El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 22 de marzo de 2010

 Blog de Jorge Eduardo Benavides

Todo un premio

 

Rompo mi rutina semanal, en esta noche de agua nieve que deja su rastro tenue sobre la techumbre gris del Madrid de los Austrias, para escribir unas líneas sobre una escritora y vecina de blog, Clara Sánchez, que además de buena amiga es una estupenda novelista que acaba de ganar un premio prestigioso, el Nadal, ni más ni menos. Un premio honrado, un premio que se hace prestigioso con sus aciertos, como en este caso.

Lo último que he leído de ella, de Clara, fue "Presentimientos", novela hermosa y singular, de prosa limpia y sin excesos, que cuenta una historia anclada en los linderos de lo fantástico. ¿Qué ocurre con una persona cuando está en coma? Es un tema fascinante que Clara abordó con mucha originalidad y mucho, mucho oficio. Lástima, como se lo comenté en alguna ocasión, que durante la promoción de la novela no tuvieran cuidado de no descubrir el pequeño muelle que hace funcionar la historia, por otro lado, tan bien contada. Leí una novela suya, anterior, "Un millón de luces", y descubrí una escritora que sin alardes técnicos ni pases de magia para la galería, con el simple y primordial barro de las palabras, era capaz de hilvanar una trama que bajo su capa de cotidianidad mostraba la profunda complejidad de las relaciones humanas. Me gusta Clara como escritora, pero además, junto con Rosa Montero -tan amigas, las dos- es de esas personas sensatas y francas, amistosas y sin un ápice de soberbia o vanidad -pese a sus admirables trayectorias narrativas-, tan llenas de perspicacia y buena onda, que hacen  de su compañía un disfrute y un aprendizaje. Nos vemos poco, muy poco en realidad o como le he dicho alguna vez: "de trescientas páginas en trescientas páginas", pero siempre hay con ella esa sensación de retomar la conversación donde la habíamos dejado. Y de estar frente a alguien que ama el oficio. Por eso, que haya ganado este premio es una gran alegría.

[Publicado el 07/1/2010 a las 22:20]

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Una historia profundamente política

 

Hace poco terminé de leer «Las manos cortadas», la más reciente novela de Luisgé Martín que, como sus novelas y libros de relatos anteriores, ha salido en Alfaguara. «Las manos cortadas» es una novela extraña en el panorama actual de la literatura española, fundamentalmente porque encara con astucia narrativa un período particularmente sombrío de la historia reciente chilena y bien conocido por todos: la dictadura de Pinochet. No es habitual que los escritores españoles se adentren en un tema histórico-político y que además ocurra alejado de su propio paisaje; más aún cuando la Guerra Civil sigue siendo un yacimiento rico en historias, como lo demuestra la reciente novela de Antonio Muñoz Molina, «La noche de los tiempos».

Luisgé Martín además plantea un enfoque inusual, casi detectivesco y algo punzante, pues el narrador -un escritor español, supuestamente el propio Luisgé- recibe una llamada de alguien que dice tener documentos que prueban que Salvador Allende iba a convertir aquel Chile pre -pinochetista, de izquierdas y casi arcádico en el imaginario de muchos románticos, en una nueva Cuba.  Efectivamente, comprueba el escritor casi  al inicio de la novela, los documentos existen, y uno se pregunta, parafraseando a Alejandro Sawa, si acaso también Allende tuvo el ansia intelectual de convertir la idea en dinamita. Pero eso es sólo el disparador de una trama que demuestra una larga investigación y una minucia narrativa que nos lleva desde las primeras páginas hasta el final con un brío poco frecuente, rozando una y otra vez el género negro, que deja entrever a cada momento sus maneras, siempre manejadas con destreza por Luisgé, quizá uno de los más solventes narradores de la actualidad. Pueden resultar algo áridos los pasajes rigurosamente históricos, profusos en datos, que confunden y marean al lego en el tema -y Luisgé nos hace sentir así a todos, creo yo-, pero sorteado ese escollo, la lectura es envolvente.  No es una novela de concesiones narrativas y el escritor nos lleva a la desasosegante frontera de los ideales y las acciones, al territorio siempre en penumbra de lo revisitado. Pero sobre todo me llama la atención esta novela tan hondamente política en una tradición literaria poco dada al tema (el de la Guerra Civil es un género en sí mismo, de manera que excluyámoslo).

¿Qué ocurre en la literatura española actual para que el tema político sea apenas digno de atención por parte de los narradores, sobre todo cuando casi todos son opinantes y participativos, por decir lo menos? ¿Han hecho ustedes el inventario de la novela política en España? Es un asunto que me gustará comentar en un próximo post, pero por ahora me queda flotando esta (mínima) reflexión acerca de qué impulsa a un escritor como Luisgé Martín -nunca vinculado a esta temática- a tratar un asunto tan efervescente y ajeno (Ajeno: ya me entienden...) Por fortuna, lo hace y el resultado es impecable. 

 

[Publicado el 05/1/2010 a las 14:07]

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Listas

Aunque nunca he sido particularmente amigo de las listas y casi siempre sus conclusiones tienen el signo inequívoco (y frágil) de la inmediatez, no pude sustraerme a la lectura de la lista de los mejores libros publicados en el 2009 y que registra el suplemento Babelia de El País de esta última semana.  «Anatomía de un instante» de Javier Cercas, el libro elegido como el mejor de este año que termina, es un libro extraño, a medio camino entre el ensayo y la novela, y que tiene su punto de partida en el golpe del 23 F, en España.  Es curioso que en esta ocasión, según se desprende de la encuesta hecha a cincuenta críticos, la novela parece haber perdido fuelle en detrimento del ensayo. Al menos eso dicen: la gente quiere más realidad y menos ficción, ¡vaya!, eso suena como toda una novedad, dicen. El ensayo ha destronado a la novela, insisten.

Pero más allá del hecho evidente, siempre según los encuestados de Babelia, de que este año se han valorado mejor los ensayos que las novelas, creo que sería apresurado sacar conclusiones erróneas respecto a estas últimas. Me parece simplemente que los lectores buscan un nuevo empuje en la novela, un rapto de audacia: que esta ponga un pie en otros territorios para no sucumbir tragada por las sombras de sí misma. Ese híbrido entre ensayo y novela, como es efectivamente el espléndido libro de Cercas, me recuerda a la Negra Espalda de Tiempo, de Javier Marías, a Sefarad, de Muñoz Molina o las Nocillas del buen Agustín Fernández Mallo, que capitanea (me parece que sin querer) un grupo de escritores que proclaman una ruptura algo aparatosa, una nueva forma de contar...  En el fondo se trata  del mismo asunto de siempre y demuestra que la novela es un género que se columpia entre estos dos hechos incontrovertibles: por un lado pertenece de manera inequívoca a una antiquísima tradición, que para los occidentales empieza con Homero, y por otro siempre pretende romper esa misma tradición. Heredera y transgresora al mismo tiempo, la novela -toda novela, cualquier novela- siempre estará en su hora cero, buscando contar una historia de la mejor manera posible. Y para ello echará mano de lo que tenga a su alcance, sea ensayos, cuentos, memorias, diarios, cartas, blogs, biografías... La perplejidad que de tanto asalta a los críticos, a los periodistas especializados, a los editores y hasta a los propios escritores, sólo demuestra que la novela parece ir siempre por delante de sus lectores más exigentes.

(De todas formas, yo también tengo mi propia lista, pero simplemente de los libros que he leído este año, y de la que espigo unos cuantos, por si se animan también ustedes a contarme la propia: Santo Diablo, de Ernesto Pérez Zúñiga, Me casé con un comunista, de Philip Roth, Historias de las despedidas, de Pedro Sorela, El otro nombre de Laura, de Benjamin Black. ¡Ah!, y En el bosque, de Juan Carlos Chirinos, aún inédita. Pero esa es otra historia que ya les contaré.)

Feliz año y felices lecturas. 

[Publicado el 29/12/2009 a las 12:21]

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Un placer clandestino

 

 

Hace unos años, el editor Juan Casamayor, más astuto que quijotesco y más pragmático que el departamento de Lógica de una universidad de la Ivy League decidió apostar por Páginas de Espuma, un sello editorial dedicado al cuento. En un medio como el español, donde editores, libreros, agentes e incluso los propios escritores han fruncido el ceño a la hora de hablar de la edición del cuento, Casamayor recibió manuscritos, buceó entre clásicos reeditando a unos y rescatando a otros, afirmó la valía de novelistas dedicados de forma espuria al cuento, redimió de la reserva a otros más y poco a poco se convirtió el suyo en un sello de referencia para quienes disfrutan de los cuentos. Algo similar ha ocurrido con la librería "Tres rosas amarillas" del madrileño barrio de Malasaña, cuyos dueños ejercen de libreros comme il faut y han espigado del campo inmenso de las publicaciones españolas los cuentos y los cuentistas: Clásicos, veteranos, redimidos, recónditos, íntimos, ignorados y completamente novedosos... ir a aquella pequeña librería es un verdadero placer para quienes aman el género, pues no sólo hay libros sino recitales y conferencias que recuerdan mucho a esas pequeñas librerías de barrio neoyorkinas tan difíciles ya de encontrar...

Parece pues que al cuento, a juzgar por estos dos ejemplos entre muchos otros y  en contra del resquemor proverbial, le va bien en España. No creo realmente que haya habido un mal momento para su práctica ni para su edición: en el caso de lo primero, yo llevo talleres de creación literaria desde hace casi veinte años y me consta que en este tiempo, talleres y escuelas dedicadas a ello se han multiplicado por toda la geografía española con rapidez y han crecido con vigor; en el caso de lo segundo, editoriales como Páginas de Espuma así como otras más abastecen a un tan grande como clandestino número de lectores de cuento. Y creo que esa es la clave: La clandestinidad. Frente a la aparatosa prepotencia de las novelas y novelones que surcan como trasatlánticos en el horizonte lector, los libros de cuentos son frágiles y delicadas embarcaciones de recreo reflexivo: en solitario o en austera compañía, su presencia parece pasar desapercibida, pero están allí. Los cuentos requieren un lector menos tumultuoso que la novela, un lector cuyo entusiasmo alienta el entusiasmo de sus cofrades, pero que rara vez solivianta el ánimo de muchos. La densidad de su alcance, el tiralíneas con que traza sus argumentos, la exigencia de su acometida tiene poco que ver con la maquinaria bélica que es una novela, que tritura y deglute cuanto encuentra a su paso, pues tal es su naturaleza, donde cabe todo: romance, acción, reflexión, biografía, detritus y especulaciones varias. La novela es un territorio que admite ser conquistado por todo el mundo. El cuento es una cabecera de playa que sólo unos pocos atrevidos ganan. El cuento parece vivir pues, más que modestamente, en un elegante anonimato, cultivado con el esmero de unos pocos. Suficientes.

 

[Publicado el 22/12/2009 a las 11:27]

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Los peces de la amargura

A menudo ocurre que las ficciones iluminan con mayor contundencia aquellas zonas de la realidad que las ciencias sociales se empeñan en diseccionar con pulcritud y minucia. Digo «contundencia» y no «certeza» porque las ficciones apelan no al frío raciocinio y a la lógica sino a esa parte más emocional e intuitiva de nosotros que sin embargo también nos sirve para entender la realidad.

Comento esto a propósito de un libro de relatos escalofriantes que acabo de terminar, «Los peces de la amargura», de Fernando Aramburu quien, con aparente desapego, nos ofrece en sus páginas un diagnóstico de la sociedad vasca secuestrada por la ETA. Durante años los periódicos y los telediarios que han abierto sus ediciones con el festín de sangre al que se han entregado estos patriotas de la Goma 2, así como los pronunciamientos (desde los más enérgicos hasta los habitualmente pusilánimes) de nuestros políticos, nos habían acostumbrado a este paisaje de horror como a una dolencia  crónica y hasta cierto punto inevitable: Una dolencia que ocurría no en el país vasco sino en las pantallas de nuestros televisores, claro. Leer los relatos de Aramburu produce tal sensación de incomodidad y vergüenza que es difícil no ceder a la tentación de abandonarlos una y otra vez pues, leyéndolas a contraluz, sus historias nos llaman la atención respecto a nuestra indiferencia.

 ¿Qué cuenta Fernando Aramburu? No se dedica a narrar las sevicias de los terroristas sino el miedo y la cobardía -aquí por desgracia inevitablemente hermanados- de un gran sector de la sociedad vasca que prefiere mirar hacia otro lado cuando atropellan a su vecino, o de la señora de edad cuyo pecho se inflama al calor de la palabra «patria» tanto como al odio que parece instilar este sustantivo cuando cree que alguien acomete contra ella... son historias mínimas, cotidianas, pero que dan cuenta de la fiereza nazi que viven quienes no apoyan a ETA, o nos muestran a aquellos para los cuales el asesinato de un vecino es motivo de alegría, un cadáver más apilado en el muro con el que quieren construir una patria en permanente estado de descomposición moral. En «Los peces de la amargura» estos cómplices no son los lobotomizados cachorros de ETA sino señoras de mediana edad, vecinos de escalera, el panadero de la esquina o los amigos de la consuetudinaria partida de mus. Sigilosos y cobardes cuando se acerca a ellos el infectado, desgañitados y furibundos cuando hay que hacer escarnio de él.

Leyendo a Aramburu, cuya prosa limpia y sin aspavientos nos lleva por la parte más sórdida de una sociedad, uno comprende hasta qué punto es necesaria la complicidad de los ciudadanos anónimos para que existan los iluminados y para que se cometan todos los atropellos y excesos que se cometen en nombre de un ideal. Leer a Aramburu me trajo a la memoria otro libro, este ambientando en la Alemania de Hitler, otra sociedad de vergüenza: «Historia de un alemán» de Sebastian Haffner. Allí, como en este libro del escritor vasco, vemos dibujada la siniestra orografía del terror y de la anuencia ciudadana, la misma indefensión de las víctimas, pero sobre todo nos asomamos a un espejo donde puede resultar incómodo encontrarnos. Quizá porque lo que cuenta Aramburu con maestría no es la historia de una parte de la sociedad, sino de toda ella y de cómo el terrorismo es un cáncer que nos afecta también a los que miramos para otro lado. Cuando así lo hacemos, parece recordarnos Aramburu, ya estamos contaminados.   

[Publicado el 15/12/2009 a las 10:46]

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Literatura literaria

Una de las objeciones más enigmáticas que suele poner un editor o un agente a una novela es que esta resulta muy «literaria». Digo que tal objeción es enigmática porque siempre pensé que una novela, fundamentalmente, tenía que ser literaria. Pero parece que no, que lejos incluso de ser una cualidad esencial e indiscutible de la ficción narrativa es que resulta una pega, una tara o defecto que hace chasquear la lengua al editor o agente, como si tuviesen un poco de lástima por esa minusvalía que presente la novela. «Es que es muy literaria», dicen afligidos antes de rechazarla o de aceptarla a regañadientes, y uno piensa en su pobre novela como en un hijo pequeño con una deficiencia que lo hace potencial blanco de burlas y crueldades.
Me viene a la cabeza todo esto por una charla reciente con un amigo escritor que acaba de pasar por ese trance difícil y que me lo comentaba con perplejidad. «Es como si el médico me hubiera dicho que mi hijo tiene un síndrome raro, Jorge», protestó mi amigo, tristísimo y desorientado. Y yo me quedé especulando sobre el asunto. Incluso imaginé un reportaje en alguna revista dominical: «Cuando me dijeron que mi novela era muy literaria se me vino el mundo abajo», diría mi colega ante un hipotético periodista que escribiera un artículo sobre estas malformaciones del mundo editorial. «Mi pareja y yo hemos aprendido a vivir con mi novela literaria y la queremos así como es», sería otra reflexión. «La sociedad no está sensibilizada con las novelas literarias y es muy cruel con ellas», sería otra más.
Porque a los escritores a quienes les dicen eso de sus novelas sienten impotencia y perplejidad e incluso dudan, mirando de reojo sus páginas, si no serán ellos los equivocados. Peor aún cuando otros escritores se jactan con chulería de que sus novelas van directo al grano, que cuentan historias y se dejan de rollos patateros...y hay algo de gangsteril y prepotente en estas declaraciones, casi como si en realidad dijeran: «Sí. No leo nada y tardo quince minutos en deletrar "gato". Y qué cojones pasa?»
Supongo que editores y agentes prefieren usar esa frase de la literatura literaria para evitar ser muy duros con alguna (a su juicio) mala novela que no saben cómo rechazar sin ser descorteses. Pero creo que es un error. Creo que es preferible escuchar que nuestra novela es mala, pesada, indigesta, más difícil de vadear que un rio de pegamento, pretenciosa, impostada... y hasta que leer en voz alta dos de sus páginas puede provocar halitosis. Pero si nos dicen que su defecto es ser «literaria» han dinamitado el centro mismo de lo que es nuestro oficio, lo han convertido en una actividad menor en la que la banalidad es una virtud y su parte prescindible o execrable es la que para cualquier escritor que se respete resulta la principal: ser literaria. Pues no señor, le dije a mi amigo tratando de consolarlo, dile a ese editor «oiga usted, yo, además de escribir literatura literaria hago novelas novelísticas.» Y a mucha honra, ¿no? Pero no sé si se ha ido muy convencido. No sé si dejará de ser un novelista literario para pasar a ser un novelista enrrollado.

[Publicado el 07/12/2009 a las 17:50]

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De puño y letra

Conversaba el otro día con Ernesto Pérez Zúñiga, Juan Carlos Méndez Guédez y el chamo Chirinos -buenos amigos además de estupendos escritores- acerca de un hecho que no por evidente deja de ser admirable: el cambio radical que ha supuesto para quienes escribimos la irrupción en nuestras vidas del ordenador, de la eficaz precisión que otorga a nuestro trabajo cortar, pegar, elegir tipografía, cambiar y corregir textos como se decía antes, "hasta la suciedad", frase que aquí deviene en mero ejercicio retórico pues no hay nada más impoluto que una página en la pantalla. No es baladí: Contaba Méndez Guédez que la Universidad de Poitiers le ha pedido guardar sus manuscritos y mecanoscritos, es decir, crear un fondo con todos aquellos textos donde se vean sus correcciones hechas a mano. Porque Juan Carlos, como todo escritor cuidadoso, imprime y corrige luego a mano. Menos un servidor, que así es de insensato. Porque yo corrijo en la pantalla y sólo imprimo la versión final, ganado por un prurito de ahorro que tiene tanto de ecológico como de  suicida, claro está. Si la Universidad de Poitiers o la de Samarcanda me pidieran mis mecanoscritos les entregaría un pen drive de 250 megas y no sé si tendrían algún interés en conservarlo...

Pero en fin, que de esto pasamos a hablar acerca de lo difícil que nos resulta imaginarnos escribiendo a máquina: la vieja, obsoleta y ruidosa máquina de escribir que apenas ha cambiado desde los tiempos en que Cristóbal Natham Sholes la inventó en 1868. Peor aún, dijo el chamo Chirinos, imagínense a tantos escritores escribiendo a mano, sopando la pluma chirriante en un tintero cada dos por tres, a toda velocidad para evitar que las ideas se esfumen de sus cabezas en aquel dilatado proceso físico. "Un bolígrafo Bic tendría que ser para ellos un salto tecnológico de primera magnitud", observó Pérez Zúñiga. Y los tres hicimos el fascinante recorrido por aquellos novelones prodigiosos del siglo XIX, escritos de cabo rabo con una frágil pluma, corregidos luego hasta que las páginas quedaban llenas de tachones y manchas que el tipógrafo luego tendría que convertir en palabras legibles en moldes de plomo.

Fantaseo ahora con la idea de crear un concurso de novela cuyo único requisito sea que estén redactadas a pluma; o una especie de reality show que muestre a los escritores de hoy en día escribiendo sus novelas como en el siglo XIX. No sé, no creo que pudiéramos, no sé si escribiríamos lo mismo, si abandonaríamos el trabajo con las manos llenas de ampollas, luego de invertir el triple de tiempo que ahora. Y es que hay en esa forma antigua de escribir un pozo de laboriosidad ruda y honesta, casi Amish, que maravilla que de aquel áspero proceso hayan brotado novelas y ensayos delicados, intensos, sofisticadamente complejos y que han llegado a nuestras manos con indesmayable vigor desde los confines del tiempo.  Escritos a mano...

[Publicado el 30/11/2009 a las 13:04]

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Nostalgia del Best Seller

Supongo que a estas alturas muchos, muchísimos de ustedes, ya habrán leído al menos la primera de las novelas de Stieg Larsson, ese fenómeno editorial que se enseñorea en el horizonte literario mundial con una intensidad poco frecuente. Supongo, en todo caso, que ya habrán leído las miles de palabras que se han escrito al respecto en foros, chats, blogs y periódicos digitales y de papel, de manera que nadie creo que se haga ilusiones respecto a la novedad de mis opiniones sobre el particular. Pero como yo terminé de leer la primera novela de la saga Millenium recién ayer por la tarde, me quedó una sensación un poco nostálgica respecto a estas novelas tan sugestivas e intensas que son -o suelen ser-- los best sellers. Porque leyendo las peripecias de Mikael Blomqvist y Lisbeth Salander recordé mis lecturas de primerísima juventud, esas que son una transición entre el último Julio Verne y el primer Milan Kundera, por decirlo así.

Me refiero a esas novelas de espías y adustos burócratas del telón de acero, de valiosos microfilms y falsificadores cultísimos, de agentes secretos algo nihilistas y envenenamientos en la Europa Central que nos brindaban Frederick Forsyth, o John le Carré. Pero sobre todo recordaba las de Arthur Hayley e Irving Wallace, voluminosas novelas de tramas bien urdidas y complejas, de personajes más bien livianos que casi no entorpecían la acción y se limitaban a ser escritores que fumaban pipa, habitualmente altos y solitarios, inteligentes y un pelín desencantados, vamos, como salidos de una novelita del Cosmopolitan, pero que funcionaban a la perfección en un argumento bien urdido y estudiado hasta el mínimo detalle. Esas novelas de seiscientas páginas (hoy todo el mundo se asombra de que una novela tenga seiscientas páginas...) que uno devoraba principalmente en los veranos, pero también en cuanto arañaba unas horas a otras ocupaciones, eran ficciones que uno sentía honestas, que detrás de las tramas y peripecias había un escritor preocupado en contar lo mejor posible su historia, que se había pasado meses y meses investigando cómo funcionaba un hotel, un aeropuerto, el comité Nobel o la enrevesada jerarquía en la Casa Blanca, y entonces el lector veía alzarse ante sus ojos la minuciosa edificación de un universo si no complejo, al menos bien elaborado, y así nos dejábamos ganar por la historia.

Pero después no sé que pasó y aquellos viejos escritores de best sellers dieron paso a otros que más bien fueron un chasco, improvisados imitadores de tramas endebles y tópicos usados a granel, con personajes fascistoides e historias deslavazadas que se nos caían de las manos. Supongo que también ocurrió que muchos empezamos a apreciar en otras novelas la certidumbre de que el mundo no se dividía en buenos y malos, que las conjuras de los templarios eran inexistentes y que los rosacruces eran unos viejitos inofensivos, que el verdadero horror era algo más serio que asomaba en otros autores y que ahora disfrutábamos empecinados en tramas que exigían de nosotros algo más que el disfrute tibio de una lectura veraniega. Y por eso abandonamos los best sellers.

De allí, quizá, que leer a Larsson ha sido como volver a disfrutar de un placer olvidado y más bien juvenil, con héroes y villanos, con el bien triunfando sobre el mal, lo cual es un respiro. Y como brillaba un sol inusual en Madrid, el recuerdo de esas viejas lecturas ha sido más intenso. Larga vida a los buenos best sellers que no dan más que lo que ofrecen.

[Publicado el 24/11/2009 a las 11:36]

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Albatros

 

Lo primero que me sorprendió de la librería Albatros  fue la variedad y calidad de sus títulos y lo muy al día que estaba su dueño, Rodrigo Díaz, en materia de novedades editoriales. Esto, que puede ser más o menos una obviedad en cualquier librería, cobra otro sentido si les digo que se trata de una pequeña librería de libros en español, situada en el corazón de Ginebra. Fue también mi primera visita a una ciudad que andando el tiempo se ha convertido casi en otra casa para mí, habida cuenta de que suelo ir con frecuencia a dictar talleres o a presentar libros y he terminado por hacerme con un plano mental del casco viejo y algunos otros barrios como Paquin, Plain Palais o Carouge en los que, paseando por sus calles o en torno al lago Leman siempre experimento el breve asalto de la felicidad, sobre todo cuando por las mañanas me instalo en la cómoda biblioteca municipal a escribir.  Por todos lados brotan pequeños cafés y bistrots que parecen salidos de un apunte de George Grosz, callejas pulcras y sinuosas por donde cruzan atildados hombres de negocios e infinidad de restaurantes y brasseriès estupendos para disfrutar de un entrecote o la olorosa fondue, regado todo con un buen vaso de vino de la región.

Pero Ginebra también son los amigos como Rodrigo Díaz, un librero que trabaja con entusiasmo para tener en su librería las últimas novedades editoriales no sólo españolas sino de otros países de habla hispana: Visitar Albatros es vivir siempre la acechanza de la sorpresa, pues allí es frecuente encontrar libros que resultan imposibles de hallar en España o incluso darse de bruces con joyas que sucumben en las librerías españolas ante la avalancha de títulos más ostentosos. Rodrigo no sólo es un librero cuidadoso y sagaz: ahí, en el pequeño espacio de Albatros, ha presentado libros de una larguísima lista de escritores españoles e hispanoamericanos y ha gestionado que muchos de ellos den conferencias, en colaboración con Daniel Ibarra, de la asociación Abanico, y con John Deighan, un profesor entusiasta y siempre presto a traer gente de los confines del mundo para satisfacer la curiosidad de sus alumnos.

Rodrigo es uno de esos gestores culturales que no saben que lo son pero que funcionan ellos solos con la laboriosidad y diligencia de un equipo al completo: te bombardea a correos electrónicos para dejar todo a punto, te recibe en el aeropuerto -pese a que no tiene coche- te instala donde te vayas a quedar, te consigue lo que necesites (por ejemplo un imprescindible adaptador para los enigmáticos enchufes suizos) y luego siempre tiene tiempo y ganas para salir a tomar una copa.  De manera que Albatros no sólo es uno de esos lugares referenciales para todo aquel que quiera encontrar una novedad editorial o un libro a punto de ser descatalogado, o para ir a escuchar a un escritor que viene a presentar su último libro o a dar una conferencia. Albatros es, en realidad, un centro cultural que aglutina a hispanoamericanos, españoles y suizos en torno a los libros y a nuestro sonoro español que allí, en la fría y educada Ginebra, resuena en todos los acentos posibles: es decir, cosmopolita.  Y en estos tiempos de insensatez diferencial, es un pequeño milagro que ocurre en el centro mismo de Europa.

[Publicado el 19/11/2009 a las 11:36]

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Tal vez la lluvia


A veces las cosas llegan demasiado lejos: la desesperación por emigrar y conseguir un estatus de legalidad en Europa puede hacer que un viejo amigo le pida a otro: cásate conmigo. Cásate conmigo para que pueda ir y quedarme legalmente en España. Así empieza la última novela de Juan Carlos Méndez Guédez, un escritor venezolano aficando en España hace ya muchos años.

«Tal vez la lluvia» es una novela corta, llena de agudeza y con un fondo melancólico que impregna sus páginas de principio a fin. La leí de un tirón recientemente, en Cantabria, a donde fui a dar un taller de fin de semana en una casa rural. En aquella comarca verde, azotada por una lluvia persistente que le daba al paisaje un aire de desvarío y furia, y que nos mantuvo encerrados allí a los participantes, empecé a leer esta novela que ha ganando la más reciente edición del Premio Ciudad de Barbastro de Novela Corta: De tal forma que afuera la lluvia, que dejaba en las ventanas un vaho intenso como el aliento de un hada, y en las páginas de la novela, la melancolía de la lluvia, su radiografía. Méndez Guédez es un narrador que reúne dos habilidades comunes en muchos escritores, pero poco frecuentes juntas: cuenta historias y además lo hace con una preocupación por el estilo y la forma que parece provenir de otro tiempo. No hay impaciencia en sus páginas, ni deseos de epatar: simplemente la labor de un artesano que conoce su oficio y las dificultades que este plantea cuando se quiere realizar con rigor. Hacía poco había terminado de leer su libro «La bicicleta de Bruno y otros cuentos» y advertía que, como en sus primeras novelas y en sus siguientes trabajos, Méndez Guédez saber contar las cosas con un humor tan fino y sutil, tan lejano del facilismo o el trazo grueso, que por fuerza cae en una especie de melancolía perpetua y así sus personajes siempre son seres vulnerables, un poco solitarios, un poco añorantes de una vida liviana y juvenil, donde el recuerdo de las novias y la camaradería de los amigos son aspectos lamentablemente perdidos. Por eso resulta siempre fácil identificarse con sus historias y con sus personajes, pues en ellos late un fondo de limpieza e ingenuidad que todos conservamos o creemos conservar. Así ocurre en «Tal vez la lluvia», aunque aquí planea la sombra del gobierno lunático que oprime a los venezolanos, del esperpento, la pobreza, la delincuencia y sobre todo la desesperanza que experimentan todos. Las peripecias que vive el protagonista cuando regresa por un tiempo a su ciudad, a su barrio, a su familia, nos van dejando entrever poco a poco la maraña de íntimas conexiones que hicieron que este se fuera a España, casi huyendo de su vida, pero también de un país que poco a poco va quitándole toda posiblidad de existir a quienes conservan la decencia. Porque en los cuentos y en las novelas de Méndez Guédez siempre hay un insobornable fondo de eso que en otros tiempos se llamó «compromiso» y que en este caso no le resta puntos a lo literario. Al contrario: en ese material que es la derrota y con la que el novelista venezolano construye sus historias, siempre hay unas mínimas vetas de victoria.

Ahora mismo, mientras escribo esto en la biblioteca municipal de Ginebra, con el recuerdo fresco de la novela, persiste la lluvia detrás de los ventanales, y es como si la historia se negara a abandonarme. Pero no es por la lluvia, claro está.


[Publicado el 13/11/2009 a las 11:30]

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Foto autor

Biografía

Jorge Eduardo Benavides (Arequipa, Perú, 1964), estudió Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Garcilaso de la Vega, en Lima. Trabajó como periodista radiofónico en la capital y en 1987 fue finalista en la bienal de relatos COPE (Lima); un año más tarde ganó el Premio de Cuentos José María Arguedas de la Federación Peruana de Escritores. En 1991 se trasladó a Tenerife, donde puso en marcha talleres literarios para diversas instituciones. Ha sido finalista del concurso de cuentos NH Hoteles del año 2000. Desde 2002 vive en Madrid donde continúa impartiendo sus talleres literarios. Su más reciente novela es La paz de los vencidos, galardonada con el XII Premio Novela Corta "Julio Ramón Ribeyro".

 

Cursos presenciales en Madrid

Jorge Eduardo Benavides imparte cursos presenciales en Madrid y ofrece un servicio de lectura y asesoría literaria y editorial. Más información en www.jorgeeduardobenavides.com
http://www.cfnovelistas.com/ 

Bibliografía

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La paz de los vencidos (2009). Alfaguara

Un millón de soles (2008). Alfaguara 

La noche de Morgana (2005). Alfaguara

El año que rompí contigo (2003). Alfaguara

Los años inútiles (2002). Alfaguara

Cuentario y otros relatos (1989). Editorial Okura

Premios

2009 Premio Novela Corta "Julio Ramón Ribeyro" (Banco Central de Reserva del Perú)

2003 Finalista del Premio Rómulo Gallegos

2003 Finalista del Premio Tigre Juan de novela

2003 Premio Nuevo Talento FNAC

2000 Finalista del Concurso NH de Relatos

Premio de Cuentos "José María Arguedas" de la Federación Peruana de Escritores

1989 Finalista de la Bienal de Cuentos COPE (Lima)

 

Obras asociadas

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