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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 18 de enero de 2017

 Blog de Jorge Volpi

El mundo es blanco

Mientras realizaba la investigación para su primer libro, Roberto Saviano (Nápoles, 1979) acaso presentía su relevancia, pues se disponía a exhibir los escalofriantes mecanismos empleados por el crimen organizado en su ciudad natal, despojándolos del aura glamorosa que el cine hollywoodense suele conferirle a los mafiosos. Pero la publicación de Gomorra no sólo lo convirtió en una celebridad -cientos de miles de ejemplares vendidos y traducción a cincuenta lenguas-, sino que trastocó su vida de tajo: amenazado por los personajes de su libro, desde 2005 lleva una vida clandestina, rodeado de escoltas y operativos policíacos.

            Por fortuna Saviano no se dejó intimidar y hace unos meses publicó en Italia su nueva obra, Zero zero zero, en torno al tráfico de cocaína. Valiéndose de un estilo que a veces suena forzadamente literario -y en sus peores momentos, banalmente filosófico-, Saviano persigue toda la cadena del narcotráfico, desde las plantaciones de amapola en Sinaloa y Colombia hasta su venta en Italia y Rusia o el lavado de dinero en Estados Unidos, pasando por la guerra contra las drogas mexicana, a la que dedica varios capítulos.

En el que titula "Big Bang", donde narra el ascenso de Miguel Ángel Félix Gallardo, el asesinato del Kiki Camarena y el surgimiento de los primeros cárteles, no duda en afirmar que en el embrionario pacto suscrito por Miguel Caro Quintero, los Carrillo Fuentes, García Ábrego, los Arellano Félix, el Mayo Zambada y el Chapo Guzmán, se finca el mundo contemporáneo. "Ese poder hay que observarlo, mirarlo directamente al rostro, a los ojos, para comprenderlo", escribe. "Ha construido el mundo moderno, ha generado un nuevo cosmos. El Big Bang surgió de aquí."

            A salto de mata, al acecho de los asesinos que ha denunciado, Saviano ha sido una clara víctima de ese poder, si bien la grandilocuencia que contamina su relato -la del profeta que se juega la vida señalando a los culpables del Caos- a veces le hace perder de vista un plano más amplio, un plano en el que ese poder criminal existe sólo por la conjunción de un poder ideológico y otro económico que, al obstinarse en penalizar el consumo de drogas, así lo han querido. En su radiografía se echan de menos los resortes que han determinado esta obcecada prohibición.

Tras un formidable preludio, en donde demuestra que la cocaína nos rodea por completo -un monólogo interior propio de una novela-, Saviano se aboca a desvelar el itinerario de los capos mexicanos, desde Félix Gallardo hasta el Chapo, confiriéndoles un aura casi épica que resultaba más lograda en una ficción como El poder del perro de Dan Winslow. Sin jamás citar sus fuentes (algo extraño en quien ha sufrido el acoso tanto como los reporteros mexicanos que bucearon en esta historia antes que él), se limita a repetir hechos que para nosotros quizás resulten demasiado conocidos, pero que a un lector extranjero no dejarán de asombrar por su crueldad. Por desgracia, al centrarse en las exageradas vidas de los capos, apenas profundiza en las condiciones sociales y políticas que animaron su crecimiento, reiterando una vez más la narrativa oficial que ve en esos monstruos el punto nodal del conflicto. Y, como en tantos otros estudios, sigue faltando un recuento pormenorizado de cómo funcionan las bandas criminales en Estados Unidos, el mayor consumidor del orbe y el principal responsable de la guerra.

Mucho más interesante resulta el capítulo dedicado al lavado de dinero, donde Saviano relata cómo los grandes bancos globales, como Wachovia o HSBC, están al servicio de los cárteles sin recibir más que insignificantes multas. Allí, también vuelve a narrar el caso de Raúl Salinas de Gortari, según los rumores ligado a diversos cárteles, y expone el mecanismo empleado por Citibank para auxiliarlo en sus maniobras.

En su afán por exponer cada arista de la cocaína, Saviano realiza estupendos retratos íntimos -desde los gorilas de la mafija rusa hasta las modelos de Medellín, pasando por criminales de cuello blanco, políticos y asesinos a sueldo-, así como fascinantes crónicas de los abstrusos intercambios emprendidos para transportar la droga de un confín a otro del planeta, aunque en su afán de literaturizar sus pesquisas incluso se aventura a incluir un chirriante poema sobre la coca.

Al final, luego de dibujar a los actores de este drama shakespereano, de desentrañar las estratagemas del crimen y de exponer su zafiedad y su barbarie, Saviano padece una incomodidad desgarradora. "He mirado al abismo y me he convertido en un monstruo", confiesa en el epílogo. Un epílogo de unas pocas páginas en el que concluye, reticente: "Por más que pueda parecer terrible, la legalización total de la droga podría ser la única respuesta. Quizás sea una respuesta horrenda, horrible, angustiosa. Pero la única posible para bloquearlo todo." Tal vez sólo por ser alguien que ha mirado al crimen a los ojos, y ha desentrañado con fascinación su modus operandi, deberíamos hacerle caso.

 

Originalmente publicado en el diario Reforma, 08.09.13

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 08/9/2013 a las 05:30]

[Etiquetas: Saviano]

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Los demócratas salvajes

El 26 de diciembre de 1991, el Frente Islámico de Salvación (FIS), un grupo en el que convivían desde islamistas moderados hasta quienes buscaban reinstaurar el califato y la Sharía, obtuvieron el 48% de los votos en la primera vuelta de los comicios celebrados en Argelia. Considerando que se trababa de un resultado inaceptable dados los antecedentes antidemocráticos de los vencedores, el 11 de enero de 1992 el Ejército procedió a anular el proceso electoral y precipitó la renuncia del presidente Chadli Bendjedid. A continuación, los militares decretaron el estado de emergencia, declararon ilegal al FIS y se apresuraron a encarcelar a buena parte de sus miembros.

            A lo largo de los siguientes seis años, una feroz guerra civil se dio paso en el país. Numerosos seguidores del FIS, así como sectores islamistas enemigos de éste como el Grupo Islámico Armado (GIS), organizaron guerrillas que se enfrentaron al ejército y entre sí. Según los reportes más conservadores, el conflicto se cobró unas 100 mil víctimas, incluyendo una amplia lista de masacres perpetradas en numerosas wilayas (provincias); el GIS se hizo responsable de varias de ellas, aunque diversas fuentes señalan la indiferencia de las autoridades frente a los ataques. No sería sino hasta 1997, cuando los líderes del FIS declararon un alto unilateral y el ejército se concentró en derrotar militarmente al GIS, que Argelia entró en una ardua reconciliación.

            Este escabroso periodo de la historia argelina, enmarcado en la época inmediatamente anterior a los ataques del 11-S, con frecuencia ha sido minimizado u olvidado al analizar los últimos acontecimientos ocurridos en esa atribulada región del mundo, de la esperanzadora (y engañosa) Primavera árabe al reciente golpe de Estado en Egipto, pasando por la guerra civil en Siria. Sin embargo, resulta imposible no advertir en el distante episodio argelino una suerte de germen de todos los conflictos que siguen en activo en la zona y frente a los cuales los demócratas del mundo no han sabido cómo reaccionar, o lo han hecho de las maneras más equívocas y contradictorias.

            Los factores que alimentan el drama parecen repetirse. En primer lugar, una serie de autócratas, algunos más afectos a la sangre que otros, sostenidos por Occidente como bastiones contra el comunismo (primero) o el islamismo (después). Luego, una corriente democratizadora, impulsada por los pensadores liberales de esas mismas naciones occidentales, que impulsa a los ciudadanos a rebelarse contra los sátrapas. A continuación, una primera apertura que permite la celebración de elecciones más o menos libres, las cuales sin falta son ganadas por los islamistas que, tras largos años de persecución, son los mejor preparados para ganar una competencia abierta.

A partir de allí, la catástrofe: por más que su victoria sea legítima -y que, por ende, nuestros demócratas liberales se digan obligados a apoyarlos-, éstos apenas tardan en imponer las medidas propias de su agenda teocrática, provocando un amplio descontento entre la población. Pretexto ideal para que los militares, bien subvencionados por Occidente y reacios desde el inicio a cualquier experimento democrático, decidan recuperar el poder que les entregaron a regañadientes. El resultado final: cientos o miles de muertos y unas sociedades que por mucho tiempo no vuelven a sentirse tentadas a repetir el experimento democrático.

Más que invocar de nuevo la obtusa discusión en torno al carácter autoritario de la tradición musulmana, conviene fijar los términos que la cuestión ha suscitado en Occidente. ¿A quiénes han de defender nuestros demócratas, a los islamistas que ganaron legítimamente las elecciones, por más que sus principios sean antidemocráticos, o a los militares que, con el argumento de restaurar la democracia, la cancelan por la fuerza? El problema resulta tan espinoso que tiene el riesgo de morderse la cola: en uno y otro caso nuestros férreos demócratas terminan apoyando a falsos demócratas (en uno y otro caso, sostenidos por sus gobiernos). ¿Se trata entonces de elegir entre el menor de los males? ¿O de enmascarar un ejercicio de realpolitik?

Este dilema, uno de los más ásperos de nuestro tiempo, sobrevuela también sobre la decisión de atacar a Bachar el-Assad en Siria. Nadie duda de que se trata de un feroz dictador -como antes Mubarak y hoy Al-Sisi-, pero su caída podría precipitar un nuevo (y desaconsejable) triunfo de los islamistas en otro país limítrofe con Israel. Según Obama, el uso de armas químicas contra su población vuelve el castigo imprescindible. En cambio, el centenar de víctimas en Egipto ni siquiera ha provocado que Estados Unidos suspenda la venta de armas y aviones a los militares egipcios. Como es obvio, las preguntas anteriores no son fáciles de responder, como le gustaría a numerosos comentaristas liberales, y sólo nos permiten atestiguar cómo la aguerrida agenda de nuestros demócratas salvajes se resquebraja ante nuestros ojos.

 

Originalmente publicado en el diario Reforma, 01.09.13

           

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 01/9/2013 a las 07:12]

[Etiquetas: Siria; Egipto; primavera árabe]

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El espíritu del General

Bajo el título de "Propiedades petroleras estadounidenses tomadas por los mexicanos", el 18 de marzo de 1938, el New York Times publicó el siguiente cable especial de su enviado en México, Frank L. Kluckhorn: "El control de diecisiete compañías petroleras estadounidenses y británicas, que representan una inversión de $450,000,000 en México, fueron tomadas por 18,000 trabajadores petroleros mexicanos." Luego añade: "Más tarde por la noche, el presidente Lázaro Cárdenas anunció en una transmisión radiofónica en cadena nacional que México estaba expropiando las propiedades estadounidenses y británicas. Se hizo saber que el decreto, ya firmado, sería publicado por la mañana. El presidente Cárdenas llamará a una sesión especial el lunes para la aprobación del decreto. Esto es legalmente innecesario, dado que cuenta con todos los poderes, pero quiere tener el apoyo moral de un movimiento como éste".

Según Kluckhorn, la medida fue recibida con un "entusiasmo salvaje" en los distintos pueblos petroleros del país. El 26 de marzo, el mismo Kluckhorn publicó un nuevo cable en el Times, titulado "La expropiación mexicana abre una gran pregunta", en el cual, en un tono menos aséptico, realiza un primer análisis de las repercusiones de la medida. "¿Dónde parará este movimiento?", se cuestiona. "El presidente Lázaro Cárdenas se jugará el éxito de su administración en los resultados del manejo por parte del gobierno y los sindicatos de la enorme industria petrolera mexicana." Según el enviado, "más allá de su Constitución y sus leyes radicales, es la primera vez desde que se inició la revolución en 1910 que México ha llegado a expropiar un grupo de grandes compañías extranjeras en activo. Con los trabajadores triunfantes, entusiastas y dispuestos, el gobierno mexicano está ahora comprometido con una senda de extrema izquierda."

            El 12 de agosto de 2013, bajo el título "Para mover la Economía, el presidente mexicano busca inversión extranjera en energía", Elizabeth Malkin, del New York Times, escribió: "El plan del presidente, que implica la reforma de dos artículos constitucionales, desafía uno de los postulados de la identidad nacional de México -la soberanía completa sobre sus recursos energéticos- al invitar a compañías extranjeras a explorar y extraer petróleo y gas natural." Al día siguiente, Clifford Kraus escribió: "La controvertida reforma propuesta para las leyes energéticas de México no sólo tiene el potencial de devolver a México a los niveles de extracción de inicios de los ochenta, cuando era uno de los productores más prometedores del mundo, sino también para reducir aún más la dependencia estadounidense de países de la OPEP." Y añade: "Las compañías petroleras estadounidenses respondieron con entusiasmo". 

            En medio del debate abierto por la presentación de la propuesta energética del presidente Peña Nieto -así como la posición previa del PAN y la reciente del PRD, en voz ni más ni menos que del hijo del General-, la mirada del diario más influyente de Estados Unidos acaso sirva para poner en perspectiva nuestra actitud frente al asunto. Para empezar, parece que ambos presidentes se "juegan el éxito" de sus administraciones en sus políticas sobre el petróleo. Sólo que, mientras Cárdenas no necesitó lidiar con una oposición interna a la hora de tomar su histórico decreto, hoy la negociación con las demás fuerzas políticas se vuelve tan fatigosa como imprescindible.

La diferencia más notable entre los dos momentos es que el "entusiasmo salvaje" de 1938 se halla ausente en nuestros días: quienes apoyan la reforma la presentan como una medida inevitable ante el declive de Petróleos Mexicanos, mientras que quienes se oponen a ella lo hacen con una irritación fundada en una decepción equivalente. Más allá de ser acusado por el Times de pertenecer a la "extrema izquierda", cuando Cárdenas decretó la expropiación se creía que el petróleo contribuiría a mejorar en el futuro las vidas de millones. Hoy, desde ese futuro, tanto quienes buscan como quienes se oponen al regreso de la iniciativa privada comparten el mismo malestar.

No hay que olvidar que, desde 1938, el control del petróleo ha recaído en casi todos los sectores del país: la izquierda cardenista y echeverrista -de la que provienen el PRD y el propio López Obrador-, el PRI nacionalista y el PRI neoliberal, e incluso el PAN, sin que ninguno haya sabido qué hacer con el monstruo en que se convirtió el proyecto cardenista. Quizás esta frustración explique la desoladora nostalgia que predomina entre todos nuestros actores políticos, empeñados en mirar hacia ese pasado supuestamente idílico. Si algo valdría la pena recuperar de ese instante fundador de nuestra "identidad nacional" -en las anquilosadas palabras del Times- es la capacidad del general  Lázaro Cárdenas, y en realidad de todo el país, de mirar hacia delante y arriesgarnos a planear un futuro para la industria petrolera que no se parezca a éste.

 

Publicado originalmente en el diario Reforma, 25.08.13

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 25/8/2013 a las 16:12]

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La venganza de Art Keller

"Adán escucha el aullido del hombre. Y la suave voz que pacientemente le hace la misma pregunta una y otra vez. ¿Quién es Chupar? ¿Quién es Chupar? ¿Quién es Chupar? Ernie les dice una vez más que no lo sabe. Su interrogador no le cree y empuja de nuevo el picahielo, restregándolo contra la tibia de Ernie." Destrozado, Ernie les da todos los nombres que se le ocurren, en vano. El agente de la DEA fue secuestrado días atrás por tres policías que, luego de dejarlo inconsciente, lo trajeron en presencia de Adán, Raúl y el Güero, los lugartenientes del Tío Barrera. El Doctor Álvarez le inyecta una jeringa con lidocaína, que lo despierta y le permite sentir el dolor. La tortura se prolonga durante horas. "Ernie Hidalgo existe ahora en un mundo bipolar. Hay dolor, y hay la ausencia del dolor, y es todo lo que hay." Harto de sus gritos, Raúl al fin tiene misericordia y ordena al doctor terminar con su sufrimiento. Obediente, Álvarez le inyecta una fuerte dosis de heroína y Ernie poco a poco se desprende del dolor, y de la vida.  

            Este escalofriante escena proviene de El poder del perro (2005), la novela con la que Don Winslow quiso narrar los peores años del narcotráfico en México -sin adivinar que vendrían otros mucho peores-, desde el ascenso del todopoderoso Cartel de Guadalajara hasta su liquidación décadas más tarde. Valiéndose de una rigurosa documentación con la que alcanza un tono épico que no se encuentra en ninguna narconovela mexicana, Winslow optó por condensar a distintas figuras reales a la hora de crear a sus villanos, de modo que la familia Barrera, el Güero Méndez y los demás miembros de su banda contienen rasgos de Miguel Ángel Félix Gallardo, el Güero Palma, Amado Carrillo, Ernesto Fonseca, el Chapo Guzmán, el Mayo Zambada, los hermanos Arellano Félix y Rafael Caro Quintero. Esta licencia dramática no empaña el minucioso retrato de la época, centrada en el asesinato, acaso más brutal en la realidad, de Enrique Kiki Camarena -el Ernie Hidalgo de la novela-, y la venganza de Art Keller, un ficticio agente de la DEA, contra sus perpetradores.

            Como se trasluce de un comentario del propio Winslow en Twitter, Keller no podría haberse sentido más ultrajado ante la reciente excarcelación de Caro Quintero, quien fuera detenido en Costa Rica el 4 de abril de 1985, extraditado a México y condenado a 40 años de prisión por el homicidio del agente estadounidense. En efecto, el pasado 9 de agosto el Primer Tribunal Colegiado de Circuito de Jalisco determinó la liberación del preso por irregularidades cometidas en el proceso, puesto que fue juzgado por una corte federal cuando este delito pertenecía al fuero estatal.

            Al lado del Chapo Guzmán y acaso de Amado Carrillo, pocas figuras del narco han despertado tanta curiosidad y tanto morbo como Caro Quintero, quien no sólo ha inspirado numerosos corridos por sus hazañas criminales -en un rango que va de los Tigres del Norte a los Llaneros de Guamúchil-, sino por su supuesta historia de amor con Sara Cosío, sobrina de quien habría de convertirse en gobernador de Jalisco, quien fue encontrada desnuda y embarazada a su lado y no dudó en reiterarle su amor, para delirio de la prensa de nota roja -y rosa- que dio cuenta de la captura.

            Aunque Art Keller, el agente mexicano-estadounidense del que se vale a Winslow, sea un personaje ficticio, su afán de justicia -o de venganza- se convirtió en una prioridad absoluta para la administración Reagan. Como uno de los Barrera afirma en la novela, los gringos pueden provocar masacres sin el menor remordimiento, pero no descansarán hasta castigar a quien asesina a uno de los suyos. De allí que a Miguel de la Madrid no le quedase otro remedio que dar resultados inmediatos (sin reparar en tecnicismos legales), consistentes en la captura de quienes se habían beneficiado por años de la complicidad de policías y políticos: Don Neto y Caro Quintero.

            Una de las líneas narrativas que Estados Unidos ha convertido en su marca de fábrica es justo ésta: la idea de que todos los criminales -en especial los que asesinan policías gringos- pagarán por sus crímenes. La liberación de Caro Quintero quiebra drásticamente esta cosmovisión, por más que éste haya pasado 28 años en la cárcel. Para ellos, y en especial para los Art Keller reales, la posible huida de este "gallo muy fino" -como lo denomina en un corrido- supone una afrenta personal, y las presiones sobre el gobierno mexicano para recapturarlo no se han hecho esperar. Nadie duda de la eficacia y la contundencia de thrillers como el de Winslow, pero en términos simbólicos no hacen sino perpetuar la idea de que la lucha contra el narcotráfico se libra contra esos sujetos infernales como Caro Quintero, haciéndonos olvidar que si no fuera por las absurdas políticas prohibicionistas puestas en marcha por Estados Unidos -por otro lado muy bien descritas en la novela-, estos capos jamás habrían obtenido el poder que aún hoy disfrutan.

 

Originalmente publicado en el diario Reforma, 18.08.13

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 18/8/2013 a las 17:32]

[Etiquetas: Caro Quintero; Don Winslow]

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El Puente

"La muerta apareció en un pequeño descampado en la colonia Las Flores." Con esta frase se inicia "La parte de los crímenes" de 2666, la portentosa novela póstuma de Roberto Bolaño que transfigura la tétrica Ciudad Juárez de los noventa en la igualmente tétrica Santa Teresa. "Esto ocurrió en 1993. A partir de esta muerta comenzaron a contarse los asesinatos de mujeres. Pero es probable que antes hubiera otras".

Cuando estas líneas de Bolaño se publicaron en 2004, Ciudad Juárez se había convertido ya en un símbolo mundial de la infamia, el hoyo negro en el que miles de mujeres -sobre todo jovencitas que llegaban a trabajar en las maquiladoras- habían sido salvajemente asesinadas en sus calles, si bien aún no se había transformado en el infernal escenario de combate entre bandas de narcotraficantes que sería después, en especial a partir de la "guerra contra el narco" de Calderón. Desde entonces, un alud de reportajes, documentales, películas, libros y artículos han tratado de explorar ese territorio del mal enclavado en la frontera más transitada, vigilada -y porosa- del planeta. No podía pasar mucho tiempo antes de que este lugar de perdición fuese retomado por los grandes estudios de Hollywood.

            No deja de resultar curioso, sin embargo, que The bridge (FX) sea la adaptación de la serie escandinava Bron/Broen -difícil hallar dos paisajes más distintos que el desierto de Chihuahua y las costas del Báltico-, en la cual las diferencias entre Suecia y Dinamarca se tornan casi ridículas frente a las que separan a El Paso, una de las ciudades más seguras de América, de nuestra Juárez (pronunciada "Uarrres"). Cuando se anunció que los productores Meredith Stiehm y Elwood Ried habían trasladado la acción a la frontera entre México y Estados Unidos, en detrimento de la que divide Michigan de Ontario, se produjo un inevitable escepticismo sobre hasta dónde un producto de entretenimiento mainstream iba a ser capaz de reflejar el atroz inventario de conflictos de la zona -narcotráfico, emigración ilegal, corrupción- sin banalizarlos u ofrecer otra cosa que un telón de fondo sórdido y pintoresco para un thriller estilo The Killing (otra serie basada en un original escandinavo).

            Las dudas parecían acentuarse por otra razón: mientras que Bron/Broen era una coproducción sueco-danesa, en la que cada parte podía establecer sus puntos de vista, The Bridge (incluso en la transmisión en México no se llama El Puente) es un producto netamente estadounidense, por más que el piloto haya sido dirigido con habilidad por Gerardo Naranjo o que su actor principal sea un impecable Demián Bichir. De hecho, uno puede constatar capítulo a capítulo (hasta el momento 5 en Estados Unidos y 4 en México) cómo es el propio Bichir, no sólo en la ficción sino en la filmación de la serie, quien intenta reflejar, en sus inflexiones en español, una perspectiva opuesta a la narrativa oficial de la superpotencia.

            La propia Stiehm declaró que buscaría imitar la solidez argumental y la complejidad de The Wire para reflejar las tensiones de los dos lados de la frontera, pero hasta ahora apenas hemos podido advertir una muy eficaz reelaboración de un argumento policíaco clásico (dos policías enfrentados y obligados a convivir) y una acumulación de horrores que se concentran, como era de preverse, del lado mexicano, donde el afable y algo estropeado latin lover Marco Ruiz (Bichir) es el único héroe posible en un medio dominado por la corrupción y la violencia.

            Aunque la idea de incluir protagonistas con autismo parece casi una moda -piénsese en El curioso incidente del perro a medianoche de Mark Haddon o la formidable The Uninvited de Liz Jensen-, el que en este caso la agente Sonya Cross (Diane Kruger) tenga síndrome de Asperger parece una metáfora perfecta de la visión de Estados Unidos sobre los problemas de su vecino del sur: una incapacidad total para la empatía. Esa es, al menos, la sensación que se tiene en aquel país cuando se habla de las miles de víctimas del narcotráfico -o de la corrupción o la violencia- en México: problemas que se miran como si ocurrieran en el oro extremo del mundo y frente a los cuales sus políticos y ciudadanos nada tienen que ver.

            En una época en que se discute una ambiciosa -y, en aspectos como el muro, perversa- reforma migratoria, y luego de que la "guerra contra el narco" se cobrara 80 mil vidas, una serie como The Bridge podría contribuir a que ese síndrome de Asperger se diluya un poco, enfrentando a los estadounidenses con el papel central que su indiferencia, su consumo de drogas y su lenidad hacia las armas de fuego tiene en las tragedias que se viven de nuestro lado. Todavía es pronto para saber si los escritores de The Bridge tocarán los temas más incómodos para sus compatriotas -el poder de los carteles estadounidenses y la corrupción de sus aduanas, por ejemplo-, pero es poco probable que Marco Ruiz y Sonya Cross lleguen a descubrir "el secreto del mundo" que, según Bolaño, estaba cifrado en los crímenes de Santa Teresa.

 

Originalmente publicado en el diario Reforma, 11.08.13

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 11/8/2013 a las 16:56]

[Etiquetas: Ciudad Juárez; El Paso; The Bridge]

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Llámenme Peligro

Convertida en un clásico americano, la escena regresa una y otra vez en las pantallas. Bajo los reflectores inclementes, la pareja comparece con las manos entrelazadas, los semblantes ruborizados o abatidos -ella, severa y elegante, casi mustia; él con la voz desfondada y los ojillos acuosos-, el peso de su convivencia reflejado en esa tensión con la que prometen sobrellevar el incidente mientras los dos se esfuerzan por mirarse o más bien se aseguran de que los demás contemplen ese guiño cómplice en el cual se cifra la posibilidad de una disculpa: ¿si ella aún puede verme a la cara por qué no habrían de hacerlo ustedes, conciudadanos y electores? Poco importa que la mujer esté harta o furiosa, no tanto por el engaño (otro de tantos) como por la afrenta, esa necesidad de exponerla como una buena samaritana que encaja de manera heroica, admirable, cada nueva revelación (cada nueva humillación) sin encogerse. Aunque lo maldiga y ya haya emprendido las primeras acciones para ajustar el umbral de la demanda, ella sabe que no le queda más que figurar a su lado, acompañarlo en esa ordalía de verdad y dolor que tanto complace a los fanáticos de los melodramas políticos, tragarse sus inútiles palabras, error, el gran error, el tremendo error que cometí, encajar su arrepentimiento -no por su conducta sino por su torpeza al disfrazarla- y soportar esos diez o quince minutos (o días o semanas) de vergüenza, esa confesión que se le exige aquí a todas las figuras públicas que son lo suficientemente imbéciles para permitir que sus infidelidades emborronen los tabloides.

Bill Clinton; el senador y precandidato demócrata a la presidencia John Edwards; el congresista Mark Souder, célebre por sus arrebatos a favor de la abstinencia; el defensor del nuevo conservadurismo Newt Gingrich; el congresista Thad Viers; el precandidato republicano a la presidencia Herman Cain; el admirado general David Petraeus; el congresista Eric Massa; el candidato a congresista Tom Ganley; el senador John Ensig, uno de los más implacables críticos de Clinton; el congresista Vito Fossella; el congresista Tim Mahoney; el senador David Vitter; el exgobernador demócrata de Nueva York Eliot Spitzer (el infame "cliente número 9") o el exgobernador de Carolina del Sur, Mark Sanford. Si este catálogo sólo reúne a quienes han sido descubiertos, en Estados Unidos deben esconderse decenas de políticos que llevan en santa paz una dulce -o apasionante- vida doble. Basta echarle un ojo a The Good Wife, donde Julianna Margulies parodia u homenajea a sus admirables esposas, para detectar el morbo que suscitan estos rituales de expiación.

            El último show en esta serie es una especie de engaño al cuadrado que evidencia la porfía de los políticos estadounidenses para convertirse en blancos del ridículo a causa de su hipocresía (y sus hormonas). El 16 de junio de 2011, el congresista Anthony Weiner renunció a su cargo cuando se hizo público que había enviado una imagen de sus calzoncillos -apenas disimulando una erección- a una joven de Seattle de 21 años. Luego de negarlo una y otra vez, Weiner confesó su afición a este tipo de mensajes (práctica conocida como sexting) antes y después de su matrimonio con Huma Abedin, cercana consejera de Hillary Clinton.

            Hasta aquí, el guión se mantuvo sin sorpresas. Weiner pidió excusas, fue blanco de la ira y el sarcasmo generalizados, y su esposa lo perdonó. Dos años después, Weiner consideró que su penitencia había concluido y decidió regresar a la política como candidato a la alcaldía de Nueva York. Ya avanzada la campaña, salió a la luz que Weiner había vuelto a las andadas, esta vez enviando fotos y mensajes a tres o cuatro mujeres distintas, valiéndose del sonoro apodo de "Carlos Danger". Desde entonces los medios y las redes no le han dado tregua: cientos de miles de chistes, críticas, parodias e insultos han llovido sobre su figura. ¿Qué hacer ahora? ¿Repetir su renuncia anterior? Resignado, Weiner mantiene su campaña, aunque sin muchas posibilidades frente a su compañera de partido Christine C. Quinn.

            Muy lejos de los especialistas que comparecen en los talk shows para abundar en torno a la perversión o a las patologías de Weiner, su caso confirma la relación cada vez más tortuosa que los estadounidense mantienen con su sentido de la intimidad. En el fondo, Weiner apenas se diferencia de millones de usuarios de Facebook -o de páginas de contactos y webcams de sexo- en donde los usuarios se convierten en exhibicionistas y voyeuristas de manera voluntaria. Mientras la NSA se empeña en escrutar todas las comunicaciones del planeta, el boom de las redes sociales y los sitios de cibersexo pone en evidencia a una sociedad cuyos individuos se saben vigilados sin tregua al tiempo que, desprovistos de cualquier prurito, se empeñan en revelar hasta los mínimos detalles de su vida privada -o de sus falsas vidas privadas- a cualquiera que esté dispuesto a contemplarlas. 

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 04/8/2013 a las 16:18]

[Etiquetas: Weiner]

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El centro y las orillas

Primer caso. La escritora más famosa -y rica- del planeta publica una ácida comedia suburbana que en nada recuerda a sus obras anteriores, dedicadas al público infantil. La expectación es inmensa: sin atreverse a decirlo, los críticos esperan su fracaso con la misma impaciencia de los fanáticos que se plantan en las librerías por un ejemplar de Una vacante imprevista. Como se esperaba, las reseñas resultan condescendientes cuando no demoledoras. Su autora, coinciden, tuvo un golpe de suerte con Harry Potter, pero sus recursos literarios no alcanzan para una empresa más seria (y aun así, vende millones). Entonces J.K. Rowling decide escribir una novela policíaca con un seudónimo celosamente custodiado. Desprovista de la fama asociada con su nombre, The Cukoo's Calling, firmada por un tal Robert Galbraith, recibe elogiosas críticas y vende unos 1500 ejemplares. Prevenida por un tuit anónimo, la presa la desenmascara (y el libro pasa a ser número 1 en Amazon).

            Segundo caso. Uno de los cineastas mexicanos más apreciados, capaz de convertir sus obsesiones en tramas tan deslumbrantes como rentables, realiza la película de mayor presupuesto de su carrera, un blockbuster de los grandes estudios para la temporada de verano. Tras haber trasladado sus historias delirantes y oscuras a otros proyectos hollywoodenses, y de tramar al menos una pieza perfecta -El laberinto del fauno-, la expectación en torno a su nueva aventura es enorme. Al final, Pacific Rim resulta lo anunciado: un banal blockbuster para el verano. Aunque los críticos intentan hallar algún toque personal -el cameo de sus actores-fetiche-, el abrumador espectáculo de robots contra godzillas podría haber sido dirigido por cualquier otro director. De Guillermo del Toro, poco más que su nombre.

            Tercer caso. Se cumplen diez años de la muerte del escritor en lengua española más apreciado por la crítica y más venerado por los lectores del orbe desde García Márquez. Alguien que, tras la publicación de una decena de textos en sus últimos años de vida, se convirtió en un autor de culto entre los jóvenes latinoamericanos y luego en un gigantesco fenómeno de mercado. Traducido por doquier y representado por el agente literario neoyorquino más conspicuo, Roberto Bolaño dejó de ser el escritor marginal de su juventud, cuyos fracasos generacionales tan bien retrató en Los detectives salvajes, para alzarse como un icono global. Apenas sorprende que quienes lo alabaron por ser un "escritor para escritores", un autor secreto, apreciado por unos happy few, sean los mismos que ahora lo menosprecian por encarnar la mainstream.

            Si bien estos casos no tienen otro vínculo que la coincidencia temporal que los amalgamó en la prensa en estas semanas, pueden ser vistos como pruebas de la tensión entre la marginalidad y el centro que persiste en todas las áreas de nuestra cultura capitalista. Pese a las acusaciones de sus detractores, ninguno es un "producto del mercado": J.K. Rowling era una desempleada que escribió el primer volumen de Harry Potter en un café, a Del Toro le costó un ingente esfuerzo financiar su primer filme y Bolaño pasó largos años participando en concursos para publicar sus primeras narraciones. En los tres, el ascenso a la fama fue tan inesperado como merecido: dígase lo que se diga, Harry Potter contiene un mundo imaginario fabuloso, las negras fantasías de Del Toro están llenas de sabiduría y Los detectives salvajes y 2666 son las mejores respuestas a las novelas del Boom.

            No obstante, al transitar de los márgenes al centro, estas obras no han podido escapar a la condición de mercancías de consumo global, para desazón de sus primeros fanáticos. Una vez allí, la maquinaria diseñada para acentuar su éxito resulta imparable: en cuanto un producto cultural produce millones de dólares, escapa al control de sus artífices (y se convierte en blanco de los exquisitos que creyeron descubrirlo). Aunque la codició, Bolaño no tuvo ocasión de padecer las desventuras de la fama, pero Del Toro y Rowling han tratado de enfrentarse a ella con distintas estrategias. El primero ha combinado sus proyectos más personales con sus incursiones hollywoodenses, en tanto que, al crearse un seudónimo, Rowling pretendió volver al anonimato de sus inicios.

Al final, sus intentos demuestran que, si se busca permanecer dentro del sistema, huir de la telaraña es imposible: la mayor paradoja de esta historia es que justo los creadores que más se han empeñado en retratar los márgenes de nuestra cultura -la magia y los monstruos infantiles o la bohemia artística latinoamericana- hayan terminado absorbidos por ese centro que tanto parecía repelerles. El cliché tiende a confirmarse: quienes habitan las orillas aspiran con todas sus fuerzas a viajar al centro y quienes han llegado al centro no hacen sino producir obras que reflejan su nostalgia por ese pasado marginal, sólo para que sus publicistas procedan a venderlas como modelos de integridad artística.   

 

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[Publicado el 28/7/2013 a las 06:33]

[Etiquetas: Rowling; Del Toro; Bolaño]

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Perorata del apestado

Decidido a mostrarse impecable -e implacable-, Luis Bárcenas luce el mismo traje gris rata que lo distinguió en sus anteriores comparecencias y, gracias a un permiso especial, usa la corbata que le ha prestado su abogado a fin de conseguir una apariencia más elegante, más decente. Según reportan testigos presentes en la sala, a lo largo de tres horas y media el imputado ni siquiera se detiene a beber un sorbo de agua, como si no pudiese dejar de hablar, azotado por una repentina verborrea, o como si toda la furia que ha acumulado en las últimas semanas en la prisión de Soto del Real sólo pudiera drenarse mediante este testimonio que es, por encima de todo, una quema de naves.

            Ni qué dudarlo: Barcenas se siente traicionado por sus antiguos compañeros de Partido, esos líderes a los que con tanta energía contribuyó a aupar al poder, y ahora no está dispuesto a servirles como vulgar chivo expiatorio. "Si caigo", parece murmurar entre dientes conforme desgrana los detalles de la contabilidad paralela que llevaba como tesorero del Partido Popular, "todos vosotros caeréis conmigo". Por ello apenas respira -si bien, como viejo lobo que es, no deja de intercalar pausas y silencios, reservándose información preciosa para vistas ulteriores- y se regodea al pronunciar los nombres de sus antiguos jefes: el de la secretaria María Dolores de Cospedal y, sobre todo, el del presidente del Gobierno, el impasible Mariano Rajoy.

            Sinuoso y viperino, Bárcenas reconoce, tras haberlo negado cínicamente en el pasado -incluso llegó a forzar su escritura para una prueba caligráfica-, que las notas manuscritas publicadas semanas atrás por El País en efecto son de su autoría y no sólo prueban la existencia de una "contabilidad b" del Partido, sino los sobresueldos que le pagaba a un sinfín de dirigentes populares, incluidos Cospedal y Rajoy, en billetes de 500 euros, sin que éstos tuviesen que firmar recibo alguno. Además, también confirma que los mensajes de texto revelados por El Mundo son auténticos y muestran como Rajoy se mantuvo en contacto con él y su familia incluso cuando ya había sido indiciado. Culminada su comparecencia -su monólogo shakespeareano, más plagado de amenazas que de pruebas-, pide volver a su celda en Soto del Real para seguir rumiando su vendetta

            En medio de la avalancha de casos de corrupción que han salido a la luz tras la quiebra española de los últimos años -del caso Gürtel, en el que también estuvo implicado el extesorero del PP, a Iñaki Undagarín, el yerno del rey, pasando por decenas de empresarios, políticos y banqueros-, el affaire Bárcenas debería ser visto, más que como un colofón o un extremo, como la constatación de una desoladora normalidad. Del mismo modo que las declaraciones de Edward Snowden no hicieron sino reafirmar nuestras sospechas sobre la capacidad de Estados Unidos para intervenir todas las comunicaciones del planeta, la ordalía de Bárcenas certifica la colusión de los intereses económicos y políticos que prevalece entre nuestras élites -en especial, vaya a saberse por qué, en las naciones de origen latino. La corrupción, pues, no como una práctica excéntrica o una lacra propia de nuestras impacientes sociedades, sino como la regla que impera por doquier en un modelo en el que prevalece un pacto de silencio entre los políticos, sin importar el partido en el que militen, al margen del interés público.

En este esquema, la Italia de Berlusconi o la España de Rajoy, que tanta vergüenza han hecho caer sobre Europa, otra vez no resultan rarezas aborrecibles, sino modelos habituales en las ostentosas democracias de nuestro tiempo. El que los innumerables escándalos de Il Cavaliere apenas hayan disminuido su cosecha de votos y el que, culminados los desplantes de Bárcenas, los españoles muy probablemente volverían a votar al Partido Popular si se llegasen a convocar elecciones anticipadas, demuestra que la corrupción se haya en el centro mismo de nuestro sistema y que su desvelamiento no sirve más que para desatar una indignación tan pasajera como inocua.

Frente a este estado de cosas, uno entiende mejor la rabia o la amargura de figuras como Bárcenas -o Iñaki Undagarín, o Elba Esther Gordillo, o Andrés Granier-, puesto que a sus ojos no hicieron más que preservar las reglas del juego, igual que sus nuevos detractores e inquisidores. Contaminadas por la avaricia propia del capitalismo avanzado, nuestras democracias necesitan de chivos expiatorios que hagan pensar a los ciudadanos que los bandidos incrustados en su seno son una perversa minoría, pero éstos han de ser elegidos con cuidado: histriones que, a cambio de promesas o amenazas, estén dispuestos a respetar la omertà y a no denunciar a sus antiguos patrones. Para desgracia del PP en España, el airado Bárcenas parece ser de los pocos que han optado por no hundirse solos.

 

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[Publicado el 21/7/2013 a las 17:04]

[Etiquetas: Rajoy; Bárcenas]

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Entre Ramfis y Radamès

Pese a su carácter de fantasía orientalista -cúmulo de las expectativas y los prejuicios decimonónicos inventariados por Edward Said-, la Aída de Giuseppe Verdi, estrenada en Alejandría en la Noche Buena de 1871, también puede ser leída como el enfrentamiento que prevalece en Egipto entre la casta militar y la eclesiástica. Cuando llegamos al último acto de la ópera, el general Radamès, héroe de la guerra contra los etíopes, ha sido condenado a morir en el los sótanos del Templo de Vulcano (!) tras haber caído en una trampa y revelado información confidencial por culpa de la desdichada Aída, quien en realidad es hija de Amonasro, rey de los etíopes. Y aunque Amneris, la mismísima hija del Faraón, implora clemencia, el sumo sacerdote Ramfis y sus seguidores no tienen misericordia frente al soldado.

            Cuando a partir del 25 de enero de 2011 miles de jóvenes comenzaron a congregarse en la rotonda de Tahrir exigiendo la dimisión de Hosni Mubarak, el sangriento rais a quien los occidentales jamás llamaron dictador, los medios se apresuraron a proclamar que la incipiente Primavera árabe al fin transformaría los regímenes autoritarios de la región en sociedades abiertas. Siguiendo el ejemplo de Túnez, los manifestantes no descansaron hasta que los militares encarcelaron a Mubarak -quien luego sería enjuiciado y sentenciado a cadena perpetua-, levantaron el estado de emergencia y prometieron elecciones libres.

            Los generales cumplieron su palabra y Mohamed Morsi, miembro de la poderosa cofradía de los Hermanos Musulmanes, se convirtió en su primer presidente democrático. Considerado un moderado dentro de la corriente islamista, éste no tardó en perder el favor popular al acentuar la influencia del Islam en la vida pública, al perseguir una ley que le conferiría poderes extraordinarios y, sobre todo, al enfrentarse al ejército que había permitido su ascenso. Su decisión de ordenar el retiro del mariscal Mohamed Tantawi, hombre fuerte de la anterior junta, quizás fue el auténtico disparador de su caída, por más que ésta parezca deberse a las protestas -centradas de nuevo en la rotonda de Tahrir- que se sucedieron a partir de junio.

            En teoría para responder a las "exigencias de la calle", el nuevo jefe de las fuerzas armadas, Abdul Fatah al-Sisi, emitió un ultimátum -más bien una amenaza- a Morsi para que construyera un gobierno de unidad nacional. Éste respondió con un nuevo desafío, alegando la legitimidad de las votaciones que lo habían ungido en su cargo. Al cumplirse el término de 48 horas, el ejército decidió recuperar el control del gobierno y detuvo a Morsi, quien hasta la fecha permanece bajo su custodia. A los pocos días la situación se había vuelto incontrolable, con miles de jóvenes laicos celebrando el golpe, a la vez que los Hermanos Musulmanes y otras organizaciones islamistas eran perseguidas. Para justificar sus acciones, tanto unos como otros no se han cansado de invocar la misma excusa: los Hermanos Musulmanes y Morsi mantienen que fueron elegidos democráticamente -la permanente exigencia de Occidente-, mientras el ejército y los manifestantes de Tahrir justifican el golpe por la necesidad democrática de corregir los desvíos autoritarios del presidente.

            Egipto es el principal aliado de Estados Unidos en el mundo árabe debido a la paz con Israel conseguida gracias a los millones de dólares que la mayor potencia global le entrega, más que a su gobierno, a su cúpula militar (incluso en estos días no ha suspendido la entrega de equipo bélico). Valiéndose de su habitual doble discurso -poco importa que Obama sea el presidente-, Estados Unidos ni siquiera ha querido llamar "golpe de estado" a lo ocurrido y se ha limitado a expresar su preocupación por la violencia. Lo cierto es que, cuando las elecciones llevan al poder a líderes contrarios a los intereses de Occidente -en una línea que va de Hamás en Gaza al de los Hermanos Musulmanes en Egipto-, la democracia no resulta tan importante y de inmediato se encuentran subterfugios para acotarla. Si bien en el gobierno de transición hay figuras prestigiosas, quien manda es el ejército, que no ha se ha detenido a la hora de limitar la libertad de expresión o reprimir a sus enemigos eclesiásticos. Aun si otra vez cumplen su palabra y convocan nuevas elecciones, en el mejor de los casos nos encontraríamos frente a una "democracia de los generales" semejante a la de Turquía en el pasado. Es decir, una falsa democracia.

            La mayor enseñanza de los triunfos y fracasos de la mal llamada Primavera árabe es que, si no se construyen auténticas instituciones democráticas, con pesos y contrapesos específicos y límites precisos a los estamentos eclesiásticos y militares -las dos lacras que siempre han acompañado a la humanidad-, las perspectivas de un auténtico progreso en la región se verán constantemente defraudadas. Por ahora los herederos de Radamès han conseguido vengarse de los seguidores de Ramfis, pero esta óperaa aún no concluye.

 

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[Publicado el 14/7/2013 a las 17:09]

[Etiquetas: Egipto, Primavera árabe]

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Bolaño, epidemia

El 15 de julio se cumplen diez años de la muerte de Roberto Bolaño. Reproduzco aquí dos textos que le he dedicado en mis libros Mentiras contagiosas (2008) y El insomnio de Bolívar (2009).

 

1. El último latinoamericano

 

Tras una larga enfermedad, Roberto Bolaño murió el 14 de julio de 2003. Ese día, cerca de la medianoche, se volvió inmortal. Cierto: poco antes había empezado a paladear eso que las revistas del corazón llaman las mieles de la fama, o al menos de esa fama lerda y un tanto escuálida a la cual aspira un escritor. Apenas unos días atrás, en Sevilla, donde se aprestaba a leer su casi siempre mal citada o de plano incomprendida conferencia "Sevilla me mata", él mismo se había apresurado a buscar un ejemplar del periódico francés Libération porque le dedicaba la primera plana de su suplemento, y ya sabemos que para cualquier escritor latinoamericano -y Bolaño, pese a ser el último, lo era- no existe mayor celebridad que los halagos pedantes y un punto achacosos de la izquierda intelectual francesa. Como todo escritor que se respete, Bolaño se reía a carcajadas de las mieles de la fama y se pitorreaba de la izquierda intelectual francesa, pero el sabor almibarado de los artículos y críticas que lo ponían por los cielos endulzó un poco sus últimos días. En resumen: antes de morir, Bolaño alcanzó a entrever, con la ácida lucidez que lo caracterizaba, que estaba a punto, a casi nada, de convertirse en un escritor famoso pero, aunque era consciente de su genio -tan consciente como para despreciarlo-, quizás no llegó a imaginar que muy poco después de su muerte, que también entreveía, no sólo iba a ser definido como "uno de los escritores más relevantes de su tiempo", como "un autor imprescindible", como "un gigante de las letras", sino también como "una epidemia" y como "el último escritor latinoamericano". Pero así es: murió Bolaño y murieron con él, a veces sin darse cuenta -aún hay varios zombis que deambulan de aquí para allá-, todos los escritores latinoamericanos. Lo digo clara y contundentemente: todos, sin excepción.

            Lo anterior podría sonar como una típica boutade de Bolaño, y podría serlo: murió Bolaño y con él murió esa tradición, bastante rica y bastante frágil, que conocemos como literatura latinoamericana (marca registrada). Por supuesto aún hay escritores nacidos en los países de América Latina que siguen escribiendo sus cosas, a veces bien, a veces regular, a veces mal o terriblemente mal, pero en sentido estricto ninguno de ellos es ya un escritor latinoamericano sino, en el mejor de los casos, un escritor mexicano, chileno, paraguayo, guatemalteco o boliviano que, en el peor de los casos, aún se considera latinoamericano. Fin de la boutade.

            Bolaño conocía perfectamente la tradición que cargaba a cuestas, los autores que odiaba y los que admiraba, los cuales en no pocas ocasiones eran los mismos. No los españoles (que despreciaba o envidiaba), no los rusos (que lo sacudían), no los alemanes (que le fastidiaban), no los franceses (que se sabía de memoria), no los ingleses (que le importaban bien poco), sino los escritores latinoamericanos que le irritaban y conmovían por igual, en especial esa caterva amparada bajo esa rimbombante y algo tonta onomatopeya, Boom. Cada mañana, luego de sorber un cortado, mordisquear una tostada con aceite y hacer un par de genuflexiones algo dificultosas, Bolaño dedicaba un par de horas a prepararse para su lucha cotidiana con los autores del Boom. A veces se enfrentaba a Cortázar, al cual una vez llegó a vencer por nocaut en el último round; otras se abalanzaba contra el dúo de luchadores técnicos formado por Vargas Llosa y Fuentes; y, cuando se sentía particularmente poderoso o colérico o nostálgico, se permitía enfrentar al campeón mundial de los pesos pesados, el destripador de Aracataca, el rudo García Márquez, su némesis, su enemigo mortal y, aunque sorprenda a muchos, su único dios junto con ese dios todavía mayor, Borges.

            Bolaño, cuando todavía no era Bolaño sino Roberto o Robertito o Robert o Bobby -no sé de nadie que lo llamara así, pero da igual-, creció, como todos nosotros, a la sombra de esa pandilla todopoderosa y aparentemente invencible, esos superhéroes vanidosos reunidos en el Salón de la Justicia que montaban en Barcelona o en La Habana o en México o en Madrid o dondequiera que su manager los llevase. Bolaño los leyó de joven, los leyó de adulto y tal vez los hubiese releído de viejo: nombrándolos o sin nombrarlos, cada libro suyo intenta ser una respuesta, una salida, una bocanada de aire, una réplica, una refutación, un homenaje, un desafío o un insulto a todos ellos. Todas las mañanas pensaba cómo torcerle el pescuezo a uno o cómo aplicarle una llave maestra a otro de esos viejos que, en cambio, dolorosamente, nunca lo tomaron en cuenta o lo hicieron demasiado tarde.

            Si hemos de pecar de convencionales, convengamos con que la edad de oro de la literatura latinoamericana comienza en los sesenta, cuando García Márquez, que aún era Gabo o Gabito, pregunta: ¿qué vamos a hacer esta noche?, y Fuentes, que siempre fue Fuentes, responde: lo que todas las noches, Gabo, conquistar el mundo. Y concluye, cuarenta años más tarde, en 2003, cuando Bolaño, ya siendo Bolaño, se presenta en Sevilla y anuncia, soterradamente, casi con vergüenza, que su nuevo libro está casi terminado, que la obra que al fin refutará y completará y dialogará y convivirá con La Casa Verde y Terra Nostra y Rayuela y sí, también, con Cien años de soledad, está casi lista, aun si ese casi habrá de volverse eterno porque Bolaño también presiente que no alcanzará a acabar, y menos aún a ver publicado, ese monstruo o esa quimera o ese delirio que se llamará, desafiantemente, 2666.

 

2. Todos somos Bolaño

 

Somos una pandilla de escritores jóvenes, o más bien de escritores un tanto traqueteados, incluso viejos o casi decrépitos, aunque sí bastante inmaduros, todos menores de cuarenta años, reunidos en otro congreso de escritores jóvenes -jóvenes por decreto, insisto-, en la fría y acogedora ciudad de Bogotá. Treinta y ocho escritores (falta uno de los invitados) listos para discutir sobre un tema soso y vano como el futuro de la literatura latinoamericana, signo evidente de que los organizadores del encuentro no saben que, desde la muerte de Bolaño, la literatura latinoamericana ya no tiene futuro sino sólo pasado, un pasado bastante elocuente y rico, todo hay que decir. Los treinta y ocho que estamos allí, en Bogotá, admiramos la ciudad y admiramos la forma de bailar de las chicas locales -tarea muy bolañesca- y, mientras tomamos mojitos y aguardientes, nos comportamos como colegiales, quizás porque desearíamos ser colegiales. Ajeno a nuestra apatía, el público insiste en preguntarnos por el futuro de la literatura latinoamericana, por su presente (que en teoría encarnamos), y por los rasgos que nos diferencian de nuestros mayores, es decir de los escritores latinoamericanos que tienen más de treinta y nueve años, once meses y treinta días. Nos miramos los unos a los otros, confundidos o más bien perplejos de que a alguien le preocupe semejante tema, procuramos no burlarnos -a fin de cuentas somos los invitados, el presente y el supuesto futuro de la literatura latinoamericana-, y respondemos, a media voz, lo más educadamente posible, que no tenemos la más puñetera idea de cuál es nuestro futuro y que hasta el momento no hemos encontrado un solo punto común que nos una o amalgame o integre -fuera de nuestro amor por Bogotá y por los mojitos-, pero como a nadie le convencen nuestras evasivas, por más corteses que sean, nos esforzamos y al final encontramos un punto en común entre todos, un hilo que nos ata, un vínculo del que nos sentimos orgullosos, y entonces pronunciamos en voz alta, envanecidos, sonrientes para que las fotografías den cuenta de nuestras dentaduras perfectas de escritores latinoamericanos menores de cuarenta, su nombre.

            Bolaño, decimos. Bolaño.

            El paraguayo admira a Bolaño, los argentinos admiran a Bolaño, los mexicanos admiramos a Bolaño, los colombianos admiran a Bolaño, la dominicana y la puertorriqueña admiran a Bolaño, el boliviano admira a Bolaño, los cubanos admiran a Bolaño, los venezolanos admiran a Bolaño, el ecuatoriano admira a Bolaño, vaya, hasta los chilenos admiran a Bolaño. Poco importa que en lo demás no coincidamos -excepto en nuestra fascinación por los mojitos y el aguardiente-, que nuestras poéticas, si es que tan calamitosa expresión aún significa algo, no se parezcan en nada, que unos escriban de esto y otros de aquello, que a unos les guste encharcarse en la política, y a otros abismarse en el estilo, y a otros nadar de muertito, y a otros hacer chistes verdes o amarillos, y a otros irse por la tangente, y a otros machacarnos con detectives y asesinos seriales, y a otros más darnos la lata con la intimidad femenina o masculina o gay: todos, sin excepción, queremos a Bolaño.

            ¿Extraño, verdad? Creo que a Bolaño le hubiese parecido aún más extraño, aunque también hubiese aprovechado para darse un baño en las aguas de nuestro entusiasmo, qué le vamos a hacer. Porque lo más curioso es que, en efecto, los escritores que tienen más de treinta y nueve años, once meses y treinta días  -con las excepciones de algunos hermanos mayores, en especial el trío de rockeros achacosos formado Fresán, Gamboa y Paz Soldán- por lo general no admiran a Bolaño, o lo admiran con reticencias, o de plano lo detestan o les parece, simple y llanamente, "sobrevalorado" (su palabra favorita). Si no me creen, vayan y hagan el experimento ustedes mismos: busquen un escritor menor de cuarenta (los encontrarán sin falta en el bar de la esquina) y pregúntenle por Bolaño: más del ochenta por ciento, no exagero, dirá que es bien padre o güay o chévere o maravilloso o genial o divino. Y luego pregúntenle a un escritor mayor de cuarenta (los encontrarán en el bar de enfrente o en un ministerio o en una casa de retiro) y verán que en el ochenta por ciento de los casos tiene algún reparo que hacerle, o varios, o todos. En esta época que detesta las fronteras generacionales, que desconfía de las clasificaciones, de los libros de texto, de los manuales académicos, de los críticos mamones, en fin, en esta época que reniega de esa entelequia que sólo los más bellacos siguen denominando canon, resulta que los menores de cuarenta aman a Bolaño con pasión. Ante un fenómeno que se aproxima a lo paranormal y que posee innegables tintes religiosos -Bolaño para Presidente, God save Bolaño, Bolaño es Grande, YoªBolaño- cabe preguntarse, evidentemente, ¿por qué?

 

3. Retrato del agitador adolescente

 

Ahora todos conocemos la prehistoria: cuando era joven y todavía no era Bolaño y vivía exiliado en la ciudad de México, Roberto o Robertito o Robert o Bobby participó en una pandilla o mafia o turba o banda -por más que ahora sus fanáticos y unos cuantos académicos despistados crean que fue un grupo o un movimiento literario-, cuyos miembros tuvieron la ocurrencia de autodenominarse "infrarrealistas". Una pandilla o mafia de jóvenes iracundos, de pelo muy largo e ideas muy raras, macerados en alcohol y las infaltables drogas psicodélicas de los setentas, que se dedicó a pergeñar manifiestos y poemas y aforismos y sobre todo a beber y a probar drogas psicodélicas y, de tarde en tarde, a sabotear las presentaciones públicas de los poetas y escritores oficiales del momento, encabezados por ese gurú o mandarín o dueño de las letras mexicanas, el todopoderoso, omnipresente y omnisciente Octavio Paz.

            Luego de vagabundear por los tugurios de la colonia Juárez o de la colonia Santa María la Ribera, de echarse unos tequilitas o unos churros (de marihuana: nota para el lector español), Mario Santiago y Robertito Bolaño se lanzaban a la Casa del Lago y, cuando el grandísimo e iracundo Paz o alguno de sus exquisitos seguidores se aventuraba con un poema sobre el ying y el yang o la circularidad del tiempo, irrumpían en el recinto y, sin decir agua va, lanzaban sus bombas fétidas, sus consignas, su chistes y aforismos para dejar en ridículo al susodicho o susodichos, o al menos para hacerlos trastabillar y maldecir y ponerse rojos de coraje. Estos happenings, que sólo en los sesenta podían ser vistos como modalidades extremas de la vanguardia o como guerrillas poéticas efectivas, apenas tenían relevancia y sólo algún periodicucho marxista o universitario reseñaba las fechorías cometidas por esos mechudos que atentaban, sin ton ni son, contra las glorias de la literatura nacional.

            El México de entonces bullían las imitaciones de enragés y situacionistas franceses, las imitaciones de angry young men británicos, las imitaciones de jipis gringos, y nadie se tomaba demasiado en serio sus exabruptos (excepto Paz, que solía tomarse un té de tila cada vez que pensaba en ellos). Lo más probable es que nunca nadie hubiese vuelto a acordarse de las acciones y payasadas de los infrarrealistas -con excepción de Juan Villoro y Carmen Boullosa, sus pasmados contemporáneos-, de no ser porque veinte años más tarde, cuando Bolaño estaba a punto de convertirse en Bolaño, se le ocurrió volver la mirada hacia sus desmanes adolescentes y con esa burda argamasa construyó su primera gran novela, Los detectives salvajes, trasformando a esos jóvenes inadaptados en personajes románticos (maticemos: torpemente románticos) o al menos en algo así como héroes generacionales para los jóvenes de los noventa, tan desencantados y torpes como ellos, sólo que con menos huevos.

            Tras veinte años de incubación, Bolaño desempolvó los recuerdos desvencijados de su juventud mexicana, de sus amigos malogrados, de esos poetas de pacotilla, e inventó la última épica latinoamericana del siglo xx. Los realvisceralistas que pululan en las páginas de Los detectives salvajes son unos perdedores tan patéticos como sus antepasados infrarrealistas pero, maquillados con las ingentes dosis de literatura que Bolaño se embutió a lo largo de veinte años, encontraron una cálida acogida entre los jóvenes latinoamericanos de los noventa, para quienes se transformaron en símbolos postreros de la resistencia, la utopía, la desgracia, la injusticia y una renovada fe en el arte que entonces no abundaba en ningún otro lugar (y mucho menos en el realismo mágico de tercera y cuarta y hasta quinta generación).

            Cuando Los detectives salvajes vio la luz en 1998, la literatura latinoamericana se hallaba plenamente establecida como una marca de fábrica global, un producto de exportación tan atractivo y exótico como los plátanos, los mangos o los mameyes, un decantado de sagas familiares, revueltas políticas y episodios mágicos -cosa de imitar hasta el cansancio a García Márquez-, que al fin empezaba a provocar bostezos e incluso algún gesto de fastidio en algunos lectores y numerosos escritores. Frente a ese destilado de clichés que se vanagloriaba de retratar las contradicciones íntimas de la realidad latinoamericana, Bolaño opuso una nueva épica, o más bien la antiépica encabezada por Arturo Belano y Ulises Lima: una huida al desierto después de tantos años de selvas; la búsqueda de otro barroco tras décadas de labrar los mismos angelitos dorados; una idea de la literatura política lejos de los memorandos a favor o en contra del dictador latinoamericano en turno (bueno, reconozcamos que Fidel sobrevivió a Bolaño). No fue poca cosa. Esta novela mexicana escrita por un chileno que vivía en Cataluña fue ávidamente devorada por los menores de cuarenta, quienes no tardaron en ensalzarla como un objeto de culto, como un nuevo punto de partida, como una esperanza frente al conformismo mágicorrealista, como una fuente inagotable de ideas, como un virus que no tardó ni diez años en contagiar a miles de lectores que por fortuna no estaban vacunados contra la escéptica rebeldía de sus páginas.

            Sin que Bolaño lo quisiera, o tal vez queriéndolo de una forma tan sutil que resulta incluso perversa, Los detectives salvajes ocupa entre los menores de cuarenta el lugar que para los mayores de cuarenta tuvo Rayuela. Habrá que esperar, eso sí, para saber si en cuarenta años nosotros, los ahora menores de cuarenta, volvemos a Los detectives salvajes sin sentirnos tan decepcionados como los mayores de cuarenta que han vuelto a leer Rayuela. Como dice un amigo, sólo el tiempo lo verificará.

 

4. Queremos tanto a Roberto

 

A fines de 1999 Bolaño ya se había convertido en Bolaño: además del laboratorio llamado La literatura nazi en América y de algunos textos menores o que en todo caso a mí me parecen menores, había publicado dos obras maestras: un milagro de contención, fiereza e inteligencia, Estrella distante, en mi opinión su mejor novela breve, y Los detectives salvajes. Había ganado el Premio Herralde y el Premio Rómulo Gallegos. Todo el mundo empezaba a hablar de Bolaño, y más después de sus viajes a Chile donde, como chivo en cristalería, decidió vengarse de un plumazo de todos sus compatriotas -y en especial, no sé por qué, del pobre Pepe Donoso-, con algunas excepciones que debían más a su excentricidad que a su patriotismo (Parra, Lemebel), y donde protagonizó un sonado y vulgar rifirrafe con Diamela Eltit por desavenencias gastronómicas y odontológicas y no, como podría esperarse, por desavenencias literarias (aunque Bolaño tenía serios problemas para diferenciar lo cotidiano de lo artístico, o de hecho creía que lo cotidiano era, con frecuencia, lo artístico). 

            En los años siguientes, Bolaño escribió libros excelentes (Nocturno de Chile, su tercera obra maestra), escribió libros regulares (Amuleto, Amberes) y, como cualquier gran escritor, también escribió libros francamente malos (la insufrible Monsieur Pain, los irregulares Putas asesinas y El gaucho insufrible). De hecho, voy a decir algo que los fanáticos de Bolaño no me van a perdonar: a mí no me gustan los cuentos de Bolaño; es más, creo que Bolaño no era muy buen cuentista, aunque tenga un par de cuentos memorables. Confieso que siempre he tenido la impresión de que los cuentos de Bolaño al igual que, en otra medida, sus poemas, eran con frecuencia esbozos o apuntes para textos más largos, para la distancia media que tan bien dominaba y para las distancias largas que dominaba como nadie. Por eso me parece un despropósito continuar destripando su computadora para publicar no sólo los textos que el propio Bolaño nunca quiso publicar, sino incluso fragmentos, cuentos y poemas truncados, pedacería que en nada contribuye a revelar su grandeza o que incluso la estropea un poco -como si cada línea salida de la mano de Bolaño fuese perdurable.

            Recapitulo: tras la publicación de Los detectives salvajes y hasta el día de su muerte, Bolaño publicó una tercera obra maestra, Nocturno de Chile, donde avanzaba en su fragorosa inmersión en el mal que habría de llevarlo a 2666; publicó varias recopilaciones de cuentos que a algunos les gustan pero a mí no; publicó otras novelas cortas; y sobre todo se dedicó a preparar en cuerpo y alma, como si estuviera condenado -porque estaba condenado-, el que habría de convertirse en su último libro, su obra definitiva, su canto del cisne: esa novela que dejó inconclusa pero que siempre dijo que quería publicar aún de forma póstuma -a diferencia de los retazos y las notas de la lavandería-, la "monumental", "ciclópea", "inmensa", "inabarcable" (los adjetivos obvios que le concedió la crítica) e impredecible 2666.

            Aunque su temprana muerte provocó que Bolaño no escribiese tantos libros como planeó (y como hubiésemos querido sus lectores), es el creador una obra lo suficientemente amplia, rica y variada como para que cada escritor, cada crítico y cada lector encuentre en ella algo estremecedor o novedoso. Así, los amantes de la prosa, los que tienen oídos musicales y los obsesivos de la retórica pueden sentirse maravillados por su estilo, ese estilo un tanto desmañado pero nunca afectado o manierista (una tara española que él detestaba y de la cual huía), ese estilo lleno de acumulaciones, de polisindetones, de coordinadas y subordinadas caóticas, ese estilo que, como cualquier estilo personal, es tan fácil de admirar como de imitar (y de parodiar u homenajear, como intento en estas líneas). Otros, en cambio, los amantes de las historias, los defensores de la aventura, los posesos de la trama, se descubren fascinados por sus relatos circulares y un tanto oníricos, llenos de detalles imprevistos, de digresiones y escapes a otros mundos, de incursiones paralelas, llenos, incluso, de una especie de suspenso que nada tiene que ver con la novela policíaca que Bolaño tanto detestaba (aunque menos que al folletín). Otros más, los amantes del compromiso, esos que no se resignan a ver la literatura como una entretención, como un pasatiempo de eruditos, como un vicio culto, encuentran en los textos de Bolaño esa energía política que se creía extinta, esa voluntad de revelar las aristas y los meandros y las oscuridades del poder y del mal, ese ejercicio de crítica feroz hacia el statu quo, esa nueva forma de usar la literatura como arma de combate sin someterse a ninguna dictadura y a ninguna ideología, esa convicción de que la literatura sirve para algo esencial. Unos más, ese reducido pero cada vez más poderosa secta de adoradores de los libros que hablan de otros libros, los enfermos de literatura, los autistas a quienes la realidad les tiene sin cuidado, los hinchas de la metaliteratura de Vila-Matas, de la metaliteratura de Piglia, e incluso de la metaliteratura (que a mí me parece subliteratura) de Aira, también hallan en Bolaño una buena dosis de citas, de oscuras referencias literarias, de metáforas eruditas, de meditaciones sobre escritores excéntricos. Vaya, hasta quienes aún disfrutan con los fuegos de artificio de la experimentación formal sienten que Bolaño les guiña un ojo con riesgos formales, paradojas y ambigüedades sintácticas, con su amor por la incertidumbre y el caos, que ellos estudian al microscopio y luego explican aludiendo a los fractales, a la relatividad y a la física cuántica, a los árboles rizomáticos y a otras palabrejas aún más raras, tan del gusto de estructuralistas, postestructuralistas, deconstruccionistas y demás -istas, que a Bolaño tanto fascinaban (no por nada él fue infrarrealista e inventó a los realvisceralistas) y de las que, como es evidente, siempre se desternilló.

 

5. El oráculo de Blanes

 

En Sevilla, en el congreso de jóvenes escritores al que asistió en 2003 y que terminaría por ser su última aparición pública, un escritor joven se acercó a Bolaño, el maestro indiscutible, el sabio y el aeda, y le preguntó con ingenuidad y veneración y respeto qué consejo podía darle a los escritores jóvenes, no sólo a quienes estaban allí reunidos para escuchar sus profecías, sino a los escritores jóvenes de todos los países y de todas las épocas. Y Bolaño, que siempre buscaba desconcertar a sus interlocutores -y en especial a los críticos- respondió algo como esto: les recomiendo que vivan. Que vivan y sean felices. A sus fanáticos más recalcitrantes, a aquellos que lo veneran como al nuevo demiurgo de la literatura, quizás les moleste esta anécdota verídica (muchos testigos podrían comprobarla). A mí me fascina. Bolaño intuía que iba a morir muy pronto y susurraba que, más allá de la fama y más allá de los libros y más allá de la literatura, está eso: la vida. La vida que a él se le acababa, la vida que entonces él ya casi no tenía.

 

6. 2666: bomba de tiempo

 

Murió Bolaño y a los pocos meses nació 2666, su obra más ambiciosa y vasta y arriesgada, su maldición y su herencia. Pese a su estado más o menos inconcluso (imagino que Bolaño habría pulido sus páginas hasta cansarse), es una de las novelas más poderosas, perturbadoras e influyentes escritas en español. Aclaro: aunque en algún momento el propio Bolaño sugirió separar sus distintas partes a fin de obtener alguna ventaja económica para su familia, 2666 sólo puede leerse completa, sus más de mil páginas de un tirón, dejándose arrastrar por la marea de su escritura, su avalancha de historias entrecruzadas, el torbellino de sus personajes, el tsunami de su estilo, el terremoto de su crítica, y jamás como cinco novelitas de tamaño más o menos aceptable. Durante los años en que se consagró a redactar 2666, Bolaño quizás intuía que se trataba de un proyecto insensato e imposible, de una empresa superior a sus fuerzas, o por el contrario quizás 2666 lo mantuvo con vida hasta el límite de sus fuerzas, más o menos sano, durante esos años, pero en cualquier caso el dolor y la premura y la nostalgia ante la vida que se esfuma impregnan cada una de sus páginas.

            Desde su publicación en 2004 han comenzado a decirse cientos de cosas distintas y contradictorias sobre 2666, se han tejido en torno a ella otras miles de páginas, algunas lúcidas, otras banales, otras absurdas, otras simplemente azoradas,  sobre este inmenso libro que se esfuerza por escapar a las clasificaciones y a los adjetivos (pero no a la acumulación de adjetivos). Hay quien mira 2666 como quien se asoma a un abismo o un espejo empañado; quien considera que es una gigantesca glosa al Boom o una negación del Boom o el sabotaje extremo del Boom; quien glorifica su feroz denuncia política o deplora sus trampas literarias o su ambición o su soberbia o su inevitable fracaso; quien encuentra en sus páginas la mayor decantación del estilo y las obsesiones de Bolaño o quien denuncia el manierismo en el estilo y la repetición constante de las mismas obsesiones de Bolaño; quien bucea en ella en busca de galeones hundidos y quien la escala como una cumbre nevada y mortal; quien no tolera su injurioso y procaz recuento de atrocidades y quien se carcajea con sus atajos y sus salidas de tono; quien estalla de indignación ante su desmesura -señalar, ni más ni menos, el posible secreto del mundo- y quien se perfuma con sus metáforas hilarantes y grotescas; quien se asfixia en sus desiertos y quien se hunde poco a poco en sus pantanos; quien se empeña en desentrañar sus sueños -los sueños menos verosímiles de la literatura en español- y quien, de plano, se salta páginas y páginas; quien al terminar su lectura se convierte en fiel discípulo del bolañismo -otra religión del Libro- y quien de plano abandona la fe y se dedica, más prudentemente, a la orfebrería o el arte conceptual, que es casi idéntico. Y esto es así porque apenas han pasado tres o cuatro años desde su publicación; porque, como Bolaño sabía como lo sabía Nietzsche, su obra fue escrita con la certeza de que sería póstuma; porque lectores y escritores y críticos apenas han comenzado a saquear sus cavernas, a remover sus arenas, a desbrozar sus tierras, a desecar sus marasmos, a civilizar sus selvas, a alimentar a sus fieras, a clasificar a sus artrópodos, a vacunarse contra sus plagas, a resistir sus venenos. Y porque, como su título anuncia, 2666 fue escrita como una bomba de tiempo destinada a estallar, con toda su fuerza, en 2666.

            Lástima que, como él, nosotros tampoco lo veremos.

 

7. Epidemia

 

En Sevilla, donde se disponía a leer "Sevilla me mata", pero donde no alcanzó a leer "Sevilla me mata" frente a una docena de escritores jóvenes -jóvenes por decreto vuelvo a decir- que lo admiraban y envidiaban y lo escuchaban como a un mago o a un oráculo, una noche Bolaño repitió, una y otra vez, el mismo chiste. Un chiste malo. Un chiste pésimo. Un chiste de esos que no hacen reír a nadie. Un tipo se le acerca a una chica en un bar. "Hola, ¿cómo te llamas?", le pregunta. "Me llamo Nuria". "Nuria, ¿quieres follar conmigo?" Nuria responde: "Pensé que nunca me lo preguntarías". Cinco, diez, veinte variaciones del mismo tema. De ese tema fútil, banal, insignificante. De ese chiste malo. De ese chiste pésimo. De ese chiste que no hace reír a nadie. Pero los escritores jóvenes congregados en Sevilla lo escuchaban arrobados, seguros de que allí, en alguna parte, se oculta el secreto del mundo.

 

8. Posdata. Bolaño, perturbación

 

            Nunca desde el Boom y, para ser precisos, desde que García Márquez publicó Cien años de soledad en 1967, un escritor latinoamericano había gozado de una celebridad tan inmediata como Roberto Bolaño: tras su éxito en español -premios Herralde y Rómulo Gallegos, y su conversión en gurú de las nuevas generaciones- fue objeto de un reconocimiento unánime por parte de la crítica francesa, su fama se contagió entonces al resto de Europa y por fin, un lustro después de su muerte, explotó en Estados Unidos, uno de los medios literarios más cerrados e impermeables a las literaturas extranjeras. La publicación en inglés de 2666 a principios de 2009 se convirtió en la quintaesencia del delirio bolañesco -y de la construcción de un nuevo icono global-: miles de copias vendidas, artículos a cual más elogiosos en todos los medios -incluyendo el NYT, la NYRB y el New Yorker, detonadores de la fama y la moda intelectuales- y la puesta en marcha de una leyenda ligada a sus excesos vitales y a su temprana muerte. Por si ello fuera poco, paralelamente sus herederos abandonaron la agencia de Carmen Balcells, mítica cofundadora del Boom, para pasar a ser representados por Andrew Wylie, alias El Chacal, el agente literario neoyorquino que concentra más premios Nobel y autores de culto por metro cuadrado (y que ha anunciado ya la recuperación de una novela que Bolaño dejó entre sus papeles).

            Más arriba he intentado barruntar las posibles causas de la abrumadora fascinación que Bolaño ejerce entre los escritores y lectores más jóvenes, pero allí me limitaba al campo hispanoamericano, mientras que la aparición de la edición inglesa de 2666 marca un nuevo hito en esta apabullante canonización (en el doble sentido del término). Tras revisar buena parte de las reseñas y artículos publicados en los principales medios literarios estadounidenses, no dejó de sorprenderme que su lectura de Bolaño y, en especial, la reinvención de su figura, no tuviesen nexo alguno con la recepción de Bolaño en español. No sostengo, como algunos críticos españoles e incluso algunos amigos suyos, que el Bolaño gringo sea una falsificación, un producto del márketing, una reinvención forzada o un simple malentendido: por el contrario, acaso el poder telúrico de sus textos radica en las diversas interpretaciones, a veces contrastantes u opuestas, que pueden extraerse de sus libros. Pero su entronización por la crítica estadounidense sí revela, en cambio, otro fenómeno: no sólo el Bolaño leído y recreado por esta poco o nada tiene que ver con su lectura en español, sino que al parecer ninguno de sus panegiristas se tomó siquiera la molestia de leer lo que la crítica hispanohablante había venido diciendo de Bolaño -casi siempre con la misma admiración- desde hace más de una década. Al llegar intempestivamente a Estados Unidos y convertirse de pronto en un autor de culto, Bolaño cruzó el desierto, atravesó la frontera y escapó de la migra literaria, pero no pudo llevar consigo a ninguno de sus familiares: en conjunto, los críticos estadounidenses se vanaglorian de su hallazgo, como si fueran los arqueólogos responsables de desenterrar a Bolaño del olvido, sin tomar en cuenta el mundo real -y no sólo el ambiente mitológico tramado por ellos- que marcó la andadura de Bolaño.

            Pocos autores tan eruditos y conscientes de su lugar en la literatura mundial, y especialmente en la latinoamericana, como el escritor chileno: cada uno de sus textos es una doble respuesta -valdría la pena decir: una bofetada- a la tradición o más bien a las tradiciones que lo obsesionaban. Nada de ello aparece, por supuesto, en las lecturas de la crítica estadounidense. Para un mexicano como yo, que además tuvo la oportunidad de conversar con Bolaño en decenas de ocasiones, no deja de resultar extravagante que un libro plagado de referencias a la historia literaria mexicana como Los detectives salvajes -en mi opinión, un ring de box en el que Bolaño ajusta cuentas con su pasado- pudiese ser leído, comprendido y disfrutado en un medio que las ignora por completo. Y, sin embargo, así ocurrió: su éxito en Estados Unidos fue absoluto. ¿Qué significa esto? Acaso que se trata de un libro tan universal -y tan abierto- que los guiños eruditos pierden importancia; o acaso que los prejuicios y la superficialidad de la lectura estadounidense son mayúsculos. Bolaño no ha sido ensalzado en inglés por ser latinoamericano o chileno, ni por sus vínculos con esta parte del mundo -la sensación es que podría haber sido tailandés o kuwaití- sino por otras razones, tanto literarias como extraliterarias, y su caso no es comparable ya, en ninguna medida, al de García Márquez -o, en otro extremo, al de Isabel Allende-, sino sólo al de Haruki Murakami, la única estrella literaria capaz de hacerle competencia en inglés.

            Si algo destaca en la recepción crítica de Bolaño en Estados Unidos, es la evaluación -o directamente la reinvención- que esta lleva a cabo de su figura como escritor. El novelista Jonathan Lethem, en su bombástica reseña en el New York Times, marcó la pauta:

 

En un estallido de imaginación ya legendario en la literatura contemporánea en español, que rápidamente se volvió internacional, Bolaño, en la última década de su vida, escribiendo con la urgencia de la pobreza y su pobre estado de salud, construyó un notable cuerpo de cuentos y novelas precisamente a partir de esas dudas: que la literatura, que él reverenciaba como un penitente ama (y se levanta contra) un dios elusivo, puede articular y dar significado a las bajas verdades que él conoció como rebelde, exiliado, adicto [...].

 

            Más allá de la discusión sobre si Bolaño había sido aficionado o no a la heroína, ninguna de las críticas de sus libros en lengua española se empeñó en destacar su figura de "rebelde, exiliado, adicto". (Por si fuera poco, durante esa última década Bolaño jamás vivió "en la urgencia de la pobreza", sino en una modesta vida de clase media suburbana, infinitamente más plácida que la de decenas de inmigrantes latinoamericanos en Cataluña). Sin duda la relación entre la vida y la obra posee un encanto mayor en Estados Unidos que en ninguna otra parte, pero el énfasis en la supuestas o reales penurias del autor han resultado clave a la hora de interpretarlo (y, obviamente, de venderlo). El mundo literario estadounidense se ha visto obligado a construir un rebelde radical a partir de un simple malentendido: confundir a un narrador en primera persona con su autor. Bolaño, que durante los últimos años de su vida tuvo una vida más o menos plácida y normal, no llena de lujos pero sí arropada por un reconocimiento casi simultáneo a la publicación de sus primeros libros (La literatura nazi en América y Estrella distante en 1997 y Los detectives salvajes en 1998), se ha visto transformado en uno de esos escritores furiosos, descastados y despreciados por sus contemporáneos que, sólo a través de una férrea lucha individual, logran convertirse en artistas trágicos, en héroes póstumos: un nuevo ejemplo del mito del self-made man.

            Bolaño, pues, como el último revolucionario o el postrer heredero de Salinger o los Beats: no es casual que la otra figura latinoamericana ensalzada paralelamente a la suya en Estados Unidos sea la del edulcorado Che Guevara de Benicio del Toro y Steven Soderbergh. Los dos encarnan, al menos en su versión gringa, dos reductos de fiereza y desafío, dos profetas dotados de fe ciega en sus respectivas causas -en un caso el arte, en otro la política-, modelos ideales para una sociedad amilanada y descreída como los Estados Unidos de George W. Bush.

Aunque nadie se haya atrevido a señalarlo, en el fondo las razones de su ascenso no son tan distintas de las que motivaron el de García Márquez cuarenta años atrás: para el mundo desarrollado, uno y otro han sido espejos de un exotismo necesario, y el paso del realismo mágico al realvisceralismo suena, de pronto, casi previsible; en ambos casos "lo político" ha sido clave para llamar la atención de los apacibles lectores gringos, por más que el compromiso de izquierdas de uno poco tenga que ver con la ácida crítica pospolítica del otro; y, por último, los dos han sido recibidos como una bocanada de aire fresco -en otras palabras, de salvajismo- frente a la civilizada abulia contemporánea.

            Luego de una década de reinar como paradigma único de los nuevos escritores latinoamericanos, la entronización -no hay que llegar a decir "manipulación"- de Bolaño en Estados Unidos y, por ende, su rápida inclusión en el canon oficial, ha representado una severa perturbación entre nosotros. Como era de esperarse, muchos de quienes lo ensalzaron al límite mientras fue un autor minoritario ahora señalan los peligros de su acelerado upgrade al mainstream y, mientras unos se aprovechan de su fama e insisten en presentarse como sus confidentes o continuadores, otros ponen en cuestión un éxito que no puede parecerles sino sospechoso.

            El caso Bolaño marca un punto de inflexión para la literatura latinoamericana. Porque, si bien es unánimemente adorado por la mayor parte de los nuevos escritores, ninguno ha continuado la relación que el chileno mantenía con la tradición hispanoamericana. Decenas de jóvenes imitan su estilo desmañado, sus historias "fractales", sus juegos y bravatas estilísticas, sus tramas como callejones sin salida, sus delirantes monólogos o su erudición metaliteraria, pero ninguno, en cambio, ha buscado el diálogo o la guerra con sus predecesores -con la vasta trama que va del modernismo al Boom- que se encuentra en el centro de casi todos sus libros.

            Bolaño representa, pues, uno de los puntos más altos de nuestra tradición -de esa telaraña que va de Rayuela a 2666- y a la vez una fractura en su interior. Es difícil saber si este quiebre será definitivo, pero por lo pronto todos los signos apuntan a un cataclismo: aunque fuese de una manera rebelde y subversiva, radicalmente irónica, Bolaño seguía asumiéndose como un escritor latinoamericano tanto en el sentido literario como político del término; después de él, nadie parece  conservar esta abstrusa fe en una causa que comenzó a extinguirse en los noventa. Los seguidores o imitadores de Bolaño no siguen o imitan su espíritu, sino sus procedimientos retóricos, vacíos para siempre de la excéntrica militancia política que él ejercía.

            No es una casualidad que Bolaño, un chileno afincado en España, escribiese cuentos y novelas mexicanos, chilenos, uruguayos peruanos o argentinos con la misma naturalidad y convicción: no se trataba sólo de copiar las peculiaridades lingüísticas de cada lugar -mero ejercicio de memoria y buen oído- sino de crear libros que en verdad lidiasen con la tradición de cada uno de estos países. Si los miembros del Boom escribían libros centrados en sus respectivos lugares de origen con la vocación de convocar la elusiva esencia latinoamericana, Bolaño hizo justo lo inverso: escribir libros que jugaban a pertenecer a las literaturas de estos países y que terminaban por revelar la fugacidad del concepto. Impostando las voces de sus coterráneos, Bolaño se asumió como el último latinoamericano total, capaz de suplantar él solo a toda una generación de escritores. O, en otro sentido, su imitación de distintos acentos e idiosincrasias, llevado al extremo de la parodia (por ejemplo la argentinidad en el maravilloso relato "El gaucho insufrible") escondía una hilarante crítica hacia la propia idea de literatura nacional.

            A partir de Bolaño, escribir con la solemne fe bolivariana del Boom se ha vuelto imposible: he aquí una de las rupturas capitales que marca su obra. Ello no significa que América Latina haya desaparecido como escenario o centro de interés, pero sí que empieza a ser percibida con ese carácter posnacional, desprovisto de una identidad fija, propio del mundo globalizado de principios del siglo xxi. Y Bolaño es, en buena medida, el responsable de esta mutación.

[Publicado el 13/7/2013 a las 17:38]

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Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

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