PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 28 de junio de 2017

 Blog de Roberto Herrscher

¿Qué nos está gritando el pez lobo?

imagen descriptiva

Es de esas fotos que hacen las delicias de las redes sociales. ¿Qué hacíamos con fotos así antes de Facebook? El pescador se llama Hirasaka Hiroshi, y pescó hace unos días este monstruo marino cerca de Hokkaido, entre Japón y Rusia. El pez se conoce como “wolffish”, o pez lobo. Suele medir un metro y pesar 15 kilos. Este es el doble de grande y el triple de pesado.

¿Quién parece más asustado, Hirasaka o su pez lobo? Yo diría que el pez: según los relatos periodísticos de los últimos días, lo más probable es que haya terminado en la sartén del pescador. Pero esa no es la única ganancia del señor Hosaki. Como suele pasar con las fotos que se vuelven virales en Internet, este no es un pescador japonés cualquiera: viaja por el mundo pescando y fotografiando seres extraños, y la foto circuló tras aparecer en su blog y su Twitter. Él sabía que este bicho le daría sus 15 minutos de fama.

Pero la noticia es otra: tiene que ver con la zona en que fue atrapado el pez lobo gigante y horrendo: es cerca del sitio del tsunami del 2011. Cerca de Fukushima, el reactor nuclear. En nuestra memoria, la cara desencajada de esta criatura nos recuerda los portentos humanos y animales que surgieron en los alrededores de Chernobyl. En nuestras pesadillas, es la imagen del peligro nuclear.

Al menos tres diarios que dan la noticia (en Gran Bretaña, Australia y Japón) usan el mismo dato para explicar el tamaño de las fauces del pez lobo: podría deglutir a un niño pequeño. Lo repiten para aumentar nuestro miedo, aunque los expertos insistan en que esta especie come algas y plancton. ¿Por qué mentar al niño?

No creo que sea solo la combinación de sensacionalismo y pereza, esa mescolanza que llene los diarios de fotos que llaman la atención, sin historia ni contexto.

No: esta foto es mucho más. El niño que podría devorar el monstro somos nosotros. Es la especie humana, que desató hace exactamente 70 años el monstruo del desastre atómico en Hiroshima y Nagasaki, muy cerca de estas aguas.

Esta es la cara de angustia de nuestro miedo al desastre nuclear. El pez lobo nos mira a la cara. ¿Qué vamos a hacer? 

[Publicado el 24/9/2015 a las 17:42]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

¿Quién salvará a El Salvador?

imagen descriptiva

Un muerto más en El Salvador. Fueron 125 en tres días. Foto Reuters.

Durante todo el siglo XIX, unas pocas familias se hicieron dueñas de las tierras, el dinero, el comercio y las conciencias en la más pequeña de las repúblicas centroamericanas.

En la primera mitad del siglo XX, los sindicatos y el Partido Comunista intentaron quebrar ese sistema feudal: fueron masacrados. En la segunda mitad, el Frente Farabundo Martí (FMLN) y el ejército, con fuerte apoyo de los Estados Unidos, se enfrascaron en una cruenta guerra civil con miles de muertos y desaparecidos. Más de un millón de salvadoreños emigró a Estados Unidos.

En 1992, los acuerdo de paz de Chapultepec, declararon el fin de la guerra. Y a diferencia de muchos otros países de la región, los ex guerrilleros entraron exitosamente en la contienda política. Hoy preside el país el ex comandante del FMLN Salvador Sánchez Cerén.  

*          *          *

¿Es esta entonces una historia de redención? Nada de eso: El Salvador está peor que nunca. Los hijos de las víctimas y los victimarios de ayer se enzarzan en una nueva guerra civil (hoy llamada “encubierta”): maras, bandas de narcotraficantes, ladrones, jóvenes sin futuro que matan y mueren imberbes, ejecuciones de la policía, ajustes de cuentas de criminales, muerte y desolación.

Esta historia macabra la cuenta mejor que nadie el gran periodista salvadoreño Carlos Dada en el capítulo sobre su país en el libro colectivo “Crecer a golpes”, editado por Diego Fonseca. Dada muestra cómo el final de una guerra derivó en otra guerra, vacía de causas y consignas. La valiente revista digital que él dirige, “El Faro”, relata este drama todos los días. Sus periodistas trabajan hoy amenazados por las mafias.

*          *          *

Mientras tanto, los ricos son hoy más ricos y los pobres más pobres que hace cien años. Los gobernantes de izquierda no han cumplido sus promesas: El anterior presidente, también del FMLN, terminó su gobierno salpicado por escándalos de corrupción. Y la violencia urbana produce más muertes que la guerra civil del pasado. Pero hay una diferencia: hoy no matan ni el Imperio ni los terratenientes: los pobres se matan entre ellos. Fueron 125 en los últimos tres días, un macabro récord. 

Algo mejoró: periodistas como Dada se animan a contarlo. Pero para el chico de la pantaloneta roja, que seguramente soñaba con jugar al fútbol y alcanzar una tenue felicidad, no fue suficiente. Su triste país (Dada lo compara con el cruel dios Saturno) sigue matando a sus hijos. ¿Quién salvará a El Salvador, hermosa tierra de volcanes y poetas, de su círculo de horror y sufrimiento?

[Publicado el 26/8/2015 a las 18:47]

[Etiquetas: El Salvador, guerra civil, guerra]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Dudamel y Beethoven en Bogotá: Aprender a pensar la música

imagen descriptiva

La Orquesta Sinfónica Simón Bolívar dirigida por Gustavo Dudamel en Bogotá

 Gustavo Dudamel y la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela presentaron en la capital colombiana la integral de las sinfonías de Beethoven. Con mis alumnos de un seminario de Periodismo Musical en la Universidad de los Andes peregrinamos a verlos y escucharlos y aprender juntos cómo escribir sobre el arte que emociona sin palabras  

*          *          *

            “¿A qué hora tenemos que salir para llegar a tiempo al Teatro Mayor Julio Mario Santodomingo? ¿Alcanza con media hora?” 

            Mis alumnos del curso de periodismo musical de la Universidad de los Andes me miraron entre divertidos y perplejos. Mi ignorancia de las distancias y el tráfico de Bogotá era más enciclopédica de lo que habían supuesto. No: desde el aula en El Campito, al borde del cielo subiendo innumerables escaleras, el sitio de nuestro taller de una semana en julio de 2015, debíamos cruzar toda la ciudad y después un poco más. Nos llevaría, con suerte, dos horas.

            De modo que me encontré con tres voluntarias que se ofrecieron a acompañarme antes de las seis debajo de la estatua de La Pola, la heroína de la independencia colombiana fusilada por los españoles a los 23 años, e iniciamos un largo camino hacia la música. En el Transmilenio (dos autobuses unidos por la cintura a los que se sube por un andén, como a un tren) atravesamos el centro de negocios y oficinas de la ciudad, nos internamos en barrios de clases medias, en zonas de talleres mecánicos con coloridos grafitis en paredes descascaradas, pasamos enormes centros comerciales y ríos y remolinos de autos a la hora punta.

Tres jóvenes se subieron a pedir dinero. El vozarrón aguardentoso de uno de ellos, explicando que pedir es mejor que robar, sonaba más a amenaza que a pedido. El último se subió con un arpa y nos tocó una melodía paraguaya, el Pájaro Chogüí. A ese sí le di plata. Nos bajamos en plena noche bogotana y nos subimos a otro bus, que enfiló por calles más despejadas, hasta parar frente a un edificio reluciente al que se accede por anchas escaleras entre jardines recién regados.

La mitad de los estudiantes del curso nunca habían venido a este templo del arte “culto”. En el hall se cruzaban los ricos de la ciudad - ellos con sus trajes a medida y ellas con sus joyas y sus peinados en suflé -, con el público típico de los conciertos sinfónicos en el mundo: clase media ilustrada, profesores, artistas, hijos nostálgicos de padres que les legaron esta cultura europea. Este segundo grupo es el que define a una ciudad melómana: los que tuvieron que calcular qué gastos debían sacrificar por una noche en comunión sagrada con Beethoven.

El sonido de “va a empezar la función”, un timbre o un gong o una fanfarria que en cada auditorio anuncia lo inminente, y los ricos y menos ricos van cada uno por su lado, a la platea o a los pisos altos. Yo sigo con la mirada a mis alumnos. Los participantes de este taller de verano vienen de muy diversos orígenes: en su mayoría incluye a músicos profesionales y estudiantes de artes y letras, por un lado, y por otros periodistas y estudiantes de periodismo. Unos se acercan al periodismo musical por la música, para entender mejor cómo contarla, cómo transmitirla. Otros, desde el oficio de contar, para acercarse a esta especialidad, el periodismo cultural ejemplificado por la música clásica.

Durante la semana hablamos de periodismo y cultura, de los papeles y funciones y habilidades del crítico y el entrevistador y el cronista. Les presenté a algunos grandes escritores que transformaron las notas y su interpretación en palabras y narraciones. Músicos que escriben de música (Robert Schumann, Hector Berlioz, Pierre Boulez, John Cage), novelistas y ensayistas (Bernard Shaw, Julio Cortázar, Edward Saïd), críticos amados y temidos, divulgadores apasionados (Alex Ross del New Yorker, Anthony Tommasini del New York Times, Pablo Kohan de La Nación, Rubén Amón de El Mundo, Juan Ángel Vela del Campo de El País).

Ya tenía armado el taller cuando me enteré de que la misma semana en que estaríamos reunidos vendría a Bogotá la Orquesta Simón Bolívar de Venezuela con su director titular, Gustavo Dudamel, el más famoso y admirado de los jóvenes directores de orquesta de hoy. Entonces cambié, quité, agregué, y gracias al director de la Maestría en Periodismo de la universidad, mi amigo Omar Rincón, hubo entradas para uno de los conciertos.

La visita sería muy especial. Dudamel y los jóvenes surgidos de El Sistema, un plan visionario para acercar la música a las barriadas pobres y peligrosas de las ciudades venezolanas, no vendrían a tocar un típico concierto de visita: lucirse con una obra para solista (piano o violín), una sinfonía bombástica y al final, unos bises de agitado sinfonismo latinoamericano. 

Nada de eso: venían a tocar, en cinco conciertos consecutivos, la integral de las nueve sinfonías de Beethoven, en orden cronológico. La Biblia de la música sinfónica como una fiesta y a la vez una clase magistral. El orden fue inflexible: ni siquiera cambia para terminar cada concierto con la obra más conocida y enérgica: por ejemplo, en el segundo concierto la primera parte tocan la revolucionaria y famosa Tercera Sinfonía, y en la segunda parte, la más conservadora y menos conocida Cuarta. Y así hasta el domingo, donde estallará el canto a la alegría en el final de la Novena, en una hermandad sin aspavientos entre dos países con gobiernos enfrentados: a la orquesta venezolana se sumarán tres coros de Colombia.  

*          *          *

Para poder trabajar en el aula alrededor de la peregrinación al concierto, debíamos ir el miércoles, el primero de todos, con las sinfonías 1 y 2. Es el comienzo del viaje de Beethoven que cambiaría la música occidental para siempre. Por la brevedad de estas piezas de juventud, Dudamel había decidido tocar antes de cada una de ellas, cada una de las dos romanzas para violín y orquesta de Beethoven, que son de la misma época. El segundo piso, donde nos esparcimos los del curso, está lleno de jubilados melómanos y jóvenes entusiastas. 

Una pareja de padres novatos se sienta delante de nosotros con su niña pequeña en medio. La niña se recuesta, con la cabeza sobre las piernas de su padre y los pies sobre le vestido festivo de la madre. Seguramente así escucha música clásica en casa. Los padres se toman de la mano por encima de su hija. Empieza la música y ella les habla pero no la callan; le acarician la cabeza con dulzura.

Pese a que ya no se llama Orquesta Juvenil, los músicos siguen teniendo una edad muy inferior a la de la mayoría de las orquestas. Se siente un aire de excitación que no suele invadir las salas sinfónicas. Y entra el Maestro: se ha alisado y peinado su pelo, que ya no es su  habitual brócoli rebelde, pero aún a la distancia es inconfundible: camina, sonríe, domina el escenario desde la humildad y el compañerismo. Y empieza el viaje de Beethoven.

Las cuerdas suenan robustas y flexibles; las maderas, dulces y precisas; los metales vigorosos hasta estallar un frenesí  contagioso. Dudamel baila y actúa la música, parece a la vez perdido en sí mismo y atento a cada detalle de sus chicas y muchachos, a los que conoce desde niños.

Nunca, salvo en el inicio de un ciclo completo, se programa un concierto con las primeras dos sinfonías de Beethoven. Pero en este viaje que continuará con la revolución política de la quinta, la infinita dulzura campestre de la sexta y el himno universal de la humanidad de la novena, el andante de la primera suena emotivo y limpio, y el final de la segunda preanuncia la tormenta. Se nota bien el desarrollo de la una a la otra. Los músicos tocan como un grupo de niños felices y como una de las mejores orquestas del mundo.

Al final, como hace siempre Dudamel, se baja del podio sin darse vuelta a saludar, y la reverencia al público viene desde abajo, rodeado por sus músicos, en el mismo nivel, abrazándolos. No para el aplauso y vuelve una y otra vez, se abraza con los violines, y con los chelos, y con los vientos, con una enorme sonrisa, como posando para un selfie interminable.

A la mañana siguiente hablamos del concierto, de lo que sentimos, de cómo se escribe una crónica y una crítica. Leemos el excelente perfil de Dudamel que hizo el cronista peruano Julio Villanueva Chang, analizamos una crítica del periodista musical Juan Ángel Vela del Campo, miramos el comiendo del extraordinario documental sobre El Sistema y su creador, el maestro José Antonio Abreu, hecho por Paul Smaczny y Maria Stodtmeier.  ¿De qué querían escribir? Algunos de la orquesta y su historia, otros del director, otros más del teatro y también del público. ¿Y para qué medio, para qué público? ¡Manos a la obra!

*          *          *

Era la primera vez que dedicaba una semana a compartir con un grupo de estudiantes mi oficio, mi pasión, lo que había aprendido en quince años de escribir sobre música. Con Dudamel y los suyos la tarea era fácil y difícil a la vez. Habíamos sentido una corriente de entusiasmo, de esperanza por el porvenir y la vigencia y utilidad de esta música para el mundo del aquí y ahora. Y sin embargo, mucho de lo que había que decir, ya lo decía la música, ya lo decían ellos. Nosotros nos beneficiamos del ejecicio: pudimos gozar de un concierto especial y una experiencia mundana y espiritual. Pero, ¿para qué escribir sobre ella?

Esa es la pregunta de siempre cuando se trata de escribir sobre el arte y los artistas. De música, de literatura, de danza, de pintura, de cine: ¿tiene sentido decir algo más, después de ver una obra que nos conmueve y nos transforma, que la muy escueta invitación al lector? “Vayan a verla”. Punto. ¿Para qué más? 

Y en el caso contrario, podríamos también argumentar que el periodista especializado, el crítico, el conocedor, sabe por qué recomienda mantenerse alejado de obras que no tienen valor, que son insultos a la inteligencia, que son intentos frustrados, pomposos y sentimentaloides o ejercicios de dedos de creadores que deberían mostrar su obra una vez que la hayan desarrollado más. “No vayan”. Y punto. 

Pero este taller en Bogotá me confirmó algo que ya intuía: que el arte es una conversación permanente, sin final, y muchas veces lo que queremos hacer antes y después de encontrarnos con obras que nos llegan al alma es hablar y escuchar: compartirlas, discutirlas, aprender sobre cómo y por qué se hicieron y cómo las piensan los ejecutantes, y cómo y por qué nos llegan de una determinada manera.

A los que les gusta el fútbol sin límite y sin medida, no les alcanza con ver el partido. Tienen que ver las conferencias de prensa, las entrevistas, los comentarios de los analistas, las estadísticas, los datos de este partido y estos equipos y estos jugadores comparados con otros, del presente o del pasado. Y cuanto más sepan de historia y de estrategia y más lo compartan con sus amigos, más disfrutarán del próximo encuentro. 

En las artes, todo se construye y se valora a partir del conocimiento de lo que vino antes. Las vidas y carreras de los compositores nos ayudan a apreciar mejor y entender más de las obras que nos gustan. Y en la interpretación, las vidas y las ideas y los talentos de los artistas nos acercan de una manera muy personal a las obras.

Las obras teatrales de Sófocles y Eurípides en la Grecia clásica eran juzgadas, comentadas, discutidas: se le daba premio a una sobre las demás, lo que quiere decir que había críticos, criterios y debates. Si miramos en la historia de la música, de la ópera, del teatro, en los sitios y momentos en los que fue más vigorosa y original la creación, más competente y de calidad era el periodismo que la acompañaba.

El arte bueno debe dar de qué hablar. Y si no queremos leer sobre lo que vamos a ver o lo que acabamos de ver, es que fue un mero y banal divertimento, para pasar el rato y olvidar.

 

[Publicado el 18/8/2015 a las 19:03]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

¿Qué mensaje enviarías a los extraterrestres?

imagen descriptiva

El disco de oro "The Sounds of Earth" que viaja en el Voyager 2

El 20 de agosto de 1977 despegó de la base de Cabo Cañaveral en el estado de Florida, EEUU, el Voyager 2. Dos días más tarde, surcaba los cielos el Voyager 1. Iban a explorar el espacio. En esta década (año más, año menos, el límite no está claro) están saliendo de la fuerza gravitacional del sol y se están internando en  el espacio interestelar. Por primera vez objetos hechos por los humanos viajan fuera del Sistema Solar. 

Los Voyager envían regularmente fotos y sonidos de su viaje. En los noventa nos envió una imagen sobrecogedora de los anillos de Saturno. Pero junto con preguntas e inquietudes sobre las estrellas, planetas y posible vida allí afuera, los Voyager llevan un mensaje de los habitantes de la tierra a los extraterrestres: cada uno porta un disco dorado con sonidos que, según el equipo científico presidido por el cosmólogo de la Universidad de Cornell, autor de “Cosmos” y excelso difusor de la ciencia Carl Sagan, representaban a los habitantes de la tierra y las diferentes formas de vida en el planeta.

Hace pocos días la plataforma Soundcloud puso a disposición de los habitantes de este planeta los sonidos que viajan en los Voyager. Y es fascinante entrar en la cabeza de quienes llenaron el disco con palabras y sonidos y música para explicarles a los habitantes de otras galaxias quiénes somos. ¿Por qué estos sonidos, estos idiomas, estas canciones? Los invito a escuchar. A escucharnos.

*          *          *

¿Qué hay en el Disco de Oro? Una parte contiene saludos en 55 idiomas. El primer idioma (están presentados en orden alfabético) es el acadio, hablado en sumeria hace unos seis mil años. El último, el wu, uno de los tantos dialectos chinos.  Un alegre español, que imagino de unos 40 o 50 años, dice: “Hola y saludos a todos”. Como si llamara a la casa de familiares lejanos. En inglés es una voz infantil que saluda en nombre de los niños de la tierra. El inconfundible tono de un cura saluda en latín. Hay idiomas que se extinguieron entre la grabación y el día de hoy. Hay expresiones de paz, amor y fraternidad. Hay peroratas de 20 segundos mencionando la universidad en la que se hizo la grabación. El más lacónico es quien saluda en hebreo: “Shalom”.

Otra sección incluye sonidos y ruidos que representan la vida en la tierra, desde los aullidos y graznidos y cantos de distintos animales hasta el llanto de un bebé y la voz de su madre estadounidense, que lo calma. Se escuchan segundos del latido de un corazón, el zumbido de una abeja, el aullar de un lobo y el ronroneo de un tractor.

Y la más interesante es el que contiene la música que nos representaba en 1977. Mucha música clásica: tres piezas de Bach y dos de Beethoven. La música popular también refleja los gustos del equipo de Sagan: Chuck Berry, Louis Armstrong y el pionero del blues Blind Willie Johnson viajan en nombre de la música popular estadounidense.

Representando a las “músicas del mundo”, entre otros, un coro ruso, el gamelán de Indonesia, un canto navajo y el son jarocho mexicano “El Cascabel” por Lorenzo  Barcelata y sus Mariachis.

*          *          *

 “Estas naves serán encontradas y estos discos serán escuchados solo si hay civilizaciones avanzadas en el espacio interestelar”, declaró Sagan cuando se anunció el proyecto. “Pero al lanzar esta botella en el océano cósmico ya estamos diciendo algo muy esperanzador acerca de la vida en este planeta”.

En la web del proyecto se especifica que los sonidos, voces y melodías fueron grabados en el sistema más avanzado de la época: un disco de 16 y 2/3 revoluciones por minuto que gira y suena tocado por una púa. Para los lectores del siglo XX, un Long Play.

Una tecnología perteneciente a la última generación análoga de la historia. ¿Qué pensarán de nosotros los extraterrestres al encontrarse con este mensaje pre-digital?

Pero no hay que preocuparse: si una raza cósmica lo encuentra y decodifica, tal vez sea en varios millones de años, y la tecnología digital estará tan muerta como la analógica, y de nosotros no quedará ni el recuerdo. Así, nadie notará la ironía de que el mensaje principal de saludo venga de quien era Secretario General de Naciones Unidas, el austríaco Kurt Waldheim. El mensaje de paz de los terrícolas representados por quien - se sabría en los ochenta - había sido un oficial nazi en su juventud. 

*          *          *

El Disco de Oro guarda también un recuerdo menos sangriento y más trivial de nuestras pobres rencillas terrestres: Carl Sagan había pedido que incluyeran la gran canción de George Harrison “Here Comes the Sun”. Los Beatles estuvieron de acuerdo. Pero su discográfica, EMI, no cedió los derechos. Y los extraterrestres se la perdieron.

Hace tres años la radio pública estadounidense NPR entrevistó a la viuda del astrofísico, Anne Druyan para que hablara del Disco de Oro. En 1977 ella era la encargada de coordinar con Sagan los materiales que viajarían al espacio. Y la historia que contó en esa entrevista da una pequeña luz de esperanza sobre la humanidad que viaja en esa nave.

Druyan contó que una noche, hablando con un sinólogo de la Universidad de Columbia, por fin encontró el fragmento musical que representaría la milenaria música china. Los tres minutos de música china eran una preocupación de Druyan y Sagan en esos días. Le dejó un mensaje en el contestador a Sagan, entonces solo un gran amigo y compañero de trabajo. Él la llamó y en esa conversación se declararon amor eterno y decidieron casarse. Ni siquiera se habían besado.

“Estuve con él desde esa noche hasta que murió en diciembre de 1996”, dice Druyan en el programa de NPR. Y contó otra cosa: los sonidos del corazón humano que viajan por el espacio son los que ella se grabó dos días después de la declaración. “Cuando me siento deprimida, pienso que mis latidos enamorados viajan por el espacio”.

*          *          *

¿Qué sonidos pondríamos hoy en un viaje al espacio exterior? ¿Qué saludos, en qué idiomas, qué sonidos de entre el desesperante caos sonoro que nos envuelve? ¿Qué 90 minutos de momentos musicales nos representan?

 

No sé ustedes. Yo seguiría empezando con el simple y efectivo “Hola y saludos a todos”.   

[Publicado el 02/8/2015 a las 02:27]

[Etiquetas: Voyager, mensaje a los extraterrestres, disco de oro, Carl Sagan, Kurt Waldheim, Anne Druyan, ]

[Enlace permanente] [7 comentarios]

Compartir:

Banderas tóxicas

imagen descriptiva

Por todas las banderas se han cometido atrocidades. Detrás de cada bandera, junto con humildes y esforzados ciudadanos contentos de sentir que pertenecen a una tierra y a un grupo, medran los miserables. Ya lo decía Samuel Johnson en el siglo XVIII: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”. No hay rincón del mundo donde falten los fanáticos, los violentos, los abusones arropados por una bandera colorida. Son banderas de guerra, banderas de machos: “Banderas de nuestros padres”.

Clint Eastwood lo expresó muy bien con sus dos películas sobre la misma batalla, vistas desde dos banderas. La segunda película, “Cartas desde Iwo Jima”,  también podría haberse llamado “Banderas de los padres de los japoneses”. Envueltos en la bandera y en nombre de las banderas, la masacre. 

Pero no todas las banderas son iguales. Hay banderas de causas nobles e inclusivas, como la bandera del arco iris: la liberación y los derechos de las minorías.  

Y finalmente están las banderas tóxicas: las banderas que perpetúan el odio, la denigración y desprecio del otro. La bandera nazi. La bandera negra del Estado Islámico. La bandera preconstitucional española: la que glorifica el sistema dictatorial del franquismo. No hay dos formas de ver y vivir estas banderas: son malas sin remedio, porque están pintadas para excluir y destruir al otro. Deben ser prohibidas y denunciadas.

Recuerdo la primera vez que viajé a Atlanta, en el sur de Estados Unidos. Visité el museo local, y allí, disfrazado de orgullo del perdedor, encontré la épica sin escrúpulos del lado del Sur en la Guerra Civil. Como si haber perdido la guerra le diera algún sustento moral, las banderas confederadas ondeaban al viento. En las calles de Georgia, los blancos de corbata mandaban y los negros limpiaban las calles o pedían limosna. En las banderas, la nostalgia de la esclavitud.

Mírenla bien. Parece más bonita y armoniosa que la extraña bandera con el recuadro de las estrellas. Pero es una bandera tóxica. Es la ignominia de un país que se creó como lugar de libertad por próceres dueños de esclavos. Estados Unidos tiene que prohibir esa bandera. Su ausencia no garantizará que no vuelva a ocurrir el horror de Charleston, pero al menos sus admiradores, como los neonazis en Europa y los neofranquistas en España, sabrán que van contra los valores básicos de la democracia. Con su bandera tóxica y contra las banderas de la inclusión y la igualdad.  

[Publicado el 26/7/2015 a las 13:42]

[Enlace permanente] [4 comentarios]

Compartir:

Woody Allen llega a la ópera desde la banda sonora

imagen descriptiva

Una escena de Gianni Schicchi dirigida por Woody Allen. Foto de la Ópera de Los Ángeles

El 30 de junio se estrena en el Teatro Real de Madrid la primera (y probablemente la última) ópera con puesta en escena de Woody Allen. Se trata de la única comedia de Giacomo Puccini, la ópera corta Gianni Schicchi. ¿Cómo es una ópera dirigida por Allen? ¿Cómo llega este cómico y cineasta al arte lírico? ¿Qué le aporta?

Este artista único sigue en esto la línea de otros directores de cine como Ingmar Bergman, Luchino Visconti, Franco Zefirelli, Anthony Minghella, Chen Kaige, Carlos Saura y Werner Herzog. Pero hay una diferencia, creo yo.

La música fue siempre  un elemento central en sus películas, pero hasta hace muy poco la sensibilidad sonora de Allen estaba en otra música, en otra cadencia. Este acercamiento audaz a dirigir una ópera viene de un cambio: con el nuevo siglo, Woody Allen encontró un diálogo entre su cine actual y una música aparentemente más lejana en el tiempo y en la geografía, pero que le calza como un buen guante. 

*          *          *

En el comienzo fue el jazz. Desde Manhattan hasta Días de radio, de Annie Hall a Sweet and Lowdown, la música siempre formó parte importante en las películas de Woody Allen, pero durante casi toda su carrera, la banda sonora de sus imágenes fue el hot jazz de raíz sureña. Y como modesto clarinetista, viaja por el mundo montado en su fama, soplando los estándares de los clubes de Nueva Orleans.

Sin embargo, a partir de Match Point, la ópera entró en su filmografía. Hay una escena clave y obvia en un palco durante una función de ópera, pero a lo largo de la acción, es la voz de Enrico Caruso la que acompaña y enfatiza el clima moralmente ambiguo del filme. Hay más ópera en Conocerás al hombre de tus sueños y otras películas recientes, y en A Roma con amor, la ópera está en el centro de la acción: el personaje que interpreta Allen, un productor musical neoyorquino, descubre en su suegro dotes extraordinarias para el canto lírico… siempre que sea en la ducha.

Por eso no vino como gran sorpresa el hecho de que en 2008, Plácido Domingo, en su enésimo rol como director artístico de la Ópera de Los Ángeles, le propusiera dirigir por primera vez una ópera. Obviamente, no iba a ser una de Wagner: uno de los chistes más repetidos de Woody Allen es que al escuchar la música de Wagner le dan ganas de invadir Polonia. No: tenía que ser una ópera italiana.

La propuesta fue curiosa: Gianni Schicchi, la única comedia de Giacomo Puccini, estrenada hace 99 años.

*          *          *

Durante los meses más duros de la Primera Guerra Mundial, el genial compositor, que ya había logrado fama, prestigio y dinero con Tosca, La bohème y Madama Butterfly, se enfrascó en un proyecto original y extraño: Puccini compuso tres obras breves que debían presentarse como si fueran los tres actos de una pieza larga.

Pero sus obras eran muy distintas en tema, en carácter y en género: Il tabarro era un dramón verista y moderno de celos y asesinato; Suor Angelica, solo para intérpretes femeninos, la tragedia de una monja con un lenguaje musical que miraba al pasado; y la última, Gianni Schicchi, una comedia de enredos basada en una breve escena del Infierno del Dante.

¿Por qué pensó Domingo que esta ópera corta de Puccini podía despertar la vena lírica del viejo jazzero? Para mí está claro: tiene muchos puntos de contacto con sus películas. Es una comedia con personajes de trazo grueso pero definidos y entrañables, es la historia de un pícaro de la ‘clase emergente’ que se alía y engaña a la vieja aristocracia, es una ópera donde la acción transcurre casi a ritmo cinematográfico, casi sin arias, sin que la acción se detenga para que los cantantes compartan sus sentimientos con el público.

De una mínima anécdota de La Divina Comedia, Puccini y su libretista Giovacchino Forzano construyeron la historia de la familia de un rico anciano que muere dejando toda su fortuna al convento: uno de los jóvenes de la familia llama en su auxilio al padre de su novia, el pícaro Schicci, quien se hace pasar por el muerto, engaña al notario y reparte los bienes entre los deudos… con la excepción de lo más valioso, incluyendo su casa, que lega a “mi caro amigo Gianni Schicchi”. En el aquelarre final, el flamante dueño echa a la familia de la que ahora es su casa, y los aristócratas, olvidando toda mesura, arrean con la vajilla y los muebles que pueden acarrear.  

*          *          *

En el exitoso estreno del Gianni Schicchi de Allen en 2008, el protagonista fue el gran barítono inglés Sir Thomas Allen. Woody, fóbico en las galas y mucho más en un teatro de ópera, ni salió a saludar.  

Según la mayoría de los críticos y foros de ópera, la puesta del viejo novato es respetuosa con el original. Sitúa la acción en los años cincuenta en un ambiente más parecido al sur de Italia que a la Florencia de la historia original. Es un homenaje al neorrealismo italiano. Allen, con su inteligencia habitual, se acercaba a un arte nuevo desde su conocimiento del que domina, del lenguaje propio: Italia es para él el gran cine de Visconti, de Sica y Fellini.  

Los detalles graciosos de su puesta incluyen el encuentro del testamento en el fondo de una olla humeante de macarrones, la vestimenta del protagonista como un mafioso de sátira (gracias al fiel escenógrafo y vestuarista de siempre de Woody, Santo Loquasto), y el cortejo al pillo de las rollizas damas de la casa, imitando la pose de las tres gracias de Rubens.

Pero el momento donde el director de escena más se escapa del argumento de la ópera es, curiosamente, el último.

Como si quisiera mostrar en un solo y breve ejemplo todas sus ideas sobre la ópera, Allen no deja que el pícaro se salga con la suya en un amable monólogo final. Al quedar solo y enfrentar al público, Schicchi se ve atacado por la tía Zita, que esperaba mayor porción del botín. Tras ser atravesado con un cuchillo de cocina, se escucha de otra manera la admonición del protagonista: en el original, el Gianni Schicchi triunfante hace un reverencia al público y entona su irónico pedido de disculpas final: sabe que irá al infierno pero espera ser perdonado por el respetable.

En la versión de Woody Allen, la comedia es a la vez tragedia, y la conjunción de los dos elementos deja perplejo al público. Su personaje está yendo al infierno en ese mismo momento: ¿debemos reír o llorar? Nos vamos a casa, apagamos la luz y todavía no sabemos cuál es la moraleja.

*          *          *

Esta semana los vericuetos y enredos de la única comedia de Puccini llegan a Madrid con una nueva vuelta de tuerca.

El papel de Gianni Schicchi iba a ser protagonizado en el Teatro Real a partir del 30 de junio por el mismo Plácido Domingo, a sus 74 años y en su nueva tesitura de barítono. Los diarios lo anunciaron con bombos y platillos (yo mismo en Cultura/s de La Vanguardia, donde publiqué una versión de este texto hace unas semanas). Pero la muerte de su hermana, una persona muy cercana al cantante, le hizo tomar una decisión comprensible pero insólita en su carrera: no podía cantar una comedia en estas circunstancias. Se descabalgaba del proyecto.

Al final, aceptó cantar una colección de arias de otras óperas (todas trágicas) entre la representación de Gianni Schicchi (con otro protagonista) y la ópera breve que se interpretará antes, Goyescas de Enric Grandados.  

No habrá por tanto ópera dirigida por Woody Allen y protagonizada por Plácido Domingo en Madrid en estos días. Pero tal vez haya una oportunidad de verla: este Gianni Schicchi de Allen-Domingo estaba también programada para setiembre en la Ópera de Los Ángeles. Tal vez allí sí se pueda ver, finalmente, este encuentro artístico entre el más musical de los directores de cine y el mejor actor de entre los cantantes clásicos.

Para Woody Allen será, sin duda, completar un cambio radical: empezó dirigiéndose a sí mismo en sus desopilantes tartamudencias y termina dirigiendo al gran Plácido Domingo en un escenario de ópera. 

[Publicado el 28/6/2015 a las 19:13]

[Etiquetas: Gianni Schicchi, Woody Allen, Giacomo Puccini, Plácido Domingo, Teatro Real de Madrid, Los Angeles Opera]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Albert Chillón: Periodismo literario y reivindicación de las humanidades

imagen descriptiva

En 1998, el profesor de la UAB Albert Chillón publicó un libro seminal, básico para quienes nos dedicamos a escribir, enseñar y aprender a escribir y también para los que aspiramos a ser buenos lectores: Literatura y periodismo, una tradición de relaciones promiscuas.

Tras un elogioso prólogo de Manuel Vázquez Montalbán, Chillón presenta, defiende y analiza una de las más ricas y promisorias ramas del periodismo en la segunda mitad del siglo XX: lo que algunos llaman periodismo literario o narrativo, lo que en América Latina se conoce como "crónica" y que en Estados Unidos se engloba en la “marca” de Nuevo Periodismo o la etiqueta (para Chillón engañosa) de “no ficción”.

El autor, un referente fundamental de lo que en las ciencias de la comunicación se conoce como “teoría del giro lingüístico”, muestra con abundantes ejemplos cómo escritores y periodistas de Europa y las Américas utilizaron recursos literarios para contar los hechos del presente e indagar en los del pasado. Desde una vinculación con la novela realista del siglo XIX, analiza los recursos de investigación y escritura de autores tan variados como Josep Pla, John Hersey, Truman Capote, Oriana Fallaci, Ryszard Kapuscinski, Leonardo Sciacia, Gabriel García Márquez, Tomás Eloy Martínez y, dentro de una incipiente producción española, el propio Vázquez Montalbán.

*          *          *

Este libro, que desde su publicación excedió en ambición e impacto el ámbito de la academia española, se encontraba fuera de catálogo, y es un acto de justicia y necesidad que se encuentre ahora disponible en una edición muy ampliada y actualizada.

Lo primero que cambia es el nombre: ahora el libro se llama La palabra facticia. Es un valiente desafío, un neologismo que Chillón defiende a capa y espada como el terreno donde se encuentran la literatura y el periodismo.  Al prólogo original de Vázquez Montalbán se agrega ahora uno nuevo de Jordi Llovet, centrado en el novedoso aporte de Chillón: la necesidad de que el periodismo se acerque (o vuelva) al terreno de las humanidades, a la función del intelectual púbico, necesario para el sostenimiento de una verdadera democracia.

En nuevos capítulos se reivindica algo central para que el periodismo pueda ser parte de la cultura de su tiempo: el papel de las ciencias humanas en el centro del discurso social y sobre todo en las enseñanzas universitarias. Un profesor vocacional y con décadas de experiencia como Chillón vive y sufre en carne propia el triunfo del cómo presentar la información sobre el qué decir y para qué.

Este nuevo libro, en definitiva, es el viejo y valiosísimo Literatura y periodismo más una actualización con nuevos autores y corrientes, un afinamiento de su enfoque teórico y sobre todo, un alegato necesario por las humanidades. 

[Publicado el 21/6/2015 a las 14:33]

[Etiquetas: Albert Chillón, La palabra facticia, Literatura y periodismo]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

¡Ha llegado el nuevo Nuevo Periodismo!

imagen descriptiva

Presentación de El nuevo Nuevo Periodismo en el Col·legi de Periodistes de Catalunya: rodeando a Robert Boynton, el equipo de Publicacions de la UB Jordi Homs, Cruz Artidiello, Alicia Ferran, Quim De Nys y Roberto Herrscher

El problema de llamar “nuevo” a algo es que pronto se vuelve obsoleto, y cuando llega lo siguiente… no hay cómo llamarlo.

Después de que Tom Wolfe llamara “El Nuevo Periodismo” a lo que hacían él y sus amigos en los años 60 y 70, ¿cómo llamar lo que se hace ahora? Robert Boynton lo llamó “El nuevo Nuevo Periodismo”, y en la colección Periodismo Activo de la editorial de la Universidad de Barcelona acabamos de presentar la primera edición integral en castellano.  

Todo nació en la ciudad de Tampere en Finlandia en Mayo de 2013. Yo asistía a la Conferencia de la Asociación Internacional de Estudios de Periodismo Literario y su conferenciante estrella era Robert Boynton. Ya era un fan de The New New Journalism, y allí le escuché una conferencia precisa, elegante, personal y reveladora sobre el periodismo que fue, el que es y el que será.

Esa noche le propuse hacer una traducción completa de su libro y publicarlo en esta colección, que acababa de nacer. Hoy se convierte en el sexto y más ambicioso libro de la colección.

*          *          *

Primero, una rápida definición: El nuevo Nuevo Periodismo es tan distinto a El Nuevo Periodismo como Robert Boynton es distinto a Tom Wolfe.

El libro de Wolfe era como él: lleno de respuestas. Era el manifiesto de una revolución. Contenía una antología de los maestros de la generación de Wolfe: Truman Capote, Norman Mailer, Hunter Thompson, Joan Didion, Joe McGinnis, Michael Herr, Gay Talese y por supuesto, el mismo Tom Wolfe.

Entre todos, muestran un gran abanico de posibilidades a partir de unas cuantas reglas básicas: contar en vez de explicar, narrar por escenas, la descripción como forma de orientar y enganchar al lector, transformar a fuentes en personajes y a declaraciones en diálogos. Y sobre todo, la inmersión: pasar mucho tiempo con los personajes, conocerlos a fondo y escribir sobre ellos como un novelista escribiría sobre los personajes que surgen de su imaginación.

El libro que ayer presentamos nos obliga a mirar atrás, a aquel volumen pionero de Tom Wolfe, que trajo al castellano el gran editor Jorge Herralde. Y así como el de Wolfe estaba lleno de respuestas, este de Robert Boynton está lleno de preguntas.

Boynton es un periodista de alma. Investiga, cuenta y opina con conocimiento y pasión sobre la los cambios sociales en Estados Unidos, y ha dedicado los últimos seis años a una investigación en la misteriosa Corea del Norte, el último refugio del estalinismo.

Pero estas lecciones de buen periodismo parten también de su otra vocación: es un verdadero maestro. Desde hace años dirige el programa de la Universidad de Nueva York en la que jóvenes de todo el mundo buscan abrirse camino en las crónicas, los reportajes y los perfiles de revistas. Allí enseña los caminos del periodismo en profundidad. 

*          *          *

¿Qué es El nuevo Nuevo Periodismo? Es una sagaz sucesión de entrevistas a fondo con los herederos de la generación de Tom Wolfe. Uno solo se repite en ambos libros, porque ya era genial hace 40 años y sigue haciendo periodismo del indispensable: Gay Talese.

El resto son periodistas literarios que irrumpieron entre finales del siglo pasado y la primera década de este. Ted Conover, Jon Krakauer, Michael Lewis, Adrian Nicole Le Blanc, Susan Orlean, Richard Ben Kramer, William Langewische, Jane Kramer… 19 en total. Solo hay tres mujeres, lo cual es inquietante, aunque en la antología de Tom Wolfe era todavía peor: si mal no recuerdo, solo estaba Joan Didion.

Estos autores son sometidos a una presentación y análisis de sus carreras y obras: son relatos y son ensayos. De cada uno rescata aquello que los movió a meterse en su porción de realidad, a indagar por asuntos actuales y eternos, y a encontrar el estilo por el que son celebrados.

Y después, lo fundamental: las entrevistas. Pregunta un poco por el qué, pero más pregunta por el cómo. Aunque muchas de las preguntas se repiten, parecen nuevas, parecen hechas para cada autor. Mi amigo y gran cronista argentino Leo Faccio, que leyó con deleite el libro, me comentó que uno de los gustos es saber que cada autor va a tener que responder a esas preguntas, tan precisas, tan difíciles, sobre por qué y cómo hacen lo que hacen.

Pero por supuesto muchas otras preguntas son únicas; tienen que ver con el tipo especial de periodismo narrativo que hace cada uno. Y también hay un estado de alerta que conocen todos los buenos entrevistadores: la repregunta, el saltar sobre lo que queda poco claro, o a abrir la puerta al secreto y a las razones últimas por las que cada uno hace así su trabajo.

Con todos empieza pidiéndoles una autodefinición. Y llama mucho la atención el énfasis en la modestia: buscan entender, contar, transmitir. No la Verdad ni el Arte con mayúsculas. Y una gran diferencia con Wolfe: él mismo se decía representante de una revolución, que cortaba con el periodismo del pasado. Su nuevo periodismo era contra el viejo, era un desafío. Era The Times They Are A’Changin’ de Bob Dylan hecho periodismo. En el libro de Boynton, sus autores se reconocen en la generación anterior. Se ven como una continuidad. Si cabe, un desarrollo.

*          *          *

Entre las muchas cosas que me quedan más claras tras leer el libro de Robert Boynton, destaco esta: si a partir de El Nuevo Periodismo el diálogo central era entre periodismo y literatura, en El nuevo Nuevo Periodismo se agrega a este un nuevo diálogo: entre el periodismo literario y las ciencias sociales.

Los nuevos cronistas se sumergen en las calles de sus propias ciudades y en lejanos poblados como un antropólogo, estudian las relaciones y las conductas como sociólogos y psicólogos, aprenden del pasado para entender el presente como historiadores, y en sus libros analizan y piensan en pluma alta a la par que cuentan. Son narradores y ensayistas. Tal vez esto tenga que ver con que estos nuevos nuevos periodistas pasaron todos por la universidad, y también que muchos enseñan, siguen en la academia.

Pero no llevan la calle al lenguaje de las revistas científicas y las tesis. Al revés: llevan la profundidad y la teoría a las calles y al lenguaje de los lectores. 

[Publicado el 17/6/2015 a las 16:12]

[Enlace permanente] [3 comentarios]

Compartir:

El monstruo lector: En la biblioteca de Bin Laden

imagen descriptiva

¿Qué nos dicen de una persona los libros que atesora? ¿Puede definirse a un personaje por su biblioteca? En el caso de líderes, los dictadores, los asesinos: ¿saber lo que leían ayuda a conocerlos mejor, a entrar en su lógica, sus razones? ¿Y si descubrimos que leemos el mismo libro, que tenemos algol en común?

Estos días tenemos esa oportunidad de adentrarnos en la mente de un líder sin parangón: el hombre  que durante la primera década de este siglo fue el más buscado del mundo. Cuatro años después de la operación secreta en la que los Navy Seals de Estados Unidos acribillaron a Osama Bin Laden en su refugio en Abotabad, Paquistán, la web de la Oficina del Director Nacional de Espionaje publica hace poco la lista de libros de la biblioteca del mítico líder de Al Qaeda.

Entre los libros, algunos predecibles y otros sorprendentes. Por ejemplo, nos podíamos imaginar a Bin Laden como lector de Noam Chomsky. Dos de sus libros ocupaban espacio en la estantería. Uno lógico: “Hegemonía o supervivencia: la búsqueda norteamericana del dominio global”; y otro más inquietante: “Ilusiones necesarias: El control de pensamiento en las sociedades democráticas”. ¿Qué pensaría Bin Laden de la descripción de las técnicas de control del pensamiento en tierras del Gran Satán?

Pero entre sus libros se encuentran también una reveladora incursión en la mente del enemigo: “Las guerras de Obama”, del veterano investigador de Watergate Bob Woodward. Curiosa lectura: las guerras de Obama eran contra él.

Una sorpresa: la lista contiene más libros de historia que de actualidad. Por ejemplo, “Cristianismo e Islam en España de 756 a 1031”, de C. D. Haines, tal vez le dio munición intelectual para lanzar a Al Qaeda a plantar bombas en esos trenes de Madrid el 11 de marzo de 2004.

*          *          *

No es la primera vez que se escarba en una librería para intentar entender a su dueño. El arte de bucear en la mente retorcida de un déspota ha dado buenos frutos en el pasado.

Sin ir más lejos, en 2007, el periodista chileno Cristóbal Peña, del centro de investigación CIPER, se sumergió en los libros de Augusto Pinochet. Su reportaje, “Viaje al fondo de la biblioteca de Pinochet”, que ganó un premio de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, muestra al dictador como acaparador (55.000 libros con un costo de casi tres millones de dólares), tacaño, apasionado de la historia militar y por Napoleón.

Pinochet, descubrió Peña, era un vigoroso subrayador. Por ejemplo, en una autobiografía del almirante Erich Bauer, del Tercer Reich, el dictador subrayó la definición que hace el autor sobre su colega Von Ingenohl: “Resultaba difícil adivinar su pensamiento íntimo, pues no descubría jamás sus planes a los ojos de los demás de manera abierta”.

¿No es esta, en el fondo, una autodefinición del mismo Pinochet?

*          *          *

Pensando en ese ejemplo de CIPER, me zambullí la semana pasada en la lista de los libros que tenía Osama Bin Laden cuando lo mataron.

Antes de seguir, hay que recordar que la publicación de la lista en este momento es una reacción: busca contrarrestar con datos un ataque a la credibilidad de la forma en que el Presidente Barack Obama y su gobierno contaron la operación para matar a Bin Laden.

En la edición del 21 de mayo del London Review of Books, el legendario Seymour Hersh calificó de mentirosa y tendenciosa la versión oficial del ataque que terminó con la vida del líder de Al Qaeda.

Aún a sus 78 años, Hersh sigue siendo de los más prestigiosos periodistas de investigación del mundo. Fue él quien, al comienzo de su carrera, dio a conocer la masacre de My Lai en Vietnam: una matanza de ancianos, mujeres y niños que cambió la forma en que la opinión pública estadounidense veía la guerra. Hace diez años volvió a poner el dedo en la llaga con su trabajo para The New Yorker sobre las torturas de soldados de su país a prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib.

Ahora Hersh embestía contra la historia oficial de la muerte del enemigo público número uno. Según sus fuentes, altos funcionarios y militares en retiro, Estados Unidos no llevó a cabo la operación en solitario, como aseguró Obama, sino que participó la inteligencia paquistaní. Tampoco hubo combate en la casa, y tampoco se arrojó el cuerpo de Bin Laden al mar. 

Un oficial retirado aseguró al periodista que “no se retiraron de la casa bolsas de basura llenas de computadoras y dispositivos de almacenamiento”, como decía la versión oficial. “Solo se llevaron algunos libros y papeles que encontraron en su habitación.”

La muerte de Bin Laden fue un arma fundamental en la campaña de Obama a la reelección en 2012. Y para justificar que entraran en una casa con niños, a la noche, a matar a un hombre, debían crear la impresión de que estaba dirigiendo operaciones letales contra Estados Unidos y que se defendió, amenazando la vida de sus atacantes.

Todo eso, según Hersh, es mentira. El terrorista no se defendió. Su cuerpo no fue tratado según el rito musulmán, y de la habitación se llevaron “algunos libros y papeles”.  

*          *          *

Unos días más tarde, en medio del escándalo del artículo de Hersh, aparece la lista de esos “libros y papeles” de Bin Laden. No incluyen ninguno que pruebe que el enjuto barbudo estuviera planeando atentados.

Pero lo que hay es una lectura fascinante: es una ventana para entrar en una mente brillante, extraña y perturbada, sin la cual el mundo de hoy no sería igual. Y es también una forma de entender a quienes seleccionan algunos de estos objetos para contarnos qué leía el monstruo.

Hay, por ejemplo, un formulario que tenían que rellenar los postulantes a entrar en Al Qaeda. Se parece mucho a los documentos que nos piden para ser contratados o para unirnos a un club. La penúltima pregunta es: “¿Quiere Ud. participar en una operación suicida?”. Y la última: “¿A quién quisiera que contactáramos si Ud. se convierte en un mártir?”.

También hay un videojuego violento: Delta Force Extreme II, donde el jugador mata jihadistas en el desierto y en ciudades abandonadas. Los periodistas de NBC y del Huffington Post concluyen que este juego era para los niños, los hijos de Bin Laden que vivían con él. ¿Por qué están tan seguros? A mí me causa escalofríos imaginarme al barbudo y sus lugartenientes jugando Delta Force Extreme II en una de esas interminables tardes de bochorno en el desierto paquistaní.  

*          *          *

¿Qué más? Las primaveras árabes, movimientos juveniles que debían dejar muy perplejo a Bin Laden, pudieron haberle llevado a encargar y leer “Democracia civil islámica: socios, recursos y estrategias”, de Cheryl Benard.

Y un clásico, la “Oxford History of Modern War” de Charles Townsend, pudo tal vez provocarle destellos de nostalgia de aquellos días como estudiante en Oxford, los de la célebre foto en la que posa, irreconocible, con sus hermanos, vestido a la occidental y con pantalones de botamanga ancha, acodado en un auto deportivo.  

Pero la lista no está completa. Faltan los videos eróticos. Es una gran pena. Sería interesante, hasta quizá instructivo, saber qué motivaba a Bin Laden en ese terreno. Para algunos sus gustos en porno pueden parecer superficiales. Yo creo, por el contrario, que en esas preferencias secretas, en el tipo de jovencitas que esperaba encontrar en el Paraíso de los creyentes, puede haber una llave secreta a la mente del hombre que inauguró el Siglo XXI. 

[Publicado el 03/6/2015 a las 12:20]

[Etiquetas: Osama Bin Laden, Bob Woodward, Noam Chomsky, Seymour Hersh, ]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Oscar Wilde y la amistad como final

imagen descriptiva

Oscar Wilde ilumina, como  ningún otro autor que yo haya leído, el espesor, el valor y el drama de la amistad. En sus manos, el verdadero y el falso amigo son personajes literarios de la misma profundidad y complejidad que tienen el guerrero sin miedo en Homero o el enamorado hasta más allá de la muerte en el Dante. 

*             *             *

En su colección de aforismos Unas cuantas máximas para la instrucción de los sobre-educados, Wilde escribió: “La amistad  es mucho más trágica que el amor. Dura más.

Uno de los cuentos más tristes de su colección El príncipe feliz, su primer éxito editorial, desarrolla este tema hasta las últimas consecuencias. Es El amigo fiel, la historia del pequeño Hans, un joven campesino que, en su ingenuidad, cree que el gran Hugo el Molinero es su amigo.

Hugo lo usa, lo explota y le exige agradecimiento por favores que nunca le hace. Cuando Hans tiene hambre, Hugo no lo ayuda ni lo visita “para no avergonzar a su amigo”. Cuando su situación mejora, Hugo le da a su amigo la posibilidad de trabajar para él y hacerle regalos nunca retribuidos, y lo deja gozar de sus edificantes discursos sobre la amistad.

Finalmente, el hijo de Hugo enferma y Hans, quién si no, debe ir en medio de una noche tormentosa en busca del médico. Hugo no le presta su linterna “porque es nueva y sería una gran pérdida si algo le pasara.” El pequeño Hans muere, y el gran Hugo reclama el lugar de preferencia en el funeral. Allí el amigo fiel se lamenta: “Fue una gran pérdida. Uno sufre por ser tan generoso.”

No hay tanta amargura ni tanto desprecio por la hipocresía en ninguna obra posterior de Wilde. No se puede concebir mayor ruindad que la de Hugo por Hans, que se cree afortunado por tener un amigo.

La última obra en prosa de Wilde, una larguísima carta que lleva el sombrío título de De profundis, cuenta la misma historia, pero esta vez es verdad. Hugo es el bello, joven y vanidoso lord Alfred Douglas. Oscar Wilde se atribuye el papel del pequeño Hans.

*             *             *

Los que han leído sus obras de teatro más mundanas y populares (La importancia de llamarse Ernesto, El abanico de Lady Windermere, Una mujer sin importancia), los que vieron alguna de las películas que se hicieron sobre su vida o escucharon alguno de sus punzantes juegos de palabras, suelen construir un Oscar Wilde enamorado de sí mismo: eternamente disfrazado de dandi, con trajes impecables de colores imposibles, desgranando brillanteces para una corte de jóvenes seguidores. Creador más que seguidor de la última moda, dictador de gustos literarios, personificación para su época de lo culto y lo moderno.

“Ser dandi es la afirmación de absoluta modernidad de la Belleza”, reza uno de sus aforismos.

Es difícil encajar un sentimiento como la amistad en este personaje excéntrico, amante del estilo, la belleza del artificio y el oropel. Un propagandista siempre abierto al monólogo, que parecía buscar más discípulos que iguales. “Hasta el discípulo tienen sus usos,” escribe en una más de sus Máximas…: “Se para detrás de nuestro trono, y en el momento de nuestro triunfo, nos susurra en el oído que, después de todo, sí que somos inmortales.”

En su momento de gloria, Oscar bien pudo sentirse inmortal. Los mayores genios de su época se agolpaban en las tabernas londinenses donde Wilde impartía cátedra, y muchos años después, sorber su genial ingenio es aún el sueño de los que no llegaron a conocerlo. Cierta vez preguntaron a Winston Churchill con quién le hubiera gustado sentarse a conversar. No lo dudó ni un instante: “Con Oscar Wilde.” Aún hoy, un famoso ‘mentalista’ británico asegura desde su página web que cumplió el deseo y habló con Oscar en la ultratumba.

¿En qué creía Wilde? En el arte más que en la realidad. En la belleza como valor ético. En el genio artístico como posesión suprema.“El esteticismo era el punto central de su credo y declaró que la belleza era el ideal al que todos debían acercarse,” recuerda su hijo Vyvyan Holland.

En la introducción a las Obras Completas de Wilde, Holland declara que, en su opinión, el ensayo más interesante de su padre es La decadencia de la mentira. “Tiene la forma de un diálogo, en el que el tema dominante es la gran superioridad del Arte sobre la Naturaleza, y llega a la conclusión de que la Naturaleza sigue al Arte.”

Pero esta imagen frívola y sólo interesada por lo estético es percibida cada vez más por los críticos como un hábil disfraz que oculta y ayuda a ‘vender’ en la época victoriana unas ideas sociales y políticas de avanzada, y que además le permite a Wilde mantener en la sombra una sensibilidad extrema.

Oscar Wilde era socialista en una época conservadora, un patriota irlandés en medio de un Londres eufórico de imperialismo inglés, y un creyente total en la libertad individual sobre el cuerpo y la mente de cada cual en una sociedad pacata y puritana. Sus trajes extravagantes, sus modales excesivos, sus retruécanos vacíos le permitieron construirse el personaje de brillante bufón inofensivo, cuando en realidad su discurso era revolucionario. 

Cuando Wilde cayó – y ningún pensador desde Sócrates cayó tanto desde tan alto en tan poco tiempo – su condena a prisión fue la condena de las “fuerzas morales” de la sociedad victoriana a todos los valores e ideales que por mucho tiempo se le perdonaron, pero no se le olvidaron.

En la cárcel, Oscar Wilde descubre la situación tremenda en que sufren y vegetan los presos. Sus dos cartas a la prensa denunciando esta situación y proponiendo reformas penitenciarias son la mejor demostración de su humanismo y su preocupación por los más débiles. Arrancada a la fuerza su careta de dandi, Wilde ya no puede ni quiere esconder la indignación que late en todo su obra detrás de la sonrisa del cínico disfrutador de la vida.

*             *             *

Muchos han interpretado la obra del genio irlandés como un reflejo de su vida breve, azarosa y demasiado pública. Wilde es sobre todo conocido por su famoso juicio, donde se desplegó ante una sociedad victoriana hipócritamente horrorizada los detalles de su debilidad por los muchachos.

Wilde, que provenía de una familia de nobles irlandeses empobrecidos, se estableció muy jóven en Inglaterra, donde su genio literario y su conversación profunda y chispeante brillaron de inmediato, primero en Oxford, donde estudió, y luego en los círculos de artistas de Londres.

Cuentan sus biógrafos que desde sus años de universidad buscó la compañía de bellos jóvenes. Creyó encontrar sosiego en un matrimonio del que nacieron dos niños. Pero pronto comenzó a frecuentar los dormitorios de sus acólitos y los salones de madamas que facilitaban compañía masculina. En estos ambientes trabó amistad con Lord Alfred Douglas, hijo del colérico y conservador Lord Queensberry.

Wilde se enamoró locamente de Alfred, y Lord Queensberry lo persiguió y fustigó por todos los medios a su alcance. “Lo que ocurrió después se ha contado muchas veces,” dice Vyvyan Holland. “Alfred Douglas, cuyo solo objetivo era llevar a los tribunales a su padre, convenció a Oscar Wilde de que iniciara una querella contra él por difamación. Lord Queensberry fue absuelto gloriosamente y su lugar en el banquillo de los acusados fue ocupado por Oscar Wilde, que resultó sentenciado a dos años de prisión” por escándalo y prácticas reñidas con la moral.

Fue la ruina. Tuvo que venderlo todo, incluida su preciada biblioteca. Todos los amigos y admiradores de antaño salvo un puñado de compañeros fieles y valientes, como Robert Ross, lo abandonaron. Le fue prohibido ver a sus hijos, y éstos tuvieron que cambiar de apellido (de ahí que Vyvyan se llame Holland).

Este episodio no sólo quebró emocional y espiritualmente a Wilde, quien murió en Francia, pobre y abandonado, poco tiempo después. También sirvió para teñir toda su obra con el mote de “homosexual.” Así, se notó que en sus obras de teatro, los noviazgos y matrimonios son meras imposiciones sociales. Ninguno de sus personajes se hunde por una relación amorosa que fracasa. De lo que sí se muere en sus obras es de las amistades traicioneras, o en el supremo sacrificio, por salvar a un amigo.

Por amistad muere el ruiseñor en el cuento El ruiseñor y la rosa: Un poeta pobre quiere llevar a la joven de la que está enamorado al baile. Esta le pide un rosa roja, pero es invierno. El ruiseñor escucha la plegaria de su amigo y se desangra sobre una flor blanca. Con el preciado regalo, el poeta va donde su amada, pero ella ya aceptó ir al baile con el sobrino del burgomaestre, un patán rico que le ofrece presentes más valiosos.

En De profundis Wilde disecciona una relación apasionada y compleja con el dolor de un alma traicionada y la maestría de un artista. Está hace meses en la cárcel, y recibe su primera noticia de su antiguo amigo. Lord Alfred Douglas le escribe al director de la prisión pidiéndole que interceda para que Oscar Wilde de su aprobación para un artículo en una revista francesa en el que Douglas pretende incluir fragmentos de cartas que el escritor le envió desde la celda. “¡Las cartas que debían ser para ti cosas sagradas y secretas por sobre cualquier otra en el mundo!”, aúlla de dolor el prisionero.

Pero aún en el más terrible desgarro, el sentimiento hacia su joven amigo es mucho más y muy distinto que una relación amorosa que tiene que disfrazarse de amistad por las convenciones victorianas. Las raíces de esas amistades amorosas entre hombres que tanto florecieron entre los artistas de la reprimida Inglaterra del siglo XIX están en el modelo griego. El amor es amistad y la amistad es amor, y cuando se traiciona, la traición es doble.

Así también, es doble el lazo que une a compañeros que comparten el lecho y la pasión por el arte y las aficiones de los mejores amigos. Douglas fue un convertido al credo artístico de Wilde. De esta amistad artística nos queda un trabajo conjunto: Salomé, el drama bíblico que Wilde escribió directamente en francés, fue traducido al inglés, en la versión que aún hoy se representa, por Alfred Douglas.

*             *             *

En su resumen biográfico, Vyvyan Holland destaca que su padre trabajó con ahínco y sin pausa en un ensayo en particular, al que volvió una y otra vez. Era su obsesión. Se llama El retrato del señor W.H., y es una más de las conjeturas sobre quién podría ser el destinatario de los sonetos de amor de William Shakespeare.            

Pasada la época victoriana, casi ningún entendido se atreve a argumentar que los sonetos fueron escritos para una dama. Fueron con casi total certeza para un caballero, pero ¿cuál? Una opinión muy difundida entre los críticos literarios es que se trata de un noble, tal vez Lord Pembroke o quizás Lord Southampton.

El ensayo de Wilde, de más de 50 páginas, intenta demostrar que los sonetos fueron compuestos para un joven actor de la compañía del bardo, llamado Willie Hughes. Se trata de un sentimiento amoroso por un artista, una sensibilidad afín, una inteligencia alerta. Es, en la versión de Oscar Wilde, un igual que despierta ternura, admiración, el ímpetu de crear y la pasión amorosa. Y la búsqueda que hace Wilde de datos sobre este Willie Hughes, su análisis de los sonetos para que encajen en su versión y el recuerdo de sus propias discusiones con otros “shakesperianos” conforman una novela de misterio, la afanosa construcción de una historia que, para Wilde, demostraría que su modelo de amistad existe y fue posible.

No es extraño que se dedicara tanto y le diera tanta importancia a este ensayo. La relación que quiso ver entre el autor teatral y su actor es la que Oscar anhelaba para sí, la que buscó infructuosamente en Lord Douglas.

*             *             *

La amistad para Wilde no es un escudo para ocultar una relación amorosa que la sociedad de su época no le permite confesar. Es una relación plena y polifacética, la relación enriquecedora entre iguales que para él es la base de la sociedad socialista que sueña en su largo ensayo, demasiado moderno para su tiempo, El corazón del hombre bajo el socialismo.

Mientras los marxistas de su tiempo planeaban una sociedad que liberara al hombre de sus cadenas económicas, colocándolo en un sistema que a la larga significó la imposición de nuevas cadenas, Wilde, iluso y lúcido al mismo tiempo, soñaba con un mundo de hombres libres donde cada uno se libere a sí mismo desde adentro, donde nadie sea perseguido por sus ideas o sus costumbres.

Wilde se construyó una Grecia antigua a la medida de su sueño, donde la relación ideal era el amor platónico, una abierta y tolerante sociedad de amigos. Se discute hoy con ardor si Platón y sus discípulos y pares eran realmente “platónicos” o si en sus relaciones había “algo más”. Lo que la obra de Oscar Wilde nos viene a decir es que, sin necesidad de entrar en el “algo más”, la amistad verdadera ya es mucho, muchísimo.

 

Ojalá muchos nuevos lectores encuentren en los libros de Oscar Wilde al amigo que su autor nunca encontró. 

[Publicado el 18/5/2015 a las 03:12]

[Etiquetas: Oscar Wilde, El ruiseñor y la rosa, El amigo fiel, De profundis]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Es periodista, reportero especializado en cultura, sociedad y medio ambiente, y profesor de periodismo.

Nació en Buenos Aires en 1962, estudió sociología y teatro en su ciudad natal, periodismo en Nueva York y reporterismo ambiental en Berlín. Es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Master en Periodismo por Columbia University. Desde 1998 vive y trabaja en Barcelona, donde dirige y enseña en el Master en Periodismo BCN_NY, organizado por IL3-Universidad de Barcelona y la Universidad de Columbia en Nueva York. Es el corresponsal en España de la revista Opera News.

Herrscher es el autor de Periodismo narrativo, publicado por SIL-Universidad Finis Terrae en 2009, y del relato de no ficción Los viajes del Penélope, editado por Tusquets Argentina en 2007 y traducido al inglés y publicado por Südpol como The Voyages of the Penelope en 2010. Actualmente trabaja en Crónicas bananeras, una investigación histórica y crónica de viajes sobre las ‘repúblicas bananeras' de Centroamérica, para Tusquets. Asimismo, dirige la colección Periodismo Activo de Publicacions de la UB, donde saldrá este año la versión española de Periodismo narrativo.

Es autor de capítulos en los libros La noticia deseada y Soldados de Noé (Argentina), Analizando los medios y la comunicación y Domadores de historias (Chile). Trabajó como reportero y editor en el Buenos Aires Herald, la agencia IPS y las revistas Hombres de Maíz y Lateral. Sus reportajes, crónicas y perfiles han sido publicados en medios como La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, Ajo Blanco, El Ciervo, Lateral, Room, Quimera, Gentleman, Gatopardo, Travesías, Etiqueta Negra, Página 12, Perfil, y Puentes.

Ha dado clases y seminarios en Ithaca College (EE.UU.), las universidades degli Studi di Milano (Italia), Colonia (Alemania), Católica de Valparaíso y Finis Terrae (Chile), los masters en periodismo de Clarín/San Andrés (Argentina) y U. Complutense de Madrid/ABC (España). entre otras. Es miembro de la International Association for Literary Journalism Studies (IALJS), y fellow del Seminario de Salzburgo y la Inter American Foundation. En 1998 obtuvo el 3er. premio de la Foreign Press Association de Nueva York.

 

Blog: www.periodistanarrativo.wordpress.com

 

Twitter: @RMHerrscher

 

Bibliografía

 

El arte de escuchar (2015)
Universidad de Barcelona 

Periodismo narrativo (2012)
Universidad de Barcelona

 

Periodismo narrativo (2009)
SIL-Universidad Finis Terrae 

 

 

Los viajes del Penélope (2007)
Editorial Tusquets 

Obras asociadas

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2017 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres