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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 28 de agosto de 2016

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Gregario

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Libros como El Giro de Italia, escrito por Dino Buzzati, publicado por la propia Editorial Contra y comentado en esta misma sección (10/09/2014), suelen exaltar la figura del gran campeón que asombra con sus logros extraordinarios en los momentos más comprometidos por lo dramáticos y tan desesperados que rozan lo inhumano. Y es mejor aún  si  esos libros narran la historia del gran campeón que asciende los sucesivos puertos de montaña al límite de sus fuerzas viendo por el rabillo del ojo que, pedaleando junto a su codo, aguanta día tras día y sin esfuerzo aparente el joven león que aspira a reclamarle su derecho a la primacía en lo más alto de ese  podio que es lo más parecido al último escalón para acceder al Olimpo.

                Buzzati tuvo la suerte (y de paso la tuvimos sus lectores) de que Il Corriere de la Sera le mandase a cubrir aquél mítico Giro en el que Fausto Coppi, entonces un joven y presumido cachorro, se enfrentó al viejo y honrado Gino Bartali, el todavía invencible campeonísimo que al final acabaría doblando la rodilla en alguna rampa de los Dolomitas. Pura épica. Una imagen del héroe legendario que no hubiese desdeñado para sí ninguno de los atletas que participaban en los juegos panhelénicos.

                La maldición, la culpa no redimible que priva al ciclismo de los rasgos épicos y deja a los ciclistas sin apenas derecho a la gloria se resume en una sola palabra: dopaje.  Hasta el pueblerino peor informado y más ajeno a las prácticas inconfesables  de muchos ciclistas sabe que la brillante serpiente multicolor que atraviesa en un visto y no visto las calles de su pueblo es realidad un puñado de drogadictos que si pedalean como desesperados y suben y bajan incansablemente las montañas que les salen al paso  es porque van hasta las cejas de estimulantes más o menos sofisticados y que si al final de la etapa se paran es porque llegan a un lugar que dice Meta y del que no se puede pasar. Está por ver si la campaña de las ajutoridades deportivas y civiles por lavar la imagen del ciclismo logra su objetivo.

                Desde que el nunca suficientemente maldecido Lance Armstrong confesó públicamente que se drogaba  porque de haber corrido limpio no hubiese podido ganar siete veces seguidas el Tour de Francia abundan los libros escritos por arrepentidos que, una vez fuera del ciclismo, eso sí, se atreven a romper la ormetá que rige en el pelotón, hurgan en la herida y se complacen en contar qué pasaba en los autobuses y en los hoteles de los equipos y por qué dejaban a su espalda bolsas repletas de jeringuillas y envases sanguinolentos.

                Puesto que Charly Wegelius, el autor de Gregario, se decidió a contar su vida como ciclista  no tuvo más remedio que hablar a ratos de drogas porque obviar ese asunto sería como si un navegante solitario no mencionase una sola vez el mar. Al mismo tiempo, apenas recurre a la épica ni cuenta gestas logradas en circunstancias dramáticas. Nunca en su vida llegó a subir a un podio ni figuró entre los favoritos en ninguna de las carreras que disputó durante sus doce años como profesional. Era fuerte como un mulo y supo desde siempre que no tenía madera de líder, razón por la cual casi desde su época como corredor aficionado fue reclamado asiduamente por equipos como el Mapei o el Liquigás, formaciones que en aquel momento eran punteras porque, entre otras cosas, contaban con gregarios como Wegelius, capaces de ayudar al jefe de filas cuando éste más lo necesitaba pero que nunca osarían disputarles la supremacía o la gloria.

                Ello hace de este relato un documento singular porque aporta una visión del ciclismo poco conocida pero que cualquier aficionado encontrará apasionante, por ejemplo cuando, siendo un debutante, cayó en la cuenta de que un pelotón es lo más parecido al patio de una prisión donde para sobrevivir debes saber de inmediato quién manda, cuáles son las reglas de juego reales o quién es un mal bicho del que más vale mantenerse alejado.

                Quienes no son unos privilegiados ni se han visto agraciados por la benevolencia de los dioses, no sólo deben aprender el oficio desde abajo sino que habrán de resignarse a seguir aprendiéndolo durante toda su vida profesional. Primero deben conocerse a sí mismos, identificar sus virtudes y defectos pero sobre todo conocer sus límites y saber en qué momento deben hacerse a un lado y dejar que sean los demás quienes acompañen al jefe hacia la victoria. Otro aprendizaje indispensable es el del dolor: cuando disputas una contrarreloj por equipos y no quieres ser menos que tus compañeros, o cuando tiras del pelotón superando rampas endemoniadas sabes que el dolor de piernas llegará a ser insoportable, pero la superación del dolor, o incluso la convivencia con él, no es una obligación sino una moral de vida y quien no esté dispuesto a sufrir –y en el caso de Wegelius en beneficio de otro– no vale para el ciclismo y lo mejor para todos es que se dedique a seguir las carreras como comentarista de televisión. Finalmente, hay que dominar la técnica del oficio porque en el ciclismo como en todo, la evolución es una constante que muchas veces responde a las modas,   y lo que hoy es cierto mañana puede ser una antigualla y estar al día requiere una constante atención.

                Sin embargo, a falta de la vistosa y muy emocionante (pero tramposa) veta épica que surge del relato de gestas inolvidables, Gregario respira honestidad y, lo cual es mucho más importante tratándose de un libro, se deja leer con gusto y aprovechamiento porque, como digo, quizá porque la vida del gregario es más tranquila que la de un campeonísimo y dentro del pelotón hay más tiempo para fijarse en las cosas y reflexionar acerca de las mismas, Wegelius parece haber terminado siendo un buen observador no desprovisto de sentido del humor.Difícilmente llegará a ser un superventas pero él tampoco fue nunca un fuera de serie y eso  no le impidió ser un buen ciclista.

 

Gregario

Charly Wegelius   

Traducción de Roberto Falcó Miramontes

Editorial Contra

 

[Publicado el 22/8/2016 a las 11:01]

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El ruido del tiempo

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Shostakóvich en el rellano de su escalera a las tantas de la madrugada. Está solo, vestido y lleva un maletín como quien se dispone a salir a la calle. Pero no va a ninguna parte y únicamente atiende al subir y bajar del ascensor porque si éste se detiene en su piso probablemente serán los esbirros de Stalin que vienen a detenerle. ¿Por qué? ¿Qué ha hecho? Nada, pero justamente ésa era la base que sustentaba el régimen de terror estalinista: no hacía falta disentir, oponerse o conspirar contra el poder establecido. Bastaba ser para quedar expuesto  a la detención y posterior desaparición, bien por deportación a un campo de trabajo o, aleatoriamente, por haber recibido un tiro en la nuca.

                Esa imagen de  Shostakovich  se ha convertido en uno de los más conocidos  iconos del terror bajo el comunismo soviético y figura incluso en la portada del libro.  Pero leyendo a Julian Barnes se puede  apreciar que Stalin y sus secuaces se las apañaron durante más de sesenta años (entre 1924, fecha del ascenso de Stalin al poder, y 1985, momento de la caída del muro de Berlín)  para aderezar ese  terror indiscriminado con una serie tan metódica y nefasta de humillaciones, vejaciones, delaciones o, si convenía, adulaciones y prebendas que la imagen del posible condenado esperando con la maletita en el rellano de la escalera queda casi como un susto para aficionados.

                Véase esta reflexión de Julian Barnes: la tiranía se había vuelto tan experta en destruir que ¿por qué no iba a destruir también el amor, intencionadamente o no?  Por eso Shostakóvich no sólo sentía inquietud sino a menudo un miedo brutal: el miedo a que hubiesen llegado los últimos días del amor.

                El Poder, como señalan Barnes/Shostakóvich en otro momento, no sólo invadía todos los órdenes materiales y espirituales de una persona sino que insistía en hacerlo hasta el final porque si bien el transgresor podía ser rehabilitado ello no implicaba la desaparición del pecado mismo y, por lo tanto, para prevenir sus consecuencias había que perseguirlo eternamente. Y vaya colección de palabras: “transgresión”, “pecado”, “erradicación”, “persecución” o “eternidad”. Para que luego digan, como se recuerda en el texto, que no hay conexión entre Religión y Poder. Sin ir más lejos, eslóganes puramente políticos como el de “el Arte pertenece al pueblo” pasaban a ser sagrados y cualquier forma de arte que no divirtiese o enalteciese al obrero pasaba a ser anatema y a su autor se le declaraba maldito.

                La eternidad de la perseción del transgresor quedó de manifiesto cuando, muerto Stalin (1953), y una vez afianzado Nikita Jruschov en el poder, cambiaron los sistemas de represión, pero no los fines. Julian Barnes define la nueva situación con una nitidez que casi da escalofríos: “Antes había muerte, ahora vida”. “Antes había órdenes, ahora sugerencias”. “Antes se haía puesto a prueba la magnitud de su valor [el de Shostakovich], ahora sondeaban la magnitud de su cobardía”.

                De un lado prebendas tan envidiables como un coche con chófer, una dacha cerca de Moscú, privilegios en la comida, la bebida o el vestir. Pero a costa de humillaciones tales como la obligación de afiliarse al Partido Comunista cuando éste ya era una patética caricatura de aquella generosa unión de camaradas dispuestos a cambiar al mundo; o la “recomendación” de ofender públicamente con su desprecio a personas como Anna Ajmátova, la viuda del represaliado  Osip Mandelshtam, que tras la muerte de éste seguía plantando cara al Poder y llevando una vida miserable sin haber bajado nunca los brazos. Hacer lo propio con Stravinsky, al que despreciaba en público mientras que en privado lo tenía por el compositir ruso más importante del siglo XX era menor grave porque el gran Igor vivía regaladamente en Occidente, cubierto de oro y honores, y la opinión de un tipo como Shostakóvich no hacía sino poner en evidencia la calaña moral del lacayo comunista.

                Y entre medio de ese cúmulo de miseria y asombro (porque cómo es posible que a pesar de tantos pesares pudiese llegar a componer unas obras que todavía se escuchan con sumo gusto en todo el mundo) surge uno de esos detalles que por su ingenuidad y sentido lúdico demuestran por qué el ser humano puede resistir en ocasiones a los más diabólicos horrores inventados por sus semejantes: resulta que, incluso en los perores momentos de persecución y miedo, Schostakóvich lo dejaba todo para arbitrar partidos de voleivol porque, decía él, era el único momento en que podía enfrentarse frontalmente con un comisario político local y negarle que, en su rechace, la pelota hubiese botado dentro de la línea. Y con la conciencia de haber puesto las cosas en su sitio, se iba para casa y terminaba un cuarteto de cuerda o un himno a la paz.

 

El  ruido del tiempo

Julian Barnes

Traducción de Jaime Zulaika

Anagrama       

 

               

  

[Publicado el 09/8/2016 a las 17:26]

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A mí. señoras mías. me parece

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Este librito (apenas 90 páginas, pero la mitad son ilustraciones) resulta tan delicioso como un sorbete de limón perfumado al armañac y degustado en  algún umbrío rincón de los jardines del propio palacio de Fontainebleau. Pícaro, refrescante y con ese sentido tan francés de lo galante. Y, de ahí,  delicioso.

A mediados de los años ochenta  del siglo pasado el más exquisito de los editores italianos, Franco Maria Ricci,  le encargó a la entonces novelista y actual miembro de la Academia Francesa, Florence Delay, un libro que finalmente se llamó Les Dames de Fontainebleau y que fue publicado en 1987 dentro de una de aquellas fastuosas cajas negras en perfecta consonancia con las obras de arte que contenían.  Al cabo de una larga desaparición  incluso de las librerías especializadas en rarezas para gourmets,  Acantilado ofrece ahora una versión de aquel libro que pese a ser reducida sigue siendo una joya, primero porque los textos de Florence Delay son sugerentes, fascinadores y elegantes, y segundo porque muchas de las ilustraciones son obras o fragmentos de obras no muy conocidas porque incluso quienes las hayan visto con sus propios ojos en las paredes y techos de Fontainebleau difícilmente las habrán degustado con la minuciosidad y conocimiento  que ofrece la autora.

En concreto se trata de treinta y un relatos relacionados con cuadros, frescos y  objetos pertenecientes a ese palacio que empezó a ser utilizado como residencia por Luis VII en el siglo XII y que a lo largo de los siglos ha sido ampliado, enriquecido y dotado de complementos tan fastuosos como los jardines,  obra del jardinero de Enrique IV, Claude Mallet.

Pese a su apabullante grandiosidad,  Fontainebleau no ha sido el lugar de residencia favorito de los reyes franceses porque  éstos, como  todos los reyes, se pirraban por los caprichos caros y Francisco I, pese a ser quien más lo engrandeció, lo utilizaba solo como pabellón de caza y prefería alternar con sus residencias de Blois y Amboise (visibles hoy a orillas sel Loira). Eso,  si no se acercaba hasta los Pirineos para disfrutar de las gigantescas cuadras que se hizo construir en el castillo de Rivau. Y cuando Luis XIV terminó de arreglar Versalles a su gusto, cabe imaginar dónde preferían morar sus sucesores.

Además de tener a su servicio a Leonardo de Vinci, Francisco I hizo venir de  Italia al excéntrico pero genial Rosso Fiorentino (hay muchos ejemplos de su quehacer en el libro). Aunque una parte considerable de su obra se ha perdido (las fiestas, recepciones y conmemoraciones de la época adsorbieron muchos de sus afanes) es el autor de los mejores frescos de Fontainebleau y fue el introductor del manierismo en Francia. Posteriormente su influencia se extendió  a Alemania, Países Bajos e Inglaterra. 

Tras el suicidio del florentino, los sucesores de Francisco I, Enrique II y Catalina de Médicis,  lo sustituyeron por Francesco  Primaticcio, menos excéntrico que su predecesor pero continuador y divulgador de la maniera francesa de entender la pintura.  En Google se pueden ver las suficientes obras suyas como para hacerse una idea muy exacta  de su trabajo.

Acostumbrados como estamos a que muchos de los libros escritos actualmente por mujeres sean  una especie de memorial de agravios acerca del  injusto y reiterado mal trato recibido por la mujer, ya sea en la pintura, la literatura, el hogar o allí donde se mire, y sea cual sea la época de que se hable (aclaro ahora mismo que no estoy diciendo que ellas  no tengan toda clase de razones para hacerlo, por más que la lectura de esos textos se haga en exceso monótona por lo reiterado de la queja), sorprende no encontrar en Florence Day un solo texto, y ni siquiera una simple frase, que sirva para figurar en dicho memorial de agravios.  

                Aunque en otras ocasiones Florence Delay ha dejado clara la opinión que le merece la gestión que ha hecho el masculino de un mundo que considera exclusivamente suyo (sin ir más lejos, el  día que ella ingresó en la Academia sólo dos de sus miembros eran mujeres) en A mí, señoras mías, me parce, lo que pretendía era sumirse en el papel de una muchacha del Renacimiento y dar voz a las damas representadas en Fontainebleau, señoras mías, ya fueran históricas o pictóricas o ambas cosas (como la ya citada Catalina de Médicis, protagonista de hechos decisivos de la historia de Francia y modelo en un conocido retrato suyo hecho por François Clouet y reproducido en el libro). Pero su pretensión no era reivindicativa ni llevar a cabo un ajuste de cuentas: su (ambiciosa) intención era reproducir por escrito la maniera de entender la vida y las costumbres, la reinvención de la mitología y el homenaje (a su manera.claro) que la época dedicaba a lo femenino.  Y resulta un privilegio asistir al prodigio de ver cómo el texto y  la imagen se enriquecen mutuamente en esta especie de diálogo exquisito. Eso sí, para terminar de degustar esta delikatessen conviene repasar un poco la historia  de Francia para situar a los personajes y sus hechos en el lugar que les corresponde porque la autora no se molesta en aclarar según qué minucias.   

 

A mí, señoras mías, me parece

Florence Delay

Traducción de Caridad Martínez

Acantilado      

 

[Publicado el 31/7/2016 a las 13:32]

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El rey Lear

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¿Tiene sentido el considerable esfuerzo humano, económico y editorial que implica ofrecer al público una vez más una obra de Shakespeare? Pienso, sin ir más lejos, en el hercúleo reto profesional y personal que le ha supuesto a Andreu Jaume hacerse cargo de la traducción y el prólogo, por cierto que espléndidos ambos, así como la profusa y muy necesaria sección de notas al final del volumen. En cierto modo toda obra de creación (y la presente traducción lo es, qué duda cabe) entraña una indudable osadía porque equivale a pedir silencio y decir: sé que hay docenas de traducciones de Shakespeare y que algunas de ellas son excelentes, pero aquí está la mía y os ruego que le prestéis atención porque es una aportación, un paso más hacia la comprensión y disfrute del mejor pero más oscuro Shakespeare.

Es decir que ahí es nada el reto asumido por Andreu Jaume al encargarse de la presente edición de El rey Lear, y de ahí que lo califique de hercúleo.   

            Si la pregunta acerca de la utilidad de reeditar a Shakespeare se la formulasen al anciano e incombustible Harold Bloom (un hombre que lleva más de sesenta años leyendo y enseñando a leer a Shakespeare y que a sus ochenta y seis años como físicamente no puede trasladarse al aula de una universidad continúa recibiendo en su casa a un grupo de alumnos para leer con ellos al Bardo) la respuesta no podría ser más positiva e inequívocamente entusiasta: sí, por descontado que tiene sentido poner a Shakespeare una y otra vez al alcance de quienes él califica de “resistentes”.

            Bloom comparte con Samuel Johnson, quien no por casualidad era conocido por sus contemporáneos  como Doctor Johnson, la convicción de que Shakespeare “fue más allá de todo lo precedente e inventó lo humano tal como lo conocemos ahora”. Y todavía da un paso más adelante al afirmar que “las obras de Shakespeare no han terminado de librar todo el caudal de conocimiento (acerca de lo humano) que atesoran”. En  ese sentido, cada nueva edición, o cada vez que se representa una obra suya en un teatro, es una oportunidad más de conocernos a nosotros mismos. O  por decirlo en palabras del propio Jaume en su prólogo: “Mucho más que otras tragedias, El rey Lear ha ido adquiriendo, sobre todo a lo largo del siglo XX, una centralidad en la constelación dramática de nuestra cultura […] que obedece al alcance radical de sus elementos trágicos, capaces de despertar con el tiempo un significado que está latente en sus personajes, prefigurando siempre algo  que aún no ha llegado del todo, que no vemos todavía con claridad pero que Shakespeare adelantó, legándonos la obligación de interpretarlo y aguantarlo. No por casualidad  Emily Dickinson decía que Shakespeare es nuestro futuro”.

            Elegir para esta empresa El rey Lear era una decisión lógica porque está considerada, junto con Hamlet, como su tragedia más ambiciosa y compleja, pero también calculadamente ambigua. Esa “darker purpose” (su resolución más oscura) a la que Lear hace referencia en la escena inicial de la obra, va a condicionar tanto el desarrollo de la misma como condicionante es el obstinado silencio de Cordelia ante la impositiva presión paterna para que le declare públicamente su amor tal y como han hecho previsoramente sus hermanas a fin de ver confirmadas sus respectivas herencias. Un silencio que acaba costándole a Cordelia morir ahorcada y a Lear, en esa prodigiosa escena final en que aparece con el cuerpo sin vida de su hija en brazos, morir de dolor. Este brutal desenlace de la ocurrencia de un rey que decide repartir su reino entre sus tres hijas va más allá de lo apocalíptico (y más allá de la condena o salvación de acuerdo con los méritos de cada uno que imponía la moral convencional de la época) porque en realidad implica el inapelable imperio de la nada. “Nada es nada”, dice Lear ante la obstinada negativa de Cordelia  a conceder la clase de amor que su padre le exige. De hecho, esa aniquilación de todo resquicio de esperanza y justicia era tan inconcebible para el público de la época que hasta mediados del siglo XX El rey Lear se estuvo representando con un final edulcorado en el que Cordelia no solo sobrevivía a su osadía sino que terminaba felizmente casada.

            Para terminar con la (por otra parte ociosa) cuestión de la utilidad de seguir editando a Shakespeare no resisto la tentación de copiar la respuesta que le dio Harold Bloom a un profesor universitario que le preguntó acerca de qué sentido tenía haber dedicado sus vidas a enseñar literatura: “Combatimos en la retaguardia, compañero. Perdimos la guerra. Y cuando pierdes la guerra, lo único que puedes hacer es reunir a los que quedan y establecer una postura en la que tú y yo y los pocos que hayan resistido luchemos, gente que cree en valores humanistas y, finalmente, en el efecto civilizador de la gran literatura”. Pues eso.

 

 

 

El rey Lear

William Shakespeare.

Edición y versión de Andreu Jaume

Penguin Clásicos

 

 

[Publicado el 18/7/2016 a las 10:26]

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Funny Girl

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Nick Horby lleva un montón de novelas escritas, demostrando que no necesita de grandes recursos documentales, ni desorbitados asuntos épicos o desmesurados héroes trágicos para recrear una época, dar visibilidad a una sensibilidad especial o reflejar una forma de ver la vida. En realidad, las dos novelas que más fama le han dado, Fiebre en la grada o Alta fidelidad tienen como asunto principal el fútbol y la música joven, y los personajes que prestan voz y apariencia a las peripecias narradas no parecen gran cosa: un friki por cuyas venas no corre sangre sino pasión por el club de fútbol londinense Arsenal, o el dependiente de una tienda de discos cuya memoria está impresa en la música que sonaba cuando le ocurrió esto o aquello.

                En cierto modo podría decirse que Funny Girl es una recreación del ambiente de las series populares televisivas en la Inglaterra de los años 60 del siglo pasado, pero tratándose de Hornby cabe sospechar que, aparte de crear aquel ambiente con su habitual buen hacer, seguro que está ofreciendo algo más. Y en efecto. Resumiendo mucho el trasunto, la novela narra la historia de una chica de provincias, Bárbara  Parker, que llega a Londres dispuesta a triunfar como actriz cómica pese a que todo su bagaje interpretativo se reduce a una admiración ilimitada por una cómica ya en su declive llamada Lucille Ball (personaje real del que Youtube ofrece numerosos gags, alguno en castellano). Tras el consabido paso por el mostrador de cosméticos de unos grandes almacenes, Barbara conoce casualmente a un cazatalentos que le permite entrar en contacto con el equipo encargado de escribir, dirigir y producir una teleserie de cierto éxito y muy poca calidad artística. Sin grandes traumas ni sacrificios, y sin que necesite acostarse con la mitad de la plantilla de la BBC, esa chica de provincias con grandes pechos consigue el papel principal en una nueva teleserie hecha a su media y a la vuelta de unas pocas páginas la vemos convertida en una popular estrella llamada Sophie Straw, ligada sentimentalmente primero con el actor que le da réplica en la serie y después con el productor secretamente enamorado de ella, aparte de mantener una estrecha relación con los  dos entrañables guionistas, Bill y Tony. Todo sucede así. No hay traumas, ni desgarros, ni traiciones repulsivas. Si Hornby hubiese ambientado la novela en Sicilia, a esas alturas llevaríamos ya un montón de muertos,  transacciones mezquinas y traiciones alevosas porque por detrás del educado y atento fair play de los protagonistas, a estos les pasan cosas tremendas: Barbara/Sophie no acaba de saber qué hacer con su vida y sustituye a su marido por el productor sin que la ruptura o el nuevo esposo le susciten apenas emociones. Clive, el marido, es un pobre hombre que se conforma con la porción de gloria que le proporciona participar en esa serie de éxito y no parece que le resulte trágico verse sustituido en el lecho conyugal por Dennis, el principal responsable de esa misma teleserie y que a su vez ha visto ocupado su propio lecho por un usurpador. Por cierto que merece la pena leer como piezas separadas dos ocurrencias geniales de Hornby. Una de ellas (ver página 215) es su explicación de por qué los actores se acuestan todos con todos sin parar. Y la otra (ver página178)  es la reacción de  Dennis cuando le preguntan si le importaría mantener un debate público con un crítico y agitador cultural que es, justamente, el causante de su naufragio conyugal. Pero quizás los personajes con los que Hornby ejecuta más brillantemente su decisión de evitar dramas y desgarros son los guionistas de la serie, dos homosexuales reprimidos  que llevan una doble vida, uno casado con una mujer que conoce su escasa afición por lo femenino y el otro aliviando su soltería con unas incursiones en los urinarios públicos  que además de esporádicas le resultan angustiosas porque en aquella la época la homosexualidad en Inglaterra se castigaba con la cárcel y la ruina profesional y social.

                Hornby es muy sabio a la hora de combinar realidad y ficción, incluso dentro de la ficción. Hay personajes reales como la ya mencionada Lucille Ball o la entonces famosa modelo Sabrina, que aparece aquí como referente para el aspecto físico de Barbara/Sophie. Y aparecen también personajes históricos como el entonces primer ministro laborista Harold Wilson y su controvertida secretaria, Marcia Williams (cuando la prensa amarillista quiso saber por qué la esposa legal permanecía en el domicilio conyugal mientras que la secretaria pernoctaba en el Nº 10 de Downing Street, Wilson cortó el asunto por lo sano sacándose la sempiterna pipa de la boca para decir:”Marcia es una persona de mi máxima confianza y la necesito a mi lado noche y día”). Todos ellos salen haciendo de sí mismos, y contribuyen con su presencia a la verosimilitud de lo narrado, pero son mucho más sutiles los juegos de apariencias y realidades cuando se plantean conflictos entre la vida “real” de los actores y los problemas “ficticios” de sus respectivos personajes, por ejemplo porque en la vida real  la actriz de provincias se llama  Barbara, en las carteleras responde al nombre de Sophie y el  personaje que la ha hecho famosa en la teleserie se llama otra vez Barbara, circunstancia que Hornby explota con notoria habilidad. Y lo  mismo con los conflictos entre  Barbara/Sophie y Clive/Jim, matrimonio en lo real y la ficción, no quedando nunca muy claro si lo que les pasa es solo obra de los (desgraciados) guionistas o si estos no hacen mas que poner por escrito lo que le pasa en la vida real al matrimonio de actores.

                No es una novela trepidante y susceptible de arrancar carcajadas de los lectores, pero si una narración amable, tremendamente humana y capaz de suscitar reacciones muy favorables, sobre todo en el caso de los dos pobres guionistas encerrados en sus respectivos armarios.

 

Funny Girl

Nick Horby

Traducción de Jesús Zulaika

Anagrama-

[Publicado el 06/7/2016 a las 20:41]

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Diario de un fiscal rural

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Este libro no es ninguna novedad porque el Instituto de Cultura hispano-árabe lo  publicó por vez primera en 1955, todavía en vida de su autor, Tawfiq Al-Hakim, el gran renovador del teatro egipcio contemporáneo y uno de los intelectuales más influyentes de su época (1899-1987). La idea de darlo a conocer al público español partió del propio traductor, don Emilio García Gómez, Premio Príncipe de Asturias 1992 y uno de los más insignes arabistas que ha dado este país. Su traducción es impecable y página a página transmite la seguridad de que su  texto no sólo está a la altura del original sino que en los muchos casos en los que la traducción literal era imposible  (pienso sin ir más lejos en la enrevesada cortesía que dicta el trato entre autoridades y dignatarios o en el vertiginoso descenso que sufre ese trato cuando el interlocutor es un miserable campesino analfabeto y con una inteligencia no mucho mayor que la del asno que le ayuda en el  campo) la versión castellana es una auténtica creación. Y como muestra, he aquí cómo se le da una orden a un subalterno: “Tráeme un vaso de agua, por vida de tus ojos”. O esta excusa de un subalterno a su superior: “Por vida de la cabeza de su Excelencia, le aseguro…”). No tengo la menor idea de cómo sonarán esas fórmulas  en egipcio, pero en castellano son un hallazgo.

            Pese a que el libro pasó sin pena ni gloria, Ediciones del Viento lo rescató en 2003 (con la traducción pero sobre todo con el magnífico prólogo del propio García Gómez) y lo reeditó un año después, dando la razón a quienes opinamos que si bien en este país sólo leen cuatro gatos, al menos los cuatro saben apreciar la calidad cuando se les presenta. El ejemplar que por pura casualidad cayó en mis manos es de 2011, lo cual  reafirma mi idea de que la calidad, aunque sea de cuatro en cuatro, vende. Ignoro si a la editorial le quedan ejemplares en el almacén y en librerías es casi imposible encontrarlo, pero en Iberlibro.com lo ofrecen por 6 € tanto en  la edición original y como  en la de Ediciones del Viento y merecen la pena los trámites de compra y pagar los gastos de envío (3€) porque este relato es una delicia y casi da pena ver cómo se van terminando las páginas y acercándose el momento de decir adiós al fiscal y los jueces, al delegado gubernativo, a los pobres campesinos aplastados por siglos de explotación y servilismo, a las brujas y alcahuetas que aterrorizan a los testigos de un juicio con sus denuestos y maldiciones, al alcalde destituido y al alcalde recién nombrado y al teléfono llevado en andas por los partidarios del nuevo después de haberlo arrancado de casa del antiguo porque ese viejo armatoste de manivela es un signo de poder, el cordón umbilical que une al recién nombrado con el poder supremo radicado en esa entidad todopoderosa pero ignota llamada El Cairo. Todo va más o menos así, con permiso del Todopoderoso.

            Tawfiq Al-Hakim era hijo de un alto funcionario de justicia y en los años veinte fue enviado por su padre a París para graduarse en Leyes.  Y cumplió su parte del trato y se graduó, pero en aquella época París era, por utilizar una frase que luego ha hecho fortuna, una fiesta, y el joven Tawfiq se sumergió de lleno en el frenesí cultural y creativo que bullía entonces en la capital francesa. A su regreso a Alejandría, tres años más tarde, el flamante graduado en leyes sabía que en lugar de seguir los pasos paternos se iba a dedicar por entero a la escritura y más concretamente aún al teatro. Pero como necesitaba dinero para subsistir mientras se asentaba como autor, aceptó ejercer de fiscal en minúsculas poblaciones rurales de las que ni el nombre se dice. Pero, como cabe deducir del título, Diario de un fiscal rural es un reflejo de aquellos años ejerciendo de funcionario de justicia. El relato se abre con un intento de asesinato: cuando cruzaba un puente, un vecino del pueblo ha recibido en la cabeza un disparo efectuado por alguien emboscado en un cañaveral. La víctima está inconsciente y malherida pero viva y se supone que en algún momento podrá declarar y aportar alguna pista acerca del malhechor.

           Sin embargo no en vano la burocracia egipcia pasa por ser la más antigua, lenta y enrevesada del mundo (herencia quizá de la creada por los faraones) y de inmediato se adivina que las pesquisas del fiscal acabarán estranguladas por la sutil pero omnipresente telaraña de normas, procedimientos y todo el resto de impedimentos que tanta fama le han valido al aparato estatal egipcio. Sólo un elemento va a diferenciar esa investigación abocada al fracaso desde la primera página: la principal sospechosa, Rim, una misteriosa muchacha de extraordinaria belleza que conmueve y llena de confusión a quienes tiene tratos con ella, incluido el fiscal.    

            La investigación, en efecto, y la variopinta galería de personajes que surgen aquí y allá, termina costándole la vida a la muchacha, pero he aquí el epitafio del fiscal, “[Rim] una criatura maravillosa que a todos nos había estremecido, cuerdos y locos; una dulce criatura que nos había concedido unos momentitos de dulzura y unas miradas luminosas; un cefirillo tibio que había soplado en el árido desierto de nuestras vidas sentimentales, en medio de este campo solitario”.

            Asombran la sencillez y la aparente falta de pretensiones de un relato capaz de crear un universo complejo y que sería un desolado desierto si no cupiera la posibilidad de que inesperadamente sople un cefirillo tibio. Como sigo, una delicia.

 

Diario de un fiscal rural

Taefiq A´-Hakim

Tradicción de Emilio García Gómez

Ediciones del viento

[Publicado el 25/6/2016 a las 12:32]

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Nora Webster

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 A sus cuarenta años Nora Webster acaba de perder a su marido, Maurice, un maestro de escuela muy apreciado con el que ha estado casada durante más de veinte años y con el que ha tenido cuatro hijos, dos chicas que ya estudian fuera de casa y dos chicos adolescentes que siguen a su cargo. Aparte del duelo (íntimo, inmenso, profundo e irreparable), la situación de Nora Webster es muy precaria. Antes que nada porque su economía la obligará a llevar una vida muy austera y es probable que incluso deba buscar un trabajo para redondear su mísera pensión de viudedad. Pero sobre todo Nora Webster se sabe en precario porque tiene muy claro que se le ha terminado una vida (la que compartía con su marido y sus hijos y que la hacía sentirse “liberada”) y que va a tener que inventar otra en la que quepan ella y sus hijos pero también quienes constituyen su entorno y aquellos que la han visto nacer y crecer.

            Elementos para la tragedia los hay de sobra. Nora podría plantearse la vida en plan de una madre coraje desgarrada por su pérdida pero que renuncia a su propia vida para proteger la de sus hijos, asimismo acechados por la tragedia. Las dos mayores están lejos de casa cuando deben tomar decisiones de personas adultas sin nadie que vele por ellas de cerca (qué profesión seguir, qué compañías (novios) frecuentar, qué grado de implicación deben aceptar frente a una catástrofe de magnitudes tan inimaginables como la que se cierne sobre todos en Irlanda del Norte). También están los pequeños, dos adolecentes que acaban de perder a su padre y que han visto magnificados los problemas, las incertidumbres y los miedos propios de su edad. Y está por descontado la propia Nora, incapaz de compadecerse o pedir ayuda y obligada a crear un entorno para los demás y, sobre todo, decidida a mantener el control de la situación sin dejar entrever, ni a  sus hijos ni a ella misma, que camina a ciegas y sin referentes, y que su abanico de posibilidades es muy limitado.

Quien conozca a Colm Tóibín, cosa por otra parte relativamente sencilla porque esta es su octava novela, ya imagina que no va a recurrir a los elementos más llamativos de la tragedia que acecha a todos los personajes porque su apuesta, como siempre, es contar una historia creíble, actual y sin buenismos pero tampoco sin desgarros. Minimalismo es una palabra odiosa por las implicaciones que surgen del mal uso y abuso del que ha sido objeto. Pero en cambio si transmite en cierto modo el oficio de orfebre que con tanta maestría ejerce el que está considerado como el más sólido de los narradores irlandeses actuales.

            Y en este sentido (hablo otra vez del minimalismo) es muy ilustrativa la opción que Nora, al cabo de tres años de lucha que apenas si le han permitido ir más allá del día a día, cree ver en la música. Siempre ha tenido muy buena voz, no tanto como su madre, pero si una voz notable. Y cuando por medio de una amiga se le presenta la oportunidad de formar parte de un prestigioso coro, se entrega con fervor a la educación de su voz para superar la prueba se acceso. “Sólo al cabo de un mes, cuando llevaba cuatro o cinco lecciones, cayó en la cuenta de que la música la estaba alejando de Maurice y de su vida con éste y con sus hijos.  Pero no se trataba únicamente de que de Maurice careciese de oído para la música y que la música fuera algo que ellos nunca habían compartido. Era la intensidad del tiempo y el estar a solas consigo misma en un ámbito al que él nunca la acompañaría, ni siquiera en la muerte”.   

      En el matrimonio Nora se sentía liberada porque fuera de las obligaciones para con el marido y los hijos, el tiempo restante le pertenecía sólo a ella. Ahora, gracias a su progresiva implicación con la música, empieza a sentir la misma liberación, pero casi de inmediato las pequeñas tragedias de lo cotidiano (una audición desastrosa, un sentido del ridículo insuperable, falta de empatía por parte de quienes escuchan su prueba) la devuelven a su verdadera condición. Pero insisto en que la tragedia, aun estando presente en todos y cada uno de los acontecimientos vitales narrados, no llega en ningún momento  a imponer su acento ni su carácter.

Lo más positivo, y con mucho el gran hallazgo narrativo de esta novela, es que sus páginas transmiten con inequívoca certeza que es en la soledad y el silencio, o si se prefiere, en la degustación en solitario del silencio, donde radica la verdadera riqueza a la que puede aspirar una persona como Nora, imperfecta, a ratos no demasiado simpática, que comete errores en la relación con sus hijos y su entorno, que concede quizá demasiada importancia al control sobre las cosas  y que carece de una cualidad que la permita destacar sobre los demás (podría haber sido la música pero la desengañan casi de inmediato). Y sin embargo queda claro que va a seguir luchando hasta el final sin concederse un respiro en la búsqueda de esa vida que se verá obligada a inventarse cada día porque nadie la va a ayudar.

 

Nora Webster

Colm Tóibín

Traducción de Antonia Martín

Lumen.

 

[Publicado el 14/6/2016 a las 18:53]

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American Smoke. Viajes al final de la luz

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Como él dice de sí mismo en varias ocasiones, Iain Sinclair es un mitómano y como tal un obsesivo recopilador de rastros. Lo mismo le da que dichos rastros sean físicos o mentales  y que la huella la haya dejado uno de sus personajes o sea inventada por él mismo. Lleva toda la vida tomando apuntes, emborronando libretas de notas y atesorando reliquias (“Las reliquias son la verdadera autobiografía”, dice en algún momento) y si no tiene más es porque “carece de posición” para pagar las sumas indecentes que se piden por las más valiosas.

                Pero atención porque él mismo es un mito (lo que aquí se ha dado en llamar un escritor de culto) y no solo sabe que se debe a sus seguidores sino que sabe también que está obligado a dar lo mejor de sí y a no  mostrarse inferior a nadie. Aunque  su viaje a América en realidad  es una especie de peregrinación algo tardía en busca de las reliquias que aún queden vivas de sus grandes ídolos de juventud (Charles Olson, Jack Kerouac, Allen Gingsberg, William Burroughs, Gregory Corso, etc) no por ello Sinclair renuncia a su sentido crítico ni a utilizarlo, como acostumbra, en plan estilete a veces insidioso. Y dice de los beat: “Lo que nunca habíamos captado cuando éramos estudiantes en Dublin era lo tribal e interconectada que estaba en realidad la escena contracultural americana: todo el mundo conocía a todo el mundo, todo el mundo follaba con todo el mundo […] Y todos tenían planes de  pensiones […] Los beats de la primera generación de los años cuarenta se habían acostado todos con todos en algún momento, en una cápsula convulsa de favores e intercambios, permutaciones que ahora [se refiere al momento de su viaje a América] eran catalogadas y exhibidas como reliquias sagradas con impías etiquetas de precio”.

                A esa simultánea demostración de distancia y devoción, se le une la celebrada capacidad de Sinclair para unir en un solo aliento informaciones relativas a hechos, personajes y épocas tan dispares que se necesita estar muy atento para no perderse en los vericuetos de las elipsis. Por ejemplo, cuando visita a Burroughs en su casa de California le basta ver sobre una mesita un ejemplar de Palimpsesto, de Gore Vidal, para que se le ocurra un torrente de información heterogénea y rusiente pero que él ofrece en plan de rápidos mandobles contra unos y otros: “Me había olvidado que a Burroughs le había gustado el jovencito chulesco de la foto de autor de la sobrecubierta de El juicio de Paris […] un muchachito majo y pulcro […] con el que se había ido una noche de copas [...] antes del rollo de una noche que Kerouac había tenido con Vidal en el Hotel Chelsea. Norman Mailer, que lo leía todo en escabrosos términos psicosexuales post-hemingwayianos, decía que cuando Vidal “desvirgó el esfínter de Jack,” lo lanzó a un vórtice de alcoholismo y autocompasión del que no se escaparía nunca”.

También es muy vistoso su apunte sobre Gregory Corso, aunque se podría poner una docena de ejemplos similares: “Corso mangaba lo que podía  de sus amigos para llevárselo a los tratantes de libros de Nueva York que cuidaban de él, le daban un sitio donde vivir y le iban a buscar la heroína”. Ni compasivo ni protector pero tampoco en busca del sensacionalismo: ese tipo de apuntes, que parecen sacados directamente de sus libretas de viaje, son como latigazos marca de la casa.

                 Tampoco es que sea todo el libro así, pero Kerouac es uno de sus favoritos y aunque el capítulo que le dedica es unos de los más intensos, al mismo tiempo Sinclair no cierra en ningún momento los ojos ante el grotesco espectáculo económico que terminó montándose en torno a los beatniks y al que no fueron en absoluto ajenos sus representantes más venerados, incluyendo al propio Kerouac. Ahora recuerdo el acierto de una página dedicada a los epitafios que el New York Review of Books atribuía a diferentes escritores notables y a otros personajes de la vida intelectual norteamericana de la época. En la lápida de la tumba de un escritor beatnik se leía: “Antes muerto que publicado”.

En cambio son muy notables las páginas dedicadas a Charles Olson, el alma mater del mítico Black Mountain College, probablemente el vivero de poetas y pensadores más importantes de la historia literaria norteamericana, pues como maestros o alumnos estuvieron íntimamente vinculados a aquella institución gente de la talla de Josef  Albers, John Cage, Merce Cunningham, Wilhem de Kooning, Walter Gropius, Robert Rauschenberg, Buckinster Fuller, Robert Creely o Ed Dorn. Sinclair no solo conoce a fondo al Black Mountain College (hoy tristemente arruinado y reducido a residencia de estudiantes) sino que mantiene con Olson una intensa relación personal  que no parece haber quedado afectada por la muerte de Olson en 1970. Es muy emocionante la imagen del poeta que va surgiendo según el buscador de rastros se mueve de aquí para allá pisando los paisajes que él pisó, entrando en las tabernas que él frecuentó o hablando con gente que todavía puede contarle cosas de él y ofrecerle algún aspecto de él que no conocía (e incluso alguna edición inencontrable hasta para un rastreador de primera). Al lector le cabe la posibilidad de hacer una aportación personal a la creación que realiza Iain Sinclair visionando en Internet la lectura que hace el propio Olson de Maximus to Gloucester, Letter 27 : más que una lectura parece que Olson le esté haciendo a su auditorio una especie de ofrenda íntima y apasionada de ese poema excepcional.

                Es mucho más limitada en cambio su captura de Roberto Bolaño. Da la sensación de que conocía más al poeta chileno por su biografía o por los ecos de su leyenda post mortem  que por haber establecido una relación tan profunda y fructífera como la que tuvo con Olson y algún otro de sus ídolos.

 

American Smoke. Viajes al final de la luz

Iain Sinclair

Traducción de Javier Calvo

Alpha Decay

 

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 30/5/2016 a las 07:02]

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Por los mares del sur con Jack London

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No cuesta mucho imaginar la reacción de los lectores de principios del siglo pasado que de pronto encontraron en su periódico habitual un anuncio en el que se solicitaban tripulantes para un velero de 17 metros a punto de zarpar para un crucero de varios años por los Mares del Sur. Es de suponer que a todos ellos, cuando se les cruzasen en sus respectivos imaginarios palabras tales como “crucero”, “velero”, “varios años” o “Mares del Sur”, el corazón les dio un triple salto mortal hacia atrás y sin red. Y si tal cosa les pasó según leían el anuncio, ya resulta inimaginable lo que les pasaría a sus maltrechos corazones cuando conocieron quién firmaba el  anuncio: Jack London. Imagínate: viajar durante varios años por las diferentes islas de Hawái, a partir de las cuales el itinerario incluiría Samoa, Nueva Zelanda, Tasmania, Australia, Nueva Guinea, Borneo y Sumatra para luego atravesar Filipinas y llegar a Japón, Corea, China, la India, el Mar Rojo, el Mediterráneo y lo que la suerte deparase.  Encima ganando un sueldo y por si fuera poco en compañía de Jack London y teniendo la oportunidad de verle escribir una serie de obras que ya tenía contratadas y con las cuales debía financiar el viaje.

                Lógicamente, la respuesta fue inmediata y masiva, y en los astilleros de San Francisco donde se estaba construyendo el Snark (un guiño de complicidad hacia Lewis Carroll, pues en principio el yate debía llamarse Wolf) se recibió una montaña de solicitudes enviadas por médicos, abogados, arquitectos, ídolos deportivos, campeones de vela o cocineros de los más afamados hoteles y restaurantes porque, cómo no, hasta el más miope de aquellos lectores debió de querer tentar su suerte.

                Finalmente, y por razones que ni él mismo supo explicar, el elegido fue Martin Johnson, autor como es lógico de este libro lógicamente titulado Por los Mares del Sur con Jack London. De qué otra forma se podría llamar, si no. Años más tarde Johnson se convertiría, junto con su  mujer, Osa, en un viajero famoso, aviador y autor de documentales, aparte de que los relatos de sus viajes y aventuras tuvieron muy buena acogida. Pero entonces, en 1907, era un chico de apenas veinte años que había hecho un par de viajes en buques mercantes y que ni siquiera sabía cocinar, aunque para eso precisamente fue  contratado. Para bien y para mal, en el momento de escribir el presente libro tampoco tenía tanta experiencia con la pluma como para tratar de emular a su patrón y se limitó a contar tal cual cómo fue aquel viaje y lo que pasó. Y resulta que pasó de todo.  

En aquél momento Jack London ya era un autor mundialmente famoso y tenía publicados títulos tan significados en su bibliografía como La llamada de lo salvaje (The Call of the Wild) (1903), El lobo de mar (The Sea-Wolf) (1904) o Colmillo Blanco (White Fang) (1906), así como innumerables cuentos y artículos de sus viajes por los polos y los Mares del Sur. Se suponía por tanto que sabía lo que se hacía cuando decía estar construyendo un barco capaz de soportar tifones que harían capotar a embarcaciones mucho más grandes que él. Claro que también se suponía que no le iban a engañar cuando le vendían materiales y componentes del barco a precio de oro, o que era un experto a la hora de aprovisionar las sentinas para que no les faltase de nada a los seis tripulante: el viejo capitán Eames, Jack London y su mujer, Charmian, un marinero experimentado, un grumete japonés que se mareó antes de poner un pie en el yate y que seguía mareado cuando medio desertó en Hawái y el propio Martin Johnson. Pero tantos supuestos se demostraron falsos apenas  abandonar finalmente el puerto de San Francisco porque el barco empezó a hacer aguas casi de inmediato, los depósitos de agua y petróleo perdían, los motores no funcionaban y antes de atravesar la línea del trópico tuvieron que arrojar gran parte de los alimentos al mar porque se les habían podrido. Y ya puestos nada más natural que una vez en alta más resultase que carecían de oficial de derrota porque el viejo capitán Eames no la sabía trazar y London lo hacía a ojo, de manera que una vez plasmada en los mapas la trayectoria seguida hasta llegar a Honolulu era lo más parecido a un gusano retorcido y lleno de nudos.

                Lógicamente, y aunque sufrieron toda clase de calamidades debidamente magnificadas por los editores de los periódicos que se habían gastado verdaderas fortunas en comprar las crónicas que les iba mandando London y no estaban dispuestos a ofrecer a sus lectores el relato de una aventura tan plácida y pintoresca como lo sería un viaje de bodas (hasta admitían apuestas acerca de si el Snark lograría llegar al próximo puerto), a lo largo de los dos años que finalmente duró la odisea les pasó un poco de todo, momentos buenos y malos, encuentros afortunados y experiencias desagradables y hasta peligrosas, y Martin Johnson se las apaña bastante bien, con su sencillez, para reflejar las peripecias, los paisajes, los personajes o el ambiente en un espacio reducido y que si había mala mar podía saltar como una cabra enloquecida y convertirse en un infierno. En definitiva, un libro muy entretenido y una oportunidad de conocer a un Jack London que a ratos no tiene mucho que ver con lo que cuentan sus biografías.

 

Por los Mares del Sur con Jack London

Martin Johnson

Traducción de Beatriz iglesias Lamas

Ediciones del viento

 

  

 

 

 

[Publicado el 14/5/2016 a las 12:20]

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Héroes del Blues, el Jazz y el Country

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Recuerdo haber leído en diferentes lugares (sobre todo durante las  entrevistas) el relato que hace Crumb de sus prolongadas y, tal y como es él, obsesivas búsquedas en polvorientos almacenes y tiendas de ignotos pueblecitos del Deep Sur en busca de discos de 78rpm grabados por músicos casi desconocidos de los años 20 a los 40. Una obsesión que le resultó altamente rentable porque, en primer lugar, le permitió sumergirse en el corazón  de la América que conformó a gigantes como William Faulkner, Tennesse Williams, Flannery O´Connor, Carson McCullers, Truman Capote o Harper Lee,  quienes  a su vez habían estaban en la base de su propia formación. En segundo lugar, gracias a aquellos viajes interminables logró satisfacer su pasión por la música popular primitiva americana y de paso pudo acumular un capital en forma de apuntes, fotografías y documentos pero también algunos de los instrumentos que tocaron aquellos héroes anónimos y que a la vuelta de unos pocos años iban a alcanzar precios desorbitados en las salas de subastas; maletas repletas de discos de incalculable valor para los coleccionistas amantes de la música y unos cuadernos de apuntes sobre el terreno que luego le han permitido diversificarlos en forma de cromos, barajas, portadas de discos y libros gráficos, todo ello realizado con todo el cuidado y el amor del mundo porque, además de estar inmerso en una obra gráfica que ha terminado  siendo una de las manifestaciones visuales que mejor reflejan el llamado “espíritu de los sesenta”, Crumb satisfacía su sempiterno amor por aquellos músicos de pueblo que sin abandonar sus profesiones de barbero, predicador o vendedor ambulante, estaban poniendo las bases de tres los estilos de música más creativos y fértiles del siglo XX, es decir, el blues, el jazz y el country. Para reflejar en términos prácticos lo que quiere decir “incalculable valor” aplicado a su obra, basta recordar que en plenos años noventa Crumb adquirió  la magnífica casa que posee en el Languedoc a cambio de seis de aquellos cuadernos de apuntes realizados durante sus viajes.

                Nórdica Editorial ha reunido ahora en uno solo volumen tres libros míticos titulados Heroes of the Blues, Early Jazz Greats y Pioners of Country Music. A cada músico, grupo o familia musical se le dedican dos páginas, una de las cuales es un retrato dibujado y coloreado por Crumb a partir de viejas fotografías, ilustraciones de revistas y hasta de carteles de época anunciando la actuación del artista cuya biografía ocupa la página continua. Esas biografías, escritas originariamente por Stephen Calt (Blues), David Jasen (Jazz) y Richard Nevins (Country),  son escuetas, fundamentalmente informativas y suelen resaltar las mejores piezas de cada músico. El libro va acompañado de un CD en el que se recogen 21 canciones, muchas veces elegidas por el propio Crumb y que son prueba inequívoca del buen ojo y mejor gusto del dibujante y recopilador.

                Aunque ese CD es un valor añadido muy de agradecer, el lector tiene la posibilidad de tener abierto YouTube mientras lee y buscar ahí aquellos títulos que más llamen su atención. Quien todavía ponga en duda que ese portal es un verdadero milagro, aquí tiene una muestra más:  al llegar a Mumford Bean y sus Itawambians , el autor del prólogo, Terry Zwingof, dice de ellos que se trata de “un conjunto tan poco conocido que probablemente solo haya una docena de coleccionistas acérrimos del country que conozcan el único disco de 78rpm existe de ellos y jamás reeditado”. Pues hete aquí que en YouTube tiene varias canciones suyas. Lógicamente no hay imágenes de alguna actuación porque en los confines de la América profunda ni  siquiera debían saber lo que era el cine, pero en cambio hay imágenes de grupos muy similares y que permiten hacerse una idea de cómo serían (por ejemplo los impagables Dr. Humphrey Bates & His Possum Hunters, interpretando la no menos impagable “Tira la vaca por encima de la cerca”).

                Aunque sea dicho de forma muy grosera, el blues empezó siendo un estilo musical interpretado fundamentalmente por negros y el country por blancos. Los dibujos y los textos permiten apreciar las sutiles derivaciones de ambos conceptos musicales, la hibridación y, sobre todo, la aparición de ese prodigio de la creatividad, la energía vital y la improvisación que es el jazz. Todo un regalo para la vista y, al mismo tiempo, para el oído.

 

 Héroes del Blues, el Jazz y el Country

Robert Crumb

Traducción de Ana Momplet Chico

Nórdica Editorial

 

[Publicado el 03/5/2016 a las 10:29]

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Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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