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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 5 de diciembre de 2016

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Años salvajes

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Si alguien se ha planteado alguna vez la posibilidad de escribir un libro de 600 páginas mayormente (por no decir abusivamente) dedicadas a la práctica del surf y mantener subyugado al lector de principio a fin, la respuesta es sí. Es posible, y el periodista neoyorkino William Finnegan lo ha hecho. Y, puestos a preguntar, si alguien quiere saber si con semejante libro se puede ganar un premio Pulitzer la respuesta sigue siendo afirmativa: a William Finnegan se lo dieron en 2016 por Años salvajes.

                Actualmente Finnegan es redactor del New Yorker y antes de obtener el más prestigioso galardón de las letras norteamericanas ya se había hecho un nombre con sus libros, artículos y reportajes sobre temas tan variados como la guerra (en África y los Balcanes), el apartheid en Sudáfrica, la nefasta política de la administración Reagan en Latinoamérica o el hambre en  un país tan rico como Estados Unidos. Todo ello desde una posición abiertamente de izquierdas.

                Sin embargo, la trayectoria que le iba a llevar desde su nacimiento en Nueva York (1952) hasta su regreso a la misma ciudad treinta y tantos años después fue un intrincado y azaroso viaje con escalas más o menos largas, aunque siempre muy intensas, en California, Hawai, diversas islas en los Mares del Sur e Indonesia, Java, Samoa, Australia, África y Madeira.

                Dos precisiones importantes: salvo ocasionales estancias en Estados Unidos para matricularse en diversas universidades que invariablemente abandonaba, ese largo periplo lo hizo sin apenas dinero y, como aquel que dice, encaramado en una tabla de surf  impulsada por olas inmensas.

                El entusiasmo de Finnegan por el surf es tan contagioso que yo, que me subí por primera vez a una moto a los quince años y he llegado a usarla hasta para ir a comprar tabaco en el bar de enfrente, no he podido menos que preguntarme, mientras leía Años salvajes,  cómo es posible que me pasase desapercibida la fiesta alucinante del surf (y aquí lo de alucinante es literal, como bien comprobará el lector cuando llegue al pasaje del enfrentamiento a olas descomunales en pleno viaje de LSD).

                Pero bueno. Según pasan las páginas y las olas, millares de olas de todas clases, tamaños y conductas (¿alguien sabía que las hay “fofas”?) queda claro que el surf no consiste en llegar a la playa con una tabla bajo el brazo y ponerse a remar mar adentro en busca de emociones. Un surfista sensato, que los hay, primero buscará un punto elevado y pasará horas, y mejor aún si son semanas, atesorando información porque el mar es un medio sumamente dinámico debido a las mareas, los vientos o unas corrientes submarinas que arrastran de aquí para allá toneladas de arena hasta formar unas barras capaces de modificar de un día para otro el comportamiento de las olas. Ver en su elemento a los surfistas locales también es una fuente segura de información.

                Ese permanente estado de alerta (los hay que incluso tienen siempre conectada una emisora de radio que emita con frecuencia partes meteorológicos) permite aprovechar las mejores olas a cualquier hora del día. Por desgracia, y a menos que seas de casa rica, la disponibilidad total es incompatible con un trabajo fijo y bien pagado, por lo que la práctica del surf (quiero decir practicarlo a conciencia y no en plan dominguero) conlleva el estar dispuesto a dormir al raso o en desvencijadas camionetas, comer y vivir a salto de mata o estar a merced de los acontecimientos (policías intransigentes, ladrones de tablas, irascibles propietarios de huertos y gallineros, etc). Y en casos de extrema necesidad (por ejemplo si una ola particularmente aviesa ha hecho añicos una tabla carísima) hay que ejercer oficios tan míseros y mal pagados que ni los nativos locales los quieren. Todo ello con un solo y único tema de conversación, el mismo desde Nueva York hasta Nueva York pasando por las playas de medio mundo: las olas, los picos, las barras, los vientos, los tubos, las planchas y, como corolario ante tanto infortunio y tantísimas veces al borde de la muerte, la pregunta inevitable: ¿de verdad era esto lo que deseaba hacer con mi vida?

                Como es lógico, mientras vamos de una ola a otra, o de país en país, va surgiendo la crónica de una época que empieza en los años sesenta del siglo XX y va desarrollándose, con las modas, las canciones, las drogas, las guerras, los amores, las amistades y, al final de todo, los primeros hijos, hasta adentrarse en el presente siglo. Es de señalar, como simple curiosidad, que la caída del caballo, es decir el momento crucial que lleva a William Finnegan reconsiderar el sentido de su vida y a intentar reconducirla pero sin renunciar al surf, no es una ola traicionera y con ánimo perverso (las encuentra a montones) sino el choque con la faz más odiosa de la maldad encarnada en el apartheid: se contrata como profesor sustituto en una escuela de Ciudad del Cabo y aunque lo hace con un ojo puesto en las interesantes olas que se estrellan contra la ciudad por la cara que da al Pacífico, lo que le lleva en realidad a comprometerse en la lucha contra el mal es lo que estaba pasando o lo que iba a pasar en la República de Sudáfrica por culpa de la discriminación racial. Pero por algo digo que el libro, incluso con sus dosis masivas de surf, es apasionante y digno ganar de un Pulitzer.

                En el caso de la edición española Años salvajes cuenta con la ventaja añadida de haber sido traducido por Eduardo Jordá, novelista notable,  traductor entre otros de Conrad, Stevenson o Slater y que encima conoce el surf de primera mano, como podrá comprobar quien se moleste en repasar su excelente libro de narraciones Yo vi a Nick Drake.

 

   

Años salvajes. Mi vida y el surf

Willian Finnegan

Traducción de Eduardo Jordá

Libros del Asteroide

[Publicado el 03/12/2016 a las 09:54]

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La caza del carnero salvaje

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En 1987, cuando ya era muy conocido y apreciado en su país,  Murakami publicó Tokio blues (o Norwegian Wood, según la canción de los Beatles que le brindó el título) y obtuvo un reconocimiento instantáneo y prácticamente universal. Tiradas descomunales, traducción a las lenguas más importantes, premios prestigiosos y la avalancha de dinero que todo eso conlleva.

Pregunta: si con sus primeras novelas, entre las cuales hay que resaltar  La caza del carnero salvaje, ya se había ganado el favor de los lectores gracias a su humor provocativo y ameno y a unas historias enrevesadas y surrealistas pero que fascinaban incluso si no siempre se entendían bien, ¿qué necesidad tenía  de escribir  a continuación un libro como Tokio blues, marcadamente sentimental y realista y en el que recurre  a una prosa tan sencilla y directa que le iba a costar ser  honoríficamente equiparado a  J.D. Salinger?

                Si alguien se molesta en buscar en Internet la entrevista que concedió a la Paris Review  (nº 182), y  que vio la luz  justo cuando acababa de salir a librerías su novela  Después del terremoto,  es muy significativa  la respuesta que da Murakami cuando el entrevistador le formula la misma pregunta planteada más arriba. Porque dice: “No quería ser catalogado como un escritor surrealista de culto y prefería formar parte de la corriente literaria universal (literary mainstream)”.

Según y cómo podría pensarse que no solo llevó a cabo una calculada operación de marketing sino que ésta resultó ser un acierto total, pues según se dijo entonces se vendieron tantos ejemplares de Tokio blues que en uno de cada cuatro hogares de Tokio se podía encontrar un ejemplar.   

Sin embargo, cuando más adelante se pasa en esa entrevista a la cuestión de la técnica, en su respuesta  Murakami va  mucho más allá de una explicación en clave económica. “Al  empezar una novela nunca sé qué voy a contar ni a dónde me va a llevar el desarrollo”. Y precisa: “Empiezo por asociar varias imágenes y a medida que voy intuyendo qué relaciones puede haber entre ellas, primero me las cuento a mí mismo y después hago que el lector participe de mis hallazgos”.

                 Aunque de forma indirecta y algo tangencial, en esa entrevista de la Paris Review se encuentran  las claves que pueden ayudar al lector a no arredrarse ante las dificultades que le va a plantear La caza del carnero salvaje y, ya puestos, la obra de Murakami en su totalidad.

                No hay una explicación única, y mucho menos racional, para dar cuenta del carnero y sus preocupantes poderes, quizá porque tampoco cumplen una función tradicional personajes como la modelo de orejas (un hallazgo que a cualquier novelista le gustaría incluir en su propio elenco de creaciones); un amigo de indestructible fidelidad como es el Rata; el clarividente profesor y por descontado el Hombre Carnero, que volverá aparecer en otras novelas posteriores.

                El secreto para no perderse en la confusión es que el lector acepte las cosas con naturalidad según van llegando y no intente emular al autor y menos aún ponerse en plan creativo atribuyendo a las personas y sus actos intenciones y  proyecciones alegóricas  o subconscientes que vayan más allá de lo que dice el texto.

                Es muy reconocida la habilidad de Murakami para contar una historia  disparatada (si en otra de sus novelas hay un gato que habla con notable sensatez qué impide aceptar que un carnero salvaje pueda habitar en un hombre) pero lo hace recurriendo a un lenguaje sencillo, directo y cotidiano, a unos personajes cercanos y a unos acontecimientos que no tienen nada de extraordinario. Al menos de entrada, porque luego todo se complica mucho. Por ejemplo, en las primeras páginas de La caza del carnero salvaje el joven publicitario que encarna con desgana la figura del protagonista se describe a sí mismo como un tipo normal, que lleva una vida normal y al que nunca le pasa nada  fuera de lo normal. Y de su trabajo como publicitario tan solo dice que “le va bastante bien”. Quién podría pensar que sólo unas cuantas páginas más allá ese tipo tan aburrido será elegido para llevar a cabo la alucinante caza de un hombre carnero que parece querer apoderarse del mundo entero. Y todo sigue así hasta el final gracias al impulso de unas corrientes subconscientes que, curiosamente, las reconocen y aceptan lectores de todo el mundo. O sea que es una cuestión de confianza y todo consiste en aceptar que el autor sabe lo que hace y que merece la pena dejarse llevar por él. A partir de ahí todo es puro gozo, como en el Paraíso.

 

La caza del carnero salvaje

Haruki Murakami

Traducción de Gabriel Álvarez Martínez

Tusquets

 

 

 

 

[Publicado el 21/11/2016 a las 07:52]

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A través del espejo

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Es asombrosa la cantidad de cosas que pasan, y no todas buenas, al otro lado de un espejo. Y asombra también la cantidad de autores, desde Ovidio en adelante, que han escrito acerca de lo que pasa cuando uno se asoma a ese inquietante pedazo de cristal que una vez pintado de azogue por uno de sus lados se convierte en una suerte de  ventana abierta al infinito. Aunque tal vez fuera más apropiado decir “a lo sobrenatural”.  O por decirlo en palabras del poeta sufí Abd  al-Karim Yili, muerto en 1403, al “extranjero que quiere entrar en el mundo de la realidad suprasensible le dicen que necesita “ponerse un suntuoso vestido y perfumarse con un suave perfume”, que podrá encontrar, respectivamente,  en “el mercado del sésamo” y en la Tierra de la Imaginación”. Curiosamente, cualquiera de estas tres palabras,  infinito, sobrenatural e imaginación podrían servir para advertir al lector de lo que le espera si decide  mirar a través del presente espejo.

Andrés Ibáñez, el  autor del muy documentado prólogo y responsable de la presente antología, es un personaje singular. Además de escribir en inglés  unas obras de teatro que se representaron hace años en el circuito Off-Off de Broadway, o una ópera, Dulcinea, estrenada en 2006 en el Teatro Real de Madrid, tiene entre otras varias una novela de casi 800 páginas  titulada Brilla, mar del Edén, que es como una réplica o secuela de la serie televisiva Perdidos tal y como le hubiera gustado contarla a él. En medio de una vorágine de trepidantes aventuras, misterios inexplicables y sucesos que desafían lo racional, de pronto se habla de Bruckner con una solvencia muy llamativa porque ocurre que el propio Andrés Ibáñez es músico (de jazz) y tiene desde hace años en ABC una sección de crítica de música clásica llamada  Comunicados de la tortuga celeste. Más que un narrador de historias, ha dicho de sí mismo en alguna ocasión, es un inventor de mundos. Y un hombre como él, que no pierde el tiempo en hacer distingos entre alta o baja cultura, o entre lo sublimo y lo popular, cómo no iba a sentirse en su elemento invitando a su mesa a la infinita variedad de visionarios como él que, con sólo asomarse a un espejo, pueden toparse de pronto con lo maravilloso o con el horror. Deende.

En realidad, el número de tales visionarios es tan elevado que, como él mismo confiesa en el prólogo, ha tenido que dejar fuera con harto dolor a nombres tan notables como Apuleyo, Lucano, Miguel Ángel Asturias, Chamisso, Silvina Ocampo, Roberto Bolaño o Yeats. “Todos sus relatos nos gustaban”, dice Adrés Ibáñez incluyendo al editor, Jacobo Siruela. Y también numerosas leyendas creadas a costa de los espejos  por culturas como las orientales o la azteca. En cambio, por su gusto hubiese incluido íntegro El sueño de Polífilo ese inclasificable libro atribuido a Francesco Colonna en el que, como  en el palacio de la reina Eleuterilide todo es fascinante y maravillosamente bello, no podían faltar unos objetos todavía tan raros y dignos de admiración como eran los espejos para un hombre del Renacimiento. Pero claro, se trata de un libro de ochocientas páginas y de lectura no muy sencilla y hasta un entusiasta como es Andrés Ibáñez entiende que su inclusión hubiera resultado excesiva.

En el caso de Narciso el problema era el inmoderado número de leyendas que han surgido en torno a su tragedia, razón por la cual no ha habido más remedio que limitarse a quien primero lo transcribió, Ovidio. Para compensar, el editor ha tenido el acierto de incluir en la contracubierta la bellísima interpretación de Narciso que llevó a cabo Caravaggio.

Y a pesar de tantas exclusiones obligadas, la antología incluye una treintena de textos entre los que destacan autores tan apetecibles como los hermanos Grimm, Edgar Allan Poe, E.T.A Hoffmann, G.K. Chseterton, H.P. Lovecraft, Isaac Bashevis Singer, Jorge Luís Borges, o Virginia Woolf. Y aunque dar mi opinión personal sea jugar con ventaja porque yo he podido disponer del ejemplar antes que el lector, mi relato favorito es La mujer del espejo: un reflejo, de Virginia Woolf en el que, entre otros muchos, se pueden leer párrafos como este:

“El espejo reflejaba la mesa la mesa del vestíbulo, los girasoles y el jardín con tanta nitidez y fijeza que estos parecían atrapados de forma irremediable en su propia realidad. Era un contraste extraño, todo fugacidad aquí, todo quietud allá, y resultaba imposible evitar que la  mirada saltara de una cosa a otra. Las puertas y las ventanas abiertas al calor producían un suspiro continuo y entrecortado, la voz de lo transitorio y de lo perecedero que iba y venía como el aliento humano, mientras en el espejo los objetos habían dejado de respirar y permanecían inmóviles en el éxtasis de la inmortalidad”.

                Tras esa imagen tan apacible, cómo imaginar lo que el espejo reflejará al final. Pero no en balde Virginia Woolf termina diciendo: ”La gente no debería colgar espejos en las habitaciones”.

 

A través del espejo

Ovidio y otros autores más

Antología a cargo de Andrés Ibáñez

Atalanta

 

[Publicado el 10/11/2016 a las 16:22]

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Bajo los montes de Kolima

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El relato de lo que pasa debajo de los recónditos montes siberianos de Kolima es una magnífica novela de aventuras que va mucho más allá del clásico thriller ambientado en los últimos coletazos de la Guerra Fría (y póngase todo el énfasis del mundo en lo de fría porque gran parte de la acción  transcurre a cincuenta grados bajo cero).

                Es su última novela y a Lionel Davidson le costó dieciséis años  reunir la extraordinaria documentación que necesitó para escribirla. El resultado es la prodigiosa reproducción de unos hechos que nunca existieron pero relatados con tanta precisión y detalle que parece como si Davidson los hubiese presenciado en persona.

                La máxima concesión que se le exige al lector es dar por buena la existencia de una secreta base científica soviética situada bajo las montañas de Kolima y en la que se está desarrollando un programa para la creación de unos simios inteligentes y encima capaces de trabajar a temperaturas inhumanas. El propio Davidson parece tan consciente de la inverosimilitud de dicho experimento que necesita una desproporcionada cantidad de páginas para narrarlo. Unas páginas y un trabajo que se podría haber ahorrado de haber utilizado el truco del Mcguffin ideado por Hitchcock. Y que más o menos funciona así:”Al lector le basta con ser informado de que es importantísimo el contenido de ese maletín por cuya posesión todos se matan”. Por fortuna, contra el vicio  de explayarse en exceso existe la virtud de saltarse los excursos más pesados y el lector queda avisado: cuando llegue al episodio de los simios puede saltárselo sin más porque sólo se perderá la prolija relación de un experimento inventado.

Y con ese recurso tan sencillo podrá volver cuanto antes a la acción, que es apasionante y de mucho aprender. Quien tenga la idea de que Siberia es un gigantesco desierto despoblado y sin vida se llevará una sorpresa: allí están las minas de oro más ricas del mundo y hay más petróleo y gas que en Arabia, aparte de otras muchas clases de minerales, bosques y animales de preciosas pieles que les protegen del frío. Para aprovechar esos recursos aquél helado territorio se ha llenado de minas, industrias, aeropuertos, almacenes, empresas de transportes y  ciudades que dan cobijo a unos cuantos millones de habitantes. Mientras idea trampas e inventa peligros Davidson lleva a cabo una detallada relación de cómo viven, trabajan, se visten, aman y se divierten (con el vodka como elemento imprescindible en todo ello) los trabajadores rusos atraídos a tan inhóspitas latitudes por unos sueldos muy tentadores.

Pero luego están los nativos que son un mundo en sí mismos y que Davidson recrea de forma magistral. Quien piense que por conocer a los inuit ya sabe algo de los nativos de Siberia y Alaska también va a quedar sorprendido.  Al fin y al cabo el estrecho de Bering que separa a las dos grandes superpotencias es la gran autopista de hielo que si antaño permitió el paso de hombres y animales desde las grandes estepas asiáticas al continente americano actualmente también permite el tráfico entre ambos contendientes. Y la relación entre los nativos  de uno y otro lado del estrecho no se llegó a romper ni siquiera en los momentos más duros de la Guerra fría. Por esa razón Porter, el protagonista, que es un indio gitksan de la etnia tsimian, puede hablar, negociar y hasta hacerse pasar por un nass, un chutki o un eventki. Y si es elegido para infiltrarse en Kolima y regresar con sus secretos es porque, además de todo lo anterior, también puede fingir ser  coreano, chapurrea el japonés y escribe en inglés libros de antropología porque incluso recibió una beca para estudiar en Oxford los viejos tratados suscritos por los nativos de Siberia y Alaska con los colonizadores europeos.

Otra faceta notable es el profundo conocimiento del medio y el cuidado de Davidson en las descripciones de las extremas condiciones del mismo. Si a la hora de contar el experimento con los simios es innecesariamente exacto, en cambio es una maravilla leer cómo el ingenioso Porter se construye un 4x4 gracias a los componentes  que él ismo  va sacando de un almacén gubernamental o cómo se las apaña para levantar las piezas más pesadas (el motor, el cambio de marchas, el cigüeñal, etc) debiendo hacer todo ello a muchos grados bajo cero y en una cueva escondida cerca de un río helado que le sirve de carretera.

La traca final es una trepidante huida en la que Johnny Porter, que ha logrado sacar de la base ultrasecreta una importantísima información, trata de atravesar la frontera con Estados Unidos  valiéndose de toda clase de vehículos (el 4x4 construido por el mismo, un avión, otro 4x4 robado, una máquina quitanieves, un vehículo de transporte y, al final, esquiando sobre mar de Bering helado, perseguido a todas estas por un implacable general del KGB que pese a disponer de radios y teléfonos, reactores, helicópteros y vehículos semioruga atestados de soldados, no podrá impedir que ese híbrido entre James Bond y Rambo llamado Johnny Porter logre llegar a suelo norteamericano con su valiosa información. Un verdadero tour de force, como se puede colegir solo con sopesar las 534 páginas del ejemplar, pero muy bien resuelto.

 

 

Bajo los montes de Kolima

Lionel Davidson

Traducción de Cristina Martín Sanz

Salamandra

 

[Publicado el 30/10/2016 a las 17:21]

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Volar en círculos

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Cuando en 1989 cayó el Muro de Berlín cundió la certeza de que, entre otras muchísimas consecuencias de mayor y más profundo calado, a John le Carré  “se le había agotado el tema”. Preguntado al respecto el propio escritor se mostró muy crítico con la conducta de  un enemigo que había cometido “la grosería” de rendirse (sic). 

                Pero claro. Leyendo ahora Volar en círculos resulta que el John le Carré espía ya le había advertido mucho antes al John le Carré escritor que el mundo estaba cambiando y que su conocimiento del mismo empezaba a ser muy deficiente y  desfasado. Según lo cuenta él mismo, la revelación de tal desfase tuvo lugar en 1974, es decir, quince años antes de que todos los servicios mundiales de inteligencia (?) se enterasen por los periódicos de que había caído el Muro de Berlin y que la URSS, y por lo tanto los diabólicos espías soviéticos empeñados en acabar con el bienestar y la felicidad de Occidente,  ya no iban a meter miedo nunca más a sus lectores.     

                Por lo visto, ese año de 1974 le Carré  tuvo que viajar a Hong Kong  para el lanzamiento mundial de su novela El topo, en cuyas páginas se incluye una espectacular persecución a bordo de los transbordadores que unían la parte insular y la continental de la entonces todavía colonia británica. Con las infinitas precauciones que toma un trabajador  editorial cuando debe comunicarle una pésima noticia a uno de los autores estrella de la casa, le Carré fue informado de que aquella  persecución no tenía sentido debido a que por las fechas en que está ambientada la novela ya había entrado en servicio el túnel submarino que comunica ambos sectores de la capital. “Para mi eterno bochorno, me había atrevido a escribir ese pasaje desde mi escritorio en Cornualles basándome en una desfasada guía turística y ahora estaba pagando el precio”, escribe le Carré, y añade:  “Me di cuenta de que la madurez me había vuelto gordo y perezoso y que estaba viviendo de unas reservas de experiencia pasada que se me estaban agotando”.

                 En consecuencia,  todas las novelas que escribió a partir de entonces seguían más o menos el siguiente esquema: primero inventaba y desarrollaba en casa la trama al completo, con los paisajes, los personajes, los  conflictos y el desenlace final. Y una vez decidido todo ello, viajaba al lugar de los hechos para conocer de primera mano los escenarios y recurría a las viejas amistades y contactos que tuviese en cada país para informarse de las circunstancias que se vivían en esos momentos y encontrar los modelos que mejor  respondiesen a los rasgos físicos y morales que él les había atribuido en casa a sus personajes.

Su peregrinar por diversos países (Camboya, Vietnam, Israel, Palestina, Rusia, América Central, Kenia, el Congo, etc.) le resultará familiar a todo buen lector de le Carré,  que ahora tendrá  ocasión de conocer una satisfactoria cantidad de datos y curiosidades relacionadas con las novelas que transcurren en cada uno de aquellos países.  

Pero Volar en círculos no es un libro de memorias y no parece que lo vaya a escribir nunca. Al fin y al cabo para qué molestarse en redactarlas si nadie va a confiar en los recuerdos de alguien que, como espía y como escritor, ha hecho de la mentira (la ficción) un modo de vida. Hay un David John Moore Cornwell (su nombre real) que mantiene compromisos de confidencialidad y que es hombre discreto, amigo de sus amigos y poco dado a los chismes y maledicencias salvo que se trate de su propio padre, al que dedica un capítulo prolijo y demoledoramente venenoso. Cabe aclarar sin embargo que era un pájaro de cuenta y no merecía menos.  Los fragmentos del diplomático y hombre de mundo son correctos pero muy contenidos y, como he dicho más arriba, repletos de informaciones y detalles sobre sus novelas y el proceso de redacción de las mismas.

Pero también está el John le Carré escritor y sus intervenciones suelen ser esporádicas aunque geniales. Pongamos por ejemplo los gangsters a los que entrevista en Rusia, el puñado  de jóvenes y aguerridos  combatientes palestinos que le sirven de escolta durante su visita a Arafat,  los corresponsales que le acompañan en sus visitas a las zonas más conflictivas de  Camboya, Vietnam y el Congo o, por no hacer interminable la enumeración de personajes pintorescos, patéticos o heroicos, ahí está esa admirable mujer llamada Ivette Pierpaoli  a la que conoció en un Phnom Penh en vísperas de caer en las garras de los jémeres rojos y que le suministró el personaje que interpreta Rachel Weisz  en El Jardinero fiel. No obstante, y aun a riesgo de parecer insistente, mis favoritos son los encuentros con Margaret Thatcher y Francesco Cossiga. Puede parecer imposible pero los reduce a escombros a ambos de la forma más cariñosa y simpática que imaginarse pueda.

 

 

Volar en círculos

John le Carré

Traducción de Claudia Conde

Planeta

                  

 

[Publicado el 20/10/2016 a las 19:42]

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Lluvia y otros cuentos

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Quien haya tenido últimamente algo descuidado a Somerset Maugham y decida aceptar la presente invitación de la editorial Atalanta para reencontrarse con algunos de sus mejores relatos va a tener una sensación muy parecida a la que se experimenta cuando uno se topa inesperadamente con un viejo amigo y descubre que sigue contando las mismas (o muy parecidas) historias y que sigue tratando a los mismos (o muy parecidos) personajes de siempre. Y, sobre todo, que posee la misma elegancia y garbo narrativo de antaño.

                Otra constatación que a lo mejor ya era patente entonces pero que se puede confirmar ahora: el auténtico Maugham, el que todos recuerdan es el que sitúa sus historias en remotos y exóticos escenarios del Extremo Oriente protagonizados por hombres y mujeres que no han dejado de recibir el Times desde que iniciaron su emigración  pero que después de haber pasado tanto tiempo en una esquina perdida del mundo están tan acostumbrados a leerlo con varios meses  de retraso que ya no podrían acostumbrarse a recibirlo al  día si volviesen a Inglaterra. O sea que, aquí o allá, son unos desarraigados.

                Somerset Maugham siempre se ha movido por territorios difíciles y planteado situaciones lo bastante espinosas como para crear muchas dificultades  a quienes han osado enfrentarse a ellas. Hablo por ejemplo del problema del colonialismo imperante en aquellas latitudes, de las mezclas y choques de razas, del enfrentamiento de una cultura tan agresiva y depredadora como es la occidental con las de unos pueblos entonces  considerados primitivos o, más doloroso aún,  el intento de imponer un puritanismo intransigente  a una sensualidad exaltadamente gozosa y libre de prejuicios. Y sin embargo el tiempo no ha corrido en contra de Maugham porque supo mantenerse al margen de esos peligros. Es más. Por ejemplo, en lo relativo al tema de la irrupción del fanatismo religioso (encarnado aquí en unos ascéticos e implacables misioneros) Maugham supo ver el nefasto papel que estaba jugando el fanatismo de la fe al recurrir a la brutal imposición de una moral y unas costumbres por complejo ajenas a los pueblos que debían ser “salvados” incluso a costa de ellos mismos. Y lo combatió con todas sus fuerzas.

                No llegó al extremo del también escritor y viajero inglés Norman Lewis, que se desplazó hasta el otro confín del mundo para estrechar la mano y felicitar efusivamente a unos caníbales que supuestamente se habían comido a unos misioneros. Pero en cambio Maugham ha dejado dos de los mejores relatos que se hayan escrito nunca sobre el fanatismo religioso y las  nefastas consecuencias de practicarlo  (“Lluvia” y “La nave de la ira”).

                Otra de las ventajas de recuperar a Somerset Maugham es la posibilidad de beneficiarse de su sabiduría. Quien sufra por la estandarización y escasa originalidad de las guías de viaje actuales, puede seguirles la pista a los volúmenes dedicados a los Mares del Sur (desgraciadamente escasos y posiblemente muy difíciles de encontrar) y que fueron redactados por cuenta de la Sección Historiográfica de la Comisión de Lores del Almirantazgo británico. Maugham habla de ellos en “La nave de la ira” pero advierte que “no son recomendables para el lector que no desee modificar sus costumbres sedentarias ni para el que se encuentra irremediablemente atado a un lugar por motivos de trabajo”. Y tras esta amable advertencia, hace una descripción tan apasionada y vibrante del estilo llano, el orden admirable y la concisión que impera en esos libros que, en efecto, dan ganas de dejarlo todo y partir en su busca porque “¿qué más necesita la imaginación para emprender un viaje a través del tiempo y el espacio?”. 

                Y, por poner otro ejemplo, tomemos el caso de una lectora que acaba de ser abandonada por su marido en un momento de su vida y en unas circunstancias particularmente insidiosas (o acaso no es de verdad  insidioso ser abandonada bien adentrada la cincuentena y que encima “la otra” tenga en realidad ocho o diez años más  que la esposa legal). Pero pongamos también que dicha lectora, por la causa que sea, además de perdonar al traidor desea quedar como una auténtica reina: al final del cuento titulado “El P.&O.” (página 422) encontrará un ejemplo admirable de cómo salir con la cabeza bien alta de tan enfadosa situación y, de paso, hacerse un inmenso favor a sí misma. Este relato bien podría haber sido  escrito a principios del siglo pasado, pero, como digo, la escritura de Somerset Maugham posee una elegancia y una altura moral que resulta intemporal (o al menos no envejecida ni pasada de moda). Y por si fuera poco la presente edición de Atalanta viene precedida de un excelente prólogo de Vicente Molina Foix.

 

Lluvia y otros cuentos

Somerset Maugham

Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera

Prólogo de Vicente Molina Foix

Atalanta

 

[Publicado el 09/10/2016 a las 22:01]

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Un año en los bosques

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Sue Hubbell es bióloga de formación, hija de un botánico y nieta de una naturalista vocacional que supo transmitir a sus hijos y nietos su pasión por los seres vivos y los espacios abiertos. Con tales antecedentes, que haya terminado viviendo en los bosques y escribiendo libros sobre la naturaleza parece algo perfectamente lógico. Pero, debido a las quisicosas de la vida laboral y a las inevitables concesiones para conservar el equilibrio familiar (tenía un hijo pequeño al que criar y educar y encauzar en la vida), antes de que ocurriera lo que parecía inevitable a Sue Hubbell le tocó ejercer durante muchos años de librera y bibliotecaria.  

                Pero en 1973 decidió que había llegado el momento de darle un giro radical a su vida y de común acuerdo con su marido  compró una finca de 40 Ha situada en un remoto rincón de los boscosos y casi deshabitados Montes Ozarks, en Missouri. No obstante, si la excusa primera del matrimonio Hubbell para ir a caer en semejante lugar era el deseo de apartarse del mundanal ruido, una vez allí descubrieron que al cabo de treinta años juntos ya no tenían nada más que decirse y Paul, el marido, decidió volver al denostado ruido mientras que Sue, la esposa, optó por hacerse cargo de la finca, la casa y los dieciocho millones de abejas (sí, dieciocho) alojadas en las colmenas repartidas  por los bosques vecinos.

Pero quien piense que Un año en los bosques es el relato lastimero de una pobre mujer sin recursos y abandonada en medio de la nada se equivoca de medio a medio. Para empezar, una vez al año la supuesta indefensa mujer carga su furgoneta hasta los topes con la cosecha de miel y aprovecha los viajes en busca de clientes para, poner un ejemplo, llevar un recuento de las mejores pies que ofrecen los restaurantes de carretera, ello por no hablar de su visita a la  feria anual  de magos en Colon, Michigan, o su paso obligado por el National Bowlings Hall of Fame de Missoruri.

Incluso el título del libro es engañoso porque si bien el contenido  está estructurado como si fuera el recuento de lo ocurrido entre una primavera y la siguiente, lo que Sue Hubbell ofrece es la experiencia de toda una vida en contacto con una naturaleza entendida no como un escenario edulcorado y pastoril sino como un todo repleto de alianzas  y competencias y pequeños o grandes dramas que se convierten en relatos apasionantes porque la empatía de la autora por las criaturas vivas que la rodean es tan contagiosa como su entusiasmo: lo mismo da que se trate de los coyotes que le matan las gallinas, los murciélagos anidados bajo el tejado del almacén, las serpientes que se le cuelan en el dormitorio, las termitas que se le están comiendo los cimientos de la cabaña o los perros que ella hereda o recoge en situación desesperada.  Todo es material literario de primer orden para una fina y comprometida observadora que encima lleva largos años colaborando asiduamente en publicaciones tan prestigiosas como el New Yorker, el New York Times o el Washington Post. Y como si no tuviera suficiente con haberse hecho cargo de todos los bichos y plantas y mariposas y demás seres vivos que viven o que aciertan a pasar por los montes Ozarks, y puesto que los viajes comerciales y de visitas o las colaboraciones periodísticas no alcanzan a tenerla del todo ocupada, también colaboró hasta su cierre  con una publicación tan estrambótica como era el Weekly World News, un tabloide al que sus propios editores comparaban con la “Legion Extranjera del periodismo americano” porque parecía el último recurso para los escritores más frikis del país y sus historias alucinantes.

Ocasionalmente, y por lo general  cuando el lector menos lo espera, Sue Hubell se embarca como quien no quiere la cosa en peripecias tan inconmensurables como la de unos ácaros que tienen una curiosa propensión a desovar en el oído de una polilla. Puesto que son más de uno los que hacen responsable al pobre animal del futuro de la especie, y dado que si desovaran en los dos oídos dejarían sorda a la polilla y ésta quedaría a merced de los murciélagos, los primeros en llegar dejan unas marcas a la entrada del otro  oído para que los próximos ácaros en llegar sepan que habrán de buscar otra víctima. Lógicamente, y pese al creciente asombro que provocan tan extrañas estrategias,  el lector no deja de preguntarse mientras lee quién diablos dedica su tiempo de estancia en este mundo a estudiar a los ácaros y sus azarosas costumbres reproductivas. Pero Sue Hubbell tiene respuesta incluso para tan nimia cuestión, pues todo lo que ella sabe sobre las polillas y su involuntaria aportación a la supervivencia de los ácaros se lo debe al primo Asher, profesor de la Universidad de Missouri quien, bien se ve, no sólo dispone de tiempo para seguir la pista a esos minúsculos seres una vez consumado el apareamiento sino que se gana la vida con ello porque luego lo transmite a sus alumnos. Puestos a plantear cuestiones ociosas cabría preguntarle al primo Asher,  una vez que la prima Sue Hubbell les ha pisado la historia, qué utilidad les reportan a los  alumnos los hallazgos que él les dicta en clase. Pero ya digo que es una cuestión ociosa.

 

 

 

 

Un año en los bosques

Sue Hubbell

Traducción de Miguel Ros González

Errata Nature

 

[Publicado el 28/9/2016 a las 13:45]

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Cada día es del ladrón

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  Pese a que, cronológicamente, Cada día es del ladrón fue la primera  aparición pública de Teju Cole, tanto en España como en Estados Unidos esta narración breve se ha publicado después de  Ciudad abierta, una novela  que en realidad fue escrita cinco años más tarde. Lo que ocurre es que  Cada día es del ladrón salió al público en 2007 en una editorial nigeriana llamada  Cassava Republic y pasó totalmente desapercibida  salvo para unos pocos críticos que además de hablar maravillas de ella pronosticaron que ese desconocido principiante  no  tardaría en escribir una gran novela. Y, en efecto, en  2012 Random House publicó en Estados Unidos Open City (Ciudad abierta), que no tardó en recibir toda clase de elogios y premios nacionales e internacionales, aparte de ser traducida a media docena de idiomas (uno de  ellos el castellano, en el mismo 2012 y a cargo de Marcelo Cohen por cuenta de Acantilado).

Ocurre sin embargo que, en el sutil y muy calculado proyecto literario que Teju Cole parece haber concebido, y que se basa en la milimétrica y muy pensada construcción del personaje narrador, el orden de lectura de sus novelas es muy importante. [Quien desee informarse bien acerca de la importancia capital que tiene el orden en que se presentan ante el lector los sucesos que conforman la biografía de un personaje de ficción  tiene a su disposición el inigualado ensayo de Rafael Sánchez Ferlosio titulado Las semanas del jardín recientemente reimpreso por Randon Housse dentro de las Obras Completas editadas por Ignacio Echavarría]. En las dos novelas publicadas hasta ahora por Teju Cole, el narrador es Julius, un joven médico de nacionalidad norteamericana y origen nigeriano que pasó su infancia y toda su etapa escolar en Nigeria para después viajar a Estados Unidos con el objetivo de estudiar medicina. En Cada día es del ladrón, Julius pide unos días libres en el hospital de Nueva York donde trabaja para viajar a Nigeria.

El problema es que en cierto modo quienes ya hayan leído Ciudad abierta  estarán jugando con ventaja frente al lector inocente que abre el  presente relato y se limita a acompañar a Julius al consulado de Nigeria en Nueva York para sacar el visado que le permitirá entrar en el país africano de sus antepasados. Allí asistirá a la primera toma de contacto del joven norteamericano-nigeriano con una lacra que le habrá de perseguir (y lo que es peor, determinar) durante todo su viaje: la corrupción, entendida ésta como medio de vida a escasla nacional.  

En un primer momento podría interpretarse que en Cada día es del ladrón se cuenta el choque brutal de la sensibilidad de un “negro civilizado” contra  la realidad de una nación  que llegó a poseer una cultura tan desarrollada como la de cualquier país europeo de la época  pero que ha visto arrasados todos los valores y conocimientos heredados de sus mayores por la universalización del único referente seguro y reconocible por parte de todos, el dinero, y de ahí la presencia asfixiante y omnipresente de la corrupción.

Sin embargo, y reitero el calificativo de sutil, el  proyecto de Teju Cole va mucho más allá de la denuncia de una práctica execrable. Tanto en la presente novela como en Ciudad abierta el narrador deambula por las calles de la ciudad (Lagos ahora, Nueva York más adelante) describiendo con ecuánime circunspección los encuentros, las conversaciones y las situaciones que le salen al paso. “Escribir”, les decía acertadamente  Antonio Muñoz Molina a los lectores de El país al hablarles  de  una novela llamada Open City  que en aquel momento todavía no estaba publicada en castellano, “es caminar, imaginar, recordar, escuchar, mirar”. Y al referirse a la técnica utilizada por Teju Cole para llevar a cabo esa operación decía:” "La naturalidad es tan perfecta que hace falta mucha atención para apreciar el artificio que la hace posible”.

                Y aquí es donde surge otra vez la cuestión del orden de presentación de los acontecimientos que conforman la imagen de un personaje. Por poner un ejemplo, durante el  deambular de Julius por las peligrosas calles de Lagos, unos familiares y él son asaltados por unos matones que les exigen una mordida indecentemente elevada y gratuita a cambio de no hacerles daño. Y de pronto, en el momento más inesperado, Julius se compara con un diapasón que vibra por una desconocida pulsión de violencia. “No aguanto más la violación, el capricho, el ambiente de desesperación. Si atacan, me digo, les parto el cuello. Me considero pacifista, pero ahora quiero sangre, herir, incluso que me hieran. Enloquecido por la situación, y por la necesidad de que acabe, ya no me conozco”.

Esta reacción, normal en un joven que se siente acorralado, alcanza su máxima significación para quienes ya han leído Ciudad abierta y saben por tanto que quien así habla es un hombre educado y muy refinado, defensor de los derechos fundamentales y altamente sensible a las cuestiones raciales. Y que encima de saberse excluido incluso en una ciudad tan multicultural y aparentemente integradora como es Nueva York, le duele terriblemente verse tratado ahora en Lagos “como un blanco” al que se puede explotar impunemente. Se entiende que se desconozca cuando se descubre a si mismo deseando que haya sangre, y que es capaz de herir y ser herido.  Pero se podrían poner muchos ejemplos más en favor de leer a Teju Cole siguiendo el orden ideado por él para su proyecto. El relato crece en intensidad al tiempo de ir abriendo posibilidades expresivas muy notables.

 

Cada día es del ladrón

Teju Cole

Traducción de Marcelo Cohen

Acantilado

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[Publicado el 19/9/2016 a las 18:50]

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El solitario del desierto

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En el momento de escribir este libro (1968) Edward Abbey parecía estar acumulando energía como quien carga una batería que soltaría su primera descarga explosiva en The Monkey Wrench Gang (1975), un novela genialmente traducida al castellano  en 2012 como La Banda de la tenaza. Cerca de quince años después (1989), se produciría la segunda andanada, ¡Hayduke vive!, en la que el jefe, que no había muerto como todos creían, es recibido con alegría pero escaso entusiasmo porque dos miembros de la banda se han casado entre sí y se están reproduciendo y el otro tiene serias responsabilidades solidarias como empresario. Y ninguno de ellos está para muchas aventuras. Pero el taimado Heyduke ha reaparecido para pedir su ayuda en la destrucción de la Super G.E.M.A  4240 W, una excavadora alta de trece pisos, ancha como un campo de fútbol, capaz de desarrollar una potencia que podría iluminar una ciudad de 100.000 habitantes y valorada en 13.500 millones de dólares. Y quién puede negarse a dinamitar un monstruo capaz de arrasar con su fuerza destructora todo el Suroeste americano. Etc.

                Durante la gran Depresión, el matrimonio Abbey y sus cinco hijos no hubieran desentonado haciendo de extras en Las uvas de la ira, de Steinbeck/John Ford, con la salvedad de que en lugar de California los campamentos donde los Abbey malvivieron junto con miles de desheredados como ellos  estaban en el Este, en torno a Pensylvania y New Jersey. Pero el primogénito, Edward, subsanó ese pequeño error geográfico escapándose de casa a los 17 años para recorrer gran parte de Estados Unidos a dedo y ejerciendo toda clase de trabajos antes de recalar en los interminables  desiertos que ocupan gran parte del Sureste de Estados Unidos  y que albergan, entre otras muchas  maravillas más, El Gran Cañón del Colorado. No podía saberlo, pero un poblado minúsculo y polvoriento, perdido en alguno de los centenares de cañones que el agua y los vientos han excavado durante millones de años en la esquina donde confluyen los estados de Wyoming, Utah y Colorado, se iba a convertir para él en una especie epicentro desde el que, siempre como guarda del Servicio Nacional de Parques, iniciaría un peregrinaje de soledad, de búsqueda de sí mismo y de defensa de la naturaleza que desde el  Monumento Nacional de los Arcos (1956-1957) le llevaría a repetir la experiencia en los parques nacionales Casa Grande (1958-1959), Canyonlands (1965), Everglades (1965-1966), Lee's Ferry (1967) y  Araviapa (1972-1974).

En El solitario del desierto  Abbey cuenta su primera experiencia como ranger en el hoy llamado Parque Nacional de los Arcos. Tenía entonces 29 años y había pasado una gran parte de su vida vagabundeando por el Oeste americano. Tras su paso por el ejército durante la Segunda Guerra Mundial (Italia, dos ascensos y dos degradaciones por negarse a saludar) había aprovechado las facilidades que ofrecía el gobierno federal a los veteranos para cursar diversos estudios de humanidades que culminó en 1956 con una tesis expresivamente titulada “El anarquismo y la moral de la violencia”. En ella se refleja su ambigua postura frente a la violencia cuando se trata de defender algo tan importante para el futuro de la humanidad como es la naturaleza. Su ambigüedad (o ambivalencia, porque su respuesta al recurso a la dinamita era más bien una especie de “sí, pero no”) más adelante le iba a costar numerosos enfrentamientos con los conservacionistas moderados, los militantes más radicales de los movimientos ecologistas y las propias autoridades para las que trabajaba. Para decirlo de forma muy resumida, los conservacionistas más extremistas le acusaban de pusilánime, los funcionarios estatales le veían casi como peligroso revolucionario y para los partidarios de defender el medio ambiente por medios pacíficos y civilizados (menos hablar y más ayudar a promulgar leyes sensatas que contribuyan a una defensa real de la naturaleza) no era más que un gamberro.

En el momento de iniciar su primera experiencia como guarda forestal ya tenía publicadas dos novelas (Jonathan Troy, 1954,  y  El vaquero indomable, 1956), prácticamente autobiográficas. Los meses de soledad inmerso en un paisaje prodigioso, en gran parte todavía intocado y olvidado de todos casi desde el principio de los tiempos, le impregnaron de tal forma que, una docena de años más tarde, al escribir acerca de aquella experiencia no intentó reproducir o describir el desierto o la clase de vida que éste imponía (“el tiempo pasaba con una lentitud extrema, como debería pasar el tiempo, con los días estirándose largos, espaciosos y libres como los veranos de la infancia”). En algún otro lugar  él mismo define su libro como “un elogio”, aunque advierte en el prólogo: “la mayor parte de lo que cuento aquí ya está muerto o a punto de desaparecer”. Puede decirse que, casi cincuenta años más tarde, sus peores temores y sus más lúgubres augurios acerca del futuro que les aguardaba a aquellos espacios todavía salvajes se han cumplido con creces.

                 Pero el libro está escrito con pasión y rabia y una entrega incondicional a esa belleza abrupta y a veces cruel pero arrolladora. Y Abbey, que a lo largo de los más de veinte libros que escribió ha dado muestras irrefutables de la calidad de su voz narradora, demuestra aquí estar a la altura de ese desierto que tanto amaba y en el que no sólo pasó gran parte de su vida sino que a la hora de morir pidió ser metido tan sólo en un saco de dormir y enterrado al pie de un enebro al que su cuerpo serviría de alimento. Fue su última transgresión de las leyes humanas.

 

El solitario del desierto

Edward Abbey

Traducción de J. Manuel Álvarez

Capitán Swing  

 

 

[Publicado el 30/8/2016 a las 19:38]

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Gregario

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Libros como El Giro de Italia, escrito por Dino Buzzati, publicado por la propia Editorial Contra y comentado en esta misma sección (10/09/2014), suelen exaltar la figura del gran campeón que asombra con sus logros extraordinarios en los momentos más comprometidos por lo dramáticos y tan desesperados que rozan lo inhumano. Y es mejor aún  si  esos libros narran la historia del gran campeón que asciende los sucesivos puertos de montaña al límite de sus fuerzas viendo por el rabillo del ojo que, pedaleando junto a su codo, aguanta día tras día y sin esfuerzo aparente el joven león que aspira a reclamarle su derecho a la primacía en lo más alto de ese  podio que es lo más parecido al último escalón para acceder al Olimpo.

                Buzzati tuvo la suerte (y de paso la tuvimos sus lectores) de que Il Corriere de la Sera le mandase a cubrir aquél mítico Giro en el que Fausto Coppi, entonces un joven y presumido cachorro, se enfrentó al viejo y honrado Gino Bartali, el todavía invencible campeonísimo que al final acabaría doblando la rodilla en alguna rampa de los Dolomitas. Pura épica. Una imagen del héroe legendario que no hubiese desdeñado para sí ninguno de los atletas que participaban en los juegos panhelénicos.

                La maldición, la culpa no redimible que priva al ciclismo de los rasgos épicos y deja a los ciclistas sin apenas derecho a la gloria se resume en una sola palabra: dopaje.  Hasta el pueblerino peor informado y más ajeno a las prácticas inconfesables  de muchos ciclistas sabe que la brillante serpiente multicolor que atraviesa en un visto y no visto las calles de su pueblo es realidad un puñado de drogadictos que si pedalean como desesperados y suben y bajan incansablemente las montañas que les salen al paso  es porque van hasta las cejas de estimulantes más o menos sofisticados y que si al final de la etapa se paran es porque llegan a un lugar que dice Meta y del que no se puede pasar. Está por ver si la campaña de las ajutoridades deportivas y civiles por lavar la imagen del ciclismo logra su objetivo.

                Desde que el nunca suficientemente maldecido Lance Armstrong confesó públicamente que se drogaba  porque de haber corrido limpio no hubiese podido ganar siete veces seguidas el Tour de Francia abundan los libros escritos por arrepentidos que, una vez fuera del ciclismo, eso sí, se atreven a romper la ormetá que rige en el pelotón, hurgan en la herida y se complacen en contar qué pasaba en los autobuses y en los hoteles de los equipos y por qué dejaban a su espalda bolsas repletas de jeringuillas y envases sanguinolentos.

                Puesto que Charly Wegelius, el autor de Gregario, se decidió a contar su vida como ciclista  no tuvo más remedio que hablar a ratos de drogas porque obviar ese asunto sería como si un navegante solitario no mencionase una sola vez el mar. Al mismo tiempo, apenas recurre a la épica ni cuenta gestas logradas en circunstancias dramáticas. Nunca en su vida llegó a subir a un podio ni figuró entre los favoritos en ninguna de las carreras que disputó durante sus doce años como profesional. Era fuerte como un mulo y supo desde siempre que no tenía madera de líder, razón por la cual casi desde su época como corredor aficionado fue reclamado asiduamente por equipos como el Mapei o el Liquigás, formaciones que en aquel momento eran punteras porque, entre otras cosas, contaban con gregarios como Wegelius, capaces de ayudar al jefe de filas cuando éste más lo necesitaba pero que nunca osarían disputarles la supremacía o la gloria.

                Ello hace de este relato un documento singular porque aporta una visión del ciclismo poco conocida pero que cualquier aficionado encontrará apasionante, por ejemplo cuando, siendo un debutante, cayó en la cuenta de que un pelotón es lo más parecido al patio de una prisión donde para sobrevivir debes saber de inmediato quién manda, cuáles son las reglas de juego reales o quién es un mal bicho del que más vale mantenerse alejado.

                Quienes no son unos privilegiados ni se han visto agraciados por la benevolencia de los dioses, no sólo deben aprender el oficio desde abajo sino que habrán de resignarse a seguir aprendiéndolo durante toda su vida profesional. Primero deben conocerse a sí mismos, identificar sus virtudes y defectos pero sobre todo conocer sus límites y saber en qué momento deben hacerse a un lado y dejar que sean los demás quienes acompañen al jefe hacia la victoria. Otro aprendizaje indispensable es el del dolor: cuando disputas una contrarreloj por equipos y no quieres ser menos que tus compañeros, o cuando tiras del pelotón superando rampas endemoniadas sabes que el dolor de piernas llegará a ser insoportable, pero la superación del dolor, o incluso la convivencia con él, no es una obligación sino una moral de vida y quien no esté dispuesto a sufrir –y en el caso de Wegelius en beneficio de otro– no vale para el ciclismo y lo mejor para todos es que se dedique a seguir las carreras como comentarista de televisión. Finalmente, hay que dominar la técnica del oficio porque en el ciclismo como en todo, la evolución es una constante que muchas veces responde a las modas,   y lo que hoy es cierto mañana puede ser una antigualla y estar al día requiere una constante atención.

                Sin embargo, a falta de la vistosa y muy emocionante (pero tramposa) veta épica que surge del relato de gestas inolvidables, Gregario respira honestidad y, lo cual es mucho más importante tratándose de un libro, se deja leer con gusto y aprovechamiento porque, como digo, quizá porque la vida del gregario es más tranquila que la de un campeonísimo y dentro del pelotón hay más tiempo para fijarse en las cosas y reflexionar acerca de las mismas, Wegelius parece haber terminado siendo un buen observador no desprovisto de sentido del humor.Difícilmente llegará a ser un superventas pero él tampoco fue nunca un fuera de serie y eso  no le impidió ser un buen ciclista.

 

Gregario

Charly Wegelius   

Traducción de Roberto Falcó Miramontes

Editorial Contra

 

[Publicado el 22/8/2016 a las 11:01]

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Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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