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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 23 de febrero de 2017

 Blog de Jorge Volpi

Tres mujeres

La superviviente, la nostálgica, la insumisa. En un país drásticamente conservador -el divorcio unilateral se aprobó en 2005-, tres mujeres han protagonizado las elecciones chilenas del 17 de noviembre: Michelle Bachelet, Evelyn Matthei y Camila Vallejo. La primera, expresidenta y candidata victoriosa (con casi el 47 por ciento de los votos); la segunda, derrotada (pero, contra todos los pronósticos, capaz de pasar al balotaje); y la antigua dirigente estudiantil, y hoy diputada comunista, cuya imagen presidió las tumultuosas manifestaciones del 2011.

            Como la prensa no ha cesado de recordar, Bachelet y Mathei pertenecen a la misma generación (una de 1951, otra de 1953) pero representan los extremos antagónicos de la sociedad chilena. Ambas hijas de miembros de las fuerzas armadas que fueron buenos amigos antes del golpe de Estado, encarnan la confrontación entre quienes fueron represaliados por el tirano y luego buscaron su salida con el No en el plebiscito de 1988, como Bachelet, y quienes se mantuvieron fieles al dictador y, desde las filas de la "nueva" derecha, defendieron el a su continuidad, como Matthei.   

            Su genealogía resulta tan dramática que parecería propia de una novela. Porque, si bien el entonces coronel Fernando Matthei no participó en el golpe, pues se desempeñaba como agregado militar en Londres, a su regreso a Chile dirigió la Academia de Guerra Aérea, donde se hallaba preso su antiguo camarada, destacado miembro del gobierno de Allende. Torturado por sus colegas y alumnos, el general Alberto Bachelet murió poco después en la Cárcel Pública de Santiago. La joven Michelle fue detenida en 1975, interrogada y torturada en la infame Villa Grimaldi, hasta su exilio en Australia y Alemania Democrática, donde concluyó sus estudios de medicina.

De vuelta en su patria, siguió una ascendente carrera que la llevó a la presidencia en 2005 luego de ser ministra de Salud y de Defensa. Durante este periodo, Bachelet se distinguió por su sensatez, sin renunciar a una agenda progresista con la cual se empeñó en revertir las tendencias autoritarias que seguían vigentes en el Chile de entonces. No obstante su popularidad, en 2009 los electores mostraron su hartazgo hacia la Concertación y le entregaron el poder a Sebastián Piñera, el primer líder de la derecha que gobernaba al país desde la expulsión de Pinochet (aunque fuese uno de los escasos dirigentes de su sector que votaron por el No.) 

            Para este nuevo período, Bachelet ha presentado una serie de propuestas decididas a llevar a eliminar los últimos resquicios dictatoriales del sistema. Haciendo suyas las consignas de los estudiantes que se alzaron contra Piñera -y en realidad contra toda la clase política-, mostrando las profundas desigualdades heredadas de la salvaje economía de mercado impuesta por el pinochetismo, la expresidenta logró sumar un amplio espectro ideológico en su entorno -de la Democracia Cristiana al Partido Comunista- y consiguió imponerse por más de veinte puntos, aunque a la larga han resultado insuficientes para triunfar en primera vuelta.

            Pese a que Matthei no posee el carisma para enfrentársele y de seguro sufrirá una humillante derrota en diciembre -en realidad fue la candidata sustituta tras la depresión sufrida por su antecesor-, obtuvo casi una cuarta parte de los sufragios, pertenecientes a ese poderoso sector que suma a su nostalgia por el antiguo régimen una defensa a ultranza del neoliberalismo. Tras su inminente victoria, Bachelet podrá imponer algunas reformas en solitario -por ejemplo, la educación gratuita de calidad-, pero se verá obligada a negociar la nueva constitución que considera necesaria para anular por fin la herencia de Pinochet.

            En este escenario, la elección de Camila Vallejo (nacida justo en 1988), al lado de tres dirigentes estudiantiles, apenas sorprende. La diputada comunista podría ser hija de Bachelet o Matthei, pero simboliza a una generación que, haciendo a un lado la indiferencia de sus mayores, le ha devuelto a Chile ese espíritu irredento adormecido por la dictadura. Los jóvenes han insistido en que no le otorgarán un cheque en blanco a la presidenta, pero ella ha tenido la sensibilidad de convertirlos en punta de lanza de su regreso. En contra de las voces que lamentan el fin del "experimento chileno", la unión de dos mujeres tan disímbolas como Bachelet y Vallejo ofrece uno de esos escasos resquicios de esperanza que hoy vive la izquierda en América Latina.

 

Publicado en Reforma, 24.11.13

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 24/11/2013 a las 18:32]

[Etiquetas: Bachelet; Matthei; Vallejo; Chile]

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Ser Julian Assange

El primer retrato apenas se aleja de las películas de superhéroes estilo Batman o El hombre araña, en las que un adolescente -de preferencia solitario e inadaptado, si no de plano freak- descubre, a la par de sus poderes, su desgarradora misión en la Tierra. En la película australiana Underground, de Robert Connolly (2012), es posible seguir al testarudo y brillante Julian en el camino de transformarse de un inseguro fanático de la tecnología en uno de los hackers más relevantes de nuestro tiempo.

Aunque fiel a los hechos, el biopic no elude las convenciones del género: educado por una hippie que huye con sus hijos de un confín a otro al ser perseguida por un exesposo ligado a una secta supremacista, el joven Julian crece sin otra atadura que las computadoras. Cuando por fin se instala en un suburbio de Melbourne, nuestro héroe se rodea de un trío de geeks que lo ensalza como líder y, valiéndose de su destreza como programador -y un talento natural para la manipulación-, se infiltra en la red militar de Estados Unidos, donde descubrirá las atrocidades de la Primera Guerra del Golfo que años después lo conducirán a fundar Wikileaks. Los villanos en esta suerte de precuela son un veterano policía y su asistente, quienes no descansan hasta cazar al grupo anarquista provocando la traición de uno de sus miembros: un antecedente que tendrá un profundo impacto en la paranoia de nuestro héroe, quien será acusado de 24 delitos, si bien su sentencia será rebajada por razones familiares. La conclusión es obvia: pese a este fracaso, el destino de Assange se encuentra cifrado en esa primera inmersión en los secretos del poder.

Mucho más equilibrado -y astuto- resulta el documental We Steal Secrets (Nosotros robamos secretos), de Alex Gibney (2013), que comienza donde terminaba Underground. Aquí, las excentricidades de Assange se ven compensadas con las de otros personajes tan inquietantes como él: Bradley Manning -ahora conocido como Chelsea-, el perturbado analista militar que le filtró miles de cables confidenciales; Adrian Lemo, el odioso hacker que lo denuncia; e incluso el sosegado -y vengativo- Daniel Domscheit-Berg, el fiel-escudero-convertido-en-detractor.

Cuidándose de ofrecer puntos de vista contrastantes, Gibney articula un relato tan apasionante como un thriller por medio de una poderosa imaginería visual. Sin mostrar una agenda demasiado explícita, no sólo revela los resquicios opacos de sus personajes, sino que pone sobre la mesa, sutilmente, los agudos conflictos éticos y políticos que plantean. Assange no es desde luego un héroe -un héroe impoluto-, pero tampoco un villano: no se exageran sus virtudes ni sus defectos, al tiempo que no se escamotean sus aristas más problemáticas, en particular las denuncias de asalto sexual (si bien una de las denunciantes aparece profusamente en pantalla).

En este contexto, la aparición de The Fifth Estate (El quinto poder) de Bill Condon (2013) parece tan redundante como predecible. El guión, basado en el libro de Domscheit-Berg y en otra pieza muy crítica con el fundador de Wikileaks, ha estado rodeada de polémica. Desde su refugio en la embajada de Ecuador en Londres, Assange no ha cesado de vapulearla -incluso le envió una amarga diatriba a Benedict Cumberbach, el actor británico que borda una desasosegante encarnación suya- y, en un guiño metatextual, la propia película culmina con una entrevista en la que (el falso) Assange la desprecia.

Guionista y director de El quinto poder parecen empeñados en demostrar que, si bien las intenciones de Assange pudieron ser loables, él es un sujeto moralmente detestable que siempre buscó resguardar sus secretos tanto como exhibir los ajenos. El equilibrio deviene falso, y uno entiende por qué los apóstoles de Assange han querido ver en esta superproducción la mano de la CIA. Es probable que el fundador de Wikileaks sea un manipulador egocéntrico -y acaso un predador sexual- pero, como se dice en We Steal Secrets, no deja de resultar sospechoso que todas las descalificaciones confluyan en su persona y en cambio Estados Unidos se abstenga de atacar a los medios que publicaron sus revelaciones -y que, en casos como el del New York Times y The Guardian, se han convertido en sus peores enemigos.

            Como ocurría en Being John Malkovich, sin duda existen infinitos Assanges -como los que se multiplican, de forma un tanto pedestre, en El quinto poder-, pero si bien al inicio una figura tan poliédrica como la suya era necesaria para dar voz a Wikileaks, su protagonismo extremo, propiciado por su vanidad y usado en su contra por Estados Unidos, ha dispersado una cortina de humo sobre la parte más importante de su labor: los cables que muestran las mentiras y dobles raseros de los poderosos del mundo y, peor aún, los crímenes -en muchos casos, los crímenes de guerra- cometidos por ellos sin que nadie los persiga mientras nosotros debatimos si el cabello platinado de Assange es teñido o natural.

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 17/11/2013 a las 15:27]

[Etiquetas: Julian Assange; Wikileaks; Fifth Estate; We Steal Secrets]

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Mutantes

Observémoslos de cerca, como si perteneciesen a una nueva especie o, más probablemente, como si fueran una mutación de la nuestra. A los cinco o seis años -tres o cuatro, en casos extremos- se encuentran ya abrumadoramente rodeados de pantallas: pasan de la omnipresente televisión a sus primeros videojuegos con la naturalidad con que los niños del pasado transitaban de los cuentos que sus padres les leían a armar legos o jugar al futbol. Su primer contacto con el exterior se moldea allí, entre los dibujos animados -cada vez menos realistas, con lógicas cada vez más difusas- y las fatigosas pruebas que deben atravesar Mario Bros y sus émulos.

            Cuando no han llegado a la adolescencia, a los doce o trece, ya poseen una tableta -nos referimos a especímenes de las clases pudientes- o una computadora portátil, se conectan a internet y se comunican por correo electrónico, resuelven sus tareas con la grácil ayuda de Google y la Wikipedia y, esquivando los controles parentales, se han inscrito en Facebook falsificando sus edades. Para entonces ya han aprendido a desconfiar de su memoria para valerse de la memoria ampliada de la Red -ajustándose, sin saberlo, a la jerarquía de sus algoritmos-, se han acostumbrado a migrar de una pantalla a otra en un parpadeo y han comenzado a crearse identidades más parecidas a sus deseos que a la realidad. Entretanto, sus padres y maestros (tan esforzadamente digitales) no se cansan de reprenderlos, deja ya esa computadora, si no sacas buenas notas te quitamos la tableta, no puedes usar Facebook todavía, olvídate de un iPhone, y los acusan de tener síndrome de atención dispersa, de no leer libros en papel, de permanecer encerrados en vez de correr libremente por el parque.

A los dieciséis o diecisiete, en verdad ya son miembros de otra raza, si no de otro planeta. El día entero entre el teléfono inteligente, la tableta, la computadora y, en menor medida, la televisión y el cine. Allí se descubren a sí mismos, allí aprenden lo bueno y lo malo, allí se enamoran y allí sufren -allí viven. A esas alturas, sus padres y maestros han abandonado la carrera: imposible limitar a esos seres incontrolables, imposible sacarlos de allí. (Por otro lado, los adultos tampoco dejan su maldito iPhone ni a la hora de comer.) 

Los jóvenes con naturalidad, y los mayores con culpa, comparten la misma adicción, sólo que los segundos no paran de quejarse, mientras que los primeros ni los oyen, aislados con sus audífonos. Para ese momento, unos y otros pasan horas y horas en las redes sociales. ¿Y qué hacen allí? Antes que nada, se exhiben y escudriñan las vidas de los otros. En Facebook, y luego en Instagram, Pinterest y Twitter, lo primero es modelarse un yo a la medida: un perfil -una máscara. En aras de que ésta sea popular y reciba cientos de "me gusta", poco importa la intimidad, en el añejo sentido del término, y mejor atiborrar las cuenta con fotos y comentarios impúdicos que pasar inadvertido. Pulsión que se complementa con la de entrometerse en las historias ajenas -estalquear, en la jerga del género- con tanta envidia como morbo.

Los críticos nostálgicos (la mayoría) deploran lo ocurrido, como si la época en que los adolescentes ligaban en discotecas hubiese sido una edad de oro. Los neomarxistas sostienen que la forma de "venderse" y buscar desesperadamente la fama en Facebook o Twitter replica lo peor del capitalismo salvaje. Y los neoconservadores alertan sobre los infinitos peligros de ese espacio sin dioses ni reglas morales, a caballo entre la fantasía y el crimen. En el otro bando, geeks y gurús de internet sólo remarcan las ventajas de construirse identidades a modo, de eludir fronteras y autoridades, de cooperar en proyectos desde mil sitios cambiantes, de poder ser a la vez anónimos y descarados en la telaraña virtual.

Y, en medio de estas disputas, estados y empresas se baten en auténticas guerras para conservar o aumentar su poder y sus ingresos aprovechándose de los resquicios del nuevo entorno. Gobiernos como el estadounidense y empresas como Google o Facebook no parpadean a la hora de apoderarse de todos los datos de sus usuarios -antes llamados ciudadanos- al tiempo que buscan escamotear la mayor cantidad de información propia por "motivos de seguridad" corporativa o nacional.

La gran pregunta que subyace a esta mutación -imposible darle otro nombre- es si nos hace más o menos libres. La respuesta no es, por supuesto, sencilla. Pero, en medio de la confusión, sólo valdría tener en cuenta que, nos guste o no, el mundo digital ya es nuestro mundo: la nostalgia de un pasado idílico sólo estorba cuando hay batallas urgentes qué librar, con los mismos instrumentos de la Red, para que los gobiernos sean verdaderamente más abiertos, para que las empresas tecnológicas y los servicios de seguridad respeten la privacidad individual y para que, contrariando la tendencia de las últimas tres décadas, nuestras sociedades sean cada vez menos injustas.

 Publicado en Reforma, 10.11.13

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 10/11/2013 a las 16:30]

[Etiquetas: Cultura digital; nativos digitales; nostalgia analógica]

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Heracles, periodista

Agradezco la invitación que se me ha hecho para participar en la entrega del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Para mí es una alegría y un honor que se le permita a un escritor de ficción celebrar de una de las profesiones más relevantes y acaso también más riesgosas de nuestro tiempo. Sin considerarlos por fuerza émulos de Heracles, quizás valga la pena enumerar algunas de las tareas que los periodistas de nuestra época han de realizar a fin de eludir la irrelevancia, tolerar presiones y amenazas, sobreponerse a incontables peligros y continuar desempeñándose como actores fundamentales en nuestra azarosa modernidad democrática.  

 

1 El león de Nemea

 

La realidad política se parece al bilioso felino que asolaba la región de Nemea. Heracles no logró matarlo hasta que logró atrapar al monstruo en su propia madriguera y, una vez muerto, lo desolló con sus mismas garras. Igual que el héroe griego, la principal labor del periodista moderno consiste en lidiar con la bestia del poder o, sería mejor decir, de los poderes. Todas esas fuerzas que, si no son controladas o supervisadas -si no son exhibidas-, anteponen sus intereses al interés general. Con la excepción de Cuba, hoy en América Latina campean las democracias. Su calidad, sin embargo, deja mucho que desear: sin duda los procedimientos electorales se llevan a cabo, y existen leyes que regulan el entramado institucional y protegen los derechos humanos, pero entre la letra escrita y la vida cotidiana se abre un abismo que sólo el buen periodista es capaz de explorar. Como la bestia de Nemea, los poderosos poseen una piel correosa que les garantiza la mayor impunidad. No se trata de que éste tenga por fuerza que asesinar (en términos simbólicos) al poderoso en turno, pero sí de que ha de acorralarlo con sus propias palabras y desollarlo al exhibir la disparidad entre lo que dice y lo que hace. Una democracia que no muestra sus entrañas no es una auténtica democracia. Por ello, el periodista debe concentrarse en mostrar lo que no se ve, en desvelar -en el sentido mítico de la palabra- lo que ocurre detrás de cada decisión política, de cada versión oficial (y cada boletín de prensa). Una tarea semejante a la de enfrentarse a un león hambriento.

 

2 La hidra de Lerna

 

            En la primera temporada de Newsroom, la serie de HBO de Aaron Sorkin, los conductores y reporteros de un sistema de noticias privado se enfrentan a diario a sus mayores enemigos: los dueños de su propia cadena de noticias. A diferencia de lo que ocurre en América Latina, donde las presiones y amenazas contra los periodistas provienen de los políticos o, como veremos en el siguiente apartado, de los criminales, en Estados Unidos los intereses empresariales predominan a la hora de acallar o manipular a la prensa. Un fenómeno cada vez más extendido en nuestra región. La credibilidad que el ciudadano le concede a un periodista se basa tanto en su prestigio personal como en la trayectoria de su lugar de trabajo. Sólo que, en esta época de concentraciones, los dueños de los medios suelen ser propietarios de un sinnúmero de empresas que van de canales de televisión, radiodifusoras, editoriales y revistas a compañías energéticas o tiendas de departamentos. Según la leyenda, la hidra de Lerna poseía nueve cabezas que se regeneraban de dos en dos cada vez que una era cortada. Heracles sólo consiguió vencerla cercenando los cuellos de la bestia a gran velocidad, al tiempo que su sobrino Yolao cauterizaba las heridas. Los intereses económicos de los medios de comunicación se multiplican con la misma velocidad que las cabezas de la hidra. Si en otros tiempos los principales enemigos de los periodistas eran los políticos, cada día es más frecuente que sean sus propios patrones quienes buscan presionarlos o acallarlos. Si un profesional quiere escapar de esta opresión, ha de mantener su rostro permanentemente cubierto para protegerse del fétido aliento de quienes buscan utilizarlo como instrumento de sus agendas y está obligado a cercenar todas las cabezas que sean necesarias si está decidido a llegar a la verdad. Claro que, en el proceso, su propia cabeza está en juego.   

  

3 La cierva de Cerinea

 

            En los últimos años, México se ha convertido en el país más riesgoso para el ejercicio de la profesión periodística, no ya por las amenazas cumplidas de los políticos, sino de los cárteles del narcotráfico o de los militares y paramilitares que los combaten. Desde que se inició la llamada "guerra contra el narco", decenas de periodistas han sido asesinados y otros tantos han tenido que exiliarse o abandonar su profesión. Además, numerosos diarios han dejado de informar sobre hechos criminales o de plano han tenido que cerrar y liquidar a sus plantillas ante las amenazas que reciben a diario. Una realidad atroz que oculta otra: la de quienes han puesto su pluma al servicio de los criminales. En entornos como éste, el periodista debe ser tan rápido como Heracles, a quien le llevó un año capturar a la cierva de Cerinea -un animal dotado con pezuñas de oro, como las armas con joyas incrustadas de nuestros capos-, y ser capaz de eludir tanto la censura como la autocensura a la hora de informar sobre la feroz confrontación entre los narcotraficantes y las fuerzas del orden.

 

4 Jabalí de Erimanto

 

            Conforme al mito, el jabalí de Erimanto era una bestia que provocaba terremotos al galope, comía carne humana y aparecía de pronto en cualquier lugar. El poder, en nuestra época, comparte esta condición: si no es capaz de devorarnos, nos vigila sin tregua, al tiempo que resulta siempre elusivo, misterioso, inaccesible. No deja de resultar paradójico que, justo cuando la democracia se ha impuesto como forma de gobierno, el Gran Hermano de Orwell se convierta en una metáfora omnipresente. Desde los atentados contra las Torres Gemelas en 2001, las distintas sociedades democráticas del planeta se han vuelto cada vez menos reacias a ser permanentemente controladas. Lo más desasosegante de las revelaciones de Wikileaks o de Edward Snowden es que apenas nos resulten inquietantes. En este escenario, al periodista está obligado a estudiar, confirmar e interpretar el cúmulo de filtraciones que de manera cada vez más frecuente inundan nuestra escena pública y, por el otro, ha de perseguir sin tregua a las autoridades que, en aras de defender la seguridad nacional, actúan con poderes extraordinarios, como si nos encontrásemos en un permanente estado de emergencia. La persecución sufrida por Manning, Assange, Snowden y otros filtradores y hackers es una advertencia para cualquiera que se atreva a revelar secretos de Estado y, en especial, para los periodistas que investigan estos temas. El Gran Jabalí se ha instalado allí, frente a nosotros, y no dudará en devorar a los traidores que buscan revelar sus misterios.

 

5 Los establos de Augías

 

Incluso quienes no somos nativos digitales sentimos que Internet nos acompaña desde hace siglos, pero en realidad los primeros blogs datan de fines de los años noventa, que la Wikipedia nació en 2001, Facebook en 2004, Twitter en 2006, los primeros iPhones en 2007 e Instagram en 2010. La aparición de Internet y la vertiginosa expansión de las redes sociales ha supuesto un nuevo y apasionante desafío para los periodistas. Gracias a estos nuevos medios, hoy cada vez que ocurre un desastre natural, un magnicidio, un atentado terrorista, una justa deportiva o incluso una revolución, cientos o miles de reporteros espontáneos capturan la información en vivo, mucho más rápido que cualquier sistema de noticias, la documentan con fotografías y videos e incluso la interpretan para los miles o incluso millones de personas que los siguen. Si bien muchos de estos improvisados reporteros podrían convertirse en profesionales, la sobreabundancia de información, la posibilidad de falsear cuentas y, en resumen, la ausencia de rigor empañan su trabajo. En una sociedad democrática, el exceso de información puede resultar tan dañino como su ausencia. Sin duda, la posibilidad de que cualquiera pueda dar cuenta de un acontecimiento permite que la sociedad se torne más abierta -no es casual que los regímenes autoritarios persigan con más saña a los blogueros que a los profesionales-, pero puede abismarnos en una confusión aún mayor. Obligado a limpiar los establos de Augias, poblados por bestias inmortales cuyos excrementos se acumulaban desde hacía decenios, Heracles se las ingenió para desviar el curso de dos ríos que no tardaron en limpiar la suciedad. Como el héroe griego, al periodista no sólo le corresponde perseguir nuevas informaciones, sino desbrozar los caudales de información que cada día circulan en Internet y en las redes sociales para conferirle un poco de orden a ese caos cotidiano. 

 

6 Los pájaros de Estínfalo

 

            La crisis. Todo lo que ocurre es culpa de la crisis. Los despidos. El recorte de plantillas. La disminución de sueldos y prestaciones. La desaparición de secciones completas de los diarios. La desaparición de numerosos diarios. La crisis. Más amenazante que las feroces aves de rapiña que sobrevolaban el lago Estínfalo, la crisis se lleva todo por delante. Porque la crisis atenaza. Porque la crisis paraliza. Porque nadie puede vencer a la crisis. Decenas de periodistas despedidos. Redacciones semivacías. O periodistas que, por el mismo sueldo, han de aparecer en radio y televisión y, de paso, escribir una columna diaria. Periodistas todoterreno. Periodistas sin tiempo -ni recursos- para cumplir la parte fundamental de su trabajo: investigar, confrontar, entrevistar, interpretar. Sí, otro de los grandes peligros que se ciernen sobre los periodistas de nuestra época es esta crisis, tan real como imaginaria.  Al final, sólo la intervención de Atenea, quien le proporcionó a Heracles un cascabel mágico para ahuyentar a las aves del Estínfalo, permitió que nuestro héroe saliese airoso de su tarea. Pero, ¿qué acto de magia se necesitará para que el periodista disponga del tiempo y los recursos necesarios para consagrarse a su labor, ahuyentando el obsceno fantasma de la crisis?

 

7 El toro de Creta

 

            En menos de una década, la forma en que los ciudadanos se informan ha sufrido una drástica mutación, modificando la naturaleza misma de diarios y revistas, que han tenido que adaptarse -a trompicones- al nuevo ecosistema digital. Primero, los medios se apresuraron a incorporar a sus tareas habituales la puesta en marcha de sitios digitales que complementaban sus publicaciones impresas; luego, a una velocidad mucho mayor de la prevista, estas aparentes excrecencias devoraron a sus matrices. De un día para otro, los medios tradicionales entraron en crisis: al constatar que sus lectores digitales se multiplicaban al tiempo que sus lectores en papel disminuían en una proporción equivalente, sus directivos tomaron distintas estrategias: cobrar por el acceso a sus informaciones en la red; cobrar por una parte de dichas informaciones; cerrar por completo el negocio en papel; o intentar navegar entre los dos mundos. Hoy, la lectura de impresos no ha desaparecido, pero hay millones de jóvenes que jamás han comprado un periódico en un quiosco. Esta transformación en la lectura de noticias entraña una transformación no sólo de los medios, sino del trabajo que los periodistas llevan a cabo. Antes, uno compraba el periódico, lo hojeaba durante algunos minutos -los domingos incluso horas- y se enteraba de noticias que jamás habría buscado de manera natural. Hoy, el lector oscila de un medio a otro, guiándose por las recomendaciones de su timeline o el sorprendente itinerario de los links. En su séptimo trabajo, Heracles se vio obligado a viajar a Creta para capturar al célebre toro, padre del Minotauro, que echaba fuego por las narices. Montándose en su lomo, el héroe navegó hasta Micenas, donde lo dejó libre. Hoy, el periodista no tiene más remedio que navegar por la Red, consciente de que la información que proporciona ya no se equilibra en el contexto de su propia publicación, sino con la procelosa corriente del océano digital.

 

8 Las yeguas de Diomedes

 

            Si bien las nuevas tecnologías le han arrebatado a los medios tradicionales el privilegio de ser las principales fuentes de información en el espacio público, éstas también son las responsables de una paradójica revitalización del periodismo escrito: por más que ahora uno no lea un diario o una revista de cabo a rabo, los saltos de un enlace a otro nos conducen a una suerte de periódicos a la carta que cada usuario construye día con día. Por desgracia, en una región caracterizada por una pavorosa inequidad como América Latina, sólo una pequeña parte de la población dispone de los medios tecnológicos para informarse de esta manera. Si a ello se suman los muy pobres índices de lectura, la conclusión es que la mayor parte de la población termina informándose sólo a través de la radio y la televisión. De este modo, nuestras democracias están habitadas por ciudadanos que en el mejor de los casos dedican media hora a alguno de los noticieros emblemáticos de las cadenas privadas y a escuchar los cortes informativos de las estaciones de música. En televisión, las noticias se encuentran sometidas, más que a los altos principios del periodismo investigativo, a las normas del propias del espectáculo. Cada noticia, que no dura más de tres minutos en pantalla, forma parte de una narrativa que no busca privilegiar la profundidad sino el show bussiness. Igual que las voraces yeguas de Diomedes, los medios electrónicos lo devoran todo a su paso, dejándonos sólo miserables osamentas de información.

 

9 El cinturón de Hipólita

 

            La sociedad del espectáculo, anunciada hace casi medio siglo por Guy Debord, se ha vuelto tan natural que ya apenas reparamos en ella. En nuestros días, todas las noticias tienen que ser sexys -y lo peor es que ya a nadie le escandaliza el uso de este término. Se trate de un huracán o de un golpe de estado, de una votación decisiva en el parlamento o de las declaraciones del presidente, toda información debe ser vendible. Incluso los medios más respetados no dudan en emplear recursos que antes se reservaban sólo a la prensa de sociales, la nota roja y del corazón. Mientras que las páginas de información y de cultura se reducen, proliferan las de espectáculos, sociales y deportes. Una cosa es que el periodista o el redactor busquen atraer la atención con los recursos de la narrativa y otra que se vuelvan acólitos de una estrategia que sólo resaltar los detalles más burdos, grotescos o melodramáticos de una noticia. En medio de tanta fatuidad, el periodista ha de perseguir el rigor como Heracles buscó el cinturón mágico de la amazona Hipólita eludiendo la tentación de ser un protagonista más del espectáculo.   

 

10 El ganado de Gerión

 

            Si por un lado nos vivimos en el reino de la banalidad, por el otro nos acecha el imperio de la opinión. Mientras los espacios para la información dura se reducen por doquier, se multiplican aquellos en los cuales toda suerte de comentaristas -opinócratas, los llama Jorge Castañeda- nos ilustran sobre todas las materias imaginables. Nada tendría de malo que en sociedades democráticas cualquiera pueda expresar sus puntos de vista pero, como un antídoto tal vez excesivo a nuestro pasado autoritario, ahora parece que resulta mucho más importante opinar sobre un asunto que informar sobre él. Se multiplican las columnas, los artículos, los comentarios electrónicos, los blogs personales, los posts y videoposts, los tuits y las actualizaciones de Facebook, como si todo el mundo tuviese algo relevante que decir. Parecería que los opinócratas compiten para colocarse en una suerte de top ten de la influencia mediática, adueñándose de un poder simbólico que ejercer sin frenos. Geriones con tres cuerpos, éstos no se detienen ante nada. El verdadero periodista también ha de lidiar con ellos, y con su propia e irrefrenable tendencia a opinar.

 

11 Las manzanas del Jardín de las Hespérides

 

            Cuando Heracles creyó haber terminado con los diez trabajos que le encomendó Euristeo, éste añadió dos más a la lista. En el primero, Heracles debía robar las manzanas del jardín de las Hespérides, el lugar donde moraban ninfas dedicadas al arte. Tras cumplir cada una de las labores anteriores, el periodista contemporáneo todavía debe empeñarse en buscar la poesía. Rivales enconadas o disciplinas complementarias, el periodismo y la literatura no siempre han sabido amalgamarse. Frente a la rigurosa búsqueda de la verdad, las florituras formales de la literatura pueden parecer vacuas o superfluas; y, frente a la belleza literaria, el periodismo puede resultar demasiado burdo o anodino. Por fortuna, gracias a los esfuerzos de grandes escritores dispuestos a "rebajarse" al periodismo, o de grandes periodistas versados en la tradición literaria, disponemos de soberbios textos que, sin dejar de ser periodismo, son también alta literatura. Del Nuevo Periodismo al auge del periodismo narrativo que hoy se vive en América Latina, allí están las pruebas de que este matrimonio es posible: sin sacrificar la claridad, la transparencia y el rigor del periodismo, el uso de recursos retóricos y formales provenientes de la novela, el teatro o la poesía no hacen sino enriquecer la verdad periodística.

 

12  La captura de Cerbero

 

            El último trabajo de Heracles, capturar a Cerbero, el guardián de los infiernos, deberíamos leerlo en clave casi psicoanalítica: es el desafío de descender a las profundidades de uno mismo, de seguir una ética propia sin fisuras, de perseguir la verdad -y las verdades- a sangre y lodo, de no dejarse vencer ni por la soberbia ni por el miedo, de no encaramarse en la ola de la inercia o de la fama, de eludir tanto los reflectores como las compañías del poder que se ejercen tras las sombras, de estar convencido de que, al final de cada aventura -de cada reportaje, de cada crónica, de cada entrevista, de cada artículo-, no sólo se encuentra la satisfacción ante el trabajo cumplido, sino el grano de arena que contribuye, con idénticas dosis de humildad y de orgullo, a perfeccionar el funcionamiento de nuestras azarosas sociedades democráticas.

 

Discurso leído durante la entrega del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar de Colombia. Bogotá, 28 de octubre, 2013

 

Una versión distinta de este texto se publicó en Reforma, 3 de noviembre, 2013

[Publicado el 03/11/2013 a las 15:58]

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Lampedusa, Tamaulipas

A veces es un río. Un caudal proceloso que debes nadar eludiendo las corrientes, aterido hasta los huesos, en una noche sin luna. O un lecho lodoso y fétido, en donde cada paso se convierte en una proeza. Otras veces -muchas otras- se trata de un desierto. Una planicie infinita y pedregosa, salpicada de cactus y matojos, poblada de alacranes y alimañas. Abandonado a tu suerte, no te resta sino avanzar, primero trastabillando en la tiniebla, y luego, durante horas que te desecan como siglos, bajo el sol homicida, resguardándote en cuanto adviertes un motor en lontananza. En otras ocasiones es un muro. Una cerca electrificada o una torva muralla que has de escalar quebrándote las uñas, torciéndote los dedos y dejándote el pellejo entre sus piedras.

            Y también puede ser el mar. Ese vasto océano que, sin embargo, tanto recuerda a la Estigia, esa mancha que divide el reino de los vivos y el reino de los muertos. De nuevo: la penumbra callada, el oleaje denso y engañoso, y los sobresaltos de las barcazas que se aventuran hasta allí desde Cirenaica o el Cuerno de África. Tu cuerpo entre los demás cuerpos -decenas, cientos de pieles cubiertas con harapos-, asfixiado por el humo y con el agua que te llega a la cintura. Mientras luchas por alcanzar la superficie distingues a esa chica con el bebé en brazos que oteaste al embarcar en Eritrea y el rostro de ese rapaz que se aferró a tu pierna durante la primera parte del trayecto.

            Igual que tus anónimos compañeros de viaje, le entregaste todos tus ahorros a esos desdeñosos carontes para que te abdujesen del cementerio que es tu patria a fin de conducirte, sano y salvo (eso prometieron), a la tierra del vino y la miel. ¿Qué podías perder? Entre la desdicha cierta y un atisbo de futuro, los héroes -los auténticos héroes- siempre eligen lo segundo. Como en los trenes de camino a Birkenau, en las camionetas que serpentean por las hondonadas de Coahuila o en las miserables pateras que zozobran en el Mediterráneo, el hacinamiento y el hambre de esos peregrinos ansiosos y asustados, dispuestos a todo -incluso a esto-, a cambio de un brote de esperanza, continúan siendo la medida de nuestra infamia colectiva. Como si el siglo xx y sus catástrofes no cesasen de pringarnos.

            De pronto, en lontananza, adviertes un hálito de luz. La luz que has perseguido desde que abandonaste a tu familia, ese diminuto faro que representa la vida, otra vida. No puede estar muy lejos. Unos pocos kilómetros, si acaso. Después de atravesar la selva o la montaña y por fin hacerte a la mar, después de haber sobrevivido a las amenazas, a las heridas y a la fiebre, tu sueño -tu ilusión- se encuentra al alcance de tu mano. Es entonces cuando el bamboleo se decanta en un vaivén enloquecido, y las cabezas chocan unas contra otras, como nueces, mientras el agua los azota con sus golpes de látigo. Los chillidos de los niños no tardan en ser devorados por las llamas que de pronto surgen de los maderos, no adviertes más que brazos, hombros, piernas al garete, como si la turba se hubiese desmembrado. Y luego, nada.

            Al amanecer te descubres en un centro de detención -de acogida, rezan los hipócritas-, de nuevo cautivo. Tienes suerte, te susurra alguno. Permanecerás aquí sólo el tiempo indispensable, luego serás devuelto a esa patria de la que huiste. Sin otra cosa que el vago recuerdo del naufragio y un par de costillas rotas. Afortunado, sí, pero no tanto como los cientos de peregrinos -hombres, mujeres y niños- que, en un gesto de gracia extrema, fueron premiados con la nacionalidad italiana. Al menos ellos podrán reposar en la sagrada tierra europea, por más que se les haya negado el funeral de Estado que se les prometió.

            Lampedusa, diminuta isla del mediterráneo, habitada por no más de cinco mil personas, es el nuevo nombre de la infamia. De nuestra infamia. De quienes inventamos las fronteras y de quienes las toleramos con los brazos cruzados. Un nombre que se suma al de Arizona y Texas, al de Gaza y Cisjordania, al de Tracia y el estrecho de Gibraltar, al de Chiapas y Tamaulipas, esas zonas intermedias entre la opulencia y la miseria, entre la vida y la muerte. Nacer de un lado u otro no es más que cuestión de suerte -o de mala suerte-, pero defendemos a las naciones como si fuesen inmemoriales.

            Una tragedia más. Un número horrendo -359 muertos, o 72- que se repite en la prensa y los telediarios. Por unos cuantos días el mundo entero se desgarra las vestiduras. Los políticos piden atropelladas excusas. Visitan la zona con retraso. El papa lanza mensajes flamígeros. Y luego todo queda sepultado bajo una ola de olvido. Nuestra indiferencia es idéntica a la de los miembros de la guardia costera que se contentaron con el lento rescate de unos pocos. Estamos aquí, leemos estas líneas, lagrimeamos con ellas -si acaso-, y luego volvemos a votar por esos políticos que, lavándose las manos, se acomodan ante los micrófonos para defender sus sacrosantas fronteras.  

 

Publicado en Reforma, 27.10.13

 

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[Publicado el 28/10/2013 a las 16:09]

[Etiquetas: Lampedusa; fronteras]

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El espejo uruguayo

Si algo sorprende al atravesar el Río de la Plata desde Buenos Aires es el larguísimo malecón -la Rambla- en torno a la cual se despliega Montevideo. Olvidémonos de los clichés: en contra del lugar común, la capital uruguaya no es un lugar grisáceo o mortecino, y sus habitantes no están marcados a fuego por esa suave melancolía que se desprende de sus barrios apacibles o del decadente encanto de su centro histórico. Frente al bullicio y la extroversión bonaerense hay un contraste claro, pero se encuentra más del lado de la discreción que de la tristeza. De lo que no cabe duda es de que Uruguay luce como una urbe serena -sabiamente tranquila-, sobre todo si se la compara con el pandemónium de la ciudad de México.

            Pero esta aparente paz no siempre estuvo allí. Apenas a mediados de los ochenta el país dio paso a una democracia cada vez más sólida tras doce años de una siniestra dictadura cívico-militar que no dudó en enfrentarse, al amparo de la Operación Cóndor financiada por la CIA, con los guerrilleros tupamaros que se habían alzado en armas desde principios de los sesenta. En proporción con el tamaño de su población, Uruguay fue el país que mayor número de prisioneros políticos tuvo en esa aciaga época. La llamada "Suiza de América Latina" se convirtió entonces en otro de los pequeños infiernos que caracterizaron a la región por su brutalidad y su barbarie.

            Uno de los prisioneros recurrentes de la dictadura cívico-militar, encarcelado en un arduo régimen de aislamiento, era uno más de los integrantes del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, de nombre José Mujica. Herido en una refriega con las fuerzas de seguridad y considerado uno de los "rehenes" que serían ejecutados en caso de que sus camaradas llegasen a proseguir con sus atentados, pasó quince años tras las rejas antes de ser liberado gracias a la ley de amnistía del 8 de marzo de 1985. Hoy, casi treinta años después, se ha convertido en uno de los presidentes más carismáticos visionarios y atípicos de América Latina.

            Admirado -o criticado- por su carácter espontáneo e imprevisible, por su estilo humilde e informal y por la acompasada sencillez de sus discursos, Pepe Mujica se ha puesto a la vanguardia de ese pequeño grupo de mandatarios sudamericanos, a lado de Dilma Rousseff y Michelle Bachelet, que, con un pasado guerrillero a cuestas, se han transformado en los líderes más hábiles, comprometidos y exitosos de la zona. Provenientes de movimientos radicales, han sabido conservar una honda visión social a la vez que se han curtido en el arte de la prudencia democrática sin jamás aspirar a la condición de redentores, a diferencia de sus colegas de Venezuela, Ecuador o Argentina. 

            Sucesor del también muy popular Tabaré Vázquez, y miembro como él del llamado Frente Amplio, pero poseedor de un estilo personal que no podía resultar más contrastante, Mujica no ha dejado de sorprender con una serie de arriesgadas medidas políticas que contrastan con su apariencia bonachona. Haciendo gala de un liderazgo que resulta envidiable entre nosotros, consiguió la aprobación, con un gran apoyo popular, de dos medidas que ponen a Uruguay a la cabeza de las reformas sociales en el mundo: la legalización de la marihuana y el matrimonio igualitario.

            El pasado agosto, el Congreso uruguayo finalmente aprobó, después de varios meses de consultas y polémicas, la primera ley en el orbe que, en vez de centrarse en la prohibición de las drogas, regula la distribución y el consumo de la marihuana. Se trata de un hecho histórico que ha de ser contemplado no como la excentricidad propia de una nación pequeña, como han querido señalar sus enemigos, sobre todo entre los conservadores de Estados Unidos, sino como un gran avance del que deberíamos aprender todos los demás.

            Basándose en la idea de que el combate frontal a las drogas resulta tan inútil como costoso -en vidas y en recursos-, la ley uruguaya va mucho más allá de las medidas puestas en marcha en Colorado, Washington o la ciudad de México, y permite que los adultos cultiven hasta seis plantas, que las cooperativas productoras pueden proporcionar su producto a un número limitado de clientes y que la marihuana pueda ser vendida en las farmacias. En cambio, es ilegal publicitarla, el castigo por manejar bajo su influjo es muy severo y se prohíbe estrictamente su venta a los menores.

            Si la ley es aprobada por el senado en los próximos días, el experimento supondrá una auténtica revolución -una revolución tranquila, como el temple del propio presidente uruguayo. Lo mismo vale decir de la ley, aprobada también hace poco, que autoriza el matrimonio entre personas del mismo sexo, sumándose a lo que ya ocurre en Brasil, Argentina, la ciudad de México y Quintana Roo. Quizás Uruguay sea un país pequeño, ubicado en los confines de nuestro continente -el fantasmal escenario de la Santa María de Juan Carlos Onetti-, pero ha llegado la hora de mirarnos en su espejo.

           

Publicado en Reforma, 20.10.13

 

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[Publicado el 20/10/2013 a las 17:02]

[Etiquetas: Uruguay; marihuana; matrimonio igualitario]

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Han vuelto

"Recuerdo que me desperté, sería después del mediodía. Abrí los ojos, vi el cielo sobre mí. Era azul, con pocas nubes; hacía calor y supe al momento que el calor era excesivo para abril. Casi se podía decir que era un calor de verano." Quien habla no es otro que Adolf Hitler, quien un buen día de 2011 despierta en Berlín, vestido con su chamuscado uniforme militar, como si nada hubiese pasado. Con más de un millón de ejemplares vendidos en Alemania, Ha vuelto, de Timur Vermes (2013) se alza como una desopilante sátira, más que del propio Hitler, de la Alemania Federal en la que éste se descubre de pronto.

Como si las décadas trascurridas desde su suicidio en 1945 hubiesen sido un paréntesis, Adolf conserva la misma edad de entonces -y las mismas ideas. Tras vagabundear sin rumbo y analizar con idénticas dosis de agudeza y azoro las transformaciones sufridas por la Patria desde el final del conflicto armado, un quiosquero le ofrece refugio y él no tarda en comprender que Alemania lo necesita tanto como en 1933. A partir de aquí, la imaginación burlesca de Vermes alza el vuelo y, tras una serie de aventuras propias de un pícaro del Siglo de Oro, nuestro héroe -nuestro antihéroe- se incorpora a la sociedad del espectáculo al participar en la emisión televisiva de un célebre comediante que, no por casualidad, es de origen turco.

Sin jamás silenciar sus convicciones, que como antaño van de su profundo desprecio hacia las instituciones democráticas a un odio serval hacia los extranjeros, Hitler es recibido por la audiencia con idénticas dosis de asombro y escándalo. Mientras para unos no es más que un bufón que desgrana proclamas de mal gusto, para otros -intelectuales y periodistas liberales incluidos- es un lúcido analista que pone en evidencia las peores facetas de la Alemania unificada. Protegido por la directora de la cadena, aplaudido por la crítica (se hará acreedor al Premio Grimme, el más importante de la televisión germana) y venerado el público, Hitler se convierte en una estrella de los medios -igual que antes. Sus dotes histriónicas se mantienen intactas, lo mismo que su capacidad para polarizar a quienes lo escuchan. En cualquier caso, nadie sale indemne ante sus arengas y ante la manera en que exhibe, sin cortapisas, las aristas más banales, mezquinas o contradictorias de los políticos democráticos con quienes se enfrenta.

            El dispositivo humorístico de Vermes se despliega, así, en una doble vía: a la vez que presenta al Führer como el payaso histérico que fue en la realidad, utiliza todos los clichés asociados con su figura para mostrar la propensión alemana a venerar a figuras de esta calaña. Y, al tiempo que contrasta su anquilosado discurso de odio con la banalidad políticamente correcta de nuestros actuales dirigentes, se mofa de la hipocresía alemana frente a temas como la inmigración turca, la Unión Europea, los alegatos ecologistas o los derechos humanos.

            Aunque en los años treinta y cuarenta no dejaron de aparecer virulentas caricaturas del líder nazi, entre las que sobresale El Gran Dictador de Chaplin, en nuestros días no deja de resultar arriesgado utilizar al mayor villano de la Historia, responsable de millones de muertes, como personaje central en una novela "cómica". Vermes sale bastante bien librado de la proeza, pues si bien procura no centrarse en los episodios más atroces de su carrera -"La cuestión judía no es graciosa", admite su personaje en cierto momento-, tampoco los evita e incluso, al referirse a la "cuestión turca", llega a actualizarlos.

            Aun así, la obra deja un regusto amargo, no tanto porque asiente la posibilidad de que un monstruo como Hitler pudiese recuperar su lugar en nuestra vida pública -así sea como provocador televisivo-, sino porque la voz de Hitler que escuchamos sin tregua termina pareciendo, si no simpática, al menos tolerable. Sin duda, el golpe de ingenio de Vermes resulta desternillante -por ejemplo, cuando una panda de neonazis golpea al propio Führer llamándolo "perro judío" o cuando éste intenta formalizar un pacto con el Partido Verde-, pero se queda corto al examinarlo desde dentro.

Sin duda ha transcurrido ya el tiempo suficiente para que el humor pueda servir otra vez como herramienta para destripar a un individuo como Hitler, pero, acaso demasiado engolosinado con su ocurrencia, Vermes no consigue que la risa se nos congele en el rostro al observar de cerca a su personaje, quien termina convertido en un pobre diablo que triunfa por repetir obsesivamente su ideario en una época que se limita a celebrar cualquier salida de tono. Como sea, para imaginar el impacto que una novela semejante podría alcanzar en nuestro contexto, habría que imaginar un escenario equivalente, por ejemplo una novela en la que alguno de nuestros lamentables tiranos, como Gustavo Díaz Ordaz, resucitase en 2013 y, decepcionado ante la pérdida de los valores nacionalistas del PRI, coquetease con la posibilidad de incorporarse a Morena.

 

Publicado en Reforma, 13.10.13

 

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[Publicado el 13/10/2013 a las 16:24]

[Etiquetas: Timur Vermes; Hitler]

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Retóricas de la desmesura

No son muchos. Tal vez cientos de miles en un país de millones. Un ínfimo porcentaje de la población en cualquier caso. Pero saben lo que quieren, como si se tratara de una revelación divina -no por casualidad son incapaces de separar la religión de la política-, como si un profeta les hubiese susurrado al oído. Si de algo se enorgullecen, es de sus convicciones monolíticas, de su tesón, de su fe. Amparándose en el mito de los Padres Fundadores, no están dispuestos a ceder o a negociar un ápice. Poseen el predominio de la verdad y, como los fundamentalistas de cualquier parte -los islamistas del entorno árabe y persa, los neofascistas y neoanarquistas del nuestro-, están dispuestos a inmolarse por su causa -o a sacrificar a los demás.

            Se llaman de mil maneras y adquieren mil rostros diversos (a veces al aire libre, a veces encapuchados), pero sus consignas son las mismas: jamás retroceder -gritado con iguales dosis de histeria y de orgullo-, nunca dar un paso atrás. Son radicales. Para ellos, la democracia liberal es una engañifa, un ciclorama que oculta un régimen oligárquico, en el que todas las decisiones son tomadas por unos cuantos actores tras bambalinas (aquí no yerran del todo). Adeptos a las teorías de la conspiración y provistos de una alergia visceral hacia cualquier forma de gobierno, sueñan con un mundo desprovisto de leyes -o con las escasas leyes que ellos impondrían.

            Dostoievski los describió a la perfección en Los endemoniados, por más que ahora no sean quienes arrojan bombas, al menos en Occidente: irascibles, iluminados, puros. Es posible hallarlos en casi cualquier sitio, aunque en muy pocos casos logran decidir la agenda pública, como ocurre hoy en Estados Unidos. Desde hace años se han agrupado allí en pequeños clubes, sumados en el movimiento denominado Tea Party. Y, aunque son unos cuantos, al día de hoy han sido capaces de capturar -de secuestrar- a todo el país. Inspirados tanto en las ideas libertarias de Ayn Rand, Hayek ( "el Estado es el problema, no la solución") o Friedman ( "las ventajas de la civilización... jamás han provenido de un gobierno centralizado") como en el más pedestre populismo de derechas o en los sermones de los cristianos renacidos (con su lectura literal de la Biblia y su odio a Darwin), se han adueñado del Partido Republicano.

Así, sin que exista una auténtica crisis de deuda pública, han conseguido el cierre de la administración federal sólo por motivos ideológicos. En su rechazo frontal contra el Estado, al que consideran fuente de todos los males y perverso destructor de la iniciativa individual, la reforma sanitaria propuesta por el presidente y validada el Congreso y la Suprema Corte les parece el mayor atentado contra la libertad y, a fin de combatirla, han secuestrado a toda la nación. Lo más lamentable es que John Boehner, el vocero de la Cámara de Representantes, haya aceptado seguirles el juego. Temerosos de ser vistos como blandos y de perder los distritos controlados por el Tea Party, los líderes republicanos se pliegan a sus designios, provocando que Estados Unidos luzca, según el líder de la mayoría demócrata en el senado, como una "república bananera". Ésta es la terrible consecuencia de que, a lo largo de los últimos años, el G.O.P. no haya sabido distanciarse de estos radicales sino que, en contra de toda lógica, haya enarbolado su enardecida retórica, que no ha tardado en convertirse en el discurso oficial del Partido.

            En su dogmático frenesí, el Tea Party considera que Obama es su mayor enemigo y no ha dudado en calificarlo de "comunista", de "musulmán", de "dictador", de "terrorista". Los discursos de sus miembros no se ahorran mentiras y exageraciones, repetidas hasta la saciedad por medios conservadores como Fox o comentaristas ultramontanos como Glenn Beck, los cuales apenas se sonrojan al comparar a Obama con Lenin o Stalin. Debido a ello, ahora los republicanos son incapaces de deshacerse de estos agitadores, que los tienen atrapados por el cuello mientras Estados Unidos acelera su descomposición como potencia global.

            La enseñanza es clara: nada hace tanto daño a un país como la polarización retórica de su discurso público. En nuestro país aún no padecemos una desmesura equivalente, pero hay que estar alerta para que los excesos verbales no contaminen a sectores más amplios. Porque el peligro se encuentra ya aquí, en algunos medios de comunicación y en las redes sociales. Basta observar cómo los radicales de un lado exigen el exterminio de los maestros de la CNTE o los comparan con parásitos, o cómo los radicales del otro comparan al actual régimen con el de Pinochet o igualan a Peña Nieto con Hitler, para saber que pisamos terreno frágil. Si unos pocos iluminados han conseguido paralizar la administración estadounidense, imaginemos lo que podría ocurrir en México si la histeria retórica de unos y otros llegase a extenderse más entre nuestros desgastados y zozobrantes partidos.

 

Publicado en Reforma, 06.10.13

 

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[Publicado el 06/10/2013 a las 16:41]

[Etiquetas: Shutdown; Tea Party]

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Los funerales del crítico

Tan admirado como odiado. Y, sobre todo, tan temido. Marcel Reich-Ranicki, el mayor crítico literario de Alemania y acaso del mundo. Una palabra suya era capaz de construir una reputación o de destruirla de un plumazo. Siempre agudo, siempre lúcido, siempre implacable. Se dice que, cuando huyó de Polonia en 1958, Heinrich Böll lo ayudó a encontrar trabajo en la redacción de Die Zeit y aún así él no tuvo empacho en despedazar su nueva novela (al toparse con él en una fiesta, éste le dio un abrazo al tiempo que le susurraba: "imbécil").

            Miembro de una familia judía alemana, Reich había nacido en Varsovia en 1920, y para inicios de 1939 se desempeñaba como intérprete del Consejo Judío en dicha ciudad. El mismo día en que fue trasladado a Treblinka, contrajo nupcias con su esposa, con la cual logró escapar del gueto en 1943, sumándose a la resistencia polaca con el seudónimo Ranicki. Al término de la guerra trabajó como diplomático -y espía- en Londres, hasta que fue expulsado de su puesto por "divergencias ideológicas". Harto de confrontarse con la censura, escapó a Alemania y pasó a formar parte del célebre Grupo del 47.

            Cuando se incorporó al programa de le televisión pública Cuarteto literario en 1980, ya era el crítico más elocuente -y feroz- de su generación, pero su presencia en los medios lo transformó en el "papa de la crítica" y semana a semana un ávido público seguía al pie de la letra sus recomendaciones. A los lectores les fascinaba la erudición y la ironía de quien había sido capaz de aparecer en la portada de Der Spiegel desgarrando un ejemplar de Es cuento largo de Günther Grass. (Otro de los escritores vilipendiados por él, Martin Walser, lo asesinó en su novela La muerte de un crítico.)

            Reich-Ranicki se convirtió en el modelo a seguir por críticos literarios de medio mundo. Muchos de ellos no añoraban tanto su profundidad o su vehemencia, como su posición: la capacidad de ser escuchado por miles -si no, como en Alemania, por millones- de lectores, de fijar el gusto de su época y de poner en su lugar a los escritores de su entorno. Durante décadas su ejemplo fue imitado por doquier, como si la única medida de la independencia de un crítico fuese su violencia -o su mala leche.

            La reciente muerte de Reich-Ranicki sella, sin embargo, el final de una época. Sus funerales también son los de un momento de la cultura en el que una voz (o, en el mejor de los casos, unas pocas voces) determinaban el valor de una obra. Tal como ha ocurrido en otros ámbitos -las columnas políticas, por ejemplo-, la desaparición de estas figuras totémicas, la crisis de los medios impresos y la proliferación de los comentarios en Internet o en redes sociales hacen imposible que este sistema jerárquico se prolongue por más tiempo.

            Para sus seguidores, esta transformación supone una grave pérdida: al carecer de intermediarios respetados -de augures confiables-, el público queda sometido a los intereses del mercado, preocupado sólo por vender librosvendiulturales c sin reparar en su calidad artística. Sin duda, uno puede sentir nostalgia por ese pasado en el que bastaba abrir el Frankfurter Allgemaine Zeitung -o Vuelta o los grandes suplementos literarios que hubo en México- para saber qué valía la pena leer y qué no. Para bien o para mal, hoy eso es imposible: para seleccionar un libro -o una película, o un restaurante-, el público prefiere guiarse por comentarios en Facebook y Twitter y en especial por las reseñas de otros usuarios en sitios como Amazon o Goodreads. 

En contra de lo que algunos quieren hacernos creer, quizás esta mutación no sea tan dañina: un estudio realizado por Loretti I. Dobrescu, Michael Luca y Alberto Motta para la Harvard Bussines Review ("What Makes a Critic Tick", revisado en 2013) parece demostrar que los lectores comunes tienden a coincidir con los críticos profesionales a la hora de discernir la calidad de una obra, tal vez gracias a lo que se conoce como "sabiduría de las multitudes". Con algunas ventajas: los lectores comunes se muestran más receptivos frente a los nuevos autores y no se dejan influir por los lazos personales o las disputas grupales que tienden a nublar el juicio de los críticos profesionales, cuyas opiniones -pese a la creciente brutalidad de sus diatribas- se han vuelto casi irrelevantes.  

Por supuesto, el nuevo modelo también posee desventajas: autores y editores se han atrevido a falsear las reseñas de lectores anónimos, la publicidad excesiva resulta más efectiva en ellos y, para formarse un juicio, uno ha de eludir las estrellitas y adentrarse en la lectura de una docena de reseñas de usuarios, pero a la larga esta "democratización de la crítica" no suena tan perversa como denuncian sus adversarios. Ello no significa que dejemos de llorar la muerte de figuras como Reich-Ranicki -"el hombre que nos enseñó a leer", según un diario alemán-, pero quizás al mismo tiempo debamos celebrar, con cautela, la aparición de miles de críticos sin papeles.

Publicado en Reforma, 29.09.13

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[Publicado el 29/9/2013 a las 18:05]

[Etiquetas: Reich-Ranicki; crítica literaria]

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El lapsus del Procónsul

Un desliz. No una estrategia deliberada, ni una argucia diplomática, ni un engaño geopolítico. Un simple y llano desliz. En otras palabras, un error de cálculo. Un "argumento retórico", según su protagonista, capaz de torcer por completo la política y la imagen de su país. Y no cualquier país: Estados Unidos, la -tal vez justo hasta ahora- única potencia global. Un desliz que, al menos de momento, detuvo el bombardeo de Siria y puso en entredicho, si no de plano en ridículo, a su jefe, el presidente Barack Obama.

            Desde mediados del siglo xix se esparció la idea, sostenida con especial énfasis por Thomas Carlyle, de que son los héroes -de Jesús y Mahoma a César y Napoleón- quienes hacen la Historia, sólo para que el gran Liev Tolstói se burlase de ellos en Guerra y paz, mostrando cómo esos "grandes hombres" son incapaces de articular el comportamiento de las masas. Hoy constatamos que Tolstói se equivocaba en lo que respecta a los errores: si un solo individuo, por poderoso que sea, jamás conseguiría trastocar la Historia de forma voluntaria, un solo yerro puede lograr que ésta se vuelva en su contra.

            Pensemos en Günter Schabowski, el efímero jefe del Partido Comunista de Berlín Oriental cuando, la tarde del 9 de noviembre de 1989, afirmó en una conferencia de prensa que la posibilidad de pasar de Alemania Democrática a Alemania Federal en viajes privados era posible "de forma inmediata" -otro lapsus memorable-, provocando la caída del Muro de Berlín esa misma noche. O en el hierático secretario de Estado John Kerry quien, para salir del paso a la pregunta de un reportero, sostuvo que el régimen de Bachar el-Asad podría salvarse del inminente ataque estadounidense si se comprometía a entregar todas sus armas químicas a la comunidad internacional. "Aunque", añadió confiado, "no lo va a hacer y no se puede hacer".

            ¿Error de cálculo? ¿Improvisación? ¿Falta de tablas? No pasaron ni unas horas antes de que el astuto ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, le tomase la palabra a Kerry y propusiese un plan de desarme, rápidamente adoptado por Asad como última salida para evitar la destrucción de su arsenal bélico. El desliz de Kerry -que, si la situación no fuese tan grave, alcanzaría tintes de comedia- provocó que la decisión de Obama de atacar a Siria en represalia por el uso de gas sarín perdiese los escasos apoyos que aún le quedaban tanto entre los republicanos del Congreso como entre sus aliados europeos (baste recordar la pifia paralela del primer ministro británico David Cameron al perder la votación en la Cámara de los Comunes.) 

            De un modo u otro, lo cierto es que Obama se había colocado en una posición imposible. Tras dos años de guerra civil en Siria, en la que se cuentan miles de víctimas y cientos de miles de refugiados, Estados Unidos se había negado a intervenir, permitiendo que un variopinto grupo de rebeldes se enfrentase cada vez con menores posibilidades de éxito a las tropas del régimen. Hasta que Obama -¿en otro desliz?- decidió imponerle una línea roja a Asad: si éste llegaba a usar armas químicas, no dudaría en emplear la fuerza en su contra. Como suele ocurrir, el ultimátum apenas tardó en revertirse contra su impulsor: una vez que Estados Unidos afirmó que el gobierno sirio había empleado armas químicas en un barrio de Damasco, a Estados Unidos no le quedaba otro remedio que intervenir.

            Para entonces, todos los escenarios se habían tornado negativos para los intereses norteamericanos. Un ataque sin el aval de Naciones Unidas o la Liga Árabe no haría más que enturbiar aún más su imagen en la zona, y podría generar consecuencias devastadoras: la muerte (casi inevitable en estos casos) de numerosos civiles o, peor aun, la caída de Asad y el triunfo de un partido integrista, mucho más dañino para Estados Unidos e Israel que la dictadura laica del hachemí. Por otra parte, la falta de respuesta a la provocación siria sería vista como una muestra de debilidad -el réquiem por la última superpotencia- por parte de Irán, Rusia y China.

            Atrapado en su propio laberinto, Estados Unidos terminó por elegir el menor de los males y, aun a riesgo de mostrarse vacilante -Obama en Elsinore-, decidió apoyar el plan de Vladímir Putin, quien de pronto acabó convertido en un improbable adalid de la paz. Imposible saber si a la postre Asad cumplirá sus promesas, pero ha ganado un tiempo valiosísimo. Los otros beneficiados por la maniobra han sido Rusia y China, que han visto fortalecidas sus aspiraciones globales, así como Israel, que ha conseguido mantener el equilibrio destructor entre sus dos odiados rivales: Asad y los islamistas. Si al final Siria llegase a entregar su arsenal químico sin el uso de la fuerza, incluso Obama podría salir fortalecido. Pero, si los días de Estados Unidos como policía mundial no se han erosionado por completo por los desastres de Irak y Afganistán, el desliz de Kerry le ha hecho sufrir un golpe que podría parecer definitivo.

 

Publicado en el diario Reforma, 22.09.13

 

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[Publicado el 22/9/2013 a las 15:44]

[Etiquetas: Obama; Kerry; Putin; Siria; Asad]

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Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

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