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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 23 de septiembre de 2017

 Blog de Roberto Herrscher

Bob de Arabia: las crónicas del iracundo y lúcido Robert Fisk

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Retrato de Robert Fisk de la revista Cronopio

Releo La era del guerrero, una selección de crónicas, ensayos y reportajes del decano de los reporteros anglosajones en medio oriente, el inglés Robert Fisk (Destino-Imago Mundi, 2009). Se centra en la primera década de este siglo, pero es ahora aún más relevante que en el momento de su publicación.

Esta nueva década en la que estamos inmersos es aún más una era de guerreros sin piedad ni intención de dialogar. Todo está peor, de Siria e Irak a Palestina y Sudán. Obama no es mejor, en este aspecto, que George W. Bush. El Putin de hoy es peor que el Putin de hace una década. Y de los “líderes” europeos, mejor ni hablar.

Leamos, pues, al legendario corresponsal de The Independent, que cuenta lo que pasa desde el lugar de los hechos, viajando desde su casa en Beirut, donde escribe libros memorables y nos recuerda el tamaño de nuestra ignominia.

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En 2005, Fisk publicó su obra magna: La gran guerra por la civilización, un relato de la vida diaria en esa zona convulsa y un formidable ensayo histórico-político de 1.512 páginas.

Ya era famoso por sus crónicas de guerra. La primera que me impresionó fue la que figura en la antología ¡Basta de mentiras! (Ediciones B, editado por John Pilger): su relato de la matanza en los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila, en Líbano, en 1982.

Fisk fue el primer reportero en llegar al lugar de la masacre. Lo atacaron las moscas. Muchísimas moscas. Después está la descripción de los cadáveres y la evidencia de la participación del ejército israelí al mando de Ariel Sharon en esas masacres de civiles.

Pero primero fueron las moscas. No dejan de atormentarme desde que lo leí.

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Para La era del guerrero, Fisk seleccionó algunos de sus estupendos artículos escritos del “cambio de siglo”. Tiene sólo 340 páginas, pero contiene toda la sabiduría del viejo Fisk destilada y concentrada.

Son textos escritos a toda prisa y al calor del último bombardeo israelí, la última bomba de la insurgencia en Iraq o la última enormidad en salir de la boca de Bush o Bin Laden, pero se sostienen bien en formato libro. Leerlos uno tras otro contribuye al asombro por la amplitud de los conocimientos históricos, geográficos y literarios del reportero erudito.

Como indicaba en su prólogo el entonces director de La Vanguardia, José Antich, el diario que publica desde hace años sus columnas en español, “incluso cuando el lector se pelea con Fisk, aprende con Fisk. Aprende a conocer mejor el mundo”.

A cinco años de su publicación, estos textos hechos al calor del instante conservan todo su poder: siguen informando, persuadiendo y haciendo pensar. Y nos ubican en el momento en que comenzaron muchos de los males de hoy.

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¿Por qué se llama La era del guerrero? Porque Fisk descubrió que los secuaces de Bush habían cambiado la oración con la que los soldados iban a la guerra desde los tiempos de Normandía y Midway. El nuevo lema es para el autor símbolo y metáfora de este cambio desde un ejército de ‘soldados’ profesionales por una banda desaforada de ‘guerreros’.

Este nuevo ‘credo’ hace repetir a los soldados: “estoy listo para (…) destruir a los enemigo de Estados Unidos de América en el combate cuerpo a cuerpo”.

Muchos de los artículos del libro detallan cómo estas tropas cebadas y azuzadas cumplieron sus órdenes.  

A la distancia, se puede apreciar cómo ese cambio fue duradero: la política exterior de Obama es muy similar a la de Bush, y muy distinta de la tímidamente dialoguista de Clinton. Los imperios se desbarrancan en la lógica de la violencia, sea cual sea el partido que gobierna, nos sigue adviritiendo hoy Fisk desde sus columnas de The Independent.

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Aparecen en las páginas de su antología los personajes usuales de Fisk: su padre ex combatiente de la Primera Guerra Mundial, sus vecinos y choferes de Beirut, sus lecturas – Shakespeare, Wilfred Owen o Lawrence de Arabia – y sus lectores, con quienes dialoga, discute y se reconcilia.

Pero los principales personajes de estos artículos son los pequeños villanos de comienzos de este siglo. George W. Bush, Donald Rumsfeld, Ariel Sharon, Yaser Arafat, Mahmud Ahmadineyad y sobre todo su odiado primer ministro, el funámbulo sonriente Tony Blair.

La mayoría de estos vociferantes ya no están en escena, pero ojalá por muchos años los que vengan sigan teniendo enfrente a este airado y lúcido Bob de Arabia. 

[Publicado el 20/10/2014 a las 19:21]

[Etiquetas: Robert Fisk, La era del guerrero, La gran guerra por la civilización, The Independent, ¡Basta de mentiras!, Irak, Siria, Beirut, Primera Guerra Mundial, Bob de Arabia, Tony Blair, George W. Bush, Barack Obama]

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Malala, Leonarda y el derecho de las niñas a estudiar

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Leonarda Dibrani. Foto AFP

¿Y dónde está la niña que a un año justo del horrible crimen contra Malala fue arrancada de un autobús escolar, detenida, expulsada y transportada a un país que no era el suyo, y donde su familia fue atacada a golpes?

Mientras el mundo celebra el merecidísimo Premio Nobel de la Paz para la valiente niña paquistaní Malala Yousafzai, junto con el indio Kailash Satyarthy, activista por los derechos de los niños, Leonarda Dibrani sigue sola, desesperada, expulsada del paraíso europeo, culpable de un solo crimen: ser gitana.

Me alegro por Malala. No olvido a Leonarda.  

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El 9 de octubre de 2012, un comando talibán irrumpió en un autobús escolar en la ciudad de Swat, Paquistán. Malala Yousafzai, de 15 años, una elocuente activista en defensa de los derechos de las niñas a estudiar, volvía del colegio. Los talibanes le dispararon en la cabeza.

Milagrosamente, salvó la vida y hoy se ha convertido en un símbolo. Una restablecida Malala fue agasajada y premiada por el Secretario General de Naciones Unidas, el Presidente de Estados Unidos y la Reina de Inglaterra. Occidente admira y ama a Malala, la valiente y brillante activista adolescente. Y esta semana, con total justicia, recibió el Nobel de la Paz.

El 9 de octubre de 2013, en el primer aniversario del ataque contra Malala, la policía francesa irrumpió en un autobús escolar en el departamento de Doubs, y sacó a la fuerza a la estudiante Leonarda Dibrani, de 15 años. Estaba con sus compañeros en una excursión escolar, y fue inmediatamente deportada junto con sus padres y sus hermanos. Terminaron esa noche todos en Kosovo, un lugar donde ella nunca había estado y cuyo idioma no hablaba.

¿Su crimen? Ser gitana. El pueblo gitano, la “otra” gran víctima del Holocausto, sigue siendo perseguido. Leonarda nació en Italia, habla a la perfección el italiano y el francés (tiene excelentes notas en el colegio), y dice que quiere estudiar, volver a ver a sus maestros, sus compañeros y su novio.

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Malala ya era una líder valiente cuando los talibanes la atacaron. Merece el Nobel, todo el apoyo y los elogios que recibe, pero no nos engañemos: muchos la premian porque su causa no afecta al orden occidental y sus enemigos son los “nuestros”.

Leonarda fue víctima de “nuestra” policía. Sólo quería estudiar pero puede que se convierta en activista y símbolo ahora. ¿La recibirán los reyes y potentados? Probablemente no. El derecho de los inmigrantes, sobre todo gitanos, es una causa incómoda. De hecho, el gobierno francés no sabía que hacer con la ira de estudiantes que se manifestaban a favor de Leonarda y de una gran porción de su opinión pública que exigía tratarla sin miramientos.

El presidente Hollande le ofreció volver sola, sin su familia. Valiente, rechazó la oferta.

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Este año una corte francesa confirmó su expulsión. “Mi futuro se ha acabado”, dijo Leonarda a la BBC cuando se enteró del veredicto en Mitrovica, en Kosovo, donde se enfrenta a la hostilidad de sus vecinos y la impotencia de sentirse en un lugar donde nunca quiso ir.

Pero para mí, y espero que para muchos de ustedes, la lucha y la causa de Malala y Leonarda es la misma.    

[Publicado el 12/10/2014 a las 02:32]

[Etiquetas: Malala Yousafzai, Leonarda Dibrani, derechos de los niños y las niñas]

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En los zapatos del Maestro: herederos y pupilos en la ópera

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Foto promocional de un concierto de Rolando Villazón con Plácido Domingo como director de orquesta, en Berlín. Fíjense: misma camisa negra, misma mirada intensa, mismo lenguaje gestual

Era el mismo teatro (el Metropolitan de Nueva York), la misma ópera (Otello de Verdi), la misma puesta en escena (ampulosa y anticuada, de Franco Zefirelli), los mismos trajes y decorados, la misma orquesta con el mismo director (James Levine). Pero la chaqueta de cuero color tierra con la que en 2001 había visto a Plácido Domingo, ahora vestía el corpachón del canadiense Ben Heppner.

La primera palabra que canta el protagonista – Esultate! – es el grito de triunfo de un poderoso señor de la guerra. Es un comienzo dificilísimo, un lanzarse a hacer tres vueltas en el trapecio en el primer salto, en frío. Domingo lo hacía con escalofriante maestría, como si fuera fácil.

En 2004, Heppner, un buen tenor, habituado a las maratones wagnerianas pero incómodo en Verdi, falló. Después fue mejorando su actuación, pero jamás logró que el público abandonara la extraña sensación de que el cantante que tenían delante era una especie de impostor ocupando el papel, la producción y el grito heroico hechos a la medida del gran Domingo, que ya había jubilado su Otello.

No recuerdo otro momento tan claro en que se viera lo que es habitual en la ópera e inexistente en cualquiera de las otras artes: el momento en que el cantante joven debe ponerse – literalmente – en los zapatos del Maestro.

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Hollywood tiene sus galanes maduros, sus malos sinuosos, sus amigas simpáticas de ‘la chica’, sus alcaldes corruptos y sus sargentos de mal carácter pero buen corazón. A los largo de los años, nuevos actores llenan los mismos tipos de papeles, pero no hacen una vez y otra y otra más la misma película.

Tenía que ser un loco como David Kronenberg el que pensara en volver a filmar Psicosis, de Alfred Hitchcock, con el mismo guión, similares escenarios y el plan del maestro, plano a plano, con nuevos actores. Resulta un ejercicio de estilo interesante para estudiantes de cine, pero lo mejor que se puede decir de la nueva película es que es innecesaria.

Hoy sólo se vuelve a hacer una obra maestra si no quiere jugar con la referencia, la traición y el homenaje: nadie más que los esforzados estudiantes de pintura tratan de pintar otra vez La Gioconda. La sofisticación del siglo XX llevó a que la recreación se convierta en un cambio, una nueva lectura, un homenaje disfrazado de traición a su vez disfrazada de homenaje, como las versiones pop de Andy Warhol, las deconstrucciones de las Meninas de Picasso o el cuento de Borges donde Paul Menard escribe, letra a letra, el Quijote.

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Pero la ópera es otra cosa. En el único arte donde se aplica sin pudor la palabra ‘contemporáneo’ a creaciones de comienzos del siglo XX, los teatros son mezcla de laboratorios donde se prueban nuevas puestas en escena – rompedoras, vanguardistas, desafiantes – con un arte canoro que aspira a ser un museo vivo. Año tras año se repite en los grandes templos de la ópera la treintena de títulos canónicos, con cantantes que aspiran a calzarse los zapatos de sus ilustres predecesores.

Entre los cantantes siempre hubo herederos. En el siglo XVIII sucedió con los castrati, en el XIX con las sopranos y los tenores, pero la manía de designar sucesores se disparó a partir de la posibilidad de grabar y traer las voces del ayer y compararlas nota a nota con las actuales. Enrico Caruso fue el primer cantante de la era del gramófono, y en su declive fue lógico que las compañías discográficas le buscaran sucesor. En los años 30 designaron a Beniamino Gigli como ‘el nuevo Caruso’.

Mientras los papeles de tenor dramático eran cubiertos en la posguerra por una sucesión de italianos sin problemas de autoestima, como Mario del Monaco, Franco Corelli o Carlo Bergonzi, muchos pensamos que el verdadero ‘sucesor’ de Caruso y Gigli fue el sueco Jussi Bjorling.

En el mundo de las sopranos, María Callas cayó como un terremoto sobre el mundo de la ópera. Mientras Renata Tebaldi y Victoria de los Ángeles ocupaban con honores el trono que había sido de Maria Caniglia o Toti Dal Monte, la Callas reinventaba todos los papeles y cantaba La Traviata o Tosca como si hubieran sido compuestas para ella y para la función que estaba cantando en ese momento.

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Pero en los noventa se produjo un gran cambio: un puñado de genios de la mercadotecnia inventaron la figura del nuevo divo, mediático, abierto al ‘crossover’ con la música pop y capaz de dar un lustre cultural a la más despojada discoteca, en una época en donde tiene valor parecer un poquito culto.

Ese fenómeno comenzó con los Tres Tenores, Luciano Pavarotti, Plácido Domingo y Josep Carreras. Cuando en 1990 el representante de Pavarotti inventó el fenómeno de masas de un show genuinamente popular con cantantes líricos, se inició un boom comercial que las discográficas no quieren ni pueden dejar caer con la muerte o jubilación de sus estrellas.

Es un buen momento para hablar de los candidatos a sucesores del trío tocado por el dedo del rey Midas, porque todos han pasado por el Liceu de Barcelona, el Teatro Real de Madrid y el Palau de les Arts de Valencia en los últimos años. Primero, el menos controvertido: Pavarotti designó como su ‘sucesor’ al peruano Juan Diego Flórez, y el joven tenor se está consolidando como un gran cantante sin rodeos ni desfallecimientos.

Su voz ligera, ágil, se asemeja, más que a la de Pavarotti, al tono incisivo de su compatriota Luis Lima o al elegante fraseo del mexicano Francisco Araiza, pero es mejor que ellos. Ha adquirido rápidamente fama extra-operística (su disco de canciones populares latinoamericanas es un éxito y su país ya le dedicó una estampilla), pero su repertorio – principalmente Rossini y Donizetti – es por ahora mucho más limitado que el del gran Luciano.

Por ahora el poner al delgado Flórez en los zapatotes de Pavarotti es más un movimiento de marqueting que de coherencia musical.

En una cosa coincidió en sus inicios con el tenor de Modena: era mucho mejor en lo musical que en lo teatral. Como cantante vino a Europa ya seguro, formado, con una técnica pasmosa. Pero como actor – algo importante en las comedias de ‘locura organizada’ de Rossini – fue creciendo desde un Conde Almaviva algo duro en El barbero de Sevilla que se vio en Madrid en el 2008 hasta el comediante suelto, que disfrutó e hizo disfrutar dos años más tarde en  La Cenerentola de Barcelona.

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Muy distinto es el caso del mexicano Rolando Villazón, un histrión nato que se encuentra todavía reponiéndose de una dolencia en las cuerdas vocales. Ojalá logre volver a ser el que fue hace 10 años, porque tres elementos podrían hacer pensar que Villazón está destinado a convertirse en el sucesor natural de Domingo. El primero es su relación con el maestro, que ha actuado y grabado con él más que con ningún otro joven intérprete de su cuerda. El mejor ejemplo de esto es el álbum Gitano, con arias y romanzas de zarzuela, cantadas por Villazón y dirigidas por Domingo. En el DVD que acompaña al disco, más que la usual relación entre director y cantante, se ve al maestro enseñando y aconsejando a su discípulo dilecto.

Villazón es un actor formidable con una muy bella voz, como demostró en el Liceu, la última vez hace un par de años un Elisir d’amore antológico que lo llevó a detener la acción y volver a cantar Una furtiva lagrima en cada una de las funciones.

El mexicano es un cantante mucho más volcánico y temperamental que su colega peruano. Parece estar siempre al borde del abismo, lo que hace que emocione hasta el tuétano al público, pero que también corra el peligro de dejarse ganar por la emoción. Domingo pareció siempre tener su carrera y cada movimiento sobre el escenario bajo control.

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Tres tenores más, uno europeo (el alemán Jonas Kaufmann) y dos  atinoamericanos, han sido también mencionados como posibles herederos del mítico trío. Estos últimos son los argentinos Marcelo Álvarez – una voz bella y muy cultivada, una imponente presencia escénica, como la que mostró hace tres años en el Liceu con Rigoletto – y José Cura – un tenor spinto, con la potencia y los graves que permiten hacer un Otelo de referencia, como el que trajo a Barcelona el año pasado. Pero ninguno de los dos se ha prestado hasta ahora al juego del divo mediático como Flórez o Villazón.

La polémica no se cerrará nunca, porque en la ópera hay casi tantos opinadores como en el fútbol, y más desde la proliferación de blogs y foros en Internet. Y mientras los empresarios de la música buscan crear nuevos divos para enfrentar la batalla ya perdida con las descargas y las grabaciones caseras, los forofos de la ópera seguiremos acudiendo a los templos de la lírica para tratar de recuperar una emoción de hace años, una función que sepa como aquella magdalena de Proust.

Tal vez ese sea el reto imposible de todo gran artista: llevar a su público a revivir los mejores momentos del pasado, a anular el tiempo, a recuperar lo perdido. 

[Publicado el 06/10/2014 a las 20:15]

[Etiquetas: Herederos en la ópera, Enrico Caruso, Beniamino Gigli, Jussi Bjorling, Plácido Domingo, Luciano Pavarotti, Juan Diego Flórez, Rolando Villazón, José Cura, Marcelo Álvarez, Teatro Real, Gran Teatre del Liceu, Palau de les Arts, ]

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¡A gozar y a sufrir con Macbeth!: Vindicación pasional de la ópera

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Está a punto de empezar la temporada de ópera en Bogotá y el diario colombiano El Tiempo me pidió un texto que en parte informara, entretuviera, educara y invitara a disfrutar de este arte, que a veces me pregunto por qué me gusta tanto. Aquí está: salió en el diario del domingo. Los ejemplos son de óperas en directo y en pantalla (de la temporada del Metropolitan de Nueva York) que se transmiten en Colombia. Pero al leerlo hoy con otros ojos, creo que tiene sentido en otros países, porque es mi intento de empujar a los lectores a disfrutar de un arte único, y un compartir con ustedes deleites y descubrimientos artísticos que me acompañan desde hace décadas. 

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¿Le gustan las historias apasionantes, bien contadas y presentadas con arte, música emotiva y voces angelicales? Aunque no lo sepa, la ópera es para usted.

Probablemente alguien le dijo alguna vez que la ópera era para otra gente: públicos muy selectos, hijos y nietos de melómanos, gente remilgada y anticuada. Si no, le han advertido que requiere mucho trabajo y conocimientos previos. Y si no, ha escuchado a un amigo o familiar burlándose de los raros que se sientan a ver estas torturas con música, larguísimas y cantadas en otro idioma.

¿Hay que ser experto? Déjeme decirle que los que entramos en esta afición, al principio tampoco sabíamos mucho. Lo fuimos aprendiendo. ¿Qué si se puede soportar algo tan largo? Las óperas duran menos que una telenovela, una serie en televisión o un novelón. ¿Qué cómo se entiende en otro idioma? ¡Si es que no tenemos problemas con películas con subtítulos!

Y otra cosa: solo necesitamos prestar atención, abrir los sentidos, ver y escuchar sin prejuicios. Lo mismo que se necesita, por ejemplo, para disfrutar de un deporte nuevo en las olimpíadas.

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Este es también un momento ideal para meterse en este mundo de melodías envolventes y sentimientos desbocados. La ópera se está popularizando. Ya no hace falta ir con vestido largo o con saco y corbata; en los teatros se ponen sobretítulos en español; y las entradas de los pisos altos son más baratas que las del fútbol.

Además, está por empezar en Colombia una temporada lírica: en el teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá se pondrá en escena Turandot, la ópera póstuma de Giacomo Puccini.

¿Se la cuento? Es la historia de una princesa fría como el hielo, un príncipe enamorado y un acertijo que abrirá el corazón de la princesa. Es una ópera que en el momento de su estreno, hace ochenta años, fue tan popular como las películas de Steven Spielberg o las canciones de Shakira hoy.

Además, es la ópera cuyo punto fuerte, el aria para tenor Nessun dorma, llenó el corazón de millones de espectadores y oyentes en la voz de Luciano Pavarotti.

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¿Que usted no puede ese día o no le gusta ir al teatro? Ahora tiene la opción de ver ópera en las mejores condiciones en la pantalla, transmitida en alta definición desde el Metropolitan de Nueva York. Con la más alta tecnología digital, desde hace una década los mejores teatros de ópera del mundo, de París a Barcelona y de Milán a Londres, están grabando espectáculos en vivo y transmitiéndolos en cines de medio mundo.

No es solo una experiencia similar a la de estar sentado en la butaca de terciopelo rojo en la platea de un gran teatro. Es en muchos sentidos mejor: la dirección de cámaras toma primeros ángulos para ver las caras y los gestos de cantantes que cada vez dominan más las dotes del actor. Es como disfrutar de un partido de la Champions grabado con decenas de cámaras.

Así que no espere más. Cálcese unas zapatillas cómodas, embútase en esos jeans ajustados, ponga el celular en silencio y dedique tres horas a viajar en el tiempo y el espacio. Porque eso tienen los clásicos: transportan a una época y un mundo donde todo era más lento, más sosegado, donde las artes ayudaban a pensar en la propia vida y ver el mundo con nuevos ojos.

Ya está por comenzar la temporada: el 11 de octubre, en nueve teatros de Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla y Bucaramanga comenzarán a sonar las notas dramáticas de Giuseppe Verdi, en la primera de sus óperas a partir de obras de William Shakespeare.

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Se trata de Macbeth, la historia del noble escocés y su diabólica esposa, que reciben de unas brujas la profecía de que serán reyes. Tras asesinar al líder reinante y a sus rivales, los Macbeth se enfrentarán con las terribles consecuencias de sus actos. La música cuenta la historia y al mismo tiempo despierta sentimientos de exaltación, miedo, horror y esperanza. 

¿Qué suena a El señor de los anillos o a Juego de tronos? Por supuesto, la virulencia de las escenas y la majestuosidad de la escenografía de esas obras actuales no existirían sin el genio de Verdi. Muchos de los directores, músicos, escenógrafos y guionistas de películas y series de hoy deben mucho a los grandes compositores, como Wolfgang Amadeus Mozart o Richard Wagner.

Para compartir su secreto, lo invito a acercarse. Se trata de abrir la puerta, los ojos y los oídos. Muchos ya entraron, y están ahora esperando con impaciencia la próxima función.    

[Publicado el 29/9/2014 a las 18:37]

[Etiquetas: Ópera, Giuseppe Verdi, Giacomo Puccini, Macbeth, William Shakespeare, Turandot, Teatro Jorge Eliécer Gaitán, Metropolitan Opera House, ópera en cines]

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El retorno del Long Play

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El CD mató al casete. La música por Internet y los dispositivos móviles están matando al CD. Pero el viejo Long Play, el disco negro de 33 revoluciones por minuto, está volviendo. Puede que con ellos vuelva esa parte de nosotros que tiramos al desván de los trastos viejos.

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Esto para los que se acuerdan del siglo XX: así era nuestro templo.

Lo describo: en la sala, entre el televisor y el equipo de música, debajo del mueble con puertas de vidrio que guardaba los whiskis y las copas, o detrás del sillón, ese era el sitio de los discos. Al costado de nuestros sueños, como banda sonora de amores y desengaños. 

Al levantarnos del colchón que hacía de sofá para poner el lado B, sentíamos que nosotros también colaborábamos en hacer nuestra música. ¿No les parece que perdimos algo ahora que no existe más el lado B de la vida? Tal vez tenga algo que ver con la pérdida del otro lado de la sociedad, de la política, de las ideas.

Con los discos, agarrábamos la música a manos llenas, veíamos cómo la púa le arrancaba emociones a punta de diamante, podíamos poner este o aquel surco con una caricia y sentir el crujir granuloso del frote. En el disco había una realidad física, como si alguien estuviera haciendo música en ese momento. El sonido digital nos hace escuchar una pulcra lista de números reproducidos con perfección japonesa.

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Y no nos engañemos. La diferencia no es sólo de sonido. En los discos escuchábamos otra música, que prefiero acordarme como menos comercial, más producto de la locura creativa de unos delirantes de garaje que de las estrategias de mercado de las grandes discográficas. Por supuesto, comercio hubo siempre. Pero estaba mucho más repartido. Si hasta los discos clásicos y de jazz se prensaban (mal, pero era parte de su encanto) en Buenos Aires, en México, en Colombia, con textos poéticos y emocionados en las contratatapas.

En los sesenta y los setenta, las tapas de los discos (sobre todo los de rock) se transformaron en un arte. He visto paredes tapizadas con esas alucinantes tapas de Led Zepelín, de Pink Floyd, de Genesis. Nunca olvidaré el día en que compré Santana Abraxas: esa negra voluptuosa y psicodélica era, percibía yo en mi turbación adolescente, la puerta de entrada a un mundo que todavía no conocía.

¿Podemos tirar así como así, como quien se saca una camisa vieja, los colores y las formas, las imágenes que se colocaron en la adolescencia como anteojos entre la retina y el mundo, esos dibujos raros y familiares que nos ayudaron a formarnos una visión de la vida?

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Pero los elepés están volviendo. ¿No los ven, en un  rincón de las disquerías, en negocios especializados para nostálgicos y exquisitos, en librerías de viejo y en las plazas, entre libros de aventura de la editorial Thor y artesanías de cerámica, de madera o de tenedor? A veces veo la mirada extrañada del que siguió la orden perentoria del progreso. Parece estar pensando: “¿Cómo puede ser que estén aquí? Yo tiré o dejé morir de tristeza mis viejos discos, para no caer en el ridículo de ir en contra de la modernidad, y aquí están, los mismos, con sus mismas tapas que me despiertan una sonrisa involuntaria, presentados como artículos de colección.”

Sí, son esos. Ahí está el ‘Let it be’ con la tapa divididas en cuatro, o el de Mercedes Sosa dedicado a Violeta Parra, en un tono violeta que ya no existe. Y mirá este, ¿te acordás?, el Lado Oscuro de la Luna. Hay para todos los (viejos) gustos: las elegantes tapas negras de Blue Note para los jazzeros, el logo amarillo con volutas de Deutsche Grammophone para los amantes de lo clásico, y para los tangueros, aquellos dibujos de Gardel, Troilo y Piazzolla con alas de Hermenegildo Sabat. Las mejores tapas de los CDs nunca fueron más que torpes imitaciones, pálidos remedos de aquellos años gloriosos.

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Quiero creer que el retorno de aquellos discos es la vanguardia de una revancha. Y no son cosa sólo de viejos. La última generación de disc-jockeys saben tan bien como sus antecesores que en las discotecas se comunican mucho mejor con esa multitud sudorosa y ondulante a través del sonido pastoso, la flexibilidad, la capacidad de juego del elepé.

Aunque se rayaran de vez en cuando, siempre respondieron con fidelidad a nuestro amor. ¿Por qué no los rescatamos del depósito? Tal vez esté allí lo mejor de nosotros mismos.

[Publicado el 24/9/2014 a las 19:40]

[Etiquetas: Discos, Long Plays, CDs, Santana Abraxas, The Beatles, Deutsche Grammophon, Hermenegildo Sabat, Led Zeppelin, Pink Floyd, Genesis]

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Leonardo Moledo: la divulgación científica como una de las bellas artes

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Leonardo Moledo en una entrevista de Revista Cabal

El 9 de agosto murió el gran periodista Leonardo Moledo, el mejor, el más culto y el más influyente de los divulgadores científicos de Argentina, y probablemente de toda Hispanoamérica.

No había cumplido los 70, pero su legendaria “mala salud de hierro” y su vivir en una creativa nube de humo, que hacía que su oficina y su coche fueran fumaderos constantes, se lo llevaron demasiado pronto.

Durante dos décadas y hasta su muerte fue el director y principal voz del prestigioso suplemento semanal de ciencias del diario Página 12, un faro de luz científica en un país que aplaude mucho más la picardía que el saber. Yo supe este mes de su muerte, y quiero rendirle un modesto homenaje a este periodista indispensable.  

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Leonardo fue antes que nada, un gran conversador y un maravilloso preguntador. Sus entrevistas a mujeres y hombres de ciencia, recopiladas en su último libro, la tercera parte de la trilogía El café de los científicos (en coautoría con Javier Vidal; los dos anteriores lo fueron con Martín de Ambrosio), son charlas distendidas, divertidas y muy profundas. Moledo inventó y desarrolló con maestría un tipo de entrevista con expertos donde el lector se siente incluido, invitado, respetado.

De sus 14 libros que cuentan la ciencia al niño que hay en todo adulto, destacan el primero, De las tortugas a las estrellas, y Diez teorías que conmovieron al mundo (con Esteban Magnani), eruditas y deliciosas incursiones en el mundo de la alta ciencia.

“La divulgación de la ciencia es la continuación de la ciencia por otros medios” es una de sus frases más recordadas y felices.

 La mayoría de sus coautores son jóvenes periodistas, varios de ellos ex alumnos suyos, con quienes el maestro compartía su sabiduría, a quienes ayudaba y daba crédito con generosidad, y a quienes empujaba a volar.

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Yo fui uno de aquellos discípulos, aunque nunca trabajé con él o para él. Aprendí viéndolo trabajar y escuchándolo.

Cuando me inicié en el periodismo de medio ambiente, a finales de los ochenta, Moledo ya era una voz respetada y una firma conocida en Clarín. Fuimos juntos a varias actividades y congresos previos a la Cumbre de la Tierra de 1992, y pasamos las dos semanas de esa Conferencia de Naciones Unidas en Río de Janeiro en permanentes debates, aprendizajes y disfrutes.

De vuelta en Buenos Aires, nos encontrábamos en sesiones maratónicas a hablar de ciencia, de literatura (nos unía la devoción por Marguerite Yourcenar), de música (éramos ambos fanáticos de Johann Sebastian Bach), de la vida, de lo que fuera. En su oficina el olor a colillas viejas era difícil de soportar, pero la charla de Leonardo siempre era más estimulante, intoxicante en el mejor de los sentidos.

Nos vimos poco después de mi salida de Argentina, hace más de 20 años. Pero siempre estuve al tanto de lo que hacía, de cómo crecía su obra impresionante y su justa fama.

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Una semana después de su muerte, que cayó en sábado (el día en que salía el suplemento), Página 12 le dedicó un emocionante número especial de homenaje.

El primero de los 13 autores – colegas, reconocidos periodistas, escritores, alumnos, artistas – es Eduardo Galeano. “Toda la obra que nos ha dejado Leonardo prueba que la ciencia puede ser muy seria sin perder el sentido del humor, y perdurará por siempre en quien la lea”, dice el autor de Las venas abiertas de América Latina.

Pero dos semanas después de su muerte, la dirección de Página 12 decidió cerrar su suplemento. Un enorme error, creo yo.

No sólo se apaga una voz erudita, cáustica, cultísima, sincera, única, sino que se cierra el espacio de luz que creó, un espacio vital para la divulgación de la ciencia en un país que tanto la necesita.

Ah, no les había dicho cómo se llamaba el suplemento que dirigía Leonardo Moledo. Se llamaba Futuro.

Adiós, Futuro. Y adiós, mi maestro y amigo. Sos de las personas que a uno le harán falta siempre. Pero uno lo descubre demasiado tarde, cuando ya no hay tiempo para más charlas y más nubes de humo.  

[Publicado el 21/9/2014 a las 18:29]

[Etiquetas: Leonardo Moledo, periodismo científico, suplemento Futuro, Página 12, De las tortugas a las estrellas, El café de los científicos, Diez teorías que conmovieron al mundo]

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Música para películas: de servicial a protagonista

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Partituras como las que John Williams compuso para las sagas de La guerra de las galaxias y Harry Potter, o la de Howard Shore para El señor de los anillos ya se han convertido en bandas sonoras de nuestra imaginación y nuestros recuerdos personales. Nos atacan en nuestra pantalla de computadora, en la publicidad de la tele, en los móviles y los videojuegos: las buenas melodías cinematográficas se nos meten bajo la piel y nos conectan con la historia de nuestras emociones.

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Desde principios del cine sonoro, la banda de sonido fue considerado un elemento fundamental de la identidad, el mensaje, el tono y la capacidad de comunicar de las películas. De hecho, el sonido entró a las grandes salas de cine cantando, con Al Jolson , la cara tiznada de negro y manos enguantadas de blanco, entonando “My Mammy” (El cantor de jazz, 1927).

De entretenimiento, la música del cine pronto pasó a arte. El primer gran “compositor para el cine”, Sergei Prokofiev, trabajó codo a codo con el director Sergei Eisenstein en el montaje de Alejandro Nevsky (1938) e Iván el Terrible (1943), y en ambas películas hay escenas que son verdaderas coreografías donde el montaje danza con la orquesta.

Mucho celuloide ha pasado desde entonces, el cine se ha convertido en una de las más importantes industrias del mundo globalizado y las bandas de sonido se han vuelto objeto de comercio y de culto en sí mismas. Las fabulosas ventas así lo atestuguan: cuatro discos de bandas sonoras (El guardaespaldas, Fiebre del sábado noche, Purple rain y Titanic) han superado ya los 10 millones de dólares en ventas.

Hasta las tradicionales marchas nupciales de Mendelssohn y Wagner se vieron desplazas en los casamientos por la canción de amor de Titanic, My heart must go on de Celine Dion.

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La música de películas ha llegado incluso a las salas de conciertos. Varias orquestas sinfónicas, de Nueva York a Costa Rica y de Buenos Aires a Medellín, incluyen en su programación sesiones de música de películas. Ya es común que de vez en cuando Beethoven, Mozart y Brahms cedan protagonismo a John Williams (E.T., La guerra de las galaxias, Parque Jurásico), Jerry Goldsmith (Patton, Chinatown, Papillon) o Elmer Bernstein (Los siete magníficos, El gran escape, La edad de la inocencia).

Recuerdo un precioso concierto, de hace una década, en el que la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Catalunya (OBC) programó un homenaje al gran compositor italiano Nino Rota, cuya música está indisolublemente asociada a las mejores películas de Federico Fellini (La strada, La dolce vita, Amarcord).

Cuando la orquesta interpretó el célebre tema de amor de El Padrino de Francis Ford Coppola, la sala entera se vio invadida por el recuerdo de la gran película y por la contradictoria mezcla de atracción y repulsión que produce el personaje del capo mafioso interpretado por el inmortal Marlon Brando.

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Esa es la magia de la gran música para películas: nos transporta al corazón emotivo de la historia que vimos en el cine sin necesidad de recordar la trama o las imágenes del filme. Es emoción pura. Si la película es romántica, épica, triste o hilarante, la música nos lleva a sentirnos melosos, tristes o divertidos. Nos acerca al centro de nuestros sentimientos; al hacerlo, se convierte en la banda sonora de nuestra propia vida.  

[Publicado el 10/9/2014 a las 00:02]

[Etiquetas: Música para películas, John Williams, Howard Shore, Nino Rota, Sergei Prokofiev, Al Jolson, Jerry Goldsmith, El Padrino, Francis Ford Coppola, Federico Fellini]

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Truman Capote: Ícaro quemado por las luces de la fiesta

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Hace treinta años murió Truman Capote, el gran niño viejo de la narrativa. Capote inventó géneros y modos de contar, se inventó a sí mismo y terminó inventando una destrucción a su medida, consumido por su propio genio y quemado por las luces de una fiesta que él organizó y de la que fue echado a patadas.

Fue el más inexacto de los genios de la no ficción. Y el más genial de los inexactos.

Cuando hace cuatro años mi exquisito editor de Cultura/s de La Vanguardia Sergio Vila-Sanjuan me pidió un ensayo sobre el aporte de Truman Capote al periodismo actual, pergeñé un retrato a partir de sus grandes obras no ficticias y de los caminos en muchas direcciones que esos libros abrieron.     

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Cuando en la década de 1940 un jovencísimo aspirante a escritor de éxito comenzó a escribir crónicas de viaje para hacerse famoso y ganar el dinero suficiente para sentarse a escribir sus novelas, nadie supuso que estaba despuntando una nueva forma de escribir. Truman Capote había llegado a Nueva York desde el profundo Sur norteamericano y desde una infancia de abandono y desamor.

Tenía voz de pito, cara de niño y una extraordinaria capacidad para contar historias y llamar la atención. A los 20 años ya se había convertido en una celebridad literaria con un puñado de cuentos en revistas de moda, y a los 23, con la novela breve Otras voces, otros ámbitos, ya era considerado un escritor maduro.

Pero poco a poco, junto con obras de ficción, fue soltando algo nuevo y excitante. Primero fue un picante relato del viaje de una troupe de cantantes y bailarines negros a la Unión Soviética (Se oyen las musas, 1956), luego una serie de perfiles de íconos culturales de su tiempo, sobre todo un agudo y malicioso retrato de Marlon Brando (El duque en sus dominios, del mismo año), y finalmente su obra maestra, A sangre fría (1965).

Al terminar, exhausto tras seis años de absoluta inmersión en el mundo de esta “novela real”, Capote se había convirtió en el padre y el genio fundador del ecléctico y brillante grupo inventor de lo que su más colorido representante, Tom Wolfe, bautizó como Nuevo Periodismo.

Cuando murió en 1984, a punto de cumplir los 60, solo y abandonado por los ricos y famosos a los que aspiró con desesperación a acercarse, Capote dejó una extraña obra inacabada, Plegarias atendidas (1987), que a los tumbos y fragmentariamente otra vez abría caminos en el afán de contar lo real.

Tal vez la forma más ordenada de presentar lo que Capote aportó a quienes desde entonces buscan aunar periodismo y literatura sea recorrer algunos de los “inventos” de estas cuatro obras emblemáticas, y citar algunas libros posteriores que siguieron de alguna manera sus pasos.

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Se oyen las musas. Los relatos de viajes tenían mucha tradición, pero esta deliciosa crónica de una compañía que llevó Porgy and Bess de Gershwin a Leningrado y Moscú en plena Guerra Fría muestra cómo el análisis puede ceder primacía a recursos narrativos y descriptivos para que se comprenda una situación y se entienda la lógica y el drama de personajes inolvidables, sin que se pierda el ritmo y el interés de cada pasaje.

El género de la crónica de giras musicales, en el que la revista Rolling Stone basó gran parte de su prestigio y sin el cual quedaría muy pobre el conocimiento de la generación del rock parte de esta pequeña joya.

Capote perfeccionó el recurso de la narración por escenas, más tributaria del cine que de la literatura, ideal para narrar las estaciones de un viaje. Hoy tanto las crónicas músico-sociales como los relatos corales de viaje llevan su impronta. 

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El duque en sus dominios. Este perfil en profundidad de Brando muestra de forma a la vez divertida y atroz el momento en que sus demonios internos y su excentricidad externa estaban a punto de transformarlo de ídolo de masas en genio huraño e intratable. Como casi todas las grandes obras de Capote, el texto apareció en la revista New Yorker, que desde los años treinta se ufana de haberle dado forma al perfil periodístico literario.

Capote no inventó ni la combinación de diálogo extenso y a corazón abierto, ni la narración de escenas que muestran al perfilado “en su salsa”, ni la  descripción perceptiva en la que lo que se selecciona y presenta es imagen y metáfora de lo que sucede con el personaje. Pero en perfiles como este o el que realizó sobre Marilyn Monroe en Música para camaleones hizo del género arte perdurable. Sus perfiles han influido en muchos de los que siguieron.

Adrien Nicole Le Blanc y Susan Orlean, por ejemplo, publican en New Yorker perfiles donde informan sobre lo complejo de una vida y presentan trozos brillantes e incompletos de experiencia humana, como pequeñas piezas de cristal quebrado.

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A sangre fría. Será éste, el libro más largo y ambicioso de Capote, el que cimiente su prestigio literario y periodístico. A sangre fría cuenta el asesinato premeditado y cruel de cuatro miembros de una familia en el pueblo de Holcomb en Kansas por una pareja de delincuentes comunes, Dick y Perry. Capote sigue la vida de las víctimas hasta su final, que se nos presenta tan inevitable y espantoso como el de una tragedia griega, y acompaña a sus asesinos hasta la horca.

Para Gerald Clarke, el gran biógrafo de Capote, éste logra trasformar a los criminales en dos personajes formidables de la literatura del siglo XX. Para Ben Yagoda, coautor de la antología El arte de los hechos, el gran mérito del libro es la exhaustiva investigación y las entrevistas tan intensas que le permiten contar hechos que no presenció con la fuerza y el colorido que emplearía un novelista con un argumento de su invención. “Con su oído de novelista, (Capote) escuchó lo que sus personajes pudieron haber dicho y lo transcribió más fielmente que ningún periodista antes o después”, apunta Yagoda.

A diferencia de sus reportajes anteriores, A sangre fría se noveliza sin meter en ningún momento al autor como personaje ni como comentador de lo que muestra. Pero por supuesto, su mirada no está ausente sino todo lo contrario. Albert Chillón, en Literatura y periodismo: una tradición de relaciones promiscuas, enfatiza que “In Cold Blood resulta ser, en definitiva, un alegato contra la pena de muerte, pero no al estilo franco y declamatorio de un manifiesto o una novela de tesis, sino a la manera sutil de aquellas narraciones que extraen su fuerza persuasiva del ensanchamiento que provoca en la mente del lector el mundo que ponen en pie”.

La espeluznante historia de Perry y Dick influyó en generaciones de periodistas. Joe McGinnis se internó como pocos en el “relato de crímenes verdaderos” en libros como Visión fatal. Gourevitch también siguió la senda de Capote en una fábula moral, Caso cerrado, sobre un asesino capturado tras pasar décadas escondido. En España, Vázquez Montalbán en Galíndez o Arcadi Espada en Raval adaptan a sus personales estilos y temas algo del legado de Capote.

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Plegarias atendidas. Esta colección de fragmentos, que Capote soñó en convertir en su En busca del tiempo perdido, es un retrato colectivo amargo y mordaz de la clase alta norteamericana.

Hoy revistas como Vanity Fair, que critican con fascinación el mundo de los ricos y famosos, abrevan en este modelo. Pero desde su muerte, hace más de dos décadas, nadie ha conseguir contar anécdotas de opulencia y degradación como el perverso niño prodigio que nunca dejó de perseguir la gloria.

 

Las plegarias atendidas producen más lágrimas que las desoídas, decía Capote que había escrito Santa Teresa. Pero legiones de periodistas y “escribidores” igual siguen elevado plegarias. Las elevan a las musas  o a los santos más literarios, como San Juan de la Cruz, y en sus plegarias siguen implorando el don de poder escribir, al menos una vez, como Truman Capote. 

[Publicado el 26/8/2014 a las 14:23]

[Etiquetas: Truman Capote, Hablan las musas, El duque en sus dominios, A sangre fría, Plegarias atendidas, Otras voces otros ámbitos, Nuevo periodismo, Tom Wolfe, San Juan de la Cruz]

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Iñaki Gabilondo: Reflexiones de una voz insustituible

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Ya pocos discuten que Iñaki Gabilondo es la voz de la calidad informativa y la decencia en el periodismo español. Tal vez la crisis económica, la degradación política y la podredumbre moral nos dejaron claro que no todo es igual, que no todo vale: con sus variadas identidades ideológicas, de clase o de lugar de origen, nos queda cada vez más claro que hay voces que buscan enmarañar y confundir y crear odios y desavenencias. Y hay, por otro lado, voces como la de Gabilondo.

Estas semanas estoy en Colombia, dando talleres, seminarios, conferencias y asesorías en universidades y medios de Medellín, Popayán, Cali y Bogotá. En la capital de este gran país, en una comida enriquecedora con Juan Carlos Iragorri, el director del Master en Periodismo de la Universidad del Rosario y periodista de calidad e influencia en la cadena internacional de radio y televisión RCN.

Hablamos mucho de Gabilondo y su legado. Iragorri va a presentar esta semana a Gabilondo en Bogotá, y me pidió impresiones e ideas sobre este admirado maestro.

Me acordé entonces de un libro pequeño y precioso, que el creador del Hoy por hoy mañanero en la Cadena SER escribió hace un par de años.

Gabilondo rumiaba estas ideas desde hacía años. Vino a exponer y compartir estas ideas en la entrega de títulos a los alumnos del Master en Periodismo BCN_NY de la Universidad de Barcelona, donde me tocó el honor de compartir estrado con él. Unos meses más tarde, publiqué este comentario sobre El fin de una época en Cultura/s de La Vanguardia.

Acabo de enviárselo a Iragorri. Ahora quiero compartirlo con los pasajeros que se detengan unos minutos en este blog. Aquí va.   

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La medianoche del 28 de diciembre de 2010, Día de los Santos Inocentes, dejó de emitir el canal de noticias, análisis, entrevistas y reportajes CNN+. En el instante en que desapareció su última imagen, comenzó a sonar la sintonía de Gran Hermano 24 horas, el producto estupefaciente de Tele5.

El legendario periodista Iñaki Gabilondo, la cara más visible de CNN+, no quiso ensañarse con el símbolo, pero es difícil no caer en su potencia metafórica. Con el cierre de CNN+, terminaba también la carrera en los medios audiovisuales de Gabilondo.

Durante cuatro décadas, Iñaki Gabilondo sentó cátedra de buen hacer, de ecuanimidad y de respeto desde Televisión Española, la Cadena SER y Noticias Cuatro.

Pero curiosamente, es desde el cierre de su último medio que la figura del adusto presentador entró en otro plano. Se convirtió en un sabio, un paladín de los valores que la profesión periodística pierde día a día. Después de todo, Iñaki parece ser la personificación del periodismo en democracia desde la transición y el nombre más conocido de los grandes profesionales echados al arcón de los trastos viejos por los empresarios que manejan los medios de hoy.

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Por todo esto, el lanzamiento de sus reflexiones sobre el estado del periodismo fue un gran acontecimiento en abril de 2011. Y el libro, publicado con primor por Barril & Barral, no decepciona.

Su título, El fin de una época, parece augurar un lamento nostálgico, pero el subtítulo nos enfoca mejor en el verdadero objetivo del ensayo: Sobre el oficio de contar las cosas. A partir de su experiencia personal, Gabilondo se centra en lo importante, lo imperecedero, lo que no debe perderse en una profesión amenazada. Porque Gabilondo no mira el pasado con nostalgia: no todo el pasado fue bueno; no todo el presente es malo. El maestro se resiste a verse como una víctima de los nuevos, duros tiempos.

Una de sus ideas centrales del libro es un brillante juego de palabras con el verbo ‘contar’. Después de recordarnos la importancia de tener profesionales que nos cuenten lo que pasa de manera seria e independiente, comenta, con un guiño triste, que ahora lo importante parece ser el ‘contar’ en otro sentido: no contar las noticias, sino contar dinero, contar audiencias, contar ejemplares vendidos y clicks en una página web.

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El fin de una época es un libro coloquial. Para los que reconocemos su voz granulada, levemente arrastrada, envolvente, es imposible leer el libro sin escuchar su voz leyéndonoslo.

Contándonos, por ejemplo, una de sus críticas más claras al periodismo actual a propósito del lema de la rapidez superficial de los medios audiovisuales de hoy.

‘Está pasando, lo estás viendo’, nos dicen los jóvenes presentadores de la televisión de hoy.  

Tal como ha venido haciendo desde el comienzo de su carrera, el viejo periodista nos hace en cambio una pregunta mucho más urgente y necesaria.

En su libro, Gabilondo nos dice: ‘Está pasando; ¿lo estás entendiendo?’

[Publicado el 25/8/2014 a las 02:20]

[Etiquetas: Iñaki Gabilondo, El fin de una época, Juan Carlos Iragorri, Master en Periodismo, Universidad del Rosario, Universidad de Barcelona]

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Juicio a la cultura “Burger”: el periodismo de John Vidal

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John Vidal es el editor del exquisito e influyente suplemento de medio ambiente de The Guardian desde 1995. Además, es autor de un libro importante para entender las luchas entre grandes empresas contaminantes y los que osan criticarlos: McLibel – Burger Culture on Trial (1998).

Hoy quiero hablares de Vidal, un maestro a la distancia, y de su libro, un modelo de investigación apasionada.

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Yo lo conocí en 1992, en la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro. Compartíamos con cientos de periodistas la enorme sala de prensa de la conferencia de la ONU. A mí me tocó poner mi vieja computadora (donde escribía en Word Perfect) al lado de la mucho más moderna de John. En esa época él ya era pelado y en su cabeza bullían conocimientos y lecciones. Se me reveló como un maestro humilde, serio pero con sentido del humor, enamorado de su trabajo y deseoso de compartir lo que sabía con jóvenes reporteros del otro lado del mundo.

Me impresionó entonces su forma de contar como nadie los tejemanejes y las luchas sordas que eran muchas veces lo más importante de las decisiones en Rio: luchas por el control político y económico, por dinero, por influencia. Se hablaba de medio ambiente pero cada burócrata apoyaba a sus países aliados y su bloque ideológico en vez de atenerse a consideraciones ambientales. 

Y aún más me impresionó lo que hizo una vez acabado el encuentro: pasó dos semanas con los sin tierra del empobrecido nordeste de Brasil, acompañándolos en su marcha para pedir tierra que cultivar.

Su crónica de esa marcha muestra las desigualdades de un país inmenso con mucha tierra cultivable en pocas manos, donde se desaloja a los indígenas de bosques ancestrales que son el pulmón del mundo y se hacinan millones en las favelas y los arrabales de las grandes ciudades.

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Hace poco volvió a Brasil a seguir un tema que muchos otros medios tratan en sus páginas de economía: la plantación masiva de caña para producir bio-fuel.

En The Guardian, su sección Greenwatch es monitor permanente a las últimas noticias, las que los otros tratan pero que aquí tienen un ángulo ambiental y profundo, y las que escapan a los otros medios. Y es un permanente diálogo con los científicos, las ONGs, los funcionarios públicos de varios países, y especialmente los lectores.

El blog personal de John Vidal, una parte central del suplemento online de medio ambiente en The Guardian, sigue de cerca sus viajes, sus encuentros y sus ideas. Para todas estas partes de la edición digital de su suplemento, usa las últimas tecnologías, así como todo su equipo.  Una de las herramientas más útiles es un podcast de audio, donde habla con los lectores e incluye segmentos de entrevistas.

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Así surgió el único libro de Vidal:  en 1990, el equipo de abogados de la corporación McDonalds  llevó a juicio a la camarera de bar Helen Steel y al cartero desempleado Dave Morris. Los acusaban de distribuir un panfleto de seis páginas en la puerta de uno de los McDonalds de Londres. Stell y Morris eran voluntarios en una organización ecologista. El panfleto se llamaba “Lo que está mal en McDonalds”.

Los abogados alegaban que el panfleto contenía mentiras y exigía en compensación 120.000 libras esterlinas, poco más de 150.000 euros a los dos voluntarios. Poco después de comenzar el juicio, los responsables de comunicación de McDonalds se dieron cuenta de que podía traerles problemas. Era evidentemente la lucha de un Goliat corporativo contra dos pequeñísimos Davides. El jefe del equipo de abogados de McDonalds ganaba 1.500 dólares al día, más de lo que Morris y Steel ganaban en un mes.

Les propusieron a los jóvenes desechar los cargos si se desdecían de sus acusaciones. No hubo acuerdo.

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A medida que avanzaba el juicio, la comunidad de militantes ecologistas, pro derechos humanos, por la solidaridad con el tercer mundo y partidos políticos de izquierda comenzaron a juntar fondos para pagar los gastos legales de los acusados, cuyo presupuesto era ínfimo. 

John Vidal fue el primer periodista que vio que este juicio era mucho más que un caso de difamación contra una empresa, y que además podía marcar una nueva época en momentos en que se empezaban a armar las campañas que con Internet y las redes sociales proliferaron en la siguiente década. McDonalds contra Steel y Morris era un símbolo de la lucha de los ciudadanos y consumidores por hacer oír su voz, y de las grandes corporaciones por callarlos y aplastarlos.

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El juicio duró siete años, y se convirtió en el más largo de la historia judicial británica. Finalmente, el juez declaró a los acusados parcialmente culpables, porque no pudieron demostrar que McDonalds dañaba el bosque lluvioso, que su comida producía cáncer y que provocaba el hambre en el Tercer Mundo, como afirmaban algunos ítems del folleto. Por esto, fueron obligados a pagarle a McDonalds la mitad de lo demandado (60.000 libras o 90.000 euros). 

Pero el juez sí consideró probado a lo largo del proceso que la compañía explotaba el trabajo infantil, ponía en riesgo la salud de los consumidores, trataba con crueldad a los animales, y tenía una política de muy bajos salarios y prohibición ilegal de sindicatos en sus restaurantes. Por esto, Morris, Steel y sus defensores lo consideraron una victoria moral.

Al día siguiente de que se leyera la sentencia, imprimieron un nuevo folleto con las acusaciones que el juez había aceptado, y se pusieron a distribuirlo en la puerta de otro McDonalds. Nunca pagaron la multa, pero la empresa no los presionó. Decidieron que ya habían tenido suficiente publicidad negativa.

El libro de John Vidal muestra todas las caras del activismo ambiental en un caso emblemático. Como él cubrió el juicio desde el comienzo y trabó una relación estrecha con los acusados, el libro está lleno de datos, anécdotas, historias y de la modesta épica de la militancia ambiental. Se convirtió en Gran Bretaña en una especie de manual para la lucha no violenta contra las injusticias contra el medio ambiente y los derechos humanos.

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Aunque es domingo, hoy seguro que John Vidal estará investigando, escribiendo, twiteando, contando, denunciando. Por la magia de Internet puedo seguir sus pasos. Siempre innova, siempre mira hacia adelante. Pero también nos sigue enseñando con sus grandes logros del pasado.

Hoy quise detenerme en su libro amoroso y lento contra la comida desangelada y rápida. 

[Publicado el 17/8/2014 a las 18:18]

[Etiquetas: John Vidal, The Guardian, McLibel, Burger Culture on Trial, periodismo de medio ambiente]

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Biografía

Es periodista, reportero especializado en cultura, sociedad y medio ambiente, y profesor de periodismo.

Nació en Buenos Aires en 1962, estudió sociología y teatro en su ciudad natal, periodismo en Nueva York y reporterismo ambiental en Berlín. Es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Master en Periodismo por Columbia University. Desde 1998 vive y trabaja en Barcelona, donde dirige y enseña en el Master en Periodismo BCN_NY, organizado por IL3-Universidad de Barcelona y la Universidad de Columbia en Nueva York. Es el corresponsal en España de la revista Opera News.

Herrscher es el autor de Periodismo narrativo, publicado por SIL-Universidad Finis Terrae en 2009, y del relato de no ficción Los viajes del Penélope, editado por Tusquets Argentina en 2007 y traducido al inglés y publicado por Südpol como The Voyages of the Penelope en 2010. Actualmente trabaja en Crónicas bananeras, una investigación histórica y crónica de viajes sobre las ‘repúblicas bananeras' de Centroamérica, para Tusquets. Asimismo, dirige la colección Periodismo Activo de Publicacions de la UB, donde saldrá este año la versión española de Periodismo narrativo.

Es autor de capítulos en los libros La noticia deseada y Soldados de Noé (Argentina), Analizando los medios y la comunicación y Domadores de historias (Chile). Trabajó como reportero y editor en el Buenos Aires Herald, la agencia IPS y las revistas Hombres de Maíz y Lateral. Sus reportajes, crónicas y perfiles han sido publicados en medios como La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, Ajo Blanco, El Ciervo, Lateral, Room, Quimera, Gentleman, Gatopardo, Travesías, Etiqueta Negra, Página 12, Perfil, y Puentes.

Ha dado clases y seminarios en Ithaca College (EE.UU.), las universidades degli Studi di Milano (Italia), Colonia (Alemania), Católica de Valparaíso y Finis Terrae (Chile), los masters en periodismo de Clarín/San Andrés (Argentina) y U. Complutense de Madrid/ABC (España). entre otras. Es miembro de la International Association for Literary Journalism Studies (IALJS), y fellow del Seminario de Salzburgo y la Inter American Foundation. En 1998 obtuvo el 3er. premio de la Foreign Press Association de Nueva York.

 

Blog: www.periodistanarrativo.wordpress.com

 

Twitter: @RMHerrscher

 

Bibliografía

 

El arte de escuchar (2015)
Universidad de Barcelona 

Periodismo narrativo (2012)
Universidad de Barcelona

 

Periodismo narrativo (2009)
SIL-Universidad Finis Terrae 

 

 

Los viajes del Penélope (2007)
Editorial Tusquets 

Obras asociadas

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