El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 9 de febrero de 2010

Blog de Jorge Volpi

El jardín 10. Una imagen

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Iraq. Funeral falluja.

Un rostro como tantos. Los vemos a diario. Los vemos pero jamás los observamos. Sólo pasan frente a nosotros. Porque, si los escrutásemos detenidamente, si los midiésemos, si los analizásemos al detalle, si simplemente pasásemos cinco minutos frente a ellos, nos daríamos cuenta, de pronto, de que son humanos. De que esa mujer cuyo dolor es evidente (vuelvo a Sontag) existe y es como nosotros.

¿Es ella Laila?

La descubrí un día. Así, con ese gesto atroz, consolada inútilmente por las demás mujeres de rostros horrorizados.

Lo siguiente es preguntar. ¿Qué le ocurrió?

Otra vez: hemos oído tantas historias sobre Irak -o cualquier otra guerra- que no resulta difícil adivinarlo. El ejercicio de imaginación, digamos, primaria, es mínimo: un padre, un hijo, una hermana o todos ellos asesinados. Una explosión. Un daño colateral. Un ataque suicida. Ya lo sabemos.

El siguiente ejercicio de imaginación es mucho más arduo: no sólo imaginar su historia, sino comprender, sentir cabal y estremecedoramente, que esa historia, la suya, la de su dolor, también nos pertenece. O, en el otro extremo, comprobar, ácida y desoladora y sinceramente, que su dolor nos importa un bledo.

[Publicado el 29/11/2007 a las 10:41]

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El jardín 9. Expulsados

Todos fuimos expulsados de allí.

Como esa muchacha.

Como Laila.

[Publicado el 28/11/2007 a las 11:57]

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El jardín 8. Diario

Ayer, sesenta y siete. Hoy, "en una de las jornadas más violentas", ciento ocho. Mañana conjeturo -aunque sólo Dios es sabio- cuarenta y dos.

O setenta. O noventa y cinco.

Entrevemos las cifras -la placidez de la aritmética- mientras sorbemos una cucharada de yogurt o cabeceamos.

Lejos, tan lejos.

Mil dólares por responder en quince folios. Un abstract. Notas al pie. Bibliografía. Qué significa el dolor ajeno.

Bastaría una palabra.

Centavos.

[Publicado el 27/11/2007 a las 10:19]

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El jardín 7. Su nombre

La entrada ya está allí. El narrador iracundo, desencantado. El despertar. La constatación de mi lado animal. La renuncia a la paternidad. 

Y aparece también, tímidamente, ella. En el otro lado del mundo. En Oriente.

Comienzo a verla (al narrador lo conozco bastante mejor). ¿Se parece a alguien que conozco? ¿La he visto en alguna parte, en una fotografía del periódico, en televisión? Al menos no lo recuerdo.

Pero ya está allí. Aquí.

Me acompañará todas estas semanas. Estará conmigo mucho más tiempo que cualquier persona real (la obvia demencia de los escritores).

Necesita un nombre, ya.

Un nombre árabe, por supuesto.

Rebusco en mi biblioteca, expurgo índices onomásticos. Regreso, como cada día durante estos días, a Las mil y una noches. Leo los periódicos recientes en busca de una víctima.

Al final me pierdo en una antología de poesía clásica árabe (Hiperión) y encuentro a un poeta iraquí del siglo viii, Mayun. La historia no registra su nombre, sólo el apodo que se le concedió por un motivo muy particular. Su obsesión por una mujer de la que tampoco sabemos nada, excepto, en este caso, su nombre.

Laylà.

A quien yo transformo en Laila.

He aquí, pues, el poema de su enamorado del siglo viii, que ya adivino como epígrafe del libro:

Me dicen: ¿cómo, enferma Laylà en Irak,              

    no vas a verla?

¡Dios sane a los enfermos de Irak,

que yo me compadezco de todo aquel

    que sufre del mal de Irak!

[Publicado el 26/11/2007 a las 12:50]

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El jardín 6. A mano

Por más que digan, no es lo mismo escribir a mano que en computadora (o, para unos cuantos nostálgicos, que en máquina de escribir). ¿Qué cambia? El ritmo. Las frases quedan determinadas por el pulso de la mano, por el tempo de los músculos, por ese lapso que transcurre entre el pensamiento -veloz, inmediato- y la relativa lentitud de los dedos que sostienen una pluma (más bien un plumón o bolígrafo de tinta negra, que adoro) y la arrastran sobre el papel.

Ese latido, ese brevísimo espasmo, es toda la diferencia.

Los teclados permiten que la escritura se vuelva casi automática; menos sofisticadas, las libretas nos permiten advertir el peso de cada letra, de cada palabra, de cada oración.

No digo que escribir a mano sea mejor, ni que dé mejores resultados. Sólo sé que este libro, justo este libro, aspira a la rudeza y el ascetismo de la celulosa. Quiero escribirlo como si lo dibujase o, mejor, como si lo tallase. No me importa demorarme días enteros con un párrafo. No tengo prisa alguna. Mi historia y mis personajes no la tienen.

Hago memoria. Mis dos primeros textos (A pesar del oscuro silencio y Días de ira) los escribí a mano. Quizás por ello los emparienta cierta prosa densa y meticulosa.

La trilogía del siglo xx jamás hubiese podido escribirla a mano. Exigía una urgencia y una rapidez que sólo puedo asociar con la pantalla. Su prosa es entonces más directa, más inmediata. Más transparente.

Una última aclaración. Quiero escribir a mano, sentir las palabras, una a una, como si fuesen un cargamento que debo llevar de un extremo a otro del desierto. Pero no quiero, no quiero en absoluto, acercarme a la prosa poética o al poema en prosa o a la prosa de poeta. Espero huir de cualquier tentación lírica, de esa melopea y esa orfebrería que tanto fascina a algunos escritores. Detesto los fuegos de artificio. Esos párrafos sinuosos, musicales, plagados de imágenes y metáforas, que no hacen sino exhibir la pedante maestría de sus autores.

Busco la solidez de la roca, reniego del aire. 

[Publicado el 23/11/2007 a las 11:37]

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El jardín 5. Odio ser humano

Y, sin más, escribo el primer capítulo, una y otra vez, rasgando las hojas de mi cuaderno como si quisiera herirlas, apropiándome de cada palabra hasta cansarme, hasta hacerme daño. Luego, las transcribo en la computadora. Y las mando para que aparezcan aquí.

Entrada

Odio ser humano. Huyo entre las sábanas y, apenas parpadeo -el espejismo de la noche-,reencuentro mi estirpe carroñera. Mi consuelo es no haberme jamás reproducido, o así lo espero.

Alzarse es volverse cómplice. Me vence en cambio la urgencia de la bestia. Extiendo las piernas, me desentumo y completo el gesto que me confina en el cuarto de baño: orino, luego existo.

No puede ser éste un regreso, mascullo con saliva rancia, pegajosa. El regreso es otro nombre de la huida. Mi patria: este amasijo de hienas y fantasmas, su estruendo y el culto del olvido.

Tras la ventana, el mediodía.

Me pregunto -pero sólo Dios es sabio- si el sol de Oriente será más traicionero. Si la joven habrá sufrido sus lanzadas. Si habrá violado el luto de la tela. Si habrá palpado sus pechos y su vientre. O si la habrá cuidado a lo largo de su ruta.

El sol de Oriente.

Quedo desnudo -un cuerpo enclenque como el de esas fotografías-, dejo que el chorro de agua me limpie y desperece y, en un insulso remolino que es como la vida, se desperdicie por las redes subterráneas.

Miro los ojos rasgados de la joven -la paz sea con ella-, sus ojos parecidos a la perla semioculta. Cuántos kilómetros sin voz, cuántos pasos, cuántas jornadas de sed y de ventisca.

Su sombra en el desierto. Sus huellas que se pierden.

Y yo aquí, tibio, a salvo, maldiciendo el cauce de las horas. Me desplomo sobre el tejido de mosaicos y, ateo furibundo -¿cuál será la correcta dirección hacia La Meca?- rezo por ella.

A ti, Rey del Día del Juicio, pido ayuda (aunque no existas). Condúcela por el recto camino, el camino de aquellos a quienes has favorecido y no son objeto de tu ira.

A ti, Señor de los Necios, Señor de los Dementes, te ruego que la protejas y la guíes.

 

[Publicado el 22/11/2007 a las 10:27]

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El jardín 4. Qué saber

Portada del libro de Eloy Urroz¿Cuánto ha de saberse de la historia que uno busca contar antes de empezar a contarla? ¿Cuánto de los personajes que uno piensa inventar y con los cuales, inevitablemente, uno habrá de convivir? ¿Cuánto de la trama, del estilo, del narrador? Cada quién responde a estas preguntas a su manera. Mi amigo Eloy Urroz dedicó un ensayo (Las formas de la inteligencia amorosa) a tratar de resolver estas preguntas. O, más bien, a clasificar a los escritores dependiendo de lo que saben antes de empezar a escribir.

Según él -que sigue un tanto arbitrariamente a Otto Weininger-, algunos novelistas necesitan saber bastante antes de lanzarse sobre la página o la pantalla en blanco. Durante semanas, meses o años de preparación trazan esquemas, cuadros, sinopsis, perfiles de personajes, dibujos, serpientes y escaleras -como decíamos de jóvenes-, hilos de Ariadna que les permitan guiarse en los oscuros laberintos de la ficción. Eloy ubica como representante máximo de esta categoría a James Joyce. Y, con su típica propensión a las metáforas sexuales, llama a estos escritores "gineceicos".

En el otro extremo estarían aquellos escritores que no necesitan saber nada, o en todo caso muy poco -algunos atisbos, un chispazo, una vaga intuición- sobre lo que se aprestan a escribir. Quizás llevan semanas, meses o años rumiando historias o personajes o temas, pero cuando finalmente se sientan frente a sus cuadernos o sus computadoras no tienen la menor idea -ni aspiran a tenerla- de adónde van a parar. Eloy los identifica con D. H. Lawrence y los denomina "fálicos".

Por supuesto, Eloy se considera parte de estos últimos. Yo, en cambio, debo resignarme a ser "gineceico".

Como sea, en este caso yo no quiero saber mucho. Sé que me perturba el dolor ajeno. He pasado una cierta crisis íntima. He leído muchos libros sobre Irak. Pero, a diferencia de otras ocasiones, no he investigado nada preciso. No he tomado notas. No he dibujado esquemas ni he imaginado las vidas completas de mis personajes. Cuando al fin me siento y miro la hoja blanca de mi cuaderno -porque he decidido escribir a mano, ya hablaré de eso en otra entrada de esta bitácora- sólo sé unas cuantas cosas:

  1. Hablaré de mí, de lo peor que encuentro en mí
  2. Hablaré del abandono
  3. Hablaré de la salvación
  4. Imagino ya dos personajes: una chica iraquí y alguien parecido a mí
  5. Habrá un viaje, una huida, un regreso
  6. Quiero someterme a examen
  7. Escribiré con rabia
  8. Escribiré sin compasión hacia mí mismo
  9. Y, detrás de todo, el jardín

[Publicado el 21/11/2007 a las 09:34]

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El jardín 3. Umbral

Los inicios de los libros siempre me han fascinado. Ya se sabe: son el umbral, la llamada, el desafío. Necesitan ser lo suficientemente poderosos para hacer que el lector quiera seguir adelante. Cumplido este primer paso -habiendo doblegado su voluntad por un segundo- se ha ganado una primera batalla decisiva contra el lector.

Habrá quien juzgue esta metáfora sobre la relación autor-lector demasiado militar, pero yo discrepo de los críticos pacifistas que sostienen que escritor y lector forman una pareja idílica dedicada a cooperar entre sí. El escritor es, de entrada, un tirano: lo único que desea es transmitirle sus ideas y sus historias al lector. Por su lado, éste tampoco es dócil: se resiste a ser engañado y sólo se doblega ante la férrea dictadura de su adversario: es decir, ante una historia verosímil. Pero el combate entre ambos continúa librándose página a página.

Desde mi primera novela busqué -o se me apareció desde quién sabe dónde- un inicio que concentraba ya toda la trama. "Se llamaba Jorge, como yo, y por eso su vida me duele dos veces": la historia de un Jorge, acaso yo mismo, que persigue a otro, el poeta mexicano Jorge Cuesta. Luego, en mis tres novelas recientes, una línea de continuidad: "Basta de luz", "Basta de ruido", "Basta de podredumbre".

Ahora tampoco me ha costado encontrar la frase. Describe a la perfección mi estado de ánimo tras mi vuelta a México hace unos meses. El tono -el estado de ánimo- que busco para el libro. En primera persona, por supuesto: otro narrador que, sin nombre, soy yo y no soy yo (nada original hasta ahora). Aquí está:

Odio ser humano.

(En Firmin, el delicioso librito de Sam Savage que acabo de leer -en español está en Seix Barral-, su ratón-autor reflexiona sobre este mismo tema y pone ejemplos del peligro de primeras frases que son demasiado buenas, y que más que impulsar la lectura, la frustran o la detienen. Cuidado.)

Imagen de la portada de Firmin

 

[Publicado el 20/11/2007 a las 09:34]

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El jardín 2. Qué

El libro habrá de llamarse El jardín (o algo por el estilo) aunque vaya a haber muy pocas plantas en su interior. El sitio en que se unen lo natural y lo artificial: el novelista como sembrador, las historias como semillas que germinan por su cuenta.     

¿De dónde vienen los temas? ¿Por qué elegir uno (o unos cuantos) entre tantas posibilidades? ¿Qué lleva a un escritor a escribir sobre algo preciso?

Las teorías académicas son tan amplias como pretenciosas o aburridas. La elección del tema o los temas centrales de un libro -y de la forma que habrá de contenerlos- obedece a los caprichos de la vida misma. Aunque un escritor crea escoger un tema, ocurre que los temas -las ideas- nos atraviesan, provenientes de quién sabe qué otras mentes y otras vidas.

Las ideas, lo ha insinuado Dawkins, se comportan como seres vivos. Nacen en algún sitio desconocido y luego sólo buscan una sola cosa: multiplicarse, reproducirse, infectar al mayor número posible de mentes.

Los escritores no somos sino los vehículos para la supervivencia de ciertas ideas. Las creemos nuestras, las atesoramos, algunos insensatos incluso se muestran dispuestos a morir por ellas -morir por una idea, qué despropósito-, cuando somos sus siervos. Cuando mucho.

Un buen día despertamos con una idea particularmente virulenta en nuestra mente, se instala allí y por alguna razón no podemos olvidarla: literalmente nos invade (nos posee). Así nace la Obsesión. Y la inmediata necesidad de ayudarla a reproducirse: de escribirla, variarla, propagarla, contagiarla. Llevarla hasta ustedes para que, en el mejor de los casos, repitan el proceso.

Las ideas, los temas y los libros son, pues, parásitos. (Parásitos que nos cambian la vida, en el mejor de los casos).

Caricatura de Susan SontagYo sé muy bien de qué quiero escribir: del dolor.     

Del dolor ajeno.

¿Qué hacer ante él? Cómo paliarlo o combatirlo o atenuarlo. Cómo dominarlo. Cómo observarlo (Sontag). Cómo decirlo (Beckett). O cómo simplemente, olvidarlo.

¿Por qué este tema me trastorna, me obsesiona? La respuesta sólo podrá estar, por supuesto, en lo que escriba.

[Publicado el 19/11/2007 a las 09:11]

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El jardín 1. Propósito (o despropósito)

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Escribir. Escribir de nuevo. No otra novela -cualquier novela- sino una bitácora, una combinación de memoria, ficción, aforismos. Una aventura que sea, también, una negación. Un ejercicio de escritura, una forma de aprender a escribir de nuevo a un año de haber concluido la trilogía formada por En busca de Klingsor, El fin de la locura y No será la Tierra

Un punto y aparte después de diez años de explorar los mismos temas, el mismo estilo -la claridad-, las mismas tentaciones cotidianas. En busca de mí mismo tras haberme extraviado en largas y arduas parrafadas, cientos de rostros imaginarios y miles de páginas al garete.    

No pretendo un nuevo inicio: el lugar común me desquicia. Necesito, eso sí, cierta distancia. Medirme. Luchar contra mí mismo. Entrever qué ha quedado de mí después de este proceso o al menos imaginar qué puedo escribir a partir de ahora.    

Imagino este blog como un diario o un mapa de este intento necesariamente frustrado: la escritura de un libro que sea y no sea una novela. Ficción y no ficción. Un libro breve, por supuesto, y obviamente fragmentario. No para negar la desmesura, sino para comprender su maquinaria. Acaso.

Espero que este ejercicio pierda poco a poco su solemnidad, que me permita también burlarme de mí mismo. No sé si estas líneas vayan a interesarle a alguien -reconozco la exhibición impúdica, la soberbia, el descaro-, pero me permitirán calibrar la propia escritura en movimiento. Me propongo disecar día a día este insecto, todavía una larva, frente a ustedes. Hasta concluirlo. O hasta constatar mi fracaso.

[Publicado el 16/11/2007 a las 01:24]

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Biografía

Jorge Volpi (México, 1968) Es licenciado en Derecho y maestro en Letras Mexicanas por la unam y doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca.

 

Es autor de las novelas A pesar del oscuro silencio (Joaquín Mortiz, 1992; Planeta, 2000), Días de ira, en el volumen Tres bosquejos del mal (Siglo XXI, 1994; Muchnik Editores, 2000), La paz de los sepulcros (Aldus, 1995; Seix Barral, 2007), El temperamento melancólico (Nueva Imagen, 1996; Seix Barral, 2004) Sanar tu piel amarga (Nueva Imagen, 1997; Algaida, 2004) y El juego del Apocalipsis (DeBolsillo, 2000) y de los ensayos La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968 (Editorial Era, 1998) y La guerra y las palabras. Una historia del alzamiento zapatista (Editorial Era en México y Seix Barral en España, 2004).

 

En 1999 obtuvo el Premio Biblioteca Breve por su novela En busca de Klingsor (Seix Barral, 1999), con la cual inició una "Trilogía del siglo xx", y de la cual se han publicado ediciones en veintisiete idiomas y más de treinta países. En 2004 publicó la segunda parte de la trilogía, El fin de la locura (Seix Barral) y en 2006 la última parte, No será la Tierra (Alfaguara).

 

Ha sido profesor en las Universidades de Emory, Cornell y Las Américas de Puebla y ha dado conferencias numerosas instituciones educativas en México, Europa, América Latina y Asia. Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores de México y becario de la Fundación John S. Guggenheim. Actualmente es director del Canal 22, televisión cultural del Estado mexicano.

Bibliografía

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

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