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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 24 de marzo de 2017

 Blog de Jorge Volpi

Detrás del trono

Si no fuese auténtico, parecería el villano perfecto para una película de James Bond: obeso, desaliñado, con una cabellera color plata siempre mal peinada, brillante y sabihondo -en su círculo lo apodan La Enciclopedia-, millonario y excéntrico, amargado por la bancarrota de su padre tras la crisis de 2008 (su Rosebud particular) y decidido a vengarse de ese mismo establishment que lo encumbró pero que en el fondo desprecia con todas sus fuerzas. Un iluminado con la perspectiva escatológica que caracteriza a los grandes resentidos: la idea de que vivimos en una época de honda decadencia que ha de ser arrasada desde sus cimientos para volver a la luz (mantra traducido como "Make America Great Again").

            Al pronunciar su nombre se imponen las sombrías notas de John Williams que anuncian a Darth Vader y no extraña que Saturday Night Live lo parodie como un maléfico esqueleto con guadaña: Steve Bannon, empresario e inversionista de éxito, antiguo marino, productor de televisión (su fortuna deriva de Seinfield) y de cine (The Indian Runner, con Sean Penn, y Titus, de Julie Taymor, la directora de Frida) y sobre todo gran agent provocateur o guerrero cultural, primero en el ámbito del periodismo, desde que empezó a colaborar en el sitio ultraconservador Breitbart News hasta que, a la muerte de su fundador y amigo, se hizo convirtió en su editor, y luego como documentalista.

            Es en estos terrenos donde pueden observarse más claramente sus obsesiones sociales, históricas, filosóficas y políticas, retomadas ciegamente por su jefe, Donald Trump, quien no por nada lo convirtió en su principal asesor en la Casa Blanca y le concedió un asiento (supuestamente sin haberse dado cuenta) en el Consejo de Seguridad Nacional. La carrera  como agitador mediático del "segundo hombre más poderoso del mundo", como lo llamó Time, se inicia a partir de su desencanto con Jimmy Carter y su nostalgia por Reagan, magnificada en dos películas hagiográficas: In the Face of Evil: Reagan's War in Word and Deed y Still Point in a Turning: Ronald Reagan and his Ranch.

            A partir de ahí, entra en escena su visión catastrófica de la sociedad estadounidense, traducida en la necesidad de destruir su sistema para reconstruirlo desde sus cenizas (se le dice admirador de Lenin), plasmada en el documental Generation Zero, basado en The Fourth Turning, de William Strauss y Neil Howe, donde Bannon insiste en la idea de que cada ochenta años Estados Unidos entra en un nuevo ciclo marcado por una gran confrontación bélica (la Independencia, la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial) que trastoca drásticamente a sus élites. Según él, nos aproximamos a ese cuarto momento de crisis y en la película llega a afirmar que una nueva guerra está próxima (desatada, previsiblemente, por el combate contra el "fascismo islámico"). 

            Pero sus documentales exhiben igualmente su encono hacia los inmigrantes sin papeles y la necesidad de blindar la frontera con México: en Cochis County USA: Cries from the Border, señala el caos imperante en un pueblo fronterizo, y en Border War: The Battle over Illegal Inmigration, no duda en afirmar que a los indocumentados: "a derecha los ve como trabajadores baratos, la izquierda como votantes baratos" al tiempo que instrumentaliza la crisis humanitaria de los mojados para disfrazar su desprecio hacia los no blancos. 

            No obstante, la película que quizás haya tenido más impacto de entre las suyas sea Clinton's Cash: The Untold Story of How an Why Foreign Goverments and Businesesses Make Bill and Hillary Rich, que, con sus repercusiones en el New York Times o el Washington Post, contribuyó enormemente a fijar la imagen de Hillary Clinton como una mujer venal y sin escrúpulos, concentrada en ganar dinero y en defender la podredumbre de la clase política tradicional, y acentuó el descrédito que a la postre la llevaría a perder las elecciones.

            En un entorno tan poco intelectual como el de Trump, Bannon se erige como su único ideólogo: se impone estudiarlo a detalle para entender una de las principales fuerzas que animan esta inédita forma de autoritarismo que desde la Casa Blanca hoy amenaza al mundo entero.

            La revista Time lo llamó "el segundo hombre más poderoso del mundo", un artículo en el New York Times de plano se titulaba "Presidente Bannon" y un sinfín de memes en redes sociales dibujan a Donald Trump sentado en sus piernas como una marioneta. A Stephen Kevin Bannon (nacido el 27 de noviembre de 1953 en Norfolk, Virginia), como a otros de los siniestros consejeros áulicos o eminencias grises de la historia -en un rango que va de Fouché a Rasputín y, en el caso mexicano, de Emilio Uranga a José María Córdoba-, se le ve no sólo como el poder detrás del trono, sino el auténtico poder. Maticemos: si es el único ideólogo en un ambiente tan poco intelectual como el que predomina hoy la Casa Blanca, la convivencia con una personalidad tan meteórica y atrabiliaria como la de Trump tampoco ha de serle sencilla.

            Al inicio de la campaña de 2016, Bannon señaló que Trump era una criatura imperfecta, no demasiado apta para cumplir con la agenda que él y los suyos -la extravagante cofradía que se autodenomina alt-right- querían imponerle a Estados Unidos, pero a partir de que el lobista conservador David Bossie lo condujese al sancta sanctorum de la Trump Tower, se dio cuenta de que tenía posibilidades reales de modelar e instruir al volcánico empresario neoyorquino. En una mezcla de Frankenstein con Pigmalión, a partir de ese momento Bannon se dio a la tarea de educar a su monstruo, de aprovecharse de su ambición, su ego y su ira hasta obligarlo a asumir su Weltanschauung como propia.

             ¿Y cuál es esta visión del mundo? En apenas un mes hemos tenido oportunidad de verla en acción, pues casi todas las medidas impulsadas por la administración Trump en estas caóticas semanas, del decreto contra los musulmanes al Muro, tienen su origen en las ideas de la "derecha alternativa". Como todo buen pesimista, Bannon no se equivoca al detectar los síntomas de decadencia de la sociedad estadounidense: para él, las élites gobernantes -ese Washington que Trump compara con un pantano- han dejado de preocuparse por los ciudadanos comunes, obsesionadas sólo con enriquecerse y mantener sus privilegios.

            La Gran Recesión de 2008 le parece a Bannon, no sin razón, el punto de quiebre de esta actitud y coincide con los críticos de izquierda al señalar que se trató de la "mayor transferencia de capitales de la clase media a los ricos en la historia reciente". Su rabia contra el sistema se inspira en el hecho de que ninguno de los responsables de la crisis, ningún inversionista sin escrúpulos, ningún político corrupto y ningún CEO fallido, haya sido enjuiciado o haya terminado en la cárcel. Como sabemos, a veces los extremos se tocan en este punto las tesis de Bannon apenas se alejan de las de Occupy Wall Street o Bernie Sanders.

            Pero el que la derecha alternativa y los movimientos anticapitalistas o altermundialistas coincidan en su diagnóstico no significa que ofrezcan soluciones parecidas al problema. Porque donde la izquierda radical aboga por una mayor regulación de los mercados y una supervisión estricta de la acción política, Bannon y los suyos prefieren desatar las fuerzas que acaben de una vez por todas con el sistema. Trump ha hecho suyo su énfasis en ponerse del lado de las víctimas de la globalización, que en este esquema es ismpre la clase media blanca y protestante que ha perdido su hegemonía y sus esperanzas de progreso.

            De ahí que el enemigo principal de su causa sean las fuerzas que mantienen vivo al sistema: en primera instancia, los medios tradicionales, a los que Trump y Bannon han declarado abiertamente la guerra. Conforme a su estrategia, los hechos alternativos no son mentiras, sino desafíos a la narrativa liberal que cobijar al establishment. Y de ahí también su cruzada contra los musulmanes, los mexicanos y, en general, los extranjeros: igual que Hitler, Bannon necesita que su base de votantes se asuma como explotada y vilipendiada por los otros -allá, los judíos; acá, los inmigrantes, las minorías y los terroristas islámicos- para conservar su base de apoyo y mantener viva su revolución. 

[Publicado el 11/3/2017 a las 16:31]

[Etiquetas: Bannon; Trump]

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Tear Down This Wall

Por fin, el Muro. Muchos insistían en que era una bravuconada más. Otro de sus desplantes de campaña. Un anzuelo para atraerse a un mayor número de votantes blancos desencantados y racistas. Un proyecto irrealizable que Trump dejaría atrás al llegar a la Casa Blanca. Un Gran Muro, un Bello Muro -son sus palabras- que terminaría convertido en una maltrecha verja. Y, una vez más, se equivocaron: el miércoles pasado, en una visita al Departamento de Seguridad Interior, firmó el decreto que impulsa su construcción, al lado de otras medidas igualmente contrarias a los derechos humanos (en la misma semana en que declaró que la tortura funciona "totalmente"). El Muro: una medida de la Edad Media para los albores del siglo XXI.

Quienes carecen de perspectiva histórica no comprenden que, en política, los símbolos suelen resultar más poderosos que los hechos. Que los símbolos producen hechos. El Muro de Berlín era sobre todo un símbolo. Y la Cortina de Acero, sagazmente inventada por Churchill, ni siquiera tenía existencia real. Dos símbolos utilísimos para fijar no tanto una frontera física como una imaginaria. La división entre dos esferas irreconciliables: los de adentro y los de afuera; los amigos y los enemigos; nosotros y ellos. Nosotros frente a ellos. Nosotros contra ellos. De ahí el anhelo de tantos por abatirlos. De ahí, incluso, el ímpetu de Reagan -con quien Trump se compara falazmente- de derrumbarlos. Y de ahí, en especial, el temple de millones de ciudadanos de Europa Central y del Este por destruir esa frontera que circundaba tanto sus cuerpos como sus mentes.

            A la larga, ningún muro ha servido para contener a los extranjeros o a los nativos que se han empeñado en traspasarlo, pero han sido el pretexto ideal para un sinfín de asesinatos, violaciones a los derechos humanos, vejaciones y deportaciones. Piénsese, si no, en el que separa a Israel de Palestina. Un símbolo que justifica y alienta el racismo, la xenofobia, el desprecio y el desconocimiento de los otros, el nacionalismo y el chovinismo extremos. El Muro es el reverso de la Declaración Universal de los Derechos Humanos -otro símbolo-, pues encarna la idea de que no todos los seres humanos somos iguales.

            Para Trump, el Muro también es un símbolo: el estandarte de unos Estados Unidos preocupados sólo por sí mismos, de un país que revive su añeja tradición aislacionista -que casi lo lleva a permitir el triunfo de Hitler en la segunda guerra mundial- y se considera superior a todos los demás; una barrera que busca frenar la infección representada por los inmigrantes mexicanos y latinoamericanos, una vacuna para esterilizar a los estadounidenses blancos y protestantes de la contaminación externa. Una medida que recuerda al nazismo al caracterizar a quienes se arriesgan a cruzar la frontera, en busca de una vida mejor, como violadores y criminales sólo por su origen étnico.

El Muro de Trump es una humillación para México. Una amenaza externa, como no la habíamos experimentado desde la invasión estadounidense de Veracruz en 1914, que está a punto de inaugurar una guerra fría entre las dos naciones. Ante esta agresión, el presidente Peña Nieto tendría que haber cancelado su viaje a Washington pero, arriesgando otra vez una estrategia de contención -que trae a la memoria al Pacto de Múnich-, se abstuvo de tomar la iniciativa hasta que el propio Trump volvió a desairarlo con su personal arma de guerra: un tuit.

Esta debería ser la última prueba de que la diplomacia tradicional no sirve frente a un demagogo dispuesto a quebrantar el estado de Derecho y a romper todas las normas de convivencia internacional. Ha llegado la hora de que gobierno y ciudadanos asumamos que México se halla frente a una situación de emergencia. Nos corresponde imaginar iniciativas ciudadanas para circundar su llamado al odio; forzar a nuestro gobierno a encararlo con tanta determinación como imaginación política; trabar nuevas alianzas en el mundo; encabezar una defensa global de los derechos humanos y los valores de nuestra civilización frente a la incipiente tiranía de Trump.

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 02/2/2017 a las 14:35]

[Etiquetas: Trump; Muro]

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Tiempo de zozobra

Faltan sólo unos días para la investidura de Donald Trump como 45 presidente de Estados Unidos -el momento en que en verdad iniciará este ominoso 2017- y las señales de alarma se multiplican en todo el planeta, de modo particularmente grave para México. Mientras se acorta la desasosegante cuenta atrás, el año de la rabia da paso al de la zozobra: semanas y meses de incertidumbre, dominados por los caprichos de un líder venal y atrabiliario, los prejuicios, odios y ansias de venganza de sus seguidores y la incapacidad de nuestro gobierno para oponérsele. No se atisba el menor aliciente para el optimismo: una suerte de parálisis nos mantiene torpemente a la expectativa como el ratón que, fascinado ante los ojos de la serpiente, admira el sigilo con que ésta habrá de devorarlo.

            Si todavía hay quien cree que Trump se moderará en su nuevo encargo, como si la Casa Blanca tuviese el poder de alterar de la noche a la mañana el temple de sus ocupantes -una ilusión tan peregrina como imaginar que nunca sería candidato o que nunca ganaría la elección-, basta observar al equipo de trabajo que ha elegido siguiendo el modelo de The Apprentice -una amalgama de millonarios y militares en cada puesto clave-, sus primeros mensajes como presidente electo -cada tuit, una ofensa-, sus primeros escarceos en política exterior -irritar a China o empeñarse en su defensa de Rusia- o sus primeras medidas -amenazar a Ford, GM y Toyota por construir plantas armadoras en México- para pulverizar cualquier esperanza.

            A partir del 20 de enero, tendremos al mismo Trump que hemos visto mentir una y otra vez sin jamás arrepentirse; al mismo Trump que no ha vacilado en burlarse de sus rivales; el mismo Trump que ha sobajado a las mujeres, los musulmanes o los veteranos; el mismo Trump que se siente superior a todos los expertos; el mismo Trump que persigue enemigos por doquier para justificar su autoritarismo; el mismo Trump que ha prometido incrementar el arsenal nuclear de su país; el mismo Trump que desprecia los derechos humanos; el mismo Trump que no ha dejado de señalar a México y a los mexicanos como los principales obstáculos en su desorbitada promesa de "hacer a Estados Unidos grande otra vez".

            Y así, mientras los políticos de ultraderecha, racistas, xenófobos, autoritarios, proteccionistas y ultraconservadores de todo el mundo se frotan las manos -¡demagogos del mundo, uníos!-, el gobierno de México no sale de su pasmo, incapaz de darse cuenta de lo que está por venir. Ante una impopularidad extrema, fraguada entre los innumerables casos de corrupción y Ayotzinapa, acrisolada con la esperpéntica visita de Trump a Los Pinos y rematada con el alza del precio de la gasolina, no logra articular un discurso mínimamente coherente para estos tiempos de zozobra. Hasta ahora, la estrategia ha sido la prudencia extrema: no hablar de más, no alertar sobre el peligro para no hacerlo parecer aún mayor -aunque lo sea-, maquillar las amenazas como "desafíos" e insistir en el "diálogo constructivo" con quien no ha dejado de atacarnos.

            A la feroz crisis económica que se nos viene encima, y a la devaluación del peso que no tiene visos de frenarse, en los próximos meses estaremos obligados a "renegociar" el TLCAN -un eufemismo que implica aceptar el menor número posible de exigencias de Trump-, al tiempo que tendremos que recibir a un número imposible de cuantificar de mexicanos expulsados de Estados Unidos: si Obama deportó a 2.5 millones entre 2009 y 2015, es infantil pensar que Trump -con un secretario ultra como Jeff Sessions- no superará esa cifra con rapidez. Y eso sin contar la respuesta ante la advertencia continuada de que pagaremos el infame Gran Muro.

            La prudencia, si es que es prudencia y no mera inmovilidad, no es admisible: México requiere un nuevo discurso público -una nueva narrativa-, firme y nítido, para el abierto enfrentamiento que nos espera con Trump. Una narrativa de unidad que no podrá ser articulada sólo con palabras huecas y blandas, como las que hemos escuchado hasta ahora, sino con hechos y posiciones que demuestren un radical cambio de rumbo.  

[Publicado el 15/1/2017 a las 17:34]

[Etiquetas: Trump]

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La resistencia

Ocurrió lo peor que podía haber ocurrido. En contra de todos los augurios, uno de los mayores demagogos de nuestra época acaba de ser elegido como el hombre más poderoso del planeta. Además de la presidencia de Estados Unidos, se ha hecho con el control casi total de su gobierno, con claras mayorías en la Cámara de Representantes y en el Senado. Y la posibilidad de nombrar jueces que colorearán la Suprema Corte como un bastión conservador por décadas. No nos dejemos tranquilizar, de nuevo, por quienes se conformaron con loar la fortaleza institucional de la democracia más antigua del orbe. Estamos frente a una catástrofe sin paliativos. Una amenaza para el futuro. Y un peligro sin precedentes para México.

            Insisto: no debemos reconfortarnos con las imágenes de Barack Obama o Hillary Clinton llamando a la unidad y pidiendo concederle el beneficio de la duda a Donald Trump. Uno de los mayores problemas de la democracia, de cualquier democracia, es la facilidad con que puede ser subvertida y saboteada desde dentro. Lo hemos visto una y otra vez. No, todavía, en la mayor potencia del globo. Herido de muerte, el sistema que el demagogo prometió destruir en su campaña tratará de contenerlo, pero nada indica que vaya a conseguirlo. Porque Trump no fue un candidato cualquiera y no será un presidente cualquiera. En el discurso tras su victoria lo anunció: el suyo es un movimiento. Una fuerza que busca trastocar la democracia, cuando no tornarla irrelevante.

            Una mayoría de estadounidenses eligió para dirigirlos -y para tener más influencia sobre el resto de nosotros que nadie- a un sujeto que durante meses no hizo otra cosa que exhibir su desprecio hacia los otros. Que mintió impunemente. Un racista y un xenófobo. Un machista y un misógino. Un lenguaraz y un ignorante. Un ególatra que jamás se disculpó por los insultos y amenazas que lanzó a diestra y siniestra. Un comediante marrullero y perverso que supo atizar el rencor y el pánico. Un sinvergüenza que nunca ocultó su desdén hacia la misma democracia que lo ha llevado a la Casa Blanca. Obama y Hillary se equivocan (y muy probablemente lo saben): no, no tenemos que darle a Trump el beneficio de la duda. Lo que tenemos que hacer todos los habitantes conscientes del planeta es oponernos a él desde este instante.

            Las comparaciones resultan siempre odiosas y ni Trump es Hitler ni los Estados Unidos del siglo XXI la República de Weimar, pero el germen totalitarismo está aquí: en la elección democrática de alguien visceralmente antidemocrático. Porque la democracia no se basa en tener elecciones transparentes donde gana la mayoría, sino en el mantenimiento irrestricto de la libertad y la igualdad para todos, ciudadanos y no ciudadanos: justo los valores que Trump ha prometido aniquilar en cuanto sea investido. Obama lo dijo y no deberíamos olvidarlo: Trump no es apto para ser presidente.

            Habrá tiempo para discernir por qué ocurrió lo peor que podía haber ocurrido. Para entender el resentimiento y el pavor de millones. Para criticar el pasmo del establishment y la torpeza del Partido Demócrata. Para juzgar con dureza la traición de nuestras élites. Para aquilatar la desesperanza -y la furia- de la clase media ante la indiferencia y la corrupción de los políticos profesionales. Para lamentar el renacimiento de la xenofobia y el racismo. Pero, mientras meditamos sobre todo esto, tenemos que actuar. Combatir el triunfo del odio y del miedo.

            México y los mexicanos no habíamos sufrido una amenaza tan grande desde la expropiación petrolera. Para Trump, somos el primer obstáculo a su idea de grandeza americana. Tenemos que enfrentar con inteligencia y firmeza los vicios de Trump y del trumpismo: para empezar, oponiéndonos a la idea misma del Muro (no solo a su financiación) y defender a los millones de mexicanos sin papeles que tienen una vida del otro lado de la frontera. Ello no debe ser pretexto para resucitar un nacionalismo trasnochado, sino para unirnos en una defensa del humanismo democrático que nos coloca, querámoslo o no, en la primera línea de combate. Nos corresponde encabezar la resistencia.

             

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 15/11/2016 a las 00:54]

[Etiquetas: Trump]

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La pesadilla del tupé

¿Pensaron que era una broma? ¿Una provocación? ¿Una calculada estrategia publicitaria? ¿Una fiebre pasajera? ¿Un juego? ¿Una (nunca mejor dicho) tomadura de pelo? ¿Cuántos comentaristas de izquierda y de derecha, de los comunistas de CNBC a de las arpías de FOX, se atrevieron a vaticinar que mi campaña sería un globo que no tardaría en reventarse o desinflarse? ¿Que mi atrevimiento no duraría ni dos semanas? ¿Que nadie consideraría con seriedad mi candidatura? ¿Que no soy más que un histrión, un presentador de talk-show, una caricatura, un payaso?

¿Cuántas veces los editoriales del New York Times o del último periodiquillo de Wichita aseguraron que no tengo ideas? ¿Que mis "salidas de tono", mis exabruptos y mis arrebatos terminarían por fatigar a los electores conservadores o a los evangélicos? ¿Cuántos reputados profesores y analistas políticos y tertulianos de televisión y radio mostraron su indignación ante mis declaraciones contra los delincuentes mexicanos y los terroristas árabes y declararon que la mayoría de los republicanos jamás compartiría posiciones tan retrógradas?

¿Cuántas veces los medios liberales me acusaron de racista por empeñarme en proteger a esta gran nación de los inmigrantes ilegales aseverando que nadie en su sano juicio apoyaría mis delirios? ¿Y cuántas buenas conciencias me llamaron fascista por buscar cerrar las fronteras a los terroristas islámicos disfrazados de refugiados del ISIS advirtiéndome de que la mayor parte de los ciudadanos de esta gran nación nunca apoyaría medidas semejantes?

¡Y miren dónde estamos ahora! ¡Ni una sola de sus patrañas ha resistido el paso del tiempo, ni una sola de sus mentiras o de sus descalificaciones ha hecho mella en mi campaña! Sus insultos de nada han servido: faltan apenas unos días para los caucus de Iowa, New Hampshire y Carolina del Sur, y las encuestas me siguen concediendo ventaja en todos ellos. ¿Un balón a punto de desinflarse? Lamento desengañarlos: continúo aquí, imbatible, mostrando que todos se equivocaron. ¡Todos!

¡Y pensar que me creían un estafador, un pelele, un fenómeno televisivo sin cerebro! ¡Otro millonario fracasado como Ross Perot! Desde que se inició mi aventura, hace ya muchos meses, mis compatriotas no han hablado más que de mí, igual que en el debate del FOX al que no asistí. Lograrlo fue mi primera victoria. Durante semanas nadie se preocupó por las sosas o abúlicas declaraciones de Jeb, el supuesto puntero, el hombre del establishment, y luego los demás aspirantes ya no tuvieron más remedio que dedicarse de tiempo completo a reaccionar sobre lo que yo hacía, sobre lo que yo decía. A glosar cada una de mis palabras. Hasta que la bola de nieve se convirtió en una avalancha imposible de detener: ¡hoy, en Estados Unidos, sólo se habla de mí! ¡En el último café de Nueva York y de San Francisco tanto como en el último rancho de Montana o de Texas no se habla más que de mí!

Ya no hay marcha atrás. Nadie me hace sombra. Menos Ted Cruz, cuyo mayor problema (perdonan que se los diga) es que él sí se cree las barbaridades que dice. ¿Y yo? ¿Quién soy yo? Un hombre de éxito, nada más. Un hombre de éxito que llevará al éxito a este país. Para lograrlo vale lo que sea. Calumniar a los mexicanos o a los árabes es lo de menos: un slogan que en el fondo comparte la mitad de mis electores. Pero igual hubiese usado otros chivos expiatorios si me hubiesen parecido más rentables. ¿Que no soy suficientemente de derechas? ¿Que en el pasado apoyé a los demócratas? ¿Qué no soy suficientemente religioso? ¿Que no tengo convicciones? Tengo la única fe que se necesita en Estados Unidos para triunfar: la fe en mí.  

            Ganaré Iowa y New Hampshire. Y ganaré Carolina del Sur. Y luego ganaré la mayor parte de los demás estados en el Súpermartes. Y el G.O.P. no tendrá más remedio que ungirme candidato. Y luego le ganaré a la pobre Hillary (no sé quién puede pensar que ella tiene convicciones más firmes que las mías), la cual hoy sufre por derrotar a un carcamal que se declara socialista. ¿Y saben por qué? ¿Saben por qué se equivocaron tanto respecto a mí? Porque no se dieron cuenta de que yo soy Estados Unidos. Al menos esa mitad de Estados Unidos que se necesita para gobernar Estados Unidos. Esa mitad que hará lo que sea, lo que sea, para que otra Clinton no llegue a la Casa Blanca. Hoy por hoy, soy su mejor carta. Nada me detendrá. Esto apenas empieza.

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 02/3/2016 a las 01:11]

[Etiquetas: Trump]

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Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

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