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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 25 de febrero de 2018

 Blog de Roberto Herrscher

Valery Gergiev ahora dirige con los ojos

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Hace un cuarto de siglo, cuando comenzó a viajar a España con su Orquesta Mariinski de San Petersburgo, se podía entender el estilo de dirigir de Valery Gergiev sin necesidad de escuchar a la orquesta: bastaba con mirar los golpes constantes, precisos y enérgicos  con la batuta, el gesto imperioso de subir o bajar el volumen y la intensidad con la mano izquierda, la forma en que su cuerpo se cimbraba o daba saltos al impulso de su propia energía, la manera en que flotaba su mechón de pelo rebelde, cuidadamente descuidado.

Pero las cosas han cambiado. Los músicos de orquestas españolas que han tocado recientemente bajo su dirección, como los de la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Catalunya (OBC) el año pasado, lo encuentran menos volcánico y más introspectivo. Ahora dirige principalmente con los ojos. Esos dos carbones negros, escrutadores, que antes reforzaban sus gestos hoy son el eje de sus indicaciones y su expresividad. 

Con los ojos o con todo el cuerpo, el maestro Gergiev parece siempre estar atento y siempre sintiendo la música con una emotividad muy eslava. Dice en sus entrevistas que heredó la parte del control de su padre, un militar que murió cuando Valery tenía 14 años, y la sensibilidad artística de su madre. Así comenzó muy joven como asistente de Yuri Temirkánov, el director del Mariinski, que en la era soviética se llamaba Kirov.

En tres décadas subió a director artístico y a su actual puesto de director general y zar de los cuerpos orquestales, los coros, el ballet y los técnicos de una sala de conciertos, otra de cámara, un teatro de ópera tradicional y otro, gigantesco y de última tecnología, terminado hace tres años con un presupuesto millonario.

En total, más de dos mil personas y el mayor complejo musical del mundo bajo su atenta mirada.

Gergiev nació en Moscú en 1953 pero muy pequeño se mudó con sus padres a la que considera su patria chica, Osetia del Sur. Siempre contesta en las entrevistas que ya de niño quiso ser director de orquesta, y a los 22 años, en 1975, ganó el prestigioso concurso Herbert von Karajan para directores en Berlín. Tras un período de perfeccionamiento en la Orquesta Estatal de Armenia, en 1988 volvió al Kirov, donde desde entonces ordena y guía el camino artístico de una orquesta que bajo su égida subió a los más altos escalones de prestigio sinfónico.

En los noventa mostró con el Mariinski versiones espectaculares de los clásicos de Modest Mussorgsky, Piotr Tchaikovsky e Igor Stravinsky, de los que se apropió como defensor y especialista. También llevó la música de su patria a las grandes salas, como el Covent Garden de Londres o el Metropolitan de Nueva York, donde estrenó con éxito rotundo Guerra y Paz de Sergei Prokoviev. En esa ópera dio a conocer al mundo a uno de los tantos talentos que descubrió y alentó; la descollante soprano Anna Netrebko.

Poco a poco, junto con el repertorio ruso que siempre lo acompaña, empezó a destacar con versiones de músculo, sutileza y precisión del gran repertorio alemán. Tras casi un siglo sin que se pusieran en escena en Rusia, produjo versiones vibrantes, llenas de matices, de las obras maestras de Richard Wagner: Parsifal y las cuatro partes de El anillo del nibelungo.

En su incansable andar, durante una década combinó sus compromisos rusos con los de director titular de la Orquesta Sinfónica de Londres, la decana de las inglesas, con la que grabó una integral de las sinfonías de Gustav Mahler, hoy de referencia. Y en 2015 asumió un reto mayúsculo como director de la Sinfónica de Munich tras la muerte del legendario director norteamericano Lorin Maazel. Se rumorea que en breve cumplirá uno de los pocos desafíos que le falta cumplir: dirigir en el templo de los fanáticos wagnerianos, el Festival de Bayreuth.

No es que le falten festivales: en 1993 fundó el Festival de las Noches Blancas de San Petersburgo, en 2002 también creó y se hizo cargo del Festival de Pascua en la capital rusa. Y casi cada año organiza un festival para los grandes aniversarios de los  grandes compositores rusos, donde alterna los caballos de batalla de siempre con las rarezas que él vuelve a la vida: ya lleva dos festivales Tchaikovsky, con cuya desaforada sensibilidad parece encontrar especial afinidad, y uno con la música de la gran víctima del control soviético sobre las artes, Dimitri Shostakovich.

En este siglo es uno de los directores más apetecidos por las principales orquestas mundiales. Desde 1997 está a cargo de la Orquesta Mundial para la Paz creada por Georg Solti y sus apariciones con las filarmónicas de Berlín, Viena, París, Nueva York, Los Angeles y las sinfónicas de Chicago, Cleveland, Boston y San Francisco, además de la del Royal Concertgebouw de Amsterdam, son puntos altos en cada una de estas ciudades.

Como ejemplo de su lealtad a las orquestas que confiaron en él en tiempos pretéritos, sigue actuando con la Filarmónica de Rotterdam, con la que estrenó buena parte de su repertorio actual en su carácter de director titular de 1995 a 2008.

Valery Gergiev fascina hoy en el mundo de la música clásica como uno de los pocos artistas originales, insustituibles, con sus complejidades y sus ambigüedades. Es un audaz iniciador de nuevas aventuras musicales y a la vez un tradicionalista en repertorio y en apego a cuerpos orquestales con los que lleva décadas de relación. Es exigente hasta la rudeza y al mismo tiempo paternal con sus jóvenes promesas. Y puede ser a la vez la mar de pragmático en su relación con teatros y programadores y un derroche de generosidad en el podio.

En España dio varias muestras de este incansable espíritu que a veces lleva a la agradecidas extenuación a su público. Con la ópera del Palau de les Arts de Valencia inició la temporada 2009-2010 con un Les Troyens de Hector Berlioz imponente y tremendo en lo musical y desafiante, desigual en una nueva puesta en escena de La Fura dels Baus. Tras cinco horas al mando de la precisa orquesta de Les Arts hasta los críticos, muchos agradecidos con el sonido suntuoso de la orquestación de Berlioz, queríamos que Troya cayera de una vez en manos griegas.

Y en Barcelona recuerdo una lección de cómo se tocan los siempre modernos clásicos de Stravinsky. Nadie se hubiera quejado si programaba dos de las columnas vertebrales de la juventud revolucionaria del gran Igor, pero Gergiev nos propinó Petrushka, El pájaro de fuego y La consagración de la primavera, con dos intervalos, en tres horas magníficas y demoledoras. Un Gergiev sudoroso y agotado sonreía tras su hazaña, y el público barcelonés que estuvo presente, lo recordará por años.

En febrero de 2016 trajo a Barcelona otro de sus desafíos memorables: juntó a sus fuerzas del Mariinski con los músicos de la OBC para una interpretación monumental de la Cuarta Sinfonía de Shostakovich.

Unos 130 músicos se apiñaban en el vasto escenario del Auditori. Los solistas principales de cada cuerda de la OBC, acostumbrados a sus puestos de privilegio y a que el colega del costado pasara las hojas de la partitura, debían echarse ellos mismos adelante para pasar las hojas, en deferencia con sus colegas rusos. ¡Era digno de verse!

Dos cuerpos orquestales muy distintos, dos tradiciones tocando una obra al límite de lo grandioso. Y los ojos flamígeros de un maduro Valery Gergiev controlándolo todo, levantando y acallando las olas sonoras de una partitura embravecida en una noche interminable y mágica para el público barcelonés. 

 

Este perfil fue publicado el sábado 10 de febrero de 2018 en la revista Cultura/s de La Vanguardia.  

[Publicado el 10/2/2018 a las 19:09]

[Etiquetas: Valery Gergiev, Orquesta Mariinski, Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Catalunya, Piotr Tchaikovsky, Diminitri Shostakovich, Sergei Prokofiev]

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Dead Man Walking: ópera, cine y activismo contra la pena de muerte

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La mezzosoprano Joyce DiDonato como la hermana Helen Prejean en la versión de Dead Man Walking que se verá en el Teatro Real de Madrid. Foto del Barbican de Londres

1.       1. “Que sea una historia de redención”

Cuando el joven compositor Jake Heggie y el veterano dramaturgo Terrence McNally pidieron permiso a la hermana Helen Prejean para transformar su exitoso libro Dead Man Walking en una ópera, ella sólo puso una condición: “Que sea una historia de redención”. A la salvación de las almas de los presos había dedicado esta monja católica de Luisiana toda su vida, y en los últimos 30 años se convirtió en una elocuente crítica de la pena de muerte en su país.

En ese entonces, a finales del siglo pasado, ni Heggie ni McNally habían creado ninguna ópera. McNally era un dramaturgo y libretista de éxitos de Broadway como El beso de la mujer araña, The Full Monty y Ragtime, mientras que el jovencísimo aspirante a compositor full-time trabajaba en el departamento de relaciones públicas de la Ópera de San Francisco (SFO).

Nada de esto preocupó a la religiosa. Ella quería que el producto resultante, como la película del mismo nombre que ganó cinco Oscars en 1995, hablara de la posibilidad de encontrar salvación, paz interior y perdón en un alma perdida, insensible, violenta.

La idea de unir a Heggie y McNally fue del jefe del primero, el director general de la SFO, Lofti Mansouri. En un texto incluido en el programa de mano del Teatro Real, McNally dice que esperaba a un compositor hecho y derecho, aunque no había escuchado una sola nota de su música. Pero “la realidad terminó siendo muy distinta. Ante mi puerta se presentó una persona que parecía recién salida del instituto. Quería hacer una ópera a partir de cierta película fin de siècle de René Clair que, una vez vista, me dio la impresión de tener aún menos potencial del que pensé cuando él me la describió con luminoso entusiasmo. Sin embargo, Jake se aferró a su idea. ‘Ah, ya veo’, me dije a mí mismo, entendiéndolo. ‘El compositor y yo tenemos que ponernos de acuerdo en el tema de la ópera primero’.”

Entonces McNally propuso Dead Man Walking, que para él tenía un enorme potencial porque toca un tema esencial en lo ético, espiritual, político, social y cultural: la pena de muerte, y porque lo hace sin maniqueísmos. Busca mostrar la crueldad, inhumanidad y horror de la pena de muerte no usando el caso de un inocente o alguien acusado de un crimen menor.

Parece decir: si en verdad estamos discutiendo la pena de muerte, pongamos sobre la mesa el caso de un criminal abominable. Si alguien como Joseph DeRocher (mirémoslo) merece vivir, todos lo merecen. En la primera escena, debería recrearse crudamente el crimen cometido por Joseph DeRocher: el espantoso asesinato de dos adolescentes. Es culpable, claramente, aunque en todo momento clama su inocencia. Y en cierto momento la hermana Prejean, su asesora espiritual, ya no clama por evitar su ejecución sino que busca su redención, su salvación: que confiese y acepte su crimen y muera sin odios.    

  2. "Contemporánea e intemporal; americana y universal”

A diferencia de la mayoría de las óperas contemporáneas, Dead Man Walking busca desde la melodía, la tonalidad tradicional, la armonía reconocible, una identidad musical en la voz de cada personaje. Es genuino teatro musical, donde la escritura vocal define, otorga espesor y ayuda a empatizar con cada personaje, como sucede en las óperas de Mozart, Verdi o Wagner.  Por eso es una ópera que conmueve, emociona, sacude. La escena del enfrentamiento entre la madre del asesino y los familiares de sus víctimas es logro dramático. Podemos entender al mismo tiempo el sufrimiento y las razones de ambos. Por su parte, la voz del convicto, casi siempre un recitativo cercano a las inflexiones del habla natural, permite entender su miedo, su confusión, su eventual transformación.   

En una reciente entrevista con la revista Scherzo, Heggie explica que la idea lo atrapó desde el momento en que McNally lo propuso, porque “es contemporánea y al mismo tiempo intemporal; muy americana y a la vez universal; trata de algunos de los más importantes trayectos emocionales que podemos emprender los seres humanos: la vida, la muerte, la redención, la venganza, el perdón.”

Tal vez por esto y por la calidad de la partitura y el libreto es que esta que levanta el telón en Madrid es la puesta número 60 en los 18 años que pasaron desde su estreno, algo absolutamente inusual para una ópera contemporánea.

La que se verá en el Real no es la producción original de San Francisco, de Joe Mantello. Será la más difundida, con puesta en escena de Leonardo Foglia, comisionada por la Lyric Opera de Chicago y otros seis teatros norteamericanos, y que ya pasó por varios escenarios europeos. La protagonista, la mezzosoprano Joyce DiDonato, es la más aclamada intérprete de la hermana Prejean en la actualidad. 

Al celebrar esta nueva representación y el estreno de su primera ópera en España, Heggie dice: “El viaje continúa y el diálogo se intensifica según se plantea la difícil pregunta central de la historia, pregunta que ha acompañado toda la historia del ser humano: ¿estamos a favor de la venganza o del perdón?”

 3.      El cine, fuente principal de la ópera del siglo XXI

Si bien Dead Man Walking tiene su origen en el libro de memorias de Helen Prejean, claramente una parte de su interés y éxito lo debe a la película de 1995 del mismo nombre dirigida por Tim Robbins con actuaciones estelares de Susan Sarandon como la hermana Prejean y Sean Penn como el convicto DeRocher. Los tres ganaron Oscars, junto con Bruce Springsteen por el lento, hipnótico blues Dead Man Walking

¿Cómo llegamos a óperas basadas en películas?

En los comienzos de la ópera barroca, los temas y las historias venían de los mitos y la historia de Grecia y Roma (Orfeo, la Odisea, Julio César). Luego se basaron en poemas épicos y obras de teatro clásico: muchas óperas románticas tienen su origen en obras de Shakespeare, Goethe y Schiller (Otello, Fausto, María Estuardo). El siglo XX encontró mucha de su inspiración en las novelas de la época (La guerra y la paz, Muerte en Venecia, Manon Lescaut). 

En estas dos primeras décadas del siglo XXI la búsqueda de argumentos de los compositores y libretistas de ópera parece dirigirse al arte más popular del siglo pasado: el cine. Los teatros de ópera (sobre todo de Estados Unidos) encargan o están dispuestos a financiar y poner en escena nuevas obras cuyo argumento el espectador ya conoce. Una de las primeras fue precisamente Dead Man Walking, encargo de la Ópera de San Francisco en 2000. 

El famoso crítico Norman Lebrecht sitúa otras dos óperas basadas en películas entre las que considera las diez mejores compuestas en lo que va del siglo XXI. En esa lista figura, a propósito, otra ópera de Heggie: The Great Scott, una reflexión sobre el lugar de la ópera y el arte en la sociedad actual. 

En su lista Lebrecht coloca tercera a Il Postino (2010), del fallecido compositor mexicano Daniel Catán. Está claro que esta ópera sobre la relación de Pablo Neruda y el joven cartero inculto pero sensible a quien el poeta introduce en el arte de la seducción por las palabras no se basa en la novela original, Ardiente paciencia de Antonio Skármeta, sino en la película de Michael Radford y su título en italiano.

Y en octavo puesto, menciona Cold Mountain (2015), obra de Jennifer Higdon basada en la película del mismo nombre de Anthony Minghella, nominada a cinco Oscars.

En la época más vanguardista del Teatro Real, bajo la dirección artística de Gerard Mortier, se estrenó Brokeback Mountain, una ópera de Charles Wourinen originada en un cuento breve de Annie Proulx (autora también del libreto) pero sobre todo base de la exquisita película de Ang Lee con Heath Ledger y Jake Gyllenhaal.

Y en su última y exitosa ópera, Jake Heggie vuelve al cine: es una adaptación de It’s a Wonderful Life (¡Qué bello es vivir!), el clásico de 1946 de Frank Capra.

¿Se está convirtiendo el cine en la fuente principal de argumentos, glamour y entrada a un nuevo público para la ópera de este siglo?

Es muy probable. Incluso no sería extraño que pronto viéramos óperas basadas en las series de moda, que están reemplazando a las películas de Hollywood en la imaginación popular. ¿Óperas de Mad Men, Los Sopranos, House of Cards, Juego de Tronos? Yo ya me estoy imaginando una versión lírica de The Walking Dead con zombies cantando arias y coros en los grandes escenarios de la ópera…

[Publicado el 21/1/2018 a las 21:53]

[Etiquetas: Dead Man Walking, Jake Heggie, Terrence McNally, Leonard Foglia, Teatro Real, Sister Helen Prejean, Susan Sarandon, Sean Penn, Brokeback Mountaijn, It's a Wonderful Life, ópera, cine]

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Un Chile desencantado recibe al Papa Francisco

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El Papa en el Parque O'Higgins la mañana del 16 de enero de 2018. Foto Pablo Vera Lisperguer AFP

El lunes 15 de enero a mediodía, seis horas antes de que aterrizara el avión de Alitalia que traía al Papa Francisco a Santiago de Chile, un millar de carabineros ya se desplegaba por la Alameda, la principal avenida de la capital. Los vendedores ambulantes que todos los días venden gaseosas y empanadas, voceaban hasta desgañitarse las banderas con el escudo del Vaticano, los rosarios y las chapitas con la cara del Papa.

Pero faltaba la gente.

“¿Por qué no llenan las calles?”, preguntaba perpleja una joven inmigrante venezolana. “¿No se dan cuenta de que es el Papa?”

Sí, es el Papa, pero esta visita se vive en Chile de forma muy distinta a la única visita papal anterior, de Juan Pablo II en 1987. En los estertores de la dictadura militar, Karol Wojtyla apareció en el balcón del palacio presidencial de La Moneda con Augusto Pinochet, pero la Iglesia chilena era vista como una fuerza moral de la sociedad: más del 70 por ciento de los ciudadanos se reconocían como católicos, y tanto la mayoría de los curas de las poblaciones pobres como muchos obispos clamaron por los derechos humanos y por la vuelta a la democracia.

Hoy la democracia está consolidada, pero menos de la mitad de los jóvenes se consideran creyentes y, en palabras de una joven escritora chilena, “en 1987 la Iglesia representaba la unidad nacional; hoy no representa a nadie”. Hoy el país es más ateo y más volcado a los cultos protestantes.

Además la iglesia está cuestionada por su complicidad con la pederastia. El caso del poderoso sacerdote Fernando Karadima, denunciado en 2010 y que dio lugar a una película de éxito, hizo bajar drásticamente el prestigio de la curia. El obispo de la ciudad sureña de Osorno, Juan Barros, quien fue mano derecha de Karadima, se convirtió en esta visita en símbolo de la exigencia a Francisco de que haga algo concreto para mostrar que no se tolera y se castiga el abuso sexual. Así lo pidieron teólogos críticos y una carta firmada por muchos ciudadanos de Osorno.

Frente a la Universidad Católica, le pregunto a un carabinero cuántos uniformados se despliegan en las calles.

“Demasiados”, me dice.

El número oficial son 18.000. Algunos de ellos persiguen a pequeños grupos de manifestantes, que muestran carteles contra la pederastia de los curas y la desigualdad social y económica. Pero la respuesta de gran parte de la población es la indiferencia. En encuestas y en redes sociales, predomina el hastío y el cuestionamiento por el costo de la visita (más de 10 millones de dólares en tres días) y por el hecho de que el gobierno decretara feriado cada día de la visita en las ciudades en las que estará el Papa.

Son las dos de la mañana del martes. El padre jesuita José Luis Carca pregunta al medio millar de feligreses que se juntan en el Colegio Ignasiano para iniciar la peregrinación al Parque O’Higgins: “¿Se han fijado lo agredidos que hemos estado?”

El sacerdote llama a su grey a recuperar el afecto de la población, y rescata el gesto de Francisco: desde el aeropuerto, fue a rezar a la tumba del 'obispo de los pobres' Enrique Alvear. “Hace 30 años lo tildaron de marxista-leninista y hoy lo homenajea el Papa”.

Comienza la peregrinación en medio de la noche. Nadie saluda a los peregrinos, que lucen gorras y camisetas moradas con el lema del Papa “Quiero una iglesia pobre para los pobres”. Pasamos frente a balcones vacíos y ventanas oscuras. Solo crepita una lámpara en la entrada del Night Club Delirio. Una señora mayor con poca ropa, de piernas rotundas surcadas de cicatrices, casi la única persona que vemos en nuestro peregrinar, se sumerge en la penumbra del antro.

Cada 10 metros, nuestro recorrido se ve interrumpido por los vendedores de parafernalia papal. Las banderas primero están a mil pesos (1,65 dólares); después a 500; ya a las puertas del parque, se consiguen tres banderas por mil.

En las afueras del Parque O’Higgins a las tres de la mañana miles de jóvenes voluntarios orientan a los feligreses. El que toma mi entrada comienza la frase, que supongo es común para los que frecuentan las iglesias en la era de Francisco: “Todo es amar y…” Ante mi ignorancia, completa la sentencia: “… y servir”. Y sonríe beatíficamente.

Son las ocho y ya pica el sol. Tras una larga noche de frío a la intemperie para muchos de los 400.000 asistentes a la misa, se escucha por los parlantes una marcha militar. Es la llegada del Papa al Palacio de la Moneda, para ser recibido por la presidenta Michelle Bachelet. Desde las pantallas gigantes vemos y escuchamos los discursos: Bachelet recuerda el año (1960) en que el entonces sacerdote Jorge Mario Bergoglio estudió en Santiago. Francisco llama a escuchar a los indígenas, los migrantes, los niños, los ancianos.

En su único gesto de autocrítica, el Papa manifiesta “el dolor y la vergüenza por el daño causado a los niños por parte de ministros de la Iglesia”. Expresa su apoyo “con todas las fuerzas” a las víctimas “para que no se vuelva a repetir”. Esta mención provoca los mayores aplausos en el Parque O’Higgins. En la tarde del jueves el Papa se reunirá a puertas cerradas con un grupo de víctimas. Pero si bien pidió perdón y expresó vergüenza, para los medios chilenos y buena parte de la opinión pública, en el momento de las medidas concretas, Francisco sigue en deuda.     

Son las diez de la mañana, y castiga un sol implacable. Ante un una melodía ramplona con ritmo machacón (“Chile una mesa para todos/Chile una patria donde todos podamos estar”), el papamóvil recorre el parque y comienza la misa.

En su homilía, Francisco cita al recordado jesuita chileno San Alberto Hurtado: “Si quieres la paz, trabaja por la justicia”. Esto despierta el mayor aplauso de la mañana. Pero entre los cientos de obispos y sacerdotes de blanco impoluto que rodean a Francisco se encuentra Juan Barros, el encubridor de Karadima.

A la tarde Francisco visita la cárcel de mujeres. Una representante de las internas denuncia el encarcelamiento de madres menores de edad y las condiciones del sistema que acoge a sus hijos. La frase más contundente del día la dijo Nelly León, Capellana del centro: “En Chile se encarcela la pobreza”.

Ante las presas, el Papa, en un discurso improvisado, apela a su memoria cultural de porteño: cita el tango Yira Yira de Enrique Santos Discépolo: “Todo es igual, dale que va, que allá en el horno nos vamos a encontrar”. Las presas, que conocen la amargura de los tangos, le dedicaron su primer aplauso.

“No todo es igual”, dice el Papa. Pero en el único gesto concreto que le pedían, acogió al obispo cuestionado por complicidad con el pederasta. Joge Mario Bergoglio no apartó del rebaño a los sospechosos de ser lobos disfrazados.  

 

 Una versión más breve salió en portugués el miércoles 17 de enero de 2018 en La Folha de Sao Paulo

http://www1.folha.uol.com.br/mundo/2018/01/1951074-ante-chile-desencantado-papa-nao-afasta-bispo-que-acobertou-pedofilia.shtml

[Publicado el 17/1/2018 a las 20:31]

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Martha Argerich: Una niña prodigio de 76 años

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“Haceme quedar bien, piba”, le dijo guiñando el ojo el presidente Juan Domingo Perón en 1955, cuando una Marta Argerich de 14 años se despedía del mandatario en la casa de gobierno. Perón había nombrado a sus padres en puestos diplomáticos en Viena para que ella pudiera estudiar con el maestro Friederich Gulda.

Martha Argerich, nacida en Buenos Aires en 1941, había comenzado a tocar el piano a los cuatro y a los seis ya era reconocida como niña prodigio. El famoso Gulda la escuchó y quiso que estudiara con él en Austria, pero el maestro diría años después que no creía haberle enseñado nada. Ella tocaba desde siempre con un dominio técnico apabullante.

Pero algo debe haber aprendido: en la visión de sus incondicionales, hoy Argerich comparte con su legendario mentor una visión pasional, un algo indefinible volcado en la interpretación. Siempre parece que está inventando y encontrando las notas aunque haya tocado la obra (los primeros dos conciertos de Beethoven, el de Ravel, el tercero de Prokofiev) cientos de veces.

En su primera juventud ganó importantes concursos: el Bolzano, el Chopin y el de la Radio Polaca. Irrumpió en el cerrado mundo de los grandes pianistas con una fuerza irresistible. Tan hermosa como tímida y reacia a las entrevistas, era la pianista más requerida en las grandes salas de concierto de Europa y Estados Unidos.

Así la describe el anónimo comentarista de la web El Atril, una inagotable fuente de información para músicos: “tan atractiva como una actriz de la nouvelle vague: usaba unas espectaculares minifaldas y fumaba un cigarrillo detrás de otro”. “Parece una ondina”, escribió el crítico del diario francés Le Figaro en 1970, cuando ella se presentó en París con Claudio Abbado y la Orquesta de la Radio y Televisión francesa para el Tercer concierto de Prokofiev. “Con esa cabellera lisa y deslumbrante, da la impresión de que saliera del agua en ese momento.”

La música y la vida fueron siempre para ella uno y lo mismo. Se casó tres veces, siempre con músicos profesionales: con el violinista chino Robert Chen; con el director de orquesta Charles Dutoit, y con el pianista Stephen Kovacevich.

También la acompañó desde el comienzo una irresistible generosidad por compartir la música con otros: pronto dejó la carrera de los conciertos en solitario y se concentró en obras con orquesta y pequeños grupos de cámara.A lo largo de su vida artística tuvo tres grandes cómplices musicales. Con el director Claudio Abbado grabó los conciertos de Chopin, Liszt, Ravel, Beethoven, Schumann, Mozart, Tchaikovski… de hecho, como resalta el crítico Gregor Willmes en el libro que acompaña la edición de sus grabaciones completas para el sello Deutsche Gramophone, fue con Abbado y la Filarmónica de Berlín que Argerich grabó en 1967 su primer concierto con obras de Mozart, y fue con él, Mozart y la Orquesta Juvenil Gustav Mahler, cuando el maestro Abbado, ya consumido por la enfermedad, la acompañó en su última grabación en 2014.

En su crítica de esta grabación en vivo, el periodista Christoph Vratz destaca que así como Abbado y Argerich “conservaron su amistad a lo largo de las décadas, revelan el mismo grado de afinidad en los dos conciertos (números 20 y 25), se escuchan atentamente el uno al otro, se complementan y se animan”.  

Esa combinación de complicidad amistosa y búsqueda común de profundidad en las obras es lo que forjó también con sus otros grandes aliados: el violinista Gidon Kremer y el violoncelista Misha Maisky, ambos nacidos en Riga, entonces Unión Soviética y hoy Letonia. La grabación integral de las sonatas para violoncelo y piano con Maisky son hoy el estándar con el que se miden todas las demás.

Esa caja con 48 CDs que guarda los tesoros los 50 años de Argerich y Deutsche Gramophon, la más longeva relación discográfica de la historia de la música clásica, muestra por un lado los altísimos estándares de calidad artística y asombrosa perfección de la pianista, y por otro lado, sus muy personales y curiosas preferencias a lo largo de los años. Por determinados compositores (Beethoven y Schumann en primer término, muy poco Mozart, apenas algo de Brahms, Prokofiev entre los de la primera mitad del siglo XX, Olivier Messiaen entre los de la segunda), y por compañeros de ruta.

Por ejemplo, en el Festival de Lugano, donde cada verano junta a sus socios musicales, nunca dejó de tocar con su gran amigo, el pianista Nelson Freire, aunque éste no haya alcanzado el prestigio y las ventas de otros pianistas de su generación.

En su muy activa séptima década, la pianista se ve rodeada por la admiración de los más famosos músicos de las nuevas generaciones. En una grabación en video del concierto de Bach para cuatro teclados, se puede ver y escuchar el alborozo de la maestra tocando con su gran colega ruso Mijail Pletnev, el director James Levine y el joven prodigio Evgeni Kissin, y en la orquesta de cuerda, sus incondicionales  Maisky y Kremer, además de jóvenes estrellas del violín como Renaud Capuçon, Sarah Chang y Vadim Repin, de la viola como Yuri Bashmet y del violoncelo como Boris Pergamenschikow.

Estaban todos ahí como modestos acompañantes por y con Martha.

En su intento de definir lo que hace única la forma de tocar el piano de Argerich. Gregor Willmes recopila los adjetivos que dedican los críticos a su sonido: “Intenso, poderoso, rico en colores, orquestal, vívido, fogoso, intoxicante”.

Para Willmes, la palabra que mejor la define es “espontánea”.  Infantil en el mejor sentido: toca el piano como Leo Messi juega al fútbol, con la seria y apasionada búsqueda de la perfección de un eterno niño prodigio. 

Todo en sus ejecuciones es delicadeza y precisión rítmica. Quienes hemos tenido el privilegio de ver a Martha Argerich en vivo hemos sentido la inexplicable excitación del arte que surge en el instante y se desvanece con una gracia infinita, para quedar por siempre en la memoria. 

 

(Publicado el 6 de enero de 2018 en la revista Cultura/s de La Vanguardia)

[Publicado el 11/1/2018 a las 18:53]

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Treinta y seis años después, ya sabemos dónde llevarte flores

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Desde el 1 de diciembre tu tumba ya está identificada: a partir de ahora vas a tener una placa con tu nombre y tus familiares van a poder llevarte flores, van a poder rezar y tocar el borde tosco de la cruz blanca que guarda tus restos. Este mes la Cruz Roja Internacional entregó e en Ginebra los datos de casi 100 cuerpos enterrados en el cementerio argentino de las Malvinas, y así terminó un largo camino.

Te lo quiero contar, porque no lo viviste. Lo último que debiste haber sentido fue el chispazo de la bala que rompió tu cráneo o paró tu corazón. Probablemente no tuviste tiempo de saber, a los 19 años, que tu vida se terminaba sin haberla casi vivido. Caíste sobre la escharcha y la turba húmeda del monte Tumbledown, o Dos Hermanas, o Longdon, los montes que rodean lo que los británicos llaman Port Stanley y nosotros llamábamos Puerto Argentino. Era la terrible noche del 11 al 12 de junio de 1982, cuando las tropas británicas, bien pertrechadas, bien alimentadas y con anteojos de visión nocturna, masacraron tu regimiento.

Faltaban dos días para la rendición. Fuiste parte de un ejército hecho en su mayoría por chicos como vos y como yo, de 18 y 19 años, haciendo el servicio militar durante la dictadura del general Leopoldo Galtieri.

Yo vi fotos que muestran cómo te enterraron en el monte. Tus compañeros, aturdidos y muertos por dentro, te colocaban en fosas comunes, bajo la mirada de los marines británicos. Las encontró el historiador Federico Lorenz 25 años después de la guerra, cuando fue a Londres a buscar fotos que mostraran lo que no habíamos visto, las fotos que tomaron ellos.

Ahí estuviste hasta noviembre de 1982. Con la llegada del verano y el deshielo, el ejército británico decidió juntar los cadáveres esparcidos por los campos de batalla en un cementerio que debía estar lejos de la vista de los habitantes de las islas. Así, en febrero de 1983 el capitán Jeoffrey Cardoso, que hablaba español y mostró una especial sensibilidad para la tarea, dirigió la recolección de cadáveres y los llevó a lo que ahora es el Cementerio Argentino de Darwin.

De los 649 muertos argentinos en la guerra, muchos perecieron en el mar, la mayoría en el hundimiento del Crucero General Belgrano el 1 de mayo. Casi la mitad de los 218 cuerpos enterrados en Darwin tiene nombre. Pero 123, entre los que te encontrás, tienen como marca una frase que el capitán Cardoso tomó de las tumbas de soldados anónimos ingleses de la Primera Guerra Mundial: “Soldado argentino sólo conocido por Dios”.

El 23 de abril de este año, el sitio de noticias en Internet Infobae compartió un documento histórico: la ceremonia, muy respetuosa, presidida por el obispo católico de las Malvinas, el general a cargo de las tropas y el capitán Cardoso, en que se inauguró el cementerio y te enterraron oficialmente con los demás “conocidos por Dios”: Fue el 19 de febrero de 1983. https://www.infobae.com/sociedad/2017/04/23/documento-historico-asi-enterraron-los-soldados-britanicos-a-sus-pares-argentinos-caidos-en-malvinas/

El cementerio de Darwin se había construido con la cooperación de la Cruz Roja Internacional. Del lado argentino, la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas e islas del Atlántico Sur comenzó a hacerse cargo de los viajes de familiares para visitar las tumbas desde que un acuerdo diplomático durante el gobierno de Carlos Menem permitiera la entrada de argentinos a las islas en 1991.

Para cualquiera que visite el sitio donde estás enterrado, la imagen encoge el corazón. Desde 1998, lo preside una enorme cruz blanca que se eleva en el descampado, entre suaves colinas barridas por un viento constante. Debajo, una Virgen de Luján (patrona de Argentina), con su manto celeste y blanco: fue la forma que encontró la Comisión de Familiares de saltar la prohibición de poner una bandera del país que, en la visión de los habitantes de las islas, los invadió. 

La madre y los dos hermanos de mi compañero de armas Juan Ramón Turano viajaron al Cementerio de Darwin en varias ocasiones para ponerle flores a su tumba y rendirle tributo. El marinero Juan Ramón tenía solo 17 años, era más joven que vos o yo. Yo ayudé a enterrarlo en Bahía Fox el 26 de mayo, en medio de la guerra, y cuando el equipo del Capitán Cardoso llevó su cuerpo a Darwin, estaba identificado. Fueron viajes angustiosos, pero al menos pudieron rezar al pie de su tumba. Tus padres también fueron, pero eligieron al azar una de las tumbas anónimas.

Desde hace años muchos padres piden que se identifiquen los cuerpos. El pedido de que la Cruz Roja realice la extracción de las muestras en el cementerio vino de la muy activa agrupación de veteranos, el Centro de Ex Combatientes Islas Malvinas (CECIM) de La Plata.

El pedido interesó a un músico inglés, el fundador de Pink Floyd Roger Waters, autor de álbum conceptual sobre la guerra de Malvinas, The Final Cut (1983), muy crítico con el manejo de la guerra por el gobierno de Margaret Thatcher. En 2012, de visita en Argentina para interpretar The Wall, sugirió a la entonces presidenta Cristina Fernández pedir a la Cruz Roja colaborar en la identificación de los cuerpos. (http://cronistaurbano.com.ar/malvinas-gracias-a-la-intervencion-de-roger-waters-se-autorizo-a-cruz-roja-a-identificar-a-combatientes-argentinos/)

Finalmente, con el nuevo gobierno del conservador Mauricio Macri, Argentina y Gran Bretaña acordaron colaborar con la Cruz Roja Internacional en las inhumaciones. (https://www.icrc.org/es/document/las-tareas-de-identificacion-en-las-islas-falklandmalvinas-continuan-segun-lo-planeado )Por la falta de comunicación con los familiares de caídos en Malvinas, un mal que los envenena desde hace 36 años, hay 20 familias que no pudieron ser localizadas. Y un puñado que no accedió a dar muestras de ADN. Según fuentes confiables, 98 familias sí dieron su consentimiento, y serán estos 98 soldados muertos los que recobrarán su identidad el 1 de diciembre.

El director del EAAF (http://www.eaaf.org/), Luis Fonderbrider, asegura que los cuerpos están en buen estado de conservación. Algunos incluso tienen objetos, fotos, cartas, que se devolverán a sus seres queridos. Entonces empezará el camino, con psicólogos y ayuda social, para informar a cada una de las familias.

Será a comienzos del año que viene cuando seguramente un auto oficial se detenga en la puerta de la casa de tus padres. Hace 36 años que esperan.

Los funcionarios, capacitados por la Cruz Roja (https://www.icrc.org/es/document/capacitacion-en-el-marco-del-proceso-de-identificacion-de-soldados-sepultados-en) les dirán que te identificaron. Que hay una tumba con tu nombre y que allí están tus restos. Fue su ADN el que propició el milagro de la ciencia. Es que no teníamos nada que nos identificara, de tan atropellada que fue la operación Malvinas. Ni vos ni yo teníamos una plaquita de metal con nuestro nombre y documento. Si yo hubiera sufrido la muerte del marinero Turano, tal vez estarían haciendo ahora el estudio con muestras de sangre de mis padres.

Desde el empecinamiento de Antígona por dar un entierro digno a su hermano Polinices que murió combatiendo contra el dictador en la Grecia antigua, el dar nombre a las tumbas de los muertos es una muestra de humanidad y civilización. En Puerto Berrío en Colombia, en Ayotzinapa en México, en Rabinal en las montañas de Guatemala y en las fosas comunes del franquismo en España, los familiares de desaparecidos siguen buscando identificar a los suyos.

A vos ya te encontraron. Bienvenido, camarada. Tu viaje terminó.  

 

Nota: Hace dos semanas lo publiqué en el New York Times en Español. La semana pasada lo reprodujo la Revista Ñ de Clarín en Buenos Aires. Hoy quiero compartirlo por aquí. 

[Publicado el 18/12/2017 a las 19:18]

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Masacre de las bananeras: una lectura de Cien años de soledad

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En estos días se ha desatado en Colombia un gran debate por unas declaraciones de la congresista María Fernanda Cabal refiriéndose a la masacre de las bananeras de 1928 como “un mito histórico” sin fundamento en los datos.

Las palabras de la representante del Centro Democrático, partido del ex presidente ultraderechista Álvaro Uribe, desataron una tormenta, con publicaciones de historiadores, antropólogos y hasta colegas de Cabal en la universidad donde estudió Ciencias Políticas.  

Esta polémica me recordó un escrito que hice hace cinco años a propósito de la dramática escena de la matanza del ejército sobre trabajadores en huelga de la United Fruit Company en la zona del Caribe colombiano donde nació Gabriel García Márquez y que fue el escenario y eje de sentido de toda su obra narrativa. Es parte de mi proyecto todavía no publicado, la novela de no ficción Crónicas bananeras.  

Quiero proponerlo como un aporte a este debate.

García Márquez eleva a miles los muertos en esa matanza, que sí existió y se saldó con más de cien acribillados por el Ejército. Pero hacia el final de esa sección de Cien años de soledad, el autor ya pone en la novela la pelea con los que postulan que esa masacre nunca existió. Y se coloca a sí mismo como personaje, y se hermana con el trabajador de ficción que él mismo inventó.

En este fragmento de mi libro aún inédito, me pregunto si Cien años de soledad puede colocarse junto con Mamita Yunai de Carlos Luis Fallas, Bananos de Emilio Quintana y la “trilogía bananera” de otro Nobel, Miguel Ángel Asturias.

 

*          *          *

 

¿Es Cien años de soledad una novela bananera?

No sólo, obviamente.

Pero sí, también.

Es una novela total, un enorme mural que pinta el continente entero a partir de su ombligo, o su corazón, en el Caribe doloroso y apasionado y profundo. Pero en ese mundo la vida cambia para siempre con la llegada del doble extranjero: el gringo que viene a mandar y el ejército de desarrapados trabajadores inmigrantes, que vienen a ganarse el sustento. En alguna de sus novelas anteriores los había llamado “la hojarasca”. Vienen y se marchan y no dejan huella.

En Macondo no los llama hojarasca, pero tampoco tienen cara, historia ni voz.

Ya lo había apuntado Mario Vargas Llosa en su estudio fundamental donde llama ‘novela total’ a Cien años de soledad. Al comparar la historia de Macondo con la del continente entero, el peruano apunta que “la segunda gran transformación histórica de esta sociedad (…) ocurre cuando es colonizada económicamente por la compañía bananera norteamericana y convertida en país monoproductor de materia prima para una potencia extranjera, en una sociedad dependiente. La fuente de la riqueza y el trabajo en Macondo es ahora el banano”.

Vargas Llosa comprueba que, como en los enclaves bananeros ‘reales’, Macondo se transforma en “un campamento de casa de madera con techos de zinc, y junto al pueblo surge el de os gringos, un pueblo aparte con calles bordeadas de palmeras, casas con ventanas de redes metálicas, mesitas blancas en las terrazas y ventiladores de aspas colgados en el cielorraso y extensos prados azules con pavorreales y codornices”.

            *          *          *

Todo había comenzado cuando Aureliano Segundo Buendía encontró por la calle al visitante norteamericano Mr. Herbert, un personaje esperpéntico “con pantalones de montar y polainas, sombrero de corcho, espejuelos con armaduras de acero, ojos de topacio y pellejo de gallo fino”. Mr. Herbert aceptó la invitación de Aureliano Segundo de comer en la espaciosa casa familiar, y “cuando llevaron a la mesa el atigrado racimo de banano que solían colgar en el comedor durante el almuerzo, arrancó la primera fruta sin mucho entusiasmo”.

Pero en un momento descubrió, “más bien con distracción de sabio que con deleite de buen comedor”, que ese fruto valía oro. Lo examinó, lo midió con instrumentos de precisión, y a la semana desembarcaban en Macondo un ejército de agrimensores, hidrólogos, topógrafos, y sobre todo una ominosa jauría de solemnes abogados vestidos de negro.

“Dotados de recursos que en otras épocas estuvieron reservados a la Divina Providencia, modificaron el régimen de lluvias, apresuraron el ciclo de las cosechas y quitaron el río de donde estuvo siempre y lo pusieron con sus piedras blancas y sus corrientes heladas en el otro extremo de la población, detrás del cementerio”.

Este es un párrafo magistral de Cien años de soledad: en él los gringos de la bananera salen del mundo de la racionalidad y la ciencia y entran de lleno en el realismo mágico.

En la transformación de Macondo en un pueblo bananero no faltó de nada, ni por supuesto el infaltable tren de las putas. “Un miércoles de gloria llevaron un tren cargado de putas inverosímiles, hembras babilónicas adiestradas en recursos inmemoriales, yu provistas de toda clase de ungüentos y dispositivos para estimular a los inermes, despabilar a los tímidos, saciar a los voraces, exaltar a los modestos, escarmentar a los múltiples y corregir a los solitarios”.

Bueno, esto sí es producto de la famosa prosa hiperbólica de García Márquez: en mis conversaciones con testigos, usuarios y protagonistas, la realidad del lenocinio en las plantaciones bananeras tenía mucho menos de gloria y más de sudor agrio, tedio, violencia, fastidio, desesperación y vacío.

En Costa Rica, varios trabajadores me contaron que al salir de la covacha sucia donde un trabajador tras otro manchaban la sábana descolorida, les esperaba un detalle de la compañía: una cesta con limones cortados por la mitad, para frotarse la zona de contacto, como medida profiláctica.

Lo que no es producto de la hipérbole tropical, el regodeo literario ni la nostalgia es la descripción del cambio de autoridad que se produjo en Macondo con la llegada de la bananera: “Los funcionarios locales fueron sustituidos por forasteros autoritarios, que el señor Brown se llevó a vivir en el gallinero electrificado para que gozaran, según explicó, de la dignidad que correspondía a su investidura, y no padecieron el calor y los mosquitos y las incontables incomodidades y privaciones del pueblo. Los antiguos policías”, concluye García Márquez, “fueron reemplazados por sicarios con machete”

Toda la vida del pueblo empezó a girar alrededor de la compañía. Hasta José Arcadio Segundo se conchabó como capataz, para espanto del ‘nucleo duro’ de los Buendía. “-Que no vuelva a pisar este hogar- dijo Fernanda (su cuñada)-, mientras tenga la sarna de los forasteros”.

Pero lo peor llegó para la orgullosa Fernanda cuando su bella hija Meme fue invitada a tocar el clavicordio en el club social exclusivo de los gringos. La invitaron a sus bailes, a jugar al tenis, a bañarse en su piscina. Hasta comenzó a tontear con un gringo de esos…. Como la Colombia tropical donde había nacido García Márquez, como Latinoamérica toda, la estirpe del coronel José Aureliano Buendía se dividía y peleaba por su respuesta ante el ataque y la seducción del gringo.

Como la Malinche de Hernán Cortés, Meme, la hija de Fernanda Buendía, confraternizó y aceptó las dádivas del invasor, mientras sus hermanos se preparaban para la guerra.

*          *          *

La caída final de Macondo comenzó con la degradación paralela de la familia Buendía, peleándose y matándose y haciéndose el amor entre sí en un éxtasis de violencia y frenesí que el académico Víctor García de la Concha llamó “los cerrados laberintos de la sangre”, por un lado, y por el otro por el desmoronamiento social, económico y político de Macondo.

Si bien el pueblo vivió muchos años más, el golpe de gracia se lo dio la huelga bananera, la represión policial y el silencio impuesto como una loza sobre la matanza.

José Arcadio Segundo, el capataz de la compañía, había renunciado a su puesto, se había vuelto sindicalista y estaba incitando a la huelga. Como bien puntualiza Sergio Ramírez desde sus años de revolucionario centroamericano, en un libro con vírgenes voladoras y niños con rabo de cerdo, las peticiones de los huelguistas eran exactas, calcadas a las que los trabajadores de los años treinta y cuarenta presentaban a la United Fruit Company en Honduras, en Costa Rica, en Panamá y en la costa caribeña de Colombia.

Además de las peticiones salariales, de que no se les pague en bonos canjeables en los negocios de la compañía, de que mejore la atención sanitaria y las inhóspitas condiciones de trabajo en las plantaciones, “los obreros aspiraban a que no se les obligara a cortar y embarcar banano los domingos, y la petición pareció tan justa que hasta el padre Antonio Isabel intercedió en favor de ella porque la encontró de acuerdo con la ley de Dios”.

Medio siglo más tarde, caminando en el bananal de Finca 8 en Palmar con el antiguo capataz de la compañía Joselino Rosales, el hombre me sale en medio de la oscuridad con la misma queja, la misma petición. Y en este caso, el trabajador tico se gana a García Márquez en el dramatismo de su historia: cuando llegaban los barcos de la Gran Flota Blanca, no se respetaba ni Semana Santa.

 La policía sacó de sus casas varios connotados sindicalistas, incluyendo a José Arcadio Segundo y a Lorenzo Gavilán, un coronel de la revolución mexicana “que decía haber sido testigo del heroísmo de su compadre Artemio Cruz” (un homenaje literario de Gabo a su amigo Carlos Fuentes, porque Cruz es un personaje de la novela más conocida del mexicano – un centenar de paginas más adelante, otro personaje de Cien años de soledad se topa en París con la buhardilla donde murió el niño Rocamadour, personaje de Rayuela, del amigo y admirado de ambos, el argentino Julio Cortázar).

Así es el entramado extraño, superpuesto y lógico de la novela: con los Buendía se cruzan personajes de otras novelas y también las condiciones prosaicas y firmes de los huelguistas bananeros.

¿Por qué salen José Arcadio, Gavilán y los otros de la prisión? Por una causa que suena a salida de Cebollas y reyes de O. Henry: “porque el gobierno y la compañía bananera no pudieron ponerse de acuerdo sobre quién debía alimentarlos en la cárcel”.

*          *          *

Pero la realidad supera a veces a la ficción, y García Márquez, que conoce como pocos el mundo bananero, ‘novelizó’ el argumento de los abogados de la compañía para no negociar con los huelguistas con un argumento que ningún novelista, por más imaginativo que fuese, pudo haber pergeñado con la claridad y el cinismo con que lo hicieron los verídicos abogados de la UFCO: “… los ilusionistas del derecho demostraron que reclamaciones carecían de toda validez, simplemente porque la compañía bananera no tenía, ni había tenido nunca, ni tendría jamás trabajadores.”

¿Cuántos lectores de Cien años de soledad no habrán celebrado la inventiva genial del creador del realismo mágico? Yo mismo, cuando me devoré la novela en mi cuartito de Buenos Aires a los 18 años, en tres días y tres noches de asombro, no imaginaba que al menos la parte bananera de la novela es realismo sucio. Sucio y doloroso. ¿Quién puede competir en inventos crueles con los abogados reales de la UFCO histórica? Los documentos que los historiadores de la compañía como Carlos Hernández y Ronny Viales y Aviva Chomsky y Philippe Bourgois rescataron de archivos polvorientos, dicen esto y más.

No hay inventos. Hay, como dice Sergio Ramírez al final de su ensayo en la edición conmemorativa de las Academias de la Lengua, un “atajo hacia la verdad”.

La huelga grande estalló en Macondo, y el ejército llegó para restablecer el orden. Como orgulloso hombre del Caribe, García Márquez se permite una descripción precisa pero xenófoba de los jóvenes de la sierra que vienen marchando en tres regimientos: “Eran pequeños, macizos, brutos. Sudaban con sudor de caballo, y tenían un olor de carnaza macerada por el sol, y la impavidez taciturna e impenetrable de los hombres del páramo. Aunque tardaron más de una hora en pasar, hubiera podido pensarse que eran unas pocas escuadras girando en redondo, porque todos eran idénticos, hijos de la misma madre, y todos soportaban con igual estolidez el peso de los morrales y las cantimploras, y la vergüenza de los fusiles con las bayonetas caladas y el incordio de la obediencia ciega y el sentido del honor”.

Se acercaba el desastre. El pueblo se juntó en la plaza para escuchar la arenga del teniente coronel. De pronto, García Márquez corta la narración del momento para ir a un futuro remoto, y la memoria de un anciano que en esa escena era un niño. La frase comienza con tres palabras muy importantes para el autor: son las tres famosas palabras con las que comienza todo el andamiaje de Cien años de soledad, esa primera frase que muchos de sus lectores podemos repetir de memoria. Ahora lo que se recuerdas “muchos años después” no un hecho festivo, la tarde en que el padre de Aureliano Buendía lo llevó a conocer el hielo, sino una matanza.

“Muchos años después, ese niño había de seguir contando, sin que nadie se lo creyera, que había visto al teniente leyendo con una bocina de gramófono el decreto número 4 del Jefe Civil y Militar de la provincia. Estaba firmado por el general Carlos Cortés Vargas y por su secretario, el mayor Enrique García Isaza, y en tres artículos de ochenta palabras declaraba a los huelguistas cuadrilla de malhechores y facultaba a ejército a matarlos a bala”.

Inmediatamente, un capitán, con voz cansada, dio cinco minutos a la muchedumbre para retirarse. Pasados cuatro minutos, José Arcadio Segundo, quien nunca antes había levantado la voz, les gritó: “¡Cabrones, les regalamos el minuto que falta!” Los catorce nidos de ametralladoras desataron el pánico. La plaza quedó sembrada de cadáveres.

“Muchos años después”, insiste García Márquez con su comienzo-fetiche, “el niño había de contar todavía, a pesar de que los vecinos seguían creyéndolo un viejo chiflado, que José Arcadio Segundo lo levantó por encima de su cabeza y se dejó arrastrar, casi en el aire, como flotando en el terror de la muchedumbre, hacia una calle adyacente”.

José Arcadio Segundo salvó la vida de milagro. Fue dado por muerto y subido al tren. Se despertó rodeado de cadáveres. “Debían de haber pasado varias horas después de la masacre, porque los cadáveres tenían la misma temperatura del yeso en otoño, y su misma consistencia de espuma petrificada, y quienes los habían puesto en el vagón tuvieron tiempo de arrumarlos en el orden y el sentido en que se transportaban los racimos de banano”.

Saltó del tren en marcha, volvió a Macondo y se encontró con que nadie le creía. La masacre no había sucedido nunca. Entonces comenzó a llover. Los militares anunciaron que cuando escampara firmarían el acuerdo de paz. Y entonces, con la exactitud que lo coronó como maestro del realismo mágico, como si tal cosa, como contaban los abuelos, escribe García Márquez: “Llovió cuatro años, once meses y dos días”.

 Esa es la mezcla genial de datos duros, periodísticos, y los vuelos de una imaginación desbordada. Lo excesivo, lo increíble, lo mágico, está contado como si fuera lo más natural del mundo. Y a su lado, las cifras y los nombres y las fechas de los hechos históricos refulgen y pegan mucho más.

Para dos generaciones de latinoamericanos, así fue el expolio y la violencia de la bananera, así fue el drama de un continente sometido por unos soldados sanguinarios a su vez sometidos a una multinacional extranjera, que seducía a las élites con bailes y partidos de tenis y pagaba a generales sin alma para que sofocaran rebeliones a bala.

Muchos años después, 28 páginas antes del final de la novela, cuando los dedos de García Márquez ya volaban sobre la máquina de escribir con total seguridad, sabiendo que lo tenía, que lo había logrado, Aureliano Buendía se muda a la ciudad y se vincula a un grupo de bohemios borrachos de amor por la literatura. Se llaman Álvaro, Germán, Alfonso y Gabriel, “los primeros y últimos amigos que tuvo en la vida”.

García Márquez homenajea a sus queridos amigos de juventud, que perseguían el sagrado sueño de las letras mientras caían de risa en bares, en prostíbulos y en los pisos mugrientos de olvidadas revistas literarias.

Aureliano los quería a los cuatro “como si fueran uno solo”, pero “estaba más cerca de Gabriel que de los otros”, porque compartían el pasado de sus abuelos, las historias de Macondo y sobre todo la certeza sobre la matanza los trabajadores, que todos los demás creían una invención.

“Cada vez que Aureliano tocaba el punto, no solo la propietaria, sino algunas personas mayores que ella repudiaban la patraña de los trabajadores acorralados en la estación, y del tren de doscientos vagones cargados de muerto, e incluso se obstinaban en lo que después de todo había quedado establecido en expedientes judiciales y en los textos de la escuela primaria: que la compañía bananera no había existido nunca”.

Y aquí comienza una frase que para mí es clave para entender la novela, el arte entero de García Márquez y su visión del mundo y el relato de su vida: “De modo que Aureliano y Gabriel estaban vinculados por una especie de complicidad, fundada en hechos reales en los que nadie creía, y que habían afectado sus vidas hasta el punto de que ambos se encontraban a la deriva en la resaca de un mundo acabado, del cual solo quedaba la nostalgia”.

El último de la estirpe de los Buendía y el autor convertido en personaje tiritan unidos como hojas pegadas y a la deriva, unidos por la certeza de un crimen borrado con violencia de la memoria de su gente. La invención, la literatura, el vuelo imaginativo para mejor recordar un pasado necesario. Las palabras – en un ritmo implacable, hipnótico, irrepetible – como escalera hacia la salvación por el recuerdo.

Eso es para mí Cien años de soledad.

[Publicado el 06/12/2017 a las 17:39]

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Gay Talese: De la gripe de Sinatra a los vicios de un voyeur

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Hoy comienza en Buenos Aires el Festival de periodismo narrativo Basado en Hechos Reales. La Revista Ñ de Clarín me pidió un perfil de su invitado estrella, que hablará a distancia, el maestro del Nuevo Periodismo Gay Talese. Fue un saludable ejercicio de síntesis.

1.

En 1966, Frank Sinatra ya está mayor, pero se lanza a un especial de televisión para demostrar que aún es ‘La Voz’. La revista Esquire envía a Gay Talese para hacer un perfil del veterano crooner.

Todo debe salir bien, pero cuando llega el día de comenzar, Frank se pesca una gripe y la voz no le sale. Está furioso. Y lo que menos quiere es recibir al cargoso periodista.

Con tiempo y dinero en sus manos pero sin la entrevista con su personaje, Gay Talese recorre los arrabales y se asoma a los callejones de Sinatraville. Y la historia que va tejiendo no es la del cantante, sino la de la gente que se mueve a su alrededor. Es una historia sobre el poder, el culto al ídolo, la enfermedad de la fama y la decadencia.

Frank Sinatra está resfriado es aún hoy lectura obligatoria en universidades de Estados Unidos, junto con los otros perfiles de su clásico Retratos y encuentros (1970), con su gran crónica de la mafia italiana Honrarás a tu padre (1971) y con su relato coral de la revolución sexual La mujer de tu prójimo (1980).

2.

Con el paso de las décadas, Tom Wolfe y Norman Mailer pasaron de moda. Pero el estilo sobrio, preciso y elegante de Talese no. ¿Por qué? La revista New Yorker postula que “Gay Talese siempre encontró a sus mejores personajes en la derrota y el declive: (…) El estilo lapidario y los impecables estándares de investigación de Talese se mantienen frescos mucho más tiempo que las obras de algunos de sus contemporáneos más histriónicos del movimiento del Nuevo Periodismo”.

Gay Talese (Nueva Jersey, 1932) dice que aprendió a escuchar y mirar de niño. Su padre era un sastre del sur de Italia, y en su tienda entraba multitud de inmigrantes pobres, con ganas de ser escuchados.

“Éramos gente de la clase baja, gente que salía a observar a los otros pero no éramos observados. Mi padre era un sastre preguntón. Sabía mucho de la gente que entraba en su tienda. Yo crecí escuchando sobre las vidas de gente común, y las encontraba interesantes”, cuenta en Telling True Stories.

Comenzó a trabajar en diarios y pronto entró a la redacción del New York Times. Escribía sobre Nueva York, sus muelles brumosos, sus calles semidesiertas por las noches, siempre pobladas de almas en pena y en busca de oídos atentos.

3.

Así definió Talese su oficio en Telling True Stories: “Escribo no ficción como una forma de escritura creativa. Creativa no quiere decir falsa: no invento nombres, no junto personas para construir personajes, no me tomo libertades con los datos; conozco a gente de verdad a través de la investigación, la confianza y la construcción de relaciones. Llegas a conocerlos tan bien que se vuelven parte de tu vida privada. Yo respeto a esa gente, aunque he escrito sobre gansters y pornógrafos. Llegué a ver el mundo como lo ven ellos”.

Y de un pornógrafo aficionado va su último libro y la última gran polémica de Talese. El motel del voyeur (2016), el relato de su relación a lo largo de tres décadas con Geraldo Foos, el propietario de un motel que observaba por un agujero en el techo a sus clientes teniendo sexo, se convirtió casi de inmediato en fuente de debates y críticas: que Foos le mintió sobre datos básicos, que cometió delitos al violar la intimidad de sus clientes y que Talese lo acompañó ocasionalmente en esta actividad reprochable, que el tema no tiene interés periodístico. Y que incluso el libro da cuenta de un asesinato cometido en una habitación y del que no informó a la policía.

4.

En Babelia, Miguel Ángel Bastenier fue lapidario: El periodista italoame­ricano que fue uno de los creadores, en los años sesenta del llamado nuevo periodismo,  tan frecuentemente literario que podía bordear los límites de la ficción, ha publicado un libro-reportaje en el que lo que bordea son los límites mismos del trabajo periodístico”.

Pero hay mucho del mejor Talese en el libro. En uno de los capítulos más angustiosos de El motel del voyeur, varios veteranos de Vietnam acuden en los sesenta con sus esposas o novias. En las camas del motel el voyeur nota las heridas físicas y emocionales y un sexo desaforado, triste o imposible. Así se cuelan en estas páginas las secuelas inesperadas de una guerra horrenda.

Talese siempre fue polémico, estiró los límites, buscó ese lugar donde se cruzan lo público y lo privado, auscultó como nadie el latido de los grandes temas de su tiempo. Aún después de los ataques y las críticas a su último libro, sigue siendo un referente inexcusable del periodismo narrativo o literario. El último de la época de oro del Nuevo Periodismo. Una influencia vital en la crónica latinoamericana de hoy.  Escucharlo sigue siendo una delicia y un deber para los que seguimos sus hondas huellas.

[Publicado el 29/11/2017 a las 16:18]

[Etiquetas: Gay Talese, El motel del voyeur, Frank Sinatra está resfriado, Retratos y encuentros, La mujer de tu prójimo, Honrarás a tu padre, Telling True Stories, Festival Basado en Hechos Reales]

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El submarino desaparecido y los dolores argentinos

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Al escribir estas líneas, el viernes 24 de noviembre de 2017, ya se perdió toda esperanza de encontrar con vida a los 44 tripulantes de la dotación del submarino argentino San Juan, perdido en las profundidades del Atlántico Sur.

Durante ocho días, barcos y aviones de 11 países lo buscaron infructuosamente. Los familiares, destrozados, enfrentaban con angustia, bronca, llanto y gritos a las cámaras de televisión.  Al final, fueron ellos los que tuvieron que contarles a los periodistas lo que los voceros oficiales se negaban a revelar: que los marinos estaban muertos.

Esta semana, no se habló de otra cosa. ¿Pero por qué caló tan hondo esta historia en la sensibilidad colectiva de los argentinos? Yo creo que tiene que ver con traumas nacionales, que vienen de la historia reciente del país y que quedaron como heridas colectivas que siguen supurando.

1.      Desaparecidos

En primer lugar, las imágenes de esposas, madres, hijas clamando a las puertas de un cuartel militar con carteles, exigiendo información sobre sus seres queridos recordó a muchos las madres y abuelas de Plaza de Mayo, solo que esta vez eran familiares de militares. No hay peor angustia que no saber, ni peor indignación que saber que las autoridades saben pero no quieren decir.

Tal vez esta tragedia de unos militares que aparentemente estaban cumpliendo una tarea útil para el país (protegiendo las aguas continentales de los pesqueros ilegales) ayude a cerrar una de las ‘grietas’ argentinas: los militares no son nosotros; son el enemigo: En los estertores de la dictadura, las marchas de derechos humanos se hacían con cánticos de “No hubo errores; no hubo excesos: son todos asesinos los milicos del Proceso”.

Este es el primer caso conocido de militares cuya suerte se desconoce y cuyos cuerpos están desaparecidos.   

2.      Malvinas

Esto lo escribo como periodista pero también como veterano de la Guerra de las Malvinas. En 1982 me tocó hacer el servicio militar y fui enviado a las islas. Durante una semana mi barquito, el Penélope, fue dado por perdido. Se nos dañó el radar y la radio. Mis padres temían que yo estaba muerto. La soledad del océano sin ver la costa es capaz de volver loco a cualquiera.

Malvinas es una herida todavía abierta en Argentina. Jovencísimos soldados enviados a morir y a enloquecerse sin el equipamiento ni la preparación necesarios.

Los partidarios del gobierno de Mauricio Macri se solazan hoy recordando que la expresidenta Cristina Kirchner declaró en 2011 que el submarino San Juan navegaría durante 30 años. Los ‘kirchneristas’ critican al gobierno actual. Usan la tragedia ajena para atacarse mutuamente. Mientras tanto, un centenar de familiares sienten que nadie los escucha.

3.      Claustrofobia

Fue justamente en la época de la dictadura y de Malvinas, en 1981, que salió una de las películas más angustiosas que haya visto mi generación: Das Boot, un preciso y detallista film alemán sobre la tripulación apiñada en un submarino durante la Segunda Guerra Mundial. Pocas veces el cine se internó tanto en la claustrofobia. El submarino se hunde para no ser bombardeado, fondea a 270 metros de profundidad, comienza a entrar agua y finalmente logra salir a flote, pero el capitán muere.

La muerte en un submarino es de las que produce más horror: creo que tiene que ver con estar atrapados, saber lo que viene y no poder hacer nada. Como una condena a muerte con el mar inmenso como un enemigo imposible de derrotar. 

4.      Incompetencia

Quedará para siempre en la memoria de los argentinos la cara impertérrita del capitán Enrique Balbi, vocero de la Armada, anunciando este jueves queConcretamente, se recibió una información sobre un evento anómalo, singular, corto, violento y no nuclear, consistente con una explosión”.

Todo el manejo de esta crisis brilló por la incompetencia de las autoridades militares, y sobre todo del Ministerio de Defensa. Ni el ministro Oscar Aguad ni su secretaria de Servicios Logísticos para la Defensa y Coordinación Militar en Emergencias, Susana Villata, tenían conocimiento ni formación alguna en el área. Ante la opinión pública, la impresión de desorganización e improvisación recordaron los casos de recientes inundaciones e incendios donde este gobierno y el anterior se vieron desbordados.

5.      Una mujer

Por último, la tragedia del ARA San Juan tiene un nombre propio, que recuerda al desastre de la nave espacial Challenger de la NASA, que se desintegró a segundos de su lanzamiento en 1986. Entre los siete muertos, la maestra Christa Mc.Auliffe. Las caras de desazón de los alumnos de McAuliffe, que estaban reunidos en el aula para ver a su maestra subir al espacio, quedarán para siempre como imagen de un trauma nacional.

Entre la tripulación del San Juan se encontraba la primera mujer oficial de submarinos de América Latina, Eliana María Krawczyk. En uno de los muchos perfiles que los medios argentinos le dedican, su familia, de la provincia de Misiones, la describió en el diario La Nación como “dulce” pero “dura como el acero”.

Este final para la primera submarinista del continente, una mujer entre tantos hombres, es el último elemento de un horror que hoy acongoja a todo un país.

Artículo publicado en La Folha de Sao Paulo de Brasil en portugués el sábado 25 de noviembre de 2017. 

Link:  http://www1.folha.uol.com.br/mundo/2017/11/1938172-desaparecimento-do-san-juan-toca-dores-recentes-dos-argentinos.shtml?utm_source=facebook&utm_medium=social&utm_campaign=compfb  

 

[Publicado el 25/11/2017 a las 17:37]

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La otra guerra: Hijas e hijos de Malvinas

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Para mi hijo José Pablo 

La primera vez que mi hijo supo que su papá había estado en una guerra, se quedó quieto, en silencio, tratando de comparar eso con algo de su propia experiencia.

“¿Y a cuántos mataste?”, me preguntó de pronto.

Le dije con alivio que a ninguno. Se decepcionó terriblemente. Tenía seis años y estaba entrando al mundo de los videojuegos y las películas de acción. Me quería ver como un héroe, valiente, atrevido.

Tardé mucho en poder reírme de la escena, en salir de mi nube de melancolía tanguera de ex combatiente de Malvinas. La levedad del comentario de mi pequeño había sido un regalo. Su mirada me sacó de la guerra real, del miedo a la muerte en las noches de guardia y el viento y el frío que arañan la mejilla y la memoria de los cuerpos partidos y las caras demacradas, mi último recuerdo de las islas en esa lancha lúgubre rumbo al buque hospital.    

Y un día mi hijo cumplió los 19, la edad en la que fui a Malvinas. Y me imaginé que me lo arrebataban para mandarlo a la guerra y pasaba tres meses sin saber cuándo podía llegar la carta diciendo que lo habían matado. Yo lo veía como un niño, hermoso y frágil, y en ese momento pensé: como nuestros padres nos veían a nosotros.

Hace mucho que no somos los chicos de la guerra. Y tal vez por pelearnos con esa idea de que éramos chicos, que no, que somos veteranos, que basta de tenernos lástima, que necesitamos otras cosas… no notamos que en nuestras casas y a nuestra sombra melancólica crecían chicos de una guerra que solo conocieron por su reflejo empañado en el padre.

¿Cómo es ser hijo o hija de un veterano de Malvinas? ¿Cómo fue crecer a la vera de un hombre que calla, que guarda secretos duros o memorias dolorosas? ¿Cómo fue celebrar en la escuela esos 2 de abril? ¿Y leer las noticias de los suicidios, los desquiciados, los que siguen dando vueltas en un desfile cansino con uniformes raídos por la memoria implacable?

Como escribo y soy periodista y doy talleres de contar el pasado y la memoria histórica, algunos de estos chicos me vinieron a ver, a contar sus historias. Me di cuenta de que no los habíamos escuchado. Ni siquiera nosotros, los ex combatientes, les dimos un espacio para contar sus experiencias y su dolor. Su propia guerra. De lo que conozco, solo el centro de veteranos CECIM de La Plata había hecho actividades y abierto un espacio de encuentro para los hijos.

Nuestra historia sí se contó. Faltan piezas, pero se contó, desde distintos ángulos y con énfasis a veces enfrentados.

El periodismo siguió los pasos de los soldados en su larga posguerra. Desde el primer intento, el revelador Los chicos de la guerra, de Daniel Kon, una serie de entrevistas en profundidad con ex combatientes recién retornados hasta la crónica de suicidados y desquiciados Nuestro Vietnam, de Daniel Riera y Juan Ayala, publicado en el 2000 en la revista Rolling Stone. Desde Iluminados por el fuego, las memorias del veterano y reportero televisivo Edgardo Esteban hasta 1.533 kilómetros hasta casa, el documental de Laureano Clavero sobre los dolidos veteranos de Miramar.

Hay también películas, canciones, historietas, innumerables tesis y textos académicos sobre los sobrevivientes de esa guerra. El historiador Federico Lorenz contó en Las guerras por Malvinas el papel de los relatos de ex combatientes en la construcción actual de la conciencia nacional, la antropóloga Rosana Guber analizó su cambiante identidad colectiva en De chicos a veteranos y la dramaturga y directora teatral Lola Arias convirtió sus historias en una obra con recuerdos, gritos y música en vivo en Campo minado.

¿Y nuestros hijos? ¿No nos habremos olvidado de ellos, de escucharlos y apoyarlos y acompañarlos en su propia, extraña guerra, con su tener que convivir con un papá que lucha con sus demonios?

Hace poco vino a la Universidad Alberto Hurtado de Chile, donde enseño, el joven cineasta belga Andrés Lübert. Trajo un documental sobre su padre chileno, quien de joven participó en el aparato de represión y tortura de la dictadura de Pinochet. El documental, El color del camaleón, es sobre los recuerdos, el dolor y la culpa del padre, pero también sobre la necesidad del hijo de saber, de entender, de sanar su propia herida.

“Los hijos no elegimos vivir con este trauma”, dijo Andrés. “Pero también nosotros necesitamos saber qué hacer con lo que les pasó a nuestros padres en una época casi incomprensible para nosotros”.

Nos contó que tras las proyecciones se le acercaban hijos de desaparecidos, de ex presos políticos, pero también de torturadores y policías de la dictadura. ¿Qué necesita, qué puede decir, que quiere hacer una hija (porque la mayoría eran mujeres)?

Malvinas es otra cosa. Los viejos “chicos de la guerra” hace 35 años que pensamos en Malvinas. Pero la gran mayoría lo pensamos para adentro, en silencio. Un hijo de veterano me dijo, cuando le pregunté de lo que le había contado su padre, que “el viejo es un hombre de pocas palabras”.

Entonces se me ocurrió empezar a poner el tema sobre la mesa, abrirlo al público proponiendo una charla abierta al Museo Malvinas, Federico Lorenz, y a la Fundación Tomás Eloy Martínez. En ambas instituciones la aceptaron entusiasmados. Participaron Verónica Liso, periodista que me contactó hace años porque quería escribir sobre los hijos de veteranos, los músicos Emiliano Anderfhrn y Nicolás Plácido: ellos dos trabajan en el Museo Malvinas, y están encargados de dar visitas guiadas al amplio espacio dedicado a las islas y la guerra en el predio de la ex Escuela de Mecánica de la Armada.

En la charla hubo muy buenas ideas y experiencias propias de los hijos, pero pocos recuerdos relacionados con la guerra de los padres. Sentí que estos jóvenes tenían ganas de saber más que lo que podían o querían contarles sus propios padres. Ellos tres y de otros que contacté para invitarlos estaban trabajando en el tema Malvinas: en el Museo o escribiendo o investigando sobre las islas, el conflicto, la soberanía. Tal vez para preguntarle al mundo lo que a ellos también les resultaba difícil hablar con quienes debían tener más cerca.  

Siento que esta actividad fue apenas empezar a rascar la superficie. Hay muchas historias dolorosas, mucho dolor atragantado, no contado. Hay hijos que ya habían nacido, que eran chiquitos, de soldados, oficiales o suboficiales que murieron en Malvinas. Hay hijas e hijos de ex combatientes cuyos padres se suicidaron, o murieron de enfermedades y accidentes que en nuestro caso siempre nos provocan preguntas y dudas lacerantes.

En Argentina desde hace décadas se trabaja desde distintos ámbitos con las hijas y los hijos de la violencia, de la dictadura, el exilio, el retorno. Los nietos recuperados por las Abuelas de Plaza de Mayo muestran una cara de cómo un pasado no protagonizado por ellos los marca de por vida y los obliga a tomar decisiones y preguntarse por su identidad.

En mi trabajo como periodista y profesor, recorro América Latina y en todos lados se me pegan a la piel y al alma las historias de hijos de la violencia. Memoria histórica hecha carne. En Colombia. En Guatemala. En Costa Rica. En México. Ahora en Chile.

Durante demasiado tiempo este país dio la espalda a los que volvimos agotados y amargados de unas islas demasiado famosas. Muchos tuvimos hijas e hijos. No les demos ahora la espalda a ellos. Tal vez más de uno pensó que mantenerlos alejados de ese infierno que bullía en nuestro interior era la forma de protegerlos. Debían vivir otra vida.

Pero es mejor hablar. Juntar y compartir historias. Arroparnos en nuestras pesadillas comunes. Es hora de ayudarlos a encontrarnos y encontrarse. Para que dejen de explotar de una buena vez las bombas sobre la trágica turba malvinera que llevamos dentro.

 

 Publicado en la revista Ñ de Clarín el 16 de setiembre de 2017 con el tíulo "Malvinas sigue doliendo en el cuerpo de los hijos": 

https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/malvinas-sigue-doliendo-cuerpo-hijos_0_r1M80LxiZ.html

 

[Publicado el 21/9/2017 a las 20:39]

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El muñeco de Víctor Jara: arte y maestría técnica contra el olvido

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 Faltan pocos días para un nuevo aniversario del golpe de estado en Chile. Un nuevo 11 de setiembre, 44 años después. Tal vez el símbolo mayor de la brutalidad de esos milicos, de su odio, es la detención, tortura y muerte del cantautor Víctor Jara. En el Estadio Nacional le quebraron las manos y le dispararon a quemarropa pocos días después del golpe.   

Hace un año la televisión pública chilena, TVN, difundió un breve documental que vuela de creatividad, compromiso y amor. La idea, la dirección y la realización técnica son del inclasificable creador Christian Rojas, quien también participó en la investigación y el guión.

Dura poco más de cuatro minutos. Véanlo aquí: https://www.youtube.com/watch?v=eOodjBJM0sI

Este trabajo ganó en abril el Premio Periodismo de Excelencia, el principal premio de nuestra profesión, que da mi Universidad Alberto Hurtado, en la categoría de Multimedia. En junio los alumnos de la Escuela de Periodismo invitaron a Christian Rojas a mostrar y contar su trabajo. Mi excelente alumno y ahora ayudante Pedro Kortmann entrevistó a Christian y a la ganadora en la categoría Audiovisual, Mónica Pérez, también de TVN. Ambos trabajos hablan de la dictadura y la memoria histórica. Eso deben hacer, entre muchas otras cosas, los medios públicos.

Hay mucha investigación detrás de estos minutos: mucha búsqueda de documentos, muchas entrevistas con los testigos y los últimos que compartieron cautiverio con Víctor, los que lo vieron vivo y muerto, tirado a la vera de un muro. Hay música de Víctor Jara, hay un comienzo y final con mucho arte: las cuerdas de una guitarra mostradas desde dentro del instrumento. Unos pájaros vuelan. Las cuerdas tañidas por el artista se rompen. Una metáfora bella y poderosa de la muerte.

La historia la cuentan los que estuvieron con él, y mientras ellos se colocan en los lugares y las acciones que recuerdan, un muñeco articulado ocupa el lugar de Jara. Usaron el sistema de stop motion: miles de fotos de los muñecos del cantante y sus asesinos se proyectan como fotogramas de una película.

Christian nos contó que  la ropa de su muñeco y los de los militares las hizo él: cortando un suéter negro de su armario, una vieja camisa verde. Todo fue hecho así, con los recursos y la confianza de la televisión pública y con mucho tiempo y soluciones creativas y baratas de Rojas y su equipo.  

Mientras las voces de los testigos recuerdan esos días finales, los muñecos representan el drama. Me impresionó mucho este trabajo de datos duros y mirada poética. Cuando terminó me quedé hablando con Christian. Él había traído sus muñecos. Tomé al pequeño Víctor en mi mano. Sentí que latía como un pájaro. Así nos sacaron esta foto a los dos.

Se pueden hacer cosas así cuando nos tomamos el periodismo como se lo toma Christian Rojas. 

[Publicado el 09/9/2017 a las 16:43]

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Biografía

Es periodista, reportero especializado en cultura, sociedad y medio ambiente, y profesor de periodismo.

Nació en Buenos Aires en 1962, estudió sociología y teatro en su ciudad natal, periodismo en Nueva York y reporterismo ambiental en Berlín. Es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Master en Periodismo por Columbia University. Desde 1998 vive y trabaja en Barcelona, donde dirige y enseña en el Master en Periodismo BCN_NY, organizado por IL3-Universidad de Barcelona y la Universidad de Columbia en Nueva York. Es el corresponsal en España de la revista Opera News.

Herrscher es el autor de Periodismo narrativo, publicado por SIL-Universidad Finis Terrae en 2009, y del relato de no ficción Los viajes del Penélope, editado por Tusquets Argentina en 2007 y traducido al inglés y publicado por Südpol como The Voyages of the Penelope en 2010. Actualmente trabaja en Crónicas bananeras, una investigación histórica y crónica de viajes sobre las ‘repúblicas bananeras' de Centroamérica, para Tusquets. Asimismo, dirige la colección Periodismo Activo de Publicacions de la UB, donde saldrá este año la versión española de Periodismo narrativo.

Es autor de capítulos en los libros La noticia deseada y Soldados de Noé (Argentina), Analizando los medios y la comunicación y Domadores de historias (Chile). Trabajó como reportero y editor en el Buenos Aires Herald, la agencia IPS y las revistas Hombres de Maíz y Lateral. Sus reportajes, crónicas y perfiles han sido publicados en medios como La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, Ajo Blanco, El Ciervo, Lateral, Room, Quimera, Gentleman, Gatopardo, Travesías, Etiqueta Negra, Página 12, Perfil, y Puentes.

Ha dado clases y seminarios en Ithaca College (EE.UU.), las universidades degli Studi di Milano (Italia), Colonia (Alemania), Católica de Valparaíso y Finis Terrae (Chile), los masters en periodismo de Clarín/San Andrés (Argentina) y U. Complutense de Madrid/ABC (España). entre otras. Es miembro de la International Association for Literary Journalism Studies (IALJS), y fellow del Seminario de Salzburgo y la Inter American Foundation. En 1998 obtuvo el 3er. premio de la Foreign Press Association de Nueva York.

 

Blog: www.periodistanarrativo.wordpress.com

 

Twitter: @RMHerrscher

 

Bibliografía

 

El arte de escuchar (2015)
Universidad de Barcelona 

Periodismo narrativo (2012)
Universidad de Barcelona

 

Periodismo narrativo (2009)
SIL-Universidad Finis Terrae 

 

 

Los viajes del Penélope (2007)
Editorial Tusquets 

Obras asociadas

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