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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 18 de enero de 2017

 Blog de Jorge Volpi

La casa de la nostalgia

La casa que habita Fernando Vallejo en la ciudad de México desde hace cuatro décadas en nada recuerda a la idílica y endemoniada Casablanca en torno a la cual gira su novela más reciente. Ubicado en plena colonia Condesa, un apacible barrio de clase media hoy transformado en una atestada y ruidosa sucesión de restaurantes, bares y boutiques, el luminoso apartamento se abre a la arboleda de Ámsterdam, la excéntrica calle circular que aún guarda el antiguo trazo del hipódromo que alguna vez estuvo aquí. Presidido por un espléndido piano de cola, y con la presencia imperturbable de una hermosa perra de pelambre dorado, es una especie de remanso venido de otro tiempo, como si Vallejo hubiese sido capaz de conservar la paz que debió prevalecer en la zona cuando se instaló aquí a su llegada a México. Y, sin embargo, parece haber un nexo claro entre esta lugar y la Casablanca de Medellín: en ambos casos es la nostalgia, y la burda inutilidad de la nostalgia, el rasgo que predomina en una y otra. Porque, más allá de las rabiosas peroratas que el narrador despliega en sus páginas -marca de la casa-, Casablanca la Bella no sólo es una despiadada crónica de la banalidad que enfrenta cualquier proyecto humano, se trate de la inagotable remodelación de una finca o la escritura de una novela, sino una emotiva oda a la infancia y el tiempo perdidos. 

            "Sólo somos nuestros recuerdos", me dice Vallejo.

            "¿Y acaso el novelista tiene más herramientas para entender el pasado?", le pregunto.

"Los novelistas no tienen por qué entender", me rebate, "los novelistas tienen que hacer sentir".

"Toda novela es esencialmente una construcción mental", le digo, "pero en tu caso es más claro: parece que todo ocurre en la mente del narrador."

"Hace años resolví escribir siempre en primera persona. Siempre hay alguien que dice yo, y que no es un narrador omnisciente, que no está metido en la mente de otros personajes, que no sabe las historias o las biografías de los otros personajes. La novela en tercera persona no va para ningún lado, ya dio lo que tenía que dar. Balzac, Dickens, Dostoievski o Zolá no me dicen nada, no me llegan al corazón; me llega el que me habla desde el yo."

Y, de pronto, Vallejo ofrece un atisbo de su poética: "¿Cómo meter en un libro de 180 páginas toda la realidad? Meter toda la realidad es una locura, una empresa desmesurada, disparatada. Pero es que de eso es de lo que se trata: de hacer lo que no ha hecho la literatura hasta ahora, desde La Ilíada o La Odisea, desde el Ramayana y el Majábharata, meter la complejidad de la vida, la complejidad del hombre, la complejidad de la realidad, en una novela. Porque nunca el hombre tuvo un mundo tan complejo como el nuestro. ¿Cómo hacerlo? Yo no sé, yo tanteo en la oscuridad, doy palos de ciego; no sé, pero lo intento..."

"En esta novela parece que la voz unívoca del yo no te basta, y ese yo se desdobla en estas otras voces con las que dialogas."

"Primero escribí cinco libros autobiográficos, reunidos luego en El río del tiempo, pero después me di cuenta de que debía ir por otro lado. Por ejemplo, en La rambla paralela, que pasa en Barcelona durante una feria del libro en la que Colombia es el país invitado, aparece un personaje que habla de mí en tercera persona, y después otro que habla de él, como en una cajita china, metidos uno dentro de otro. Y luego de eso empecé a decir algo que desde hace muchos libros quiero decir: que yo ya me morí."

"En Casablanca la bella, el narrador incorpora nuevos nombres a su lista de fallecidos, como en un Libro de los Muertos."

"Es cierto, yo tengo una libreta en donde los anoto a todos. Hoy anoté a uno que me dijeron que acaba de morir anoche. Voy acercándome a los ochocientos."

"Y, además de los muertos, las voces de los animales."

"Yo quiero mucho a los animales, es el sentimiento más claro yo tengo en la vida, mi amor por ellos. Son nuestros prójimos; los defiendo y siento que, si la humanidad no los ve así, no tiene moral. Las ratas, en este libro mío, empezaron como una maldición en una casa que se derrumba, pero al final traían la luz desde las alcantarillas."

            "Y le otorgan a tu novela un carácter de fábula, como en Fedro."

"Pero los animales hablan desde siempre, ¡igual que los muertos!"    

"Y son los animales más despreciados por el ser humano quienes te permiten ver la inutilidad del proyecto."

"La casa es el proyecto de todo ser humano", reflexiona. "Tú puedes querer que el proyecto de tu vida sea hacer una casa muy bonita, ¿no es cierto?, o ser el presidente de México o el presidente de Colombia o el Papa del catolicismo. Tú armas el proyecto que sea, y todos los proyectos están condenados al mismo fracaso, a desaparecer con la muerte, a que se los lleve el viento, a ser borrados; son todos tan inútiles como la casa de Casablanca, la bella, que va hacia el derrumbe, a que se la lleve el viento y el olvido."

"Y, para destruir toda esperanza, te vales de recursos retóricos como la oratoria sagrada", apunto.

"Es que la mejor forma de destruir la religión es con un sermón", dice Vallejo con una sonrisa, sabiendo que se acerca a uno de los temas que más lo apasionan: la crítica de la Iglesia. "La religión la destruimos con un sermón, pero conociéndola desde dentro. Hay enemigos que, si uno no los conoce desde dentro, no los puede destruir. Y yo a la Iglesia la conozco desde dentro, y digo que es mi enemigo porque quiero a los animales y ella es la principal causante en Occidente de que sean vilipendiados y despreciados y atormentados y asesinados. Mis dos grandes temas son mi amor por los animales y mi odio por la Iglesia. La Iglesia es infame; los animales son inocentes; la Iglesia es malvada y perversa, como los políticos."

 "En la novela predomina la nostalgia hacia un Medellín que ya no existe."

"Es el Medellín de la infancia ligado a la Iglesia, y a la entronización del Corazón de Jesús en la casa, que es hacia dónde va el libro. El personaje detesta a la Iglesia, pero entroniza el Corazón de Jesús en su casa."

"Y, ¿existe esa casa en Medellín?"

"Sí, la hice y fue un éxito: quedó perfecta porque me la hizo mi hermano Carlos, que es un hombre muy práctico que está en el mundo de la realidad mientras yo estoy en el mundo de la ficción y del ensueño y de las ilusiones y de lo vaporoso. A mí no me importaba la casa, pero me dio un libro que no había podido escribir."

"Me parece que la novela conserva cierto optimismo", insisto.

"Optimismo no, porque al optimismo lo destruye la razón. Todos vemos que vamos hacia una guerra nuclear, que esto es un desastre, que esto es la mentira, que esto es un mundo en manos de impostores y de charlatanes. Pero si algo me genera un poco de felicidad, es todo lo que importa. He tenido momentos de felicidad, y a lo mejor más que la mayoría, porque tuve muchos en la infancia, cuando en general la infancia es miserable. La mía fue alegre dentro de lo que cabe; ya después la retraté como un infierno por lo que tenía de infierno, pero también tenía algo de paraíso que se fue; se quedó atrás, se quedó atrás mi juventud, se quedó atrás el país de mi juventud, el país de mi niñez, la ciudad de mi niñez, la ciudad de mi juventud, este México mismo que yo conocí cuando llegué ya se quedó tan atrás, está tan lejano."

Casablanca: la casa que el narrador admiraba, y acaso envidiaba, desde la ventana de Casaloca, la casa de sus padres. La casa que quiso comprar y remodelar como si fuera posible remodelar el tiempo para volver a la infancia. Al decirlo, Vallejo permanece inmóvil, sereno, casi sonriente en su otra casa, su casa de la Condesa: "Llegué a México hace cuarenta y dos años, y llevo casi todos en esta misma casa, en este mismo departamento."

La casa de la nostalgia.

 

Publicado en "Babelia" de El País, 1 de febrero, 2014

[Publicado el 02/2/2014 a las 02:05]

[Etiquetas: Fernando Vallejo]

[Enlace permanente] [3 comentarios]

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Intimidades

Con la solemnidad propia de una declaración de guerra, el presidente francés responde a la pregunta del periodista como si, en vez de disfrazar sus aventuras galantes, intentase salvaguardar los secretos de sus compatriotas: "Los asuntos privados se resuelven en privado", y da por zanjada la rueda de prensa que se vio obligado a convocar luego de que la revista Closer revelase sus escarceos con la actriz Julie Gayet en un pied-à-terre ubicado en la -bien llamada- Rue du Cirque. A lo largo de las últimas semanas, los franceses, tan abocados a defender su excepcionalidad frente al admirado y odiado mundo anglosajón, no han hecho otra cosa que debatir en torno a la necesidad o la hipocresía que representa defender la vida sexual del mandatario.

            Siempre orgullosos de las artes seductoras de sus políticos -otra excepción cultural-, los críticos franceses censuran la zafiedad de la revista al mostrar las fotos de François Hollande descendiendo de su motocicleta a punto de dirigirse a su nido de amor, convertido en una suerte de Casanova de la era Facebook, o al revelar que la primera dama, Valérie Trierweiller, debió ingresar en una clínica a causa de la depresión causada por la noticia. Todos coinciden, pero a la vez no cesan de mencionar la infidelidad del presidente que prometió ser un ciudadano "ejemplar" que dejaría atrás la etapa en la que su predecesor, el infatigable Nicolas Sarkozy, se encargó de borrar todos los límites entre su vida pública y su vida privada.

            Más que demostrar que la época en que Mitterrand podía tener una "casa chica" sin que ningún medio osara irrumpir en ella o que las escapadas de Chirac no concitaban la atención de ningún fotógrafo quedó atrás en el tiempo, el escándalo Closer es la última prueba de que la "intimidad", tal como solíamos entenderla, se ha desvanecido por completo, y no sólo para los políticos y figuras del espectáculo acosados por los paparazzi, sino para esos mismos ciudadanos comunes que se regodean con los programas del corazón y no dudan en linchar en las redes sociales a la star expiatoria de turno.

            ¿Cómo no reír ante un presidente que exige respeto a su intimidad cuando sabemos que todos somos espiados sin tregua por las agencias de seguridad de medio mundo? ¿Y cómo no ver el gesto de Hollande como una patética réplica, en vez de un acto heroico, cuando su defensa de la privacidad quizás sólo fue otro recurso para ganarse el favor de un electorado en momentos de baja popularidad? Si en algún punto aciertan los críticos franceses es en que, por obra de las redes sociales, los modos a la vez puritanos y morbosos de la cultura pública estadounidense se han extendido de forma irremediable por todos los rincones del planeta.

            Hoy, todos somos people. A partir de la proliferación de Facebook, imitamos las conductas tanto de las estrellas de Hollywood como de las revistas del corazón en un mecanismo que nos convierte a la vez en celebridades momentáneas y en paparazzi de nosotros mismos -y todo ello de forma voluntaria. No nos cansamos de airear nuestra vida privada con fotos, comentarios y actualizaciones que siguen el patrón del Hola! o TV y Novelas -o de Paris Match, otra joya francesa-, al tiempo que hurgamos sin tregua en las de nuestros "amigos". Y, mientras cedemos nuestra vida privada a medios privados como Twitter o Facebook, todos nuestros datos, todas nuestras búsquedas y toda nuestra vida virtual quedan registrados en la Red, desde la cual decenas de empresas tecnológicas -igualmente privadas- realizan agregados de datos que luego venderán a otras empresas, o incluso a los gobiernos, para que éstos las usen a su conveniencia, sea para identificar nuestros gustos sobre qué vendernos o adivinar posibles actos criminales.

            ¿Intimidad? Si nosotros mismos ventilamos a cada segundo nuestra vida cotidiana, así como las de nuestros familiares y amigos; si el conjunto de nuestra existencia virtual es almacenada y entregada a terceros; y si decenas de agencias monitorean cada una de nuestras comunicaciones, queda claro que nuestra intimidad en nada se parece a la que prevalecía en el siglo xix -o a la que pretende defender Hollande. La gran paradoja de nuestro tiempo es que nunca -ni siquiera con los regímenes totalitarios- habíamos estado tan vigilados por el poder; nunca un gobierno o una empresa había dispuesto de tanta información sobre nosotros; y, a la vez, nunca habíamos sino tan desinhibidos a la hora de exhibirnos frente a los demás.

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 26/1/2014 a las 17:56]

[Etiquetas: Hollande; intimidad; vigilancia;]

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Muertes ejemplares

Sus muertes eran tan anticipadas que sus obituarios circulaban desde hacía meses en todas las redacciones del planeta. La avanzada edad del primero no ofrecía demasiadas esperanzas sobre su recuperación, mientras que el segundo llevaba ocho años en coma. A la postre, fallecieron con semanas de diferencia: Nelson Mandela el 5 de diciembre de 2013 y Ariel Sharon el 11 de enero de 2014. Para bien o para mal, ambos representan dos de las experiencias políticas más significativas de la segunda mitad del siglo xx. Que los funerales del líder africano sirviesen para que presidentes y ministros se pavoneasen a su alrededor, mientras que el militar israelí apenas recibió unas apresuradas condolencias, no sólo ofrece una evaluación de sus carreras, sino otra prueba de cómo en nuestros días el espectáculo pesa más que el examen histórico.

            ¿Algo emparienta a estas dos figuras que hoy parecen hallarse en extremos opuestos, de un lado el prócer humanitario que acabó con el apartheid y del otro el halcón responsable de las muertes de miles de víctimas civiles? Aunque nacidos con una década de diferencia (Mandela en 1918 y Sharon en 1928), ambos fueron protagonistas centrales en épocas especialmente turbulentas y al final se transformaron en líderes pragmáticos que dejaron atrás sus convicciones para conseguir sus objetivos. Otra vez: que el triunfo incontestable de Mandela contraste con el fracaso de Sharon -debido en última instancia a su accidente cerebrovascular-, comprueba que a veces sí son las grandes figuras históricas quienes alteran el destino de sus pueblos.

            El camino inicial de ambos estuvo ineludiblemente ligado con la violencia. Desde joven, Mandela padeció la atroz discriminación aplicada por el gobierno sudafricano y, tras una primera etapa de resistencia pacífica, se acercó al partido comunista y a las ideas de Mao y el Che, y eligió el uso de la fuerza. En los sesenta, alentó la creación del grupo MK, el cual participó en decenas de atentados. El futuro pacifista creía que sólo con esta presión sus rivales se sentarían a negociar y, si bien establecía que debían evitarse las muertes de civiles, declaraba que, de no funcionar, el terrorismo se volvería inevitable.

            En ese momento Mandela fue arrestado y enviado las prisiones de Robben Island, Pollsmoor y Victor Verster. A lo largo de 27 años no sólo prosiguió su lucha, sino que volvió a encontrar la energía para buscar el fin negociado del apartheid y la senda hacia la reconciliación nacional. Su liberación en 1990, los acuerdos con De Klerk y su elección como presidente en 1994, lo mostraron como ese nuevo tipo de líder, a la vez sabio, humilde y popular, que sería hasta su muerte. Mandela sin duda es un modelo, pero no por una ejemplaridad sin tachas (nunca fue Gandhi), sino por su capacidad de transformarse -y de transformar a Sudáfrica en el proceso.

            Como Mandela, Sharon desde joven participó en las batallas para conseguir que su pueblo tuviese un estado. Muy pronto se convirtió en uno de los militares más admirados de su patria, al tiempo que su actuación recibía severas críticas por su desprecio a los derechos humanos. Fuese en la Guerra de Suez, en la de los Seis Días o en la de Yom Kippur, los triunfos bélicos y las acusaciones no cesaron. Peor: como ministro de Defensa durante la guerra del Líbano se produjeron las masacres de Sabra y Shatila, en las que miles de mujeres y niños fueron asesinados por las falanges cristianas ante la indiferencia del ejército israelí, e incluso una comisión gubernamental lo encontró culpable de negligencia.

No sería hasta que fue elegido primer ministro, en 2001, que el viejo guerrero halló una nueva estrategia hacia el "problema palestino". En contra de su gobierno, decretó la salida unilateral de sus tropas de la franja de Gaza y, poco antes del infarto, se preparaba para hacer algo semejante en Cisjordania. A diferencia de Mandela, jamás sabremos si esta mutación fue un cambio auténtico o pragmático, pero refleja que hasta alguien como él se daba cuenta del fracaso de la política israelí hacia Palestina.

            En los violentos siglos xx y xxi, Mandela y Sharon son dos extremos que no debemos olvidar: el antiguo guerrillero que alcanzó la reconciliación de su patria y el brutal estratega que ni siquiera pudo avanzar en el proceso de paz con los palestinos. Sus muertes quizás iluminen sus esfuerzos: la lenta y silenciosa partida de Sharon frente al bullicio de Mandela.

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 19/1/2014 a las 17:58]

[Etiquetas: Mandela; Sharon]

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El túnel del tiempo

Una extravagante lógica nos impulsa a creer que las naciones se hallan destinadas al progreso, que la línea de la Historia conduce de un pasado de barbarie a un porvenir civilizado, que poco a poco los individuos ganan nuevos derechos y que muy pronto el orbe se acercará a una utopía de libertad y justicia. Por más que guerras y genocidios nos desmientan, nos resistimos a dejar atrás esta ilusión. Quizás por ello sorprenda tanto que un país que en tiempo récord dejó atrás una tiranía, tramó un admirable negociación entre sus facciones, se encaramó en un vertiginoso ascenso económico y se abrió como pocas a la tolerancia y la diversidad, hoy sea capaz de retroceder en todos estos rubros a una velocidad mucho mayor.

A la muerte de Franco, España acarreaba un sinfín de patrones autoritarios, sus regiones parecían volcadas a una fuga paralela a la de Yugoslavia, la Iglesia y el ejército continuaban como poderes dominantes y la democracia se abría paso con timidez en el anacrónico sistema dinástico heredado por el Caudillo. Y, sin embargo, las fuerzas cívicas desatadas en la Transición lograron imponerse para generar una de las sociedades más dinámicas y ejemplares de los últimos decenios.

Entre 1983 y 2009, los diversos grupos políticos parecían haberse puesto de acuerdo sobre el modo de conducir a España hacia los más altos niveles de vida, no sólo de la Unión Europea -el motor que la impulsaba-, sino del planeta. En lo que hoy luce como un parpadeo, la monarquía recobró su prestigio como garante de la estabilidad institucional, el sistema autonómico logró conservar la unidad territorial -pese a las amenazas del terrorismo vasco-, los sectores clericales fueron arrinconados y una inesperada riqueza alentó un crecimiento sin precedentes.

En medio de esta euforia, España se atrevió a presentarse de nuevo como potencia global -algo inédito desde el siglo xvii-, fuese como líder de una pujante comunidad de 400 millones de hispanohablantes, fuese a través de los exabruptos de Aznar en los noventa. Como fuere, los signos del progreso fueron acompañados por un gran salto adelante en materia de derechos y, tras una primera norma de 1985, en 2010 una importante mayoría secundó las leyes que permitían el aborto (en un avanzado sistema de plazos) y el matrimonio homosexual.

Por desgracia, en ese mismo año las marejadas del crash estadounidense arribaron a las costas de la Península y estas ilusiones se decantaron en pesadilla. El endeudamiento de la banca, sumado a la burbuja hipotecaria, barrió millones de empleos (y esperanzas). Ahogada por la inmovilidad del euro y la austeridad decretada en Berlín, en estos cuatro años España se convirtió en un zombi: un muerto viviente que hoy no hace sino lamentarse de sus pérdidas. Pero lo más desasosegante es que la crisis puso en evidencia que los acuerdos de la Transición no resistieron el fin de la bonanza. La monarquía, celosamente blindada, exhibió su honda corrupción; el sistema autonómico hizo aguas, de modo que hoy la Península se halla tan cerca de desmembrarse como a fines del siglo xviii; la clase política ha alcanzado el culmen de su desprestigio; y, como si se tratara de la más ominosa metáfora del deterioro general de una nación, las reformas sociales de los últimos años están a punto de ser echadas por la borda.

Cuando los electores le dieron la mayoría absoluta al PP para castigar el pésimo desempeño económico de los socialistas, no calcularon que sus miembros la aprovecharían para cumplir su anhelo de devolver a España al pasado en términos de moral pública. Así es como el PP no dudó en presentar una iniciativa para penalizar el aborto que no sólo retrotrae los derechos de las mujeres a antes de 1985, sino que las coloca bajo una tutela externa sin parangón en casi toda Europa (peor, incluso, que en México).

La retórica de la propuesta hace pensar que atravesamos el túnel del tiempo para situarnos en pleno franquismo. No sólo bloquea del todo la posibilidad de que una mujer aborte voluntariamente, sino que se elimina el supuesto de malformación del feto y sólo admite la interrupción del embarazo si se pone en riesgo la salud física o mental de la mujer, previo dictamen de dos facultativos (en un sistema disciplinario de raigambre medieval). Si valiéndose de su mayoría absoluta el PP sanciona esta norma, será el mayor símbolo de que una sociedad puede retroceder en el tiempo, dejando atrás no sólo sus conquistas sino su memoria.

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 05/1/2014 a las 18:54]

[Etiquetas: España; aborto]

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El yudoca y el canario

Con su voz tersa y oscura, el primero lleva años encandilando al resto del mundo -y a la mitad de sus compatriotas- con sus trinos a favor de la igualdad y en contra de la discriminación o su inspiradora lucha personal; el segundo, en cambio, ha terminado sin falta dibujado como nuestro villano prototípico: agente secreto reconvertido en falso demócrata, atleta exhibicionista y, para colmo, artero perseguidor de sus rivales. Hasta hace poco, la narrativa central de nuestra época no admitía vacilaciones: Barack Obama como el único líder capaz de devolvernos la esperanza y Vladímir Putin como encarnación viva de los tiranos del pasado.

Tal vez los estereotipos no escapen del todo a los hechos pero, si nos obstinamos en asentar el rasgo más relevante de este 2013, quizás no deberíamos fijarnos en el jesuita disfrazado de franciscano o en el adalid de la trasparencia cobijado por quienes más la combaten, sino en el cambio de percepción en torno a los dos hombres más poderosos de nuestro tiempo. Porque, sin duda, este año ha sido uno de los peores en la carrera del presidente estadounidense y uno de los mejores en la del ruso.

            Cuando Obama obtuvo la reelección nos hizo creer que su histórico "sí se puede" al fin podría verificarse; que su lucha a por un sistema de salud universal en Estados Unidos se convertiría en una realidad; que su Premio Nobel de la Paz lo predispondría contra toda tentación bélica y que su retórica en torno a la responsabilidad pública habrían de vencer todos los obstáculos, en especial los representados por la antediluviana oposición del Tea Party, para dar paso a una auténtica transformación de la política global.

A lo largo de los últimos meses, estas ilusiones se han venido abajo: si bien Obama logró defender con las uñas su reforma sanitaria, su puesta en práctica se ha resuelto en un sonoro desastre; sus ataques con drones, realizados con una escandalosa opacidad, han supuesto una cifra incalculable de víctimas civiles; tras años de indiferencia frente a la guerra civil siria, se obstinó en lanzar un ataque contra el régimen de Al-Assad sin el apoyo de Naciones Unidas -como Bush Jr. con Irak-; y, a partir de las revelaciones de Edward Snowden, aparece como el responsable del mayor plan para vigilar a todos los ciudadanos del planeta. (Y, en el caso mexicano, habría que añadir las miles de expulsiones de inmigrantes que ha ordenado.)

En el extremo opuesto, al inicio del año la imagen de Vladímir Putin no podía resultar menos favorable: luego de suprimir violentamente las protestas tras su cuestionada reelección como presidente, cerró aún más los espacios para la disidencia; encarceló sin recelos a sus opositores, entre ellos a las integrantes de Pussy Riot; se negó a liberar al oligarca Mijaíl Jodorkovski pese a que su condena había expirado; y, por si fuera poco, encabezó una sórdida campaña contra los homosexuales. Sin embargo, valiéndose de una astucia ilimitada, durante la segunda mitad de este año articuló una campaña que en buena medida ha logrado revertir su pésima reputación.

Primero, se aprovechó de un desliz de John Kerry, el secretario de Estado norteamericano, y se atrevió a impulsar el diálogo entre el régimen sirio y la comunidad internacional sobre el uso de armas químicas, conjurando la posibilidad de una nueva intervención militar en Oriente Próximo; luego, apoyó enfáticamente las conversaciones de Ginebra entre las potencias occidentales y el gobierno iraní; a continuación, se atrevió a ofrecerle asilo a Snowden -el quebradero de cabeza de Obama- ; y, en un movimiento inesperado, concedió amnistía a varios presos políticos, entre ellos a su odiado Jodorkovski y a las Pussy Riot.

Lo ocurrido este año no significa que el presidente estadounidense se haya convertido en el gran villano de nuestra era o que el ruso, sin jamás acercarse a la condición de héroe -aunque hoy sus méritos para el Nobel de la Paz parezcan superiores a los de su némesis-, haya conseguido lavar su rostro autoritaria para siempre. Pero en esta suerte de nueva guerra fría que libran las dos potencias (frente a la sigilosa mirada de China), Putin ha recuperado un amplio margen de maniobra en el escenario mundial al tiempo que Obama luce paralizado dentro y fuera de su país. Por más que pueda tratarse sólo de una percepción -recordemos que en política la imagen lo es casi todo-, 2014 se abre como un año mucho más favorable para el yudoca que para el canario.

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 29/12/2013 a las 16:34]

[Etiquetas: Obama; Putin]

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Orden público

Ultrajadas por la aberrante conducta de los manifestantes -esos vándalos que se han atrevido a perturbar el orden público, a provocar a la policía y a desafiar las buenas costumbres-, las autoridades han llamado a un "acto de desagravio" en el Zócalo. Según el discurso oficial, participarán en él quienes se han sentido agredidos por las ofensas contra la nación. Al final, a la plaza sólo concurren miles de burócratas y miembros de los sindicatos oficiales obligados a asistir. Los jóvenes los reciben con imitaciones del balido de las ovejas, al tiempo que ellos mismos corean "no vamos, nos llevan": el primero de los cánticos célebres del movimiento estudiantil. (Mucho después, Francis Alÿs tendrá la genial idea de recrear la situación en un video: durante varios minutos, un grupo de borregos da vueltas en torno al asta bandera.)

            En 2014 se cumplirán 46 años de que ese grupo de jóvenes radicales tuviese el descaro de marchar desde el Museo de Antropología hasta el Zócalo, de insultar al presidente y de izar el pendón de huelga donde debía ondear la insignia nacional, pero lo paradójico es que, si nuestros legisladores no cambian de opinión, aquel acto realizado el 27 de agosto de 1968 podría volver a ser prohibido -y sus participantes duramente sancionados- conforme a la nueva Ley de Manifestaciones Públicas del Distrito Federal impulsada por el diputado panista Jorge Sotomayor y recién aprobada por las comisiones unidas del Distrito Federal y de Derechos Humanos en el Congreso.

Según la nueva propuesta, podrá coartarse el derecho de asociarse o reunirse si su fin es contrario a las "buenas costumbres" y a las "normas de orden público". Asimismo, prohíbe toda apología del odio "o cualquier otra acción ilegal similar", establece que sólo se podrán realizar manifestaciones de "11 a 18 horas" (para evitar las horas pico), que no deberán ocupar "vías primarias" (y sólo un carril en las secundarias) y que la policía tiene la facultad de disolverlas si se presentan actos que "perturben notoriamente el orden público". Además, concede a las autoridades la capacidad de otorgar el permiso para celebrarlas, previa solicitud dirigida a ellas con 48 horas de antelación.

Sus defensores dirán que en estos 46 años la situación del país se ha transformado de forma radical; que no es posible comparar el régimen autoritario -o dictatorial- de Díaz Ordaz con nuestra reluciente democracia; o que los jóvenes de entonces nunca buscaron incordiar a los ciudadanos, a diferencia de los bloqueos realizados a últimas fechas, en especial el plantón de los seguidores de López Obrador en Reforma en 2006 y de la CNTE en 2013.

Quienes así argumentan olvidan que, si hoy disfrutamos de una democracia -por imperfecta que ésta sea-, es gracias a la lucha continuada de miles de activistas y ciudadanos que, siguiendo el ejemplo iniciado ese 27 de agosto de 1968, se han atrevido a desafiar a la autoridad y a arrebatarle el espacio público, hasta entonces su coto exclusivo. Lo peor que puede hacer una democracia es renegar de sus orígenes y, con el insidioso argumento de salvaguardar los derechos de terceros y proteger las buenas costumbres -es increíble la desmemoria de los legisladores al usar estas palabras-, limitar el derecho de manifestación y fijar sanciones a partir de criterios subjetivos.

  Las marchas y plantones son síntomas naturales del descontento democrático. Si generan incomodidad entre los ciudadanos, es que de eso se trata: de hacer visibles causas que de otro modo se mantendrían en la oscuridad. Por supuesto que la ley -la ley penal- debe castigar a los provocadores y a quienes cometan cualquier delito, pero ello no debe conducirnos a acotar los derechos de los manifestantes, incluido el derecho a insultar a los políticos. Imposible negar las molestias que los habitantes de la ciudad de México hemos sufrido, pero utilizar el legítimo encono de los afectados para restarle toda visibilidad a la protesta -y mantener a los manifestantes bajo amenaza- significa un severo retroceso.   

Igual que en 1968, nos corresponde salvaguardar el derecho a la disidencia. Ello no significa comulgar con las causas de los otros ni rendirnos ante quienes sólo buscan la violencia, sino estar dispuestos a padecer un embotellamiento sabiendo que, en caso necesario, podremos ocupar el espacio público en cualquier momento para protestar contra la autoridad o incluso, insisto, para insultarla.

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 22/12/2013 a las 21:20]

[Etiquetas: Ley de Marchas DF; Ley Antiprotesta]

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Buenas personas

Thomas Heiselberg es una buena persona. Alemán empleado en la oficina berlinesa de una señera firma estadounidense -una de las pocas que, desoyendo las recomendaciones del departamento de Estado, mantienen negocios abiertos en Alemania-, ha preparado estudios que han permitido su consolidación en el mercado. Como muchos de sus contemporáneos, detesta el antisemitismo -de hecho, se analiza con una judía-, considera que los líderes nazis son unos mentecatos que no tardarán en ser defenestrados e intenta mantenerse al margen de la política. Pero, cuando en septiembre de 1939 Hitler ordena la invasión de Polonia, Thomas no duda en ofrecer sus servicios a las autoridades del nuevo Gobierno General. Allí, constatará que sus eficientes modelos de gestión serán responsables de buen número de muertes, pero ni así abandonará su encargo.

            No muy lejos de allí, en la Unión Soviética -entonces todavía aliada de Hitler-, Alexandra Weiesberg también es una buena persona. Hija de un par de intelectuales judíos, se ha prestado a colaborar con la policía secreta de Stalin con el único fin de salvar las vidas de sus hermanos. A tal efecto, se ha prestado a delatar al círculo de sus padres -y a ellos mismos-, en una disyuntiva que recuerda la vivida por la protagonista de La decisión de Sophie de William Styron (brillantemente encarnada por Meryl Streep en la película homónima).

            Estas dos figuras, cuyos destinos confluyen trágicamente en Brest  poco antes del inicio de la operación Barbarroja, son los protagonistas de Las buenas personas (2010) de Nir Baram, la primera novela israelí que se atreve a abordar el Holocausto. Sólo que, a diferencia de lo que ocurre en buena parte de la ingente cantidad de libros y películas sobre el tema, Baram no ha querido regodearse en las atrocidades de los verdugos o en los actos de heroísmo o supervivencia de las víctimas, sino en esa zona gris -para usar el término de Primo Levi- habitada por quienes, con su pasividad o su silencio contribuyeron a que ocurrieran algunos de los mayores crímenes de la historia.

            Como toda gran novela histórica, el mayor mérito de Las buenas personas radica en su capacidad para hablarnos del presente, más que del pasado. Porque esas buenas personas que toleraron la carnicería nazi son las mismas que luego prefirieron no escuchar las noticias que alertaban sobre los genocidios de Camboya o la antigua Yugoslavia, de Ruanda o Darfur. Porque esas buenas personas siguen aquí, indiferentes a los horrores que se cometen a unos pasos. Porque esas buenas personas somos nosotros. Para constatarlo, basta leer otra deslumbrante novela política, en este caso mexicana: La fila india (2013) de Antonio Ortuño.   

            Hace unos días, mientras el taxista me llevaba del aeropuerto de Guadalajara rumbo a mi hotel, me tocó observar, al lado de las vías del tren, las filas de inmigrantes centroamericanos que, obligados por una razón u otra a descender de La Bestia -el infame tren que los conduce desde la frontera sur hasta la frontera norte-, mendigan un trabajo a poca distancia de las instalaciones en donde se celebra la Feria del Libro. Días después, me topé esa misma escena en La fila india, el perturbador relato sobre las atrocidades que se suman a diario contra guatemaltecos, hondureños, salvadoreños o nicaragüenses mientras nosotros, idénticos a los pulcros burgueses de Múnich o de Hamburgo, cerramos los ojos.

            A partir del incendio de un centro para refugiados en Santa Rita, Sta. Rita -cualquier ciudad en nuestra frontera sur-, esta obra que combina las virtudes de la fábula moral y del panfleto acusatorio narra las pesquisas de Irma, una investigadora de la Comisión Nacional de Migración, y su descubrimiento de la complicidad de su propio instituto -y de todo el país- con la explotación y el homicidio de cientos de inmigrantes centroamericanos. Yeni, la única sobreviviente de la masacre, encarna a todos esos Otros que pululan por nuestras calles y que son cotidianamente maltratados, vejados, violados y asesinados sin que nosotros, tan buenos y tan genuinamente preocupados por los derechos humanos, hagamos nada para frenarlo. Como advierte el propio Ortuño: "No hay santuario para ellos en este país. Lloramos a nuestros muertos mientras asesinamos y arrojamos a las zanjas a legiones de extranjeros, y lo hacemos sin despeinarnos ni parpadear". Somos, en sus palabras, "un país de víctimas con garras de tigre".

Un país de buenas personas.

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 15/12/2013 a las 17:35]

[Etiquetas: Nir Baram; Antonio Ortuño; inmigrantes]

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Atisbar el tsunami

Una de mis grandes aficiones consiste en visitar las tiendas de discos compactos en las que se forjó mi memoria musical. No había vuelto a Madrid en dos años, así que no tardé en acudir a la FNAC, la cadena francesa que posee varios almacenes de música, libros y productos electrónicos en Europa. No diré que mi sorpresa fue mayúscula, pues me he resignado a estos íntimos desastres, pero no dejó de consternarme que, de los dos pisos antes dedicados a la música -y en especial a la música de concierto-, ahora sólo quedase un pobre rincón con unas pobres estanterías. Antes, me tocó atestiguar las quiebras de Tower Records y Borders, así como el cierre de numerosas sucursales de Barnes & Noble. Y, en México, el no por anunciado menos triste final de Sala Margolín, la emblemática tienda de música clásica en la Roma.

A mí este panorama no puede sino resultarme desolador. El mundo en el que fui criado -aún recuerdo que, a los 13, ahorré varias semanas para comprar mi primer LP: las oberturas de Verdi dirigidas por Karajan- no existe más. Tras la irrupción de Napster, y la aparición de sitios como Spotify, los discos compactos se han convertido en reliquias, antiguallas que sólo los nostálgicos perseguimos por doquier. Y, al mismo tiempo, sé que no hay remedio. Que hoy la música ya no se almacena ni se adquiere en este tipo de soportes. Que la idea misma de hacer un "disco" se ha vuelto antediluviana. Que hoy los jóvenes sólo descargan música de la red -de manera legal o ilegal. Y que miles de jóvenes jamás han comprado un disco compacto.

Igual que millones de jóvenes jamás han acudido a un quiosco a comprar un periódico (yo mismo hace 2 años que no lo hago). Porque, aunque se nos parta el corazón, a los diarios en papel -igual que a los libros en papel- les aguarda, más tarde de lo que profetizaban los gurús tecnológicos, pero más temprano de lo que creen los adoradores del libro-objeto, el mismo destino de los discos. No hay remedio: vivimos una cesura tan drástica como la experimentada en 1452, cuando Gutenberg puso en peligro la bella tradición de los manuscritos. Todos sabemos que el tsunami está allí, muy cerca de la costa, pero frente a la magnitud del meteoro no sabemos cómo reaccionar.

Es probable que los libros -no así los periódicos- sobrevivan como objetos de culto, y que unos cuantos nostálgicos sigan atesorándolos como los coleccionistas de los siglos xvii o xviii atesoraban pergaminos -cuyo aroma sí resulta embriagador-, pero serán eso: excéntricos como yo con los discos compactos. Vivimos el fin de una era, y por ello nuestras respuestas a la mutación resultan tan pedestres, tan improvisadas. Pero no vivimos una guerra entre la cultura impresa y la cultura visual -en la Red se lee tanto o más que antes, sólo que otras cosas y de otras maneras-, sino una transformación radical de nuestra cultura.

Desoyendo las versiones apocalípticas, los avances tecnológicos permiten que la distribución de contenidos -musicales, literarios, audiovisuales, multimedia- sea mucho más eficiente que la de los soportes físicos. Y sus recursos adicionales los enriquecen: diccionarios y enciclopedias, canales de comunicación entre usuarios, etc. Otra cosa es que sean empleados por las empresas -y los gobiernos- en perjuicio de los ciudadanos. Así como Amazon posee la herramienta más accesible del mercado -nunca fue tan fácil, para tantos, adquirir cualquier libro, película u obra musical-, también sabemos cómo explota a sus trabajadores y barre a la competencia.

Los diarios en papel -lo digo montado en uno de ellos- son maderos a la deriva. Sus propietarios y editores, como los de incontables editoriales, tantean por aquí y por allá, tropiezan y rectifican, a sabiendas de que pronto vendrá otra ola, acaso definitiva, y no habrá más qué sumergirse bajo la corriente digital. Como demuestra el caso Newsweek -hace un año proclamó su cierre en papel, condenándose a la irrelevancia, sólo para anunciar su vuelta en unos meses-, no sabemos cuándo llegará ese instante, sólo que su majestuosa fuerza se vislumbra ya en el horizonte. Mientras eso ocurre, seguiremos con palos de ciego y estrategias de supervivencia más o menos desafortunadas. Pero, en vez de entonar antífonas por el hundimiento del galeote, nos corresponde modelar ese futuro inmediato para que resulte mucho más incluyente y mucho más abierto a la crítica de lo que los dueños de los nuevos medios -y los gobiernos- planean por su cuenta.

 

Publicado en Reforma, 08.12.13

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 08/12/2013 a las 16:46]

[Etiquetas: cambio digital; libro electrónico; prensa digital]

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Nuestros Cervantes

La Atenas de Pericles. La Roma republicana. El Renacimiento italiano. El Siglo de Oro español. La Inglaterra isabelina. El Siglo de las Luces francés. El Romanticismo alemán. La Viena fin-de-siècle. Bloomsbury. La Generación del 27. ¿Cuál es la razón de que, en un tiempo y en un espacio bien definidos, haya una acumulación de talento que parecería rebasar cualquier distribución lógica? ¿Cómo es posible que, en una época y un lugar determinado, convivan tantos seres excepcionales al lado de unos cuantos genios?

            Sin abundar en los motivos de este fenómeno, sin duda ciertos lugares se han visto beneficiados, en momentos clave, por la actividad de individuos sorprendentes, capaces de descollar en algún área del conocimiento. De la literatura en el Siglo de Oro a la física en la Alemania de fines del xix y principios del xx, podría pensarse que la inteligencia llama a la inteligencia y que la simultaneidad de Lope, Calderón y Cervantes, o de Einstein, Heisenberg y Schrödinger, brota de una suerte de caldo de cultivo -un Zeitgeist o "espíritu de la época"- que, jalonado por unas cuantas mentes brillantes, se expande y contamina a muchas otras.

            La concesión del Premio Cervantes a Elena Poniatowska parecería confirmar que, por lo menos en términos literarios, México -en el ámbito conjunto de América Latina- ha vivido unas décadas extraordinarias desde fines de la segunda guerra mundial (o desde la emblemática publicación de Pedro Páramo en 1955). Su galardón se suma a los de José Emilio Pacheco (2009), Sergio Pitol (2005) y Carlos Fuentes (1987), todos ellos parte de la Generación de Medio Siglo que, bajo el impulso de otro de nuestros Cervantes, Octavio Paz (1981), transformaron radicalmente nuestro panorama intelectual. Si bien los premios pueden resultar engañosos, pues responden a consideraciones que van más allá de lo puramente literario, en el caso de nuestros Cervantes deberían servirnos como guías de un momento excepcional de nuestras letras, animado tanto por quienes lo han recibido como por quienes, por un motivo u otro, no se hallan en la lista.

Por la resonancia de su obra en todo el mundo, Fuentes ha sido visto como cabeza de su generación, al tiempo que Pacheco, Pitol y Poniatowska forman una especie de equipo juvenil dentro de ella -en la que se hecha en falta la ácida sensatez de Monsiváis-, pero entre unos y otros hay una buena cantidad de figuras que, con idéntica fuerza, despuntaron a partir de la publicación de la revista universitaria Medio Siglo (dirigida por el propio Fuentes), de la eclosión artística desarrollada en la Casa del Lago, la efervescencia de la revista de la Universidad de México, la Revista Mexicana de Literatura y el suplemento "La Cultura en México" de Siempre! y, poco después, a partir de su brutal confrontación con el poder priista durante el movimiento estudiantil.

De este modo, el Premio Cervantes a Elena Poniatowska -la voz que mejor catalizó las voces del 68-, debería impulsarnos a releerla a ella y a releer a sus compañeros de batallas: a Jorge Ibargüengoitia, que a últimas fechas ha gozado de un merecido revival en todo el ámbito hispánico por su mordaz descripción de la vida en México, a Salvador Elizondo y Juan García Ponce, autores de dos de las mejores novelas escritas en nuestro país, la concisa y perversa Farabeuf y la monumental e igualmente perversa Crónica de la intervención, a Inés Arredondo, creadora de algunos de los mejores cuentos mexicanos, a Juan Vicente Melo, cuya Obediencia nocturna le merecería ser rescatado de un injusto olvido, y, por supuesto, a Fernando del Paso, que con José Trigo, Palinuro de México y Noticias del Imperio creó el mayor fresco narrativo de nuestra época, paralelo a la "Edad del Tiempo" de Fuentes.

Educados bajo el autoritarismo postrevolucionario y miembros de la incipiente burguesía que se consolidaba entonces, todos ellos vivieron las contradicciones de un sistema que se presentaba como una democracia sin serlo, y se aprestaron a demolerlo intelectualmente -fuese con el ácido humor de Ibargüengoitia, los esperpentos de La región más transparente, la irreverencia erótica de García Ponce o la crítica social de Poniatowska y Monsiváis-, decididos a que el lenguaje literario fuese el arma natural para combatir los dobleces e hipocresías de la lengua oficial. Aprovechemos, pues, el inicio de la Feria del Libro de Guadalajara para reivindicar el espíritu crítico de todos ellos, nuestros Cervantes.

           

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 01/12/2013 a las 18:23]

[Etiquetas: Poniatowska; Fuentes; Ibargüengoitia; Elizondo; García Ponce; Arredondo; Melo; Pacheco; Monsiváis; Pitol]

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Tres mujeres

La superviviente, la nostálgica, la insumisa. En un país drásticamente conservador -el divorcio unilateral se aprobó en 2005-, tres mujeres han protagonizado las elecciones chilenas del 17 de noviembre: Michelle Bachelet, Evelyn Matthei y Camila Vallejo. La primera, expresidenta y candidata victoriosa (con casi el 47 por ciento de los votos); la segunda, derrotada (pero, contra todos los pronósticos, capaz de pasar al balotaje); y la antigua dirigente estudiantil, y hoy diputada comunista, cuya imagen presidió las tumultuosas manifestaciones del 2011.

            Como la prensa no ha cesado de recordar, Bachelet y Mathei pertenecen a la misma generación (una de 1951, otra de 1953) pero representan los extremos antagónicos de la sociedad chilena. Ambas hijas de miembros de las fuerzas armadas que fueron buenos amigos antes del golpe de Estado, encarnan la confrontación entre quienes fueron represaliados por el tirano y luego buscaron su salida con el No en el plebiscito de 1988, como Bachelet, y quienes se mantuvieron fieles al dictador y, desde las filas de la "nueva" derecha, defendieron el a su continuidad, como Matthei.   

            Su genealogía resulta tan dramática que parecería propia de una novela. Porque, si bien el entonces coronel Fernando Matthei no participó en el golpe, pues se desempeñaba como agregado militar en Londres, a su regreso a Chile dirigió la Academia de Guerra Aérea, donde se hallaba preso su antiguo camarada, destacado miembro del gobierno de Allende. Torturado por sus colegas y alumnos, el general Alberto Bachelet murió poco después en la Cárcel Pública de Santiago. La joven Michelle fue detenida en 1975, interrogada y torturada en la infame Villa Grimaldi, hasta su exilio en Australia y Alemania Democrática, donde concluyó sus estudios de medicina.

De vuelta en su patria, siguió una ascendente carrera que la llevó a la presidencia en 2005 luego de ser ministra de Salud y de Defensa. Durante este periodo, Bachelet se distinguió por su sensatez, sin renunciar a una agenda progresista con la cual se empeñó en revertir las tendencias autoritarias que seguían vigentes en el Chile de entonces. No obstante su popularidad, en 2009 los electores mostraron su hartazgo hacia la Concertación y le entregaron el poder a Sebastián Piñera, el primer líder de la derecha que gobernaba al país desde la expulsión de Pinochet (aunque fuese uno de los escasos dirigentes de su sector que votaron por el No.) 

            Para este nuevo período, Bachelet ha presentado una serie de propuestas decididas a llevar a eliminar los últimos resquicios dictatoriales del sistema. Haciendo suyas las consignas de los estudiantes que se alzaron contra Piñera -y en realidad contra toda la clase política-, mostrando las profundas desigualdades heredadas de la salvaje economía de mercado impuesta por el pinochetismo, la expresidenta logró sumar un amplio espectro ideológico en su entorno -de la Democracia Cristiana al Partido Comunista- y consiguió imponerse por más de veinte puntos, aunque a la larga han resultado insuficientes para triunfar en primera vuelta.

            Pese a que Matthei no posee el carisma para enfrentársele y de seguro sufrirá una humillante derrota en diciembre -en realidad fue la candidata sustituta tras la depresión sufrida por su antecesor-, obtuvo casi una cuarta parte de los sufragios, pertenecientes a ese poderoso sector que suma a su nostalgia por el antiguo régimen una defensa a ultranza del neoliberalismo. Tras su inminente victoria, Bachelet podrá imponer algunas reformas en solitario -por ejemplo, la educación gratuita de calidad-, pero se verá obligada a negociar la nueva constitución que considera necesaria para anular por fin la herencia de Pinochet.

            En este escenario, la elección de Camila Vallejo (nacida justo en 1988), al lado de tres dirigentes estudiantiles, apenas sorprende. La diputada comunista podría ser hija de Bachelet o Matthei, pero simboliza a una generación que, haciendo a un lado la indiferencia de sus mayores, le ha devuelto a Chile ese espíritu irredento adormecido por la dictadura. Los jóvenes han insistido en que no le otorgarán un cheque en blanco a la presidenta, pero ella ha tenido la sensibilidad de convertirlos en punta de lanza de su regreso. En contra de las voces que lamentan el fin del "experimento chileno", la unión de dos mujeres tan disímbolas como Bachelet y Vallejo ofrece uno de esos escasos resquicios de esperanza que hoy vive la izquierda en América Latina.

 

Publicado en Reforma, 24.11.13

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 24/11/2013 a las 18:32]

[Etiquetas: Bachelet; Matthei; Vallejo; Chile]

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Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

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