PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 10 de abril de 2020

 Blog de Roberto Herrscher

Entender – entendernos– es otra cosa. Recordando La historia oficial.

imagen descriptiva

Estoy a punto de terminar una “gira de bolos”, como dicen en España, que me llevó por dos meses por Buenos Aires, San José de Costa Rica y Medellín. En talleres, seminarios, conferencias, charlas y mesas redondas, compartí con decenas de colegas periodistas y escritores la aventura de contar la realidad. En algunos casos yo elegí hablar e invitar a discutir sobre las narrativas del pasado en universidades, ferias y encuentros. En otras, fue el pasado el que me asaltó desde las historias, preguntas y comentarios.

No es fácil acercarse a un pasado complejo y angustioso. Por eso, en esta última entrada antes de cruzar el Atlántico hacia Barcelona, quiero compartirles una reflexión sobre una historia de mi familia que tiene que ver con eso y que está en mi libro Periodismo narrativo.

Falta muy poco para que se cumplan 30 años de la recuperación de la democracia en mi Argentina. Fue en octubre de 1983. Votamos. Ganó Raúl Alfonsín. La noche oscura parecía quedar atrás. Pero a veces las noches se nos quedan agazapadas y asoman como pesadillas.

*          *          *

Se trata de una anécdota familiar muy vieja, de esas que mi familia repite una y otra vez y que no hay forma de saber si es verdad, pero que todos la recordamos más o menos así: mi abuela, judía alemana de Berlín, llegó a Buenos Aires escapando del nazismo en 1936. Nunca se sintió cómoda entre los bárbaros de las pampas, y nunca pudo hablar castellano más que de una forma cómicamente rudimentaria. Para ella, la emigración fue un naufragio.

A medida que envejecía iba olvidándose de su idioma de adopción. Cada semana, y después casi cada día, perdía una palabra nueva. En sus últimas semanas, a los 90 y postrada en una residencia de ancianos, la omi (como la llamábamos, con el diminutivo de oma, abuela) ya sólo hablaba alemán.

En esos años, con la epifanía del fin de la dictadura, había irrumpido en Argentina un género de películas sobre los años negros que todos debíamos ver, por obligación cívica. La mayoría eran malísimas, pero entre las buenas descolló La historia oficial, de Luis Puenzo con un impecable guión de Aída Bortnik, que terminó ganando un Oscar.

Cuando salió, mis padres, mi tía y mi hermana y yo nos dimos a la tarea de llevar a la abuela a ver La historia oficial, sin saber que los otros también lo harían. Como no la sacábamos mucho, no quiso negarse ni proponer otra película, y la vio tres veces.

 “¿Saben qué?”, nos dijo con solemne perplejidad el domingo siguiente. “La primera vez la entendí poco, la segunda menos, y la tercera… la tercera fue la que menos entendí”.

Todos lanzamos la carcajada. “No es para reír”, se quejaba sin éxito la omi. Más protestaba y más nos reíamos.

*          *          *

La conclusión familiar es que las dificultades de la Omi con esa película en concreto era representativa de sus propias carencias con el lenguaje de los argentinos y sobre todo con la forma farfullada, en ráfagas, con la que hablaban nuestros actores en esa época, como Héctor Alterio o Federico Luppi.

Pero ahora pienso que en parte nos estaba diciendo otra cosa.

La obra de Puenzo, en la que una extraordinaria Norma Aleandro va dándose cuenta de que su hija adoptada es en realidad hija de desaparecidos, que su marido, un militarote autoritario (Alterio), se la apropió como botín de guerra en los primeros meses de la dictadura, y que todo su mundo era una mentirosa construcción de papel mojado, es una compleja fábula sobre la dictadura a nivel doméstico, sobre las formas de contar y de contarse atrocidades, de querer vivir engañados, de oponerse a la ‘historia oficial’ o aceptada en la que vivimos, y sin la cual toda nuestra realidad se abre bajo nuestros pies como arenas movedizas.

¿Qué es verdad? ¿Quién es bueno o malo? ¿No había aceptado el personaje de Aleandro las terribles implicaciones del trabajo atroz de su marido todos esos años, sin chistar, sin pensar, sin querer ver? ¿Y ahora qué tiene que hacer? ¿Renunciar a la persona que más quiere en el mundo, su hija? ¿Pero es su hija o no lo es? Si le devela la verdad, ella la odiará, seguramente. Y la posible reacción de su marido le causa pánico. ¿Pero puede no hacer lo que sabe que tiene que hacer?

*          *          *

La historia oficial es una película angustiosa, que cuenta la dictadura desde un lugar terrible: el de tratar de tomar decisiones en un mundo y un momento en que todas las decisiones posibles tendrán resultados personales catastróficos.

Acababa de terminar la dictadura y nosotros – mis papás, mi tía, mis primos, mi hermana, yo mismo – creíamos que todo era blanco y negro, que estábamos del lado de los buenos, que habíamos entendido todos significados y resonancias de esa película, y que nuestro país y nuestra sociedad saldrían indemnes de la dictadura, porque ya había acabado todo y estábamos en democracia.

¿Y si en un sentido mucho más profundo tenía razón la omi? ¿Y si pensar que sería fácil borrarnos el pasado como el polvo de caspa o tiza nos estaba llevando a todos a entender cada vez menos?

En su mundo privado, perdidas en el recuerdo de una Alemania que los nazis borraron pero al mismo tiempo agrandaron y cambiaron para siempre, en su duelo (en los dos sentidos) con el país que la había expulsado y que ella llevó adentro hasta su último suspiro, creo hoy que mi abuela sabía.

Sabía que entender qué nos pasó y saber qué hacer con eso es algo mucho más difícil de lo que suponíamos nosotros. 

[Publicado el 14/9/2013 a las 19:20]

[Etiquetas: La historia oficial, Luis Puenzo, Aída Bortnik, Norma Aleandro, Héctor Alterio, crónica, periodismo narrativo, contar el pasado]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Sumergirnos en el pasado y subir a tomar aire: un viaje a Buenos Aires

imagen descriptiva

Los talleristas de la Clínica de Obra y los periodistas de Anfibia, después de un asado antológico. Atrás, Buenos Aires y a lo lejos, el Río de la Plata.

Todo viaje tiene su fin, y esta noche estoy al final de tres semanas riquísimas y emotivas en mi ciudad, Buenos Aires. Volví después de casi tres años,  el país cambió pero mi pasado sigue aquí, y casi todo lo que hice aquí tiene que ver con esa conjunción, ese diálogo, esa danza lenta entre pasado y presente.

El último texto que escribí en este blog – hace dos semanas, nunca había estado tanto tiempo en silencio bloguero – fue al comienzo de este viaje: estaba preparando una conferencia en el Centro Cultural General San Martín que llamé “Cómo contar la guerra”.

Así empecé, recordando mi pasado más doloroso. En mi viaje desde el que yo era en 1982, cuando volví de Malvinas como ex combatiente furioso y aturdido, y el camino que recorrí hasta poder contar “mi guerra” en Los viajes del Penélope. En esa conferencia hablé de los poetas de la Primera Guerra Mundial, como Wilfred Owen, de los novelistas de la Guerra Civil Española, como Ernest Hemingway, de los periodistas de Vietnam, como Michael Herr, de los que no pueden dejar la guerra atrás, como Tim O’Brian, y de los que contaron la dura posguerra de Malvinas, como Daniel Riera y Juan Ayala.   

Después compartí con 16 preciosos cómplices inteligentes y sensibles un viaje de dos sábados en la Fundación Tomás Eloy Martínez: lo llamé “Cómo contar el pasado”. Yo les conté mi búsqueda personal para contar como periodista la guerra y posguerra de Malvinas y la historia fascinante y dolorosa de la república bananera, el tema de mi último libro, y ellos me contaron sus viajes al pasado, como el periplo de las casas de Rodolfo Walsh, la épica de los teatros españoles en la provincia de Buenos Aires, la memoria de una gran bailarina de tango o la inquietante historia de un uruguayo que vive disfrazado de hombre araña.

Con ellos pensé el “periodismo del pasado”, les pregunté y me pregunté por qué y para qué contar hechos y rescatar personajes de antes. Al final, con unos vinos y antes de que me prometieran que íbamos a seguir conectados, brindamos por el futuro. Entiendo mucho más de mi trabajo y de mí mismo después de ese seminario, por el cual estoy muy agradecido mis admirados colegas Ezequiel Martínez, presidente de la Fundación, y Margarita García Robayo, su directora.

En esta última semana, mi gran amigo Cristian Alarcón me invitó a iniciar la cadena de talleres de su proyecto, la revista digital Anfibia, junto con la Universidad de San Martín. Lo llamó “Taller de obra”, y con 10 valientes de Argentina, Uruguay, Ecuador, Colombia y una maravillosa y cultísima editora argentino-venezolana nos encerramos en una galería de arte en San Telmo a hablar de crónica y a presentar, comentar y tratar de guiar y encaminar once proyectos de periodismo narrativo.

Aunque la palabra “pasado” no estaba en el llamado de ese taller, aunque no se hubieran pedido historias de guerra o de violencia o de crueldades e injusticias, el pasado doloroso estaba en casi todas las historias. En casi todas. Historias apasionantes, algunas personales, todas elegidas, investigadas o recordadas con piedad y un acusado sentido de la justicia. Como Wilfred Owen decía que debía ser la poesía.

Con un antológico asado en la terraza de Anfibia terminó un taller que nunca olvidaré. ¡Quiero más madrugones así, más cruzar la ciudad a la hora de los oficinistas esperando encontrarme con historias como… mejor no empiezo a contar las historias, porque alargarían demasiado este texto y mi añoranza. Mi agradecimiento eterno a Cristian, a Sonia Budassi, a Federico Bianchini y a los talleristas.  

Entre medio, las dos instituciones me organizaron una charla pública con Cristian Alarcón en la Fundación Tomás Eloy Martínez y, en el momento culminante de sentirme “profeta en mi tierra”, 400 alumnos de periodismo de la Universidad de La Plata (el público más numeroso y atento de mi vida) se amucharon en el aula magna, algunos hasta sentados en los pasillos y el piso y de pie atrás, para escucharme hablar de Rodolfo Walsh, del Nuevo periodismo norteamericano, de los Nuevos cronistas de Indias de Latinoamérica, de Malvinas y de los trabajadores bananeros.

El pasado estuvo vivo, presente, como cuestión a debatir y ayudarnos a pensar más que como naftalina, en las 36 horas de clases y conferencias de esta visita a mi ciudad. Ahora me voy a dormir un poco. A las 5 de la mañana viene el taxi para llevarme a Ezeiza. Qué grato es poder volver así: con la frente arrugada pero no marchita.  

[Publicado el 19/8/2013 a las 01:58]

[Etiquetas: Crónica, periodismo narrativo, Fundación Tomás Eloy Martínez, Anfibia, Centro Cultural General San Martín, Universidad de La Plata, contar el pasado]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Roberto Herrscher es escritor y periodista, especializado en cultura, sociedad y medio ambiente, y profesor de periodismo.
Nació en Buenos Aires en 1962, estudió sociología y teatro en su ciudad natal, periodismo en Nueva York y reporterismo ambiental en Berlín. Es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Master en Periodismo por Columbia University.
Es profesor de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado en Santiago de Chile, donde dirige el Diplomado en Escritura Narrativa de No Ficción. Entre 1998 y 2016 vivió en Barcelona, donde dirigió por 18 años el Master en Periodismo BCN_NY, organizado por IL3-Universidad de Barcelona y la Universidad de Columbia en Nueva York. Escribe habitualmente para la revista Opera News y el diario La Vanguardia, y colabora con The New York Times en español, La Folha de Sao Paulo y la revista Ñ de Clarín en Argentina.
Herrscher es el autor de Periodismo narrativo, publicado en España por la Editorial de la Universidad de Barcelona, en Chile por SIL-Universidad Finis Terrae, en Argentina por Marea, en Colombia por Ícono y en Costa Rica por Germinal. También es autor del relato de no ficción Los viajes del Penélope, editado por Tusquets Argentina en 2007 y traducido al inglés y publicado por Südpol como The Voyages of the Penelope en 2010, y de la antología de crónicas, perfiles y ensayos sobre música El arte de escuchar (Publicacions UB, 2015).
Actualmente trabaja en Crónicas bananeras, una investigación histórica y crónica de viajes sobre las ‘repúblicas bananeras' de Centroamérica, para Tusquets. Asimismo, dirige la colección Periodismo Activo de Publicacions de la UB, elegida en 2018 como la mejor colección por la Asociación de Editoriales Universitarias.
Es autor de capítulos en los libros La noticia deseada y Soldados de Noé (Argentina), Analizando los medios y la comunicación y Domadores de historias (Chile), y La Crítica y Libro de las palabras (Colombia), entre otros. Trabajó como reportero y editor en el Buenos Aires Herald, la agencia IPS y las revistas Hombres de Maíz y Lateral. Sus reportajes, crónicas y perfiles han sido publicados en medios como La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, Ajo Blanco, El Ciervo, Lateral, Room, Quimera, Gentleman, Gatopardo, Travesías, Etiqueta Negra, Página 12, Perfil, y Puentes.
Ha dado clases y seminarios en Ithaca College (EE.UU.), las universidades degli Studi di Milano (Italia), Colonia (Alemania), Católica de Valparaíso y Finis Terrae (Chile), los masters en periodismo de Clarín/San Andrés (Argentina) y U. Complutense de Madrid/ABC (España). entre otras. Es miembro de la International Associationfor Literary Journalism Studies (IALJS), y fellow del Seminario de Salzburgo y la Inter American Foundation. En 1998 obtuvo el 3er. premio de la Foreign Press Association de Nueva York. 

Blog: www.periodistanarrativo.wordpress.com

 Twitter: @RMHerrscher

 

Bibliografía

 

El arte de escuchar (2015)
Universidad de Barcelona 

Periodismo narrativo (2012)
Universidad de Barcelona

 

Periodismo narrativo (2009)
SIL-Universidad Finis Terrae 

 

 

Los viajes del Penélope (2007)
Editorial Tusquets 

Obras asociadas

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2020 | Fundación Formentor | Barceló Torre de Madrid. Plaza de España, 18 28008 Madrid (España) | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres