
A César Armando Librado Legorreta, le dicen “El Coqueto” por su habilidad para seducir mujeres. En realidad, su habilidad se centra en violar y asesinar mujeres. Es lo que se dice, un feminicida serial.
A “El Coqueto” le iba bien. Tenía un esposa y una hija; incluso una amante, pero su instinto depredador era francamente público. Sus vecinos y sus compañeros de trabajo lo describen como un hombre grosero, “muy pelado”; un tipo que decía “leperadas” a las mujeres que se encontraba por la calle. La inquina al origen, se le notaba de manera cotidiana, aunque engatusaba a sus víctimas con su cara amable, seductora, pues.
De profesión microbusero, (chofer de microbús) “El Coqueto” fue eligiendo a sus presas en Tlanepantla donde laboraba de 3 de la tarde hasta las madrugadas. Moreno, melena negra azabache, media barba, ojos oscuros, platicaba con las usuarias del transporte público, luego las convencía para llevarlas a su casa, cambiaba el trayecto, las violaba y las asesinaba en el microbús. Utilizaba la llamada llave china, una técnica de lucha libre que consiste en estrangulamiento casi instantáneo, oprimiendo con el brazo derecho las venas yugulares.
Así, mató a siete y violo a ocho; o al menos, esas son las cuentas preliminares de la Procuraduría General de Justicia del Estado de México que lo arrestó el pasado 27 de febrero. Estaba custodiado por un policía ministerial cuando se escapó. Duró solo un día en prisión. Lo subestimaron o los compró. Las autoridades dicen que pensaron que no era peligroso. Ya se sabe, para violar y matar mujeres no se necesita ser peligroso.
Hoy el Estado de México es más inseguro que ayer, particularmente para las mujeres. El estado mental del feminicida en serie no le permite la reflexión. Volverá a violar y asesinar.
Durante su arresto confesó el asesinato de las siete mujeres, una de ellas tenía tan solo 17 años. Fue localizada sin vida el 27 de octubre del año pasado en la calle General Prim. La declaración de “El Coqueto” no deja lugar a dudas, según describe la narración del Ministerio Público: “El inculpado narró que la noche del 26 de octubre, alrededor de las 23:00 horas, conducía su microbús, con dirección Valle Dorado a Chapultepec, y al llegar a la parada del Auditorio Nacional, sobre Avenida Paseo de la Reforma, le hizo la parada la adolescente. Una vez a bordo, la joven le preguntó a César Armando Librado que si sabía dónde podía abordar un microbús en el Metro Chapultepec que la dejara en Zaragoza o Iztapalapa, y éste le dijo que sí. Al llegar a Chapultepec, todos los pasajeros descendieron y ella se siguió en el transporte” y luego de circular por varias calles se desvió del camino y fue entonces cuando abusó sexualmente de ella. Después de ser violada, la menor intentó bajar del microbús y se dirigió al estribo de la puerta delantera, donde el inculpado le aplicó la llave china, hasta que la privó de la vida; enseguida, arrastró el cuerpo por los pies, golpeándolo en la cabeza con los estribos, y lanzó el cuerpo a la calle, a un costado de un automóvil negro”.
Pienso en esa joven, en su angustia, su desesperación, su indefensión. Pienso en sus últimos minutos de vida, como intentó escapar, como su instinto de supervivencia la hizo reponerse del golpe profundo y desgarrador de una violación. Pienso en su mirada de terror frente a los ojos de su agresor. Pienso en esos segundos finales, abrazada por la espalda y sujeta desde la nuca para asfixiarla. Y pienso en las que siguen.
“El Coqueto” está en la calle, buscando víctimas, cualquiera puede caer en sus garras. La policía ofrece 1 millón de pesos por informes sobre su paradero. ¿A cuántas más violara y asesinará antes de que lo vuelvan a detener los incompetentes y corruptos policías del Estado de México?
[Publicado el 29/2/2012 a las 20:42]
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Tumbas como mini haciendas. Foto: Manuel Ortiz
Lujo y derroche cubren las tumbas de los narcotraficantes en Culiacán, Sinaloa. Los cementerios como el de Jardínes del Humaya son en realidad necrópolis de ostentosos mausoleos.
¿Y qué es la muerte fastuosa? En este país, la última morada de ilustres capos como Arturo Beltrán Leyva en cuya lápida dejaron una cabeza humana. Es también una pequeña ciudad repleta de dinero, opulencia y orgullo, mucho orgullo haber sido lo que se fue. Al final de cuentas ser narco es formar parte de una gran multinacional que incluye a todo tipo de especímenes: políticos, empresarios, químicos, agricultores, banqueros, gobernadores, alcaldes, presidentes, reinas de belleza...
El cementerio impresiona por la cantidad de cúpulas y lujosas construcciones de cantera y mármol. Son imponentes casas-tumba o mini-haciendas con habitaciones, salones de juego, teléfono e incluso aire acondicionado y cámaras de vigilancia. Los ataúdes también suelen exhibir un derroche de riqueza; los hay de madera fina e incrustaciones de piedras preciosas, también de algún metal valioso.
Cada terreno para una lápida cuesta 30.000 pesos y Gladys la recepcionista del cementerio prefiere no saber a que se dedicaban las decenas de muertos que le llegan por semana. Se muestra tímida y contesta con monosílabos. En estas tierras se vive y se muere bajo el código de silencio. De eso depende llegar a viejo.
En fin, en este sitio la vida después de la muerte es espectacularmente llamativa. Dentro de las impresionantes casas-tumba se exhiben las fotos de los narcos, algunos de ellos inmortalizados con metralleta en mano. En las lápidas hay botellas de whisky y tequila. Tampoco falta la comida favorita de los difuntos, ni sus vicios públicos como chocolates o tamarindos; las drogas bien sabemos son para los consumidores, solo los narcos menos agraciados con coeficiente intelectual las toman. Por tanto, aquí no aparece por ninguna parte ni una bolsita de coca o de marihuana.
Los sepultureros tampoco quieren hablar. Apenas un par de frases evasivas señalando las tumbas de los más famosos, aquellos que en vida fueron enemigos como Beltrán Leyva y Nacho Coronel, y que aquí comparten vecindad en armonía y paz.
Los Jardínes del Humaya están a la salida de la ciudad, en el Boulevard Emiliano Zapata, en la colonia Jorge Almada. Desde la calle se observan los grandes edificios de las tumbas, algunos de dos y tres pisos, con su respectiva cúpula estilo mexicano, aunque las hay con mezcla del barroco y el rococó. Es natural, muchos narcos intentaron cultivarse gracias a sus grandes ganancias, aunque es obvio que su estilo recargado también les persigue hasta su muerte. Aquí no tiene cabida lo minimalista.
Muchos llegan a este lugar anticipadamente. Hay cientos de jóvenes que apenas vivieron unos años como ricos y que no les ha quedado otra alternativa que disfrutar su riqueza en el ostentoso mausoleo, aunque seguramente es algo que sabían con certeza.
Lo importante es mostrar los millones de dólares que se hicieron rápidamente a la hora de morir. De hecho, muchos de los grandes capos se construyen sus casas-tumbas con antelación. Son ellos los que eligen el estilo de la tumba, contratan a famosos arquitectos y deciden la madera fina de su ataúd, con las respectivas piedras preciosas para adornarlo de manera sencilla.
Pero los jefes narcos no mueren tan rápidamente como sus subalternos. Aquí hay muchos jóvenes que le sirvieron a Joaquín El Chapo Guzmán o a Ismael El Mayo Zambada. También se encuentran los empleados, es decir, los narcos de segundo, tercer, cuarto, quinto nivel de los Beltrán Leyva o de Juan José Esparragoza conocido mejor como El Ázul.
Esta mañana espléndida llena de sol, el panteón luce casi desierto. Hay albañiles, jardineros y sepultureros. Un cortejo fúnebre se acerca con su respectiva banda para despedir alegremente al ilustre difunto.
La necrópolis de los narcos crece vertiginosamente, al mismo ritmo, que la de los muertos menos afortunados de esta delirante y surrealista guerra, una guerra contra una nebulosa llamada drogas y declarada por un emperador débil sentado en la Silla del Águila.
[Publicado el 02/2/2012 a las 04:26]
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Tambos de 200 litros, instrumentos de exterminio.
El olor era penetrante. Las carnes asadas a la leña de mezquite son comunes alrededor de las reuniones familiares de domingo. Pero esta vez, el humo que salía del monte contenía un aroma distinto, más fuerte, más acentuado a carne. Extraño, pero en algún momento la emanación de humo se convirtió en fetidez, en pestilencia, en hedor a carne humana.
Se trataba de una narcococina, terminología de la estética del lenguaje de la violencia que vivimos. El sentido del olfato logró alertar a los soldados que pasaban por allí de manera rutinaria. Sucedió en Doctor González, Nuevo León, la tierra de mi infancia, concretamente a la altura del Rancho El Orégano.
El estupor al enterarnos de lo sucedido aún permanece en el cuerpo. Ocho hombres “cocinaban” a cuatro compañeros que se negaban a continuar en su grupo de la delincuencia organizada. Los militares los encontraron con “las manos en la masa”: cuatro huyeron, uno fue acribillado y tres lograron ser detenidos.
Los olores de la tierra son ahora confusos. Lo que antes era el típico aroma de la cocina regional, ahora puede resultar una sórdida escena de campo de exterminio, al más puro estilo de los hornos crematorios de Hitler, convertidos al lenguaje mexicano en “narcococinas”.
El método tiene su complejidad: arrojar los cuerpos de seres humanos al fuego y permanecer allí hasta verlos convertidos en cenizas, tiene que ser horrible. Observar lentamente como la hoguera consume la existencia de otra persona.
El termino narcococina incluye otros métodos de exterminio. En Vallecillo, Nuevo León encontraron un narcocampamento donde “cocinaban” personas. Había 12 tambos de 200 litros con restos óseos y sustancias químicas utilizadas para deshacer los cuerpos.
Nadie sabe cuantas personas fueron desintegradas en esa narcococina. El método se ha extendido rápidamente. Las narcococinas abundan y las han encontrado en Galeana donde hallaron 30 restos óseos; en Ciénega de Flores donde encontraron los mismos tambos de 200 litros y restos de combustible, ropas e identificaciones que pertenecieron a las personas que desintegraron, en Juárez, en el Cerro de la Silla...
Incluso hay pueblos donde los tambos de 200 litros distribuidos por los ayuntamientos como depósitos de basura y colocados en las esquinas, han desaparecido. Algún alcalde se ha rebelado y ha dicho que no comprara más tambos porque la delincuencia organizada se los roba para luego utilizarlos como instrumentos de exterminio.
Los tambos no siempre son necesarios. En Guerrero, Coahuila, por ejemplo, encontraron 20 pozos en la tierra. Allí aparecieron mil 314 piezas de huesos humanos calcinados.
El extermino con este método tiene un claro objetivo: es imposible hacer pruebas genéticas. No hay manera de extraer el ADN de un hueso calcinado o deshecho en ácido. Y los familiares de los 30 mil desaparecidos registrados en México durante los últimos cinco años, lo saben.
La banalidad del mal, como diría Hannah Arendt tiene que ver con la condición humana, con esa capacidad extraordinaria para cometer actos de extrema crueldad contra otro ser humano sin mostrar el menor signo de compasión. Y estamos en guerra, aunque los organismos internacionales y el gobierno, prefieran ignorar ese estatus.
Los victimarios suelen ser “personas normales”, a veces arropados por la razón de Estado.
[Publicado el 27/12/2011 a las 03:43]
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La tumba de Wendy
Nohemí tenía cuatro horas esperando en su casa. Eran las siete de la tarde y oscurecía. Preparó el café. Pidió sillas a las vecinas. Barrió el piso de tierra. Y espero a que llegara.
Sus familiares fueron los primeros en aparecer, luego los amigos, los vecinos o más bien, algunos vecinos. Era poca gente, pero a Nohemí no le importaba. Quería que llegara. La esperaba con ansias, con el deseo de verla nuevamente.
Una llamada en el celular la sobresaltó. La voz del hombre fue escueta: “Soy el señor González de la funeraria. No podemos pasar. Los Zetas nos han dicho que no podemos pasar. Nos vamos a regresar y al rato lo intentamos otra vez”.
Nohemí se trago el llanto. En la casa había como 20 personas. Se armó de fuerzas para hablar: “Les agradezco que hayan venido, pero me dicen que no pueden traer a la niña. Los malos no los dejan pasar. Si se quieren ir, se pueden ir. Lo entiendo”. La mayoría se fue.
En la oscuridad espero junto a sus otros dos hijos y su esposo. Echo la vista atrás y recordó como cinco días antes la recibió allí mismo, a la entrada de la casa. Estaba pálida. Se tocaba el estomago ensangrentado. Una bala le había perforado los intestinos. Era domingo. Venían de Cerralvo en el coche de un primo y los acompañaba una amiga, ambas de 17 años. Dos camionetas salieron por una vereda en la carretera y les dispararon a mansalva. Wendy pensó que no le habían dado, pero luego la mancha de sangre se fue extendiendo. Dicen que hay balas que no se sienten cuando entran al cuerpo; balas sigilosas, malévolas y mudas.
Nohemí reaccionó inmediatamente, se la llevó al primer hospital ubicado a 80 kilómetros de la zona rural donde vive, un lugar lleno de pobres sin esperanza, sin futuro; asolado por la violencia y convertido en pueblo fantasma sin ley.
Durante el camino se quejaba: “Me duele mucho, dame algo para el dolor”. La internó en el Hospital Metropolitano, un moridero con apenas medicinas y médicos inscrito en el Seguro Popular de Felipe Calderón con cientos de desheredados moribundos que salen en carroza. Fueron cinco días de silencio. Estuvo en cuidados intensivos luchando por seguir aquí. Alfredo su hermano de nueve años logró entrar a verla. Lo recuerda con dificultad, se retuerce en la silla y dice con la mirada clavada en el suelo: “Estaba hinchada, muy hinchada. Falleció”.
Al primo de Wendy ya se la habían sentenciado: “No vuelvas por aquí hijo de tu chingada madre, porque te mato”, le dijo un tipo de Cerralvo empeñado en quedarse con su novia. Nunca pensó que sucedería. Luego supo que el sujeto forma parte de una célula Zeta.
La carroza no apareció hasta la mañana siguiente. El funeral duró apenas unas horas. Mucha gente del pueblo prefirió no asistir. El cura de Marín apareció tarde y con frialdad y arrogancia preguntó: “¿Quien es la madre? Pues no parece, ni siquiera llora”, espetó casi enfrente de Nohemí que con enorme entereza aguantaba el adiós a su niña. Había llorado tanto durante toda la noche.
Fueron pocos los que siguieron el paso fúnebre por las calles hasta el cementerio. La gente tiene miedo. “La mataron los malos. Sabrá Dios en que pasos andaban. Mejor ni pararse”, me dice una vecina. La estrategia gubernamental de enlodar a las víctimas inocentes de esta guerra ha tenido éxito.
La tumba es un hoyo en la tierra. Y esta rodeada de niños, de adolescentes, compañeros de Wendy. Apenas unas cuantas flores son colocadas. Alguien hace una cruz de madera. La colocan. Nadie escribe su nombre.
Ha pasado una semana. El crimen de Wendy ni siquiera ha sido investigado por la policía o el ministerio público, tampoco ocupó un espacio en los medios de comunicación. Todo mundo sabe quien fue, pero nadie dice nada. Es la ley del silencio, la ley del miedo: ver y callar.
Todos los días, Alfredo camina quince minutos hasta el panteón para llevarle una flor a su hermana. Hoy viene acompañado de su amigo Manuel. Ambos se enfrentan a la muerte con asombrosa entereza. Y asumen irremediablemente la tragedia de esta guerra delirante que ha dejado 1,400 menores asesinados y 20 mil huérfanos.
Alfredo y Manuel no pueden verbalizar su dolor, pero al salir del cementerio corren por las veredas del monte. Se suben a una moto y se pierden. Los busco durante horas. Al final de la tarde los encuentro perdidos en un inmenso campo de béisbol: “¿Por qué se fueron? Estaba asustada buscándolos”, les digo. Alfredo guarda silencio. Manuel me mira reprochando la obviedad...
“Estamos tristes. Queremos estar solos”.
[Publicado el 10/11/2011 a las 18:28]
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Tuiteros asesinados en Nuevo Laredo, Tamaulipas
Las redes sociales se han convertido en una gran herramienta para combatir la censura. Pocas cosas se escapan de la lente ciudadana, de los guardianes anónimos o del atento espectador en cada esquina.
Aparecieron hace unos días. Uno tenía alrededor de 25 años, la otra 28, según datos de la policía. Ambos, tuiteros por afición, se habían encargado de denunciar todo aquello que no salía en la prensa local de Nuevo Laredo, Tamaulipas, el segundo puente fronterizo más importante con Estados Unidos, después de Tijuana.
Ella estaba atada de pies y manos; él de los brazos; los torturaron hasta la muerte y los colgaron del puente peatonal de Los Mayas. El mensaje escrito en una cartulina dejado en la escena del crimen era claro: "Esto les va a pasar a todos los relajes (tuitteros) del Internet, pónganse vergas (listos) ya los traigo en corto, Atte: Z".
Las alarmas se han disparado. No solo por este hecho macabro, sino por otro incidente que afecta al flujo de información en las redes sociales. Dos tuiteros fueron encarcelados en Veracruz por “perturbar el orden público”, acusados de “terrorismo y sabotaje”.
El “delito” del profesor Gilberto Martínez Vera y de la periodista María de Jesús Bravo Pagola, fue según la autoridad, generar una ola de pánico por haber difundido en Twitter y Facebook la versión de posibles ataques del crimen organizado en escuelas.
El tic autoritario del gobernador de Veracruz Javier Duarte no tiene límites. En cuestión de días fue capaz de modificar la ley para perseguir más cómodamente a los tuiteros que fueron encarcelados sin que existiera una tipificación del delito en cuestión. Envió una iniciativa de reforma a los artículos 311 y 313 del código penal de Veracruz para incluir el delito de "perturbación del orden público". El gobernador se olvidó que en derecho existe un principio fundamental: “Nullum crimen, nulla poena, sine praevia lege”, es decir “ningún delito, ninguna pena sin ley previa”. Pero Duarte se pasó por el Arco del Triunfo la Constitución. La nueva ley fue aprobada, aunque la jugarreta no cuajó del todo.
Los tuiteros cosecharon miles de adhesiones: desde las organizaciones de derechos humanos, legisladores, senadores y hasta la Iglesia. Twitter se convirtió una vez más en una herramienta contra la opresión y la falta de libertad. El apoyo fue mayoritario y la movilización en Internet fue tan contundente que el gobernador déspota dio marcha atrás. Ambos tuiteros salieron en libertad, después de 27 días en prisión.
Bien sabemos que los ímpetus de censura de algunos gobernantes no tienen límites, pero actualmente dicho propósito es prácticamente estéril. Pueden comprar periodistas, operar medios de comunicación a través de la publicidad oficial, tener opinadores a modo, amenazar o asesinar periodistas independientes; el mensaje llegará tarde o temprano.
Una prueba de ello es el famoso Blog del Narco, convertido ya en lectura indispensable de la guerra delirante de Felipe Calderón que ha dejado un saldo de 60 mil muertos, 250 mil desplazados, 20 mil desparecidos...
Lo censurado en algunos medios de comunicación se publica sin ambages en el Blog del Narco, incluidas las crudas imágenes de violencia, tortura, ejecuciones, barbarie cotidiana. Nadie sabe quien maneja el Blog del Narco, pero la leyenda dice que detrás de esas páginas llenas de sangre e información oportuna y casi siempre veraz, están dos estudiantes de Monterrey.
La información fluye, y seguirá fluyendo aunque algunos intenten detenerla. Tweet Off.
[Publicado el 22/9/2011 a las 01:45]
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Aquiles Colimoro Sarellano con dos niñas rescatadas. Foto: Manuel Ortiz
La tenía atada con una cadena. Era su dueño y era policía. Las mordidas formaban parte de su vida cotidiana. También los abusos. Se las prestaba a sus amigos. Todos tomaban y se divertían a su alrededor. Un día dejaron una botella de cerveza olvidada, la quebró y lo intentó; intentó suicidarse. Eso le salvo la vida.
Se llama Patricia y es víctima de trata. Tenía 10 años cuando el hombre que la compró en el Distrito Federal la sometió a todo tipo de tormentos. Cuando llegó al refugio se bañaba con camiseta, algo que a las demás niñas les sorprendía. A los pocos días de llegar a la Casa de las Mercedes, un refugio ubicado en el centro neurálgico de la prostitución y la trata en México, el famoso mercado de La Merced, entró a la oficina de Aquiles Colimoro Sarellano y le dijo que le quería enseñar algo, pero que era necesario cerrar las ventanas.
Estaba frente a él. Se giró y se quitó la camiseta. La espalda la tenía llena de cicatrices. Eran mordidas. No se las había hecho un perro. Se las hizo el hombre que la compró. Mordidas en la espalda. No eran las únicas. Se quitó su ropa interior y le mostró su vagina: “El individuo le cortó el clítoris de una mordida. También le fue cortando con unas tijeras, poco a poco, los labios de la vulva”.
El que habla es Aquiles Colimoro Sarellano, un héroe anónimo de esos que pueblan la tierra. Lleva una década rescatando niñas de las garras de los tratantes que en México son muchos. Ha estado amenazado de muerte y lo han perseguido los criminales que se benefician del segundo “negocio” más lucrativo en el mundo después del tráfico de drogas. Anualmente arroja 6 mil millones de dólares en ganancias.
Camino junto a él. Nos adentramos en el lumpen de La Merced. Los lenones nos siguen, nos vigilan. Más de 5 mil mujeres y mil 500 niñas son explotadas sexualmente en este mercado ubicado en pleno centro de la capital mexicana, según datos de la Coalición contra el Tráfico de Mujeres y Niñas para América Latina y el Caribe (Catwlac).
Aquiles entra en los moteluchos. En la mayoría hay niñas para venderlas a los clientes V.I.P. Las tienen escondidas. No están a la vista de todos. Hay una escena sórdida: una especie de desfile de mujeres que ofrecen sus servicios sexuales por apenas cien pesos (cinco euros). Los clientes las ven caminar en circulo.
Aquiles se hace pasar por cliente especial; aparenta ser un hombre honorable e importante con dinero, dispuesto a comprar la virginidad de una niñita. Hay tantos. La masculinidad mal entendida produce auténticas crueldades. ¿Qué tipo de hombres pueden hacer lo que le hicieron a Patricia y a tantas otras más?
Cuando lo dejan solo con ellas les cuenta sus verdaderas intenciones y las rescata. Su labor es complicada. A las niñas las cuidan lenonas generalmente. Son señoras que las arreglan, las visten y las alimentan; también las castigan y las maltratan. El empresario del negocio esta afuera de las habitaciones vigilando sus inversiones. Y en la calle el próspero comercio está custodiado por policías del Distrito Federal. Es una cadena de complicidades en donde todos llevan tajada a costa de las niñas.
Pero Aquiles está decidido a seguir rescatándolas. Hace honor a su nombre. Es un guerrero de Troya. En el refugio todas ríen después de meses de terapia, después de padecer depresiones, insomnio, pesadillas, neurosis diversas. Hay tantas historias, todas terribles como la de Patricia. No es fácil recuperarse de un trauma de esa magnitud. Ellas son fuertes y quieren una vida distinta, desean empezar de nuevo.
Aquiles sostiene este refugio a base de donativos. A veces hay poca comida, pero siempre hay algo. Todos los días les coloca un brincolín afuera donde los rayos del sol alegran su existencia. Las niñas saltan y ríen. Aquiles las ve y disfruta también. Es un héroe, de esos héroes que pueblan la tierra sin que nos demos cuenta que existen.
[Publicado el 05/9/2011 a las 08:21]
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El famoso Sabino Gordo Foto: Sanjuana Martínez
Las veladoras encendidas fueron colocadas en la esquina. El cartel anuncia a la Banda la Trakalosa y a los Kumbiamberos del Panamá para amenizar las noches más cachondas del lugar a ritmo caribeño. Estamos en el centro neuralgico del “Table Dance” de Monterrey, una zona llena de salas de masaje, bares, salones de baile, cantinas y prostíbulos. Es el lumpen del infeliciaje regiomontano. Aquí las noches son memorables por la trata de mujeres, el alcohol adulterado y las drogas. Pero la del viernes pasado fue especialmente inolvidable. A punta de cuernos de chivo mataron a 21 en el famoso antro “Sabino Gordo”.
“¡Se los va a llevar la chingada, cabrones!” gritaron los gatilleros al llegar. Eran ocho hombres a cara descubierta. Uno empezó a dar órdenes: “¡Todos al suelo, hijos de la chingada!”. Fue a las 10 de la noche y la banda tocaba con ambiente guapachón. En la pista varias parejas se divertían. Las “damas de compañía” hacían su trabajo “entreteniendo” a los clientes para hacerlos consumir más y los meseros controlaban sus mesas.
Los asesinos fueron eligiendo clientes, músicos y damas de compañía para ordenarles que salieran del lugar. Luego formaron a algunos clientes, meseros, cantineros y vigilantes. Los pusieron en la pared y empezaron a disparar a corta distancia. Fusilados. En cinco minutos cayeron un centenar de balas. La sangre fluyó. Al salir, dispararon a un vendedor de hotdogs y un taxista. Ambos estaban en la esquina sin deberla ni temerla.
Aquello era un hervidero de aves nocturnas. Nadie a esta hora podría imaginar lo que paso. Son las 10 de la mañana y el ambiente es tranquilo, aunque los restos de la tragedia siguen en el suelo. Enfrente del Sabino Gordo hay un 7-Eleven. El empleado que atendió aquella noche se asustó tanto que ya no volvió al trabajo. Ni siquiera vino a presentar la renuncia ni a exigir su finiquito.
En contraesquina el Givenchy’s Men’s Club esta cerrado. Un letrero en la puerta: “Se solicitan bailarinas: sueldo, más comisión”. Y otro a un lado: “No cover. Dos cervezas por 25 pesos”. El Tangaray, El Infinito y el Primores también están cerrados.
“Los amenazaron. Tienen miedo por eso no abren”, dice el policía que vigila para que los dueños del Sabino Gordo no violen los sellos del clausurado. Llegó a las siete de la mañana y se irá a las 7 de la tarde cuando venga su compañero a relevarlo. “Estuvo bien feo. Mataron a los trabajadores. Pobres. Qué culpa tenían”.
Los de la última letra, “Los Zetas” dominan la zona hace meses. Los narcomenudistas a sus órdenes distribuyen dosis de marihuana, cocaína y pastillas en connivencia con los propietarios de los lugares. El Cártel del Golfo, en guerra por el control de la plaza, advirtió a los dueños que suspendieran el trasiego de droga de sus contrincantes de lo contrario se iban a arrepentir. El “cobro de piso” de unos y otros es algo cotidiano en el México actual. No pagar significa recibir un “castigo ejemplar” que incluye balacera y matazón de clientela para arruinarles el negocio.
Por si no quedo claro la autoría, Los Zetas se deslindaron del asesinato masivo colocando sendas mantas en distintos puntos de la ciudad. El mensaje fue enviado. Y para restar importancia a la masacre, las autoridades se apresuraron a decir que los muertos “no eran gente de bien”. Las buenas consciencias de esta ciudad no deben sentirse ofendidas. La gente de bien no acude a estos tugurios, mucho menos trabaja en ellos. El gobierno quiere hacernos creer que la mayoría de los 50 mil muertos en esta guerra eran "malos". Merecían morir. Merecían ser masacrados, descuartizados, decapitados. Eran malos. Ese es el mensaje oficial. La guerra divide buenos y malos.
La vida sigue. La moral está a salvo. Los sellos amarillos rodean el Sabino Gordo a espera de su clausura definitiva. La gente de bien aplaude. Pero los familiares de los asesinados no se resignan a aceptar la etiqueta otorgada. Reivindican su memoria. Llevaron veladoras. Eran solo trabajadores. El dueño les ordenaba. Él está a salvo. Es gente de bien con dinero. El policía no les permite poner las ofrendas en la puerta. Las veladoras aromáticas, esotéricas, curativas, con la Virgen de Guadalupe o el Sagrado Corazón de Jesús fueron colocadas en la esquina, justo abajo del letrero de luces neón con la oferta musical de este lugar del mal.
Otros negocios se arman de valor y abren sus puertas. “Masajes, baños y más”, dice el letrero sobre su cabeza. Está sentado en un banco: “No es justo, oiga”, se queja un hombre de unos 30 años “No es justo, que digan que por trabajar en estos lugares somos malas personas. ¿Y el desempleo? ¿Sabe usted cuanto se batalla para encontrar trabajo? Está cabrón. Y luego para que digan que esa gente no era gente de bien. No se vale. Por ejemplo, yo estoy aquí de portero pero nunca he ocupado un servicio de las señoritas. Nunca. Nomás mi trabajo. Ni siquiera se cuánto cobran. Yo nomás lo mío: evitar que entren los menores de edad. Cuando veo uno chiquillo nomás le pido la credencial de elector. Por eso estoy aquí. ¿Soy gente de bien o gente mala?... Del Sabino Gordo no le puedo decir nada. Nada. Nada”.
A un lado, está “La Catedral del Table Dance” en “La Cava” esperando a los clientes: albañiles, obreros, traileros, macheteros.... Un letrero lo dice todo: “Privados: 4 por 10”. Toda la noche”. Enfrente, el hotel “El Descanso” remata la oferta erótica: “cuartos por 100 pesos (6 euros) para dos personas”. La noche espera. Y con adrenalina incluida.
[Publicado el 21/7/2011 a las 00:27]
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Ellas buscan a sus desaparecidos.... Foto: Sanjuana Martínez
La vida es tan imprevisible que te pone pruebas a cada paso. Mantener intacto el deseo de amar en tiempos de guerra es una proeza. Y más sorprendente es cuando la ternura se mantiene inquebrantable ante los embates perversos del mal.
Las historias van cayendo una por una al agujero negro de la justicia, ese hoyo lleno de impunidad, abusos, despotismo, indolencia, autoritarismo, racismo, desprecio....
El dolor de los demás se acumula en las grabadoras y en el corazón. El sufrimiento de quienes han perdido sus amores se amontona en el alma. Intento colocarlo en algún lugar, pero son tantas las historias, que los lamentos salen por los poros en el día, en la noche. Alguien me dice que se llama estrés postraumático. ¿Y eso como se cura?, pregunto. “No se cura si sigues allí”. Pues no se cura.
Escribo para intentar descifrar la línea que separa el bien y el mal; para ver más allá de la perversidad, la crueldad, la vileza del ser humano contra otro ser humano. Para indagar en los recovecos del amor y la ternura, en las señas identitarias que supuestamente nos separan de los animales. Quiero recordar dónde empezó ese deseo, esa vocación... Vi mi primera película de nazis cuando tenía diez años. Al terminar, pregunté a mi padre: “Por qué permitieron que mataran 6 millones de judíos? ¿Por qué nadie dijo nada?”... Mi padre respondió: “Porque la mayoría prefirió guardar silencio”.
En el México en guerra de nuestros días, la carnicería de unos y el exterminio de otros, está lleno de silencios. El silencio que grita los delitos de unos; pero oculta los crímenes de otros. El silencio que ignora a nombre de la razón de Estado. Son “daños colaterales”, “víctimas propiciatorias”, “errores de cálculo”. Parecería que la violencia del Estado no tiene eco más allá de nuestras fronteras. Y paradójicamente lo que le importa al Estado es lo que digan fuera de sus fronteras. Me pregunto porque las decenas de corresponsales acreditados en nuestro país no la abordan con todos sus matices y desventuras. Entiendo que en algunos casos sus grandes grupos multimedia tienen multimillonarios negocios con el gobierno mexicano o con el establishment financiero, pero... ¿y el compromiso con la verdad?
Internamente tampoco estamos bien. Iniciativa México, el pacto del duopolio televisivo firmado por 700 medios de comunicación se empeña en censurar todo aquello que afecte a la “seguridad nacional”, pero... ¿y el compromiso con la verdad?
Mirar a otro lado ante los crímenes cometidos por las policías municipales, estatales, federales; por el Ejército y la Marina, solo ha generado el incremento de las víctimas. Si al principio del sexenio había 600 desaparecidos que provenían de otros gobiernos desde Luis Echeverría, en el primer año la cifra rondaba los 3.000 y ahora el número llega hasta 20.000...
No todas estas personas han desaparecido a manos del Estado, pero me preocupan los que sí, porque eso quiere decir que los ciudadanos seguimos atrapados entre dos frentes, mientras la mayoría de medios nacionales e internacionales solo habla de la violencia más visible: la de los cárteles de la droga.
¿Que le puedo decir a una madre como María Cruz Camarillo Pérez que llora desconsoladamente por la desaparición de su hijo a manos de la Marina? ¿Cómo consuelo al doctor Otilio Cantú que acaba de perder a su hijo asesinado impunemente por los militares? ¿Que explicación razonable puedo ofrecer a Yolanda Verástegui cuyo hermano y sobrino fueron secuestrados por la policía local?...
Todos tienen en común una cosa: son víctimas caídas al agujero negro de la justicia. Han tocado infinidad de puertas y casi nadie les hizo caso. No existe en México, por motivos estratégicos, una ventanilla única para denunciar desapariciones, ni tampoco para presentar delitos del propio Estado; no hay una instancia que les de razón, mucho menos certidumbre en la búsqueda. La Comisión Nacional de Derechos Humanos se dedica a hacer recomendaciones que el Estado no acata. Su independencia está en entre dicho, particularmente porque tiene uno de los presupuestos más altos del mundo. Resulta onerosa, previsible y de adorno. Los únicos que atienden bajo sus limitaciones son las organizaciones civiles de derechos humanos. Pero están desbordadas por los acontecimientos. No dan abasto. La gente se refugia en Dios y en la virgen de Guadalupe. Busca sostenerse. “Usted es nuestra última esperanza”, me dijo una madre desconsolada.
Al miedo, se une el desconcierto. La mayoría no sabe qué hacer. Se hunden en la desesperación, en el desconsuelo. Vagan por las instituciones como fantasmas en pena. Acuden a las procuradurías, a los servicios periciales, a los anfiteatros. No existe un padrón nacional de cadáveres para cruzar datos con las listas de desaparecidos. Las fosas comunes con los “sin nombre” aumentan. No hay voluntad política de solucionar los casos.
Los desaparecidos de Calderón pasaran a la historia de la ignominia de su sexenio. La abyección del delito de la desaparición lo cubre la mentira institucional. La casta de privilegiados por encima de la ley empieza en los cuarteles de los que se supone sale la ley que garantiza nuestra seguridad y paz social.
Los campos de extermino se exhiben en las noticias como hallazgos del Ejército, pero la autoría de los crímenes que se cometen en esos crematorios clandestinos donde se “cocina” a las personas en tambos agujereados, es dudosa. Casualmente la mayoría de las narcofosas son encontradas por las fuerzas de seguridad del Estado, los militares o los marinos se llevan “el mérito” gracias a “llamadas anónimas”. Los campos de concentración donde se tortura cambian en cada ciudad. El ejército y la Marina utiliza gimnasios, parques feriales, aeropuertos... Así lo demuestran los testimonios de las víctimas sobrevivientes y de los familiares de las víctimas, esas que son ignoradas por la mayor parte de la prensa extranjera.
Eduardo Galeano dice en “Días y noches de amor y de guerra” que el sistema es el sistema y quien denuncia sus arbitrariedades, excesos y crímenes es llamado “enemigo del país”:
“Quien denuncia la injusticia, comete delito de lesa patria. Yo soy el país, dice la máquina. Este campo de concentración es el país: este pudridero, este inmenso baldío vacío de hombres. Quien crea que la patria es una casa de todos, será hijo de nadie”.
Y ellas, particularmente ellas le piden cuentas a la patria, siguen buscando a sus desaparecidos. A los desaparecidos de todos. ¿Qué puede mover esa dolorosa indagatoria a pesar de las amenazas, el miedo, el acecho de la muerte?....
El amor, el amor y la ternura. Ambos quedan invictos.
[Publicado el 06/7/2011 a las 05:38]
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Fueron cinco minutos. Lo rociaron con diesel. Tenía la cara tapada con su propia camiseta. Y la chispa de un encendedor provocó el flamazo inicial. Duró cinco minutos, solo cinco minutos.
Eran las siete y media de la tarde. La gente que salía de trabajar transitaba lentamente por la avenida Revolución debido al intenso tráfico. Los coches a vuelta de rueda. La monotonía. Los noticieros acababan de empezar. Todo parecía cotidiano, incluso lo que iba a suceder.
De pronto, a cara descubierta, dos sujetos cargando un bulto subieron apresuradamente las escaleras del puente peatonal esquina con Churubusco. Al llegar, ambos forcejearon unos minutos. Súbitamente lo dejaron caer. El cuerpo sujeto de unas gruesas cadenas alrededor del cuello quedo suspendido en el aire, tambaleándose unos segundos. Un tercer sujeto lo empapó de combustible e hizo el resto. No sabemos si estaba vivo.
Cinco días antes, la escena se repetía en el mismo puente. Eran dos. Los colgaron vivos de las manos. Les disparaban desde abajo como si se tratara de un juego al tiro al blanco. Mataron a uno. El otro gritaba para salvarse. Estaba herido cuando finalmente la policía llegó a descolgarlo. Tenía 21 años. Eran las diez de la mañana.
Dos días después, a las siete de la mañana en el puente de Adolfo López Mateos colgaron a un hombre del cuello con unas cuerdas que a la media hora se aflojaron. Cayó 10 metros y lo encontraron en el lecho del Río Santa Catarina.
El espectáculo macabro se repitió siete días antes. Eran las seis y media de la mañana. Decenas de personas transitaban por la avenida Gonzalitos para ir al trabajo o para llevar a los niños a la escuela. En el puente con avenida Ruiz Cortines dos hombres colgados, uno mutilado. La mitad de una pierna tirada en la calle. La escena de los puentes de la muerte es tan habitual que da miedo la costumbre.
Los puentes peatonales que hasta hace cinco años habían servido para satisfacer la necesidad humana de cruzar, ahora son utilizados para cumplir el deseo más primitivo y siniestro. Cientos de víctimas colgadas, exhibidas en esta guerra delirante.
Al fin y al cabo como dice Tzvetan Todorov en su libro "El miedo a los bárbaros" es fácil encontrar una violencia anterior que justifique la actual. Ese es el verdadero peligro porque la barbarie es "resultado de un rasgo del ser humano". No es ni siquiera producto de una nacionalidad o época específica, "la barbarie no corresponderá" --- aclara Todorov--- "a ningún periodo concreto de la historia de la humanidad, ni antiguo ni moderno, a ninguna de las poblaciones que cubren la superficie de la tierra".
Es, simple y llanamente, inherente al ser humano. ¿Quién asume, pues, el papel de bárbaro en la guerra contra el narco emprendida por Felipe Calderón?... Los exterminadores: narcos, sicarios, delincuentes, militares, policías, marinos, agentes del Estado...
Los colgados de los puentes representan el horror cotidiano a veces retransmitido en vivo por la televisión, otras censurado para no dañar la imagen del país, para cumplir con el pacto mediático de silencio llamado "Iniciativa México", firmado por más de 700 medios de comunicación.
El terror generado por estos crímenes, sin embargo, existe. No hay censura absoluta y efectiva con Twitter o Facebook. La verdad, encuentra su camino. Y afortunadamente hay medios que se negaron a firmar ese pacto y se resisten a ser testigos mudos. Narrar el exterminio cruel, la barbarie obscena, el salvajismo primitivo al que han llegado es una obligación moral. Mirar a otra parte no es la salida.
La matanza continúa.
[Publicado el 15/6/2011 a las 21:21]
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"Pecho tierra", niños del kinder Alfonso Reyes
“Todos abajo con su carita pegada al piso. No me levanten la cabeza”, les dijo la maestra Martha Rivera Alanís a sus 16 alumnos del kinder Alfonso Reyes mientras afuera un tiroteo acababa con la vida de cinco personas en La Nueva Estanzuela ubicada al sur de Monterrey, una de las miles de zonas convertidas en campo de batalla.
No era la primera vez que los niños escuchaban una balacera. El sector carece de vigilancia y las ráfagas de metralleta se han convertido en parte de su cotidianidad. Cientos de escuelas en México se han visto obligadas a suspender clases durante distintos períodos del año escolar. El poder del crimen organizado prevalece por encima del Estado convirtiendo territorios enteros en tierra de nadie.
Son ya 40 mil muertos. Miles de víctimas inocentes han queda atrapadas entre las balas. Por eso la maestra Martha sabía que tenía que proteger a “sus pollitos” como ella les dice. Y lo primero que se le ocurrió fue convertir aquella escena aterradora del fuego cruzado en un lugar seguro.
Gracias a su entereza un video con la escena ha recorrido el mundo. Allí se puede ver como la maestra de 34 años controla la situación. “Si mi amor, todos en el piso”, le dice a un niño que le pregunta el por qué de la medida. “Chiquitos, no nos pasa nada. No pasa nada. Aquí no nos va a pasar nada. No me levanten la cabeza, por favor”.
Los balazos se escuchan afuera con claridad, pero la maestra encuentra una manera de aislar a los niños y trasladarlos a un lugar seguro, al menos mentalmente. “Vamos a cantar una canción”, les dice y empieza con voz tranquila: “Si las gotas de lluvia fueran de chocolate. Me encantaría estar allí”.
Los niños la siguen, se relajan y empiezan a cantar. Por un instante la balacera pasa a segundo plano gracias a esa canción que incluye instrucciones de la maestra para acostarse boca arriba, una posición ideal para quienes quieren empezar a recibir la lluvia de chocolate.
Imagino el miedo interior de la maestra, la angustia de saber que en cualquier momento aquellas ráfagas podían penetrar el salón de clases. Imagino el estímulo del instinto de supervivencia, el deseo de salir corriendo con todos los niños para llevarlos a un lugar seguro...
Pero la maestra Martha aguantó estoicamente el mal trago. Puso en práctica el incipiente protocolo de seguridad de la Secretaría de Educación. Y se dio tiempo de grabar ese momento para mostrar lo que se vive en esta parte de México. Luego subió el video a su página de Facebook y lo tituló: “Mi día de hoy”. De allí la grabación fue tomada por un portal local y luego a Youtube donde el video de casi un minuto y medio se convirtió en uno de los más vistos.
Los periodistas que la esperaban afuera de una ceremonia donde le otorgaron un “reconocimiento por su valor” la bombardearon a preguntas: “No, no me considero una heroína. Solamente lo hice con el corazón”... “Si tuve miedo, claro que tuve miedo, mi mano temblaba pero mis niños fueron los que me sacaron adelante”.... les dijo con absoluta sencillez.
La maestra Martha Rivera ha dejado de ser una persona anónima. A pesar de su momentánea celebridad sigue dando clases con normalidad. Y la cruda realidad se impone otra vez. Ayer a un lado del kinder volvieron las balaceras. México esta sumido en el caos de una guerra perdida y sostenida sin planeación ni logística. Las noticias se repiten diariamente: asesinaron a cinco taxistas durante la mañana a un lado del mismo kinder... Ella, la maestra Martha Rivera, sigue cantando con los niños tumbados al suelo y boca arriba, convirtiendo la lluvia de balas en lluvia de chocolate: “ ¿Quién quiere chocolate?... Abriendo la boca para saborear”.... “Si las gotas de lluvia fueran de chocolate. Me encantaría estar allí”.
[Publicado el 31/5/2011 a las 15:29]
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Sanjuana Martínez es egresada de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Continuó sus estudios de posgrado en la Universidad Complutense de Madrid. Ha investigado asuntos relacionados con la defensa de los derechos humanos, violencia de género, la actividad terrorista y el crimen organizado, tanto en México como en Estados Unidos y Europa. Ha trabajado para Milenio Diario de Monterrey, Canal 2, la revista Proceso y el periódico La Jornada. Por sus investigaciones sobre los delitos de pederastia cometidos por el clero, recibió el Premio Nacional de Periodismo 2006. El Club de Periodistas de México le entregó en 2007 el primer Premio Nacional de Periodismo por sus reportajes, crónicas, entrevistas y artículos. Y en 2008 por sus trabajos difundidos en La Jornada recibió el Premio Ortega y Gasset de Periodismo. Ha publicado los libros: Manto púrpura. Pederastia clerical en tiempos del cardenal Norberto Rivera Carrera (Grijalbo), La cara oculta del Vaticano (Plaza y Janés), Si se puede. El movimiento de los hispanos que cambiará a Estados Unidos (Grijalbo). Por su libro Prueba de fe. La red de cardenales y obispos en la pederastia clerical (Editorial Planeta) recibió en 2008 el premio "Rodolfo Walsh" de la Semana Negra de Gijón. Sus último libros son: Se venden niños (Editorial Temas de Hoy), Periodismo incómodo (UANL), Verdades que no mueren (Ediciones Oficio) y La frontera del narco (Planeta, 2011). Es coautora de los textos: Los intocables (Editorial Planeta), Un día sin inmigrantes (Grijalbo) y Voces de Babel (Alfaguara).
Actualmente desarrolla su labor periodística como freelance. Radica en Monterrey y colabora con varios medios mexicanos y extranjeros.
11/5/2012 05:41
saquenme de la duda, aqui en...
Publicado por: adrian carrillo
04/5/2012 19:03
Publicado por: juan diego
27/4/2012 01:39
Publicado por: alejandra garcia amezcua
26/4/2012 23:48
usted sabia que un costarricense...
Publicado por: juan carlos
26/4/2012 20:52
Publicado por: juan carlos
26/4/2012 20:47
Publicado por: xxxxxxx
09/4/2012 09:20
Sanjuana, me permito dejarle el...
Publicado por: Laura Mendoza
20/3/2012 15:40
Publicado por: Santiago Acera
03/3/2012 01:45
lamentable el trato que le dan a...
Publicado por: FERNANDO
22/2/2012 07:29
Publicado por: Dr Raul Rene Villamil Urirte
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