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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 23 de mayo de 2017

 Blog de Roberto Herrscher

Una medialuna de viajes e historias

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Vengo de Porto Alegre, de zambullirme en otra de las conferencias de la Asociación Internacional de Estudios de Periodismo Literario, la organización más divertida, profunda y hippie que conozco. Cada año presento, entre otras cosas, la obra y el lugar de un cronista latinoamericano.

Este año elegí a Martín Caparrós, el eximio viajero. Me centro en su reciente obra maestra, El hambre. Pero recorriendo lo que escribí de él, encontré esta crítica de su libro breve y jugoso de 2009, Una luna. En ese momento lo publiqué en Cultura/s de La Vanguardia. Hoy quiero compartirlo por aquí.  

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En 2008, el Fondo de Población de las Naciones Unidas le encargó al escritor argentino Martín Caparrós que viajara por un mes a diversos puntos del planeta donde jóvenes refugiados le contarían sus dramas y sus luchas por superarlos. Los textos resultantes, ya publicados en medios, trazan un mapa del dolor, de la incomprensión, de la ignominia y de la dignidad en este comienzo de siglo.

El proyecto de la ONU era un lujo: Caparrós es, creo yo, el mejor cronista actual de América Latina, un soberbio entrevistador, un viajero dotado de cultura enciclopédica, de una avidez cósmica por saber más y de una fina ironía. Con esas armas, publicó ya dos modélicos libros de viajes, Larga distancia y La guerra moderna. Su obra de no ficción incluye también la investigación sobre la corta vida y la aleccionadora muerte de una anarquista argentina (Amor y anarquía), la deliciosa historia del legendario club de fútbol Boca Juniors (Boquita) y la trilogía La voluntad, un profundo relato y análisis de los años de plomo en Argentina y la generación que optó por la violencia para cambiar el mundo.

Además, Martín Caparrós es novelista (fue primero conocido por el público español por Valfierno, una novelización del robo de la Gioconda hace un siglo, que le valió el Premio Planeta de su país), fue pionero de las tertulias de madrugada en la radio, con el nuevo siglo se convirtió en innovador de la televisión y el documental unipersonal, y – last but no least – es un personaje imprescindible de las tertulias literarias y periodísticas en Latinoamérica.

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Con su encargo a cuestas, Caparrós se lanzó a unir ciudades de los cinco continentes (Monrovia, Lusaka, París, Johannesburgo, Amsterdam…) en lo que tarda la luna en crecer, llenarse, apagarse y morir. En un mes lunar se enfrentó con historias como la de una rumana vendida como esclava sexual por su marido, como la de un marfileño que emprendió la durísima odisea de la patera, como la de un salvadoreño que se enfangó en el pantano de la pandilla violenta, o como la de una inmigrante marroquí en Holanda, abrumada por su deseo de ser mujer musulmana en Europa en medio del clima tóxico tras el 11-S y sometida a una familia castradora.

Una luna (Anagrama, 2009) contiene estos relatos, estos retratos al carboncillo de víctimas de la violencia, la pobreza y la humillación, trazados con la mano agil del periodista avezado. Pero estas pinceladas configuran tal vez un cuarto del libro.

Alrededor, antes, después y durante sus viajes para encontrarse con estos sufrientes, Caparrós anota en sus libretas lo que le va sucediendo en el viaje.

Esta parte – la más voluminosa – es una invitación a acompañarlo en sus filias y fobias, sus disquisiciones políticas, económicas, antropológicas, estéticas e ideológicas, sus recuerdos de juventud y sus expectativas de futuro. Es de esos libros donde la única estrategia de disfrute consiste en ‘dejarse llevar’ por el viajero agudo y experto, enamorado de sí mismo y de su pluma, y con razón, porque Caparrós tiene oído absoluto para la prosa precisa y la metáfora feliz.

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Hay momentos en que aturde tanta opinión, otros en que choca la yuxtaposición de las breves y dramáticas historias de los golpeados por la globalización y sus entornos hostiles con los satisfechos apuntes de viaje de un escritor en la cima del éxito. Pero aunque estos momentos hacen que queramos pelearnos y discutir con Caparrós, nunca nos tientan a abandonar el libro. Como maestro de la polémica, sus frecuentes boutades probablemente buscan producir ese efecto.

En definitiva, Una luna es un buen aperitivo para acercarse a la obra de un gran cronista, para pasar de aquí a sus obras mayores. Más que una luna se asemeja a esas exquisitas pastas argentinas que acompañan el café con leche o el mate de la mañana: la medialuna de grasa, un cruasán delgado, entre saladito y dulzón, con una costra dura y un centro tierno, que al mojar en el café con leche se impregna, pero que también cambia y complejiza el sabor de la infusión, y también es capaz de manchar un bigote nietscheano como el del mismo Caparrós. 

El libro es breve, el estilo ágil, el trazo fácil y ligero. Pero esta medialuna mancha. Muchas de sus imágenes y sus ideas quedarán deshaciéndose lentamente en la memoria y el paladar del lector.

[Publicado el 31/5/2016 a las 23:04]

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La ópera también celebra a Shakespeare

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Una curiosidad shakespereana: La prohibición de amar de Richard Wagner en el Teatro Real de Madrid. Farsa y fiesta en un curioso Wagner juvenil

A 400 años de su muerte, William Shakespeare está más vivo que nunca: en los teatros, en el cine, en los libros, en los debates intelectuales… y también en la ópera.

El crítico literario Harold Bloom lo “acusó” de haber inventado “lo humano”, al hombre moderno. El idioma inglés le debe cientos de palabras y una capacidad única para la precisión y la ironía. El teatro le debe todo. Y la política, casi todo: sin él serían incomprensibles las campañas electorales, las series de televisión. No se puede contar ni ejercer el poder sin sus tragedias de reyes y emperadores.  

No es extraño entonces que haya sido fuente de inspiración de tantos músicos. La musicalidad de sus sonetos y monólogos parecen pedir melodías, y muchas de sus obras, sobre todo las comedias románticas, incluyen canciones. Pero fue a partir de Henry Purcell que los compositores empezaron a excavar la profunda mina de su obra.

Primero farsa, después tragedia

En 1692, a menos de un siglo de la  muerte de Shakespeare, el más grande de los compositores ingleses puso música incidental a una versión ligera del Sueño de una noche de verano. The Fairy Queen se interna en lo fantástico, lo divertido del juego de disfraces, la alegría del amor. Ritmos ágiles, melodías frescas y un uso chispeante de los instrumentos de viento.

En 1976, Aribert Reiman compuso una ópera áspera, angulosa, con un acusado sentido dramático que lamentablemente no abunda en la lírica contemporánea. Lear fue estrenada con gran éxito en la Ópera de Múnich. Pocas veces la música contemporánea sin melodía discernible ha sido capaz de transmitir tanta emoción, de delinear con lentas punzadas musicales un puñado de personajes marcados por la desesperación.

Entre estos dos extremos, más de una veintena de compositores de todas las épocas y tradiciones sucumbieron al embrujo de Shakespeare.

Este año de aniversario presenta una muestra de esta riqueza y variedad en los principales teatros de ópera de la península. En diciembre, el tenor devenido barítono Plácido Domingo estrenó en el Palau de les Arts de Valencia su personificación de uno de los más grandes papeles verdianos, Macbeth, el “primer Shakespeare” del italiano. Dos meses más tarde, el Teatro Real de Madrid estrenó una rareza de Wagner: Das Liebesverbot (La prohibición de amar), su segunda ópera, basada en la comedia Medida por medida. Y en mayo, el Liceu de Barcelona presentará una joya del bel canto, I Capuletti e i Montecchi, la versión de Vincenzo Bellini sobre Romeo y Julieta.  

Bel canto, Verdi, ¡Wagner!

Sin duda, el compositor más marcado por el bardo fue Giuseppe Verdi. Macbeth es su décima ópera, compuesta a los 33 años, y con ella los especialistas dicen que comienza una nueva relación, más profunda y moderna, con la dramaturgia.

Como Macbeth y Lady Macbeth, Domingo y la imponente soprano rusa Ekaterina Semenchuk se sumergen en la locura del poder, el crimen y la culpa en una puesta en escena oscura: una sucesión de paredes que se van cerrando sobre la pareja protagonista. En esta versión, Macbeth es vencido más por sus propios fantasmas y su fragilidad que por la fuerza de sus enemigos.

Verdi volvió a Shakespeare al final de su vida, en lo más alto de su carrera: cuando ya consideraba cerrada su obra, el libretista y compositor Arrigo Boito lo convenció para que volviera: a los 74 años compuso Otello, su obra maestra. Y a los 80, Falstaff, la comedia llena de piedad y empatía por las debilidades humanas, basada en el personaje del adorable gordinflón lascivo que aparece en Enrique IV, Enrique V y en Las alegres comadres de Windsor. El gran trágico Verdi se despide con una sonrisa comprensiva.

El gran rival de Verdi en la ópera en el siglo XIX, Richard Wagner, está mucho más alejado del universo de Shakespeare. Por eso fue una agradable sorpresa descubrir este año su segunda ópera, la única comedia que había compuesto antes de Los maestros cantores de Nuremberg, que termina de una forma tan wagnerianamente seria y solemne.    

Das Liebesverbot (La prohibición de amar) es la historia de un hipócrita gobernador que impone un código moral estricto y sentencia a muerte a un joven que se acostó con su novia. Cuando la hermana del joven, una monja, le ruega piedad, al gobernador se le despierta la misma libido que castigaba en los otros, y ofrece a la monja clemencia a cambio de sexo. Todo termina bien: en la obra original de Shakespeare, Medida por medida, el gobernador es castigado por su superior, un duque. En la versión de un Wagner revolucionario de 20 años, es el pueblo el que se rebela.

En el Teatro Real, como parte de la divertida puesta en escena de Kaspar Holten, todo termina con un aquelarre final, con el gobernador entrando disfrazado en el carnaval que él mismo había prohibido para encontrarse con la religiosa que lo desvela. Los personajes aparecen en el carnaval vestidos como los adustos héroes del Wagner maduro: el más desopilante es el jefe de policía, que lleva larga peluca rubia y cuernos, como una valquiria.  

Para terminar con las celebraciones operísticas de Shakespeare, el Liceu de Barcelona programa en mayo y junio una joya del bel canto: I Caputelli e i Montecchi, de Vincenzo Bellini. Aunque para muchos estudiosos el libreto de Felice Romani puede haberse basado en las mismas leyendas renacentistas italianas en que se basó Shakespeare, al ojo y al oído de hoy no hay duda: es el Romeo y Julieta de Shakespeare hecho ópera.     

Y a diferencia de su “rival”, el Roméo et Juliette de Charles Gounod, en el que Romeo es un tenor, aquí el joven enamorado está interpretado por  una mezzosoprano. En el estreno de 1830 fue la legendaria Giudita Grissi. En el Liceu lo interpretará la gran mezzo de coloratura Joyce di Donato.

¿Y qué le aporta la música al gran bardo?

Shakespeare enriqueció enormemente el mundo de la lírica. ¿Pero qué aporta la ópera a las obras tan completas y redondas que el gran dramaturgo inglés creó para el teatro hablado? ¿Qué les agrega la música orquestal y el canto?

Creo que tres cosas, que se ven patentes en Macbeth, en La prohibición de amar y en Montescos y Capuletos. La primera, la más obvia, es la inclusión del coro: nunca el teatro hablado tendrá un personaje coral tan potente y locuaz. El coro es el pueblo que clama, grita e implora con una sola voz en decenas de gargantas.  

En la ópera, lo coral que bulle en los argumentos de Shakespeare se magnifica: el pueblo escocés llora por su opresión y al final celebra la caída de Macbeth. Wagner cambia el final de Medida por medida para que al gobernador hipócrita no lo venza el duque que lo nombró sino el pueblo, harto de sus arbitrariedades. Es el coro que triunfa sobre la injuticia. Y en la versión de Bellini, Romeo y Julieta son antes que nada miembros de familias rivales. No es extraño que esta obra tan coral se llame I Capuletti e i Montescchi.

En segundo lugar, los personajes de Shakespeare detienen la acción para hablar consigo mismos. El monólogo filosófico de Hamlet; el delirio heroico de Falstaff; la confesión feroz de maldad de Iago. Los libretistas de ópera transforman con facilidad estos momentos en grandes arias. Y los compositores, en música sublime.  Lo mejor del desparejo Hamlet de Ambroise Thomas es el aria de la locura y muerte de Ofelia, que enloquece cantando en una cascada aterradora de notas agudas, con las que deslumbró hace una década la soprano Natalie Dessay en el Liceu.  

Por último, las descripciones de estados de ánimo, las tormentas y amaneceres y noches estrelladas, las escenas de alegría y tristeza colectiva, las batallas… El paso del teatro al libreto de ópera elimina o reduce muchas de las escenas en las que personajes secundarios cuentan lo que pasa fuera de escena. Los compositores lo reemplazan por paisajes sonoros: Otelo rumia en silencio sus celos y la música es el taladro de la duda insidiosa dentro de su cabeza; el bosque encantado del Sueño de una noche de verano florece en las cuerdas y los oboes de Purcell; en mundo se vuelve hostil y maligno en la música angulosa e inquietante del Lear de Aribert Reimann.

En estas obras geniales, la música completa y acaricia las palabras de Shakespeare.  

[Publicado el 03/5/2016 a las 23:04]

[Etiquetas: William Shakespeare, Giuseppe Verdi, Richard Wagner, Vincenzo Bellini, Henry Purcell, Aribert Reimann, Gran Teatre del Liceu, Teatro Real, Palau de les Arts, Plácido Domingo, Joyce di Donato, Macbeth, Montescos y Capuletos, La prohibición de amar, Medida]

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¿Qué hacemos con las humanidades?

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La revista de pensamiento y crítica El Ciervo me pregunta, por el destierro de las humanidades junto con otros profesores, escritores, filósofos, maestros: José Ramón Alonso, Enric Prats, Eloi Babí, Miquel Martínez y David Morales Escalera. En los últimos años, postula la revista, “las asignaturas llamadas instrumentales han ido ocupando mayor espacio en los programas de enseñanza y las de humanidades lo han ganado en su destierro y progresiva marginalidad. ¿Por qué? ¿Qué sentido o explicación tiene eso?¿Qué hacemos con las humanidades? ¿Qué haremos sin ellas?”

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Pienso que en las dos últimas preguntas hay un sujeto implícito. Y creo que allí está el meollo de la cuestión. Con o sin humanidades, el sujeto que no se nombra es un “nosotros” cada vez más desdibujado.

Si ese “nosotros” son los que toman las decisiones en materia educativa, vamos listos. En España cada nuevo gobierno traza su nueva política educativa destinada a formar generaciones de alumnos, y en menos de una década un nuevo gobierno impone un nuevo programa, una nueva ley.

Si somos los que intentamos producir, enseñar, vivir de las humanidades, creo que no hemos sabido explicar bien y ganar para nuestra causa a las víctimas de la educación “instrumental” y la cultura vacía y chabacana. Y si es la gente, la sociedad, el pueblo… creo que se ha destruido tanto desde el discurso hegemónico que hay que empezar casi de cero. 

En este mundo económico/tecnológico, es cierto que las llamadas humanidades están perdiendo fuelle. Desaparecen de los currículos escolares la filosofía, el arte, la música. El placer de la lectura, la discusión, la belleza y la precisión de lo bien dicho, lo bien escrito.

Muchos lo han apuntado: enseñar el cómo pero no el para qué es una decisión nada inocente: de las causas y las consecuencias se encargan los otros. Dentro de las aulas, aprender a funcionar dentro del sistema, es decir, aprender a sostener el sistema. Y fuera, promover generaciones de jóvenes aterrados por el destino del desempleo y el subempleo, de la pobreza, del exilio o la conformidad.

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Hace diez años, una alumna universitaria creó un concepto: el mileurista. Era el peligro de estudiar para cobrar poco. Hoy ser mileurista ya no es un temor: es un sueño. La crisis ha demolido las expectativas. Ha sembrado el miedo entre las nuevas generaciones. Y sin embargo, sigue habiendo sueños. Sigue habiendo interés por entender y cambiar el mundo.

Pero para eso necesitamos el pensamiento, el cuestionamiento, la creación, el arte, el teatro, el cine, la música, las artes plásticas, la poesía, la ficción, el ensayo, y las clases donde los nuevos alumnos se familiaricen con los grandes pensadores y creadores del pasado, su contexto y su aporte, y con el mundo de la creación y la discusión hoy día.

Muchas más cosas están disponibles, en un menjunje caótico, en Internet. Casi todo está allí. Pero hacen falta maestras y maestros, compañeras y compañeros que nos ayuden a separar lo necesario del ruido, a entender qué piensan los demás y aprender a sacar lo que pensamos y sentimos nosotros.

Sin conocimiento y disfrute del arte y del pensamiento nos empobrecemos. No podemos pensar y sentir con claridad. Los grandes poetas y músicos y pintores encontraron formas de expresar lo que crecía en su interior, que era muy parecido a lo que nos pasa y muchas veces no entendemos. Los grandes filósofos, contadores, ensayistas, nos ayudan a pensar, nos muestran caminos y nos guían si queremos construir nuestro sistema para ver el mundo y actuar en él.

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Sin las humanidades no sabremos dónde ir. Solo podremos bajar la cabeza y obedecer órdenes. El qué, el por qué y el para qué ya lo decidirán los que mandan. Tal vez ese es el propósito.

En la novela futurista “1984” de George Orwell, el Gran Hermano controlaba en todo momento la conducta de sus súbditos. El terror y la tortura mantenían al populacho en silencio y en orden. En la otra gran distopia de mediados del siglo XX, “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, las clases medias y bajas aprendían a obedecer, bajar la cabeza, disfrutar de los pocos placeres que el sistema les proporcionaba y contribuir al sostenimiento de un orden inmutable.

En un mundo sin humanidades, no sólo las desigualdades e injusticias se perpetúan y amplían. Tampoco se verán compelidos a discutir estas ideas luminosas y estas historias aterradoras.

 

Están creando un sistema educativo donde ningún profesor los invitará a leer a Orwell y a Huxley.  

[Publicado el 24/4/2016 a las 11:22]

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Recordando a la insustituible Margarita Rivière

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Jorge de Cominges y yo en la Biblioteca Can Rosés de Les Corts hablando de la vida y la obra de Margarita Rivière. Al fondo, nuestro dramaturgo Albert Lladó

Tenía miedo de que en medio de la conversación pública nos pusiéramos a llorar. Y en cambio nos reímos, nos alegramos, fuimos felices por una hora de recuerdos y dulces nostalgias.

En el marco de las Jornadas Literarias de Les Corts, organizadas por el escritor, periodista y dramaturgo Albert Lladó, él me propuso presentar un homenaje a la gran cronista, entrevistadora, novelista y amiga Margarita Rivière. Sería un diálogo público con su esposo y compañero de toda la vida, Jorge de Cominges. Margarita murió hace un año. Además de Jorge, vinieron sus dos hijos, que yo conozco desde la adolescencia.

Margarita fue una de las primeras invitadas en el Máster en Periodismo BCN_NY, de la Universidad de Barcelona, al que llegué hace 18 años como jefe de estudios y del que ahora soy director. Vino en 1998 a presentar su importante libro de entrevistas sobre  nuestro oficio, “El segundo poder”. Me enamoré de su forma de hablar, tan inteligente, tan apasionada, tan modesta. Le propuse a Cuní que ella diera un taller cada año de Entrevistas. Fue una profesora luminosa, mágica. Diez años más tarde, ya con la salud minada, me propuso dejarlo y entre los dos invitamos a Núria Navarro, la excelente entrevistadora, reportera y editora de El Periódico para ocupar su lugar. Núria es una gran profesora, una dignísima sucesora. Creo que ya sospechaba esa mañana que Margarita y yo le estábamos haciendo un “cásting”.

Siempre seguí en contacto con Margarita. Cuando comencé la colección de libros Periodismo Activo de la Editorial de la UB, pensé en una antología de entrevistas de Margarita. Trabajamos juntos, principalmente en su casa, en la selección de entrevistas y le propuse hacer una introducción y un texto breve para presentar cada entrevista.

Cuando llegué este jueves 14 de abril a la Biblioteca Can Rosés, de su barrio de toda la vida, Les Corts, se me ocurrió pedir libros de Margarita Rivière. Tenían ocho de sus 28 libros. Desde un “Diccionario de la moda” hasta “La aventura de ser mujer”, desde un libro para niños con dibujos de Mariscal y su exitoso “Serrat y su época”, hasta su novela casi póstuma, tan valiente, sobre la corrupción catalana, “Clave K”.

Todos los libros estaban trajinados. Todos habían sido sacados y leídos. Varios estaban subrayados. El que tenía más marcas y rayones era el nuestro, Entrevistas. Con los libros en la mano, Jorge y yo repasamos la carrera y la vida de Margarita, que eran uno y lo mismo. Su fantasma, sonriente, brillante, burlón, sobrevolaba la sala. Vinieron amigos, colegas y también sus lectores, que siempre fueron legión.

Recordar a los amigos queridos que nos enriquecieron nos aminora la tristeza, nos hace sentir que todo valió la pena.

Agradezco a Jorge, a Albert, al personal de la biblioteca, a los asistentes por invitarme a esta fiesta del recuerdo. Y los dejo con el prólogo que le escribí desde el corazón hace dos años. Dice así:   

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Al comienzo del siglo XXI, ya rozando los 60 años de edad, la prestigiosa periodista de prensa y autora una treintena de libros Margarita Rivière se lanzó a dos nuevas aventuras a la vez.

Aceptó la invitación de Josep Cuní para escribir y leer en antena una columna radiofónica semanal en su programa mañanero de Ona Catalana, y empezó, con el entusiasmo de los principiantes, a escribir periodísticamente en catalán. Como catalana que fue a la escuela durante el franquismo, Margarita no había estudiado su idioma natal formalmente. “Fue como empezar de nuevo”, dice hoy Margarita.  

Unos años más tarde, Cuní juntó en un libro una selección de “textos hablados” de sus tres columnistas estrella. La más veterana era la mítica luchadora antifascista y escritora tantos años exilada Teresa Pàmies. La “niña”, la entonces joven promesa Pilar Rahola. Y “la del medio” era Margarita Rivière. El libro se llamó 3X1: El mundo actual a través de tres generaciones (Rosa dels ventes, 2003). Eran tres mujeres intensas y brillantes, tres voces femeninas para seleccionar trozos de la realidad más inmediata y ayudar a los oyentes a pensar.

Así presentó Cuní a Margarita Rivière en su prólogo a 3X1: “La periodista más sólida del país. Avalada por un trabajo profesional tan amplio como indiscutible en su valor intelectual, la cantidad de libros publicados y su incidencia – también a nivel internacional – echa leña al fuego vivo de una mente despierta, necesitada de preguntarse de manera constante el porqué de todas las cosas y de buscar sin límites razones satisfactorias”.

“Pero eso no es todo”, continúa Cuní. “Porque durante la investigación, y siguiendo su adecuado camino para hallar las respuestas correspondientes a las múltiples preguntas, reflexiona, analiza, teoriza también sobre los diferentes obstáculos que parecen impedirle avanzar. Pero ella los supera con éxito, y arriba a la meta con unas conclusiones que no han dejado al margen ningún detalle por pequeño que sea. Esos detalles son, en definitiva, los que conforman la complejidad de nuestra vida cotidiana”.         

En esta pequeña historia encuentro dos cosas esenciales de Margarita Rivière. En primero lugar, su lanzarse a un nuevo medio y un nuevo idioma a una edad en que muchos colegas se retiran o se limitan a repetir viejas fórmulas. Y este certero elogio de Cuní encuentra en ella la mirada siempre atenta, el fijarse en detalles que otros pasan por alto y el llevar sus observaciones a análisis y teorías.

Así es Margarita Rivière: aventurera y profunda.

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Ahora me toca contarles algo de la relación de Margarita Rivière con la entrevista. Explicarles por qué creo que el género y el arte de la entrevista no sería lo mismo en la España del siglo XX sin ella.

Obviamente, como con todos los grandes escritores, las entrevistas de Rivière se defienden solos, no necesitan mi encomio. Ya leerán ustedes su introducción, sus textos de presentación de cada entrevista seleccionada y las entrevistas mismas. Les aguarda una fiesta triple: Margarita ha seleccionado personajes fascinantes, sorprendentes; los ha entrevistado con maestría y ha sacado de ellos más que ninguno o casi ninguno de sus colegas; y finalmente, por su mirada amplia al mundo y al papel del periodista, ha sabido crear texto a texto un cuadro profundo de un mundo en constante cambio, y de un mundo social – Catalunya y también España – en momentos clave de su historia.

Estas entrevistas cumplen con lo que para mí son las reglas básicas de una muy buena entrevista: en ellas se habla de algo que pasa o pasó fuera del momento de la charla, pero también son un momento de apertura y descubrimiento en sí mismo. En ellas pasa algo. Aunque sean breves, tienen un arco dramático, vemos a una mente brillante tratando de entender a su entrevistado, o de entender un tema a través de la persona que tienen enfrente. Se leen como pequeñas obras de teatro con dos personajes.

Margarita Rivière comenzó en esto del periodismo a finales de los años sesenta. Ha publicado más de 30 libros, ha introducido en el periodismo español temas antes no considerados dignos, y hoy aceptados y prestigiosos, como la moda, . Y temas antes considerados tabú, como la experiencia de la vejez y las etapas de la vida de las mujeres

¿Quién escribía sobre la experiencia y la sensibilidad de las mujeres mayores antes que ella? ¿Y quién se había atrevido a dedicar un libro a la menstruación, como hizo Margarita con su hija Clara de Cominges en 2001? ¿Y quién tomó con tanta seriedad como ella el tema de la formación de la Unión Europea y la importancia de la entrada de España en la Europa de los ochenta? ¿Y quién escribió con tanta perspicacia y profundidad sobre la dictadura de la fama en el imaginario mediático del nuevo siglo?

Nadie. Margarita Rivière es insustituible, porque muchos de los temas que ahora consideramos lógicos, como si hubieran estado siempre, fueron puestos sobre la mesa del debate periodístico por ella. ¡Y qué suerte tiene este país de que haya sido alguien con la inteligencia, el rigor y la ética de esta pionera humilde.

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Como todo verdadero maestro, no será ella quien se ponga medallas. Por eso me alegra mucho tener la posibilidad de escribir este prólogo. Esperarían ustedes en vano a que ella misma les cuente lo importante que fue para el debate sobre temas de Historia con mayúscula y de vida doméstica. No se me ocurre ningún periodista al que se aplique mejor la máxima de que no hay temas menores, sino escritores menores. 

En su larga trayectoria, Rivière tuvo dos “picos” fundamentales de relación con la entrevista. Uno fue en los ochenta, cuando como parte del equipo fundador de El Periódico de Catalunya, publicó una entrevista diaria (“libraba” los domingos) durante cuatro años. De allí partió a dirigir la delegación en Catalunya de la agencia EFE, una experiencia de la que suele hablar con gratitud y que le dejó, como las demás, muchas enseñanzas.  Y tras ese trabajo enorme, otro aún mayor: cuatro años más de entrevistas diarias en La Vanguardia en los noventa.

Mis alumnos suelen leer a los tres excelentes periodistas que hoy se turnan para hacer las entrevistas de La contra de La Vanguardia. Yo les digo que en los noventa, Margarita Rivière hacía el trabajo de los tres.

Lo más parecido a una autobiografía que ha escrito Margarita es un libro delicioso para una colección de Editorial Síntesis sobre los placeres de la vida. Otros escribieron sobre el placer de leer, de escuchar música, de comer y de danzar. Ella dedicó un libro al profundo y simple placer de ser mujer.

Allí sus lectores aprendimos que para Margarita Rivière, ser mujer es lo mismo que ser periodista, ser observadora de la realidad, tratar de ser hija, esposa y madre, intentar ser catalana y española, estar preocupada por la situación de los desfavorecidos y comprometida con las causas de su tiempo.

 Al argumentar las  razones por las que se lleva bien y armoniosamente con su sexo, la autora se dedicó a contar su historia personal y profesional. Y un capítulo central en esa historia lo componen los años dedicados a la entrevista. En su visión, entrevistar tanto y a tanta gente fue su mejor escuela.

“La gente con la que hablaba en estas entrevistas (…) me enseñaba muchas cosas: todo un mundo aparece detrás de cada persona y a mí todo me interesaba”, confiesa con placer Margarita. “Pero, con la premura y la presión del trabajo, apenas podía digerir toda aquella riqueza humana, lo cual me estresaba muchísimo. De la primera etapa de mis entrevistas diarias me queda, sobre todo, un retrato bastante preciso de mi generación”.

Leyendo esto terminé de entender el método, la unidad que late detrás de su sucesión de entrevistas con personajes tan distintos como los que aparecen en este libro, y que van desde presidentes y líderes revolucionarios, religiosos y sociales hasta pensadores, novelistas, actores, músicos, jueces y condenados. Es un retrato coral de su época.

Así como Josep Pla trazó en su sucesión de perfiles de catalanes ilustres un mapa de su país, así como Joseph Mitchell recorrió las calles de Nueva York pintando un mapa de los seres anónimos de su ciudad, Margarita Rivière plasmó a lo largo de miles de entrevistas una idea colectiva del tiempo que le tocó vivir.

Y, dado que entre sus entrevistados había gente a la vanguardia de la creación artística y científica y la organización de plataformas y estructuras sociales nuevas, también se adentró en el esbozo del tiempo futuro.   

“Me queda también, como fruto de estas entrevistas, la detección de no pocos problemas que se agigantarían con el paso del tiempo”, escribe en El placer de ser mujer. Y los enumera: “la tiranía de la belleza y la eterna juventud, el problema de la vejez, la frustración de las mujeres y la desorientación masculina en general y en la organización del mundo en particular, el papel cada vez más decisivo de los medios de comunicación, la desigualdad del reparto de las riquezas del mundo, las consecuencias de la acción humana sobre la naturaleza, la mercantilización de la ciencia… Tengo la sensación de que todo lo que ahora nos preocupa gravemente ya estaba inventariado y sobre la mesa en aquellos lejanos años ochenta tal como aparece en mis entrevistas”. (pag. 93)

*       *        *

Desde el comienzo de este siglo, Margarita Rivière se liberó del periodismo diario, pero de ninguna manera bajó el ritmo. Si hay algo constante en su carrera es dejar lo que ya sabía hacer muy bien para aceptar nuevos retos, lanzarse a desafíos estimulantes. Así es como aparecieron libros sobre la visión femenina como El mundo según las mujeres, sobre la moda (Lo cursi y el poder de la modas, Premio Espasa de Ensayo), y sobre otro de sus temas estrella: el poder de los medios (El malentendido, Icaria, 2003).  

“Escribir libros y trabajar por mi cuenta me obligó, con la sorpresa de que era un placer casi nuevo y devorador, a descubrir la pasión por la lectura”, cuenta Margarita en El placer de ser mujer. “Organicé mi tiempo para poder leer y lo hice vorazmente, de forma desordenada, pero con la ventaja de que si algo da la experiencia es la capacidad para saber encontrar lo que a uno le interesa (…). La experiencia, en una mayoría de casos, también es un placer, aunque no esté así reconocido”. (pag. 100-101)

Pero también combinó este interés permanente por el discurso periodístico, que la llevaría en los últimos años a la nueva aventura de cursar un doctorado en Sociología en la Universidad de Barcelona, con su debilidad eterna por la entrevista. Y en uno de sus libros más valiosos, El segundo poder, volvió a repasar su carrera como entrevistadora para juntar en un tomo muchas de sus entrevistas con reporteros, editores, pensadores y contadores de historias. Ya lo había hecho en los noventa con su primera colección de entrevistas, La generación del cambio. Así dejó un relato a muchas voces sobre una nueva generación, en este caso centrado en el poderoso e inquietante nuevo mundo del periodismo en la era digital.

Pero hay preocupaciones que no cambian mientras su mirada se posa en las novedades del mundo. Atraviesa la obra de Margarita Rivière una preocupación perenne sobre las desigualdades sociales, sobre la construcción y la destrucción del estado de bienestar, sobre los males del capitalismo crudo y el egoísmo de los poderosos. En 1995 ya definía con rigor y lucidez el mundo que se estaba terminando de formar y que hoy nos atenaza: “¿Quién puede escapar al fundamentalismo laico del dinero?”, se preguntaba y nos preguntaba.

Y como los temas le seguían zumbando como moscardones, así definía en su columna de radio en Ona Catalana el 7 de febrero de 2002 el credo de esa religión atroz que nos rige “con una doctrina: el capitalismo salvaje y duro; con un lenguaje: el de la competición; con unos rituales: comprar y vender para ganar; con unas normas: el interés individual y la victoria del más fuerte; con un premio: el poder, la dominación; con un castigo: la marginación, la sumisión; con un bien: la riqueza; con un mal: la pobreza”. 

En esta mirada doble caben lo grande y lo pequeño. En toda su obra, Rivière nunca deja de pensar que la experiencia humana a ras de calle y las construcciones político-económicas son caras de la misma realidad. Entrevista a los poderosos y los grandes pensadores para que le expliquen el mundo, y habla siempre con las víctimas, con los anónimos, para que nos transmitan cómo se siente, cómo se vive, cómo se sufre la estructura que en la época de la gran periodista se va haciendo más potente y más cerrada.

Después de leer a Margarita Rivière somos algo más sabios, entendemos mejor el mundo que nos rodea y nos entendemos mejor a nosotros mismos.

Y con las entrevistas, el eje y la cadena de la producción periodística de la autora, vamos asistiendo a una larguísima y fascinante conversación con el mundo. A ella nunca le faltan las preguntas. Muchas veces sentimos que las mejores son las “repreguntas”, las que le surgen a partir de algo que está diciendo el entrevistado. Tenemos la sensación de que por más que escriba o grabe, Margarita está siempre atenta, se adelanta a lo que nosotros quisiéramos preguntar.

*       *        *

Esto mismo pasaba en sus clases del Master en Periodismo de IL3-Universidad de Barcelona que tengo el placer y el privilegio de dirigir. Durante una década, Margarita Rivière fue nuestra profesora de entrevistas. A diferencia de los otros profesores, ella no quería que los alumnos le entregaran sus textos por anticipado, no quería verlos con tranquilidad y anotarlos con paciencia en su casa. Quería ser sorprendida ante la entrevista leída delante de todos los alumnos. Su reacción era instantánea, y siempre encontraba cosas que los demás y el mismo autor no habían visto.

Más de una vez yo entré sigilosamente en clase y me quedé en un rincón. Pude presenciar momentos mágicos en los que el estudiante terminaba de leer y ella respiraba hondo y pedía que volviera a leer algo. Podía ser una pregunta, parte de una respuesta, el título, el final. Pero era siempre un momento clave, el momento en que un artículo imperfecto y a veces aburrido adquiría sentido, relevancia, dramatismo, humor. Su oído absoluto había detectado la clave para apreciar ese texto. Y nosotros éramos testigos del momento en que la mente de una gran periodista hacía ‘click’. Sus clases dejaron huellas imborrables en muchos de nuestros ex alumnos.

Espero que esta antología, que trae al presente momentos importantes del periodismo de este país, le recuerden a sus lectores algunos de sus mejores momentos. Y que atraigan a nuevos ‘rivieristas’ que se acerquen desde otros acentos y otros ámbitos a su estilo directo, respetuoso, preciso de entrevistar.

Les invito a leer estas entrevistas, que atraviesan más de tres décadas, como si se tratara de una larga conversación. Margarita Rivière habló con decenas de personajes admirables, extraños, queribles o inquietantes. Pero siempre, en el fondo y muy profundamente, está hablando con nosotros, sus lectores.

[Publicado el 16/4/2016 a las 22:27]

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El hombre del gramófono

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El excelente fotoperiodista Xavier Cervera me preguntó dónde me parecía mejor hacer un retrato mío para que acompañara una reseña de "El arte de escuchar", mi libro de crónicas, reportajes, perfiles, entrevistas y ensayos alrededor de la música clásica.

Sin dudarlo, le propuse encontrarnos en la puerta del Gran Teatre del Liceu, en plena Rambla de Barcelona. El libro contiene un retrato del teatro en el momento en que estaba a punto de reinaugurarse después del devastador incendio de 1994. Y también un perfil del entrañable apuntador Jaume Tribó, el último de su especie. Y el recuerdo de funciones memorables con la incandescente soprano Natalie Dessay. Y las noches de descubrimiento de la ópera y de compartir la vida con mi hijo José Pablo.

Pero no habíamos pedido permiso para hacer fotos dentro de la sala, y no nos dejaron entrar. Nos fuimos al Café de la Ópera, enfrente, donde tantas tardes tomé cortados esperando las funciones. Una vez me había citado ahí con la gran cronista mexicana Alma Guillermoprieto y la persona con la que iba a ir al Liceu me llamó para cancelar. La invité en un arrebato y nos deleitamos con el Andrea Chenier de Giordano, la ópera convulsa sobre la Revolución Francesa.

No había nadie en el piso superior del café, lleno de carteles de óperas del pasado: una Tosca con el cuchillo ensangrentado, una Carmen con flor carmín, una Madama Butterfly en sepia. Pero no: no era lo que estaba buscando.

Entonces Xavier y yo pedimos (ya éramos socios, yo era el personaje de su retrato pero también su colega)  un objeto precioso, de museo, que llamaba la atención en el aparador de la boletería del Liceu, a un costado de la entrada principal. Era una caja de madera con posadiscos de felpa para esos gruesos vinilos de 78 revoluciones por minuto. Una poderosa púa se posaba en los surcos y el sonido salía por una gran bocina. Era un viejo gramófono.

Lo tomé entre mis brazos como a un bebé y salimos al medio de la Rambla. Era pleno invierno, hacía frío pero el sol me daba en la cara. Me tomó fotos de cara y de espaldas al sol. En las de cara, como la que eligió para ilustrar esta preciosa reseña de mi libro por el erudito Mauricio Bach, aparezco entrecerrando los ojos. No tengo suficientes cejas ni pestañas que me protejan. Mis ojos son muy claros. Pero también puede parecer que estoy entrecerrando los ojos para escuchar mejor la música que sale del gramófono de mi imaginación. Para inspirarme, canturreaba "Un bel dì vedremo", de Madama Butterfly.

Esa es la historia de esta foto. Gracias, Xavier. Del nombre de mi libro, "El arte de escuchar", y de lo que te conté de él armaste esta pequeña historia en una foto. Me gusta mucho cómo salí, con los ojos achinados, como si escuchara la música de un gramófono en medio de las Ramblas. 

[Publicado el 06/4/2016 a las 17:30]

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Testimonios del horror domesticado.

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Durante 17 años, las autoridades públicas y fundaciones privadas encargadas de velar por el bienestar de niños en peligro enviaron decenas de infantes a la casa de David Donet en el pueblo de Castelldans, en Lleida. Varias veces al año, un grupo de inspectores profesionales entrevistaba a Donet y a sus niños acogidos y se aseguraba de que todo fuera bien.

Pero el 27 de junio de 2013, a raíz de una denuncia de la madre de otro niño, a quien Donet pedía fotos “insinuantes” por Internet, la policía entró en su casa y encontró miles de fotos, videos y “recuerdos” de relaciones sexuales con varios de sus menores acogidos. Hoy Donet cumple una pena de 51 años de cárcel, después de haber confesado delitos de pederastia y violación de la intimidad de los niños. Los medios locales bautizaron el caso con el nombre de “la casa de los horrores”

Pero pronto algo muy extraño comenzó a emerger: las principales víctimas, ahora mayores, se solidarizaban con su maltratador, lo defendían, querían ayudarlo. Hasta se ofrecían a pagar la fianza. Y lo seguían llamando “padre”. 

¿Qué había pasado en esa casa? ¿Quién era este genio del mal, que durante tanto tiempo había podido engañar a tantos? ¿Cómo contar esta tragedia que produce asco y rabia? ¿Cómo entrar en el corazón de esta historia de maldad, enfermedad, dolor, desamparo, podredumbre sexual y mentes perturbadas? ¿Desde dónde?

*          *          *

El periodista de investigación Carles Porta pensó que la mejor manera era dejar que las voces principales hablaran, contaran, reflexionaran, recordaran. Sin intermediarios, como si se tratara de una obra de teatro en donde cuatro personajes enfrentan al público a cara descubierta y desgranan en monólogos sus certezas, sus dudas y sus culpas.

Después de entrevistar a decenas de víctimas, testigos, policías y funcionarios, Porta eligió cuatro voces para desgranar esta cadena de desastres: en primer lugar habla el policía que sospechó, luchó para conseguir el permiso judicial para entrar a la casa y encontró las pruebas incriminatorias. Después, la víctima principal, un joven que entró a la casa de Donet a los 11 años y que encuentra normal la forma en que éste lo trataba. En tercer lugar, el monstruo, un hombre suave y gentil. Dice que se arrepiente pero nunca sabremos si de verdad lo siente. Y por último, la directora de una de las entidades que enviaba niños a la casa donde, sin saberlo, muchos de ellos fueron abusados.

Cada uno comienza por contar el momento en que sus destinos se cruzaron. Vemos la escena de la entrada de los policías en la casa y el descubrimiento de un cuarto secreto lleno de cámaras, fotos y cintas de video desde los puntos de vista de todos los personajes y el efecto es perturbador y fascinante: a diferencia de Rashomon, la película de Akira Kurosawa, aquí los hechos son básicamente los mismos. Pero las sensaciones son muy distintas. El policía está asqueado; el criminal está hundido; el niño… es muy difícil describir lo que le sucede en ese momento a la víctima principal, el niño del que Donet se había enamorado, del que había abusado durante años y que ya adulto, había formado una extraña sociedad con su maltratador. Lo escuchamos pero no lo terminamos de entender. Tal vez de eso se trate.

*          *          *

Escuchando esta historia cuatro veces vamos entrando en un mundo más complejo y ambiguo de lo que suponíamos al principio. Cada uno cuenta su historia de vida, su forma de vivir y sobrevivir, sus sueños y pesadillas. Con gran sensibilidad, Porta trata con igual respeto a los cuatro. Somos nosotros, los lectores, los que condenamos. El libro es un ambicioso viaje a lo profundo del mal.

En la solapa del libro se lo compara con los grandes ejemplos de relatos de crímenes reales, sobre todo A sangre fría, de Truman Capote. Sin embargo, creo que se inscribe mejor en el “testimonio”, una corriente que acaba de darle al periodismo dos de los principales premios literarios.

La bielorrusa Svetlana Alexievich (autora de Las voces de Chernóbil y La guerra no tiene rostro de mujer) ganó el Nobel de literatura el año pasado. La mexicana Elena Poniatowska (famosa por La noche de Tlatelolco y Hasta no verte Jesús mío) ganó el Cervantes en 2014. Las principales obras de ambas dan la voz cantante a los personajes, que le cuentan su historia al lector en primera persona. En estas obras, los monólogos se construyen con pericia desde la arquitectura y el ritmo. La voz literaria se basa en las transcripciones de muchas y largas entrevistas, pero no son un atestado notarial o policial: son a la vez la verdad y un artificio.

Con Le llamaban padre, Carles Porta se inscribe en esta escuela del testimonio, una rama del periodismo literario que tenía grandes referentes en Europa del Este, Latinoamérica y Estados Unidos pero hasta ahora no había atracado en estas costas. Y nos regala una historia atroz, con la que nos costará dormirnos al apagar la luz.

[Publicado el 28/3/2016 a las 12:00]

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Que parezca un accidente

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La revista científica ScienceMag ha publicado un estudio con resultados aterradores. No sólo certifica que el uso intensivo de combustibles fósiles y la destrucción de hábitats naturales por una sola especie (la humana) están causando la extinción acelerada de muchas especies. También demuestra que, a diferencia de otras eras, ahora éstas desaparecen sin dejar rastro.

“Durante décadas, los paleontólogos han podido cavar la tierra, descubrir fósiles y averiguar las causas de la extinción de las diferentes especies”, pero esto ya no es así. La extinción es tan rápida y las áreas en que sucede resultan tan modificadas por la acción humana que ya no quedarán rastros para que los científicos del futuro busquen las causas del drama que nos rodea. “La extinción ahora es diferente a todo lo que ha ocurrido en el pasado, no solo en el número de especies que se extinguen, sino también en la forma en que está sucediendo: está siendo impulsada por una sola especie”, se lee en el estudio. La nuestra, claro.

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Hasta ahora, yo no había reparado en la relación entre estos dos elementos. Por un lado, las investigaciones de los paleontólogos sobre extinciones remotas, como los dinosaurios, el tigre de Tasmania o el Aguará Guazú en el noroeste argentino. Por el tiempo que tardaron en desaparecer, los sedimentos que se acumularon sobre los huesos que quedan como reliquias de su paso por la tierra y la huella de las causas de su extinción en estos restos, los paleontólogos pueden encontrar respuestas: cómo y por qué.

Por otro lado, nos llega información sobre las extinciones actuales. Desaparición de hábitats, cacería y pesca masiva, cambio climático. Y de esto no quedan marcas. Con las especies desaparece todo el mundo que los rodea, todo el ambiente que los hacía posibles y les daba sustento y cobijo. No queda nada. Ni la memoria ni un trocito enterrado o congelado al que hacerle preguntas.

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Hace poco entrevisté al historiador israelí Omer Bertov, que investigó durante años la rica historia de los judíos en Galitzia, el territorio que hoy queda en Ucrania Occidental. Los judíos eran un tercio de la población, en algunos pueblos más de la mitad. Entre 1941 y 1945 fueron masacrados por los nazis con la ayuda de milicianos locales.

Hoy se construye la identidad ucraniana borrando el pasado, escondiendo 500 años de su presencia y protagonismo en la cultura, la política, la economía, la vida social de Galitzia. Claro: esos milicianos locales son también los que se rebelaron contra las tropas soviéticas. Son los héroes del pasado que los ucranianos de hoy quieren recordar. Mientras, a los judíos asesinados se los vuelve a matar. No queda ni el recuerdo. El libro se llama “Borrados”.

¿Quedarán así borradas las especies que hoy desaparecen cada día, algunas sin que los científicos hayan llegado a estudiarlas jamás? Es peor que las extinciones del Jurásico, porque se puede desenterrar los huesos de los dinosaurios e investigar qué fue lo que las mató.

Con las especies que desaparecieron ayer y que se están extinguiendo hoy mismo, eso no es posible. Como en el caso de los judíos de Europa Oriental, hay razones para ocultar el crimen, para contar el pasado como si hubiera sido un hecho imponderable sin culpables y sin respuesta. Fuimos nosotros. Solo estamos borrando nuestras huellas. Que parezca un accidente. 

[Publicado el 20/3/2016 a las 14:01]

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Morehshin Allahyari, resucitadora de estatuas

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Lamassu, esculpido en Hatra hace dos mil años, destruido por ISIS el año pasado, ahora resucitado

Hoy la revista cultural EÑE de Clarín publica una versión extendida de mi ensayo a propósito de un proyecto que busca revivir, en impresiones 3D, las esculturas milenarias de Oriente Medio a medida que el Estado Islámico va destruyendo los originales. Un acto de rebeldía artística y tecnológica.

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Después de la Segunda Guerra Mundial, muchas ciudades europeas reconstruyeron sus centros históricos, sus catedrales y sus palacios piedra a piedra, para que se vieran como si los bombardeos nunca los hubieran tocado. Fue una laboriosa y fascinante tarea de reparación emprendida unos años después del final del conflicto.

Berlín, Dresde, Colonia, Varsovia: ciudades milenarias reducidas a escombros por la aviación militar. En las décadas del 50 y 60 del siglo pasado, un ejército pacífico de arquitectos, ingenieros, artesanos y albañiles volvieron a la vida centenares de monumentos, palacios, hospitales, iglesias, museos y teatros.

Hoy conviven en el centro histórico de Colonia la enorme Catedral original, que no fue bombardeada (se decía que para que sirviera como punto de referencia para los atacantes en una ciudad reducida a escombros) con edificios de apariencia medieval pero que son reconstrucciones actuales. Y entre el pasado original y el reconstruido, el metal y el vidrio frío de los edificios modernos.

No todo fue reconstruido. En cada una de estas ciudades, los reconstructores del pasado dejaron al menos un edificio en ruinas, para que las generaciones que no vivieron la guerra tuvieran idea y conciencia de la destrucción, del horror. En el centro de Berlín, frente al reluciente Europa Center se sostiene lastimosamente el esqueleto quemado y en ruinas de la antigua Iglesia Kaiser Guillermo. 

Pero esta época nuestra es mucho más confusa y mucho más rápida que aquella: ahora las reconstrucciones se deben llevar a cabo en medio de la guerra, en plena destrucción, siguiendo los pasos de los demoledores de la memoria.

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No hay tiempo para la tristeza. No hay espacio entre la destrucción y nuestro conocimiento del desastre, porque nuestro conocimiento es el eje de la guerra actual.

Hoy ya no nos enteramos de la destrucción de seres humanos y de ciudades enteras cuando llega la paz, cuando las tropas libertadoras recuperan la zona y encuentran los destrozos. Antaño ese era el momento en que aparecían las cámaras y las grabadoras de los periodistas.

Hoy la destrucción se transmite en vivo y en directo. Y los mismos destructores se convierten en periodistas de sí mismos. Con la emergencia de Al Qaeda primero y el Estado Islámico después, la destrucción ya no es un crimen que se busca ocultar: en la era de la publicidad y las relaciones públicas, el desastre es a la vez noticia y propaganda.

Los torturadores de la ESMA trabajaban escondidos en un sótano. Los decapitadores del ISIS operan en la plaza pública, ante las cámaras. Para las cámaras.

El mes pasado escribía Peter Pomerantsev en la exquisita revista Granta: “La guerra solía tratarse de capturar territorio y plantar banderas… La propaganda siempre acompañó a la Guerra, pero como escudero del combate verdadero. La era de la información, sin embargo, ha hecho que esta ecuación se diera vuelta: ahora las operaciones militares son el escudero de la guerra verdadera, que es la de la información”.

Pomerantsev estaba reporteando desde la region de Donbas en el oriente de Ucrania, una de las tantas tierras de nadie de las guerras actuales.

Destruir es principalmente transmitir información. Decir: Nunca más podrán apreciar estas obras, que ustedes consideran valiosas. Gritar: ¡podemos aniquilar el pasado y todo lo que no somos nosotros!

Por eso no extraña que sea en el mismo terreno de la información – esta vez como contracara constructiva – que haya surgido un movimiento de defensa, de sanación, de vuelta a la vida. Está en manos de una mujer iraní, una artista. Y va avanzando en su trabajo a medida que los iconoclastas destruyen los íconos de todos los que no son ellos.

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Morehshin Allahyari, resucitadora de estatuas. Suena como el título de un cuento de Borges.    

La artista iraní Morehshin Allahyari lidera actualmente un grupo de investigadores, escultores y técnicos en el proyecto artístico, político y tecnológico de recuperar las obras antiguas destruidas por el Estado Islámico a medida que avanzan las huestes de Daesh por los desierto se Siria e Irak. El proyecto se llama Material Speculation: ISIS”

Así lo define su página web: “Material Speculation” es un proyecto de fabricación digital e impresión en tres dimensiones que inspecciona las relaciones petropolíticas y poéticas entre la impresión en 3D, el plástico, el petróleo, el tecnocapitalismo y la jihad”. Tal cual.

Para ello reconstruyen las esculturas recién demolidas por el Estado Islámico diseñándolas por computadora para posteriormente imprimirlas en 3D. Como es arte digital que corporiza una máquina, se pueden imprimir cuantas veces se quiera. La resurrección artística en la época de la multiplicación técnica.

Las fotos que ilustran la página web del proyecto muestran una serie de esculturas obra que fueron destruidas por Estado Islámico hace un año. Una estatua de la era Romana muestra al Rey Uthal de Hatra, la mirada hierática, la mano alzada en un saludo congelado, un sombrero cónico sobre la soberbia cabeza. Otra, al caballo alado Lamassu. Tiene cabeza de viejo sabio, con la barba larga, enrulada y cuadrada de los babilonios. Durante tres mil años estuvo siempre a punto de alzar el vuelo. Ahora yace en pedazos en el suelo del museo de Mosul.

Cuando hace un año los jihadistas entraron al museo de esta ciudad, la tercera más grande de Iraq, se dedicaron a destruir metódicamente las obras de arte con martillos, sierras y explosivos. Muchos de los artefactos eran replicas pero había abundantes obras originales, unicas, de la época asiria, como las de Uthal y Lamassu, provenientes del antiguo centro comercial de Hatra.

En el interior de cada escultura, en vez del cinturón de explosivos de los terroristas suicidas, hay más información.  

Cada escultura guarda en su interior una tarjeta de memoria. “Como cápsulas de tiempo, estos objetos están sellados y guardan el pasado para las generaciones futuras”. Los lápices de memoria incluyen imágenes, mapas de dónde se construyeron y destruyeron los objetos, archivos PDF y videos.

Con la recreación de estas estatuas, el grupo de Morehshin Allahyari espera “reparar la historia y la memoria”, porque el proyecto “va más allá del gesto metafórico”.

*             *             *

¡Ojalá se pudiera volver a la vida a los “herejes” decapitados, a las mujeres lapidadas, a los homosexuales arrojados desde terrazas! El primero que reviviría yo sería el valiente arqueólogo Khaled al-Asaad, torturado y asesinado por negarse a revelar el sitio de los tesoros del sitio de Palmira.

Ni la más avanzada tecnología es todavía capaz de revertir esos horrores. No se puede recuperar al gran sabio ni a las miles de víctimas de sus verdugos. Se puede, mínima y pacientemente, crear nuevas mujeres y nuevos hombres como ellos: que piensen por sí mismos, que sean abiertos a todos los pensamientos y creencias, que sepan vivir y morir con dignidad. Para eso sirve, entre otras cosas, la educación en libertad.

Pero si la vida asesinada no vuelve, los objetos inanimados crearon manos sabias hace milenios pueden rehacerse y crear la ilusión del retorno. Eso hizo gran parte de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Eso están haciendo ahora mismo con las estatuas mártires de Mosul. 

Esta alianza de arte, lucha contra el olvido y tecnología de impresión 3D es el último de los instrumentos de la lucha por la memoria y contra el fanatismo destructor.

Lo único que falta es que en esta Europa pusilánime, estas estatuas de cuerpos libres de pecado no se tapen después al paso de los clérigos con petrodólares, como sucedió en Italia este año, cuando el gobierno del primer ministro Matteo Renzi cubrió estatuas del renacimiento porque venía una delegación de Irán.

 

Irán: el mismo país de donde emergió Morehshin Allahyari, resucitadora de estatuas.   

[Publicado el 13/3/2016 a las 21:01]

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Hambre o veneno: el dilema del Chernóbil de Svetlana Alexievich

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Leo en la página 44 del impresionante testimonio colectivo "Voces de Chernóbil", de la última Premio Nobel de Literatura Svetlana Alexievich: “Este libro no trata sobre Chernóbil, sino sobre el mundo de Chernóbil. Sobre el suceso mismo se han escrito ya miles de páginas, y se han sacado centenares de miles de metros de películas. Yo, en cambio, me dedico a lo que he denominado la historia omitida, las huellas imperceptibles de cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras. Intento captar la vida cotidiana del alma”. 

En poco más de 400 páginas, Alexievich habla poco, muy poco. Lo necesario. La descripción de una viuda sirviendo te como si su muerto fuera a volver y soplar la taza antes de sorberlo. El camino en la nieve para llegar a la casa desvencijada de un funcionario que perdió la fe. Los nombres de los sobrevivientes de Chernóbil que se sentaron a la lumbre de sus preguntas y reabrieron sus heridas para contarle sus historias.

Casi todo “Voces de Chernóbil” son monólogos de tristeza, de incredulidad, de dolor mal digerido. Los habitantes de la región de Bielorrusia donde la central nuclear explotó y liberó su veneno radioactivo en 1986 seguían haciéndose preguntas veinte años más tarde. Por qué las autoridades prefirieron negar los hechos, ocultar las consecuencias, abandonar a las víctimas. La mayoría creía en la bondad del sistema soviético. Fueron traicionados.

Hoy han pasado diez años más desde que el gran libro de Alexievich viera la luz en ruso. Hoy muchos lectores españoles e hispanoamericanos lo están leyendo, junto con su dura, flamígera hermana de testimonios “La guerra no tiene rostro de mujer”. Los leemos porque su nombre se hizo famoso tras la concesión del Nobel, que por primera vez premia a un reportero por su obra periodística.

Una de las noticias del día, la que acompaña esta foto funesta, reza: “Familias del área afectada por Chernóbil vuelven a comer alimentos radioactivos. La crisis económica azota a Rusia, Ucrania y Bielorrusia, obligando a miles de personas a volver a comer alimentos contaminados, 30 años después del desastre nuclear Chernóbil”.

La foto muestra una anciana, las manos como garras callosas, los ojos como ranuras incrédulas, mirando un billete como si el papel le pudiera contestar su pregunta de décadas. Entre los testimonios recogidos recientemente por Greenpeace, el grito ronco de una madre: “Tenemos leche y cocemos el pan aunque esté con radiación. Todo aquí es radiación”.

¿Para qué sirvió la grandiosa alianza de denuncia y arte en el libro de Svetlana Alexievich? ¿Para qué el Nobel? ¿Para qué la investigación de Greenpeace? Las madres de Chernóbil alimentan hoy a sus hijos con alimentos radioactivos. Los envenenan, porque la alternativa es matarlos de hambre. ¿En qué mundo estamos? ¿Nada cambió en 30 años? ¿Nada cambiará?

El subtítulo de “Voces de Chernóbil” da una respuesta desesperanzada y realista. Se llama “Crónica del futuro”.

[Publicado el 11/3/2016 a las 13:37]

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And the Oscar goes to… Il Maestro Ennio Morricone

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En el usualmente modesto rubro de la música para películas, este año los Oscar fueron como un duelo al sol en la polvorienta calle principal del pueblo del Lejano Oeste.

A un lado, la cantina; al otro, el banco y la oficina del sheriff. En medio de la calle, a punto de desenfundar, los duelistas. Uno es el indiscutible genio de la música de Hollywood del último cuarto de siglo: John Williams. Del otro, el más grande músico europeo de la historia del cine: el italiano Ennio Morricone.

Seguro que nunca volveremos a ver un duelo igual.   

*          *          *

Williams volvía a su pasado glorioso (la séptima entrega de Star Wars), pero Morricone, de 87 años (cuatro más que su rival) se lanzaba a un desafío nuevo: poner música a la visión postmoderna, irónica, sangrienta de la última de Quentin Tarantino.

Para reinventar el Western en Los odiosos ocho, Tarantino contrató como músico al genial inventor del sonido de las películas con las que Sergio Leone inventó el Spaghetti Western. Estoy hablando de Por un puñado de dólares, El bueno, el malo y el feo, Érase una vez en América y Hasta que llegó su hora, entre otras.

Entre sus más de 500 bandas sonoras para películas, series y programas de televisión, Morricone creó temas tan recordados como la delicada melodía para oboe de La misión o la letanía dulce para saxo de Cinema Paradiso.  La música para cine de Morricone es muy distinta a la de Williams.

Los dos son genios, tal vez los Mozart y Beethoven o los Verdi y Wagner de nuestro tiempo. Pero mientras el fuerte de Williams es lo grandioso, lo marcial, lo que enaltece, lo que nos canta, la música de Morricone se nos mete sutilmente, como una melodía que podemos cantar nosotros. O silbar, como los temas principales de Por un puñado de dólares o de El bueno, el malo y el feo.

*          *          *

A diferencia del pistolero a quien se enfrentaba, Morricone nunca había ganado un Oscar por la partitura de una de sus centenares de películas, aunque fue nominado seis veces. Sí le dieron un Oscar honorífico a toda su trayectoria. Pero es increíble que el mejor músico de cine que produjo Europa no lo hubiera ganado por una banda sonora.

La asombrosa belleza sonora de Los odiosos ocho era la ocasión ideal: era su vuelta al Oeste, que no podemos imaginar hoy sin su música, y era su gran regreso, tras Kill Bill, a la alianza con Tarantino, el viejo niño terrible de Hollywood.

And the Oscar goes to… Il maestro Ennio Morricone. El primero que le dio un abrazo fue Williams, sentado a su lado en el palco. En un italiano cascado, como el que imita Brando en El Padrino, Morricone empezó diciendo que su “tributo” iba para los otros nominados y en especial “el estimado John Williams”.

El segundo tributo, a Tarantino. “No hay gran música de película sin una gran película”. El tercero, a su esposa María.

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Puedo escuchar el tema final de Cinema Paradiso cien veces seguidas y me emociona siempre. Oigo los silbidos del Oeste en las películas de Sergio Leone y se me dibuja una irónica sonrisa a lo Clint Eastwood. Camino por una selva tropical y me empieza a zumbar, como una mariposa de música, el oboe de La Misión.

Gracias, maestro. Y cuánto tardó.   

[Publicado el 29/2/2016 a las 11:36]

[Etiquetas: Ennio Morricone, John Williams, The Hateful Eight, Los odiosos ocho, Quentin Tarantino, Sergio Leone, La misión, Cinema Paradiso, Kill Bill, El feo, el]

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Biografía

Es periodista, reportero especializado en cultura, sociedad y medio ambiente, y profesor de periodismo.

Nació en Buenos Aires en 1962, estudió sociología y teatro en su ciudad natal, periodismo en Nueva York y reporterismo ambiental en Berlín. Es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Master en Periodismo por Columbia University. Desde 1998 vive y trabaja en Barcelona, donde dirige y enseña en el Master en Periodismo BCN_NY, organizado por IL3-Universidad de Barcelona y la Universidad de Columbia en Nueva York. Es el corresponsal en España de la revista Opera News.

Herrscher es el autor de Periodismo narrativo, publicado por SIL-Universidad Finis Terrae en 2009, y del relato de no ficción Los viajes del Penélope, editado por Tusquets Argentina en 2007 y traducido al inglés y publicado por Südpol como The Voyages of the Penelope en 2010. Actualmente trabaja en Crónicas bananeras, una investigación histórica y crónica de viajes sobre las ‘repúblicas bananeras' de Centroamérica, para Tusquets. Asimismo, dirige la colección Periodismo Activo de Publicacions de la UB, donde saldrá este año la versión española de Periodismo narrativo.

Es autor de capítulos en los libros La noticia deseada y Soldados de Noé (Argentina), Analizando los medios y la comunicación y Domadores de historias (Chile). Trabajó como reportero y editor en el Buenos Aires Herald, la agencia IPS y las revistas Hombres de Maíz y Lateral. Sus reportajes, crónicas y perfiles han sido publicados en medios como La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, Ajo Blanco, El Ciervo, Lateral, Room, Quimera, Gentleman, Gatopardo, Travesías, Etiqueta Negra, Página 12, Perfil, y Puentes.

Ha dado clases y seminarios en Ithaca College (EE.UU.), las universidades degli Studi di Milano (Italia), Colonia (Alemania), Católica de Valparaíso y Finis Terrae (Chile), los masters en periodismo de Clarín/San Andrés (Argentina) y U. Complutense de Madrid/ABC (España). entre otras. Es miembro de la International Association for Literary Journalism Studies (IALJS), y fellow del Seminario de Salzburgo y la Inter American Foundation. En 1998 obtuvo el 3er. premio de la Foreign Press Association de Nueva York.

 

Blog: www.periodistanarrativo.wordpress.com

 

Twitter: @RMHerrscher

 

Bibliografía

 

El arte de escuchar (2015)
Universidad de Barcelona 

Periodismo narrativo (2012)
Universidad de Barcelona

 

Periodismo narrativo (2009)
SIL-Universidad Finis Terrae 

 

 

Los viajes del Penélope (2007)
Editorial Tusquets 

Obras asociadas

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