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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 26 de mayo de 2017

 Blog de Roberto Herrscher

Vivir con las maletas hechas

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Entre Franco y Perón. Memoria e identidad del exilio republicano español en Argentina, de Dora Schwarzstein, publicado por Editorial Crítica en 2001, no trata de Franco y apenas si habla de Perón. Es la historia de los exiliados republicanos en Argentina, sus desventuras, su relación con lo que estaba pasando en España y su difícil inserción en el país donde recaló su naufragio. Son las voces de una larga derrota.

En este siglo en que recrudecen los exilios y las migraciones, esta historia es tan actual como cuando se publicó, y el método de historia oral que su autora, su modelo para contar el pasado y el presente desde la memoria colectiva.

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La historiadora argentina Dora Schwarzstein usa con pericia las herramientas de la historia oral para atrapar las voces y los recuerdos de los exiliados republicanos en Argentina. Fueron protagonistas de la Historia con mayúscula y en su larguísimo exilio llegaron a comprender con tristeza que la historia de su país los había dejado atrás. Cuando murió Franco fueron otros los que protagonizaron ese futuro con el que ellos tanto habían soñado.

Es un libro tristísimo, pero su lectura se hace luminosa por la forma en que usa la historia oral para hacer presente y real, como en una novela, una de las mayores tragedias del siglo XX. Pero Entre Franco y Perón me llegó tarde. A un año de su publicación, murió Dora Schwarzstein en Buenos Aires. Buscándola ahora en internet, me encuentro con el obituario que le escribió su discípulo, mi amigo y gran cultor de la historia oral Federico Lorenz.

“Es difícil pensar lo que se conoce como ‘Historia Oral’ sin asociarlo al nombre de Dora”, Dice Lorenz. “Ella, ‘historiadora que utiliza fuentes orales’, como se definía, abrió caminos para quienes actualmente realizamos entrevistas para nuestras investigaciones. Por eso el parafraseo de Gramsci, porque durante toda su actividad profesional Dora desplegó una energía y un entusiasmo envidiables, una fuerte voluntad por instalar una metodología que resultó exitosa porque estuvo acompañada por un rigor y un muy alto nivel crítico y autocrítico.”

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Este estudio del exilio republicano en Argentina es erudito y vibrante al mismo tiempo, y combina casi en cada página los testimonios de personajes que sufren el desgarro del destierro con el análisis sosegado de una de las mayores tragedias del siglo XX. 

Volvamos a contarlo: entre enero y marzo de 1939, se calcula que cruzaron la frontera española hacia Francia unas 450.000 personas. La larga marcha por los Pirineos en uno de los inviernos más crudos del siglo aparece una y otra vez en los testimonios de los exiliados. “No éramos más que un pobre rebaño de parias, sin derecho alguno, sin hogar ni patria; y todo por el crimen de haber soñado con un mundo mejor y haber luchado por realizarlo,” dice Federica Montseny, una de los 87 exiliados entrevistados por Schwarzstein.

Pero al salir de la España franquista los derrotados estaban lejos de ver el fin de sus sufrimientos. Muchos fueron enviados a campos de concentración en Alemania, intelectuales y activistas políticos iniciaron azarosos viajes por mar hacia lo desconocido, y los que nadie quería vegetaron por años en campos de refugiados en el sur de Francia.

Unos 30.000 exiliados marcharon a América, que muchos veían como tierra de abundancia y promisión. Dos tercios de éstos fueron a México, donde el gobierno de Lázaro Cárdenas les abrió las puertas. El resto se desperdigó principalmente por Chile, Argentina y República Dominicana.

Los que fueron a Argentina se encontraron allí con inmigrantes españoles de principios de siglo y con republicanos que habían huido antes de la caída definitiva. Luego fueron llegando más víctimas de la represión franquista. La autora desgrana detalladamente las relaciones que se fueron formando entre estos grupos, con los argentinos que se encontraron y con los otros inmigrantes y exiliados de toda Europa que compartían su suerte en pensiones y conventillos de Buenos Aires.

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En el libro se presenta y se explica la Historia de grandes personajes: el apoyo de Perón a Franco, la política mexicana de abrir las puertas a los republicanos y la acción contraria del gobierno argentino, la actitud ambigua de las democracias europeas ante Franco luego de la Segunda Guerra Mundial, las luchas infructuosas de los representantes de la República en el exilio por vetar al franquismo de Naciones Unidas.

Pero su valor fundamental es volcar la historia viva, individual y colectiva de los exiliados: su cotidianeidad en Buenos Aires y la forma en que poco a poco iban arreglando sus recuerdos y su identidad para adaptarla a las circunstancias de su nueva vida.

Por ejemplo, el énfasis en considerarse exiliados, no inmigrantes.

Una mujer que se exilió de niña en Argentina recuerda que sus padres nunca compraron muebles, porque querían creer que en cualquier momento volverían a España. Hoy su hija se siente plenamente argentina.

“Poco a poco nos hemos ido argentinizando,” dice uno de los testimonios más punzantes. “Mi pensamiento está en España, pero está en la Argentina al mismo tiempo. Es decir, hemos dejado de ser totalmente españoles pero no somos totalmente argentinos. Somos del Atlántico, estamos a mitad de camino de la ida y de la vuelta.”

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Dora Schwarzstein murió hace 12 años, y hoy no puedo decirle lo que me gustó y me enseñó su libro sabio.

Los libros sobreviven a sus autores, igual pero exactamente al revés que las viejas minas anti-persona enterradas en el campo: de pronto y sin aviso, muchos años después, nos pueden explotar y cambiarnos para siempre. 

[Publicado el 27/6/2014 a las 00:39]

[Etiquetas: Dora Schwarzstein, Entre Franco y Perón, Memoria e identidad del exilio republicano español en Argentina, Federico Lorenz, Guerra Civil Española, exilio, México, historia oral]

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El arte de aparear: dos óperas cortas sobre la opresión religiosa

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El barítono Georg Nigl en la estupenda puesta en escena de Il prigionniero en el Teatro Real

Giacomo Puccini compuso Sour Angelica al final de la Primera Guerra Mundial; Luigi Dallapiccola creó Il Prigioniero durante y después de la Segunda. El director catalán Lluís Pasqual juntó estas óperas cortas en un espectáculo profundo, coproducido por el Liceu y el Teatro Real de Madrid.

Hace dos años se vio en Madrid. Mañana 22 de junio a las 17hs. llega al teatro de las Ramblas.

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Dos víctimas condenadas por un poder opresor, enjauladas en cárceles físicas y mentales, que solo encuentran una vía de escape a su tormento: la muerte. Este es el hilo común que el gran director teatral Lluís Pasqual encontró para juntar dos obras breves, en apariencia dispares.

Extrajo Sour Angelica, la segunda de las tres óperas en un acto que el maestro verista Giacomo Puccini juntó en su Tríptico (las otras dos son la violenta y dramática Il tabarro y la comedia de enredos Gianni Schichi) y la colocó después de la desoladora y astringente partitura dodecafónica Il prigioniero, que Luigi Dallapiccola escribió 40 años más tarde.  

Pasqual y su escenógrafo habitual, Paco Azorín, imaginaron además un espacio escénico común para ambas óperas, pese a que la acción de la de Puccini se desarrolla en un convento en el siglo XVII y la de Dallapiccola, en una cárcel en la época de Felipe II.

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El emparejamiento suena en principio extraño por la diversidad de los lenguajes musicales de ambos compositores. El verismo de Puccini se mantiene en esta ópera de 1918 totalmente en lo tonal, con arias y dúos dignos de los clásicos tradicionales La Bohème o Madama Butterfly. Por su parte, Dallapiccola, una generación más joven (como adolescente melómano había visto desde la gradería alta el estreno italiano del Trittico en la Opera de Roma), fue un ferviente seguidor de las teorías dodecafónicas de Arnold Schoenberg, aunque en sus partituras se cuela un sol peninsular, un afán de melodismo, que lo hace no ser tan ortodoxo.

Para el mundo musical en el que se crió Puccini, la música melódica aportaba belleza a un mundo terrible; para la generación desencantada y asqueada de Dallapiccola, la áspera dureza de la música debía reflejar fielmente, no endulzar, la crueldad del mundo.

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El siglo XXI está viendo el auge de esta práctica, que al juntar obras cortas aparentemente poco afines, llevan al público a ver cada una de ellas de una manera nueva, original. Por ejemplo, hace dos años, el Teatro Real de Madrid apareó la ópera corta Iolanta, de Piotr Illic Tchaikovsky, con el drama lírico Persephone, de Igor Stravinsky. Las dos óperas rusas (una sobre una chica ciega que no sabe que lo es y otra sobre la no aceptación de la muerte de un ser querido) tienen lenguajes musicales y poéticos muy distintos, pero tratan sobre los problemas de aceptar, encarar y sacar consecuencias de la verdad, algo que repercute en la sociedad rusa de hoy y en el debate contemporáneo en general.  

Tan viva está la tradición, que el año que viene, el Liceu presentará la desgarradora La voix humaine, de Francis Poulenc junto con la dura Una voce in off, de Xavier Montsalvatge, mientras que el Teatro Real le agrega un nivel más de complejidad: juntará otra de las obras en un acto del tríptico pucciniano, Gianni Schichi, con la poco representada Goyescas, de Enrique Granados.

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En Il prigioniero (basado en un relato de Auguste Villers de L’Isle-Adam), un prisionero anónimo, condenado a muerte, cuenta a su madre que su carcelero lo ha empezado a llamar “hermano” y esto le da esperanza. La madre ha soñado cosas terribles. El carcelero le señala la puerta abierta, y el condenado respira el aire de la libertad. En ese momento, el carcelero se convierte en inquisidor. Todo ha sido un engaño macabro: la esperanza era la última y peor tortura.

“¿Por qué querías dejarnos en la vigilia de tu salvación?”, musita dulcemente el torturador. 

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Suor Angelica es la única ópera importante cuyo extenso elenco está compuesto sólo por mujeres. Al convento donde languidece la protagonista llega su aristocrática tía. Angélica ha tenido un hijo en su juventud, y su familia se lo ha quitado y la ha recluido entre monjas de clausura. Después de siete años sin saber nada de su familia, la tía viene a exigirle que firme la cesión de su herencia para que su hermana pequeña pueda casarse “bien” pese a la deshonra que ella hizo caer sobre la familia. Sour Angélica le pregunta exaltada por su hijo, y la tía, glacial, le dice que murió hace dos años.

Sin razón para vivir, la monja se suicida y mientras llora arrepentida por su pecado mortal, la Virgen se aparece con un niño.

¿Es un final mágico, donde la Madre de Dios se manifiesta ante la pecadora para darle el perdón que sus inhumanos representantes en la tierra le negaron, como el final del Tannhauser de Wagner, donde el Papa lo condena por haber estado con Venus, pero el cielo obra el milagro del perdón? ¿Es tal vez una alucinación de la agonizante, como el “súbito vigor” que acomete a Violeta Valery antes de su desplome final en La traviata? Como en muchas obras maestras, el final es abierto.  

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El espacio común en el que sufre el prisionero su tormento exterior y padece Sour Angelica su tortura interna es una enorme jaula de metal, que se colorea débilmente con la esperanza del fugitivo y que se llena de luz con visita divina a la monja.

Con esta construcción, que recuerda a los dibujos de cárceles intrincadas e imposibles de Giovanni Battista Piranesi, Pasqual y Azorín crean un edificio malévolamente inteligente, una ‘superestructura’ que representa el poder que sujeta y oprime.

Pasqual, quien ya triunfó en los teatros de las dos grandes ciudades españolas con puestas en escena potentes y sutiles como su Peter Grimes para el Liceu y su Don Giovanni para el Real, invita al público con esta unión de obras nunca pensadas para unirse (de hecho, Puccini pidió que su Trittico no se rompiera) a pensar en los puntos comunes y divergentes y en el compromiso de los artistas con su tiempo, porque Suor Angelica es hija del estupor de la Primera Guerra Mundial e Il prigioniero, fruto del horror de la Segunda, aunque cuenten fábulas del pasado remoto.

Juntas, llevan a pensar en similitudes y diferencias. Se activan y se potencian. 

[Publicado el 21/6/2014 a las 11:27]

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El mundial, la guerra y las euforias colectivas

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Diego Armando Maradona en España 82, en su primera participación en un Mundial.

Hace doce años, para el inicio del Mundial de Fútbol de Corea y Japón, el diario argentino La voz del interior estaba preparando un suplemento con experiencias personales de escritores y periodistas sobre cada uno de los mundiales pasados. A mí me pidió una columna sobre el Mundial 82, el de la España de naranjito, el que empezó en los días finales de la Guerra de las Malvinas.

Hoy, a dos días del estreno de Argentina en este Mundial de las protestas callejeras en Brasil, rescato ese texto. Mantengo intactas las sensaciones de entonces: las perplejidades ante un fenómeno que me atrapa tanto como me repugna, y un radical rechazo por el sentimentalismo barato y el uso político y económico del opio del fútbol que nos idiotiza en estas fiestas sacras de lo banal.

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Siempre pensé que, para nosotros los argentinos, el fútbol es una guerra y la guerra es un partido, lleno de gritos, de polvo en los ojos y de cerrar los puños. Pero nunca como ese día se nos mezclaron tanto la muerte y los goles, la rendición y el silbato final, los disparos y las patadas.

Fue el 13 de junio de 1982, un día antes del final de la guerra de las Malvinas. Les cuento dónde estaba yo, para que me entiendan mejor: tenía 19 años, era un conscripto flaco y desgarbado, me estaba convirtiendo en un futuro ex combatiente (aunque todavía no lo sabía) y acababa de sonar la alerta roja por los altoparlantes en las calles frías y empinadas de Puerto Argentino.

Estábamos en la casa del funcionario inglés que los oficiales de Marina habían tomado como cuartel general y el teniente acababa de prender la radio que había sobre una mesa con mantel floreado en el centro de la cocina.

Las noticias de la guerra no podían ser peores. Esa mañana un grupo de soldados y suboficiales habían traído a la cocina historias de gurkas nepalíes que degollaban a los pibes que dormían en sus pozos. El general Menéndez había dicho por los altoparlantes que no nos íbamos a rendir, que íbamos a luchar hasta el último hombre. Los ingleses ya habían tomado las montañas alrededor de Puerto Argentino y nos cercaban por tierra, mar y aire.

Y el teniente, mientras tanto, aplicaba su oreja al vetusto aparato sobre la mesa y con la perilla trataba de sintonizar Radio Rivadavia, esmerándose en conectar con la voz familiar del “Gordo” José María Muñoz, el relator deportivo estrella de entonces. Argentina, con Kempes, Bertoni, Maradona y Ramón Díaz, iba a liquidar a Bélgica en el partido inaugural del mundial donde la gloriosa escuadra albiceleste defendía el trofeo conseguido en el Estadio Monumental en el ‘78. La radio era vieja y había que agarrar la antena con la mano para que se escuchara algo, para que se pudiera adivinar un partido remoto en el verano español de la movida y la transición.

Recién había empezado el partido cuando sonó la alerta roja, señal de que los Sea Harriers estaban por atacar y había que correr al pozo que habíamos cavado en el jardín de la casa del funcionario inglés. Pero no podíamos dejar la radio, y el partido, y el Mundial de España. El teniente nos instruyó para que todos nos escondiéramos debajo de la mesa de la cocina, y a mí me tocó levantar la mano para sostener la antena de la radio. Imagínense la escena.

Así estuvimos todo el partido, metidos debajo de la mesa, escuchando el partido, y yo con la mano agarrando la bendita antena, mientras afuera los ingleses cercaban el pueblo y los soldados heridos ya bajaban de las montañas con sus caras de fantasmas y su paso de viejos.

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Al final, Argentina perdió uno a cero ese partido inaugural, y la semana siguiente, cuando volvimos de Malvinas por la puerta de atrás, muchos descubrimos con sorpresa que nuestra guerra y el Mundial eran tomados por los argentinos, los que nosotros llamábamos “del continente”, con el mismo espíritu de banal fiesta deportiva.

Después, Argentina perdió con Brasil y con Italia y se fue de ese Mundial sin pena ni gloria. Después se fueron los militares, vino Alfonsín, el equipo de Bilardo ganó el Mundial de México en el ‘86, vino Menem, se hundió Maradona, y así. Pasaron los mundiales y los presidentes y se nos fue pasando la vida.

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Ayer (esto lo escribí en mayo de 2002), cuando le dije a mi amigo alemán Sebastian Schoepp que estaba escribiendo este artículo y le conté la anécdota de la radio y la mesa y el bombardeo, me regaló una historia suya.

En 1998 Sebastian estaba de vacaciones en las Islas Británicas y vio el partido Argentina-Inglaterra del Mundial de Francia desde un pub en un barrio obrero del norte de Inglaterra.

Mi amigo dice que cuando empezó la tanda de penales, después del partido intenso y empatado, no se escuchaba ni las respiraciones. Cuando Argentina ganó y los jugadores ingleses se tiraron en el pasto a llorar, se hizo un silencio de muerte en el pub. Entonces un viejo aficionado, de esos con venas en la cara, se paró sobre una mesa y empezó a gritar: “¡Nos ganaron un partido pero nosotros les ganamos la guerra! ¡Ganamos todas las guerras!” Y empezó una arenga pastosa sobre el imperio.

Cuando Sebastian me lo contó, vi una secreta y sutil relación entre ese encallecido obrero inglés trepado a una mesa gritando que ellos perdieron al fútbol pero ganaron en las Malvinas y mi teniente, agachado debajo de una mesa escuchando el partido en medio del bombardeo. Ahora siento que tal vez la relación sea demasiado tenue, demasiado traída de los pelos.

Cuando la vida es absurda, a veces tratamos de buscar relaciones y darles un sentido a las cosas.

Lo que sí es seguro es que cada vez que empieza un Mundial, yo me acuerdo de las Malvinas, del terror de las historias de los gurkas, de la radio y su antena, de la guerra y sus momentos de comedia delirante.

Y me sube por la garganta una risa tan triste que ni les cuento.

[Publicado el 14/6/2014 a las 11:08]

[Etiquetas: Mundial de Fútbol, Brasil, Corea y Japón, Guerra de las Malvinas, 1982, La voz del interior, Sebastian Schoepp]

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Un proyecto multimedia para llorar: Final Salute, de Jim Scheeler y Todd Heisler

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Katherine Cathey, 23 años, embarazada, pasa la última noche con el cuerpo de su esposo. Foto de Todd Heisler, Rocky Mountain News

Cuando me tocó abrir el turno de preguntas, me llevé el micrófono a la boca pero no salían las palabras. Estaba en estado de shock.

El viernes 16 de mayo yo estaba moderando un panel en el segundo día de la 9ª conferencia anual de la Asociación Internacional de Estudios de Periodismo Literario (IALJS), pero no podía cumplir con la primera obligación de cualquier moderador, que es no emocionarse con lo que está escuchando.

Hace cinco años que acudo y hablo en las conferencias de este exquisito grupo de estudiosos y cultores del periodismo literario o narrativo. Cada mayo, me junto con colegas y amigos de Australia, Europa, Norteamérica y unos poquitos latinoamericanos. En mis presentaciones suelo traer a cronistas de continente, por lo general desconocidos para este grupo: en Londres hablé de Cristian Alarcón; en Bruselas, de Rodolfo Walsh; en Finlandia, de Gabriel García Márquez. Este mes, llevé a París la obra inmortal de Elena Poniatowska.

Pero unos meses antes me preguntaron si quería también moderar un panel. Era sobre las posibilidades de Internet y las herramientas multimedia para contar historias reales. Busqué en la web datos sobre los panelistas que tenía que presentar. A dos los conocía de otras conferencias. El que más me intrigó era Julian Rubinstein, prolífico periodista de tranco largo y profesor invitado en Columbia: tenía un proyecto sobre un pintoresco jugador de hockey y ladrón de bancos de Hungría, y en su proyecto multimedia incluía, junto con textos, fotos, videos y mapas, el audio de una canción que el mismo Rubinstein había compuesto desde el punto de vista del ladrón, y que cantaba con voz rasposa y afinada en estilo folk.

El último de la mesa parecía un chico apocado. En la foto de su web se lo veía con saco y corbata. Se llamaba Jim Scheeler y trabajaba en el diario local Rocky Mountain News. Iba a hablar de “cómo multimedia cambia una historia”.

Su crónica, que le valió un Premio Pulitzer en 2006, se llama Final Salute. Jim y su fotógrafo Todd Heisler pasaron un año siguiendo al Mayor Steve Beck de los US Marines. El mayor Beck es el encargado de ir a la casa de los familiares de los soldados muertos en las guerras que Estados Unidos despliega por el mundo a darles la mala noticia. La mayoría de las víctimas de los últimos años murieron en Iraq y en Afganistán.

Cuando ven llegar al mayor Beck con su uniforme impoluto tachonado de medallas, sus guantes blancos y su bandera doblada como un pañuelo, los padres y las esposas se ponen a temblar, o a llorar, o a gritar, presintiendo la tragedia.

Poco a poco, Jim y Todd fueron encontrando a su personaje principal. No era Beck: era Katherine Cathey, una chica de 23 años, recién casada y embarazada. Su esposo volvía del frente en un ataúd cubierto con la bandera de las barras y las estrellas, y en el aeropuerto militar, ella se zafó de la mano de Beck y corrió al ataúd, para abrazarlo como un náufrago al madero.

Cronista y fotógrafo siguieron a Katherine durante una semana. Grababan su voz, tomaban fotos que en el silencio de su casa cuyo ‘click’ sonaba como una bomba, pero sobre todo, permanecían a su lado. “Si quiere que nos vayamos, sólo díganoslo”, le decía Jim.

La última noche, después de la vela en el regimiento, Katherine quiso quedarse a dormir con su esposo por última vez. Los marines le prepararon un colchón al lado del ataúd. Es la foto que acompaña este relato.

“¿Todavía están ahí mis reporteros?”, dice Jim que Katherine le preguntó al marine de guardia.

Sin pestañear, el soldado dijo: “Sí. ¿Quiere que los echemos?”

“No. Solo quería saber que estaban ahí”.

Con esta foto todavía en el proyector de la sala de la Universidad Americana de París, me tocó ponerme de pie y abrir el turno de preguntas. No me salía la voz.

Sí, no me suelen caer bien los US Marines. Pero esta historia me interpelaba. El muerto podía haber sido yo. Katherine era yo. El pie de foto explica que en su última noche al lado de su hombre, prendió el ordenador e hizo sonar (¿para quién?) una canción que le gustaba a su apuesto soldado. Es lo que está haciendo cuando Todd Heisler gatilla su ‘click’ ensordecedor.

Y sí: las producciones multimedia también pueden servir para hacernos llorar.     

[Publicado el 07/6/2014 a las 12:05]

[Etiquetas: IALJS, International Association of Literary Journalism Studies, Asociación Internancional de Estudios de Periodismo Literario, Jim Scheeler, Todd Heisler, Final Salute, Rocky Mountain News, American University of Paris, Elena Poniatowska, Rodolfo Walsh, ]

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Johnny Cash: descenso a los abismos del country

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No, no es ningún aniversario, ni salió una nueva película, ni lo versionan ídolos del momento. Simplemente, estuve escuchando, otra vez, a Johnny Cash, un artista imperecedero. Y quería invitarlos a poner otra vez sus discos, echarse para atrás y cerrar los ojos.

En Estados Unidos, el revival Johnny Cash ya había empezado poco antes de su muerte en 2003 y se disparó dos años más tarde con el biopic Walk the Line y la inspirada interpretación de Joaquin Phoenix. Hoy nadie duda de que sus canciones se seguirán oyendo por generaciones y que la voz de Cash, grave, sentenciosa y tan honesta como es capaz de ser una voz, durará por siglos.

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 Las guitarras martillean con un compás que con cada repetición se hace hipnótico y excitante. Por sobre el ritmo incisivo como un tren en marcha, surge una voz potente, bruñida como el metal, con la autoridad surgida del sufrimiento. No hay forma de ignorarla. Y esa voz comienza a contarnos una historia. Muchas de las canciones de Johnny Cash son relatos de perdedores, solitarios que perdieron al amor de su vida, o su libertad, o que cayeron por la cuesta del alcohol (Franky and Johnny; Folsom Prison Blues; Ballad of a Teenage Queen) . Cash habla de ellos sin falso sentimentalismo, pero con la íntima empatía de quien ha estado ahí. En los detalles de las historias está la piedad y el talento de un hombre capaz de envolvernos en una novela en tres minutos de canción.

Cuando no hablan de estos personajes, las canciones de Johnny Cash hablan de él (Man in Black; Cry, cry, cry; I Walk the Line). Son confesiones de un alma orgullosa y quebrada, que perdió la alegría pero no perdió nunca la dignidad. Aquí también hay un acto prodigioso de caminar en la cuerda floja entre la autoconmiseración y la autojustificación, y no caer nunca en ninguno de estos dos peligrosos abismos.  

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Cash nació en Arkansas, en el profundo sur y en plena depresión de 1932. Desde pequeño enchufó sus sueños a los músicos country que oía en la radio, de donde proviene su peculiar estilo de música country, que se profundizó y enriqueció con las influencias de sus compañeros de generación y de ruta Elvis Presley, John Lee Hooker y Bob Dylan.

Mientras ellos inventaban el rock y absorbían los excitantes sonidos de los rockeros ingleses, del folk, del jazz y del blues de los negros, Johnny Cash parecía cantar siempre la misma canción, como si martillara siempre en la misma pared. Pero el clavo cada vez iba más adentro, y sus canciones de los cincuenta suenan hoy mucho más modernas que tantas vanguardias de tres o cuatro décadas más tarde.

 

Pero no más cháchara, que empiezan a sonar las guitarras, como un tren que se pone en movimiento, y la voz granulosa está a punto de desgarrar el silencio…  

 

[Publicado el 14/5/2014 a las 21:21]

[Etiquetas: Johnny Cash, country, Walk the Line, Joaquin Phoenix, Elvis Prestley, John Lee Hooker, Bob Dylan]

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Ópera en Madrid y Barcelona: exquisitos regalos de despedida de Mortier y Matabosch

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Gerard Mortier cayó derrotado por el cáncer en marzo, pero dejó al Teatro Real de Madrid una exquisita temporada. Un ejemplo, este abril, fue un Lohengrin esencial hasta los huesos, presentado como una aguerrida fábula política. El lugar de Mortier en Madrid lo ocupa ya el talentoso director artístico del Liceu, Joan Matabosch. Como regaldo de despedida, Matabosch dejó a su teatro barcelonés de siempre una hermosa leyenda rusa, La leyenda de la ciudad invisible de Kitezh. Gran música, servida con pasión y delicadeza; gran cultura en tiempos de miseria cultural y material.  

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El Teatro Real dedicó las funciones de la arrebatadora opera romántica Lohengrin, de Richard Wagner, a su director artístico recientemente fallecido, y el espíritu de Gerard Mortier se corporizó apenas se alzó el telón. Fue el soñador belga el que pensó en juntar la poderosa visión teatral del director alemán Lukas Hemleb con la mirada inquietante del artista plástico Alexander Polzin: juntos crearon un espacio cerrado, mezcla de cueva sagrada prehistórica y escondite subterráneo apto para las confabulaciones de una sociedad secreta y perseguida de hoy. En ese espacio, como esculpido a mano en arcilla y con aperturas violentas donde en momentos clave entra la luz, se desarrolla toda la acción.

El aspecto de leyenda mítica se enfatizó con la entrada y salida del caballero de la reluciente armadura en su cisne metafórico: todo se resolvió con impactantes efectos de luz. En este ambiente inquietante, los movimientos de los cantantes, precisamente coreografiados por Hemleb, mostraban una masa peligrosa y voluble, sometida a la capacidad de la música para mover a la acción. (Aunque algunos disfrutemos sin medida de las óperas de Wagner, no debemos olvidar su uso por los nazis. Hay un famoso cuadro que eterniza a Hitler disfrazado de Lohengrin.)

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En el momento del anuncio de la entrada del caballero, Hemleb hace surgir un rectángulo de luz de entre las piedras, y la horda lo adora como hacían los monos con el monolito al comienzo de la genial película de Stanley Kubrick 2001: Una odisea del espacio.

La precisión y vigor de la orquesta del Real es otro legado de Mortier. Durante sus cuatro años, no nombró director titular, sino que hizo rotar a sus favoritos, y entre ellos destaca la batuta de este complejo mosaico orquestal y vocal, Hartmut Haenchen. La orquesta se disolvía en los pianissimos, refulgía y machacaba en los fortes, bailaba con las intoxicantes melodías de esta gran ópera.

Entre los cantantes, me maravilló la Elsa de Catherine Naglestad. Sonaba, con voz firme y brillante, como una fanática demente, enamorada de su propio sueño. Cuando llegó Lohengrin a salvarla de la falsa acusación del malvado Telramund y su esposa la bruja Ortrud, se lanzó a sus pies en éxtasis. Así, al ser abandonada por el héroe por no poder reprimirse de hacer las preguntas que él le había prohibido (quién eres, cuál es tu linaje, de dónde vienes), su angustia es devastadora.

El tenor Christopher Ventris (Lohengrin), el barítono Tomas Johannes Mayer y el bajo Franz Hawlata (el rey Heinrich) la acompañaron con excelentes dotes actorales y voces de entre lo mejor del canto actual. Pero la rival de Elsa, la que le introduce la duda terrible que termina derrotando a Lohengrin, es Otrud. Y esta era la gran cantante  wagneriana de su generación, la norteamericana Deborah Polaski.

A una edad avanzada para estos trotes, Polaski ya no puede llenar el teatro con el vozarrón de antes, gritándole a Lohengrin que es un farsante y exigiendo al rey que lo desenmascare. Pero en la escena en que le susurra a Elsa que su amor debe tener un secreto terrible que esconder para prohibirle hacerle preguntas… es escalofriante. El juego de la falsa amiga, el comienzo de la tragedia, pone los pelos de punta, y me hizo pensar en lo que sentiría Mortier (que se solía sentar uno o dos asientos delante del mío, en la platea) al ver a sus talentosas marionetas cobrar vida y emocionarnos una vez más.

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Por los mismos días, Barcelona se aprestaba a ver una ópera muy pocas veces representada fuera de su país: La leyenda de la invisible ciudad de Kitezh, del maestro nacionalista ruso de principios del siglo XX Nikolai Rimsky-Korsakov.

Entre los operómanos, Rimsky-Korsakov tiene mala prensa. Durante casi todo el siglo XX, lo más escuchado de su producción musical en teatros de ópera alrededor del mundo fue la versión que hizo de la magistral Boris Godunov, de su amigo, el genio áspero Modesto Mussorgsky. Con la buena intención de que Rusia y Occidente escucharan la gran alegoría del poder absoluto, que en la versión dejada por Mussorgsky tenía disonancias extrañas, armonías poco ortodoxos y ritmos salvajes, la limpió y le limó las asperezas. Ahora esta versión suavizada casi no se escucha. Los músicos y los públicos prefieren el Mussorgsky original, imperfecto y genial.

Pero La leyenda de la invisible ciudad de Kitezh muestra otra cara del gran Rimsky-Korsakov: la del maestro de la melodía inspirada, espiritual, que va al corazón de la Rusia eterna. Un gran contador de historias, un excelente creador de personajes complejos. Su música es excesiva, grandiosa. En su época los rusos llegaron a llamar a esta ópera “la Parsifal rusa”. Y al verla a los pocos días de Lohengrin, pude ver los paralelismos: es rusa hasta la médula así como la música de Wagner es espeluznantemente alemana. Y también es universal.

Pero desde su estreno en 1907, casi nadie fuera de Rusia vio su grandeza. Casi nadie: solo en un teatro lejano La leyenda de la invisible ciudad de Kitezh causó furor: fue aquí, en el Liceu de Barcelona, donde los Ballets Russes del mítico Sergi Diaghilev trajeron esta monumental obra en 1926.

¿Qué despertó la imaginación de la burguesía catalana en plena República? ¿Tendría que ver con la locura wagneriana que para la misma época arrebataba a los ilustrados de Barcelona? ¿Se verían aquí también reflejados en la gran saga de un pueblo en busca de su identidad, luchando contra fuerzas superiores y enlazando su alma a una música envolvente? El hecho es que casi todos los años de la década siguiente, La leyenda de la invisible ciudad de Kitezh tomó por asalto Barcelona, hasta el comienzo de la Guerra Civil.

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La música impresiona por su inspiración constante, y siempre está al servicio de una trama angustiosa: Fevronaia, una joven campesina, cura al príncipe de Kitezh de una herida de caza sin saber quién es, se enamoran y el príncipe le envía mensajeros ofreciéndole casamiento y hacíendola traer a la ciudad. Pero en un pueblo a medio camino, atacan los tártaros, matan a todos menos a Fevronia y a un patético borracho, Grishka, de esos borrachos lúcidos, débiles y pesimistas tan propios de la literatura rusa.  

En Kitezh el príncipe junta a los hombres para enfrentar a los invasores, pero mueren todos en combate. Fevronia y Grishka huyen de los malvados, y la princesa mística ora para que la ciudad desaparezca en la bruma. Los tártaros no la ven, pero su reflejo en el lago los aterra y huyen. En la muerte, Fevronia se reúne con su príncipe y cantan a la gloria de la ciudad eterna salvada por la fe.

Como un último gran regalo al teatro al que dedicó sus mejores años de director artístico, Joan Matabosch programó una hermosa versión de esta ópera rara, con grandes voces, casi todas rusas, especialistas en este repertorio. El controvertido y muy creativo hombre de teatro Dmitri Tcherniakov, aquí en su doble faceta de director y escenógrafo, creó para cada uno de sus cuatro actos un especio cerrado, donde se mezclaban lo ancestral y mítico con lo actual y realista. Un poético campo de trigo, un bar de carretera, un colegio transformado en hospital y el mismo campo del principio, esta vez arrasado por el fuego, se transformaron en espacios simbólicos para un elenco en estado de gracia.

Svetlana Ignatovich recorrió con una voz poderosa y vibrante el paso de campesina a heroína de guerra y finalmente, santa en éxtasis. A su lado, defendieron con precisión y voces bruñidas sus papeles los tenores Maxim Aksenov (el príncipe) y Dmitry Golovnin (gran composición del ambiguo Grishka) y el gran bajo norteamericano Eric Halfvarson como el trágico rey de Kitezh. Y dirigiéndolo todo con pasión y mano segura, el nuevo director musical del Liceu, Josep Pons.

Cada una de estas óperas duró más de cuatro horas. Para muchos, una invitación a estos mamotretos de hace más de 100 años sería un castigo. Para mí fueron dos delicias, dos regalos de programadores musicales que no se resignan a la mediocridad. Uno se fue de casa; el otro nos dejó para siempre. Nos dejaron una visión nueva y original de un clásico de siempre y la recuperación de un título olvidado. Nos dejaron emociones e ideas. Para eso sigue sirviendo, a veces, el gran arte en la vieja Europa. 

[Publicado el 03/5/2014 a las 23:22]

[Etiquetas: Lohengrin, Richard Wagner, La leyenda de la ciudad invisible de Kitezh, Nikolai Rimsky-Korsakov, Parsifal, Teatro Real, Gran Teatre del Liceu, Gerard Mortier, Joan Matabosch, Hartmut Haenchen, Josep Pons, Lukas Hemleb, Dmitri Tcherniakov]

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El gran viaje argentino de Martín Caparrós

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 Ambicioso, caudaloso, delicioso. Así es El Interior, un relato de viaje del cronista y novelista argentino Martín Caparrós por la mitad norte de su país. Ahora lo publica la exquisita Editorial Malpaso en su colección Lo Real, dirigida por Jorge Carrión (autor también del prólogo). Es mi recomendación de hoy para la fiesta barcelonesa del libro, Sant Jordi.  

 “¿Es la Biblia?”, me preguntó el mesero de la cafetería donde suelo refugiarme a leer. Miré con extrañeza el libro que tenía en las manos. Y sí: parecía una biblia. Sus 687 páginas, con el borde color ladrillo, estaban enmarcadas en una tapa dura, seria, negra. Desde ese momento empecé a leer El Interior de otra manera. Y empecé a ver más similitudes con un texto sagrado.

No es que Martín Caparrós sea muy religioso. Pintó el mundo de las creencias con aguda percepción y mucha ironía en uno de sus grandes libros de viajes: Dios Mío, una pintura descarnada de la religiosidad en la India. Así son la mayoría de sus libros de viajes, ya clásicos del periodismo literario en español: recorridos por lugares lejanos, encuentros con culturas extrañas y gentes que su mirada y sus preguntas hace fascinantes. Así son Larga distancia, La guerra moderna, Una luna.

El Interior es otra cosa. Después de viajar por tanto mundo, Caparrós se puso al volante de un coche llamado Erre y recorrió los caminos de su patria. En Rosario se enfrascó en una discusión con el gran humorista Roberto Fontanarrosa sobre qué es ser del interior; en Tucumán descendió a los abismos hilarantes de la corrupción de la mano de los mellizos Orellana; en Jujuy se asombró con los delirios indigenistas del profesor Toqo; en Córdoba se topó con los inmigrantes alemanes que construyeron una Baviera del sur. En todos lados, con campo, cielo, desierto, pueblos y ciudades (a los pueblos se llega; a las ciudades se entra, dice Caparrós). Y con las preguntas sobre el aroma y la identidad de su extraño país, tierra de mezcla, de frontera, de aluvión.

Así, el viaje a El Interior es un viaje con mayúsculas, que dice mucho sobre Argentina pero también sirve para entender cualquier periplo profundo. La lengua, en manos de Caparrós, es siempre una fiesta. De la crónica surge en cualquier momento el diálogo alucinante, la descripción feliz, la idea fructífera. Como lo verde en la Pampa, de la prosa de este autor (que en ocasiones se despliega en versos libres y en otras se desparrama en prosa lírica) hace crecer metáforas, comparaciones, reflexiones insospechadas. El largo viaje por El Interior hace que no queramos bajarnos de Erre: viajando con Caparrós uno siempre se siente más divertido y más inteligente.

[Publicado el 23/4/2014 a las 20:15]

[Etiquetas: Martín Caparrós, El interior, Dios mío, Larga distancia, La guerra moderna, Una luna]

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García Márquez cronista y el recuerdo de un gran momento en Noticia de un secuestro

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Cada uno tiene su Gabriel García Márquez personal. El mío empieza en Cien años de soledad, que leí en un largo fin de semana durante los años de soledad de mi adolescencia, y que recuperé para mi investigación bananera, tres décadas más tarde, con la misma fascinación.

Sus novelas y cuentos cortos me acompañaron siempre, y tuve la dicha de conocerlo como anciano pequeñito y carismático. Con él pasamos una veintena de jóvenes periodistas latinoamericanos una mágica semana en marzo de 2001, mientras Ryszard Kapuscinki flotaba con elegancia sobre su taller de la FNPI en el DF y los Zapatistas llegaban al Zócalo.

Pero García Márquez también me acompaña como profesor, como un talismán y un maestro beneficioso, desde hace más de diez años. En universidades, talleres y seminarios enseño su periodismo centrándome en sus tres únicos libros de no ficción: Relato de un náufrago, la aventura de Miguel Littín clandestino en Chile y Noticia de un secuestro.

Los tres son relatos desde adentro (en los dos primeros, el protagonista cuenta su drama en primera persona) de personas al borde de la muerte, movidos por el miedo, una rara esperanza y un extraño poder que los empuja a sobrevivir. Al teniente Velasco lo persiguen los tiburones, a Littín los ‘pacos’ de Pinochet y a los 10 colombianos secuestrados por los narcos, la sombra implacable de Pablo Escobar.

En estos días de duelo, quiero compartir aquí un fragmento de mi Periodismo narrativo, en el que relato la forma que encontré de explicar lo que hace grande a este gran muerto nuestro como periodista: como entrevistador genial, como narrador único de hechos reales.

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Para ejemplificar en clase el partido que saca García Márquez de su método de preguntar, preguntar y preguntar hasta agotar todos los detalles que recuerdan los personajes, suelo terminar mi clase sobre su obra leyendo un fragmento de Noticia de un secuestro que me parece especialmente terrible, especialmente genial. Lo rescato ahora porque sé que de todos los libros de García Márquez que se recordarán por el mundo en estas fechas, pocos hablarán de su extraño, fascinante, último libro periodístico.

La escena viene al final del capítulo 5, poco antes de la mitad del libro, cuando las negociaciones de liberación de los secuestrados están estancadas y todos sospechan que los narcos harán algo para obligar a negociar al gobierno.

En una de las casas-cárcel tenían a Maruja, funcionaria del área de cultura y conocida intelectual, a su asistenta Beatriz, y a Marina, que llevaba varios años secuestrada y que Maruja y Beatriz apenas conocían cuando se encontraron en cautiverio.

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 ‘El Monje’, uno de los vigilantes, le acababa de ordenar a Marina que tomara sus cosas y se preparase porque la iban a liberar. Marina prometió estar lista en cinco minutos. La escena está contada en tercera persona, pero está más que claro el punto de vista. Así comienza el final de la escena:

“Marina se demoró en el baño mucho más de cinco minutos. Volvió al dormitorio con la sudadera rosada completa, las medias marrones de hombre y los zapatos que llevaba el día del secuestro. La sudadera estaba limpia y recién planchada. Los zapatos tenían el verdín de la humedad y parecían demasiado grandes, porque los pies habían disminuido dos números en cuatro meses de sufrimientos. Marina seguía descolorida y empapada por un sudor glacial, pero todavía le quedaba una brizna de ilusión”.

Beatriz y Maruja se pusieron de acuerdo sin palabras para seguirle el juego de la liberación. Le encargaron que transmitiera mensajes a sus familias. Marina les respondía contenta, se perfumaba. Pero “en realidad estaba al borde del desmayo. Le pidió un cigarrillo a Maruja y se sentó a fumárselo en la cama mientras iban por ella. Se lo fumó despacio, con grandes bocanadas de angustia, mientras repasaba milímetro a milímetro la miseria de aquel antro en el que no encontró un instante de piedad y en el que no le concedieron al final ni siquiera la dignidad de morir en su cama”.

Maruja le llevó unas pastillas, pero Marina no pudo encontrarse la boca, por el temblor de las manos. La vinieron a buscar los guardias. Beatriz y Maruja se despidieron de ella intentando frases de aliento y esperanza.

“Marina se entregó a los guardianes sin una lágrima. Le pusieron la capucha al revés, con los agujeros de los ojos y la boca en la nuca, para que no pudiera ver. El Monje la tomó de las dos manos y la sacó de la casa caminando hacia atrás. Marina se dejó llevar con pasos seguros. El otro guardián cerró la puerta desde afuera.

“Maruja y Beatriz se quedaron inmóviles frente a la puerta cerrada, sin saber por dónde retomar la vida, hasta que oyeron los motores en el garaje, y se desvaneció su rumor en el horizonte. Sólo entonces entendieron que les habían quitado el televisor y la radio para que no conocieran el final de la noche”.

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Suelo estar de pie, en medio del salón de clase, y a pesar de las veces que he leído este fragmento en voz alta, siempre me cuesta dominar la emoción. Cuando doy vuelta la página para iniciar el Capítulo 6, no se oye ni una mosca. Los alumnos saben lo que va a venir, pero están en manos de García Márquez.

“Al amanecer del día siguiente, jueves 24, el cadáver de Marina Montoya fue encontrado en un terreno baldío al norte de Bogotá. Estaba casi sentada en la hierba todavía húmeda por una llovizna temprana, recostada contra la cerca de alambre de púas y con los brazos en cruz. El juez 78 de instrucción criminal que hizo el levantamiento la describió como una mujer de unos sesenta años, con abundante pelo plateado, vestida con una sudadera rosada y medias marrones de hombre. Debajo de la sudadera tenía un escapulario con una cruz de plástico. Alguien que había llegado antes que la justicia le había robado los zapatos”.

Leo esto casi al final de la clase, porque después no puedo decir mucho más. Es obvio que para un novelista, falta la escena en que la llevan al descampado y la matan. Pero eso no lo vieron los entrevistados de García Márquez. Y en este, su último gran relato de no ficción, García Márquez vuelve a ser un periodista grande y ético.  

¿Debería haber contado la muerte de Marina? El agujero pesa, pero no siento que falte. Cuando las armas del periodismo narrativo se usan como las usa aquí el Maestro, el efecto es aún más escalofriante. Y cada uno de los detalles que apelan a los cinco sentidos hacen que la ropa, el frío y las palabras se nos claven como alfileres y se queden clavados, en nuestra memoria, para siempre.   

[Publicado el 20/4/2014 a las 19:35]

[Etiquetas: Gabriel García Márquez, Noticia de un secuestro, Cien años de soledad, Relato de un náufrago, La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile]

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Con Leila Guerriero todo es simple, pero nada es sencillo

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Decía Borges que el escritor debe buscar la forma más sencilla de contar historias complejas. Esto ha hecho la periodista narrativa argentina Leila Guerriero con su último libro, una ‘nouvelle’ de no ficción engañosamente ‘simple’ que cuenta la historia de un joven bailarín de malambo.

En las pampas argentinas, el malambo es un baile tradicional, cuya variante más vistosa y legendaria es ejecutada por un hombre solo que zapatea a ritmo de vértigo durante casi cinco minutos acompañado por una guitarra, con botas de cuero rústico que no llegan a cubrirle todo el pie, y que muchas veces lo dejan roto y sangrando.  

En el pueblo de Laborde cada año se dan cita los mejores atletas del malambo. Que nadie espere evoluciones con boleadoras o cuchillos como las versiones para turistas: el malambo que se juzga en el Festival Nacional de Laborde es estricta y orgullosamente tradicional.

Como los héroes de Grecia, el momento triunfal de cada campeón es a la vez su ocaso: no puede presentarse a otros concursos y se despide al entregar el cetro en el festival siguiente, tras demostrar que es el mejor. La periodista construye su crónica como el relato de un hombre común, Rodolfo González Alcántara, que sobre el escenario de Laborde se convierte en un semidiós.

El malambo, nos enseña Leila Guerriero, es metáfora de muchas cosas: une la tradición y la modernidad, un mundo que se acaba y otro que nace, la línea tenue entre el triunfo y el fracaso.

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Ya lo había hecho en su primer libro, la escalofriante fábula real Los suicidas del fin del mundo (Tusquets, 2006) sobre un pueblo patagónico donde se empiezan a suicidar los adolescentes. Y lo continúa con sus precisas y poéticas historias de ganadores amargos y perdedores luminosos que componen su antología Frutos extraños (Alfaguara, 2012). El año pasado Mario Vargas Llosa elogió con entusiasmo su colección de perfiles de escritores, Plano americano.

En América Latina, Guerriero es parte fundamental del avance de esta forma de contar novelísticamente hechos reales que, como decía Tom Wolfe del Nuevo periodismo en la Norteamérica de los 60 y 70, está produciendo la mejor literatura de la actualidad. Con el placer y el dolor del taconeo del malambo y con el aliento de las grandes épicas, lo ha conseguido otra vez.

[Publicado el 17/4/2014 a las 15:45]

[Etiquetas: Leila Guerriero, Una historia sencilla, Frutos extraños, Los suicidas del fin del mundo, Plano americano, El nuevo periodismo, Tom Wolfe, malambo, Laborde]

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Sven Lindqvist: Crítica de la razón exterminadora

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Los leí juntos, en estado alucinado, hace casi 10 años. Desde entonces, los dos libros traducidos al español del formidable periodista literario sueco Sven Lindqvist no dejan de maravillarme. Y de atormentarme.

El primero, Exterminad a todos los salvajes, comienza con una frase que es a la vez una provocación, una promesa y una exposición de principios: “Tú ya sabes lo suficiente. Yo también lo sé. No es conocimiento lo que nos falta. Lo que nos hace falta es coraje para darnos cuenta de lo que sabemos y sacar conclusiones”.

La ruta que empieza a partir de ahí es un recorrido por el África subsahariana de hoy, con pinceladas de la insobornable alegría de la gente y también de la violencia y la miseria material y mental que hunde al continente. El relato de este viaje viene intercalado, en secciones que rara vez duran más de una página, con Historia, historias, análisis y materiales de fuentes diversas que sostienen el porqué del terrible título del libro.

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Lindqvist sostiene que Europa asentó su proyecto de modernidad, después su revolución industrial y finalmente su proyecto imperialista no sólo en el dominio y avasallaje de los pueblos que presentaba como “primitivos”.

El proyecto central era el exterminio.

La historia de la biología y de la antropología, el relato de textos escolares, diarios de viajeros, documentos oficiales y el planeamiento y ejecución de campañas militares y “civilizatorias” van construyendo un panorama desolador: no hubo errores ni accidentes, la situación desesperada del África actual es la perfecta consecución del proyecto de aplastamiento del “otro” que fue la otra cara de la misma moneda del desarrollo de los europeos y norteamericanos hasta sus actuales niveles de abundancia y democracia.

Charles Darwin y Georges Couvier dieron sostén y respetabilidad científica al exterminio, y Joseph Conrad lo percibió en todo su horror. Estos y otros personajes desfilan como testigos en el juicio implacable de Lindqvist a la “razón exterminadora”.

La publicación de este libro en español tiene una historia curiosa: un profesor del Ciclo Básico Común, primer año de estudios en la Universidad de Buenos Aires, descendiente de suecos, quedó prendado de la prosa destilada y dolorosa de Lindqvist, tradujo el libro y colocó las fotocopias de su versión mecanografiada como material de cátedra.

De esa traducción se adaptó el texto que ahora ofrece la colección Armas y Letras de Turner, que también se animó con la primera edición en español de Hiroshima, de John Hersey, y Memorias de un oficial de infantería de Sigfried Sassoon, dos clásicos que desnudan las atrocidades de las guerras mundiales.

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Pero antes, Turner ya había traducido y publicado en nuestro idioma otro mazazo de Lindqvist.

Historia de los bombardeos es un libro más complejo y más personal pero igual de tremebundo en sus consecuencias. Traza la historia de los bombardeos aéreos, también acudiendo a numerosas, sorprendentes y riquísimas fuentes.

Aquí Lindqvist postula y demuestra que la destrucción de ciudades enteras, de Gernika e Hiroshima a Vietnam e Irak, no es la excepción sino la regla, el anhelo de los estrategas, la lógica consumada. Masacrar y aterrorizar a civiles indefensos es hoy el propósito de la guerra, y esta práctica y su lógica justificativa es lo que se fue construyendo a lo largo del siglo XX.

Hay una línea lógica de unión entre ambos libros: en Exterminad a todos los salvajes, se muestra cómo la modernidad del siglo XIX se alzó sobre los cadáveres de los “salvajes” que la “civilización” echaría del planeta y de la historia.

Historia de los bombardeos puede ser leído como su continuación: el siglo que acaba de terminar agregó al exterminio generalizado el desarrollo tecnológico que posibilita la distancia aséptica entre el exterminador y el exterminado.

La estructura de este segundo libro es de múltiples entradas, se salta de una sección breve a otra, se avanza y retrocede en el libro, se puede seguir un camino temático o leerlo tradicionalmente, en un avance histórico. Se arma y desarma como Rayuela de Julio Cortázar, y todas sus lecturas nos dejan deprimidos y más sabios.

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No sé cómo se me ocurrió hace unos años compartir mi pasión por Lindqvist con la gran editora Valerie Miles, a la sazón directora de la versión española de Granta. Estábamos juntos en una mesa redonda sobre revistas literarias. Ni se me hubiera ocurrido la posibilidad de que el reportero sueco realmente existiera. Quiero decir, sabía que debía existir, pero a veces, con libros que se adentran con mucha profundidad y lucidez en el horror, es mejor pensar que no existe el peligro de toparnos con el autor.

Valerie me contó entonces de su encuentro con Sven. Lo habían invitado para el premio Ulises en Berlín, y el sueco apareció como yo temía imaginarlo: callado, taciturno, muy correcto en el trato, tímido, casi con vergüenza de estar ahí, para ser homenajeado. Estaba por empezar la mesa redonda, pero también es verdad que no quise saber mucho.

Hay libros que nos hacen querer saberlo todo sobre sus autores. Hay otros que al menos a mí me dejan flotando, entre el asombro por el estilo perfecto, implacable, luminoso, y la inteligencia algo siniestra que no deja resquicio para la esperanza. Seguro que Sven Lindqvist como persona es más imperfecto, más humano que sus libros brillantes. En su caso, prefiero quedarme con los libros.

Es necesario leer a Sven Lindqvist, aunque después de saber lo que nos cuenta sea irremediable y aterrador el juntar las piezas para construir definitivamente el mapa de nuestra ignominia. 

[Publicado el 08/4/2014 a las 19:40]

[Etiquetas: Sven Lindqvist, Exterminad a todos los salvajes, Historia de los bombardeos, Charles Darwin, Georges Couvier, Editorial Turner, Hiroshima, John Hersey, Memorias de un oficial de infantería, Sigfried Sassoon, Rayuela, Julio Cortázar, Valerie Miles]

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Biografía

Es periodista, reportero especializado en cultura, sociedad y medio ambiente, y profesor de periodismo.

Nació en Buenos Aires en 1962, estudió sociología y teatro en su ciudad natal, periodismo en Nueva York y reporterismo ambiental en Berlín. Es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Master en Periodismo por Columbia University. Desde 1998 vive y trabaja en Barcelona, donde dirige y enseña en el Master en Periodismo BCN_NY, organizado por IL3-Universidad de Barcelona y la Universidad de Columbia en Nueva York. Es el corresponsal en España de la revista Opera News.

Herrscher es el autor de Periodismo narrativo, publicado por SIL-Universidad Finis Terrae en 2009, y del relato de no ficción Los viajes del Penélope, editado por Tusquets Argentina en 2007 y traducido al inglés y publicado por Südpol como The Voyages of the Penelope en 2010. Actualmente trabaja en Crónicas bananeras, una investigación histórica y crónica de viajes sobre las ‘repúblicas bananeras' de Centroamérica, para Tusquets. Asimismo, dirige la colección Periodismo Activo de Publicacions de la UB, donde saldrá este año la versión española de Periodismo narrativo.

Es autor de capítulos en los libros La noticia deseada y Soldados de Noé (Argentina), Analizando los medios y la comunicación y Domadores de historias (Chile). Trabajó como reportero y editor en el Buenos Aires Herald, la agencia IPS y las revistas Hombres de Maíz y Lateral. Sus reportajes, crónicas y perfiles han sido publicados en medios como La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, Ajo Blanco, El Ciervo, Lateral, Room, Quimera, Gentleman, Gatopardo, Travesías, Etiqueta Negra, Página 12, Perfil, y Puentes.

Ha dado clases y seminarios en Ithaca College (EE.UU.), las universidades degli Studi di Milano (Italia), Colonia (Alemania), Católica de Valparaíso y Finis Terrae (Chile), los masters en periodismo de Clarín/San Andrés (Argentina) y U. Complutense de Madrid/ABC (España). entre otras. Es miembro de la International Association for Literary Journalism Studies (IALJS), y fellow del Seminario de Salzburgo y la Inter American Foundation. En 1998 obtuvo el 3er. premio de la Foreign Press Association de Nueva York.

 

Blog: www.periodistanarrativo.wordpress.com

 

Twitter: @RMHerrscher

 

Bibliografía

 

El arte de escuchar (2015)
Universidad de Barcelona 

Periodismo narrativo (2012)
Universidad de Barcelona

 

Periodismo narrativo (2009)
SIL-Universidad Finis Terrae 

 

 

Los viajes del Penélope (2007)
Editorial Tusquets 

Obras asociadas

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