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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 15 de octubre de 2019

 Blog de Roberto Herrscher

¡A gozar y a sufrir con Macbeth!: Vindicación pasional de la ópera

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Está a punto de empezar la temporada de ópera en Bogotá y el diario colombiano El Tiempo me pidió un texto que en parte informara, entretuviera, educara y invitara a disfrutar de este arte, que a veces me pregunto por qué me gusta tanto. Aquí está: salió en el diario del domingo. Los ejemplos son de óperas en directo y en pantalla (de la temporada del Metropolitan de Nueva York) que se transmiten en Colombia. Pero al leerlo hoy con otros ojos, creo que tiene sentido en otros países, porque es mi intento de empujar a los lectores a disfrutar de un arte único, y un compartir con ustedes deleites y descubrimientos artísticos que me acompañan desde hace décadas. 

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¿Le gustan las historias apasionantes, bien contadas y presentadas con arte, música emotiva y voces angelicales? Aunque no lo sepa, la ópera es para usted.

Probablemente alguien le dijo alguna vez que la ópera era para otra gente: públicos muy selectos, hijos y nietos de melómanos, gente remilgada y anticuada. Si no, le han advertido que requiere mucho trabajo y conocimientos previos. Y si no, ha escuchado a un amigo o familiar burlándose de los raros que se sientan a ver estas torturas con música, larguísimas y cantadas en otro idioma.

¿Hay que ser experto? Déjeme decirle que los que entramos en esta afición, al principio tampoco sabíamos mucho. Lo fuimos aprendiendo. ¿Qué si se puede soportar algo tan largo? Las óperas duran menos que una telenovela, una serie en televisión o un novelón. ¿Qué cómo se entiende en otro idioma? ¡Si es que no tenemos problemas con películas con subtítulos!

Y otra cosa: solo necesitamos prestar atención, abrir los sentidos, ver y escuchar sin prejuicios. Lo mismo que se necesita, por ejemplo, para disfrutar de un deporte nuevo en las olimpíadas.

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Este es también un momento ideal para meterse en este mundo de melodías envolventes y sentimientos desbocados. La ópera se está popularizando. Ya no hace falta ir con vestido largo o con saco y corbata; en los teatros se ponen sobretítulos en español; y las entradas de los pisos altos son más baratas que las del fútbol.

Además, está por empezar en Colombia una temporada lírica: en el teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá se pondrá en escena Turandot, la ópera póstuma de Giacomo Puccini.

¿Se la cuento? Es la historia de una princesa fría como el hielo, un príncipe enamorado y un acertijo que abrirá el corazón de la princesa. Es una ópera que en el momento de su estreno, hace ochenta años, fue tan popular como las películas de Steven Spielberg o las canciones de Shakira hoy.

Además, es la ópera cuyo punto fuerte, el aria para tenor Nessun dorma, llenó el corazón de millones de espectadores y oyentes en la voz de Luciano Pavarotti.

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¿Que usted no puede ese día o no le gusta ir al teatro? Ahora tiene la opción de ver ópera en las mejores condiciones en la pantalla, transmitida en alta definición desde el Metropolitan de Nueva York. Con la más alta tecnología digital, desde hace una década los mejores teatros de ópera del mundo, de París a Barcelona y de Milán a Londres, están grabando espectáculos en vivo y transmitiéndolos en cines de medio mundo.

No es solo una experiencia similar a la de estar sentado en la butaca de terciopelo rojo en la platea de un gran teatro. Es en muchos sentidos mejor: la dirección de cámaras toma primeros ángulos para ver las caras y los gestos de cantantes que cada vez dominan más las dotes del actor. Es como disfrutar de un partido de la Champions grabado con decenas de cámaras.

Así que no espere más. Cálcese unas zapatillas cómodas, embútase en esos jeans ajustados, ponga el celular en silencio y dedique tres horas a viajar en el tiempo y el espacio. Porque eso tienen los clásicos: transportan a una época y un mundo donde todo era más lento, más sosegado, donde las artes ayudaban a pensar en la propia vida y ver el mundo con nuevos ojos.

Ya está por comenzar la temporada: el 11 de octubre, en nueve teatros de Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla y Bucaramanga comenzarán a sonar las notas dramáticas de Giuseppe Verdi, en la primera de sus óperas a partir de obras de William Shakespeare.

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Se trata de Macbeth, la historia del noble escocés y su diabólica esposa, que reciben de unas brujas la profecía de que serán reyes. Tras asesinar al líder reinante y a sus rivales, los Macbeth se enfrentarán con las terribles consecuencias de sus actos. La música cuenta la historia y al mismo tiempo despierta sentimientos de exaltación, miedo, horror y esperanza. 

¿Qué suena a El señor de los anillos o a Juego de tronos? Por supuesto, la virulencia de las escenas y la majestuosidad de la escenografía de esas obras actuales no existirían sin el genio de Verdi. Muchos de los directores, músicos, escenógrafos y guionistas de películas y series de hoy deben mucho a los grandes compositores, como Wolfgang Amadeus Mozart o Richard Wagner.

Para compartir su secreto, lo invito a acercarse. Se trata de abrir la puerta, los ojos y los oídos. Muchos ya entraron, y están ahora esperando con impaciencia la próxima función.    

[Publicado el 29/9/2014 a las 18:37]

[Etiquetas: Ópera, Giuseppe Verdi, Giacomo Puccini, Macbeth, William Shakespeare, Turandot, Teatro Jorge Eliécer Gaitán, Metropolitan Opera House, ópera en cines]

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Federico Gargiulo: Un editor aventurero en el fin del mundo

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Me lo tuvo que repetir. Cuando en 2008 me llamó por Skype desde Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, hasta mi casa en Barcelona, yo no terminaba de entender lo que Federico Gargiulo me quería ofrecer.

Al final todo quedó claro. Él acababa de leer mi libro, Los viajes del Penélope, que Tusquets había publicado en Buenos Aires en 2007, y quería traducirlo y publicarlo en inglés, en la pequeña ciudad patagónica, principalmente para beneficio de turistas y viajeros internacionales. 

“Pero me falta el traductor”, me dijo. Así empezó nuestra aventura común y nuestra amistad.

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Federico se había especializado en libros de viajes, empezando con su propio relato de una peripecia a pie por Tierra del Fuego: Huellas de Fuego, en 2007. De hecho, Gargiulo se convirtió en editor para publicar sus propias obras y las que le gustan leer, relacionadas con el embrujo de la Patagonia, con los viajes y los aventureros. Quería compartir su pasión, mostrar a los visitantes sus descubrimientos y traer al español a autores lejanos, como el inglés Ernest Shackleton y el alemán Gunther Plüschow. 

“La idea inicial era que fuese una editorial especializada en expediciones y viajes por el sur (Patagonia, Tierra del Fuego y Antártida), pero luego me di cuenta que lo que me interesaba era el tema de los viajes. Y entonces la meta es consolidar a la editorial como la más importante en Argentina dentro de lo que se refiere a literatura de viajes, un nicho que no está muy explotado en nuestro país”, me resumió Gargiulo hace poco,  cuando empecé a hacerle preguntas sobre su editorial para transformar mi admiración en estas palabras en mi blog.

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La editorial se llama Südpol, Polo Sur en alemán. Y los libros que saltan al mundo desde la capital de Tierra del Fuego son cuidados con mimo artesanal: las portadas, con fotos que invitan a soñar con aventuras, la inclusión de fotos y mapas, la edición cariñosa. Poco a poco, en su siete años de vida Südpol ha ido saliendo de su refugio sureño y se ha expandido por Argentina y Latinoamérica.

En el camino obtuvo grandes éxitos. Por ejemplo, publicó por primera vez en castellano el clásico Sur, de Shackleton, el aventurero por excelencia que fracasó en llegar al Polo Sur pero volvió para salvar a todos sus hombres. Cien años después de su gesta sigue siendo admirado por cumplir su promesa imposible y pensar en los demás antes que en sí mismo. Un aventurero cabal.

“También dimos a conocer en castellano Tierra de Tempestades, de Nick Shitpon, un escalador británico famosísimo que anduvo por la Patagonia pero que es más reconocido aún por sus expediciones al Himalaya”, me cuenta mi editor, con la misma contagiosa alegría de sus primeros días.

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Y va a más. El año pasado publicó A vela hacia el país de las Maravillas, el único libro que no estaba disponible en castellano del legendario aventurero alemán Gunther Plüschow, el primero en tomas fotos y grabar película en los lagos y montañas del sur de América en los años 20. Este libro es un orgullo extra para mí, porque la traducción es de mi tía Marion Kaufmann, traductora del alemán al castellano y viceversa, y estupenda periodista en ambos idiomas.    

Y este año finalmente se hizo un hueco en los suplementos literarios y las listas de los más vendidos con la excelente crónica El mejor trabajo del mundo, de la gran viajera Carolina Reymúndez.

La intensa búsqueda de un cassette con una entrevista realizada hace casi veinte años al escritor Paul Bowles es el punto de partida para el sustancioso viaje interior de esta cronista que recorre el mundo por trabajo. De Marruecos a Lima y de Suiza a la cordillera riojana, en el libro pasan geografías, paisajes y apuntes de viaje”, dice entusiasmado Federico en su comentario al libro. Reymúndez cuenta sus viajes con deleite y reflexiona sobre el arte de viajar y sobre qué la mueve a salir una y otra vez a descubrir el mundo.  

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Federico también sigue mejorando su propia prosa: de la fascinación juvenil de su primer libro pasó a Papeles de Tierra y Mar, una sucesión de exquisitas crónicas que incluyen más viajes por su isla, recorridos por la costa patagónica, experiencias en crucero a la Antártida y hasta el día en que corrió una maratón en las Malvinas.

En parte soy responsable de esa, su gran aventura en Puerto Stanley: su anfitrión fue el traductor que le propuse para The Voyages of the Penelope: el maestro malvinense John Fowler, quien vivió y sufrió la guerra entre nuestros dos países en 1982, como yo, y que  ahora es amigo de los dos. Para la época en que Federico me llamó para decirme que quería publicar mi libro en inglés pero le faltaba un traductor, me escribió John.

La casa de John había sido destruida durante la guerra por un misil británico mal calibrado. Esa noche del 12 de junio de 1982, mientras yo temía la lucha cuerpo a cuerpo con los Marines ingleses en las calles de Puerto Argentino, murieron en casa de John los únicos tres civiles malvinenses de toda la guerra.

John quería ayudar a difundir Los viajes del Penélope. Pronto llegamos a un acuerdo: él lo traduciría al inglés melodioso y preciso de los malvinenses. Ni inglés británico, ni norteamericano, ni australiano: el lenguaje que se habla en esas islas castigadas por el viento y la historia. De paso, le agregó una dimensión más al diálogo que quise emprender con el pasado, con las memorias de guerra de los dos lados y con un desencuentro trágico.

Hace unos días John me llamó para decirme que uno de los “personajes” principales de mi libro, el capitán del Penélope Finlay Ferguson, había muerto. Y que en la ceremonia religiosa, el sacerdote había leído un fragmento de mi libro, traducido por John Fowler y publicado por Federico Gargiulo en Ushuaia.  

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El editor sigue trabajando con su traductor malvinense: John Fowler ya vertió al inglés dos libros más para Südpol: Vagabundeando en el Eje del Mal, de Juan Pablo Villarino, y La Patagonia Vendida, de Gonzalo Sánchez. Son visiones del mundo de adentro y de afuera desde miradas criollas, vertidas al inglés por uno de los principales escritores e intelectuales de las Malvinas y publicadas en el fin del mundo. Y todo por la ambición y el entusiasmo de un editor loco y carismático.

En estos siete años Südpol ha crecido y se ha sofisticado. Federico quiere crear una revista digital de periodismo de viajes, publicar más en castellano, encargar textos nuevos.

Ya publicó 14 títulos, pero si se cuentan los que salieron en varios idiomas, ya son 20 libros. El que quiera dar con ellos, los encontrará en su web: www.sudpol.com 

Me enorgullece ser parte de este proyecto original y valiente y de que este camino me haya traído la amistad de Federico Gargiulo. De hecho, trabajo y amistad son para él, como para mí, lo mismo. Eso lo hace tan buen editor y tan buen amigo. 

[Publicado el 06/7/2014 a las 19:28]

[Etiquetas: Editorial Südpol, Federico Gargiulo, Los viajes del Penélope, The Voyages of the Penelope, Ernest Shackleton, Sur, South, Tierra de Tempestades, Nick Shipton, Gunther Plüshow, A vela hacia el país de las Maravillas, Carolina Reymúndez, El mejor trabajo de]

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Gerard Mortier, despedida y gratitud al maestro espiritual

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La foto que preside este pequeño homenaje es una de las últimas que el fotógrafo del Teatro Real (apropiadamente llamado Javier del Real) le tomó a Gerard Mortier. La jefa de prensa internacional del teatro, Graça Ramos, nos la envió a los corresponsales poco después de saberse la noticia del fallecimiento de Mortier, a los 70 años, el sábado, en su casa en Bruselas. Acababa de perder una valiente batalla contra el cáncer.

En la foto se lo ve consumido, agotado, pero con la mirada viva, inteligente, penetrante, irónica, que recordamos los que tuvimos el privilegio de entrevistarlo.

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Hijo de un panadero belga, Mortier llegó a la cima de la gestión y organización de exquisitos eventos musicales por sus propios méritos y con una auto-exigencia, cultura y ambición artística únicas en las últimas décadas. Fue el sucesor de Herbert von Karajan como director artístico del Festival de Salzburgo, llevó al teatro de ópera de su ciudad natal, La Monnaie, a la vanguardia de la ópera contemporánea, y en la Ópera de París mostró las grandes obras del pasado de una forma nunca antes vista.

Se alió durante su larga carrera con muchos de los creadores más innovadores de la escena teatral y musical contemporánea: directores de escena como Robert Wilson, Peter Sellars, pintores y escenógrafos como Eduardo Arroyo, directores de ópera como Sylvain Cambreling, Teodor Currentzis o la joven y prometedora batuta española Pablo Heras-Casado.

Eran alianzas artísticas y espirituales: los convocó, los trajo a Madrid para llevar al Teatro Real a cotas nunca vistas de osadía artística. Como en Salzburgo o en París, a muchas sensibilidades conservadores los “inventos” de Mortier no les gustaban: preferían lo de siempre, el brillo y el oropel, el triunfo de las voces famosas, las óperas del repertorio usual, puestas en escena tradicionales.  

En su última etapa como mago y dinamizador cultural, Mortier creyó que la ópera de la capital española se merecía estrenos como The Perfect American de Philip Glass o el reciente Brokeback Mountain de Charles Wuorinen, la recuperación de joyas del pasado remoto, como The Indian Queen de Henry Purcell o del siglo XX, como San Francisco de Asís de Olivier Messiaen o el Wozzeck de Alban Berg.

Todas sus puestas fueron cuidadas al máximo, todas las que ví (más de la mitad de las que puso en escena en Madrid) me dejaron pensando, con preguntas y dudas profundas, en un estado de gozo y desasosiego interior, todo al mismo tiempo. De varias de las que más me impresionaron (como el Cosí fan tutte mozartiano dirigido por Michael Haneke) escribí en este blog.

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El año pasado lo entrevisté en su despacho, cuando todavía no lo habían despedido ignominiosamente por haber opinado que quería participar en la elección de su sucesor. Hablamos de ópera, de música, de teatro, pero sobre todo de espiritualidad. En su discurso percibí algo que pocas veces se escucha en estos días: un llamado pasional por hacer volver, crecer, ganar espacio los valores del espíritu, la cultura y el arte en la sociedad contemporánea, pero no el espíritu como servidor de ninguna religión. Un espiritualidad a-confesional.

Ahora están de vuelta los católicos, con su jefe Francisco en la cresta de la popularidad, llamando a una lucha entre la religión establecida y la superficialidad, el consumismo. Como si fueran las únicas posibilidades. Los valores espirituales por los que predicó, luchó y dio hasta su último aliento Gerard Mortier no son los de la católica ni de ninguna otra iglesia. Son valores ligados por un lado a la ilustración europea, pero por otro lado a una búsqueda personal, universal, en el fondo ácrata, propia de los artistas de verdad, que no sirven a ningún amo.

En su última rueda de prensa, hace un mes y medio, para presentar Brokeback Mountain, con 40 grados de fiebre y con el cáncer royéndole el páncreas, habló de la emoción del amor, de la lucha contra las ataduras y prohibiciones de los censores, y por la libertad individual en su sentido más profundo. En castellano, en inglés, en francés y en alemán, siempre a velocidad de vértigo y con un humor inagotable, hizo su último chiste, después de despotricar contra los ataques del gobierno de España y de Madrid a los derechos sexuales y reproductivos que tanto costó conseguir. “Yo digo lo que pienso. A mí ya me echaron”, dijo con una sonrisa seráfica. “¿Me van a echar otra vez?”

Nadie lo podrá echar de la memoria agradecida de los que disfrutamos de los espectáculos importantes, actuales, desafiantes que creó. Por él sentimos, por un momento, que tiene sentido y valor social y político este arte anquilosado, caro y favorito de los que llenan sus plateas, los encorbatados y las perfumadas que no sufren la crisis.

Gracias, maestro íntegro. Te echaré de menos, Gerard Mortier.  

[Publicado el 10/3/2014 a las 17:47]

[Etiquetas: Gerard Mortier, Teatro Real, Teatre de la Monnaie, Festival de Salzburgo, Ópera de París, Graça Ramos, Javier del Real, Robert Wilson, Peter Sellars, Eduardo Arroyo, Sylvain Cambreling, Teodor Currentzis, Pablo Heras-Casado, The Perfect American, Philip G]

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Recuerdos crueles: Juan Ayala da voz a los ‘colimbas’ de La Plata en Malvinas

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Pasaron casi 32 años de la Guerra de las Malvinas, y siguen asombrándome los muy buenos relatos, memorias, investigaciones periodísticas que no dejan de brotar sobre el conflicto. 

Ahora, una vida más tarde, los sobrevivientes nos enfrentamos con lo que nos pasó, pero también reflexionamos sobre lo que ocurrió, tanto en el llamado Teatro de Operaciones como en “el continente” argentino y en Gran Bretaña.  

Quiero hablarles de varias obras recientes que me emocionaron, que me hicieron pensar, que me reafirmaron en que pese a todo el mal producido por la cruel arrogancia de un gobierno dictatorial, el de Galtieri y de un gobierno elegido, el de Thatcher, nos ha quedado algo bueno: la necesidad interna de contar, de compartir, de luchar para que, al menos, entre tanta muerte y sufrimiento, hayamos aprendido algo.

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Hoy hablaré de un hermoso y duro libro: Malvinas, la primera línea, de Juan Ayala.  

Hace 12 años, los periodistas Juan Ayala y Daniel Riera publicaron en la edición argentina de la revista Rolling Stone la más impactante y sabia de las crónicas sobre la tragedia de la posguerra. Nuestro Vietnam sigue a un puñado de ex combatientes que 20 años después de la guerra están rotos, desesperados, en el límite. Varios de estos muchachos se suicidan; otros quedan lisiados del cuerpo y del alma para siempre. El drama de los suicidios de veteranos de Malvinas no se contó jamás con tanta empatía y tanto valor literario.

Yo había seguido la carrera de cronista de Riera, que era un niño en el 82. En su fructífera carrera, contó la historia de su propia transformación en ventrílocuo, se sumergió en el Buenos Aires Bizarro y publicó perfiles y reportajes en las principales revistas del continente.

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Pero no había seguido la carrera de Juan Ayala, el otro autor de ese texto memorable. El año pasado, Ayala vino a verme a la Fundación Tomás Eloy Martínez en Buenos Aires, donde yo estaba dando un seminario, y me regaló trajo su último libro, Malvinas, la primera línea, publicado por una pequeña editorial de nombre adecuado: Libros del náufrago. Recién esta semana pude entrarle, y me deslumbró.

Ayala sí es de la “generación Malvinas”, aunque no fue a las islas. Pero a diferencia de Riera, a él la guerra no lo dejó escapar, y tras Nuestro Vietnam, se sumergió en la experiencia de los conscriptos del Regimiento de Infantería Mecanizada 7 de La Plata.

El RIM7 fue enviado a primera línea son armamento adecuado, sin ropa para el frío, sin comida, casi sin instrucción. En la noche fatídica del combate final, se enfrentaron a un ejército profesional provisto de visión nocturna. Era como pelear con los ojos vendados. Murieron 36. Todos menos tres eran colimbas.

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La historia de los chicos de "primera línea" es un gran ejemplo de memoria histórica, de historia oral. Hablan en primera persona los soldados. Sus voces se entretejen para contar el drama, desde el momento de ser enviados a las islas hasta que vuelven al continente, exhaustos y famélicos, y son internados en el regimiento para alimentarlos a la fuerza, para que sus familiares y el país no vieran cómo volvían.

Sus voces son claras y están muy bien hilvanadas. Me gusta sobre todo la construcción del jefe inmediato de los soldados, el subteniente Baldini. Un “loco de la guerra” cruel e injusto, Baldini muere en combate, mientras el capitán abandona a sus hombres y corre montaña abajo. Baldini podría ser un gran personaje de esas películas bélicas de Stanley Kubrick u Oliver Stone. 

Pero alternados con estos capítulos, se cuenta el andamiaje bélico, político, diplomático que llevó a la catástrofe. Ayala se muestra como un investigador profundo, con gran habilidad para resumir en pocas páginas un enorme cúmulo de datos y análisis.

Y el autor combina hábilmente los relatos de guerra y la historia del conflicto con un tercer elemento: hacia el final, cuenta dolorosas entrevistas con el gobernador militar de las islas, Mario Benjamín Menéndez y con el oficial el hijo del presidente de la comisión que juzgó y condenó a los responsables de la guerra, General Benjamín Rattembach. Es un gran acierto trasladarle a uno de los principales responsables y al hijo de su juzgador las preguntas que quedan doliendo desde la historia de los chicos.

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Malvinas, la primera línea es un homenaje a nosotros, los ex combatientes, pero también un libro que deberían leer todos los argentinos, y no solo nosotros, porque habla del valor de la honestidad, del coraje, del recuerdo como cura, de los costos humanos de la guerra, de la justicia, de la naturaleza humana. 

[Publicado el 24/2/2014 a las 13:04]

[Etiquetas: Guerra de Malvinas, Juan Ayala, Daniel Riera, Malvinas la primera línea, Nuestro Vietnam, Mario Benjamín Menéndez, Bejamín Rattembach]

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Cristian Alarcón: un joven clásico de la crónica

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Estos días pensé en Cristian Alarcón, el gran cronista iconoclasta, el maestro orgulloso y humilde. ¿En qué estará hoy?

Está enfrascado en mil proyectos, desde una red de periodistas latinoamericanos de sucesos y crímenes patrocinado por la Fundación Nuevo Periodismo que se llama Cosecha Roja hasta la exquisita web/blog colectivo donde dialogan el periodismo y las ciencias sociales llamada Anfibia hasta las clases en la pujante y legendaria Universidad de La Plata hasta la agencia de noticias judiciales Infojus y la dirección de una colección de libros de periodismo narrativo en la editorial Marea. Hasta le dio tiempo de publicar una colección de sus relatos breves, autobiográficos, de viajes, ensayísticos y narrativos llamado Un mar de castillos peronistas.

Y recordé que hace dos años lo entrevisté largamente y con saña y cariño para conformar un capítulo sobre él en un libro publicado en Chile por la Universidad Finis Terrae, llamado Domadores de historias. Aquí les comparto el comienzo de ese texto, un perfil de Cristian centrado en sus dos libros ejemplares, luminosos, valientes. Si no lo leyeron, corran a comprarlos, que acaban de salir en Chile y en Argentina en una nueva edición de bolsillo.

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Nacido en Chile y formado como cronista en Argentina, el aplaudido autor de Cuando me muera quiero que me toquen cumbia y de Si me querés, quereme transa es un fruto muy extraño, áspero y exquisito; único en el panorama del periodismo narrativo latinoamericano: Cristian investiga como un científico y escribe como un literato.

No conozco ningún periodista latinoamericano que se haya acercado tanto como Cristian Alarcón a los rigores del método antropológico de la observación participante, con su combinación de ciencia y ética.

La diferencia no sólo está en la investigación ‘de campo’. Mientras se sumerge en el mundo de los desconocidos y despreciados, este reportero erudito también se nutre de teoría y literatura y se zambulle como un psicólogo en sus propios sentimientos y reacciones ante lo que descubre. Y al final, cuando está a punto de ahogarse, se eleva a la superficie y escribe como un poseso, como un iluminado.

El periodista narrativo suele ir, ver algunas escenas, anotar y contar lo que vio. Puede escribir como los dioses, pero casi siempre se pasea por la realidad como un turista atento. El antropólogo, en cambio, busca presenciar y averiguar tantas escenas y tantas historias que al final es capaz de armar su tesis doctoral o su libro académico con el convencimiento que da la ciencia. Su problema suele ser el opuesto: tiene muchísimos datos e historias, pero muchas veces le falta el garbo, la elegancia y el nervio de la literatura.

En Estados Unidos, unos pocos periodistas en profundidad, como Ted Conover, J. Anthony Lukas o Peter Matthiessen, han combinado investigación a fondo con gran estilo. Yo al menos nunca había leído a un reportero latinoamericano hacer esto con tal compromiso y maestría. Eso es lo que hace tan especiales los dos libros que hasta ahora ha publicado Cristian Alarcón: Cuando me muera quiero que me toquen cumbia (Norma, 2003) y Si me querés, quereme transa (Norma, 2010).

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Para hacer Cuando me muera quiero que me toquen cumbia se pasó año y medio metido con los ‘pibes chorros’, los jóvenes y niños ladrones, el eslabón más bajo de la cadena de miseria y violencia del país rico y soberbio.

Los pibes chorros tenían un santo propio, el Frente Vital, un chico que murió baleado por la policía y al que le rezaban con desesperación. Alarcón reconstruye la vida y la muerte del Frente, relata escenas tiernas y terribles con los chicos, con los adultos que fueron chicos, mezcla con maestría la vida de la calle, la lógica del robo, la miseria, el no futuro, el embrujo oscuro de la violencia, el sadismo de los policías. La voz que habla siempre es la del narrador y la historia sigue linealmente la cadena de descubrimientos del autor mientras se interna en el submundo de las villas miseria.  

En los años siguientes, Cumbia se convirtió en un libro exitoso, comentado, admirado, pero no salía la secuela. En mis encuentros con Cristian, me contaba que estaba investigando una historia mucho más compleja y cuya escritura debía ser más poliédrica.

Así pasaron siete años. Recién a principios de 2010 emergió el nuevo libro.         

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Y sí: Si me querés, quereme transa cumple gran parte de las promesas y expectativas que muchos habíamos depositado en el libro anterior. Cristian Alarcón puede seguir subiendo, claro, pero pienso que aquí llegó a cotas inusitadas en la profundidad de investigación y en el trabajo de la estructura, el estilo, el ritmo, la tersura brillante de la prosa.  

Transa, en el argot de la calle, quiere decir vendedor de droga. La autora de la frase, la que exige que la quieran transa, es la endurecida, práctica, hipersensible Alcira, uno de los personajes más fuertes y dolidos de la literatura argentina. El libro es la historia y el viaje a la inquietante y compleja psiquis de Alcira, quien regentea una casa tomada en permanente construcción, donde vende droga, defiende como leona a su familia y sus incondicionales, e impone su lógica.

El libro es también la historia de Teodoro, el último de los peruanos que se masacran entre sí para quedarse con el negocio, pero que también luchan a punta de pistola por su honor y su dignidad. Cristian Alarcón cuenta la historia de Teodoro, su hermano, sus aliados, sus competidores, sus enemigos en el tenebroso mundo de la controlada violencia de estos narcos que bajaron de las montañas de Perú para adueñarse de una selva urbana en medio de la ciudad que se cree europea. 

 En sus páginas brilla, como en el libro anterior, la prosa poética de Cristian, su forma de relatar escenas vistas y vividas. Pero también se echa más para atrás, para reflexionar y aportar un riquísimo contexto histórico, sociológico, psicológico y antropológico. Y junto con la voz del narrador, surge la brillante construcción de unos ‘monólogos autobiográficos’ de sus protagonistas: Alcira, Teodoro y un puñado más. Son voces que surgen, como si salieran de una lámpara oriental, y destilan el fluido de la manera de pensar y sentir de cada uno. Veo en estos relatos en primera persona la influencia del genial El emperador, el libro seminal de Ryszard Kapusinski.

Por Cumbia, Alarcón ganó el Premio a la Integridad Periodística del prestigioso North American Congress of Latin American (NACLA). Después de Transa le ofrecieron ser director académico del proyecto Narcotráfico, Ciudad y Violencia en América Latina de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) y el Open Society Institute.

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Pero conocí a Cristian mucho antes de estos logros y honores. Fue en Ciudad de México, en marzo de 2000. Ambos fuimos al primer taller que Ryszard Kapuscinski dio para la FNPI, la vuelta del maestro a Latinoamérica 30 años después de haber cubierto la región para la agencia polaca PAP. Allí Cristian contó su proyecto, y su temor a meterse demasiado. “¿Cuánto hay que meterse con el mundo del que uno está escribiendo?, ¿hay un límite?”, recuerdo que le preguntó al maestro polaco.  

Yo ya sabía que Cristian había empezado en el periodismo por el lado del compromiso personal, sin separar nunca su lucha y sus crónicas. Estudió en la más antigua y politizada escuela de periodismo de Argentina, en la Universidad de La Plata. En 1993, uno de sus compañeros, Miguel Bru, fue secuestrado por la policía de la provincia y desapareció. La necesidad de contar y de luchar por Miguel – a quien llamaron el primer desaparecido de la democracia – movilizó a sus compañeros, y Cristian empezó a escribir del tema en el entonces joven diario porteño Página 12.

Pasó más de una década en Página escribiendo de crímenes, cubriendo y descubriendo los desmanes policiales, después pasó a la revista TXT y al diario Crítica. Desde entonces, sus crónicas salieron en Gatopardo, Rolling Stone, Etiqueta Negra y Soho, pero su corazón se volcó, se derramó sin paliativos en sus libros, extremadamente ambiciosos.

La penúltima vez que lo vi en Buenos Aires Cristian invitó a su casa y me llevó a su placar. Allí me mostró con orgullo las camisetas de su ahijado, Juan. Juan es el hijo de Alcira. La protagonista de su último libro le insistió por años en que él fuera el padrino de su hijo. Después de mucho negarse, aceptó, y la escena en que Juan es bautizado y Cristian se convierte en su padrino es una de las más emocionantes de Si me querés, quereme transa.

Cristian Alarcón tiene 43 años, está en un momento dulce, alto de su carrera, y somos muchos los que esperamos sus próximos libros como a un chaparrón en medio del desierto.

[Publicado el 12/2/2014 a las 15:41]

[Etiquetas: Cristian Alarcón, Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, Si me querés quereme transa, Un mar de castillos peronistas, Anfibia, Infojus, Cosecha Roja, Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, Ted Conover, J. Anthony Lukas, Peter Mathiessen]

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Sexo en primer plano: Sorprendentes memorias del celestino de Hollywood

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Scotty Bowers fue durante décadas el alcahuete de Hollywood, el “conseguidor” de sexo anónimo, de pago o gratuito, y disfrutador él mismo de los placeres lúbricos de la Babilonia de América. A los 90 y con la mayoría de los pecadores ya muertos, lo cuenta casi todo en Servicio completo. La secreta vida sexual de las estrellas de Hollywood .

Este chispeante y modesto libro de chismes inicia, además, el segundo centenar de títulos de una colección memorable: la del borde gris de Crónicas Anagrama, que vertió al castellano los clásicos de Ryszard Kapuscinski, Günter Wallraff, Truman Capote y Tom Wolfe.

En homenaje a esta colección y por la agradable lectura del viejo y deslenguado Bowers, escribí esto que salió la semana pasada en Cultura/s de La Vanguardia:

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El cinéfilo supremo Roman Gubern lo define así en la primera frase de su prólogo: “Este libro es un compendio de chismografía sexual de high class del Hollywood opulento.”

Obviamente, lo que más llamará la atención de los lectores es la profusión de anécdotas y detalles escabrosos y escondidos durante décadas, casi todos de naturaleza sexual, de los actores y actrices, directores, productores y sus amigos de la realeza y las finanzas. Pero Servicio completo es también el relato de la vida de un personaje fascinante, como salido de la picaresca del Siglo de Oro español.

Empecemos por el personaje: si hemos de creerle, el sexo fue el eje de la vida del hoy nonagenario Scotty Bowers. Nacido en una granja de Illinois, en su primera infancia en un colegio religioso ya los curas se turnaban para abusar sexualmente de él, pero en su relato no lo presenta como violación o tortura sino como el inicio de una carrera centrada en servir y hacer felices a personas necesitadas de sexo. Nada, ni la pederastia, es motivo de condena o crítica en este libro. Hasta lo más sórdido parece simpático.

En sus años como marine en el Pacífico en la Segunda Guerra Mundial, hay más páginas sobre sus encuentros sexuales en sus días libres que sobre las batallas y masacres en las que participó. Y apenas terminada la guerra, comienza la farra sin frenos: Bowers consigue trabajo en una gasolinera de carretera cerca de la meca del cine, y en unos meses ya desfila por allí toda clase de buscadores de sexo ocasional.

*          *          *

El mismo Scotty proporciona lo que puede, comenzando con sus primeros ligues: el legendario actor Walter Pidgeon y el mítico director George Cukor. Aunque con los calzoncillos bajos, no parecía ni legendario el uno ni mítico el otro. Como no daba abasto, empezó a proporcionar a sus “amigos” jóvenes de ambos sexos para sus aventuras. Muchos revolcones tuvieron lugar en el baño de la gasolinera o en una caravana que un amigo le pidió que le “cuidara”.

¿Era esto prostitución? Bowers evita la definición, pero para mí como lector, esa es la palabra que aplicaría a esos encuentros rápidos entre ricos y famosos, muchos de ellos de 50 o 60 años, como el actor Charles Laughton o el dramaturgo Nöel Coward, con jovencitos pobres, donde al “encuentro por placer mutuo” sigue una jugosa “propina”. El precio usual, elevado en los cuarenta y cincuenta, era de 20 dólares.

¿Eran todos encuentros entre hombres? La mayoría, porque la represión de las homosexualidad y el cuidado de los grandes estudios por la reputación de sus actores requerían sigilo y nocturnidad. Fue recién en los ochenta, cuando el SIDA hizo saber al mundo que Rock Hudson, el galán por quien suspiraban las mujeres de medio mundo, era gay. Scotty Bowers lo sabía hacía décadas: Hudson estaba en su grupo habitual de clientes, junto con Cary Grant, Montgomery Cliff y hasta los duques de Windsor. Pero también había quien buscaba mujeres, sobre todo jovencitas.

Caso aparte eran las lesbianas secretas, como Katherine Hepburn. Mientras la Metro Goldwyn Meyer promocionaba en todas las revistas su romance con su compañero de reparto Spencer Tracy, Bowers asegura haberle proporcionado a ella cientos de morenitas (su preferencia) y a él alguna que otra noche de borrachera y sexo en su propia compañía.

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El libro se lee de un tirón y proporciona muchas historias subidas de tono (la descripción de los gustos de cada uno es “explícita”) con un estilo elegante, reflexivo, y una sabia estructura donde el cotilleo se mezcla con reflexiones sobre lo variado e irreprimible del impulso lúbrico, una mirada sorprendente a los entretelones de Hollywood y su forma de hacer películas y crear mitos, y más en lo profundo, una reflexión sobre el extraño peso de la conducta personal en el imaginario de un país fundado en las ideas de la libertad y el puritanismo.

A esto contribuye ciertamente la maestría del co-autor Lionel Fiedberg, un guionista de Hollywood quien grabó cientos de horas de entrevistas con Bowers y las armó en esta narración no lineal. Se nota la mano del experto contador de historias, junto con la memoria prodigiosa del celestino de las estrellas, que al final de su vida sale del armario de los secretos, para regocijo de los mitómanos del cine.   

[Publicado el 22/12/2013 a las 19:31]

[Etiquetas: Scotty Bowers, Servicio completo, Hollywood, Lionel Fiedberg, Anagrama, Crónicas, Spencer Tracy, Katherine Hepburn, Montgomery Cliff, Walter Pidgeon, George Cukor, Roman Gubern]

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El poder de los zapatos

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Ucrania. La Red de Personas que Viven con el VIH/Sida ha dejado cientos de pares de zapatos de muertos a causa de esa enfermedad frente a la sede de gobierno, en protesta contra lo que califican de "genocidio" por parte de las autoridades sanita

Hace un mes me ‘fichó’ la revista digital The Objective (www.theobjective.com), un medio nuevo y creativo, que informa a partir del fotoperiodismo. Comienza con fotos impactantes y relevantes y desde allí va a los datos, los relatos y las opiniones. En la falsa pelea entre textos y fotos, este medio radicalmente de este tiempo sale de esa idea de que “una imagen vale más que mil palabras”, para hacer que estas dos formas de contar dialoguen y se refuercen mutuamente.

Quiero decir: para The Objective, una imagen da lugar a mil palabras.

Yo, hombre de palabras, estoy orgulloso de pertenecer a El Subjetivo, el equipo de columnistas de The Objective, junto con grandes firmas como Carme Barceló, Carlos Carnicero, Carme Chaparro y Antonio Orejudo. Parto de alguna de las fotos que llenan los ojos y hacen pensar, para contar, recordar o reflexionar. Es un género de riquísima historia este de reflexionar a partir de lo que dicen las fotos. Susan Sontag es la gran referente. En España  el gran “lector de fotos” es Juan José Millás en la Revista Dominical de El País.

En mi colaboración de esta semana, miro la foto impactante que ven aquí arriba y me acuerdo de un texto que publiqué hace unos años en la exquisita revista Etiqueta negra, sobre mi amigo panameño Hitler Cigarruista. Vueltas de la vida: me ayudó muchísimo a dar forma y sentido a aquel texto el entonces editor de Etiqueta negra y hoy responsable editorial de The Objective, el excelente periodista y editor peruano Toño Angulo Daneri.

Les comparto ahora estas ideas sobre los zapatos de los muertos.  

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En el Museo del Holocausto en Washington hay una sala donde el visitante se enfrenta, sin aviso y sin preparación, con la imagen más espantosa de los campos de concentración. Es la sala de los zapatos. Centenares de zapatos, ablandados y deformados por el uso, se desparraman por el piso como reliquias de sus viejos dueños. Son zapatos reales de víctimas reales de la locura homicida nazi. Los zapatos gritan, acusan, atormentan las conciencias.

Una vez, hace años, di un taller de periodismo en Panamá y uno de los participantes, un morocho engominado y sonriente, llevaba por nombre Hitler. El nombre se lo había puesto su padre, un panameño de ideas, digamos, radicales. ¿Por qué le puso a su hijo semejante nombre? ¿Por qué el hijo no se lo cambió? Se lo pregunté una y otra vez. Y la única respuesta de Hitler el periodista fue contarme que de un viaje profesional a Washington le trajo a su papá una postal con los zapatos del Museo del Holocausto. Y al visitarlo, le entregó la postal. Nada más. Ni una palabra. El padre, me contó Hitler, guardó la postal de los zapatos en su mesa de luz. Y tampoco le dijo nada. Pero Hitler me dijo, en voz queda, que su padre se impresionó mucho con la foto de los zapatos. 

De esta historia me acordé hoy cuando vi en 'The Objective' la foto de los zapatos viejos y gastados conmemorando en Ucrania el "holocausto" del SIDA. Los miles y miles de muertos por la horrenda enfermedad que nació en los ochenta, que deja sin defensas a una mayoría de víctimas de estigma social: homosexuales, drogadictos, pero también cada vez más amplias de la población: heterosexuales, fetos por nacer, enfermos que necesitan transfusiones de sangre. 

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¿Qué está pasando con el SIDA? ¿Por qué no está tan presente en los medios como en su época más visible, los noventa?  Tal vez porque en los países ricos de Occidente se han encontrados medicinas que alargan y mejoran mucho la vida de los afectados. Tal vez porque ahora se ha vuelto, como otras enfermedades invisibles (el cólera, la lepra, la tuberculosis, el mal de Chagas), una enfermedad de pobres. 

El SIDA sigue matando a mansalva en el Tercer Mundo, sobre todo en África. Los discursos de líderes religiosos como el anterior Papa Benedicto condenan el método más efectivo y barato para combatirlo, el condón. ¿Se animará éste nuevo a romper con ese crimen? Para animar a Francisco a no seguir condenando a millones a este otro “holocausto”, propongo inundarlo de postales de esta plaza de Ucrania. Tal vez, la foto le cause una impresión similar a la que tuvo el padre cuando su hijo Hitler lo obligó a mirar a la cara esos zapatos que su ídolo había dejado huérfanos.

[Publicado el 12/10/2013 a las 13:53]

[Etiquetas: The Objective, El Subjetivo, SIDA, Museo del Holocausto, Hitler Cigarruista, Etiqueta negra, Toño Angulo Daneri, Papa Francisco, Papa Benedicto XVI]

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Joseph Mitchell: El fantasma de los pasillos del New Yorker

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Joseph Mitchell fue el más tímido de los reporteros audaces, el más mentiroso de los sinceros, el más enigmático de los transparentes.

Nació hace casi cien años en un pueblito agrícola de Carolina del Norte llamado Fairmont, donde dice que aprendió su sabiduría más preciada: el arte del humor negro, humor de tumba o de cementerio (graveyard humor). Se lo enseñaron las duras, flacas, erguidas mujeres del matriarcado donde creció. Sobre todo su tía Annie, con quien iban en procesión al cementerio para el paseo sabatino. Se paraba frente a cada tumba y le contaba a su familia la historia de los muertos.

A todos los conocía, y los niños la escuchaban en un silencio reverencial. De muchos decía: “Era tan malo que no sé cómo lo aguantaba su familia”. De los demás, resoplaba: “Era tan bueno que no sé cómo aguantaba él a su familia”.

Esta la historia la cuenta, con su característico humor de cementerio, en la introducción a Up in the Old Hotel, lo más parecido a sus obras completas. El libro, una maravilla de 716 páginas, contiene sus cuatro libros que a su vez son una amplia antología de sus sesenta años de carrera en la revista New Yorker.

Armado sólo con su ácido sentido del humor y una capacidad innata para encontrar personajes extraños o entrañables, ganarse su confianza, escucharlos con oído absoluto y escribir sobre ellos con punzante piedad, Mitchell llegó a Nueva York en medio de la gran depresión, trabajó ocho años en algunos de los grandes diarios de la ciudad y encontró su casa por más de seis décadas en New Yorker, donde publicó todos sus grandes perfiles. 

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Los personajes, las escenas y los escenarios de Mitchell no tienen ni la apariencia de ser noticiosos. Prácticamente no hay políticos, aventureros audaces, artistas de renombre o escritores famosos. Las escenas no empiezan ni terminan, flotan en el aire, como trozos mal cortados de realidad, como las conversaciones que escuchamos en el autobús, que no tienen forma aparente, que comenzaron antes de que nos subiéramos y que seguirán después de que nos bajemos. Casi no hay drama, tragedia de la que llorar ni comedia de la que reír. Es, como dice Mitchell que aprendió de su tía, humor de cementerio.

Tomemos, por ejemplo, a viejo Flood, un contratista de demoliciones retirado, de 93 años, de ascendencia escocesa-irlandesa, que disfruta comiendo pescado que compra temprano en la mañana en el mercado de pescadores de Fulton, bebe ingentes cantidades de whisky, habla con lenta ironía hasta por los codos, es rabiosamente verdadero y nunca existió. Es un ‘composite’ armado con las historias de decenas de viejos con los que Mitchell pasó horas y horas.

¿Es esto lícito? Sí, si el juego es transparente y los lectores entran en él. En este juego, pocos fueron tan grandes maestros como Joseph Mitchell. Por eso pudo, al final de su larga carrera, entregarnos la fábula más extrema del personaje que no sólo se columpia en el límite entre la realidad y la ficción, sino que juega permanentemente con su propia naturaleza real o ficticia.

El secreto de Joe Mitchell

En 1942, en plena época de su escritura de perfiles reales de personajes de las calles de Nueva York, Mitchell se encuentra con su personaje más entrañable y misterioso. Es un viejo vagabundo barbudo y oloroso a vino barato y agrio de no bañarse. “Joe Gould es un hombrecito esmirriado que adquirió cierta fama en cafeterías, comedores, bares y botaderos del Greenwich Village durante un cuarto de siglo. A veces alardea de que es el último de los bohemios. ‘Todos los demás se fueron por la alcantarilla’, dice. ‘Algunos están en la tumba, otros en el loquero y algunos en el negocio de la publicidad’”.  

Así comienza El profesor Gaviota, uno de sus más exitosos perfiles de los cuarenta en el New Yorker. El personaje era un típico descubrimiento de Mitchell y su revista. Un personaje anónimo de la ciudad que todos ven pero en quien muy pocos reparan, y en quien ningún periodista que se precie en los grandes diarios pensaría que merece un perfil periodístico. Pero Joe Gould representa la calle, la erudición sarcástica, el descreimiento radical del Nueva York de mediados de siglo.

Para escribir su perfil, Mitchell lo persiguió por toda la ciudad y alrededores, lo escuchó por horas, le preguntó infructuosamente por hechos y detalles de su vida. Joe Gould le contaba que estaba escribiendo la obra que finalmente le daría la fama que creía merecer: está componiendo la gigantesca Historia Oral del Village. En cientos de cuadernos anotaba historias, anécdotas, datos, citas célebres, descripciones de personajes, momentos y escenas, y con todo eso no le faltaba mucho para terminar de componer el libro que, cuando se publicara, los haría a todos famosos.

El profesor Gaviota es una preciosa miniatura de un personaje menor, contado con arte y gracia. Gusta y atrapa, pero no vuela.

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Pasaron los años, el método de entrevistar de Mitchell se fue haciendo más sinuoso y profundo, su estilo más reflexivo y ensayístico, y cuando vuelve a encontrarse con la historia de Joe Gould, descubre que el hombrecillo era mucho menos de lo que antes pensaban él y sus amigos (no estaba escribiendo ninguna gran Historia Oral que lo sacara de la calle y le diera la fama), pero al mismo tiempo, mucho más de lo que había visto 26 años antes.

Con el viejo Gould ya muerto y enterrado, Joe Mitchell se lanza a contar otra vez su historia. Y esta vez es una historia distinta, más amarga, menos apegada a las mentiras blancas que contaba el mendigo para obtener dinero y cobijo contra el frío y la nieve, pero al mismo tiempo más humana y universal.

En su segundo texto, Mitchell cuenta cómo conoció a Gould en 1932, cómo el pícaro homeless se dio cuenta rápidamente que el periodista bien vestido buscaba personajes para retratar y que si se hacía el interesante y le daba historias que despertaran su apetito, podría pedirle que lo invitara a comer, pedirle préstamos y hasta conseguir que lo convidara a dormir las noches más frías. Con Mitchell y con los poetas y aspirantes a artistas de algún tipo que pululaban por el Village Gould se transformó en una especie de bufón.

Claro, debía ser un bufón a medida de sus patrones, un espejo de lo que ellos querían oír, de lo que esperaban descubrir. En esos tiempos Nueva York se transformaba cada día en el imán de atracción de un ejército de bohemios de todo Estados Unidos y gran parte del mundo, supuestos artistas que querían verse como genios y querían ver la ciudad que los rodeaba como cool y con clase. Una ciudad donde hasta los mendigos recitan aforismos y escriben la Historia Oral de ellos mismos.

El secreto de Joe Gould, como el secreto último de los grandes perfiles, es que los personajes más interesantes son como espejos deformados, donde nos miramos a nosotros mismos y nos entendemos mejor al percibir las deformidades que buscamos para reconocernos. Joe Gould era un farsante, un mentiroso, un vendedor de sí mismo que engañaba a todos con la supuesta escritura de un libro que no existía. ¿Pero cuántos escritores, incluso famosos y exitosos, no tienen algo o mucho de Joe Gould?

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Al final, el Joe Gould que no estaba escribiendo su gran Historia Oral terminó siendo mucho más interesante y revelador que el que parecía que sí estaba abocado a su magna labor.

Y al final Joseph Mitchell se vio absorbido, secuestrado por el espíritu de su personaje. Después de El secreto de Joe Gould no volvió a escribir sus grandes y perfectos perfiles de pequeños personajes anónimos. Por años no escribió ni una línea. Cuando entraban a trabajar a la gran revista semanal, muchos reporteros y editores jóvenes del New Yorker le preguntaban a la secretaria que quién era ese viejo pelado, barrigón y con abrigo de hacía treinta años que pululaba por los pasillos con las manos agarradas detrás de la espalda.

 Era el viejo Mitchell, a quien los nuevos directores dejaban pasearse por la redacción como un fantasma, tal vez esperando a que se le acabara la sequía y volviera a teclear, o tal vez soñando con que su inmenso talento se desparramase y entrase por ósmosis en la piel dura y fría de los nuevos periodistas, ambiciosos y soberbios, que estudiaron en las grandes universidades pero que nunca aspiraron como el gran Joseph Mitchell el aroma de la madrugada en el viejo mercado de Fulton, donde los peces agitaban la cola con desesperación en sus resbaladizas canastas de paja.

[Publicado el 06/10/2013 a las 11:36]

[Etiquetas: Joseph Mitchell, El secreto de Joe Gould, Up in the Old Hotel]

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Alberto Salcedo Ramos, el gran duende tropical de la crónica latinoamericana

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Cuenta Tomás Eloy Martínez, el gran autor de Santa Evita, que a finales de los sesenta formó parte de la delegación que esperó a Gabriel García Márquez en el aeropuerto de Buenos Aires, en la primera visita del gran colombiano a la ciudad donde acababan de publicarle Cien años de soledad. Ante los escritores australes, ceremoniosos y sobrios, apareció un torbellino de colores y verborragia. Con su camisa imposible y su gesticulación desbordada, Gabo se les apareció como el trópico hecho carne y verbo.

Me acordé de ese relato, que Martínez incluye en su antología La otra realidad, cuando conocí al mejor cronista colombiano actual, el excesivo e irresistible Alberto Salcedo Ramos.

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Lo conocí hace casi un año, en el encuentro en México de Nuevos Cronistas de Indias de la Fundación Nuevo Periodismo, la que fundó García Márquez. Era difícil no notarlo: Salcedo Ramos, un barranquillero picante, lucía camisas no aptas para daltónicos y disparaba más palabras por segundo que ninguno.

En México hablamos de la formación de nuevos cronistas. Me impactó su forma clara de referirse al valor de educar, y su generosidad al dar consejos a los veinteañeros. Lo volví a ver en Madrid. Secuestrado por la gripe, tomando un jugo de naranja tras otro, seguía siendo un huracán. La semana que viene, comeremos en Medellín. No veo la hora de escucharlo. Aunque en cierta forma, su voz me acompaña casi cada hora: en Facebook y en Twitter es tan “mudo” como en vivo. A cada rato, un chiste certero o un comentario ácido.  

Pero como su legendario compatriota, lo que hace memorable a Alberto Salcedo Ramos no es su “personaje”, sino su pluma. Sus dos últimos libros, que empezaron a regar su nombre entre los seguidores de la crónica en los países de habla hispana, muestran a un maestro original y riguroso.

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El oro y la oscuridad es un perfil emotivo y complejo del ex campeón de boxeo colombiano Kid Pambelé. En decenas de conversaciones con el ídolo caído, Salcedo se adentra en su adicción a la fama y su íntima fragilidad. Pero también entrevista en profundidad a su familia, a sus pocos amigos y sus muchos ex socios y promotores.

De este buceo sale con un cuadro inquietante de un boxeador único, que subió a la cima desde lo más bajo y volvió a bajar cuando sus puños perdieron fuerza. Y también con un análisis sobre el país donde Kid Pambelé pudo llenar la imaginación de dos generaciones.

La eterna parranda es, en cambio, una antología de crónicas breves sobre deportistas, cantantes y sorprendentes seres anónimos. No hay repetición, no hay fórmulas: los textos de Salcedo Ramos, publicados en revistas como Soho y Gatopardo, sorprenden, divierten y hacen pensar.

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Por ejemplo, Enemigos de sangre. Cuenta la historia de dos hermanos del interior profundo de su país. Uno se unió a la guerrilla de las FARC; el otro, a los paramilitares. La madre sufrió cada día de su ausencia, pero ambos volvieron con vida. Al desmovilizarse, comparten aula: para cobrar un magro subsidio, deben completar la educación básica y aprender respeto y valores.

Con esta historia, Salcedo Ramos construye un apasionante relato de hermanos angustiados ante la posibilidad de matarse entre sí, y que ahora inician juntos un incierto futuro. Es la historia de su país centrada en un puñado de personajes atrapados por la violencia. Y es la crónica desbordada y sobria de un gran maestro.

[Publicado el 07/9/2013 a las 17:35]

[Etiquetas: Alberto Salcedo Ramos, El oro y la oscuridad, La eterna parranda, Gabriel García Márquez, Tomás Eloy Martínez, Santa Evita, Cien años de soledad]

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¿Adónde va el periodismo? Lluís Bassets, José María Izquierdo y Xavi Casinos analizan el futuro de la prensa

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¿Papel? ¿On-line? ¿Ambos? ¿Grandes cabeceras? ¿Pequeños proyectos free-lance? ¿Dónde va el periodismo escrito? Esto encontré en tres  libros publicados recientemente en España sobre el tema:

 

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1. El último que apague la luz. Lluís Bassets, director adjunto de El País, ve el peligro en el viejo acuerdo tácito por el cual los periodistas cuentan con honestidad y veracidad lo que ocurrió y lo ordenan según su importancia y relevancia, para que los lectores sepan y entiendan. Y así puedan actuar en una democracia.

"No hay sociedad democrática sin consenso compartido sobre hechos verificables y sin disenso sobre las opiniones que merecen estos hechos", advierte Bassets. "La muerte pelona del periodismo es esa paradoja que vivimos ahora cuando nos quieren hacer creer que las opiniones son sagradas y los hechos discutibles".
 
El título del libro es más un desafío y un grito de alerta que una rendición. Bassets echa una mirada lúcida en derredor, analiza la promesa y el peligro de los blogs, de las investigaciones de Wikileaks y del nuevo fenómeno de los "medios soberanos" como Al Jazeera, para recordar que con formas cambiantes y nuevos planes de negocio, el valor supremo del periodismo tiene que seguir siendo la independencia.
 
Y como en los buenos tiempos, son las opiniones las que deben ser libres, y los hechos, sagrados.
 
 
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 2. ¿Para qué servimos los periodistas? (hoy). José María Izquierdo, antiguo director de CNN+ y actual responsable del influyente blog El ojo izquierdo, cuenta con datos y argumentos muy bien hilvanados una historia similar sobre la crisis económica del periodismo, pero se dirige especialmente a los jóvenes profesionales. Les pregunta: ¿Para qué servimos los periodistas? (hoy).

Izquierdo ve el problema desde otro ángulo: si todos pueden informar y opinar gratis en la red, no es sólo un problema para los medios que aspiran a cobrar por su producto. Es una competencia dura para los periodistas profesionales. ¿Qué pintamos en este tiempo donde nuestros textos y fotos y videos se mezclan con los de todo el mundo? Lo único que puede salvar a los periodistas, aunque se hundan muchos medios antes sólidos, es la calidad y el rigor ético de su trabajo. Y en esto tienen ventaja las grandes y respetadas cabeceras.

Pero Izquierdo alerta que hoy nos tenemos que ganar nuestro derecho a existir, y lo debemos hacer informando más y mejor. "Hacerlo bien, extraordinariamente bien", concluye el veterano periodista. "Y cumplir con los más exigentes criterios profesionales de rigor, veracidad, independencia de cualquier tipo de presión y respeto por la intimidad de las personas. Esta es nuestra fuerza, nuestra razón de ser".

Así, aunque para algunos no esté claro el futuro del papel, seguirá habiendo - tendrá que seguir habiendo - periodistas.
 
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3. El misterio del yogur caducado. Ante esta disyuntiva, el responsable de contenidos audiovisuales de El Periódico de Catalunya Xavi Casinos postula que el periodismo riguroso y la adaptación a las nuevas tecnologías no sólo salvarán a los periodistas de la nueva horneada, sino que pueden incluso evitarle el naufragio a algunos de los viejos periódicos.
 
Su receta es que los empresarios de diarios vean que su negocio no es ni puede ser ya vender ejemplares, sino vender información.
 
El libro de Casinos agrega a los llamados por el respeto a la experiencia de la plantilla, la independencia y la calidad profesional que postulan sus colegas, el valor de la innovación tecnológica aliada con formas rápidas, atractivas y aliadas con el mundo multimedia y de redes sociales donde ya se encuentran los más jóvenes.
 
El título de su libro parece el de un cuento de Sherlock Holmes. Se refiere a que los diarios parecen hoy yogures a los que les llegó la fecha de caducidad y que se venden en los supermercados al lado de otras estanterías donde se ofrecen otros yogures frescos y gratuitos, que son, por supuesto, los contenidos de Internet.
 
Casinos aporta al debate la experiencia de medios norteamericanos y europeos que se lanzaron a cobrar por contenidos distintos, nuevos, actualizados, tecnológicamente avanzados. ¿Alguno recuperó la salud financiera de antes de 2007? Ninguno. Pero están en el camino de la reinvención. El camino es largo y si no hay reinvención, el destino es la extinción de la que advertía Bassets.

 * * *
 
 ¿Cuál es la dimensión real de la crisis de los medios, del periodismo y de los periodistas? ¿Hay un exceso de pesimismo en las visiones elaboradas desde las empresas que han llevado peor la crisis? ¿Qué será de los diarios en las siguientes décadas? ¿Qué formas y modelos de negocio acompañarán al periodismo de profundidad y calidad? ¿Quién y cómo se adaptarán mejor a los rápidos cambios de la era digital? ¿Podrán ganarse la vida los excelentes periodistas que se inician en la carrera? ¿Qué modelo de negocio hará viables los medios del futuro? ¿Qué ciudadanía, qué democracia se formará con las nuevas formas de comunicarse?

Cada uno a su manera, estos libros aportan datos, argumentos y propuestas para contestar todas estas preguntas. En las variaciones en las respuestas se nota que por fin esta profesión ha tomado con seriedad tanto su papel en la crisis como su responsabilidad en hallar respuestas.
 
Corren tiempos duros para la lírica. Vienen tiempos apasionantes para el periodismo.
 

[Publicado el 11/7/2013 a las 12:31]

[Etiquetas: Periodismo, crisis, medios de comunicación, diarios, prensa, Lluís Bassets, El último que apague la luz, José María Izquierdo, Para qué servimos los periodistas, Xavi Casinos, El misterio del yogur caducado]

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Biografía

Es escritor y periodista, especializado en cultura, sociedad y medio ambiente, y profesor de periodismo.
Nació en Buenos Aires en 1962, estudió sociología y teatro en su ciudad natal, periodismo en Nueva York y reporterismo ambiental en Berlín. Es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Master en Periodismo por Columbia University.
Es profesor de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado en Santiago de Chile, donde dirige el Diplomado en Escritura Narrativa de No Ficción. Entre 1998 y 2016 vivió en Barcelona, donde dirigió por 18 años el Master en Periodismo BCN_NY, organizado por IL3-Universidad de Barcelona y la Universidad de Columbia en Nueva York. Escribe habitualmente para la revista Opera News y el diario La Vanguardia, y colabora con The New York Times en español, La Folha de Sao Paulo y la revista Ñ de Clarín en Argentina.
Herrscher es el autor de Periodismo narrativo, publicado en España por la Editorial de la Universidad de Barcelona, en Chile por SIL-Universidad Finis Terrae, en Argentina por Marea, en Colombia por Ícono y en Costa Rica por Germinal. También es autor del relato de no ficción Los viajes del Penélope, editado por Tusquets Argentina en 2007 y traducido al inglés y publicado por Südpol como The Voyages of the Penelope en 2010, y de la antología de crónicas, perfiles y ensayos sobre música El arte de escuchar (Publicacions UB, 2015).
Actualmente trabaja en Crónicas bananeras, una investigación histórica y crónica de viajes sobre las ‘repúblicas bananeras' de Centroamérica, para Tusquets. Asimismo, dirige la colección Periodismo Activo de Publicacions de la UB, elegida en 2018 como la mejor colección por la Asociación de Editoriales Universitarias.
Es autor de capítulos en los libros La noticia deseada y Soldados de Noé (Argentina), Analizando los medios y la comunicación y Domadores de historias (Chile), y La Crítica y Libro de las palabras (Colombia), entre otros. Trabajó como reportero y editor en el Buenos Aires Herald, la agencia IPS y las revistas Hombres de Maíz y Lateral. Sus reportajes, crónicas y perfiles han sido publicados en medios como La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, Ajo Blanco, El Ciervo, Lateral, Room, Quimera, Gentleman, Gatopardo, Travesías, Etiqueta Negra, Página 12, Perfil, y Puentes.
Ha dado clases y seminarios en Ithaca College (EE.UU.), las universidades degli Studi di Milano (Italia), Colonia (Alemania), Católica de Valparaíso y Finis Terrae (Chile), los masters en periodismo de Clarín/San Andrés (Argentina) y U. Complutense de Madrid/ABC (España). entre otras. Es miembro de la International Associationfor Literary Journalism Studies (IALJS), y fellow del Seminario de Salzburgo y la Inter American Foundation. En 1998 obtuvo el 3er. premio de la Foreign Press Association de Nueva York. 

Blog: www.periodistanarrativo.wordpress.com

 Twitter: @RMHerrscher

 

Bibliografía

 

El arte de escuchar (2015)
Universidad de Barcelona 

Periodismo narrativo (2012)
Universidad de Barcelona

 

Periodismo narrativo (2009)
SIL-Universidad Finis Terrae 

 

 

Los viajes del Penélope (2007)
Editorial Tusquets 

Obras asociadas

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