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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 27 de junio de 2016

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Diario de un fiscal rural

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Este libro no es ninguna novedad porque el Instituto de Cultura hispano-árabe lo  publicó por vez primera en 1955, todavía en vida de su autor, Tawfiq Al-Hakim, el gran renovador del teatro egipcio contemporáneo y uno de los intelectuales más influyentes de su época (1899-1987). La idea de darlo a conocer al público español partió del propio traductor, don Emilio García Gómez, Premio Príncipe de Asturias 1992 y uno de los más insignes arabistas que ha dado este país. Su traducción es impecable y página a página transmite la seguridad de que su  texto no sólo está a la altura del original sino que en los muchos casos en los que la traducción literal era imposible  (pienso sin ir más lejos en la enrevesada cortesía que dicta el trato entre autoridades y dignatarios o en el vertiginoso descenso que sufre ese trato cuando el interlocutor es un miserable campesino analfabeto y con una inteligencia no mucho mayor que la del asno que le ayuda en el  campo) la versión castellana es una auténtica creación. Y como muestra, he aquí cómo se le da una orden a un subalterno: “Tráeme un vaso de agua, por vida de tus ojos”. O esta excusa de un subalterno a su superior: “Por vida de la cabeza de su Excelencia, le aseguro…”). No tengo la menor idea de cómo sonarán esas fórmulas  en egipcio, pero en castellano son un hallazgo.

            Pese a que el libro pasó sin pena ni gloria, Ediciones del Viento lo rescató en 2003 (con la traducción pero sobre todo con el magnífico prólogo del propio García Gómez) y lo reeditó un año después, dando la razón a quienes opinamos que si bien en este país sólo leen cuatro gatos, al menos los cuatro saben apreciar la calidad cuando se les presenta. El ejemplar que por pura casualidad cayó en mis manos es de 2011, lo cual  reafirma mi idea de que la calidad, aunque sea de cuatro en cuatro, vende. Ignoro si a la editorial le quedan ejemplares en el almacén y en librerías es casi imposible encontrarlo, pero en Iberlibro.com lo ofrecen por 6 € tanto en  la edición original y como  en la de Ediciones del Viento y merecen la pena los trámites de compra y pagar los gastos de envío (3€) porque este relato es una delicia y casi da pena ver cómo se van terminando las páginas y acercándose el momento de decir adiós al fiscal y los jueces, al delegado gubernativo, a los pobres campesinos aplastados por siglos de explotación y servilismo, a las brujas y alcahuetas que aterrorizan a los testigos de un juicio con sus denuestos y maldiciones, al alcalde destituido y al alcalde recién nombrado y al teléfono llevado en andas por los partidarios del nuevo después de haberlo arrancado de casa del antiguo porque ese viejo armatoste de manivela es un signo de poder, el cordón umbilical que une al recién nombrado con el poder supremo radicado en esa entidad todopoderosa pero ignota llamada El Cairo. Todo va más o menos así, con permiso del Todopoderoso.

            Tawfiq Al-Hakim era hijo de un alto funcionario de justicia y en los años veinte fue enviado por su padre a París para graduarse en Leyes.  Y cumplió su parte del trato y se graduó, pero en aquella época París era, por utilizar una frase que luego ha hecho fortuna, una fiesta, y el joven Tawfiq se sumergió de lleno en el frenesí cultural y creativo que bullía entonces en la capital francesa. A su regreso a Alejandría, tres años más tarde, el flamante graduado en leyes sabía que en lugar de seguir los pasos paternos se iba a dedicar por entero a la escritura y más concretamente aún al teatro. Pero como necesitaba dinero para subsistir mientras se asentaba como autor, aceptó ejercer de fiscal en minúsculas poblaciones rurales de las que ni el nombre se dice. Pero, como cabe deducir del título, Diario de un fiscal rural es un reflejo de aquellos años ejerciendo de funcionario de justicia. El relato se abre con un intento de asesinato: cuando cruzaba un puente, un vecino del pueblo ha recibido en la cabeza un disparo efectuado por alguien emboscado en un cañaveral. La víctima está inconsciente y malherida pero viva y se supone que en algún momento podrá declarar y aportar alguna pista acerca del malhechor.

           Sin embargo no en vano la burocracia egipcia pasa por ser la más antigua, lenta y enrevesada del mundo (herencia quizá de la creada por los faraones) y de inmediato se adivina que las pesquisas del fiscal acabarán estranguladas por la sutil pero omnipresente telaraña de normas, procedimientos y todo el resto de impedimentos que tanta fama le han valido al aparato estatal egipcio. Sólo un elemento va a diferenciar esa investigación abocada al fracaso desde la primera página: la principal sospechosa, Rim, una misteriosa muchacha de extraordinaria belleza que conmueve y llena de confusión a quienes tiene tratos con ella, incluido el fiscal.    

            La investigación, en efecto, y la variopinta galería de personajes que surgen aquí y allá, termina costándole la vida a la muchacha, pero he aquí el epitafio del fiscal, “[Rim] una criatura maravillosa que a todos nos había estremecido, cuerdos y locos; una dulce criatura que nos había concedido unos momentitos de dulzura y unas miradas luminosas; un cefirillo tibio que había soplado en el árido desierto de nuestras vidas sentimentales, en medio de este campo solitario”.

            Asombran la sencillez y la aparente falta de pretensiones de un relato capaz de crear un universo complejo y que sería un desolado desierto si no cupiera la posibilidad de que inesperadamente sople un cefirillo tibio. Como sigo, una delicia.

 

Diario de un fiscal rural

Taefiq A´-Hakim

Tradicción de Emilio García Gómez

Ediciones del viento

[Publicado el 25/6/2016 a las 12:32]

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Nora Webster

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 A sus cuarenta años Nora Webster acaba de perder a su marido, Maurice, un maestro de escuela muy apreciado con el que ha estado casada durante más de veinte años y con el que ha tenido cuatro hijos, dos chicas que ya estudian fuera de casa y dos chicos adolescentes que siguen a su cargo. Aparte del duelo (íntimo, inmenso, profundo e irreparable), la situación de Nora Webster es muy precaria. Antes que nada porque su economía la obligará a llevar una vida muy austera y es probable que incluso deba buscar un trabajo para redondear su mísera pensión de viudedad. Pero sobre todo Nora Webster se sabe en precario porque tiene muy claro que se le ha terminado una vida (la que compartía con su marido y sus hijos y que la hacía sentirse “liberada”) y que va a tener que inventar otra en la que quepan ella y sus hijos pero también quienes constituyen su entorno y aquellos que la han visto nacer y crecer.

            Elementos para la tragedia los hay de sobra. Nora podría plantearse la vida en plan de una madre coraje desgarrada por su pérdida pero que renuncia a su propia vida para proteger la de sus hijos, asimismo acechados por la tragedia. Las dos mayores están lejos de casa cuando deben tomar decisiones de personas adultas sin nadie que vele por ellas de cerca (qué profesión seguir, qué compañías (novios) frecuentar, qué grado de implicación deben aceptar frente a una catástrofe de magnitudes tan inimaginables como la que se cierne sobre todos en Irlanda del Norte). También están los pequeños, dos adolecentes que acaban de perder a su padre y que han visto magnificados los problemas, las incertidumbres y los miedos propios de su edad. Y está por descontado la propia Nora, incapaz de compadecerse o pedir ayuda y obligada a crear un entorno para los demás y, sobre todo, decidida a mantener el control de la situación sin dejar entrever, ni a  sus hijos ni a ella misma, que camina a ciegas y sin referentes, y que su abanico de posibilidades es muy limitado.

Quien conozca a Colm Tóibín, cosa por otra parte relativamente sencilla porque esta es su octava novela, ya imagina que no va a recurrir a los elementos más llamativos de la tragedia que acecha a todos los personajes porque su apuesta, como siempre, es contar una historia creíble, actual y sin buenismos pero tampoco sin desgarros. Minimalismo es una palabra odiosa por las implicaciones que surgen del mal uso y abuso del que ha sido objeto. Pero en cambio si transmite en cierto modo el oficio de orfebre que con tanta maestría ejerce el que está considerado como el más sólido de los narradores irlandeses actuales.

            Y en este sentido (hablo otra vez del minimalismo) es muy ilustrativa la opción que Nora, al cabo de tres años de lucha que apenas si le han permitido ir más allá del día a día, cree ver en la música. Siempre ha tenido muy buena voz, no tanto como su madre, pero si una voz notable. Y cuando por medio de una amiga se le presenta la oportunidad de formar parte de un prestigioso coro, se entrega con fervor a la educación de su voz para superar la prueba se acceso. “Sólo al cabo de un mes, cuando llevaba cuatro o cinco lecciones, cayó en la cuenta de que la música la estaba alejando de Maurice y de su vida con éste y con sus hijos.  Pero no se trataba únicamente de que de Maurice careciese de oído para la música y que la música fuera algo que ellos nunca habían compartido. Era la intensidad del tiempo y el estar a solas consigo misma en un ámbito al que él nunca la acompañaría, ni siquiera en la muerte”.   

      En el matrimonio Nora se sentía liberada porque fuera de las obligaciones para con el marido y los hijos, el tiempo restante le pertenecía sólo a ella. Ahora, gracias a su progresiva implicación con la música, empieza a sentir la misma liberación, pero casi de inmediato las pequeñas tragedias de lo cotidiano (una audición desastrosa, un sentido del ridículo insuperable, falta de empatía por parte de quienes escuchan su prueba) la devuelven a su verdadera condición. Pero insisto en que la tragedia, aun estando presente en todos y cada uno de los acontecimientos vitales narrados, no llega en ningún momento  a imponer su acento ni su carácter.

Lo más positivo, y con mucho el gran hallazgo narrativo de esta novela, es que sus páginas transmiten con inequívoca certeza que es en la soledad y el silencio, o si se prefiere, en la degustación en solitario del silencio, donde radica la verdadera riqueza a la que puede aspirar una persona como Nora, imperfecta, a ratos no demasiado simpática, que comete errores en la relación con sus hijos y su entorno, que concede quizá demasiada importancia al control sobre las cosas las y que carece de una cualidad que la permita destacar sobre los demás (podría haber sido la música pero la desengañan casi de inmediato). Y sin embargo queda claro que va a seguir luchando hasta el final sin concederse un respiro en la búsqueda de esa vida que se verá obligada a inventarse cada día porque nadie la va a ayudar.

 

Nora Webster

Colm Tóibín

Traducción de Antonia Martín

Lumen.

 

[Publicado el 14/6/2016 a las 18:53]

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American Smoke. Viajes al final de la luz

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Como él dice de sí mismo en varias ocasiones, Iain Sinclair es un mitómano y como tal un obsesivo recopilador de rastros. Lo mismo le da que dichos rastros sean físicos o mentales  y que la huella la haya dejado uno de sus personajes o sea inventada por él mismo. Lleva toda la vida tomando apuntes, emborronando libretas de notas y atesorando reliquias (“Las reliquias son la verdadera autobiografía”, dice en algún momento) y si no tiene más es porque “carece de posición” para pagar las sumas indecentes que se piden por las más valiosas.

                Pero atención porque él mismo es un mito (lo que aquí se ha dado en llamar un escritor de culto) y no solo sabe que se debe a sus seguidores sino que sabe también que está obligado a dar lo mejor de sí y a no  mostrarse inferior a nadie. Aunque  su viaje a América en realidad  es una especie de peregrinación algo tardía en busca de las reliquias que aún queden vivas de sus grandes ídolos de juventud (Charles Olson, Jack Kerouac, Allen Gingsberg, William Burroughs, Gregory Corso, etc) no por ello Sinclair renuncia a su sentido crítico ni a utilizarlo, como acostumbra, en plan estilete a veces insidioso. Y dice de los beat: “Lo que nunca habíamos captado cuando éramos estudiantes en Dublin era lo tribal e interconectada que estaba en realidad la escena contracultural americana: todo el mundo conocía a todo el mundo, todo el mundo follaba con todo el mundo […] Y todos tenían planes de  pensiones […] Los beats de la primera generación de los años cuarenta se habían acostado todos con todos en algún momento, en una cápsula convulsa de favores e intercambios, permutaciones que ahora [se refiere al momento de su viaje a América] eran catalogadas y exhibidas como reliquias sagradas con impías etiquetas de precio”.

                A esa simultánea demostración de distancia y devoción, se le une la celebrada capacidad de Sinclair para unir en un solo aliento informaciones relativas a hechos, personajes y épocas tan dispares que se necesita estar muy atento para no perderse en los vericuetos de las elipsis. Por ejemplo, cuando visita a Burroughs en su casa de California le basta ver sobre una mesita un ejemplar de Palimpsesto, de Gore Vidal, para que se le ocurra un torrente de información heterogénea y rusiente pero que él ofrece en plan de rápidos mandobles contra unos y otros: “Me había olvidado que a Burroughs le había gustado el jovencito chulesco de la foto de autor de la sobrecubierta de El juicio de Paris […] un muchachito majo y pulcro […] con el que se había ido una noche de copas [...] antes del rollo de una noche que Kerouac había tenido con Vidal en el Hotel Chelsea. Norman Mailer, que lo leía todo en escabrosos términos psicosexuales post-hemingwayianos, decía que cuando Vidal “desvirgó el esfínter de Jack,” lo lanzó a un vórtice de alcoholismo y autocompasión del que no se escaparía nunca”.

También es muy vistoso su apunte sobre Gregory Corso, aunque se podría poner una docena de ejemplos similares: “Corso mangaba lo que podía  de sus amigos para llevárselo a los tratantes de libros de Nueva York que cuidaban de él, le daban un sitio donde vivir y le iban a buscar la heroína”. Ni compasivo ni protector pero tampoco en busca del sensacionalismo: ese tipo de apuntes, que parecen sacados directamente de sus libretas de viaje, son como latigazos marca de la casa.

                 Tampoco es que sea todo el libro así, pero Kerouac es uno de sus favoritos y aunque el capítulo que le dedica es unos de los más intensos, al mismo tiempo Sinclair no cierra en ningún momento los ojos ante el grotesco espectáculo económico que terminó montándose en torno a los beatniks y al que no fueron en absoluto ajenos sus representantes más venerados, incluyendo al propio Kerouac. Ahora recuerdo el acierto de una página dedicada a los epitafios que el New York Review of Books atribuía a diferentes escritores notables y a otros personajes de la vida intelectual norteamericana de la época. En la lápida de la tumba de un escritor beatnik se leía: “Antes muerto que publicado”.

En cambio son muy notables las páginas dedicadas a Charles Olson, el alma mater del mítico Black Mountain College, probablemente el vivero de poetas y pensadores más importantes de la historia literaria norteamericana, pues como maestros o alumnos estuvieron íntimamente vinculados a aquella institución gente de la talla de Josef  Albers, John Cage, Merce Cunningham, Wilhem de Kooning, Walter Gropius, Robert Rauschenberg, Buckinster Fuller, Robert Creely o Ed Dorn. Sinclair no solo conoce a fondo al Black Mountain College (hoy tristemente arruinado y reducido a residencia de estudiantes) sino que mantiene con Olson una intensa relación personal  que no parece haber quedado afectada por la muerte de Olson en 1970. Es muy emocionante la imagen del poeta que va surgiendo según el buscador de rastros se mueve de aquí para allá pisando los paisajes que él pisó, entrando en las tabernas que él frecuentó o hablando con gente que todavía puede contarle cosas de él y ofrecerle algún aspecto de él que no conocía (e incluso alguna edición inencontrable hasta para un rastreador de primera). Al lector le cabe la posibilidad de hacer una aportación personal a la creación que realiza Iain Sinclair visionando en Internet la lectura que hace el propio Olson de Maximus to Gloucester, Letter 27 : más que una lectura parece que Olson le esté haciendo a su auditorio una especie de ofrenda íntima y apasionada de ese poema excepcional.

                Es mucho más limitada en cambio su captura de Roberto Bolaño. Da la sensación de que conocía más al poeta chileno por su biografía o por los ecos de su leyenda post mortem  que por haber establecido una relación tan profunda y fructífera como la que tuvo con Olson y algún otro de sus ídolos.

 

American Smoke. Viajes al final de la luz

Iain Sinclair

Traducción de Javier Calvo

Alpha Decay

 

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 30/5/2016 a las 07:02]

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Por los mares del sur con Jack London

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No cuesta mucho imaginar la reacción de los lectores de principios del siglo pasado que de pronto encontraron en su periódico habitual un anuncio en el que se solicitaban tripulantes para un velero de 17 metros a punto de zarpar para un crucero de varios años por los Mares del Sur. Es de suponer que a todos ellos, cuando se les cruzasen en sus respectivos imaginarios palabras tales como “crucero”, “velero”, “varios años” o “Mares del Sur”, el corazón les dio un triple salto mortal hacia atrás y sin red. Y si tal cosa les pasó según leían el anuncio, ya resulta inimaginable lo que les pasaría a sus maltrechos corazones cuando conocieron quién firmaba el  anuncio: Jack London. Imagínate: viajar durante varios años por las diferentes islas de Hawái, a partir de las cuales el itinerario incluiría Samoa, Nueva Zelanda, Tasmania, Australia, Nueva Guinea, Borneo y Sumatra para luego atravesar Filipinas y llegar a Japón, Corea, China, la India, el Mar Rojo, el Mediterráneo y lo que la suerte deparase.  Encima ganando un sueldo y por si fuera poco en compañía de Jack London y teniendo la oportunidad de verle escribir una serie de obras que ya tenía contratadas y con las cuales debía financiar el viaje.

                Lógicamente, la respuesta fue inmediata y masiva, y en los astilleros de San Francisco donde se estaba construyendo el Snark (un guiño de complicidad hacia Lewis Carroll, pues en principio el yate debía llamarse Wolf) se recibió una montaña de solicitudes enviadas por médicos, abogados, arquitectos, ídolos deportivos, campeones de vela o cocineros de los más afamados hoteles y restaurantes porque, cómo no, hasta el más miope de aquellos lectores debió de querer tentar su suerte.

                Finalmente, y por razones que ni él mismo supo explicar, el elegido fue Martin Johnson, autor como es lógico de este libro lógicamente titulado Por los Mares del Sur con Jack London. De qué otra forma se podría llamar, si no. Años más tarde Johnson se convertiría, junto con su  mujer, Osa, en un viajero famoso, aviador y autor de documentales, aparte de que los relatos de sus viajes y aventuras tuvieron muy buena acogida. Pero entonces, en 1907, era un chico de apenas veinte años que había hecho un par de viajes en buques mercantes y que ni siquiera sabía cocinar, aunque para eso precisamente fue  contratado. Para bien y para mal, en el momento de escribir el presente libro tampoco tenía tanta experiencia con la pluma como para tratar de emular a su patrón y se limitó a contar tal cual cómo fue aquel viaje y lo que pasó. Y resulta que pasó de todo.  

En aquél momento Jack London ya era un autor mundialmente famoso y tenía publicados títulos tan significados en su bibliografía como La llamada de lo salvaje (The Call of the Wild) (1903), El lobo de mar (The Sea-Wolf) (1904) o Colmillo Blanco (White Fang) (1906), así como innumerables cuentos y artículos de sus viajes por los polos y los Mares del Sur. Se suponía por tanto que sabía lo que se hacía cuando decía estar construyendo un barco capaz de soportar tifones que harían capotar a embarcaciones mucho más grandes que él. Claro que también se suponía que no le iban a engañar cuando le vendían materiales y componentes del barco a precio de oro, o que era un experto a la hora de aprovisionar las sentinas para que no les faltase de nada a los seis tripulante: el viejo capitán Eames, Jack London y su mujer, Charmian, un marinero experimentado, un grumete japonés que se mareó antes de poner un pie en el yate y que seguía mareado cuando medio desertó en Hawái y el propio Martin Johnson. Pero tantos supuestos se demostraron falsos apenas  abandonar finalmente el puerto de San Francisco porque el barco empezó a hacer aguas casi de inmediato, los depósitos de agua y petróleo perdían, los motores no funcionaban y antes de atravesar la línea del trópico tuvieron que arrojar gran parte de los alimentos al mar porque se les habían podrido. Y ya puestos nada más natural que una vez en alta más resultase que carecían de oficial de derrota porque el viejo capitán Eames no la sabía trazar y London lo hacía a ojo, de manera que una vez plasmada en los mapas la trayectoria seguida hasta llegar a Honolulu era lo más parecido a un gusano retorcido y lleno de nudos.

                Lógicamente, y aunque sufrieron toda clase de calamidades debidamente magnificadas por los editores de los periódicos que se habían gastado verdaderas fortunas en comprar las crónicas que les iba mandando London y no estaban dispuestos a ofrecer a sus lectores el relato de una aventura tan plácida y pintoresca como lo sería un viaje de bodas (hasta admitían apuestas acerca de si el Snark lograría llegar al próximo puerto), a lo largo de los dos años que finalmente duró la odisea les pasó un poco de todo, momentos buenos y malos, encuentros afortunados y experiencias desagradables y hasta peligrosas, y Martin Johnson se las apaña bastante bien, con su sencillez, para reflejar las peripecias, los paisajes, los personajes o el ambiente en un espacio reducido y que si había mala mar podía saltar como una cabra enloquecida y convertirse en un infierno. En definitiva, un libro muy entretenido y una oportunidad de conocer a un Jack London que a ratos no tiene mucho que ver con lo que cuentan sus biografías.

 

Por los Mares del Sur con Jack London

Martin Johnson

Traducción de Beatriz iglesias Lamas

Ediciones del viento

 

  

 

 

 

[Publicado el 14/5/2016 a las 12:20]

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Héroes del Blues, el Jazz y el Country

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Recuerdo haber leído en diferentes lugares (sobre todo durante las  entrevistas) el relato que hace Crumb de sus prolongadas y, tal y como es él, obsesivas búsquedas en polvorientos almacenes y tiendas de ignotos pueblecitos del Deep Sur en busca de discos de 78rpm grabados por músicos casi desconocidos de los años 20 a los 40. Una obsesión que le resultó altamente rentable porque, en primer lugar, le permitió sumergirse en el corazón  de la América que conformó a gigantes como William Faulkner, Tennesse Williams, Flannery O´Connor, Carson McCullers, Truman Capote o Harper Lee,  quienes  a su vez habían estaban en la base de su propia formación. En segundo lugar, gracias a aquellos viajes interminables logró satisfacer su pasión por la música popular primitiva americana y de paso pudo acumular un capital en forma de apuntes, fotografías y documentos pero también algunos de los instrumentos que tocaron aquellos héroes anónimos y que a la vuelta de unos pocos años iban a alcanzar precios desorbitados en las salas de subastas; maletas repletas de discos de incalculable valor para los coleccionistas amantes de la música y unos cuadernos de apuntes sobre el terreno que luego le han permitido diversificarlos en forma de cromos, barajas, portadas de discos y libros gráficos, todo ello realizado con todo el cuidado y el amor del mundo porque, además de estar inmerso en una obra gráfica que ha terminado  siendo una de las manifestaciones visuales que mejor reflejan el llamado “espíritu de los sesenta”, Crumb satisfacía su sempiterno amor por aquellos músicos de pueblo que sin abandonar sus profesiones de barbero, predicador o vendedor ambulante, estaban poniendo las bases de tres los estilos de música más creativos y fértiles del siglo XX, es decir, el blues, el jazz y el country. Para reflejar en términos prácticos lo que quiere decir “incalculable valor” aplicado a su obra, basta recordar que en plenos años noventa Crumb adquirió  la magnífica casa que posee en el Languedoc a cambio de seis de aquellos cuadernos de apuntes realizados durante sus viajes.

                Nórdica Editorial ha reunido ahora en uno solo volumen tres libros míticos titulados Heroes of the Blues, Early Jazz Greats y Pioners of Country Music. A cada músico, grupo o familia musical se le dedican dos páginas, una de las cuales es un retrato dibujado y coloreado por Crumb a partir de viejas fotografías, ilustraciones de revistas y hasta de carteles de época anunciando la actuación del artista cuya biografía ocupa la página continua. Esas biografías, escritas originariamente por Stephen Calt (Blues), David Jasen (Jazz) y Richard Nevins (Country),  son escuetas, fundamentalmente informativas y suelen resaltar las mejores piezas de cada músico. El libro va acompañado de un CD en el que se recogen 21 canciones, muchas veces elegidas por el propio Crumb y que son prueba inequívoca del buen ojo y mejor gusto del dibujante y recopilador.

                Aunque ese CD es un valor añadido muy de agradecer, el lector tiene la posibilidad de tener abierto YouTube mientras lee y buscar ahí aquellos títulos que más llamen su atención. Quien todavía ponga en duda que ese portal es un verdadero milagro, aquí tiene una muestra más:  al llegar a Mumford Bean y sus Itawambians , el autor del prólogo, Terry Zwingof, dice de ellos que se trata de “un conjunto tan poco conocido que probablemente solo haya una docena de coleccionistas acérrimos del country que conozcan el único disco de 78rpm existe de ellos y jamás reeditado”. Pues hete aquí que en YouTube tiene varias canciones suyas. Lógicamente no hay imágenes de alguna actuación porque en los confines de la América profunda ni  siquiera debían saber lo que era el cine, pero en cambio hay imágenes de grupos muy similares y que permiten hacerse una idea de cómo serían (por ejemplo los impagables Dr. Humphrey Bates & His Possum Hunters, interpretando la no menos impagable “Tira la vaca por encima de la cerca”).

                Aunque sea dicho de forma muy grosera, el blues empezó siendo un estilo musical interpretado fundamentalmente por negros y el country por blancos. Los dibujos y los textos permiten apreciar las sutiles derivaciones de ambos conceptos musicales, la hibridación y, sobre todo, la aparición de ese prodigio de la creatividad, la energía vital y la improvisación que es el jazz. Todo un regalo para la vista y, al mismo tiempo, para el oído.

 

 Héroes del Blues, el Jazz y el Country

Robert Crumb

Traducción de Ana Momplet Chico

Nórdica Editorial

 

[Publicado el 03/5/2016 a las 10:29]

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Manifiesto incierto

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Además de ingenioso me parece muy exacto el titular de algún periódico francés alusivo al hecho de que Benjamin parece el “Walter ego”, de Frédérik Pajak. Ignoro por completo si el autor de Manifiesto incierto precisa de asistencia psiquiátrica (aunque todo hace pensar que no) pero de ser así, determinados pasajes de este y otros libros anteriores podrían dar mucho juego en manos de un psiquiatra puntilloso. Quiero decir que Pajak transmite la sensación de estar dándolo todo en cada página; que pone en juego hasta sus sentimientos más profundos y que en muchos aspectos se identifica en gran medida con los protagonistas de sus libros, es decir, Walter Benjamin en este Manifiesto informal, pero también Nietzsche y Pavese en La inmensa soledad, por citar únicamente los más obvios.

                Otro aspecto muy destacado del quehacer de Frédérik Pajak es lo novedoso de su técnica narrativa, pues en contra de lo que pueda parecer su trabajo no tienen nada que ver con una novela gráfica y menos aún con un cómic para iniciados. Los dibujos a tinta china y  gouache que acompañan los textos (uno de cada por página) lejos de ser una mera ilustración visual mantienen con ellos una relación  que en ocasiones es dialéctica, aunque también pueden ocultar una elipsis, o insinuar un metalenguaje capaz de establecer curiosas conexiones subterráneas con otros textos e imágenes a veces muy lejanos entre sí tanto por la distancia física como por la significación.

                En un magnífico escrito aparecido en el New Yorker en 1968, Hannah Arendt afirmaba que al preparar su trabajo sobre la gran tragedia alemana Walter Benjamin había reunido más de 600 citas ordenadas con un criterio muy particular porque no se trataba de fichas a utilizar durante la redacción final del trabajo sino que estaban dispuestas de tal forma que además de quedar descontextualizadas establecían entre ellas nuevas relaciones que justificaban, decía Hannah Arendt, su identidad independiente y se beneficiaban de esa suerte de montaje surrealista.

                Puesto que conoce muy bien a Benjamin y disponía además de la experiencia adquirida durante el libro dedicado a Nietzsche y Pavese, Pajak ha podido aplicar al Manifiesto incierto la clase de técnica que Hannah Arendnt le atribuía a Benjamin. Y los resultados no pueden ser más positivos, incluido el aspecto surrealista. En cierto modo es como un work in progress que permite asistir al nacimiento de la propia narración.

El texto central está compuesto de fragmentos autobiográficos que el autor aporta directamente y con ánimo mas de informar acerca de sí mismo que de hacer literatura íntima; también pueden ser evocaciones de personajes que marcaron su infancia (la abuela paterna, el padre, etc) o compañeros de colegio que en su día le hicieron la vida imposible; o alusiones y pasajes que surgen de pronto y sin relación aparente, como Becket confesando haber encontrado en el pintor holandés Abraham  Van Velde el modelo del “desesperado total”, Hugo von Hofmannsthal diciendo: “Trato de comprender “por qué se muere el arte de contar historias”, es decir el arte de la narración oral”; el suceso de dos enamorados a los que se lleva un golpe de mar frente a la maravilla del atardecer y que al ser rescatado él mientras ella perece surge la sempiterna pregunta: ¿es preferible el desastre de morir o la vergüenza de sobrevivir?”, o traer a colación a Bertolt Brecht (aunque podrían ser aportaciones similares de Charles Baudelaire, Marcel Proust, André Gide (a los que Benjamin estudió y tradujo), Kafka, Gershom Scholem, Theodor W.  Adorno o Céline, entre otros muchos) diciendo:”Para superar una determinada desgracia hay que multiplicar las desgracias”.

                Con la ayuda de quienes le han acompañado en los años de travesía por el desierto (Frédérik Pajak concibió de niño que escribiría un libro de imágenes y palabras pero no logró verlo impreso hasta pasados los cuarenta años y aún hubo de esperar cuatro años más para que le hicieran caso)  la trayectoria repleta de desgracias de Walter Benjamin da ocasión a toda clase de interrogaciones acerca del arte y la narración, la Historia, los totalitarismos y la intransigencia, pero también sobre la belleza, la serenidad y las ilusiones por más que conlleven el inevitable desencanto.  Todo lector sabe más o menos que, a diferencia de lo que hicieron otros contemporáneos marcados por los nazis, Benjamin se negó a abandonar Europa y buscar refugio en Israel o Estados Unidos, donde le ofrecían seguridad y puestos docentes. Y es asimismo sabido que al final quiso huir cuando ya era demasiado tarde y que al llegar a Port Bou y ser detenido eligió el desastre de morir por su propia mano antes que la vergüenza de sobrevivir. Todas sus pertenencias se reducían al traje que llevaba puesto y a una vieja maleta medio vacía.

 

 

Manifiesto incierto

Con Walter Benjamin, soñador abismado en el paisaje.

Frédérik Pajak

Traducción de Regina López Muñoz

 

errata nature

[Publicado el 21/4/2016 a las 21:50]

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El aldeano de París

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En principio puede parecer ocioso leer libros como El aldeano de París, de Louis Aragon, El peatón de París, de León-Paul Fargue, o Pasear por Berlín, de Franz Hessel. Están escritos, el primero, en 1939, y los otros dos en la década de los años veinte del siglo pasado. Por lo tanto los tres hablan de un París o un Berlín “que ya no existe”. Ni una sola de las personas que se mencionan en todos ellos, empezando por sus autores, está viva.  Y los monumentos, hoteles, restaurantes, tiendas o burdeles que tanto parecían fascinarles seguramente habrán desaparecido o serán una caricatura de sí mismos si es que todavía siguen en pie.

                Y sin embargo, con los flâneurs pasa una cosa curiosa. Es cierto que leerlos implica volver la  mirada a una ciudad que sería inexistente si no fuera porque aquellos  paseantes ávidos de rincones y perspectivas inéditas se adelantaban a su tiempo y en su deambular veían una ciudad nueva  y proyectada al futuro o, por usar una palabra que a fuerza de liberar  tantos significantes ya casi no significa nada, posmoderna. Lo que para ellos era el futuro para nosotros es el presente, no el pasado.

                Los lectores contemporáneos de León-Paul Fargue o Louis Aragon,  al seguir sus pasos por callejuelas apartadas y oscuros pasadizos  se llevaban las mismas sorpresas y realizaban los mismos descubrimientos que los autores, pues en el fondo se trata de viajes iniciáticos en los que todos (autor, lector y ciudad) pasan del estadio de la oscuridad y la ignorancia al de la luz y el conocimiento.  Y en el caso de El aldeano de París hay un componente metodológico nuevo, original y de una importancia capital, y me estoy refiriendo al surrealismo. Esta novela marca el momento cumbre de la trayectoria vital de Aragon y su mayor aportación al surrealismo como vía de conocimiento.  Y si bien puede resultar chocante incluir al surrealismo en la metodología para el conocimiento, lo cierto es que, a su manera, era lo que buscaban.  Breton explicaba la aspiración máxima de su movimiento recurriendo a una pared: el objetivo era pintar una pared que suscitase en el espectador un deseo irrefrenable de saber lo que había detrás.  Y puesto que los métodos tradicionales habían fracasado en el intento, Breton y los suyos proponían fundir el lenguaje abstracto de la reflexión con el lenguaje emocional de la poesía. O lo que es lo mismo, un punto de encuentro lírico situado al otro lado de la pared para averiguar lo que ésta ocultaba.  

                Por aplicar esa noble aspiración al caso concreto de El aldeano de París, cabe decir que la narración transcurre en dos ámbitos casi antitéticos. Uno es el Pasaje de la Ópera, un universo interior, cerrado, casi subterráneo, en el que lo objetivo (los hoteles, las tiendas, las peluquerías o las sórdidas pensiones supuestamente dedicadas al placer) se diluye en lo subjetivo: de pronto, sin saber cómo, una simple tienda de aparatos ortopédicos emprende el vuelo y acaba convertida en la encarnación del dolor y la miseria humana, aunque también puede ser una tienda  de bastones  en cuyo escaparate aparece nadando una sirena bellísima que luego desaparece sin más.

                Hasta que de pronto ese universo oscuro y efímero (el Pasaje está a punto de ser arrasado para dejar paso al Boulevard Haussmann y de ahí el aire de precariedad que  transmite la narración), deja paso al Sentimiento de la la Naturaleza en Butters- Chaumon, unos jardines públicos rebosantes de luz, color y materia viva que deberían ser un remanso de paz pero en los que la reflexión o las violentas querellas contra unos y otros obran el efecto contrario de lo que ocurría con la oscuridad subterránea del pasaje condenado a desaparecer.   La naturaleza se convierte en un laberinto de senderos, estanques, grutas y estatuas  que inducen a la confusión y el desamparo, todo ello salpicado de imágenes (“ella era como una risa”) que nos recuerdan que Aragon era uno de los grandes poetas de su tiempo.  Y si alguien saca la conclusión de que se trata de una novela confusa o laberíntica  hay que achacarlo a que resulta más difícil describir adecuadamente El aldeano de París que leerlo. Y si alguna duda surge durante la lectura, la traductora facilita al final unas notas harto esclarecedoras y muy de agradecer. 

 

El aldeano de París

Louis Aragon

Traducción de Vanesa García Cazorla

Errata naturae

 

[Publicado el 13/4/2016 a las 21:28]

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El castillo de Gripsholm

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En su día, Kurt Tucholsky (1890-1935) fue considerado como uno de los escritores alemanes más incisivos, irónicos y  mordaces, al mismo tiempo que uno de los más leídos. Pertenecía a una familia de banqueros judíos y se graduó  en leyes en la Universidad de Jena, pero salvo un breve periodo como empleado de un banco la única profesión que ejerció con éxito y  hasta el final de sus días fue el periodismo, con alguna incursión en la narrativa. Con veintidós años publicó Rheinsberg (1912), una novelita de amor amena, amoral y descarada que si le abrió las puertas al gran público también le granjeó la enemistad de las fuerzas conservadoras nacionales, aparte de que sus críticas en paralelo desde los semanarios más satíricos empezaban a ser feroces  y acabaron costándole  dos años de silencio forzoso. Pese  a su firme voluntad de no participar en la despiadada carnicería que estaba siendo  I Guerra Mundial, en 1915 no solo fue llamado a filas sino que permaneció alistado hasta el final (1918). Regresó  a Berlín convertido en un radical de izquierdas que criticaba acerbamente a los comunistas, un furibundo anti militarista que incomodaba por igual a los militares y a la industria armamentista en vísperas de hacerse de oro con el rearme alemán y un anti totalitario no menos cáustico que ponía un énfasis especial en sus invectivas contra los nacionalsocialistas, entonces ya en vísperas de su hegemonía dentro y fuera de Alemania. Y puesto que encima renunció públicamente a su condición de judío también se puso en contra a esa pequeña pero todavía muy poderosa minoría. Como él mismo reconocería al final de sus días, era imposible luchar en tantos frentes a la vez contando tan solo como arma una máquina de escribir. 

                Los poemas satíricos y sus celebradas canciones de cabaret las firmaba como Theobald Tiger, aunque luego, como Kaspar Hauser,  retomaba los mismos temas para tratarlos desde la óptica del hombre de la calle. Para la crítica teatral y de libros usaba el pseudónimo de Peter Panter y sus ataques más demoledores (especialmente contra los cada vez más poderosos nazis), los firmaba como Ignaz Wrobel. Esa pequeña treta no despistó a sus oponentes y si ya en 1930 creyó prudente librarse de su continuo acoso refugiándose en París, tan solo tres años más tarde, después de haber quemado públicamente sus libros y de haberlo tildado de “degenerado”, las nuevas autoridades nacionalsocialistas le desposeyeron de la nacionalidad alemana. Para entonces Tucholsky se había puesto nuevamente fuera de su alcance abandonando París para instalarse en Suecia, pero el camino inequívocamente sombrío que estaban tomando Europa y el mundo le sumió en una profunda depresión y (de forma deliberada o no, pues nada se sabe de cierto) en 1935 tomó una dosis excesiva de barbitúricos y murió solo, casi olvidado y profundamente decepcionado por no haber logrado alertar a sus compatriotas de la hecatombe que les caería encima.

                En El castillo de Gripsholm Tucholsky retomó en cierto modo el tema de su exitosa Rheinsberg, pues en ambas los personajes centrales son una pareja no casada que se va de vacaciones a Suecia. En esta su segunda vuelta al amor Tucholsky estaba en plena madurez (la novela  es de 1931) y ya no escribía para provocar ni pretendía escandalizar: su propósito, como le exige el editor Rowolt en una graciosa correspondencia incluida al principio de libro, era escribir una historia de amor que compensara el descenso de ventas que estaban experimentando sus libros de crítica social.

 Tenía poco más de cuarenta años, sufría una enfermedad crónica,  llevaba a cuestas muy mal dos matrimonios fracasados y empezaba a sentir los devastadores  efectos del cansancio que le provocaban  tantos frentes como tenía abiertos desde hacía años. Pese a todo lo cual, y en contra de lo que pueda pensarse, en lugar de un relato cáustico, desengañado y agorero, El castillo de Gripsholm es, en efecto,  una deliciosa historia de amor y la mejor expresión de lo delicada que puede ser la relación de un hombre y una mujer: está contada desde el intercambio de sentimientos pero sin cursilerías ni cielos de color rosa. Ambos saben estar viviendo un momento efímero, irrepetible y cuyo final está a la vista, pero en este caso el trasfondo funesto, la prueba de que son conscientes de que su amor está teniendo lugar en un mundo cruel e injusto se encarna en una niña con la que se cruzan casualmente por los prados y que poco a poco va convirtiéndose en una siniestra historia de terror tipo Hansel y Gretel en la que hace el papel de bruja la dueña del internado para señoritas donde ha sido enviada la niña. Todo ello contado en un estilo directo y sin complicaciones salvo para el pobre traductor, que ha debido ingeniárselas (por cierto que con suma brillantez) para verter al castellano el missingsch, que según el propio Tucholsky, es lo que se escucha cuando una persona que habla bajo alemán quiere expresarse en alto alemán. O sea un galimatías que sin embargo impregna los diálogos de una curiosa ternura.

 

 

El castillo de Gripsholm

Una historia veraniega

Kurt Tucholsky

Traducción de Jorge Seca

Acantilado

[Publicado el 02/4/2016 a las 19:10]

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La edad media

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De entrada aparece una voz que, oculta tras un oportuno y poco comprometido “nosotros”, asume la tarea de relatar las peripecias de los alumnos del colegio El Bosco. Su misión es transmitir una visión coral y de conjunto, aunque dedica especial atención a elhijodelRana, Fauró y Moya, tres gordos a los que no podías dejar de meterles pescozones. Al mismo tiempo, la voz “nosotros” es la encargada de señalar el paso del tiempo y si al principio se centra en la relación de los alumnos entre ellos mismos y también con los profesores y los respectivos padres, más tarde, cuando les llegue la edad de pasar a un instituto mixto,  aparecerán las chicas y las inevitables dificultades de relación con ellas (con las primeras tácticas de seducción, la servidumbre de los celos y las rivalidades o el aprendizaje torpe y escasamente satisfactorio de las primeras experiencias  sexuales). Esa relación aún será más difícil y compleja cuando crezcan unos y otras y sus deseos, y anhelos, las aspiraciones profesionales o las ambiciones vitales se concreten y por ende se vuelvan más exigentes y perentorias (“Ya voy teniendo una edad”, le dice una de ellas al novio que si de un lado se muestra reacio al uso del preservativo, tampoco parece muy decidido a formalizar su relación, ni siquiera en el caso de que su alergia al látex pueda tener consecuencias reproductivas).

            Casi en paralelo se desarrolla la historia de M (a su debido tiempo el lector recibirá información puntual de quién es este personaje tapado por una mayúscula), un tipo que mitad por desidia y mitad por elección, ronda ya la treintena y sigue viviendo en casa de sus padres, utiliza el coche de sus padres y que a pesar de  su título de abogado trabaja de interino en la Ciudad de la Justicia ejerciendo labores muy inferiores a su titulación.  En su rutinaria y provisionalmente definitiva vida de funcionario subalterno irrumpe un compañero del Bosco, hoy convertido en un exitoso emprendedor, que le presenta a otro exitoso empresario (en este caso un rey de la noche) que de inmediato le invita a participar de su éxito. Todo lo que necesita es aportar una cantidad de dinero que M no posee. Desde el momento en que M decide tomarla prestada de las cantidades que los jueces decretan para dirimir pleitos judiciales, queda claro que se está buscando la ruina y que la aventura va a terminar en desastre.

            Entre medias ha irrumpido una voz dual, porque se expresa bajo  la forma de un chat muy divertido y juguetón al principio pero que se irá cargando de nubarrones con el paso del tiempo. Son intervenciones cortas y casi eléctricas y que raras veces superan la página o página y media, pero que en cambio permiten conocer casi al segundo la evolución y el inevitable desenlace de ese intercambio de mensajes que tan juguetón sonaba al principio.

            Lo que más sorprende de La edad media, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de una primera novela, es el rigor con el que Leonardo Cano cumple las reglas de juego que ha elegido para cada una de las voces narradoras. El relato coral, como queda dicho, no sólo va presentando a cada uno de los personajes sino que refleja con toda exactitud su evolución hacia la edad adulta, con el mérito añadido de que evolucionan incluso el lenguaje y la ideología, pues si al principio refleja el universo y la forma de expresarse de unos escolares maldicientes, machistas, maltratadores de los débiles y profundamente influidos por la ideología de sus mayores, al llegar a la edad adulta (o media, como la define el autor) tanto el lenguaje como la ideología se adaptan a la nueva situación y el mal decir, el machismo o el maltrato siguen presentes pero ya con tintes inequívocamente adultos.

            Y lo mismo cabe decir de la impecable narración de M, siempre objetiva y como sin pasión, aunque por debajo se adivinen unas tormentas que acaban por irrumpir en la superficie. O la técnica del chat, muy difícil porque todas las emociones y sus variaciones se expresan única y exclusivamente por medio del lenguaje obligadamente sinóptico y esquemático del chat. Las tres voces narrativas, y la mayor parte de los personajes que intervienen en la novela, confluirán en una cena de antiguos alumnos que se ha ido preparando un poco al azar de los medios sociales pero que no tarda en adquirir los tintes inequívocos de una cita urdida por el destino de todos.

            Se trata en definitiva de una agradable sorpresa porque La edad media es una excelente primera novela que permite esperar con optimismo la llegada de nuevas ocurrencias de Leonardo Cano.

 

La edad media

Leonardo Cano

Editorial Candaya

[Publicado el 19/3/2016 a las 10:06]

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Mansura

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Todo novelista está condenado a sobrellevar con entereza una servidumbre que justo porque su naturaleza así lo exige debe pasar desapercibida para el lector normal. A no ser, eso sí, que al llamado lector normal (qué novelista no ha tenido que escuchar en una reunión social una variante de esta frase: “Ah, si yo le contara a usted mi vida podría escribir una novela alucinante”) cansado de percibir el escaso  entusiasmo del novelista de turno por escuchar esa historia alucinante le dé por ponerse a juntar letras con intención de que acaben siendo una novela. Inevitablemente, y más bien antes que después, el neonato escritor  acabará descubriendo por sí mismo la servidumbre a la que me estoy refiriendo, y que no es otra sino el gigantesco trabajo que debe llevar a cabo el novelista para que no se note, justamente, la enormidad del trabajo que está obligado a tomarse para camuflar los parches, remiendos, ocurrencias, tachones, salidas en falso y demás argucias del oficio que finalmente le permitirán presentar un texto limpio y dotado de esa cualidad que los críticos de antes definían como poseedor de “una difícil sencillez”.

Todo lo cual me venía a la cabeza  mientras releía  esta curiosa novela  reeditada ahora, más de treinta años después, por Javier Marías en su editorial Reino de Redonda. La  historia que se narra sale de una crónica medieval auténtica escrita por el sire Jean de Joinville y titulada Livre des Saintes Paroles et des Bons Fets de Notre Saint Roi. En principio, y porque tal era la costumbre entonces, la crónica de Joinville debía reflejar  los hechos  acaecidos durante  la  Cruzada a Tierra Santa promovida en 1248 por  el rey Luis IX, elevado en 1297 a  los altares como San Luis de Francia. Ese séptimo  intento de liberar  los Santos Lugares fue un nuevo  desastre y el ataque y asedio a la ciudad egipcia de Al-Mansurah, o Mansurá, se saldó con la derrota y captura del rey sus caballeros cristianos, todos los cuales permanecieron cautivos del infiel hasta ser liberados en 1254 tras el pago de un sustancioso rescate.

A lo que parece, el joven cronista salió tan escarmentado de las aventuras bélicas  que además de negarse a acompañar a su señor en la Octava Cruzada (un nuevo fracaso que le costó la vida al rey santo) fue a buscar refugio en sus posesiones tras  renunciar formalmente a su  compromiso de cronista. Y hubiese muerto feliz en el olvido de no ser porque en 1307, y cuando él había sobrepasado los ochenta años de edad, la reina Juana de Navarra, esposa de Felipe el Hermoso y madre del futuro Luis X, logró convencerle de que se valiese de los hechos guerreros de rey santo para camuflar una especie de compendio de las virtudes que deben adornar a todo buen soberano cristiano. Se comprende mejor el interés doctrinario de la reina madre si se tiene en cuenta que a su heredero algunos historiadores actuales le llaman el Obstinado y otros el Pendenciero.

Es decir que en el proceso de transformar una crónica medieval en una novela del siglo XX, nada menos, el autor partió de una crónica que además de falsa (pues parece más un breviario que un tratado militar) era un relato en  el que “lo increíble era más verdadero que lo posible”, razón por la cual, y como el propio Azúa avisa en una nota dirigida al lector, optó por “añadir episodios inventados para dar más verosimilitud al relato”. Una vez metido en la senda de inventar lo verosímil (una operación que una estudiosa italiana ha calificado de palinsesto mientras que Jacinto Antón, el autor del Prólogo, prefiere denominarla “cachonda”) el autor cuenta con la inestimable complicidad del narrador (asimismo inventado), pues al poco de iniciar el relato declara haber sido elegido por los poderosos y añade: “este ser yo quien soy, más lo debo a quien me eligió que a mí mismo, y me creo obra de otro que quiso hacerme así como soy”. Mayor libertad de acción para intervenir, cambiar, añadir o quitar, imposible.

El resultado es una narración que, más de treinta años después de acabada, conserva toda su frescura y creatividad y se deja leer de un tirón sin que al cabo importe ya qué hay de verdad e invención en el relato.

 

Mansura

Félix de Azúa

Reino de Redonda.

 

 

 

 

[Publicado el 11/3/2016 a las 19:51]

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Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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