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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 15 de diciembre de 2019

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Una Odisea

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Así como no cabe ninguna duda acerca de la necesidad (y digo necesidad, no conveniencia o provecho) de leer obras como la Ilíada o la Odisea, tampoco cabe duda acerca de que ambas obras presentan claras dificultades de lectura. Razón por la cual quien decida adentrarse en ellas agradecerá la ayuda de un buen maestro capaz de desbrozar el camino y, sobre todo, transmitir su propio entusiasmo hasta el extremo de inducir al neófito a dejarse de guías, cerrar la novela  y adentrarse por sí mismo en el texto de Homero.

            Ese es el caso exacto de Una Odisea, de Daniel Mendelsohn, un profesor universitario que se dispone a dar un curso de varias semanas de duración sobre las aventuras del astuto  Odiseo durante su viaje de vuelta a casa después de arrasar Troya. Consciente de que también la mera transcripción de un curso de varias semanas podría resultarle árida  a un lector que no deba rendir un examen al final, el autor recurre a varias líneas narrativas que se desarrollan en paralelo pero que a veces se entrecruzan, se superponen o incluso suponen largos excursos apenas  relacionados con el texto de Homero.

            La línea narrativa principal, por supuesto, es el análisis pormenorizado de los quince mil seiscientos noventa y tres versos de que consta La Odisea, en principio a cargo del profesor pero con frecuentes  intervenciones de unos alumnos insistentemente inducidos a ello por su maestro, lo cual les convierte a ellos mismos en personajes de la novela.  Y los hay listos, agudos, pesados,  observadores o desesperadamente obtusos, como en la vida misma. Consciente de la necesidad de añadir alguna amenidad a la árida seriedad académica, el autor introduce una nueva línea narrativa  por el mero hecho de admitir como alumno (teóricamente solo como oyente)  a su propio padre, con el que mantiene una relación abiertamente conflictiva porque es un tipo bastante peculiar y a ratos incluso desagradable. Siguiendo la moda actual de las autobiografías noveladas, o falsas memorias, queda a elección del lector considerar si Jay Mendelsohn, el padre, pero también  los numerosos parientes  y amigos que irán saliendo a lo largo del libro, son meros artificios literarios ideados para amenizar la narración o si, por el contrario, forman parte del viaje interior del narrador, casi tan largo y plagado de trampas y añagazas como el del propio Odiseo. En el curso del educado ajuste de cuentas con su progenitor, Daniel Mendelsohn  puede ir directamente al grano, como por ejemplo a la hora de contar con detalle su complicada salida del armario ante un padre autoritario y sin pizca de comprensión con las “debilidades” humanas. En algunos otros pasajes el autor admite abiertamente su homosexualidad dando a entender que una vez salido a la luz, su preferencia sexual no limita ni condiciona mayormente su vida actual. En cambio al hablar de su situación sentimental al lector sólo se le informa, y como de pasada, que tiene tres domicilios, uno en la propia universidad, otro en Nueva York y un tercero en el que “viven, Lily, la madre de mis hijos, y mis hijos”. A partir de tan escueta información cabe pensar en la existencia de un arreglo amistoso para tener hijos sin necesidad de pagar unas servidumbres matrimoniales difíciles de satisfacer cuando hay determinadas preferencias sexuales de por medio. Pero también en este caso queda a criterio del lector dilucidar lo que hay de verdad detrás del enigmático  “Lily, la madre de mis hijos” porque como digo, el narrador solo alude a ella alguna vez y de forma tangencial. Se me ocurre, hablando también yo de forma tangencial, que si conocemos docenas de relatos acerca de la siempre difícil salida del armario, un arreglo como el que parece existir entre el narrador y la madre de sus hijos resulta mucho más intrigante y novedoso, y dada la condición docente del autor, a lo mejor hubiera sido más didáctico obviar lo del armario y desarrollar  esa original situación en beneficio de algún lector que ya tenga resuelto lo del reconocimiento público y que en cambio ande a vueltas con la espinosa cuestión de la paternidad.

            Quede claro sin embargo que de las diversas líneas narrativas la más interesante es la del análisis y desarrollo de la propia Odisea. Mendelsohn la conoce desde niño, lleva muchos años dando cursos sobre ella y por lo tanto sabe cómo resaltar los aspectos y pasajes más significativos. Cierto que a veces resultan algo prolijas sus precisiones filológicas, pero de pronto puede descolgarse también con una cuestión tan fundamental como es la llamada composición anular, una técnica  narrativa en la que el narrador empieza a contar una historia para luego ponerla en pausa, y retroceder a un tiempo anterior del que luego regresa hasta el presente o incluso hasta el futuro, de tal forma que una vez retomado el instante actual el oyente dispone de una información que expuesta de forma igual de escueta pero lineal hubiera alargado considerablemente el relato. Si leyendo esta sucinta descripción de la composición anular al lector le vienen a la mente numerosos pasajes de  las novelas de Faulkner, tendrá razón, por más que evocar del bracete a Homero y Faulkner pueda resultar chocante.    

 

Una Odisea

Daniel Mendelsohn

Traducción de Ramón Buenaventura

Seix Barral

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[Publicado el 26/11/2019 a las 12:01]

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Un hombre soltero

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Un día, allá por la época en que Krushev  se echó atrás en su propósito de dotar a Cuba de misiles con cabeza nuclear, George Falconer se despierta en su casa de Santa Mónica y procede al doloroso proceso de tomar conciencia de sí mismo y su circunstancia. Es inglés y está en su mediana edad, da clases de literatura en una universidad de Los Ángeles y no hace mucho ha perdido a su pareja  en un accidente de automóvil. Ese despertar le abre las puertas  a un día más, indistinguible respecto a los que vienen transcurriendo desde que recibió la brutal noticia de la muerte de Jim. Poco a poco, durante el despertar,  irá tomando conciencia de lo que le espera a lo largo de ese día, y de los días que vendrán más adelante. Con una prosa sencilla y sutil, a ratos ácida y casi rabiosa pero atemperada por un sentido del humor elegante aunque casi igual de ácido y rabioso, Isherwood  le plantea a su personaje la necesidad de aceptar al mundo en derredor e incorporarse a él sin negar la tragedia que está siendo su vida desde la desaparición de su compañero y, al mismo tiempo, luchar con todas sus fuerzas contra el papel de viudo que le va a imponer el mismo mundo que se propone aceptar. La descripción de su vecindario, sentado en la taza del water, es un prodigio de sutileza, contención y virulencia. Las casas, los coches, los niños, las esposas y sus esposos: nada se escapa a la mirada de quien observa todo ello a través de la ventana del baño. Son algo más convencionales, quizá porque le afectan menos íntimamente, sus reflexiones durante el traslado en automóvil hasta la universidad, pero la tensión emocional sube de nuevo durante la clase y el trato con los alumnos. Después viene la visita a una conocida ingresada en un hospital (otro prodigio de observación y empatía), una sesión en el gimnasio, el paso obligado por el supermercado y la buena obra del día: Charlotte, una vieja amiga y compatriota  (extraordinariamente interpretada por Julianne Moore en la película del Tom Ford) le ha llamado a primera hora proponiéndole cenar juntos y él se la ha quitado de encima sin demasiadas contemplaciones y ahora, porque lamenta su conducta matutina (al fin y al cabo ella llamó cuando él estaba en pleno proceso de hacer las paces con el mundo y aún no lo había conseguido), la llama para enmendar su rechazo inicial. Inmoderado consumo de alcohol. Fantástica recreación de la relación entre una mujer madura y sola y un homosexual necesitado de calor humano pero no a cualquier precio. Afecto y recelos. Aproximación y rechazo resueltos mediante el recurso salvador a una copa de más. Y en contra de lo que preconizaría la sensatez, en lugar de irse a la cama George todavía se pasa por un bar de copas donde tendrá lugar otra magistral recreación, esta vez  por el encuentro con Kenneth, uno de sus más destacados  alumnos. Más copas y nuevo divagar por un campo de minas, primero porque deben superar el peligro implícito en la prohibida relación profesor – alumno, y después porque Kenneth posee el atractivo de un cuerpo joven y el abismo de encontrarse en plena búsqueda de sí mismo y qué mejor guía para explorar los extremos oscuros del alma que un maestro.   

            Pero George, incluso repleto de alcohol como un odre, es demasiado lúcido para amilanarse en los campos de minas  y ya de nuevo en la cama, se lo plantea  sin rodeos:

“¿Y si Kenny se ha asustado? ¿Y si no vuelve?

Que no vuelva. George no lo necesita, ni a él ni a ninguno de esos chicos. No busca un hijo.

¿Y si Charlotte regresa a Inglaterra?

Puede pasar sin ella si es preciso. No necesita una hermana.

¿Volverá George a Inglaterra?

No. Se quedará aquí.

¿Por Jim?

No. Ahora Jim pertenece al pasado. […] George se aferra a su recuerdo. Teme olvidarle. Jim le da sentido a mi vida, dice. Pero tendrá que pasar página si quiere seguir viviendo. Jim es la muerte”.

  Y hasta aquí hemos llegado. Jim es la muerte y habrá que pasar página para seguir viviendo. A esas alturas, George ronca en la cama. Y nos adentramos en la última  recreación, esta vez encarnada en unas pozas que hay al pie de unos acantilados. Cada una de esas pozas es un milagro individualizado y rebosante de vida, aunque al subir la marea quedan unificadas en la oscuridad  que también cubre a George y a todo aquel que duerme en las aguas de otro océano, de la conciencia que no pertenece a nadie en particular y que sin embargo abarca a todo el mundo y todas las cosas, pasadas, presentes y futuras y se extiende sin interrupción, hasta el firmamento. Son palabras textuales de Isherwood al describir cómo para George, que ha dejado de roncar, las luces se apagan y se hace la oscuridad total.

 

Un hombre soltero

Christopher Isherwood

Traducción de María Belmonte

Acantilado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 21/11/2019 a las 13:33]

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La escapada

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Recurrir a la memoria como vía hacia el conocimiento suele ser un recurso rico y provechoso.  Pero según y cómo puede acabar siendo lo más parecido a montar un caballo que galopa enloquecido por una pista llena de bifurcaciones que a primera vista parecen bien señalizadas ( y que por lo tanto son seguras), pero que muchas veces conducen a callejones sin salida o, lo cual es peor, a abismos en los que es fácil despeñarse.

Justamente por ello parece aconsejable  tratar la memoria con la cautela y el respeto que merece toda arma de doble filo. Me apresuro a reseñar que no creo equivocarme al afirmar que en lo relativo a manejar los recuerdos con cautela y respeto Gonzalo Hidalgo Bayal es un consumado maestro. La trama de La escapada no puede ser más sencilla: un día cualquiera, un ciudadano llamado  Gonzalo Hidalgo Bayal (nombre y apellidos del narrador en primera persona que no por casualidad coinciden con los del autor sin que ello autorice a hablar de obra autobiográfíca)  se topa con otro ciudadano al que de pronto no reconoce pero que resulta ser un compañero  que en los  ya  lejanos tiempos de estudiantes todos conocían como Foneto. Nada de grandes alegrías y efusiones por el encuentro. Respeto mutuo. Discreción. Cautela. Y curiosidad. Durante unas horas los dos antiguos compañeros de estudios, hoy jubilados ambos, pasean, hablan, visitan locales y lugares que ya frecuentaron entonces y al final se despiden, otra vez sin grandes alegrías ni efusiones. Y ni siquiera dejan constancia del convencimiento mutuo de que probablemente no volverán a verse nunca más.

De todos los sucesos que surgen a colación a lo largo de ese día que pasan juntos lo más parecido a una aventura es el relato de aquella vez que se adentraron en los barrios más miserables y deprimidos de Madrid a bordo de un seiscientos y la cosa casi se puso fea porque el coche se paró justo cuando se acercaban con aire poco amistosos unos tipos muy mal encarados y acompañados de unos perros poco amistosos. Pero ya digo que la cosa “casi” se puso fea porque en el último minuto el coche se puso en marcha y pudieron alejarse de aquellos tipos tan mal encarados como sus perros. Todo el resto de lo narrado va poco más o menos así porque Foneto no tarda en perfilarse como un ser tangible pero opaco y que  ya en sus tiempos de estudiante eligió llevar “una vida en blanco, sin molestar, sin fastidio, sin ansiedad, sin desazón”.

Para decirlo de una vez, se trata de un hombre sin atributos con el que las preguntas directas sonarían como un cañonazo, o como una intolerable intromisión en su quizá minúscula intimidad. “¿Por qué no quisiste acabar la carrera?” “¿Has estado casado?” “¿Crees que haber vivido toda tu vida atrincherado en un quiosco de prensa ha colmado las expectativas  que tenías cuando de joven parecía  que ibas a ser un filólogo  tan grande como don Ramón? “

Sin embargo el lector puede dedicarse a leer tranquilo porque esas y otras muchas cuestiones también transcendentes, y que Foneto oculta tras su aspecto anodino y opaco, acabarán siendo dilucidadas a su debido tiempo y de la forma más correcta. Revisitar el pasado, solo o en compañía, no es una simple exploración arqueológica  porque implica, casi podría decirse que especularmente, poner en cuestión el presente. Y eso es lo que hacen con suma competencia el ciudadano Gonzalo Hidalgo Bayal con la inefable ayuda del Gonzalo Hidalgo Bayal narrador,  aparte de la ayuda no solicitada del inefable Foneto. Que éste sea un objeto casi neutro permite justamente que las  dudas, sospechas o ignorancias  lanzadas sobre él no reboten distorsionadas por su propia operación de conocimiento. Según se avanza en la lectura  va quedando claro que el  verdadero sujeto de la narración es el nuevo ámbito de significación (llámelo realidad quien lo prefiera, o incluso verdad) que surge de la confrontación dialéctica presente–pasado.  Unas veces la conclusión surge de forma seca y contundente como un disparo (“dejar de tomar una decisión también es tomarla”) aunque asimismo puede dar motivo a metáforas tan brillantes como la del quiosquero reconvertido en estilita moderno o el quiosco como símbolo de lo efímero. Incluso una trayectoria sentimental tan poco envidiable como la del pobre Foneto puede dar origen a unas espléndidas reflexiones sobre el amor y sus fatigas.  Todo lo cual viene a demostrar una vez más que el buen narrador puede tener dormida en la cabeza una gran  historia y que para despertarla no necesita viajar azarosamente al otro confín del mundo. Le basta con tener un encuentro fortuito con el Foneto que el algún momento ha formado parte de la vida de todos nosotros.

 

La escapada

Gonzalo Hidaldo Bayal

Tusquets editores

 

 

[Publicado el 17/10/2019 a las 18:43]

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Diarios del agua

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Como decía el gitano, “en esta vida hay gente pa tó”. Y para corroborarlo ahí está el cada vez más numeroso colectivo de gente que gusta de atravesar un país salvando a nado cualquier clase de golfo, estrecho, río, lago, laguna o alberca que les salga al paso. Y por si cabe la menor duda al respecto, basta con poner en Google, “Turismo a nado” para comprobar que hay 7.120.000 ofertas. Por descontado que ahí sale de todo, fundamentalmente  travesías  y descensos de  ríos, pero también agencias de viajes especializadas que se hacen cargo de la infraestructura y los apoyos técnicos dejando que el nadador se dedique íntegramente a lo suyo: nadar.

El iniciador de este movimiento que cada día cuenta con más adeptos es Roger Deakin, autor de Diarios del agua, un libro publicado en 1999 y que de inmediato se convirtió en un éxito editorial y actualmente está considerado un clásico. Al empezar a leerlo da la sensación de que Deakin fue un pacífico chiflado que no podía resistir la tentación de estar todo el día a remojo, primero en las charcas y ríos de los alrededores de su casa y más tarde a lo largo y ancho del Reino Unido. Según cuenta él mismo, la fiebre le vino tras leer El nadador, de John Cheever. Pero según se avanza en la lectura se ponen de manifiesto dos cosas: una, que la afición por zambullirse en toda clase de aguas le venía de niño. Y segundo, que aparte de un simpático chiflado Roger Deakin fue un hombre poseedor de una sólida formación y poseedor de una considerable cultura, no sólo sobre cuestiones acuáticas. De ahí que entre chapuzón y chapuzón pueda citar con toda soltura a autores tan diversos como John Donne, Wordsword o D.H. Lawrence. Sin embargo, donde parece más en su elemento es “buceando” en la ingente literatura producida por toda clase de clérigos, hojas parroquiales, boletines de clubes y entidades deportivas dedicadas a la natación, algunas de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX. Fruto de esa heterogénea erudición son piezas tan magníficas como la titulada “Los señores de las moscas” (Cap. 3 de la presente edición) de un valor literario equiparable al de autores mucho más consagrados. Y a cada rato surgen párrafos como este, ya en la primera página del libro: mientras  nada a braza en un pozo para riego (siempre a braza, porque ese estilo  le permite llevar los ojos a ras del agua y adquirir el punto de vista de una rana) dice: “Pero lo mejor era cuando arreciaba la lluvia ahogando el canto de los pájaros y se levantaba una  neblina desde el agua, como si el propio foso se elevara para unirse al cielo encapotado. Luego amainaba y el reflejo del cielo quedaba repleto de bailarines minúsculos: espíritus del agua, como alfileres brillantes, de puntillas sobre la superficie. Llovían espíritus del agua”.

                Deakin  le cede modestamente la ocurrencia a  John Cheever cuando éste hace que su nadador, Ned Merril, se proponga recorrer los trece kilómetros que le separan de su casa  nadando por las piscinas de sus vecinos. Sin embargo,  la idea de que esas elegantes charcas cloradas pudiesen estar unidas por una especie de misteriosa corriente subterránea ya le rondaba por la cabeza a Deakin desde mucho antes de leer a Cheever,  y a lo largo del libro la expone de formas diversas. Solo que en él, el deseo de sentir el influjo de la misteriosa corriente subterránea que en el Reino Unido pone en contacto las Hébridas (ese puñado de islas inhóspitas eternamente martirizadas por el oleaje del Mar del Norte y los vientos polares) con la desembocadura del Támesis, situada justo en la esquina opuesta del país, iba mucho más allá de un impulso extravagante. Para Deakin, entrar en el agua era sumergirse en un mundo profundamente privado, como si se regresase al útero. Para él, esas aguas amnióticas son seguras y al mismo tiempo aterradoras  porque todo puede torcerse en el parto y te encuentras a meced de fuerzas ignotas y sobre las que no ejerces el menor control. Al lanzarse de cabeza al gua, sobre todo en alta mar, el nadador experimenta el terror y la felicidad de nacer.

Otra cosa que se pone de manifiesto al leer este libro es que Roger Deakin (nacido en Watford, Hertfordshire, 1943, muerto en su casa de Suffolk, en 2006), antes de que su libro le hiciese famoso, ya contaba con una inagotable red de primos, amigos, cómplices y hasta simples aficionados que le acompañaban en sus muchas veces peligrosas expediciones. A primera vista puede parecer que sumergirse a hurtadillas  en zonas acotadas de un río o burlar a los guardas de seguridad cuya misión es impedir que algún insensato se bañe en canales o presas de aguas revueltas son simples travesuras de adultos todavía no enterados de que se les ha pasado la pubertad.  Pero en propósitos tan inmoderados como nadar de isla a isla en las Hébridas pese a la amenaza de remolinos imposibles de vencer si alguien cae en su zona de influencia, o en el acto de sumergirse en aguas heladas no tendrían el menor sentido si no fuese porque en el fondo son lo más parecido a un canto a la libertad y al simple placer de la aventura.

 

Diarios del agua

Roger Deakin

Traducción de Miguel Ros González

Impedimenta  

[Publicado el 05/10/2019 a las 19:33]

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La Cruz de Monte Arruit

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Enrique Meneses Puertas era un lechuguino dedicado a dilapidar concienzudamente la fortuna familiar en los casinos y los restaurantes de moda de Madrid, París o Biarritz cuando repentinamente, y sin tenerlo meditado ni estar preparado para semejante propósito, se alistó voluntariamente y como soldado raso en las fuerzas  expedicionarias españolas que luchaban en Marruecos  defendiendo la última colonia de aquél imperio en el que antaño no se ponía el sol. Su inesperada decisión causó sorpresa y hasta escándalo entre sus refinadas y ociosas amistades, primero porque estaba muy lejos de ser un aventurero preparado para sobrellevar la clase de penalidades que le aguardaban pero sobre todo porque poco antes acababa de tener lugar el Desastre de Annual (1921) y las tropas españolas allí destacadas continuaban siendo masacradas debido en gran parte a la ineptitud de sus mandos y pero también porque, encima, las operaciones se llevaban a cabo con criterios más políticos que militares.

Vaya por delante que lejos de ser una obra con elevadas miras literarias  se trata de un texto de denuncia (o por mejor decir, de apasionada denuncia) y muchas veces el afán por dar cuenta de lo que allí vio se pone por delante de las reglas literarias y estilísticas al uso. A pesar de lo cual se lee con fruición porque ofrece un testimonio de primera mano de uno de los episodios más bochornosos  y cruentos  de una país al que aún le faltaba por vivir una terrible Guerra Civil.

De entrada es muy llamativa la descripción del estilo de vida de los chicos ricos en los años Veinte: automóviles de lujo, pisos suntuosos, criados, fiestas anegadas en champán hasta la madrugada, algún chute ocasional y mucho baile y mujerío. Las marquesas y las duquesas estaban en su salsa pero en ocasiones (“Hija, por Dios, qué lata”), no podían asistir a alguno de los mejores bailes de la temporada por culpa de otros compromisos previos.

En el curso de unos pocos días ese lujo y disipación se van a trocar por comidas en malas condiciones, agua podrida, camastros repletos de chinches y enfrentamientos contra un enemigo que luchaba por liberar de intrusos su territorio y recurría a  las peores atrocidades para amedrentar al adversario. Y Enrique Meneses  no pasa por alto uno solo de los terrores y miedos de unas tropas que veían multiplicados sus sufrimientos por la incompetencia de los mandos y el ciego egoísmo de unos políticos más ocupados en sus respectivas carreras que en el resultado final de una contienda que parecían dar por perdida.

A pesar de que la literatura relativa a las actuaciones de España en Marruecos es relativamente abundante, está claro que para las autoridades, y en especial para las franquistas, no era un episodio que les gustase airear. Al fin y al cabo, cualquier crítica al Ejército fue un tema tabú durante más de cuarenta años y el propio Francisco Franco, el caudillo invicto, fue uno de los generales directamente implicados en el desastre africano. Su devoción por las tropas nativas que tuvo un día tuvo bajo su mando podía verse reflejado en la vistosa Guarda Mora que le protegió de sus enemigos hasta mucho después de la independencia del Sahara.

Mientras se reponía en hospitales  de la Península de la grave herida en la cabeza sufrida en el curso de la desastrosa batalla por el Monte Arruit, Enrique Meneses dejó constancia por escrito de lo ocurrido durante sus meses de servicio primero en los Húsares de Pavía y el Regimiento de la Princesa y luego en los  famosos Regulares de Melilla, un cuerpo integrado en principio por soldados nativos que podían ser apoyados por españoles encuadrados en el escuadrón de caballería que poseía dicho regimiento. 

Al ya mencionado desinterés por las bellas letras por parte del autor  se une la dificultad de un lenguaje muy de acorde con la época pero decididamente anticuado para el gusto del lector actual. No obstante, la frescura del material narrativo, las vívidas descripciones de los olores, sonidos, miedos y heroísmos son más fuertes que cualquier expresión anticuada o excesiva (sobre todo en lo relativo a los sentimientos patrióticos) pero ello no permite olvidar los magníficos retratos de compañeros y amigos o pasajes tan vigorosos como una carga del escuadrón de caballería de los Regulares, con sus pequeños caballos árabes a galope tendido y ellos en pie sobre los estribos disparando contra el enemigo (pág. 115 de la presente edición).

Una vez repuesto, Enrique Meneses aún tendría tiempo de colaborar en Hollywood con Charly Chaplin, Rodolfo Valentino y demás celebridades de la época, ejercer de corresponsal en España del New York Herald Tribune, refundar la revista de Rubén Darío Cosmópolis o dirigir en París la agencia Prensa Mundial (favorable a la República, por supuesto) hecho que le valió en 1944 una condena a muerte bajo la acusación de haber ejercido cargos políticos. Su hijo, Enrique Meneses Miniaty (muerto en 2013) fue un escritor, reportero y fotógrafo mundialmente conocido.

La Cruz de Monte Arruit

Enrique Meneses Puertas  

Ediciones del Viento

[Publicado el 26/9/2019 a las 09:22]

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El ángel del olvido

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Carintia es un estado federado (bundesland) situado en el sur de Austria. Posee una importante minoría eslovena. Como ocurre con gran parte de las naciones de la gran Península de los Balcanes, la histortia de Carintia es larga, compleja y no exenta de violencia. Con la anexión de Austria por parte de Alemania en 1938, acto de guerra consumado con el beneplácito de gran parte de las autoridades y la población austríaca, se abrió para Carintia un periodo particularmente doloroso y difícil porque en la lucha contra el invasor jugó un papel muy importante el movimiento partisano decisivamente apoyado por las fuerzas comunistas de Eslovenia que al término de la II Guerra Mundial se hicieron con el poder tanto en la propia Eslovenia como en la serie de naciones integradas en la entonces recién creada Yugoslavia.

Al igual que ocurría al mismo tiempo en la Francia ocupada, cada acción bélica o de sabotaje llevada a cabo por los partisanos provocaba una brutal represión dirigida sobre todo contra la población civil y en especial contra las familias de los presuntos autores del hecho. Esa represión daba motivo a una escalada de represalias no menos cruentas y que provocaban castigos aun peores perpetrados por agentes de la Gestapo con ayuda de la policía local.

De todo ello habla la presente novela. El aspecto más destacable de la misma es el cuidado que pone la narradora en el transcurso del largo, desconcertante y muchas veces difícil proceso de conocimiento por parte de una niña que no vivió los peores y más traumáticos sucesos ocurridos durante la guerra, pero de los que poco a poco, y según crezca, se irá haciendo consciente, siendo cada vez más capaz de asumir como propio el entramado de odios, resentimientos y afán de venganza que todavía condicionan a los habitantes de Eisenkappel-Vellach, la aldea natal de una autora que no oculta en ningún momento que está utilizando su propia biografía como material literario.

Instintivamente, y porque intuye que sus padres están todavía demasiado condicionados por el pasado, la niña se pone del lado de la abuela, una verdadera fuerza de la naturaleza que si fue capaz de sobrevivir a las miserias y horrores de la guerra ahora, en plena posguerra, continúa mostrándose muy por encima de las circunstancias.

Poco a poco, y según vaya creciendo, la narradora irá conociendo la actuación y el grado de implicación de sus familiares y vecinos en unos hechos cuyo recuerdo todavía les tortura y condiciona sus vidas.

Como todo testimonio de primera mano, El ágel del olivido (una entidad celestial a la que acuden los habitantes de Eisenkappel igual que en otras latitudes se venera al Cristo de la buena muerte) aporta una visión personal y emocionada de uno de los muchos rincones olvidados de la Europa actual.



Maja Haderlap

El ángel del olvido

Traducción de José Aníbal Campos

Periférica

 


 

 

 

[Publicado el 18/9/2019 a las 12:44]

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Frontera

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A la mayoría de nosotros la palabra “frontera” nos evoca una barrera física (por ejemplo una alambrada) que parte nítidamente en dos un territorio que muchas veces era uno solo…hasta que alguien tuvo la ocurrencia de dividirlo. El paradigma podría ser ese aborrecible Muro de Berlín que Donald Trump parece querer emular  ahora para impedir la llegada de sus aborrecidos hispanos. Pero frontera  también puede referirse a un territorio inmenso, de límites físicos imprecisos  y abierto a los cuatro vientos, razón por la cual está expuesto a la irrupción de toda clase de pueblos, culturas e ideologías que pugnarán por imponerse a las demás,  generalmente por la fuerza del arma.

                En el caso de Europa su frontera oriental (Asia) es una gigantesca franja que va de Siberia al Mediterráneo y cuya delimitación ha costado incontables y ancestrales conflictos bélicos, con el agravante de que ni siquiera han podido fijarse todavía sus límites de forma estable. La zona norte de esa inmensa frontera, es decir Rusia y los territorios que integraban la extinta Unión Soviética nos resultan menos conocidos debido a la lejanía y a la proverbial renuencia de las autoridades soviéticas a dar noticia de sus conflictos internos, aunque si alguno de ellos ha salido a la luz pública (pongo el caso de Chechenia, sin ir más lejos)  las noticias que llegan desde allí suelen ser atroces.

Tradicionalmente, los conflictos ocurridos en la zona sur de la frontera euroasiática han tenido como epicentro los Balcanes y sus vecinos más inmediatos: Bulgaria por el norte y Grecia y Turquía al sur. La autora de Frontera, Kapka Kassabova nació en la esquina de Bulgaria donde confluyen también Grecia y Turquía, ocupando esos tres países un territorio conocido en la Antigüedad como Tracia. En 1989, cuando debido a la caída del Muro de Berlín se desmoronaron las URSS y el entramado de países que formaban el llamado Telón de Acero, los padres de Kapka Kassabova aprovecharon para emigrar a Nueva Zelanada, aunque más adelante ella se trasladaría a Escocia. Al cumplir los 30 años Kapka Kassabova decidió que había llegado el momento de regresar al escenario de su infancia y aprovechar la actual libertad de desplazamiento para conocer las zonas situadas al otro lado de las fronteras con Grecia y Turquía y que tantas vidas y sinsabores les había costado a quienes trataron de traspasar clandestinamente  esas  barreras.

El presente libro es el resultado de los vagabundeos de la autora por aquellos parajes. Casi sin proponérselo, pues más que un ensayo histórico formal es el recuento de incontables horas pasadas en cafés, posadas, carreteras que no llevaban a ninguna parte o incursiones por bosques impenetrables, la autora recrea en las conversaciones con unos y otros los paisajes y las vidas de  cuantos le van saliendo al paso. Y el recuento es alucinante porque sus interlocutores (taberneros, pastores, guardias fronterizos, poetas o viajantes de comercio),   tienen casi todos una característica común: son como  náufragos que han quedado varados en pueblos deshabitados debido a la descabellada política étnica  llevada a cabo por las autoridades de los tres países vecinos. A veces eran antiguos pueblos búlgaros que por aquello de la redefinición de fronteras pasaron a pertenecer a Turquía y fueron obligados por las autoridades de su nuevo país a regresar a su origen, con el agravante de que al no acomodarse en su nuevo asentamiento porque los consideraban turcos, al tratar de volver a sus casas se encontraban que éstas habían sido ocupadas por “griegos” de origen búlgaro también expulsados de sus hogares. Pero como  los  intercambios forzosos de unos territorios a otros ha sido una práctica habitual, el resultado es que la autora nunca sabe lo que va a encontrar a uno u otro lado de las fronteras, aunque casi todos tienen otra característica común: suelen aferrarse a su lengua y sus tradiciones y creen fervorosamente en los mitos y supersticiones de sus ancestros porque parece como si tales señas de identidad fuesen la única certeza que les cabe en una vida sin esperanza de mejora y que transcurre al límite de la miseria. Incluso se encuentra con una pareja acomodada y propietaria de una buena casa  que tienen en venta porque sueñan con poder instalarse algún día en Marbella. Es alucinante la capacidad del ser humano para infligir dolor y asumir las consecuencias de sus desmanes.

 

Frontera

Kapka Kassabova

Traducción de Cristina Lizarbe

Arma/enia.

                 

[Publicado el 03/8/2019 a las 10:39]

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La canción de la llanura

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Si me pidieran que definiera esta novela con una sola palabra seguro que elegiría “sencillez”. Y si tan ociosa petición me pillara en un día particularmente obtuso, precisaría: “difícil sencillez”. Y conste que ocurren cosas tremendas. Ahí está esa madre tan ocupada en cuidarse  la depresión que no solo ha dejado de hacer caso a su marido y a sus dos hijos de ocho y nueve años sino que al final los abandona sin despedirse apenas ni dejar una simple pista acerca de un posible regreso. “Dadme un beso”, les dice. “¿Vendréis a visitarme algún día?”. También  está  Victoria Roudideaux, una adolescente que por no hacer caso de las advertencias maternas  y no tomar las precauciones debidas, se queda embarazada y la madre la pone en la calle sin más. “No puedes hacerme esto, mamá”, dice ella. Pero sí, de pronto se encuentra en  la calle con dieciséis años, todavía en el instituto (es decir, sin un duro) y con un responsable de su gravidez que no quiere saber nada de responsabilidades y hasta pone en duda su posible paternidad.  Más cosas tremendas: los niños, Iker y Bobby, presencian una degradante escena en la que otra adolescente es obligada por su novio a hacer el amor con su mejor amigo “porque yo se lo había prometido y no me vas a dejar mal ahora”. Haber sido testigos de tal humillación les cuesta ser dolorosamente humillados a su vez por el ofensor y su amigo, castigo que les es infligido  para que vean lo que puede pasarles si van contando cosas por ahí.  Más adelante presenciarán una espeluznante (y muy detallada) autopsia al caballo de uno de ellos, muerto en circunstancias bastante dramáticas.

Todo ello se cuenta con la ya mencionada sencillez, aunque también cabría hablar de naturalidad. Son simples episodios cotidianos que no perturban la anodina existencia de una minúscula localidad del condado de Holt, en Colorado.  Cosas que pasan, contadas además en secuencias muy breves (los capítulos  raras veces sobrepasan las dos páginas) y que parecen compuestas a base de frases muy cortas y sin más  elementos  ni adornos técnicos  que el recurso al  sujeto, verbo y predicado  repetidos  hasta el final. Claro que no por casualidad el título original de la novela es Plainsong, es decir, canto llano o gregoriano,   una composición de la liturgia cristiana monofónica y sin acompañamiento musical.

Lo curioso es que, en contra de cuanto pueda parecer, Kent Haruf se las apaña estupendamente para transmitir las emociones y los encontrados sentimientos de los personajes (abandono, dolor, miedo, frustración, desamparo, etc) sin necesidad de recurrir a la tragedia ni el tremendismo.  En parte ello se debe a la existencia de otros personajes que, con la misma sencillez, se encargan de contrarrestar las puntas de brutalidad y desgarro que se van sucediendo. Y ahí está sin ir más lejos  Maggie Jones, una madura profesora del instituto, compañera del padre de Iker y Bobby y (por alguna razón se adivina desde el primer encuentro entre ambos) su futura compañera sentimental. A esa mujer, por otra parte perfectamente sensata, se le ocurre la idea de recurrir a los  hermanos McPheron, dos  ganaderos solterones y entrañablemente huraños, para que se hagan cargo de la embarazada adolescente  “sólo hasta que tenga el niño”. La reconversión de ese par de patosos y gruñones  ganaderos en los abnegados protectores de una parturienta primeriza es de una ternura ejemplar.  Cuando la chica se queja a la maestra de que los dos hermanos no hablan nunca, ni con ella ni entre sí, la maestra les aborda en un supermercado y les dice  que hagan el favor de comportarse y tratar a su protegida como es debido. Y los hermanos, compungidos, deciden enmendar su error y le dan un curso completo del comportamiento de los precios de los productos agrícolas en el mercado. La escena es genial.

Quienes se enganchen con la difícil sencillez de esta novela están de enhorabuena porque en realidad forma parte de una trilogía que bien podría ser tomada como ejemplo de hasta qué punto es posible practicar el buenismo (o se prefiere, no ser solamente un  cronista de lo peor y más abyecto del comportamiento humano) sin caer en la cursilería.

 

La canción de la llanura

Kent Haruf

Traducción de Agustín Vergara

Literatura Random House

 

 

 

[Publicado el 19/7/2019 a las 08:54]

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Zuleijá abre los ojos

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Todo cuanto se narra en esta novela es tan desgarrado y brutal, y resulta  tan ajeno a la experiencia vital del lector medio que incluso la descripción de cómo se tomaba un baño en la Rusia campesina del siglo pasado resulta una experiencia fascinante. Claro que las condiciones ambientes eran extremas porque en una isba tanto la letrina como la caseta de baños (muy similar a la actual sauna nórdica) se encontraban fuera de la casa, lo cual, teniendo en cuenta que las temperaturas podían alcanzar bastantes grados por debajo del cero, imponía la obligación de empezar por limpiar la nieve que cubría el sendero entre la casa y el baño; allí había que encender el fuego para calentar la estancia y el agua, hecho lo cual se podían efectuar la abluciones: la descripción de las prendas que era necesario vestir para no morir congelado durante el traslado desde la casa es otro ejercicio de estilo casi surrealista.

Y en general pasa un poco lo mismo con el resto de una narración centrada en Zuleijá, la esposa tártara que va a sufrir un inmisericorde proceso de reeducación moral resumido en el título bajo el eufemismo de “abrir los ojos”. Visto desde fuera, las condiciones de vida de una mujer perteneciente a una etnia minoritaria  y considera inferior eran tan miserables y cercanas a la esclavitud (un marido ruso brutal y maltratador, una suegra viperina y sin más ocupación en la vida que martirizar a su nuera y un régimen de trabajo doméstico que empezaba al amanecer y no terminaba hasta bien entrada la noche) que no podían ser peores si por aquellas cosas de la vida era acusada de ser una kulak y deportada a Siberia junto con otros miles de terratenientes y campesinos ricos que además de ser desposeídos de sus bienes eran hacinados en vagones de transporte de ganado y enviados a remotos campos de trabajo para su reeducación. Pero sí, resulta que en esta vida siempre  se puede ir a peor.

Aunque de religión musulmana, con todas las cargas que esa fe impone a la mujer, en el inicio de la narración Zuleijá vive con intensidad las  creencias heredadas de sus antepasados tártaros, en especial la convivencia con espíritus como el basu kapka iyase, encargado de evitar que los malos espíritus traspasen los límites del pueblo y  al que se puede comprar con golosinas para que interceda ante el zirat iyase, el guardián del cementerio. Pese a los duros castigos que puede costarle su acto, Zukleijá comete la osadía de robar alimentos en casa de su marido para comprar al guardián y asegurarse el bienestar de sus cuatro hijas, muertas al poco de nacer y enterradas en ese cementerio. Y tiene un gesto que resulta enternecedor porque una vez ante sus tumbas se ocupa de cubrirlas bien de nieve para que las niñas “descansen abrigadas y en paz hasta la llegada de la primavera”. 

Cabe imaginar lo doloroso que le va a resultar el proceso que se inicia cuando, volviendo del bosque  en compañía de su  esposo, éste resulta muerto a manos de Ignatov, el jefe del destacamento gubernamental encargado de requisar los bienes de los campesino ricos y agrupar a estos y sus familias en la cárcel de Kazán, capital de la república tártara, para su posterior traslado a un destino desconocido. Zuleijá, fue entregada a su esposo cuando tenía 15 años y como no ha salido nunca de su aldea no alcanza ni a imaginar que pueda haber otra vida más allá de su horizonte doméstico. Le avergüenza ser vista en la calle con la cabeza descubierta, jamás ha mirado directamente a los ojos a un hombre y por nada del mundo se dejaría palpar el vientre por una mano masculina incluso si se tratara de un ginecólogo. Y sin embargo, de la  noche a la mañana se va a encontrar encerrada en un vagón atestado y en el que habrá de hacer sus necesidades a la vista de todos levantando la tapa de una trampilla que da sobre la vía. Eso entre otras muchas vicisitudes  que van a forjar como a martillazos el proceso de apertura de Zuleijá a la realidad del mundo exterior y, sobre todo al conocimiento de sí misma, especialmente cuando debe reconocer por qué tazón toda ella se hace miel (así lo describe la autora,  Guzel Yájina), cuando se encuentra a solas con Ignatov, sí, el hombre que mató a sangre fría a su esposo.

Un aspecto muy de agradecer, es que pese al tono despiadado y bestial que predomina en la narración (y cómo podría ser de otro modo si se están describiendo las  peores purgas de Stalin)  Gucel Yájina, la joven autora, no olvida que está hablando de personas, es decir seres capaces de las peores atrocidades y también de conservar sentimientos que los ennoblecen: generosidad, compasión, empatía o cariño, aunque es innecesario señalar que todo ello se prodiga más entre las víctimas que entre  los verdugos.

Otro aspecto impagable de esta novela es que ocasionalmente la autora deja la narración en manos de personajes tan logrados  como el profesor Wolf Karlovich Leibe, un eminente maestro y cirujano al que la naturaleza le ha borrado piadosamente la consciencia y por lo tanto no se ha enterado de que la Revolución le ha despojado de todos sus cargos, honores y bienes y que de milagro no ha sido fusilado porque las autoridades soviéticas le consideran un espía alemán. Para culminar su acto de bondad, la naturaleza no le ha privado también de su saber y su actividad como médico será una bendición para los deportados cuando él también sea enviado a  Siberia. Zuleijá abre los ojos enlaza con naturalidad con la gran tradición de la novelística rusa, pero con unos toques de modernidad muy positivos.

 

Zuleijá abre los ojos

Guzel Yájina

Traducción de Jorge Ferrer

Editorial Acantilado    

[Publicado el 06/7/2019 a las 15:35]

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Un hombre con atributos

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Según va dejando atrás  los capítulos iniciales  de esta falsa biografía de H.G. Wells (falsa porque en realidad es una novela) el lector percibe dos circunstancias, a cuál más favorable. La primera, que antes de ponerse a escribir, David Lodge acumuló una prodigiosa cantidad de información acerca de su personaje, y basta consultar al final del libro el apartado de agradecimientos  para constatar hasta qué punto manejó toda clase de fuentes (diarios, biografías, estudios académicos, etc) con especial atención a diferentes recopilaciones de correspondencia y ya se sabe que éstas  son un verdadero filón cuando se trata de conocer para luego contar la intimidad de una persona.

De hecho, da la sensación de que si se lo hubiese propuesto, David Lodge podría haber escrito un tratado de mil páginas o más. Y aunque no lo hizo (se quedó en 593) perece haber sido muy consciente de la dificultad que entraña  retener durante mucho tiempo la atención de un lector como el actual, muy maleado por las diferentes máquinas de imágenes  que conforman su cotidianidad y demasiado acostumbrado a cambiar  de pantalla  al primer síntoma de aburrimiento o complicación. Quiero decir  que con vistas a la necesaria amenidad el autor se propuso poner en juego desde el primer momento unos recursos bastante habituales ya en las narraciones actuales, pero que no es frecuente verlos todos juntos: el primer encuentro con el personaje, contado en presente de indicativo, ofrece la imagen de un anciano enfermo terminal y consciente de estar a punto de ser olvidado por los millones de lectores en todo el mundo que a lo largo de más de  cincuenta años han devorado sus libros casi con devoción. La proximidad de la muerte  lleva al enfermo a examinar con ojo muy crítico la historia de su vida, casi incitado a ello por una suerte de conciencia crítica  que le interroga sin contemplaciones y no le deja pasar una cada vez que el interrogado (el propio Wells, sumido en una especie de duermevela) trata de escabullirse y librarse de responsabilidad cuando los hechos de su pasado ahora sometidos a examen no le favorecen: “¿Qué es lo que te gustaría saber? [pregunta casi de sopetón la conciencia crítica] ¿Si [tus contemporáneos] te consideran un gran escritor? ¿Un gran pensador?¿Un gran visionario? ¿Un gran hombre?”. Vaya preguntas. Se entiende que el moribundo trate de salirse por la tangente.

Pero el autor tampoco abusa de este recurso narrativo (por cierto que muy eficaz porque le permite ir al fondo en determinadas cuestiones sin necesidad de circunloquios ni largas puestas en escena)  y cuando lo considera necesario da un salto en el tiempo y el espacio y alternando la primera y la tercera persona, o el presente y el pasado, plantea sin circunloquios  dos cuestiones que luego van a ir saliendo de forma recurrente porque condicionaron decisivamente la trayectoria vital de H.G. Wells: su convicción de que era necesario (y posible)  cambiar el mundo y su prodigiosa atracción por las mujeres, sobre todo las más jóvenes y hermosas.

En contra de lo que pueda parecer, en Wells ambas pasiones eran casi dialécticas. Libros como La máquina del tiempo (1895), La isla del doctor Moreau (1896), El hombre invisible (1897), La guerra de los mundos (1898) o Anticipaciones (1901) no sólo le valieron la fama de visionario de un futuro más o menos lejano, sino que le hicieron lo bastante rico como para poder dedicarse por completo a la literatura. De esa época datan las llamadas novelas familiares, Kipps (1908) y Tono-Bungay (1909), en las que satiriza a la sociedad inglesa de finales de siglo. Otras novelas “familiares”, como Ann Verónica (1909), La historia de Mr. Polly (1910) o Matrimonio (1912) darían paso a su etapa más sociológica y didáctica con títulos como El nuevo Maquiavelo (1911) y El mundo liberado (1914). Teniendo en cuenta que al final de si vida Wells tenía en su haber más de ochenta libros, todos ellos con un marcado trasfondo biográfico, el lector habrá tenido ocasión de percibir la segunda de las circunstancias a las que yo hacía referencia al principio: para el lector medio, el Wells escritor de ciencia ficción y visionario de asombrosas tecnologías  ha borrado del mapa editorial al Wells  sociológico y más comprometido con el cambio social, siempre desde una posición marcadamente socialista. Y, finalmente, la preocupación por la castidad social y el acoso a las malas costumbres (léase censura) ha borrado de paso al Wells irremisiblemente entregado a los encantos femeninos (Según David Lodge, Wells aseguraba haber tenido relaciones sentimentales con más de un centenar de mujeres).  Si desde un  punto de vista moral, y no digamos nada desde la opinión feminista actual,  la conducta amorosa de Wells es decididamente cuestionable, para el biógrafo es un regalo inapreciable porque cada vez que la biografía se adentra en una etapa vital algo tediosa (por ejemplo las trifulcas de Wells con la Sociedad Fabiana)  siempre le cabe el recurso de contar  cualquiera de las apasionadas aventuras amorosas que vivió. Debo aclarar que el trabajo anterior de David Lodge fue sobre Henry James, un hombre cuya proverbial castidad no ha sido mancillada por ninguno de sus biógrafos. Se entiende que para David Lodge pasar de James a Wells fue como abandonar el desierto de Gobi para hacer un alto en el Jardín de las Delicias. Y no ha dejado escapar la ocasión de amenizar su, por otra parte,  muy seria y bien informada biografía novelada de H.G. Wells.

 

Un hombre con atributos

David Lodge

Traducción de Mariano Peryrou

Impedimenta

 

[Publicado el 25/6/2019 a las 19:49]

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Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

Edición alemana del libro Tiempo de beleño, Plaza&Janés, 1994 

 

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