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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 30 de mayo de 2020

 Roberto Herrscher

And the Oscar goes to… Il Maestro Ennio Morricone

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En el usualmente modesto rubro de la música para películas, este año los Oscar fueron como un duelo al sol en la polvorienta calle principal del pueblo del Lejano Oeste.

A un lado, la cantina; al otro, el banco y la oficina del sheriff. En medio de la calle, a punto de desenfundar, los duelistas. Uno es el indiscutible genio de la música de Hollywood del último cuarto de siglo: John Williams. Del otro, el más grande músico europeo de la historia del cine: el italiano Ennio Morricone.

Seguro que nunca volveremos a ver un duelo igual.   

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Williams volvía a su pasado glorioso (la séptima entrega de Star Wars), pero Morricone, de 87 años (cuatro más que su rival) se lanzaba a un desafío nuevo: poner música a la visión postmoderna, irónica, sangrienta de la última de Quentin Tarantino.

Para reinventar el Western en Los odiosos ocho, Tarantino contrató como músico al genial inventor del sonido de las películas con las que Sergio Leone inventó el Spaghetti Western. Estoy hablando de Por un puñado de dólares, El bueno, el malo y el feo, Érase una vez en América y Hasta que llegó su hora, entre otras.

Entre sus más de 500 bandas sonoras para películas, series y programas de televisión, Morricone creó temas tan recordados como la delicada melodía para oboe de La misión o la letanía dulce para saxo de Cinema Paradiso.  La música para cine de Morricone es muy distinta a la de Williams.

Los dos son genios, tal vez los Mozart y Beethoven o los Verdi y Wagner de nuestro tiempo. Pero mientras el fuerte de Williams es lo grandioso, lo marcial, lo que enaltece, lo que nos canta, la música de Morricone se nos mete sutilmente, como una melodía que podemos cantar nosotros. O silbar, como los temas principales de Por un puñado de dólares o de El bueno, el malo y el feo.

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A diferencia del pistolero a quien se enfrentaba, Morricone nunca había ganado un Oscar por la partitura de una de sus centenares de películas, aunque fue nominado seis veces. Sí le dieron un Oscar honorífico a toda su trayectoria. Pero es increíble que el mejor músico de cine que produjo Europa no lo hubiera ganado por una banda sonora.

La asombrosa belleza sonora de Los odiosos ocho era la ocasión ideal: era su vuelta al Oeste, que no podemos imaginar hoy sin su música, y era su gran regreso, tras Kill Bill, a la alianza con Tarantino, el viejo niño terrible de Hollywood.

And the Oscar goes to… Il maestro Ennio Morricone. El primero que le dio un abrazo fue Williams, sentado a su lado en el palco. En un italiano cascado, como el que imita Brando en El Padrino, Morricone empezó diciendo que su “tributo” iba para los otros nominados y en especial “el estimado John Williams”.

El segundo tributo, a Tarantino. “No hay gran música de película sin una gran película”. El tercero, a su esposa María.

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Puedo escuchar el tema final de Cinema Paradiso cien veces seguidas y me emociona siempre. Oigo los silbidos del Oeste en las películas de Sergio Leone y se me dibuja una irónica sonrisa a lo Clint Eastwood. Camino por una selva tropical y me empieza a zumbar, como una mariposa de música, el oboe de La Misión.

Gracias, maestro. Y cuánto tardó.   

[Publicado el 29/2/2016 a las 10:36]

[Etiquetas: Ennio Morricone, John Williams, The Hateful Eight, Los odiosos ocho, Quentin Tarantino, Sergio Leone, La misión, Cinema Paradiso, Kill Bill, El feo, el]

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John Williams: la banda sonora de nuestra vida

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¿Ganará esta noche el mítico John Williams su sexto Oscar? Compite con la banda sonora del regreso de Star Wars: El despertar de la fuerza. Lo gane o no, sus melodías seguirán siendo parte de nuestra memoria colectiva y personal. El Tiempo de Bogotá me pidió un perfil del maestro, que el diario publicó hoy. Aquí está. Que la fuerza nos acompañe a todos.

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Casi al final de Encuentros cercanos del tercer tipo, el protagonista, Roy Neary, un empleado de una compañía eléctrica interpretado por Richard Dreyfuss, se encuentra finalmente con la nave extraterrestre que atormentaba sus sueños. Todos lo daban por loco salvo un par de científicos.

Estos científicos crearon un código no verbal para comunicarse con los alienígenas. Es una sucesión hipnótica de cinco notas que desde entonces forma parte de la historia del cine: Si bemol, Do, La bemol, otro La bemol pero un octava más abajo y Mi bemol.  

En ese momento mágico al final de la película, los científicos hacen sonar por los altavoces de un estadio el comienzo de la melodía, y desde la nave espacial se escucha el final, el La bemol profundo, con una potencia que rompe los vidrios de una cabina de transmisión y llena de alegría los corazones de Roy y de generación tras generación de cinéfilos.

Esa escena es el triunfo de la música como comunicación absoluta.

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En una reciente Master Class para alumnos de cine que daban John Williams, el compositor de la música de esa película, y su director, Steven Spielberg, los dos explicaron cómo en casi todas sus películas juntos (Tiburón, ET, Indiana Jones, La lista de Schindler y tantas otras), Spielberg hacía primera versión de la película y después Williams empezaba a pensar en qué música podía acompañar las imágenes y los diálogos.

En todas menos en esta.

En Encuentros cercanos la música, y sobre todo esas cinco notas, son el eje de la historia: son la forma de comunicarse con una civilización desconocida, un mensaje de paz a posibles invasores.

“En Encuentros cercanos tuvimos que hacer al revés: primero vino la música”, explicó Spielberg a los estudiantes.

La película es de 1977. Los dos fueron candidatos al Oscar. Para Spielberg era la primera de sus 17 nominaciones. La última, este mismo año por El puente de los espías. Pero Williams, con sus 50 nominaciones, es el artista de cualquier categoría que más veces ha optado al premio más famoso del cine.

El compositor la ganó ya cinco veces: la primera a la mejor música adaptada por la que arregló para la película basada en la comedia musical El violinista en el tejado en 1971.

Por mejor música original lo logró con Tiburón (1975), La Guerra de las Galaxias (1977), E. T.: El extraterrestre (1982) y La lista de Schindler (1993).

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Detengámonos en la que da inicio a la saga de La guerra de las galaxias de George Lukas. Esta banda sonora concentra todas las virtudes que hacen de John Williams el gran autor de música para películas de aventura, fantasía, ciencia ficción y emoción desbordada.

Desde el puro inicio de los créditos, junto con las letras que van desapareciendo en un cielo estrellado, las trompetas y los trombones inician una fanfarria marcial, una melodía de gran fuerza expresiva. Inmediatamente, las cuerdas arrancan con un contratema a la vez lírico y enérgico, después de lo cual vuelve el tema principal: A-B-A, la vieja forma sonata de los maestros del barroco y el clasicismo.

Música nueva y un guiño al pasado. Los jóvenes se fascinan por el resultado. Los eruditos, por su sapiencia compositiva.

Para la pianista y periodista musical colombiana Laura Galindo, “las melodías de John Williams son simples, se pueden cantar, la gente las puede aprender de memoria, pero a la vez están muy bien orquestadas, armonizadas y producidas. Y lo más importante en música de películas: cuentan cosas que la imagen no está diciendo”.

Este año este gran artista vuelve a ser candidato a los Oscar por la última película de esa serie Star Wars: El despertar de la fuerza. Esta noche sabremos si ganó su sexta estatuilla. Lo gane o no, estoy seguro de que mañana lunes estará en su mesa de trabajo creando sonidos.

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Lo lleva haciendo día a día desde 1958. Desde entonces John Williams lleva sobre sus espaldas más de cien bandas sonoras de películas en todos los géneros, de las cuales legó al imaginario colectivo de tres generaciones las músicas que nos acompañan en la tristeza (ese lastimoso violín de La lista de Schindler), los sueños de la niñez (esa delicada melodía en las cuerdas durante la escena de las bicicletas voladoras en E.T. el extraterrestre), el peligro de la maldad (los timbales insistentes de Darth Vader) o la fascinación de la magia (el tema principal de Harry Potter).

Escuchando las asombrosas melodías de John Williams, todos volvemos a ser niños.

Sus partituras vuelven la vista atrás, a la gran música sinfónica para películas del Hollywood de los años 40, pero sin que parezcan a anticuadas. Las grandes orquestas, de la Filarmónica de Berlín a la Sinfónica de Boston, suelen incluir su música en los conciertos.

Y no solo las bandas sonoras: Williams ha compuesto música “culta”, conciertos y obras de cámara, y temas para las más diversas ocasiones y celebraciones, incluyendo cuatro juegos olímpicos y tres informativos de televisión.

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Sí: estamos rodeados de la música de John Williams. Podríamos sentar a casi cualquier persona que afirma no haber escuchado música sinfónica en su vida y sería capaz de reconocer al menos diez melodías de Williams. Sin saber que son de él, por supuesto, porque el valor supremo de un creador de músicas es que sepamos tararearlo, silbarlo, mover las manos y esbozar una sonrisa… y que su nombre no nos suene.

Es que la música de John Williams parece surgirnos de un rincón secreto de nuestra propia sensibilidad. Es tan perfecta que imaginamos que las escenas de las películas que tuvieron la fortuna de contar con su banda sonora fueron hechas sin música, y la música se la vamos poniendo nosotros a medida que se suceden las escenas. No pueden tener otra: es la música que les va.

Por eso yo creo que John Williams es un extraterrestre de los que vienen en el enorme platillo volador de Encuentros cercanos del tercer tipo. Sí, habla y muy bien. En la grabación de la clase magistral que da a alumnos de cine con su gran aliado Spielberg se expresa con soltura, con humildad, con gracia, con mucha precisión. Pero su forma de comunicación es la música y mediante la música nos llega al alma.

Y por eso creo que Encuentros cercanos es la película que mejor lo define: como los científicos que buscan una forma de entenderse sin palabras con seres de otra galaxia, John Williams diseña una vez y otra vez (¿cómo lo hace?) melodías profundas en su sencillez, que quedan colgada en el aire, y un segundo antes de disolverse en el silencio, se prenden a nuestra memoria como si siempre hubieran estado ahí.    

[Publicado el 28/2/2016 a las 12:58]

[Etiquetas: John Williams, Steven Spielberg, George Lukas, La guerra de las galaxias, Star Wars, El despertar de la fuerza, E.T., Encuentros cercanos del tercer tipo, Tiburón, El violinista en el tejado, La lista de Schindler, Laura Galindo]

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¿Puede lo destruido por el ISIS volver a la vida?

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Material Speculation: ISIS, King Uthal. Foto de la web del proyecto

Después de la Segunda Guerra Mundial, muchas ciudades europeas reconstruyeron sus centros históricos, sus catedrales y sus palacios piedra a piedra, para que se vieran como si los bombardeos nunca los hubieran tocado. Fue una laboriosa y fascinante tarea de reparación emprendida unos años después del final del conflicto.

Pero esta época es mucho más confusa y mucho más rápida que aquella: ahora las reconstrucciones se llevan a cabo en medio de la guerra, en plena destrucción, siguiendo los pasos de los demoledores de la memoria.

La artista iraní Morehshin Allahyari lidera unl proyecto artístico, político y tecnológico: recuperar las obras antiguas destruidas por el Estado Islámico a medida que avanzan las huestes de Daesh por los desierto se Siria e Irak. El proyecto se llama “Material Speculation: ISIS”

Para ello reconstruyen las esculturas recién demolidas diseñándolas por ordenador para posteriormente imprimirlas en 3D. Como es arte digital que corporiza una máquina, se pueden imprimir cuantas veces se quiera.

Por ejemplo, la foto que acompaña esta noticia muestra la resurrección de una estatua de la era Romana del Rey Uthal de Hatra, obra que fue destruida por Estado Islámico hace un año.

¡Ojalá se pudiera volver a la vida a los “herejes” decapitados, a las mujeres lapidadas, a los homosexuales arrojados desde terrazas! El primero que reviviría yo sería el valiente arqueólogo Khaled al-Asaad, torturado y asesinado por negarse a revelar el sitio de los tesoros del sitio de Palmira. Ni la más avanzada tecnología es todavía capaz de revertir esos horrores.

Con la recreación de estatuas como la del Rey Uthal, el grupo de Morehshin Allahyari espera “reparar la historia y la memoria”, porque el proyecto “va más allá del gesto metafórico”. Cada escultura guarda en su interior un lápiz USB. “Como cápsulas de tiempo, estos objetos están sellados y guardan el pasado para las generaciones futuras”. Los lápices de memoria incluyen imágenes, mapas de dónde se construyeron y destruyeron los objetos, archivos PDF y videos.

Esta alianza de arte, lucha contra el olvido y tecnología de impresión 3D es el último de los instrumentos de la lucha por la memoria y contra el fanatismo destructor. Lo único que falta es que en esta Europa pusilánime, estas estatuas de cuerpos libres de pecado no se tapen después al paso de los clérigos con petrodólares.

[Publicado el 26/2/2016 a las 09:19]

[Etiquetas: Morehshin Allahyari, Material Speculation ISIS, Rey Uthal de Hatra, Khaled al-Asaad]

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El legado del filántropo ecologista

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El fundador de las marcas de ropa de aventuras “Esprit” y “The North Face” era para muchos ecologistas una cara amable del Norte en el Sur. Para otros, una peligrosa vanguardia de un nuevo imperialismo “verde”. En medio de esa controversia, Douglas Tompkins murió el miércoles 9 de diciembre en su adorada Patagonia chilena, y murió en su ley.

Tompkins, de 72 años, volcó en su kayak en las heladas aguas del lago General Carrera. Según la Armada de Chile, el fuerte viento hacía desaconsejable surcar el lago, pero el empresario desafió las olas de tres metros de alto. Seis horas después de su rescate, Tompkins murió en el hospital de Coyhaique. Termina así la vida de un emprendedor pionero de la “ecología profunda”, un soñador y un guerrero.

Desde pequeño le atrajo la aventura en los grandes espacios naturales de Estados Unidos. Con sus marcas de ropa mezcló el éxito empresarial con sus ideales. En los ochenta se trasladó a vivir a Chile y en ese país y Argentina dedicó gran parte de su fortuna a una empresa quijotesca que para algunos locales era una ayuda en la preservación del ambiente y para otros, un peligro.

Compró tierras (al final fueron más de un millón de hectáreas, más otro millón largo en donaciones de sus amigos) Algunas, como el Parque Pumalín, las donó a fundaciones privadas para que fueran de acceso público. Otras, como el Parque Nacional Corcovado, las donó al estado chileno. También compró grandes terrenos para la conservación en los alrededores del Parque Nacional de Iberá, en el noreste de Argentina.

Pero esta práctica, muy extendida en Estados Unidos, fue vista desde el principio como peligrosa por movimientos sociales y sectores de izquierda en el Cono Sur. ¿Por qué este empresario compraba tantas tierras? En la geografía chilena, larga y estrecha, hay sitios en el sur que no se pueden atravesar hoy sin pasar por tierras de Tompkins. ¿No sería la pasión ecológica una tapadera para otros intereses?

El filántropo dio la cara a sus críticos, pero lo cierto es que sus ideas siempre atrajeron más a líderes de la derecha que de la izquierda. Había un tufillo de suficiencia en esta idea de que él podía cuidar mejor los espacios naturales que los estados del Sur. Y a veces, como en el escándalo reciente por su permiso a un amigo para cazar caballos salvajes en una de sus haciendas, los gustos de los millonarios que lo apoyan chocan con su ideario personal austero y humanista.

Hoy la polémica se detiene para rendir homenaje a un hombre que vivió sus sueños, que se instaló en los duros paisajes que quería proteger, que protegió muchos ecosistemas e impidió su destrucción, y fue consecuente hasta el final. Pero mañana, cuando los herederos de Tomkins hereden muchas de esas tierras, sus admiradores y adversarios se encontrarán con que nadie sabe qué harán con su emporio y su legado.

Probablemente sus intenciones de Douglas Tomkins eran buenas Pero dejar el bien de todos en manos de unos pocos tiene esa dificultad. ¿Qué pasará ahora con el patrimonio público que tantos gobiernos, empresarios y organizaciones dejaron en las manos de un hombre?

[Publicado el 13/12/2015 a las 21:47]

[Etiquetas: Douglas Tompkins, Esprit, The North Face, Parque Pumalín, Parque Corcovado, Parque Nacional del Iberá]

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Sangre, sudor y lágrimas: las nuevas fragancias

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Una delicia de artículo. Un asco de noticia. La periodista Claudia del Águila, de la sección Vanitatis del sitio “El Confidencial”,  revela una nueva moda: perfumes con olor a sangre humana, a muerto, a secreciones vaginales, a cerdo, a sudor, a queso azul.

Pienso: para la mayoría de estos olores, no hacía falta gastarse un platal en comprar el perfume. Bastaba con dejar de ducharse por unos días. Y al quitarse los zapatos… ¡ya está el aroma de queso azul!

Yendo al aroma del asunto, hay algo que me huele mal. Si tenemos que pagarle 115 € a Blood Concept para recuperar el olor y el gusto de la sangre de cuando nos lamíamos esa herida por caernos del árbol en la infancia; si tenemos que pagar 24,90 € por el frasco de 100 ml de Vulva Original (esto no hay que explicarlo, ¿no?); si nos cuesta 80 € hacernos con unos 50 ml de Secretions Magnifique , una delicada mezcla de sangre, saliva, sudor y esperma… es que nos hemos deshumanizado más de lo que yo creía.

Los perfumes y aguas de colonia nacieron para que dejáramos de oler como olemos. Para cambiar o cubrir nuestras secreciones naturales. Pero ahora, en una triste época en que los niños deben aprender en talleres especializados a jugar como niños, tenemos que comprar los olores que, supuestamente, ya no nos salen o a los que ya no podemos acceder por medios más naturales.

Es triste pero es así: seguramente estas empresas pioneras tendrán éxito. Y yo propondría redoblar la apuesta: nuevos perfumes con olor a miedo, olor a engaño, olor a soberbia, olor a envidia, olor a desprecio, olor a insensibilidad. Los aromas de esta temporada.

Hace años el gran dibujante argentino Joaquín Lavado, Quino, mostraba en una viñeta a un joven sin atributos que machacaba en un mortero un fajo de billetes, los mezclaba con alcoholes y aceites y se fabricaba un perfume. Olor a dinero. El joven salía a la calle y los hombres lo miraban con envidia y las chicas con arrebatada pasión.

 

¿A qué huele el fracaso de la civilización?   

[Publicado el 11/10/2015 a las 19:36]

[Etiquetas: El Confidencial, Vanitatis, Claudia del Águila, Blood Concept, Secretions Magnifique, Quino]

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¿Qué mensaje enviarías a los extraterrestres?

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El disco de oro "The Sounds of Earth" que viaja en el Voyager 2

El 20 de agosto de 1977 despegó de la base de Cabo Cañaveral en el estado de Florida, EEUU, el Voyager 2. Dos días más tarde, surcaba los cielos el Voyager 1. Iban a explorar el espacio. En esta década (año más, año menos, el límite no está claro) están saliendo de la fuerza gravitacional del sol y se están internando en  el espacio interestelar. Por primera vez objetos hechos por los humanos viajan fuera del Sistema Solar. 

Los Voyager envían regularmente fotos y sonidos de su viaje. En los noventa nos envió una imagen sobrecogedora de los anillos de Saturno. Pero junto con preguntas e inquietudes sobre las estrellas, planetas y posible vida allí afuera, los Voyager llevan un mensaje de los habitantes de la tierra a los extraterrestres: cada uno porta un disco dorado con sonidos que, según el equipo científico presidido por el cosmólogo de la Universidad de Cornell, autor de “Cosmos” y excelso difusor de la ciencia Carl Sagan, representaban a los habitantes de la tierra y las diferentes formas de vida en el planeta.

Hace pocos días la plataforma Soundcloud puso a disposición de los habitantes de este planeta los sonidos que viajan en los Voyager. Y es fascinante entrar en la cabeza de quienes llenaron el disco con palabras y sonidos y música para explicarles a los habitantes de otras galaxias quiénes somos. ¿Por qué estos sonidos, estos idiomas, estas canciones? Los invito a escuchar. A escucharnos.

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¿Qué hay en el Disco de Oro? Una parte contiene saludos en 55 idiomas. El primer idioma (están presentados en orden alfabético) es el acadio, hablado en sumeria hace unos seis mil años. El último, el wu, uno de los tantos dialectos chinos.  Un alegre español, que imagino de unos 40 o 50 años, dice: “Hola y saludos a todos”. Como si llamara a la casa de familiares lejanos. En inglés es una voz infantil que saluda en nombre de los niños de la tierra. El inconfundible tono de un cura saluda en latín. Hay idiomas que se extinguieron entre la grabación y el día de hoy. Hay expresiones de paz, amor y fraternidad. Hay peroratas de 20 segundos mencionando la universidad en la que se hizo la grabación. El más lacónico es quien saluda en hebreo: “Shalom”.

Otra sección incluye sonidos y ruidos que representan la vida en la tierra, desde los aullidos y graznidos y cantos de distintos animales hasta el llanto de un bebé y la voz de su madre estadounidense, que lo calma. Se escuchan segundos del latido de un corazón, el zumbido de una abeja, el aullar de un lobo y el ronroneo de un tractor.

Y la más interesante es el que contiene la música que nos representaba en 1977. Mucha música clásica: tres piezas de Bach y dos de Beethoven. La música popular también refleja los gustos del equipo de Sagan: Chuck Berry, Louis Armstrong y el pionero del blues Blind Willie Johnson viajan en nombre de la música popular estadounidense.

Representando a las “músicas del mundo”, entre otros, un coro ruso, el gamelán de Indonesia, un canto navajo y el son jarocho mexicano “El Cascabel” por Lorenzo  Barcelata y sus Mariachis.

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 “Estas naves serán encontradas y estos discos serán escuchados solo si hay civilizaciones avanzadas en el espacio interestelar”, declaró Sagan cuando se anunció el proyecto. “Pero al lanzar esta botella en el océano cósmico ya estamos diciendo algo muy esperanzador acerca de la vida en este planeta”.

En la web del proyecto se especifica que los sonidos, voces y melodías fueron grabados en el sistema más avanzado de la época: un disco de 16 y 2/3 revoluciones por minuto que gira y suena tocado por una púa. Para los lectores del siglo XX, un Long Play.

Una tecnología perteneciente a la última generación análoga de la historia. ¿Qué pensarán de nosotros los extraterrestres al encontrarse con este mensaje pre-digital?

Pero no hay que preocuparse: si una raza cósmica lo encuentra y decodifica, tal vez sea en varios millones de años, y la tecnología digital estará tan muerta como la analógica, y de nosotros no quedará ni el recuerdo. Así, nadie notará la ironía de que el mensaje principal de saludo venga de quien era Secretario General de Naciones Unidas, el austríaco Kurt Waldheim. El mensaje de paz de los terrícolas representados por quien - se sabría en los ochenta - había sido un oficial nazi en su juventud. 

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El Disco de Oro guarda también un recuerdo menos sangriento y más trivial de nuestras pobres rencillas terrestres: Carl Sagan había pedido que incluyeran la gran canción de George Harrison “Here Comes the Sun”. Los Beatles estuvieron de acuerdo. Pero su discográfica, EMI, no cedió los derechos. Y los extraterrestres se la perdieron.

Hace tres años la radio pública estadounidense NPR entrevistó a la viuda del astrofísico, Anne Druyan para que hablara del Disco de Oro. En 1977 ella era la encargada de coordinar con Sagan los materiales que viajarían al espacio. Y la historia que contó en esa entrevista da una pequeña luz de esperanza sobre la humanidad que viaja en esa nave.

Druyan contó que una noche, hablando con un sinólogo de la Universidad de Columbia, por fin encontró el fragmento musical que representaría la milenaria música china. Los tres minutos de música china eran una preocupación de Druyan y Sagan en esos días. Le dejó un mensaje en el contestador a Sagan, entonces solo un gran amigo y compañero de trabajo. Él la llamó y en esa conversación se declararon amor eterno y decidieron casarse. Ni siquiera se habían besado.

“Estuve con él desde esa noche hasta que murió en diciembre de 1996”, dice Druyan en el programa de NPR. Y contó otra cosa: los sonidos del corazón humano que viajan por el espacio son los que ella se grabó dos días después de la declaración. “Cuando me siento deprimida, pienso que mis latidos enamorados viajan por el espacio”.

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¿Qué sonidos pondríamos hoy en un viaje al espacio exterior? ¿Qué saludos, en qué idiomas, qué sonidos de entre el desesperante caos sonoro que nos envuelve? ¿Qué 90 minutos de momentos musicales nos representan?

 

No sé ustedes. Yo seguiría empezando con el simple y efectivo “Hola y saludos a todos”.   

[Publicado el 02/8/2015 a las 00:27]

[Etiquetas: Voyager, mensaje a los extraterrestres, disco de oro, Carl Sagan, Kurt Waldheim, Anne Druyan, ]

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Woody Allen llega a la ópera desde la banda sonora

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Una escena de Gianni Schicchi dirigida por Woody Allen. Foto de la Ópera de Los Ángeles

El 30 de junio se estrena en el Teatro Real de Madrid la primera (y probablemente la última) ópera con puesta en escena de Woody Allen. Se trata de la única comedia de Giacomo Puccini, la ópera corta Gianni Schicchi. ¿Cómo es una ópera dirigida por Allen? ¿Cómo llega este cómico y cineasta al arte lírico? ¿Qué le aporta?

Este artista único sigue en esto la línea de otros directores de cine como Ingmar Bergman, Luchino Visconti, Franco Zefirelli, Anthony Minghella, Chen Kaige, Carlos Saura y Werner Herzog. Pero hay una diferencia, creo yo.

La música fue siempre  un elemento central en sus películas, pero hasta hace muy poco la sensibilidad sonora de Allen estaba en otra música, en otra cadencia. Este acercamiento audaz a dirigir una ópera viene de un cambio: con el nuevo siglo, Woody Allen encontró un diálogo entre su cine actual y una música aparentemente más lejana en el tiempo y en la geografía, pero que le calza como un buen guante. 

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En el comienzo fue el jazz. Desde Manhattan hasta Días de radio, de Annie Hall a Sweet and Lowdown, la música siempre formó parte importante en las películas de Woody Allen, pero durante casi toda su carrera, la banda sonora de sus imágenes fue el hot jazz de raíz sureña. Y como modesto clarinetista, viaja por el mundo montado en su fama, soplando los estándares de los clubes de Nueva Orleans.

Sin embargo, a partir de Match Point, la ópera entró en su filmografía. Hay una escena clave y obvia en un palco durante una función de ópera, pero a lo largo de la acción, es la voz de Enrico Caruso la que acompaña y enfatiza el clima moralmente ambiguo del filme. Hay más ópera en Conocerás al hombre de tus sueños y otras películas recientes, y en A Roma con amor, la ópera está en el centro de la acción: el personaje que interpreta Allen, un productor musical neoyorquino, descubre en su suegro dotes extraordinarias para el canto lírico… siempre que sea en la ducha.

Por eso no vino como gran sorpresa el hecho de que en 2008, Plácido Domingo, en su enésimo rol como director artístico de la Ópera de Los Ángeles, le propusiera dirigir por primera vez una ópera. Obviamente, no iba a ser una de Wagner: uno de los chistes más repetidos de Woody Allen es que al escuchar la música de Wagner le dan ganas de invadir Polonia. No: tenía que ser una ópera italiana.

La propuesta fue curiosa: Gianni Schicchi, la única comedia de Giacomo Puccini, estrenada hace 99 años.

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Durante los meses más duros de la Primera Guerra Mundial, el genial compositor, que ya había logrado fama, prestigio y dinero con Tosca, La bohème y Madama Butterfly, se enfrascó en un proyecto original y extraño: Puccini compuso tres obras breves que debían presentarse como si fueran los tres actos de una pieza larga.

Pero sus obras eran muy distintas en tema, en carácter y en género: Il tabarro era un dramón verista y moderno de celos y asesinato; Suor Angelica, solo para intérpretes femeninos, la tragedia de una monja con un lenguaje musical que miraba al pasado; y la última, Gianni Schicchi, una comedia de enredos basada en una breve escena del Infierno del Dante.

¿Por qué pensó Domingo que esta ópera corta de Puccini podía despertar la vena lírica del viejo jazzero? Para mí está claro: tiene muchos puntos de contacto con sus películas. Es una comedia con personajes de trazo grueso pero definidos y entrañables, es la historia de un pícaro de la ‘clase emergente’ que se alía y engaña a la vieja aristocracia, es una ópera donde la acción transcurre casi a ritmo cinematográfico, casi sin arias, sin que la acción se detenga para que los cantantes compartan sus sentimientos con el público.

De una mínima anécdota de La Divina Comedia, Puccini y su libretista Giovacchino Forzano construyeron la historia de la familia de un rico anciano que muere dejando toda su fortuna al convento: uno de los jóvenes de la familia llama en su auxilio al padre de su novia, el pícaro Schicci, quien se hace pasar por el muerto, engaña al notario y reparte los bienes entre los deudos… con la excepción de lo más valioso, incluyendo su casa, que lega a “mi caro amigo Gianni Schicchi”. En el aquelarre final, el flamante dueño echa a la familia de la que ahora es su casa, y los aristócratas, olvidando toda mesura, arrean con la vajilla y los muebles que pueden acarrear.  

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En el exitoso estreno del Gianni Schicchi de Allen en 2008, el protagonista fue el gran barítono inglés Sir Thomas Allen. Woody, fóbico en las galas y mucho más en un teatro de ópera, ni salió a saludar.  

Según la mayoría de los críticos y foros de ópera, la puesta del viejo novato es respetuosa con el original. Sitúa la acción en los años cincuenta en un ambiente más parecido al sur de Italia que a la Florencia de la historia original. Es un homenaje al neorrealismo italiano. Allen, con su inteligencia habitual, se acercaba a un arte nuevo desde su conocimiento del que domina, del lenguaje propio: Italia es para él el gran cine de Visconti, de Sica y Fellini.  

Los detalles graciosos de su puesta incluyen el encuentro del testamento en el fondo de una olla humeante de macarrones, la vestimenta del protagonista como un mafioso de sátira (gracias al fiel escenógrafo y vestuarista de siempre de Woody, Santo Loquasto), y el cortejo al pillo de las rollizas damas de la casa, imitando la pose de las tres gracias de Rubens.

Pero el momento donde el director de escena más se escapa del argumento de la ópera es, curiosamente, el último.

Como si quisiera mostrar en un solo y breve ejemplo todas sus ideas sobre la ópera, Allen no deja que el pícaro se salga con la suya en un amable monólogo final. Al quedar solo y enfrentar al público, Schicchi se ve atacado por la tía Zita, que esperaba mayor porción del botín. Tras ser atravesado con un cuchillo de cocina, se escucha de otra manera la admonición del protagonista: en el original, el Gianni Schicchi triunfante hace un reverencia al público y entona su irónico pedido de disculpas final: sabe que irá al infierno pero espera ser perdonado por el respetable.

En la versión de Woody Allen, la comedia es a la vez tragedia, y la conjunción de los dos elementos deja perplejo al público. Su personaje está yendo al infierno en ese mismo momento: ¿debemos reír o llorar? Nos vamos a casa, apagamos la luz y todavía no sabemos cuál es la moraleja.

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Esta semana los vericuetos y enredos de la única comedia de Puccini llegan a Madrid con una nueva vuelta de tuerca.

El papel de Gianni Schicchi iba a ser protagonizado en el Teatro Real a partir del 30 de junio por el mismo Plácido Domingo, a sus 74 años y en su nueva tesitura de barítono. Los diarios lo anunciaron con bombos y platillos (yo mismo en Cultura/s de La Vanguardia, donde publiqué una versión de este texto hace unas semanas). Pero la muerte de su hermana, una persona muy cercana al cantante, le hizo tomar una decisión comprensible pero insólita en su carrera: no podía cantar una comedia en estas circunstancias. Se descabalgaba del proyecto.

Al final, aceptó cantar una colección de arias de otras óperas (todas trágicas) entre la representación de Gianni Schicchi (con otro protagonista) y la ópera breve que se interpretará antes, Goyescas de Enric Grandados.  

No habrá por tanto ópera dirigida por Woody Allen y protagonizada por Plácido Domingo en Madrid en estos días. Pero tal vez haya una oportunidad de verla: este Gianni Schicchi de Allen-Domingo estaba también programada para setiembre en la Ópera de Los Ángeles. Tal vez allí sí se pueda ver, finalmente, este encuentro artístico entre el más musical de los directores de cine y el mejor actor de entre los cantantes clásicos.

Para Woody Allen será, sin duda, completar un cambio radical: empezó dirigiéndose a sí mismo en sus desopilantes tartamudencias y termina dirigiendo al gran Plácido Domingo en un escenario de ópera. 

[Publicado el 28/6/2015 a las 17:13]

[Etiquetas: Gianni Schicchi, Woody Allen, Giacomo Puccini, Plácido Domingo, Teatro Real de Madrid, Los Angeles Opera]

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Albert Chillón: Periodismo literario y reivindicación de las humanidades

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En 1998, el profesor de la UAB Albert Chillón publicó un libro seminal, básico para quienes nos dedicamos a escribir, enseñar y aprender a escribir y también para los que aspiramos a ser buenos lectores: Literatura y periodismo, una tradición de relaciones promiscuas.

Tras un elogioso prólogo de Manuel Vázquez Montalbán, Chillón presenta, defiende y analiza una de las más ricas y promisorias ramas del periodismo en la segunda mitad del siglo XX: lo que algunos llaman periodismo literario o narrativo, lo que en América Latina se conoce como "crónica" y que en Estados Unidos se engloba en la “marca” de Nuevo Periodismo o la etiqueta (para Chillón engañosa) de “no ficción”.

El autor, un referente fundamental de lo que en las ciencias de la comunicación se conoce como “teoría del giro lingüístico”, muestra con abundantes ejemplos cómo escritores y periodistas de Europa y las Américas utilizaron recursos literarios para contar los hechos del presente e indagar en los del pasado. Desde una vinculación con la novela realista del siglo XIX, analiza los recursos de investigación y escritura de autores tan variados como Josep Pla, John Hersey, Truman Capote, Oriana Fallaci, Ryszard Kapuscinski, Leonardo Sciacia, Gabriel García Márquez, Tomás Eloy Martínez y, dentro de una incipiente producción española, el propio Vázquez Montalbán.

*          *          *

Este libro, que desde su publicación excedió en ambición e impacto el ámbito de la academia española, se encontraba fuera de catálogo, y es un acto de justicia y necesidad que se encuentre ahora disponible en una edición muy ampliada y actualizada.

Lo primero que cambia es el nombre: ahora el libro se llama La palabra facticia. Es un valiente desafío, un neologismo que Chillón defiende a capa y espada como el terreno donde se encuentran la literatura y el periodismo.  Al prólogo original de Vázquez Montalbán se agrega ahora uno nuevo de Jordi Llovet, centrado en el novedoso aporte de Chillón: la necesidad de que el periodismo se acerque (o vuelva) al terreno de las humanidades, a la función del intelectual púbico, necesario para el sostenimiento de una verdadera democracia.

En nuevos capítulos se reivindica algo central para que el periodismo pueda ser parte de la cultura de su tiempo: el papel de las ciencias humanas en el centro del discurso social y sobre todo en las enseñanzas universitarias. Un profesor vocacional y con décadas de experiencia como Chillón vive y sufre en carne propia el triunfo del cómo presentar la información sobre el qué decir y para qué.

Este nuevo libro, en definitiva, es el viejo y valiosísimo Literatura y periodismo más una actualización con nuevos autores y corrientes, un afinamiento de su enfoque teórico y sobre todo, un alegato necesario por las humanidades. 

[Publicado el 21/6/2015 a las 12:33]

[Etiquetas: Albert Chillón, La palabra facticia, Literatura y periodismo]

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El monstruo lector: En la biblioteca de Bin Laden

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¿Qué nos dicen de una persona los libros que atesora? ¿Puede definirse a un personaje por su biblioteca? En el caso de líderes, los dictadores, los asesinos: ¿saber lo que leían ayuda a conocerlos mejor, a entrar en su lógica, sus razones? ¿Y si descubrimos que leemos el mismo libro, que tenemos algol en común?

Estos días tenemos esa oportunidad de adentrarnos en la mente de un líder sin parangón: el hombre  que durante la primera década de este siglo fue el más buscado del mundo. Cuatro años después de la operación secreta en la que los Navy Seals de Estados Unidos acribillaron a Osama Bin Laden en su refugio en Abotabad, Paquistán, la web de la Oficina del Director Nacional de Espionaje publica hace poco la lista de libros de la biblioteca del mítico líder de Al Qaeda.

Entre los libros, algunos predecibles y otros sorprendentes. Por ejemplo, nos podíamos imaginar a Bin Laden como lector de Noam Chomsky. Dos de sus libros ocupaban espacio en la estantería. Uno lógico: “Hegemonía o supervivencia: la búsqueda norteamericana del dominio global”; y otro más inquietante: “Ilusiones necesarias: El control de pensamiento en las sociedades democráticas”. ¿Qué pensaría Bin Laden de la descripción de las técnicas de control del pensamiento en tierras del Gran Satán?

Pero entre sus libros se encuentran también una reveladora incursión en la mente del enemigo: “Las guerras de Obama”, del veterano investigador de Watergate Bob Woodward. Curiosa lectura: las guerras de Obama eran contra él.

Una sorpresa: la lista contiene más libros de historia que de actualidad. Por ejemplo, “Cristianismo e Islam en España de 756 a 1031”, de C. D. Haines, tal vez le dio munición intelectual para lanzar a Al Qaeda a plantar bombas en esos trenes de Madrid el 11 de marzo de 2004.

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No es la primera vez que se escarba en una librería para intentar entender a su dueño. El arte de bucear en la mente retorcida de un déspota ha dado buenos frutos en el pasado.

Sin ir más lejos, en 2007, el periodista chileno Cristóbal Peña, del centro de investigación CIPER, se sumergió en los libros de Augusto Pinochet. Su reportaje, “Viaje al fondo de la biblioteca de Pinochet”, que ganó un premio de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, muestra al dictador como acaparador (55.000 libros con un costo de casi tres millones de dólares), tacaño, apasionado de la historia militar y por Napoleón.

Pinochet, descubrió Peña, era un vigoroso subrayador. Por ejemplo, en una autobiografía del almirante Erich Bauer, del Tercer Reich, el dictador subrayó la definición que hace el autor sobre su colega Von Ingenohl: “Resultaba difícil adivinar su pensamiento íntimo, pues no descubría jamás sus planes a los ojos de los demás de manera abierta”.

¿No es esta, en el fondo, una autodefinición del mismo Pinochet?

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Pensando en ese ejemplo de CIPER, me zambullí la semana pasada en la lista de los libros que tenía Osama Bin Laden cuando lo mataron.

Antes de seguir, hay que recordar que la publicación de la lista en este momento es una reacción: busca contrarrestar con datos un ataque a la credibilidad de la forma en que el Presidente Barack Obama y su gobierno contaron la operación para matar a Bin Laden.

En la edición del 21 de mayo del London Review of Books, el legendario Seymour Hersh calificó de mentirosa y tendenciosa la versión oficial del ataque que terminó con la vida del líder de Al Qaeda.

Aún a sus 78 años, Hersh sigue siendo de los más prestigiosos periodistas de investigación del mundo. Fue él quien, al comienzo de su carrera, dio a conocer la masacre de My Lai en Vietnam: una matanza de ancianos, mujeres y niños que cambió la forma en que la opinión pública estadounidense veía la guerra. Hace diez años volvió a poner el dedo en la llaga con su trabajo para The New Yorker sobre las torturas de soldados de su país a prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib.

Ahora Hersh embestía contra la historia oficial de la muerte del enemigo público número uno. Según sus fuentes, altos funcionarios y militares en retiro, Estados Unidos no llevó a cabo la operación en solitario, como aseguró Obama, sino que participó la inteligencia paquistaní. Tampoco hubo combate en la casa, y tampoco se arrojó el cuerpo de Bin Laden al mar. 

Un oficial retirado aseguró al periodista que “no se retiraron de la casa bolsas de basura llenas de computadoras y dispositivos de almacenamiento”, como decía la versión oficial. “Solo se llevaron algunos libros y papeles que encontraron en su habitación.”

La muerte de Bin Laden fue un arma fundamental en la campaña de Obama a la reelección en 2012. Y para justificar que entraran en una casa con niños, a la noche, a matar a un hombre, debían crear la impresión de que estaba dirigiendo operaciones letales contra Estados Unidos y que se defendió, amenazando la vida de sus atacantes.

Todo eso, según Hersh, es mentira. El terrorista no se defendió. Su cuerpo no fue tratado según el rito musulmán, y de la habitación se llevaron “algunos libros y papeles”.  

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Unos días más tarde, en medio del escándalo del artículo de Hersh, aparece la lista de esos “libros y papeles” de Bin Laden. No incluyen ninguno que pruebe que el enjuto barbudo estuviera planeando atentados.

Pero lo que hay es una lectura fascinante: es una ventana para entrar en una mente brillante, extraña y perturbada, sin la cual el mundo de hoy no sería igual. Y es también una forma de entender a quienes seleccionan algunos de estos objetos para contarnos qué leía el monstruo.

Hay, por ejemplo, un formulario que tenían que rellenar los postulantes a entrar en Al Qaeda. Se parece mucho a los documentos que nos piden para ser contratados o para unirnos a un club. La penúltima pregunta es: “¿Quiere Ud. participar en una operación suicida?”. Y la última: “¿A quién quisiera que contactáramos si Ud. se convierte en un mártir?”.

También hay un videojuego violento: Delta Force Extreme II, donde el jugador mata jihadistas en el desierto y en ciudades abandonadas. Los periodistas de NBC y del Huffington Post concluyen que este juego era para los niños, los hijos de Bin Laden que vivían con él. ¿Por qué están tan seguros? A mí me causa escalofríos imaginarme al barbudo y sus lugartenientes jugando Delta Force Extreme II en una de esas interminables tardes de bochorno en el desierto paquistaní.  

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¿Qué más? Las primaveras árabes, movimientos juveniles que debían dejar muy perplejo a Bin Laden, pudieron haberle llevado a encargar y leer “Democracia civil islámica: socios, recursos y estrategias”, de Cheryl Benard.

Y un clásico, la “Oxford History of Modern War” de Charles Townsend, pudo tal vez provocarle destellos de nostalgia de aquellos días como estudiante en Oxford, los de la célebre foto en la que posa, irreconocible, con sus hermanos, vestido a la occidental y con pantalones de botamanga ancha, acodado en un auto deportivo.  

Pero la lista no está completa. Faltan los videos eróticos. Es una gran pena. Sería interesante, hasta quizá instructivo, saber qué motivaba a Bin Laden en ese terreno. Para algunos sus gustos en porno pueden parecer superficiales. Yo creo, por el contrario, que en esas preferencias secretas, en el tipo de jovencitas que esperaba encontrar en el Paraíso de los creyentes, puede haber una llave secreta a la mente del hombre que inauguró el Siglo XXI. 

[Publicado el 03/6/2015 a las 10:20]

[Etiquetas: Osama Bin Laden, Bob Woodward, Noam Chomsky, Seymour Hersh, ]

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Oscar Wilde y la amistad como final

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Oscar Wilde ilumina, como  ningún otro autor que yo haya leído, el espesor, el valor y el drama de la amistad. En sus manos, el verdadero y el falso amigo son personajes literarios de la misma profundidad y complejidad que tienen el guerrero sin miedo en Homero o el enamorado hasta más allá de la muerte en el Dante. 

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En su colección de aforismos Unas cuantas máximas para la instrucción de los sobre-educados, Wilde escribió: “La amistad  es mucho más trágica que el amor. Dura más.

Uno de los cuentos más tristes de su colección El príncipe feliz, su primer éxito editorial, desarrolla este tema hasta las últimas consecuencias. Es El amigo fiel, la historia del pequeño Hans, un joven campesino que, en su ingenuidad, cree que el gran Hugo el Molinero es su amigo.

Hugo lo usa, lo explota y le exige agradecimiento por favores que nunca le hace. Cuando Hans tiene hambre, Hugo no lo ayuda ni lo visita “para no avergonzar a su amigo”. Cuando su situación mejora, Hugo le da a su amigo la posibilidad de trabajar para él y hacerle regalos nunca retribuidos, y lo deja gozar de sus edificantes discursos sobre la amistad.

Finalmente, el hijo de Hugo enferma y Hans, quién si no, debe ir en medio de una noche tormentosa en busca del médico. Hugo no le presta su linterna “porque es nueva y sería una gran pérdida si algo le pasara.” El pequeño Hans muere, y el gran Hugo reclama el lugar de preferencia en el funeral. Allí el amigo fiel se lamenta: “Fue una gran pérdida. Uno sufre por ser tan generoso.”

No hay tanta amargura ni tanto desprecio por la hipocresía en ninguna obra posterior de Wilde. No se puede concebir mayor ruindad que la de Hugo por Hans, que se cree afortunado por tener un amigo.

La última obra en prosa de Wilde, una larguísima carta que lleva el sombrío título de De profundis, cuenta la misma historia, pero esta vez es verdad. Hugo es el bello, joven y vanidoso lord Alfred Douglas. Oscar Wilde se atribuye el papel del pequeño Hans.

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Los que han leído sus obras de teatro más mundanas y populares (La importancia de llamarse Ernesto, El abanico de Lady Windermere, Una mujer sin importancia), los que vieron alguna de las películas que se hicieron sobre su vida o escucharon alguno de sus punzantes juegos de palabras, suelen construir un Oscar Wilde enamorado de sí mismo: eternamente disfrazado de dandi, con trajes impecables de colores imposibles, desgranando brillanteces para una corte de jóvenes seguidores. Creador más que seguidor de la última moda, dictador de gustos literarios, personificación para su época de lo culto y lo moderno.

“Ser dandi es la afirmación de absoluta modernidad de la Belleza”, reza uno de sus aforismos.

Es difícil encajar un sentimiento como la amistad en este personaje excéntrico, amante del estilo, la belleza del artificio y el oropel. Un propagandista siempre abierto al monólogo, que parecía buscar más discípulos que iguales. “Hasta el discípulo tienen sus usos,” escribe en una más de sus Máximas…: “Se para detrás de nuestro trono, y en el momento de nuestro triunfo, nos susurra en el oído que, después de todo, sí que somos inmortales.”

En su momento de gloria, Oscar bien pudo sentirse inmortal. Los mayores genios de su época se agolpaban en las tabernas londinenses donde Wilde impartía cátedra, y muchos años después, sorber su genial ingenio es aún el sueño de los que no llegaron a conocerlo. Cierta vez preguntaron a Winston Churchill con quién le hubiera gustado sentarse a conversar. No lo dudó ni un instante: “Con Oscar Wilde.” Aún hoy, un famoso ‘mentalista’ británico asegura desde su página web que cumplió el deseo y habló con Oscar en la ultratumba.

¿En qué creía Wilde? En el arte más que en la realidad. En la belleza como valor ético. En el genio artístico como posesión suprema.“El esteticismo era el punto central de su credo y declaró que la belleza era el ideal al que todos debían acercarse,” recuerda su hijo Vyvyan Holland.

En la introducción a las Obras Completas de Wilde, Holland declara que, en su opinión, el ensayo más interesante de su padre es La decadencia de la mentira. “Tiene la forma de un diálogo, en el que el tema dominante es la gran superioridad del Arte sobre la Naturaleza, y llega a la conclusión de que la Naturaleza sigue al Arte.”

Pero esta imagen frívola y sólo interesada por lo estético es percibida cada vez más por los críticos como un hábil disfraz que oculta y ayuda a ‘vender’ en la época victoriana unas ideas sociales y políticas de avanzada, y que además le permite a Wilde mantener en la sombra una sensibilidad extrema.

Oscar Wilde era socialista en una época conservadora, un patriota irlandés en medio de un Londres eufórico de imperialismo inglés, y un creyente total en la libertad individual sobre el cuerpo y la mente de cada cual en una sociedad pacata y puritana. Sus trajes extravagantes, sus modales excesivos, sus retruécanos vacíos le permitieron construirse el personaje de brillante bufón inofensivo, cuando en realidad su discurso era revolucionario. 

Cuando Wilde cayó – y ningún pensador desde Sócrates cayó tanto desde tan alto en tan poco tiempo – su condena a prisión fue la condena de las “fuerzas morales” de la sociedad victoriana a todos los valores e ideales que por mucho tiempo se le perdonaron, pero no se le olvidaron.

En la cárcel, Oscar Wilde descubre la situación tremenda en que sufren y vegetan los presos. Sus dos cartas a la prensa denunciando esta situación y proponiendo reformas penitenciarias son la mejor demostración de su humanismo y su preocupación por los más débiles. Arrancada a la fuerza su careta de dandi, Wilde ya no puede ni quiere esconder la indignación que late en todo su obra detrás de la sonrisa del cínico disfrutador de la vida.

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Muchos han interpretado la obra del genio irlandés como un reflejo de su vida breve, azarosa y demasiado pública. Wilde es sobre todo conocido por su famoso juicio, donde se desplegó ante una sociedad victoriana hipócritamente horrorizada los detalles de su debilidad por los muchachos.

Wilde, que provenía de una familia de nobles irlandeses empobrecidos, se estableció muy jóven en Inglaterra, donde su genio literario y su conversación profunda y chispeante brillaron de inmediato, primero en Oxford, donde estudió, y luego en los círculos de artistas de Londres.

Cuentan sus biógrafos que desde sus años de universidad buscó la compañía de bellos jóvenes. Creyó encontrar sosiego en un matrimonio del que nacieron dos niños. Pero pronto comenzó a frecuentar los dormitorios de sus acólitos y los salones de madamas que facilitaban compañía masculina. En estos ambientes trabó amistad con Lord Alfred Douglas, hijo del colérico y conservador Lord Queensberry.

Wilde se enamoró locamente de Alfred, y Lord Queensberry lo persiguió y fustigó por todos los medios a su alcance. “Lo que ocurrió después se ha contado muchas veces,” dice Vyvyan Holland. “Alfred Douglas, cuyo solo objetivo era llevar a los tribunales a su padre, convenció a Oscar Wilde de que iniciara una querella contra él por difamación. Lord Queensberry fue absuelto gloriosamente y su lugar en el banquillo de los acusados fue ocupado por Oscar Wilde, que resultó sentenciado a dos años de prisión” por escándalo y prácticas reñidas con la moral.

Fue la ruina. Tuvo que venderlo todo, incluida su preciada biblioteca. Todos los amigos y admiradores de antaño salvo un puñado de compañeros fieles y valientes, como Robert Ross, lo abandonaron. Le fue prohibido ver a sus hijos, y éstos tuvieron que cambiar de apellido (de ahí que Vyvyan se llame Holland).

Este episodio no sólo quebró emocional y espiritualmente a Wilde, quien murió en Francia, pobre y abandonado, poco tiempo después. También sirvió para teñir toda su obra con el mote de “homosexual.” Así, se notó que en sus obras de teatro, los noviazgos y matrimonios son meras imposiciones sociales. Ninguno de sus personajes se hunde por una relación amorosa que fracasa. De lo que sí se muere en sus obras es de las amistades traicioneras, o en el supremo sacrificio, por salvar a un amigo.

Por amistad muere el ruiseñor en el cuento El ruiseñor y la rosa: Un poeta pobre quiere llevar a la joven de la que está enamorado al baile. Esta le pide un rosa roja, pero es invierno. El ruiseñor escucha la plegaria de su amigo y se desangra sobre una flor blanca. Con el preciado regalo, el poeta va donde su amada, pero ella ya aceptó ir al baile con el sobrino del burgomaestre, un patán rico que le ofrece presentes más valiosos.

En De profundis Wilde disecciona una relación apasionada y compleja con el dolor de un alma traicionada y la maestría de un artista. Está hace meses en la cárcel, y recibe su primera noticia de su antiguo amigo. Lord Alfred Douglas le escribe al director de la prisión pidiéndole que interceda para que Oscar Wilde de su aprobación para un artículo en una revista francesa en el que Douglas pretende incluir fragmentos de cartas que el escritor le envió desde la celda. “¡Las cartas que debían ser para ti cosas sagradas y secretas por sobre cualquier otra en el mundo!”, aúlla de dolor el prisionero.

Pero aún en el más terrible desgarro, el sentimiento hacia su joven amigo es mucho más y muy distinto que una relación amorosa que tiene que disfrazarse de amistad por las convenciones victorianas. Las raíces de esas amistades amorosas entre hombres que tanto florecieron entre los artistas de la reprimida Inglaterra del siglo XIX están en el modelo griego. El amor es amistad y la amistad es amor, y cuando se traiciona, la traición es doble.

Así también, es doble el lazo que une a compañeros que comparten el lecho y la pasión por el arte y las aficiones de los mejores amigos. Douglas fue un convertido al credo artístico de Wilde. De esta amistad artística nos queda un trabajo conjunto: Salomé, el drama bíblico que Wilde escribió directamente en francés, fue traducido al inglés, en la versión que aún hoy se representa, por Alfred Douglas.

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En su resumen biográfico, Vyvyan Holland destaca que su padre trabajó con ahínco y sin pausa en un ensayo en particular, al que volvió una y otra vez. Era su obsesión. Se llama El retrato del señor W.H., y es una más de las conjeturas sobre quién podría ser el destinatario de los sonetos de amor de William Shakespeare.            

Pasada la época victoriana, casi ningún entendido se atreve a argumentar que los sonetos fueron escritos para una dama. Fueron con casi total certeza para un caballero, pero ¿cuál? Una opinión muy difundida entre los críticos literarios es que se trata de un noble, tal vez Lord Pembroke o quizás Lord Southampton.

El ensayo de Wilde, de más de 50 páginas, intenta demostrar que los sonetos fueron compuestos para un joven actor de la compañía del bardo, llamado Willie Hughes. Se trata de un sentimiento amoroso por un artista, una sensibilidad afín, una inteligencia alerta. Es, en la versión de Oscar Wilde, un igual que despierta ternura, admiración, el ímpetu de crear y la pasión amorosa. Y la búsqueda que hace Wilde de datos sobre este Willie Hughes, su análisis de los sonetos para que encajen en su versión y el recuerdo de sus propias discusiones con otros “shakesperianos” conforman una novela de misterio, la afanosa construcción de una historia que, para Wilde, demostraría que su modelo de amistad existe y fue posible.

No es extraño que se dedicara tanto y le diera tanta importancia a este ensayo. La relación que quiso ver entre el autor teatral y su actor es la que Oscar anhelaba para sí, la que buscó infructuosamente en Lord Douglas.

*             *             *

La amistad para Wilde no es un escudo para ocultar una relación amorosa que la sociedad de su época no le permite confesar. Es una relación plena y polifacética, la relación enriquecedora entre iguales que para él es la base de la sociedad socialista que sueña en su largo ensayo, demasiado moderno para su tiempo, El corazón del hombre bajo el socialismo.

Mientras los marxistas de su tiempo planeaban una sociedad que liberara al hombre de sus cadenas económicas, colocándolo en un sistema que a la larga significó la imposición de nuevas cadenas, Wilde, iluso y lúcido al mismo tiempo, soñaba con un mundo de hombres libres donde cada uno se libere a sí mismo desde adentro, donde nadie sea perseguido por sus ideas o sus costumbres.

Wilde se construyó una Grecia antigua a la medida de su sueño, donde la relación ideal era el amor platónico, una abierta y tolerante sociedad de amigos. Se discute hoy con ardor si Platón y sus discípulos y pares eran realmente “platónicos” o si en sus relaciones había “algo más”. Lo que la obra de Oscar Wilde nos viene a decir es que, sin necesidad de entrar en el “algo más”, la amistad verdadera ya es mucho, muchísimo.

 

Ojalá muchos nuevos lectores encuentren en los libros de Oscar Wilde al amigo que su autor nunca encontró. 

[Publicado el 18/5/2015 a las 01:12]

[Etiquetas: Oscar Wilde, El ruiseñor y la rosa, El amigo fiel, De profundis]

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Biografía

Roberto Herrscher es escritor y periodista, especializado en cultura, sociedad y medio ambiente, y profesor de periodismo.
Nació en Buenos Aires en 1962, estudió sociología y teatro en su ciudad natal, periodismo en Nueva York y reporterismo ambiental en Berlín. Es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Master en Periodismo por Columbia University.
Es profesor de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado en Santiago de Chile, donde dirige el Diplomado en Escritura Narrativa de No Ficción. Entre 1998 y 2016 vivió en Barcelona, donde dirigió por 18 años el Master en Periodismo BCN_NY, organizado por IL3-Universidad de Barcelona y la Universidad de Columbia en Nueva York. Escribe habitualmente para la revista Opera News y el diario La Vanguardia, y colabora con The New York Times en español, La Folha de Sao Paulo y la revista Ñ de Clarín en Argentina.
Herrscher es el autor de Periodismo narrativo, publicado en España por la Editorial de la Universidad de Barcelona, en Chile por SIL-Universidad Finis Terrae, en Argentina por Marea, en Colombia por Ícono y en Costa Rica por Germinal. También es autor del relato de no ficción Los viajes del Penélope, editado por Tusquets Argentina en 2007 y traducido al inglés y publicado por Südpol como The Voyages of the Penelope en 2010, y de la antología de crónicas, perfiles y ensayos sobre música El arte de escuchar (Publicacions UB, 2015).
Actualmente trabaja en Crónicas bananeras, una investigación histórica y crónica de viajes sobre las ‘repúblicas bananeras' de Centroamérica, para Tusquets. Asimismo, dirige la colección Periodismo Activo de Publicacions de la UB, elegida en 2018 como la mejor colección por la Asociación de Editoriales Universitarias.
Es autor de capítulos en los libros La noticia deseada y Soldados de Noé (Argentina), Analizando los medios y la comunicación y Domadores de historias (Chile), y La Crítica y Libro de las palabras (Colombia), entre otros. Trabajó como reportero y editor en el Buenos Aires Herald, la agencia IPS y las revistas Hombres de Maíz y Lateral. Sus reportajes, crónicas y perfiles han sido publicados en medios como La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, Ajo Blanco, El Ciervo, Lateral, Room, Quimera, Gentleman, Gatopardo, Travesías, Etiqueta Negra, Página 12, Perfil, y Puentes.
Ha dado clases y seminarios en Ithaca College (EE.UU.), las universidades degli Studi di Milano (Italia), Colonia (Alemania), Católica de Valparaíso y Finis Terrae (Chile), los masters en periodismo de Clarín/San Andrés (Argentina) y U. Complutense de Madrid/ABC (España). entre otras. Es miembro de la International Associationfor Literary Journalism Studies (IALJS), y fellow del Seminario de Salzburgo y la Inter American Foundation. En 1998 obtuvo el 3er. premio de la Foreign Press Association de Nueva York. 

Blog: www.periodistanarrativo.wordpress.com

 Twitter: @RMHerrscher

 

Bibliografía

 

El arte de escuchar (2015)
Universidad de Barcelona 

Periodismo narrativo (2012)
Universidad de Barcelona

 

Periodismo narrativo (2009)
SIL-Universidad Finis Terrae 

 

 

Los viajes del Penélope (2007)
Editorial Tusquets 

Obras asociadas

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