Blogs | Seminariosábado, 20 de marzo de 2010

Ryszard Kapu?ci?ski - El boomeran

Universia

Los buenazos no sirven (necesariamente) para este oficio

Kapuscinski dice que los cínicos no sirven para este oficio. Desgraciadamente, la práctica nos enseña que los buenazos tampoco. Al contrario, para ejercer la carrera parece ser más recomendable comportarse como un descreído y un indolente.

(Una colaboración de Ricardo Leiva, periodista que actualmente está realizando los estudios de doctorado en la Universidad de Navarra, España, que fue autor del libro "Reinas Del Desierto La Aterradora Historia De Los Crímenes De Alto Hospicio" editado por Planeta).

"Yo sé hacer dos cosas: hacer el bien o escribir una buena historia. El problema es que no sé hacerlas al mismo tiempo". Me acordé de esta potente cuña después de leer el artículo que publicó Francisca Skoknic en este mismo blog sobre la supuesta bondad o maldad de los profesionales de la prensa. Está sacada de la película "Ausencia de Malicia". Sally Field es la reportera Megan Carter y Paul Newman es Michael Colin Gallagher, el hijo de un conocido mafioso de Detroit. En uno de los momentos más emotivos de la cinta, Megan rompe a llorar porque, después de publicar una información sobre los pecados privados de una inestable mujer, esta se suicida. Entonces su editor le lanza esa frase, al parecer, con el afán de consolarla: no tuviste alternativa, intenta decirle, si quieres ser una gran reportera, debes olvidarte de tus sentimientos e ignorar las consecuencias que tienen tus exclusivas sobre el resto de los seres humanos. Megan aprende la brutal moraleja de golpe: si quiere ser redactora, no puede tener compasión.
No tengo dudas de que si Kapuscinski hubiese hecho una competición de cínicos, el editor de "Ausencia de Malicia" hubiese estado entre los aspirantes al podio. Sin embargo, si revisamos su conducta, debemos hacerle una concesión: su trabajo "parece" impecable, pues sigue todas las reglas de la objetividad y la credibilidad: confirma la veracidad de su información con más de una fuente, cuenta con documentos fiables que demuestran los pecados de la suicida y hasta tiene la cortesía de preguntarle qué descargos hace en su defensa, antes de la publicación de la historia. Desde el punto de vista profesional, se ha cubierto de las eventuales críticas. Hasta la ley lo ampara. Es un periodista con futuro, aunque deja mucho que desear como persona.
Expongo este ejemplo para mostrar hasta qué punto las rutinas y prácticas profesionales se enfrentan a los valores individuales. Claro, porque si un periodista que hace bien su trabajo es aquel que cumple sagradamente los procedimientos que impone la profesión para que su noticia no se "contamine" con puntos de vista y sentimientos personales, encontraremos abundantes casos como el de "Ausencia de Malicia", en los que, al final, hay que escoger entre ser reportero o tener corazón.
La primera pregunta que cabe hacerse entonces es: ¿son adecuadas esas prácticas, rutinas y normas organizacionales que eximen de responsabilidad al reportero pero lo condenan como persona a desinteresarse por la suerte que corren los demás? Si se considera acertado al redactor que cumple los estándares diseñados precisamente para inmunizar su trabajo de todo sesgo personal, ¿cómo puede ser al mismo tiempo un hombre o mujer con ideales, posiciones y aspiraciones individuales? Si se obliga al reportero a ser escéptico y a que asuma que todos los políticos son corruptos, todos los empresarios son sinvergüenzas y todos los luchadores sociales son ingenuos, ¿dónde queda la conciencia social que guía a la mayoría de los jóvenes que quieren estudiar esta carrera?
Kapuscinski dice que los cínicos no sirven para este oficio. Desgraciadamente, la práctica nos enseña que los buenazos tampoco. Al contrario, para ejercer la carrera parece ser más recomendable comportarse como un descreído y un indolente.
La personalidad y los valores de los periodistas son cada vez más irrelevantes, según la mayoría de las investigaciones académicas realizadas empíricamente. Los grandes sociólogos de las redacciones, como Gaye Tuchman, comprobaron hace ya décadas que las creencias y los puntos de vista de los redactores importan bastante poco: si él o ella quiere que su noticia aparezca publicada o salga al aire, debe olvidarse de sí mismo(a) y cumplir los controles que impone el periódico o el canal de televisión para garantizar al público que su trabajo es objetivo y creíble, libre de toda "contaminación" individual. Si el periodista es de izquierda o derecha, hombre o mujer, negro o blanco, no importa en absoluto. Su historia debe cumplir las reglas que el periodismo anglosajón ha impuesto y exportado a todo el mundo durante casi doscientos años y respetar el principio máximo: newsworthyness. "Entre los reporteros, el profesionalismo consiste en saber cómo conseguir una historia que cumpla las necesidades organizacionales y los estándares", escribió Tuchman en su trabajo clásico sobre el funcionamiento cotidiano de las redacciones .
Si alguien tiene dudas sobre lo anterior, no tiene más que preguntarse por quién votan los periodistas y por quién lo hacen los dueños de sus diarios. ¿Alguien apostaría a que hacen la cruz con el lápiz mina en el mismo espacio del voto? Yo, al menos, no lo haría. Eso no impide, sin embargo, que trabajen en el mismo edificio y diseñen el mismo producto.
Si alguien está dispuesto a hacer esa apuesta, podría estudiar el emblemático caso de Kent MacDougall, quien, a pesar de sus ideas socialistas, radicales y subversivas, trabajó tranquilamente durante más de una década en el diario capitalista por antonomasia: The Wall Street Journal. El profesor de la Universidad de Texas Stephen Reese estudió su carrera y concluyó: MacDougall fue primero un periodista y después un radical, es decir, siempre cumplió los estándares de The Wall Street Journal (valor noticioso, precisión y ecuanimidad) y por eso no tuvo inconvenientes en publicar sus reportajes. En ocasiones, eso sí, utilizó las cuñas entrecomilladas de sus fuentes para enviar sus propios mensajes sociales. No las inventó. Sencillamente buscó a otro para que las dijera por él. Así, cumplió formalmente las reglas para violar su espíritu. Algo parecido hizo durante años el mitómano Stephen Glass: llenaba su cuaderno con notas y apuntes apócrifos similares a las mentiras que publicaba y que terminaron hundiendo la reputación de The New Republic.
El peso de las prácticas periodísticas y organizacionales sobre los valores personales de los periodistas es cada vez mayor, como lo demuestra David H. Weaver, quien hace pocos meses publicó la última edición de su famoso estudio longitudinal sobre el perfil de los periodistas norteamericanos, donde concluyó: "Nuestros descubrimientos sugieren que la influencia más grande en la valoración de las noticias fue el adiestramiento en la sala de redacción, y esta influencia parece ser mucho más fuerte ahora que en los estudios previos. Claramente, los contactos más personales de los periodistas continúan influyendo en sus ideas sobre lo que es noticioso" .
¿Qué es noticia entonces? ¿Lo importante e interesante que pasa en el mundo o lo que nuestros compañeros y jefes han identificado y decidido como tal? Los resultados de la encuesta de Weaver parecen categóricos.
Las prácticas y relaciones organizaciones que cada vez inhiben con más fuerza los valores personales de los periodistas son la memoria de la sala de redacción y la cultura institucional que traspasa las generaciones: mirando e imitando a los reporteros con más años en el oficio, los nuevos practicantes aprenden a realizar un buen reportaje, a seguir las instrucciones adecuadas para ganarse el reconocimiento de los jefes y a evitar las conductas que llevan al fracaso y la defenestración. Así, identifican rápidamente a las fuentes más atractivas, los enfoques periodísticos más reconocidos y los atributos noticiosos más cotizados. Son normas consuetudinarias que deben ser obligatoriamente respetadas y que garantizan el cumplimiento de la hora de cierre y acreditan niveles aceptables de ecuanimidad. Son internacionales, pues imperan con poquísimas variaciones en Estados Unidos, España y Chile.
Una de las rutinas periodísticas más frecuentes es el uso de estereotipos o "imágenes mentales", como los definió Walter Lippmann hace más de ochenta años. A juicio de Lippmann, los estereotipos son herramientas cognitivas muy útiles que "nos permiten ahorrar tiempo en nuestras ajetreadas vidas y defender nuestra posición en la sociedad" . Sin embargo, su abuso redunda en la repetición y reproducción interminable de atributos y rasgos manidos, que sirven para categorizar groseramente a las personas: todas las mujeres que aparecen en los diarios populares son sentimentales y sensuales ¡siempre! El estereotipo se convierte así en un instrumento que deforma la realidad y refuerza los prejuicios. Por eso, Lippmann distingue la verdad "real" de la "periodística": "La verdad y las noticias no son la misma cosa y debemos distinguirlas claramente. Las noticias tienen la misión de señalar sucesos, mientras que las verdades tienen la misión de sacar a la luz hechos ocultos, poner de manifiesto las relaciones que los vinculan entre sí y proporcionarnos una imagen de la realidad en base a la cual podamos actuar" .
Cabe entonces preguntarse si esas normas y prácticas tan arraigadas que instan a los periodistas a olvidarse de sus sentimientos e ideas y de los de los demás, son las adecuadas y las deseables. Cabe preguntarse si es pertinente a estas alturas asegurar que los medios son objetivos porque citan entre comillas a un conjunto de fuentes (masculinas y poderosas, casi siempre) seleccionadas de acuerdo con criterios predeterminados para que digan exactamente lo que se espera. Cabe preguntarse si los medios no deberían, en cambio, exponer abierta y claramente sus posiciones editoriales y hacer una declaración de sus intereses para reconocer que ambas condicionan legítimamente su selección de las noticias y sus puntos de vista, y que su exposición de los acontecimientos no es más un enfoque parcial, aunque honesto, de lo que pasa en el resto del mundo. Cabe preguntarse si los periódicos y los noticiarios de televisión no deberían contar con espacios editoriales para compañas y para la promoción de metas y cambios sociales, como la igualdad entre los hombres y las mujeres o el combate del racismo, por ejemplo, permitiendo así a sus propios periodistas y lectores identificarse con esas causas o rechazarlas democráticamente. ¿Suena disparatado? No lo es, por lo menos, para The Economist, un semanario sin firmas, pero con más posiciones claras que muchos de sus competidores sobre asuntos tan controversiales como las cuotas de integración sexual y racial. Ciertamente, muchos lectores, especialmente en Estados Unidos, rechazan los puntos de vista más liberales de The Economist, pero valoran su transparencia y su honestidad intelectual, pues prefieren un medio que dice claramente lo que piensa a otros que no piensan lo que dicen, y que hacen creer que son objetivos y neutros cuando en verdad tienen amplios intereses en juego sobre más asuntos de los que declaran.
1)Tuchman, Gaye: Making News, A Study in the Construction of Reality, The Free Press, Nueva York, 1978, p. 66.
2) Weaver, David H. y otros: The American Journalist in the 21st Century, U.S. News People at the Dawn of a New Millennium, Lawrence Erlbaum Associates, New Jersey, 2007, pp. 244 y 245.
3 y 4) Lippmann, Walter: La opinión pública, Cuadernos de Langre, Madrid, 2003, p. 107 y 289. Primera edición de 1922.

 

[Publicado el 02/8/2008 a las 11:42]

[Etiquetas: periodismo, ética informativa, kapuscinski]

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¿Usted cree que los periodistas son buenas o malas personas?

(Una colaboración de Francisca Skoknic, periodista del recientemente premiado Centro de Investigación e Información Periodística (www.ciperchile.cl) y profesora de taller en prensa en la Escuela de Periodismo de la UC. Ella vuelve al origen de la discusión de este blog sobre la búsqueda de la verdad, un buen anticipo para la charla que hará el viernes 8 de agosto a las 11:30 en el auditorio de la Facultad de Comunicaciones, Alameda 390, Cristián Bofill)

 

Me encantaría poder hacer una encuesta: ¿Usted cree que los periodistas son buenas o malas personas? Me atrevo a apostar que la mayoría de la gente cree que somos malas personas. Confieso que a veces -sobre todo cuando veo televisión- me desdoblo y llego a pensar lo mismo, pero más veces me paso tratando de convencer a las fuentes de lo contrario.

Ryszcard Kapuscinski solía a decir que sólo las buenas personas pueden ser buenos periodistas. Si lo llevamos al resultado virtual de la encuesta, resultaría que la mayoría cree que somos malos periodistas.

Supongo que todos tenemos que lidiar con esa mala fama que, bien o mal ganada, se impone como una barrera en nuestro trabajo. Después de todo, sin fuentes no somos nada. Día a día debemos ganarnos la confianza de nuevos interlocutores. Por eso es fácil caer en la tentación de ser cínicos y por eso Kapuscinski decía que los cínicos no sirven para este oficio.

"Nuestro éxito profesional depende de los otros: no podemos ser cínicos porque la esfera en la que desarrollamos nuestra profesión se construye entre nosotros y los otros. Ahí se juega todo: la gente nos mira y nos evalúa, constantemente, y advierte la diferencia entre un periodista que pregunta por problemas que realmente le preocupan y otro que llegó al lugar para obtener un par de respuestas sin compromiso alguno y partir...el tipo de relación que establezcamos con el otro definirá nuestro trabajo: si fallamos en ese sentido, no podremos hacer bien nuestra profesión", dijo en "Los cinco sentidos del periodista". No por nada incluyó "compartir" entre esos 5 sentidos, junto a "estar, ver, oír, pensar".

La tensión entre el periodista y las fuentes es permanente porque pese a que son imprescindibles para nuestro trabajo, a lo más que uno puede comprometerse es a actuar de buena fe, a ser rigurosos, justos, investigar bien, en fin, algo así como tratar de ser buenas personas y buenos periodistas. Pero eso no garantiza que la fuente salga bien parada o quede conforme. Porque finalmente nuestro compromiso primario no es con la fuente, sino con la historia que estamos contando, con la verdad que intentamos dar a conocer.

Lo importante es que las reglas estén claras. De hecho el conflicto en "El periodista y el asesino" nace justamente porque el periodista finge que deja de serlo: acepta un pago del asesino, que necesita un libro favorable para él. El periodista sigue el juego, actúa como alguien que no es. El rey de los cínicos.

Como dijo el mismo Kapuscinski, el periodista debe ser escéptico, realista y prudente. Cuando afirmó que los cínicos no sirven para este oficio no estaba defendiendo un periodismo sonso. Tampoco me atrevería a decir que lo suyo sea una vertiente amable del periodismo, como afirmó más abajo Eduardo. El polaco defendía una forma de hacer periodismo más humana, pero el resultado no era necesariamente amable. Basta ver el retrato que hace el Sha de Irán o de Hallie Salassie en El Emperador para ver cuán dura podía ser su mirada.

Kapuscinski dejó libros notables y también grandes lecciones de periodismo, pero ya que este seminario trata sobre la obtención de la verdad, resulta inevitable recordar la polémica sobre las verdades de Kapuscinski. Un par de días después de su muerte, Slate revivió el tema en una nota titulada "Las mentiras de Ryszard Kapuscinski...o si prefiere, el 'realismo mágico' del ahora fallecido maestro".

Más allá de la mala leche y del momento en que apareció lo de Slate, su publicación da cuenta de que Kapuscinski no pudo evitar ese tipo de críticas. El tema surgió de alguna forma en 2004 en Caracas, donde dictó un taller de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano al cual tuve la suerte de asistir. Cuando le pregunté por el impresionante nivel de detalle de un fragmento de El Sha, me respondió haciendo un símil con un artista. Para él sus libros eran literatura y se daba licencias que pueden escandalizar a los más conservadores. El catalán Albert Chillón los llamó "reportajes poéticos" de Kapuscinski: "No es ya una veracidad histórica lo que persigue, sino una verdad poética esencial destilada a través de la fabulación".

Kapuscinski, mentiras, fabulación... ¿Será mucho? Dejo abierto el debate.

[Publicado el 29/7/2008 a las 11:31]

[Etiquetas: periodismo, periodistas, verdad periodística, compromiso, ética informativa]

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"El periodismo de la confianza o de la suspicacia"

Eduardo:
A mí me atrapó este tema por primera vez cuando leí el libro El Periodista y el asesino,de Janet Malcolm, texto fascinante sobre la compleja relación entre el periodista y su
fuente o, más precisamente, entre el autor y su biografiado.
Estoy convencida que cualquier curso de ética periodística debería tener esta historia como la médula de cualquier proceso de discernimiento. Al leerla, todo aquel que ha ejercido como periodista va a sentir que se llega a la nucleo del conflicto que siempre está latente entre el periodista y su fuente (o el biógrafo y su personaje). El dilema se planteaba magistralmente a través de un gran historia real, ocurrida en Estados Unidos, con el curioso caso en que un hombre acusado de asesinato se querella contra un famoso periodista por el delito de "traición a un amigo".
En resumen, es la historia del médico de la Armada norteamericana Jeffrey Mac Donald, cuya mujer y dos hijas fueron brutalmente asesinadas en febrero de 1970. Luego de un primer proceso militar, en que fue absuelto, Mac Donald resultó acusado en un posterior juicio civil de ser el autor de los crímenes. Previo a esta condena, él había contratado los servicios del conocido periodista norteamericano Joe Mac Ginnis (Cómo se vende a un Presidente, campaña presidencial de Nixon, 1968), para que contara su historia a través de un libro. Incluso, por medio de un documento se estipuló que el autor formaría parte del equipo de la defensa, aunque tendría absoluta libertad creativa y se reservaba el derecho de no mostrar los originales antes de ser publicados.

El periodista y el acusado entablaron una relación de amistad y camaradería de casi tres años, compartiendo paseos campestres y esporádicas juergas con mujeres. Mac Donald confió en él sin restricciones respecto a su vida íntima, perdiendo toda prudencia y natural cautela frente a un profesional que a fin de cuentas buscaba vender la mejor historia.

Luego de un escándalo de proporciones y cuando el médico se encontraba ya convicto en la cárcel, Mac Ginnis publica su libro. Allí lo retrata como un "narciso patológico" que debía haber cometido el asesinato motivado por oscuras razones sicológicas. Cuarenta cartas del autor al acusado, donde se muestra compasivo e intenta con argucias sacarle información, fueron el testimonio evidente de la mala fe del periodista. En las misivas, éste, en ningún momento cuestiona la inocencia del médico. Mac Donald se siente inevitablemente traicionado y termina acusando el autor de su historia por un virtual "asesinato del alma".

A partir de esta trama, Janet Malcolm plantea la tesis de que toda relación periodista personaje tiene una gran dosis de falsedad o ambigüedad, ya que ambos ocultan sus verdaderos propósitos: vender una imagen por parte del entrevistado y encontrar las grietas de ese mensaje, por el lado del periodista. Y estas ocultas intenciones no pueden ser puestas sobre la mesa, porque de ser así la partida llega a su fin. Una tesis claramente desencantada y pesimista. Extraer "verdad" de un encuentro periodístico sería, bajo esta mirada, una ingenuidad. "Todo periodista -dice ella-- que no sea demasiado estúpido o demasiado engreído para no advertir lo que entraña su actividad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza, que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de éstas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno...."

De alguna manera, la defensa que se hace en este libro del periodista sugiere también que confiar y creerle a la fuente nos mete en la arena de la publicidad y nos aleja del oficio periodístico. El libro sugiere entonces que la suspicacia y la desconfianza es el combustible del periodismo...algo así como que al encuentro periodístico se debería llegar pensando "todo acusado de algo es culpable mientras no se pruebe lo contrario o toda persona que se expone a ser entrevistada debe estar dispuesta a asumir los riesgos de ser vista por los ojos del otro".
Hay demasiado en juego detrás de esta premisa. Significa un poco -creo-caminar por la vida creyendo poco en la naturaleza humana, desconfiando de los otros...significa estar más del lado de los pesimistas que de los optimistas.
Es lo contrario de lo que predica Kapuscinski en su libro Los cínicos no sirven para este oficio, título que como bien me dijo Andrea Vial, Directora de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado, debería traducirse al español como Los desconfiados no sirven para este oficio. Ahí, el gran periodista polaco nos propone justo el modelo contrario: que sólo los confiados sirven para este oficio; que el buen periodismo es el que se pone en el pellejo del otro...y por eso para hablar sobre la pobreza en Africa o de la revolución salvadoreña, vive como uno más de ellos. Pero Kapuscinski parte de la premisa que ese "otro" del cual va a hablar tiene una razón para hacer lo que hace, no desconfía. ..."Un hombre no empuña un hacha para proteger su cartera, sino en defensa de su dignidad", escribe en Los cínicos no sirven para este oficio.
Esta mirada compasiva del ser humano está en las antípodas de la Malcolm o del periodismo "buitre" del que presumió Capote. Los periodistas hemos coqueteado más de alguna vez con el riesgo de cometer pequeños o grandes asesinatos de alma o, por el contrario, de elevar a categoría de héroes a seres humanos corrientes mientras hay millones de personajes ejemplares perdidos en el anonimato. ¿Cuál será la medida razonable de suspicacia y de confianza del buen periodismo? ¿Cómo confiar sin convertirse en una especie de padre compasivo que deja pasar todas las faltas del entrevistado? ¿Hasta dónde la suspicacia nos protege de un periodismo que a ratos también amenaza confundirse con la publicidad?
Me encantaría saber qué piensan los que hoy están en los medios en la toma de las decisiones.
Carolina García Huidobro
Periodista UC

[Publicado el 03/7/2008 a las 14:49]

[Etiquetas: Janet Malcolm suspicacia cinismo confianza]

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Un seminario para hablar de nuestro periodismo

Hace unos meses la Directora de Comunicaciones de la Universidad, la periodista Carolina García Huidobro, me habló de la necesidad de hacer un debate profesional sobre la disyuntiva entre la vertiente más amable y el camino más cínico para llegar a la verdad en el periodismo.

En esos días también me habían contactado de Universia para definir un grupo de charlas presenciales con el que motivar a los alumnos al seminario virtual de Kapuscinski, organizado por el blog literario en español El Boomerang. Cuando me ilustraba la importancia de hablar de un tema que divide a nuestro periodismo local, Carolina me recordó el título del libro de Kapuscinski Los cínicos no sirven para este oficio e hizo un paralelo con el concepto más "buitre" de Truman Capote.

Aunque no son actitudes que están en las antípodas, hay dos formas distintas de enfrentar el trabajo de reporteo, específicamente en la relación con la fuente, quizá el lugar que define la actitud periodística. Sobre Capote recuerdo un artículo de Eloy Martínez que citaba la pelea que tuvo el norteamericano con una de sus primeras "víctimas" luego de que Capote diera a conocer los problemas incestuosos en la relación del actor con su madre: en su calidad de entrevistado despechado, Brando decía "Abusó de mi confianza. Le abrí mi corazón de amigo y él me lo devoró. No quiero tener nunca más trato con caníbales". Para defenderse, Capote no cedió en la actitud que caracterizó su forma de trabajo: "Jamás lo engañé. Al menos un par de veces durante cada encuentro le recordé que yo estaba allí para escribir un reportaje. Es verdad que me alimenté de su carne humana. Pero fue él quien me la puso en la boca".

El periodismo tiene, por otra parte, un conocido exponente que afirmaba que "nuestra profesión no puede ser ejercida correctamente por nadie que sea un cínico. Una cosa es ser escépticos, realistas, prudentes. Esto es absolutamente necesario, de otro modo no se podría hacer periodismo. Algo muy distinto es ser cínicos, una actitud incompatible con la profesión de periodista".

Como coordinador de este seminario invitaré a dos profesionales a hacer sendas charlas sobre su lectura del trabajo recién citado del periodista polaco que nos reúne. Los nombres están por definirse, lo mismo las fechas, les adelanto que trataré de que cada uno, de cierta forma, representen la corriente más amable como la más escéptica del periodismo chileno. Mientras esto se va formando, en los próximos días le pediré a profesionales que usen este espacio para ir alimentando "la previa" del encuentro, el que se desarrollará en el contexto de una nueva tradición que tenemos en la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Católica, los "Viernes de Medios" que convocan a toda la comunidad a las 11:30 del último día hábil de cada semana.

[Publicado el 20/6/2008 a las 11:59]

[Etiquetas: invitación, seminario, periodismo buitre, cínicos]

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