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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 23 de septiembre de 2017

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Pedigrí

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Según contaba el propio Simenon, en el umbral de la cuarentena (1941, 38 años)  le detectaron erróneamente una enfermedad que iba a acabar con él  en un par de años. Y puesto que tenía un hijo pequeño y deseaba que éste pudiese hacerse una idea de quién fue su padre decidió escribir un pequeño relato autobiográfico que acabó complicándole mucho la vida, primero porque fue publicado sin su  consentimiento con el título de Je me souviens;  segundo porque algunos de los personajes le llevaron a los tribunales por considerar que habían sido injustamente reflejados (a modo de defensa pronunció el célebre “Todo lo que escribo es verdad pero nada es exacto”) y tercero porque, puesto a introducir cambios  so pena de ser nuevamente llevado ante la justicia, optó por hacer caso a André Gide, quien le recomendó que empezase desde cero pero no en primera sino en tercera persona para darle al escrito más aliento y amplitud de miras. El resultado fue este Pedigrí que tampoco se parece mucho al nuevo planteamiento porque, al terminar la nueva versión  apenas dos años más tarde, Simenon puso “Fin del primer tomo” pensando que luego vendrían al menos dos tomos más. Nunca llegó a explicar por qué no cumplió su promesa aunque, si para describir los primeros quince años de vida de su supuesto alter ego, llamado Roger Mamelin, necesitó más de 600 páginas a tiempo completo (recuérdese que teóricamente estaba  condenado a muerte y que los médicos le exigían reposo absoluto)  los centenares de libros que le quedaban por escribir debieron de ser una llamada tan exigente que le impidió llevar a cabo su idea inicial.

                Tal como ha quedado, Pedigrí abarca más o menos desde el nacimiento de Roger Mamelin a principios del siglo XX hasta 1915, es decir, cuando la I Guerra Mundial iba a introducir en la vida del adolescente (y de Europa entera, ya que sale) una variable tan brutal y traumática que  nada de la experiencia acumulada hasta entonces le iba a servir para asumir la nueva realidad surgida tras la contienda. Por desgracia, ese acontecimiento crucial en la vida de quienes lo sufrieron queda aquí como un telón de fondo pero sin verdadera influencia en el desarrollo del relato: de pronto aparecen muchos oficiales alemanes, hay racionamiento y colas para comprar el pan y de cuando en cuando se oyen cañonazos, pero si el lector no lo sabe por sí mismo nada permite pensar que en la cercana ciudad de Ypres, situada a poco más de dos horas de allí, los combates de conquista y reconquista de ese insignificante enclave estaban costando (para nada) más de medio millón de vidas. Es posible que Simenon tuviera pensado reflejar lo que supuso en su vida de adolescente aquella contienda salvaje, pero quien tenga curiosidad por saberlo habrá de buscarlo en cualquiera de los 21 volúmenes autobiográficos de Dictées, en Carta a mi madre, o en los dos volúmenes de Memorias íntimas. Pero aquí, como digo, la guerra parece como algo que les ocurre a los demás porque a él, Roiger Mamelin, se le acaba de despertar el sexo y vaya la que se viene encima.

Que conste sin embargo que Pedigrí está considerada con toda justicia una de las mejores novelas de Simenon o, para qué andarse con clasificaciones, basta decir que es una gran novela, sin más. Y eso que sería difícil redactar una sinopsis porque, pese a las mencionadas seiscientas páginas, pasar no  pasa gran cosa: un suburbio obrero y de pequeña burguesía en Lieja. Todo son pequeños tenderos de barrio, empleados de seguros, comerciantes en quesos, panaderos o artesanos. Y la descripción que se hace de uno de los personajes “la suya era una felicidad pequeña y tibia” podría hacerse extensiva a todos los demás, aunque a veces habría que cambiar la palabra felicidad por desgracia. Pero hay momentos que incluso siendo pequeños y tibios son un prodigio, como por ejemplo la descripción de las fiestas del barrio contadas para la sensibilidad de un niño, o la descripción de la primera maestra de Roger, la hermana Adonie, “tan duce y tan blanca que hace pensar en algo bueno para comer […] dentro del amplio hábito negro con cien pliegues que le cubre los pies, la hermana Adonie no parece caminar sino deslizarse sobre el suelo”. El dibujo de Desiré, el padre de Rober, que camina de forma tan armoniosa que parecen acompañarle compases musicales, o Élise, la madre, siempre sumida en una angustia también pequeña y tibia pero que hace que le “duelan los nervios”.

                Son pequeñas joyas que van surgiendo sin sobresaltos ni estridencias, pero que en conjunto componen un relato de una sensibilidad y delicadeza tan extraordinarias que hacen lamentar la ausencia de los restantes volúmenes.   

 

Pedigrí

Georges Simenon

Traducción de Núria Petit

Acantilado

[Publicado el 31/8/2017 a las 21:33]

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Vindicación del arte en la era del artificio

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 Romper una lanza en favor del arte es un intento tan noble como arriesgado porque el propio lenguaje al que se recurre para llevar a cabo tan meritorio propósito es confuso y está bajo sospecha de contaminación debido a que, para empezar, también es confuso y sospechoso aquello sobre lo que se habla. Y basta tomar como ejemplo la palabra belleza: podemos decir con seguridad de ser entendidos por un hipotético interlocutor que una Anunciación de Fra Angélico es bella, pero ya no está tan claro que el mismo interlocutor coincida con nosotros si hablamos de belleza al referirnos a uno esos cuadros de Francis Bacon que parecen bodegones realizados en un matadero tercermundista.

Y lo mismo cabría decir del concepto de Obra de arte si, a manera de ejemplo, traemos a colación el vulgar sanitario de serie que hace ahora cien años Marcel Duchamp colgó en una galería afirmando que se trataba de una obra de arte, o si nos referimos al cuadro “Blanco sobre blanco” de Kazemir Malevich o a los lienzos cortados de Lucio Fontana. Se podrían poner miles de ejemplos más en los que todavía hoy no está claro por qué, o por qué no, puede hablarse de una obra de arte, aunque justamente por eso se dice que el lenguaje del arte es confuso o que está bajo sospecha de contaminación.

La cuestión podría reducirse a un simple tema de discusión para eruditos aburridos si no fuera porque, como señala J.F. Martel en este libro, en nuestra era la ideología se propaga utilizando las técnicas del arte. La supuesta libertad de pensamiento que pregonan las democracias occidentales se ve contrarrestada (por cierto que muy eficazmente) por el férreo control del sentimiento y el pensamiento que se ejerce a través de los medios de difusión, también llamados medios de formación de masas. Como dice el activista radical Slavoj Zizek, la doctrina oficiosa en las sociedades democráticas insiste en que las más profundas aspiraciones del ser humano están a punto de verse satisfechas gracias a los avances de la ciencia y la tecnología, y para demostrarlo el abrumador bombardeo de optimismo abarca todos los ámbitos, desde la curación de las enfermedades y la prolongación de la vida o la eterna juventud hasta la cada vez más cercana colonización de otros planetas. No por casualidad en cambio, apunta Zizek, la mera alusión a un posible cambio de la economía global por más razonable que sea (digamos que un reparto más justo de la riqueza) provoca una condena unánime por parte de quienes controlan los medios de difusión. O por decirlo en palabras de Zizek, se admite y permite cualquier iniciativa circunscrita a los límites que impone el mercado, al tiempo que se presenta como inviable cualquier alteración de dichos límites.

El problema se agrava por el hecho de que en una sociedad como la actual, incuestionablemente dominada por la información, el afán de dominio ya no recurre a la vieja práctica de disciplinar a los díscolos porque cree más efectivo controlarlos. Actualmente no se busca castigar a los transgresores sino controlar la libertad de pensamiento, determinar los sentimientos y teledirigir la iniciativa de tal forma que cualquier cambio en profundidad parezca imposible. Y como J.F. Martel plantea desde diversos puntos de vista en su libro, la ideología, o el control social, se lleva a cabo mediante una operación cuyos mecanismos surgen de la estética. O de una perversión de la estética denominada artificio.

Al fin y al cabo, si las sociedades autocráticas han ejercido desde siempre un control tan brutal sobre la actividad artística es porque reconocen el poder subversivo del arte y lo criminalizan con vistas a disponer de los medios indispensables para domeñarlo y ponerlo al servicio de su ideología. La sociedad de la información persigue los mismos objetivos que la autocrática, salvo que en lugar de perseguir o castigar ha optado, en palabras de J.F. Martel, por sustituir el arte por el artificio, el cual, para entendernos, vendría a ser una especie de arte domesticado. Es decir, privado de un poder tan subversivo que ponga en peligro la estabilidad del mercado como el demostrado por los Duchamp, Malevich, Fontana y el resto de creadores que rompieron los moldes establecidos en busca de (y aquí topamos de nuevo con una palabra turbia) la verdad. O como querían los surrealistas, saber lo que hay detrás de una pared. La sociedad de la información se siente tan fuerte que permite incluso la existencia de discursos artísticos muy críticos contra el sistema justamente porque los sabe impotentes para cambiarlo. Y ahí reside el sentido de romper una lanza en favor del arte: si alguna esperanza queda de derrotar el dominio abrumador de la sociedad de la información reside en la potencia subversiva del arte. Para Gilles Deleuze, el efecto perturbador que provocan los cuadros de Cézanne es que reflejan “el paisaje antes del hombre”, es decir, sin prejuicios ni predeterminaciones. Que es, justamente, lo que la autoridad competente trata de impedir mediante el recurso masivo al contenido insustancial e irrelevante que producen los medios de comunicación.

Por desgracia, el noble gesto de J.F. Martel al romper una lanza en favor del arte y contra el artificio choca contra un primer y serio problema: cómo hacerlo. Cómo convencer a una voluntad múltiple y variopinta de que la forma de romper el maléfico círculo del artificio es volver a dejar que se exprese libremente el arte, sea éste lo que sea.

Vindicación del arte en la era del artificio

Jean-François F. Martel

Traducción de Fernando Almansa

 

Atalanta

[Publicado el 13/8/2017 a las 10:27]

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Ferragus

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Leer a estas alturas a los Balzac, Stendhal, Dickens y demás monstruos del siglo XIX tiene el inconveniente de que todos ellos han sido tan sistemática y despiadadamente saqueados que mientras los lees tienes todo el rato la desagradable sensación del déjà vu. Y muchas veces es cierto porque gran parte de las mejores obras de todos ellos ya las has leído, a veces más de una vez y en ocasiones incluso pasadas al cine. Pero Ferragus, por ejemplo nunca había caído en mis manos antes y sin embargo desde el arranque del relato se tiene la misma y desagradable sensación de estar en terreno demasiado conocido: “Hay en París ciertas calles tan deshonradas como pueda estarlo un hombre culpable de infamia; también hay calles nobles, calles simplemente honestas (…) calles asesinas, calles más viejas que la más vieja de las viudas viejas (...)”.

Según avanza el relato, calle a calle, plaza a plaza, casa a casa, el escenario (París) se transforma en un organismo vivo, desmesurado, rezumante de pasiones y maleficios y en el que los hombres son máscaras y los eventos meras alucinaciones, un escenario monstruoso porque son las calles las que hacen a las personas y no al revés, razón por la cual el transeúnte no, acabáramos, el flâneur, y aquí es donde caes en la cuenta del saqueo sufrido en este caso por Balzac, pues cuántas veces no se habrá recurrido desde entonces a la figura del paseante que parece sufrir una suerte de simbiosis con una ciudad que acaba transformada en un organismo vivo, monstruoso, capaz de crear y devorar a sus criaturas, una entidad autónoma y perversa porque es capaz de albergar rasgos humanos y (sobre todo) los peores vicios.

Pasa un poco lo mismo con el relato y los personajes. Debido a su prodigiosa capacidad de inventiva, y a la no menos prodigiosa cantidad de historias que bullían en su cabeza, Balzac escribía a golpes y sin guión ni plantilla previa, y cuando le devolvían las galeradas las acribillaba a correcciones pero sin modificar nunca la estructura ni alterar el orden general de los acontecimientos. Quiero decir que a veces transmite la impresión de que aplicaba aquello tan castizo del “si sale con barbas...y si no...”.

Ferragus es solo el primero de los relatos que integran la trilogía Historia de los Trece, escrita entre 1833 y 1835, y quien se moleste en ojear los tres uno tras otro apreciará de inmediato la poca relación que hay entre ellos en lo relativo a tema, composición, estructura e incluso a los personajes, y eso que algunos pasan de un relato a otro. Quizá porque intuía que ya no le quedaba mucho tiempo y tenía una enorme cantidad de historias para completar su Comedia Humana, Balzac no se molestaba en revisar lo que iba escribiendo porque, en caso de necesidad, le sobraban recursos para rectificar sobre la marcha. Y esta es otra de las impresiones que transmite el presente relato: partiendo de un planteamiento puramente convencional (dos esposos que se aman tierna y ejemplarmente; un oficial de caballería platónicamente enamorado de la esposa; un misterioso criminal de difícil encaje en lo ya contado y de ahí la nota de misterio) parece como si llegado un momento determinado el atosigado Balzac intuyó que no iba a ninguna parte con semejante elenco y de pronto, sin necesidad de cambiar una sola coma de lo anterior, multiplica hasta el infinito la tensión y el pathos del relato con el sencillo recurso de transformar esos sentimientos convencionales (amor, celos, fidelidad, engaños) en pasiones que poco a poco van tomando el mando de los acontecimientos hasta empujar al amante platónico a destruir a su amada, al marido a provocar la destrucción de la esposa y a ésta, por reflejo, a terminar con el marido, al padre amantísimo a atraer la desgracia sobre su abnegada hija, etc.

Y al final, casi como un premio, una muestra de lo difícil que es copiar, y no digamos superar, al maestro: me refiero al momento en que París, capaz de destruir a sus criaturas, demuestra que también es incapaz de dejarlas marchar incluso después de muertas, como si la muerte, allí, se hubiese petrificado. Un auténtico prodigio. Un Balzac de primera categoría, capaz de salvar y aun superar con ese epílogo una historia que no tendría parangón por ejemplo con su vecina de trilogía, La muchacha de los ojos de oro.

Ferragus

Jefe de los Devorantes

Ttraducción de Marta Hernández Pibernat

Minúscula



[Publicado el 02/8/2017 a las 17:44]

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El río

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El único aspecto positivo de sufrir una enfermedad larga y por lo tanto pesada es que permite saldar viejas deudas. Una de la mías era El río, de Wade Davis. El original, One River, es de 1996  y la versión castellana la publicó Pre-Textos en 2004 con una excelente y proteica traducción de Nicolás Suescún. Mi ejemplar data de entonces y lo he tenido docenas de veces en las manos pero siempre lo dejaba para mejor momento porque, y eso es algo que se aprecia con solo hojearlo, se trata de un relato apasionante, de esos que si los empiezas no lo puedes dejar hasta la última de sus 637 páginas. Esperar la oportunidad de leer el libro de un tirón ha  merecido tanto la pena que incluso me perdono a mí mismo por la enfermedad.

            Resumiendo mucho, porque el contenido es como una avalancha, hay dos líneas narrativas. Una, la principal, relata las investigaciones del creador de la etnobotánica, Richard Evans Schultes, don Ricardo como le conocían en las estribaciones de los Andes colombianos y peruanos. Wade Davis, su discípulo, no tiene la menor  duda acerca de la valía de su maestro, al que compara sin más con Darwin y con otro de sus ídolos, el explorador y botánico británico del siglo XIX Richard Spruce, de cuyos asombrosos logros y hallazgos el lector acaba teniendo cumplida noticia. De hecho, el calificativo asombroso puede aplicarse a los botánicos de campo en general, gente sabia, sobria y dotada de una curiosidad científica solo equiparable a su capacidad para recorrer a pie kilómetros de selva impenetrable, navegar por ríos imposibles de dominar  y sin apenas equipo ni provisiones. Y todo para recolectar unas plantas que primero debían desecar entre cartones o unas semillas embaladas con serrín húmedo para que ambas cosas llegasen intactas a los museos y jardines botánicos que les financiaban.

            Schultes fue contratado en los años treinta por el gobierno norteamericano para que diese un informe exhaustivo sobre el árbol del caucho. De pronto un alto mando gubernamental  había caído en la cuenta de que si alguien (como por ejemplo hizo Japón años más tarde) invadía las explotaciones caucheras del Sudeste Asiático en Occidente no podrían fabricas coches, camiones, aviones ni todo el resto de artilugios que llevan componentes de caucho. Y se acabaría la civilización.

            Entre 1941 y 1953 Richard Schultes, en parte financiado por el gobierno y en parte por la Universidad de Harvard, recorrió las estribaciones de  los Andes colombianos y peruanos y sólo regresó a la civilización para dirigir el Museo Botánico de Harvard, pero lo hizo tras cartografiar docenas de ríos nunca explorados, convivir con docenas de tribus  y acumular 20.000 especímenes de plantas, 300 de los cuales no se conocían. Paralelamente se llevó consigo dos variedades vegetales sagradas para los aztecas (el ololinqui y el teonanacatl) cuyas propiedades alucinógenas fueron un componente esencial en las culturas precolombinas y que vivieron  un renacimiento imprevisto (y alucinante, claro) gracias a conversos tan mediáticos como Timothy Leary y William Burroughs.

            Hubo otro objeto de estudio por parte de Richard Schultes que iba a tener un impacto cultural y económico inimaginable: la  Erythroxylum coca, planta de la que se extrae la cocaína. Cabe decir que, según Wade Davis, tanto la aportación de Schultes al conocimiento del caucho (una variedad inmune al temible hongo Microcyclus-ulei), como sus conocimientos sobre las virtudes energéticas y alimenticias de la hojas de coca (nada que ver con el producto que se esnifan millones de personas en todo el mundo) fueron boicoteados y ninguneados por una ceguera burocrática estimulada por cuestiones puramente económicas.

            Años más tarde (década de 1970) Schultes tuvo oportunidad de mandar a dos de sus discípulos favoritos, Timothy Plowman y el propio Wade Davis, a recorrer muchos de los territorios recorridos por él treinta años atrás y con el mismo propósito: conocer mejor desde un punto de vista científico las propiedades de la coca. Ni qué decir tiene, tanto el maestro entonces como los discípulos más tarde eran científicos escrupulosos que gustaban de probar los productos que estudiaban. Y para hacerse una idea de lo que eran esos viajes acerca de los cuales habla este libro, véase por ejemplo esta frase de Davis en la página 537: “Yo quería quedarme unos días en Ollantaytambo, pero Tim estaba ansioso por regresar a la llanura, lo cual era comprensible. En 1963, un botánico había calculado que en los valles del bajo Vilcanota había unos ochenta millones de arbustos de coca”.  Pero conste que junto a los lógicos excursos alucinógenos, los viajes aquí narrados eran rigurosamente científicos y  Wade Davis los enriquece con estupendas  informaciones históricas, geográficas y etnográficas.

 

El río       

Exploraciones y descubrimientos en la selva amazónica.

Wade Davis

Traducción de Nicolás Suescún

Pre-Textos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 25/7/2017 a las 19:40]

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Historia del rey de Bohemia y de sus siete castillos

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En el momento de su aparición, 1830, esta novela recibió calificativos tales como “delirio narrativo”, “extravagancia ortográfica y tipográfica” o “disparate esotérico”.  Años más tarde surrealistas  como André Breton y Tristan Tzara  la idolatraron y rupturistas como Apollinaire incluso imitaron sus filigranas tipográficas.  Cuando Nodier publicó Disertación sobre el uso de las antenas en los insectos, el primero del centenar largo de obras que después firmaría,  nadie supo ver que estaba iniciando su carrera un hombre que llegó a ser un prolífico autor de literatura fantástica, aparte de novelista, dramaturgo, ensayista, autor de odas panfletarias contra Napoleón y un reputado lexicógrafo, como lo prueban sus todavía vigentes Dictionnaire universel de la langue française (Diccionario universal de la lengua francesa, 1824), y su estudio filológico Bibliothèque sacrée grecque-latine de Moïse à Saint Thomas d'Aquin (Biblioteca sacra greco-latina, desde Moisés hasta Santo Tomás de Aquino, 1826).

            Nodier todavía tuvo tiempo de alentar una tertulia a la que durante años asistieron  gente como Alfred de Vigny, Balzac, Delacroix, Nerval, Sante-Beuve, Gautier, Dumas y Víctor Hugo, que más adelante le robaría con su propia tertulia a muchos de esos  contertulios. Aunque la competencia distanció a los anfitriones, Hugo siempre mantuvo que el Romanticismo europeo tenía una deuda impagable con el magisterio ejercido por Nodier.

            Vaya por delante que si alguien está interesado en conocer qué les pasó de verdad al rey de Bohemia y a sus siete castillos más le vale ir a buscar en otras fuentes porque no se la van a contar ni Nodier, ni ninguno de los tres narradores que irrumpen arbitrariamente en la acción y llevan ésta de aquí para allá sin orden ni lógica alguna. Por ejemplo Thédore, el narrador que abre el libro, clama desesperado por un caballo para trasladarse a Bohemia y alude a Bucéfalo y al caballo de César (como diciendo que si ellos tuvieron montura a ver por qué razón no puede disponer él de una). Y termina aludiendo al famoso y muy trágico “¡Un caballo!¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!”. Sin embargo, a pesar de tanta urgencia y desespero, el capítulo siguiente, titulado Retractación, empieza así:”Por lo demás, ¿qué haría yo con un caballo?”.

            El argumento es que ese animal no tiene nada que hacer frente al mejor carruaje jamás inventado, la cama, “un coche que me pertenece a mí, donde duerno apaciblemente en cada una de sus cuatro esquinas, algunas veces solo, a menudo acompañado, y que dirijo a mi antojo hacia todos los lugares del universo”. Y si encima masticas hojas de adormidera que despiertan en la mente a la adorable familia de los ensueños para qué, en efecto, se necesita un caballo. Además el bueno de Théodore no está dispuesto a partir hacia Bohemia (estamos ya en el tercer capítulo) si no es en compañía de sus dos buenos amigos Pic de Fanferluchio y el fiel Breloque.Gracias a la técnica del grabado en madera, un invento revolucionario que permitía intercalar imágenes en el texto, el lector tiene ocasión de conocer en efigie a tan estrafalarios personajes mientras se saludan desde una página a la opuesta. La cosa sigue así todo el rato, de un narrador a otro, y como en la novela de K., nos quedamos para siempre a las puertas del castillo.

            Si es maravilloso que un autor de mediados del siglo XIX arriesgue su prestigio y sus caudales (al parecer se arruinaron él y los editores) en escribir, ilustrar y poner a la venta un libro que ya entonces se consideraba invendible, bien se puede hablar de milagro si un pequeño editor del siglo XXI tiene la osadía de poner a la venta por vez primera en castellano una edición que prácticamente es una reproducción casi idéntica a la original, respetando el tamaño, la tipografía, los grabados y encima en un papel que enciende los sentidos con solo pasar las páginas. Todo ello se le debe a Francisco González Fernández, que además de traductor es el autor de un prólogo yo creo que definitivo sobre Charles Nodier, el Romanticismo y este libro tan singular llamado Historia del rey de Bohemia y de sus siete castillos. Cualquiera que ame los libros se felicitará si acepta mi consejo y sale corriendo a conseguirse ahora mismo un ejemplar de esta joya.

 

Historia del rey de Bohemia y de sus siete castillos
Charles Nodier

Edición de Francisco González Fernández

KRK    

 

[Publicado el 27/5/2017 a las 19:15]

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El libro de la madera

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Quienes tengan a su cargo la tarea de mantener el calor del hogar, sobre todo si dicha tarea se hace con leña, va a encontrar en Lars Mytting un buen compañero de tareas porque su libro ofrece mucha información de primera mano y también toda clase de consejos útiles, pero sobre todo porque es un compinche estupendo: mantener constantemente encendida una chimenea o una estufa es un trabajo duro, que encima no siempre es bien entendido (la eterna acusación de “dejar toda la casa perdida”). Además según y cómo puede resultar incluso peligroso, y de ahí que el texto esté repleto de alusiones a la “sana costumbre de conservar todos los dedos de las manos”  o lo poco apetecible que resulta “convertirse en un habitual de las visitar urgentes al hospital”.

                Lars Mytting es noruego y un entusiasta (léase apasionado) de todo lo relacionado con la leña. Su condición de noruego podría resultar un lastre porque, como buen  ciudadano de un país nórdico, lleva impresa en la sangre una cultura sobre la madera extraordinariamente desarrollada. Y se entiende a la carrera que sea así cuando dice, como de pasada, que en su país los noticiarios no consideran que el frío sea noticia hasta que la temperatura no pasa de los 40º bajo cero. Y puesto que en esas latitudes es posible que las borrascas provoquen cortes de electricidad y gasóleo, resulta lógico sentir una agradable sensación de seguridad cuando afuera arrecia una ventisca y tienes la leñera llena de troncos hasta el techo.

                No obstante, el posible hándicap que supone hablar desde la abundancia y la superioridad que produce la conciencia de tener a la puerta de casa, como aquel que dice, las masas boscosas más extensas de Europa, Mytting lo suple de sobras con la camaradería y complicidad a las que antes aludía. El trato con la madera exige una considerable energía, sobre todo si hay que empezar por desplazarse hasta el bosque para talar un árbol y luego llevar a cabo el duro y no siempre sencillo proceso que convertir el tronco en un montón de leños cortados, secos, bien apiliados y listos para el fuego.

                Lars Mytting sigue paso a paso todo el proceso ofreciendo además observaciones inesperadas, pues por ejemplo tranquiliza a quienes puedan sentir una cierta aprensión por estar contribuyendo a la agresión al medio ambiente debido a la combustión de los 400 kg por persona y año que se necesitan para calentar una casa durante un invierno particularmente frío (es de suponer que habla de los famosos –40º necesarios para decir “particularmente” frío). Pero, sea como sea, hay que sentir tranquilidad al respecto porque manteniendo caliente la casa no se contribuye a deteriorar el medio ambiente: los árboles adsorben CO2 de la atmósfera durante su época de crecimiento, pero ese gas vuelve a ser liberado tras la muerte del árbol, ya sea por causa natural o debido al fuego. O sea que, malo por malo, mejor que muera produciendo un calor mucho más agradable que el procedente de la electricidad o el gasóleo porque la madera al arder produce unos rayos infrarrojos muy similares a los del sol y de ahí la sensación de bienestar que produce volver de la calle y arrimarse mucho a una estufa.

                En España sólo los pueblos de alta montaña podrán sacar pleno provecho de la sabiduría de  Mytting y lo que cuenta acerca de cómo se debe cortar un tronco (al parecer conviene dejar un tocón de no más de 10 cm de alto para facilitar el nacimiento de unos brotes que se benefician de la red de raíces creada por el  árbol recién cortado), la época mejor para la tala (la  primavera, porque así el verano realiza adecuadamente  la tarea de secado) y el apilado, que es toda una obra de arte de la que depende en gran  parte el calor invernal. Por desgracia en gran parte de la superficie boscosa española predomina el pino, que da una madera esponjosa y que encima de arder rápido produce una brasa no excesivamente calurosa. En un ranking ideal  lo mejor es la madera de encina seguida de la del olivo, el almendro, el roble y el algarrobo. Sin embargo, si no es posible procurarse uno mismo la madera, Mytting aconseja recurrir a un buen suministrador  profesional, encargarle la mejor leña  y resignarse a pagar un poco más porque a larga compensa comprar calidad.

                Otro tanto cabe decir de las herramientas. Incluso cuando hay que recurrir al profesional en lugar de hacerlo uno mismo, es una delicia leer a Mytting hablar de las herramientas y la forma correcta de usarlas porque una vez más, su entusiasmo es contagioso, y pongo como ejemplo el capítulo dedicado a la motosierrra o el cariño con que habla del hacha. Dan ganas de salir a comprar una honrada Hultafors, o en su defecto una mítica Mustad2 , sabiendo que si las mantienes debidamente te van a durar toda la vida. O sea una lectura regalo para el maderero en activo pero también a para quien se limita a comprar  ya cortada y preparada la madera que necesita para mantener el calor de hogar.

 

El libro de la madera

Lars Mytting

Traducción del noruego de  Kristina Solum y Antón Lado

Penguin Random House

[Publicado el 19/5/2017 a las 11:39]

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Viajes con Henry James

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Los incondicionales de Henry James están (estamos) de enhorabuena porque aquí llega  uno más, todavía en fase de formación pero ya en estado puro. Puro James, y eso que tenía veintipocos años cuando empezó a escribir para The Nation la serie inicial de relatos de viaje que acabaría prolongándose durante casi diez años (1870-1879).  Como dice su mejor biógrafo, Leon Edel, James fue un genio a la hora de gestionar su carrera de  escritor. Estaba muy dotado para el tipo de escritura que se proponía hacer, pero sobre todo tenía una gigantesca ambición (en los presentes escritos menciona varias veces que se guarda determinados datos y reflexiones porque los utilizará cuando llegue el momento de escribir “la gran novela americana”) y desde sus inicios se trazó un camino que luego cumplió escrupulosamente hasta el final.

                En ese sentido la veintena de “postales” que completan el presente libro podrían considerarse en su inicio un ejercicio de estilo que luego fue creciendo en ambición y alcance. Los cinco primeros, desde Saratoga hasta las cataratas del Niágara están íntegramente dedicados a localidades norteamericanas y aunque ya da numerosas pruebas de su sensibilidad y buen ojo para la descripción de paisajes (el recuento de su primera visión del lago Ontario es una maravilla de concisión creativa) lo que en verdad le interesaba era la gente, el ambiente social en los balnearios que iba visitando, ofreciendo de los mismos una imagen  marca de la casa. Son muy notables sus descripción de las mujeres, deshaciéndose en elogios de su elegancia y saber estar, muy en contra de la opinión que le merecen los maridos, a los que tacha invariablemente de holgazanes. Después se sabría que, más allá de estar buscando el favor de un público que ya empezaba a tener noticias de ese escritor en ciernes, estos capítulos preparatorios tenían como fin encelar a los responsables de la revista The Nation para que le financiasen nuevos relatos, ahora durante  un largo periplo por Europa.

                Por suerte para todos la revista aceptó y a partir de su aterrizaje en Inglaterra el libro experimenta una saludable subida de tensión debida, sin duda, al renovado entusiasmo del joven James, que no sólo se adentraba en un territorio conocido y que le era muy próximo sino que lo hacía en las mejores condiciones, porque además de pertenecer a una  familia acomodada y que siempre le apoyó en sus aspiraciones linetarias, The Nation le pagaba por entrega unas tarifas envidiables. De Inglaterra pasa al Continente y tras visitar algunas ciudades y castillos del Palatinado, dirige sus pasos a  París, Roma, Milán, Florencia y Venecia, con las que ya entabla una relación que más adelante será perfectamente reconocible en sus grandes novelas del ciclo europeo.

                Una curiosidad: James se propuso, con plena conciencia de las ventajas e inconvenientes de tal propósito, rendir cuenta únicamente de lo positivo que le transmitían los lugares visitados, y si por casualidad en algún momento se muestra crítico con lo que ve, casi de inmediato se reprocha a sí mismo tal actitud y recobra de inmediato el tono positivo y enriquecedor. Por descontado que  hace mención de la mugre y la decadencia de Venecia o que ni puede ni quiere evitar que se trasluzca el escaso entusiasmo que le provoca una ciudad como Milán, pero donde más notoria es su voluntad de mostrarse constructivo y su interés en transmitir entusiasmo es durante su estancia en París. Al pasear por sus calles, dice sentir una suerte de lánguido éxtasis de contemplación y maravilla – maravilla de que la tierna flor de la poesía y el arte florezca de nuevo sobre prendas de ropa manchadas de sangre y tumbas recién cavadas”. Nadie diría que está dándose por enterado de que sólo un año antes esas mismas calles estaban siendo ocupadas por unos partidarios de la Comuna que después sufrirían una represión  tan brutal que costó un mínimo de 10.000 vidas.

                Sin embargo también hay numerosos pasajes en los que se puede percibir ya al mejor James. En ese sentido aconsejo al lector indeciso que busque al final del capítulo dedicado a Florencia el encuentro con un anciano copista francés que ha logrado la hazaña de reproducir en condiciones casi imposibles el  extraordinario cuadro de Ghirlandaio Adoración de los Magos (www.arqfdr.rialverde.com/6-Renacimiento/Re_Ilustr01.htm). Claro que, si el lector es de los que saben escuchar un buen consejo, hará bien en apuntarse el dato e ir a ver ese mismo cuadro cuyo original está en el Ospedale degli Innocenti de Florencia. En su defecto puede contentarse con ir a ver exactamente el mismo trabajo que tanto admiró a James, hoy colgado en el Museo de la Copia, en París.

 

Viajes con Henry James

Henry James

Traducción de Borja Folch

Ediciones B

[Publicado el 05/5/2017 a las 18:20]

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El país donde florece el limonero

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El lector se quedará algo desconcertado cuando descubra en el mismo prólogo, es decir, antes incluso de haber entrado en materia, que nunca ha comido una naranja como debe ser. Porque, amigo mío, para  comer una naranja como es debido hay que respetar el ritual que sigue cualquier cultivador experimentado y que se cumple así: “[El cultivador] primero sujeta el fruto en la palma de la mano, con el tallo hacia arriba. Luego hace un corte horizontal para dividirlo exactamente por la mitad. El jugo de una naranja recién cogida es abundante, incontenible y su aroma estalla en el aire. Arroja la mitad superior sobre la crecida hierba porque, en la naranja, el zumo y la dulzura se concentran en la parte inferior, lo más lejos posible del tallo. Luego corta una rodaja y pinchándola con la hoja de la navaja la ofrece por la parte sin filo”. Es de temer que este ritual no acabe de funcionar con una de esas naranjas de supermercado que a lo mejor lleva meses en una cámara frigorífica. 

            Al principio de su vida profesional Helena Attlee acompañaba a turistas británicos y del norte de Europa a visitar los parques y jardines de las villas aristocráticas de la Toscana. Hoy, treinta años después, sigue haciendo lo mismo, pero su campo de acción se ha extendido a todo Italia desde el lago de Garda, al pie de los Alpes, hasta la ciudad siciliana de Siracusa, con especial énfasis en la variedad sanguina que crece en las laderas del Etna y cuyo peculiar color sangre se lo debe al frío y no al calor del cercano  volcán. Da la sensación de que Helena Attlee lo sabe todo acerca de los jardines (de hecho tiene cuatro libros dedicados a la historia cultural de los jardines de Italia y de medio mundo) pero a lo largo del tiempo ha desarrollado un asombroso conocimiento acerca de los cítricos en general y de los limones en particular y ella misma refleja su pasión por ese fruto que es al mismo tiempo infinitamente precioso y gratuito porque de esa forma todo el mundo puede disfrutar de él. O por decirlo en palabras de Eugenio Montale, “aquí tocca anche a noi  poveri la nostra parte di ricchezza/es é l’odore dei limoni” (‘aquí también nos toca a los pobres nuestra parte de riqueza/y es el olor de los limones’).

            Pese a su título, El país donde florece el limonero es mucho más que un tratado sobre los cítricos. A ratos es un libro de viajes, pero también una investigación  sobre el origen y la evolución de los cítricos actuales (la mandarina de China, el pomelo de Malaysia, el limón de los Himalayas y sus complicados y fascinantes vericuetos seguidos antes de confluir en nuestras mesas); también hay intrigantes excursos por diferentes vertientes de la horticultura o una curiosa visión de la vida cotidiana y las costumbres de unos aristócratas del Renacimiento a quienes les dio por cultivar, injertar, multiplicar y crear extrañas variedades (frutas “preñadas”, con dedos, con pechos) pese a vivir en latitudes frías e inhóspitas, muy alejadas de un medio tan  amable y acogedor como puedan ser la costa amalfitana o las soleadas laderas de la Conca d’Or palermitana.  

             Pero sobre todo es un libro que festeja el sol, la luz, el olor y los sabores, casi siempre contra un fondo mediterráneo, todo ello envuelto en un lenguaje agradablemente cálido, sensual y evocativo. Helena Attlee es una de esas personas entusiastas que encima tienen la virtud de trasmitir su entusiasmo incluso donde en apariencia no hay nada digno de resaltar. Véase por ejemplo, su forma de informar que en la Biblioteca Británica de Londres se puede consultar  un ejemplar de Hespérides, un tratado escrito por un jesuita del siglo XVII  llamado Giovanni Batista Ferrari e ilustrado por Cornelius Bloemaert, cuyos grabados  pasan  por ser una obra clave en la historia de la ilustración botánica. Según Helena Attlee, una vez abierto  ese ejemplar, “al ver los grabados se siente el peso de la fruta en la mano, la textura de la pìel contra los dedos y, si se es afortunado, se experimenta algo de la pasión que despertó entre los coleccionistas de cítricos”. Quien, al terminar de leer ese párrafo no sienta la imperiosa necesidad de comprar de inmediato un pasaje a Londres para presentarse en esa biblioteca nada más aterrizar en  Heathrow, es un tibio de corazón.

            Inevitablemente, hay aspectos de los cítricos que son bien conocidos, como su capacidad para  curar el escorbuto o su utilidad en campos tan variados como la medicina, los perfumes (qué decir de ese humilde árbol llamado bergamota literalmente repleto de aceites esenciales) o el paisajismo. Pero hay muchos otros aspectos relacionados con ellos y casi desconocidos pero que la autora no se olvida de mostrar, por ejemplo ofreciendo numerosas recetas culinarias en las que incluye incluso el proceso de elaboración del plato o la salsa. El libro se completa con una sección final titulada “Lugares para visitar” que enumera los principales parques y jardines italianos abiertos al visitante, pero también museos, viveros, granjas, restaurantes e incluso fiestas en honor de los cítricos. Todo un hallazgo.

 

El país donde florece el limonero

Helena Attlee

Traducción de María Belmonte

Acantilado. 

[Publicado el 20/4/2017 a las 18:43]

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Václav Havel. Una vida

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En una época como la actual, en la que los grandes líderes políticos mundiales raras veces alcanzan una talla digna de mención (y traer aquí a Trump es una obviedad innecesaria) seguir la trayectoria humana y el desarrollo intelectual de un hombre como Vácal Havel casi devuelve la fe en la posibilidad de que la clase política no sea una más de las muchas especies que hemos visto desaparecer.

            Michael Žantovský fue amigo, colaborador, consejero y casi casi podría decirse que compinche del que fuera el último presidente de Checoslovaquia y el primero de la entonces recién nacida República Checa (1993-2003). El hecho de que conociese tan íntimamente al biografiado, o el hecho no menos significativo de que actualmente sea el director de la Biblioteca Václav Havel permiten pensar que Michael Žantovský dispuso de toda la información necesaria para escribir una biografía que, a buen seguro, será una referencia indispensable para quien desee escribir sobre Havel en el futuro. Sin embargo, tanta proximidad y familiaridad con el biografiado también permiten albergar la duda de si el biógrafo no se habrá excedido en el relato de los aspectos luminosos de aquel para orillar las facetas oscuras, que las tuvo. Y muchas.

            Por si alguien lo duda, quede claro que no estamos frente a una hagiografía de 795 páginas. Faltaría más. Sería un flaco favor al amigo y una insoportable felonía para el lector. Pero Havel fue un hombre complejo y sus muchas facetas (fue ensayista, dramaturgo, moralista, activista político, filósofo, hombre de Estado y hasta marido, aunque no del todo ejemplar) podrían llegar a descompensar en favor de una actividad u otra el intento de reflejar de forma equilibrada una trayectoria vital tan rica.

            Michael Žantovský es un cronista ameno y están muy bien narradas ya sean las peripecias de una juventud inconformista e iconoclasta que vivió a su manera lo que en Occidente se llamó Mayo del 68, la brutal intervención de los tanques soviéticos para aplastar la Primavera de Praga (y que a Havel le costó cuatro años de cárcel) o la sorprendentemente pacífica toma del poder por parte de los sin poder.

            Sin embargo, el libro tiene dos partes bien diferenciadas. La primera, curiosamente, le resultará casi familiar a cualquiera que haya vivido total o parcialmente bajo el régimen de Franco, quizá porque en definitiva todas las dictaduras acaban por parecerse. Los años de un chico llamado a ser un rebelde (por pertenecer a una familia pudiente los comunistas impidieron a Havel tener una educación similar a la de sus compañeros) y los continuos y progresivamente más conflictivos enfrentamientos con la autoridad (acoso policial, ninguneo oficial, arrestos e incluso cárcel) no se diferencian gran cosa de los sufridos en España por quienes, después de pasar un calvario similar, con la llegada de la democracia fueron elegidos para dirigir el país.

            En cambio, a partir de las semanas previas a la caída del Muro de Berlín (1989)  el libro cobra un interés inusitado y es donde mejor se aprecian las dotes narrativas de Žantovský porque resulta fascinante asistir a las (surrealistas) negociaciones de un tipo que sólo estaba preparado para dirigir obras de teatro con unos tipos que en absoluto estaban preparados para entregar el poder sin recurrir a la brutalidad. Fue la llamada Revolución de terciopelo, que culminó con el nombramiento casi a dedo de Václav Havel como presidente de la nación. Y como ejemplo del parecido entre ambos países, he aquí la versión de Žantovský para explicar  cómo fue posible que todo un parlamento, o en el caso de España las Cortes, aceptasen sin rechistar un cambio de régimen que ponía en la calle a todos sus integrantes. “Para quienquiera que se pregunte cómo se podía decidir de antemano el voto de un Parlamento bicameral y de 350 diputados […] basta con decir que se trataba de un Parlameto tan acostumbrado a  obedecer órdenes que habría elegido a Drácula si se lo hubiese dicho el Gobierno”. 

            A cualquiera le gustaría poder asistir a un consejo de ministros, ya sea en el Vaticano, en una república bananera o en un país super desarrollado, porque ver de primera mano cómo funcionan los mecanismos del poder resulta, como digo, fascinante. Y ahí es donde alcanza mayor altura esta biografía, porque se da la circunstancia de que muchos de los acontecimientos narrados desde ahora en adelante fueron presenciados por el propio biógrafo o bien pudo seguirlos muy de cerca y sin haber perdido contacto con los protagonistas. Y no siempre le habrá resultado fácil dar cuenta de ellos. Los grandes objetivos de Havel al acceder a la presidencia eran, en primer lugar, devolver el poder a los ciudadanos de la forma más rápida y pacífica posible; en segundo lugar,  integrar Checoslovaquia en Europa y la Otan y, por último, evitar la escisión de Chequia y Eslovaquia. A este respecto también suena familiar la observación de Havel durante las primera reunión de su gabinete, en la que vino a decir:”Nos han agradecido mucho que no mintamos acerca de la desastrosa situación del país, pero cuando se den cuenta de que apenas podemos hacer nada para remediarlo lo más seguro es que salgamos de aquí untados de alquitrán y emplumados”.

            En su primer mandato Havel no pudo evitar la escisión de Eslovenia, pero al menos logró que ocurriera de forma pacífica y dejando abierta una puerta para una posible reunificación en el futuro. En cambio no sólo logró la integración en Europa y la Otan sino que la República Checa fue un ejemplo de restablecimiento pacífico de los derechos fundamentales y de participación en una economía de mercado sin cambiar un amo (la URSS) por dos (EEUU y Alemania). Pero también cometió fallos tan graves como apoyar la intervención internacional en Kosovo e Irak. Sin embargo, quizá su mayor error fuera no dejar el poder cuando se encontraba en el mejor momento de su trayectoria y persistir en continuar en el cargo pese a sufrir un cáncer de pulmón que mermó considerablemente sus facultades físicas y mentales (al parecer consumía toda clase de medicinas y drogas, algunas de ellas para contrarrestar los efectos colaterales de las anteriores). Y pese a su considerable extensión, el libro se lee de un tirón y al terminar queda una cierta gratitud hacia Havel por ser un hombre que hizo frente a una realidad no muy distinta a la de ahora sin necesidad de recurrir a soluciones tan peligrosas como, por ejemplo, los actuales populismos. 

 

Václav Havel. Una vida.

Michael Žantovský

Traducción de Alejandro Pradera Sánchez

 

Galaxia Gutenberg

[Publicado el 11/4/2017 a las 12:32]

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Franziska Linkerhand

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Ante la imposibilidad de “contarlo todo” sobre la historia que se propone desarrollar, el narrador no tiene otra opción que seleccionar los hechos y situaciones que le resultan más pertinentes: aquel trauma infantil que le va a condicionar la vida al personaje central; el primer  amor y la enésima traición y no digamos la muerte, ya sea del protagonista o de alguien muy próximo a él. A la hora de escribir la presente novela, es decir, cuando hubo de plantearse la indispensable selección de temas, personajes, situaciones y el sentido general de la obra en ciernes,  Brigitte Reimann se encontraba en plena posesión de sus recursos narrativos. En ese momento llevaba publicados una docena de libros (novelas, relatos, correspondencia, etc) que le habían valido una sólida reputación y, sobre todo,  una cierta postura de fuerza frente a la opresora vigilancia de los guardianes de las esencias comunistas (vulgo censores). Todo ello, por supuesto, al ir unido al sólido oficio adquirido, le permitió plantearse una obra realmente ambiciosa y libre.

                Puesto que nació en 1933, su primera infancia la pasó bajo el nazismo, mientras que, en 1945,  la zona oriental de Alemania en la que ella residía cayó bajo la influencia comunista. La suya era una familia de pequeños pero muy prestigiosos editores que se las arregló para pasar sin mayores apuros la etapa nacionalsocialista, mientras que, pese a que las nuevas autoridades comunistas requisaron la mayor parte de los bienes familiares, se dio la circunstancia de que la abuela, aparte de ser una mujer alegre, hedonista y amante de la vida, poseía unas cuantas propiedades inmobiliarias que por suerte cayeron del lado capitalista de Alemania. Ello permitió a la familia pasar con decoro la, por lo demás árida, etapa socialista. 

Pero en las sociedades tan perturbadas como las que se crean bajo los regímenes totalitarios no se perdona que nadie pueda salir de ellos sin haber sido triturado por la maquinaria del poder, por no hablar de quienes no hayan sufrido persecución, cárcel y demás oprobios. Como mínimo, y si no hay pruebas de haberse aprovechado de la situación, siempre quedará la sospecha de una cierta colaboración o al menos connivencia con los opresores.

O sea que Brigitte Reimann no tuvo que romperse buscando tema para su novela: tocaba plantear cómo es posible una vida de cierta dignidad en circunstancias tan diversas como adversas. Y podía haber tomado el camino más directo porque tanto nazis como comunistas habían proporcionado  argumentos de sobra para proceder a un ajuste de cuentas feroz.  

Y lo hay, ajuste quiero decir, salvo que Brigitte Reimann era demasiado sutil para practicar  una reducción a escombros brutal e  indiscriminada, aparte de que, por fortuna, se encontraba en su mejor momento como narradora y sabía, por ejemplo, que bien administrada una simple ojeada de soslayo puede ser más demoledora incluso que una mirada directa y sin contemplaciones.  Así es como van surgiendo lenta pero inexorables cuestiones como el desclasamiento social, la situación de la mujer en una sociedad abiertamente machista, las entelequias de los intelectuales para nadar y guardar la ropa (so pena de acabar en la cárcel), o la dificultad de defender las libertades esenciales sin chocar de lleno contra una autoridad muy poco respetuosa con dichas libertades. Las discusiones de la protagonista, arquitecta de profesión, con los burócratas estatales son una muestra expresiva de cómo plantear una crítica sin concesiones pero también sin reduccionismos. El concepto de espacio ciudadano tal y como lo entendían quienes dictaban las órdenes desde Moscú, o cómo lo querían los discípulos de la Bauhaus,  es tan abismal que no se necesita cargar las tintas para saber cuál de las dos partes llevaba razón.

                Para vehicular tan denso contenido Brigitte Reimann recurrió a Franziska Linkerhand, una alter ego tan versátil que la autora habla de ella en tercera persona pero sin tener el menor problema en dejar que sea la propia Franziska quien hable por sí misma, a veces en un mismo párrafo. El solapamiento de una voz y otra adquiere un tono decididamente dramático en la última página, escrita cuando la autora se encontraba bajo los afectos de la morfina que le fue administrada para ayudarla a morir.

                Franziska Linkerhand no es una novela fácil pero quien decida no dejarse influir por una apariencia coriácea que en realidad no es tal, podrá disfrutar de esa sensación de estar participando de un prodigio, cosa que siempre ocurre cuando entra en acción una inteligencia narrativa que posee los recursos necesarios para expresarse en plena libertad.

 

 

Franziska Linkerhand

Brigitte Reimann

Traducción de Ibon Zubiaur

Errata naturae

 

 

 

[Publicado el 17/3/2017 a las 10:42]

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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