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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 22 de agosto de 2017

 Blog de Roberto Herrscher

Seis días de Ryan Gattis: Periodismo de ficción y una semana sin ley

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Parece una novela de no ficción. Pero es lo contrario: es un relato inventado, con personajes y anécdotas que surgen de la imaginación del autor, pero que simula la estructura y el lenguaje de un relato periodístico.

Después de que los maestros del Nuevo Periodismo Truman  Capote, Norman Mailer, Gay Talese y compañía inventaran la novela de no ficción, ahora crece imparable el periodismo de ficción.

Puede seguir la supuesta investigación de un periodista que lleva el nombre del autor y que entrevista a sus personajes de ficción, como hace Javier Cercas en Soldados de Salamina. O puede proponer una sucesión de testimonios de protagonistas ficticios de un hecho real, como hace Ryan Gattis en Seis días.

*          *          *

Ryan Gattis no es, nunca fue, periodista. Su mundo es la ficción, pero con mucha investigación detrás. Seis días (All Involved) es su tercera novela. Cuenta en todas las entrevistas que iba para militar pero en la adolescencia le rompieron la nariz y empezó a leer desesperadamente. Creció en Colorado y vive en California, el lugar donde se desarrollan estos hechos. Allí investigó durante dos años para escribir este libro.

Los “seis días” de su novela comienzan el 29 de abril de 1992. El lugar es un polvorín a punto de estallar llamado Los Ángeles. Cuando un jurado popular absuelve a los policías blancos que habían apaleado a un afroamericano llamado Rodney King, la población negra de la ciudad estalla en una cólera colectiva que siembra el caos durante seis días.

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El caso Rodney King fue pionero en muchos sentidos. La paliza había sido grabada en video. Una comunidad entera vio la escena y se sintió estafada con el veredicto. Fue la gota que rebalsó el vaso. Sin este precedente es difícil entender las revueltas recientes en Ferguson y en Baltimore.

Pero Seis días usa el caso King como telón de fondo de otra historia: sus personajes son casi sin excepciones latinos. Para esas pandillas, la semana sin ley es una oportunidad: de robar, de saldar cuentas, de asesinar. Las banda de Mosquito y de Gran Destino se disputan el territorio. Mosquito mata a la hermana menor de Destino y éste manda a matar al hermano mayor de Mosquito aprovechando que la policía les ha dejado el barrio libre.

Diecisiete jóvenes furiosos y excitados con apodos como Peligro, Apache, Momo o Termita cuentan en sus supuestas propias palabras los sucesos de la semana sangrienta y  nos sumergimos en la mente de estos jóvenes sin futuro que toman la cólera de los negros como una oportunidad.

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Hace medio siglo esta excelente novela podía leerse como una sucesión de voces literarias. Como Mientras agonizo, de John Steinbeck, digamos. Pero hoy no. Después de leer tantos testimonios en primera persona y ver tantos documentales, ya es imposible leer este texto como otra cosa que un gran reportaje de ficción.

 

Ryan Gattis: Seis días.

Seix Barral. Biblioteca Formentor. 492 páginas. 

[Publicado el 03/7/2016 a las 23:39]

[Etiquetas: Ryan Gattis, Seis días, Nuevo Periodismo, Gay Talese, Truman Capote, Norman Mailer, Javier Cercas, Soldados de Salamina, Rodney King]

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Kapuscinski descubre su voz en el África de Lumumba

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Estrellas negras es el último libro de Ryszard Kapuscinski en aparecer en castellano (en febrero de 2016), y también el primero de sus libros como corresponsal extranjero. Antes solo había publicado La jungla polaca: una colección de sus primeras crónicas en su país, pero el Kapuscinski que conocemos nace, creo con Estrellas negras.

Proviene de su primer viaje a África en 1959, que ya muestra, en embrión, todas las características del “mejor reportero del mundo”. Sus recursos, su estilo y sus ideas ya están allí, como si las estuviera creando ante nuestros ojos. Y también, la mirada sobre las luchas del Tercer Mundo que trajo a América Latina en los setenta.

1.       I. 

En 1959 Ryszard Kapuscinski es enviado por primera vez a África por la agencia oficial de noticias polaca. Tal como relata la académica puertorriqueña Sarah Platt en su tesis sobre el gran periodista literario: “Desde Londres tomó un vuelo hacia Accra, capital de Ghana, primer país africano independiente que visitó. Llega al país sin contactos y con muy poco dinero, aunque desde el inicio se sentirá más a gusto aquí que en India y China (sus primeros destinos como corresponsal). Alquila una habitación en el Hotel Metropol, un albergue que se encontraba en pésimas condiciones, en un barrio comercial de la capital. Luego recogerá su experiencia inicial de esta manera: ‘He dormido en cientos de hoteles de veinte países distintos, pero sólo éste he llegado a considerarlo un hogar, y cuando entraba en él me sentía feliz’.”

Kapuscinski en estado puro, pero al inicio de su carrera. De su viaje traza retratos de dos países recién independizados y de dos grandes líderes que ayudan a entender la política anticolonial de la época y el personalismo cuasi-religioso que todavía lastra el continente: la Ghana de Kwame Nkrumah y el Congo de Patrice Lumumba.

Nkumah y Lumumba eran carismáticos líderes de sus pueblos. El joven periodista polaco escucha sus discursos al pie de la tarima, rodeado de enfervorizados negros. Es el único blanco. Cada tanto, constata que lo miran con odio: parece un colono. No, les explica, es uno de ellos, el periodista revolucionario de un pueblo pobre y socialista. Las cosas no pasan a más, pero mientras tanto, Kapuscinski va armando su asombrosa caja de herramientas narrativas. Los líderes adorados se van convirtiendo en mesiánicos y totalitarios; sus seguidores en turbas violentas. A Nkrumah lo echan del poder. A Lumumba lo asesinan sus enemigos proyanquis con ayuda de la CIA. Las estrellas negras estallan, y otras las reemplazan.

A medida que avanza su recorrido, aparecen otros personajes: los flamantes burócratas, los intelectuales enardecidos, los periodistas desorientados y, en un relato colectivo demoledor, el colono blanco: pocas veces fue tan duro el maestro polaco como con el blanco racista de África.

Y el Hotel Metropol, donde sus compañeros lo llamaban ‘Red’, en un texto que ya prefigura la forma que encontrará el Kapuscinski maduro, el de Ébano, La guerra del fútbol, El emperador y El Sha.

“Vivo en una balsa, en un callejón de un barrio comercial de Acra. La balsa se eleva sobre unos postes hasta la altura de un primer piso y se llama Hotel Metropole. Durante la estación de las lluvias, esta rareza arquitectónica se pudre y se enmohece, y en los meses de sequía cruje y se resquebraja. Pero ¡se mantiene en pie!”

Así comienza el capítulo dedicado a su añorado hotel. ¿Y qué se hace en el Metropole? Beber a saco.“En el trópico, beber es obligado. Cuando dos personas se encuentran en Europa, se saludan diciendo: ‘¡Hola! ¿Qué tal?’. En el tr´pico, intercambian un saludo distinto. ‘¿Qué vas a tomar?’ Aunque también se beba durante el día, el beber de verdad, el programático, empieza con el ocaso, pues el ocaso anuncia la noche, y la noche acecha al osado que se haya burlado del alcohol”. 

Ya combinaba aquí el relato de hechos históricos, la anécdota personal, el análisis ensayístico y la pintura inigualable de personajes, que incluyen a los corresponsales de guerra: hay cobardes y valientes, sobrios y borrachos perdidos, éticos y veniales, divertidos y tacirurnos. Pero son su tribu en el otro lado del mundo, y el joven ‘Red’ los pinta con maestría, con piedad y con cariño.

2.       II.

Tras volver de su primer viaje africano, Kapuscinski publicó 17 crónicas en una revista literaria y se disponía a armar un libro cuando fue enviado de vuelta a África, esta vez como corresponsal. Empezarían así, en 1961, las dos décadas más fructíferas del Kapuscinski, sus larguísimas estancias en África, Asia y América Latina, que la Colección Crónicas de Anagrama ha ido desgranando a lo largo de 20 años, siempre en impecables y luminosas traducciones de Agata Orzeszek.

Mucho del Kapuscinski maduro ya estaba en estas crónicas a vuelapluma. Muchas de sus ideas y certezas sobre el mundo surgieron por primera vez en las noches bochornosas del Hotel Metropol. Como recodaría una década más tarde en el primer libro que sí organiza él, La guerra del fútbol y otros reportajes, “Mi experiencia africana me llevó a descubrir una realidad que me atraía y me fascinaba mucho más que una expedición a un poblado de brujos o a una reserva de animales salvajes. Estaba asistiendo al nacimiento de la neuva África, y no se trataba de una metáfora ni del título de un artículo de fondo, sino de un auténtico parto que unas veces se producía en circunstancias dramáticas y dolorosas y otras entre el júbilo y la alegría”.

Esta experiencia africana, donde descubre la complejidad de la política post-colonial, con sus dramas y sus júbilos, con pueblos en marcha por su liberación y líderes fulgurantes que se inmolan por sus ideas fanáticas o se convierten en corruptos, será la principal maleta que lleve en los setenta, cuando desembarque en América Latina.

Su visión de la guerra fratricida en El Salvador y Honduras, de la represión en México, del dominio de las multinacionales en Guatemala, del golpe en Chile, le viene de sus años africanos. Sus historias de guerrilleros que luchan por el inasible concepto de la dignidad nacional, de miserables que recogen zapatos de muertos en medio del combate, de las maquinaciones de las grandes multinacionales aliadas con gobiernos entreguistas que jalonan La guerra del fútbol y Cristo con un fusil al hombre vienen de sus observaciones y sus largas charlas africanas.

Era la visión socialista que mamó en la Polonia de posguerra, pero sobre todo el protagonismo del sufrimiento y la lucha del pueblo que lo asombró en África.

Y también es el comienzo de su visión de la complejidad del poder, del ejercicio y el aura del poder, que brilla en El Emperador y El Sha. En Estrellas negras brilla el primer perfil de un líder complejo, el incandescente Lumumba. En la prosa del primer Kapuscinksi, se siente cómo el autor busca sus temas, sus personajes, piensa en voz alta. “Patrice es un hijo del pueblo. También a veces se mostrará ingenuo y místico, también tendrá ese temperamento propenso a súbitos saltos de un extremo a otro, de un estallido de felicidad a la más muda desesperación. Lumumba es una figura fascinante por lo enormemente compleja. (…) Apasionado, inquieto, caótico, poeta sentimental, político ambicioso, alma impulsiva, increíblemente rebelde y  dócil a la vez, confiado hasta el final en su verdad, sordo a las palabras de otros, seducido por su propia y magnífica voz”.

De allí viaja y nos sigue descubriendo a los latinoamericanos un continente que despuntaba entusiasmos en las figuras de Fidel Castro y el Che Guevara.

3.       III.

Cuando Kapuscinski marchó en 1961 a tomar su puesto como corresponsal en 50 países, responsable por entender medio millar de grupos étnicos en un continente en llamas, sus editores juntaron sus 17 crónicas y publicaron, sin su participación, el que sería su primer libro, Estrellas negras.

Ahora ven la luz en castellano. Este año Anagrama y Orzeszek regalan a la legión de sus lectores este libro vibrante e imperfecto, que permite completar el camino vital y autoral del gran cronista. Es el último Kapuscinski, y también el primero.   

Estrellas negras es un Kapuscinski en formación, que deja escapar sus entusiasmos y enconos, que se deja llevar en la descripción de largas escenas que podrían cortarse. Pero también permite presenciar, como testigos privilegiados, su descubrimiento de África, el continente que le ayudó a descubrirse a sí mismo.

Ryszard Kapuscinski: Estrellas negras. Anagrama. 220 páginas. 

[Publicado el 27/6/2016 a las 22:50]

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Contar las guerras latinoamericanas en Oxford

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Una sesión del congreso en Oxford: el debate tras la presentación de Aleksandra Wiktorowska sobre Ryszard Kapuscinski en Latinoamérica

¿Cómo se cuenta el horror, la muerte, la opresión, la paz y la concordia, desde la literatura y sin faltar a la verdad? ¿Cómo se cuentan las historias verdaderas de una región tan difícil de entender y tan fácil de amar como América Latina?

Esta semana (el 13 y 14 de junio) se llevó a cabo en el Wolfson College de la Universidad de Oxford un congreso sobre “Periodismo literario y guerra en América Latina”. Un puñado de estudiosos de la literatura, el periodismo y la historia discutimos amigablemente sobre las formas en que los conflictos de ese continente convulso y fascinante fueron y son contados desde la crónica del Sur y del periodismo narrativo del Norte.

Fueron unos días intensos, de pensar en hechos terribles pero siempre desde la ilusión. En Oxford me alegró mucho encontrarme con viejos y nuevos amigos y conocer sus investigaciones e ideas sobre un tema que me duele y me fascina.

Hace casi un año, cuando el profesor John Bak, de la Universidad de Lorraine en Francia, me propuso ser el orador principal (keynote speaker) de este congreso la alegría y la responsabilidad me abrumaron a partes iguales. John  es un gran profesor y organizador de encuentros en este mundo: de él fue la idea de fundar la Asociación Internacional de Estudios de Periodismo Literario (IALJS) hace 11 años, y él fue su primer presidente.

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En el congreso se habló primero de escritores extranjeros en América latina: la polaca Aleksandra Wiktorowska siguió los pasos de Ryszard Kapusinski, y el irlandés Maurice Walsh los de Graham Greene por el continente. Después, los españoles Juan Antonio García y Antonio Cuartero definieron y acotaron el género de la crónica, y el portugués Manuel Coutinho marcó sus complejas relaciones con los regímenes autoritarios del continente.

Pero la mayoría presentó y analizó la obra de uno o más escritores locales: los mexicanos Vivane Mahieux la de Martín Luis Guzmán; Liliana Chávez en la de grandes cronistas del continente como Rodolfo Walsh, Gabriel García Márquez o Tomás Eloy Martínez; Ignacio Corona los maestros de la “narcocrónica”.

La estadounidense Rebecca O’Neil se centró en la obra de cronistas salvadoreños, de Salarrué a las poetas de la cárcel; la murciana Margarita Navarro analizó el exitoso y discutido programa de televisión del colombiano Pirry; y el brasileño Mateus Yuri Psassos habló de los viajes de sus connacionales Fernando Morais e Ignacio Brandao a Cuba.  

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Yo hablé de una investigación que hasta ahora compartí en congresos y clases en Colombia, Argentina, Chile y Alemania. Lo llamé “De ¡Basta ya! a ¡Nunca más!: Cómo el periodismo narrativo latinoamericano cuenta las guerras regionales y ayuda a construir sociedades post-conflicto”.

Empecé contando que esta reflexión empezó cuando mi amiga y colega, la gran académica y profesora colombiana Maryluz Vallejo, me regaló el informe sobre el conflicto armado en su país, ¡Basta ya!, y lo comparó con el informe sobre los crímenes de la dictadura argentina, el ¡Nunca más! de 1985. Pero de ¡Basta ya! a ¡Nunca más! hay un largo trecho.

Para recorrerlo, tracé un camino de siete pasos desde el momento en que se grita, se exige, se decide terminar con la violencia hasta que la sociedad está lista para construir un futuro en el que las violaciones sistemáticas a los derechos humanos sean cosas del pasado. Y en cada paso, propuse géneros periodísticos, herramientas de periodismo narrativo, autores y obras que acompañan y apoyan ese proceso. Estoy muy satisfecho con el resultado y los debates que provocó.  

*          *          *

Pero lo mejor, lo más importante, vino después, con la llegada de un viejo enemigo transformado en amigo, a quien no había visto nunca.

Hace muchos años que intercambio mensajes y noticias a la distancia con Chris Pretty, un veterano inglés de la Guerra de las Malvinas. Como muchos seguidores de este blog saben, yo participé en esa guerra en 1982. Era un conscripto de la armada y mi propia experiencia está recogida en mi libro Los viajes del Penélope (Tusquets, 2007).  

Pues bien, Chris vio en Facebook que yo iba a Oxford, me propuso vernos, lo invité al congreso y después de las ponencias del lunes 13, él y yo hablamos de nuestra experiencia como soldados en la misma guerra en bandos rivales. Las peores batallas fueron en los últimos días de la guerra, del 12 al 14 de junio. Los días del congreso eran exactamente 34 años después de esa fecha.

Hace 34 años pudimos habernos matado, y ahora estábamos recordando los miedos, las locuras, los dolores de la guerra. Y explicando cómo nos empezamos a enviar cartas en los ochenta, cómo compartimos recuerdos y las maneras similares y distintas de sobrevivir, superar, crecer desde una experiencia común. Los profesores y alumnos nos hicieron preguntas. John Bak grabó nuestra charla. Sentimos que estábamos dando un paso importante en el camino de la reconciliación y el entender qué nos había pasado.

Siento que fue un broche de oro de la experiencia de Oxford. Para mí también fue fundamental y muy emotivo que mi hijo José Pablo haya aceptado mi invitación a venir conmigo en ese viaje, y que estuviera con nosotros en esas sesiones y en las noches de cervezas y risas.

De vuelta en Barcelona, los recuerdos se acumulan, hay muchos a quienes quiero agradecer. A John, a Chris, a José Pablo, al grupo estupendo de participantes y amigos. Y me queda el sabor dulce de una experiencia irrepetible. 

[Publicado el 20/6/2016 a las 00:14]

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Borrar el pasado para construir el presente

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El historiador israelí Omer Bertov investigó durante años la relación entre los hechos del pasado y la memoria del presente, entre la tarea de los historiadores y las construcciones del “recuerdo oficial” de las naciones.

Era lógico que en algún momento desembocara en la rica historia de los judíos en Galitzia, el territorio que hoy queda en Ucrania Occidental. Los judíos eran un tercio de la población, en algunos pueblos más de la mitad. Entre 1941 y 1945 fueron masacrados por los nazis con la ayuda de milicianos locales.

De allí venía su familia. En uno de esos pueblos, Buchach, había crecido su madre. De ese pueblo había emigrado antes de la invasión nazi, antes de que todos los judíos, sus papeles y sus recuerdos fueran exterminados.

¿Qué queda hoy en Galitzia de la población judía? ¿Cómo se recuerda el pasado, cómo se construye la memoria?

Tras visitar uno a uno los pueblos de la región, con la ayuda de guías locales, tras registrar los monumentos, los museos, las placas, los cementerios, los edificios de sinagogas y escuelas y casas de judíos que aún quedan en pie, Bertov llegó a una dolorosa conclusión: Hoy se construye la identidad ucraniana borrando el pasado, escondiendo 500 años de su presencia y protagonismo en la cultura, la política, la economía, la vida social de Galitzia.

Una de las razones es personal: en las matanzas y persecuciones participaron los padres y abuelos de los habitantes ucranianos de hoy. Pero otra tiene que ver con la actual construcción de la identidad de Ucrania en oposición a los años de discurso soviético: esos milicianos locales que fueron los líderes de las cacerías de judíos, que hoy serían considerados nacionalistas de derecha, fueron también los que se rebelaron contra las tropas soviéticas. Son los héroes del pasado que los ucranianos de hoy quieren recordar.

Mientras, a los judíos asesinados se los vuelve a matar. No queda ni el recuerdo. Por eso el libro se llama “Borrados”.

Y “Borrados” es un libro extraño, difícil de entender a primera vista, áspero, incómodo. Se organiza como un relato de viaje pero lo que se busca es lo que no está, lo que se oculta. En cada pueblo Bertov compara los documentos sobre la rica vida de siglos de las distintas comunidades que convivieron en esa zona: ucranianos, polacos y judíos en primer lugar, y también rusos y alemanes. El siglo XX barrió con esa riqueza. Las tropas soviéticas arrasaron con los polacos y alemanes; los nazis exterminaron a los judíos con ayuda de los ucranianos; volvieron los rusos y construyeron el pasado heroico de ucranianos y rusos unidos por la revolución;  tras la caída del Muro de Berlín y ahora, con la latente guerra civil entre pro-rusos y pro-occidentantes, la historia oficial procura limpiar el pasado de todos los pueblos que convivieron, se mezclaron y luego se mataron en este ingrato suelo.

¿Qué era este edificio?, pregunta Bertov a los vecinos de una gran sinagoga a la que quitaron todos los símbolos judíos y hoy es un almacén. Nadie sabe responder. ¿Quiénes son las víctimas de la guerra?, le pregunta a las placas del museo local de otro pueblo. Los valientes ucranianos. En la mayoría de los monumentos y cementerios falta la referencia a quiénes fueron los muertos por los nazis. Los judíos, borrados de la vida, ahora son borrados de la historia.

Bartov pregunta por los suyos, pero su trabajo puede servir como un preciso modelo para estudiar otros casos en los que las necesidades de construir identidad colectiva en el presente lleva a borrar pasados indeseados. En su introducción, comienza hablando de su infancia en Tel Aviv y su descubrimiento de que esas mismas calles donde estaba construido su barrio habían sido de los palestinos expulsados. Otro pasado borrado. 

Como historiador, Bertov pisa en su trabajo el terreno de los periodistas, que viajan, entrevistan, buscan en el presente las huellas del pasado.

En su estilo despojado, limpio, aparentemente anti-sentimental, “Borrados” guarda entre líneas la melancolía, el dolor, la incomprensión de una historia tan oculta y tergiversada que ya casi ni quedan las huellas para poder reconstruir lo que fue y darle a los miles de muertos de esta región castigada al menos el calor del recuerdo.

El de Omer Bertov es un trabajo de amor, de justicia. Cuando el último vestigio del paso de este pueblo castigado haya sido borrado de la Ucrania occidental, tal vez este libro sea una clave para que tantas vidas, tanta cultura, tanto gozo y sufrimiento, tantas historias no se pierdan para siempre.     

Omer Bartov: Borrados. Vestigios de la Galitzia judía en la Ucrania actual. Malpaso. 247 páginas

[Publicado el 11/6/2016 a las 14:40]

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Muhammad Ali y el luminoso perfil de David Remnick

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Murió Muhammad Ali, el boxeador que cambió para siempre la forma de vivir y entender las relaciones étnicas, de clase, el lugar de la valentía y la coherencia en la vida pública, el saber cómo estar en el mundo. En Estados Unidos y en todas partes. Murió un gran hombre. Por suerte, a lo largo de su  vida y su carrera, Ali como personaje y como símbolo fue tratado por algunos de los mejores escritores de su tiempo, de Norman Mailer a Truman Capote y Gay Talese. Para mí, el mejor libro sobre el gran luchador es Rey del mundo de David Remnick. Esto es parte de lo que escribí sobre ese libro en el capítulo sobre perfiles en Periodismo narrativo. El legado de Alí seguirá viviendo, en parte, en las grandes obras que inspiró.    

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Rey del mundo, de David Remnick, el actual director de la revista New Yorker, relata algunos aspectos de los orígenes, adolescencia y ascenso de Cassius Clay y apenas se interesa por los últimos 30 años de la vida del campeón.

Se centra en tres años determinantes, de 1962 a 1965, en que Clay se convirtió en Alí, en que Alí se convirtió en “bocazas”, en líder de los rebeldes musulmanes, desertor contra la Guerra de Vietnam, preso, libre y finalmente aclamado por multitudes como el mejor boxeador de todos los tiempos y símbolo de la lucha por los derechos civiles.

Para pintar al rey, Remnick presenta el mundo que lo rodea, los Estados Unidos de los sesenta, explica la forma en que este mundo lo creó y la manera en que él, como muy pocos más, contribuyó a forjar ese mundo. Cobran vida en estas páginas los tremendos cambios que se estaban produciendo en las calles, las universidades y las salas de redacción, las complejas relaciones entre blancos y negros, entre hombres y mujeres, entre cristianos y musulmanes, entre viejos y jóvenes periodistas.

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De hecho, en las primeras 100 páginas Alí casi no aparece. Remnick moldea con delicadeza los dramáticos perfiles de los dos boxeadores que lo precedieron en la corona mundial de los pesos pesados. Por un lado, Floyd Patterson, el paradigma del negro bueno, sumiso y respetuoso de su lugar en una sociedad racista. Por el otro, Sonny Liston, el negro malo que a los blancos les encantaba odiar: ex-presidiario, analfabeto, violento, incapaz de hilvanar dos frases seguidas y pura fuerza en el ring.

Las dos peleas en las que Liston destrozó a Patterson son analizadas por Remnick con la precisión y la elegancia de un buen crítico de teatro. El autor se convierte en periodista del pasado para recrear la vida alrededor del cuadrilátero: los mafiosos que manejaban a Liston como a una marioneta, los periodistas deportivos (blancos) que le adosaban metáforas del reino animal, el apoyo político del presidente Kennedy a Patterson.

Desde estos dos estereotipos y la sociedad que los necesitaba surge con claridad la revolución Clay: un negro nuevo, incomprensible para las generaciones anteriores. En el momento en que surgen Los Beatles y Malcolm X, aparece en el mundo del boxeo un rebelde con causa, un “bocazas” simpático y fanfarrón, que rechaza el modelo de la sumisión y también el de la rabia salvaje. Cassius Clay era su propio tipo de hombre, fuera de cualquier encasillamiento, en permanente reinvención de sí mismo.

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Remnick entrevista a decenas de testigos presenciales, desempolva diarios de la época y relaciona hechos del deporte, de la política y de la cultura para iluminar al lector poco afecto al boxeo y despertarle un irrefrenable deseo de seguir cada pelea como si fuera una batalla épica de aliento clásico.

En Rey del mundo asistimos a la Guerra de Troya desde el lado de los griegos y también del de los troyanos. Hemos leído descripciones y citas reveladoras que nos abren la mente de cada luchador. En cuanto suben al ring, podemos imaginarnos los golpes, el orgullo y el miedo desde los dos puntos de vista. Nos pone en la piel de dos hombres desesperados que se golpean en la cabeza con manos como mazos.

Rey del mundo tiene mucho de ensayístico, pero no es un ensayo. Es el relato de cómo el mejor boxeador de todos los tiempos transformó un país, una sociedad, un mundo. Ningún negro, ningún miembro de una clase o etnia oprimida se sentirá igual después del paso de Alí  - ligero como una pluma, potente como una maza - por este mundo.

[Publicado el 04/6/2016 a las 14:00]

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Una medialuna de viajes e historias

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Vengo de Porto Alegre, de zambullirme en otra de las conferencias de la Asociación Internacional de Estudios de Periodismo Literario, la organización más divertida, profunda y hippie que conozco. Cada año presento, entre otras cosas, la obra y el lugar de un cronista latinoamericano.

Este año elegí a Martín Caparrós, el eximio viajero. Me centro en su reciente obra maestra, El hambre. Pero recorriendo lo que escribí de él, encontré esta crítica de su libro breve y jugoso de 2009, Una luna. En ese momento lo publiqué en Cultura/s de La Vanguardia. Hoy quiero compartirlo por aquí.  

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En 2008, el Fondo de Población de las Naciones Unidas le encargó al escritor argentino Martín Caparrós que viajara por un mes a diversos puntos del planeta donde jóvenes refugiados le contarían sus dramas y sus luchas por superarlos. Los textos resultantes, ya publicados en medios, trazan un mapa del dolor, de la incomprensión, de la ignominia y de la dignidad en este comienzo de siglo.

El proyecto de la ONU era un lujo: Caparrós es, creo yo, el mejor cronista actual de América Latina, un soberbio entrevistador, un viajero dotado de cultura enciclopédica, de una avidez cósmica por saber más y de una fina ironía. Con esas armas, publicó ya dos modélicos libros de viajes, Larga distancia y La guerra moderna. Su obra de no ficción incluye también la investigación sobre la corta vida y la aleccionadora muerte de una anarquista argentina (Amor y anarquía), la deliciosa historia del legendario club de fútbol Boca Juniors (Boquita) y la trilogía La voluntad, un profundo relato y análisis de los años de plomo en Argentina y la generación que optó por la violencia para cambiar el mundo.

Además, Martín Caparrós es novelista (fue primero conocido por el público español por Valfierno, una novelización del robo de la Gioconda hace un siglo, que le valió el Premio Planeta de su país), fue pionero de las tertulias de madrugada en la radio, con el nuevo siglo se convirtió en innovador de la televisión y el documental unipersonal, y – last but no least – es un personaje imprescindible de las tertulias literarias y periodísticas en Latinoamérica.

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Con su encargo a cuestas, Caparrós se lanzó a unir ciudades de los cinco continentes (Monrovia, Lusaka, París, Johannesburgo, Amsterdam…) en lo que tarda la luna en crecer, llenarse, apagarse y morir. En un mes lunar se enfrentó con historias como la de una rumana vendida como esclava sexual por su marido, como la de un marfileño que emprendió la durísima odisea de la patera, como la de un salvadoreño que se enfangó en el pantano de la pandilla violenta, o como la de una inmigrante marroquí en Holanda, abrumada por su deseo de ser mujer musulmana en Europa en medio del clima tóxico tras el 11-S y sometida a una familia castradora.

Una luna (Anagrama, 2009) contiene estos relatos, estos retratos al carboncillo de víctimas de la violencia, la pobreza y la humillación, trazados con la mano agil del periodista avezado. Pero estas pinceladas configuran tal vez un cuarto del libro.

Alrededor, antes, después y durante sus viajes para encontrarse con estos sufrientes, Caparrós anota en sus libretas lo que le va sucediendo en el viaje.

Esta parte – la más voluminosa – es una invitación a acompañarlo en sus filias y fobias, sus disquisiciones políticas, económicas, antropológicas, estéticas e ideológicas, sus recuerdos de juventud y sus expectativas de futuro. Es de esos libros donde la única estrategia de disfrute consiste en ‘dejarse llevar’ por el viajero agudo y experto, enamorado de sí mismo y de su pluma, y con razón, porque Caparrós tiene oído absoluto para la prosa precisa y la metáfora feliz.

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Hay momentos en que aturde tanta opinión, otros en que choca la yuxtaposición de las breves y dramáticas historias de los golpeados por la globalización y sus entornos hostiles con los satisfechos apuntes de viaje de un escritor en la cima del éxito. Pero aunque estos momentos hacen que queramos pelearnos y discutir con Caparrós, nunca nos tientan a abandonar el libro. Como maestro de la polémica, sus frecuentes boutades probablemente buscan producir ese efecto.

En definitiva, Una luna es un buen aperitivo para acercarse a la obra de un gran cronista, para pasar de aquí a sus obras mayores. Más que una luna se asemeja a esas exquisitas pastas argentinas que acompañan el café con leche o el mate de la mañana: la medialuna de grasa, un cruasán delgado, entre saladito y dulzón, con una costra dura y un centro tierno, que al mojar en el café con leche se impregna, pero que también cambia y complejiza el sabor de la infusión, y también es capaz de manchar un bigote nietscheano como el del mismo Caparrós. 

El libro es breve, el estilo ágil, el trazo fácil y ligero. Pero esta medialuna mancha. Muchas de sus imágenes y sus ideas quedarán deshaciéndose lentamente en la memoria y el paladar del lector.

[Publicado el 31/5/2016 a las 23:04]

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La ópera también celebra a Shakespeare

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Una curiosidad shakespereana: La prohibición de amar de Richard Wagner en el Teatro Real de Madrid. Farsa y fiesta en un curioso Wagner juvenil

A 400 años de su muerte, William Shakespeare está más vivo que nunca: en los teatros, en el cine, en los libros, en los debates intelectuales… y también en la ópera.

El crítico literario Harold Bloom lo “acusó” de haber inventado “lo humano”, al hombre moderno. El idioma inglés le debe cientos de palabras y una capacidad única para la precisión y la ironía. El teatro le debe todo. Y la política, casi todo: sin él serían incomprensibles las campañas electorales, las series de televisión. No se puede contar ni ejercer el poder sin sus tragedias de reyes y emperadores.  

No es extraño entonces que haya sido fuente de inspiración de tantos músicos. La musicalidad de sus sonetos y monólogos parecen pedir melodías, y muchas de sus obras, sobre todo las comedias románticas, incluyen canciones. Pero fue a partir de Henry Purcell que los compositores empezaron a excavar la profunda mina de su obra.

Primero farsa, después tragedia

En 1692, a menos de un siglo de la  muerte de Shakespeare, el más grande de los compositores ingleses puso música incidental a una versión ligera del Sueño de una noche de verano. The Fairy Queen se interna en lo fantástico, lo divertido del juego de disfraces, la alegría del amor. Ritmos ágiles, melodías frescas y un uso chispeante de los instrumentos de viento.

En 1976, Aribert Reiman compuso una ópera áspera, angulosa, con un acusado sentido dramático que lamentablemente no abunda en la lírica contemporánea. Lear fue estrenada con gran éxito en la Ópera de Múnich. Pocas veces la música contemporánea sin melodía discernible ha sido capaz de transmitir tanta emoción, de delinear con lentas punzadas musicales un puñado de personajes marcados por la desesperación.

Entre estos dos extremos, más de una veintena de compositores de todas las épocas y tradiciones sucumbieron al embrujo de Shakespeare.

Este año de aniversario presenta una muestra de esta riqueza y variedad en los principales teatros de ópera de la península. En diciembre, el tenor devenido barítono Plácido Domingo estrenó en el Palau de les Arts de Valencia su personificación de uno de los más grandes papeles verdianos, Macbeth, el “primer Shakespeare” del italiano. Dos meses más tarde, el Teatro Real de Madrid estrenó una rareza de Wagner: Das Liebesverbot (La prohibición de amar), su segunda ópera, basada en la comedia Medida por medida. Y en mayo, el Liceu de Barcelona presentará una joya del bel canto, I Capuletti e i Montecchi, la versión de Vincenzo Bellini sobre Romeo y Julieta.  

Bel canto, Verdi, ¡Wagner!

Sin duda, el compositor más marcado por el bardo fue Giuseppe Verdi. Macbeth es su décima ópera, compuesta a los 33 años, y con ella los especialistas dicen que comienza una nueva relación, más profunda y moderna, con la dramaturgia.

Como Macbeth y Lady Macbeth, Domingo y la imponente soprano rusa Ekaterina Semenchuk se sumergen en la locura del poder, el crimen y la culpa en una puesta en escena oscura: una sucesión de paredes que se van cerrando sobre la pareja protagonista. En esta versión, Macbeth es vencido más por sus propios fantasmas y su fragilidad que por la fuerza de sus enemigos.

Verdi volvió a Shakespeare al final de su vida, en lo más alto de su carrera: cuando ya consideraba cerrada su obra, el libretista y compositor Arrigo Boito lo convenció para que volviera: a los 74 años compuso Otello, su obra maestra. Y a los 80, Falstaff, la comedia llena de piedad y empatía por las debilidades humanas, basada en el personaje del adorable gordinflón lascivo que aparece en Enrique IV, Enrique V y en Las alegres comadres de Windsor. El gran trágico Verdi se despide con una sonrisa comprensiva.

El gran rival de Verdi en la ópera en el siglo XIX, Richard Wagner, está mucho más alejado del universo de Shakespeare. Por eso fue una agradable sorpresa descubrir este año su segunda ópera, la única comedia que había compuesto antes de Los maestros cantores de Nuremberg, que termina de una forma tan wagnerianamente seria y solemne.    

Das Liebesverbot (La prohibición de amar) es la historia de un hipócrita gobernador que impone un código moral estricto y sentencia a muerte a un joven que se acostó con su novia. Cuando la hermana del joven, una monja, le ruega piedad, al gobernador se le despierta la misma libido que castigaba en los otros, y ofrece a la monja clemencia a cambio de sexo. Todo termina bien: en la obra original de Shakespeare, Medida por medida, el gobernador es castigado por su superior, un duque. En la versión de un Wagner revolucionario de 20 años, es el pueblo el que se rebela.

En el Teatro Real, como parte de la divertida puesta en escena de Kaspar Holten, todo termina con un aquelarre final, con el gobernador entrando disfrazado en el carnaval que él mismo había prohibido para encontrarse con la religiosa que lo desvela. Los personajes aparecen en el carnaval vestidos como los adustos héroes del Wagner maduro: el más desopilante es el jefe de policía, que lleva larga peluca rubia y cuernos, como una valquiria.  

Para terminar con las celebraciones operísticas de Shakespeare, el Liceu de Barcelona programa en mayo y junio una joya del bel canto: I Caputelli e i Montecchi, de Vincenzo Bellini. Aunque para muchos estudiosos el libreto de Felice Romani puede haberse basado en las mismas leyendas renacentistas italianas en que se basó Shakespeare, al ojo y al oído de hoy no hay duda: es el Romeo y Julieta de Shakespeare hecho ópera.     

Y a diferencia de su “rival”, el Roméo et Juliette de Charles Gounod, en el que Romeo es un tenor, aquí el joven enamorado está interpretado por  una mezzosoprano. En el estreno de 1830 fue la legendaria Giudita Grissi. En el Liceu lo interpretará la gran mezzo de coloratura Joyce di Donato.

¿Y qué le aporta la música al gran bardo?

Shakespeare enriqueció enormemente el mundo de la lírica. ¿Pero qué aporta la ópera a las obras tan completas y redondas que el gran dramaturgo inglés creó para el teatro hablado? ¿Qué les agrega la música orquestal y el canto?

Creo que tres cosas, que se ven patentes en Macbeth, en La prohibición de amar y en Montescos y Capuletos. La primera, la más obvia, es la inclusión del coro: nunca el teatro hablado tendrá un personaje coral tan potente y locuaz. El coro es el pueblo que clama, grita e implora con una sola voz en decenas de gargantas.  

En la ópera, lo coral que bulle en los argumentos de Shakespeare se magnifica: el pueblo escocés llora por su opresión y al final celebra la caída de Macbeth. Wagner cambia el final de Medida por medida para que al gobernador hipócrita no lo venza el duque que lo nombró sino el pueblo, harto de sus arbitrariedades. Es el coro que triunfa sobre la injuticia. Y en la versión de Bellini, Romeo y Julieta son antes que nada miembros de familias rivales. No es extraño que esta obra tan coral se llame I Capuletti e i Montescchi.

En segundo lugar, los personajes de Shakespeare detienen la acción para hablar consigo mismos. El monólogo filosófico de Hamlet; el delirio heroico de Falstaff; la confesión feroz de maldad de Iago. Los libretistas de ópera transforman con facilidad estos momentos en grandes arias. Y los compositores, en música sublime.  Lo mejor del desparejo Hamlet de Ambroise Thomas es el aria de la locura y muerte de Ofelia, que enloquece cantando en una cascada aterradora de notas agudas, con las que deslumbró hace una década la soprano Natalie Dessay en el Liceu.  

Por último, las descripciones de estados de ánimo, las tormentas y amaneceres y noches estrelladas, las escenas de alegría y tristeza colectiva, las batallas… El paso del teatro al libreto de ópera elimina o reduce muchas de las escenas en las que personajes secundarios cuentan lo que pasa fuera de escena. Los compositores lo reemplazan por paisajes sonoros: Otelo rumia en silencio sus celos y la música es el taladro de la duda insidiosa dentro de su cabeza; el bosque encantado del Sueño de una noche de verano florece en las cuerdas y los oboes de Purcell; en mundo se vuelve hostil y maligno en la música angulosa e inquietante del Lear de Aribert Reimann.

En estas obras geniales, la música completa y acaricia las palabras de Shakespeare.  

[Publicado el 03/5/2016 a las 23:04]

[Etiquetas: William Shakespeare, Giuseppe Verdi, Richard Wagner, Vincenzo Bellini, Henry Purcell, Aribert Reimann, Gran Teatre del Liceu, Teatro Real, Palau de les Arts, Plácido Domingo, Joyce di Donato, Macbeth, Montescos y Capuletos, La prohibición de amar, Medida]

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¿Qué hacemos con las humanidades?

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La revista de pensamiento y crítica El Ciervo me pregunta, por el destierro de las humanidades junto con otros profesores, escritores, filósofos, maestros: José Ramón Alonso, Enric Prats, Eloi Babí, Miquel Martínez y David Morales Escalera. En los últimos años, postula la revista, “las asignaturas llamadas instrumentales han ido ocupando mayor espacio en los programas de enseñanza y las de humanidades lo han ganado en su destierro y progresiva marginalidad. ¿Por qué? ¿Qué sentido o explicación tiene eso?¿Qué hacemos con las humanidades? ¿Qué haremos sin ellas?”

*          *          *

Pienso que en las dos últimas preguntas hay un sujeto implícito. Y creo que allí está el meollo de la cuestión. Con o sin humanidades, el sujeto que no se nombra es un “nosotros” cada vez más desdibujado.

Si ese “nosotros” son los que toman las decisiones en materia educativa, vamos listos. En España cada nuevo gobierno traza su nueva política educativa destinada a formar generaciones de alumnos, y en menos de una década un nuevo gobierno impone un nuevo programa, una nueva ley.

Si somos los que intentamos producir, enseñar, vivir de las humanidades, creo que no hemos sabido explicar bien y ganar para nuestra causa a las víctimas de la educación “instrumental” y la cultura vacía y chabacana. Y si es la gente, la sociedad, el pueblo… creo que se ha destruido tanto desde el discurso hegemónico que hay que empezar casi de cero. 

En este mundo económico/tecnológico, es cierto que las llamadas humanidades están perdiendo fuelle. Desaparecen de los currículos escolares la filosofía, el arte, la música. El placer de la lectura, la discusión, la belleza y la precisión de lo bien dicho, lo bien escrito.

Muchos lo han apuntado: enseñar el cómo pero no el para qué es una decisión nada inocente: de las causas y las consecuencias se encargan los otros. Dentro de las aulas, aprender a funcionar dentro del sistema, es decir, aprender a sostener el sistema. Y fuera, promover generaciones de jóvenes aterrados por el destino del desempleo y el subempleo, de la pobreza, del exilio o la conformidad.

*          *          *

Hace diez años, una alumna universitaria creó un concepto: el mileurista. Era el peligro de estudiar para cobrar poco. Hoy ser mileurista ya no es un temor: es un sueño. La crisis ha demolido las expectativas. Ha sembrado el miedo entre las nuevas generaciones. Y sin embargo, sigue habiendo sueños. Sigue habiendo interés por entender y cambiar el mundo.

Pero para eso necesitamos el pensamiento, el cuestionamiento, la creación, el arte, el teatro, el cine, la música, las artes plásticas, la poesía, la ficción, el ensayo, y las clases donde los nuevos alumnos se familiaricen con los grandes pensadores y creadores del pasado, su contexto y su aporte, y con el mundo de la creación y la discusión hoy día.

Muchas más cosas están disponibles, en un menjunje caótico, en Internet. Casi todo está allí. Pero hacen falta maestras y maestros, compañeras y compañeros que nos ayuden a separar lo necesario del ruido, a entender qué piensan los demás y aprender a sacar lo que pensamos y sentimos nosotros.

Sin conocimiento y disfrute del arte y del pensamiento nos empobrecemos. No podemos pensar y sentir con claridad. Los grandes poetas y músicos y pintores encontraron formas de expresar lo que crecía en su interior, que era muy parecido a lo que nos pasa y muchas veces no entendemos. Los grandes filósofos, contadores, ensayistas, nos ayudan a pensar, nos muestran caminos y nos guían si queremos construir nuestro sistema para ver el mundo y actuar en él.

*          *          *

Sin las humanidades no sabremos dónde ir. Solo podremos bajar la cabeza y obedecer órdenes. El qué, el por qué y el para qué ya lo decidirán los que mandan. Tal vez ese es el propósito.

En la novela futurista “1984” de George Orwell, el Gran Hermano controlaba en todo momento la conducta de sus súbditos. El terror y la tortura mantenían al populacho en silencio y en orden. En la otra gran distopia de mediados del siglo XX, “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, las clases medias y bajas aprendían a obedecer, bajar la cabeza, disfrutar de los pocos placeres que el sistema les proporcionaba y contribuir al sostenimiento de un orden inmutable.

En un mundo sin humanidades, no sólo las desigualdades e injusticias se perpetúan y amplían. Tampoco se verán compelidos a discutir estas ideas luminosas y estas historias aterradoras.

 

Están creando un sistema educativo donde ningún profesor los invitará a leer a Orwell y a Huxley.  

[Publicado el 24/4/2016 a las 11:22]

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Recordando a la insustituible Margarita Rivière

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Jorge de Cominges y yo en la Biblioteca Can Rosés de Les Corts hablando de la vida y la obra de Margarita Rivière. Al fondo, nuestro dramaturgo Albert Lladó

Tenía miedo de que en medio de la conversación pública nos pusiéramos a llorar. Y en cambio nos reímos, nos alegramos, fuimos felices por una hora de recuerdos y dulces nostalgias.

En el marco de las Jornadas Literarias de Les Corts, organizadas por el escritor, periodista y dramaturgo Albert Lladó, él me propuso presentar un homenaje a la gran cronista, entrevistadora, novelista y amiga Margarita Rivière. Sería un diálogo público con su esposo y compañero de toda la vida, Jorge de Cominges. Margarita murió hace un año. Además de Jorge, vinieron sus dos hijos, que yo conozco desde la adolescencia.

Margarita fue una de las primeras invitadas en el Máster en Periodismo BCN_NY, de la Universidad de Barcelona, al que llegué hace 18 años como jefe de estudios y del que ahora soy director. Vino en 1998 a presentar su importante libro de entrevistas sobre  nuestro oficio, “El segundo poder”. Me enamoré de su forma de hablar, tan inteligente, tan apasionada, tan modesta. Le propuse a Cuní que ella diera un taller cada año de Entrevistas. Fue una profesora luminosa, mágica. Diez años más tarde, ya con la salud minada, me propuso dejarlo y entre los dos invitamos a Núria Navarro, la excelente entrevistadora, reportera y editora de El Periódico para ocupar su lugar. Núria es una gran profesora, una dignísima sucesora. Creo que ya sospechaba esa mañana que Margarita y yo le estábamos haciendo un “cásting”.

Siempre seguí en contacto con Margarita. Cuando comencé la colección de libros Periodismo Activo de la Editorial de la UB, pensé en una antología de entrevistas de Margarita. Trabajamos juntos, principalmente en su casa, en la selección de entrevistas y le propuse hacer una introducción y un texto breve para presentar cada entrevista.

Cuando llegué este jueves 14 de abril a la Biblioteca Can Rosés, de su barrio de toda la vida, Les Corts, se me ocurrió pedir libros de Margarita Rivière. Tenían ocho de sus 28 libros. Desde un “Diccionario de la moda” hasta “La aventura de ser mujer”, desde un libro para niños con dibujos de Mariscal y su exitoso “Serrat y su época”, hasta su novela casi póstuma, tan valiente, sobre la corrupción catalana, “Clave K”.

Todos los libros estaban trajinados. Todos habían sido sacados y leídos. Varios estaban subrayados. El que tenía más marcas y rayones era el nuestro, Entrevistas. Con los libros en la mano, Jorge y yo repasamos la carrera y la vida de Margarita, que eran uno y lo mismo. Su fantasma, sonriente, brillante, burlón, sobrevolaba la sala. Vinieron amigos, colegas y también sus lectores, que siempre fueron legión.

Recordar a los amigos queridos que nos enriquecieron nos aminora la tristeza, nos hace sentir que todo valió la pena.

Agradezco a Jorge, a Albert, al personal de la biblioteca, a los asistentes por invitarme a esta fiesta del recuerdo. Y los dejo con el prólogo que le escribí desde el corazón hace dos años. Dice así:   

*       *        *

Al comienzo del siglo XXI, ya rozando los 60 años de edad, la prestigiosa periodista de prensa y autora una treintena de libros Margarita Rivière se lanzó a dos nuevas aventuras a la vez.

Aceptó la invitación de Josep Cuní para escribir y leer en antena una columna radiofónica semanal en su programa mañanero de Ona Catalana, y empezó, con el entusiasmo de los principiantes, a escribir periodísticamente en catalán. Como catalana que fue a la escuela durante el franquismo, Margarita no había estudiado su idioma natal formalmente. “Fue como empezar de nuevo”, dice hoy Margarita.  

Unos años más tarde, Cuní juntó en un libro una selección de “textos hablados” de sus tres columnistas estrella. La más veterana era la mítica luchadora antifascista y escritora tantos años exilada Teresa Pàmies. La “niña”, la entonces joven promesa Pilar Rahola. Y “la del medio” era Margarita Rivière. El libro se llamó 3X1: El mundo actual a través de tres generaciones (Rosa dels ventes, 2003). Eran tres mujeres intensas y brillantes, tres voces femeninas para seleccionar trozos de la realidad más inmediata y ayudar a los oyentes a pensar.

Así presentó Cuní a Margarita Rivière en su prólogo a 3X1: “La periodista más sólida del país. Avalada por un trabajo profesional tan amplio como indiscutible en su valor intelectual, la cantidad de libros publicados y su incidencia – también a nivel internacional – echa leña al fuego vivo de una mente despierta, necesitada de preguntarse de manera constante el porqué de todas las cosas y de buscar sin límites razones satisfactorias”.

“Pero eso no es todo”, continúa Cuní. “Porque durante la investigación, y siguiendo su adecuado camino para hallar las respuestas correspondientes a las múltiples preguntas, reflexiona, analiza, teoriza también sobre los diferentes obstáculos que parecen impedirle avanzar. Pero ella los supera con éxito, y arriba a la meta con unas conclusiones que no han dejado al margen ningún detalle por pequeño que sea. Esos detalles son, en definitiva, los que conforman la complejidad de nuestra vida cotidiana”.         

En esta pequeña historia encuentro dos cosas esenciales de Margarita Rivière. En primero lugar, su lanzarse a un nuevo medio y un nuevo idioma a una edad en que muchos colegas se retiran o se limitan a repetir viejas fórmulas. Y este certero elogio de Cuní encuentra en ella la mirada siempre atenta, el fijarse en detalles que otros pasan por alto y el llevar sus observaciones a análisis y teorías.

Así es Margarita Rivière: aventurera y profunda.

*       *        *

Ahora me toca contarles algo de la relación de Margarita Rivière con la entrevista. Explicarles por qué creo que el género y el arte de la entrevista no sería lo mismo en la España del siglo XX sin ella.

Obviamente, como con todos los grandes escritores, las entrevistas de Rivière se defienden solos, no necesitan mi encomio. Ya leerán ustedes su introducción, sus textos de presentación de cada entrevista seleccionada y las entrevistas mismas. Les aguarda una fiesta triple: Margarita ha seleccionado personajes fascinantes, sorprendentes; los ha entrevistado con maestría y ha sacado de ellos más que ninguno o casi ninguno de sus colegas; y finalmente, por su mirada amplia al mundo y al papel del periodista, ha sabido crear texto a texto un cuadro profundo de un mundo en constante cambio, y de un mundo social – Catalunya y también España – en momentos clave de su historia.

Estas entrevistas cumplen con lo que para mí son las reglas básicas de una muy buena entrevista: en ellas se habla de algo que pasa o pasó fuera del momento de la charla, pero también son un momento de apertura y descubrimiento en sí mismo. En ellas pasa algo. Aunque sean breves, tienen un arco dramático, vemos a una mente brillante tratando de entender a su entrevistado, o de entender un tema a través de la persona que tienen enfrente. Se leen como pequeñas obras de teatro con dos personajes.

Margarita Rivière comenzó en esto del periodismo a finales de los años sesenta. Ha publicado más de 30 libros, ha introducido en el periodismo español temas antes no considerados dignos, y hoy aceptados y prestigiosos, como la moda, . Y temas antes considerados tabú, como la experiencia de la vejez y las etapas de la vida de las mujeres

¿Quién escribía sobre la experiencia y la sensibilidad de las mujeres mayores antes que ella? ¿Y quién se había atrevido a dedicar un libro a la menstruación, como hizo Margarita con su hija Clara de Cominges en 2001? ¿Y quién tomó con tanta seriedad como ella el tema de la formación de la Unión Europea y la importancia de la entrada de España en la Europa de los ochenta? ¿Y quién escribió con tanta perspicacia y profundidad sobre la dictadura de la fama en el imaginario mediático del nuevo siglo?

Nadie. Margarita Rivière es insustituible, porque muchos de los temas que ahora consideramos lógicos, como si hubieran estado siempre, fueron puestos sobre la mesa del debate periodístico por ella. ¡Y qué suerte tiene este país de que haya sido alguien con la inteligencia, el rigor y la ética de esta pionera humilde.

*       *        *

Como todo verdadero maestro, no será ella quien se ponga medallas. Por eso me alegra mucho tener la posibilidad de escribir este prólogo. Esperarían ustedes en vano a que ella misma les cuente lo importante que fue para el debate sobre temas de Historia con mayúscula y de vida doméstica. No se me ocurre ningún periodista al que se aplique mejor la máxima de que no hay temas menores, sino escritores menores. 

En su larga trayectoria, Rivière tuvo dos “picos” fundamentales de relación con la entrevista. Uno fue en los ochenta, cuando como parte del equipo fundador de El Periódico de Catalunya, publicó una entrevista diaria (“libraba” los domingos) durante cuatro años. De allí partió a dirigir la delegación en Catalunya de la agencia EFE, una experiencia de la que suele hablar con gratitud y que le dejó, como las demás, muchas enseñanzas.  Y tras ese trabajo enorme, otro aún mayor: cuatro años más de entrevistas diarias en La Vanguardia en los noventa.

Mis alumnos suelen leer a los tres excelentes periodistas que hoy se turnan para hacer las entrevistas de La contra de La Vanguardia. Yo les digo que en los noventa, Margarita Rivière hacía el trabajo de los tres.

Lo más parecido a una autobiografía que ha escrito Margarita es un libro delicioso para una colección de Editorial Síntesis sobre los placeres de la vida. Otros escribieron sobre el placer de leer, de escuchar música, de comer y de danzar. Ella dedicó un libro al profundo y simple placer de ser mujer.

Allí sus lectores aprendimos que para Margarita Rivière, ser mujer es lo mismo que ser periodista, ser observadora de la realidad, tratar de ser hija, esposa y madre, intentar ser catalana y española, estar preocupada por la situación de los desfavorecidos y comprometida con las causas de su tiempo.

 Al argumentar las  razones por las que se lleva bien y armoniosamente con su sexo, la autora se dedicó a contar su historia personal y profesional. Y un capítulo central en esa historia lo componen los años dedicados a la entrevista. En su visión, entrevistar tanto y a tanta gente fue su mejor escuela.

“La gente con la que hablaba en estas entrevistas (…) me enseñaba muchas cosas: todo un mundo aparece detrás de cada persona y a mí todo me interesaba”, confiesa con placer Margarita. “Pero, con la premura y la presión del trabajo, apenas podía digerir toda aquella riqueza humana, lo cual me estresaba muchísimo. De la primera etapa de mis entrevistas diarias me queda, sobre todo, un retrato bastante preciso de mi generación”.

Leyendo esto terminé de entender el método, la unidad que late detrás de su sucesión de entrevistas con personajes tan distintos como los que aparecen en este libro, y que van desde presidentes y líderes revolucionarios, religiosos y sociales hasta pensadores, novelistas, actores, músicos, jueces y condenados. Es un retrato coral de su época.

Así como Josep Pla trazó en su sucesión de perfiles de catalanes ilustres un mapa de su país, así como Joseph Mitchell recorrió las calles de Nueva York pintando un mapa de los seres anónimos de su ciudad, Margarita Rivière plasmó a lo largo de miles de entrevistas una idea colectiva del tiempo que le tocó vivir.

Y, dado que entre sus entrevistados había gente a la vanguardia de la creación artística y científica y la organización de plataformas y estructuras sociales nuevas, también se adentró en el esbozo del tiempo futuro.   

“Me queda también, como fruto de estas entrevistas, la detección de no pocos problemas que se agigantarían con el paso del tiempo”, escribe en El placer de ser mujer. Y los enumera: “la tiranía de la belleza y la eterna juventud, el problema de la vejez, la frustración de las mujeres y la desorientación masculina en general y en la organización del mundo en particular, el papel cada vez más decisivo de los medios de comunicación, la desigualdad del reparto de las riquezas del mundo, las consecuencias de la acción humana sobre la naturaleza, la mercantilización de la ciencia… Tengo la sensación de que todo lo que ahora nos preocupa gravemente ya estaba inventariado y sobre la mesa en aquellos lejanos años ochenta tal como aparece en mis entrevistas”. (pag. 93)

*       *        *

Desde el comienzo de este siglo, Margarita Rivière se liberó del periodismo diario, pero de ninguna manera bajó el ritmo. Si hay algo constante en su carrera es dejar lo que ya sabía hacer muy bien para aceptar nuevos retos, lanzarse a desafíos estimulantes. Así es como aparecieron libros sobre la visión femenina como El mundo según las mujeres, sobre la moda (Lo cursi y el poder de la modas, Premio Espasa de Ensayo), y sobre otro de sus temas estrella: el poder de los medios (El malentendido, Icaria, 2003).  

“Escribir libros y trabajar por mi cuenta me obligó, con la sorpresa de que era un placer casi nuevo y devorador, a descubrir la pasión por la lectura”, cuenta Margarita en El placer de ser mujer. “Organicé mi tiempo para poder leer y lo hice vorazmente, de forma desordenada, pero con la ventaja de que si algo da la experiencia es la capacidad para saber encontrar lo que a uno le interesa (…). La experiencia, en una mayoría de casos, también es un placer, aunque no esté así reconocido”. (pag. 100-101)

Pero también combinó este interés permanente por el discurso periodístico, que la llevaría en los últimos años a la nueva aventura de cursar un doctorado en Sociología en la Universidad de Barcelona, con su debilidad eterna por la entrevista. Y en uno de sus libros más valiosos, El segundo poder, volvió a repasar su carrera como entrevistadora para juntar en un tomo muchas de sus entrevistas con reporteros, editores, pensadores y contadores de historias. Ya lo había hecho en los noventa con su primera colección de entrevistas, La generación del cambio. Así dejó un relato a muchas voces sobre una nueva generación, en este caso centrado en el poderoso e inquietante nuevo mundo del periodismo en la era digital.

Pero hay preocupaciones que no cambian mientras su mirada se posa en las novedades del mundo. Atraviesa la obra de Margarita Rivière una preocupación perenne sobre las desigualdades sociales, sobre la construcción y la destrucción del estado de bienestar, sobre los males del capitalismo crudo y el egoísmo de los poderosos. En 1995 ya definía con rigor y lucidez el mundo que se estaba terminando de formar y que hoy nos atenaza: “¿Quién puede escapar al fundamentalismo laico del dinero?”, se preguntaba y nos preguntaba.

Y como los temas le seguían zumbando como moscardones, así definía en su columna de radio en Ona Catalana el 7 de febrero de 2002 el credo de esa religión atroz que nos rige “con una doctrina: el capitalismo salvaje y duro; con un lenguaje: el de la competición; con unos rituales: comprar y vender para ganar; con unas normas: el interés individual y la victoria del más fuerte; con un premio: el poder, la dominación; con un castigo: la marginación, la sumisión; con un bien: la riqueza; con un mal: la pobreza”. 

En esta mirada doble caben lo grande y lo pequeño. En toda su obra, Rivière nunca deja de pensar que la experiencia humana a ras de calle y las construcciones político-económicas son caras de la misma realidad. Entrevista a los poderosos y los grandes pensadores para que le expliquen el mundo, y habla siempre con las víctimas, con los anónimos, para que nos transmitan cómo se siente, cómo se vive, cómo se sufre la estructura que en la época de la gran periodista se va haciendo más potente y más cerrada.

Después de leer a Margarita Rivière somos algo más sabios, entendemos mejor el mundo que nos rodea y nos entendemos mejor a nosotros mismos.

Y con las entrevistas, el eje y la cadena de la producción periodística de la autora, vamos asistiendo a una larguísima y fascinante conversación con el mundo. A ella nunca le faltan las preguntas. Muchas veces sentimos que las mejores son las “repreguntas”, las que le surgen a partir de algo que está diciendo el entrevistado. Tenemos la sensación de que por más que escriba o grabe, Margarita está siempre atenta, se adelanta a lo que nosotros quisiéramos preguntar.

*       *        *

Esto mismo pasaba en sus clases del Master en Periodismo de IL3-Universidad de Barcelona que tengo el placer y el privilegio de dirigir. Durante una década, Margarita Rivière fue nuestra profesora de entrevistas. A diferencia de los otros profesores, ella no quería que los alumnos le entregaran sus textos por anticipado, no quería verlos con tranquilidad y anotarlos con paciencia en su casa. Quería ser sorprendida ante la entrevista leída delante de todos los alumnos. Su reacción era instantánea, y siempre encontraba cosas que los demás y el mismo autor no habían visto.

Más de una vez yo entré sigilosamente en clase y me quedé en un rincón. Pude presenciar momentos mágicos en los que el estudiante terminaba de leer y ella respiraba hondo y pedía que volviera a leer algo. Podía ser una pregunta, parte de una respuesta, el título, el final. Pero era siempre un momento clave, el momento en que un artículo imperfecto y a veces aburrido adquiría sentido, relevancia, dramatismo, humor. Su oído absoluto había detectado la clave para apreciar ese texto. Y nosotros éramos testigos del momento en que la mente de una gran periodista hacía ‘click’. Sus clases dejaron huellas imborrables en muchos de nuestros ex alumnos.

Espero que esta antología, que trae al presente momentos importantes del periodismo de este país, le recuerden a sus lectores algunos de sus mejores momentos. Y que atraigan a nuevos ‘rivieristas’ que se acerquen desde otros acentos y otros ámbitos a su estilo directo, respetuoso, preciso de entrevistar.

Les invito a leer estas entrevistas, que atraviesan más de tres décadas, como si se tratara de una larga conversación. Margarita Rivière habló con decenas de personajes admirables, extraños, queribles o inquietantes. Pero siempre, en el fondo y muy profundamente, está hablando con nosotros, sus lectores.

[Publicado el 16/4/2016 a las 22:27]

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El hombre del gramófono

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El excelente fotoperiodista Xavier Cervera me preguntó dónde me parecía mejor hacer un retrato mío para que acompañara una reseña de "El arte de escuchar", mi libro de crónicas, reportajes, perfiles, entrevistas y ensayos alrededor de la música clásica.

Sin dudarlo, le propuse encontrarnos en la puerta del Gran Teatre del Liceu, en plena Rambla de Barcelona. El libro contiene un retrato del teatro en el momento en que estaba a punto de reinaugurarse después del devastador incendio de 1994. Y también un perfil del entrañable apuntador Jaume Tribó, el último de su especie. Y el recuerdo de funciones memorables con la incandescente soprano Natalie Dessay. Y las noches de descubrimiento de la ópera y de compartir la vida con mi hijo José Pablo.

Pero no habíamos pedido permiso para hacer fotos dentro de la sala, y no nos dejaron entrar. Nos fuimos al Café de la Ópera, enfrente, donde tantas tardes tomé cortados esperando las funciones. Una vez me había citado ahí con la gran cronista mexicana Alma Guillermoprieto y la persona con la que iba a ir al Liceu me llamó para cancelar. La invité en un arrebato y nos deleitamos con el Andrea Chenier de Giordano, la ópera convulsa sobre la Revolución Francesa.

No había nadie en el piso superior del café, lleno de carteles de óperas del pasado: una Tosca con el cuchillo ensangrentado, una Carmen con flor carmín, una Madama Butterfly en sepia. Pero no: no era lo que estaba buscando.

Entonces Xavier y yo pedimos (ya éramos socios, yo era el personaje de su retrato pero también su colega)  un objeto precioso, de museo, que llamaba la atención en el aparador de la boletería del Liceu, a un costado de la entrada principal. Era una caja de madera con posadiscos de felpa para esos gruesos vinilos de 78 revoluciones por minuto. Una poderosa púa se posaba en los surcos y el sonido salía por una gran bocina. Era un viejo gramófono.

Lo tomé entre mis brazos como a un bebé y salimos al medio de la Rambla. Era pleno invierno, hacía frío pero el sol me daba en la cara. Me tomó fotos de cara y de espaldas al sol. En las de cara, como la que eligió para ilustrar esta preciosa reseña de mi libro por el erudito Mauricio Bach, aparezco entrecerrando los ojos. No tengo suficientes cejas ni pestañas que me protejan. Mis ojos son muy claros. Pero también puede parecer que estoy entrecerrando los ojos para escuchar mejor la música que sale del gramófono de mi imaginación. Para inspirarme, canturreaba "Un bel dì vedremo", de Madama Butterfly.

Esa es la historia de esta foto. Gracias, Xavier. Del nombre de mi libro, "El arte de escuchar", y de lo que te conté de él armaste esta pequeña historia en una foto. Me gusta mucho cómo salí, con los ojos achinados, como si escuchara la música de un gramófono en medio de las Ramblas. 

[Publicado el 06/4/2016 a las 17:30]

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Biografía

Es periodista, reportero especializado en cultura, sociedad y medio ambiente, y profesor de periodismo.

Nació en Buenos Aires en 1962, estudió sociología y teatro en su ciudad natal, periodismo en Nueva York y reporterismo ambiental en Berlín. Es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Master en Periodismo por Columbia University. Desde 1998 vive y trabaja en Barcelona, donde dirige y enseña en el Master en Periodismo BCN_NY, organizado por IL3-Universidad de Barcelona y la Universidad de Columbia en Nueva York. Es el corresponsal en España de la revista Opera News.

Herrscher es el autor de Periodismo narrativo, publicado por SIL-Universidad Finis Terrae en 2009, y del relato de no ficción Los viajes del Penélope, editado por Tusquets Argentina en 2007 y traducido al inglés y publicado por Südpol como The Voyages of the Penelope en 2010. Actualmente trabaja en Crónicas bananeras, una investigación histórica y crónica de viajes sobre las ‘repúblicas bananeras' de Centroamérica, para Tusquets. Asimismo, dirige la colección Periodismo Activo de Publicacions de la UB, donde saldrá este año la versión española de Periodismo narrativo.

Es autor de capítulos en los libros La noticia deseada y Soldados de Noé (Argentina), Analizando los medios y la comunicación y Domadores de historias (Chile). Trabajó como reportero y editor en el Buenos Aires Herald, la agencia IPS y las revistas Hombres de Maíz y Lateral. Sus reportajes, crónicas y perfiles han sido publicados en medios como La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, Ajo Blanco, El Ciervo, Lateral, Room, Quimera, Gentleman, Gatopardo, Travesías, Etiqueta Negra, Página 12, Perfil, y Puentes.

Ha dado clases y seminarios en Ithaca College (EE.UU.), las universidades degli Studi di Milano (Italia), Colonia (Alemania), Católica de Valparaíso y Finis Terrae (Chile), los masters en periodismo de Clarín/San Andrés (Argentina) y U. Complutense de Madrid/ABC (España). entre otras. Es miembro de la International Association for Literary Journalism Studies (IALJS), y fellow del Seminario de Salzburgo y la Inter American Foundation. En 1998 obtuvo el 3er. premio de la Foreign Press Association de Nueva York.

 

Blog: www.periodistanarrativo.wordpress.com

 

Twitter: @RMHerrscher

 

Bibliografía

 

El arte de escuchar (2015)
Universidad de Barcelona 

Periodismo narrativo (2012)
Universidad de Barcelona

 

Periodismo narrativo (2009)
SIL-Universidad Finis Terrae 

 

 

Los viajes del Penélope (2007)
Editorial Tusquets 

Obras asociadas

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