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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 1 de diciembre de 2020

 Roberto Herrscher

Destinos errantes de Andrea Jeftantovic en seis cruces de palabras

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Se nota en la prosa de Andrea Jeftanovic “la lectura atenta de los clásicos de su tierra, Chile, y sobre todo la voz de los poetas, que brinca y serpentea en su prosa. Esto dije de su colección de crónicas viajeras Destinos errantes en la presentación en la Furia del Libro el mes pasado. Y en la revista de libros Ojo en Tinta, donde salió publicada ayer mi presentación transformada en reseña.

 1.      Mujer y viajera – Novelista, cuentista, académica de la Universidad de Santiago, estudiosa de la literatura, experta en Damiela Eltit… y viajera. Andrea Jeftanovic pertenece a esa cofradía que mujeres que viajan para contarlo, acompañadas o solas. Y muchos de esos viajes hacia el conocimiento del mundo y de la complejidad de las sociedades actuales están contados y reflexionados en su relato de no ficciónDestinos errantes. No es un manifiesto feminista, pero es un valioso autorretrato de la viajera que no pide perdón ni permiso, que se anima en esquinas peligrosas, en países en conflicto, y se encara con los machistas. Los viajeros por muchísimos años eran los hombres: los Ulises. Sus Penélopes los esperaban tejiendo y destejiendo sueños. Esta Penélope viajera se adentra en la Cuba de la postrevolución (Sin embargo, Cuba), por ejemplo, y se acuesta oronda en la cama donde, dicen, durmió Fidel su sueño de la revolución de los barbudos.  

 2.      Centrípeto y centrífugo – Andrea Jeftanovic lo explica bellamente: viajar es otra forma de leer: leer para mirar el mundo y entenderse a uno mismo. Viajar para cambiar y para encontrarse. Movimiento hacia adentro y afuera. Por eso usa la metáfora de los movimientos con los ojos para afuera, como queriendo salirse de su órbita, y hacia adentro, mirando cada vez con más atención el propio centro. Así viaja al Rio de Janeiro de Clarice Lispector (Los Ríos de Clarice Lispector), a los paisajes y calles y parques de sus novelas y a la forma de mirarse como mujer después de leer a la gran escritora brasileña. Este capítulo de búsqueda del mundo interior de la buceadora de lo íntimo para encontarse en calles ajenas es bello y profundo.   

 3.      On campus y Off campus – en California, la estudiante Andrea desmelena su cabellera leonina en noches de juerga y música y en clases con famosos académicos. Vivir la juventud y leer hasta desgañitarse las lagañas. Es muy original su relato de la experiencia de alumna universitaria pasando párrafo a párrafo de la vida en las aulas y en las noches (California al desnudo). El lado A y lado B de la vida. La experiencia de estudiar y de vivir como estudiante en su seria y salvaje variante norteamericana.  

 4.      Palestino-israelí y serbo-croata – En Tel Aviv y Jerusalén hablando con ciudadanos de ambos bandos del miedo en el conflicto eterno de Medio Oriente (El círculo íntimo palestino-israelí). Y en el túnel de Sarajevo, donde transita en el viejo camino para soportar el asedio serbio, obtener comida y medicina y tratar de mantener viva una ciudad que fue encuentro de culturas (Sarajevo underground). Lo hace usando otra estructura original: sumergiéndose en círculos del infierno dantesco. En estas dos zonas dolidas esta descendiente de judíos y de serbios se busca en los orígenes. Su relato se entreteje con visitas a la biblioteca de su barrio, al mundo de judíos y palestinos y serbios y croatas en Chile. Y a un recuerdo de infancia: En el antiguo Club Yugoeslavo, que expulsa a su familia serbia cuando se convierte en Club Croata. Los antiguos amigos de la piscina hoy son enemigos. En vez de lamentarse o insultar, la cronista viaja para entender el origen de esos odios que llegan tan lejos.

 5.      Memoria y relato – Dos hermanos ciclistas. Uno detenido desaparecido que alucina con reparar bicicletas tras la tortura: algo tan prosaico y pequeño hace más terrible el horror. Y la escena del hermano, que en la tele de la dictadura aparece entrevistado tras ganar la vuelta ciclística a Chile. Dice que se lo dedica a su hermano desaparecido. La pantalla se va a negro. Como tantas historias mínimas que cuentan las tragedias de países lejanos, esta acerca el silencio escalofriante de la dictadura a los lectores actuales (Pájaros de acero). Es un viaje desde su propio recuerdo de niña de tres años el 11 de setiembre de 1973 para entender el pasado y entendernos en él.

 6.      Errante y chilena.  En el título del libro se puede intuir una de las identidades de la autora. Aunque se asiente y se asimile y enriquezca la tierra a la que llega, el judío es un ser errante, en constante búsqueda. El viajero en el fondo es un sin patria. Pero Andrea Jeftanovic es siempre y muy cariñosamente chilena. Se nota en su prosa la lectura atenta de los clásicos de su tierra, y sobre todo la voz de los poetas que brinca y serpentea en su prosa. Es desde este fin del mundo, desde este rincón curioso abierto al mar y a la montaña Por eso estas historias de cuatro continentes son historias de una mirada, de una tierra, de una generación, de una identidad que se construye viajando. En Destinos errantes viaja lejos teniendo siempre el terruño propio como faro.  

 

 

[Publicado el 03/1/2019 a las 18:33]

[Etiquetas: Andrea Jeftanovic, Destinos errantes, libros de viajes, viajeras]

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Patricia Almarcegui: La viajera de sí misma

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Una de las mayores alegrías de dirigir una colección de libros de y sobre periodismo es descubrir autores fascinantes. Otra es que esos autores se conviertan en grandes amigos. Eso me sucedió el año pasado con Una viajera por Asia Central y con su autora, la aguerrida y exquisita Patricia Almarcegui.

Para iniciar con ilusión este 2017, les dejo mi prólogo de su relato magistral. Lo comienzo reflexionando sobre lo que significa y lo que vale para mí la crónica de viajes, y termino con el lugar que creo que tiene ahora esta aragonesa que se moja con las lluvias del camino y se seca en adustas bibliotecas. Agradezco de nuevo a Patricia, y como siempre a Meritxell, Alicia, Cruz y Jordi, mis compañeros de esa quijotada que es la Editorial de la Universidad de Barcelona.

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¿Para qué viajamos? Para encontrarnos, para saber quiénes somos fuera de nuestro contexto habitual. Muchos consideran que el romanticismo empezó cuando Johann Wolfgang von Goethe viajó a Italia para buscar en los paisajes, en las ruinas romanas, en la vida simple e intensa de sus vecinos del sur esa combinación de rescate de lo antiguo, pasión por descubrir y juventud como sinónimo de desgarro amoroso que desde entonces definió toda su época.

        Para Goethe, Italia era el romántico que llevaba dentro y que en la rígida Alemania permanecía agazapado en su pecho.

¿Para qué leemos relatos de viaje? Para identificarnos con el viajero que se busca, se encuentra y se transforma. Dice Ricardo Piglia que hay dos grandes tipos de relato: el viaje lleno de dificultades y la búsqueda de la verdad.

Los buenos relatos de viajeros son ambas cosas.

El viaje que define nuestra civilización es un regreso a casa que durante el trayecto se vuelve imposible. Cuando termina la guerra de Troya, Aquiles ya sabe perfectamente quién es, pero Ulises apenas se está empezando a descubrir. El que vuelve a Ítaca es otro. Nunca se vuelve.

Ya lo decían los versos tan repetidos de los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot: «No dejaremos de explorar y el fin de nuestra exploración será encontrar el punto de partida y conocer el lugar por primera vez».

Todo cambia en el viaje: los lugares que el viajero pisa, y al pisarlos los transforma, aunque sea en mínima medida;, el viajero mismo, y el lugar de su partida. Cuando vuelve, todo es distinto, todo es nuevo.

El relato literario de un gran viaje no es una guía del lugar, para seguir los pasos del proto-turista: es una guía para la transformación. Por eso en el terreno del periodismo literario o narrativo las historias de viajeros son tan apreciadas.

Leer estos libros es un doble viaje. El viajero se juega la vida y se anima a dejarse transformar por nosotros, sus lectores. Leer un libro de este tipo es realizar un viaje vicario.

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En el corazón de la crónica inglesa está George Orwell, con sus viajes para sentir en carne propia la pobreza (El camino de Wigan Pier), la humillación (Sin blanca en París y Londres) y la lucha contra el fascismo y el estalinismo (Homenaje a Cataluña). Y también V. S. Naipaul, con sus recorridos alucinados por tierras musulmanas (Entre los creyentes), por las revoluciones de Latinoamérica (Guerrilleros) o por su propia isla de Trinidad (Un camino en el mundo). Y Bruce Chatwin con su muy personal inmersión en las vastas planicies y las remotas montañas del fin del mundo (En Patagonia) o en la invención de un mundo nuevo en Australia (The Songlines). Y tantos otros.

En España ha habido grandes viajeros. Mis preferidos, el catalán Josep Pla, quien se adentró en su territorio ampurdanés y en los confines de Europa con amor por el detalle revelador y una gracia inigualable en el manejo de la lengua, y Manu Leguineche (El viaje prodigioso, Yo pondré la guerra, La tierra de Oz), especializado en viajar a sitios donde habían ocurrido grandes proezas y cataclismos, donde habían actuado protagonistas célebres, para descubrir en el viaje las claves del pasado.

En Latinoamérica, la idea que se han formado de sí mismos los intelectuales se debe en gran parte a los viajes de soñadores positivistas como Domingo Faustino Sarmiento.

Entre los viajeros latinoamericanos actuales, el mexicano Juan Villoro logró transformar el viaje en una fiesta de la prosa (Palmeras de la brisa rápida, El miedo en el espejo), y el argentino Martín Caparrós ha creado todo un género con sus viajes ensayísticos, irónicos, autorreferenciales, eruditos (Larga distancia, La guerra moderna, El interior, Una luna, El hambre).

Cada uno tiene su viajero favorito: el que realizó el viaje que hubiéramos querido hacer nosotros. Queremos viajar con sus ojos, meternos en los recovecos que ellos encontraron, hacer las preguntas que a ellos se les ocurrieron, sacar esas conclusiones luminosas y sorprendentes.

Los hombres que viajan así son admirables, pero lo son mucho más las mujeres que viajan solas. Las que derriban muros y derrotan prejuicios. Y en los últimos cien años, con la gran transformación de las relaciones de género en Occidente, las historias de viajeras se convirtieron en textos de combate.

Cristina Morató juntó en Viajeras intrépidas y aventureras las historias de unas cuantas (Mary Kingsley, Gertrude Bell, Anita Delgado, Amelia Earhart, Jane Goodall). Debían ser mucho más valientes, mucho más revolucionarias que los hombres. Debían abrir un mundo cerrado a sus hermanas.

Aún hoy, cuando dos chicas que viajan solas son atacadas y asesinadas, como sucedió este año con dos mochileras argentinas en Ecuador, el mundo machista, nuestro mundo, las condena a ellas por no quedarse en el sitio que la sociedad les tenía destinado.

Las mujeres viajeras no solo descubren el mundo: lo crean.

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En esta prodigiosa compañía de creadores y valientes, brilla y aporta su personalidad y su estilo Patricia Almarcegui.

 “Cae la tarde calurosísima. El patio del hotel guarda una tranquilidad y un recogimiento ajenos al centro de la capital. Un pájaro despistado canta para mí entre las plantas trepadoras. No es el paraíso, pero hay una intención de que se le parezca. Tomo mi última pivo a sorbos muy lentos y leo sin prestar demasiada atención Monsieur Ingres et son époque. Un libro tan descontextualizado del entorno y de la situación como mi alma, antes de volver a ya no sé qué país”.

Así termina el penúltimo capítulo de Una viajera por Asia Central. Así nos habla su autora, con la familiaridad de una amiga lúcida y honesta, recordando detalles y situaciones, apelando siempre a los sentidos, compartiendo sus encuentros y desencuentros, sus certezas y perplejidades, en el límite siempre entre el relato y el ensayo.

Almarcegui viaja por nosotros, como los grandes viajeros desde Goethe. Duda cuando un hombre le ofrece llevarla en coche, se asoma a las casas y trata de entender a los moradores y percibir su reacción con una mirada profunda y sutil, se extasía ante el paisaje silvestre.

En 2015, por recomendación entusiasta del gran escritor, viajero de las librerías, explorador de la literatura, las crónicas y las series de televisión Jorge Carrión, llegó esta joya a mis manos. Como director de esta colección Periodismo Activo, siempre estoy buscando y pidiendo manuscritos estimulantes, abrir y extender las ventanas de la literatura de los hechos, la realidad o como se llame. Comencé a leerlo, y su estilo y su mirada me cautivaron al minuto.

Experta en arte, literatura, orientalismo, viajera y estudiosa de la vida y obra de los viajeros (y sobre todo de las viajeras), profesora universitaria y curadora de colecciones, Almarcegui podría ser definida como una mujer del Renacimiento si la frase no estuviera ya demasiado trillada. Puedo decir, sí, que su obra contribuye a un nuevo renacimiento, tan necesario actualmente: el de las humanidades como un camino de descubrimiento.

Pero el libro que originalmente me envió Patricia era el doble de grande que este que tienen entre las manos: contenía también el fascinante relato de un viaje de descubrimiento al Irán de hace diez años, y del reencuentro con la gran cultura persa y la sorpresa por los cambios de hoy.

Desde el comienzo me parecieron dos libros distintos, y me alegro mucho de que haya conseguido publicarlos por separado. Hace unos meses salió a la luz Escuchar Irán, que se une en su bibliografía a los enjundiosos y elegantes ensayos El sentido del viaje (Premio de Ensayo Fray Luis de León) y Alí Bey y los viajeros europeos a Oriente y a su novela El pintor y la viajera, ya traducida al francés.

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Aquí comienza el relato del recorrido externo e interno de Almarcegui por la antigua Ruta de la Seda, un territorio bastante desconocido para los lectores europeos y latinoamericanos, y por las reflexiones de una viajera indómita que se pregunta constantemente por lo que hace, por qué y para qué, y se maravilla con los grandes y pequeños encuentros con montañas y lagos, yurtas ancestrales y rígidas ciudades soviéticas.

Y cada tanto, en apartes amistosos con el lector, compara lo que encuentra con otros viajes, otros viajeros, con los libros, las películas, la música, las fotos que siempre viajan con ella, como en una maleta de conocimientos y pensares, sin peso pero con espesor.

Y también viaja con la autora su pasado de bailarina: la forma de hacer preguntas y considerar su propio cuerpo y el de los otros, el movimiento como forma de comunicarse y entender el mundo. En Una viajera por Asia Central, las palabras danzan.

Esta es una invitación a compartir alforjas y sacudirse el polvo de los caminos con una exquisita y aguerrida viajera. Bienvenidas y bienvenidos a la fiesta de la lectura.

[Publicado el 05/1/2017 a las 19:01]

[Etiquetas: Patricia Almarcegui, Una viajera por Asia Central, Escuchar Irán, Alí Bey y los viajeros europeos a Oriente, El pintor y la viajera, Wolfgang von Goethe, Viaje a Italia, Bruce Chatwin, Ricardo Piglia, T. S. Eliot, Cuatro cuartetos, George Orwell, V. S. N]

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Federico Gargiulo: Un editor aventurero en el fin del mundo

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Me lo tuvo que repetir. Cuando en 2008 me llamó por Skype desde Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, hasta mi casa en Barcelona, yo no terminaba de entender lo que Federico Gargiulo me quería ofrecer.

Al final todo quedó claro. Él acababa de leer mi libro, Los viajes del Penélope, que Tusquets había publicado en Buenos Aires en 2007, y quería traducirlo y publicarlo en inglés, en la pequeña ciudad patagónica, principalmente para beneficio de turistas y viajeros internacionales. 

“Pero me falta el traductor”, me dijo. Así empezó nuestra aventura común y nuestra amistad.

*          *          *

Federico se había especializado en libros de viajes, empezando con su propio relato de una peripecia a pie por Tierra del Fuego: Huellas de Fuego, en 2007. De hecho, Gargiulo se convirtió en editor para publicar sus propias obras y las que le gustan leer, relacionadas con el embrujo de la Patagonia, con los viajes y los aventureros. Quería compartir su pasión, mostrar a los visitantes sus descubrimientos y traer al español a autores lejanos, como el inglés Ernest Shackleton y el alemán Gunther Plüschow. 

“La idea inicial era que fuese una editorial especializada en expediciones y viajes por el sur (Patagonia, Tierra del Fuego y Antártida), pero luego me di cuenta que lo que me interesaba era el tema de los viajes. Y entonces la meta es consolidar a la editorial como la más importante en Argentina dentro de lo que se refiere a literatura de viajes, un nicho que no está muy explotado en nuestro país”, me resumió Gargiulo hace poco,  cuando empecé a hacerle preguntas sobre su editorial para transformar mi admiración en estas palabras en mi blog.

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La editorial se llama Südpol, Polo Sur en alemán. Y los libros que saltan al mundo desde la capital de Tierra del Fuego son cuidados con mimo artesanal: las portadas, con fotos que invitan a soñar con aventuras, la inclusión de fotos y mapas, la edición cariñosa. Poco a poco, en su siete años de vida Südpol ha ido saliendo de su refugio sureño y se ha expandido por Argentina y Latinoamérica.

En el camino obtuvo grandes éxitos. Por ejemplo, publicó por primera vez en castellano el clásico Sur, de Shackleton, el aventurero por excelencia que fracasó en llegar al Polo Sur pero volvió para salvar a todos sus hombres. Cien años después de su gesta sigue siendo admirado por cumplir su promesa imposible y pensar en los demás antes que en sí mismo. Un aventurero cabal.

“También dimos a conocer en castellano Tierra de Tempestades, de Nick Shitpon, un escalador británico famosísimo que anduvo por la Patagonia pero que es más reconocido aún por sus expediciones al Himalaya”, me cuenta mi editor, con la misma contagiosa alegría de sus primeros días.

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Y va a más. El año pasado publicó A vela hacia el país de las Maravillas, el único libro que no estaba disponible en castellano del legendario aventurero alemán Gunther Plüschow, el primero en tomas fotos y grabar película en los lagos y montañas del sur de América en los años 20. Este libro es un orgullo extra para mí, porque la traducción es de mi tía Marion Kaufmann, traductora del alemán al castellano y viceversa, y estupenda periodista en ambos idiomas.    

Y este año finalmente se hizo un hueco en los suplementos literarios y las listas de los más vendidos con la excelente crónica El mejor trabajo del mundo, de la gran viajera Carolina Reymúndez.

La intensa búsqueda de un cassette con una entrevista realizada hace casi veinte años al escritor Paul Bowles es el punto de partida para el sustancioso viaje interior de esta cronista que recorre el mundo por trabajo. De Marruecos a Lima y de Suiza a la cordillera riojana, en el libro pasan geografías, paisajes y apuntes de viaje”, dice entusiasmado Federico en su comentario al libro. Reymúndez cuenta sus viajes con deleite y reflexiona sobre el arte de viajar y sobre qué la mueve a salir una y otra vez a descubrir el mundo.  

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Federico también sigue mejorando su propia prosa: de la fascinación juvenil de su primer libro pasó a Papeles de Tierra y Mar, una sucesión de exquisitas crónicas que incluyen más viajes por su isla, recorridos por la costa patagónica, experiencias en crucero a la Antártida y hasta el día en que corrió una maratón en las Malvinas.

En parte soy responsable de esa, su gran aventura en Puerto Stanley: su anfitrión fue el traductor que le propuse para The Voyages of the Penelope: el maestro malvinense John Fowler, quien vivió y sufrió la guerra entre nuestros dos países en 1982, como yo, y que  ahora es amigo de los dos. Para la época en que Federico me llamó para decirme que quería publicar mi libro en inglés pero le faltaba un traductor, me escribió John.

La casa de John había sido destruida durante la guerra por un misil británico mal calibrado. Esa noche del 12 de junio de 1982, mientras yo temía la lucha cuerpo a cuerpo con los Marines ingleses en las calles de Puerto Argentino, murieron en casa de John los únicos tres civiles malvinenses de toda la guerra.

John quería ayudar a difundir Los viajes del Penélope. Pronto llegamos a un acuerdo: él lo traduciría al inglés melodioso y preciso de los malvinenses. Ni inglés británico, ni norteamericano, ni australiano: el lenguaje que se habla en esas islas castigadas por el viento y la historia. De paso, le agregó una dimensión más al diálogo que quise emprender con el pasado, con las memorias de guerra de los dos lados y con un desencuentro trágico.

Hace unos días John me llamó para decirme que uno de los “personajes” principales de mi libro, el capitán del Penélope Finlay Ferguson, había muerto. Y que en la ceremonia religiosa, el sacerdote había leído un fragmento de mi libro, traducido por John Fowler y publicado por Federico Gargiulo en Ushuaia.  

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El editor sigue trabajando con su traductor malvinense: John Fowler ya vertió al inglés dos libros más para Südpol: Vagabundeando en el Eje del Mal, de Juan Pablo Villarino, y La Patagonia Vendida, de Gonzalo Sánchez. Son visiones del mundo de adentro y de afuera desde miradas criollas, vertidas al inglés por uno de los principales escritores e intelectuales de las Malvinas y publicadas en el fin del mundo. Y todo por la ambición y el entusiasmo de un editor loco y carismático.

En estos siete años Südpol ha crecido y se ha sofisticado. Federico quiere crear una revista digital de periodismo de viajes, publicar más en castellano, encargar textos nuevos.

Ya publicó 14 títulos, pero si se cuentan los que salieron en varios idiomas, ya son 20 libros. El que quiera dar con ellos, los encontrará en su web: www.sudpol.com 

Me enorgullece ser parte de este proyecto original y valiente y de que este camino me haya traído la amistad de Federico Gargiulo. De hecho, trabajo y amistad son para él, como para mí, lo mismo. Eso lo hace tan buen editor y tan buen amigo. 

[Publicado el 06/7/2014 a las 17:28]

[Etiquetas: Editorial Südpol, Federico Gargiulo, Los viajes del Penélope, The Voyages of the Penelope, Ernest Shackleton, Sur, South, Tierra de Tempestades, Nick Shipton, Gunther Plüshow, A vela hacia el país de las Maravillas, Carolina Reymúndez, El mejor trabajo de]

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Desenterrando fantasmas en el Falklands Club

Esta escena se desarrolla en el Falklands Club, en Puerto Stanley, la capital de las Islas Malvinas. Afuera nieva. Es invierno, y adentro el vaho nubla las ventanas. Es agosto de 2006.

Cuando salimos, la noche está tachonada de estrellas y una capa de hielo cubre la calle. Con mis dos whiskys encima, me resbalo, y mi “enemigo”, un viejo lobo de mar septuagenario, me agarra del brazo para que no me caiga, pese a que había tomado muchos más whiskys que yo.

*          *          *

Cuando los militares me mandaron a las islas, en abril de 1982, había tal vez cuatro o cinco árboles en el pueblo, que no tenía más de mil habitantes. La población total de las islas era de dos mil. Hoy son tres mil. El viento sigue silbando siempre, y siempre del mismo lado. La tierra es una turba negra y porosa. La gente es amable y metida en sí misma. Se puede hablar de muchos temas si uno no va con el único tema de las relaciones con Argentina.

Estas islas están llenas de fantasmas. Murieron aquí más de 600 soldados argentinos. Murieron casi 300 soldados británicos. Y por lo que pasaron aquí, en estos 31 años se mataron más ex combatientes de los dos bandos que todos los soldados que murieron en los 74 días espantosos de la guerra.

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No me hice periodista ni me fui metiendo en el periodismo narrativo para aprender a contar mi propia historia. Quería un oficio, una profesión, una forma de contar la verdad, ayudar a los oprimidos. Como dice un viejo dicho norteamericano, el buen periodismo está para “confortar a los afligidos y afligir a los confortables”.  

Ese era mi lema. Me metí en esto para hablar de los demás.

Pero en ese viaje tenía que hablar de mí mismo, porque todo lo que hago tiene que ver, de alguna manera, con esa guerra, con el hecho de que a los 19 años la dictadura militar de mi país me envió a la guerra de las Malvinas.

La guerra duró 74 días, y durante la mitad de ese tiempo yo estuve recorriendo las costas rocosas, buscando cadáveres y sobrevivientes, transportando tropas y comida y armamento y sorteando bombas con seis marinos en un velero de madera construido en 1927. Nuestro barquito se llamaba Penélope.

En la guerra vi cadáveres, vi heridos, chicos partidos por la mitad, soldados locos vivos con ojos de muertos. Cuando tenía 6 años mi hijo me preguntó si maté a alguien. Le dije que no, y por supuesto se decepcionó. Yo no soy un héroe de acción. Soy un tipo que mira de otra manera desde que volvió de la guerra. Una parte de mí murió sobre la turba de las Malvinas.

Tardé 24 años en encontrar la forma de escribir sobre lo que me había pasado. Lo pude hacer cuando aprendí que lo que tenía que hacer era escuchar a los otros. Ir a la búsqueda de sus historias, sus puntos de vista. Su guerra, no sólo la mía. Sus islas. Su barco.

*          *          *

Hice mi investigación en 2006. Durante un mes en Buenos Aires y alrededores me encontré con los seis tripulantes de esa goleta de 16 metros de eslora, el Penélope. En dos viajes a Alemania me encontré con la historia del aventurero loco que mandó construir el barco en 1927 y con la aventura de otro marino alemán, que lo llevó de vuelta a casa.  

Para la segunda parte del libro tenía que viajar de vuelta a las Malvinas. Tenía que recorrer los lugares donde pasé la guerra, pero también quería acercarme a la vida de los isleños. Y tenía el deseo y el miedo de encontrarme de vuelta con los que había conocido en la guerra. Sobre todo con el viejo lobo de mar Finlay Ferguson, el capitán del Penélope, el marino al que quitamos su barco contra su voluntad, pero con quien había tenido largas charlas en las guardias nocturnas en el puente de mando.

Las charlas eran sobre todo silencios, pero en ese momento, cuando yo tenía 19 años y sabía muy poco del mundo, me había parecido que nos habíamos tratado con cordialidad y curiosidad. Y respeto.

*          *          *

Mi viaje de vuelta a las Malvinas fue una de las experiencias personales y profesionales más importantes. Y el momento clave fue cuando llamé a Finlay Ferguson y me dijo que me pasaría a buscar por la casa de la señora donde me estaba quedando. Todos se conocen, sobre todo los mayores. Ferguson había sido novio de la señora de la casa, y su nueva esposa no estaba contenta con que él viniera a buscarme ahí. Yo no sabía nada de eso. Lo supe varias cervezas más tarde.

Fuimos al pub The Rose, donde me presentó a su hija y su yerno. Después de unas cuantas rondas de cerveza, él tomó como diez whiskys. Yo tomé dos, y casi me desmayo. La segunda noche, después de diez horas de entrevista, de contarme toda su vida, Finlay me dijo que quería invitarme a su club.

Yo tampoco lo sabía, pero el Falklands Club es el corazón del sentimiento británico y anti-argentino de las islas. Yo era el primer argentino que pisaba el club. Ni que hablar de que no era un argentino cualquiera: era un ex combatiente, un enemigo.

*          *          *

En los días siguientes todos los que entrevistaba abrían los ojos como platos. “¿Te llevó al Falklands Club? ¿En serio?”

Y decían tres cosas: que él me había mostrado que me apreciaba mucho, que quería decirles algo a sus viejos amigos del club, y que su prestigio como capitán y como hombre era tal que sabía que nadie me atacaría.

Y nadie me atacó. Pero un marino casi tan viejo como él me preguntó, cuando entendió con quién estaba hablando: ¿A qué vienes, a enterrar viejos fantasmas?

Era un poco cierto. ¿Por qué volvemos al lugar de nuestra guerra, si no es para poder finalmente enterrar nuestros fantasmas.

Aunque después, sobre todo en los meses de escribir, llegué a la conclusión de que lo que buscaba era justo lo opuesto: desenterrar fantasmas.

 

En muchas de las cosas que escribo desentierro fantasmas de otros. En ese libro, en ese viaje, en esa noche del Falkands Club, entre whisky y whisky, saqué a la luz los míos. Y bailé un vals lento y triste y reparador con mis fantasmas.  

[Publicado el 28/9/2013 a las 16:12]

[Etiquetas: Guerra de las Malvinas, Los viajes del Penélope, Falkands Club, Finlay Ferguson]

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Fotos borrosas y una carta perdida

Hace más de 20 años publiqué mi primer relato autobiográfico en un diario. Yo ya hacía de periodista, estaba en los inicios de este largo camino, cuando el editor del suplemento joven de Clarín, Marcelo Franco, me propuso escribir un texto sobre mi experiencia como combatiente en Malvinas y como ex combatiente en lo que en las islas llamábamos “el continente”. Cuando salió sentí una de las emociones más fuertes de mi vida profesional: estaba ahí, en las dos páginas centrales del suplemento, ilustrado con un dibujo de un combatiente ametrallado de tinta, tal vez yo, obra del gran Hermenegildo Sabat.

Mi relato se llamaba Fotos borrosas y una carta perdida.

Pasado mañana, martes 6 de agosto, voy a dar mi primera conferencia pública en mi ciudad. Será a las 7 de la tarde en el Centro Cultural San Martín. Voy a hablar de “Cómo contar la guerra”. Estuve todos estos días leyendo, escribiendo, buscando, recordando, pensando. ¿Cómo contar la guerra?

Cuando se lo propuse al coordinador de las conferencias magistrales del San Martín, mi viejo amigo Maximiliano Tomás, me pareció que me saldría fácil. Y no es fácil.

Creo que ya lo tengo. Voy a hablar de libros y escritores, de guerras y de guerreros, de morir y de sobrevivir y de no poder olvidar.

Y voy a empezar con tres fragmentos de ese viejo artículo, que conservo en copias amarillentas del Clarín de finales de los ochenta. ¡Cuánta agua pasó! Primero, quiero leer este fragmento sobre la muerte del marinero Juan Ramón Turano. En mi libro Los viajes del Penélope (2006) volví a contar esta historia, sin fijarme en lo que había escrito tantos años antes. Y no me acordé de lo que había contado al final, que creo que es de lo más triste de ese texto tan lejano.

*          *          *

Juan Ramón se había metido en la Escuela de Mecánica de la Armada a los 15 años. Es lo que llaman la "conscripción económica", una de las pocas formas que tienen los que nacieron en el tercio sumergido de zafar del hambre, de la incertidumbre, de la humillación del desempleo. Juan Ramón tenía empleo asegurado, comida, cama, beneficios sociales. Nunca se le había ocurrido que el empleo era prepararse para matar gente y para tratar de que no lo mataran a él. Era marinero de segunda cuando lo mandaron a las Malvinas. Tenía 17 años. Su cuerpo envuelto en una frazada fue enterrado en Bahía Fox una madrugada ventosa de fines de mayo.

Las versiones sobre su muerte no son claras. Parece que marchaban en fila india a esconderse en medio de una lluvia de esquirlas cuando empezó a correr y a disparar para cualquier lado. Los barcos ingleses tenían cañones que disparaban más lejos que la artillería argentina, y entonces se alejaban donde no podían alcanzarlos y tiraban bombas hasta cansarse.

"Se volvió loco," decía uno de los cabos que lo trajo a la mañana siguiente. El cabo tenía el casco perforado por una bala que había disparado Juan Ramón. Pusieron el cuerpo envuelto en la frazada al lado de la manguera de donde sacábamos agua. Todo ese día y hasta la mañana siguiente nadie quería ir a buscar agua, para no encontrarse con esas botas saliendo por debajo de la frazada.

Sería agosto o setiembre del '82, ya terminada la guerra, cuando entré a la oficina de veteranos del comando y había una señora agitando una papeleta y gritándole al suboficial que la escuchaba aburrido del otro lado del escritorio. Era la mamá de Juan Ramón. Le acababa de llegar la citación para hacer la colimba. Claro, pensé, ese año Juan Ramón cumpliría 18 años.

*          *          *

Quiero seguir con algo que me salió de un tirón y que recuerdo que me sorprendió, como si lo hubiera escrito otro. ¿Entonces es esto lo que pienso, lo que siento? Esto les decía a los jóvenes argentinos de una generación posterior a la mía:

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La guerra de las Malvinas es menos la que yo viví que la que imaginaron ustedes. Tiene más de fantasía que de realidad. Como me imagino le pasará a los que conocieron a Gardel o frecuentaron a Marilyn Monroe, ya se me hace que lo que me acuerdo no es lo que pasó. Malvinas es lo que creen y piensan los millones que nunca pisaron esa turba porosa ni sintieron ese endemoniado viento, siempre del mismo lado, ni respiraron esa mezcla de olor a pólvora de afuera, suciedad del propio cuerpo y miedo de más adentro.

Pero aunque mi historia sea poco importante y nunca pueda transmitir la sensación exacta, quiero contarles dos o tres cosas de Malvinas. Si quieren, escúchenme como a un loco al que le pasó algo fulero y se quedó fijado en ese recuerdo que repite una y otra vez. Pobre tipo. En el fondo, todos somos locos que contamos siempre la misma historia. La diferencia es que ésta es con soldados, tiros y suspenso. Es una de guerra. Pero no es como la pintan en Hollywood. No hay música, no hay gloria, no hay montaje que te evite el espectáculo desagradable de cuerpos cortados por la mitad. El que se muere no aparece después en una de vaqueros. Se murió. Y para los otros, la cosa no termina a la hora y media. Si te cortaron una pierna, si viste a un amigo sin cabeza, si mataste a alguien, es para siempre.

 

 

[Publicado el 05/8/2013 a las 02:46]

[Etiquetas: Guerra de Malvinas, diario Clarín, Marcelo Franco, Los viajes del Penélope, periodismo de guerra, ]

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Invitación al viaje

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El nacimiento del Nilo en Jartún, momento de mi viaje iniciático a Sudán en 2009

Una de las estrategias narrativas que más me sirven para escribir lo que en Latinoamérica llamamos una crónica es el relato de viaje.

En los diarios y revistas el relato de viaje se ha degradado. Se relega a las páginas de turismo, y pareciera como si el autor sólo pudiera viajar como adelantado de un supuesto lector que comprará en su agencia de viajes una gira rápida, superficial, previsible, a los sitios donde no disfruta estando sino que se enorgullece de haber estado. Ir para haber estado es dar por perdida la posibilidad de la experiencia desde antes de partir.

Obviamente, esto se debe a que el viaje es un negocio: negocio para los anunciantes. En sus manos están los suplementos y las revistas de turismo.

Pero todos sabemos que el viaje del turista que consume experiencias como quien consume productos no es el único viaje posible.

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El romanticismo comenzó, tal vez, con el viaje de Goethe a Italia. Fue un viaje transalpino, y en él descubrió otra forma de vivir – la de los italianos, que para Goethe representaban lo emotivo, lo vital, el placer de disfrutar el momento. Y la cultura, las ruinas, Roma como legado común. El viaje de Goethe a Italia fue un viaje de descubrimiento, de cambio, de crecimiento. Un viaje filosófico.

La historia de la literatura está llena de viajes transformativos: en los mares del sur D. H. Lawrence descubrió la llave para abrir los tabúes del erotismo como experiencia espiritual, en la India E. M. Forster se enfrentó con su propia homosexualidad, en Tahití Gaugain descubrió la libertad absoluta, incluida la libertad abyecta de disfrutar de los cuerpos de las niñas. No siempre los viajes nos cambian para bien.

Pero los que a mí me sirven como ejemplo son los viajes que transforman, por ejemplo, a Hermann Hesse, a Mark Twain y a Josep Pla. Cada uno aprendió a ver y entender su propia sociedad con mayor profundidad y ojo crítico después de haber convivido con sociedades distintas. Es de Yeats ese verso de que el buen viaje es aquel del que uno vuelve y mira su casa como si la viera por primera vez. Y, agrego, se mira en el espejo de su baño y se descubre con extrañeza.

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En el periodismo moderno hay un pequeño pero fascinante grupo de reporteros que usan el relato de viaje para contar un camino de descubrimiento y transformación. No siempre se trata de un cambio personal. Muchas veces es el viaje de la ignorancia al conocimiento, y en vez de hacer que el lector conozca nuestro cambio, lo llevamos de viaje para que, al terminar el libro o el artículo, se vea transformado.

¿Qué es un gran libro sino una propuesta de transformación? Que el que cierra la última página sea alguien ya distinto del que abrió la primera. A veces con respuestas a sus viejas preguntas. Pero otras veces con nuevas preguntas. Cosas que creía resueltas se le abren y complejizan a lo largo del viaje.

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El mejor viajero que conozco en América Latina es Martín Caparrós. Con una maestría verbal prodigiosa, una impresionante capacidad para ver, escuchar, describir y contar detalles que pintan todo un mundo, Caparrós es autor de dos grandes colecciones de crónicas de viaje: Larga distancia y La guerra moderna. Crónicas como el viaje al lujo insano de Hong Kong, el viaje al turismo sexual en Sri Lanka o el viaje a la dictadura implacable de Camboya ya son clásicos, estudiados en las escuelas de periodismo de Argentina y alrededores.

Caparrós puede llevarte a un lugar que creías conocer, como las ciudades y paisajes rurales de Argentina, en su guía de lo inesperado El interior. O contarte una historia desconocida, como el periplo vital de la chica argentina que se convirtió en okupa y terminó perseguida como enemiga del estado italiano, sentenciada y suicidada.

El yo que viaja en los libros de Caparrós es siempre reconocible: es brillante, socarrón, deslenguado, erudito, y entre frase y frase se atusa el bigote decimonónico. Es como un mago que nos muestra el mundo como si nos hiciera un truco de prestidigitación.

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Hay infinidad de formas de escribir relatos de viaje. Como hay infinidad de formas de viajar. Lo que a mí me gusta es que un buen viaje se cuenta solo: tiene su arco narrativo incorporado.

Me gustan sobre todo los viajes de vuelta a lugares donde pasaron cosas importantes. Es un viaje al recuerdo del pasado y al mismo tiempo un recuento de lo que se encuentra allí ahora. Fernando Benítez siguió La ruta de Hernán Cortés desde Veracruz hasta el DF, por las tierras sobrepoblados, los bosques explotados y los pueblos indígenas oprimidos de hoy, hasta la alucinante capital de lo que fue el imperio azteca.

El periodista catalán Placid García Planas aprovechó sus viajes a sitios donde hay guerras y conflictos hoy – es corresponsal de La Vanguardia – para revisitar los sitios donde transitaron los viejos reporteros de guerra de Barcelona, sobre todo el genial Gaziel, gran cronista de la Primera Guerra Mundial. Su libro se llama La revancha del reportero.

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Viajar para encontrar al otro. Viajar para encontrarse a uno mismo. Viajar para descubrir el pasado y entender el presente.

Una crónica puede ser el viaje del personaje a lo largo de la vida. O un viaje particular del personaje. O el viaje de nosotros, los periodistas. Pero siempre es una invitación al viaje del lector.

Este jueves parto para Bishkek, la capital de Kirguistán, en el centro de Asia. ¡Deséenme suerte!  

[Publicado el 10/6/2013 a las 14:06]

[Etiquetas: crónica, viaje, Goethe, D. H. Lawrence, E. M. Forster, Gaugain, Hermann Hesse, Mark Twain, Josep Pla, Martín Caparrós, Larga distancia, El interior, Fernando Benítez, La ruta de Hernán Cortés, Plácid García Planas, La revancha del reportero, Kirguistán]

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Biografía

Roberto Herrscher es escritor y periodista, especializado en cultura, sociedad y medio ambiente, y profesor de periodismo.
Nació en Buenos Aires en 1962, estudió sociología y teatro en su ciudad natal, periodismo en Nueva York y reporterismo ambiental en Berlín. Es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Master en Periodismo por Columbia University.
Es profesor de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado en Santiago de Chile, donde dirige el Diplomado en Escritura Narrativa de No Ficción. Entre 1998 y 2016 vivió en Barcelona, donde dirigió por 18 años el Master en Periodismo BCN_NY, organizado por IL3-Universidad de Barcelona y la Universidad de Columbia en Nueva York. Escribe habitualmente para la revista Opera News y el diario La Vanguardia, y colabora con The New York Times en español, La Folha de Sao Paulo y la revista Ñ de Clarín en Argentina.
Herrscher es el autor de Periodismo narrativo, publicado en España por la Editorial de la Universidad de Barcelona, en Chile por SIL-Universidad Finis Terrae, en Argentina por Marea, en Colombia por Ícono y en Costa Rica por Germinal. También es autor del relato de no ficción Los viajes del Penélope, editado por Tusquets Argentina en 2007 y traducido al inglés y publicado por Südpol como The Voyages of the Penelope en 2010, y de la antología de crónicas, perfiles y ensayos sobre música El arte de escuchar (Publicacions UB, 2015).
Actualmente trabaja en Crónicas bananeras, una investigación histórica y crónica de viajes sobre las ‘repúblicas bananeras' de Centroamérica, para Tusquets. Asimismo, dirige la colección Periodismo Activo de Publicacions de la UB, elegida en 2018 como la mejor colección por la Asociación de Editoriales Universitarias.
Es autor de capítulos en los libros La noticia deseada y Soldados de Noé (Argentina), Analizando los medios y la comunicación y Domadores de historias (Chile), y La Crítica y Libro de las palabras (Colombia), entre otros. Trabajó como reportero y editor en el Buenos Aires Herald, la agencia IPS y las revistas Hombres de Maíz y Lateral. Sus reportajes, crónicas y perfiles han sido publicados en medios como La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, Ajo Blanco, El Ciervo, Lateral, Room, Quimera, Gentleman, Gatopardo, Travesías, Etiqueta Negra, Página 12, Perfil, y Puentes.
Ha dado clases y seminarios en Ithaca College (EE.UU.), las universidades degli Studi di Milano (Italia), Colonia (Alemania), Católica de Valparaíso y Finis Terrae (Chile), los masters en periodismo de Clarín/San Andrés (Argentina) y U. Complutense de Madrid/ABC (España). entre otras. Es miembro de la International Associationfor Literary Journalism Studies (IALJS), y fellow del Seminario de Salzburgo y la Inter American Foundation. En 1998 obtuvo el 3er. premio de la Foreign Press Association de Nueva York. 

Blog: www.periodistanarrativo.wordpress.com

 Twitter: @RMHerrscher

 

Bibliografía

 

El arte de escuchar (2015)
Universidad de Barcelona 

Periodismo narrativo (2012)
Universidad de Barcelona

 

Periodismo narrativo (2009)
SIL-Universidad Finis Terrae 

 

 

Los viajes del Penélope (2007)
Editorial Tusquets 

Obras asociadas

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