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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 24 de junio de 2018

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Desde esta colina

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El libro es muy simpático. De haber creído necesario  darle un título más ajustado a su contenido se hubiera podido parafrasear a Becquer y con sustituir “cartas” por “crónicas” y “celda” por “granja” hubiera quedado “Crónicas desde mi granja”. Y a eso vamos. El grueso del volumen son las crónicas escritas por Sue Hubbell entre 1975 y 1978 para el St. Louis Post-Dispatch. Al final hay dos largos escritos que no son crónicas pero que tratan igualmente de los asuntos cotidianos y las gentes de unas remotas montañas de Missouri llamadas Ozarks.Es colaboradora habitual del New Yorker y del New York Times, aparte de ser autora de varios libros de notable aceptación por parte de los lectores. Uno de los cuales, Un año en los bosques, fue publicado por esta misma editorial (2016).

                Cabe decir que, aparte de estar situados en una esquina perdida en la inmensidad de Estados Unidos,  los montes Ozarks son un curioso lugar: a los habitantes de siempre, unos lugareños sureños que se hubiesen entendido estupendamente con Faulkner, a partir de los años 60 se poblaron de una fauna pintoresca y muy heterogénea porque en el aluvión de recién llegados había desde hippies hartos de ir a California con flores en la cabeza hasta miembros de sectas religiosas y diversos fugitivos de la civilización, sin olvidar un nutrido grupo de ufólogos que se reunían todos los años para hacer recuento de los platillos volantes avistados desde la reunión anterior.

                Sue Hubbell y su marido, Paul, pertenecían a la categoría de los retornados, es decir, gente educada y bien situada en la vida pero que una vez criado y colocado a su hijo Brian en la universidad y cuando comprendieron que habían llegado al punto más alto de sus respectivas carreras (profesor de ingeniería en una universidad él, bibliotecaria en otra universidad ella) decidieron que estaban hartos de las atosigantes imposiciones de la vida civilizada y, sobre todo, de pagar montañas de impuestos que servían  para financiar cosas tan inmorales como la guerra de Vietnam. Y un buen día decidieron decir adiós a todo eso, se compraron una granja de 35 hectáreas en el culo del mundo y allá que se fueron tras ser despedidos por sus amigos, profundamente envidiosos  de la vida elegida por ellos dos.

                Su primer libro, Un año en los bosques, incidía más en las aventuras que les ocurren a dos ciudadanos que deciden hacer suya una naturaleza no fácil de domesticar: temperaturas de hasta 30º bajo cero, meses de aislamiento, millones de garrapatas, mosquitos y mapaches que se comen el maíz sembrado (y regado) con harto trabajo, unas labores de siembra que no resultan tan fáciles como parecía y, para acabarlo de arreglar, tener muy presente el bienestar de los 18 millones de abejas que tienen a su cargo y repartidas por una treintena de granjas de los alrededores (sólo la descripción de lo que implica abrir y cerrar treinta cercas construidas cada una a su manera ya bastan para tener ganas de salir corriendo). Pero de eso trata en gran parte el libro y es lo que en el fondo le da más valor. Si en Un año en los bosques se incidía bastante en las razones poderosas que justificaban la huida de una civilización despótica y que a cambio de unos pocos electrodomésticos y otros despojos te tiene puesta la bota en el cuello, Desde esta colina habla más bien de por qué quedarse en un medio decididamente hostil y en compañía de unos vecinos más bien toscos, para decirlo  de una forma amistosa.

                De hecho, el bueno de Paul, el compañero fiel de veinte años no lo pudo soportar y se volvió a la civilización mientras que ella, la esposa que sabía infinitamente más acerca de los sistemas de clasificación de libros que se sembrar cebollas o arreglar un tractor, optó por quedarse con los millones de abejas y las infinitas hectáreas por cultivar. Y no lo dice   claramente en su libro, o al menos no insiste en ello, pero la moraleja que se desprende de sus dos libros es que un ciudadano no se acostumbrará nunca a vivir de la tierra, o al menos no como lo hacen quienes llevan generaciones apegados a ella. Y en ese caso, ¿cuál es el secreto de que ella durase tanto más tiempo , y encima sola, en las montañas Ozarks? El truco lo practican más o menos abiertamente todos los llamados nature writers : Thoreau, el padre de todos ellos y todavía hoy es admirado por la cabaña que se construyó en la soledad de los bosques. Pero no se olvide que esa cabaña estaba a un par de kilómetros de la casa de su amigo y protector, Emerson, y que vivió la mayor parte de su vida fabricando lápices en Concord, un pueblecito situado a pocos kilómetros de Boston. Aparte de escribir un libro fundamental “La desobediencia civil”, sus otros libros sobre la naturaleza eran más bien excursiones de ida y vuelta porque, por decirlo de alguna forma, nunca dejó de tener un pie en casa. Con lo cual no quiero decir que no fuera importante ni meritoria la percepción de la naturaleza que él transmitió. Sue Hubbell, a su manera, tampoco rompió nunca con la tan denostada civilización porque escribía crónicas para las más prestigiosas publicaciones del país que le aportaban lo que el campo no alcanzaba a darle. O sea que aviso para futuros buscadores de los encantos de la vida rural: si no tienes algún modo de vida para redondear las labores agrícolas no lo vas a tener fácil. Pero todo consiste en aplicar el ingenio: para vender la miel de tantísimas anejas como tenía, Sue Hubbell cargaba hasta los topes su camioneta y se iba a venderla a las grandes ciudades. Y aprovechaba los largos viajes de ida y de vuelta para hacer un inventario de las mejores pies de arándanos que daban en los bares de carretera. Y hacer de dicho inventario unas estupendas crónicas.

 

Desde esta colina

Sue Hubbell

Traducción de Carmen Torres y Laura Naranjo

Errata Naturae        

 

[Publicado el 15/6/2018 a las 19:39]

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Las especias. Historia de una tentación

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En principio, no es posible contar las vicisitudes relacionadas con las especias sin contar de paso la historia de los grandes descubrimientos geográficos, marítimos y tecnológicos que provocó la sola posibilidad de tener un acceso ilimitado a ellas. Colón, Vasco de Gama y Magallanes lo arriesgaron todo al emprender viajes que cambiaron la visión y la magnitud del mundo porque los tres, cada uno a su manera, estaban convencidos de la existencia de vías marítimas nunca antes navegadas pero que les permitirían acceder a un fabuloso tesoro llamado especias y que en aquella época se reducían a la pimienta y el jengibre de la costa Malabar de la India; la canela de la actual Sri Lanka y la nuez moscada y el macis (un derivado de la anterior) de las Islas Molucas, también llamadas Islas de las Especias, situadas al sur de las Filipinas. Como se observará, ninguna de ellas es oriunda de las Indias Occidentales, más adelante conocidas como América, circunstancia esta que trajo a mal traer a Colón y que en parte fue una de las causas que dieron con sus huesos en la cárcel.

                Reyes, banqueros y los grandes comerciantes europeos financiaron las expediciones porque en caso de tener de su lado a la fortuna los beneficios eran inimaginables, como más tarde se demostró con el nacimiento de los imperios orientales de Portugal, Países Bajos y Gran Bretaña, o el español en Occidente.

                Pero igual que no se puede hablar de las especias sin contar de paso la historia de los grandes descubrimientos (y Jack Turner les dedica en este libro mucha y muy bien documentada atención) sería igual de empobrecedor reducir el fenómeno universal que fueron las especias únicamente a la codicia, o a la sola necesidad disimular con sabores y fragancias exóticas el hedor de la carne casi corrompida porque no había otro medio de conservarla que la salazón.

                Jack Turner, nacido en Australia, se licenció en Historia Antigua en la Universidad de Melbourne y completó su doctorado en Relaciones Internacionales en la Universidad de Oxford. Más adelante daría un nuevo golpe de timón a su trayectoria profesional dirigiendo series de televisión dedicadas a grandes acontecimientos históricos. Quiero decir que es un hombre de formación académica pero con una clara visión de cómo llegar a grandes audiencias. Por eso, si de entrada su libro puede parecer un relato de grandes viajes bien estructurado y muy bien relatado, en los capítulos siguientes fija su atención en los efectos que las especias han ejercido sobre el cuerpo y la mente humanos. Lo cual le permite pasar de un continente a otro, de un siglo a otro, y de consideraciones de gran trascendencia a aspectos decididamente anecdóticos, como puede ser todo lo relacionado con la vertiente afrodisíaca de algunas especias.

Por su fragancia y la persistencia de su acción, las especias no tardaron en ser utilizadas en las técnicas de embalsamar y en los rituales sacrificiales, por lo que fue inevitable que se les acabase atribuyendo una esencia sobrenatural. En el capítulo VI, titulado El alimento de los dioses, se da cumplida información de la relación entre las especias y la divinidad. Turner utiliza una frase muy expresiva:”El paganismo, por decirlo en pocas palabras, olía”. Era inconcebible rendir culto a una deidad, o hacerle un sacrificio, sin quemar especias exóticas y carísimas. La identificación de la especia con lo sagrado era tan íntima que Julio César, cuando entró triunfador en Roma tras el paso del Rubicón, se hizo acompañar de sirvientes quemando esencias olorosas en incensarios. El senado lo interpretó como un gesto sacrílego, aunque en el fondo eran muy conscientes de que el ambicioso general estaba imitando con su ceremonia a los monarcas orientales que reclamaban su condición de dioses. Y no iban desencaminados los senadores porque no mucho después los emperadores romanos se iban a incluir entre los dioses y entre otras muchas cosas, exigirían que se les ofrendasen perfumes, especias e incienso.

                Pero las especias también tenían sus detractores. Plinio el Viejo y Saint Bernard de Clairevaux, el fundador del Cister, consideraban que eran una incitación al lujo desmesurado y la extravagancia. Los puritanos las consideraban un producto maligno. Los economistas se alarmaban por la gran cantidad de oro y plata que salían de Europa para ser cambiadas por unos bienes que se comían, bebían o quemaban, y finalmente los científicos en general y los médicos es particular, les negaron a las especias todos los atributos extraordinarios que les atribuía la mentalidad popular. Todo ello junto contribuyó a restar brillo y valor a las especias.

                Como valor añadido a la cuidada edición de Acantilado, es obligado mencionar que la excelente traducción de Miguel Temprano contribuye en gran manera al placer de leer este libro.

Las especias. Historia d una tentación  

Jack Turner

Traducción de Miguel Temprano García

Acantilado

 

[Publicado el 15/5/2018 a las 11:35]

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Los papas

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Si un historiador logra aunar la seriedad y el rigor que cabe exigirle a un hombre de ciencia con una pluma ágil y certera, el lector puede felicitarse y dar por seguro que le aguardan muchas satisfacciones durante la lectura. John Julius Norwich ya había dado pruebas suficientes de esas cualidades en dos libros que no deberían faltar en ninguna biblioteca mínimamente equipada: uno de ellos lo dedicó a la historia de Venecia y el otro a la huella de los normandos en Sicilia. Cada cual a su manera son dos veras joyas. Y quien desee saberlo todo sobre Bizancio tiene a su disposición una trilogía dedicada al nacimiento, el  apogeo y la caída del imperio nacido en el siglo IV como escisión del Imperio romano y que se mantuvo como potencia mundial hegemónica hasta la Caída de Constantinopla en  1453. La avasalladora irrupción de los otomanos por Oriente y el descubrimiento de América en extremo opuesto del mundo propició que Occidente ya no tratase de recuperar su otra mitad, acertadamente descrita como “la síntesis de la cultura helenística y de la religión cristiana con la forma romana de Estado». Lógicamente la institución que a la larga se benefició más de ese cambio geoestratégico fue la Iglesia católica, que llevaba ya unos cuantos siglos maniobrando diplomáticamente para resucitar –y en lo posible manipular– el imperio romano anteponiéndole el calificativo de “sacro”.

                De cara al lector honesto, que se acerca a un relato histórico con el legítimo propósito de aprender, John Julius Norwich sumaba dos hándicaps importantes: uno, su condición de hijo del imperio británico, pues ya se sabe que una de las bazas para su propia cohesión inicial fue su rechazo frontal del papado. Y otro, como honestamente advierte el propio Norwich en el prólogo, su condición de protestante agnóstico, una posición ética y estética que no resulta en absoluto baladí para quien se propone escribir la historia de unos hombres, los papas, que nacieron de un magma de 22.000 gropúsculos religiosos que se decían cristianos (el dato es de Norwich) y que para asentarse y afirmar su primacía tuvieron que ir perfilando unos dogmas difíciles de ser analizados con objetividad por un no creyente, y ahí están, entre otros, los dogmas de la Inmaculada Concepción, la Asunción de la Virgen, la doble naturaleza divina y humana de Jesucristo o toda la carga ideológica y  teológica que conlleva la obligatoria aceptación de la infalibilidad de los papas.

                Para solventar ese y los otros muchos problemas que planteaba el propósito de contar la historia de los papas, desde Pedro hasta Benedicto XVI , es decir más de 300 aunque el cómputo varía de unos autores a otros debido a las repeticiones, los cismas, las excomuniones de unos contra otros e incluso si se acepta o no la inclusión de una papisa, John Julius Norwich ha escogido la única opción posible: una campechana y benevolente ironía que le permite, por ejemplo, dar noticia de un sucesor de Pedro llamado Juan XVIII (el primero, no el llamado “buen papa Juan” que gobernó en pleno siglo XX sino el original, un ciudadano de 1400 al que Gibbon calificaba de gran estratega y diplomático porque al ser finalmente depuesto por sus desafueros, logró que le retirasen los cargos más escandalosos  y que lo juzgasen únicamente por “piratería, asesinato, violación, sodomía e incesto”. A tales minucias Norwich le añade “un preocupante número de monjas violadas”. Obsérvese la ironía, pues no especifica cuántas monjas podría haber violado sin que llegara a ser una práctica “preocupante”.  

                Es misma actitud entre benevolente e irónica permite a Norwich lidiar con las peripecias de unos “príncipes de la Iglesia” que al fin y al cabo no eran muy diferentes a sus  congéneres laicos, con la única diferencia de que si éstos solo debían ocuparse de los asuntos de este mundo, los sucesores de Pedro debían poner orden también en el Más Allá. No es un libro que merezca ser reservado para leerlo de una sentada durante unas vacaciones, pero sí es un gran complemento informativo cuando al lector le interese una determinado periodo histórico: la fundación, la consolidación de Romo coma capital de la cristiandad,  el Cisma, la Revolución francesa, etc.  Cualquier cosa  que haya pasado en el mundo durante los últimos 2000 años, siempre habrá un papa por allí en medio.

 

Los papas. Una historia

John Julius Norwich

Prólogo de Antony Beevor

Traducción de Christian Martí-Menzel

Reino de Redonda

[Publicado el 25/4/2018 a las 20:06]

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Las viejas sendas

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Hace unos pocos años Robert Mcfarlane era un perfecto desconocido para el gran público, pero le bastaron dos libros, Las montañas de la mente (Mountains of the Mind, 2003) y Naturaleza virgen (The Wild Places, 2007) para que su nombre haya pasado a formar parte del distinguido y muy apreciable club de escritores amantes (casi valdría decir que fanáticos) de disfrutar de la naturaleza recorriendo caminos. Podría decirse que con Las viejas sendas (The Old Ways, 2012) dio el paso definitivo hacia su consagración, pero desde entonces ha terminado varios libros más dedicados a la naturaleza y el senderismo que le han abierto las puertas de los amantes de este tipo de escritos repartidos por medio mundo.

                En los países de habla inglesa la tradición de los escritos relacionados con el contacto con la naturaleza mediante el acto de caminar es antiquísima, y no resulta exagerado buscar antecedentes ya en los primitivos poetas anglosajones. Con el tiempo la gran atracción por la naturaleza, expresada en forma de poemas, ensayos, novelas, relatos de viaje o interpretaciones filosóficas ha dado lugar a un género conocido como Nature writing, que empezó a popularizarse a finales del siglo XVIII y terminó de formalizarse en el XIX.  

                En España la Nature writing se confunde con la literatura de viajes, que es muy meritoria y tiene como representantes a todos los grandes viajeros, nacionales o traducidos, y cuyos escritos pueden incluir incluso el relato literario de un hecho histórico, y en ese sentido la monumental Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, es sin duda una de las obras cumbre de la literatura en castellano. No deja de ser curiosa la falta de tradición del relato del caminar en España porque más facilidades no podría pedir quien desee dedicarse a ello, pues tendrá a su disposición la asombrosa red de calzadas heredada de los romanos, la no menos asombrosa red de vías pecuarias por las que tradicionalmente circularon los ganados trashumantes y que suman nada menos que 125.000 kilómetros, y como remate, los recorridos religiosos, que van desde las pequeñas visitas estacionales a las ermitas y demás lugares sagrados cercanos a las poblaciones hasta los innumerables caminos de peregrinos, encabezados por el milenario y todavía muy en activo Camino de Santiago. Si a todo ello se añaden los recorridos que los habitantes de cada pueblo conocen, la variedad de elección es infinita. Ahora solo falta que alguien sepa hacer el uso debido de tamaña riqueza.

                En Inglaterra, quienes ennoblecieron de forma más poética los paseos naturales fueron los poetas lakistas, en especial Samuel Taylor Coleridge, William Wordsworth (siempre acompañado de su hermana Doroty) y Walter Scott, aunque la región de los lagos también causó un gran impacto en Shelley, Hawthorne, Carlyle, Keats o Tennyson. De todos ellos el más acérimo fue Wordsworth, de quien Thomas de Quincey asegura que, “a pesar de sus piernas fofas deploradas por todas las damas versadas en dicha materia” a lo largo de su vida recorrió 289.681 kilómetros. Como el ácido y sibilino Thomas de Quincey no es muy de fiar, sirva como ejemplo de lo que hace un auténtico enamorado del contacto con la naturaleza el dato que da en este mismo libro el propio Robert Mcfarlane, pues calcula que habrá hecho a lo largo de su vida entre 11.200 y 12,800 kilómetros. Para dar una idea de lo que significan esa distancia recorrida a pie basta decir que entre Madrid y Pekin hay 9.217 kilómetros, y que a Vladivostok, se llega tras 13.757 kilómeros.

                 La edición de Pre-Textos se ve enriquecida por el prólogo de Miguel Ángel Blanco, un artista que se declara amigo y hermano de la naturaleza y que lleva toda la vida confeccionando  unos curiosos libros-caja con los que ilustra sus recorridos por la Sierra del Guadarrama, y también otros lugares. Cortezas y madera de pino, minerales y objetos de elaboración propia le han servido para reunir una Biblioteca del Bosque que ya sobrepasa de largo el millar de ejemplares. Él fue el introductor de Mcfarlane a los caminos de España y lo más parecido a un nature writer nacional, solo que en lugar de escribir sus recorridos los sintetiza estéticamente en tres dimensiones.

                En Las viejas sendas abundan los recorridos por caminos de Inglaterra y Escocia porque, por una cuestión de proximidad, son los que Mcfarlane ha tenido siempre más a mano. Y aunque en todos ellos el autor transmite con intensidad su emocionada relación con el paisaje y con quienes transitaron antes que él los senderos que lo surcan, destacan el recorrido entre el río Crouch y la desembocadura del Támesis, todo él prácticamente bajo el mar por estar sometido al vaivén de las mareas, y un recorrido en barco siguiendo ancestrales rutas marineras entre Escocia e Irlanda. Entre los recorridos por el extranjero, además de la marcha desde el Valle de la Fuenfría, en Guadarrama, hasta Segovia, hay visitas a Palestina e incluso al Tíbet. Pero lo mejor es que, vaya por donde vaya,  su modo mirar transforma el entorno que atraviesa en la misma medida que el entorno le transforma a él. Y son magníficas sus descripciones de los lugares por donde pasa.

 

 

Las viejas sendas

Robert Mcfarlane

Traducción de Juan de Dios León Gómez

Prólogo de Migel Ángel Blanco.

Pre-Textos

[Publicado el 30/3/2018 a las 12:16]

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Palos de ciego

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Por decirlo como lo diría Thomas Mann, Palos de ciego es la novela de una novela. Muchos años atrás el narrador en primera persona conoció una historia espeluznante (aunque, tratándose de un suceso ocurrido en pleno estalinismo, cualquier calificativo capaz de expresar horror resulta inevitable): al parecer, unos centenares de lirniki fueron convocados en la ciudad de Járkov para celebrar un congreso. Los lirniki eran miembros de las clases ucranianas más desfavorecidas y que al quedar ciegos por la falta de higiene y de medios para curarse las infecciones en los ojos, su única posibilidad de supervivencia era echarse a los caminos para hacer de juglares. Su repertorio eran fundamentalmente canciones populares y religiosas, pero también poemas que cantaban las hazañas de los ancestrales héroes ucranianos en su lucha contra el invasor ruso. Como Stalin se encontraba en plena construcción del hombre soviético, cualquier exaltación nacionalista le parecía nociva y, por no faltar a su costumbre, ordenó el fusilamiento de los juglares ciegos y de los chicos que les hacían de lazarillo.

Por causas muy diversas, pero que fundamentalmente  estaban relacionadas con la juventud e inexperiencia del autor, la novela en su inicio titulada Borrón no solo no terminó de cuajar sino que fue dando lugar a fragmentos y esbozos (aquí se reproduce uno de ellos, por cierto que espléndido) y, sobre todo, a una investigación exhaustiva y que se prolongó durante años y en el curso de la cual fueron examinados documentos históricos, testimonios de otros historiadores y relatos procedentes de fuentes muy diversas. Una de dichas fuentes es un librotitulado Testimony: The Memoirs of Dimitri Shostakóvich (1979), escrito por el musicólogo ruso Simon Volkov y publicado en inglés por Harper & Row  cuatro años después de la muerte del compositor. Son bien conocidas las angustiosas relaciones del dictador y el músico, permanentemente amenazado de muerte o deportación para ser ensalzado a continuación como el mejor representante de la música del realismo social antes  de verse nuevamente en una lista negra.  No es de extrañar que al ver la luz el libro, tanto Volkov como Shostakóvich fuesen vapuleados sin piedad y acusados de tergiversar la verdad. Según Volkov, en sus memorias Shostakóvich hacía referencia al fusilamiento de los juglares y sus lazarillos.

                Uno de los muchos problemas surgidos a lo largo de los años era que pese a sus prolongados esfuerzos el narrador/investigador no lograba dar con datos que corroborasen de forma fehaciente la muerte de esos cantores a los que él pretendía prestar la voz que les fue tan brutalmente silenciada.  Ciertas fuentes fiables incluso negaban que hubiese tenido lugar el fusilamiento. Pero mientras tanto, el relato de cómo no se pudo escribir la novela original, y de las búsquedas fallidas, van dando origen a estos adecuadamente titulados Palos de ciego.

                En paralelo, y como si fuera una más de las muchas peripecias ocurridas mientras se va novelando la novela, surge otra historia que en principio no parece tener relación con lo ocurrido en Ucrania, pues se narra que el autor tuvo un hermano también llamado David (David Torres, por supuesto) nacido poco ante que él en la Clínica San Ramón de Madrid, y que vivió apenas veinticuatro horas. Poco a poco, y con saltos hacia adelante y atrás e incursiones en otras historias (como las circunstancias en que fue contada otra de sus novelas, titulada Nanga Parbat y que en contra de lo que parece no va tanto de montañismo como de un amor desgraciado) la historia, o la no historia, del hermano muerto va cobrando entidad porque  el primer David Torres nació y murió en una clínica que más tarde se hizo famosa por el siniestro tráfico de niños vendidos bajo mano. Aunque las autoridades han hecho lo posible por no profundizar mucho en esa siniestra historia, se calcula que fueron un mínimo de 60.000 los niños, al principio  hijos de mujeres republicanas a quienes las autoridades franquistas no consideraban aptas para criar a sus hijos, que fueron arrebatados y vendidos a familias cristianas. Más tarde el tráfico ya no obedeció a razones ideológicas sino al puro negocio. Parece ser que para convencer a las madres de la muerte de su hijo recién nacido, en la clínica guardaban congelado el cadáver de un bebé que era presentado como prueba una vez descongelado.

                Palos de Ciego es como un mosaico descrito con gran agilidad, eficacia y una prosa muy cuidada. Al lector le cabe la tarea de ordenar las piezas que se van sumando desordenadas para completar el relato, pero no hay posibilidad de confusión o pérdida porque, a lo mejor en sus comienzos David Torres II no disponía de los recursos necesarios para contar la novela que imaginó la primera vez que conoció la suerte de los lirniki y concibió la idea de darles voz. Pero tantos años después dispone de suficiente experiencia como para crear unas corrientes subterráneas capaces de relacionar unas historias con otras y, de paso, darle voz al hermano tan prematuramente desaparecido y del que solo queda un simple nombre en el libro de familia.        

 

Palos de ciego

David Torres

Círculo de Tiza

[Publicado el 11/3/2018 a las 12:38]

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Valle-Inclan. Obras Completas. IV

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Siguiendo su hercúleo propósito de editar las Obras Completas de Don Ramón del Valle-Inclán la Biblioteca Castro presenta ahora el Tomo IV, dedicado al teatro. O por mejor decir, a la primera mitad de su producción teatral porque la segunda mitad y el conjunto de su obra poética, aparecerán próximamente en el Tomo V y último.

                Dado el carácter polémico, provocador y aparentemente desenfadado de Valle-Inclán (y digo aparentemente desenfadado porque sus bromas solían ser lo más parecido a dardos afilados y dirigidos directamente al corazón del  beneficiado), tratar de poner orden y ofrecer una visión coherente de su obra es, además de hercúleo,  un propósito casi imposible porque, como ya se dijo  con motivo de la publicación de los Tomos I, II y III, Valle-Inclán entendía la escritura como un proceso de creación continuo  y que no se terminaba cuando el manuscrito era llevado a la escena o aparecía en formato de libro o de revista (folletón). Lejos de ello parece como si Valle-Inclán se complaciese en confundir a sus seguidores introduciendo entre una entrega y otra cambios muy notable y que podían afectar al concepto mismo de la naturaleza de la obra.    

                Como señala a modo de ejemplo en la Introducción Margarita Santos Zas, coordinadora y máxima  responsable de esta edición, en su afán por  infringir los códigos genéricos convencionales en nombre de la invención y la experimentación, Valle-Inclán transgredía sistemáticamente incluso  los fronteras entre teatro y novela. Aunque no pase de ser un detalle más arbitrario que estructural, es bien sabido que en el momento de su aparición en la revista España Nueva, la obra Águila de Blasón llevaba como subtítulo Novela en cinco jornadas, mientras que al aparecer como libro se llamaba igual, Águila de Blasón, pero  su denominación había cambiado a Comedia bárbara dividida en cinco jornadas. Lo mismo cabe decir de La Cabeza del Bautista o La Rosa de papel,  editadas conjuntamente como Novelas macabras y más adelante rebautizadas como Melodrama para marionetas.

                Claro que, a lo mejor para llevar el equívoco hasta sus últimas consecuencias, pese a tener en su haber una veintena larga de obras teóricamente teatrales, Valle-Inclán siempre negó categóricamente ser un autor teatral y, otra vez para demostrar en la práctica lo que parecían simples provocaciones callejeras, no solía tener la menor consideración con los actores, directores y empresarios que osaban llevar alguna de sus obras al escenario. Se podrían poner decenas de ejemplos, pero para  no dispersar en exceso la atención, me limito a abrir al azar las Comedias Bárbaras y no tardo en preguntarme cómo se las arreglará un director de teatro para desarrollar a la vista del público una escena precedida de una acotación como esta, que por cierto es la que abre la Jornada primera de Cara de Plata:

Alegres albores, luengas brañas comunales en los montes de Lantaño. Sobre el roquedal la ruina de un castillo, y en el verde regazo, las Arcas de Bradomín. Acampa una tropa de chalanes al abrigo de aquellas piedras insignes (…). A la redonda los caballos se esparcen mordiendo la yerba  sagrada de las célticas mámoas. En las alturas una vaca montesa embravecida muge por el vitelo que se lleva a la feria un rabadán.

O qué decir de  personajes como: Pichona la Bisbisera, el Ciego de Gondar, la Hija Bigardona y el coro de Crianzas, Fuso negro el Loco o  Ludovina la Ventorrilla. Y si se trata de  hacer las veces de coro ahí están  Clamor de mujerucas, una Voz en la chimena, Salmodia de Beatas o Reniegos y Espantos.

También debe de tener su miga encontrar el tono para un diálogo que tiene lugar después de una acotación en la que se presenta al Abad de Lantañón entre “un tumulto de voces  que quiebra el verde y aldeano silencio”. Y sobre el patín de la Rectoral  aparece una dueña pilonga, muy halduda, que con la rueca en la cinta tuerce el gesto y escupe en el dedo. Es Doña Jeromita, la hermana del abad:

DOÑA JEROMITA.-¡Jesús con las voces!¡Pues aunque estuvieseis en la puerta de un ventorrillo!¡No habléis todos, selváticos!¡Hermano, ponga paz!

EL ABAD.-No me sale del bonete.

DOÑA JEROMITA.-¡Ave María!

EL ABAD.-¡Mi tonsura ha sido ultrajada por un carajuelo!

DOÑA JEROMITA.- ¡Jesús mil veces!

 

Pero lo mejor de todo es que a pesar de un lenguaje muchas veces barriobajero y en gran parte inventado, pese a lo disparatado de muchas situaciones  y aunque sea manifiesta la imposibilidad de pone en escena lo que se dice en el texto, de pronto el lector cae en la cuenta de que está escuchando  el tono de voz inequívoco de Shakespeare. Y eso que todavía no hemos llegado al tomo de los esperpentos, en los que la apuesta por lo imposible parece como si diese todavía más sonoridad al diálogo shakesperiano.

 

OBRAS COMPLETAS, IV. Teatro

Ramón del Valle-Inclán

Edición de Margarita Santos Zas

Biblioteca Castro

         

 

[Publicado el 29/1/2018 a las 19:34]

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Las canciones de los árboles

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  En 2013 un biólogo norteamericano de origen inglés llamado David George Haskell,  hasta entonces un oscuro profesor de  ecología en la Universidad del Sur, Tennensee, alcanzó una gran notoriedad dentro y fuera de su país gracias a un libro titulado The Forest Unseen, publicado en España en 2014 por Editorial Turner con el acertado título de En un metro de bosque porque de eso justamente trataba el libro de Hasskell: una crónica detallada de lo que ocurría a lo largo de las cuatro estaciones del año en medio metro de un bosque perdido en una meseta perdida a su vez en algún lugar del extremo occidental del estado de Tennensee. La idea era muy atractiva porque lo que Haskell ofrecía era, en definitiva, un mandala, es decir, una reconstrucción del mundo entero desde sus orígenes hasta los sucesos diarios en aquel pequeño terreno acotado. Basándose en sus propias observaciones, pero recurriendo a los conocimientos aportados por biólogos, botánicos, ecologistas y demás compañeros de claustro, el lector era informado de la maravillosa estructura de un copo de nieve posado en un dedo del autor, pero también de las fatigas de la vida hermafrodita de un caracol o lo ocurrido en la Tierra hace de centenares de millones de años y que hizo posible la existencia actual de ese o cualquier otro bosque. Y la existencia de la vida, todo plasmado en aquella  diminuta representación del mundo.

                En su nueva propuesta, Las canciones de los árboles. Un viaje por las conexiones de la naturaleza,  Haskell da un paso adelante, encima un paso arriesgado, pues intenta mostrar la sutil red de interconexiones que hacen de la naturaleza un organismo plural pero  único y armónico, aunque en lugar de solicitar la ayuda de sus sabios compañeros de trabajo, la narración parte de una premisa tan tenue como puedan ser los sonidos naturales. O, para decirlo en sus propias palabras, las canciones. Para quien sabe escuchar, la naturaleza es un coro que se llama y responde, o se complementa y contradice.  La mentalidad occidental, dice Haskell, es capaz de percibir y comprender abstracciones como ideas, reglas, procesos o conexiones.En cambio, lo que la naturaleza dice cantando le parecen meras  leyendas de pueblos primitivos. Y sin embargo, “los espíritus de la selva amazónica quizá sean análogos a  sueños de la realidad occidental como el dinero, el tiempo y los estados-nación”. Y lo mismo ocurre con los sonidos (canciones) de los árboles, ya sea un altivo ceibo que sobresale por encima del techo vegetal amazónico, un avellano viejo de mil años, un álamo de Virginia o un superviviente tan asombroso como  el diminuto bonsái que no fue arrasado por la bomba de Hiroshima. En su viaje alrededor del mundo en busca de diferentes ejemplares de árboles, Haskell describe con ellos la enmarañada red de relaciones que los aúna.

                Ni siquiera el  peral de Callery que se alza solitario en la confluencia de la calle  Ochenta y seis con Broadway, en Mahattan, es un ser aislado y ajeno a la vida urbana  que se desarrolla a su alrededor. Y para ser físicamente consciente de ello, y hacer partícipe al lector, Haskell adosa en el tronco del árbol un sensor del tamaño de una alubia y que a través de dos procesadores transmite a un ordenador las vibraciones de los sonidos que chocan contra la corteza. Las conversaciones de las transeúntes, los sonidos del tráfico y, sobre todo, el estruendo del metro muchos metros por debajo del asfalto y las aceras se transmiten a través de las raíces y luego trepan por el tronco hasta desvanecerse en el aire. Es decir que pese a su aire solitario y ajeno, el árbol participa activamente en la vida urbana, hasta el extremo de que los cinco millones de árboles que posee Nueva York retiran cada año dos mil toneladas de contaminantes atmosféricos y más de cuarenta mil toneladas de dióxido de carbono, o sea, un 0,5% de los contaminantes atmosféricos. A pesar de lo cual, si los árboles reciben cuidados no es porque haya un verdadera preocupación por su salud sino porque resulta más barato mantener a equipos itinerantes de podadores que hacer frente a las demandas de los transeúntes a quienes les ha caído encima una pesada rama muerta.

                Como ocurría en su primer libro, en Las canciones de los árboles el lector sabe de dónde parte cada  narración porque lo dice el título del capítulo (El ceibo, El abeto de navidad, La palmera sabal, El fresno verde, La secuosia y el pino ponderosa, El olivo, etc) pero casi al instante se ve sacudido por una vorágine de exploraciones, hallazgos, datos y, sobre todo, conexiones porque en la naturaleza todo está relacionado con todo.  Cuando se establece una red, ésta se puede considerar un individuo, aunque el carácter de dicho individuo se define por sus relaciones y no por unas cualidades estables. La vida es un continuo en evolución  y la intensidad de la lucha por la subsistencia es tanto el resultado como una causa de la diversidad de especies. Y quien dispone de un oído entrenado percibe tal diversidad no como una cacofónica acumulación de ruidos inconexos sino como una armoniosa canción.

Las canciones de los árboles. Un viaje por las conexiones de la naturaleza

David George Haskell

Traducción de Guillem Usandizaga

Turner

  

 

[Publicado el 03/1/2018 a las 16:54]

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En el reino del hielo

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En medio de una expectación a escala casi global, el 8 de julio de 1879 partía del puerto de San Francisco el Jeannette, una vieja cañonera de tres palos dotada de un motor auxiliar a vapor y cuyo casco había sido reforzado por los mejores ingenieros navales para hacer frente a los hielos árticos y permitir que su comandante, el  capitán  de navío George De Long y los 33 tripulantes bajo su mando, pudiesen ser los primeros seres humanos en hollar el  Polo Norte. Aunque su objetivo principal era alcanzar el punto más septentrional del globo, la expedición tenía una importante vertiente científica e incluso económica, pues podría contribuir a trazar de una vez por todas el  tan buscado Paso del Noroeste que permitiría poner en comunicación el Océano Pacífico con el Atlántico a través del estrecho de Bering.

Además de haber sido larga y cuidadosamente planificado, el ambicioso proyecto contaba con la muy generosa financiación de James Gordon Bennet, el excéntrico pero poderoso propietario del New York Herald  que ya había patrocinado el rescate de Livingston en la selva africana. Y por si fuera poco el proyecto  no solo  estaba respaldado por el gobierno de Estados Unidos en lo relativo a apoyo logístico sino que contaba con el beneplácito de la comunidad científica internacional, muy interesada en comprobar una teoría entonces muy extendida pese a que no pasaba de ser una brillante conjetura sin pruebas fehacientes. Según dicha teoría, la cálida corriente marina conocida por los pescadores japoneses como kuroshio, y que tras nacer en los trópicos bordea las costas de Japón y Corea para luego dirigirse al norte a lo largo de la costa del Pacífico, pasaría por debajo del anillo de hielo que contornea el Ártico para unirse allí con otra corriente cálida procedente del Atlántico, la  del Golfo, formando entre ambas  en torno al Polo Norte el llamado Mar Abierto Polar, teóricamente tan cálido y favorable a la navegación como el Mediterráneo. El supuesto tenía un gran atractivo estético y moral, pues parecía poner de manifiesto una gran armonía y equilibrio en las fuerzas que gobernaban los mares.

El problema fue que pese al consenso de la comunidad científica internacional, así como el de los más prestigiosos geógrafos y cartógrafos, el Mar Abierto Polar  resultó ser un fisco monumental y a los pocos meses de su brillante y multitudinaria despedida en el puerto de San Francisco, el Jeannte fue atrapado durante más de dos años por unos hielos árticos que finalmenteacabarían por triturarlo y engullirlo para siempre dejando a sus tripulantes abandonados sobre unos hielos que ya daban muestras de inestabilidad por la cercanía del verano ártico. Era el verano de 1881. 

                De Jong y su tripulación, que milagrosamente se salvó  al completo, lograron salvar gran parte de las provisiones, la impedimenta y los documentos y muestras científicas recogidas hasta ese momento. Cargaron todo ello  en los trineos disponibles y también los dos cúteres y una ballenera que necesitarían para salvar los canales que ya empezaban a abrirse en el hielo, pero sobre todo cuando llegasen a mar abierto. Pero si pensaban que con ello emprendían la “vuelta a casa” no podrían estar más equivocados. Se encontraban a más de 1.000 millas (1.850 km) de la costa de Siberia, y una vez en suelo firme no sabían cuándo ni a qué distancia encontrarían los primeros asentamientos indígenas, lo cual tampoco les serviría de gran ayuda porque la población autóctona estaba sufriendo a su vez una verdadera hecatombe provocada por los hombres blancos.

Se calcula que sólo en la década de 1870, y ante la paulatina escasez de grandes cetáceos, los balleneros norteamericanos completaron el cargamento de sus bodegas con grasa de morsa, llegando a matar unos 125.000 ejemplares. Alaska sólo pertenecía a los EEUU desde hacía diez años, pero en ese corto plazo su presencia estaba haciendo más daño a las poblaciones locales (inuits, chukchis, etc)  que durante toda su ancestral relación con el imperio ruso, debido fundamentalmente a que los métodos de explotación norteamericanos requerían la ayuda de mano de obra y por lo general el pago se hacía con un whisky que literalmente destruyó a poblaciones enteras porque si de un lado los extranjeros estaban esquilmando sus cazaderos tradicionales por otro el alcohol destruía las costumbres y los lazos sociales, se descuidaba la caza y cuando los extranjeros se iban no quedaban alimentos para pasar el invierno.

Impresiona consultar en un mapa lo recorrido por el Jeannette mientras estuvo atrapado en el hielo (una trayectoria aberrante y reiterativa a lo largo de un trayecto de poco más de 300 millas durante casi dos años). Pero más impresiona aún el relato de la suerte corrida por sus tripulantes cuando, al llegar a mar abierto hubieron de repartirse en las tres precarias embarcaciones que llevaban consigo. Hampton Sides es un narrador muy competente y si al principio ha sabido dosificar muy bien la presentación de los personajes y los preparativos de la expedición, el relato de las penalidades sufridas por los supervivientes es espeluznante. No es cuestión de restar emoción ofreciendo ahora datos precisos acerca de la suerte corrida por unos y otros, pero basta una muestra para dar idea de la expectación suscitada entonces por la expedición liderada por el capitán De Jong: años después, unos periodistas que buscaban huellas de los desaparecidos encontraron, gracias a los datos aportados por uno de los tripulantes rescatados, la tumba común de varios de los expedicionarios. Y la profanaron sólo para comprobar que los cadáveres, todavía bien conservados por las temperaturas muy por debajo del cero, no mostraban signos de  que los supervivientes hubiesen recurrido al canibalismo para salvarse. O sea: ni siquiera a más de 7.000 kilómetros de casa, y sepultados bajo toneladas de hielo, los tripulantes del Jeannette podían descansar en paz.

 

En el reino del Hielo. El terrible viaje polar del USS Jeannette

Hampton Sides

Tradución de Miguel Marqués

Capitán Swing      

[Publicado el 23/12/2017 a las 13:38]

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Historia del Huérfano

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Por lo general al historiador le preocupa tanto la exactitud del hecho histórico que relata, o dicho en otras palabras, le desagrada tanto la posibilidad de ser tachado de fabulador, cronista o peor aún, ser acusado de escritor de ficción, que procura atenerse únicamente a lo que puede ser documentalmente probado. Y aunque ese condicionante pueda parecer en exceso rígido y restrictivo, autores como Steve Runciman son la mejor prueba de que se puede ser un apasionado y excelente escritor sin necesidad de comprometer el rigor, la precisión o el carácter científico que se espera de un  historiador. Por desgracia lo que más abundan son textos en los que el autor parece no saber dar un paso sin apresurarse a aportar toda clase de pruebas que demuestren la veracidad de su aserto aun a costa de resultar absolutamente tediosos.

                Por eso resultan tan de agradecer escritos como esta Historia del Huérfano, una curiosa modalidad de novela picaresca en la que el protagonista no es un pillo tan desgraciado que se le perdonan sus desafueros porque bastante tiene con llegar vivo al día siguiente sino un chico de una buena familia de Granada que a la muerte de sus padres, y con apenas catorce años, decide trasladarse a las Indias Occidentales en busca de horizontes. Para él todo es nuevo y motivo de maravilla, ya sean los preparativos de una flota para hacerse a la mar, las jerarquías en el mando de un barco, los incidentes durante la navegación o la llegada al Nuevo Mundo.

El verdadero autor de Historia de un Huérfano fue un fraile agustino llamado Martín de León que a la hora de relatar sus propias andanzas, y quizá porque algunos lances y acontecimientos podrían no parecer propios de un hombre de la Iglesia, eligió esconderse tras un doble disfraz. De entrada, el manuscrito (que data de 1615) encontrado inédito en los Archivos de la Spanish Society está firmado por un inexistente Andrés de León. Si en el momento de ser descubierto (a finales del siglo XIX) se tomó por una autobiografía ficticia, estudios posteriores han determinado que la cronología interna del relato coincide bastante con la del propio y verdadero autor, y que si algunos de los hechos que relata no los presenció en persona, al menos son contemporáneos del protagonista y llevados a cabo por personas muy próximas al mismo.

Ello le da muchas veces al relato un aire de frescura e inmediatez cercanas al reportaje: a diferencia de lo que le ocurre a un pillo, cuya trayectoria parece condenarle sin remisión a empuñar un remo en las galeras reales, el Huérfano descubre al poco de llegar a casa de unos parientes ricos que un joven listo y de buena familia, y recién llegado de España es muy bien recibido y agasajado con valiosos regalos por las más ilustres familias allí establecidas y que puede viajar de unas ciudades a otras siempre bajo la protección de los poderosos. Y si encima tiene una participación lucida en los hechos bélicos que se producen, como por ejemplo la conquista del Nuevo Reino de Granada (la actual Colombia), ello le abre las puertas de las siguientes ciudades que visita, como Trujillo y la Ciudad de los Reyes (la actual Lima) donde de inmediato se compromete a alancear un toro y a participar en concursos de monta que le abren nuevas oportunidades. Pero también tentaciones, pues debido a un incidente púdicamente calificado por el narrador como “un problema de celos”, el Huérfano debe pedir refugio en un convento de agustinos donde le convencen de que un joven de tantas virtudes como le adornan debe sacar más partido de las mismas, sin ir más lejos ordenándose sacerdote y entregando su vida a los demás.

Su primera etapa en el sacerdocio transcurre rápida y sin interés, y debido otro oscuro incidente el Huérfano es primero encarcelado y después expulsado de la orden, razón por la cual decide viajar primero a España y luego a Roma para obtener el perdón del Papa. Y ahí empieza la parte más interesante del relato, pues de paso que se cuenta el viaje a la capital del imperio, el lector recibe toda clase de informaciones acerca de la navegación en la época, la actividad de los piratas a la caza de barcos españoles cargados de tesoros o campañas de tanta envergadura como el ataque a Puerto Rico de una poderosa flota inglesa al mando de Francis Drake  cuyo objetivo final era expulsar a los españoles de aquellos mares. O la conquista de Cádiz, ésta con éxito, por los ingleses.

Puesto que el autor no es un historiador, su relato está plagado de detalles que los hombres de ciencia desprecian, tales como la etiqueta social, las costumbres en las clases altas, la forma de vestir o comer y relacionarse. Claro que a ratos es preciso pagar el peaje de las convenciones retóricas de la época, por lo general sentenciosas y alambicadas, pero el relato no tarda en ganar velocidad y novedad, tanto durante la estancia en España como en  la etapa italiana y el posterior regreso a Lima. Y por si fuera poco la editora. Belinda Palacios, ha hecho un excelente trabajo a la hora de acercar el texto a un nivel muy asequible para el lector actual.      

 

Historia del Huérfano

Andrés de León

Edición de Belinda Palacios

Biblioteca Castro            

 

[Publicado el 04/12/2017 a las 19:16]

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Genio

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Patrick Dennis  fue un tipo casi tan excesivo como Leander Starr, el trepidante e histriónico personaje principal de Genio. Nació en  Evanston, Illinois, en 1921 y se llamaba Edward Everet Tanner III, pero empezó a ser localmente conocido como Virginia Rowands (también Virginia Rounds, igual que  los cigarrillos) y más adelante se hizo famoso en el mundo entero como Patrick Dennis, uno de los autores más venidos de los años 50 y 60 del siglo pasado. Su padre era  piloto de guerra y ex campeón de natación y quedó terriblemente decepcionado cuando cayó en la cuenta de que a su hijo no le atraían nada la guerra y el deporte y que en cambio le chiflaba disfrazarse con sus amigos para representar obras de teatro. La relación padre/hijo fue muy tempestuosa y al cabo de una vida de reproches y desprecios el hecho de que el viejo guerrero tuviera que pedir ayuda económica a su famoso vástago fue un duro trance para ambos. Algunos biógrafos aseguran que el errático comportamiento posterior de Patrick Dennis se explica mejor desde la óptica de una homosexualidad reprimida y muy mal llevada, sobre todo cuando, estando ya casado y con dos hijos, se enamoró de un modisto teatral llamado Guy Kent.

                Para entonces ya era millonario debido al extraordinario éxito de su novela La tía Mame, que junto con sus dos siguientes novelas, Guestward Ho!  y The Loving Couple, le convirtieron en el único autor capaz de tener tres obras al mismo tiempo en la lista de autores más vendidos del New York Times. Después vendrían The Pink Hotel, La vuelta al mundo con la tía Mame o  Love and Mrs. Sargent, firmada como  Virginia  Rowans, así como numerosos proyectos teatrales y algunas incursiones en el cine. Incluso pareció recobrarse con Genio (1962) la hilarante y al mismo tiempo ácida biografía de un director de cine víctima de sus excesos y pretensiones megalómanas. Al igual que otras muchas de sus novelas, los críticos coinciden en señalar que la falta de un verdadero argumento y el desinterés de Patrick Dennis por las más elementales normas narrativas le obligaban a depender exclusivamente de la sucesión de gags y genialidades de sus personajes, todos ellos extraordinariamente parecidos al propio Dennis. El director Otto Preminger compró los derechos cinematográficos de Genio pero la película no llegó ni a la fase de guión porque el choque de personalidades fue persistente y agotador hasta el extremo de que ambos se declararon incapaces de seguir colaborando.  

                Por desgracia  ni sus esfuerzos por recuperar el control de su vida, ni los sucesivos tratamientos (electroschocks incluidos) lograron enderezar la trayectoria de este hombre que mientras tanto había dilapidado una fortuna seduciendo viejas damas y consumiendo ingentes cantidades de alcohol antes de caer finalmente en el más asombroso e inesperado de los  olvidos. Por alguna razón, una vez fuera ya de las letras y las candilejas, optó por contratarse como mayordomo y sus biógrafos también coinciden en señalar  lo absoluto del olvido que le rodeó en sus últimos años y ponen como ejemplo el hecho de que durante algún tiempo se contrtó como mayordomo en casa de Ray Kroc, el fundador de McDonalds. Éste y la mayoría de sus restantes patronos, se declaró altamente satisfecho de los servicios de su mayordomo sin  sospechar quien era en realidad ese hombre que le recogía el sombrero y el bastón al llegar  a casa.

                El rasgo más distintivo de Genius, pero los mismo cabría decir de casi todas sus restant4es novelas es el humor  fino, agudo y de una ironía tan sutil que le emparenta con Woodhouse y el resto de autores para siempre recordados como los creadores del llamado “humor inglés”.  En muchos aspectos también Alfred Hitchcock podría formar parte de ese selecto  club que durante muchos años fue dado a conocer en España por la inolvidable colección de El monigote de papel, todavía encontrable en Iberlibro. En el caso de esta edición de Acatinlado la prosa fresca y no siempre fácil de traducir de Patrick Dennis se beneficia de la excelente traducción de Miguel Temprano.  

 

Genio

Patirick Dennis

Traductor Miguel Temprano García

Acantilado

[Publicado el 05/11/2017 a las 18:32]

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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