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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 29 de abril de 2017

 Blog de Roberto Herrscher

Banderas tóxicas

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Por todas las banderas se han cometido atrocidades. Detrás de cada bandera, junto con humildes y esforzados ciudadanos contentos de sentir que pertenecen a una tierra y a un grupo, medran los miserables. Ya lo decía Samuel Johnson en el siglo XVIII: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”. No hay rincón del mundo donde falten los fanáticos, los violentos, los abusones arropados por una bandera colorida. Son banderas de guerra, banderas de machos: “Banderas de nuestros padres”.

Clint Eastwood lo expresó muy bien con sus dos películas sobre la misma batalla, vistas desde dos banderas. La segunda película, “Cartas desde Iwo Jima”,  también podría haberse llamado “Banderas de los padres de los japoneses”. Envueltos en la bandera y en nombre de las banderas, la masacre. 

Pero no todas las banderas son iguales. Hay banderas de causas nobles e inclusivas, como la bandera del arco iris: la liberación y los derechos de las minorías.  

Y finalmente están las banderas tóxicas: las banderas que perpetúan el odio, la denigración y desprecio del otro. La bandera nazi. La bandera negra del Estado Islámico. La bandera preconstitucional española: la que glorifica el sistema dictatorial del franquismo. No hay dos formas de ver y vivir estas banderas: son malas sin remedio, porque están pintadas para excluir y destruir al otro. Deben ser prohibidas y denunciadas.

Recuerdo la primera vez que viajé a Atlanta, en el sur de Estados Unidos. Visité el museo local, y allí, disfrazado de orgullo del perdedor, encontré la épica sin escrúpulos del lado del Sur en la Guerra Civil. Como si haber perdido la guerra le diera algún sustento moral, las banderas confederadas ondeaban al viento. En las calles de Georgia, los blancos de corbata mandaban y los negros limpiaban las calles o pedían limosna. En las banderas, la nostalgia de la esclavitud.

Mírenla bien. Parece más bonita y armoniosa que la extraña bandera con el recuadro de las estrellas. Pero es una bandera tóxica. Es la ignominia de un país que se creó como lugar de libertad por próceres dueños de esclavos. Estados Unidos tiene que prohibir esa bandera. Su ausencia no garantizará que no vuelva a ocurrir el horror de Charleston, pero al menos sus admiradores, como los neonazis en Europa y los neofranquistas en España, sabrán que van contra los valores básicos de la democracia. Con su bandera tóxica y contra las banderas de la inclusión y la igualdad.  

[Publicado el 26/7/2015 a las 13:42]

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Woody Allen llega a la ópera desde la banda sonora

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Una escena de Gianni Schicchi dirigida por Woody Allen. Foto de la Ópera de Los Ángeles

El 30 de junio se estrena en el Teatro Real de Madrid la primera (y probablemente la última) ópera con puesta en escena de Woody Allen. Se trata de la única comedia de Giacomo Puccini, la ópera corta Gianni Schicchi. ¿Cómo es una ópera dirigida por Allen? ¿Cómo llega este cómico y cineasta al arte lírico? ¿Qué le aporta?

Este artista único sigue en esto la línea de otros directores de cine como Ingmar Bergman, Luchino Visconti, Franco Zefirelli, Anthony Minghella, Chen Kaige, Carlos Saura y Werner Herzog. Pero hay una diferencia, creo yo.

La música fue siempre  un elemento central en sus películas, pero hasta hace muy poco la sensibilidad sonora de Allen estaba en otra música, en otra cadencia. Este acercamiento audaz a dirigir una ópera viene de un cambio: con el nuevo siglo, Woody Allen encontró un diálogo entre su cine actual y una música aparentemente más lejana en el tiempo y en la geografía, pero que le calza como un buen guante. 

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En el comienzo fue el jazz. Desde Manhattan hasta Días de radio, de Annie Hall a Sweet and Lowdown, la música siempre formó parte importante en las películas de Woody Allen, pero durante casi toda su carrera, la banda sonora de sus imágenes fue el hot jazz de raíz sureña. Y como modesto clarinetista, viaja por el mundo montado en su fama, soplando los estándares de los clubes de Nueva Orleans.

Sin embargo, a partir de Match Point, la ópera entró en su filmografía. Hay una escena clave y obvia en un palco durante una función de ópera, pero a lo largo de la acción, es la voz de Enrico Caruso la que acompaña y enfatiza el clima moralmente ambiguo del filme. Hay más ópera en Conocerás al hombre de tus sueños y otras películas recientes, y en A Roma con amor, la ópera está en el centro de la acción: el personaje que interpreta Allen, un productor musical neoyorquino, descubre en su suegro dotes extraordinarias para el canto lírico… siempre que sea en la ducha.

Por eso no vino como gran sorpresa el hecho de que en 2008, Plácido Domingo, en su enésimo rol como director artístico de la Ópera de Los Ángeles, le propusiera dirigir por primera vez una ópera. Obviamente, no iba a ser una de Wagner: uno de los chistes más repetidos de Woody Allen es que al escuchar la música de Wagner le dan ganas de invadir Polonia. No: tenía que ser una ópera italiana.

La propuesta fue curiosa: Gianni Schicchi, la única comedia de Giacomo Puccini, estrenada hace 99 años.

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Durante los meses más duros de la Primera Guerra Mundial, el genial compositor, que ya había logrado fama, prestigio y dinero con Tosca, La bohème y Madama Butterfly, se enfrascó en un proyecto original y extraño: Puccini compuso tres obras breves que debían presentarse como si fueran los tres actos de una pieza larga.

Pero sus obras eran muy distintas en tema, en carácter y en género: Il tabarro era un dramón verista y moderno de celos y asesinato; Suor Angelica, solo para intérpretes femeninos, la tragedia de una monja con un lenguaje musical que miraba al pasado; y la última, Gianni Schicchi, una comedia de enredos basada en una breve escena del Infierno del Dante.

¿Por qué pensó Domingo que esta ópera corta de Puccini podía despertar la vena lírica del viejo jazzero? Para mí está claro: tiene muchos puntos de contacto con sus películas. Es una comedia con personajes de trazo grueso pero definidos y entrañables, es la historia de un pícaro de la ‘clase emergente’ que se alía y engaña a la vieja aristocracia, es una ópera donde la acción transcurre casi a ritmo cinematográfico, casi sin arias, sin que la acción se detenga para que los cantantes compartan sus sentimientos con el público.

De una mínima anécdota de La Divina Comedia, Puccini y su libretista Giovacchino Forzano construyeron la historia de la familia de un rico anciano que muere dejando toda su fortuna al convento: uno de los jóvenes de la familia llama en su auxilio al padre de su novia, el pícaro Schicci, quien se hace pasar por el muerto, engaña al notario y reparte los bienes entre los deudos… con la excepción de lo más valioso, incluyendo su casa, que lega a “mi caro amigo Gianni Schicchi”. En el aquelarre final, el flamante dueño echa a la familia de la que ahora es su casa, y los aristócratas, olvidando toda mesura, arrean con la vajilla y los muebles que pueden acarrear.  

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En el exitoso estreno del Gianni Schicchi de Allen en 2008, el protagonista fue el gran barítono inglés Sir Thomas Allen. Woody, fóbico en las galas y mucho más en un teatro de ópera, ni salió a saludar.  

Según la mayoría de los críticos y foros de ópera, la puesta del viejo novato es respetuosa con el original. Sitúa la acción en los años cincuenta en un ambiente más parecido al sur de Italia que a la Florencia de la historia original. Es un homenaje al neorrealismo italiano. Allen, con su inteligencia habitual, se acercaba a un arte nuevo desde su conocimiento del que domina, del lenguaje propio: Italia es para él el gran cine de Visconti, de Sica y Fellini.  

Los detalles graciosos de su puesta incluyen el encuentro del testamento en el fondo de una olla humeante de macarrones, la vestimenta del protagonista como un mafioso de sátira (gracias al fiel escenógrafo y vestuarista de siempre de Woody, Santo Loquasto), y el cortejo al pillo de las rollizas damas de la casa, imitando la pose de las tres gracias de Rubens.

Pero el momento donde el director de escena más se escapa del argumento de la ópera es, curiosamente, el último.

Como si quisiera mostrar en un solo y breve ejemplo todas sus ideas sobre la ópera, Allen no deja que el pícaro se salga con la suya en un amable monólogo final. Al quedar solo y enfrentar al público, Schicchi se ve atacado por la tía Zita, que esperaba mayor porción del botín. Tras ser atravesado con un cuchillo de cocina, se escucha de otra manera la admonición del protagonista: en el original, el Gianni Schicchi triunfante hace un reverencia al público y entona su irónico pedido de disculpas final: sabe que irá al infierno pero espera ser perdonado por el respetable.

En la versión de Woody Allen, la comedia es a la vez tragedia, y la conjunción de los dos elementos deja perplejo al público. Su personaje está yendo al infierno en ese mismo momento: ¿debemos reír o llorar? Nos vamos a casa, apagamos la luz y todavía no sabemos cuál es la moraleja.

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Esta semana los vericuetos y enredos de la única comedia de Puccini llegan a Madrid con una nueva vuelta de tuerca.

El papel de Gianni Schicchi iba a ser protagonizado en el Teatro Real a partir del 30 de junio por el mismo Plácido Domingo, a sus 74 años y en su nueva tesitura de barítono. Los diarios lo anunciaron con bombos y platillos (yo mismo en Cultura/s de La Vanguardia, donde publiqué una versión de este texto hace unas semanas). Pero la muerte de su hermana, una persona muy cercana al cantante, le hizo tomar una decisión comprensible pero insólita en su carrera: no podía cantar una comedia en estas circunstancias. Se descabalgaba del proyecto.

Al final, aceptó cantar una colección de arias de otras óperas (todas trágicas) entre la representación de Gianni Schicchi (con otro protagonista) y la ópera breve que se interpretará antes, Goyescas de Enric Grandados.  

No habrá por tanto ópera dirigida por Woody Allen y protagonizada por Plácido Domingo en Madrid en estos días. Pero tal vez haya una oportunidad de verla: este Gianni Schicchi de Allen-Domingo estaba también programada para setiembre en la Ópera de Los Ángeles. Tal vez allí sí se pueda ver, finalmente, este encuentro artístico entre el más musical de los directores de cine y el mejor actor de entre los cantantes clásicos.

Para Woody Allen será, sin duda, completar un cambio radical: empezó dirigiéndose a sí mismo en sus desopilantes tartamudencias y termina dirigiendo al gran Plácido Domingo en un escenario de ópera. 

[Publicado el 28/6/2015 a las 19:13]

[Etiquetas: Gianni Schicchi, Woody Allen, Giacomo Puccini, Plácido Domingo, Teatro Real de Madrid, Los Angeles Opera]

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Albert Chillón: Periodismo literario y reivindicación de las humanidades

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En 1998, el profesor de la UAB Albert Chillón publicó un libro seminal, básico para quienes nos dedicamos a escribir, enseñar y aprender a escribir y también para los que aspiramos a ser buenos lectores: Literatura y periodismo, una tradición de relaciones promiscuas.

Tras un elogioso prólogo de Manuel Vázquez Montalbán, Chillón presenta, defiende y analiza una de las más ricas y promisorias ramas del periodismo en la segunda mitad del siglo XX: lo que algunos llaman periodismo literario o narrativo, lo que en América Latina se conoce como "crónica" y que en Estados Unidos se engloba en la “marca” de Nuevo Periodismo o la etiqueta (para Chillón engañosa) de “no ficción”.

El autor, un referente fundamental de lo que en las ciencias de la comunicación se conoce como “teoría del giro lingüístico”, muestra con abundantes ejemplos cómo escritores y periodistas de Europa y las Américas utilizaron recursos literarios para contar los hechos del presente e indagar en los del pasado. Desde una vinculación con la novela realista del siglo XIX, analiza los recursos de investigación y escritura de autores tan variados como Josep Pla, John Hersey, Truman Capote, Oriana Fallaci, Ryszard Kapuscinski, Leonardo Sciacia, Gabriel García Márquez, Tomás Eloy Martínez y, dentro de una incipiente producción española, el propio Vázquez Montalbán.

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Este libro, que desde su publicación excedió en ambición e impacto el ámbito de la academia española, se encontraba fuera de catálogo, y es un acto de justicia y necesidad que se encuentre ahora disponible en una edición muy ampliada y actualizada.

Lo primero que cambia es el nombre: ahora el libro se llama La palabra facticia. Es un valiente desafío, un neologismo que Chillón defiende a capa y espada como el terreno donde se encuentran la literatura y el periodismo.  Al prólogo original de Vázquez Montalbán se agrega ahora uno nuevo de Jordi Llovet, centrado en el novedoso aporte de Chillón: la necesidad de que el periodismo se acerque (o vuelva) al terreno de las humanidades, a la función del intelectual púbico, necesario para el sostenimiento de una verdadera democracia.

En nuevos capítulos se reivindica algo central para que el periodismo pueda ser parte de la cultura de su tiempo: el papel de las ciencias humanas en el centro del discurso social y sobre todo en las enseñanzas universitarias. Un profesor vocacional y con décadas de experiencia como Chillón vive y sufre en carne propia el triunfo del cómo presentar la información sobre el qué decir y para qué.

Este nuevo libro, en definitiva, es el viejo y valiosísimo Literatura y periodismo más una actualización con nuevos autores y corrientes, un afinamiento de su enfoque teórico y sobre todo, un alegato necesario por las humanidades. 

[Publicado el 21/6/2015 a las 14:33]

[Etiquetas: Albert Chillón, La palabra facticia, Literatura y periodismo]

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¡Ha llegado el nuevo Nuevo Periodismo!

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Presentación de El nuevo Nuevo Periodismo en el Col·legi de Periodistes de Catalunya: rodeando a Robert Boynton, el equipo de Publicacions de la UB Jordi Homs, Cruz Artidiello, Alicia Ferran, Quim De Nys y Roberto Herrscher

El problema de llamar “nuevo” a algo es que pronto se vuelve obsoleto, y cuando llega lo siguiente… no hay cómo llamarlo.

Después de que Tom Wolfe llamara “El Nuevo Periodismo” a lo que hacían él y sus amigos en los años 60 y 70, ¿cómo llamar lo que se hace ahora? Robert Boynton lo llamó “El nuevo Nuevo Periodismo”, y en la colección Periodismo Activo de la editorial de la Universidad de Barcelona acabamos de presentar la primera edición integral en castellano.  

Todo nació en la ciudad de Tampere en Finlandia en Mayo de 2013. Yo asistía a la Conferencia de la Asociación Internacional de Estudios de Periodismo Literario y su conferenciante estrella era Robert Boynton. Ya era un fan de The New New Journalism, y allí le escuché una conferencia precisa, elegante, personal y reveladora sobre el periodismo que fue, el que es y el que será.

Esa noche le propuse hacer una traducción completa de su libro y publicarlo en esta colección, que acababa de nacer. Hoy se convierte en el sexto y más ambicioso libro de la colección.

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Primero, una rápida definición: El nuevo Nuevo Periodismo es tan distinto a El Nuevo Periodismo como Robert Boynton es distinto a Tom Wolfe.

El libro de Wolfe era como él: lleno de respuestas. Era el manifiesto de una revolución. Contenía una antología de los maestros de la generación de Wolfe: Truman Capote, Norman Mailer, Hunter Thompson, Joan Didion, Joe McGinnis, Michael Herr, Gay Talese y por supuesto, el mismo Tom Wolfe.

Entre todos, muestran un gran abanico de posibilidades a partir de unas cuantas reglas básicas: contar en vez de explicar, narrar por escenas, la descripción como forma de orientar y enganchar al lector, transformar a fuentes en personajes y a declaraciones en diálogos. Y sobre todo, la inmersión: pasar mucho tiempo con los personajes, conocerlos a fondo y escribir sobre ellos como un novelista escribiría sobre los personajes que surgen de su imaginación.

El libro que ayer presentamos nos obliga a mirar atrás, a aquel volumen pionero de Tom Wolfe, que trajo al castellano el gran editor Jorge Herralde. Y así como el de Wolfe estaba lleno de respuestas, este de Robert Boynton está lleno de preguntas.

Boynton es un periodista de alma. Investiga, cuenta y opina con conocimiento y pasión sobre la los cambios sociales en Estados Unidos, y ha dedicado los últimos seis años a una investigación en la misteriosa Corea del Norte, el último refugio del estalinismo.

Pero estas lecciones de buen periodismo parten también de su otra vocación: es un verdadero maestro. Desde hace años dirige el programa de la Universidad de Nueva York en la que jóvenes de todo el mundo buscan abrirse camino en las crónicas, los reportajes y los perfiles de revistas. Allí enseña los caminos del periodismo en profundidad. 

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¿Qué es El nuevo Nuevo Periodismo? Es una sagaz sucesión de entrevistas a fondo con los herederos de la generación de Tom Wolfe. Uno solo se repite en ambos libros, porque ya era genial hace 40 años y sigue haciendo periodismo del indispensable: Gay Talese.

El resto son periodistas literarios que irrumpieron entre finales del siglo pasado y la primera década de este. Ted Conover, Jon Krakauer, Michael Lewis, Adrian Nicole Le Blanc, Susan Orlean, Richard Ben Kramer, William Langewische, Jane Kramer… 19 en total. Solo hay tres mujeres, lo cual es inquietante, aunque en la antología de Tom Wolfe era todavía peor: si mal no recuerdo, solo estaba Joan Didion.

Estos autores son sometidos a una presentación y análisis de sus carreras y obras: son relatos y son ensayos. De cada uno rescata aquello que los movió a meterse en su porción de realidad, a indagar por asuntos actuales y eternos, y a encontrar el estilo por el que son celebrados.

Y después, lo fundamental: las entrevistas. Pregunta un poco por el qué, pero más pregunta por el cómo. Aunque muchas de las preguntas se repiten, parecen nuevas, parecen hechas para cada autor. Mi amigo y gran cronista argentino Leo Faccio, que leyó con deleite el libro, me comentó que uno de los gustos es saber que cada autor va a tener que responder a esas preguntas, tan precisas, tan difíciles, sobre por qué y cómo hacen lo que hacen.

Pero por supuesto muchas otras preguntas son únicas; tienen que ver con el tipo especial de periodismo narrativo que hace cada uno. Y también hay un estado de alerta que conocen todos los buenos entrevistadores: la repregunta, el saltar sobre lo que queda poco claro, o a abrir la puerta al secreto y a las razones últimas por las que cada uno hace así su trabajo.

Con todos empieza pidiéndoles una autodefinición. Y llama mucho la atención el énfasis en la modestia: buscan entender, contar, transmitir. No la Verdad ni el Arte con mayúsculas. Y una gran diferencia con Wolfe: él mismo se decía representante de una revolución, que cortaba con el periodismo del pasado. Su nuevo periodismo era contra el viejo, era un desafío. Era The Times They Are A’Changin’ de Bob Dylan hecho periodismo. En el libro de Boynton, sus autores se reconocen en la generación anterior. Se ven como una continuidad. Si cabe, un desarrollo.

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Entre las muchas cosas que me quedan más claras tras leer el libro de Robert Boynton, destaco esta: si a partir de El Nuevo Periodismo el diálogo central era entre periodismo y literatura, en El nuevo Nuevo Periodismo se agrega a este un nuevo diálogo: entre el periodismo literario y las ciencias sociales.

Los nuevos cronistas se sumergen en las calles de sus propias ciudades y en lejanos poblados como un antropólogo, estudian las relaciones y las conductas como sociólogos y psicólogos, aprenden del pasado para entender el presente como historiadores, y en sus libros analizan y piensan en pluma alta a la par que cuentan. Son narradores y ensayistas. Tal vez esto tenga que ver con que estos nuevos nuevos periodistas pasaron todos por la universidad, y también que muchos enseñan, siguen en la academia.

Pero no llevan la calle al lenguaje de las revistas científicas y las tesis. Al revés: llevan la profundidad y la teoría a las calles y al lenguaje de los lectores. 

[Publicado el 17/6/2015 a las 16:12]

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El monstruo lector: En la biblioteca de Bin Laden

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¿Qué nos dicen de una persona los libros que atesora? ¿Puede definirse a un personaje por su biblioteca? En el caso de líderes, los dictadores, los asesinos: ¿saber lo que leían ayuda a conocerlos mejor, a entrar en su lógica, sus razones? ¿Y si descubrimos que leemos el mismo libro, que tenemos algol en común?

Estos días tenemos esa oportunidad de adentrarnos en la mente de un líder sin parangón: el hombre  que durante la primera década de este siglo fue el más buscado del mundo. Cuatro años después de la operación secreta en la que los Navy Seals de Estados Unidos acribillaron a Osama Bin Laden en su refugio en Abotabad, Paquistán, la web de la Oficina del Director Nacional de Espionaje publica hace poco la lista de libros de la biblioteca del mítico líder de Al Qaeda.

Entre los libros, algunos predecibles y otros sorprendentes. Por ejemplo, nos podíamos imaginar a Bin Laden como lector de Noam Chomsky. Dos de sus libros ocupaban espacio en la estantería. Uno lógico: “Hegemonía o supervivencia: la búsqueda norteamericana del dominio global”; y otro más inquietante: “Ilusiones necesarias: El control de pensamiento en las sociedades democráticas”. ¿Qué pensaría Bin Laden de la descripción de las técnicas de control del pensamiento en tierras del Gran Satán?

Pero entre sus libros se encuentran también una reveladora incursión en la mente del enemigo: “Las guerras de Obama”, del veterano investigador de Watergate Bob Woodward. Curiosa lectura: las guerras de Obama eran contra él.

Una sorpresa: la lista contiene más libros de historia que de actualidad. Por ejemplo, “Cristianismo e Islam en España de 756 a 1031”, de C. D. Haines, tal vez le dio munición intelectual para lanzar a Al Qaeda a plantar bombas en esos trenes de Madrid el 11 de marzo de 2004.

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No es la primera vez que se escarba en una librería para intentar entender a su dueño. El arte de bucear en la mente retorcida de un déspota ha dado buenos frutos en el pasado.

Sin ir más lejos, en 2007, el periodista chileno Cristóbal Peña, del centro de investigación CIPER, se sumergió en los libros de Augusto Pinochet. Su reportaje, “Viaje al fondo de la biblioteca de Pinochet”, que ganó un premio de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, muestra al dictador como acaparador (55.000 libros con un costo de casi tres millones de dólares), tacaño, apasionado de la historia militar y por Napoleón.

Pinochet, descubrió Peña, era un vigoroso subrayador. Por ejemplo, en una autobiografía del almirante Erich Bauer, del Tercer Reich, el dictador subrayó la definición que hace el autor sobre su colega Von Ingenohl: “Resultaba difícil adivinar su pensamiento íntimo, pues no descubría jamás sus planes a los ojos de los demás de manera abierta”.

¿No es esta, en el fondo, una autodefinición del mismo Pinochet?

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Pensando en ese ejemplo de CIPER, me zambullí la semana pasada en la lista de los libros que tenía Osama Bin Laden cuando lo mataron.

Antes de seguir, hay que recordar que la publicación de la lista en este momento es una reacción: busca contrarrestar con datos un ataque a la credibilidad de la forma en que el Presidente Barack Obama y su gobierno contaron la operación para matar a Bin Laden.

En la edición del 21 de mayo del London Review of Books, el legendario Seymour Hersh calificó de mentirosa y tendenciosa la versión oficial del ataque que terminó con la vida del líder de Al Qaeda.

Aún a sus 78 años, Hersh sigue siendo de los más prestigiosos periodistas de investigación del mundo. Fue él quien, al comienzo de su carrera, dio a conocer la masacre de My Lai en Vietnam: una matanza de ancianos, mujeres y niños que cambió la forma en que la opinión pública estadounidense veía la guerra. Hace diez años volvió a poner el dedo en la llaga con su trabajo para The New Yorker sobre las torturas de soldados de su país a prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib.

Ahora Hersh embestía contra la historia oficial de la muerte del enemigo público número uno. Según sus fuentes, altos funcionarios y militares en retiro, Estados Unidos no llevó a cabo la operación en solitario, como aseguró Obama, sino que participó la inteligencia paquistaní. Tampoco hubo combate en la casa, y tampoco se arrojó el cuerpo de Bin Laden al mar. 

Un oficial retirado aseguró al periodista que “no se retiraron de la casa bolsas de basura llenas de computadoras y dispositivos de almacenamiento”, como decía la versión oficial. “Solo se llevaron algunos libros y papeles que encontraron en su habitación.”

La muerte de Bin Laden fue un arma fundamental en la campaña de Obama a la reelección en 2012. Y para justificar que entraran en una casa con niños, a la noche, a matar a un hombre, debían crear la impresión de que estaba dirigiendo operaciones letales contra Estados Unidos y que se defendió, amenazando la vida de sus atacantes.

Todo eso, según Hersh, es mentira. El terrorista no se defendió. Su cuerpo no fue tratado según el rito musulmán, y de la habitación se llevaron “algunos libros y papeles”.  

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Unos días más tarde, en medio del escándalo del artículo de Hersh, aparece la lista de esos “libros y papeles” de Bin Laden. No incluyen ninguno que pruebe que el enjuto barbudo estuviera planeando atentados.

Pero lo que hay es una lectura fascinante: es una ventana para entrar en una mente brillante, extraña y perturbada, sin la cual el mundo de hoy no sería igual. Y es también una forma de entender a quienes seleccionan algunos de estos objetos para contarnos qué leía el monstruo.

Hay, por ejemplo, un formulario que tenían que rellenar los postulantes a entrar en Al Qaeda. Se parece mucho a los documentos que nos piden para ser contratados o para unirnos a un club. La penúltima pregunta es: “¿Quiere Ud. participar en una operación suicida?”. Y la última: “¿A quién quisiera que contactáramos si Ud. se convierte en un mártir?”.

También hay un videojuego violento: Delta Force Extreme II, donde el jugador mata jihadistas en el desierto y en ciudades abandonadas. Los periodistas de NBC y del Huffington Post concluyen que este juego era para los niños, los hijos de Bin Laden que vivían con él. ¿Por qué están tan seguros? A mí me causa escalofríos imaginarme al barbudo y sus lugartenientes jugando Delta Force Extreme II en una de esas interminables tardes de bochorno en el desierto paquistaní.  

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¿Qué más? Las primaveras árabes, movimientos juveniles que debían dejar muy perplejo a Bin Laden, pudieron haberle llevado a encargar y leer “Democracia civil islámica: socios, recursos y estrategias”, de Cheryl Benard.

Y un clásico, la “Oxford History of Modern War” de Charles Townsend, pudo tal vez provocarle destellos de nostalgia de aquellos días como estudiante en Oxford, los de la célebre foto en la que posa, irreconocible, con sus hermanos, vestido a la occidental y con pantalones de botamanga ancha, acodado en un auto deportivo.  

Pero la lista no está completa. Faltan los videos eróticos. Es una gran pena. Sería interesante, hasta quizá instructivo, saber qué motivaba a Bin Laden en ese terreno. Para algunos sus gustos en porno pueden parecer superficiales. Yo creo, por el contrario, que en esas preferencias secretas, en el tipo de jovencitas que esperaba encontrar en el Paraíso de los creyentes, puede haber una llave secreta a la mente del hombre que inauguró el Siglo XXI. 

[Publicado el 03/6/2015 a las 12:20]

[Etiquetas: Osama Bin Laden, Bob Woodward, Noam Chomsky, Seymour Hersh, ]

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Oscar Wilde y la amistad como final

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Oscar Wilde ilumina, como  ningún otro autor que yo haya leído, el espesor, el valor y el drama de la amistad. En sus manos, el verdadero y el falso amigo son personajes literarios de la misma profundidad y complejidad que tienen el guerrero sin miedo en Homero o el enamorado hasta más allá de la muerte en el Dante. 

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En su colección de aforismos Unas cuantas máximas para la instrucción de los sobre-educados, Wilde escribió: “La amistad  es mucho más trágica que el amor. Dura más.

Uno de los cuentos más tristes de su colección El príncipe feliz, su primer éxito editorial, desarrolla este tema hasta las últimas consecuencias. Es El amigo fiel, la historia del pequeño Hans, un joven campesino que, en su ingenuidad, cree que el gran Hugo el Molinero es su amigo.

Hugo lo usa, lo explota y le exige agradecimiento por favores que nunca le hace. Cuando Hans tiene hambre, Hugo no lo ayuda ni lo visita “para no avergonzar a su amigo”. Cuando su situación mejora, Hugo le da a su amigo la posibilidad de trabajar para él y hacerle regalos nunca retribuidos, y lo deja gozar de sus edificantes discursos sobre la amistad.

Finalmente, el hijo de Hugo enferma y Hans, quién si no, debe ir en medio de una noche tormentosa en busca del médico. Hugo no le presta su linterna “porque es nueva y sería una gran pérdida si algo le pasara.” El pequeño Hans muere, y el gran Hugo reclama el lugar de preferencia en el funeral. Allí el amigo fiel se lamenta: “Fue una gran pérdida. Uno sufre por ser tan generoso.”

No hay tanta amargura ni tanto desprecio por la hipocresía en ninguna obra posterior de Wilde. No se puede concebir mayor ruindad que la de Hugo por Hans, que se cree afortunado por tener un amigo.

La última obra en prosa de Wilde, una larguísima carta que lleva el sombrío título de De profundis, cuenta la misma historia, pero esta vez es verdad. Hugo es el bello, joven y vanidoso lord Alfred Douglas. Oscar Wilde se atribuye el papel del pequeño Hans.

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Los que han leído sus obras de teatro más mundanas y populares (La importancia de llamarse Ernesto, El abanico de Lady Windermere, Una mujer sin importancia), los que vieron alguna de las películas que se hicieron sobre su vida o escucharon alguno de sus punzantes juegos de palabras, suelen construir un Oscar Wilde enamorado de sí mismo: eternamente disfrazado de dandi, con trajes impecables de colores imposibles, desgranando brillanteces para una corte de jóvenes seguidores. Creador más que seguidor de la última moda, dictador de gustos literarios, personificación para su época de lo culto y lo moderno.

“Ser dandi es la afirmación de absoluta modernidad de la Belleza”, reza uno de sus aforismos.

Es difícil encajar un sentimiento como la amistad en este personaje excéntrico, amante del estilo, la belleza del artificio y el oropel. Un propagandista siempre abierto al monólogo, que parecía buscar más discípulos que iguales. “Hasta el discípulo tienen sus usos,” escribe en una más de sus Máximas…: “Se para detrás de nuestro trono, y en el momento de nuestro triunfo, nos susurra en el oído que, después de todo, sí que somos inmortales.”

En su momento de gloria, Oscar bien pudo sentirse inmortal. Los mayores genios de su época se agolpaban en las tabernas londinenses donde Wilde impartía cátedra, y muchos años después, sorber su genial ingenio es aún el sueño de los que no llegaron a conocerlo. Cierta vez preguntaron a Winston Churchill con quién le hubiera gustado sentarse a conversar. No lo dudó ni un instante: “Con Oscar Wilde.” Aún hoy, un famoso ‘mentalista’ británico asegura desde su página web que cumplió el deseo y habló con Oscar en la ultratumba.

¿En qué creía Wilde? En el arte más que en la realidad. En la belleza como valor ético. En el genio artístico como posesión suprema.“El esteticismo era el punto central de su credo y declaró que la belleza era el ideal al que todos debían acercarse,” recuerda su hijo Vyvyan Holland.

En la introducción a las Obras Completas de Wilde, Holland declara que, en su opinión, el ensayo más interesante de su padre es La decadencia de la mentira. “Tiene la forma de un diálogo, en el que el tema dominante es la gran superioridad del Arte sobre la Naturaleza, y llega a la conclusión de que la Naturaleza sigue al Arte.”

Pero esta imagen frívola y sólo interesada por lo estético es percibida cada vez más por los críticos como un hábil disfraz que oculta y ayuda a ‘vender’ en la época victoriana unas ideas sociales y políticas de avanzada, y que además le permite a Wilde mantener en la sombra una sensibilidad extrema.

Oscar Wilde era socialista en una época conservadora, un patriota irlandés en medio de un Londres eufórico de imperialismo inglés, y un creyente total en la libertad individual sobre el cuerpo y la mente de cada cual en una sociedad pacata y puritana. Sus trajes extravagantes, sus modales excesivos, sus retruécanos vacíos le permitieron construirse el personaje de brillante bufón inofensivo, cuando en realidad su discurso era revolucionario. 

Cuando Wilde cayó – y ningún pensador desde Sócrates cayó tanto desde tan alto en tan poco tiempo – su condena a prisión fue la condena de las “fuerzas morales” de la sociedad victoriana a todos los valores e ideales que por mucho tiempo se le perdonaron, pero no se le olvidaron.

En la cárcel, Oscar Wilde descubre la situación tremenda en que sufren y vegetan los presos. Sus dos cartas a la prensa denunciando esta situación y proponiendo reformas penitenciarias son la mejor demostración de su humanismo y su preocupación por los más débiles. Arrancada a la fuerza su careta de dandi, Wilde ya no puede ni quiere esconder la indignación que late en todo su obra detrás de la sonrisa del cínico disfrutador de la vida.

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Muchos han interpretado la obra del genio irlandés como un reflejo de su vida breve, azarosa y demasiado pública. Wilde es sobre todo conocido por su famoso juicio, donde se desplegó ante una sociedad victoriana hipócritamente horrorizada los detalles de su debilidad por los muchachos.

Wilde, que provenía de una familia de nobles irlandeses empobrecidos, se estableció muy jóven en Inglaterra, donde su genio literario y su conversación profunda y chispeante brillaron de inmediato, primero en Oxford, donde estudió, y luego en los círculos de artistas de Londres.

Cuentan sus biógrafos que desde sus años de universidad buscó la compañía de bellos jóvenes. Creyó encontrar sosiego en un matrimonio del que nacieron dos niños. Pero pronto comenzó a frecuentar los dormitorios de sus acólitos y los salones de madamas que facilitaban compañía masculina. En estos ambientes trabó amistad con Lord Alfred Douglas, hijo del colérico y conservador Lord Queensberry.

Wilde se enamoró locamente de Alfred, y Lord Queensberry lo persiguió y fustigó por todos los medios a su alcance. “Lo que ocurrió después se ha contado muchas veces,” dice Vyvyan Holland. “Alfred Douglas, cuyo solo objetivo era llevar a los tribunales a su padre, convenció a Oscar Wilde de que iniciara una querella contra él por difamación. Lord Queensberry fue absuelto gloriosamente y su lugar en el banquillo de los acusados fue ocupado por Oscar Wilde, que resultó sentenciado a dos años de prisión” por escándalo y prácticas reñidas con la moral.

Fue la ruina. Tuvo que venderlo todo, incluida su preciada biblioteca. Todos los amigos y admiradores de antaño salvo un puñado de compañeros fieles y valientes, como Robert Ross, lo abandonaron. Le fue prohibido ver a sus hijos, y éstos tuvieron que cambiar de apellido (de ahí que Vyvyan se llame Holland).

Este episodio no sólo quebró emocional y espiritualmente a Wilde, quien murió en Francia, pobre y abandonado, poco tiempo después. También sirvió para teñir toda su obra con el mote de “homosexual.” Así, se notó que en sus obras de teatro, los noviazgos y matrimonios son meras imposiciones sociales. Ninguno de sus personajes se hunde por una relación amorosa que fracasa. De lo que sí se muere en sus obras es de las amistades traicioneras, o en el supremo sacrificio, por salvar a un amigo.

Por amistad muere el ruiseñor en el cuento El ruiseñor y la rosa: Un poeta pobre quiere llevar a la joven de la que está enamorado al baile. Esta le pide un rosa roja, pero es invierno. El ruiseñor escucha la plegaria de su amigo y se desangra sobre una flor blanca. Con el preciado regalo, el poeta va donde su amada, pero ella ya aceptó ir al baile con el sobrino del burgomaestre, un patán rico que le ofrece presentes más valiosos.

En De profundis Wilde disecciona una relación apasionada y compleja con el dolor de un alma traicionada y la maestría de un artista. Está hace meses en la cárcel, y recibe su primera noticia de su antiguo amigo. Lord Alfred Douglas le escribe al director de la prisión pidiéndole que interceda para que Oscar Wilde de su aprobación para un artículo en una revista francesa en el que Douglas pretende incluir fragmentos de cartas que el escritor le envió desde la celda. “¡Las cartas que debían ser para ti cosas sagradas y secretas por sobre cualquier otra en el mundo!”, aúlla de dolor el prisionero.

Pero aún en el más terrible desgarro, el sentimiento hacia su joven amigo es mucho más y muy distinto que una relación amorosa que tiene que disfrazarse de amistad por las convenciones victorianas. Las raíces de esas amistades amorosas entre hombres que tanto florecieron entre los artistas de la reprimida Inglaterra del siglo XIX están en el modelo griego. El amor es amistad y la amistad es amor, y cuando se traiciona, la traición es doble.

Así también, es doble el lazo que une a compañeros que comparten el lecho y la pasión por el arte y las aficiones de los mejores amigos. Douglas fue un convertido al credo artístico de Wilde. De esta amistad artística nos queda un trabajo conjunto: Salomé, el drama bíblico que Wilde escribió directamente en francés, fue traducido al inglés, en la versión que aún hoy se representa, por Alfred Douglas.

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En su resumen biográfico, Vyvyan Holland destaca que su padre trabajó con ahínco y sin pausa en un ensayo en particular, al que volvió una y otra vez. Era su obsesión. Se llama El retrato del señor W.H., y es una más de las conjeturas sobre quién podría ser el destinatario de los sonetos de amor de William Shakespeare.            

Pasada la época victoriana, casi ningún entendido se atreve a argumentar que los sonetos fueron escritos para una dama. Fueron con casi total certeza para un caballero, pero ¿cuál? Una opinión muy difundida entre los críticos literarios es que se trata de un noble, tal vez Lord Pembroke o quizás Lord Southampton.

El ensayo de Wilde, de más de 50 páginas, intenta demostrar que los sonetos fueron compuestos para un joven actor de la compañía del bardo, llamado Willie Hughes. Se trata de un sentimiento amoroso por un artista, una sensibilidad afín, una inteligencia alerta. Es, en la versión de Oscar Wilde, un igual que despierta ternura, admiración, el ímpetu de crear y la pasión amorosa. Y la búsqueda que hace Wilde de datos sobre este Willie Hughes, su análisis de los sonetos para que encajen en su versión y el recuerdo de sus propias discusiones con otros “shakesperianos” conforman una novela de misterio, la afanosa construcción de una historia que, para Wilde, demostraría que su modelo de amistad existe y fue posible.

No es extraño que se dedicara tanto y le diera tanta importancia a este ensayo. La relación que quiso ver entre el autor teatral y su actor es la que Oscar anhelaba para sí, la que buscó infructuosamente en Lord Douglas.

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La amistad para Wilde no es un escudo para ocultar una relación amorosa que la sociedad de su época no le permite confesar. Es una relación plena y polifacética, la relación enriquecedora entre iguales que para él es la base de la sociedad socialista que sueña en su largo ensayo, demasiado moderno para su tiempo, El corazón del hombre bajo el socialismo.

Mientras los marxistas de su tiempo planeaban una sociedad que liberara al hombre de sus cadenas económicas, colocándolo en un sistema que a la larga significó la imposición de nuevas cadenas, Wilde, iluso y lúcido al mismo tiempo, soñaba con un mundo de hombres libres donde cada uno se libere a sí mismo desde adentro, donde nadie sea perseguido por sus ideas o sus costumbres.

Wilde se construyó una Grecia antigua a la medida de su sueño, donde la relación ideal era el amor platónico, una abierta y tolerante sociedad de amigos. Se discute hoy con ardor si Platón y sus discípulos y pares eran realmente “platónicos” o si en sus relaciones había “algo más”. Lo que la obra de Oscar Wilde nos viene a decir es que, sin necesidad de entrar en el “algo más”, la amistad verdadera ya es mucho, muchísimo.

 

Ojalá muchos nuevos lectores encuentren en los libros de Oscar Wilde al amigo que su autor nunca encontró. 

[Publicado el 18/5/2015 a las 03:12]

[Etiquetas: Oscar Wilde, El ruiseñor y la rosa, El amigo fiel, De profundis]

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Sergio Vila-Sanjuán: Periodista cultural “par excellence”

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En la colección Periodismo Activo de la editorial de la Universidad de Barcelona acabamos de publicar una joyita: “Una crónica del periodismo cultural”, del infatigable Sergio Vila-Sanjuán. Estas son algunas de las razones por las que creo que la presencia de la cultura en los medios sería más pobre sin su talento para crear medios y suplementos, y los debates serían más pálidos sin su tono pausado e irónico. Así lo expliqué en el prólogo de su Crónica.

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Decir periodismo cultural en España es hablar de la larga, fructífera, coherente carrera de Sergio Vila-Sanjuán, siempre y en todas sus facetas aunando calidad, rigor y pasión.

De sus casi cuatro décadas dedicado con pasión y rigor al ancho mundo de la cultura (comenzando en El Correo Catalán y El Noticiero Universal y desde 1987 en La Vanguardia, donde dirige el prestigioso suplemento Cultura/s), Vila-Sanjuan ha sido cronista, entrevistador, ensayista, viajero a sitios lejanos y embajador de su Barcelona. También fue exitoso editor de libros, revistas y suplementos, curador de exposiciones, y comisario del Año del Libro y la Lectura en 2005.

Pero este repaso por sus trabajos y sus días y logros no empieza a pintarnos al personaje. Es en sus libros donde se encuentra la profundidad y la ambición por contar la cultura que siempre lo caracterizó.

Por ejemplo, la exquisita antología Crónicas culturales (Debolsillo, 2004), que incluye la inmersión juvenil en el universo oscuro de Salvador Dalí (“Estoy mejorando mucho: dibujo y escribo una obra de teatro”), entrevistas con titanes como Milan Kundera (“El drama de Europa es Europa Central”), junto con crónicas de la gauche divine, la época en que Barcelona era una pequeña fiesta de la libertad creativa, la cobertura del congreso que en 1987 recordó el mítico encuentro de intelectuales por la república en Valencia cincuenta años antes. El único que repitió, el mítico poeta y ensayista mexicano Octavio Paz, tan entrevistado, brilla certero y memorioso en el espléndido texto del joven periodista.

De este libro, una mina de oro para jóvenes que quieren dedicarse al periodismo cultural, me gustan especialmente el relato del viaje de Sergio con su hija adolescente al Londres de Harry Potter, para un encuentro de J. K. Rowling con sus lectores, una entrevista dramática con Salman Rushdie y un retrato agudo e inspirador del pintor Miquel Barceló.

El arte, las letras, los acontecimientos culturales, la vida de las ciudades en una relación intensa y profunda con sus creadores. Ese es el mundo de estos relatos. ¡Ojalá el mundo de las noticias fuera siempre así!

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Mientras creaba revistas culturales y suplementos y escribía sobre la cultura que importa, Vila-Sanjuán va convirtiendo sus obsesiones en libros. En 2005, a propósito del Año del Libro, publica un imprescindible tomo ilustrado, colectivo, editado a cuatro manos con Sergi Doria, donde periodistas y escritores actuales recorren los sitios de su ciudad por los que pasearon los grandes autores, los rincones que los inspiraron, las casas donde vivieron y las calles que aparecen en sus obras.

Estos Paseos por la Barcelona literaria comienzan, por supuesto, con Cervantes. Por algo Barcelona es la única ciudad real, que aparece con su nombre, en la que entra el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Sigue las huellas de Jacint Verdaguer, de Josep Pla, de George Orwell, de Juan Marsé, de Manuel Vázquez Montalbán, de Mercè Rodoreda y de Carlos Ruiz Zafón.  

Dos años más tarde, cuando Cataluña es el país invitado a la Feria del Libro de Frankfurt, la editorial catalana La Magrana pide al visitante que mejor conoce y más entiende de la meca de los editores, escritores y libreros que explique en casa este mundo sorprendente, donde se cocinan las corrientes y tendencias literarias y se dan a conocer los autores del futuro. Guia de la Fira de Frankfurt per a catalans no del tot informats es un paseo a la vez profundo y ameno, y es una lección para periodistas: cómo dominar un universo complejo y misterioso y exponerlo como si fuera fácil.

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La enorme curiosidad de Vila-Sanjuán lo llevó a completar su obra más ambiciosa: las más de 700 páginas de Pasando página, un pormenorizado y muy ameno recorrido por la edición de libros desde la transición en los setenta hasta comienzos del nuevo siglo. La enorme erudición del autor, su carácter de escritor, periodista, editor y observador del gran mundo de los cambios sociales y el mundillo que se mueve alrededor de los libros lo hizo particularmente idóneo para esta tarea.

En Pasando página se combina una historia de los libros que se publican, los que se venden, los que se leen y los que se discuten a lo largo de las décadas, con los grandes cambios de la sociedad española. Desfilan por el libro cientos de personajes: editores míticos como Jorge Herralde, agentes revolucionarios como Carme Balcells, escritores geniales como García Márquez y Vargas Llosa, críticos, entrevistadores, dueños y directores de diarios y revistas, organizadores de ferias, fiestas, festivales y saraos, premiados y castigados, exitosos y perdedores.

Es fascinante seguir el rico camino que hace entender por qué ciertos autores triunfan en determinadas épocas, y cómo los temas y los tratamientos a la vez son el resultado de cambios culturales, sociales y económicos y también contribuyen a dichos cambios. Nadie había intentado resumir este aspecto esencial de la historia cultural española con tanto conocimiento de causa y capacidad de análisis.

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Y llegamos a Una crónica del periodismo cultural. Ahora Sergio Vila-Sanjuan se interna en su propio oficio, ese que él tanto prestigió. Por estas páginas discurren los afanes divulgadores y polémicos de los grandes ensayistas, desde el Vasari del Renacimiento hasta el Renaissance Man Borges; la forma en que grandes revistas como The New Yorker o prestigiosos diarios como La Vanguardia informan, entretienen y también forman a sus lectores. Caminan por sus anchas alamedas los afrancesados de la España de hace cien años y los exaltados latinoamericanos del boom de hace cincuenta.

En este libro se juntan todos los Sergios Vila-Sanjuán de sus encarnaciones: aquí está el contador de historias, el entrevistador y cronista, el editor y curador, el lector impenitente. Algunos de sus compañeros en este recorrido por su propio oficio fueron sus maestros, otros sus colegas, y otros más han trabajado para él, les ha encargado textos, los ha corregido, y ahora les agradece públicamente su colaboración a que este sea un mundo menos árido, más comprendido, mejor sentido.

Vila-Sanjuán, ciudadano ilustre del país de la cultura, demuestra una vez más que se le aplica ese concepto que suena tan hermoso en catalán: es un auténtico llegraferit. Está herido – o sea: tocado y conmovido – por las letras, por la literatura y las artes y la cultura. Un letraherido que contagia, que mancha: esta crónica es un deleite condensado.

Por todo esto lo honraron este año con el ingreso en la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona. Este texto es una versión de su discurso de ingreso. Pero en la sensibilidad y las bibliotecas de los lletraferits de Barcelona y del mundo, ya había ingresado hacía mucho tiempo.

[Publicado el 21/4/2015 a las 20:43]

[Etiquetas: Sergio Vila-sanjuán, Una crónica del periodismo cultural, Crónicas culturales, Paseos por la Barcelona literaria, Pasando página, Borges, Vassari, García Márquez, La Vanguardia, The New Yorker]

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Tomás Eloy Martínez: El inventor de la realidad

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Se cumplen 20 años de la publicación de Santa Evita y 30 de La novela de Perón, las dos obras maestras de Tomás Eloy Martínez. Su Fundación acaba de anunciar nuevas ediciones de ambas obras, con anexos documentales inéditos. Es un buen momento para recordar al maestro. Yo comencé a recordarlo así, recuperando el día en que lo vi por primera vez.

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El invierno de 1989 fue un tiempo duro en Buenos Aires. Hiperinflación, amenaza de golpe de estado, desabastecimiento, una sensación en el aire de que todo era precario, que la frágil democracia podía caer destrozada en mil pedazos.

A mí me tocó, como a muchos otros periodistas, trabajar a destajo para seis medios a la vez. Había mucho que contar. Buenos Aires era, como casi siempre, una ciudad maravillosa para ser periodista y espantosa para vivir.

Una de las secciones para las que escribía era el suplemento cultural Primer Plano, de Página 12, que dirigía Tomás Eloy Martínez desde su despacho de la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey.

Aquel día llegué para entregar una entrevista. Era todavía la época en que los textos se llevaban en papel, a mano. Esperaba discutir mi texto con los editores, pero nadie notó mi presencia. Todos estaban sentados en silencio en el rincón donde se hacía el suplemento. Nadie se movía. En el centro se sentaba un hombre robusto, canoso, de cara llena y ojos llameantes. El hombre estaba contando una historia.

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Yo llegaba justo en la escena, que debía haber contado muchas veces pero que, como actor y profesor consumado, Tomás Eloy Martínez desgranaba como si le hubiera pasado ayer. Era la famosa historia de cómo despegó su investigación sobre el destino del cadáver de Eva Perón.

Era una de las historias más repetidas y secretas que corrían por el Buenos Aires enfermo de historias increíbles de esos días. La historia de cómo Martínez, que había publicado en 1985 La novela de Perón, su fascinante retrato literario y verídico del General, estaba terminando la novela de Evita. 

Las historias de Evita y de Perón eran difíciles de contar, y Tomás Eloy Martínez lo estaba haciendo de forma oblicua y magistral, entrevistando al anciano general en su residencia de Madrid, compartiendo días y días con él, su nueva esposa, Isabelita, y con el rasputinesco lacayo, el cabo de policía y astrólogo José López Rega.

Esta historia espeluznante comienza así, dentro de la cabeza del general:

“Una vez más, el general Juan Perón soñó que caminaba hasta la entrada del Polo Sur y que una jauría de mujeres no lo dejaba pasar. Cuando despertó, tuvo la sensación de no estar en ningún tiempo. Sabía que era el 20 de junio de 1973, pero eso nada significaba. Volaba en un avión que había despegado de Madrid al amanecer del día más largo del año, e iba rumbo a la noche del día más corto, en Buenos Aires. El horóscopo le vaticinaba una adversidad desconocida. ¿De cuál podía tratarse, si ya la única que le faltaba vivir era la deseada adversidad de la muerte?”. 

Perón estaba volviendo de su exilio, derrotado física y mentalmente pero esperado como una figura sobrehumana, el único que podía salvar a la patria confusa y herida.

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Martínez había nacido en Tucumán en 1934, se había formado en la mejor escuela de periodistas de Sudamérica –el diario La Opinión bajo la tutela del gran Jacobo Timerman. Martínez y otros brillantes jóvenes de su generación siguieron a Timerman en su fundación de la revista Panorama, y desde allí saltó a la fama y al exilio después de cubrir la matanza de 16 guerrilleros en la base aeronaval de Trelew.

Antes aún del golpe del 76 Martínez y estaba exiliado en Venezuela, donde fundó El Diario en Caracas. Allí publicó una serie de ensayos narrativos sobre personajes de la literatura y la historia, captados en el momento de enfrentar el final. Se llamó Lugar común la muerte.

Con una beca se instaló en la Universidad de Maryland y allí fue dando forma a La novela de Perón. Terminó la dictadura, Martínez seguía dando clases en Estados Unidos y viajaba cada tanto a su país, y los jóvenes sobrevivientes lo leíamos con fruición, como uno de los maestros que la dictadura nos había escatimado.

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De esa tarde en la redacción escuchando a Tomás Eloy Martínez recuerdo el extraño efecto de estar ante una gran obra y ante la extrema dificultad para completarla. ¿Cómo contar la historia de Eva?

La esperada salida de Santa Evita se demoró casi seis años más. Cuando llegó a las librerías argentinas, en 1995, fue un éxito sin precedentes. Ya lleva más de treinta ediciones y más de treinta idiomas a los que fue traducida. A casi tres lustros de su publicación, es considerado un clásico de… ¿de qué?

En su ensayo Contar una historia Tomás Eloy intenta responderse: “Desde que intenté narrar a Evita advertí que, si me acercaba a Ella, me alejaba de mí. Sabía lo que deseaba contar y cuál iba a ser la estructura de mi narración. Pero apenas daba vuelta la página, Evita se me perdía de vista, yo me quedaba asiendo el aire. O si la tenía conmigo, en mí, mis pensamientos se retiraban y me dejaban vacío. A veces no sabía si Ella estaba viva o muerta, o si su belleza navegaba hacia adelante o hacia atrás.”

Y así, desde el relato descarnado y poético de la muerte de Eva es que comienza a contarse su vida y la construcción colectiva de su leyenda. “Al despertar de un desmayo que duró más de tres días, Evita tuvo al fin la certeza de que iba a morir. Se le habían disipado ya las atroces punzadas en el vientre y el cuerpo estaba de nuevo limpio, a solas consigo mismo, en una beatitud sin tiempo y sin lugar. Sólo la idea de la muerte no le dejaba de doler. Lo peor de la muerte no era que sucediera. Lo peor de la muerte era la blancura, el vacío, la soledad del otro lado: el cuerpo huyendo como un caballo al galope”.

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En el primer párrafo de La novela de Perón, el general también se despertaba de un sueño que le había hecho pensar en la muerte, pero de uno a otro libro cambió la perspectiva, como si estuviera claro que la distancia entre Perón y su mujer fuera la que va de un gran líder político de su tiempo a un arquetipo atemporal y universal.

Y la prosa de Tomás Eloy Martínez también se depuró, concentró y maduró en esos años, para transformarse en la de un heredero de la precisión y el vuelo de Borges, irónicamente para presentar desde la alta literatura a Evita, el personaje que Borges más odiaba.

Lo genial de La novela de Perón y Santa Evita es que en ellos el periodista lleva su oficio hasta el punto máximo de sus posibilidades. Como reportero de la historia, la huele, hunde sus manos en ella, se mete en los sueños de militares, actrices y sindicalistas y vuelve de su viaje con una verdad más densa y más rica que la que cuentan los demás cronistas.

En 2006 el Fondo de Cultura Económica de México publicó una excelente antología que muestra la enorme amplitud de los temas que trató, su erudición, su sensibilidad, su prosa poética y certera. Se llama La otra realidad, y en el prólogo, la antologista Cristine Mattos postula que en su obra lo real y lo inventado están en permanente diálogo, búsqueda, actividad creativa.

Al acercarse a grandes personajes históricos como Perón y Evita, y también a escritores como Julio Cortázar, Macedonio Fernández o Simone de Beauvoir, su acercamiento imaginativo pero siempre a la búsqueda de una verdad profunda sobre el personaje permite crear una mirada poliédrica, multidimensional.

De los muchos textos de La otra realidad que me atraparon, pocos me produjeron tanta emoción como el último, dedicado a una vecina suya de Highland Park quien, cuando supo que llegaba su hora, invitó a sus amigos a una fiesta para celebrar su muerte.

Jane-Julia decía que quería morir con los ojos abiertos.

Así siento que todo lo miró, hasta el final, este gran escritor. Con los ojos bien abiertos – sus ojos – aprendimos a ver a sus personajes reales e inventados.

Tomás Eloy Martínez murió en Buenos Aires el domingo 31 de enero de 2010, a los 75 años. Para todos los que lo trataron, fue un tipo grande y generoso. Para el castellano, un maestro de la precisión. Para su país, la más dolorosa de las lupas. 

[Publicado el 13/4/2015 a las 20:38]

[Etiquetas: Tomás Eloy Martínez, Santa Evita, La novela de Perón, La otra realidad]

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Ayotzinapa: Seis meses y ni un día de silencio

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Cuarenta y tres estudiantes en  un remoto colegio rural de México. Estudiaban para ejercer el oficio más necesario para construir una democracia: como maestros. Y un alcalde corrupto en connivencia con el narcotráfico los manda matar. Eso pasó hace seis meses en Ayotzinapa.

Estos crímenes vienen produciéndose desde hace dos décadas en el maravilloso y cruel México. Pero algo ha cambiado. Han pasado seis meses y ni un día se han callado las voces que reclaman justicia, verdad y cambio. Primero, los padres y madres de estos normalistas. Recorren el país clamando por sus hijos. ¿Dónde están? ¿Qué les hicieron? ¿Por qué? ¿Quién da la cara?

Con ellos empezó a despertarse el país. Contra el gobierno nacional, del PRI. Contra el alcalde, del PRD. Contra el ex presidente, que prometió apagar el fuego del narco y le echó petróleo, del PAN. Los tres partidos que se reparten el poder mientras el pueblo sufre y el país se hunde. “Todos somos Ayotzinapa”.

Y se despertaron también los periodistas, un colectivo que había permanecido sumiso y callado demasiados años. Ante una Plaza del Zócalo del DF llena, la minúscula figura y la voz quebrada de Elena Poniatowska leyó las mini-biografías de los 43 ausentes que había confeccionado el joven periodista París Martínez. Una leyenda viva del periodismo mexicano se alía con uno de los mejores reporteros de la última horneada.

La generación de Martínez está amenazada: según informes de Reporteros sin Fronteras, es más peligroso ser periodista en México que en Afganistán. Pero siguen en la lucha, han formado equipos y colectivos para investigar, publicar y defender sus derechos.

El que más me impacta es uno formado por mujeres: Periodistas de a pie. En estos días armaron un libro digital para recordar y seguir peleando. Convocaron a periodistas mexicanos y de otros países. Nos pidieron que eligiéramos una foto o una imagen y que escribiéramos un texto breve. La mayoría habla de las víctimas y de sus familiares.

Yo elegí una aguafuerte de Goya, de su tremenda serie Los desastres de la guerra. Se llama Enterrar y callar.

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Francisco de Goya (1746-1828) se hizo famoso con sus perspicaces retratos de la corte de Carlos IV y sus alegres estampas de las costumbres del pueblo, los majos y las majas de Madrid. Pero en sus últimos años, con la vejez y la sordera, amargado y abandonado de los poderosos, se convirtió en el furibundo y lúcido dibujante de los males, las hipocresías y las crueldades de una sociedad injusta.

Primero, los Caprichos: sueños y pesadillas de hambrientos y hastiados, escenas tragicómicas de jovencitas inocentes y viejos libidinosos, burlas precisas de burros con levita y con sotana. No vendió casi ninguno. Después, los Disparates y una serie breve dedicada a la Tauromaquia. Pero los más impresionantes y precursores son los Desastres de la guerra. En ellos Goya se internó en el horror como ningún otro pintor haya hecho antes o después.  

La guerra que le tocó fue la de guerrillas (la primera de la historia) contra el invasor francés en 1908. En Zaragoza, Goya fue testigo directo de los levantamientos del pueblo contra las tropas napoleónicas y la feroz represión de los invasores. En uno de los grabados muestra a una madre que huye con su niño y escribe: “Yo lo ví”. En otro, que muestra a tres soldados que ahorcan a un hombre tirando de sus piernas, pregunta: “Por qué?”

El invasor francés dejó España después de matar y torturar y desmembrar, pero el pueblo no ganó: ganaron los terratenientes y la Iglesia. Estos grabados, una mezcla técnicamente impresionante de aguafuerte y aguatinta, son como todas las grandes obras realistas, documentos históricos de su tiempo y a la vez un grito sobre el todos los tiempos y sobre hoy mismo.

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Dice el académico Sigrun Paas-Zeidler en su comentario a la edición completa de los grabados goyescos que “estos horrores de la guerra, escenas de violaciones, de fusilamientos, carnicerías, mutilaciones, campos sembrados de cadáveres, heridos, muertos, ejecuciones con el garrote, hombres que huyen, saqueos de iglesias”, no presentan en ningún caso escenas de lucha militar. Son el pueblo, es “la experiencia del hombre concreto”.

Goya escribía muy mal: su editor tuvo que poner a un ayudante a corregir los errores ortográficos y gramaticales de los textos que escribía debajo de los grabados. La maestría en contar y en opinar de Goya está en sus oleos y sus dibujos. Pero el título de este grabado, el número 18, muestra la forma en que podía titular con maestría: “Enterrar y callar”.

Goya es insoportablemente actual: en México, el crimen de Ayotzinapa, hoy mismo, tiene el amargo sabor de estos grabados. Goya está en Siria. Y en Gaza. Los cuerpos retorcidos, mancillados. La muerte impúdica. El pudor y la dignidad de los deudos.

 

En la España de Goya y en el México de hoy, este mensaje es elocuente porque dice todo lo contrario de lo que aparenta. Enterrar es desenterrar y callar es gritar. Porque mostrar con la pluma es destapar los crímenes y echar luz sobre los criminales. Y porque dibujar así a las víctimas es gritar su silencio.  

[Publicado el 02/4/2015 a las 19:43]

[Etiquetas: Francisco de Goya, Los desastres de la guerra, Enterrar y callar, Caprichos, Ayotzinapa, Iguala, México, normalistas, Periodistas de a pie]

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Dos voces resuenan en los Alpes

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Retratos de la contralto Maria Radner y el barítono Oleg Bryjak

En las desoladas laderas alpinas se pueden escuchar ya las voces de dos jóvenes cantantes de ópera. Sus cuerpos se hallan esparcidos, perdidos en aquellas escarpadas soledades, pero sus maravillosas voces, desprovistas ya de envoltorio terrestre, se mueven con las ventiscas y los copos de nieve.

María Radner era una contralto alemana de 27 años, cuya carrera estaba despegando. Grandes directores como Zubin Mehta, Christian Thielemann, Simon Rattle y Antonio Pappano la eligieron para cantar sobre todo en las óperas de Richard Wagner.

Su rol preferido, el último que representó en el Liceu de Barcelona dos días antes del vuelo fatal, es el de Erda, la diosa madre de las valkirias, encarnación de las fuerzas de la naturaleza y la sabiduría. La voz de Radner era grave, vigorosa, expresiva al máximo. Conmueve ver hoy en Youtube una muestra de su arte en la canción Morgen, un melancólico adiós a la vida de Richard Strauss.

Se estaba preparando para debutar este verano en el Festival de Bayreuth, la meca del canto wagneriano. Volaba a Dusseldoff con su esposo y su bebé. Seguramente, entre atender al niño y conversar con su compañero de vida, debía estar estudiando una partitura desplegada sobre la mesita del asiento.

Quién sabe si por delante o por detrás en el avión volaba su compañero de reparto Oleg Bryjak, un bajo-barítono de Kazajstán también especializado en Wagner. Oleg, de 54 años, también venía de cantar Sigfrido. Su papel, en el que había ya descollado en Berlín, Londres, Salzburgo y Baden Baden, era el del malvado Alberlich, el nibelungo que roba el oro a las doncellas del Rin y se hace confeccionar el célebre anillo.

Bryjak tenía una apostura viril, una ironía inteligente en la cara redonda y barbuda, una voz bruñida como una campana de bronce, la apostura de un adorable villano. ¿Estaría él también repasando sus próximos papeles, tomando agua, tal vez leyendo un libro en esos últimos minutos sobre las cumbres nevadas?

Entre los 150 muertos del Airbus A340 de Germanwings, dos cantantes de ópera. Los teatros que los tenían contratados deben buscar a nuevos intérpretes. Pero tal vez para los pocos habitantes de esos pueblitos de montaña en los Alpes franceses resuenen entrelazados, por las noches y entre las melodías del viento, los lamentos de estas dos voces profundas y trágicas.

[Publicado el 27/3/2015 a las 10:53]

[Etiquetas: Maria Radner, Oleg Bryjak, Gran Teatre del Liceu, accidente aéreo, Germanwings, Alpes franceses]

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Biografía

Es periodista, reportero especializado en cultura, sociedad y medio ambiente, y profesor de periodismo.

Nació en Buenos Aires en 1962, estudió sociología y teatro en su ciudad natal, periodismo en Nueva York y reporterismo ambiental en Berlín. Es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Master en Periodismo por Columbia University. Desde 1998 vive y trabaja en Barcelona, donde dirige y enseña en el Master en Periodismo BCN_NY, organizado por IL3-Universidad de Barcelona y la Universidad de Columbia en Nueva York. Es el corresponsal en España de la revista Opera News.

Herrscher es el autor de Periodismo narrativo, publicado por SIL-Universidad Finis Terrae en 2009, y del relato de no ficción Los viajes del Penélope, editado por Tusquets Argentina en 2007 y traducido al inglés y publicado por Südpol como The Voyages of the Penelope en 2010. Actualmente trabaja en Crónicas bananeras, una investigación histórica y crónica de viajes sobre las ‘repúblicas bananeras' de Centroamérica, para Tusquets. Asimismo, dirige la colección Periodismo Activo de Publicacions de la UB, donde saldrá este año la versión española de Periodismo narrativo.

Es autor de capítulos en los libros La noticia deseada y Soldados de Noé (Argentina), Analizando los medios y la comunicación y Domadores de historias (Chile). Trabajó como reportero y editor en el Buenos Aires Herald, la agencia IPS y las revistas Hombres de Maíz y Lateral. Sus reportajes, crónicas y perfiles han sido publicados en medios como La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, Ajo Blanco, El Ciervo, Lateral, Room, Quimera, Gentleman, Gatopardo, Travesías, Etiqueta Negra, Página 12, Perfil, y Puentes.

Ha dado clases y seminarios en Ithaca College (EE.UU.), las universidades degli Studi di Milano (Italia), Colonia (Alemania), Católica de Valparaíso y Finis Terrae (Chile), los masters en periodismo de Clarín/San Andrés (Argentina) y U. Complutense de Madrid/ABC (España). entre otras. Es miembro de la International Association for Literary Journalism Studies (IALJS), y fellow del Seminario de Salzburgo y la Inter American Foundation. En 1998 obtuvo el 3er. premio de la Foreign Press Association de Nueva York.

 

Blog: www.periodistanarrativo.wordpress.com

 

Twitter: @RMHerrscher

 

Bibliografía

 

El arte de escuchar (2015)
Universidad de Barcelona 

Periodismo narrativo (2012)
Universidad de Barcelona

 

Periodismo narrativo (2009)
SIL-Universidad Finis Terrae 

 

 

Los viajes del Penélope (2007)
Editorial Tusquets 

Obras asociadas

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