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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 13 de noviembre de 2019

 Blog de Roberto Herrscher

Marcela Aguilar: Cronista de la crónica

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 A fines de setiembre, Marcela Aguilar, flamante decana de Periodismo y Letras de la Universidad Diego Portales de Chile y profunda conocedora del periodismo narrativo en América Latina, presentó La era de la crónica, una versión breve, ágil, erudita y cautivadora de su reciente tesis doctoral.  Es un recorrido por la historia de la crónica, las investigaciones de los estudiosos de esta especialidad cada vez más analizada del periodismo, y una presentación de los principales temas y motivos de la literatura universal tal como los aplican los cronistas actuales. Este es mi prólogo para su libro, que publicó la Editorial de la Universidad Católica.

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En 1967, el exquisito musicólogo, compositor y pedagogo inglés Deryck Cooke culminó su monumental estudio del ciclo de cuatro óperas El anillo del nibelungo, de Richard Wagner, con la edición de un doble disco long-play que los aficionados al mundo de dioses, gigantes, enanos, anillos de poder y amores excesivos de Wagner atesoran con gratitud. Cooke presenta, explica, analiza, desmenuza, compara, concluye, aventura, descubre ideas y conceptos detrás de las líneas argumentales y musicales, y entona rapsodias líricas sobre el vasto universo artístico de la llamada Tetralogía wagneriana.

La grabación no ha dejado de estar en catálogo, y ahora resurge en CDs, online y en versiones que combinan sus palabras por escrito o leídas con pulcra pasión y dicción melodiosa por él mismo (Cooke fue durante casi toda su vida un divulgador de la música clásica en las ondas de la BBC), acompañadas por fragmentos sonoros sacados de la canónica versión de la obra dirigida por el maestro húngaro Georg Solti o por partituras para los melómanos con educación musical.

En su original, revolucionario estudio, Deryck Cooke explica el Anillo a partir de más de un centenar de temas, variaciones de melodías, ritmos, armonías presentadas por el sonido reconocible de uno o más instrumentos. Lo que Wagner mismo llamó sus “leitmotiv”, motivos musicales que representan a los personajes, relaciones entre ellos, sentimientos, lugares, símbolos, valores, hasta ideas filosóficas. La música no acompaña: cuenta la historia.

Hay un tema para el anillo labrado con el oro del Rín, que otorga poder pero también provoca la envidia, el odio y la tragedia; otro para el fresno del mundo, en el que el dios Wotan coloca la espada mágica que solo un valiente sin miedo podrá sacar, con la que el hijo del dios luchará hasta la muerte y con la que su nieto Sigfried recobrará el anillo, a diez horas del comienzo de la saga y a siete horas de su conclusión catastrófica.

Pero también hay tres temas musicales para Siegfried: para su amor, para su enojo, para su confusión al perder al amor de su vidas; una melodía para su amada Brunhilda dormida rodeada de fuego sagrado; otra para su descubrimiento del amor de Sigfried y uno más para su furor ante lo que cree la traición de su amado. La redención, la perdición, la repulsión y el arrebato sexual tienen su melodía y su instrumentación. El despertar del mundo de los dioses tiene una armonía lenta y misteriosa en las tubas, su triunfo con la inauguración de la morada sagrada Walhalla, un glorioso crepitar de trompetas y timbales, y su caída y destrucción, un aquelarre de cuerdas alborotadas.

El maestro Cooke ordena y facilita la comprensión de esta historia compleja: Wagner crea un universo igual de maravilloso y horripilante que este de nosotros, en lucha permanente entre el amor y el odio, la generosidad y la codicia, el heroísmo y la cobardía, la renuncia a querer y ser querido a cambio del poder y el dinero, y el sacrificio supremo por el ser amado. Y al final, la destrucción de un mundo condenado a perecer por su incapacidad de gobernar sus pasiones y sus sentimientos más abyectos.

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¿Por qué comienzo con esta historia de un musicólogo apasionado y un compositor excesivo y genial para presentar un libro de crónica latinoamericana?

Porque al internarme en el rico bosque de colores, luces y sombras, aromas, cantos de pájaros y plantas medicinales que conforman este bello y sabio libro de Marcela Aguilar, al buscar un camino para entenderlo, me vino a la cabeza de forma extraña pero potente, no buscada, la comparación con una pasión íntima por una música que me fascina y a la vez me llena de perplejidad.

Así me siento respeto del periodismo narrativo, o literario, o escritura de no ficción, o crónica. Y así quisiera presentar a la erudita apasionada, rigurosa y original, analítica, crítica y profética autora de este libro necesario y bello.

Marcela es periodista, es narradora, es cronista. Formó parte de legendarias redacciones con grandes maestros del oficio y se sumergió en el barro de la realidad para contar el Chile post dictadura, el reino del “en la medida de lo posible”, cuando todo era difícil y todo era soñado. Fue editora de revistas y de libros. De hecho, tuve la fortuna y alegría de tenerla como editora de la segunda versión de mi libro Periodismo narrativo y de uno de los capítulos de su profética antología de crónicas y entrevistas Domadores de historias.

También es maestra, docente enamorada de la enseñanza del periodismo, líder de un proyecto potente en la Universidad Finis Terrae. También allí la tuve como directora y organizadora de talleres, buscando siempre un peldaño más para que suban sus alumnos. Esa es la tarea del buen profesor, poner las manos juntas para que se eleven y se alejen de uno, ayudarles a encontrar su propio camino. Me consta que los que tuvieron a Marcela de profesora, y ahora como directora de la Escuela de Comunicación, la recuerdan con cariño y siguen aprovechando sus enseñanzas.

Y no sólo eso. Disfruté viéndola en acción como juzgadora de trabajos de colegas, como jurado del Premio de Excelencia que otorga la universidad donde trabajo, la Alberto Hurtado. Vuelca allí su sentido de la justicia y la equidad, reconociendo el trabajo duro, la originalidad, la generosidad de sus colegas, pero también aportando a los otros jurados conocimientos sobre los géneros que juzgamos en otras partes del mundo, y contexto histórico y cultural sobre cada uno de los temas, sea el homicidio del comunero mapuche Camilo Catrillanca, el recuerdo del asesinato de Víctor Jara, casos de corrupción, de amor y desesperación de una pareja de ancianos que cumplen un pacto suicida, o la mirada rigurosa hacia la corrupción política y policial o la empatía y comprensión hacia la fragilidad humana. Ser parte de un jurado con Marcela Aguilar es presenciar una lección de humildad y erudición.

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Y en medio de sus muchísimas tareas, la tesis de doctorado en la universidad más prestigiosa del país, aplaudida con un Cum Laude, con jurado internacional, que ahora llega al público en este libro que destila décadas de conocimiento sobre periodismo, literatura, ciencias sociales y la transmisión del saber en las universidades.

Para no dilatar más la espera, explicaré la relación que veo entre este libro y el proyecto de Deryck Cooke. Como hacía el musicólogo con la monumental obra de Wagner, también Marcela Aguilar distingue los motivos, los temas, las grandes historias y paisajes y personajes que un puñado de autoras y autores de crónica contemporánea tratan en sus obras narrativas.

Y por añadidura, presenta y analiza la “música”, el estilo, las estructuras y tics y felicidades de vocabulario de escritores del pasado mítico, como los cronistas de Indias Antonio Pigafetta y Bartolomé de las Casas, poetas modernistas devenidos reporteros como José Martí y Rubén Darío, clásicos de la crónica como Gabriel García Márquez y Elena Poniatowska y maestros actuales como Josefina Licitra, Alberto Fuguet o Gabriela Wiener.

El capítulo central de esta obra, el más original y logrado para mí, es el que presenta los temas y brinda ejemplos sobre cómo la crónica actual trata a cada uno.

Amazonas y heroínas; Añoranza de países lejanos; Arcadia y el salvaje noble; Bajada al infierno; Bandido justo, rebelde; Bufón sabio; Codicia, avaricia; sed de oro, avidez de dinero; Decadente, decadencia, el descontento, el melancólico; Emigrante, emigración, ídolo lejano recuperado; Ermitaño, estrafalario; Tiranía y tiranicidio, traidor; Vida deseada y maldita en una isla.

Estos son los temas. Los miro y sonrío. Todos estos personajes, estos lugares y estos motivos están en El anillo del nibelungo de Richard Wagner. Y en El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien. Y en Harry Potter de J. K. Rowling. Y en Juego de tronos de George R. R. Martin y los guionistas de la serie de HBO. Son los temas de las sagas medievales, de los textos sagrados como la Biblia, la Torá, el Corán, el Popol Vuh o el Bhagavad Gita, de las tragedias griegas y de las obras de Shakespeare. Por eso están en los diccionarios de temas y de argumentos de la literatura universal de Elizabeth Frenzel, que Aguilar usa como guía para sus motivos en las crónicas latinoamericanas.

Todos estos autores, para el ojo avizor y avezado de Aguilar, se enfrascan en estos temas desde dos posiciones narrativas: desde adentro, el camino de la “fenomenología cultural”, o desde afuera, la ruta del “realismo etnográfico”.

  ¿Quién le canta a amazonas, heroínas, bandidos y rebeldes? Cristian Alarcón. ¿Quién añora países lejanos? Leila Guerriero. ¿Quién busca una arcadia perdida? Martín Caparrós. ¿Quién baja al infierno y también le ríe las gracias al sabio bufón? Alberto Salcedo Ramos. ¿Quién provoca y señala la codicia y la sed de riquezas de los congéneres? Juan Pablo Meneses. ¿Quién retrata a genios ermitaños y estrafalarios? Julio Villanueva Chang. ¿Quién desnuda los grandes crímenes y pequeñas miserias de los tiranos y sus secuaces? Juan Cristóbal Peña. ¿Quién busca la verdad en la isla maldita de la memoria y el desierto de la inhumanidad? Marcela Turati.

 

 

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Este buceo que parte de la gran tradición literaria de occidente para llegar a los contadores de aquí y ahora tiene para mí aliento borgeano. Yo creo (esto es solo en parte una broma) que como hacía Borges en sus mejores cuentos, Marcela Aguilar se inventó a la supuesta teórica Elizabeth Frenzel y su sospechosa colección de posibles argumentos y temas. ¿Y si La era de la crónica, el libro que usted, señora lectora, señor lector, tiene entre manos fuera en realidad un exquisito juego de espejos y laberintos a la manera del inimitable Jorge Luis?

En uno de los momentos más lúcidos e iluminadores del libro, Aguilar llama la atención sobre dos temas que faltan, que la actual crónica latinoamericana no mira, o sobre los que apenas trata de puntillas. Son el amor romántico y el amor al conocimiento. Las relaciones de pareja y amistad y la ciencia y la tecnología. El nuevo periodismo norteamericano y la literatura de no ficción europea sí tratan estos temas. En la obra de Emmanuel Carrére y de Svetlana Alexiévich hay amor, mucho amor. En la obra periodística de Gabriel García Márquez no. Sus novelas están llenas de enamorados; en su periodismo la política le gana la batalla a la libido.

Y el llamado “nuevo Nuevo Periodismo” de Estados Unidos está lleno de científicos, investigadores, amantes del saber, pioneros de la era digital, empresarios de la nueva economía, como había en las letras latinoamericanas hace un siglo, cuando se creía en la épica del conocimiento. Hoy apenas una gran crónica, El rastro de los huesos, de Leila Guerriero, tiene a un puñado de antropólogos forenses como héroes y agonistas. En la mayoría de las crónicas, señala Aguilar, hay poco amor y mucho pecado capital.

Después de trazar un mapa de temas, estilos y posiciones narrativas, la autora se lanza a analizar a los analizadores. Vuelca su mirada a los estudiosos de la crónica. Allí combate con originalidad y valentía el proclamado “excepcionalismo” de estos supuestos Nuevos Cronistas de Indias. Como ella demuestran, ni son tan distintos de sus congéneres de Europa y Norteamérica ni representan un quiebre o un cisma con el periodismo de las generaciones anteriores.

Al final, esta cronista de la crónica logra una obra que perdurará en el tiempo. Porque, como le sucedió a Deryck Cooke en su encuentro con la obra de Wagner y de Mahler, a Marcela Aguilar el mundo ancho y profundo de los cronistas le hizo encontrar en la obra de los demás su tema, su argumento, su motivo.

Buscando como lectora a los más creativos cronistas de su época, se encuentra como escritora y sale ahora al encuentro de sus lectores. Tengo la fortuna de haber sido uno de los primeros.


 

[Publicado el 17/10/2019 a las 17:40]

[Etiquetas: Marcela Aguilar, La era de la crónica, UC, UDP, Deryck Cooke, Domadores de historias, Leila Guerriero, Juan Cristóbal Peña, Juan Pablo Meneses, Marcela Turati, Julio Villanueva Chang, Josefina Licitra, Alberto Fuguet]

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Patricia Almarcegui: La viajera de sí misma

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Una de las mayores alegrías de dirigir una colección de libros de y sobre periodismo es descubrir autores fascinantes. Otra es que esos autores se conviertan en grandes amigos. Eso me sucedió el año pasado con Una viajera por Asia Central y con su autora, la aguerrida y exquisita Patricia Almarcegui.

Para iniciar con ilusión este 2017, les dejo mi prólogo de su relato magistral. Lo comienzo reflexionando sobre lo que significa y lo que vale para mí la crónica de viajes, y termino con el lugar que creo que tiene ahora esta aragonesa que se moja con las lluvias del camino y se seca en adustas bibliotecas. Agradezco de nuevo a Patricia, y como siempre a Meritxell, Alicia, Cruz y Jordi, mis compañeros de esa quijotada que es la Editorial de la Universidad de Barcelona.

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¿Para qué viajamos? Para encontrarnos, para saber quiénes somos fuera de nuestro contexto habitual. Muchos consideran que el romanticismo empezó cuando Johann Wolfgang von Goethe viajó a Italia para buscar en los paisajes, en las ruinas romanas, en la vida simple e intensa de sus vecinos del sur esa combinación de rescate de lo antiguo, pasión por descubrir y juventud como sinónimo de desgarro amoroso que desde entonces definió toda su época.

        Para Goethe, Italia era el romántico que llevaba dentro y que en la rígida Alemania permanecía agazapado en su pecho.

¿Para qué leemos relatos de viaje? Para identificarnos con el viajero que se busca, se encuentra y se transforma. Dice Ricardo Piglia que hay dos grandes tipos de relato: el viaje lleno de dificultades y la búsqueda de la verdad.

Los buenos relatos de viajeros son ambas cosas.

El viaje que define nuestra civilización es un regreso a casa que durante el trayecto se vuelve imposible. Cuando termina la guerra de Troya, Aquiles ya sabe perfectamente quién es, pero Ulises apenas se está empezando a descubrir. El que vuelve a Ítaca es otro. Nunca se vuelve.

Ya lo decían los versos tan repetidos de los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot: «No dejaremos de explorar y el fin de nuestra exploración será encontrar el punto de partida y conocer el lugar por primera vez».

Todo cambia en el viaje: los lugares que el viajero pisa, y al pisarlos los transforma, aunque sea en mínima medida;, el viajero mismo, y el lugar de su partida. Cuando vuelve, todo es distinto, todo es nuevo.

El relato literario de un gran viaje no es una guía del lugar, para seguir los pasos del proto-turista: es una guía para la transformación. Por eso en el terreno del periodismo literario o narrativo las historias de viajeros son tan apreciadas.

Leer estos libros es un doble viaje. El viajero se juega la vida y se anima a dejarse transformar por nosotros, sus lectores. Leer un libro de este tipo es realizar un viaje vicario.

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En el corazón de la crónica inglesa está George Orwell, con sus viajes para sentir en carne propia la pobreza (El camino de Wigan Pier), la humillación (Sin blanca en París y Londres) y la lucha contra el fascismo y el estalinismo (Homenaje a Cataluña). Y también V. S. Naipaul, con sus recorridos alucinados por tierras musulmanas (Entre los creyentes), por las revoluciones de Latinoamérica (Guerrilleros) o por su propia isla de Trinidad (Un camino en el mundo). Y Bruce Chatwin con su muy personal inmersión en las vastas planicies y las remotas montañas del fin del mundo (En Patagonia) o en la invención de un mundo nuevo en Australia (The Songlines). Y tantos otros.

En España ha habido grandes viajeros. Mis preferidos, el catalán Josep Pla, quien se adentró en su territorio ampurdanés y en los confines de Europa con amor por el detalle revelador y una gracia inigualable en el manejo de la lengua, y Manu Leguineche (El viaje prodigioso, Yo pondré la guerra, La tierra de Oz), especializado en viajar a sitios donde habían ocurrido grandes proezas y cataclismos, donde habían actuado protagonistas célebres, para descubrir en el viaje las claves del pasado.

En Latinoamérica, la idea que se han formado de sí mismos los intelectuales se debe en gran parte a los viajes de soñadores positivistas como Domingo Faustino Sarmiento.

Entre los viajeros latinoamericanos actuales, el mexicano Juan Villoro logró transformar el viaje en una fiesta de la prosa (Palmeras de la brisa rápida, El miedo en el espejo), y el argentino Martín Caparrós ha creado todo un género con sus viajes ensayísticos, irónicos, autorreferenciales, eruditos (Larga distancia, La guerra moderna, El interior, Una luna, El hambre).

Cada uno tiene su viajero favorito: el que realizó el viaje que hubiéramos querido hacer nosotros. Queremos viajar con sus ojos, meternos en los recovecos que ellos encontraron, hacer las preguntas que a ellos se les ocurrieron, sacar esas conclusiones luminosas y sorprendentes.

Los hombres que viajan así son admirables, pero lo son mucho más las mujeres que viajan solas. Las que derriban muros y derrotan prejuicios. Y en los últimos cien años, con la gran transformación de las relaciones de género en Occidente, las historias de viajeras se convirtieron en textos de combate.

Cristina Morató juntó en Viajeras intrépidas y aventureras las historias de unas cuantas (Mary Kingsley, Gertrude Bell, Anita Delgado, Amelia Earhart, Jane Goodall). Debían ser mucho más valientes, mucho más revolucionarias que los hombres. Debían abrir un mundo cerrado a sus hermanas.

Aún hoy, cuando dos chicas que viajan solas son atacadas y asesinadas, como sucedió este año con dos mochileras argentinas en Ecuador, el mundo machista, nuestro mundo, las condena a ellas por no quedarse en el sitio que la sociedad les tenía destinado.

Las mujeres viajeras no solo descubren el mundo: lo crean.

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En esta prodigiosa compañía de creadores y valientes, brilla y aporta su personalidad y su estilo Patricia Almarcegui.

 “Cae la tarde calurosísima. El patio del hotel guarda una tranquilidad y un recogimiento ajenos al centro de la capital. Un pájaro despistado canta para mí entre las plantas trepadoras. No es el paraíso, pero hay una intención de que se le parezca. Tomo mi última pivo a sorbos muy lentos y leo sin prestar demasiada atención Monsieur Ingres et son époque. Un libro tan descontextualizado del entorno y de la situación como mi alma, antes de volver a ya no sé qué país”.

Así termina el penúltimo capítulo de Una viajera por Asia Central. Así nos habla su autora, con la familiaridad de una amiga lúcida y honesta, recordando detalles y situaciones, apelando siempre a los sentidos, compartiendo sus encuentros y desencuentros, sus certezas y perplejidades, en el límite siempre entre el relato y el ensayo.

Almarcegui viaja por nosotros, como los grandes viajeros desde Goethe. Duda cuando un hombre le ofrece llevarla en coche, se asoma a las casas y trata de entender a los moradores y percibir su reacción con una mirada profunda y sutil, se extasía ante el paisaje silvestre.

En 2015, por recomendación entusiasta del gran escritor, viajero de las librerías, explorador de la literatura, las crónicas y las series de televisión Jorge Carrión, llegó esta joya a mis manos. Como director de esta colección Periodismo Activo, siempre estoy buscando y pidiendo manuscritos estimulantes, abrir y extender las ventanas de la literatura de los hechos, la realidad o como se llame. Comencé a leerlo, y su estilo y su mirada me cautivaron al minuto.

Experta en arte, literatura, orientalismo, viajera y estudiosa de la vida y obra de los viajeros (y sobre todo de las viajeras), profesora universitaria y curadora de colecciones, Almarcegui podría ser definida como una mujer del Renacimiento si la frase no estuviera ya demasiado trillada. Puedo decir, sí, que su obra contribuye a un nuevo renacimiento, tan necesario actualmente: el de las humanidades como un camino de descubrimiento.

Pero el libro que originalmente me envió Patricia era el doble de grande que este que tienen entre las manos: contenía también el fascinante relato de un viaje de descubrimiento al Irán de hace diez años, y del reencuentro con la gran cultura persa y la sorpresa por los cambios de hoy.

Desde el comienzo me parecieron dos libros distintos, y me alegro mucho de que haya conseguido publicarlos por separado. Hace unos meses salió a la luz Escuchar Irán, que se une en su bibliografía a los enjundiosos y elegantes ensayos El sentido del viaje (Premio de Ensayo Fray Luis de León) y Alí Bey y los viajeros europeos a Oriente y a su novela El pintor y la viajera, ya traducida al francés.

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Aquí comienza el relato del recorrido externo e interno de Almarcegui por la antigua Ruta de la Seda, un territorio bastante desconocido para los lectores europeos y latinoamericanos, y por las reflexiones de una viajera indómita que se pregunta constantemente por lo que hace, por qué y para qué, y se maravilla con los grandes y pequeños encuentros con montañas y lagos, yurtas ancestrales y rígidas ciudades soviéticas.

Y cada tanto, en apartes amistosos con el lector, compara lo que encuentra con otros viajes, otros viajeros, con los libros, las películas, la música, las fotos que siempre viajan con ella, como en una maleta de conocimientos y pensares, sin peso pero con espesor.

Y también viaja con la autora su pasado de bailarina: la forma de hacer preguntas y considerar su propio cuerpo y el de los otros, el movimiento como forma de comunicarse y entender el mundo. En Una viajera por Asia Central, las palabras danzan.

Esta es una invitación a compartir alforjas y sacudirse el polvo de los caminos con una exquisita y aguerrida viajera. Bienvenidas y bienvenidos a la fiesta de la lectura.

[Publicado el 05/1/2017 a las 20:01]

[Etiquetas: Patricia Almarcegui, Una viajera por Asia Central, Escuchar Irán, Alí Bey y los viajeros europeos a Oriente, El pintor y la viajera, Wolfgang von Goethe, Viaje a Italia, Bruce Chatwin, Ricardo Piglia, T. S. Eliot, Cuatro cuartetos, George Orwell, V. S. N]

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Bomarzo 2007 como juego de espejos: película, ópera, novela, historia

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Bomarzo es un antiquísimo pueblo romano del Lazio. En el siglo XVI Pier Francesco Orsini, cuya familia fue dueña del lugar por generaciones, mandó construir allí un extrañísimo jardín de monstruos de piedra.

En 1962, el escritor argentino Manuel Mujica Láinez usó esta historia para escribir Bomarzo, su novela más ambiciosa. Cinco años más tarde, el gran músico Alberto Ginastera, con Mujica Láinez como libretista, compuso su ópera más famosa: Bomarzo. La ópera fue prohibida en Argentina durante la dictadura de Juan Carlos Onganía y tildada de escandalosa por su contenido de sexo, violencia y parodia de los ritos cristianos.  La ópera finalmente se estrenó en Washington, y dio lugar a un disco que circula entre los melómanos. En marzo de 2017 Bomarzo se estrenará en el Teatro Real de Madrid.

Pero la polémica siguió dando juego a la reflexión y la creación. En 2003, el sociólogo y musicólogo Esteban Buch publicó un libro erudito y hermoso, The Bomarzo Affair, que analiza el caso de censura en el contexto de la dictadura argentina, la lucha por la libertad artística y la represión de las costumbres.

Cuatro años más tarde, el director, actor y músico argentino Jerry Brignone elaboró una nueva y fascinante vuelta de tuerca sobre este asunto. Su película Bomarzo 2007 transforma la grabación en audio de la ópera en Washington banda sonora para un nuevo producto complejo y sorprendente.

A las puertas del 2017, a casi diez años de su creación, he vuelto a ver esta obra compleja e inclasificable, y sigo encontrándole nuevos significados.

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Sin ampulosidades ni pedantería, la película inicia así una serie de diálogos entre distintas artes que hacen más profunda y comprensible la ópera, pero que también van más allá de lo que Mujica Láinez y Ginastera quisieron decir, para darnos nuevos significados y hacernos pensar de nuevo en el mundo y en nuestra propia realidad.

Por eso, pienso que Bomarzo 2007 abre caminos y derriba fronteras entre las artes. No es la grabación de una ópera, es mucho más.

Recrea, por supuesto, la historia del duque de Bomarzo, en el renacimiento, la historia que cuenta el escritor argentino, pero la hace dialogar con el presente. No es, claro está la primera vez que se usa el medio cinematográfico para filmar óperas en sus escenarios originales. Lo hizo por ejemplo Gianfranco de Bosio en 1976 con Tosca en sus sitios romanos, o como intentó hacer infructuosamente Carlos Saura con Carmen en las calles de Sevilla.

Pero aquí los habitantes del pueblo que alberga el bosque de los monstruos no solo representan a los personajes de la ópera, sino que se representan a sí mismos en un doble juego de espejos. Son los habitantes de Bomarzo de hoy haciendo de los bomarzinos del Renacimiento. También la cámara viaja entre mundos: se centra en lo que queda del pasado, los vestigios arqueológicos de la época de la historia, pero también juega y hace jugar al espectador con la Bomarzo actual, en un rico trayecto intelectual entre la permanencia y el cambio.

La película también explota la ambigüedad sexual de la obra, al usar una actriz para representar al duque, un personaje maltrecho y débil que se rebela contra el papel masculino donde no encaja. En los numerosos interludios orquestales de la partitura, la humillación del adolescente ‘defectuoso’ se transforma en pesadilla, intensificada por el uso de la grabación nerviosa cámara en mano (como en el método Dogma 95 de Lars von Trier) y el vibrante  montaje.

Las imágenes crueles contribuyen a contar una versión de la historia de Bomarzo y también a contar otras historias que en la visión de Brignone, dialogan con ésta. Por ejemplo, en la película irrumpen fotos de personajes nefastos de las dictaduras argentinas de los sesenta y setenta.

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En sólo cuatro días de grabación, el director Jerry Brignone llevó a un mínimo equipo de actores, camarógrafos y asistentes, y los mezcló con los habitantes del pueblo de Bomarzo, a los que conocieron el primer día del rodaje. Pero sería injusto centrarse en el milagro de que un producto tan bien realizado, de tanto impacto y que abre tantos caminos a la reflexión se realizara en un tiempo tan corto.

Brignone, en cuya cabeza bullían estas ideas de unificar artes que ama y estudia desde hace años, guió a un equipo muy profesional para que entre todos descubrieran caminos y soluciones sorprendentes, tal vez mágicas, producto de la premura obligada.

Uno siente que es una película y a la vez un documental, porque todo está haciéndose en el momento, casi sin ensayos, y todo se va creando a la vista del público. No es una película basada en una novela o en una obra de teatro, porque la parte musical se respeta religiosamente. Es otra cosa.

Uno de los muchos elementos que me maravillan de Bomarzo 2007 es que se trata de un juego de relojería y al mismo tiempo de un ejercicio de libertad absoluta.

No sé si esta obra indefinible creará escuela. Lo que no me queda dudas es de que es una obra nueva, un nuevo tipo de obra. Y que la experiencia de verla deja con ideas sobre el cine y sobre la ópera, y sobre la tragedia de la vida.

[Publicado el 20/12/2016 a las 19:47]

[Etiquetas: Bomarzo 2007, Bomarzo, Jerry Brignone, Alberto Ginastera, Manuel Mujica Láinez, Esteban Buch, The Bomarzo Affair]

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Woody Allen llega a la ópera desde la banda sonora

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Una escena de Gianni Schicchi dirigida por Woody Allen. Foto de la Ópera de Los Ángeles

El 30 de junio se estrena en el Teatro Real de Madrid la primera (y probablemente la última) ópera con puesta en escena de Woody Allen. Se trata de la única comedia de Giacomo Puccini, la ópera corta Gianni Schicchi. ¿Cómo es una ópera dirigida por Allen? ¿Cómo llega este cómico y cineasta al arte lírico? ¿Qué le aporta?

Este artista único sigue en esto la línea de otros directores de cine como Ingmar Bergman, Luchino Visconti, Franco Zefirelli, Anthony Minghella, Chen Kaige, Carlos Saura y Werner Herzog. Pero hay una diferencia, creo yo.

La música fue siempre  un elemento central en sus películas, pero hasta hace muy poco la sensibilidad sonora de Allen estaba en otra música, en otra cadencia. Este acercamiento audaz a dirigir una ópera viene de un cambio: con el nuevo siglo, Woody Allen encontró un diálogo entre su cine actual y una música aparentemente más lejana en el tiempo y en la geografía, pero que le calza como un buen guante. 

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En el comienzo fue el jazz. Desde Manhattan hasta Días de radio, de Annie Hall a Sweet and Lowdown, la música siempre formó parte importante en las películas de Woody Allen, pero durante casi toda su carrera, la banda sonora de sus imágenes fue el hot jazz de raíz sureña. Y como modesto clarinetista, viaja por el mundo montado en su fama, soplando los estándares de los clubes de Nueva Orleans.

Sin embargo, a partir de Match Point, la ópera entró en su filmografía. Hay una escena clave y obvia en un palco durante una función de ópera, pero a lo largo de la acción, es la voz de Enrico Caruso la que acompaña y enfatiza el clima moralmente ambiguo del filme. Hay más ópera en Conocerás al hombre de tus sueños y otras películas recientes, y en A Roma con amor, la ópera está en el centro de la acción: el personaje que interpreta Allen, un productor musical neoyorquino, descubre en su suegro dotes extraordinarias para el canto lírico… siempre que sea en la ducha.

Por eso no vino como gran sorpresa el hecho de que en 2008, Plácido Domingo, en su enésimo rol como director artístico de la Ópera de Los Ángeles, le propusiera dirigir por primera vez una ópera. Obviamente, no iba a ser una de Wagner: uno de los chistes más repetidos de Woody Allen es que al escuchar la música de Wagner le dan ganas de invadir Polonia. No: tenía que ser una ópera italiana.

La propuesta fue curiosa: Gianni Schicchi, la única comedia de Giacomo Puccini, estrenada hace 99 años.

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Durante los meses más duros de la Primera Guerra Mundial, el genial compositor, que ya había logrado fama, prestigio y dinero con Tosca, La bohème y Madama Butterfly, se enfrascó en un proyecto original y extraño: Puccini compuso tres obras breves que debían presentarse como si fueran los tres actos de una pieza larga.

Pero sus obras eran muy distintas en tema, en carácter y en género: Il tabarro era un dramón verista y moderno de celos y asesinato; Suor Angelica, solo para intérpretes femeninos, la tragedia de una monja con un lenguaje musical que miraba al pasado; y la última, Gianni Schicchi, una comedia de enredos basada en una breve escena del Infierno del Dante.

¿Por qué pensó Domingo que esta ópera corta de Puccini podía despertar la vena lírica del viejo jazzero? Para mí está claro: tiene muchos puntos de contacto con sus películas. Es una comedia con personajes de trazo grueso pero definidos y entrañables, es la historia de un pícaro de la ‘clase emergente’ que se alía y engaña a la vieja aristocracia, es una ópera donde la acción transcurre casi a ritmo cinematográfico, casi sin arias, sin que la acción se detenga para que los cantantes compartan sus sentimientos con el público.

De una mínima anécdota de La Divina Comedia, Puccini y su libretista Giovacchino Forzano construyeron la historia de la familia de un rico anciano que muere dejando toda su fortuna al convento: uno de los jóvenes de la familia llama en su auxilio al padre de su novia, el pícaro Schicci, quien se hace pasar por el muerto, engaña al notario y reparte los bienes entre los deudos… con la excepción de lo más valioso, incluyendo su casa, que lega a “mi caro amigo Gianni Schicchi”. En el aquelarre final, el flamante dueño echa a la familia de la que ahora es su casa, y los aristócratas, olvidando toda mesura, arrean con la vajilla y los muebles que pueden acarrear.  

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En el exitoso estreno del Gianni Schicchi de Allen en 2008, el protagonista fue el gran barítono inglés Sir Thomas Allen. Woody, fóbico en las galas y mucho más en un teatro de ópera, ni salió a saludar.  

Según la mayoría de los críticos y foros de ópera, la puesta del viejo novato es respetuosa con el original. Sitúa la acción en los años cincuenta en un ambiente más parecido al sur de Italia que a la Florencia de la historia original. Es un homenaje al neorrealismo italiano. Allen, con su inteligencia habitual, se acercaba a un arte nuevo desde su conocimiento del que domina, del lenguaje propio: Italia es para él el gran cine de Visconti, de Sica y Fellini.  

Los detalles graciosos de su puesta incluyen el encuentro del testamento en el fondo de una olla humeante de macarrones, la vestimenta del protagonista como un mafioso de sátira (gracias al fiel escenógrafo y vestuarista de siempre de Woody, Santo Loquasto), y el cortejo al pillo de las rollizas damas de la casa, imitando la pose de las tres gracias de Rubens.

Pero el momento donde el director de escena más se escapa del argumento de la ópera es, curiosamente, el último.

Como si quisiera mostrar en un solo y breve ejemplo todas sus ideas sobre la ópera, Allen no deja que el pícaro se salga con la suya en un amable monólogo final. Al quedar solo y enfrentar al público, Schicchi se ve atacado por la tía Zita, que esperaba mayor porción del botín. Tras ser atravesado con un cuchillo de cocina, se escucha de otra manera la admonición del protagonista: en el original, el Gianni Schicchi triunfante hace un reverencia al público y entona su irónico pedido de disculpas final: sabe que irá al infierno pero espera ser perdonado por el respetable.

En la versión de Woody Allen, la comedia es a la vez tragedia, y la conjunción de los dos elementos deja perplejo al público. Su personaje está yendo al infierno en ese mismo momento: ¿debemos reír o llorar? Nos vamos a casa, apagamos la luz y todavía no sabemos cuál es la moraleja.

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Esta semana los vericuetos y enredos de la única comedia de Puccini llegan a Madrid con una nueva vuelta de tuerca.

El papel de Gianni Schicchi iba a ser protagonizado en el Teatro Real a partir del 30 de junio por el mismo Plácido Domingo, a sus 74 años y en su nueva tesitura de barítono. Los diarios lo anunciaron con bombos y platillos (yo mismo en Cultura/s de La Vanguardia, donde publiqué una versión de este texto hace unas semanas). Pero la muerte de su hermana, una persona muy cercana al cantante, le hizo tomar una decisión comprensible pero insólita en su carrera: no podía cantar una comedia en estas circunstancias. Se descabalgaba del proyecto.

Al final, aceptó cantar una colección de arias de otras óperas (todas trágicas) entre la representación de Gianni Schicchi (con otro protagonista) y la ópera breve que se interpretará antes, Goyescas de Enric Grandados.  

No habrá por tanto ópera dirigida por Woody Allen y protagonizada por Plácido Domingo en Madrid en estos días. Pero tal vez haya una oportunidad de verla: este Gianni Schicchi de Allen-Domingo estaba también programada para setiembre en la Ópera de Los Ángeles. Tal vez allí sí se pueda ver, finalmente, este encuentro artístico entre el más musical de los directores de cine y el mejor actor de entre los cantantes clásicos.

Para Woody Allen será, sin duda, completar un cambio radical: empezó dirigiéndose a sí mismo en sus desopilantes tartamudencias y termina dirigiendo al gran Plácido Domingo en un escenario de ópera. 

[Publicado el 28/6/2015 a las 19:13]

[Etiquetas: Gianni Schicchi, Woody Allen, Giacomo Puccini, Plácido Domingo, Teatro Real de Madrid, Los Angeles Opera]

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La necesidad de recordar a Anna Politkovskaya

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Hoy es el día indicado para recordar a la periodista valiente, lúcida, que hacía preguntas como con puños de hierro y escribía como con guantes de seda.

No se cumple ningún aniversario de Anna Politkovskaya. No ha pasado nada nuevo en su triste juicio ni en Chechenia, la zona donde ella mostró la podredumbre moral y la deriva autoritaria de su querida Rusia. Por eso mismo. Porque todos los días es necesario recordar a Anna, que murió por su periodismo sin miedos hace ocho años, dos meses y seis días.

Esta es una versión resumida del epílogo de mi libro Periodismo narrativo. Es una vindicación de lo mejor del oficio, que sigue viviendo en el recuerdo y en la obra vigente de Anna Politkovskaya.

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Tenía el pelo blanco, duro y muy corto. Tenía la cara redonda, los ojos acerados de permanente ironía, y un cuerpo de abuela sólida, como si fuera la matrioshka mayor, esa muñeca rusa colorida que contiene a todas las demás muñecas. Caminaba tímida y hosca entre alfombras y cortinados. Evidentemente, no se encontraba en su sitio; sus ojos parecían querer estar en algún otro lado.

Era la plácida primavera de 2002 y un extraño menjunje de periodistas, académicos y funcionarios participábamos en una conferencia en el castillo de Bonn.  Algunos hablaban inglés; otros, alemán; otros más, árabe; y un pequeño grupo sólo se expresaba en ruso. En la última sesión, un periodista de la radio pública alemana, regordete y rosado, trazó una crítica atinada y demoledora a los grandes medios occidentales, como el suyo, que enviaban paracaidistas ensoberbecidos a los puntos “calientes” del globo, como Ruanda o Chechenia, y después lo reducían todo a tres datos y cuatro imágenes que no ayudaban a entender nada. “Mejor sería que no fueran”, terminó el rubicundo alemán, muy satisfecho por ser capaz de semejante autocrítica.

En ese momento se levantó de su asiento, en la otra punta del salón, esta señora de pelo blanco y empezó a mover los brazos y llamar la atención de los traductores de ruso. En medio de una conferencia donde se hablaba de muertes y hambre y esclavitud como si fueran problemas teóricos, Anna Politkovskaya les pidió, les rogó a sus colegas que por favor no se fueran de Chechenia, que aunque el periodismo que hacían los grandes medios comerciales y las agencias occidentales era una soberana porquería, para una reportera rusa que trataba de contar esa guerra atroz, era cuestión de vida o muerte.

Y entonces, cuando se calmó un poco, Politkovskaya nos lo explicó: esas noticias llenas de errores y de imperdonable ignorancia eran para ella como el balón de oxígeno para un buzo encallado en las profundidades del mar.

Sin esa presencia en los medios de fuera de Rusia, los cuerpos, los espíritus y los derechos de los chechenos serían pisoteados sin testigos por las tropas al servicio del antiguo agente de la KGB Vladimir Putin. Pasado el momento de dramatismo, la conferencia de Bonn siguió por los cauces habituales. Pero yo no me podía sacar de la cabeza la participación destemplada, fuera de tono, de la reportera rusa cuyo nombre, en los documentos de la conferencia, no me decía nada. 

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Recién un año más tarde, cuando llegaron a España las traducciones de los dos libros que Anna Politkovskaya escribió sobre el conflicto, Una guerra sucia y Terror en Chechenia, comencé a entender de qué estaba hablando la aireada señora de pelo blanco.

Anna Politkovskaya fue hasta el último día de su vida reportera del periódico quincenal Novaya Gazeta. Como tal, pasó en Chechenia todo el tiempo que le han dejado las autoridades desde el comienzo de la ofensiva rusa en el verano de 1999. Allí convivió con los perseguidos y se ganó la confianza de todo tipo de chechenos, desde los que participan en las guerrillas o las apoyan hasta los que quieren parar la guerra o se limitan a sufrirla con infinita resignación.

También se adentró en los batallones rusos, resaltando los casos aislados y emocionantes de decencia y valentía en algunos soldados y oficiales, intentando entender el por qué y el cómo de la represión brutal e inhumana que transforma a la mayoría de estos militares en animales.

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A diferencia de muchos libros de denuncia, contados en el lenguaje del informe policial, acumulando datos sin arte ni concierto, sus libros van mucho más allá del memorial de agravios: son novelas contadas en un estilo que debe más a las novelas de Tolstoi y Dostoievsky que al periodismo de investigación de nuestro tiempo.

En medio de la urgencia por contar y abrir los ojos del mundo a lo que sucede en Chechenia, Anna Politkovskaya entendía que sus personajes se merecían una prosa cuidada, una descripción inteligente, una historia bien contada. Al construir personajes complejos y arriesgarse con modelos narrativos que avanzaban en varias direcciones a la vez, Politkovskaya hablaba del poder, de la naturaleza humana, de los límites del sufrimiento y de la pequeña llama de esperanza o de decencia que laten en el lugar más espantoso del mundo.

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En Terror en Chechenia, dos capítulos muestran con un estilo precioso e insoportable las dos caras de lo que estaba haciendo la guerra tanto para destruir a los chechenos como para deshumanizar a los rusos.

Al final de una noche de alcohol y aquelarre, el coronel Budánov se hizo traer una adolescente chechena a su despacho, la violó, la mató a golpes y ordenó que la “despacharan”. Se hizo un juicio – casi el único por atrocidades en Chechenia – y la defensa del coronel y los medios afines al gobierno apuntaron la culpa a los soldados a quienes se había ordenado deshacerse del cuerpo.

Tres capítulos más adelante, otro coronel, Mirónov, viajaba en avión de transporte de tropas con Politovskaya. En medio del ruido y el hedor entablaron una conversación que los humanizó y los acercó. El coronel estaba herido, era de alguna manera consciente de lo que sucedía, y en el hospital donde la autora lo visitó le mostró otra, tenue pero existente, cara de una humanidad posible aún dentro del sistema militar ruso que estos libros denuncian.

Es un milagro que, en medio de tanta tensión y peligro, sus textos sean de una belleza desarmante, llenos de detalles originales, escritos con un tono pausado y sabio, con humor y con un uso magistral del ritmo narrativo. Ambos libros son obras maestras y testimonios de una narradora y reportera admirable.

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La mañana del domingo 8 de octubre de 2006 encendí la radio y me golpeó la noticia atroz: un matarife acribilló a Anna Politkovskaya en el portal de su edificio.

Pasaron ocho años. Finalmente se hizo un juicio, pero solo se juzgó a los ejecutores. Cinco hombres fueron sentenciados, pero ni el fiscal ni el juez inquirieron pr los autores intelecuales, los que ordenaron el crimen.

Pero la sobrevive su legado. Sus dos libros en castellano, casi 700 páginas en total, nos siguen hablando de un verdadero genocidio: centenares de muertos, torturados, desaparecidos, desplazados de su tierra, violados, mutilados, ciudades transformadas en montañas de basura y ceniza.

Anna Politkovskaya creyó que la fama y la presencia de medios internacionales la salvarían de la suerte de tantos, demasiados periodistas, en Rusia, en África, en México, en Colombia. Igual la mataron. Los premios e invitaciones internacionales no sirvieron como coraza ante los ataques de sus perseguidores ni la salvaron al final.

¿Por qué murió? Por su trabajo, por tomarse tan a pecho y cumplir tan bien su misión de contar la verdad. Por su uso de las herramientas del periodismo narrativo hasta las últimas consecuencias, para despertar conciencias, para emocionar, indignar, educar, informar, enriquecer y ayudarnos a luchar por un mundo más vivible.

[Publicado el 14/12/2014 a las 16:33]

[Etiquetas: Anna Politkovskaya, Chechenia, Una guerra sucia, Terror en Chechenia, Novaya Gazeta]

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En los zapatos del Maestro: herederos y pupilos en la ópera

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Foto promocional de un concierto de Rolando Villazón con Plácido Domingo como director de orquesta, en Berlín. Fíjense: misma camisa negra, misma mirada intensa, mismo lenguaje gestual

Era el mismo teatro (el Metropolitan de Nueva York), la misma ópera (Otello de Verdi), la misma puesta en escena (ampulosa y anticuada, de Franco Zefirelli), los mismos trajes y decorados, la misma orquesta con el mismo director (James Levine). Pero la chaqueta de cuero color tierra con la que en 2001 había visto a Plácido Domingo, ahora vestía el corpachón del canadiense Ben Heppner.

La primera palabra que canta el protagonista – Esultate! – es el grito de triunfo de un poderoso señor de la guerra. Es un comienzo dificilísimo, un lanzarse a hacer tres vueltas en el trapecio en el primer salto, en frío. Domingo lo hacía con escalofriante maestría, como si fuera fácil.

En 2004, Heppner, un buen tenor, habituado a las maratones wagnerianas pero incómodo en Verdi, falló. Después fue mejorando su actuación, pero jamás logró que el público abandonara la extraña sensación de que el cantante que tenían delante era una especie de impostor ocupando el papel, la producción y el grito heroico hechos a la medida del gran Domingo, que ya había jubilado su Otello.

No recuerdo otro momento tan claro en que se viera lo que es habitual en la ópera e inexistente en cualquiera de las otras artes: el momento en que el cantante joven debe ponerse – literalmente – en los zapatos del Maestro.

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Hollywood tiene sus galanes maduros, sus malos sinuosos, sus amigas simpáticas de ‘la chica’, sus alcaldes corruptos y sus sargentos de mal carácter pero buen corazón. A los largo de los años, nuevos actores llenan los mismos tipos de papeles, pero no hacen una vez y otra y otra más la misma película.

Tenía que ser un loco como David Kronenberg el que pensara en volver a filmar Psicosis, de Alfred Hitchcock, con el mismo guión, similares escenarios y el plan del maestro, plano a plano, con nuevos actores. Resulta un ejercicio de estilo interesante para estudiantes de cine, pero lo mejor que se puede decir de la nueva película es que es innecesaria.

Hoy sólo se vuelve a hacer una obra maestra si no quiere jugar con la referencia, la traición y el homenaje: nadie más que los esforzados estudiantes de pintura tratan de pintar otra vez La Gioconda. La sofisticación del siglo XX llevó a que la recreación se convierta en un cambio, una nueva lectura, un homenaje disfrazado de traición a su vez disfrazada de homenaje, como las versiones pop de Andy Warhol, las deconstrucciones de las Meninas de Picasso o el cuento de Borges donde Paul Menard escribe, letra a letra, el Quijote.

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Pero la ópera es otra cosa. En el único arte donde se aplica sin pudor la palabra ‘contemporáneo’ a creaciones de comienzos del siglo XX, los teatros son mezcla de laboratorios donde se prueban nuevas puestas en escena – rompedoras, vanguardistas, desafiantes – con un arte canoro que aspira a ser un museo vivo. Año tras año se repite en los grandes templos de la ópera la treintena de títulos canónicos, con cantantes que aspiran a calzarse los zapatos de sus ilustres predecesores.

Entre los cantantes siempre hubo herederos. En el siglo XVIII sucedió con los castrati, en el XIX con las sopranos y los tenores, pero la manía de designar sucesores se disparó a partir de la posibilidad de grabar y traer las voces del ayer y compararlas nota a nota con las actuales. Enrico Caruso fue el primer cantante de la era del gramófono, y en su declive fue lógico que las compañías discográficas le buscaran sucesor. En los años 30 designaron a Beniamino Gigli como ‘el nuevo Caruso’.

Mientras los papeles de tenor dramático eran cubiertos en la posguerra por una sucesión de italianos sin problemas de autoestima, como Mario del Monaco, Franco Corelli o Carlo Bergonzi, muchos pensamos que el verdadero ‘sucesor’ de Caruso y Gigli fue el sueco Jussi Bjorling.

En el mundo de las sopranos, María Callas cayó como un terremoto sobre el mundo de la ópera. Mientras Renata Tebaldi y Victoria de los Ángeles ocupaban con honores el trono que había sido de Maria Caniglia o Toti Dal Monte, la Callas reinventaba todos los papeles y cantaba La Traviata o Tosca como si hubieran sido compuestas para ella y para la función que estaba cantando en ese momento.

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Pero en los noventa se produjo un gran cambio: un puñado de genios de la mercadotecnia inventaron la figura del nuevo divo, mediático, abierto al ‘crossover’ con la música pop y capaz de dar un lustre cultural a la más despojada discoteca, en una época en donde tiene valor parecer un poquito culto.

Ese fenómeno comenzó con los Tres Tenores, Luciano Pavarotti, Plácido Domingo y Josep Carreras. Cuando en 1990 el representante de Pavarotti inventó el fenómeno de masas de un show genuinamente popular con cantantes líricos, se inició un boom comercial que las discográficas no quieren ni pueden dejar caer con la muerte o jubilación de sus estrellas.

Es un buen momento para hablar de los candidatos a sucesores del trío tocado por el dedo del rey Midas, porque todos han pasado por el Liceu de Barcelona, el Teatro Real de Madrid y el Palau de les Arts de Valencia en los últimos años. Primero, el menos controvertido: Pavarotti designó como su ‘sucesor’ al peruano Juan Diego Flórez, y el joven tenor se está consolidando como un gran cantante sin rodeos ni desfallecimientos.

Su voz ligera, ágil, se asemeja, más que a la de Pavarotti, al tono incisivo de su compatriota Luis Lima o al elegante fraseo del mexicano Francisco Araiza, pero es mejor que ellos. Ha adquirido rápidamente fama extra-operística (su disco de canciones populares latinoamericanas es un éxito y su país ya le dedicó una estampilla), pero su repertorio – principalmente Rossini y Donizetti – es por ahora mucho más limitado que el del gran Luciano.

Por ahora el poner al delgado Flórez en los zapatotes de Pavarotti es más un movimiento de marqueting que de coherencia musical.

En una cosa coincidió en sus inicios con el tenor de Modena: era mucho mejor en lo musical que en lo teatral. Como cantante vino a Europa ya seguro, formado, con una técnica pasmosa. Pero como actor – algo importante en las comedias de ‘locura organizada’ de Rossini – fue creciendo desde un Conde Almaviva algo duro en El barbero de Sevilla que se vio en Madrid en el 2008 hasta el comediante suelto, que disfrutó e hizo disfrutar dos años más tarde en  La Cenerentola de Barcelona.

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Muy distinto es el caso del mexicano Rolando Villazón, un histrión nato que se encuentra todavía reponiéndose de una dolencia en las cuerdas vocales. Ojalá logre volver a ser el que fue hace 10 años, porque tres elementos podrían hacer pensar que Villazón está destinado a convertirse en el sucesor natural de Domingo. El primero es su relación con el maestro, que ha actuado y grabado con él más que con ningún otro joven intérprete de su cuerda. El mejor ejemplo de esto es el álbum Gitano, con arias y romanzas de zarzuela, cantadas por Villazón y dirigidas por Domingo. En el DVD que acompaña al disco, más que la usual relación entre director y cantante, se ve al maestro enseñando y aconsejando a su discípulo dilecto.

Villazón es un actor formidable con una muy bella voz, como demostró en el Liceu, la última vez hace un par de años un Elisir d’amore antológico que lo llevó a detener la acción y volver a cantar Una furtiva lagrima en cada una de las funciones.

El mexicano es un cantante mucho más volcánico y temperamental que su colega peruano. Parece estar siempre al borde del abismo, lo que hace que emocione hasta el tuétano al público, pero que también corra el peligro de dejarse ganar por la emoción. Domingo pareció siempre tener su carrera y cada movimiento sobre el escenario bajo control.

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Tres tenores más, uno europeo (el alemán Jonas Kaufmann) y dos  atinoamericanos, han sido también mencionados como posibles herederos del mítico trío. Estos últimos son los argentinos Marcelo Álvarez – una voz bella y muy cultivada, una imponente presencia escénica, como la que mostró hace tres años en el Liceu con Rigoletto – y José Cura – un tenor spinto, con la potencia y los graves que permiten hacer un Otelo de referencia, como el que trajo a Barcelona el año pasado. Pero ninguno de los dos se ha prestado hasta ahora al juego del divo mediático como Flórez o Villazón.

La polémica no se cerrará nunca, porque en la ópera hay casi tantos opinadores como en el fútbol, y más desde la proliferación de blogs y foros en Internet. Y mientras los empresarios de la música buscan crear nuevos divos para enfrentar la batalla ya perdida con las descargas y las grabaciones caseras, los forofos de la ópera seguiremos acudiendo a los templos de la lírica para tratar de recuperar una emoción de hace años, una función que sepa como aquella magdalena de Proust.

Tal vez ese sea el reto imposible de todo gran artista: llevar a su público a revivir los mejores momentos del pasado, a anular el tiempo, a recuperar lo perdido. 

[Publicado el 06/10/2014 a las 20:15]

[Etiquetas: Herederos en la ópera, Enrico Caruso, Beniamino Gigli, Jussi Bjorling, Plácido Domingo, Luciano Pavarotti, Juan Diego Flórez, Rolando Villazón, José Cura, Marcelo Álvarez, Teatro Real, Gran Teatre del Liceu, Palau de les Arts, ]

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¡A gozar y a sufrir con Macbeth!: Vindicación pasional de la ópera

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Está a punto de empezar la temporada de ópera en Bogotá y el diario colombiano El Tiempo me pidió un texto que en parte informara, entretuviera, educara y invitara a disfrutar de este arte, que a veces me pregunto por qué me gusta tanto. Aquí está: salió en el diario del domingo. Los ejemplos son de óperas en directo y en pantalla (de la temporada del Metropolitan de Nueva York) que se transmiten en Colombia. Pero al leerlo hoy con otros ojos, creo que tiene sentido en otros países, porque es mi intento de empujar a los lectores a disfrutar de un arte único, y un compartir con ustedes deleites y descubrimientos artísticos que me acompañan desde hace décadas. 

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¿Le gustan las historias apasionantes, bien contadas y presentadas con arte, música emotiva y voces angelicales? Aunque no lo sepa, la ópera es para usted.

Probablemente alguien le dijo alguna vez que la ópera era para otra gente: públicos muy selectos, hijos y nietos de melómanos, gente remilgada y anticuada. Si no, le han advertido que requiere mucho trabajo y conocimientos previos. Y si no, ha escuchado a un amigo o familiar burlándose de los raros que se sientan a ver estas torturas con música, larguísimas y cantadas en otro idioma.

¿Hay que ser experto? Déjeme decirle que los que entramos en esta afición, al principio tampoco sabíamos mucho. Lo fuimos aprendiendo. ¿Qué si se puede soportar algo tan largo? Las óperas duran menos que una telenovela, una serie en televisión o un novelón. ¿Qué cómo se entiende en otro idioma? ¡Si es que no tenemos problemas con películas con subtítulos!

Y otra cosa: solo necesitamos prestar atención, abrir los sentidos, ver y escuchar sin prejuicios. Lo mismo que se necesita, por ejemplo, para disfrutar de un deporte nuevo en las olimpíadas.

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Este es también un momento ideal para meterse en este mundo de melodías envolventes y sentimientos desbocados. La ópera se está popularizando. Ya no hace falta ir con vestido largo o con saco y corbata; en los teatros se ponen sobretítulos en español; y las entradas de los pisos altos son más baratas que las del fútbol.

Además, está por empezar en Colombia una temporada lírica: en el teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá se pondrá en escena Turandot, la ópera póstuma de Giacomo Puccini.

¿Se la cuento? Es la historia de una princesa fría como el hielo, un príncipe enamorado y un acertijo que abrirá el corazón de la princesa. Es una ópera que en el momento de su estreno, hace ochenta años, fue tan popular como las películas de Steven Spielberg o las canciones de Shakira hoy.

Además, es la ópera cuyo punto fuerte, el aria para tenor Nessun dorma, llenó el corazón de millones de espectadores y oyentes en la voz de Luciano Pavarotti.

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¿Que usted no puede ese día o no le gusta ir al teatro? Ahora tiene la opción de ver ópera en las mejores condiciones en la pantalla, transmitida en alta definición desde el Metropolitan de Nueva York. Con la más alta tecnología digital, desde hace una década los mejores teatros de ópera del mundo, de París a Barcelona y de Milán a Londres, están grabando espectáculos en vivo y transmitiéndolos en cines de medio mundo.

No es solo una experiencia similar a la de estar sentado en la butaca de terciopelo rojo en la platea de un gran teatro. Es en muchos sentidos mejor: la dirección de cámaras toma primeros ángulos para ver las caras y los gestos de cantantes que cada vez dominan más las dotes del actor. Es como disfrutar de un partido de la Champions grabado con decenas de cámaras.

Así que no espere más. Cálcese unas zapatillas cómodas, embútase en esos jeans ajustados, ponga el celular en silencio y dedique tres horas a viajar en el tiempo y el espacio. Porque eso tienen los clásicos: transportan a una época y un mundo donde todo era más lento, más sosegado, donde las artes ayudaban a pensar en la propia vida y ver el mundo con nuevos ojos.

Ya está por comenzar la temporada: el 11 de octubre, en nueve teatros de Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla y Bucaramanga comenzarán a sonar las notas dramáticas de Giuseppe Verdi, en la primera de sus óperas a partir de obras de William Shakespeare.

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Se trata de Macbeth, la historia del noble escocés y su diabólica esposa, que reciben de unas brujas la profecía de que serán reyes. Tras asesinar al líder reinante y a sus rivales, los Macbeth se enfrentarán con las terribles consecuencias de sus actos. La música cuenta la historia y al mismo tiempo despierta sentimientos de exaltación, miedo, horror y esperanza. 

¿Qué suena a El señor de los anillos o a Juego de tronos? Por supuesto, la virulencia de las escenas y la majestuosidad de la escenografía de esas obras actuales no existirían sin el genio de Verdi. Muchos de los directores, músicos, escenógrafos y guionistas de películas y series de hoy deben mucho a los grandes compositores, como Wolfgang Amadeus Mozart o Richard Wagner.

Para compartir su secreto, lo invito a acercarse. Se trata de abrir la puerta, los ojos y los oídos. Muchos ya entraron, y están ahora esperando con impaciencia la próxima función.    

[Publicado el 29/9/2014 a las 18:37]

[Etiquetas: Ópera, Giuseppe Verdi, Giacomo Puccini, Macbeth, William Shakespeare, Turandot, Teatro Jorge Eliécer Gaitán, Metropolitan Opera House, ópera en cines]

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¿Por qué Primavera silenciosa sigue siendo un clásico?

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A más de medio siglo de la publicación de su obra capital, Rachel Carson es el ejemplo más claro y todavía vigente de científico que toma la difusión, divulgación, educación del público y participación apasionada en los debates donde  se cruza lo científico, lo político, lo económico y lo social.

Carson trabajó 15 años, gran parte de su vida como científica, en el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos. Sus investigaciones en el fondo marino, las costas y la biodiversidad de los mares, publicados en reputadas revistas científicas, le dieron fama y prestigio entre sus colegas.

Pero lo que la llevó a ser despedida por el New York Times con un obituario de una página, que la describe como “la esencia de la elegancia académica” es la forma en que se fue introduciendo en la divulgación y el trato directo con infinidad de lectores.

La mayor parte de su obra para el gran público se centra en los misterios del mar, los descubrimientos sobre la riqueza de sus fondos marinos y costas, y en los peligros que la sobrepesca y la contaminación causan a todos los seres vivos.

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Su primer libro, Bajo el viento del mar (Under the Sea-Wind, 1941) es el primero en compartir con todo tipo de lectores las últimas investigaciones sobre la vida que bulle en las profundidades, hasta entonces desconocida.

El segundo, El mar que nos rodea (The Sea Around Us, 1951), abre nuevos caminos: la relación entre los mares y la vida en la tierra, y especialmente con las comunidades que viven con y del mar: un enfoque muy ambientalista. 

Estos dos libros la convirtieron en una autora muy exitosa. No eran especialmente controvertidos; denunciaban los problemas que provocaba el desarrollo económico, y sobre todo la irresponsabilidad de usar el mar como fuente inagotable de comida y basurero, pero su eje era la visión positiva y poética del potencial y la riqueza de los océanos.

En el tercero, El borde del mar (The Edge of the Sea, 1955), se adentra en un tema que no ha dejado de tener relevancia desde entonces: el peligro del desarrollo y el arrojar residuos líquidos y sólidos a los ríos y al mar para la vida en las costas.

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Pero el nombre de Rachel Carson se ha vuelto sinónimo de periodismo ambiental y denuncia airada de los males de las empresas contaminadoras con su último y más influyente libro: Primavera silenciosa (Silent Spring, 1962). Esta investigación nació de su descubrimiento de lo que estaban haciendo las poderosas  compañías agroquímicas en la llamada “revolución verde”.

Una ingente cantidad de insecticidas y pesticidas estaban siendo arrojados como bombas en millones de hectáreas de plantaciones sin haber estudiado los efectos que estos productos tendrían en las mismas frutas y verduras que la población comería, en el medio ambiente terrestre y acuático, y en la salud de las poblaciones que vivían cerca de estas plantaciones.

Su principal enemigo era el DDT (Dichloro-Diphenyl-Trichloroethane), hoy prohibido en gran parte gracias a sus explicaciones y campañas, que soliviantaron a la opinión pública, hasta el punto que se convirtió en uno de los detonantes del movimiento medioambientalista mundial en los años 60.

Carson llamaba al DDT, “elíxir de la muerte”, “Por primera vez en la historia del mundo”, decía, “todo ser humano está ahora en contacto con productos químicos peligrosos, desde el momento de su concepción hasta su muerte. En menos de dos décadas de uso, los plaguicidas sintéticos han sido tan ampliamente distribuidos a través del mundo animado e inanimado, que se encuentran virtualmente por todas partes.”

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Primavera silenciosa nació como una serie de tres artículos muy extensos publicados en 1962 en la revista New Yorker. Esto hizo que su resonancia en la opinión pública fuera enorme e inmediata. Las compañías agroquímicas, que estaban creciendo a grandes zancadas y vieron en los artículos, que pronto se convirtieron en libro, y en el prestigio académico y popularidad de Carson una amenaza, se lanzaron a atacarla. Incluso utilizaron en su contra el cáncer, la enfermedad contra la que luchaba y que hizo que cada página de Primavera silenciosa le costara mucho sufrimiento. Decían que la enfermedad le había amargado el espíritu y le impedía ver los enormes beneficios que los plaguicidas habían traído a la humanidad, brindando comida abundante y barata a una población hambrienta.

Pero Carson contó con dos grandes aliados. En primer lugar, un público cada vez más concienciado y deseoso de escuchar a los que saben y tienen una posición independiente. A su conocimiento técnico, su profunda investigación y su independencia, Rachel Carson sumó una cualidad que había estado desarrollando desde sus primeros libros del mar: un gran talento para transformar complicados problemas ambientales en una prosa clara y poética, con comparaciones y metáforas que hicieran a la vez comprensible y atractivo el tema. No todos los científicos tienen esta cualidad.

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Esto se puede ver muy bien en el título de la obra, que se explica en el primer capítulo. Imaginemos un pueblo del centro agrícola de Estados Unidos, nos dice Carson. Termina el invierno, viene la primavera, pero no hay cantos de pájaros, murmullos de insectos, colores de flores y olores primaverales.

¿Por qué? Las toneladas de DDT y los otros pesticidas, arrojados sin miramientos para acabar con todas las especies nocivas acabaron también con las beneficiosas, cuando la ciencia no había explicado las funciones ecológicas de estas especies.

Era como jugar a ser Dios, eliminar una parte de la naturaleza sin haber investigado sus efectos. Y la escena que explicaba este horror era la de la primavera muerta, silenciosa. Uno de los puntos más altos de la historia del periodismo, escrito por una científica.

 El segundo impulso que sacó a su obra del reino de la controversia y acalló por un tiempo a los críticos fue el apoyo sin fisuras del gobierno y personalmente del Presidente John Kennedy, quien avaló los datos y las conclusiones de Carson.

Sin embargo, la historia de la lucha de esta gran escritora/científica por no ser tergiversada y la campaña furibunda contra ella fueron el principio de lo que sigue pasando en el debate y el periodismo ambiental en todo el mundo. Por eso muchos periodistas ambientales y científicos que usan las tribunas del periodismo para alertar, informar y formar, se declaran todavía y a mucha honra, hijos de Rachel Carson. 

[Publicado el 03/8/2014 a las 18:49]

[Etiquetas: Rachel Carson, Primavera silenciosa, Silent Spring, John Kennedy, El mar que nos rodea, Bajo el viento del mar, El borde del mar, plaguicidas, pesticidas, lucha ambiental, ciencia, periodismo narrartivo]

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La historiadora Aviva Chomsky se mira en el rostro de los migrantes latinos en EE.UU.

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Aviva Chomsky en su hábitat: el muelle de donde venía el carbón de Colombia a Salem, Massachusetts

Pocos intelectuales de Estados Unidos han comprendido tan a fondo la lucha de los trabajadores, las comunidades campesinas e indígenas y los oprimidos en América Latina, y sus nuevas luchas desiguales como inmigrantes en Estados Unidos. Desde hace cuatro décadas, la historiadora Aviva Chomsky cumple un triple papel: como académica, como divulgadora de verdades incómodas y como activista contra el olvido en su país.  

Visité a Chomsky en el verano de 2009, durante la investigación para mi libro Crónicas bananeras. Escribí para mi obra una crónica de mis entrevistas con ella y la lectura de sus libros. Al final, Crónicas bananeras resultó demasiado amplio y abarcativo, y entre muchas otras cosas, ese relato de mi día con Aviva en Salem, Massachusetts, se cayó del libro.

Hoy lo recuperé, corté unas cosas y cambié otras, y quiero compartirlo con ustedes. Los temas de Aviva Chomsky – la globalización y su efecto en los trabajadores, la inmigración, el efecto de las políticas públicas y privadas de EE.UU. en sus vecinos del sur – siguen estando vigentes.

La brillante y lúcida prosa de esta gran intelectual pública nos sigue enriqueciendo. Aquí, entonces, la crónica que escribí tras esa visita al pueblo de Aviva Chomsky.  

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 “¿A quién reconoces?”, me pregunta Aviva Chomsky frente al mural, en una tranquila calle en las afueras de la pequeña ciudad de Salem, Massachusetts.  

La pintura colorista y vital representa una calle del barrio, con edificios como cajas con gente. Los edificios del mural son muy parecidos a los bloques de pisos que hay atrás, como si fuera una visión expresionista del paisaje que lo rodea. La gran diferencia es que los edificios pintados están doblados, arqueados, como si estuvieran discutiendo o bailando. Otra diferencia es el paisaje: en la calle pintada en el mural, unos campesinos venden comida como si estuvieran en un pueblo de Centroamérica.

En el primer plano de la pintura, a la derecha, un edificio abierto, sin pared frontal, muestra la vida de dos familias de inmigrantes latinos. Las personas tienen facciones definidas, como si hubieran querido representar a gente real del barrio. La estética se coloca en algún punto entre el infantilismo didáctico de principios del siglo XX y el cómic actual.

Pero lo que más me llama la atención es la escena que cubre casi toda la mitad izquierda: un coche descapotable viene hacia el observador. Al volante, una joven rubia de sonrisa misteriosa. A su lado y en los dos extremos de asiento trasero, tres adolescentes latinos. Entre dos de atrás, un señor de pelo cano y bigote blanco.

“¿Ese no es…?”, le digo, dubitativo.

“Sí. Es Gabriel García Márquez. Lo pintaron los alumnos dominicanos del colegio público. Se representaron a sí mismos como pasajeros, con Gabo en medio. La que conduce el auto es su maestra, Carmen Ruiz”.

Nos quedamos unos minutos mirando el mural. Entonces noto, en la orilla derecha, casi saliéndose del cuadro, la cara de perfil de un barbudo que canta.

“¿Es…?”

“Sí, ese es Juan Luis Guerra. A estos chicos dominicanos les encanta su música”.

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Entiendo por qué Aviva Chomsky quiso dar un rodeo en la caminata hasta su casa para traerme a ver este mural. Es un retrato en positivo de los sueños de los jóvenes inmigrantes: la pintura muestra el talento de estos chicos, su mirada que une lo de allá y lo de acá en una síntesis personal. Los personajes de García Márquez y Guerra, sus referentes artísticos, aparecen como razones para el orgullo de su identidad latina. Pero la clave, me dice Chomsky, es el personaje de la conductora del descapotable. Sin la maestra, el mural y el proyecto de vida de los chicos que lo hicieron no serían posibles.

Aviva Chomsky entrevistó a la maestra Carmen Ruiz para su último libro, Linked Labor Histories (Historias de trabajo vinculado, o historias vinculadas de trabajo). En el libro reproduce el mural, en una página donde la maestra, puertorriqueña, explica cómo no se ve reproduciendo modelos y enseñando listas, sino como una activa participante en la formación de una comunidad. Para eso tiene que hacer que los niños dominicanos piensen en quiénes son, por qué están en Salem, de dónde vienen y a dónde quieren ir.

Linked Labor Histories muestra la enorme complejidad de las estrategias de capitalistas y obreros a lo largo del siglo XX, centrándose en las profundas y cambiantes relaciones entre la costa de Nueva Inglaterra, en el norte de Estados Unidos, y la costa caribeña de Colombia. Este libro de Aviva Chomsky, profesora de historia en Salem College, es un relato muy ambicioso y logrado de cómo la industria textil primero y la del carbón después han movido a lo largo del siglo XX a miles de trabajadores, inversiones, materias primas y productos manufacturados a través de fronteras y atravesando barreras sociales, lingüísticas y culturales. El largo camino que llevó a estos adolescentes de República Dominicana a este pueblo colonial de Nueva Inglaterra.

El caso de la formidable industria textil de Nueva Inglaterra le sirve para demostrar que la globalización no es un fenómeno reciente, sino que los empresarios han movido desde hace siglos capitales, máquinas, procedimientos y trabajadores de un país a otro según su conveniencia. Para bajar costos y subir sus beneficios ‘importaron’ trabajadores, y cuando esto no fue suficiente, ‘deslocalizaron’ sus industrias y despidieron a los trabajadores.

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Irónicamente, como refleja con palmaria claridad el libro de Chomsky, los mismos empresarios que traían trabajadores ‘baratos’ a Estados Unidos eran fervientes defensores del nacionalismo y apoyaban a candidatos políticos que proponían quitar derechos a los mismos trabajadores extranjeros que ellos utilizaban. Luego, cuando eran ellos mismos los que deslocalizaban sus industrias, apoyaban campañas xenófobas contra los países de los que ellos se beneficiaban.

El relato de la exacerbación de la violencia en la región de Urabá en Colombia, región bananera por excelencia, marca la línea directa que va desde las estrategias de la United Fruit Company que conté en la primera parte de este libro, usando y citando muchas veces a Chomsky, y los intereses y prácticas de las multinacionales actuales.

La información más controvertida y novedosa que aporta Linked Labor Histories es la alianza entre estos empresarios norteamericanos, los gobiernos de EE.UU. y los sindicatos mayoritarios del país. El libro se detiene a analizar la connivencia de la AFL-CIO con los intereses y maniobras del Departamento de Estado y de las grandes corporaciones, muchas veces en directo conflicto con las luchas desiguales que libraban los sindicalistas locales. Y relata los tímidos intentos de sindicatos minoritarios y líderes rebeldes de AFL-CIO para desmarcarse de esa política y trabajar conjuntamente con los obreros de Latinoamérica.

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Yo sabía que quería visitar a Avi Chomsky desde que leí su libro Obreros de las Indias Occidentales y la United Fruit Company en Costa Rica (1870-1940), una versión adaptada a libro y ampliada en su marco histórico de su tesis de doctorado. Chomsky, nacida en Boston en 1957, es hija del célebre lingüista y polemista de izquierda Noam Chomsky, pero no le gusta que le mencionen a su padre en entrevistas sobre su propia obra. Y ni falta que hace: en las tres décadas que lleva estudiando la historia de las relaciones laborales, con énfasis en el trabajo inmigrante y los movimiento transfronterizos, se convirtió en una voz insustituible en el actual debate económico y político en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina.

Estar en la pequeña universidad de Salem, me explica, la aparta de la ruta hacia las grandes cátedras de los centros de referencia, como el vecino Harvard, pero le permite hacer activismo político-social y tomar su trabajo como una vía hacia el cambio y el entendimiento de los problemas.

Por eso pudo escribir, en 2007, en plena batalla por los derechos de los inmigrantes, un alegato a la vez lleno de pasión y brío y colmado de datos duros, argumentos fríos y razones incontrovertibles. Cuando el gobierno de George W. Bush proponía perseguir y quitar derechos fundamentales a los trabajadores sin papeles y sus familias, Chomsky publicó They Take Our Jobs! (¡Nos quitan nuestros empleos!) y otros 20 mitos sobre la inmigración. Es un manifiesto que presenta, evalúa y destruye uno a uno los prejuicios, las mentiras y las tergiversaciones sobre las que se basa la campaña anti-inmigración.

Como en su título, cada capítulo está titulado con la expresión más directa y clara de un mito (como ‘Los inmigrantes no pagan impuestos’, ‘Los inmigrantes compiten con los trabajadores locales con poca formación y hacen bajar los salarios’, ‘Estados Unidos tiene una política muy generosa con los refugiados’, ‘Estados Unidos es una olla de cocción que siempre dio la bienvenida a inmigrantes de todo el mundo’, ‘Los inmigrantes no quieren aprender inglés y la educación bilingüe agrava el problema’, o ‘El pueblo norteamericano se opone a los inmigrantes y las posiciones en el Congreso reflejan esa actitud’). 

Como historiadora, relata con datos y documentos la fundación de la nación basada en el exterminio de los indígenas, la persecución de inmigrantes irlandeses e italianos y las dificultades casi insalvables que tienen los perseguidos por regímenes dictatoriales, con la enorme excepción de los cubanos, de quedarse.

Con datos económicos demuestra que los inmigrantes aportan más a la economía que lo que sacan, y que la política de bajar salarios nos los favorece y en cambio beneficia a los empresarios, con la connivencia de los gobiernos. Y así sucesivamente. Es un libro claro, lúcido, que toma los argumentos que no comparte con seriedad y nunca insulta o estigmatiza a los contrarios. Aspira a ser leído por los trabajadores estadounidenses, víctimas de las campañas anti-inmigración de la prensa conservadora y los políticos de derecha.

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Para encontrarme con Avi Chomsky vine al pueblo costero de Salem, a un par de horas de Boston. Salem es famoso por las brujas: en 1692, en un delirio de fanatismo religioso, 25 mujeres fueron acusadas de brujería y ejecutadas. En 1955 se estrenó The  Crucible (Las brujas de Salem), una de las obras más conocidas y representadas del dramaturgo Arthur Miller. Miller transformó el juicio de los puritanos, donde los vecinos de Salem fueron obligados a declarar contra las supuestas brujas con torturas y bajo amenaza de ser acusados ellos también si no lo hacían, en una alegoría de los juicios por comunismo que el senador Joseph McCarthy estaba llevando a cabo en esos años. Desde entonces, la historia sobrevive como símbolo de la barbarie del fanatismo y la persecución, y Salem es visitado por millones de turistas, que se atiborran de souvenirs brujeriles.

El centro de la ciudad, donde está mi hotel, el legendario The Hawthorne, es un laberinto de callecillas donde ya nadie sabe cuáles son las auténticas casas coloniales y cuáles las modernas imitaciones. De los souvenirs no hay duda: casi todos los de plástico.

Aviva me pasa a buscar por The Hawthorne y vamos a tomar café a un bar universitario de las inmediaciones. Pedimos, para ponernos en tema, sendos ‘banana cakes’. Ella me cuenta de su implicación desde la adolescencia con los movimientos de izquierda, y en concreto con la lucha por los derechos de los trabajadores agrícolas mexicanos que llevó a cabo en los setenta el líder sindical César Chaves, a quien muchos consideran el Martin Luther King de los derechos de los inmigrantes latinos.

A los 18 años, en su primer año de universidad, Aviva ya participaba en campañas en las puertas de grandes cadenas de almacenes para que los clientes no compraran verduras de fincas que no aceptaran trabajadores afiliados al sindicato de Chávez. Acabado ese primer año de universidad, dejó las aulas y se incorporó a la lucha. “Fue mi momento de concientización en muchos sentidos; no pensaba en lo que querría hacer en el futuro, sino que vivía el presente”, me cuenta.

En 1987, vuelta a los estudios, Nicaragua atrapa su atención: ve en la lucha contra la dictadura de Somoza el afán de un pueblo pequeño por su liberación y la posibilidad de pelear dentro de Estados Unidos para que su gobierno cambie de política.

“Ni en esa época ni ahora sentí ninguna contradicción entre mis objetivos profesionales y mi trabajo político”, me aclara. Desde entonces, su trabajo para cambiar la política de su país en el mundo se centró en Latinoamérica, “porque era la región más afectada por los políticas norteamericanas”.

En lo académico, se vinculó con latinoamericanistas y por esa época le vino la idea de centrar su trabajo doctoral en la historia de la United Fruit Company. Quiso combinar su lucha política con la investigación asentándose en Nicaragua, pero pronto vio que no tendría las condiciones mínimas para trabajar, y se mudó a Costa Rica.

El tema en que la tesis de Aviva Chomsky innova y marca nuevas vías de investigación es en la relación entre la política de salud de la United Fruit Company y la cultura en ese sentido de los inmigrantes jamaiquinos.

En los documentos encontró un tema fascinante: la compañía se ufanaba de traer la salud, la ciencia, la modernidad al trópico, con sus hospitales, medicinas y médicos importados. Pero las organizaciones de trabajadores, sus líderes religiosos y muchos trabajadores y trabajadoras a nivel individual emprendieron una lucha para liberarse de ese sistema de salud. ¿Por qué estos trabajadores rechazaban el moderno sistema de salud de la compañía?

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Para la compañía, el problema central era la malaria: le hacía perder trabajadores y horas de trabajo, que era lo que le importaba. Pero no estaba dispuesta a emprender las reformas en las casas y habitaciones, en las horas de trabajo, en la alimentación y en las condiciones generales de vida que prevendrían esta enfermedad. Los blancos, bien alimentados y que vivían en sitios salubres y cómodos, casi no sufrían de malaria. A los trabajadores negros les recetaban quinina, pero sólo producía efectos secundarios nocivos: los beneficiosos funcionan cuando el cuerpo está sano.

Los médicos de la compañía, en cambio, promovían cambios de hábitos que iban directamente en contra de la cultura caribeña de las familias de los trabajadores, y en algunos casos, como su insistencia en darle a los bebés leche envasada traída de Estados Unidos en vez de leche materna, era un error médico.

El relato de Chomsky de la lucha, primero desorganizada e individual, luego más orgánica, de los trabajadores contra las imposiciones de salud de la compañía es un avance enorme en la historiografía bananera. Ataca directamente uno de los pocos logros obvios de los que la UFCO podía presumir, al constatar que su amplia y sistemática política de salud estaba basada en premisas equivocadas, tenía bases racistas y etnocentistas, y terminaba siendo ineficiente por no considerar la salud como un problema social.

A finales de los ochenta, Aviva se instaló un año y medio en Costa Rica, hurgó en archivos en San José y viajó muchas veces al Caribe.

“Me sorprendió el nivel de pobreza y destrucción que la compañía dejó de los lugares por donde había pasado”, me dice.

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Caminamos desde la cafetería hasta el puerto y bordeamos la bahía. Me cuenta que anoche estuvo enseñando inglés a un grupo de inmigrantes guatemaltecos, que trabaja en ayuda solidaria a grupos de derechos humanos de esos países, apoyo legal y de integración, como clases de idiomas, y que no ve su investigación como algo diferente de estas tareas de voluntaria y militante.

Sobre el agua, para aprovechar su paso, se alza aún la vieja fábrica textil de la ciudad, abandonada. Aquí trabajaban los inmigrantes colombianos que habían aprendido con las mismas máquinas en fábricas instaladas por la misma empresa en su país. Seguimos caminando y nos topamos con la enorme planta generadora de energía. “En los ochenta recibía carbón de minas de Colombia que destruían bosques, aldeas y dejaban a la gente con el único futuro posible de la emigración”, me explica.

Voy viendo claro esto de las historias laborales interrelacionadas: es como el cuento del aleteo de la mariposa en China que provoca un tsunami en Perú, pero contada por Karl Marx.  De la esquina del mural con García Márquez, Juan Luis Guerra y la maestra, seguimos camino hacia la casa de Avi y su familia.

Es una pequeña pero robusta casa de dos plantas, con piso de madera vieja y muebles rústicos, llena de libros y papales en las mesas, en el suelo, por los rincones. Avi se quita los zapatos y yo la imito. Va a un estante lleno de sus obras y me regala ejemplares de Linked Labor Histories y de They Take Our Jobs! Tiene varias copias de su libro de la UFCO en Costa Rica, pero yo ya lo había comprado por Internet, a precio de oro. 

En la sala hay un piano de madera percudida, vivida. Parece tan rústico como el banco de la cocina y el piso. Me acerco a ver qué aprenden a tocar sus hijos: una sonata de Mozart y Blowin’ in the wind, de Bob Dylan.

Desde la cocina me ofrece té. “¿Qué té quieres?”, me dice en su melodioso acento centroamericano, con un levísimo deje inglés.

Casi sin pensarlo, le digo: “Voy a escribir sobre vos, así que voy a tomar lo mismo que te sirvas, para conocerte mejor”.

Vuelve a sonreír, y aparece con dos jarros de cerámica artesanales. El té es negro, deliciosamente amargo, y nos lo tomamos sin azúcar, sin leche y sin quitar el saquitos. Así, con cada sorbo el sabor es más fuerte. 

[Publicado el 29/3/2014 a las 20:57]

[Etiquetas: Aviva Chomsky, They Take Our Jobs!, Linked Labor Histories, Obreros de las Indias Occidentales y la United Fruit Company en Costa Rica, Gabriel García Márquez, Noam Chomsky, Arthur Miller, The Crucible, Salem]

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La lección susurrada de un gran cronista: con Sergio Ramírez en la Feria del Libro de Costa Rica

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San José, 27 de agosto de 2013. En el Teatro de la Aduana: aprendiendo y departiendo con Sergio Ramírez y Carlos Cortés

La crónica de Sergio Ramírez se llama Abbott y Costello. Es terrible, es sabia, es inolvidable. Cuenta la historia de un joven inmigrante nicaragüense, Natividad Canda, a quien dos perros rottweiler arrinconan en un taller mecánico de Costa Rica.

Canda había entrado a robar. Los perros lo atacaron a tarascones. Durante dos horas, se acercaron los dos guardias de seguridad, el dueño y siete policías, pero ninguno hizo nada por rescatarlo de sus fauces. Canda murió al llegar al hospital, por la sangre que perdió por las 197 heridas de las fauces caninas. En el juicio por su muerte, los jueces dictaminaron por mayoría que no se podía disparar a las bestias, porque se movían más rápido que las balas.

El hecho sucedió en 2005. Siete años más tarde, Sergio Ramírez estudió todos los documentos del juicio, la investigación policial y la cobertura de los medios, entrevistó a expertos en perros, en leyes y en heridas, viajó al pueblo miserable donde creció Canda con nueve hermanos, entrevistó a su madre y a su hermana. En su texto no hay opinión, no hay un solo adjetivo calificativo, no hay una sola expresión de indignación, ni una sola pregunta a la sociedad donde este hecho fue noticia de sucesos y donde nadie parece haberse enterado del veredicto. Todos los acusados fueron absueltos. Tampoco se sacrificó a los perros. Uno se llamaba Abbott; el otro, Costello.

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Sergio Ramírez, el más importante escritor de Centroamérica, había trocado en su juventud una promisoria carrera como novelista por la lucha clandestina contra la dictadura de Somoza. Fue el ministro y la voz de la cultura en el gobierno sandinista, y dignificó el cargo de vicepresidente de Nicaragua de 1984 a 1990. Al terminar su período en la revolución, escribió grandes libros como Margarita está linda la mar (Premio Alfaguara), Castigo divino, Un baile de máscaras, La fugitiva y sus memorias de la lucha, Adiós muchachos. Muchos lo consideran el mejor cuentista en lengua castellana, y vino a la Feria del Libro de Costa Rica a presentar su último libro, el luminoso Flores oscuras. Entre los cuentos de Flores oscuras se erige la crónica Abbott y Costello, una flor extraña con espinas que duelen y un olor a relato clásico.

En la Feria Sergio Ramírez presentó su libro, y sus lectores costarricenses que llenaron la sala entendieron este relato, escrito por un nicaragüense, no como un ataque o un reproche a sus vecinos de Costa Rica, sino como un llamado a recordar y reflexionar juntos. La historia del crimen cometido contra Natividad Canga tiene como contexto un país, Costa Rica, donde desde hace casi un siglo vienen a trabajar cientos de miles de emigrantes de la pobreza del norte. En Centroamérica, la pequeña y humilde Costa Rica es pacífica, funciona, ofrece trabajo y posibilidades de superación. Desde hace un siglo, Nicaragua se levanta un poquito y vuelve a caer, se sume en su pozo, no ofrece futuro a muchos de sus habitantes.

Casi un cuarto de la población de Costa Rica está compuesto por los inmigrantes de Nicaragua, con y sin papales. Y hay mucha xenofobia, insultos, chistes hirientes… incluso una legión de cobardes anónimos usó las redes sociales para hacer chistes cuando salió la noticia del muchacho destrozado por los rottweiler.

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En la Feria tuve el gran honor de compartir una mesa redonda con Sergio Ramírez y el importante escritor costarricense Carlos Cortés. Hablamos de la crónica en Centroamérica, de su ilustre pasado, con los relatos de viaje de Rubén Darío y los “testimonios” de escritores de izquierda como el poeta revolucionario Roque Dalton. Hablamos de su presente y su futuro, de cómo la crónica nos puede servir para contar el camino difícil y duro de este istmo. Escribir sobre temas que duelen con prosa bella, nos instruyó el maestro.

Ramírez, con una generosidad a toda prueba, participó en dos mesas más, con jóvenes cronistas, novelistas, creadores de la región. Impactaba ver al gran escritor entrevistarlos, cuestionarlos, alentarlos y empujarlos para adelante.

Estas eran algunas de las actividades que germinaron en el marco de la Feria la eximia cronista y editora Karina Salguero generó un milagroso espacio de charlas, conferencias, seminarios y talleres. Centroamérica está despierta, y escritores de todos sus países vinieron a compartir ideas, historias y sueños.

En ese espacio, el 29 y el 30 de agosto compartí con una treintena de ávidos contadores de historias un seminario de dos días de Periodismo narrativo. Lo cerré con la lectura y discusión de Abbott y Costello. Cuando terminé de leerlo (el final le hace a uno un nudo en la garganta) se hizo un silencio como el que se produce después de una gran interpretación musical.

Lo vengo leyendo y admirando desde hace años, desde antes de llegar a Centroamérica hace más de 20 años. Pero en la Feria del Libro de Costa Rica, Sergio Ramírez se me hizo más grande, más cercano, más necesario que nunca.

[Publicado el 01/9/2013 a las 19:39]

[Etiquetas: Sergio Ramírez, Abbott y Costello, Flores oscuras, Castigo divino, La fugitiva, Adiós muchachos, Carlos Cortés, Karina Salguero, Feria del Libro de Costa Rica]

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Biografía

Es escritor y periodista, especializado en cultura, sociedad y medio ambiente, y profesor de periodismo.
Nació en Buenos Aires en 1962, estudió sociología y teatro en su ciudad natal, periodismo en Nueva York y reporterismo ambiental en Berlín. Es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Master en Periodismo por Columbia University.
Es profesor de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado en Santiago de Chile, donde dirige el Diplomado en Escritura Narrativa de No Ficción. Entre 1998 y 2016 vivió en Barcelona, donde dirigió por 18 años el Master en Periodismo BCN_NY, organizado por IL3-Universidad de Barcelona y la Universidad de Columbia en Nueva York. Escribe habitualmente para la revista Opera News y el diario La Vanguardia, y colabora con The New York Times en español, La Folha de Sao Paulo y la revista Ñ de Clarín en Argentina.
Herrscher es el autor de Periodismo narrativo, publicado en España por la Editorial de la Universidad de Barcelona, en Chile por SIL-Universidad Finis Terrae, en Argentina por Marea, en Colombia por Ícono y en Costa Rica por Germinal. También es autor del relato de no ficción Los viajes del Penélope, editado por Tusquets Argentina en 2007 y traducido al inglés y publicado por Südpol como The Voyages of the Penelope en 2010, y de la antología de crónicas, perfiles y ensayos sobre música El arte de escuchar (Publicacions UB, 2015).
Actualmente trabaja en Crónicas bananeras, una investigación histórica y crónica de viajes sobre las ‘repúblicas bananeras' de Centroamérica, para Tusquets. Asimismo, dirige la colección Periodismo Activo de Publicacions de la UB, elegida en 2018 como la mejor colección por la Asociación de Editoriales Universitarias.
Es autor de capítulos en los libros La noticia deseada y Soldados de Noé (Argentina), Analizando los medios y la comunicación y Domadores de historias (Chile), y La Crítica y Libro de las palabras (Colombia), entre otros. Trabajó como reportero y editor en el Buenos Aires Herald, la agencia IPS y las revistas Hombres de Maíz y Lateral. Sus reportajes, crónicas y perfiles han sido publicados en medios como La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, Ajo Blanco, El Ciervo, Lateral, Room, Quimera, Gentleman, Gatopardo, Travesías, Etiqueta Negra, Página 12, Perfil, y Puentes.
Ha dado clases y seminarios en Ithaca College (EE.UU.), las universidades degli Studi di Milano (Italia), Colonia (Alemania), Católica de Valparaíso y Finis Terrae (Chile), los masters en periodismo de Clarín/San Andrés (Argentina) y U. Complutense de Madrid/ABC (España). entre otras. Es miembro de la International Associationfor Literary Journalism Studies (IALJS), y fellow del Seminario de Salzburgo y la Inter American Foundation. En 1998 obtuvo el 3er. premio de la Foreign Press Association de Nueva York. 

Blog: www.periodistanarrativo.wordpress.com

 Twitter: @RMHerrscher

 

Bibliografía

 

El arte de escuchar (2015)
Universidad de Barcelona 

Periodismo narrativo (2012)
Universidad de Barcelona

 

Periodismo narrativo (2009)
SIL-Universidad Finis Terrae 

 

 

Los viajes del Penélope (2007)
Editorial Tusquets 

Obras asociadas

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