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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 24 de marzo de 2017

 Blog de Jorge Volpi

El lapsus del Procónsul

Un desliz. No una estrategia deliberada, ni una argucia diplomática, ni un engaño geopolítico. Un simple y llano desliz. En otras palabras, un error de cálculo. Un "argumento retórico", según su protagonista, capaz de torcer por completo la política y la imagen de su país. Y no cualquier país: Estados Unidos, la -tal vez justo hasta ahora- única potencia global. Un desliz que, al menos de momento, detuvo el bombardeo de Siria y puso en entredicho, si no de plano en ridículo, a su jefe, el presidente Barack Obama.

            Desde mediados del siglo xix se esparció la idea, sostenida con especial énfasis por Thomas Carlyle, de que son los héroes -de Jesús y Mahoma a César y Napoleón- quienes hacen la Historia, sólo para que el gran Liev Tolstói se burlase de ellos en Guerra y paz, mostrando cómo esos "grandes hombres" son incapaces de articular el comportamiento de las masas. Hoy constatamos que Tolstói se equivocaba en lo que respecta a los errores: si un solo individuo, por poderoso que sea, jamás conseguiría trastocar la Historia de forma voluntaria, un solo yerro puede lograr que ésta se vuelva en su contra.

            Pensemos en Günter Schabowski, el efímero jefe del Partido Comunista de Berlín Oriental cuando, la tarde del 9 de noviembre de 1989, afirmó en una conferencia de prensa que la posibilidad de pasar de Alemania Democrática a Alemania Federal en viajes privados era posible "de forma inmediata" -otro lapsus memorable-, provocando la caída del Muro de Berlín esa misma noche. O en el hierático secretario de Estado John Kerry quien, para salir del paso a la pregunta de un reportero, sostuvo que el régimen de Bachar el-Asad podría salvarse del inminente ataque estadounidense si se comprometía a entregar todas sus armas químicas a la comunidad internacional. "Aunque", añadió confiado, "no lo va a hacer y no se puede hacer".

            ¿Error de cálculo? ¿Improvisación? ¿Falta de tablas? No pasaron ni unas horas antes de que el astuto ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, le tomase la palabra a Kerry y propusiese un plan de desarme, rápidamente adoptado por Asad como última salida para evitar la destrucción de su arsenal bélico. El desliz de Kerry -que, si la situación no fuese tan grave, alcanzaría tintes de comedia- provocó que la decisión de Obama de atacar a Siria en represalia por el uso de gas sarín perdiese los escasos apoyos que aún le quedaban tanto entre los republicanos del Congreso como entre sus aliados europeos (baste recordar la pifia paralela del primer ministro británico David Cameron al perder la votación en la Cámara de los Comunes.) 

            De un modo u otro, lo cierto es que Obama se había colocado en una posición imposible. Tras dos años de guerra civil en Siria, en la que se cuentan miles de víctimas y cientos de miles de refugiados, Estados Unidos se había negado a intervenir, permitiendo que un variopinto grupo de rebeldes se enfrentase cada vez con menores posibilidades de éxito a las tropas del régimen. Hasta que Obama -¿en otro desliz?- decidió imponerle una línea roja a Asad: si éste llegaba a usar armas químicas, no dudaría en emplear la fuerza en su contra. Como suele ocurrir, el ultimátum apenas tardó en revertirse contra su impulsor: una vez que Estados Unidos afirmó que el gobierno sirio había empleado armas químicas en un barrio de Damasco, a Estados Unidos no le quedaba otro remedio que intervenir.

            Para entonces, todos los escenarios se habían tornado negativos para los intereses norteamericanos. Un ataque sin el aval de Naciones Unidas o la Liga Árabe no haría más que enturbiar aún más su imagen en la zona, y podría generar consecuencias devastadoras: la muerte (casi inevitable en estos casos) de numerosos civiles o, peor aun, la caída de Asad y el triunfo de un partido integrista, mucho más dañino para Estados Unidos e Israel que la dictadura laica del hachemí. Por otra parte, la falta de respuesta a la provocación siria sería vista como una muestra de debilidad -el réquiem por la última superpotencia- por parte de Irán, Rusia y China.

            Atrapado en su propio laberinto, Estados Unidos terminó por elegir el menor de los males y, aun a riesgo de mostrarse vacilante -Obama en Elsinore-, decidió apoyar el plan de Vladímir Putin, quien de pronto acabó convertido en un improbable adalid de la paz. Imposible saber si a la postre Asad cumplirá sus promesas, pero ha ganado un tiempo valiosísimo. Los otros beneficiados por la maniobra han sido Rusia y China, que han visto fortalecidas sus aspiraciones globales, así como Israel, que ha conseguido mantener el equilibrio destructor entre sus dos odiados rivales: Asad y los islamistas. Si al final Siria llegase a entregar su arsenal químico sin el uso de la fuerza, incluso Obama podría salir fortalecido. Pero, si los días de Estados Unidos como policía mundial no se han erosionado por completo por los desastres de Irak y Afganistán, el desliz de Kerry le ha hecho sufrir un golpe que podría parecer definitivo.

 

Publicado en el diario Reforma, 22.09.13

 

Twitter: @jvolpi

 

 

 

[Publicado el 22/9/2013 a las 15:44]

[Etiquetas: Obama; Kerry; Putin; Siria; Asad]

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De bloqueo en bloqueo

A lo largo de las últimas semanas, la capital se ha visto desquiciada por las estruendosas protestas callejeras. Al principio, las autoridades minimizaron el conflicto -ante los pasmados ojos de los ciudadanos, llegaron a afirmar la inexistencia del movimiento-, mientras los manifestantes bloqueaban calles y avenidas, llegando a obstaculizar el acceso al aeropuerto. Si hasta el momento el presidente había gozado de un amplio margen de aprobación por sus arriesgadas decisiones políticas, su imagen -al igual que la del alcalde- se ha desplomado en las encuestas, sobre todo entre las clases medias y altas. Hartas de embotellamientos que duran horas, exigen mano dura al gobierno, que en su opinión se ha mostrado incapaz de hacer frente a los disturbios.

            La confrontación entre policías y paristas se ha tornado cada día más violenta, con un saldo que suma ya decenas de heridos. Según los responsables de los cuerpos de seguridad, jóvenes radicales infiltrados entre los organizadores son los responsables del caos: "Desafortunadamente varias de estas manifestaciones fueron aprovechadas por vándalos que sólo quieren causar caos y destrucción, y dañar los bienes públicos y privados. No hay protesta, por justa que sea, que amerite la pérdida de una vida".

Hace unos días, los sectores más conservadores del país presentaron un proyecto para endurecer las sanciones contra quienes alteren el orden público. Según sus defensores, estas medidas buscan "evitar desmanes en las manifestaciones", sin por ello conculcar el derecho de protesta, aunque diversos colectivos de derechos humanos -y buena parte de la oposición- denunciaron el peligro de reformar el código penal. Para defenderse, uno de los artífices del proyecto declaró: "La protesta social es legítima, la promovemos, la respetamos e invitamos a los ciudadanos a que se manifiesten, pero no es aceptable cuando termina en bloqueos que atentan contra los derechos de los ciudadanos, pero más grave aún es una promoción de la violencia, por eso quienes promueven estas protestas van a tener que pagar las consecuencias".

De acuerdo con el nuevo proyecto de ley, "quien incite, dirija, participe, constriña o proporcione los medios para obstaculizar [...] las vías o la infraestructura de transporte de tal manera que atente contra la vida humana, la salud pública, la movilidad, la seguridad alimentaria, el medio ambiente o el derecho al trabajo, incurrirá en prisión de 3 a 5 años". Y añade que, si se utiliza capucha o algún elemento que impida la identificación, la sanción podrá llegar a seis años y medio, sin beneficio de reducción de penas. En contraposición, uno de los más destacados líderes de izquierda replicó: "Éste es un gobierno tramposo, dice que va a solucionar los problemas y prepara las medidas para que la gente no pueda protestar.".

Aunque este escenario parecería describir con cierta precisión lo que ocurre en la Ciudad de México, en realidad pertenece a la Bogotá donde aterricé hace unos días. Tras la aprobación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, miles de productos agrícolas de este país han abarrotado los comercios colombianos, desplazando a los productos locales. Enfrentados a una competencia desleal, abandonados en sus comunidades y desprovistos de vías rápidas para transportar sus productos, los campesinos decidieron poner en marcha un Paro Nacional Agrario que no tardó en ser secundado por otros sectores inconformes, como los maestros.

De bloqueo en bloqueo, la situación admite paralelismos: la llegada de un presidente pragmático, tras varios años de un presidente ideológico que no admitía otra verdad que la suya; la aprobación de reformas necesarias, pero que inevitablemente afectan a grupos siempre desfavorecidos; ásperas protestas y bloqueos, que de inmediato suscitan la animadversión de las clases medias y de comunicadores que apenas dudan en exigir su aplastamiento. En resumen: las contradicciones propias de naciones que, pese a sus avances, continúan divididas por una pavorosa brecha social.

Al final, en un caso y otro, tendríamos que ver a los campesinos colombianos o a los maestros mexicanos, más que como agentes perniciosos, revoltosos sin principios o vándalos -aquí y allá los líderes de opinión no se cansan de emplear este epíteto-, como el odioso síntoma de un mal mayor: un pacto social que, a lo largo de los últimos decenios, ha impulsado el rápido enriquecimiento de unos cuantos en detrimento de millones que continúan al margen de cualquier mejora -y, lo que es peor, al margen del discurso de éxito que enarbolan políticos y empresarios de sus países. Frente al discurso del odio que se exacerba en momentos como éste, lo que se necesita es que las autoridades no se dejen presionar y actúen con la mayor prudencia y sensatez. No se trata de compartir la estrategia o las ideas de los manifestantes -casi siempre borrosas e inasibles-, sino de mirar los bloqueos como quien mira la llaga abierta en una sociedad herida.

 

Originalmente publicado en el diario Reforma, 15.09.13

[Publicado el 15/9/2013 a las 16:28]

[Etiquetas: Colombia; México; bloqueos]

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El mundo es blanco

Mientras realizaba la investigación para su primer libro, Roberto Saviano (Nápoles, 1979) acaso presentía su relevancia, pues se disponía a exhibir los escalofriantes mecanismos empleados por el crimen organizado en su ciudad natal, despojándolos del aura glamorosa que el cine hollywoodense suele conferirle a los mafiosos. Pero la publicación de Gomorra no sólo lo convirtió en una celebridad -cientos de miles de ejemplares vendidos y traducción a cincuenta lenguas-, sino que trastocó su vida de tajo: amenazado por los personajes de su libro, desde 2005 lleva una vida clandestina, rodeado de escoltas y operativos policíacos.

            Por fortuna Saviano no se dejó intimidar y hace unos meses publicó en Italia su nueva obra, Zero zero zero, en torno al tráfico de cocaína. Valiéndose de un estilo que a veces suena forzadamente literario -y en sus peores momentos, banalmente filosófico-, Saviano persigue toda la cadena del narcotráfico, desde las plantaciones de amapola en Sinaloa y Colombia hasta su venta en Italia y Rusia o el lavado de dinero en Estados Unidos, pasando por la guerra contra las drogas mexicana, a la que dedica varios capítulos.

En el que titula "Big Bang", donde narra el ascenso de Miguel Ángel Félix Gallardo, el asesinato del Kiki Camarena y el surgimiento de los primeros cárteles, no duda en afirmar que en el embrionario pacto suscrito por Miguel Caro Quintero, los Carrillo Fuentes, García Ábrego, los Arellano Félix, el Mayo Zambada y el Chapo Guzmán, se finca el mundo contemporáneo. "Ese poder hay que observarlo, mirarlo directamente al rostro, a los ojos, para comprenderlo", escribe. "Ha construido el mundo moderno, ha generado un nuevo cosmos. El Big Bang surgió de aquí."

            A salto de mata, al acecho de los asesinos que ha denunciado, Saviano ha sido una clara víctima de ese poder, si bien la grandilocuencia que contamina su relato -la del profeta que se juega la vida señalando a los culpables del Caos- a veces le hace perder de vista un plano más amplio, un plano en el que ese poder criminal existe sólo por la conjunción de un poder ideológico y otro económico que, al obstinarse en penalizar el consumo de drogas, así lo han querido. En su radiografía se echan de menos los resortes que han determinado esta obcecada prohibición.

Tras un formidable preludio, en donde demuestra que la cocaína nos rodea por completo -un monólogo interior propio de una novela-, Saviano se aboca a desvelar el itinerario de los capos mexicanos, desde Félix Gallardo hasta el Chapo, confiriéndoles un aura casi épica que resultaba más lograda en una ficción como El poder del perro de Dan Winslow. Sin jamás citar sus fuentes (algo extraño en quien ha sufrido el acoso tanto como los reporteros mexicanos que bucearon en esta historia antes que él), se limita a repetir hechos que para nosotros quizás resulten demasiado conocidos, pero que a un lector extranjero no dejarán de asombrar por su crueldad. Por desgracia, al centrarse en las exageradas vidas de los capos, apenas profundiza en las condiciones sociales y políticas que animaron su crecimiento, reiterando una vez más la narrativa oficial que ve en esos monstruos el punto nodal del conflicto. Y, como en tantos otros estudios, sigue faltando un recuento pormenorizado de cómo funcionan las bandas criminales en Estados Unidos, el mayor consumidor del orbe y el principal responsable de la guerra.

Mucho más interesante resulta el capítulo dedicado al lavado de dinero, donde Saviano relata cómo los grandes bancos globales, como Wachovia o HSBC, están al servicio de los cárteles sin recibir más que insignificantes multas. Allí, también vuelve a narrar el caso de Raúl Salinas de Gortari, según los rumores ligado a diversos cárteles, y expone el mecanismo empleado por Citibank para auxiliarlo en sus maniobras.

En su afán por exponer cada arista de la cocaína, Saviano realiza estupendos retratos íntimos -desde los gorilas de la mafija rusa hasta las modelos de Medellín, pasando por criminales de cuello blanco, políticos y asesinos a sueldo-, así como fascinantes crónicas de los abstrusos intercambios emprendidos para transportar la droga de un confín a otro del planeta, aunque en su afán de literaturizar sus pesquisas incluso se aventura a incluir un chirriante poema sobre la coca.

Al final, luego de dibujar a los actores de este drama shakespereano, de desentrañar las estratagemas del crimen y de exponer su zafiedad y su barbarie, Saviano padece una incomodidad desgarradora. "He mirado al abismo y me he convertido en un monstruo", confiesa en el epílogo. Un epílogo de unas pocas páginas en el que concluye, reticente: "Por más que pueda parecer terrible, la legalización total de la droga podría ser la única respuesta. Quizás sea una respuesta horrenda, horrible, angustiosa. Pero la única posible para bloquearlo todo." Tal vez sólo por ser alguien que ha mirado al crimen a los ojos, y ha desentrañado con fascinación su modus operandi, deberíamos hacerle caso.

 

Originalmente publicado en el diario Reforma, 08.09.13

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 08/9/2013 a las 05:30]

[Etiquetas: Saviano]

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Los demócratas salvajes

El 26 de diciembre de 1991, el Frente Islámico de Salvación (FIS), un grupo en el que convivían desde islamistas moderados hasta quienes buscaban reinstaurar el califato y la Sharía, obtuvieron el 48% de los votos en la primera vuelta de los comicios celebrados en Argelia. Considerando que se trababa de un resultado inaceptable dados los antecedentes antidemocráticos de los vencedores, el 11 de enero de 1992 el Ejército procedió a anular el proceso electoral y precipitó la renuncia del presidente Chadli Bendjedid. A continuación, los militares decretaron el estado de emergencia, declararon ilegal al FIS y se apresuraron a encarcelar a buena parte de sus miembros.

            A lo largo de los siguientes seis años, una feroz guerra civil se dio paso en el país. Numerosos seguidores del FIS, así como sectores islamistas enemigos de éste como el Grupo Islámico Armado (GIS), organizaron guerrillas que se enfrentaron al ejército y entre sí. Según los reportes más conservadores, el conflicto se cobró unas 100 mil víctimas, incluyendo una amplia lista de masacres perpetradas en numerosas wilayas (provincias); el GIS se hizo responsable de varias de ellas, aunque diversas fuentes señalan la indiferencia de las autoridades frente a los ataques. No sería sino hasta 1997, cuando los líderes del FIS declararon un alto unilateral y el ejército se concentró en derrotar militarmente al GIS, que Argelia entró en una ardua reconciliación.

            Este escabroso periodo de la historia argelina, enmarcado en la época inmediatamente anterior a los ataques del 11-S, con frecuencia ha sido minimizado u olvidado al analizar los últimos acontecimientos ocurridos en esa atribulada región del mundo, de la esperanzadora (y engañosa) Primavera árabe al reciente golpe de Estado en Egipto, pasando por la guerra civil en Siria. Sin embargo, resulta imposible no advertir en el distante episodio argelino una suerte de germen de todos los conflictos que siguen en activo en la zona y frente a los cuales los demócratas del mundo no han sabido cómo reaccionar, o lo han hecho de las maneras más equívocas y contradictorias.

            Los factores que alimentan el drama parecen repetirse. En primer lugar, una serie de autócratas, algunos más afectos a la sangre que otros, sostenidos por Occidente como bastiones contra el comunismo (primero) o el islamismo (después). Luego, una corriente democratizadora, impulsada por los pensadores liberales de esas mismas naciones occidentales, que impulsa a los ciudadanos a rebelarse contra los sátrapas. A continuación, una primera apertura que permite la celebración de elecciones más o menos libres, las cuales sin falta son ganadas por los islamistas que, tras largos años de persecución, son los mejor preparados para ganar una competencia abierta.

A partir de allí, la catástrofe: por más que su victoria sea legítima -y que, por ende, nuestros demócratas liberales se digan obligados a apoyarlos-, éstos apenas tardan en imponer las medidas propias de su agenda teocrática, provocando un amplio descontento entre la población. Pretexto ideal para que los militares, bien subvencionados por Occidente y reacios desde el inicio a cualquier experimento democrático, decidan recuperar el poder que les entregaron a regañadientes. El resultado final: cientos o miles de muertos y unas sociedades que por mucho tiempo no vuelven a sentirse tentadas a repetir el experimento democrático.

Más que invocar de nuevo la obtusa discusión en torno al carácter autoritario de la tradición musulmana, conviene fijar los términos que la cuestión ha suscitado en Occidente. ¿A quiénes han de defender nuestros demócratas, a los islamistas que ganaron legítimamente las elecciones, por más que sus principios sean antidemocráticos, o a los militares que, con el argumento de restaurar la democracia, la cancelan por la fuerza? El problema resulta tan espinoso que tiene el riesgo de morderse la cola: en uno y otro caso nuestros férreos demócratas terminan apoyando a falsos demócratas (en uno y otro caso, sostenidos por sus gobiernos). ¿Se trata entonces de elegir entre el menor de los males? ¿O de enmascarar un ejercicio de realpolitik?

Este dilema, uno de los más ásperos de nuestro tiempo, sobrevuela también sobre la decisión de atacar a Bachar el-Assad en Siria. Nadie duda de que se trata de un feroz dictador -como antes Mubarak y hoy Al-Sisi-, pero su caída podría precipitar un nuevo (y desaconsejable) triunfo de los islamistas en otro país limítrofe con Israel. Según Obama, el uso de armas químicas contra su población vuelve el castigo imprescindible. En cambio, el centenar de víctimas en Egipto ni siquiera ha provocado que Estados Unidos suspenda la venta de armas y aviones a los militares egipcios. Como es obvio, las preguntas anteriores no son fáciles de responder, como le gustaría a numerosos comentaristas liberales, y sólo nos permiten atestiguar cómo la aguerrida agenda de nuestros demócratas salvajes se resquebraja ante nuestros ojos.

 

Originalmente publicado en el diario Reforma, 01.09.13

           

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 01/9/2013 a las 07:12]

[Etiquetas: Siria; Egipto; primavera árabe]

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El espíritu del General

Bajo el título de "Propiedades petroleras estadounidenses tomadas por los mexicanos", el 18 de marzo de 1938, el New York Times publicó el siguiente cable especial de su enviado en México, Frank L. Kluckhorn: "El control de diecisiete compañías petroleras estadounidenses y británicas, que representan una inversión de $450,000,000 en México, fueron tomadas por 18,000 trabajadores petroleros mexicanos." Luego añade: "Más tarde por la noche, el presidente Lázaro Cárdenas anunció en una transmisión radiofónica en cadena nacional que México estaba expropiando las propiedades estadounidenses y británicas. Se hizo saber que el decreto, ya firmado, sería publicado por la mañana. El presidente Cárdenas llamará a una sesión especial el lunes para la aprobación del decreto. Esto es legalmente innecesario, dado que cuenta con todos los poderes, pero quiere tener el apoyo moral de un movimiento como éste".

Según Kluckhorn, la medida fue recibida con un "entusiasmo salvaje" en los distintos pueblos petroleros del país. El 26 de marzo, el mismo Kluckhorn publicó un nuevo cable en el Times, titulado "La expropiación mexicana abre una gran pregunta", en el cual, en un tono menos aséptico, realiza un primer análisis de las repercusiones de la medida. "¿Dónde parará este movimiento?", se cuestiona. "El presidente Lázaro Cárdenas se jugará el éxito de su administración en los resultados del manejo por parte del gobierno y los sindicatos de la enorme industria petrolera mexicana." Según el enviado, "más allá de su Constitución y sus leyes radicales, es la primera vez desde que se inició la revolución en 1910 que México ha llegado a expropiar un grupo de grandes compañías extranjeras en activo. Con los trabajadores triunfantes, entusiastas y dispuestos, el gobierno mexicano está ahora comprometido con una senda de extrema izquierda."

            El 12 de agosto de 2013, bajo el título "Para mover la Economía, el presidente mexicano busca inversión extranjera en energía", Elizabeth Malkin, del New York Times, escribió: "El plan del presidente, que implica la reforma de dos artículos constitucionales, desafía uno de los postulados de la identidad nacional de México -la soberanía completa sobre sus recursos energéticos- al invitar a compañías extranjeras a explorar y extraer petróleo y gas natural." Al día siguiente, Clifford Kraus escribió: "La controvertida reforma propuesta para las leyes energéticas de México no sólo tiene el potencial de devolver a México a los niveles de extracción de inicios de los ochenta, cuando era uno de los productores más prometedores del mundo, sino también para reducir aún más la dependencia estadounidense de países de la OPEP." Y añade: "Las compañías petroleras estadounidenses respondieron con entusiasmo". 

            En medio del debate abierto por la presentación de la propuesta energética del presidente Peña Nieto -así como la posición previa del PAN y la reciente del PRD, en voz ni más ni menos que del hijo del General-, la mirada del diario más influyente de Estados Unidos acaso sirva para poner en perspectiva nuestra actitud frente al asunto. Para empezar, parece que ambos presidentes se "juegan el éxito" de sus administraciones en sus políticas sobre el petróleo. Sólo que, mientras Cárdenas no necesitó lidiar con una oposición interna a la hora de tomar su histórico decreto, hoy la negociación con las demás fuerzas políticas se vuelve tan fatigosa como imprescindible.

La diferencia más notable entre los dos momentos es que el "entusiasmo salvaje" de 1938 se halla ausente en nuestros días: quienes apoyan la reforma la presentan como una medida inevitable ante el declive de Petróleos Mexicanos, mientras que quienes se oponen a ella lo hacen con una irritación fundada en una decepción equivalente. Más allá de ser acusado por el Times de pertenecer a la "extrema izquierda", cuando Cárdenas decretó la expropiación se creía que el petróleo contribuiría a mejorar en el futuro las vidas de millones. Hoy, desde ese futuro, tanto quienes buscan como quienes se oponen al regreso de la iniciativa privada comparten el mismo malestar.

No hay que olvidar que, desde 1938, el control del petróleo ha recaído en casi todos los sectores del país: la izquierda cardenista y echeverrista -de la que provienen el PRD y el propio López Obrador-, el PRI nacionalista y el PRI neoliberal, e incluso el PAN, sin que ninguno haya sabido qué hacer con el monstruo en que se convirtió el proyecto cardenista. Quizás esta frustración explique la desoladora nostalgia que predomina entre todos nuestros actores políticos, empeñados en mirar hacia ese pasado supuestamente idílico. Si algo valdría la pena recuperar de ese instante fundador de nuestra "identidad nacional" -en las anquilosadas palabras del Times- es la capacidad del general  Lázaro Cárdenas, y en realidad de todo el país, de mirar hacia delante y arriesgarnos a planear un futuro para la industria petrolera que no se parezca a éste.

 

Publicado originalmente en el diario Reforma, 25.08.13

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 25/8/2013 a las 16:12]

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La venganza de Art Keller

"Adán escucha el aullido del hombre. Y la suave voz que pacientemente le hace la misma pregunta una y otra vez. ¿Quién es Chupar? ¿Quién es Chupar? ¿Quién es Chupar? Ernie les dice una vez más que no lo sabe. Su interrogador no le cree y empuja de nuevo el picahielo, restregándolo contra la tibia de Ernie." Destrozado, Ernie les da todos los nombres que se le ocurren, en vano. El agente de la DEA fue secuestrado días atrás por tres policías que, luego de dejarlo inconsciente, lo trajeron en presencia de Adán, Raúl y el Güero, los lugartenientes del Tío Barrera. El Doctor Álvarez le inyecta una jeringa con lidocaína, que lo despierta y le permite sentir el dolor. La tortura se prolonga durante horas. "Ernie Hidalgo existe ahora en un mundo bipolar. Hay dolor, y hay la ausencia del dolor, y es todo lo que hay." Harto de sus gritos, Raúl al fin tiene misericordia y ordena al doctor terminar con su sufrimiento. Obediente, Álvarez le inyecta una fuerte dosis de heroína y Ernie poco a poco se desprende del dolor, y de la vida.  

            Este escalofriante escena proviene de El poder del perro (2005), la novela con la que Don Winslow quiso narrar los peores años del narcotráfico en México -sin adivinar que vendrían otros mucho peores-, desde el ascenso del todopoderoso Cartel de Guadalajara hasta su liquidación décadas más tarde. Valiéndose de una rigurosa documentación con la que alcanza un tono épico que no se encuentra en ninguna narconovela mexicana, Winslow optó por condensar a distintas figuras reales a la hora de crear a sus villanos, de modo que la familia Barrera, el Güero Méndez y los demás miembros de su banda contienen rasgos de Miguel Ángel Félix Gallardo, el Güero Palma, Amado Carrillo, Ernesto Fonseca, el Chapo Guzmán, el Mayo Zambada, los hermanos Arellano Félix y Rafael Caro Quintero. Esta licencia dramática no empaña el minucioso retrato de la época, centrada en el asesinato, acaso más brutal en la realidad, de Enrique Kiki Camarena -el Ernie Hidalgo de la novela-, y la venganza de Art Keller, un ficticio agente de la DEA, contra sus perpetradores.

            Como se trasluce de un comentario del propio Winslow en Twitter, Keller no podría haberse sentido más ultrajado ante la reciente excarcelación de Caro Quintero, quien fuera detenido en Costa Rica el 4 de abril de 1985, extraditado a México y condenado a 40 años de prisión por el homicidio del agente estadounidense. En efecto, el pasado 9 de agosto el Primer Tribunal Colegiado de Circuito de Jalisco determinó la liberación del preso por irregularidades cometidas en el proceso, puesto que fue juzgado por una corte federal cuando este delito pertenecía al fuero estatal.

            Al lado del Chapo Guzmán y acaso de Amado Carrillo, pocas figuras del narco han despertado tanta curiosidad y tanto morbo como Caro Quintero, quien no sólo ha inspirado numerosos corridos por sus hazañas criminales -en un rango que va de los Tigres del Norte a los Llaneros de Guamúchil-, sino por su supuesta historia de amor con Sara Cosío, sobrina de quien habría de convertirse en gobernador de Jalisco, quien fue encontrada desnuda y embarazada a su lado y no dudó en reiterarle su amor, para delirio de la prensa de nota roja -y rosa- que dio cuenta de la captura.

            Aunque Art Keller, el agente mexicano-estadounidense del que se vale a Winslow, sea un personaje ficticio, su afán de justicia -o de venganza- se convirtió en una prioridad absoluta para la administración Reagan. Como uno de los Barrera afirma en la novela, los gringos pueden provocar masacres sin el menor remordimiento, pero no descansarán hasta castigar a quien asesina a uno de los suyos. De allí que a Miguel de la Madrid no le quedase otro remedio que dar resultados inmediatos (sin reparar en tecnicismos legales), consistentes en la captura de quienes se habían beneficiado por años de la complicidad de policías y políticos: Don Neto y Caro Quintero.

            Una de las líneas narrativas que Estados Unidos ha convertido en su marca de fábrica es justo ésta: la idea de que todos los criminales -en especial los que asesinan policías gringos- pagarán por sus crímenes. La liberación de Caro Quintero quiebra drásticamente esta cosmovisión, por más que éste haya pasado 28 años en la cárcel. Para ellos, y en especial para los Art Keller reales, la posible huida de este "gallo muy fino" -como lo denomina en un corrido- supone una afrenta personal, y las presiones sobre el gobierno mexicano para recapturarlo no se han hecho esperar. Nadie duda de la eficacia y la contundencia de thrillers como el de Winslow, pero en términos simbólicos no hacen sino perpetuar la idea de que la lucha contra el narcotráfico se libra contra esos sujetos infernales como Caro Quintero, haciéndonos olvidar que si no fuera por las absurdas políticas prohibicionistas puestas en marcha por Estados Unidos -por otro lado muy bien descritas en la novela-, estos capos jamás habrían obtenido el poder que aún hoy disfrutan.

 

Originalmente publicado en el diario Reforma, 18.08.13

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 18/8/2013 a las 17:32]

[Etiquetas: Caro Quintero; Don Winslow]

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El Puente

"La muerta apareció en un pequeño descampado en la colonia Las Flores." Con esta frase se inicia "La parte de los crímenes" de 2666, la portentosa novela póstuma de Roberto Bolaño que transfigura la tétrica Ciudad Juárez de los noventa en la igualmente tétrica Santa Teresa. "Esto ocurrió en 1993. A partir de esta muerta comenzaron a contarse los asesinatos de mujeres. Pero es probable que antes hubiera otras".

Cuando estas líneas de Bolaño se publicaron en 2004, Ciudad Juárez se había convertido ya en un símbolo mundial de la infamia, el hoyo negro en el que miles de mujeres -sobre todo jovencitas que llegaban a trabajar en las maquiladoras- habían sido salvajemente asesinadas en sus calles, si bien aún no se había transformado en el infernal escenario de combate entre bandas de narcotraficantes que sería después, en especial a partir de la "guerra contra el narco" de Calderón. Desde entonces, un alud de reportajes, documentales, películas, libros y artículos han tratado de explorar ese territorio del mal enclavado en la frontera más transitada, vigilada -y porosa- del planeta. No podía pasar mucho tiempo antes de que este lugar de perdición fuese retomado por los grandes estudios de Hollywood.

            No deja de resultar curioso, sin embargo, que The bridge (FX) sea la adaptación de la serie escandinava Bron/Broen -difícil hallar dos paisajes más distintos que el desierto de Chihuahua y las costas del Báltico-, en la cual las diferencias entre Suecia y Dinamarca se tornan casi ridículas frente a las que separan a El Paso, una de las ciudades más seguras de América, de nuestra Juárez (pronunciada "Uarrres"). Cuando se anunció que los productores Meredith Stiehm y Elwood Ried habían trasladado la acción a la frontera entre México y Estados Unidos, en detrimento de la que divide Michigan de Ontario, se produjo un inevitable escepticismo sobre hasta dónde un producto de entretenimiento mainstream iba a ser capaz de reflejar el atroz inventario de conflictos de la zona -narcotráfico, emigración ilegal, corrupción- sin banalizarlos u ofrecer otra cosa que un telón de fondo sórdido y pintoresco para un thriller estilo The Killing (otra serie basada en un original escandinavo).

            Las dudas parecían acentuarse por otra razón: mientras que Bron/Broen era una coproducción sueco-danesa, en la que cada parte podía establecer sus puntos de vista, The Bridge (incluso en la transmisión en México no se llama El Puente) es un producto netamente estadounidense, por más que el piloto haya sido dirigido con habilidad por Gerardo Naranjo o que su actor principal sea un impecable Demián Bichir. De hecho, uno puede constatar capítulo a capítulo (hasta el momento 5 en Estados Unidos y 4 en México) cómo es el propio Bichir, no sólo en la ficción sino en la filmación de la serie, quien intenta reflejar, en sus inflexiones en español, una perspectiva opuesta a la narrativa oficial de la superpotencia.

            La propia Stiehm declaró que buscaría imitar la solidez argumental y la complejidad de The Wire para reflejar las tensiones de los dos lados de la frontera, pero hasta ahora apenas hemos podido advertir una muy eficaz reelaboración de un argumento policíaco clásico (dos policías enfrentados y obligados a convivir) y una acumulación de horrores que se concentran, como era de preverse, del lado mexicano, donde el afable y algo estropeado latin lover Marco Ruiz (Bichir) es el único héroe posible en un medio dominado por la corrupción y la violencia.

            Aunque la idea de incluir protagonistas con autismo parece casi una moda -piénsese en El curioso incidente del perro a medianoche de Mark Haddon o la formidable The Uninvited de Liz Jensen-, el que en este caso la agente Sonya Cross (Diane Kruger) tenga síndrome de Asperger parece una metáfora perfecta de la visión de Estados Unidos sobre los problemas de su vecino del sur: una incapacidad total para la empatía. Esa es, al menos, la sensación que se tiene en aquel país cuando se habla de las miles de víctimas del narcotráfico -o de la corrupción o la violencia- en México: problemas que se miran como si ocurrieran en el oro extremo del mundo y frente a los cuales sus políticos y ciudadanos nada tienen que ver.

            En una época en que se discute una ambiciosa -y, en aspectos como el muro, perversa- reforma migratoria, y luego de que la "guerra contra el narco" se cobrara 80 mil vidas, una serie como The Bridge podría contribuir a que ese síndrome de Asperger se diluya un poco, enfrentando a los estadounidenses con el papel central que su indiferencia, su consumo de drogas y su lenidad hacia las armas de fuego tiene en las tragedias que se viven de nuestro lado. Todavía es pronto para saber si los escritores de The Bridge tocarán los temas más incómodos para sus compatriotas -el poder de los carteles estadounidenses y la corrupción de sus aduanas, por ejemplo-, pero es poco probable que Marco Ruiz y Sonya Cross lleguen a descubrir "el secreto del mundo" que, según Bolaño, estaba cifrado en los crímenes de Santa Teresa.

 

Originalmente publicado en el diario Reforma, 11.08.13

 

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[Publicado el 11/8/2013 a las 16:56]

[Etiquetas: Ciudad Juárez; El Paso; The Bridge]

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Llámenme Peligro

Convertida en un clásico americano, la escena regresa una y otra vez en las pantallas. Bajo los reflectores inclementes, la pareja comparece con las manos entrelazadas, los semblantes ruborizados o abatidos -ella, severa y elegante, casi mustia; él con la voz desfondada y los ojillos acuosos-, el peso de su convivencia reflejado en esa tensión con la que prometen sobrellevar el incidente mientras los dos se esfuerzan por mirarse o más bien se aseguran de que los demás contemplen ese guiño cómplice en el cual se cifra la posibilidad de una disculpa: ¿si ella aún puede verme a la cara por qué no habrían de hacerlo ustedes, conciudadanos y electores? Poco importa que la mujer esté harta o furiosa, no tanto por el engaño (otro de tantos) como por la afrenta, esa necesidad de exponerla como una buena samaritana que encaja de manera heroica, admirable, cada nueva revelación (cada nueva humillación) sin encogerse. Aunque lo maldiga y ya haya emprendido las primeras acciones para ajustar el umbral de la demanda, ella sabe que no le queda más que figurar a su lado, acompañarlo en esa ordalía de verdad y dolor que tanto complace a los fanáticos de los melodramas políticos, tragarse sus inútiles palabras, error, el gran error, el tremendo error que cometí, encajar su arrepentimiento -no por su conducta sino por su torpeza al disfrazarla- y soportar esos diez o quince minutos (o días o semanas) de vergüenza, esa confesión que se le exige aquí a todas las figuras públicas que son lo suficientemente imbéciles para permitir que sus infidelidades emborronen los tabloides.

Bill Clinton; el senador y precandidato demócrata a la presidencia John Edwards; el congresista Mark Souder, célebre por sus arrebatos a favor de la abstinencia; el defensor del nuevo conservadurismo Newt Gingrich; el congresista Thad Viers; el precandidato republicano a la presidencia Herman Cain; el admirado general David Petraeus; el congresista Eric Massa; el candidato a congresista Tom Ganley; el senador John Ensig, uno de los más implacables críticos de Clinton; el congresista Vito Fossella; el congresista Tim Mahoney; el senador David Vitter; el exgobernador demócrata de Nueva York Eliot Spitzer (el infame "cliente número 9") o el exgobernador de Carolina del Sur, Mark Sanford. Si este catálogo sólo reúne a quienes han sido descubiertos, en Estados Unidos deben esconderse decenas de políticos que llevan en santa paz una dulce -o apasionante- vida doble. Basta echarle un ojo a The Good Wife, donde Julianna Margulies parodia u homenajea a sus admirables esposas, para detectar el morbo que suscitan estos rituales de expiación.

            El último show en esta serie es una especie de engaño al cuadrado que evidencia la porfía de los políticos estadounidenses para convertirse en blancos del ridículo a causa de su hipocresía (y sus hormonas). El 16 de junio de 2011, el congresista Anthony Weiner renunció a su cargo cuando se hizo público que había enviado una imagen de sus calzoncillos -apenas disimulando una erección- a una joven de Seattle de 21 años. Luego de negarlo una y otra vez, Weiner confesó su afición a este tipo de mensajes (práctica conocida como sexting) antes y después de su matrimonio con Huma Abedin, cercana consejera de Hillary Clinton.

            Hasta aquí, el guión se mantuvo sin sorpresas. Weiner pidió excusas, fue blanco de la ira y el sarcasmo generalizados, y su esposa lo perdonó. Dos años después, Weiner consideró que su penitencia había concluido y decidió regresar a la política como candidato a la alcaldía de Nueva York. Ya avanzada la campaña, salió a la luz que Weiner había vuelto a las andadas, esta vez enviando fotos y mensajes a tres o cuatro mujeres distintas, valiéndose del sonoro apodo de "Carlos Danger". Desde entonces los medios y las redes no le han dado tregua: cientos de miles de chistes, críticas, parodias e insultos han llovido sobre su figura. ¿Qué hacer ahora? ¿Repetir su renuncia anterior? Resignado, Weiner mantiene su campaña, aunque sin muchas posibilidades frente a su compañera de partido Christine C. Quinn.

            Muy lejos de los especialistas que comparecen en los talk shows para abundar en torno a la perversión o a las patologías de Weiner, su caso confirma la relación cada vez más tortuosa que los estadounidense mantienen con su sentido de la intimidad. En el fondo, Weiner apenas se diferencia de millones de usuarios de Facebook -o de páginas de contactos y webcams de sexo- en donde los usuarios se convierten en exhibicionistas y voyeuristas de manera voluntaria. Mientras la NSA se empeña en escrutar todas las comunicaciones del planeta, el boom de las redes sociales y los sitios de cibersexo pone en evidencia a una sociedad cuyos individuos se saben vigilados sin tregua al tiempo que, desprovistos de cualquier prurito, se empeñan en revelar hasta los mínimos detalles de su vida privada -o de sus falsas vidas privadas- a cualquiera que esté dispuesto a contemplarlas. 

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 04/8/2013 a las 16:18]

[Etiquetas: Weiner]

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El centro y las orillas

Primer caso. La escritora más famosa -y rica- del planeta publica una ácida comedia suburbana que en nada recuerda a sus obras anteriores, dedicadas al público infantil. La expectación es inmensa: sin atreverse a decirlo, los críticos esperan su fracaso con la misma impaciencia de los fanáticos que se plantan en las librerías por un ejemplar de Una vacante imprevista. Como se esperaba, las reseñas resultan condescendientes cuando no demoledoras. Su autora, coinciden, tuvo un golpe de suerte con Harry Potter, pero sus recursos literarios no alcanzan para una empresa más seria (y aun así, vende millones). Entonces J.K. Rowling decide escribir una novela policíaca con un seudónimo celosamente custodiado. Desprovista de la fama asociada con su nombre, The Cukoo's Calling, firmada por un tal Robert Galbraith, recibe elogiosas críticas y vende unos 1500 ejemplares. Prevenida por un tuit anónimo, la presa la desenmascara (y el libro pasa a ser número 1 en Amazon).

            Segundo caso. Uno de los cineastas mexicanos más apreciados, capaz de convertir sus obsesiones en tramas tan deslumbrantes como rentables, realiza la película de mayor presupuesto de su carrera, un blockbuster de los grandes estudios para la temporada de verano. Tras haber trasladado sus historias delirantes y oscuras a otros proyectos hollywoodenses, y de tramar al menos una pieza perfecta -El laberinto del fauno-, la expectación en torno a su nueva aventura es enorme. Al final, Pacific Rim resulta lo anunciado: un banal blockbuster para el verano. Aunque los críticos intentan hallar algún toque personal -el cameo de sus actores-fetiche-, el abrumador espectáculo de robots contra godzillas podría haber sido dirigido por cualquier otro director. De Guillermo del Toro, poco más que su nombre.

            Tercer caso. Se cumplen diez años de la muerte del escritor en lengua española más apreciado por la crítica y más venerado por los lectores del orbe desde García Márquez. Alguien que, tras la publicación de una decena de textos en sus últimos años de vida, se convirtió en un autor de culto entre los jóvenes latinoamericanos y luego en un gigantesco fenómeno de mercado. Traducido por doquier y representado por el agente literario neoyorquino más conspicuo, Roberto Bolaño dejó de ser el escritor marginal de su juventud, cuyos fracasos generacionales tan bien retrató en Los detectives salvajes, para alzarse como un icono global. Apenas sorprende que quienes lo alabaron por ser un "escritor para escritores", un autor secreto, apreciado por unos happy few, sean los mismos que ahora lo menosprecian por encarnar la mainstream.

            Si bien estos casos no tienen otro vínculo que la coincidencia temporal que los amalgamó en la prensa en estas semanas, pueden ser vistos como pruebas de la tensión entre la marginalidad y el centro que persiste en todas las áreas de nuestra cultura capitalista. Pese a las acusaciones de sus detractores, ninguno es un "producto del mercado": J.K. Rowling era una desempleada que escribió el primer volumen de Harry Potter en un café, a Del Toro le costó un ingente esfuerzo financiar su primer filme y Bolaño pasó largos años participando en concursos para publicar sus primeras narraciones. En los tres, el ascenso a la fama fue tan inesperado como merecido: dígase lo que se diga, Harry Potter contiene un mundo imaginario fabuloso, las negras fantasías de Del Toro están llenas de sabiduría y Los detectives salvajes y 2666 son las mejores respuestas a las novelas del Boom.

            No obstante, al transitar de los márgenes al centro, estas obras no han podido escapar a la condición de mercancías de consumo global, para desazón de sus primeros fanáticos. Una vez allí, la maquinaria diseñada para acentuar su éxito resulta imparable: en cuanto un producto cultural produce millones de dólares, escapa al control de sus artífices (y se convierte en blanco de los exquisitos que creyeron descubrirlo). Aunque la codició, Bolaño no tuvo ocasión de padecer las desventuras de la fama, pero Del Toro y Rowling han tratado de enfrentarse a ella con distintas estrategias. El primero ha combinado sus proyectos más personales con sus incursiones hollywoodenses, en tanto que, al crearse un seudónimo, Rowling pretendió volver al anonimato de sus inicios.

Al final, sus intentos demuestran que, si se busca permanecer dentro del sistema, huir de la telaraña es imposible: la mayor paradoja de esta historia es que justo los creadores que más se han empeñado en retratar los márgenes de nuestra cultura -la magia y los monstruos infantiles o la bohemia artística latinoamericana- hayan terminado absorbidos por ese centro que tanto parecía repelerles. El cliché tiende a confirmarse: quienes habitan las orillas aspiran con todas sus fuerzas a viajar al centro y quienes han llegado al centro no hacen sino producir obras que reflejan su nostalgia por ese pasado marginal, sólo para que sus publicistas procedan a venderlas como modelos de integridad artística.   

 

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[Publicado el 28/7/2013 a las 06:33]

[Etiquetas: Rowling; Del Toro; Bolaño]

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Perorata del apestado

Decidido a mostrarse impecable -e implacable-, Luis Bárcenas luce el mismo traje gris rata que lo distinguió en sus anteriores comparecencias y, gracias a un permiso especial, usa la corbata que le ha prestado su abogado a fin de conseguir una apariencia más elegante, más decente. Según reportan testigos presentes en la sala, a lo largo de tres horas y media el imputado ni siquiera se detiene a beber un sorbo de agua, como si no pudiese dejar de hablar, azotado por una repentina verborrea, o como si toda la furia que ha acumulado en las últimas semanas en la prisión de Soto del Real sólo pudiera drenarse mediante este testimonio que es, por encima de todo, una quema de naves.

            Ni qué dudarlo: Barcenas se siente traicionado por sus antiguos compañeros de Partido, esos líderes a los que con tanta energía contribuyó a aupar al poder, y ahora no está dispuesto a servirles como vulgar chivo expiatorio. "Si caigo", parece murmurar entre dientes conforme desgrana los detalles de la contabilidad paralela que llevaba como tesorero del Partido Popular, "todos vosotros caeréis conmigo". Por ello apenas respira -si bien, como viejo lobo que es, no deja de intercalar pausas y silencios, reservándose información preciosa para vistas ulteriores- y se regodea al pronunciar los nombres de sus antiguos jefes: el de la secretaria María Dolores de Cospedal y, sobre todo, el del presidente del Gobierno, el impasible Mariano Rajoy.

            Sinuoso y viperino, Bárcenas reconoce, tras haberlo negado cínicamente en el pasado -incluso llegó a forzar su escritura para una prueba caligráfica-, que las notas manuscritas publicadas semanas atrás por El País en efecto son de su autoría y no sólo prueban la existencia de una "contabilidad b" del Partido, sino los sobresueldos que le pagaba a un sinfín de dirigentes populares, incluidos Cospedal y Rajoy, en billetes de 500 euros, sin que éstos tuviesen que firmar recibo alguno. Además, también confirma que los mensajes de texto revelados por El Mundo son auténticos y muestran como Rajoy se mantuvo en contacto con él y su familia incluso cuando ya había sido indiciado. Culminada su comparecencia -su monólogo shakespeareano, más plagado de amenazas que de pruebas-, pide volver a su celda en Soto del Real para seguir rumiando su vendetta

            En medio de la avalancha de casos de corrupción que han salido a la luz tras la quiebra española de los últimos años -del caso Gürtel, en el que también estuvo implicado el extesorero del PP, a Iñaki Undagarín, el yerno del rey, pasando por decenas de empresarios, políticos y banqueros-, el affaire Bárcenas debería ser visto, más que como un colofón o un extremo, como la constatación de una desoladora normalidad. Del mismo modo que las declaraciones de Edward Snowden no hicieron sino reafirmar nuestras sospechas sobre la capacidad de Estados Unidos para intervenir todas las comunicaciones del planeta, la ordalía de Bárcenas certifica la colusión de los intereses económicos y políticos que prevalece entre nuestras élites -en especial, vaya a saberse por qué, en las naciones de origen latino. La corrupción, pues, no como una práctica excéntrica o una lacra propia de nuestras impacientes sociedades, sino como la regla que impera por doquier en un modelo en el que prevalece un pacto de silencio entre los políticos, sin importar el partido en el que militen, al margen del interés público.

En este esquema, la Italia de Berlusconi o la España de Rajoy, que tanta vergüenza han hecho caer sobre Europa, otra vez no resultan rarezas aborrecibles, sino modelos habituales en las ostentosas democracias de nuestro tiempo. El que los innumerables escándalos de Il Cavaliere apenas hayan disminuido su cosecha de votos y el que, culminados los desplantes de Bárcenas, los españoles muy probablemente volverían a votar al Partido Popular si se llegasen a convocar elecciones anticipadas, demuestra que la corrupción se haya en el centro mismo de nuestro sistema y que su desvelamiento no sirve más que para desatar una indignación tan pasajera como inocua.

Frente a este estado de cosas, uno entiende mejor la rabia o la amargura de figuras como Bárcenas -o Iñaki Undagarín, o Elba Esther Gordillo, o Andrés Granier-, puesto que a sus ojos no hicieron más que preservar las reglas del juego, igual que sus nuevos detractores e inquisidores. Contaminadas por la avaricia propia del capitalismo avanzado, nuestras democracias necesitan de chivos expiatorios que hagan pensar a los ciudadanos que los bandidos incrustados en su seno son una perversa minoría, pero éstos han de ser elegidos con cuidado: histriones que, a cambio de promesas o amenazas, estén dispuestos a respetar la omertà y a no denunciar a sus antiguos patrones. Para desgracia del PP en España, el airado Bárcenas parece ser de los pocos que han optado por no hundirse solos.

 

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[Publicado el 21/7/2013 a las 17:04]

[Etiquetas: Rajoy; Bárcenas]

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Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

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