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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 13 de diciembre de 2019

 Blog de Roberto Herrscher

Ernesto Picco: gran cronista y perfilador de Santiago del Estero

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Presentación de "Crónicas de tierra y asfalto" con Ernesto Picco en la Feria del Libro de Santiago del Estero

El 10 de noviembre de este 2019, en mi primera visita a la provincia argentina de Santiago del Estero, presenté Crónicas de tierra y asfalto junto con su autor, el prolífico y muy talentoso Ernesto Picco. Hace unos meses, cuando me pidieron escribir el prólogo de este libro, no sabía nada de Picco, ni de la hermosa Editorial de la Universidad Nacional de Santiago (EDUNSE) y su gente luminosa, y lo poco que sabía de esta provincia del interior profundo de mi país era por las chacareras, la nostalgia de los que partieron, la siesta de quienes se quedaron, y el hecho de que su histórica capital es la primera ciudad de lo que ahora es Argentina. Sin ser experto ni mucho menos, ahora ese otro Santiago (vivo y respiro en la capital chilena) ya está en mis recuerdos y en mi corazón. En gran parte por este libro y la cercanía con su autor. Este es el texto de mi prólogo para este erudito y emotivo canto de amor de un cronista a su tierra.

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Decía Borges – los argentinos sabemos secretamente que todo lo que merece ser dicho ha sido dicho ya por Borges – que en el Corán no hay camellos. Y no hay camellos porque aquellas ásperas tribus de los desiertos de Arabia no tenían ni la conciencia ni la necesidad de poblar los paisajes de su libro sagrado de aquello que los foráneos consideraban “típico” de sus desiertos y roquedales.

El paisaje estaba asumido, implícito. Las tormentas de arena se escuchan por detrás y por debajo de las órdenes imperiosas de Alá y los sueños de los rapsodas sobre un paraíso lleno de agua, leche y miel. No hay camellos porque no hacen falta.

Por eso mismo es que el otro día, mientras chateaba con Ernesto Picco y le contaba lo mucho que me gustó este libro suyo, se me ocurrió comentarle que en su Santiago del Estero no hay chacareras. Las chacareras santiagueñas son lo que los pajueranos, sobre todo los porteños, pensamos que se canta y se baila y se escucha siempre allí, después de la impostergable siesta y antes de las infaltables empanadas.

Esa es una de las muchas razones por las que pienso que este libro es tan profundamente santiagueño: porque no intenta serlo, no juega a serlo.  Es un ramillete de perfiles que dan cada uno en su blanco porque apuntan en distintas direcciones y están contados con estructuras y estilos diversos, y entre todos trazan un mapa de una provincia única y por lo tanto representativa de lo más argentino, lo más latinoamericano, lo universal. Cuanto más local, más compartible.

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Hay en el libro de Picco, por ejemplo, mucho de política, de política local. Es inusual encontrarse con un libro que ahonda en las rencillas internas, los odios y filias de la clase dirigente de un sitio remoto y sentirse inmediatamente interpelado.

El patriarca taimado Carlos Juárez y su séquito obsecuente, el arribista que pasó de gestionar las sórdidas noches provincianas a la nueva política, los dirigentes sindicales que combinan astucia con desgarro, el intelectual rebelde de una familia trágica de revolucionarios, un valiente defensor de presos políticos. El autor los entrevista – a ellos o a sus amigos o enemigos próximos –, los sigue y los observa, los investiga, los humaniza. Es la historia contada desde adentro, y por eso mismo un modelo para contar otras provincias, otros ámbitos.

Los males del pasado y del presente toman cuerpo y vuelan. Este libro no es un manifiesto ni un alegato, pero da voz a los sin voz. A la enfermedad olvidada porque afecta a los pobres, el Mal de Chagas-Mazza. A la música de la que no se ocupan los eruditos, la guaracha, porque la escuchan los pobres. A la épica de una lucha agraria de la que no se ocupan los medios nacionales, porque se pelea lejos y la sufren los pobres.

Destilan estas historias un amor por el terruño, un conocimiento profundo de lo propio, que se me hacen cercanas y relevantes, pese a que yo nunca estuve en Santiago, y son otros los Santiagos que me habitan en mis recuerdos.

Estos son mis Santiagos: una visita breve y lejana al calor húmedo del paisaje y de la gente de Santiago de Cuba; caminar y ser feliz en otra vidas en las piedras milenarias de Santiago de Compostela en lluvia y sentir la aspereza del botafumeiro en su Catedral; vivir y crecer y encontrarme ahora en Santiago de Chile.

Pero al adentrarme en las mesuradas páginas de este libro, me escapo de los santiaguinos y los santiagueros y los compostelanos; y me vuelvo un poco santiagueño.

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Contribuye a la espesura del texto y la emoción del encuentro el torrencial de datos, libros y reflexiones de la rica introducción que se abre tras este prólogo.

Ernesto Picco, además de cronista original y audaz, es un erudito de su tierra y de las formas en que fue contada. Los lectores se encontrarán, antes de recorrer los rostros de estos santiagueños ilustres, o representativos, o injustamente postergados, o esperpénticos o hilarantes, con un estudio de las maneras en que la provincia fue recorrida por contadores de historias reales, desde Pablo Lascano y Orestes Di Lullo hasta Julio Carreras y Ramón Carrillo.

Y al analizar las crónicas que cuentan su provincia, el periodista devenido investigador brinda pautas para definir los géneros de la crónica y el perfil. La mirada propia, la investigación exhaustiva, el estilo literario, la estructura narrativa.

Así, al lanzarse a entrar en su propia lista de cronistas de la ciudad y el monte, Picco ya trazó el camino de los que lo precedieron. Sus crónicas miran al pasado, a los héroes y las luchas que el poder procura que olvidemos, y a las formas en que el presente está modificando los tópicos y prejuicios sobre lo provinciano y sobre su provincia.

Y también innova en la forma: cada texto late y fluye con estructura propia, desde comienzos que a veces pintan una cara, se congelan en un gesto, trituran un paisaje, aventuran una suposición o un concepto que los lectores descubrirán y confirmarán después, al viajar con él.    

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Hacia el final de su introducción, Picco cita al maestro de los cronistas de viajes de la Argentina actual, Martín Caparrós. “Hago largos viajes porque quiero aprender a mirar para contar algún día la crónica más difícil de todas, que es la de la manzana de mi casa”, dijo Caparrós en una entrevista. Es una variante del viejo verso de T. S. Eliot, de viajar para aprender a volver a casa, y a mirar lo familiar como si fuera nuevo y extraño.

“¿Quiénes son, en Santiago, los que han escrito sobre las manzanas de su casa? ¿Hay allí una herencia para la crónica santiagueña?”, se pregunta el autor.

Si fuera un porteño quien la enunciara, por ejemplo el mismo Caparrós, pensaríamos que peca de falsa modestia. Pero como el libro entero rebosa de dudas y tanteos, podemos suponer que no esconde una respuesta oculta. Por eso, como prologuista lo postulo yo acá: es Ernesto Picco quien se alza sobre sus antecesores y pinta un cuadro de su Santiago a la altura de las mejores crónicas latinoamericanas de lo que va de este siglo XXI.

Y son crónicas en forma de perfiles, es retratar un lugar sin que se vean los paisajes, ni camellos ni chacareras ni cansinas siestas con mate bajo el ombú. Son mujeres y hombres de la tierra los que al vivir pintan el paisaje.

Es como si los Santucho, Juárez, Lescano, Posse o Chazarreta, al caminar su tierra en sus afanes y conquistas trazaran sin buscarlo un mapa del territorio. Un mapa que Picco encuentra y comparte aquí.  

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Crónicas de tierra y asfalto me recuerda un ambicioso proyecto emprendido durante casi todo el siglo XX por el más grande de los literatos de no ficción de la Península Ibérica, el catalán Josep Pla.

Entre los más de cuarenta tomos de sus obras completas, Pla emprendió durante décadas, de los veinte a los sesenta del siglo pasado, el pintar su tierra retratando en historias, entrevistas, recorridos y meditaciones a los grandes hombres de su Cataluña soñada. Los artistas exitosos, como Salvador Dalí, Pau Casals o Antoni Gaudí, o los fracasados, como Isidre Nonell, o los luchadores y líderes, como el fundador del POUM trotskista Andreu Nin, asesinado y desaparecido por los estalinistas.

Estos hombres son la tierra, la identidad, el paisaje de Cataluña para Pla. Los llamó, en su precioso idioma natal, Homenots, que son algo así como hombretones, que es más coloquial que grandes hombres y menos familiar que el nombre con el que se lo tradujo al castellano, Grandes tipos.

Son “homenots” los santiagueños de Ernesto Picco. Ninguno es perfecto, pocos son admirables, todos tienen taras y defectos y hasta crueldades. Pero son grandes a su manera, porque destacaron y salieron del rebaño, construyeron un “nosotros” local en la mayoría de los casos sin proponérselo, al tratar de emprender caminos individuales o luchas colectivas. Estos rostros, la mayoría ajados por el tiempo y el calor de los mediodías y la ventisca de las noches del noreste, trazan los rumbos de la provincia y permiten atisbarle un futuro.

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Hoy, mientras escribo estas líneas, Ernesto Picco está muy lejos de su tierra. Está en el terreno de mis propios recuerdos y pesadillas. En las Islas Malvinas.

Su talento y su perseverancia y el brillo de promesa de su prosa le hicieron ganar la codiciada Beca Jacobs de Periodismo de Viajes de la Fundación García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Con el fondo de esta beca, está en una tierra extraña, pero donde también lucharon y murieron santiagueños quienes, como yo, fueron enviados a luchar en una guerra doblemente cruel en 1982.

Como veterano de Malvinas y escritor de crónicas de las islas, tengo muchísimas ganas de leer las crónicas malvineras de este santiagueño trotamundos.

En este libro, los lectores descubrirán fácilmente por qué. Quien ha aprendido tan bien a describir su casa desde estos personajes fascinantes y entrañables, puede lanzarse a los confines del Atlántico Sur, a descubrir las heridas y remiendos de una lejana guerra ajena. Sé que también podrá descorrer ese manto de neblina y hacer propio lo extraño y traernos en palabras justas la comprensión de lo inaudito.  

[Publicado el 16/11/2019 a las 16:44]

[Etiquetas: Ernesto Picco, Santiago del Estero, EDUNSE, Crónicas de tierra y asfalto]

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Para malvados, los de la ópera

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La Flauta Mágica en el Gran Teatre del Liceu. Puesta en escena de Suzanne Andrade y Barrie Kolsky y videocreación de Paul Barritt. Escena final con la Reina de la Noche. Foto: A. Bofill

Dicen que cuando a Freddy Mercury le propusieron subirse a un escenario para cantar “Barcelona”, la canción de la Olimpíadas de 1992 en esa ciudad, con la soprano Montserrat Caballé, pensó que debía ponerse serio y solemne, moderar su furor rockero, bajarse del caballo. Actuaría con una dama clásica entrada en años.

Pero en el primer ensayo, el vendaval de gesticulación extrema y agudos que rompen copas de la gran cantante lo dejó con la boca abierta. Estaba ante una verdadera diva de la ópera… ¡lo que él soñaba ser!

Nada es moderado en el arte lírico. Es cierto que el público sea por lo general gente mayor, vestida de gala, que no grita ni baila ni se desgañita cantando con sus ídolos. Pero sobre los escenarios de la ópera se desarrollan las escenas más dramáticas, los amoríos más fulminantes, las muertes más tremendas, los peores odios y también las risas más frescas, en las comedias inteligentemente divertidas de Rossini y Donizetti.

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Y entrando en el terreno de los personajes malos, nadie es más malo que un malo de ópera. Porque un malo que canta con bella voz mientras la orquesta acompaña con arrullo de violines o fanfarria de trompetas sus falsas promesas es el colmo de la maldad. Hay malos que se conocen desde la primera nota: por ejemplo Scarpia, el jefe de policía torturador y lascivo de Tosca de Puccini. O Salomé, la niña perversa que ordena cortar la cabeza del casto Juan Bautista en la ópera homónima de Richard Strauss. Pero los peores  malos son, como en la vida real, los que la van de buenos.

Hoy quiero traerles mis tres preferidos. Son malos que ponen en acción la maquinaria del drama, porque convencen a almas incautas de que sus fines son nobles y de que los otros – los verdaderos buenos – merecen ser destruidos.

Primero, La Reina de la Noche de La flauta mágica de Mozart.  Aparece en una nube de ritmo marcial y convence al príncipe Tamino de que su hija ha sido secuestrada por el padre y que ella, la madre doliente, sufre por la injusticia y la ausencia. Tamino corre a rescatar a la princesa, pero se encuentra con que el padre es un monarca sabio, que la princesa está con él por su voluntad y que la verdadera mala es la nocturna Reina.

En su última aparición, ya desprovista de la careta de buena madre, exige a la hija que mate al padre, le entrega un cuchillo y canta la famosa arias con una sucesión demencial de notas agudas: el agudo, que para los barrocos era la voz de la inocencia y del amor, con el gran dramaturgo Mozart se convierte en el aullido de la maldad demente. En un giro de guión genial, Milos Forman convierte en su película Amadeus el aria de la Reina de la Noche en el reproche constante de la suegra del compositor.

La última Flauta mágica que vi, esta semana, fue una producción sorprendente de la Ópera Cómica de Berlín que vino este año a Barcelona y a Madrid, con dirección de escena de Suzanne Andrade y Barrie Kolsky y videocreación de Paul Barritt. Ante una pared en blanco, todo está proyectado como en una película muda de 1927 (el año es también el nombre del grupo creativo), con los cantantes casi siempre inmóviles, integrados en las imágenes proyectadas. Tal como se ve en la foto, la Reina de la Noche es una enorme, escalofriante araña de metal.

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Segundo ejemplo: Ortrud, la bruja de Lohengrin de Wagner. Ortrud está casada con el noble Friedrich von Telramund y forman una pareja en busca de la venganza y el poder. El marido acusa a la inocente Elsa de haber matado a su hermano pequeño, el heredero al trono de Brabante. Elsa pide que un héroe la defienda en un combate a muerte contra Friederich. Como era de esperar, a los dos primeros golpes de bastón, no aparece ningún voluntario. Pero a la tercera, llega montando un cisne blanco el caballero de la reluciente armadura.

Él le exige que nunca le pregunte cómo se llama, ni de dónde viene, ni cuál es su linaje. Lohengrin vence a Friederich pero le perdona la vida. En ese momento de debilidad comienza a llevarse a cabo el malvado plan de Ortrud: poco a poco, durante el larguísimo segundo acto, vierte en el inquieto oído de Elsa el veneno de la insidia: ¿por qué no te quiere decir cómo se llama? ¿qué te oculta? ¿cómo puedes confiar en él si no te confía lo más básico de su identidad?

Finalmente, en la noche de bodas (que se inicia con la Marcha Nupcial que aún resuena en las iglesias), Elsa no aguanta más y hace las preguntas prohibidas. Lohengrin no puede hacer otra cosa que contestar y marcharse de vuelta a su reino de caballeros. Ortrud cae derrotada (como antes la Reina de la Noche), pero el mal que propagó jugando con diabólica maldad de amiga y aliada ya hizo su efecto.

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Último ejemplo: la penúltima y para muchos la mejor ópera de Giuseppe Verdi: Otello, basada en la tragedia de Shakespeare. Otello, el moro de Venecia, está perdidamente enamorado de la rubia y aristocrática Desdémona. Acaba de volver de derrotar a los piratas y, aunque es negro y de origen humilde, los dueños de la ciudad le dan plenos poderes. Acaba de nombrar capitán a Casio, y el pérfido Iago, quien aspiraba al puesto, no lo perdona. Con maldad disfrazada de amistad desinteresada, Iago inocula lenta y magistralmente la enfermedad de los celos en la mente del inseguro Otello.

El plan de Iago es perfecto: primero emborracha a Casio y lo incita a la pelea con otro militar. Cuando Otelo lo castiga, le propone que convenza a Desdémona para que interceda por él. Cuando le dice a Otelo que sospecha de que hay algo entre su esposa y el capitán, la tragedia está servida. El moro se hunde en el abismo de sus celos, cada nuevo dato que le clava Iago con falsas advertencias de que son solo conjeturas lo abisman más y más, y al final asesina a su amada esposa en uno de los finales más espeluznantes de la historia de la ópera.

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Iago, Ortrud y la Reina de la Noche terminan mal. La crueldad del falso amigo no paga, pero casi siempre es demasiado tarde. A diferencia del malvado sin fisuras, el que lleva su juego de cruel bondad hasta el final no piensa en salvarse: solo le interesa su obsesión por destruir a su enemigo.

Y la ópera es el terreno perfecto para que estas tragedias nos atrapen y nos horroricen. Nadie puede resistirse a un malo que canta, que extiende su red de destrucción en bellas melodías. Y para el oyente, cuando está bien ejecutada, la insidia cantada es tan insoportable como imposible de olvidar.   

[Publicado el 26/7/2016 a las 15:58]

[Etiquetas: Wolfgang Amadeus Mozart, La flauta mágica, La reina de la noche, Giuseppe Verdi, Otello, Otelo, Iago, Richard Wagner, Lohengrin, Ortrud, Elsa, Freddy Mercury, Montserrat Caballé]

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Adolfo Suárez, héroe de una novela verídica: recuerdo de Anatomía de un instante de Javier Cercas

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Esta mañana aterricé en el Aeropuerto Madrid-Barajas. Venía de Guatemala, de impartir y compartir un taller intenso y fascinante sobre memoria histórica de las masacres de una dictadura atroz. Unas horas más tarde, salía hacia Barcelona, pero por decisión urgente del gobierno español, el aeropuerto ya tenía otro nombre: Adolfo Suárez. Todos los diarios del aeropuerto y todas las cámaras de televisión tenían la mirada intensa del recién fallecido primer presidente de la democracia española. Las fotos de Suárez son impactantes: parece que nos está mirando a cada uno de nosotros.

En el vuelo me acordé de un libro que me hizo pensar de nuevo, de forma novedosa, que no me deja pensar como antes, en la figura del hombre a quien hoy todos rinden honores. Es Anatomía de un instante, de Javier Cercas. Hace tres años, cuando revisé y amplié mi libro Periodismo narrativo para Publicaciones de la Universidad de Barcelona (antes había salido en Chile, el mes que viene saldrá en Costa Rica), le agregué una presentación y análisis de dos grandes de estas tierras: Josep Pla y Javier Cercas.

Y de Cercas, dediqué estas líneas a hablar de ese libro excepcional, Anatomía de un instante, y de su héroe insólito, el joven falangista simpático devenido en fundador de la Transición española. En el día de su funeral, quería compartir estas páginas de mi libro. España y su historia reciente son algo distinto para mí desde que conocí a este hombre que hoy está en la memoria de todos, y que murió con Alzheimer, sin acordarse de todo lo que hizo, y de todo lo que le hicieron.

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Los españoles de cierta edad recuerdan haber visto en blanco y negro algunos segundos de la escena del asalto al Congreso de los Diputados por una tropa de guardias civiles al mando del teniente coronel Tejero, la tarde del 23 de febrero de 1981.

Tejero manda a los diputados a tirarse al suelo y disparan al techo con sus fusiles. En un paneo de la cámara de Televisión Española que siguió grabando la escena por más de media hora, se ve que los escaños quedan vacíos, con manos o calvas asomando medrosas por detrás las sillas de adelante.

Todos menos tres: hay tres diputados que no se agachan. Que desafían a los golpistas, y que se enfrentan a un probable ajusticiamiento. El primero es el presidente del gobierno Adolfo Suárez, un joven ‘chisgarabís’ (palabra que Cercas usa una y otra vez para describir al pícaro arribista). Suárez había subido y subido, desde un puesto como ‘gallito de provincias’ en el movimiento falangista de su Ávila natal, hasta convertirse en el último secretario general del movimiento, luego director de Televisión Española, amigo y aliado del joven rey Juan Carlos, y sorprendentemente en presidente del último gobierno antes de la constitución, nombrado por el nuevo rey.

Y que, más sorprendentemente aún, se había presentado a las elecciones de 1979 con un partido centrista hecho a su medida. Y encima las había ganado.

Pero en 1981 la carrera de Suárez estaba acabada. Tras transformar España para siempre, había perdido los últimos apoyos que le quedaban: el del rey y el de su propio partido. Suárez había renunciado hacía tres meses; de hecho, la sesión del Congreso del 23 de febrero era para nombrar a su sucesor, Leopoldo Calvo Sotelo, y los primeros diputados habían empezado a votar cuando Tejero y sus hombres irrumpieron en la sala.

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El segundo que no se tira al suelo es el vicepresidente, general Manuel Gutiérrez Mellado, golpista en 1936.

A finales de ese año, en plena Batalla de Madrid, el teniente Gutiérrez Mellado había sobrevivido por muy poco a la masacre de Paracuellos, donde fueron fusilados sin juicio cientos de quintacolumnistas en el Madrid republicano. Gutiérrez Mellado había permanecido leal durante todo el franquismo, pero con la transición, convencido de que debía desmontarse el régimen, se había convertido en firme aliado de Suárez en su obra de instalar en España una democracia europea y su audaz empeño de legalizar el Partido Comunista.

Por todo esto, Gutiérrez Mellado era el segundo personaje más odiado por el estamento militar, que en 1981 seguía pegado a sus ideas y gestos franquistas. El más odiado, por supuesto, era Suárez.

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El tercero que no se agacha el 23-F, sino que sigue fumando erguido en su escaño, es Santiago Carrillo.

Carrillo fue el mítico líder de los comunistas españoles en el exilio, el que acordó con Suárez el desmonte de la estructura franquista a cambio de plegarse a una legalidad que instaurara el olvido, a abandonar la lucha armada y hasta los fines por los que tantos habían perdido la vida. En 1979 y 1980, poderoso diputado, Carrillo negoció con Suárez la forma y las leyes de la nueva España, para estupor y rabia de los viejos franquistas.

Por todo aquello, Carrillo era el tercer hombre más odiado por los hombres del golpe.

¿Qué pasado unía a estos hombres? En una vuelta de tuerca típicamente ‘cerquiana’, Carrillo había dirigido a las fuerzas de seguridad en el caótico Madrid de 1936, a los 21 años. Nunca se pudo comprobar su participación en la masacre de Paracuellos, pero es probable que la haya conocido y aprobado.

Es decir, probablemente tenga algo de responsabilidad, aunque sea por omisión, en la masacre donde a punto estuvo de perder la vida el entonces teniente Gutiérrez Mellado. Y ahora, a las dieciocho horas y veintitrés minutos del 23 de febrero de 1981, ambos enfrentan con una valentía sin aspavientos pero enorme a los mismos golpistas, sin saber que una cámara está grabando el gesto de ellos y de Suárez, así como el gesto más entendible pero sonrojantemente anti-heróico de los otros 347 diputados.   

¿Qué pasa en ese instante? ¿Qué hacen estos tres dementes? ¿Quiénes son, de dónde viene, qué les debe pasar por la cabeza? ¿Y qué fue ese extraño episodio, que bien pudo acabar con la incipiente democracia española y que terminó reforzado la imagen y la autoridad de un rey que para la mayoría era, hasta ese momento, poco más que el joven educado por Franco y elegido por el dictador para sucederlo?

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Anatomía de un instante es, en parte, la historia de la transición española. Una historia única en el mundo, que se toma como modelo o como peligro en procesos de cambio aún hoy y a lo largo del mundo, y sobre la que los españoles siguen discutiendo como si hubiera sido ayer.

Es que no fue ayer: es hoy.

Y en su forma de unir en un gesto a tres hombres tan dispares y simbólicos como Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo, Javier Cercas logra transformar ese instante es una fabulosa e inspiradísima manera de hablar de la historia reciente y hablar también de la psicología política de hombres que forjaron esa historia. Una historia escrita con la profundidad de los cuentos de Borges.

Ya sabíamos que Cercas era ‘borgiano’ Pero en esa introducción, donde el autor explica por qué abandonó su proyecto de novela sobre el 23-F y se puso a escribir un nuevo libro, de no ficción, deja claro su ideario y su credo narrativo al proponer averiguar y contar todo lo que averigua a partir de esa escena de los tres hombres erguidos, los energúmenos con sus fusiles y los escaños vacíos:

“De repente, me pareció una imagen hipnótica y radiante, minuciosamente compleja, cebada de sentido: tal vez porque todo lo verdaderamente enigmático no es lo que nadie ha visto, sino lo que todos hemos visto muchas veces y pese a ellos se niega a entregar su significado, de repente me pareció una imagen enigmática. Fue ella la que disparó la alarma. Dice Borges que ‘cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es’.”

Y Cercas quiso saber si estos hombres supieron en ese momento quiénes eran realmente, pero sobre todo le intrigaba, le hipnotizaba, le acicateaba la imagen de Suárez sentado en su banca mientras las balas zumbaban a su alrededor.

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Suárez es el hombre de Anatomía de un instante. Pero los otros, dos viejos soldados de la Guerra Civil, son los que permiten entender el extraño caso del hombre menos indicado para cambiar la historia de España, y el único que pudo cambiarla en un plisplás.

Si no estuvieran las imágenes en blanco y negro, el hecho de que quienes se negaran a cumplir la orden de tirarse al piso fueran precisamente tres personajes tan simbólicos y tan precisos como Adolfo Suárez, Manuel Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo parecería la invención fácil de un guionista de Hollywood. Pensaríamos que las cosas nunca pasan de forma tan diáfana, nunca los personajes políticos representan de forma tan precisa su papel en un segundo clave.

Y sin embargo así es como pasó ese momento. Y para entender y explicar ese momento, Cercas necesitó cuatro años de investigación y 462 páginas (comparadas con las 209 de Soldados de Salamina y las 304 de La velocidad de la luz). 

La estructura de Anatomía de un instante vuelve a la maestría, la mano firme de Soldados de Salamina. Qué fácil es decir que un libro con una estructura clara, se lee y se sigue mucho mejor, y qué difícil lograrlo. Aquí sentimos otra vez que estamos en manos de un maestro.

Las páginas avanzan y retroceden en el tiempo. Por un lado cuentan minuciosamente los hechos del 23 al 24 de febrero, comenzando en cada una de las cinco partes en que se divide el libro con una descripción minuciosa y de alto vuelo verbal, de lo que se ve en las imágenes televisivas a medida que avanza la jornada golpista. Los relatos que siguen a cada una de estas introducciones permiten entender qué es lo que está pasando, quiénes son los que aparecen y los que no aparecen en la escena, y por qué pasa lo que pasa.

Una segunda serie de historias se abre a partir de la presentación de cada uno de los personajes fundamentales en el instante ‘cebado de sentido’.

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Cercas se detiene para contar, con alarde de datos y un gran talento para la psicología política, en la historia personal de los tres valientes y de los otros personajes importantes de esta tragedia: Juan Carlos I, su jefe de la Casa Real, Sabino Fernández Campo, el jefe de la unidad de operaciones especiales del servicio de inteligencia (CESID), José Luis Cortina y los máximos responsables del golpe y del fracaso del golpe, al menos hasta que otra investigación logre demostrar que hubo responsables más arriba: el untuoso general Alfonso Armada, antiguo jefe de la casa del rey y viejo educador del joven príncipe, el general Jaime Milans del Bosch, franquista de viejo cuño a cargo de las tropas en Valencia – la única unidad militar que salió a la calle para apoyar el golpe – y el mismo teniente coronel Antonio Tejero.

En su segunda mitad, Anatomía de un instante se pierde un poco, creo, en intentar resolver todos los enigmas del golpe. Con la cota puesta tan alto por el propio autor, al final me cuesta perdonarle ciertas páginas farragosas.

En conclusión, como obra divulgativa para quienes queremos entender el pasado reciente y el presente de España, toda la obra es necesaria. Pero para los que no, los lectores de otros países, por ejemplo, se detiene demasiado morosamente en personajes muy menores y reyertas internas. Es como si Soldados de Salamina trazara la biografía entera de todos los que fundaron Falange junto con Sánchez Mazas, y también se detuviera en los pormenores de la caída de Barcelona y la marcha a pie en el gélido enero de los miles de republicanos que huyeron a Francia en los últimos días de la guerra.

Pero la frondosidad no le quita un ápice de altura al gigantesco árbol de este libro. Qué menos que darle la razón a Cercas cuando dice que algunos episodios tienen tanta fuerza, tanta poesía, tanta capacidad para asombrarnos por sí solos que no hay que novelarlos. Que es mejor usar las dotes literarias – que a este autor le sobran – para intentar contar lo que pasó y tratar de sacar las conclusiones, extraer el sentido de un episodio, como repite una y otra vez, ‘cebado de sentido’.

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En el final descuella, poderoso y apenas mencionado, el padre de Cercas, un ‘suarista’ de la primera hora, un sobreviviente simpático, como lo fueron la mayoría de los que, sin ser héroes ni villanos, se abrieron camino negociando la conservación de algo de dignidad personal en las aguas pantanosas y pestilentes del franquismo.

El padre de Cercas murió en el momento en que Suárez, aquejado por las últimas etapas del Alzheimer, reaparecía en las noticias, como un fantasma sin memoria ni consciencia de haber sido vilmente traicionado. La foto, que inundó las portadas de los diarios, muestra a Suárez sin memoria caminando por los jardines de su casa, abrazado por el rey Juan Carlos, el hombre poderoso que lo dejó solo cuando el político centrista más lo necesitaba.

En unas pocas líneas puedo ver y entender al padre de Cercas, el porqué del libro, de crear un gigantesco edificio de investigación palabras para explicar la formación de la España de hoy. Y al mismo tiempo puedo maravillarme con la construcción de un gran personaje real, el chisgarabís (¿qué querrá decir esa dichosa palabra?) que no molestaba a nadie y fue puesto en el papel de presidente para que nada cambie, y se lo creyó y lo cambió todo, y en el instante supremo se jugó la vida.

El aborrecible falangista Sánchez Mazas, que existió para perjuicio de España, no se merecía ser el centro de atención de un gran autor. Miralles, el supuesto miliciano de la República, se lo merecía, pero no existió: para encontrar un miliciano a la medida de sus ideales, Cercas se lo tuvo que inventar.

Ahora sí, finalmente, Javier Cercas logró el que para mí es el mejor libro de periodismo narrativo de lo que llevamos de siglo XXI. Y su personaje, Adolfo Suárez, impagable, contradictorio y heroico a su pesar, a la vez verdadero y cierto, sí se lo merecía.

 

[Publicado el 24/3/2014 a las 21:19]

[Etiquetas: Adolfo Suárez, . Javier Cercas, Anatomía de un instante, Soldados de Salamina, Santiago Carrillo, Manuel Gutiérrez Mellado, Rafael Sánchez Mazas]

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Biografía

Es escritor y periodista, especializado en cultura, sociedad y medio ambiente, y profesor de periodismo.
Nació en Buenos Aires en 1962, estudió sociología y teatro en su ciudad natal, periodismo en Nueva York y reporterismo ambiental en Berlín. Es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Master en Periodismo por Columbia University.
Es profesor de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado en Santiago de Chile, donde dirige el Diplomado en Escritura Narrativa de No Ficción. Entre 1998 y 2016 vivió en Barcelona, donde dirigió por 18 años el Master en Periodismo BCN_NY, organizado por IL3-Universidad de Barcelona y la Universidad de Columbia en Nueva York. Escribe habitualmente para la revista Opera News y el diario La Vanguardia, y colabora con The New York Times en español, La Folha de Sao Paulo y la revista Ñ de Clarín en Argentina.
Herrscher es el autor de Periodismo narrativo, publicado en España por la Editorial de la Universidad de Barcelona, en Chile por SIL-Universidad Finis Terrae, en Argentina por Marea, en Colombia por Ícono y en Costa Rica por Germinal. También es autor del relato de no ficción Los viajes del Penélope, editado por Tusquets Argentina en 2007 y traducido al inglés y publicado por Südpol como The Voyages of the Penelope en 2010, y de la antología de crónicas, perfiles y ensayos sobre música El arte de escuchar (Publicacions UB, 2015).
Actualmente trabaja en Crónicas bananeras, una investigación histórica y crónica de viajes sobre las ‘repúblicas bananeras' de Centroamérica, para Tusquets. Asimismo, dirige la colección Periodismo Activo de Publicacions de la UB, elegida en 2018 como la mejor colección por la Asociación de Editoriales Universitarias.
Es autor de capítulos en los libros La noticia deseada y Soldados de Noé (Argentina), Analizando los medios y la comunicación y Domadores de historias (Chile), y La Crítica y Libro de las palabras (Colombia), entre otros. Trabajó como reportero y editor en el Buenos Aires Herald, la agencia IPS y las revistas Hombres de Maíz y Lateral. Sus reportajes, crónicas y perfiles han sido publicados en medios como La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, Ajo Blanco, El Ciervo, Lateral, Room, Quimera, Gentleman, Gatopardo, Travesías, Etiqueta Negra, Página 12, Perfil, y Puentes.
Ha dado clases y seminarios en Ithaca College (EE.UU.), las universidades degli Studi di Milano (Italia), Colonia (Alemania), Católica de Valparaíso y Finis Terrae (Chile), los masters en periodismo de Clarín/San Andrés (Argentina) y U. Complutense de Madrid/ABC (España). entre otras. Es miembro de la International Associationfor Literary Journalism Studies (IALJS), y fellow del Seminario de Salzburgo y la Inter American Foundation. En 1998 obtuvo el 3er. premio de la Foreign Press Association de Nueva York. 

Blog: www.periodistanarrativo.wordpress.com

 Twitter: @RMHerrscher

 

Bibliografía

 

El arte de escuchar (2015)
Universidad de Barcelona 

Periodismo narrativo (2012)
Universidad de Barcelona

 

Periodismo narrativo (2009)
SIL-Universidad Finis Terrae 

 

 

Los viajes del Penélope (2007)
Editorial Tusquets 

Obras asociadas

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