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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 30 de mayo de 2020

 Roberto Herrscher

Sergio Vila-Sanjuán: Periodista cultural “par excellence”

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En la colección Periodismo Activo de la editorial de la Universidad de Barcelona acabamos de publicar una joyita: “Una crónica del periodismo cultural”, del infatigable Sergio Vila-Sanjuán. Estas son algunas de las razones por las que creo que la presencia de la cultura en los medios sería más pobre sin su talento para crear medios y suplementos, y los debates serían más pálidos sin su tono pausado e irónico. Así lo expliqué en el prólogo de su Crónica.

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Decir periodismo cultural en España es hablar de la larga, fructífera, coherente carrera de Sergio Vila-Sanjuán, siempre y en todas sus facetas aunando calidad, rigor y pasión.

De sus casi cuatro décadas dedicado con pasión y rigor al ancho mundo de la cultura (comenzando en El Correo Catalán y El Noticiero Universal y desde 1987 en La Vanguardia, donde dirige el prestigioso suplemento Cultura/s), Vila-Sanjuan ha sido cronista, entrevistador, ensayista, viajero a sitios lejanos y embajador de su Barcelona. También fue exitoso editor de libros, revistas y suplementos, curador de exposiciones, y comisario del Año del Libro y la Lectura en 2005.

Pero este repaso por sus trabajos y sus días y logros no empieza a pintarnos al personaje. Es en sus libros donde se encuentra la profundidad y la ambición por contar la cultura que siempre lo caracterizó.

Por ejemplo, la exquisita antología Crónicas culturales (Debolsillo, 2004), que incluye la inmersión juvenil en el universo oscuro de Salvador Dalí (“Estoy mejorando mucho: dibujo y escribo una obra de teatro”), entrevistas con titanes como Milan Kundera (“El drama de Europa es Europa Central”), junto con crónicas de la gauche divine, la época en que Barcelona era una pequeña fiesta de la libertad creativa, la cobertura del congreso que en 1987 recordó el mítico encuentro de intelectuales por la república en Valencia cincuenta años antes. El único que repitió, el mítico poeta y ensayista mexicano Octavio Paz, tan entrevistado, brilla certero y memorioso en el espléndido texto del joven periodista.

De este libro, una mina de oro para jóvenes que quieren dedicarse al periodismo cultural, me gustan especialmente el relato del viaje de Sergio con su hija adolescente al Londres de Harry Potter, para un encuentro de J. K. Rowling con sus lectores, una entrevista dramática con Salman Rushdie y un retrato agudo e inspirador del pintor Miquel Barceló.

El arte, las letras, los acontecimientos culturales, la vida de las ciudades en una relación intensa y profunda con sus creadores. Ese es el mundo de estos relatos. ¡Ojalá el mundo de las noticias fuera siempre así!

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Mientras creaba revistas culturales y suplementos y escribía sobre la cultura que importa, Vila-Sanjuán va convirtiendo sus obsesiones en libros. En 2005, a propósito del Año del Libro, publica un imprescindible tomo ilustrado, colectivo, editado a cuatro manos con Sergi Doria, donde periodistas y escritores actuales recorren los sitios de su ciudad por los que pasearon los grandes autores, los rincones que los inspiraron, las casas donde vivieron y las calles que aparecen en sus obras.

Estos Paseos por la Barcelona literaria comienzan, por supuesto, con Cervantes. Por algo Barcelona es la única ciudad real, que aparece con su nombre, en la que entra el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Sigue las huellas de Jacint Verdaguer, de Josep Pla, de George Orwell, de Juan Marsé, de Manuel Vázquez Montalbán, de Mercè Rodoreda y de Carlos Ruiz Zafón.  

Dos años más tarde, cuando Cataluña es el país invitado a la Feria del Libro de Frankfurt, la editorial catalana La Magrana pide al visitante que mejor conoce y más entiende de la meca de los editores, escritores y libreros que explique en casa este mundo sorprendente, donde se cocinan las corrientes y tendencias literarias y se dan a conocer los autores del futuro. Guia de la Fira de Frankfurt per a catalans no del tot informats es un paseo a la vez profundo y ameno, y es una lección para periodistas: cómo dominar un universo complejo y misterioso y exponerlo como si fuera fácil.

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La enorme curiosidad de Vila-Sanjuán lo llevó a completar su obra más ambiciosa: las más de 700 páginas de Pasando página, un pormenorizado y muy ameno recorrido por la edición de libros desde la transición en los setenta hasta comienzos del nuevo siglo. La enorme erudición del autor, su carácter de escritor, periodista, editor y observador del gran mundo de los cambios sociales y el mundillo que se mueve alrededor de los libros lo hizo particularmente idóneo para esta tarea.

En Pasando página se combina una historia de los libros que se publican, los que se venden, los que se leen y los que se discuten a lo largo de las décadas, con los grandes cambios de la sociedad española. Desfilan por el libro cientos de personajes: editores míticos como Jorge Herralde, agentes revolucionarios como Carme Balcells, escritores geniales como García Márquez y Vargas Llosa, críticos, entrevistadores, dueños y directores de diarios y revistas, organizadores de ferias, fiestas, festivales y saraos, premiados y castigados, exitosos y perdedores.

Es fascinante seguir el rico camino que hace entender por qué ciertos autores triunfan en determinadas épocas, y cómo los temas y los tratamientos a la vez son el resultado de cambios culturales, sociales y económicos y también contribuyen a dichos cambios. Nadie había intentado resumir este aspecto esencial de la historia cultural española con tanto conocimiento de causa y capacidad de análisis.

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Y llegamos a Una crónica del periodismo cultural. Ahora Sergio Vila-Sanjuan se interna en su propio oficio, ese que él tanto prestigió. Por estas páginas discurren los afanes divulgadores y polémicos de los grandes ensayistas, desde el Vasari del Renacimiento hasta el Renaissance Man Borges; la forma en que grandes revistas como The New Yorker o prestigiosos diarios como La Vanguardia informan, entretienen y también forman a sus lectores. Caminan por sus anchas alamedas los afrancesados de la España de hace cien años y los exaltados latinoamericanos del boom de hace cincuenta.

En este libro se juntan todos los Sergios Vila-Sanjuán de sus encarnaciones: aquí está el contador de historias, el entrevistador y cronista, el editor y curador, el lector impenitente. Algunos de sus compañeros en este recorrido por su propio oficio fueron sus maestros, otros sus colegas, y otros más han trabajado para él, les ha encargado textos, los ha corregido, y ahora les agradece públicamente su colaboración a que este sea un mundo menos árido, más comprendido, mejor sentido.

Vila-Sanjuán, ciudadano ilustre del país de la cultura, demuestra una vez más que se le aplica ese concepto que suena tan hermoso en catalán: es un auténtico llegraferit. Está herido – o sea: tocado y conmovido – por las letras, por la literatura y las artes y la cultura. Un letraherido que contagia, que mancha: esta crónica es un deleite condensado.

Por todo esto lo honraron este año con el ingreso en la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona. Este texto es una versión de su discurso de ingreso. Pero en la sensibilidad y las bibliotecas de los lletraferits de Barcelona y del mundo, ya había ingresado hacía mucho tiempo.

[Publicado el 21/4/2015 a las 18:43]

[Etiquetas: Sergio Vila-sanjuán, Una crónica del periodismo cultural, Crónicas culturales, Paseos por la Barcelona literaria, Pasando página, Borges, Vassari, García Márquez, La Vanguardia, The New Yorker]

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Tomás Eloy Martínez: El inventor de la realidad

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Se cumplen 20 años de la publicación de Santa Evita y 30 de La novela de Perón, las dos obras maestras de Tomás Eloy Martínez. Su Fundación acaba de anunciar nuevas ediciones de ambas obras, con anexos documentales inéditos. Es un buen momento para recordar al maestro. Yo comencé a recordarlo así, recuperando el día en que lo vi por primera vez.

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El invierno de 1989 fue un tiempo duro en Buenos Aires. Hiperinflación, amenaza de golpe de estado, desabastecimiento, una sensación en el aire de que todo era precario, que la frágil democracia podía caer destrozada en mil pedazos.

A mí me tocó, como a muchos otros periodistas, trabajar a destajo para seis medios a la vez. Había mucho que contar. Buenos Aires era, como casi siempre, una ciudad maravillosa para ser periodista y espantosa para vivir.

Una de las secciones para las que escribía era el suplemento cultural Primer Plano, de Página 12, que dirigía Tomás Eloy Martínez desde su despacho de la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey.

Aquel día llegué para entregar una entrevista. Era todavía la época en que los textos se llevaban en papel, a mano. Esperaba discutir mi texto con los editores, pero nadie notó mi presencia. Todos estaban sentados en silencio en el rincón donde se hacía el suplemento. Nadie se movía. En el centro se sentaba un hombre robusto, canoso, de cara llena y ojos llameantes. El hombre estaba contando una historia.

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Yo llegaba justo en la escena, que debía haber contado muchas veces pero que, como actor y profesor consumado, Tomás Eloy Martínez desgranaba como si le hubiera pasado ayer. Era la famosa historia de cómo despegó su investigación sobre el destino del cadáver de Eva Perón.

Era una de las historias más repetidas y secretas que corrían por el Buenos Aires enfermo de historias increíbles de esos días. La historia de cómo Martínez, que había publicado en 1985 La novela de Perón, su fascinante retrato literario y verídico del General, estaba terminando la novela de Evita. 

Las historias de Evita y de Perón eran difíciles de contar, y Tomás Eloy Martínez lo estaba haciendo de forma oblicua y magistral, entrevistando al anciano general en su residencia de Madrid, compartiendo días y días con él, su nueva esposa, Isabelita, y con el rasputinesco lacayo, el cabo de policía y astrólogo José López Rega.

Esta historia espeluznante comienza así, dentro de la cabeza del general:

“Una vez más, el general Juan Perón soñó que caminaba hasta la entrada del Polo Sur y que una jauría de mujeres no lo dejaba pasar. Cuando despertó, tuvo la sensación de no estar en ningún tiempo. Sabía que era el 20 de junio de 1973, pero eso nada significaba. Volaba en un avión que había despegado de Madrid al amanecer del día más largo del año, e iba rumbo a la noche del día más corto, en Buenos Aires. El horóscopo le vaticinaba una adversidad desconocida. ¿De cuál podía tratarse, si ya la única que le faltaba vivir era la deseada adversidad de la muerte?”. 

Perón estaba volviendo de su exilio, derrotado física y mentalmente pero esperado como una figura sobrehumana, el único que podía salvar a la patria confusa y herida.

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Martínez había nacido en Tucumán en 1934, se había formado en la mejor escuela de periodistas de Sudamérica –el diario La Opinión bajo la tutela del gran Jacobo Timerman. Martínez y otros brillantes jóvenes de su generación siguieron a Timerman en su fundación de la revista Panorama, y desde allí saltó a la fama y al exilio después de cubrir la matanza de 16 guerrilleros en la base aeronaval de Trelew.

Antes aún del golpe del 76 Martínez y estaba exiliado en Venezuela, donde fundó El Diario en Caracas. Allí publicó una serie de ensayos narrativos sobre personajes de la literatura y la historia, captados en el momento de enfrentar el final. Se llamó Lugar común la muerte.

Con una beca se instaló en la Universidad de Maryland y allí fue dando forma a La novela de Perón. Terminó la dictadura, Martínez seguía dando clases en Estados Unidos y viajaba cada tanto a su país, y los jóvenes sobrevivientes lo leíamos con fruición, como uno de los maestros que la dictadura nos había escatimado.

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De esa tarde en la redacción escuchando a Tomás Eloy Martínez recuerdo el extraño efecto de estar ante una gran obra y ante la extrema dificultad para completarla. ¿Cómo contar la historia de Eva?

La esperada salida de Santa Evita se demoró casi seis años más. Cuando llegó a las librerías argentinas, en 1995, fue un éxito sin precedentes. Ya lleva más de treinta ediciones y más de treinta idiomas a los que fue traducida. A casi tres lustros de su publicación, es considerado un clásico de… ¿de qué?

En su ensayo Contar una historia Tomás Eloy intenta responderse: “Desde que intenté narrar a Evita advertí que, si me acercaba a Ella, me alejaba de mí. Sabía lo que deseaba contar y cuál iba a ser la estructura de mi narración. Pero apenas daba vuelta la página, Evita se me perdía de vista, yo me quedaba asiendo el aire. O si la tenía conmigo, en mí, mis pensamientos se retiraban y me dejaban vacío. A veces no sabía si Ella estaba viva o muerta, o si su belleza navegaba hacia adelante o hacia atrás.”

Y así, desde el relato descarnado y poético de la muerte de Eva es que comienza a contarse su vida y la construcción colectiva de su leyenda. “Al despertar de un desmayo que duró más de tres días, Evita tuvo al fin la certeza de que iba a morir. Se le habían disipado ya las atroces punzadas en el vientre y el cuerpo estaba de nuevo limpio, a solas consigo mismo, en una beatitud sin tiempo y sin lugar. Sólo la idea de la muerte no le dejaba de doler. Lo peor de la muerte no era que sucediera. Lo peor de la muerte era la blancura, el vacío, la soledad del otro lado: el cuerpo huyendo como un caballo al galope”.

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En el primer párrafo de La novela de Perón, el general también se despertaba de un sueño que le había hecho pensar en la muerte, pero de uno a otro libro cambió la perspectiva, como si estuviera claro que la distancia entre Perón y su mujer fuera la que va de un gran líder político de su tiempo a un arquetipo atemporal y universal.

Y la prosa de Tomás Eloy Martínez también se depuró, concentró y maduró en esos años, para transformarse en la de un heredero de la precisión y el vuelo de Borges, irónicamente para presentar desde la alta literatura a Evita, el personaje que Borges más odiaba.

Lo genial de La novela de Perón y Santa Evita es que en ellos el periodista lleva su oficio hasta el punto máximo de sus posibilidades. Como reportero de la historia, la huele, hunde sus manos en ella, se mete en los sueños de militares, actrices y sindicalistas y vuelve de su viaje con una verdad más densa y más rica que la que cuentan los demás cronistas.

En 2006 el Fondo de Cultura Económica de México publicó una excelente antología que muestra la enorme amplitud de los temas que trató, su erudición, su sensibilidad, su prosa poética y certera. Se llama La otra realidad, y en el prólogo, la antologista Cristine Mattos postula que en su obra lo real y lo inventado están en permanente diálogo, búsqueda, actividad creativa.

Al acercarse a grandes personajes históricos como Perón y Evita, y también a escritores como Julio Cortázar, Macedonio Fernández o Simone de Beauvoir, su acercamiento imaginativo pero siempre a la búsqueda de una verdad profunda sobre el personaje permite crear una mirada poliédrica, multidimensional.

De los muchos textos de La otra realidad que me atraparon, pocos me produjeron tanta emoción como el último, dedicado a una vecina suya de Highland Park quien, cuando supo que llegaba su hora, invitó a sus amigos a una fiesta para celebrar su muerte.

Jane-Julia decía que quería morir con los ojos abiertos.

Así siento que todo lo miró, hasta el final, este gran escritor. Con los ojos bien abiertos – sus ojos – aprendimos a ver a sus personajes reales e inventados.

Tomás Eloy Martínez murió en Buenos Aires el domingo 31 de enero de 2010, a los 75 años. Para todos los que lo trataron, fue un tipo grande y generoso. Para el castellano, un maestro de la precisión. Para su país, la más dolorosa de las lupas. 

[Publicado el 13/4/2015 a las 18:38]

[Etiquetas: Tomás Eloy Martínez, Santa Evita, La novela de Perón, La otra realidad]

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Ayotzinapa: Seis meses y ni un día de silencio

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Cuarenta y tres estudiantes en  un remoto colegio rural de México. Estudiaban para ejercer el oficio más necesario para construir una democracia: como maestros. Y un alcalde corrupto en connivencia con el narcotráfico los manda matar. Eso pasó hace seis meses en Ayotzinapa.

Estos crímenes vienen produciéndose desde hace dos décadas en el maravilloso y cruel México. Pero algo ha cambiado. Han pasado seis meses y ni un día se han callado las voces que reclaman justicia, verdad y cambio. Primero, los padres y madres de estos normalistas. Recorren el país clamando por sus hijos. ¿Dónde están? ¿Qué les hicieron? ¿Por qué? ¿Quién da la cara?

Con ellos empezó a despertarse el país. Contra el gobierno nacional, del PRI. Contra el alcalde, del PRD. Contra el ex presidente, que prometió apagar el fuego del narco y le echó petróleo, del PAN. Los tres partidos que se reparten el poder mientras el pueblo sufre y el país se hunde. “Todos somos Ayotzinapa”.

Y se despertaron también los periodistas, un colectivo que había permanecido sumiso y callado demasiados años. Ante una Plaza del Zócalo del DF llena, la minúscula figura y la voz quebrada de Elena Poniatowska leyó las mini-biografías de los 43 ausentes que había confeccionado el joven periodista París Martínez. Una leyenda viva del periodismo mexicano se alía con uno de los mejores reporteros de la última horneada.

La generación de Martínez está amenazada: según informes de Reporteros sin Fronteras, es más peligroso ser periodista en México que en Afganistán. Pero siguen en la lucha, han formado equipos y colectivos para investigar, publicar y defender sus derechos.

El que más me impacta es uno formado por mujeres: Periodistas de a pie. En estos días armaron un libro digital para recordar y seguir peleando. Convocaron a periodistas mexicanos y de otros países. Nos pidieron que eligiéramos una foto o una imagen y que escribiéramos un texto breve. La mayoría habla de las víctimas y de sus familiares.

Yo elegí una aguafuerte de Goya, de su tremenda serie Los desastres de la guerra. Se llama Enterrar y callar.

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Francisco de Goya (1746-1828) se hizo famoso con sus perspicaces retratos de la corte de Carlos IV y sus alegres estampas de las costumbres del pueblo, los majos y las majas de Madrid. Pero en sus últimos años, con la vejez y la sordera, amargado y abandonado de los poderosos, se convirtió en el furibundo y lúcido dibujante de los males, las hipocresías y las crueldades de una sociedad injusta.

Primero, los Caprichos: sueños y pesadillas de hambrientos y hastiados, escenas tragicómicas de jovencitas inocentes y viejos libidinosos, burlas precisas de burros con levita y con sotana. No vendió casi ninguno. Después, los Disparates y una serie breve dedicada a la Tauromaquia. Pero los más impresionantes y precursores son los Desastres de la guerra. En ellos Goya se internó en el horror como ningún otro pintor haya hecho antes o después.  

La guerra que le tocó fue la de guerrillas (la primera de la historia) contra el invasor francés en 1908. En Zaragoza, Goya fue testigo directo de los levantamientos del pueblo contra las tropas napoleónicas y la feroz represión de los invasores. En uno de los grabados muestra a una madre que huye con su niño y escribe: “Yo lo ví”. En otro, que muestra a tres soldados que ahorcan a un hombre tirando de sus piernas, pregunta: “Por qué?”

El invasor francés dejó España después de matar y torturar y desmembrar, pero el pueblo no ganó: ganaron los terratenientes y la Iglesia. Estos grabados, una mezcla técnicamente impresionante de aguafuerte y aguatinta, son como todas las grandes obras realistas, documentos históricos de su tiempo y a la vez un grito sobre el todos los tiempos y sobre hoy mismo.

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Dice el académico Sigrun Paas-Zeidler en su comentario a la edición completa de los grabados goyescos que “estos horrores de la guerra, escenas de violaciones, de fusilamientos, carnicerías, mutilaciones, campos sembrados de cadáveres, heridos, muertos, ejecuciones con el garrote, hombres que huyen, saqueos de iglesias”, no presentan en ningún caso escenas de lucha militar. Son el pueblo, es “la experiencia del hombre concreto”.

Goya escribía muy mal: su editor tuvo que poner a un ayudante a corregir los errores ortográficos y gramaticales de los textos que escribía debajo de los grabados. La maestría en contar y en opinar de Goya está en sus oleos y sus dibujos. Pero el título de este grabado, el número 18, muestra la forma en que podía titular con maestría: “Enterrar y callar”.

Goya es insoportablemente actual: en México, el crimen de Ayotzinapa, hoy mismo, tiene el amargo sabor de estos grabados. Goya está en Siria. Y en Gaza. Los cuerpos retorcidos, mancillados. La muerte impúdica. El pudor y la dignidad de los deudos.

 

En la España de Goya y en el México de hoy, este mensaje es elocuente porque dice todo lo contrario de lo que aparenta. Enterrar es desenterrar y callar es gritar. Porque mostrar con la pluma es destapar los crímenes y echar luz sobre los criminales. Y porque dibujar así a las víctimas es gritar su silencio.  

[Publicado el 02/4/2015 a las 17:43]

[Etiquetas: Francisco de Goya, Los desastres de la guerra, Enterrar y callar, Caprichos, Ayotzinapa, Iguala, México, normalistas, Periodistas de a pie]

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Dos voces resuenan en los Alpes

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Retratos de la contralto Maria Radner y el barítono Oleg Bryjak

En las desoladas laderas alpinas se pueden escuchar ya las voces de dos jóvenes cantantes de ópera. Sus cuerpos se hallan esparcidos, perdidos en aquellas escarpadas soledades, pero sus maravillosas voces, desprovistas ya de envoltorio terrestre, se mueven con las ventiscas y los copos de nieve.

María Radner era una contralto alemana de 27 años, cuya carrera estaba despegando. Grandes directores como Zubin Mehta, Christian Thielemann, Simon Rattle y Antonio Pappano la eligieron para cantar sobre todo en las óperas de Richard Wagner.

Su rol preferido, el último que representó en el Liceu de Barcelona dos días antes del vuelo fatal, es el de Erda, la diosa madre de las valkirias, encarnación de las fuerzas de la naturaleza y la sabiduría. La voz de Radner era grave, vigorosa, expresiva al máximo. Conmueve ver hoy en Youtube una muestra de su arte en la canción Morgen, un melancólico adiós a la vida de Richard Strauss.

Se estaba preparando para debutar este verano en el Festival de Bayreuth, la meca del canto wagneriano. Volaba a Dusseldoff con su esposo y su bebé. Seguramente, entre atender al niño y conversar con su compañero de vida, debía estar estudiando una partitura desplegada sobre la mesita del asiento.

Quién sabe si por delante o por detrás en el avión volaba su compañero de reparto Oleg Bryjak, un bajo-barítono de Kazajstán también especializado en Wagner. Oleg, de 54 años, también venía de cantar Sigfrido. Su papel, en el que había ya descollado en Berlín, Londres, Salzburgo y Baden Baden, era el del malvado Alberlich, el nibelungo que roba el oro a las doncellas del Rin y se hace confeccionar el célebre anillo.

Bryjak tenía una apostura viril, una ironía inteligente en la cara redonda y barbuda, una voz bruñida como una campana de bronce, la apostura de un adorable villano. ¿Estaría él también repasando sus próximos papeles, tomando agua, tal vez leyendo un libro en esos últimos minutos sobre las cumbres nevadas?

Entre los 150 muertos del Airbus A340 de Germanwings, dos cantantes de ópera. Los teatros que los tenían contratados deben buscar a nuevos intérpretes. Pero tal vez para los pocos habitantes de esos pueblitos de montaña en los Alpes franceses resuenen entrelazados, por las noches y entre las melodías del viento, los lamentos de estas dos voces profundas y trágicas.

[Publicado el 27/3/2015 a las 09:53]

[Etiquetas: Maria Radner, Oleg Bryjak, Gran Teatre del Liceu, accidente aéreo, Germanwings, Alpes franceses]

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Un regalo inesperado

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Luisa Valenzuela en el Café du Chien qui Fume. Foto de Hugo Pasarello de su proyecto Fotorreportaje inesperado

Todavía no sé por qué merecí este regalo. Nunca había visto a Hugo Passarello Luna, el creativo y generoso fotoperiodista argentino radicado en París. Ni siquiera recuerdo cómo fue que nos hicimos amigos en Facebook. Pero un día me envió por esa vía un mensaje misterioso: quería mandarme una caja, un regalo, una sorpresa. Me pedía mi dirección postal.

Unos pocos días más tarde me llegó un presente hermoso e inesperado: era una cajita de cartón atada con un cordel. Adentro, cintas de papel mullido guardaban las joyas delicadas: una tiza y una piedrita.

¿Una tiza y una piedrita? ¿Para qué pueden servir estos simples adminículos? Obvio: para jugar a la Rayuela. Acompañaban a la caja una pequeña selección de sobres con postales: eran los retratos de unos 70 ávidos lectores de la obra maestra de Julio Cortázar, la novela-río Rayuela publicada en 1963, que se abre como un delta o estuario de múltiples caminos y direcciones.

Yo, que nací unos meses antes que la novela, pasé de mis lecturas de adolescente a las de joven adulto siguiendo a Horacio Oliveira y a la Maga por las calles, las plazas, las bohardillas y los puentes de París. Rayuela es como nosotros, los argentinos: mezcla ideas complejas con sentimientos simples, una deslumbrante retórica y una profunda cultura universal con sentimientos desgarrados y primarios.

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 “¿Por qué Cortázar hoy?”, se pregunta Passarello en la exquisita página web de su proyecto (http://www.hugopassarello.com/rayuela/projet_es.html).

Y se contesta: “El 2014 es un año Cortazariano: se cumplen 100 años de su nacimiento y 30 de su muerte. Quise unirme a la ola de celebraciones y hacer un reportaje para descubrir a sus lectores y a la ciudad donde escribió gran parte de sus obras.

“Pero ¿cómo hacer un trabajo periodístico inesperado sobre un narrador de historias inesperadas? ¿Cómo evitar repetirse haciendo siempre las mismas entrevistas y los mismos artículos, recorriendo una y otra vez los mismos ángulos? Intenté una respuesta apoyando la narración sobre tres ejes: visual, lúdica y participativa.”

Passarello tardó un año (de mediados de 2013 a mediados de 2014) en juntar a los setenta voluntarios, hacerlos cómplices del proyecto, y armar un mapa tripartito del mítico París del Cronopio Mayor: Los personajes (escritores, artistas plásticos,  músicos, estudiosos de la literatura, las artes y la historia de ambas orillas del Sena y del Atlántico) eligieron un fragmento de Rayuela donde se menciona un rincón de París.

En las postales, por el lado B aparece el fragmento en cuestión junto con un texto donde el personaje explica por qué lo eligió y qué significa para ella o para él.

Del lado A de cada postal, Hugo Passarello les hace un retrato en el sitio elegido: la novelista Luisa Valenzuela en el Café au Chien qui Fume; el dibujante Rep en la Rue Danton; el bailarín de tango Coco Díaz en la Rue de Tombe Issoire; el pintor Rubén Alterio en el Café de la Paix; el periodista francés Rafaël Proust en la Rue Hermel; la mimo española María Cadenas en el Pont Marie; Mario Goloboff, biógrafo de Cortázar, en la Madeleine.

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¿Por qué? Cada lector tiene su razón. Alberto Manguel quiso posar en la esquina en la que Cortázar empezó a mostrarle su París. Otros buscaron lugares donde pasan cosas que les son cercanas en el libro. Unos más, sitios que les gustan, les importan, les afectan de la ciudad de ciudades.

Miguel Vitagliano posa con cara de pregunta y las manos en los bolsillos de unos vaqueros ajados frente a la estación de Saint-Lazare.

En la cara B de la postal, un fragmento del Capítulo 19 de Rayuela: “Oliveira cebó otro mate. Había que cuidar la yerba, en París costaba quinientos francos el kilo en las farmacias y era una yerba perfectamente asquerosa que droguería de la estación de Saint-Lazare vendía con la vistosa calificación de ‘magé sauvage, cueilli par les indiens’, diurética, antibiótica y emoliente”.

Al lado de esta cita, el texto de Vitigliano: “La primera vez que leí Rayuela el hábito del mate me resultaba una costumbre ajena; lo mismo seguí pensando a lo largo de sucesivos encuentros con la novela a través de los años. El episodio del capítulo 19 siempre se me cayó del recuerdo, no estaba entre los más vistosos. Quizá por eso elegí ese lugar, para no olvidar lo que se olvida.”

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Para no olvidar, Julio Silva, el gran amigo de Cortázar, eligió el único lugar que no figura en Rayuela: la tumba del escritor en el cementerio de Montparnasse. Pero se está yendo; aparece de espaldas, apoyado en un bastón.

¿Por qué este lugar?, le pregunta, como a todos, el fotógrafo. “Es un lugar que frecuento cuando la nostalgia se ampara de mis recuerdos.”

¡Muchas, muchísimas gracias, Hugo! Estoy tan orgulloso y feliz por tener la caja número 51, con mi tiza y mi piedrita. Todavía no la tiré pero siento que estoy un poco más cerca del cielo y más lejos de la tierra. 

[Publicado el 01/3/2015 a las 20:13]

[Etiquetas: Julio Cortázar, Rayuela, Fotorreportaje inesperado, Hugo Passarello, Luisa Valenzuela, Julio Silva, Miguel Vitagliano, Mario Goloboff]

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Francisco Goldman y la novela ‘real’ de un crimen político

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Estas semanas me acordé de uno de los mejores libros de periodismo narrativo de la última década: El arte del asesinato político, de Francisco Goldman.

Se acaba de dictar sentencia en Guatemala por uno de los peores crímenes de la cruenta guerra civil de 36 años que sufrió ese país en el siglo pasado: el asesinato de 37 personas en la embajada española hace 34 años. El jefe de policía de la dictadura de entonces ordenó prender fuego al edificio y no dejar salir a los campesinos que lo habían tomado para exigir justicia por masacres anteriores. El general Pedro García Arredondo fue condenado. También fue condenado el año pasado el dictador José Efraín Ríos Montt por genocidio de una etnia indígena.

La posibilidad de justicia en esta nación bella y castigada comenzó con el histórico juicio por la muerte del obispo Juan Gerardi, masacrado con una piedra dos días después de presentar el completo informe de las violaciones a los derechos humanos producidas durante la guerra, casi todas por los militares. Ese gran libro es más necesario que nunca para entender lo que está pasando hoy en esa parte del mundo, y también para recordarnos qué buena literatura se puede hacer contando, explicando y sacando conclusiones de una historia real.

Goldman produjo después una novela de hechos ciertos aún más deslumbrante, pero en este caso de carácter autobiográfico: Dí su nombre es el lamento por la temprana muerte de su esposa, la escritora mexicana Aura Estrada, el refugio de la memoria para soportar la pena y la lucha contra el olvido.

En la cercanía Goldman (tan guatemalteco como estadounidense, que escribe en un inglés que de tan cuidado parece fluir libre, y donde cada verbo y cada adjetivo dan siempre en el blanco) es un tipo divertido, mordaz, asiduo de los chistes y los despistes. Pero sus libros tienen la carga dolorosa y el aliento clásico de las tragedias griegas.                    

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Quienes lean El arte del asesinato político, la apasionante disección de la podredumbre moral de los grupos de poder en Guatemala que Anagrama publicó en España en 2009, se encontrarán, en una prosa diáfana y poética, con el relato de una muerte, una investigación, un juicio y sus consecuencias.

Combinando las herramientas y la infinita paciencia de un rocoso periodista de investigación con las dotes literarias y la sensibilidad de un gran narrador, el guatemalteco-norteamericano Francisco Goldman se abocó a la tarea de atar todos los cabos sueltos y encontrar a todos los personajes del sórdido ‘caso Gerardi’. Le tomó ocho años. Su libro justifica y premia tamaño esfuerzo.

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Este fue el ‘caso Gerardi’: En 1998, tras décadas de abusos militares e impunidad, la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado (OHDA) de Guatemala sacó a la luz un pormenorizado informe de los crímenes, cometidos príncipalmente contra la población indígena. Dos días después de la presentación del documento, el obispo Juan Gerardi, quien coordinó la investigación, apareció muerto a golpes en el garaje del arzobispado.

Las usinas de los rumores y la desinformación se pusieron rápidamente en funcionamiento: un crimen pasional entre homosexuales, una banda de delincuentes juveniles… hasta hicieron viajar a Guatemala a un extraño profesor español quien sostuvo la hipótesis de la participación en el crimen del viejo perro del cura que vivía en la casa parroquial.

Tres años más tarde, cuando comenzó el juicio, los acusados no eran los ‘sospechosos habituales’: pertenecían a la élite de inteligencia del ejército, una casta nunca tocada por la justicia guatemalteca. Sorprendentemente, los militares y sus cómplices fueron condenados pese a las presiones – a veces violentas – y el ruido mediático. Los condenados apelaron, hubo más presiones, y la corte ratificó la condena. “Durante medio siglo el mundo clandestino militar había parecido inexpugnable”, explica Goldman al final de su libro. “El caso Gerardi abría un camino para penetrar esa oscuridad”. 

*          *          *

Este es, por lo tanto, un drama judicial, donde el tenaz reportero sigue a los investigadores, descubre por su cuenta hechos desconocidos y personajes insólitos, cae en trampas y encuentra finalmente la luz. Su estructura, similar a la de Todos los hombres del presidente, de Bob Woodward y Carl Bernstein, sigue el camino de las entrevistas del autor y de los descubrimientos de los fiscales y de los abogados de la OHDA, todos jóvenes, muertos de sueño y hambrientos de justicia. Es una historia de lucha por llegar a una verdad peligrosa.

En el camino aparecen unos ‘villanos’ sorprendentes, conocidos del lector español: los periodistas Maite Rico y Bertrand de la Grange, autores de un libro anterior sobre el tema (¿Quién mató al obispo?). Goldman los presenta como parte del cuartel mediático que busca alejar las culpas del estamento militar.

Y en ese campo coloca a otro viejo conocido: el novelista Mario Vargas Llosa, en su vertiente de comentarista político, quien publicó una columna defendiendo – y apoyando con su prestigio – la tesis de Rico y la Grange tras la sola lectura del libro de éstos.

Pero los personajes principales de El arte del asesinato político son otros: son los generales, tenientes, cabos e informantes que forman la tenebrosa estructura de un ejército legendario en América Latina por su violencia y su impunidad. Y son los fiscales, abogados, luchadores por los derechos humanos y periodistas que los desafiaron a través de este caso histórico.

El libro de Francisco Goldman – que comenzó como una investigación para la revista New Yorker – se lee hoy como una trepidante novela de investigación, peligro y suspense.

 Francisco Goldman: El arte del asesinato político. ¿Quién mató al obispo? Anagrama Crónicas. 528 págs. 

[Publicado el 14/2/2015 a las 13:09]

[Etiquetas: Francisco Goldman, El arte del asesinato político, Dí su nombre, Juan Gerardi, Guatemala]

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Descenso al abismo de la pesadilla japonesa

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El exitoso novelista japonés Haruki Murakami, mencionado insistentemente como candidato al Nobel de literatura, publicó en 1997 Underground, un reportaje periodístico sobre los atentados con gas sarín en el metro de Tokio. Ahora lo publica en español su editorial de siempre, Tusquets. Con su elegante ribete negro, el libro se parece a cualquiera de sus grandes novelas. Y en cierta forma, lo es.

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 “Es 20 de marzo de 1995. Lunes. Una mañana agradable y despejada de principios de primavera. El viento aún es fresco y la gente sale a la calle con abrigo (…) Uno de esos días imposibles de diferenciar en el transcurso de una vida, calcado a muchos otros hasta que cinco hombres clavan la punta afilada de sus paraguas en unos paquetes de plástico que contienen un líquido extraño….”

Estamos en el prólogo de Underground, una doble colección de entrevistas a propósito de lo que pasó esa mañana en cinco estaciones de metro y una de tren en el agitado hormiguero subterráneo de la capital japonesa.

La primera parte, que Murakami publicó como libro dos años después del atentado, es un emotivo viaje al desconcierto, el miedo y las secuelas físicas y psicológicas de la experiencia. Con la pericia de un fogueado periodista profesional pero también con el oído atento a la frase que ‘pinta’ al personaje que habla o que abre la puerta a un mundo oculto, el novelista se acerca a los sobrevivientes y les pregunta qué les pasó ese día y los siguientes.

En la letanía de minucias domésticas y burocráticas (como era temprano en la mañana, la mayoría eran trabajadores de rango bajo y medio y estudiantes, como en los trenes de Atocha en 2004), Murakami traza un sosegado panorama de la mente del trabajador medio en el Japón de finales del siglo XX. El valor inmenso de tener un trabajo, aunque sea mal pagado y de desesperante repetición. La mayoría de los viajeros, por ejemplo, estaban llegando al menos una hora antes a sus oficinas.

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A partir del momento en que huelen algo fuera de lo normal (ninguno sabe qué es), las historias se vuelven terroríficas, y el modo púdico, despojado de Murakami de entrevistarlos nos permite atisbar en el horror que puede acechar en el momento más banal. Su última pregunta siempre se refiere a qué sienten por los miembros de la secta Aum y su mesiánico líder Shoko Asahara. De las respuestas surge un verdadero tratado práctico de reacciones ante un ataque injusto e incomprensible, desde el deseo de venganza, el perdón como forma de seguir adelante o la absoluta imposibilidad de pensar en los perpetradores.

De lejos, la entrevista más impactante es la de Shizuko Akashi, que como otros, es un seudónimo. Akashi había dedicado todas sus energías al trabajo, o formó una familia y ahora estaba al cuidado amoroso de su hermano. Sus gravísimas secuelas le impiden hablar con claridad y se mueve con mucha dificultad. Muchas de las cosas que dice en su media lengua las debe traducir el hermano. Pero Murakami logra anudar con ella una conexión profunda, donde el sentimiento llena de sentido sus monosílabos.

“Durante el proceso de escritura de este libro he pensado mucho en la que en mi opinión es la gran pregunta: ¿qué significa estar vivo?”, se plantea el escritor. “Si yo estuviera en la piel de Shizuko, ¿tendría la misma fuerza de voluntad,  esa fuerza impresidndible para estar vivo? ¿Tendría su coraje, su perseverancia, su determinación? ¿Podría tomar la mano de alguien con esa misma calidez? ¿Me salvaría el amor de los demás? No lo sé. Sinceramente, no estoy seguro”.   

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La segunda parte surge de una serie de entrevistas que una revista de actualidad encargó a Murakami posteriormente: son seguidores de Aum, todos de rango medio y bajo. Aquí el libro se torna más complejo, más oscuro: estos fanáticos tímidos y correctos son espeluznantes.

En un breve instante el autor abre una puerta: tal vez estos hombres y mujeres dispuestos a seguir a un líder demente hasta matar o morir sean una puerta para pensar en esa sociedad japonesa que se lanzó a la conquista sangrienta de Asia en la Segunda Guerra Mundial. Como a los japoneses de los cuarenta, los atenaza un extraño y poderoso deseo de dos cosas aparentemente irreconciliables: el ceder totalmente el discernimiento y la voluntad a una voluntad superior, y al mismo tiempo el encontrar un oasis de espiritualidad en un mundo yermo de materialismo.

Underground es un relato verídico de un hecho que sucedió en las antípodas y hace casi dos décadas.  Pero como lo cuenta el gran novelista Haruki Murakami, es una fuente de pesadillas y preguntas para el aquí y el ahora, y para siempre. 

[Publicado el 23/1/2015 a las 12:18]

[Etiquetas: Haruki Murakami, Undreground, Tokio, Secta Aum, gas sarín, periodismo narrativo, historia oral]

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Lo que comenzó con el asesinato de Theo Van Gogh

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Ayer Jeannette Bougrab, la viuda del director de Charlie Hebdo dijo en televisión que su marido sabía que lo iban a matar “igual que a Theo Van Gogh”.

¿Nos acordamos del brutal asesinato hace una década del iconoclasta creador holandés, cuyo asesinato comenzó una era nueva y turbia en Europa? Hoy quiero compartir con ustedes las respuestas que encontré y las preguntas que me hago desde entonces tras leer la estupenda crónica/ ensayo Asesinato en Ámsterdam, del pensador de los Países Bajos Ian Buruma.

Su pregunta central es: ¿Cómo un joven “integrado” en un país abierto y laico podía convertirse en un asesino sanguinario?

Como en muchos otros casos, el encargo de Cultura/s de La Vanguardia de hacer la crítica del libro de Buruma, en la estupenda traducción de Mercedes García Gamilla, me abrió los ojos a una realidad desconocida por mí y por muchos allá por 2007.

Hoy, con estupor, recuerdo ese libro y cómo lo leí entonces. Y me parece más comprensible pero no menos atroz la matanza en la revista tan insultante y satírica como las películas y los exabruptos de Van Gogh. ¿Dónde está el límite? La sátira es necesaria para la salud democrática. Donde no se acepta la sátira, no hay libertad. El insulto no es necesario, y muchas veces es mejor evitarlo, pero quien busca prohibirlo y castigarlo, por lo general lo que pretenden es impedir la crítica, y con ella el pensamiento independiente.

Esta es aquella historia, sin la cual no se entiende cómo llegamos a esto.   

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Ian Buruma, ensayista y periodista de origen holandés, dejó el país de su plácida infancia para sumergirse en el torbellino de Asia y el estrépito de Norteamérica. De la experiencia de sus viajes por las fronteras culturales de hoy construyó relatos y análisis en un estilo vivaz, erudito e irónico, que desgrana regularmente en las revistas New Yorker y New York Review of Books. En ellos cuenta y analiza los grandes cambios político-culturales del mundo. Sus preguntas no se refieren a la noticia – qué acaba de pasar –  sino a las corrientes profundas – qué nos está pasando –.

Tal vez la pregunta más actual y acuciante de sus últimos textos es por qué arrecian las incomprensiones y desencuentros entre Oriente y Occidente en la era de la globalización. Mientras aumentan en el mundo los viajes, se aceleran las noticias, se masifica la educación y se intercambian más bienes y servicios, crece en igual medida el odio y la desconfianza. De la docena de libros de Buruma, se pueden encontrar sus ideas en castellano en los influyentes Occidentalismo: breve historia del sentimiento antioccidental y Anglomanía, una fascinación europea

En 2004, y después de recorrer tanto mundo, Ian Buruma se vio compelido a volver a casa. De pronto, todas sus preguntas se concentraron en la otrora somnolienta Holanda.

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El 2 de noviembre de 2004, en una tranquila calle de Ámsterdam sucedió un hecho de sacudió las conciencias de Europa y gran parte del mundo. Ese día, Mohammed Bouyeri, un joven ciudadano de los Países Bajos de origen marroquí, que hablaba y pensaba en holandés, asesinó al cineasta Theo Van Gogh. El ‘crimen’ de Van Gogh (bisnieto del hermano y albaceas del famoso pintor) había sido filmar con la somalí disidente del Islam Ayaan Hirsi Ali una breve película contra el maltrato de la mujer musulmana. Una escena del film muestra un cuerpo femenino desnudo cubierto con versos del Corán. Van Gogh, un deslenguado y cáustico crítico de fundamentalistas cristianos, judíos e islámicos, buscaba sacudir, incluso insultar, pero jamás pensó que el exabrupto podía costarle la vida.

Bouyeri era un perdedor del sistema, humillado y radicalizado hasta la exasperación, que se entretenía mirando escenas de decapitaciones de ‘infieles’ que bajaba de páginas web islámicas en inglés (no entendía el árabe). Ese 2 de noviembre se bajó tranquilamente de su bicicleta, acribilló al cineasta, decapitó su cadáver y dejó en su cuerpo un mensaje: un papel con amenazas de muerte contra Ayaan Hirsi Ali clavadas en un cuchillo. Pero hasta el mensaje estaba escrito en correcto holandés.

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Buruma viajó a Holanda por encargo de la revista New Yorker. No fue, obviamente, para averiguar quién mató a Theo van Gogh. El porqué del crimen no era tampoco su pregunta principal. El autor se abocó a entender qué había pasado allí desde que él y Van Gogh, dos niños holandeses en la misma época de La Haya, jugaban en la calle, sin miedos ni preocupaciones.

Asesinato en Ámsterdam es el relato de un viaje de descubrimiento, de reencuentro y de perplejidad. Es un permanente ida y vuelta entre el relato de los diálogos con sus entrevistados y el recurso del ensayo para dialogar con sus lectores. Con ese método socrático, Buruma penetra en una sociedad indigestada con el recuerdo no resuelto de la Segunda Guerra Mundial y el exterminio de una parte de la sociedad holandesa: los judíos integrados. Tras el Holocausto, la tolerancia y la no estigmatización del ‘otro’ se convirtieron en los credos de la posguerra.

Pero Buruma descubrió, tras hablar con decenas de holandeses viejos y nuevos, que el modelo abierto, tolerante, de respeto a las costumbres de los ‘nuevos ciudadanos’ que practicó Holanda desde el comienzo de la inmigración en los años 60 se ve ahora amenazado por la ola de integrismo musulmán y el uso que hacen ciertos grupos de inmigrantes de las libertades de la democracia para desafiar el sistema en sus mismas bases.

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¿Cuál es la solución? ¿Qué camino tomar? ¿De quién es la culpa de la tragedia de Van Gogh y Bouyeri?

Y tal vez la pregunta más espinosa para los psicólogos, sociólogos, historiadores y políticos con los que habló el autor: ¿Por qué una gran parte de los marroquíes de segunda generación, acogidos por el estado de bienestar y educados en la mullida cultura integradora del sistema imperante no se sienten parte del país donde viven? ¿Por qué algunos de ellos se rebelan tan violenta y brutalmente?

Buruma se lo pregunta a la madre de Van Gogh, a Hirsi Ali, a inmigrantes musulmanes de diversas persuasiones, a expertos y amigos que representan segmentos de la ‘voz de la calle’. Lo seguimos en sus caminatas y desvelos, y vamos con él armando un extraño puzzle que no parece tener una sola forma de resolverse. Estas historias holandesas de integración y desencuentros, contadas con nervio y elegancia, sirven para debatir temas urgentes en todas las sociedades, y se leen con inquietante reverberación en la Europa de hoy.

[Publicado el 10/1/2015 a las 18:13]

[Etiquetas: Theo Van Gogh, Ian Buruma, Asesinato en Ámsterdam, Hirsi Ali, Charlie Hebdo]

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Reivindicación del crítico

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Muy pocas veces los críticos somos la noticia. Cuando lo somos, no suele ser  para nada bueno. Por eso me impresionó el artículo que publicó Fernando Navarro en El País el 28 de diciembre (día de los inocentes, cuándo no) de 2014. 

En el artículo habla de La nostalgia ya no es lo que era, una antología de críticas de rock, además de películas y libros, de Ignacio Julià, periodista durante tres décadas en medios como El País, La Vanguardia, Rockdelux y la revista muy particular que fundó, Ruta66.

El artículo me atrapó desde el comienzo, porque en pocas líneas explica algunos de los puntos centrales de la experiencia de un crítico, sea de lo que sea. Uno de los asuntos principales de La nostalgia ya no es lo que era es preguntarse por el papel del crítico musical en la actualidad”, escribe Navarro.

En su libro, Julià asegura que la figura del crítico ha quedado sepultada “en un océano de opinadores espontáneos”.

Y cita una opinión de Julià que me parece toda una declaración de principios: “Me parece muy saludable aunque esto haya rebajado nuestro perfil profesional. Quiero pensar que la experiencia será un lastre pero también una ventaja frente a las nuevas generaciones. En estos tiempos de acceso total e inmediato a la cultura, el criterio de quien ha visto solaparse las décadas y los movimientos musicales puede ser valioso para navegar por la abundancia indiscriminada y el continuo reciclaje del pasado”.

No suelo escuchar la música que emociona a Julià, la que lo mueve a escribir sus críticas feroces y sus elegías encendidas, pero a partir de este artículo me lancé a leer sus textos.

Habla de rock, sí. Pero como todo buen crítico, como todo buen escritor, habla de lo que separa la emoción verdadera del consumismo vacío, lo que nos permite seguir imaginando mundos mejores, y nos habla de la experiencia de estar vivos y del miedo a la muerte, del amor y de la soledad.

No solo comenta una gran cantidad de canciones que le llegan al alma y el retumban a la altura del ombligo, sino que usa esas canciones para hablarnos de todo lo que nos importa.  

Esto decía cuando presentaba en España la música de Sonic Youth: “Si realmente quieres saber cuál es el sonido de 1987 sal a la calle y tírate bajo las ruedas de un camión. O zambúllete en el nuevo disco de Sonic Youth”. 

Confieso que no me termina de dar ganas de escuchar a Sonic Youth. Pero me da ganas, y muchas, de seguir leyendo al crítico.  

[Publicado el 02/1/2015 a las 16:00]

[Etiquetas: Ignasi Julià, La nostalgia ya no es lo que era, Fernando Navarro, Sonic Youth]

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Tres libros favoritos para la Navidad de 2014

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El suplemento Cultura/s de La Vanguardia me pidió mis recomendaciones navideñas. Me di cuenta de que muchos de los libros que había leído este año o no estaban publicados en España o no eran de la cosecha 2014.

Pero en la alta pila de los libros recién leídos (algo menos alta que la de los libros por leer) encontré estas tres joyas con las que disfruté mucho este año. Las tres son, como corresponde, obras de periodismo narrativo.

Lo más difícil fue atenerme al espacio, digno de un haiku. Les comparto el ejercicio; me costó mucho estrujarme tanto y estoy orgulloso. Y porque estos libros lo merecen.

1.     Javier Cercas: El impostor (Random House)

 El autor de Soldados de Salamina sigue al farsante Enric Marco, que se inventó como sobreviviente de un campo de concentración nazi para personificar el pasado glorioso que España quería ver en el espejo. El libro alterna la historia real de Marco, tal como investigó el novelista con saña y vigor, con ensayos sobre la verdad y la mentira, sobre la memoria histórica y la memoria personal, sobre el sentido y la construcción del pasado. Al final, Cercas descubre que el Marco de verdad es más interesante que el otro, porque es la imagen poco heroica pero mucho más real de nuestro pasado.

 2.     Albert Londres: Obra periodística completa, Vol. 1 (ECC)

 El padre del grand reportage francés (1884-1932) inventó el relato cierto de investigación y de denuncia. Denunció especialmente los abusos del colonialismo y la situación en las cárceles y en las redes de tráfico de mujeres. Lo acusaron de traidor por desenmascarar las lacras de su orgulloso país. Encontró en el relato de viaje su vehículo perfecto para narrar el nacimiento y desarrollo de su perplejidad e indignación: el viaje a los horrores de la modernidad. Jaime Rodríguez rescata tres de sus crónicas (El judío errante ha llegado, Los pescadores de perlas y Tierra de ébano), y así, con este primer volumen, comienza de la valiosa publicación de sus obras completas.   

 3.     Diego Fonseca: Hamsters. Una casa con historias que ruedan (Libros del KO)

 The Irene es un señorial edificio de Washington donde se cruzan las historias de una limpiadora guatemalteca, un constructor ruso y los fantasmas de residentes y visitantes como John F. Kennedy, Jorge Luis Borges y Barack Obama. El joven periodista argentino Diego Fonseca encuentra en The Irene un lugar de encuentros de épocas, sensibilidades, orígenes y miradas, y una metáfora de un país en permanente construcción. Es la historia de EE.UU. que se eleva en una fascinante Torre de Babel que cuenta su propia historia. 

[Publicado el 17/12/2014 a las 22:02]

[Etiquetas: Javier Cercas, El impostor, Albert Londres, El judío errante ha llegado, Pescadores de perlas, Tierra de ébano, Diego Fonseca, Hamsters, ]

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Biografía

Roberto Herrscher es escritor y periodista, especializado en cultura, sociedad y medio ambiente, y profesor de periodismo.
Nació en Buenos Aires en 1962, estudió sociología y teatro en su ciudad natal, periodismo en Nueva York y reporterismo ambiental en Berlín. Es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Master en Periodismo por Columbia University.
Es profesor de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado en Santiago de Chile, donde dirige el Diplomado en Escritura Narrativa de No Ficción. Entre 1998 y 2016 vivió en Barcelona, donde dirigió por 18 años el Master en Periodismo BCN_NY, organizado por IL3-Universidad de Barcelona y la Universidad de Columbia en Nueva York. Escribe habitualmente para la revista Opera News y el diario La Vanguardia, y colabora con The New York Times en español, La Folha de Sao Paulo y la revista Ñ de Clarín en Argentina.
Herrscher es el autor de Periodismo narrativo, publicado en España por la Editorial de la Universidad de Barcelona, en Chile por SIL-Universidad Finis Terrae, en Argentina por Marea, en Colombia por Ícono y en Costa Rica por Germinal. También es autor del relato de no ficción Los viajes del Penélope, editado por Tusquets Argentina en 2007 y traducido al inglés y publicado por Südpol como The Voyages of the Penelope en 2010, y de la antología de crónicas, perfiles y ensayos sobre música El arte de escuchar (Publicacions UB, 2015).
Actualmente trabaja en Crónicas bananeras, una investigación histórica y crónica de viajes sobre las ‘repúblicas bananeras' de Centroamérica, para Tusquets. Asimismo, dirige la colección Periodismo Activo de Publicacions de la UB, elegida en 2018 como la mejor colección por la Asociación de Editoriales Universitarias.
Es autor de capítulos en los libros La noticia deseada y Soldados de Noé (Argentina), Analizando los medios y la comunicación y Domadores de historias (Chile), y La Crítica y Libro de las palabras (Colombia), entre otros. Trabajó como reportero y editor en el Buenos Aires Herald, la agencia IPS y las revistas Hombres de Maíz y Lateral. Sus reportajes, crónicas y perfiles han sido publicados en medios como La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, Ajo Blanco, El Ciervo, Lateral, Room, Quimera, Gentleman, Gatopardo, Travesías, Etiqueta Negra, Página 12, Perfil, y Puentes.
Ha dado clases y seminarios en Ithaca College (EE.UU.), las universidades degli Studi di Milano (Italia), Colonia (Alemania), Católica de Valparaíso y Finis Terrae (Chile), los masters en periodismo de Clarín/San Andrés (Argentina) y U. Complutense de Madrid/ABC (España). entre otras. Es miembro de la International Associationfor Literary Journalism Studies (IALJS), y fellow del Seminario de Salzburgo y la Inter American Foundation. En 1998 obtuvo el 3er. premio de la Foreign Press Association de Nueva York. 

Blog: www.periodistanarrativo.wordpress.com

 Twitter: @RMHerrscher

 

Bibliografía

 

El arte de escuchar (2015)
Universidad de Barcelona 

Periodismo narrativo (2012)
Universidad de Barcelona

 

Periodismo narrativo (2009)
SIL-Universidad Finis Terrae 

 

 

Los viajes del Penélope (2007)
Editorial Tusquets 

Obras asociadas

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