Minisite sobre Kapuscinski

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

lunes, 12 de mayo de 2008

Blog de Jorge Volpi

El jardín 20. Música

imagen descriptiva

Laila tardó en descubrir que su oído era perfecto. El profesor Alí se lo anunció con el orgullo de quien ha ganado la lotería: el Retribuidor -enaltecido sea- te ha concedido un don más valioso que las perlas o el coral.

Laila temblaba. La flauta traversa era un tributo a su padre. El viejo doctor Karim no se cansaba de oír discos traídos de contrabando desde Londres, donde se especializó en cirugía en los setenta. Mozart y barrocos. Ella se embelezaba con la devoción de su padre aunque cabeceaba con las tenues melodías.

A los once dio Laila su primer recital (pomposa manera de decirlo) frente a los alumnos y maestros de su escuela: recibió muchos aplausos según ella inmerecidos.

Su padre la inscribió en la errática orquesta de la provincia: veinte o treinta muchachos kurdos, árabes e incluso turcomanos que desafinaban cada tarde ante el disgusto del profesor Alí. Para aquellos chicos era un fastidio o a lo sumo un juego, y sólo unos mellizos, Fuad y Abbás, soñaban con salas de concierto (uno tocaba el clarinete, el otro la trompeta).

Laila cambió de actitud al saberse bendecida. Aprendió que cada sonido tiene un nombre y que ella podía pronunciarlos. Do, sol, la sostenido: la música anidaba en todas partes, los motores y las aspas, los grillos, el llanto y los tifones. Tal vez hubiese preferido volar o conversar en el idioma de las aves, pero su don la enorgullecía: memorizaba las lecciones, se enamoraba del solfeo y pasaba horas enhebrando pentagramas. Mozart fue su compañía.

Mozart en Irak.

Su oído absoluto hoy le permite identificar las notas que emiten los rifles de asalto, los cazas supersónicos y las bombas de racimo.

[Publicado el 17/12/2007 a las 10:21]

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El jardín 19. Presente

Somos vulgares, predecibles: los amigos, los hermanos de otro tiempo -los conjurados- nos hemos convertido en lo que entonces odiábamos con saña: burócratas o especialistas. Voces insultantes que se esterilizan de pronto en nuestros labios.

Basta escucharnos: "madurez", "realidad", "instituciones". Alguien dice "patriotismo".

Nicolás me mira de soslayo.

-Enciende otro cigarrillo- sin disimular su vanidad de consejero en Gran Bretaña. Tibio, Javier se burla de su encargo en París y acentúa su perfil más miserable. Víctor ni siquiera ha venido a darme la bienvenida: no piensa saludar a quien se mofa de su catálogo de best-sellers y autoayuda. Y Pablo, macilento -ahora profundiza en la meditación zen, la ceremonia del té y los místicos budistas-, nombra a Vasconcelos como sustento de su cargo.

Quienes fuimos nos vapulearían.

El poder de otra manera, cita uno. Es tan fácil criticar sin hacer nada, se oye luego. Vacío mi copa y trato de borrar nuestra calvicie y el cinismo. Querría templar sus almas o la mía. ¿Qué decirnos? ¿Traidores onanistas?

Quince años atrás escupíamos, aullábamos. Hoy nos embrutecen las botellas de borgoña y los matices: le perdonamos la vida a los cretinos.

Reímos, celebramos el reencuentro. Nos aliviamos con historias de cuando aún seguíamos vivos.

Al final nos abrazamos.  

[Publicado el 10/12/2007 a las 20:49]

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El jardín 18. Descalza

Cuanto conoces queda destruido: flotan viejas palabras, el humo, cantos dolorosos. Turba la bruma el filo azul de un relámpago -ángel perverso- y el horizonte se quiebra por instantes.

Laila, el martilleo cimbra tu cabeza.

Un espasmo.

Otro.

Y otro.

Como si alguien te dislocase la mandíbula, encajase un puño en tu vientre y te rematase con un golpe en el pómulo derecho: cada estallido en el horizonte.

La niña que aún eres querría guarecerse, mas no hay dónde: dunas, páramos. Pedir auxilio -¿a quién, a los cadáveres?- o rendirte al invasor. Nadie te oye: quedan tú y el djinn que te acompaña. Para el enemigo eres una cifra, el precio de una idea, y los tuyos desconfían de una mujer que viaja sola e ignora sus dictados.

Caminas descalza, Laila, sobre las ruinas de tu patria. ¿Algo nos une?

Tu andar de noche.

[Publicado el 10/12/2007 a las 20:46]

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El jardín 17. ¿Podemos contarlo todo?

Otra pregunta fundamental para el novelista: ¿podemos contarlo todo? Es decir: apelando a la ficción, ¿puede el novelista transponer impunemente todos los detalles de su propia vida en un libro?

Ocurre tantas veces: en cuanto le confiesas a alguien por primera vez que eres novelista, una mirada de espanto se instala por unos minutos en los ojos de tu interlocutor. Se sabe: un novelista se dedica a saquear la realidad, es una especie de bandido que, para colmo, ataca a traición, fríamente, cuando la realidad ya no puede defenderse.

¿Tiene derecho el novelista a robar las historias que escucha en una fiesta, las confesiones que alguien le hace inocentemente, los relatos de amigos y enemigos, los chismes y cotilleos atrapados al vuelo en una conversación? Y, peor aún, ¿tiene derecho a convertir en personajes de sus libros a aquellos a quienes ha amado o detestado? ¿A quienes han marcado su vida?

Los saqueos abundan en la historia de la literatura. Recordemos la magnífica escena de Henry and June cuando ésta le reclama a Miller por haberla retratado tal cual es.

/upload/fotos/blogs_entradas/un_roman_russe1.jpgRecientemente, el novelista francés Emmanuel Carrère, el autor de El adversario, llevó a sus límites esta escandalosa relación del novelista con su entorno. En Un roman russe, Carrère insiste en que todo su relato es verídico, en que ha sido parte de su propia vida.

En efecto, el narrador de Un roman russe se llama Emmanuel Carrère, es cineasta y novelista, ha publicado con gran éxito un libro titulado El adversario, es hijo de la célebre historiadora Hélène Carrère d'Encausse y escribe un libro sobre su abuelo georgiano y sobre Sophie, una de sus últimas parejas.

¿Cómo saber hasta dónde estamos en el terreno de la ficción y hasta dónde en el de la autobiografía?

A lo largo del libro Carrère no repara en revelar los detalles más íntimos de su relación con Sophie. Su estilo es tan directo que inevitablemente llega un momento en que el lector se siente incómodo ante esta suerte de exhibición sentimental. Una especie de reality show en el cual el novelista no tiene el menor pudor en mostrar sus peores defectos... y los peores defectos de Sophie.

Y uno vuelve a preguntarse: ¿qué pensará Sophie de lo que ha escrito su antiguo amante?

Por supuesto, como sugiere el propio título de la novela, todo podría ser  un artificio. Una ficción. Quizás Sophie ni siquiera existe. Pero el tono del libro apuntar a lo contrario: he ahí su carácter más chocante, más perturbador.

¿Existe una moral del novelista? ¿Hay asuntos íntimos que jamás debería mostrar en público? ¿Igual que un psicoanalista o un abogado debería conservar cierto secreto profesional? ¿O puede narrar sin pudor las vidas de los otros?

Sólo hay una manera (tramposa) de salvarse. Una ficción es una ficción es una ficción. 

[Publicado el 10/12/2007 a las 20:43]

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El jardín 16. Arena

El jardín está bajo la arena. 

[Publicado el 10/12/2007 a las 20:38]

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El jardín 15. Padre

Insisto: no sólo el dolor de Laila, sino mi dolor y el dolor que yo provoco y el dolor que yo contemplo. El dolor del otro: el dolor de Ana. Ella será el otro personaje central de esta historia. 

Padre 

El padre de Ana era un hombre del sistema, factótum de célebres políticos -célebres por su avidez y corrupción-, gobernadores, alcaldes, secretarios: la ralea que llevaba más de medio siglo enriqueciéndose a nuestra costa. Pese a sus cargos y prebendas (reconozco su desprecio por el lujo) se avergonzaba de sus compinches, todos le parecían cortos de miras o mezquinos. Pero jamás denunció sus trampas o cuestionó sus negocios excepto en confesiones off the record.

Joaquín Sandoval representaba la evolución más frecuente del espíritu de los sesenta (al menos en mi patria): seguía siendo un hippie con los cabellos grasosos y revueltos, si bien cortos, jeans y sandalias destejidas, camisas a cuadros y odio a las corbatas. Aun incrustado en los miasmas del Partido, él que había sido miembro del Consejo Nacional de Huelga, se presumía revolucionario: un marxista resignado a ser pragmático.

Apenas sonreía. Más bien se desbocaba en vigorosas carcajadas y toscos manotazos: como todos los de su especie dominaba el arte de camuflar las emociones. En la intimidad era brutal e intransigente (por fortuna viajaba todo el tiempo). Ana lloraba al calibrar el peso de sus manos. En más de una ocasión la tumbó a bofetadas -ella era la terca o la ingrata- y en raptos de amargura llegó a patearla como a un perro.

Ana juraba odiarlo. Lo veneraba.

Don Joaquín no era capaz de conversar, de pedir algo por favor, de un atisbo de ternura. Demostró ser generoso con su hija cuando la envió a una universidad privada en la capital -ella había crecido en Ciudad Valles- y la apartó de su temple incontenible.

Los padres de Ana nunca se casaron y apenas compartieron techo unos meses. Don Joaquín le llevaba a doña Esther más de dos décadas. Muy joven ella se prendó de los ideales de aquel chivo corpulento -entonces tenía ideales-, de su vehemencia y su fragilidad de niño marrullero. Él pronto se marchó para desarrollar su labor política, pero nunca dejó de enviarle cartas desde innombrables municipios: quimeras y proyectos de futuro, inventarios de plantas exóticas, recetas de platillos regionales.

Doña Esther y don Joaquín se amaron en voz baja y por la fuerza. La prueba: doce años después de Ana, y aunque trabajaban a cientos de kilómetros -ella en Ciudad Valles, él en Oaxaca-, procrearon otro hijo.

Cuando doña Esther murió -una mujer sutil, alargadísima-, él se consagró a velar por su memoria. Abandonó las filas del Partido y por un tiempo recuperó sus principios sepultados.

Para Ana él era un muro: sus manos todavía la espantaban. Y juraba que, para adormecer el miedo que le infligían sus palabras, a los diez años tuvo su primera borrachera.  

[Publicado el 10/12/2007 a las 10:33]

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El jardín 14. Laila

Cuentan -aunque sólo Dios conoce la verdad de lo ocurrido- que en Mosul vivía un médico llamado Karim, a quien el Retribuidor había dotado de riqueza y astucia.

El doctor Karim había sido bendecido con tres hijos de singular apostura e inteligencia: Walid y Bashir, dos varones tan obedientes como piadosos, y una muchacha, Laila, la más pequeña y la más hermosa.

Y era Laila una sonrisa del cielo. Sus cabellos eran de oro y plata. Sus lágrimas, cuando lloraba, un gotear de perlas. Su voz, el canto de un pájaro. Y cuando sonreía un capullo de rosa se dibujaba en sus labios.

A sus diecinueve años Laila era madre de una radiante hija de dos meses, concebida en el más puro amor de su marido, un ingeniero de Kirkuk llamado Salih.

Se dice -aunque sólo Dios es testigo- que el doctor Karim se desvivía para sanar y consolar a sus pacientes sin reparar en su raza, credo o costumbres.

Otros afirman que el doctor Karim gozaba de la confianza de Uday, el hijo mayor del Abominable -su nombre sea maldito-, el cual solía convocarlo en sus aposentos cuando aparecía por Mosul con su séquito de esbirros. Al parecer era responsable de borrar las llagas que el mal humor de Uday imprimía en la piel de sus mujeres.

El doctor Karim jamás hablaba de sus visitas nocturnas a palacio y, cuando Laila le reprochaba su desvelo -una estrella en lontananza-, él rechinaba los dientes o mugía.

Cuando dio inicio la guerra y los combatientes del norte irrumpieron en Mosul, Laila vio como su padre, su esposo el ingeniero de Kirkuk y su radiante hija de dos meses caían abatidos por las balas de un peshmerga a las puertas mismas de su casa (por suerte sus hermanos se hallaban en la capital).

Laila perdió el habla y acaso la razón.

Una semana después ella también abandonó Mosul y, escoltada por un djinn que encontró en el camino -y su silencio-, partió rumbo a Bagdad, a pie, decidida a encontrar a sus hermanos.

La alabanza al Clemente, al Misericordioso, que creó la guerra, la desolación y la locura. 

[Publicado el 05/12/2007 a las 09:59]

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El jardín 13. Narrador

Mi punto de partida como novelista: explorar lo peor que hay en mí.

El narrador -innominado- habrá de parecerse mucho a mí mismo. Será casi igual a mí. Compartirá mis gustos, mis obsesiones, mis secretos. Vivirá una vida muy semejante a la que yo he vivido.

Pero no seré yo.

Como cualquier académico podría explicarlo, nunca hay que confundir al narrador de una novela con su autor.

Nunca.

El narrador será, entonces, un "ego experimental" -para usar el término de Milan Kundera-: una de las infinitas posibilidad de mí mismo.

¿Y qué nos diferencia?

Lo he dicho: quiero explorar lo peor que hay en mí. Y, para lograrlo, he de exacerbar mi escepticismo, mi descreimiento, mi frialdad, mi intolerancia, mi insensibilidad, mi miedo, mi odio.

Mis peores rasgos.

Para poder observarme así, a la distancia.

Para medirme como si me colocara bajo un microscopio.

Como si colocara bajo un microscopio lo peor que hay en mí. 

[Publicado el 04/12/2007 a las 10:03]

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El jardín 12. Dolor propio

Coincido: acaso la única forma de comprender, o más bien de acercarse, al dolor ajeno es a través del dolor propio. O, al menos, de la memoria del dolor propio (que es una forma de la imaginación).

Contaré, pues, mi historia.

La historia de mi dolor.

La historia del dolor que yo he compartido, o provocado.

No será sólo, pues, sólo la historia del dolor de Laila, o de lo que el dolor de Laila me provoca, sino la historia de mi dolor y el dolor de mis prójimos.

Pero, insisto, estas páginas no pretenden conformar un diario, ni siquiera un diario literario (en este caso electrónico), sino una novela.

-¿Y eso por qué?

-Porque, como he insinuado antes, la memoria de uno mismo siempre tiene algo de ficción. Y porque la imaginación literaria, aquella que permite no sólo retratar los hechos sino interpretarlos -y, a partir de allí, recrearlos-, ofrece una forma de investigar la realidad que considero más poderosa que la simple transposición de lo vivido.

-¿No será una trampa para ocultar aquello que te perturba, para alterar los recuerdos y acoplarlos a tu voluntad?

-El relato de uno mismo siempre tiene algo de máscara. La sinceridad absoluta es imposible. Pero una novela, una novela sobre uno mismo, debe rastrear en el fondo, acercarse al abismo. De otro modo sería inútil. Y, peor aún, inmoral (estéticamente inmoral).

-Repito: ¿usar la ficción para investigarte a ti mismo no será otra manera de querer manipularlo todo, de ordenar tu relato?

-Sin duda. Pero siempre hacemos eso. El relato del paciente en psicoanálisis (o en el confesionario) también es producto de una construcción imaginaria. Escribir una novela sobre uno mismo, en cambio, permite explorar intencionadamente no sólo lo que ya sé de mí, lo que intuyo de mí, sino lo que desconozco. Al modificar unos cuantos factores, al introducir elementos imaginarios, al alterar ciertas conductas, pretendo develar lados de mí mismo que jamás me atrevería a confesar de otra manera. 

[Publicado el 03/12/2007 a las 11:32]

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El jardín 11. Vuelta

Me creía viejo aunque no había cumplido treinta años. Bajo el sopor de julio los brazos en alto recordaban a gimnastas. Pero nadie sonreía: las consignas desafiaban el inminente retoque de campanas.

La plaza volvía a ser nuestra: no íbamos a tolerar otro saqueo. Demasiadas décadas de agravios -zumbidos del sesenta y ocho- agitaban la memoria. Un fraude sarnoso, descastado. La tarde previa el mastín del Gobierno había anunciado la "caída del sistema" y el triunfo irreversible de sus cómplices.

Como cada seis años.

Sucedieron protestas y denuncias. Nos dejaron vociferar sin encararnos: la represión, sabían, los hubiese sepultado. Optaron por el soborno, sobrias amenazas y fuegos de artificio. La televisión impuso su silencio y nuestro candidato al fin llamó a la calma (y aun así habrían de morir más de cuatrocientos militantes).

Decidí irme, ahogado por el asco.

Pasé quince años recluido en la docta indiferencia del experto. Emory, Cornell, Harvard: allí escapé del tiempo, acumulé mujeres y abandonos, rumié mi asco en artículos, papers y siete libros de análisis político.

El asco hacia mi patria, sus hienas y fantasmas.

Después cayeron las torres y el limbo se transformó en cuartel. Brotó el miedo, la delación, la paranoia: todos culpables salvo prueba en contrario. A continuación, la venganza. La invasión de Oriente.

Entonces volví a mi patria. Con mi despecho a cuestas. Con mi asco.

Volví. Otra mentira.

[Publicado el 30/11/2007 a las 11:44]

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Biografía

Jorge Volpi (México, 1968) Es licenciado en Derecho y maestro en Letras Mexicanas por la unam y doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca.

 

Es autor de las novelas A pesar del oscuro silencio (Joaquín Mortiz, 1992; Planeta, 2000), Días de ira, en el volumen Tres bosquejos del mal (Siglo XXI, 1994; Muchnik Editores, 2000), La paz de los sepulcros (Aldus, 1995; Seix Barral, 2007), El temperamento melancólico (Nueva Imagen, 1996; Seix Barral, 2004) Sanar tu piel amarga (Nueva Imagen, 1997; Algaida, 2004) y El juego del Apocalipsis (DeBolsillo, 2000) y de los ensayos La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968 (Editorial Era, 1998) y La guerra y las palabras. Una historia del alzamiento zapatista (Editorial Era en México y Seix Barral en España, 2004).

 

En 1999 obtuvo el Premio Biblioteca Breve por su novela En busca de Klingsor (Seix Barral, 1999), con la cual inició una "Trilogía del siglo xx", y de la cual se han publicado ediciones en veintisiete idiomas y más de treinta países. En 2004 publicó la segunda parte de la trilogía, El fin de la locura (Seix Barral) y en 2006 la última parte, No será la Tierra (Alfaguara).

 

Ha sido profesor en las Universidades de Emory, Cornell y Las Américas de Puebla y ha dado conferencias numerosas instituciones educativas en México, Europa, América Latina y Asia. Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores de México y becario de la Fundación John S. Guggenheim. Actualmente es director del Canal 22, televisión cultural del Estado mexicano.

Bibliografía

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

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