandonar a sus padres y amigos y  la carrera que le obligarán a estudiar a cambio de un caballo. Y si no fuera porque se lo han requisado, dormiría con el revólver del abuelo bajo la almohada para hacer frente a los soldados.

La otra fuerza con la que cuenta el abuelo se llama Lee Mackie, el otro ídolo indiscutido de Billy porque era el sempiterno compañero del abuelo en las cabalgadas que hacía ellos dos y el propio Billy por el desierto. Por desgracia Lee acaba de casarse y se ha sacado una licencia de agente inmobiliario, razones ambas que no permiten confiar en que vaya a empuñar las armas cuando vengan las fuerzas enemigas para consumar el desahucio. Además, cada vez que el abuelo le exige que diga de parte de quién está, a Lee le cuesta sudores declarar su fidelidad al amigo para resaltar a continuación la locura que implica hacer frente al Ejército, la Constitución, la Ley, la Defensa Nacional y la opinión general: “¿Estás loco? Con el dinero que te dan podrías vivir tranquilamente en El Paso o donde prefieras”. Pero no. Como la misma inquebrantable terquedad del incombustible Bartleby el escribiente, de Melville, el anciano ranchero prefiere NO.

Dada la inconmensurable disparidad de las fuerzas enfrentadas las cosa no podía  terminar bien, por descontado, pero Abbey es un experto en el manejo de situaciones imposibles y mantiene al lector enganchado al relato hasta la última línea.

 

Fuego en la montaña 

Edward Abbey

Traducción de Alba Montes Sánchez

errata naturae

[Publicado el 02/11/2018 a las 16:28]

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La catedral y el niño

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Creo obligado advertir que si bien La catedral y el niño es una gran novela no resulta fácil entrar en ella, primero porque Blanco Amor poseía un léxico extraordinariamente rico y, por desgracia, gran parte del mismo se ha perdido en la actualidad. Y si el lector quiere hacerse una idea de a qué me refiero al hablar de riqueza le invito a leer en la página 32 de la presente edición la descripción que se hace de la indumentaria de la tía Pepita, una solterona de clase media pero sin apenas ingresos, por lo que se supone que vestía “como todo el mundo” y que mo era precisamente una marquesa pese a la complicada indumentaria que se pone encima para salir a la calle.

                En segundo lugar cuesta de entrar en esta novela porque  Blanco posee un lenguaje que además de rico e informativo, narra, reflexiona, crea imágenes y metáforas pero también juzga y arriesga porque en todo momento trata de ir más allá de la apariencia. O dicho de otro modo: Blanco narra de una forma que obliga a tomar partido porque construye un universo moral y el lector actual está demasiado acostumbrado a permanecer en una zona de confort que le permite desentenderse con toda facilidad si algo de lo que se cuenta le inquieta o incomoda porque le basta con cambiar de canal. Aun así, quien decida hacer frente a las mencionadas dificultades iniciales verá recompensado con creces su esfuerzo porque, como digo, es una gran novela en la que se narra la historia de Luis Torralba, un niño que a la edad de ocho años se encuentra en la injusta tesitura de tener que elegir entre su padre, un tarambana sin escrúpulos que está dilapidando la fortuna heredada por su esposa, y ésta, la madre, mujer abnegada que por amor defiende a su hijos y acepta las disposiciones de su entorno para impedir que el marido dilapidador tenga acceso a la fortuna familiar, pero que también por amor se sigue viendo a escondidas con él (“Solo para hablar”, puntualiza en algún momento) y le facilita los medios para que siga derrochando hasta provocar la ruina de todos.

                Paralelamente asistimos a la complicada entrada en el siglo XX de la ciudad de Auria (aunque puede llamarla Ourense quien lo prefiera) dominada por una casta clerical más atenta a defender sus privilegios que a predicar la doctrina de Cristo con el ejemplo; unas clases dirigentes regidas por unos principios éticos y sociales que van a ser muy cuestionados con la llegada del nuevo siglo y unas clases populares analfabetas, rijosas, supersticiosas y serviles pero tratadas con la simpatía de quien, en el fondo, sabe que forma parte de ellas. Los hechos narrados son en gran parte autobiográficos (el propio Blanco Amor fue abandonado por su padre a una edad parecida a la del protagonista), aunque para disipar cualquier duda antes de empezar hay una oportuna cita de Lope de Vega que dice: “…y esta no es una historia sino cierta mezcla de cosas que pudieron suceder”. Pero ahí está la llegada del ferrocarril, el automóvil y la electricidad, la progresiva aceptación de las ideas liberales y las primeras reivindicaciones de los derechos civiles de las clases trabajadoras.

A todas estas la catedral, “un inmenso navío entre pequeñas embarcaciones movedizas”, es “la soberbia terca y permanente de una conciencia inmortal y sus campanas, las voces admonitorias que arrojaban, hora tras hora, sus palabras de muerte sobre el gárrulo bracear de los humanos que se agitaban, allá abajo, aparentemente desentendidos, por sus sendas de hormiguero”. Sin embargo, el desacompasado desarrollo del niño y la ciudad llega a ser tan determinante que hace obligada la huida del primero, ya convertido en un joven dueño de su destino. Y elige la emigración, un recurso tan de la tierra que por ejemplo en Argentina, el destino final tanto de Luis Torralba como del propio Blanco Amor, “gallego” ha terminado siendo equivalente a “español”. La última imagen desde el tren que le lleva al puerto camino de América, es la “torre grande de la catedral, enhiesta, poderosa, feudal casi […] Al final brillaron en la atmósfera los hierros de su cruz casi como un pectoral puesto sobre el pecho del cielo”.

                Blanco Amor maneja con gran eficacia otro recurso literario que choca un poco al principio, porque consiste en hacer coindcir la voz narrativa del niño con la del adulto que años después revive los sucesos de su infancia.- A la vista de los desmanes cometidos desde Joyce en adelante contra al arte de escribir novelas tal como lo entendían Dickens, Balzac y compañía, esta superposición de voces puede parecer irrelevante. Pero de entrada, cuando se está describiendo la ciudad de Auria desde la mentalidad de un niño de ocho años, resulta chocante que después de un simple punto y aparte se diga:”Pero Auria no era un pueblo religioso, al menos en el sentido en que el inocente jacobinismo indígena lo denominaba cubil del fanatismo, y a la catedral, en el verso de un poeta excomulgado, monstruo hidrópico”. Por fortuna la editorial ha tenido el acierto de encargar a Andrés Trapiello un prólogo  en el que el lector queda cumplidamente informado acerca de las circunstancias que rodearon el nacimiento y posterior andadura de esta notable novela.

 

La catedral y el niño

Eduardo Blanco Amor

Prólogo de Andrés Trapiello

Libros del Asteroide

   

[Publicado el 12/10/2018 a las 11:07]

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El rey de las hormigas

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Zbigniew Herbert (1924-1998) fue ensayista, dramaturgo y, sobre todo, un poeta exquisito. Lo tenía todo para haber sido el poeta nacional pero le faltó suerte (gran parte de su vida transcurrió con los comunistas en el poder y ya se sabe que esa gente no es buena para la imaginación y la lírica, aparte de que a sus sucesores nunca terminó de caerles bien). Y  al mismo tiempo le sobró ironía: no creía mucho en las medallas y las bandas de honor y su despego le llevó a ser muy crítico consigo mismo, y ya se sabe también que no es bueno darle armas al enemigo porque luego comete la indelicadeza de las usarlas contra ti.

                Que era un gran ensayista y un hombre dotado de una curiosidad inagotable los lectores habituales de los libros de Acantilado han tenido ocasión de comprobarlo con Naturaleza muerta con brida (2008), Un bárbaro en el jardín (2010) y El laberinto junto al mar (2013). Lascaux. Los dorios. Arlés. Il duomo. Siena. Los albigenses. Los templarfios. Piero della Francesca.  El paisaje griego. La Acrópolis. Samos.  Los etruscos. Etc. Basta ojear el índice de esos libros y tratar de seguir el vertiginoso curso de su discurrir para comprobar que además de tener una curiosidad insaciable y multidireccional poseía esa cualidad que luego, al leerlo, puede  sintetizarse diciendo que allí donde ponía el ojo ponía la bala.

                Con El rey de las hormigas Zbigniew Herbert demostró poseer además la misma laboriosidad y tranquila parsimonia que se atribuye a las hormigas ( los mirmidones de la mitología clásica). Pretender resumir una mitología personal en unas pocas páginas era un empeño muy ambicioso y la obra de toda una vida. Y eso es justamente lo que le ocurrió. Se pasó veinte años tomando notas y desarrollando ideas y al final le sorprendió la muerte con la obra sin terminar. Por fortuna, al cabo de unos años un editor polaco decidió que por muy inconcluso que haya quedado el libro de un gran escritor siempre estará mejor en las estanterías que en la estéril oscuridad de un cajón. Y el lector tiene en sus manos el resultado de tan sabia decisión.

                Aparte del siempre útil Google, para leer El rey de las hormigas conviene tener a mano libros como Los mitos griegos, de Robert Graves, o incluso Las metamorfosis de Ovidio, en parte porque cualquier excusa es buena para volver a ellos,  pero también porque Herbert trata a sus personajes con una desenvoltura tan campechana que si no se tienen a mano las “versiones oficiales”  para refrescar la memoria, a veces puede resultar desconcertante verle decir que Orfeo era “un llorón talentoso”, Narciso un chaval “resultón” y su novia, Eco, “una discapacitada”. Pueden ser apreciaciones muy personales pero no son del todo gratuitas y tiene su aquél averiguar  por qué los califica así.

                Con quien se muestra particularmente severo es con Ares/Marte, hijo de Zeus y Hera, al que ya de entrada califica de dios de segunda categoría y dice de él que todo el mundo le odiaba porque era un neurasténico. Y para terminar de reducir a escombros su figura recurre a la ayuda de Tintoretto, y más concretamente al cuadro Ares y Afrodita sorprendidos por Hefesto (está en Google). El pintor representó al deforme marido terminando de desnudar a la esposa adúltera, mientras que al poco belicoso amante se limita a esconderlo. Pero Herbert puntualiza implacable: “ … y Ares escondido debajo de la cama, entre las chancletas y el orinal”.

                Herbert considera además que como “las guerras pasaron a ser dominio de políticos, sórdidos asesores y cínicos capitalistas”, Ares ya no pinta nada y ha pasado a ser un parado que entretiene sus ocios aliándose con terroristas. En la imagen final lo describe tomando café en una terraza desde la que se divisa toda la ciudad. Nada más consultar el reloj, de entre las casas surge un inmenso fogonazo seguido de los gritos de los heridos y las sirenas de la policía. Ares “paga su café y desciende por los escalones de la infamia”.

Por eso digo que son apreciaciones muy privadas (el libro lleva como subtítulo Mitología personal) pero siempre con su razón de ser. Sin notas y añadidos, el libro apenas llega a las 150 páginas pero cunde como si fueran 500 y te deja con la apetencia de que Zbigniew Herbert hubiese tenido tiempo de completarlas.

 

El rey de las hormigas

Zbigniew Herbert

Edición y notas de Ryszard Krynicki

Traducción de Anna Rubió y Jerzy Slawomirski

Acantilado

    

[Publicado el 26/9/2018 a las 13:19]

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Tres periodistas en la revolución de Asturias

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  A quien se le ocurrió unir los escritos de tres grandes periodistas, José Díaz Fernández, Josep Pla y Manuel Chaves Nogales,  referidos a un mismo suceso, la revolución de Asturias en octubre de 1934, tuvo una feliz idea.

                De los tres, José Díaz Fernández quizá sea el más tradicional. Pero sus reportajes no servirían como modelo en una escuela de periodismo debido a que concurren en él  dos circunstancias. La primera, que si bien desarrolló la parte más sustancial de su carrera de periodista en Madrid, él era asturiano de nacimiento y aunque trata honestamente de ser objetivo y dar únicamente información, su implicación emocional en lo que cuenta durante su recorrido por las cuencas mineras y los horrores que presenció, o más tarde su visión de la ciudad de Oviedo siendo literalmente volada a golpe de dinamita era demasiado intensa para que no se trasluzca en su escritura. La otra circunstancia que no hace de él un buen maestro es que era un innovador, un creador que iba más allá de ese modelo canónico que unos aprendices deben dominar antes de ser creadores a su vez. Pero el lector, sobre todo el lector actual,  puede tener la seguridad de que la información que va a recibir es veraz y un reflejo bastante verosímil de lo que fue aquella especie de locura sin precedentes en la historia de la crueldad de las guerras civiles españolas. Que ya es decir.

                De los otros dos elegidos, Manuel Chaves Nogales comparte con Goerge Orwell una cualidad que los honra a ambos: fueron tan ecuánimes a la hora de contar sucesos de la guerra civil española que ambos acabaron teniendo que huir porque a los dos bandos les hubiera gustado echarles el guante. Para fusilarlos. Pese a que sus escritos sobre la guerra civil española de 1936 tenían que ser forzosamente trágicos, dada la ferocidad con la que se comportaron ambos bandos, leer a Chaves Nogales es una delicia y causa verdadero asombro la elegancia de su castellano.

                En cuanto a Josep Pla, su lectura exige una cierta labor de ajuste porque era un hombre íntimamente ligado a Cambó y la LLiga y por lo tanto su escritura (para bien y para mal) no pretende ser objetiva. Lo cual no impide que sea un prodigio. En el presente volumen se recogen las crónicas que envió desde Asturias y el País Vadsco a  La Veu de Catalunya. Era probablemente uno de los hombres mejor informados del trasfondo de la vida política de su tiempo, y basta leer sus textos sobre la II República para comprobarlo.

                Leer su visión de los sucesos durante la revolución de Asturias y sus análisis sobre el papel jugado por los protagonistas de aquellos trágicos sucesos produce un cierto vértigo porque es un ejemplo perfecto de aquello que Octavio Paz llamaba la “palabra en el tiempo”, y que resumiendo mucho podría sintetizarse diciendo que los tiempos pasan pero la palabra permanece. El lector encontrará muchos otros ejemplos, pero reproduzco dos para ilustrar lo que digo sobre el vértigo.

                Por ejemplo en la página 133, hablando del papel jugado Cataluña en el proceso que desembocó en aquella sangrienta revolución dice: “Los hombres de Esquerra, que gobernaban en la Generalitat de Cataluña, a pesar de la magnífica posición de privilegio que disfrutaban dentro del régimen, privilegio que no había conocido ningún partido político catalán […] se han equivocado y lo han pagado caro […] No nos corresponde a nosotros emitir un juicio […] Diremos solo que Cataluña sigue con su historia trágica, y que solo eliminando la frivolidad política que hemos vivido últimamente se podrá corregir el camino emprendido”.     

                Y poco más adelante, hablando del mismo tema, insiste:

                “Hemos entrado en un periodo de transición de duración problemática. Un día u otro, sin embargo, cuando el caos administrativo que reina en Cataluña y que hemos heredado de la locura delirante de los hombres de Esquerra llegue a su punto culminante, habrá que sistematizar los instrumentos de gobierno. Debe ponerse de manifiesto, porque es un hecho trascendental, que en la prensa de Madrid, tradicionalmente desafecta a Cataluña, se ha iniciado una ofensiva general contra nuestras cosas que ya no tiene por objeto una crítica contra Esquerra, sino que se refiere a Cataluña como un todo…”.

                Aunque estas afirmaciones tengan unas alucinantes resonancias actuales, quien vea la fecha que figura al final verá que fueron escritas el 12 de octubre de 1934. Pero por eso digo que me parecen un magnífico ejemplo de palabra en el tiempo.

 

Tres periodistas en la revolución de Asturias

Manuel Chaces Nogales, José Díaz Fernandez, Josep Pla

Prólogo de Jordi Amat

Libros del Asteroide

[Publicado el 31/8/2018 a las 19:21]

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Al final de la mañana

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Esta novela es lo más parecido a las series que producen la BBC y las restantes cadenas televisivas británicas. Da lo mismo que sea la vida cotidiana en unas pocas calles y pubs del West End londinense, las tribulaciones morales de un cura católico e irlandés en una ciudad obrera inglesa o la irrupción en una localidad turística costera de un policía con problemas físicos y desequilibrios psicológicos. Bien mirado, en casi  todas ellas pasar no pasa nada trepidante,  hasta el extremo de que a veces ni siquiera es necesario recurrir a un asesinato para desencadenar la acción. Pero los capítulos van pasando plácidamente y se espera con gusto e interés el inicio del episodio siguiente y, si se tercia, la continuación de una nueva temporada de la serie.

                En Al final de la mañana el escenario es un viejo periódico londinense de la mañana en el que el director es  un hombre tan tímido y gris, y que ejerce la dirección con tanta discreción, que la mayor parte de sus empleados no le reconoce si se cruzan con él por un pasillo. El día a día lo lleva un redactor-jefe llamado John Dyson, un buen y honrado periodista que vive frustrado porque se ve obligado a ocuparse de una sección repleta de efemérides, insustanciales colaboraciones sobre temas agrícolas y crucigramas cuando su verdadero destino debería ser la televisión y la fama. La secuencia de su primera –y es de temer que última- participación en un debate sobre el racismo es antológica no sólo por su propia intervención sino por la descripción de los demás tertulianos, perfectamente perfilados a partir únicamente de sus opiniones.

                Su hombre de confianza es Bob, un joven que parece dedicar más atención a los caramelos y los azucareros que a su profesión e incluso que a sus ligues, uno de los cuales, Tessa, se escapa del internado y se le presenta en casa inesperadamente. Es estupenda la sutileza del desenlace de la situación porque en realidad es el entorno – desde la felicitación del director por “su compromiso”, hasta las invitaciones formales a cenar “pero tráete a tu novia, ¿eh?,” o la búsqueda de piso por parte de los compañeros- el que va transformando lo que sólo era una simple conquista de soltero en una relación seria y prematrimonial que en principio ninguno de los dos tenía previsto que llegara tan lejos. También andan por ahí el responsable de la ilustración, Reg Mounce, un tipo desagradable y maltratador al que en el periódico están tratando de despedir mientras en casa su propio comportamiento está sembrando las bases de los cuernos que con todo merecimiento le pondrá su mujer en  la secuela de esta novela, si la hay. O el pobre Eddy, cuya muerte a pie de mesa de trabajo da ocasión a sus compañeros a beberse unas cuantas cervezas en su memoria y enlazar unas frases hechas acerca del destino y la poca cosa que somos.

 Todo va más o menos así hasta que hace su aparición el becario, Erskine Morris, un chico educado y fumador empedernido pero formado en los mejores colegios y universidades de Inglaterra y por lo tanto mucho mejor preparado que sus compañeros para entender el periodismo que viene. Su primera intervención no puede ser más premonitoria, pues en lugar de hacerse un hueco en el riguroso turno establecido por los redactores senior para el uso de la única máquina de escribir en activo que hay en la redacción, al volver de la pausa para la comida aparece con una máquina de escribir eléctrica que él mismo ha pagado. Por descontado que, gracias a la tecnología, y las ganas de prosperar, va asumiendo poco a poco las secciones que nadie quiere al tiempo que propone a la dirección otras nuevas y más rentables saltándose a su jefe directo, John Dyson. En ausencia de éste, que se embarca en una aventura de promoción en Oriente Medio tan disparatada como inoportura, el becario presiona a Bob para que ocupe el lugar de Dyson en un nuevo programa televisivo de debate. Ante la indecisión y los escrúpulos del presunto sustituto el becario acaba por presentarse él mismo en el estudio de televisión y usurpar el puesto y la fama destinados a su jefe. La trama, como digo, transcurre a base de pequeñeces y menudencias que el autor se las arregla para que ocurran en un tono menor y como de vodevil, pero dejando al lector la tarea de calibrar las consecuencias reales de lo que pasará, por ejemplo cuando el tímido director del periódico encuentre la manera de poner en la calle a su desagradable jefe de ilustración, o cuando el redactor-jefe descubra que el becario se ha apoderado durante su ausencia incluso de la fama que él consideraba propia. Una lectura veraniega que parece pedir a gritos una hamaca bajo una buena sombra 

Michael Frayn es un novelista, autor teatral y guionista de televisión ya conocido en España por ser autor de Noises Off, una pieza teatral estrenada con gran éxito en Inglaterra en 1982 y representada en numerosos escenario españoles bajo títulos tan expresivos como   Al derecho y al revésPor delante y por detrás¡Qué desastre de función!Esta obra es un desastre¡Qué ruina de función!

 

Al final de la mañana

Michael Frayn

Traducción de Olalla García

IMPEDIMENTA 

[Publicado el 29/7/2018 a las 10:59]

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Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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