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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 26 de mayo de 2017

 Blog de Roberto Herrscher

Técnicas para convencer a Al Pacino

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El viernes 9 de setiembre presenté en la Fundación Tomás Eloy Martínez la preciosa edición argentina de mi libro Periodismo Narrativo (Editorial Marea). Es una obra que me trajo muchas alegrías y bellas y cuidadas primeras y segundas ediciones en España (Ediciones de la Universitat de Barcelona), Chile (Universidad Finis Terrae) y Costa Rica (Germinal). Esta presentación fue especial y mágica por muchos motivos.

Porque fue en mi país y en la Fundación Tomás Eloy Martínez, que se ha convertido en mi casa profesional y más en Buenos Aires. Y vinieron tres tremendos profesionales de la familia del Maestro: sus hijos Ezequiel y Gonzalo Martínez y su nieta y excelente fotógrafa de la Fundación y de mi retrato en el libro, Verónica Martínez Porque la presentaron tres grandes amigos que entraron en mi vida en distintos momentos: Cristian Alarcón, director de la colección Ficciones Reales y gigantesco cronista; Cecilia González, talentosísima y valiente escritora y periodista mexicana; y Pablo Alabarces, amigo de siempre y gran académico y pensador. Porque vinieron muchos y queridos amigos, colegas, alumnos, y mi añorada familia: mi hermana, mi sobrino, mis tías.

En mi otra casa profesional y más en Argentina, la revista Anfibia, publicaron ese día este fragmento del libro. En el capítulo de la entrevista como género del periodismo narrativo, que dialoga con el teatro, entre los más famosos Studs Terkel y Oriana Fallaci escribí sobre el entrevistador de los genios de Hollywood, Larry Grobel. Gracias Cristian Alarcón y amigos de Anfibia. Aquí está la extraña e inspiradora historia de Grobel y su entrevistado Al Pacino.

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¿Grobel o Pacino?   “Conocí a Larry Grobel en 1979”, cuenta Al Pacino en el prólogo del libro más famoso del entrevistador, la colección de entrevistas con el propio actor.

“Por supuesto, desconfiaba de él porque era un periodista que me venía a entrevistar, y en ese momento, yo no había concedido ninguna entrevista. Desde entonces he llegado a conocerlo muy bien. Compartimos muchas cosas en este período: triunfos, fracasos, encuentros con situaciones tanto maravillosas como impensables. Nuestra amistad lo sobrevivió todo. Y por eso estoy muy agradecido”.

En el segundo párrafo se aventura a explicar las razones de su elección como su primer –y único– entrevistador: “No había dicho sí a nuestra primera entrevista, pero cuando leí su entrevista con Marlon Brando en la isla de Brando en Tahití, me impresionó. Conociendo a Brando como yo lo conocía, si a él le gustó Larry, si pudo hablar con él tan abiertamente, sentí que yo también podría”.

Pero el “abrirse” de Pacino fue un arma de doble filo. El actor, tan intenso que se metía hasta el tuétano en cada uno de sus personajes, sabía bien por qué no quería ser entrevistado: no podía reservarse, callarse, mentir, engañar. Si aceptaba hablar de sus sentimientos, recuerdos y sueños más íntimos, era para iniciar un camino hasta lo más hondo, cosa que no hacía ni con sus más cercanos amigos. La única manera en que aceptaría ser entrevistado era iniciando una amistad sin condiciones.

La esposa de Larry se dio cuenta que algo iba mal cuando el teléfono comenzó a sonar a las dos, las cuatro, las seis de la mañana. Era Al Pacino, que tenía necesidad de hablar con el amigo que tan bien lo entendía, que tanto sabía de él. Las conversaciones duraban horas, y era el periodista el que tenía que poner los límites. El genial y temperamental actor, por supuesto, no estaba dispuesto a respetar esos límites.

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Pero después de las horas y más horas de la primera entrevista, en 1979, que se tradujeron en 2.000 páginas transcritas, es fácil entender por qué Pacino se volvió adicto a hablar con Grobel.   “¿Por qué no haces Hamlet?”, le pregunta en la página 69 de las 103 de la versión editada de esa entrevista que abre el libro. “Porque nadie me lo pidió”. “¿Si alguien te lo pide, lo harías?”. “Sí, claro”. “¿No te gusta instigar estas cosas?”. “Realmente no. No hay nunca un papel que me gustaría hacer. Un actor básicamente quiere que le pidan hacer algo, no importa en qué posición está. Se siente más natural. Sentarse y esperar es más gratificante”. “¿Esperar a que las cosas caigan en su lugar?”. “Sí. La fruta cae del árbol. No lo agitas antes de que esté listo para caer”. “Entonces están las oportunidades perdidas, las frutas que se pudren en el suelo”. “¡No puedo creer que esté teniendo esta conversación!”, se asombra, casi escuchamos cómo se asusta con deleite Al Pacino.

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El libro incluye nueve entrevistas con Pacino, a lo largo de 236 páginas, y se lee como una obra de teatro en nueve actos, como una biografía de Pacino para que el lector la arme, como una incursión fascinante en la mente de un actor único. Como  muchos  de  los  grandes  libros  periodísticos,  Conversaciones  con Al Pacino muestra un extremo, y todos los extremos tienen maravillas y peligros.

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Como la mayoría de los autores que seleccioné para este libro, Larry Grobel se toma su profesión y sus grandes trabajos hasta el límite, y siempre es difícil saber donde parar.   Al terminar el libro queda una sensación extraña, de que conocemos muchísimo a un actor que a muchos cinéfilos nos entusiasmó, que está ligado a momentos importantes de nuestra vida, que personifica el arte de la actuación. Pero como el mismo arte de Pacino, a veces nos deja con la inquietante noción de que sabemos más de lo que querríamos saber.   Al leerlo no puedo dejar de pensar en una noche mágica que pasé en octubre de 2002, cuando muy pocos se aventuraban cerca de la Zona Cero de Manhattan, donde un año antes habían caído las torres.

Ahí, en una pequeña sala de una universidad pública (Pace), con bancos a la altura del escenario, me senté en la primera fila a ver La resistible ascensión de Arturo Ui, una farsa ácida sobre el auge del fascismo de Bertolt Brecht, interpretada por Al Pacino, Chaz Palmentieri, Steve Buscemi, Charles Durning, John Goodman, Paul Giamatti, un increíble puñado de grandes actores de Hollywood haciendo teatro pobre porque les daba la gana.   Todos estaban tremendos, en parte porque habitaban los personajes que tantas veces les había visto hacer en la gran pantalla: el alcalde corrupto, el matón enamorado de la violencia, el cobarde que se daba ánimos con bravuconadas. Pero Al Pacino daba miedo. Estaba tan metido, tan metido en su papel que sentía, con deleite y con pavor, que se borraban los límites del teatro.

No se puede recomendar en una escuela de actuación imitar el método de Al Pacino. Tampoco se puede recomendar a los periodistas novatos que salgan a entrevistar con el compromiso y el zambullido total con que Lawrence Grobel salió a la caza de Pacino. Pero el libro, como otros grandes e irrepetibles aun para sus mismos autores (A sangre fría, Hiroshima, Cabeza de turco, La noche de Tlatelolco, Operación Masacre), es un clásico imprescindible, que nos seguirá enseñando por años las cotas a las que se puede llegar en nuestro oficio.

*          *          *

Grobel nunca entabló una relación tan intensa y peligrosa como con Pacino, pero sí se enfrascó en otros proyectos extremos en el arte de la entrevista: publicó libros enteros de entrevistas con Truman Capote, con James Michener y con los fascinantes miembros de la familia Huston (especialmente el director John Huston y su hija Anjelica), así como entrevistas con escritores (Endangered Species: Writers Talk About Their Craft, Their Visions, Their Lives) y con acto- res, directores y guionistas de Hollywood (Above the Line: Conversations About the Movies).

No hay periodista activo hoy en día que sea tan famoso en este género y que haya centrado tanto de su carrera en el duro arte de las preguntas y las respuestas con los famosos que llenan de sueños la imaginación de los estadounidenses.

Al final de The Art of the Interview, se mete en un género aún más difícil y peligroso: la autoentrevista. Dice que leyó un texto autobiográfico del gran no- velista Isaac Bashevis Singer, tal vez el último maestro de un idioma en clara ex- tinción, el yidis de los judíos de la Europa oriental de antes de la Segunda Guerra Mundial. El texto de Singer estaba en el extraño género de la autoentrevista: se hacía preguntas y él mismo se las contestaba, y así iba contando su vida.

Le gustó la forma, y cuando estaba escribiendo el libro con entrevistas al exitoso novelista James Michener, decidió proponerle hacer un capítulo que con- tendría las preguntas que Michener sintiera que Grobel no le estaba haciendo.   Como digo, es un género difícil y engañoso, pero muchas veces el entrevistador que quiere transformar sus entrevistas en piezas que avanzan y crecen con aliento narrativo, no solo debe fiarse de las preguntas que tiene preparadas o se le ocurren en el momento. También debe buscar las preguntas que el mismo entrevistado quisiera que le hicieran. A veces son preguntas que quiere, otras son las que secretamente teme o inconscientemente anhela.

Siempre hay cosas que los poderosos o famosos quiere decir pero necesitan que se las pregunten. No hay que caer en la trampa de hacerles la propaganda, por supuesto, pero hay que estar atentos a lo que quieren decir o esperan que se les pregunte. El juego de la autoentrevista es un buen ejercicio.

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Tan bueno que en su The Art of the Interview, Larry Grobel se lo receta a sí mismo.

“¿A quién lamentas no haber entrevistado?”, se pregunta en la penúltima página, antes de los apéndices.

“Lamento no haber entrevistado a dictadores como el antiguo presidente de Uganda Idi Amín y a Sadam Husein de Iraq”, se contesta. “Me hubiera gustado entrevistar a artistas como Picasso, Matisse, Andy Warhol. Escritores como Philip Roth, John Updike, Toni Morrison, Don DeLillo y Tom Wolfe. Me gustaría entrevistar al presidente de Estados Unidos, al primer ministro británico, al jefe de Estado de Israel. Y no me molestaría volver a hablar con Marlon Brando”. “¿Otra vez con Brando? Está muy viejo [el libro salió poco antes de su muerte], ¿por qué querrías volver a hablar con alguien como él?”.

“Porque Brando tiene una forma particular de hablar que está siempre en el borde entre la brillantez y la paranoia. Me gusta hablar con gente que hizo cosas grandes cuando tiene ochenta o noventa años, porque tiene una perspectiva diferente a la que tenían cuando eran más jóvenes. Es por eso que disfruté tanto yendo a ver a Henry Moore, Henry Fonda, John Huston, James Michener y el artista Jan de Swart. Ganaron una cierta sabiduría con la edad. Pero los editores rara vez me llaman para hablar con octogenarios; prefieren escuchar lo que la generación actual tiene que decir. Así es como es. ¿Pero tienes alguna duda de que una entrevista con Brando hoy sería mucho más interesante de leer que una con Keanu Reeves o Brendan Fraser?”, le pregunta a su alter ego.

“Bueno, Reeves hizo esas tres películas de Matrix. Está en la cresta de la ola…”. “¿Sabes qué?”, se dice. “Estás empezando a cansarme. Creo que deberíamos terminar con esto ahora mismo”.

[Publicado el 13/9/2016 a las 00:37]

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Relectura de la Evita de Alicia Dujovne Ortiz: El mito desvelado

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El siglo XX, que dejó tantas epopeyas, catástrofes y sufrimientos, produjo también un puñado de personajes míticos, en el sentido más clásico y "mítico" de la palabra: historias o personajes cuyo significado no se termina de desentrañar nunca, y que adoptan sentidos profundos, a la vez sociales y personales, que cambian con el tiempo y nunca agotan su significado.

Los mitos no sólo se iluminan con nuestras preguntas; también son faros que ayudan a iluminar vidas y tiempos muy alejados de su momento histórico.

No hay país tan pobre que no tenga sus mitos nacionales. Pero muy pocos producen mitos de resonancia universal (o al menos continental). Argentina, el triste país que desde siempre se cae del mapa y que ahora se agarra con los dientes a la economía globalizada, es rica en este tipo de mitos.

En el siglo XX dio a la cultura occidental al menos cinco: Gardel, Borges, Evita, el Ché Guevara y Maradona. ¿Quién no habrá usado nunca dos o tres de estos mitos para pensar y decidir asuntos que nos son caros y constitutivos?

Los argentinos nos vamos haciendo adultos pensando y debatiendo sobre estos personajes. Pero ninguno produce peleas más ardientes, posicionamientos más definitivos ni divisiones más profundas que Eva Perón, la abanderada de los humildes y la bruja del látigo, la santa y la puta, la amada y la odiada. En Argentina, aún hoy las clases sociales, las ideologías políticas, las relaciones entre hombres y mujeres y hasta los conceptos de bondad y maldad se debaten y se miden usando como vara las historias ciertas e inventadas sobre esta mujer extraordinaria.

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Evita nació en el pueblo pampeano de Los Toldos el 7 de mayo de 1919, creció pobre y humillada como hija ilegítima de un caudillo conservador, viajó adolescente a Buenos Aires para hacer carrera como actriz, triunfó en radioteatros y tuvo una carrera mediocre en cine y teatro, se hizo amante y luego esposa del ambicioso coronel Juan Domingo Perón, lo ayudó a llegar al poder, ayudó de mil maneras a los desheredados de su tierra, no consintió matices entre los fieles y los enemigos, en cinco años se volvió un mito amado por los pobres y aborrecido por las clases medias y acomodadas, fue vetada en su sueño de la vicepresidencia por un ejército poderoso y un Perón pusilánime, y murió de cáncer de útero el 26 de julio de 1952, a los 33 años de edad.

He intentado contar los datos básicos, desnudos, pero cada uno de estos tiene mil versiones y contradicciones. Porque la historia de Evita es inseparable de sus significados violentamente opuestos, todo cambia según quién lo cuente: desde su nombre hasta el año de su nacimiento y la hora de su muerte, desde su personalidad a su lugar en el régimen peronista. En lo único en que todos se ponen de acuerdo es en su importancia en la historia argentina.

Para Alicia Dujovne Ortiz, es también indudable otro dato: Más allá de la irresoluble pregunta de si era buena o mala, "Evita es grande", con una grandeza que se resiste a las enumeraciones y que no está en la perfección. Una grandeza innumerable e indefinible, pero evidente.

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Pero no sólo para los argentinos Evita significa algo importante. Su combinación de pasión por los pobres (“mis descamisados”), lujo desmedido y gusto ambiguo (no terminamos de decidir si es el colmo del kitsch o un gusto más allá del gusto) se ha convertido en una estética. En América Latina sigue produciendo perplejidad su personal y apasionada lucha contra la pobreza, de una eficacia indudable, aunque no es ni la beneficencia de las damas de la sociedad ni la revolución comunista.

En los países anglosajones su nombre está atado a la ópera rock de Tim Rice y Andrew Lloyd Webber. Mediante una vuelta teatralmente eficaz pero políticamente ruin, en Evita aparece el Che como voz de la sensatez y los valores burgueses y liberales, burlándose del afán de poder y el uso de la sexualidad de Eva. Para muchos, una tergiversación interesada de la figura del líder revolucionario. A través de Evita y sobre todo de la identificación del personaje con la actriz que la personificó en cine, Madonna, Eva María Duarte de Perón produce esa fascinación culpable que en el siglo XIX despertaban las mujeres libres.

Sobre Evita se han escrito bibliotecas enteras. En la bibliografía del libro de Alicia Dujovne figuran más de dos páginas con títulos de libros sobre ella, y es una enumeración muy somera. Por eso, lo primero que llama la atención de este libro es la palabra más corta, sosa y aparentemente inofensiva de su título.

Este texto aspira, con una ambición pareja a la de su personaje, a ser "la" biografía. Es decir, la definitiva, la absoluta. No es, como gustan titular los norteamericanos, "una biografía" o "una vida". La exquisita escritora y periodista argentina residente en París Alicia Dujovne Ortiz se propone una narración y un análisis completo de la vida de Eva. Esa ambición es a la vez la virtud y el defecto de este libro apasionante.

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Eva Perón. La biografía está escrita como una larguísima carta a un lector culto, inteligente y de una curiosidad omnívora, que la autora supone similar a la suya. Es un libro muy bien escrito, generoso y respetuoso con el lector, y de una gran honestidad.

La honestidad aquí se ejerce de dos maneras. Por un lado, como los defensores y atacantes de Evita dan por ciertas historias e interpretaciones contrapuestas, Dujovne Ortiz detiene la acción en los momentos polémicos (que son casi todos los de la corta vida de Evita) para relatarnos las dos, tres o cuatro versiones de cada suceso, junto con la posición ideológica o el interés particular de quien la cuenta.

El misterio con más versiones es el del supuesto tesoro de los nazis. Cuando Evita visitó oficialmente España, Italia y Francia en 1947, se desvió de su ruta para pasar unos días en Suiza. ¿Para qué? Los antiperonistas no dudan de que Evita llevaba el oro de Martin Bormann para depositar en una cuenta de la pareja, pero no hay pruebas concluyentes. Dujovne Ortiz cuenta lo que se sabe y lo que varios testigos y biógrafos suponen. Y deja la pregunta sin contestar.

Pero por otro lado, la misma autora, como argentina que vivió y soñó con Evita, no deja de meterse en la historia. Alicia Dujovne coloca sus asombros y dudas al lado de los de los personajes, y cuenta dos o tres historias reveladoras de su propia biografía. Por ejemplo, al hablar de la represión de los políticos opositores, enumera a un grupo de militantes comunistas encarcelados por el régimen peronista.

El último de la lista es Carlos Dujovne, "mi padre", apunta la autora, como si tal cosa. Cuando la radio anuncia la muerte de Evita, la Alicia de 13 años se encierra en su cuarto a llorar. La persona que hay detrás de la autora creció entre la fascinación por Evita, la mujer extraordinaria, y la consciencia de la base totalitaria del régimen que la tuvo como bandera y la exacerbación de los odios que el peronismo dejó a los argentinos.

El libro se vuelve farragoso y erudito al intentar agotar las ramas que se desprenden del frondoso árbol de la historia de Evita. Pero este método, que deja por 10 ó 20 páginas a su personaje para explicar aspectos de la identidad argentina o la trayectoria de personajes secundarios, tiene dos grandes diques que evitan el anegamiento: la personalidad incandescente de Evita y el estilo, a la vez evocativo y llano, de la autora.

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Es interesante comparar La biografía con otro libro reciente, aún más exitoso en las librerías: Santa Evita, del periodista y novelista Tomás Eloy Martínez.

Éste último, investigado y escrito más o menos en la misma época, es un perfil periodístico. No pretende echar luz sobre todos los recovecos y los incidentes de la biografía de su personaje, sino centrarse en unos pocos, narrarlos de forma novelada (cuenta cada hecho como si el autor hubiera estado presente, como quien cuenta una historia inventada) y elegir un puñado de personas que representen a grupos, sectores o reacciones.

Por ejemplo, en el libro de Dujovne Ortiz se explica el funcionamiento de la Fundación Eva Perón y se enumeran las cosas que ella regalaba, desde dientes postizos hasta casas, y que cambiaron la vida de millones de argentinos. Podemos entender la magnitud de su tarea. En Santa Evita, se sigue el día de un obrero, que representa a los millones, y se asiste a la deslumbrante aparición de Eva en su oficina de la Secretaría de Trabajo y Previsión desde la emoción de ese personaje inventado pero real.

¿Cuál acercamiento es mejor? Ambos son válidos, y en el caso concreto de estos libros, los dos son excelentes. Y no serán los últimos. Hay en todos nosotros tanto de Evita, la virulenta, la apasionada, la contradictoria, que la luz de su mito no se apagará mientras haya quien quiera contar o escuchar una gran historia.

Eva Perón. La biografía
Alicia Dujovne Ortiz
Punto de Lectura, 2002 (1ra. ed., 1996)
542 páginas

[Publicado el 31/8/2016 a las 17:48]

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Bru Rovira y el periodismo como poesía de la calle

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Vittorio. Ramón. El gitano. Josefa. José Antonio. Rosa. Benavente. Ana Luisa. Pobres y dignos luchadores de la vida, heridos pero enteros, habitantes de los viejos barrios bajos de Barcelona. En manos del cronista Bru Rovira, son personajes inolvidables.

Rovira se labró una sólida reputación como reportero de conflictos olvidados, pobrezas africanas, luchas y epifanías del Sur del mundo. Muchas están recogidas en su estupenda colección de relatos, Áfricas.

El lector de Bru Rovira espera que viaje lejos y le traiga la voz y las historias de “los otros”. Por eso sorprenderá a muchos que esta vez se haya fijado en sus vecinos, los hombres encallecidos y las mujeres ojerosas que uno puede encontrarse en cada esquina de la Barcelona macarra.

Pero para Rovira no hay cerca ni lejos: hay historias que se consiguen con mucho tiempo escuchando y acompañando a la gente que le interesa. Y con ellas, construye textos vibrantes y humanos, que tienen el pulso de las novelas y la economía verbal de la poesía.

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Uno fue legionario. Otro, mercenario en África. Aquella anciana toca el piano pero las ratas se están comiendo su instrumento. Aquel se vio envuelto en un confuso episodio de violencia doméstica. “El periodista”, como lo llaman, los escucha a todos con empatía y con piedad. No los justifica, no los defiende: les otorga la dignidad del respeto absoluto.

El libro abre y cierra con la muerte y entierro de Vittorio, el mercenario italiano. A medida que lo vemos caminar con parsimonia y fumar y beber a saco y contar su vida deshilachada por el Raval, cada lector se acordará de personajes cercanos a los que en algún momento no prestó la debida atención.

La realidad política y económica entra por las rendijas del libro. Durante los años en que Rovira acompaña a sus personajes entre jornadas en la redacción de La Vanguardia y largos viajes a África se desencadena la crisis, se desploma el estado de bienestar, los servicios sociales pierden financiamiento, la red pública de apoyo a desamparados como muchos de estos personajes se desmorona.

El libro trata también de esto, de lo que pasa en la política española pero desde abajo, a pie de calle. Donde duele.

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Hacia el final, Rovira relata la historia de un reportero del diario Rocky Mountain de Denver. El hombre fue tan feliz recorriendo como periodista las calles de la ciudad, hablando con la gente, recogiendo sus historias, tomando el pulso de su época, que quiso que al morir sus cenizas se enterraran en la columna del vestíbulo de la redacción. Hoy el diario fue comprado por una impersonal cadena de publicaciones.

El autor imagina a un nuevo director de Recursos Humanos que quisiera sacar las cenizas de ahí, para “borrar cualquier huella del pasado. Atajar preventivamente cualquier posible ataque de nostalgia entre los jóvenes periodistas”.

Pero, en la ilusión de Rovira y también en el indispensable ideal que ha guiado siempre su carrera y su importante obra, este funcionario terminaría descubriendo “que si sacaba las cenizas de la bendita columna, el edificio entero se hundiría”.    

 

Bru Rovira: Solo pido un poco de belleza. Papel B. 248 páginas. 

[Publicado el 15/8/2016 a las 15:42]

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Jóvenes cronistas que llegan a tiempo

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Qué alegría que jóvenes y pujantes cronistas me pidan que prologue su primer libro colectivo: Melissa Silva, Roberto Valencia, Nilton Torres, Luis Felipe Gamarra y Clavel Rangel escribieron a diez manos Pequeñas batallas, grandes historias. El libro está disponible en Amazon.

Las miradas de estos jóvenes pero ya veteranos reporteros están muy vinculadas a sus lecturas de la crónica latinoamericana, pero son historias de tres continentes y de una gran diversidad temática. Aquí les comparto mi prólogo. Espero que el libro vuele alto. El periodismo narrativo del Sur está en buenas manos.

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Fue a mediados de octubre de 2007, en el primer día de clase del Máster en Periodismo de la Universidad de Barcelona. En mi función de director aguafiestas, les estaba recomendando a los alumnos que nunca hay que llegar tarde, ni a clase ni a una rueda de prensa ni a una cobertura informativa. Y usé una frase que repito como un mantra desde hace décadas: “Nunca es demasiado temprano”.

Melissa Silva estaba sentada en el costado izquierdo, y levantó la mano con educación pero decidida. “A veces sí es demasiado temprano”, dijo con ese tono cantarín de los venezolanos. Apenas nos estábamos conociendo, y me impresionó la seguridad con la que me contradecía. ¿Cómo es eso de que se puede llegar demasiado temprano?

Y entonces nos contó la historia. Era una jovencísima reportera de sucesos en un diario de su país, y el jefe la envía a una zona apartada, donde el jefe de policía daría declaraciones. Como no sabía el camino y el tráfico estaba pesado, salió con muchísima antelación. Cuando llegó al descampado, vio a lo lejos cómo unos policías se llevaban a un hombre maltrecho pero vivo a unos matorrales. Faltaban al menos dos horas para la comparecencia del oficial. Fueron llegando los colegas, la mayoría a la hora de la comparecencia.

Cuando apareció el jefe, anunció que un peligroso delincuente se había escapado, que había disparado contra los agentes, que estos se habían defendido, y que en el tiroteo el hampón había muerto.

De vuelta a la redacción, siguió contando Melissa, habló con su editor: todo era mentira, no hubo tiroteo, lo fusilaron, yo lo vi. Estaba alterada.

El hombre sonrió, le dijo que se calmara y le hizo una simpática reprimenda: “Muchacha, es que llegaste demasiado temprano”.

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Nunca olvidé la historia que Melissa Silva contó esa mañana. Y siempre supe que aún en los inicios de su carrera, ella ya sabía que sí hay que llegar temprano, aunque nos traiga problemas, aunque se enoje el editor que quiere quedar de buenas con el poder. Melissa ya sabía de las alegrías y las angustias que da el llegar temprano.

Por eso no me asombra, casi una década más tarde, que sea ella quien me apresure ahora para que termine yo este prólogo. Quiere llegar a tiempo con esta excelente colección de crónicas que compaginó junto con cuatro compañeros de generación: los cronistas del presente y del futuro.

La misma Melissa Silva inicia la serie con el retrato de una anciana de Corea que lucha por los derechos de las víctimas de la esclavitud sexual del ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial. En una crónica que sabiamente combina lo que Gil Won recuerda de la terrible historia pasada con sus jornadas de enfrentar a las cámaras y su valiente viaje a Japón, su personaje se nos construye a los lectores como mucho más que una militante por su propio pasado: su lucha es por la verdad, por la dignidad de todos.

El cronista peruano Nilton Torres Varillas se encara con un aventurero catalán que encontró la Chinkana, un secreto prehispánico que la iglesia no quiere que se revele. Es un relato de búsqueda al otro lado del mapa, de vocación, de sueños llevados al límite, contado con pericia y arte.

Su compatriota Luis Felipe Gamarra sigue al padre de un policía muerto en un turbio enfrentamiento con indígenas indignados. La lucha de Felipe Bazán Caballero también es por la memoria y la dignidad de su hijo. Una emotiva historia de dolor y resistencia.

El aguerrido reportero vasco afincado en El Salvador Roberto Valencia narra la curiosa historia de un famoso comentarista deportivo argentino convertido en gestor de proyectos para dotar de educación y futuro a la juventud desesperanzada de El Salvador. En sus viajes con el quijotesco Alejandro Gutman, Valencia le hace unas veces de Sancho Panza y otras de doctor Watson, atento a las extrañas sentencias y la capacidad inspiradora de su fascinante personaje.

Por último, la periodista venezolana Clavel Rangel perfila a un personaje multifacético, complejo, a la vez heroico y problemático: Vallita, la luchadora comunitaria de un barrio violento de Ciudad Guayana. Vallita cuenta su vida de puños cerrados, de dolor largo y efímera esperanza, de dar y recibir golpes. Rangel no la justifica: la explica, y de esa manera nos permite entrar en el alma oscura de los que devuelven el golpe o sucumben.

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Cinco historias, cinco personajes muy distintos, cinco formas de narrar que muestran que la crónica periodístico-literaria está viva en América Latina y tiene mucho que contar. Ninguno de estos relatos aparecerá en la portada de los periódicos, en la apertura de los telediarios: no son presidentes ni empresarios exitosos ni deportistas famosos y modelos ni actores de telenovela. Son luchadores: saben qué los mueve y dónde quieren llegar. Se explican con pasión y claridad. No se hacen ilusiones sobre sus países injustos y desgarrados. Sus historias son dramas, no tragedias: todas dejan una rendija abierta a la esperanza.

Fui conociendo a estos cinco autores, que son lectores, reporteros y escritores impenitentes a lo largo de los caminos del ejercicio de la crónica y la enseñanza del periodismo relevante, el que pega y se nos queda pegado a la piel. A todos los admiro: son valientes, enfrentan peligros, piensan que el oficio de periodista tiene un fuerte componente ético, de compromiso con la verdad, con la justicia. Ven su trabajo como un constante rescatar voces acalladas, voces olvidadas, y darles el lugar que se merecen.    

Y pensar que todo empezó hace casi una década, cuando dije en clase que no se puede llegar demasiado temprano sin sospechar que en la orilla izquierda del aula se levantaría el brazo de Melissa Silva para contradecirme y al mismo tiempo regalarme la dolorosa historia que me daría la razón.

Estos cinco textos de luchadores por la verdad llegan justo a tiempo. 

[Publicado el 02/8/2016 a las 14:58]

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Para malvados, los de la ópera

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La Flauta Mágica en el Gran Teatre del Liceu. Puesta en escena de Suzanne Andrade y Barrie Kolsky y videocreación de Paul Barritt. Escena final con la Reina de la Noche. Foto: A. Bofill

Dicen que cuando a Freddy Mercury le propusieron subirse a un escenario para cantar “Barcelona”, la canción de la Olimpíadas de 1992 en esa ciudad, con la soprano Montserrat Caballé, pensó que debía ponerse serio y solemne, moderar su furor rockero, bajarse del caballo. Actuaría con una dama clásica entrada en años.

Pero en el primer ensayo, el vendaval de gesticulación extrema y agudos que rompen copas de la gran cantante lo dejó con la boca abierta. Estaba ante una verdadera diva de la ópera… ¡lo que él soñaba ser!

Nada es moderado en el arte lírico. Es cierto que el público sea por lo general gente mayor, vestida de gala, que no grita ni baila ni se desgañita cantando con sus ídolos. Pero sobre los escenarios de la ópera se desarrollan las escenas más dramáticas, los amoríos más fulminantes, las muertes más tremendas, los peores odios y también las risas más frescas, en las comedias inteligentemente divertidas de Rossini y Donizetti.

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Y entrando en el terreno de los personajes malos, nadie es más malo que un malo de ópera. Porque un malo que canta con bella voz mientras la orquesta acompaña con arrullo de violines o fanfarria de trompetas sus falsas promesas es el colmo de la maldad. Hay malos que se conocen desde la primera nota: por ejemplo Scarpia, el jefe de policía torturador y lascivo de Tosca de Puccini. O Salomé, la niña perversa que ordena cortar la cabeza del casto Juan Bautista en la ópera homónima de Richard Strauss. Pero los peores  malos son, como en la vida real, los que la van de buenos.

Hoy quiero traerles mis tres preferidos. Son malos que ponen en acción la maquinaria del drama, porque convencen a almas incautas de que sus fines son nobles y de que los otros – los verdaderos buenos – merecen ser destruidos.

Primero, La Reina de la Noche de La flauta mágica de Mozart.  Aparece en una nube de ritmo marcial y convence al príncipe Tamino de que su hija ha sido secuestrada por el padre y que ella, la madre doliente, sufre por la injusticia y la ausencia. Tamino corre a rescatar a la princesa, pero se encuentra con que el padre es un monarca sabio, que la princesa está con él por su voluntad y que la verdadera mala es la nocturna Reina.

En su última aparición, ya desprovista de la careta de buena madre, exige a la hija que mate al padre, le entrega un cuchillo y canta la famosa arias con una sucesión demencial de notas agudas: el agudo, que para los barrocos era la voz de la inocencia y del amor, con el gran dramaturgo Mozart se convierte en el aullido de la maldad demente. En un giro de guión genial, Milos Forman convierte en su película Amadeus el aria de la Reina de la Noche en el reproche constante de la suegra del compositor.

La última Flauta mágica que vi, esta semana, fue una producción sorprendente de la Ópera Cómica de Berlín que vino este año a Barcelona y a Madrid, con dirección de escena de Suzanne Andrade y Barrie Kolsky y videocreación de Paul Barritt. Ante una pared en blanco, todo está proyectado como en una película muda de 1927 (el año es también el nombre del grupo creativo), con los cantantes casi siempre inmóviles, integrados en las imágenes proyectadas. Tal como se ve en la foto, la Reina de la Noche es una enorme, escalofriante araña de metal.

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Segundo ejemplo: Ortrud, la bruja de Lohengrin de Wagner. Ortrud está casada con el noble Friedrich von Telramund y forman una pareja en busca de la venganza y el poder. El marido acusa a la inocente Elsa de haber matado a su hermano pequeño, el heredero al trono de Brabante. Elsa pide que un héroe la defienda en un combate a muerte contra Friederich. Como era de esperar, a los dos primeros golpes de bastón, no aparece ningún voluntario. Pero a la tercera, llega montando un cisne blanco el caballero de la reluciente armadura.

Él le exige que nunca le pregunte cómo se llama, ni de dónde viene, ni cuál es su linaje. Lohengrin vence a Friederich pero le perdona la vida. En ese momento de debilidad comienza a llevarse a cabo el malvado plan de Ortrud: poco a poco, durante el larguísimo segundo acto, vierte en el inquieto oído de Elsa el veneno de la insidia: ¿por qué no te quiere decir cómo se llama? ¿qué te oculta? ¿cómo puedes confiar en él si no te confía lo más básico de su identidad?

Finalmente, en la noche de bodas (que se inicia con la Marcha Nupcial que aún resuena en las iglesias), Elsa no aguanta más y hace las preguntas prohibidas. Lohengrin no puede hacer otra cosa que contestar y marcharse de vuelta a su reino de caballeros. Ortrud cae derrotada (como antes la Reina de la Noche), pero el mal que propagó jugando con diabólica maldad de amiga y aliada ya hizo su efecto.

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Último ejemplo: la penúltima y para muchos la mejor ópera de Giuseppe Verdi: Otello, basada en la tragedia de Shakespeare. Otello, el moro de Venecia, está perdidamente enamorado de la rubia y aristocrática Desdémona. Acaba de volver de derrotar a los piratas y, aunque es negro y de origen humilde, los dueños de la ciudad le dan plenos poderes. Acaba de nombrar capitán a Casio, y el pérfido Iago, quien aspiraba al puesto, no lo perdona. Con maldad disfrazada de amistad desinteresada, Iago inocula lenta y magistralmente la enfermedad de los celos en la mente del inseguro Otello.

El plan de Iago es perfecto: primero emborracha a Casio y lo incita a la pelea con otro militar. Cuando Otelo lo castiga, le propone que convenza a Desdémona para que interceda por él. Cuando le dice a Otelo que sospecha de que hay algo entre su esposa y el capitán, la tragedia está servida. El moro se hunde en el abismo de sus celos, cada nuevo dato que le clava Iago con falsas advertencias de que son solo conjeturas lo abisman más y más, y al final asesina a su amada esposa en uno de los finales más espeluznantes de la historia de la ópera.

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Iago, Ortrud y la Reina de la Noche terminan mal. La crueldad del falso amigo no paga, pero casi siempre es demasiado tarde. A diferencia del malvado sin fisuras, el que lleva su juego de cruel bondad hasta el final no piensa en salvarse: solo le interesa su obsesión por destruir a su enemigo.

Y la ópera es el terreno perfecto para que estas tragedias nos atrapen y nos horroricen. Nadie puede resistirse a un malo que canta, que extiende su red de destrucción en bellas melodías. Y para el oyente, cuando está bien ejecutada, la insidia cantada es tan insoportable como imposible de olvidar.   

[Publicado el 26/7/2016 a las 15:58]

[Etiquetas: Wolfgang Amadeus Mozart, La flauta mágica, La reina de la noche, Giuseppe Verdi, Otello, Otelo, Iago, Richard Wagner, Lohengrin, Ortrud, Elsa, Freddy Mercury, Montserrat Caballé]

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La cámara y las calaveras de mazapán

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Foto de Carlos Jasso (Reuters)

Es de esas fotos que están moviéndose en la cuerda floja, entre lo sublime y lo cursi. Suele pasar cuando un fotógrafo o un editor buscan una imagen amable que ilustre un tema violento, duro, amargo. A mí me impactó mucho. Me pegó, me interpeló. Por eso la coloco, apenas, del lado de lo sublime.

Esta foto acompaña la noticia de un informe de la Campaña Emblema de Prensa (PEC con sede en Suiza: en los primeros seis meses de este año, han sido asesinados 74 periodistas en 22 países. De los seis países más peligrosos para ejercer este oficio, seis son de Medio Oriente, donde hay guerra desatada: Afganistán, Siria,  Irak y Yemen.

Pero los otros dos están en el centro de América. En México (ocho periodistas asesinados) y Guatemala (cinco), la combinación de terror narco, policía corrupta, estado cómplice, bandas juveniles y delincuencia feroz se ensaña con los reporteros. La muerte nos afecta siempre, pero como periodistas, los asesinatos de colegas nos duelen hasta lo indecible.

La foto es de México, y muestra esa iconografía de la muerte tan propia del sincretismo de ese país, que combina una religiosidad popular con elementos de cristianismo áspero, creencias indígenas y una filosofía de resignación y vitalismo. Sobre la mesa, unas calaveras de mazapán como las que proliferan el Día de los Muertos.

Los ojos, agujeros tapados por una luminiscencia violeta, parecen gritar. El lugar de las bocas (en las calaveras, los diente sin boca parecen reír con furia) está tapado por una especie de pañuelos que causan inquietud. Fue para taparles la boca que muchos de estos periodistas fueron asesinados.

Y en un cajón semi-abierto asoman un diario y una vieja cámara de fotos analógica.  El oficio de siempre. La lente nos apunta a nosotros: a usted que está leyendo, a mí, al asesino por última vez. Pero detrás de la cámara ya no hay nadie.  

[Publicado el 21/7/2016 a las 15:32]

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¿De qué escriben los jóvenes cronistas argentinos?

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La más “vieja” nació en 1984. Los más jóvenes, en 1994. Los nueve estudiantes de periodismo que ganaron el concurso convocado por la Fundación Tomás Eloy Martínez, cuyo premio consistía en someterse a un proceso de edición de la admirada cronista y maestra Josefina Licitra y entrar en este libro (Nunca la misma historia, Editorial Marea), nacieron todos después del final de la dictadura.

Estos chicos no vivieron ni un día bajo estado de sitio, no sintieron ese miedo en las calles de noche, esa censura en los medios, esas caras adustas de los generales en el poder. Y eso se nota.

Sus historias no son como las crónicas de los desaparecidos y los exiliados, de lo que no podía ser dicho pero debía ser dicho, de los temas que surgieron a borbotones cuando volvió la democracia. Sus temas son de la gente común, de los dramas de la falta de trabajo y dinero, de la soledad, de la inmigración, de la sexualidad. El Estado apenas si aparece. Las gestas del pueblo, tampoco.

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Sí se vislumbra un pasado político en uno de los mejores textos (publicado ya en la revista Viva de Clarín). En “El kilómetro cero del peronismo”, Emiliano Pasquier (nacido en 1989, terminado ya el gobierno de Alfonsín) traza un original cuadro costumbrista de la calle Nueva York de Berisso, cuna del fervor obrero que encumbró a Perón, puntal de su movimiento y hoy gobernada por un radical, vacía de cultura obrera y en manos del comercio callejero y el deterioro. La política vive allí en los recuerdos del pasado.    

En los otros textos se despliegan la crónica de un taller de constelaciones familiares, un viaje a la incomunicación de los inmigrantes chinos, el teatro lúcido y valiente de los ciegos, el dilema del arte contemporáneo donde el público es la obra, la lucha y la cultura de los trans-género, la historia del proyectista de un cine porno, una inmersión en el infierno de la ludopatía y el cariñoso perfil de una carnicera, un trabajo de amor que culminó con la presencia de la misma carnicera en la presentación de Nunca la misma historia en la Feria del Libro.  

Hay varios puntos en común en los textos. En todos es la historia, la sucesión de escenas, lo que empuja la narración.  Todos tienen como eje la búsqueda de la voz de los personajes, que se desgranan en diálogos que huelen a verdad.

No hay tesis, no hay conclusión: se presenta, se cuenta, no se demuestra nada. Pero de todos el lector sale sabiendo algo más, conociendo mejor el aquí y el ahora.

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Estos cronistas nóveles ya aprendieron el arte de la modestia, del hacerse a un lado y dejar que la historia se cuente sola. Los comienzos son mejores que los finales, pero eso es lógico: es mucho más difícil encontrar un buen final. Eso se aprende con el tiempo.

Lo que percibo como buena señal de este conjunto de periodistas narrativos del futuro es la ambición, el hambre, las ganas de trabajar, de salir de su zona de confort. Y el interés por conocer mundos desconocidos en su mismo entorno. Sus historias no vienen de fuera, no son ejemplos de causas o consignas. Crecen de dentro, orgánicamente.

Este libro es recomendable, entre otras cosas, porque es un mapa de cómo escriben los cronistas que no vivieron los años de plomo. Escriben con la levedad y la alegría del que sabe que tiene derecho a indagar, a entender, a contar.

Nunca la misma historia: Nueve nuevos cronistas. Prólogo de Josefina Licitra . Ed. Marea/Fundación Tomás Eloy Martínez.  116 páginas.

Esta crítica fue publicada originalmente en el suplemento cultural Ñ de Clarín.   

[Publicado el 11/7/2016 a las 13:33]

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Seis días de Ryan Gattis: Periodismo de ficción y una semana sin ley

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Parece una novela de no ficción. Pero es lo contrario: es un relato inventado, con personajes y anécdotas que surgen de la imaginación del autor, pero que simula la estructura y el lenguaje de un relato periodístico.

Después de que los maestros del Nuevo Periodismo Truman  Capote, Norman Mailer, Gay Talese y compañía inventaran la novela de no ficción, ahora crece imparable el periodismo de ficción.

Puede seguir la supuesta investigación de un periodista que lleva el nombre del autor y que entrevista a sus personajes de ficción, como hace Javier Cercas en Soldados de Salamina. O puede proponer una sucesión de testimonios de protagonistas ficticios de un hecho real, como hace Ryan Gattis en Seis días.

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Ryan Gattis no es, nunca fue, periodista. Su mundo es la ficción, pero con mucha investigación detrás. Seis días (All Involved) es su tercera novela. Cuenta en todas las entrevistas que iba para militar pero en la adolescencia le rompieron la nariz y empezó a leer desesperadamente. Creció en Colorado y vive en California, el lugar donde se desarrollan estos hechos. Allí investigó durante dos años para escribir este libro.

Los “seis días” de su novela comienzan el 29 de abril de 1992. El lugar es un polvorín a punto de estallar llamado Los Ángeles. Cuando un jurado popular absuelve a los policías blancos que habían apaleado a un afroamericano llamado Rodney King, la población negra de la ciudad estalla en una cólera colectiva que siembra el caos durante seis días.

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El caso Rodney King fue pionero en muchos sentidos. La paliza había sido grabada en video. Una comunidad entera vio la escena y se sintió estafada con el veredicto. Fue la gota que rebalsó el vaso. Sin este precedente es difícil entender las revueltas recientes en Ferguson y en Baltimore.

Pero Seis días usa el caso King como telón de fondo de otra historia: sus personajes son casi sin excepciones latinos. Para esas pandillas, la semana sin ley es una oportunidad: de robar, de saldar cuentas, de asesinar. Las banda de Mosquito y de Gran Destino se disputan el territorio. Mosquito mata a la hermana menor de Destino y éste manda a matar al hermano mayor de Mosquito aprovechando que la policía les ha dejado el barrio libre.

Diecisiete jóvenes furiosos y excitados con apodos como Peligro, Apache, Momo o Termita cuentan en sus supuestas propias palabras los sucesos de la semana sangrienta y  nos sumergimos en la mente de estos jóvenes sin futuro que toman la cólera de los negros como una oportunidad.

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Hace medio siglo esta excelente novela podía leerse como una sucesión de voces literarias. Como Mientras agonizo, de John Steinbeck, digamos. Pero hoy no. Después de leer tantos testimonios en primera persona y ver tantos documentales, ya es imposible leer este texto como otra cosa que un gran reportaje de ficción.

 

Ryan Gattis: Seis días.

Seix Barral. Biblioteca Formentor. 492 páginas. 

[Publicado el 03/7/2016 a las 23:39]

[Etiquetas: Ryan Gattis, Seis días, Nuevo Periodismo, Gay Talese, Truman Capote, Norman Mailer, Javier Cercas, Soldados de Salamina, Rodney King]

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Kapuscinski descubre su voz en el África de Lumumba

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Estrellas negras es el último libro de Ryszard Kapuscinski en aparecer en castellano (en febrero de 2016), y también el primero de sus libros como corresponsal extranjero. Antes solo había publicado La jungla polaca: una colección de sus primeras crónicas en su país, pero el Kapuscinski que conocemos nace, creo con Estrellas negras.

Proviene de su primer viaje a África en 1959, que ya muestra, en embrión, todas las características del “mejor reportero del mundo”. Sus recursos, su estilo y sus ideas ya están allí, como si las estuviera creando ante nuestros ojos. Y también, la mirada sobre las luchas del Tercer Mundo que trajo a América Latina en los setenta.

1.       I. 

En 1959 Ryszard Kapuscinski es enviado por primera vez a África por la agencia oficial de noticias polaca. Tal como relata la académica puertorriqueña Sarah Platt en su tesis sobre el gran periodista literario: “Desde Londres tomó un vuelo hacia Accra, capital de Ghana, primer país africano independiente que visitó. Llega al país sin contactos y con muy poco dinero, aunque desde el inicio se sentirá más a gusto aquí que en India y China (sus primeros destinos como corresponsal). Alquila una habitación en el Hotel Metropol, un albergue que se encontraba en pésimas condiciones, en un barrio comercial de la capital. Luego recogerá su experiencia inicial de esta manera: ‘He dormido en cientos de hoteles de veinte países distintos, pero sólo éste he llegado a considerarlo un hogar, y cuando entraba en él me sentía feliz’.”

Kapuscinski en estado puro, pero al inicio de su carrera. De su viaje traza retratos de dos países recién independizados y de dos grandes líderes que ayudan a entender la política anticolonial de la época y el personalismo cuasi-religioso que todavía lastra el continente: la Ghana de Kwame Nkrumah y el Congo de Patrice Lumumba.

Nkumah y Lumumba eran carismáticos líderes de sus pueblos. El joven periodista polaco escucha sus discursos al pie de la tarima, rodeado de enfervorizados negros. Es el único blanco. Cada tanto, constata que lo miran con odio: parece un colono. No, les explica, es uno de ellos, el periodista revolucionario de un pueblo pobre y socialista. Las cosas no pasan a más, pero mientras tanto, Kapuscinski va armando su asombrosa caja de herramientas narrativas. Los líderes adorados se van convirtiendo en mesiánicos y totalitarios; sus seguidores en turbas violentas. A Nkrumah lo echan del poder. A Lumumba lo asesinan sus enemigos proyanquis con ayuda de la CIA. Las estrellas negras estallan, y otras las reemplazan.

A medida que avanza su recorrido, aparecen otros personajes: los flamantes burócratas, los intelectuales enardecidos, los periodistas desorientados y, en un relato colectivo demoledor, el colono blanco: pocas veces fue tan duro el maestro polaco como con el blanco racista de África.

Y el Hotel Metropol, donde sus compañeros lo llamaban ‘Red’, en un texto que ya prefigura la forma que encontrará el Kapuscinski maduro, el de Ébano, La guerra del fútbol, El emperador y El Sha.

“Vivo en una balsa, en un callejón de un barrio comercial de Acra. La balsa se eleva sobre unos postes hasta la altura de un primer piso y se llama Hotel Metropole. Durante la estación de las lluvias, esta rareza arquitectónica se pudre y se enmohece, y en los meses de sequía cruje y se resquebraja. Pero ¡se mantiene en pie!”

Así comienza el capítulo dedicado a su añorado hotel. ¿Y qué se hace en el Metropole? Beber a saco.“En el trópico, beber es obligado. Cuando dos personas se encuentran en Europa, se saludan diciendo: ‘¡Hola! ¿Qué tal?’. En el tr´pico, intercambian un saludo distinto. ‘¿Qué vas a tomar?’ Aunque también se beba durante el día, el beber de verdad, el programático, empieza con el ocaso, pues el ocaso anuncia la noche, y la noche acecha al osado que se haya burlado del alcohol”. 

Ya combinaba aquí el relato de hechos históricos, la anécdota personal, el análisis ensayístico y la pintura inigualable de personajes, que incluyen a los corresponsales de guerra: hay cobardes y valientes, sobrios y borrachos perdidos, éticos y veniales, divertidos y tacirurnos. Pero son su tribu en el otro lado del mundo, y el joven ‘Red’ los pinta con maestría, con piedad y con cariño.

2.       II.

Tras volver de su primer viaje africano, Kapuscinski publicó 17 crónicas en una revista literaria y se disponía a armar un libro cuando fue enviado de vuelta a África, esta vez como corresponsal. Empezarían así, en 1961, las dos décadas más fructíferas del Kapuscinski, sus larguísimas estancias en África, Asia y América Latina, que la Colección Crónicas de Anagrama ha ido desgranando a lo largo de 20 años, siempre en impecables y luminosas traducciones de Agata Orzeszek.

Mucho del Kapuscinski maduro ya estaba en estas crónicas a vuelapluma. Muchas de sus ideas y certezas sobre el mundo surgieron por primera vez en las noches bochornosas del Hotel Metropol. Como recodaría una década más tarde en el primer libro que sí organiza él, La guerra del fútbol y otros reportajes, “Mi experiencia africana me llevó a descubrir una realidad que me atraía y me fascinaba mucho más que una expedición a un poblado de brujos o a una reserva de animales salvajes. Estaba asistiendo al nacimiento de la neuva África, y no se trataba de una metáfora ni del título de un artículo de fondo, sino de un auténtico parto que unas veces se producía en circunstancias dramáticas y dolorosas y otras entre el júbilo y la alegría”.

Esta experiencia africana, donde descubre la complejidad de la política post-colonial, con sus dramas y sus júbilos, con pueblos en marcha por su liberación y líderes fulgurantes que se inmolan por sus ideas fanáticas o se convierten en corruptos, será la principal maleta que lleve en los setenta, cuando desembarque en América Latina.

Su visión de la guerra fratricida en El Salvador y Honduras, de la represión en México, del dominio de las multinacionales en Guatemala, del golpe en Chile, le viene de sus años africanos. Sus historias de guerrilleros que luchan por el inasible concepto de la dignidad nacional, de miserables que recogen zapatos de muertos en medio del combate, de las maquinaciones de las grandes multinacionales aliadas con gobiernos entreguistas que jalonan La guerra del fútbol y Cristo con un fusil al hombre vienen de sus observaciones y sus largas charlas africanas.

Era la visión socialista que mamó en la Polonia de posguerra, pero sobre todo el protagonismo del sufrimiento y la lucha del pueblo que lo asombró en África.

Y también es el comienzo de su visión de la complejidad del poder, del ejercicio y el aura del poder, que brilla en El Emperador y El Sha. En Estrellas negras brilla el primer perfil de un líder complejo, el incandescente Lumumba. En la prosa del primer Kapuscinksi, se siente cómo el autor busca sus temas, sus personajes, piensa en voz alta. “Patrice es un hijo del pueblo. También a veces se mostrará ingenuo y místico, también tendrá ese temperamento propenso a súbitos saltos de un extremo a otro, de un estallido de felicidad a la más muda desesperación. Lumumba es una figura fascinante por lo enormemente compleja. (…) Apasionado, inquieto, caótico, poeta sentimental, político ambicioso, alma impulsiva, increíblemente rebelde y  dócil a la vez, confiado hasta el final en su verdad, sordo a las palabras de otros, seducido por su propia y magnífica voz”.

De allí viaja y nos sigue descubriendo a los latinoamericanos un continente que despuntaba entusiasmos en las figuras de Fidel Castro y el Che Guevara.

3.       III.

Cuando Kapuscinski marchó en 1961 a tomar su puesto como corresponsal en 50 países, responsable por entender medio millar de grupos étnicos en un continente en llamas, sus editores juntaron sus 17 crónicas y publicaron, sin su participación, el que sería su primer libro, Estrellas negras.

Ahora ven la luz en castellano. Este año Anagrama y Orzeszek regalan a la legión de sus lectores este libro vibrante e imperfecto, que permite completar el camino vital y autoral del gran cronista. Es el último Kapuscinski, y también el primero.   

Estrellas negras es un Kapuscinski en formación, que deja escapar sus entusiasmos y enconos, que se deja llevar en la descripción de largas escenas que podrían cortarse. Pero también permite presenciar, como testigos privilegiados, su descubrimiento de África, el continente que le ayudó a descubrirse a sí mismo.

Ryszard Kapuscinski: Estrellas negras. Anagrama. 220 páginas. 

[Publicado el 27/6/2016 a las 22:50]

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Contar las guerras latinoamericanas en Oxford

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Una sesión del congreso en Oxford: el debate tras la presentación de Aleksandra Wiktorowska sobre Ryszard Kapuscinski en Latinoamérica

¿Cómo se cuenta el horror, la muerte, la opresión, la paz y la concordia, desde la literatura y sin faltar a la verdad? ¿Cómo se cuentan las historias verdaderas de una región tan difícil de entender y tan fácil de amar como América Latina?

Esta semana (el 13 y 14 de junio) se llevó a cabo en el Wolfson College de la Universidad de Oxford un congreso sobre “Periodismo literario y guerra en América Latina”. Un puñado de estudiosos de la literatura, el periodismo y la historia discutimos amigablemente sobre las formas en que los conflictos de ese continente convulso y fascinante fueron y son contados desde la crónica del Sur y del periodismo narrativo del Norte.

Fueron unos días intensos, de pensar en hechos terribles pero siempre desde la ilusión. En Oxford me alegró mucho encontrarme con viejos y nuevos amigos y conocer sus investigaciones e ideas sobre un tema que me duele y me fascina.

Hace casi un año, cuando el profesor John Bak, de la Universidad de Lorraine en Francia, me propuso ser el orador principal (keynote speaker) de este congreso la alegría y la responsabilidad me abrumaron a partes iguales. John  es un gran profesor y organizador de encuentros en este mundo: de él fue la idea de fundar la Asociación Internacional de Estudios de Periodismo Literario (IALJS) hace 11 años, y él fue su primer presidente.

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En el congreso se habló primero de escritores extranjeros en América latina: la polaca Aleksandra Wiktorowska siguió los pasos de Ryszard Kapusinski, y el irlandés Maurice Walsh los de Graham Greene por el continente. Después, los españoles Juan Antonio García y Antonio Cuartero definieron y acotaron el género de la crónica, y el portugués Manuel Coutinho marcó sus complejas relaciones con los regímenes autoritarios del continente.

Pero la mayoría presentó y analizó la obra de uno o más escritores locales: los mexicanos Vivane Mahieux la de Martín Luis Guzmán; Liliana Chávez en la de grandes cronistas del continente como Rodolfo Walsh, Gabriel García Márquez o Tomás Eloy Martínez; Ignacio Corona los maestros de la “narcocrónica”.

La estadounidense Rebecca O’Neil se centró en la obra de cronistas salvadoreños, de Salarrué a las poetas de la cárcel; la murciana Margarita Navarro analizó el exitoso y discutido programa de televisión del colombiano Pirry; y el brasileño Mateus Yuri Psassos habló de los viajes de sus connacionales Fernando Morais e Ignacio Brandao a Cuba.  

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Yo hablé de una investigación que hasta ahora compartí en congresos y clases en Colombia, Argentina, Chile y Alemania. Lo llamé “De ¡Basta ya! a ¡Nunca más!: Cómo el periodismo narrativo latinoamericano cuenta las guerras regionales y ayuda a construir sociedades post-conflicto”.

Empecé contando que esta reflexión empezó cuando mi amiga y colega, la gran académica y profesora colombiana Maryluz Vallejo, me regaló el informe sobre el conflicto armado en su país, ¡Basta ya!, y lo comparó con el informe sobre los crímenes de la dictadura argentina, el ¡Nunca más! de 1985. Pero de ¡Basta ya! a ¡Nunca más! hay un largo trecho.

Para recorrerlo, tracé un camino de siete pasos desde el momento en que se grita, se exige, se decide terminar con la violencia hasta que la sociedad está lista para construir un futuro en el que las violaciones sistemáticas a los derechos humanos sean cosas del pasado. Y en cada paso, propuse géneros periodísticos, herramientas de periodismo narrativo, autores y obras que acompañan y apoyan ese proceso. Estoy muy satisfecho con el resultado y los debates que provocó.  

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Pero lo mejor, lo más importante, vino después, con la llegada de un viejo enemigo transformado en amigo, a quien no había visto nunca.

Hace muchos años que intercambio mensajes y noticias a la distancia con Chris Pretty, un veterano inglés de la Guerra de las Malvinas. Como muchos seguidores de este blog saben, yo participé en esa guerra en 1982. Era un conscripto de la armada y mi propia experiencia está recogida en mi libro Los viajes del Penélope (Tusquets, 2007).  

Pues bien, Chris vio en Facebook que yo iba a Oxford, me propuso vernos, lo invité al congreso y después de las ponencias del lunes 13, él y yo hablamos de nuestra experiencia como soldados en la misma guerra en bandos rivales. Las peores batallas fueron en los últimos días de la guerra, del 12 al 14 de junio. Los días del congreso eran exactamente 34 años después de esa fecha.

Hace 34 años pudimos habernos matado, y ahora estábamos recordando los miedos, las locuras, los dolores de la guerra. Y explicando cómo nos empezamos a enviar cartas en los ochenta, cómo compartimos recuerdos y las maneras similares y distintas de sobrevivir, superar, crecer desde una experiencia común. Los profesores y alumnos nos hicieron preguntas. John Bak grabó nuestra charla. Sentimos que estábamos dando un paso importante en el camino de la reconciliación y el entender qué nos había pasado.

Siento que fue un broche de oro de la experiencia de Oxford. Para mí también fue fundamental y muy emotivo que mi hijo José Pablo haya aceptado mi invitación a venir conmigo en ese viaje, y que estuviera con nosotros en esas sesiones y en las noches de cervezas y risas.

De vuelta en Barcelona, los recuerdos se acumulan, hay muchos a quienes quiero agradecer. A John, a Chris, a José Pablo, al grupo estupendo de participantes y amigos. Y me queda el sabor dulce de una experiencia irrepetible. 

[Publicado el 20/6/2016 a las 00:14]

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Biografía

Es periodista, reportero especializado en cultura, sociedad y medio ambiente, y profesor de periodismo.

Nació en Buenos Aires en 1962, estudió sociología y teatro en su ciudad natal, periodismo en Nueva York y reporterismo ambiental en Berlín. Es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Master en Periodismo por Columbia University. Desde 1998 vive y trabaja en Barcelona, donde dirige y enseña en el Master en Periodismo BCN_NY, organizado por IL3-Universidad de Barcelona y la Universidad de Columbia en Nueva York. Es el corresponsal en España de la revista Opera News.

Herrscher es el autor de Periodismo narrativo, publicado por SIL-Universidad Finis Terrae en 2009, y del relato de no ficción Los viajes del Penélope, editado por Tusquets Argentina en 2007 y traducido al inglés y publicado por Südpol como The Voyages of the Penelope en 2010. Actualmente trabaja en Crónicas bananeras, una investigación histórica y crónica de viajes sobre las ‘repúblicas bananeras' de Centroamérica, para Tusquets. Asimismo, dirige la colección Periodismo Activo de Publicacions de la UB, donde saldrá este año la versión española de Periodismo narrativo.

Es autor de capítulos en los libros La noticia deseada y Soldados de Noé (Argentina), Analizando los medios y la comunicación y Domadores de historias (Chile). Trabajó como reportero y editor en el Buenos Aires Herald, la agencia IPS y las revistas Hombres de Maíz y Lateral. Sus reportajes, crónicas y perfiles han sido publicados en medios como La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, Ajo Blanco, El Ciervo, Lateral, Room, Quimera, Gentleman, Gatopardo, Travesías, Etiqueta Negra, Página 12, Perfil, y Puentes.

Ha dado clases y seminarios en Ithaca College (EE.UU.), las universidades degli Studi di Milano (Italia), Colonia (Alemania), Católica de Valparaíso y Finis Terrae (Chile), los masters en periodismo de Clarín/San Andrés (Argentina) y U. Complutense de Madrid/ABC (España). entre otras. Es miembro de la International Association for Literary Journalism Studies (IALJS), y fellow del Seminario de Salzburgo y la Inter American Foundation. En 1998 obtuvo el 3er. premio de la Foreign Press Association de Nueva York.

 

Blog: www.periodistanarrativo.wordpress.com

 

Twitter: @RMHerrscher

 

Bibliografía

 

El arte de escuchar (2015)
Universidad de Barcelona 

Periodismo narrativo (2012)
Universidad de Barcelona

 

Periodismo narrativo (2009)
SIL-Universidad Finis Terrae 

 

 

Los viajes del Penélope (2007)
Editorial Tusquets 

Obras asociadas

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