Tomando una copa en el bar del hotel Intercontinental de Bombay, me encuentro con un joven escritor indio. Ha estado en la conferencia que di en el Pen Center por la mañana y la sorpresa inicial de aquel encuentro -Bombay debe tener unos veinte millones de habitantes- se disipa al momento porque en realidad son escasos los sitios donde se puede tomar una copa y hacer un poco de vida nocturna tal como la conocemos en Occidente. Por la tarde estuve en un viejo restaurante parsí del centro, un restaurante con lentos ventiladores en el techo, vagamente lisboeta, de comida deliciosa y condimentada, que le recuerda a uno constantemente que está al otro lado del mundo.
Ahora, el escritor indio, algunos amigos y yo estamos en la terraza del hotel y hace un calor sofocante y húmedo, una niebla sórdida de polución que se levanta como una amenaza oscura. El novelista me habla de algunos autores hispanoamericanos a los que ha leído en inglés y me sorprende que los conozca. En la India, la literatura hispanoamericana es apenas un eco extraño donde reverberan los nombres de algunos escritores del Boom, Gabriel García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes... sobre todo el primero. El escritor indio hablaba con entusiasmo de la literatura hispanoamericana y en esa erudición había también una cierta sensación de estar acercándose a través de un espejo a una misma realidad que se basa, curiosamente, en el mutuo desconocimiento. Es cierto, le reconozco que, salvo que sean más bien británicos, son pocos los escritores indios que he leído. Hablamos un buen rato de nuestros países (aquí yo debía suplir «país» por continente, para que la semejanza sea proporcionada: La India es un subcontinente con 21 idiomas oficiales) y vamos comprendiendo nuestras realidades tan similares: la desigualdad social, la endeblez democrática... pero sobre todo una literatura rica en busca de afirmar su identidad. Aunque creo que en eso los indios nos llevan ventaja. En el vuelo que me trae a Zurich, cruzando el corazón mismo de la noche euroasiática, me dispongo a leer a un nuevo (para mí) autor indio: Kunal Basu. He traído algunos libros para conocer mejor ese inmenso, complejo y fascinante país que desafía cualquier descripción.
[Publicado el 06/11/2009 a las 09:21]
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Oscar Pujol, el director del Cervantes de Delhi es un catalán especialista en sánscrito que vive en este país hace veinte años y con quien sostuve una conversación amena y llena de interesantes observaciones durante el larguísimo trayecto hasta el restaurante donde nos esperaba el embajador peruano. La presentación que hizo Pujol de mí fue cálida y de una sobriedad exquisita. Pero gracias sobre todo a Nitesh Gurbani y a Carlota Taboada, en Delhi y en Bombay, respectivamente, he podido aprovechar mejor estos diez días en la India. Nitesh es un joven indio que trabaja en el Instituto Cervantes y conoce bien España, pues hizo la carrera de Filología en Córdoba. Él me ha enseñado esta ciudad mareante, caótica hasta la extenuación, sorprendente de lo tanto que se puede parecer a la imagen que de ella nos hacemos y que sin embargo, intuyo mientras camino por el casco viejo de Delhi, que sólo es la superficie, la manera de defenderse o burlarse de quienes ingenuamente creen que la pueden abarcar en pocos días. Naturalmente no intento semejante insensatez y me limito a caminarla, observando las hileras de rickshaws, las vacas que se apostan invulnerables en plena calle, entre una tienda de Lacoste y otra de Armani, a los indios ricos y vestidos a la usanza occidental que pasean de la mano de chicas fugaces y hermosas en sus saris multicolores. Nitesh mira con los ojos de un occidental, pero también de un indio, y eso es fantástico porque me salva de zozobrar en medio de tantas experiencias deep India con un dry martini en el Hotel Imperial, que es lo más parecido a un viejo enclave de las colonias británicas.
Carlota Taboada es una profesora de español en la universidad de Bombay que lleva poco menos de dos meses en esta ciudad tan distinta a la ensimismada Delhi. Se mueve con mucha soltura por sus calles y barrios, no se deja marear por los taxistas y es capaz de entender el enrevesado inglés de los indios. Pero al igual que Nitesh, Carlota ha sido una anfitriona estupenda que ha sabido equilibrar la sobredosis de realidad con breves oasis de sosiego occidental. Bombay es más festiva, despreocupada, un punto cínica. Delhi parece más contenida y sobria, más metida en sí misma. No es un impresión a la ligera: mis anfitriones y la gente con la que he conversado en estos días me ha confirmado esa sensación inmediata que nos asalta al recorrer las dos horas de vuelo que las separa. Pero en ambos casos la identidad india es un vínculo demasiado fuerte como para no percibirlo. Bombay es una espléndida vista nocturna (ciudad con mar, claro) que invita a imaginar su tráfago como una fiesta perpetua, espejismo que se deshace durante el día, cuando el calor, el tráfico pespunteado de bocinazos, el tropel de gente que inunda plazas y calles, nos la devuelve menos coqueta y mucho más conservadora de lo que a simple vista parece. Y entonces asoma en el recuerdo la Delhi norteña y un punto envarada, un poco a su aire. Como en realidad parece ser toda la India y que se vuelve hacia Occidente con esa indiferencia ancestral de los países que son en realidad planetas.
[Publicado el 02/11/2009 a las 09:29]
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Cuando el coronel Haki se encuentra con Latimer en aquella velada ofrecida en un palacio de Estambul, ruega al escritor de novela policíaca -de quien ha leído todos sus libros y es un admirador declarado- que lo visite un día en su despacho. Allí Haki, viejo sabueso de la policía secreta turca, conocedor de los bajos fondos y del ambiente criminal de aquellos años de entreguerras, le entrega al escritor inglés un dossier con un original argumento para una próxima novela. Haki es un gran lector de novela negra y confiesa no tener tiempo para escribir una. Por eso ha decidido «regalarle» a Latimer aquel esbozo de historia. Cuando este le da una rápida ojeada tiene que contener la risa: qué ingenuidad, qué trama más floja y disparatada. Sale del atolladero con vagas promesas y cuando se dispone a partir, a Haki le alcanzan un informe acerca de un criminal cuyo cadáver se encuentra en el depósito. Latimer le solicita acompañarlo: nunca ha visto el cadáver de un criminal, nunca ha estado en un depósito. En los ojos de Haki se intuye ironía: «Ah! Ahí tenemos al escritor: todo debe ser pulcro, artístico, como en un roman policier!..mire usted esto y después me dice si hay algo artístico aquí» , le dice después de leerle el historial del delincuente.
A partir del interés del novelista por el misterioso Dimitrios -el criminal cuyo cadáver ha aparecido flotando en las aguas del Bósforo- y las posteriores pesquisas por saber de su paradero, se construye una de las más inteligentes novelas de espionaje que he leído: «La máscara de Dimitrios» de Eric Ambler. Junto con algunas otras del mismo autor, es considerada como una verdadera pieza maestra del género. No en vano James Bond lleva un ejemplar del libro mientras viaja en tren, en una película cuyo título no recuerdo ahora, en este vuelo insomne que me lleva de Munich a Nueva Delhi, y que me ha traído a la memoria esta vieja novela, de la que seguramente hablaré en mi charla en la universidad. ¿Por qué?
Pues por el fragmento reseñado líneas arriba, donde asistimos sin asomo de duda a esa imposibilidad de trasvase que existe entre realidad y ficción, entre el novelista y el policía, ambos expertos en los mismos asuntos: el crimen, la mente asesina, el espionaje. Pero con una pequeña diferencia: El mundo de Latimer es el del roman policier, mientras que el de Haki es la realidad en su versión más brutal. Lo estupendo es que ambos, sin reflexionar sobre el particular más allá de unas líneas casi al descuido, intuyen que es así. El interruptor de la trama novelística es este mínimo hecho. Latimer cruza esa frontera, abandona su cómodo escritorio donde fabula con criaturas siniestras, espías y asesinos, pero no tiene idea de la realidad sobre la que se asientan sus ficciones. El resultado de sus pesquisas lo arroja a un infierno de chantajes, asesinatos por encargo y grandes intereses políticos. Una premonición del cataclismo que se avecinaba para Europa y para el mundo entero en pocos años.
Uno termina la novela mareado, confuso, sobre todo porque al cabo de un tiempo -como ahora, mientras reflexiono sobre ello- caemos en cuenta de que aun así, todo lo leído es ficción, que el gran engaño orquestado por el narrador empieza por admitir que efectivamente existe esa distancia entre la novela y la realidad, que no saberlo del todo le traerá mil problemas a Latimer... y nosotros caemos ingenuamente en la misma trampa, en el roman policier que empieza por señalar el peligro de no distinguir entre realidad y ficción y que al mismo tiempo emplea sus mejores hechizos novelísticos. ¿Acaso hay mejor trampa en una novela?
[Publicado el 26/10/2009 a las 11:57]
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Cosas curiosas que le ocurren a uno: Había viajado a París para asistir a una mesa redonda en la universidad de Nanterre y dos días después debía volar directamente a Tenerife para dar una conferencia. Como salí a las carreras de casa no llevé ningún libro, excepto el mío, del que debía leer unos pasajes en la universidad... y no iba a cometer la locura de leerlo además como "entretenimiento." Pero durante mis dos días parisinos y universitarios, traído y llevado de aquí para allá por mi amable paisano, el profesor Jesús Martínez, no tuve un minuto para comprar nada hasta que llegué al aeropuerto, donde vi un ejemplar de una novela de Yasmina Khadra, Les hirondelles de Kaboul. Pero iba con prisas, había una cola inmensa y remolona en la tienda y al final me fui de ahí fastidiado. Me alimenté exclusivamente de periódicos un día más, y por fin, regresando de Tenerife a Madrid, encontré tiempo para mirar ejemplares de bolsillo en la tienda del aeropuerto. Y me tropecé con el mismo libro que llamara mi atención en el Charles de Gaulle, esta vez en castellano: Las golondrinas de Kabul. De manera que sin dudarlo un minuto, como si aquello fuera una señal de no sé qué, lo compré.
Esas amables coincidencias que a veces son un chasco, otras en cambio resultan gratísimas, como la lectura de esta breve novela que devoré en las dos horas y cuarenta minutos que dura el vuelo de Tenerife a Madrid. Yasmina Khadra es el pseudónimo del ex oficial del ejército argelino Mohamed Moulessehoul, exiliado en Francia debido al agobio que le suponía compatibilizar su carrera militar con su vocación literaria: de ahí también el pseudónimo, que en realidad es el nombre de su mujer. La novela cuenta dos historias hábilmente cruzadas, la de un carcelero, y la de una pareja de jóvenes afganos educados y cultos que viven el nauseabundo horror de aquella sociedad lunática creada por los talibanes para mejor honra -según ellos- de Alá. Asistimos a las lapidaciones, a los ahorcamientos de veinte o treinta hombres cada semana para satisfacción de los mulás, a la repetitiva y monótona prohibición de hablar entre hombres y mujeres, de tomarse de la mano, de reírse en la calle, en fin, de vivir. Pero sobre todo, Khadra nos muestra la pervivencia tenaz de la humanidad en esos personajes que un sistema totalitario y mononeuronal quiere aplastar. La prosa del autor es vibrante y al mismo tiempo sencilla, como si quisiera evitar los grandes vuelos poéticos que sin duda puede alcanzar. Y con esa contención dibuja sus paisajes desoladores, la pesadilla íntima de las mujeres debajo de esa cárcel portátil que es el burka y uno no puede dejar de estremecerse pensando a qué extremos llegan los seres humanos cuando viven el estreñimiento moral y analfabeto del fanatismo. Yasmina Khadra lo cuenta con total entereza. Él, que también ha vivido sucesivos exilios: primero de su carrera como militar, luego de su nombre, después de su país y finalmente de su lengua materna.
[Publicado el 19/10/2009 a las 11:01]
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Como ya anuncié en el post anterior, esta es la última entrada correspondiente al curso que iniciamos hace ya casi dos años atrás y que ha servido sobre todo para que muchos de ustedes se conozcan y conozcan además que escribir es un oficio apasionante que requiere mucha dedicación. Decía Julio Ramón Ribeyro que había escritores que hablaban mucho, escribían poco y publicaban menos: son aquellos que gustan del relumbrón de la literatura más que de la literatura misma. Son quienes sólo ven en este oficio la parte supuestamente más dulce y hasta cierto punto vana, los que sueñan con un éxito, modesto o superlativo, que compense todas las fatigas que no han sufrido pero que han imaginado. Y en este curso, por fortuna, hemos encontrado a la gente que se entusiasma de verdad con el hecho de escribir y tiene la ilusión de hacerlo cada día mejor, para lo cual escribe mucho, pero sobre todo corrige mucho. ¡Cómo se nota el trabajo! Hemos visto las mejoras en los ejercicios quincena a quincena, y algunos de ustedes nos han dado la alegría de hacernos conocedores de los premios que han recibido en todo este tiempo. De manera que aunque el curso se haya acabado, confiamos en que sigan escribiendo y proponiéndose ejercicios, pues no sólo se dedica el tiempo a escribir los cuentos y novelas que quieran escribir: también es necesario un poco de "gimnasio literario" para tonificar los músculos creativos: descripciones, personajes, diálogos, tramas... todo sirve para escribir mejor.
A partir de ahora procuraré colgar post relacionados fundamentalmente con libros, pero también pequeñas observaciones cotidianas, en lo posible relacionadas con la literatura. Y espero que nos sigamos viendo por aquí.
[Publicado el 12/10/2009 a las 12:20]
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Jorge Eduardo Benavides (Arequipa, Perú, 1964), estudió Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Garcilaso de la Vega, en Lima. Trabajó como periodista radiofónico en la capital y en 1987 fue finalista en la bienal de relatos COPE (Lima); un año más tarde ganó el Premio de Cuentos José María Arguedas de la Federación Peruana de Escritores. En 1991 se trasladó a Tenerife, donde puso en marcha talleres literarios para diversas instituciones. Ha sido finalista del concurso de cuentos NH Hoteles del año 2000. Desde 2002 vive en Madrid donde continúa impartiendo sus talleres literarios. Su más reciente novela es La paz de los vencidos, galardonada con el XII Premio Novela Corta "Julio Ramón Ribeyro".
Cursos presenciales en Madrid
Jorge Eduardo Benavides imparte cursos presenciales en Madrid y ofrece un servicio de lectura y asesoría literaria y editorial. Más información en www.jorgeeduardobenavides.com
http://www.cfnovelistas.com/

La paz de los vencidos (2009). Alfaguara
Un millón de soles (2008). Alfaguara
La noche de Morgana (2005). Alfaguara
El año que rompí contigo (2003). Alfaguara
Los años inútiles (2002). Alfaguara
Cuentario y otros relatos (1989). Editorial Okura
2009 Premio Novela Corta "Julio Ramón Ribeyro" (Banco Central de Reserva del Perú)
2003 Finalista del Premio Rómulo Gallegos
2003 Finalista del Premio Tigre Juan de novela
2003 Premio Nuevo Talento FNAC
2000 Finalista del Concurso NH de Relatos
Premio de Cuentos "José María Arguedas" de la Federación Peruana de Escritores
1989 Finalista de la Bienal de Cuentos COPE (Lima)
20/3/2010 11:39
Publicado por: pepe Cabellero
20/3/2010 10:12
COMENTARIO CENSURADO por IVAN...
Publicado por: Javier
19/3/2010 04:17
Jorge muchas gracias por tu...
Publicado por: Samuel Aguilar
19/3/2010 03:50
Publicado por: Rafael vidal
18/3/2010 14:05
Ya he firmado. Y he colocado...
Publicado por: Pepe Aguilar
16/3/2010 23:26
Estupendo post Jorge. Comparto...
Publicado por: RAFAEL
16/3/2010 18:23
Jorge, ciertamente las redes son...
Publicado por: Raúl Márquez
16/3/2010 13:28
Publicado por: Juan Carlos Chirinos
10/3/2010 21:01
Me gusta este post. Cuando voy a...
Publicado por: Isabel B.
10/3/2010 15:27
Publicado por: Jaime
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