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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 29 de marzo de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Franziska Linkerhand

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Ante la imposibilidad de “contarlo todo” sobre la historia que se propone desarrollar, el narrador no tiene otra opción que seleccionar los hechos y situaciones que le resultan más pertinentes: aquel trauma infantil que le va a condicionar la vida al personaje central; el primer  amor y la enésima traición y no digamos la muerte, ya sea del protagonista o de alguien muy próximo a él. A la hora de escribir la presente novela, es decir, cuando hubo de plantearse la indispensable selección de temas, personajes, situaciones y el sentido general de la obra en ciernes,  Brigitte Reimann se encontraba en plena posesión de sus recursos narrativos. En ese momento llevaba publicados una docena de libros (novelas, relatos, correspondencia, etc) que le habían valido una sólida reputación y, sobre todo,  una cierta postura de fuerza frente a la opresora vigilancia de los guardianes de las esencias comunistas (vulgo censores). Todo ello, por supuesto, al ir unido al sólido oficio adquirido, le permitió plantearse una obra realmente ambiciosa y libre.

                Puesto que nació en 1933, su primera infancia la pasó bajo el nazismo, mientras que, en 1945,  la zona oriental de Alemania en la que ella residía cayó bajo la influencia comunista. La suya era una familia de pequeños pero muy prestigiosos editores que se las arregló para pasar sin mayores apuros la etapa nacionalsocialista, mientras que, pese a que las nuevas autoridades comunistas requisaron la mayor parte de los bienes familiares, se dio la circunstancia de que la abuela, aparte de ser una mujer alegre, hedonista y amante de la vida, poseía unas cuantas propiedades inmobiliarias que por suerte cayeron del lado capitalista de Alemania. Ello permitió a la familia pasar con decoro la, por lo demás árida, etapa socialista. 

Pero en las sociedades tan perturbadas como las que se crean bajo los regímenes totalitarios no se perdona que nadie pueda salir de ellos sin haber sido triturado por la maquinaria del poder, por no hablar de quienes no hayan sufrido persecución, cárcel y demás oprobios. Como mínimo, y si no hay pruebas de haberse aprovechado de la situación, siempre quedará la sospecha de una cierta colaboración o al menos connivencia con los opresores.

O sea que Brigitte Reimann no tuvo que romperse buscando tema para su novela: tocaba plantear cómo es posible una vida de cierta dignidad en circunstancias tan diversas como adversas. Y podía haber tomado el camino más directo porque tanto nazis como comunistas habían proporcionado  argumentos de sobra para proceder a un ajuste de cuentas feroz.  

Y lo hay, ajuste quiero decir, salvo que Brigitte Reimann era demasiado sutil para practicar  una reducción a escombros brutal e  indiscriminada, aparte de que, por fortuna, se encontraba en su mejor momento como narradora y sabía, por ejemplo, que bien administrada una simple ojeada de soslayo puede ser más demoledora incluso que una mirada directa y sin contemplaciones.  Así es como van surgiendo lenta pero inexorables cuestiones como el desclasamiento social, la situación de la mujer en una sociedad abiertamente machista, las entelequias de los intelectuales para nadar y guardar la ropa (so pena de acabar en la cárcel), o la dificultad de defender las libertades esenciales sin chocar de lleno contra una autoridad muy poco respetuosa con dichas libertades. Las discusiones de la protagonista, arquitecta de profesión, con los burócratas estatales son una muestra expresiva de cómo plantear una crítica sin concesiones pero también sin reduccionismos. El concepto de espacio ciudadano tal y como lo entendían quienes dictaban las órdenes desde Moscú, o cómo lo querían los discípulos de la Bauhaus,  es tan abismal que no se necesita cargar las tintas para saber cuál de las dos partes llevaba razón.

                Para vehicular tan denso contenido Brigitte Reimann recurrió a Franziska Linkerhand, una alter ego tan versátil que la autora habla de ella en tercera persona pero sin tener el menor problema en dejar que sea la propia Franziska quien hable por sí misma, a veces en un mismo párrafo. El solapamiento de una voz y otra adquiere un tono decididamente dramático en la última página, escrita cuando la autora se encontraba bajo los afectos de la morfina que le fue administrada para ayudarla a morir.

                Franziska Linkerhand no es una novela fácil pero quien decida no dejarse influir por una apariencia coriácea que en realidad no es tal, podrá disfrutar de esa sensación de estar participando de un prodigio, cosa que siempre ocurre cuando entra en acción una inteligencia narrativa que posee los recursos necesarios para expresarse en plena libertad.

 

 

Franziska Linkerhand

Brigitte Reimann

Traducción de Ibon Zubiaur

Errata naturae

 

 

 

[Publicado el 17/3/2017 a las 10:42]

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Oriente

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Los escritores contemporáneos de libros de viajes deben hacer frente a una competencia  decididamente brutal por parte de:  los relatos de quienes viajaron y lo contaron todo antes que ellos, las guías de viaje, los reportajes de la televisión y el cine, los documentales, los viajes organizados, las revistas especializadas y, últimamente, Internet con toda la gama de  chats, páginas webs  o inventos hace poco tan impensables como ese Street view que permite ver “personalmente” una infinidad de paisajes y ciudades, incluida con un poco de suerte la casa del propio observador. Ante semejante oferta a los viajeros que desean dejar constancia de sus exploraciones no les queda más remedio que recurrir a lo novedoso, lo nunca visto, aquello que usted jamás hubiera sospechado, y de ahí la gran variedad de guías y relatos de viaje que juegan con la idea de lo secreto y a veces hasta lo prohibido pero que, lógicamente, acaban glosando lo de siempre. Al fin y al cabo sería como ir a Atenas y no mencionar siquiera el Partenón, o al hablar de Roma  obviar San Pedro o pasear por Barcelona sin dar noticia de aquel tipo de finales del s.XIX que llenó la ciudad de propuestas tan singulares como La Sagrada Familia o la Pedrera.

            Cuando, en 1908, Blasco Ibáñez decidió viajar hasta Estambul, no se veía acosado por tantas urgencias y mediaciones como atribulan al viajero actual. Él  se limitó a ponerse en marcha hacia su destino e ir tomando notas de cuanto le salía al paso  para luego contarlo, con la ventaja añadida de que pudo hacerlo con la naturalidad de quien no tiene prejuicios ni ideas preconcebidas acerca de lo que puede o no puede decir. El resultado es un libro delicioso porque está contado como lo haría un explorador que hubiese visitado confines nunca hollados por nadie y trajese trepidantes noticias dignas de ser puestas en conocimiento de todos.

            Es de precisar sin embargo que se trata de  un libro asimétrico porque tiene dos partes muy diferenciadas y no del todo equilibradas, quizá porque a Blasco lo que de verdad le interesaba era el contacto con Oriente (y de ahí el título general del libro) mientras que todo lo  visto durante el viaje camino de  Estambul tiene algo de obra hecha con oficio y buen hacer pero sin pasión.

La primera etapa es un sorprendente Vichy atestado por una muchedumbre variopinta, multinacional  y  elegante  que aprovecha la salud (o una supuesta mala salud)  para alojarse en hoteles de lujo, socializar, bailar, celebrar cenas opíparas, practicar juegos de azar y  asistir a conciertos, todo ello  alternado con visitas a las fuentes termales para beber las aguas. Al final, no obstante, Blasco se pregunta con ironía cómo es posible que si tantas y tan variadas son las enfermedades de unos y otros, en cambio se curen todas con las mismas aguas.

            Ginebra, la etapa siguiente, ofrece la particularidad de que la ciudad misma apenas se menciona porque el hilo del relato es el generoso  refugio que esa ciudad ha brindado desde hace siglos a quienes, a causa de sus ideas,  han chocado con las autoridades de sus respectivos países. Ciudad/salvación para todos menos para el desdichado Miguel Servet, que tuvo la igualmente desdichada idea de enemistarse con Calvino y eso le costó terminar en la hoguera.

Después desfilan ante los ojos del viajero lugares tan dispares como Berna, el lago Leman, Munich (la Atenas germánica), Salzburgo, Viena, el Danubio o Budapest que reciben la atención que merecen, primero porque son ciudades y paisajes cargados de historia y en los que han visto la luz todos los  personajess que han contribuido a la creación de Europa y han dejado su huella en la memoria común.

Pero el relato experimenta lo que en el lenguaje moderno de ahora se denomina “un subidón” cuando de pronto hacen su aparición los primeros minaretes, altos, estilizados y dotados en el tercio superior de ese balcón circular que permite al muecín llamar a los fieles a la oración, y que a Blasco le hace pensar en la cofa del palo mayor de un navío oculto por las construcciones ciudadanas. A partir de ese momento surge el Blasco Ibáñez admirado en todo el mundo civilizado: su descripción de Estanbul con el colorido, los olores, la mezcla de razas y atavíos, o las ciudades y barrios con las invisibles fronteras que separan Oriente de Occidente es sencillamente antológica. Incluso su visita a la mezquita de Bakarié para asistir a las danzas de los derviches es una maravilla porque, como digo, al no tener conciencia de que esa danza ritual se ha convertido ya en un espectáculo para turistas, Blasco entra de lleno en su esencia y por momento parece tan embriagado de entusiasmo y fervor como los propios danzantes.

Por desgracia, además de un ejercicio antológico la narración es también un documento histórico porque desde que Blasco estuvo allí (1908) Turquía ha vivido experiencias tan decisivas como las dos Guerras Mundiales, el  enésimo enfrentamiento bélico con Grecia o episodios tan traumáticos como el genocidio de armenios llevado a cabo por los “jóvenes turcos” (1915-1923) y que han cambiado para siempre la imagen y la cotidianidad turcas. A pesar de lo cual, quienes conozcan Estambul podrán constatar  hasta qué punto la mirada y el aprecio de Blasco Ibánez subsisten en la ciudad actual porque su percepción  iba mucho más allá de un relato para turistas.

 

Oriente

Vicente Blasco Ibáñez

Almuzara

 

 

[Publicado el 26/2/2017 a las 13:02]

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La muñeca de nieve y otros cuentos

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Las narraciones de Nathanierl Hawthorne suenan hoy anticuadas y deliciosamente pasadas de moda pero, ojo, porque se trata de uno de los grandes creadores de la literatura norteamericana. Para Harold Bloom, Hawthorne es una de las cien mentes creativas y ejemplares que él reunió en su famosa antología Genios. Sin embargo, sus contemporáneos no le pusieron fácil el  camino hacia la cumbre. Como él mismo dice en el prefacio a la presente edición, “¿acaso alguien ha tardado tanto como yo en obtener el más leve reconocimiento del público? Me senté a la orilla de la vida, como un hechizado, y a mi alrededor brotaron matas; y las matas se hicieron arbustos y los arbustos árboles, hasta que pareció no haber salida posible de las enmarañadas profundidades de mi oscuridad”.

Aunque por la forma elegante y poco vengativa de decirlo no lo parezca, Hawthorne estaba aludiendo a los vintitantos años de silencio e indiferencia transcurridos desde que en 1928 publicó su primera novela, Fanshaw (pagándola encima de su propio bolsillo) y la aparición de La letra escarlata (1850), una de las más grandes novelas de la literatura norteamericana. En pleno entusiamo, Bloon llega a decir que Hester Prynne, el principal personaje femenino de esa novela “es la Eva americana” y la compara con ventaja  con cualquier otra heroína de la literatura mundial.

Entre una novela y otra escribió varias novelas más que en su momento pasaron desapecibidas, y gran cantidad  de narraciones cortas que salieron a luz en pequeñas revistas de provincias y muchas veces sin firma, aunque finalmente las más vistosas fueron recopiladas en dos antologías, Cuentos contados dos veces (1837) y La muñeca de nieve y otros cuentos (1851).  Cabe decir que si bien para entonces La letra escarlata  ya estaba recibiendo los más encendidos elogios por parte de escritores de la talla de Emerson, Thoreau, Longfellow o Melville (que incluso le dedicó su Moby Dick), la presente antología se publicó gracias al aval de un amigo. Claro que no es menos significativo el hecho de que su mejor novela solo se llegaron a vender 8.000 ejemplares durante la vida del autor.

Aparte de la elegancia y la precisión de su prosa, lo primero que llama la atención al leer a Hawthorne es la riqueza espiritual de sus personajes. Si describe a un poeta dice que “el mundo cobraba otro aspecto, un aspecto mejor, cuando los ojos felices del poeta lo bendecían […] La Creación sólo había concluido con la llegada del poeta para interpretarla y, así, completarla”. Me pregunto qué poeta actual dejaría que se hablase de su obra en estos términos.  Otra cualidad muy notoria en las narraciones de Hawthorne es la sensación de reposo que transmiten. Casi todas ellas están ambientadas en Nueva Inglaterra y aunque la independencia y sus lances bélicos están muy presentes, el tiempo transcurrido les había borrado los rasgos más duros y sangrientos y le permitía contarlos con serenidad y el mencionado reposo. Y eso que hay personajes tan desgarrados como Prudence Inglefield, la bella pero desdichada hija del herrero John Inglefield que regresa a casa para la comida de Acción de Gracias y que está a punto de ser perdonada y readmitida en la familia pero “inmóvil por un instante, Prudence observó la habitación iluminada por el fuego; parecía luchar con un demonio capaz de apoderarse de ella inluso si se refugiaba en los dominios sagrados del corazón de su padre”.  El demonio, helás, es más furte y la muchacha desaparece en la oscuridad de la noche. Cuando reaparece, entre las maquilladas bellezas de la ciudad vecina, puede verse a una en cuya sonrisa disoluta no hay el menor asomo de compasión por los afectos puros y las alegrías y pesares que los acompañan . “La misma potencia oscura que había arrancado a Prudence del hogar de su padre […] podría arrebatar a un alma culpable de las puertas del Cielo y hacer del pecado y el castigo algo igualmente eterno”. Casi lo mismo puede decirse de la muñeca de nieve que da título a la antología: desde el primer momento se adivina que la equivocada solicitud del padre va a provocar una tragedia que hará irremediablemente desgraciados a sus hijos. Y es que, a veces, la bondad puede ser tan destructiva y maligna como el demonio. Pero todo ello, como digo, Hawthorne lo cuenta con una admirable serenidad y reposo.

 

La muñeca de nieve y otros cuentos

Nathaniel Hawthorne

Traducción de Marcelo Cohen

Acantilado

 

[Publicado el 13/2/2017 a las 11:20]

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La séptima función del lenguaje

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     Creo necesario, antes de entrar en materia, dejar claro que La séptima función del lenguaje no es una novela para todos los públicos.  Y no porque sea complicada y aburrida o una obra sólo para entendidos y especialistas sino porque tiene su punto y quien no sepa pillárselo quizá no la encuentre tan entretenida como debería.

            El argumento no puede ser más sencillo: el 25 de marzo de 1980, a Roland Barthes se lo lleva por delante la camioneta de una lavandería mientras cruzaba una calle. En principio el atropello podría  ser uno más de los centenares de accidentes que invariablemente ocurren en París todos los días. Pero se da la circunstancia de que a los servicios de inteligencia les llama la atención que  haya tenido lugar justo el día en que el conocido filósofo ha comido con François Mitterrand, el candidato socialista que lo tiene todo a su favor para acceder a la presidencia de la República en las próximas elecciones generales. Y puesto que la obligación de los espías es sospechar y recelar conspiraciones  aviesas, el comisario Fayard es encargado de averiguar si se trata en serio de un atropello fortuito o si ha sido un acto criminal.

            Como es lógico, cuando el comisario Fayard inicia su investigación y trata de interrogar a los compañeros y posibles rivales del todavía herido (aunque Barthes no tardará en fallecer para cumplir satisfactoriamente su función de víctima) no entiende una sola palabra de lo que le cuentan unos y otros. Es un hombre conservador,  algo retrógrado y muy primario, y cuando va a ver a  Michel Faucoult y le escucha decir en clase: “…qué puede significar, en el seno de cierta concepción de la salvación […] qué puede significar la repetición de la penitencia sino la repetición misma del pecado”, comprende  que va a necesitar  a un intérprete que le guíe por ese laberinto conceptual en el que le han metido sus superiores. Y acaba por encontrar a Simon Herzog, un profesor  eventual de semiología de la imagen  que se presta a regañadientes a acompañar  al tozudo policía  por un camino que incluso les llevará a Estados Unidos en busca de un oscuro texto con poderes extraordinarios (es la séptima función del lenguaje tal y como la formuló  Roman Jakobson en Ensayos de lingüística general ).

O dicho en otras palabras: lo que plantea el autor, Laurent Binet, es una confrontación entre el concepto de realidad que le puede entrar en la cabeza a un funcionario de la policía y la progresiva implicación de un intelectual que cree y no cree, o que cuestiona pero no niega los hallazgos que pese a todo va haciendo junto con su inverosímil pareja.

Basta hacer un somero repaso al elenco de personajes que juegan en la narración un papel más o menos importante (los  Foucault, Derrida, Sollers, la Kristeva y demás) para entender  que el atropello de Barthes no es una simple anécdota, pues Binet ha situado su narración en pleno territorio Tel Quel. Y en ese territorio es inevitable  que la dialéctica entre lo real y lo ficticio, lo verdadero y lo verosímil, o  lo que hay de real en los personajes ficticios y de  ficticio en los reales acabe por filtrarse e impregnar a la narración misma. Recurra quien necesite refrescar  la memoria a textos del propio Barthes como El grado cero de la escritura (1953) o La muerte del autor (1968). Binet no puede (y cómo podría si no existe y sólo hay escritura) mantener aquel viejo pacto entre autor y lector que permitía al primero contar lo que se le ocurría y al segundo aceptar tan plenamente lo que se le contaba que hasta se identificaba con los personajes y sus circunstancias. Y con ello llegamos a ese “punto” al  que me refería al principio: el telquelismo lleva tiempo  adentrándose en las áridas sendas del olvido y en cierto modo merece las pullas y bromas que hace Binet a costa de algunas de sus tesis más queridas, pero su huella no se ha borrado del todo. Y los escritores franceses en general, y Binet en particular,  parece como si necesitasen enseñar la tramoya y recordar a cada paso al lector que todo es un artilugio y pura convención.  Lo cual obliga al lector a entrar y salir de la historia, a no creerse nada de lo que le cuentan  y sin embargo tomárselo lo suficientemente en serio como para seguir leyendo. Por eso digo que si alguien no se sabe jugar a ese juego (pillar el punto) a lo mejor éste no resulta divertido. En cierto modo es como si los ventrílocuos no hiciesen el menor esfuerzo por hacer que parezca que quienes hablan son los muñecos. Lo cual, como es lógico, no tiene nada que ver con la cuestión de si los muñecos dicen cosas divertidas y emocionantes o no. En sólo una forma peculiar de ofrecer el espectáculo.

 

La séptima función del lenguaje

Laurent Binet

Traducción de Adolfo García Ortega

Seix Barral    

 

[Publicado el 31/1/2017 a las 20:23]

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Desde una bicicleta china

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Después de la Segunda Guerra Mundial un Japón derrotado, humillado y arrasado hubo de reinventarse a sí mismo porque las potencias vencedoras no estaban dispuestas a permitirle que volviese a ser un país militarista y armado hasta los dientes. Y eligió ser el humilde replicante de todos los objetos que tan felices nos hacían a los occidentales. Los más veteranos recordarán que al principio los productos japoneses estaban peor considerados incluso que esas cosas que los chinos venden ahora a precios irrisorios. Hasta que de pronto se cambiaron las tornas y Japón se convirtió en el peor enemigo de Occidente, su Némesis, el ogro que  iba a devorar todo lo nuestro, empezando por lo más preciado: un día se compraban el Empire State, o los mejores estudios de Hollywood, o la discográfica que comercializaba las canciones de los Beatles. ¿Es que nadie les iba a parar los pies? No. Y a la vista de las cifras obscenas que misteriosos millonarios japoneses pagaban en las subastas por un Van Gogh o un Monet estaba claro que no.

            Hubo que esperar pacientemente la aparición de las películas de Akira Kurosawa, las novelas de Haruki Murakami, las interpretaciones de gente como Lang Lang y Mitsuko Uchida o los estupendos dibujos de Hayao Miyazaki para empezar a creer que la milenaria cultura japonesa no había sido totalmente arrasada por la bomba atómica y que el gran ogro amarillo no era sólo un sumidero que amenazaba con devorarlo todo sino que tenía un componente humano capaz de sumar, aportar, demostrar que el hombre es capaz de expresarse de una infinita variedad de formas. Tampoco es de olvidar que mientras tanto los llamados “Tigres asiáticos” estaban reduciendo a Japón a su tamaño real.

            Algo parecido pasa ahora con China. Con la mareante cantidad de miles de millones de chinos que hay (y que habrá…), con la fabulosa cantidad de dinero que están amasando y con una tradición cultural milenaria y exquisita es inevitable pensar que allí dentro estarán haciendo toda clase de cosas maravillosas en las diversas formas de expresión del ser humano. El problema es que todavía no sabemos quiénes son los actuales kurosawas, murakamis, uchidas  y miyazakis chinos. Todo lo que llega de allí es horrible: que son unos sucios y escupen, que riegan las lechugas con aguas fecales, que manipulan las medicinas y, sobre todo, que si nadie les para los pies se van a comer el mundo. Por eso son tan útiles, y de agradecer, libros como Desde una bicicleta china.  Dolores Payás nació en la provincia de Barcelona pero como ella dice de sí misma, pronto ensanchó el horizonte. Por aquellas cosas de la vida ahora lleva ya unos años en China. Puesta a contar cosas que ha aprendido de ese país podía haber elegido el tremendismo, la crónica negra o el reportaje criminal, porque material sensacionalista no le faltaba. Pero su elección, aunque parece más inteligente,  resulta un tanto inclasificable porque no es ficción, no es ensayo, no es testimonio personal, no es un libro de viajes, no es un escrito de denuncia, aunque sí hay un poco de todo ello. Pero, sobre todo, se lee con agrado porque hay en él un humor amable y desdramatizador. Por descontado que de cuando en cuando la realidad resuena como un cañonazo (“China quema ella sola más carbón que el resto del mundo junto”) y que hay cosas que difícilmente se pueden contar como quien cuenta una broma, como la detención de unos desaprensivos que manipulaban la carne de rata para hacerla pasar por cordero. Pero incluso ahí cabe el toque desdramatizador, pues para eso está su compañero de fatigas G, un hombre de nervios de acero y que no se deja impresionar por un quítame allá esa  rata y continúa comiendo pinchos de cordero en los puestos ambulantes. Porque ese es el espíritu que parece surgir de un largo paseo a bordo de una bicicleta china: de acuerdo que es imperdonable tener que salir a la calle con mascarilla y gafas de sol por culpa del smog, pero mientras empezamos a saber qué sale de ese inmenso país no está de más ir conociéndolo un poco mejor y hacerlo además desde la convicción de que el mundo es demasiado grande para que pueda comérselo alguien de un solo bocado, incluso si se trata de un gigante con más de mil millones de bocas, o de un solo payaso como ese bocazas llamado Trump. Y tampoco sabemos aún quienes serán los tigres encargados de hacer de China un país tan civilizado como Japón.

 

Desde una bicicleta china

Dolores Payás

HarperCollins

[Publicado el 16/1/2017 a las 09:40]

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Obras Completas de Valle-Inclán

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Que los lectores en lengua española no dispusieran de una edición coherente y fiable de las Obras Completas de Valle-Inclán era una anomalía casi escandalosa. Han tenido que transcurrir ciento cincuenta años desde el nacimiento del genial escritor gallego y ochenta desde su muerte para que se haya puesto fin a tan anómala situación.

Sin embargo, y en honor de la verdad, el responsable de tal anomalía ha sido en gran medida el propio don Ramón porque, por decirlo de la forma más sencilla y directa posible, era el epítome de la peor pesadilla a la  que puede hacer frente un editor. Valle-Inclán no sólo publicó en periódicos y revistas la práctica totalidad de su obra sino que, por ser un hombre de gran éxito, recibía continuas ofertas para editar en forma de libro sus colaboraciones (solamente de las Sonatas se llegaron a hacer al menos 37 ediciones en vida de su autor) con la particularidad de que no sólo fue extraordinariamente prolífico sino que, por puro afán de perfección, revisaba, cortaba, cambiaba y rehacía sus textos una y otra vez con vistas a lograr una versión definitiva que nunca dio por buena porque si volvían a ofrecerle una nueva edición el proceso de revisión y cambio empezaba desde cero. Y no puede decirse que fuesen cambios menores porque, en ocasiones lo que empezaba siendo un relato novelesco bien podía acabar convertido en una obra de teatro, y ahí está el caso paradigmático de Águila de Blasón y el profundo proceso de elaboración que implicó el paso de un mero relato periodístico a una de las piezas teatrales más estimables de Valle Inclán. Por lo tanto, y desde el punto de vista del editor, decidir cuál es la mejor de las sucesivas versiones de cada obra entraña tomarse unas atribuciones muy superiores a las habituales en las tareas de edición. En el caso de estas Obras Completas realizadas para la Biblioteca Castro, se ha optado por atenerse a las editio princeps. La cual es una opción como otras, pero al menos  cuenta con la nada desdeñable ventaja de que, a despecho de modificaciones posteriores, la elegida fue escrita y avalada en su momento por el propio autor.

                Otra dificultad añadida se debe al hecho de que Valle-Inclán fue extraordinariamente sensible a los continuos y trascendentales movimientos literarios que surgieron a lo largo de su extensa trayectoria como escritor, siendo el ejemplo más elocuente la enorme  evolución experimentada por él entre la primera aparición de las Sonatas (1902-1905), que bien pueden encuadrarse en los cánones afines al modernismo, y la última (1933), en la que lleva hasta sus últimas consecuencias ese hallazgo genial del esperpento, tan afín al movimiento de demolición cultural característico de las vanguardias.

Aproximarse hoy a Valle-Inclán presenta una tercera dificultad, aunque en realidad el verdadero problema lo tiene el lector. Según Harold Bloom, para completar la asombrosa cantidad y variedad de sus obras dramáticas William Shakespeare utilizó 21.000 palabras, de las cuales unas 1.800 (o sea, una de cada doce) eran neologismos o expresiones que el dramaturgo captaba en el habla de la calle y  que después él ponía en boca de sus personajes. Sin embargo, y como prueba de que el recurso a un léxico descomunal y en gran parte inventado no es indispensable para la creación de una obra sólida y consistente, el propio Bloom cita el caso de Racine, que para completar su nada desdeñable producción dramática se las apañó con sólo dos mil palabras, es decir, prácticamente el mismo número que las inventadas  por Shakespeare.

Ignoro si alguien se ha tomado la molestia de contar el número de palabras utilizadas por Valle-Inclán, pero los numerosos estudios existentes sobre su léxico ponen de manifiesto la compleja y muchas veces cambiante relación que mantuvo con el lenguaje. Se servía con toda soltura del acerbo de una tradición nacida con los cantares de gesta y la poesía trovadoresca pero recurría con idéntica soltura al habla de la calle o de los burdeles, dando prioridad por ejemplo a la musicalidad de la frase a costa del sentido. Por eso sigue siendo cierto que, para leerle, es aconsejable agudizar el oído antes que dar contento a la razón.

El equipo de Investigación Valle-Inclán, de la Universidad de Sanriago de Compostela, ha sido el encargado de llevar a cabo estas Obras Completas bajo la coordinación de Margarita Santos Zas, autora también de los magníficos prólogos que incluye cada uno de los cinco volúmenes en que se han divido los escritos de Valled-Inclan. Los tres primeros, dedicados a narrativa y ensayo, ya están en la calle, mientras que los dos siguientes, con el teatro y la poesía, saldrán a lo largo de este 2017 que ahora empieza. Una gran noticia y una promesa de placer que puede ser degustado a lo largo de toda una vida.

 

Obras Completas de Valle-Inclán. Vols. I,II y III.

A cargo del Equipo de Investigación Valle-Inclán/USC

Coordinadora, Margarita Santos Zas

Biblioteca Castro

[Publicado el 31/12/2016 a las 10:54]

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Botas de lluvia suecas

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 Se supone que tras escuchar el fatídico “Caballero, la ciencia ya no puede hacer nada más por usted”, el así desahuciado empieza a traspasar la difusa divisoria entre la vida y la muerte y se adentra en ella hasta terminar desapareciendo incluso de la memoria. ¿Quién dice usted? No, lo siento, nunca he oído hablar de esa persona que menciona. Es posible que haya vivido aquí, pero seguramente fue hace mucho tiempo. Adiós.

En enero de 2014, cuando ya estaba inmerso en la redacción de Botas de lluvia suecas,  a Henning Mankell le descubrieron un tumor maligno y ya incurable (metástasis) El epílogo de esta que iba a ser su última novela lo firmó casi un año más tarde en Antibes, en marzo de 2015, y murió en el mes de octubre de ese mismo año. Leyendo sus memorias, o espigando en las entrevistas concedidas por aquellas fechas, queda muy claro que no tenía ningunas ganas de morirse y que de haber tenido ocasión aún le hubiese dado unas cuantas oportunidades más a Wallander y al resto de personajes que bajo diferentes nombres pero dotados de un indisimulado parentesco entre sí le han acompañado a lo largo de su prolongada y fecunda producción artística. Ello no por no hablar de los innumerables proyectos de orden social y cultural que tenía en marcha o de los frentes políticos que se le abrían de continuo y que hubiese preferido llevar hasta el final.

Aunque resulte decididamente morboso parece inevitable que el lector, mientras se sumerge en el Mankell de siempre, se plantee  hasta qué punto la conciencia de estar desahuciado, o el progresivo e inevitable decaimiento físico provocado por su situación, llegó a afectar al escritor hasta el punto de infiltrarse en su escritura y a condicionar la calidad o el desarrollo de la misma.

Es indudable que en ocasiones parece como si Mankell, de manera consciente o no, quisiera compartir su angustia y buscase algún tipo de complicidad con el lector.  El protagonista de Botas de lluvia suecas es un cirujano que desgració de por vida a una paciente (a la que amputó el brazo sano) y que el lector fiel a Mankell ya conoce por una novela anterior titulada Zapatos italianos. Es un hombre mayor, con una trayectoria profesional arruinada debido a que aquel error fue tan injustificable que ni siquiera él ha logrado perdonarse. En su anterior aparición, el  desterrado veía perturbados sus doce últimos doce años  soledad por la llegada a su isla de Harriet Hörnfeldt, una antigua amante a la que abandonó si justificación alguna y que ahora regresa a su vida caminando sobre el hielo, cric,crack, ¡con la ayuda de un andador! Años después de aquella visita que le dejó como herencia la aparición de una hija de treinta años cuya existencia desconocía, Frederik Weslin, vuelve a ver convulsionada su apartada existencia por un incendio que arrasa hasta los cimientos la casa de sus abuelos. En sus prisas por salvarse de las llamas se echa por encima un impermeable y se calza unas botas de lluvia que por desgracia resultan ser las dos del pie izquierdo. Todas sus restantes posesiones y bienes y notas y escritos y recuerdos han quedado reducidos a una maloliente masa de cenizas.

Al plantear una situación tan ambigua (un hombre ya mayor y cansado que acaba de quedarse sin nada y debe decidir si empieza a reconstruir su vida desde cero o bien si puede tirar con lo puesto hasta el final) Mankell si situó en un terreno en el que realidad y ficción tenían que solaparse por fuerza. En una de las muchas evocaciones a las que se entrega el anciano, por ejemplo, se cita el caso de un atlético joven que acude a un hospital convencido de padecer una hernia discal y le detectan un cáncer de pulmón que ya ha hecho metástasis, por lo que el dolorcillo en el cuello es una consecuencia de las células malignas que el tumor está expandiendo. No por casualidad ése fue el caso de Mankell cuando acudió al médico para tratarse lo que él creía una molesta tortícolis. Lo mismo cabe decir de ese otro personaje que se queja de que “ya no se enseña a la gente a morir”, o las diversas alusiones a la muerte que surgen aquí y allá.

Pero ojo porque  Botas de lluvia suecas no es un largo adiós y mucho menos un lacrimógeno testimonio autocompasivo  del tipo qué he hecho yo para merecer esto. Es verdad que muchas veces parecen coincidir el discurso de Frederik Weslin y lo que Mankell debía de estar sintiendo en ese momento. Pero las que mandan son la lógica y la coherencia literarias, y en caso de discrepancia entre ficción y  realidad se resuelve en favor de la primera. No obstante, sí cabe señalar un matiz diferenciador con respecto a escritos anteriores. En la obra de Mankell la soledad es un imperativo absoluto, el principio más fuerte como si dijéramos, al que es inútil oponerse porque forma parte de la condición humana.

En esta novela, como en las anteriores, los personajes son huraños, antipáticos, distantes y sin el menor gusto por los placeres sencillos (la comida, la bebida, compartir un cigarro y una cerveza viendo atardecer). A pesar de lo cual es perceptible una apuesta por la compañía de otros. Que no te libran de la soledad ni te permiten salvar la barrera del aislamiento, pero que están ahí y ya que no afecto al menos merecen atención y hasta tomarse la molestia de  reconstruir una casa para ofrecer un refugio frente a la intemperie. Como suele decirse, sin fe pero con esperanza. Y algo es algo.

 

Botas de lluvia suecas

Henning Mankell

Traducción de Gemma Pecharromán Miguel

Tusquets

 

 

 

 

[Publicado el 16/12/2016 a las 08:09]

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Años salvajes

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Si alguien se ha planteado alguna vez la posibilidad de escribir un libro de 600 páginas mayormente (por no decir abusivamente) dedicadas a la práctica del surf y mantener subyugado al lector de principio a fin, la respuesta es sí. Es posible, y el periodista neoyorkino William Finnegan lo ha hecho. Y, puestos a preguntar, si alguien quiere saber si con semejante libro se puede ganar un premio Pulitzer la respuesta sigue siendo afirmativa: a William Finnegan se lo dieron en 2016 por Años salvajes.

                Actualmente Finnegan es redactor del New Yorker y antes de obtener el más prestigioso galardón de las letras norteamericanas ya se había hecho un nombre con sus libros, artículos y reportajes sobre temas tan variados como la guerra (en África y los Balcanes), el apartheid en Sudáfrica, la nefasta política de la administración Reagan en Latinoamérica o el hambre en  un país tan rico como Estados Unidos. Todo ello desde una posición abiertamente de izquierdas.

                Sin embargo, la trayectoria que le iba a llevar desde su nacimiento en Nueva York (1952) hasta su regreso a la misma ciudad treinta y tantos años después fue un intrincado y azaroso viaje con escalas más o menos largas, aunque siempre muy intensas, en California, Hawai, diversas islas en los Mares del Sur e Indonesia, Java, Samoa, Australia, África y Madeira.

                Dos precisiones importantes: salvo ocasionales estancias en Estados Unidos para matricularse en diversas universidades que invariablemente abandonaba, ese largo periplo lo hizo sin apenas dinero y, como aquel que dice, encaramado en una tabla de surf  impulsada por olas inmensas.

                El entusiasmo de Finnegan por el surf es tan contagioso que yo, que me subí por primera vez a una moto a los quince años y he llegado a usarla hasta para ir a comprar tabaco en el bar de enfrente, no he podido menos que preguntarme, mientras leía Años salvajes,  cómo es posible que me pasase desapercibida la fiesta alucinante del surf (y aquí lo de alucinante es literal, como bien comprobará el lector cuando llegue al pasaje del enfrentamiento a olas descomunales en pleno viaje de LSD).

                Pero bueno. Según pasan las páginas y las olas, millares de olas de todas clases, tamaños y conductas (¿alguien sabía que las hay “fofas”?) queda claro que el surf no consiste en llegar a la playa con una tabla bajo el brazo y ponerse a remar mar adentro en busca de emociones. Un surfista sensato, que los hay, primero buscará un punto elevado y pasará horas, y mejor aún si son semanas, atesorando información porque el mar es un medio sumamente dinámico debido a las mareas, los vientos o unas corrientes submarinas que arrastran de aquí para allá toneladas de arena hasta formar unas barras capaces de modificar de un día para otro el comportamiento de las olas. Ver en su elemento a los surfistas locales también es una fuente segura de información.

                Ese permanente estado de alerta (los hay que incluso tienen siempre conectada una emisora de radio que emita con frecuencia partes meteorológicos) permite aprovechar las mejores olas a cualquier hora del día. Por desgracia, y a menos que seas de casa rica, la disponibilidad total es incompatible con un trabajo fijo y bien pagado, por lo que la práctica del surf (quiero decir practicarlo a conciencia y no en plan dominguero) conlleva el estar dispuesto a dormir al raso o en desvencijadas camionetas, comer y vivir a salto de mata o estar a merced de los acontecimientos (policías intransigentes, ladrones de tablas, irascibles propietarios de huertos y gallineros, etc). Y en casos de extrema necesidad (por ejemplo si una ola particularmente aviesa ha hecho añicos una tabla carísima) hay que ejercer oficios tan míseros y mal pagados que ni los nativos locales los quieren. Todo ello con un solo y único tema de conversación, el mismo desde Nueva York hasta Nueva York pasando por las playas de medio mundo: las olas, los picos, las barras, los vientos, los tubos, las planchas y, como corolario ante tanto infortunio y tantísimas veces al borde de la muerte, la pregunta inevitable: ¿de verdad era esto lo que deseaba hacer con mi vida?

                Como es lógico, mientras vamos de una ola a otra, o de país en país, va surgiendo la crónica de una época que empieza en los años sesenta del siglo XX y va desarrollándose, con las modas, las canciones, las drogas, las guerras, los amores, las amistades y, al final de todo, los primeros hijos, hasta adentrarse en el presente siglo. Es de señalar, como simple curiosidad, que la caída del caballo, es decir el momento crucial que lleva a William Finnegan reconsiderar el sentido de su vida y a intentar reconducirla pero sin renunciar al surf, no es una ola traicionera y con ánimo perverso (las encuentra a montones) sino el choque con la faz más odiosa de la maldad encarnada en el apartheid: se contrata como profesor sustituto en una escuela de Ciudad del Cabo y aunque lo hace con un ojo puesto en las interesantes olas que se estrellan contra la ciudad por la cara que da al Pacífico, lo que le lleva en realidad a comprometerse en la lucha contra el mal es lo que estaba pasando o lo que iba a pasar en la República de Sudáfrica por culpa de la discriminación racial. Pero por algo digo que el libro, incluso con sus dosis masivas de surf, es apasionante y digno ganar de un Pulitzer.

                En el caso de la edición española Años salvajes cuenta con la ventaja añadida de haber sido traducido por Eduardo Jordá, novelista notable,  traductor entre otros de Conrad, Stevenson o Slater y que encima conoce el surf de primera mano, como podrá comprobar quien se moleste en repasar su excelente libro de narraciones Yo vi a Nick Drake.

 

   

Años salvajes. Mi vida y el surf

Willian Finnegan

Traducción de Eduardo Jordá

Libros del Asteroide

[Publicado el 03/12/2016 a las 09:54]

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La caza del carnero salvaje

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En 1987, cuando ya era muy conocido y apreciado en su país,  Murakami publicó Tokio blues (o Norwegian Wood, según la canción de los Beatles que le brindó el título) y obtuvo un reconocimiento instantáneo y prácticamente universal. Tiradas descomunales, traducción a las lenguas más importantes, premios prestigiosos y la avalancha de dinero que todo eso conlleva.

Pregunta: si con sus primeras novelas, entre las cuales hay que resaltar  La caza del carnero salvaje, ya se había ganado el favor de los lectores gracias a su humor provocativo y ameno y a unas historias enrevesadas y surrealistas pero que fascinaban incluso si no siempre se entendían bien, ¿qué necesidad tenía  de escribir  a continuación un libro como Tokio blues, marcadamente sentimental y realista y en el que recurre  a una prosa tan sencilla y directa que le iba a costar ser  honoríficamente equiparado a  J.D. Salinger?

                Si alguien se molesta en buscar en Internet la entrevista que concedió a la Paris Review  (nº 182), y  que vio la luz  justo cuando acababa de salir a librerías su novela  Después del terremoto,  es muy significativa  la respuesta que da Murakami cuando el entrevistador le formula la misma pregunta planteada más arriba. Porque dice: “No quería ser catalogado como un escritor surrealista de culto y prefería formar parte de la corriente literaria universal (literary mainstream)”.

Según y cómo podría pensarse que no solo llevó a cabo una calculada operación de marketing sino que ésta resultó ser un acierto total, pues según se dijo entonces se vendieron tantos ejemplares de Tokio blues que en uno de cada cuatro hogares de Tokio se podía encontrar un ejemplar.   

Sin embargo, cuando más adelante se pasa en esa entrevista a la cuestión de la técnica, en su respuesta  Murakami va  mucho más allá de una explicación en clave económica. “Al  empezar una novela nunca sé qué voy a contar ni a dónde me va a llevar el desarrollo”. Y precisa: “Empiezo por asociar varias imágenes y a medida que voy intuyendo qué relaciones puede haber entre ellas, primero me las cuento a mí mismo y después hago que el lector participe de mis hallazgos”.

                 Aunque de forma indirecta y algo tangencial, en esa entrevista de la Paris Review se encuentran  las claves que pueden ayudar al lector a no arredrarse ante las dificultades que le va a plantear La caza del carnero salvaje y, ya puestos, la obra de Murakami en su totalidad.

                No hay una explicación única, y mucho menos racional, para dar cuenta del carnero y sus preocupantes poderes, quizá porque tampoco cumplen una función tradicional personajes como la modelo de orejas (un hallazgo que a cualquier novelista le gustaría incluir en su propio elenco de creaciones); un amigo de indestructible fidelidad como es el Rata; el clarividente profesor y por descontado el Hombre Carnero, que volverá aparecer en otras novelas posteriores.

                El secreto para no perderse en la confusión es que el lector acepte las cosas con naturalidad según van llegando y no intente emular al autor y menos aún ponerse en plan creativo atribuyendo a las personas y sus actos intenciones y  proyecciones alegóricas  o subconscientes que vayan más allá de lo que dice el texto.

                Es muy reconocida la habilidad de Murakami para contar una historia  disparatada (si en otra de sus novelas hay un gato que habla con notable sensatez qué impide aceptar que un carnero salvaje pueda habitar en un hombre) pero lo hace recurriendo a un lenguaje sencillo, directo y cotidiano, a unos personajes cercanos y a unos acontecimientos que no tienen nada de extraordinario. Al menos de entrada, porque luego todo se complica mucho. Por ejemplo, en las primeras páginas de La caza del carnero salvaje el joven publicitario que encarna con desgana la figura del protagonista se describe a sí mismo como un tipo normal, que lleva una vida normal y al que nunca le pasa nada  fuera de lo normal. Y de su trabajo como publicitario tan solo dice que “le va bastante bien”. Quién podría pensar que sólo unas cuantas páginas más allá ese tipo tan aburrido será elegido para llevar a cabo la alucinante caza de un hombre carnero que parece querer apoderarse del mundo entero. Y todo sigue así hasta el final gracias al impulso de unas corrientes subconscientes que, curiosamente, las reconocen y aceptan lectores de todo el mundo. O sea que es una cuestión de confianza y todo consiste en aceptar que el autor sabe lo que hace y que merece la pena dejarse llevar por él. A partir de ahí todo es puro gozo, como en el Paraíso.

 

La caza del carnero salvaje

Haruki Murakami

Traducción de Gabriel Álvarez Martínez

Tusquets

 

 

 

 

[Publicado el 21/11/2016 a las 07:52]

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A través del espejo

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Es asombrosa la cantidad de cosas que pasan, y no todas buenas, al otro lado de un espejo. Y asombra también la cantidad de autores, desde Ovidio en adelante, que han escrito acerca de lo que pasa cuando uno se asoma a ese inquietante pedazo de cristal que una vez pintado de azogue por uno de sus lados se convierte en una suerte de  ventana abierta al infinito. Aunque tal vez fuera más apropiado decir “a lo sobrenatural”.  O por decirlo en palabras del poeta sufí Abd  al-Karim Yili, muerto en 1403, al “extranjero que quiere entrar en el mundo de la realidad suprasensible le dicen que necesita “ponerse un suntuoso vestido y perfumarse con un suave perfume”, que podrá encontrar, respectivamente,  en “el mercado del sésamo” y en la Tierra de la Imaginación”. Curiosamente, cualquiera de estas tres palabras,  infinito, sobrenatural e imaginación podrían servir para advertir al lector de lo que le espera si decide  mirar a través del presente espejo.

Andrés Ibáñez, el  autor del muy documentado prólogo y responsable de la presente antología, es un personaje singular. Además de escribir en inglés  unas obras de teatro que se representaron hace años en el circuito Off-Off de Broadway, o una ópera, Dulcinea, estrenada en 2006 en el Teatro Real de Madrid, tiene entre otras varias una novela de casi 800 páginas  titulada Brilla, mar del Edén, que es como una réplica o secuela de la serie televisiva Perdidos tal y como le hubiera gustado contarla a él. En medio de una vorágine de trepidantes aventuras, misterios inexplicables y sucesos que desafían lo racional, de pronto se habla de Bruckner con una solvencia muy llamativa porque ocurre que el propio Andrés Ibáñez es músico (de jazz) y tiene desde hace años en ABC una sección de crítica de música clásica llamada  Comunicados de la tortuga celeste. Más que un narrador de historias, ha dicho de sí mismo en alguna ocasión, es un inventor de mundos. Y un hombre como él, que no pierde el tiempo en hacer distingos entre alta o baja cultura, o entre lo sublimo y lo popular, cómo no iba a sentirse en su elemento invitando a su mesa a la infinita variedad de visionarios como él que, con sólo asomarse a un espejo, pueden toparse de pronto con lo maravilloso o con el horror. Deende.

En realidad, el número de tales visionarios es tan elevado que, como él mismo confiesa en el prólogo, ha tenido que dejar fuera con harto dolor a nombres tan notables como Apuleyo, Lucano, Miguel Ángel Asturias, Chamisso, Silvina Ocampo, Roberto Bolaño o Yeats. “Todos sus relatos nos gustaban”, dice Adrés Ibáñez incluyendo al editor, Jacobo Siruela. Y también numerosas leyendas creadas a costa de los espejos  por culturas como las orientales o la azteca. En cambio, por su gusto hubiese incluido íntegro El sueño de Polífilo ese inclasificable libro atribuido a Francesco Colonna en el que, como  en el palacio de la reina Eleuterilide todo es fascinante y maravillosamente bello, no podían faltar unos objetos todavía tan raros y dignos de admiración como eran los espejos para un hombre del Renacimiento. Pero claro, se trata de un libro de ochocientas páginas y de lectura no muy sencilla y hasta un entusiasta como es Andrés Ibáñez entiende que su inclusión hubiera resultado excesiva.

En el caso de Narciso el problema era el inmoderado número de leyendas que han surgido en torno a su tragedia, razón por la cual no ha habido más remedio que limitarse a quien primero lo transcribió, Ovidio. Para compensar, el editor ha tenido el acierto de incluir en la contracubierta la bellísima interpretación de Narciso que llevó a cabo Caravaggio.

Y a pesar de tantas exclusiones obligadas, la antología incluye una treintena de textos entre los que destacan autores tan apetecibles como los hermanos Grimm, Edgar Allan Poe, E.T.A Hoffmann, G.K. Chseterton, H.P. Lovecraft, Isaac Bashevis Singer, Jorge Luís Borges, o Virginia Woolf. Y aunque dar mi opinión personal sea jugar con ventaja porque yo he podido disponer del ejemplar antes que el lector, mi relato favorito es La mujer del espejo: un reflejo, de Virginia Woolf en el que, entre otros muchos, se pueden leer párrafos como este:

“El espejo reflejaba la mesa la mesa del vestíbulo, los girasoles y el jardín con tanta nitidez y fijeza que estos parecían atrapados de forma irremediable en su propia realidad. Era un contraste extraño, todo fugacidad aquí, todo quietud allá, y resultaba imposible evitar que la  mirada saltara de una cosa a otra. Las puertas y las ventanas abiertas al calor producían un suspiro continuo y entrecortado, la voz de lo transitorio y de lo perecedero que iba y venía como el aliento humano, mientras en el espejo los objetos habían dejado de respirar y permanecían inmóviles en el éxtasis de la inmortalidad”.

                Tras esa imagen tan apacible, cómo imaginar lo que el espejo reflejará al final. Pero no en balde Virginia Woolf termina diciendo: ”La gente no debería colgar espejos en las habitaciones”.

 

A través del espejo

Ovidio y otros autores más

Antología a cargo de Andrés Ibáñez

Atalanta

 

[Publicado el 10/11/2016 a las 16:22]

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Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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