El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
sábado, 17 de mayo de 2008

Ciudad Valles
[Publicado el 04/1/2008 a las 09:30]
[Enlace permanente] [Imprimir] [5 comentarios] [Enviar a un amigo]
Mi ciudad ofrece dos perspectivas: el tránsito feroz o la mustia burocracia. El triunfo de la lentitud sobre la prisa.
Tomo el volante -no tener coche aquí es un suicidio-, sintonizo una suite de Bach como anestésico y me adentro en el Viaducto, un tubo de lámina y angustia. No pienso: la contaminación y los chillidos diezman tus neuronas.
Dos horas extraviadas.
Tres más en la universidad que ha contratado mis servicios -un centro comercial donde antes campeaba la basura-: papeles y firmas, firmas y papeles. Acta de nacimiento, diplomas, comprobante de domicilio, registro federal de contribuyentes, curp y otras siglas ignotas, cuenta de banco. Colas para conseguir cada documento, colas para entregarlos.
Un mes y medio así, expurgando los puntos cardinales -memorizo el Periférico-, entre puestos de fritangas, plantones y las morosas parrafadas del alcalde.
Ni una línea, por supuesto.
¿Escribir sobre la humanidad en olor de multitudes? Millones de rostros congelados, millones de cuerpos semejantes: la pesadilla de verse tantas veces repetido.
[Publicado el 03/1/2008 a las 19:36]
[Enlace permanente] [Imprimir] [2 comentarios] [Enviar a un amigo]
Ana se veía como huérfana en un bosque ennegrecido, a merced de las fieras y su hambre. Gretel sin el consuelo de su hermano.
Le temía a la lluvia de agosto. Al silbido de la tarde. A los ojos de los perros. A los virus. A los hombres que la codiciaban en el metro. A los hombres. Al agua helada. A las filas del supermercado. A los parques vacíos. A su talento para herirse. A los domingos.
A la locura.
Procuraba burlarse de sí misma -soy frágil por la ausencia de mi padre- pero el abandono a veces le servía de escudo y a veces de metralla.
Yo rebatía su tragedia: eres fuerte, mira cómo has sobrevivido. Iluminas lo que tocas. Apenas funcionaba. Según ella, mis palabras la hacían sentir más vulnerable.
Su madre censuraba este relato. Su padre vivía lejos y, Dios lo perdone, llegó a abofetearla. Pero en secreto la adoraba y jamás olvidaba su regalo de cumpleaños. Y en todo caso, insistía doña Esther, siempre me tuvo a mí, pendiente de su fiebre. Nunca le faltó cariño.
¿Exageraba Ana? ¿O vivía su papel de niña expósita?
[Publicado el 02/1/2008 a las 11:11]
[Enlace permanente] [Imprimir] [5 comentarios] [Enviar a un amigo]
[Publicado el 28/12/2007 a las 11:39]
[Enlace permanente] [Imprimir] [23 comentarios] [Enviar a un amigo]
Cuentan -pero sólo Dios es sabio- que Laila no respingó cuando su padre le presentó a Salih, el ingeniero de Kirkuk, como su próximo marido. Igual que otras muchachas de su entorno ella casi nunca se cubría la cabeza -sus cabellos de plata y oro-, usaba pantalones, estudiaba informática, adoraba la flauta y se sabía guapa e independiente. Además Salih la contemplaba con azoro y el escorzo de sus labios revelaba un alma generosa. Al casarse, el corazón de Laila se vio apaciguado.
Taciturno, Salih la cuidaba como al cachorro de un león aún indefenso. La dejaba fantasear y, en suma, la quería. Ambos se colmaron de gozo cuando el Misericordioso -enaltecido sea- les confió a la diminuta Fariza.
Se acercaban ya los humores de la guerra y Salih creyó conveniente alejarse de Mosul y la venganza. Los combatientes del norte afilaban sus cuchillos. Ella se negó: aquel era su hogar y aquella su familia.
Mientras avanza penosamente hacia Kirkuk, oculta bajo el velo, Laila desfallece. Acaba de descubrir unas casuchas calcinadas -y los restos de un cadáver- y no recuerda, no, los ojos de Fariza.
[Publicado el 27/12/2007 a las 10:51]
[Enlace permanente] [Imprimir] [5 comentarios] [Enviar a un amigo]
Mi católico padre nunca me llevó a misa, tal vez porque no admitía competencia: él era el albacea de lo cierto. Harto del mundo -otro extranjero- se refugiaba en unas cuantas convicciones absolutas: la familia, Dios, el sacrificio. Me inscribió en una escuela confesional, a la cual él también había asistido, para que los hermanos apuntalasen su ortodoxia.
De adolescente padecí un breve arrebato místico: leía a Santo Tomás.
-Pedante e inadaptado-, me persignaba al pasar frente a una iglesia y cerraba los ojos ante la pornografía que traficaban mis compañeros.
Me figuraba apologista. Hasta que me topé con Nietzsche -una colisión, una tortura- y perdí la fe.
¿La perdí? ¿Perder lo que no existe? Esa fue mi triste rebelión, mi felonía: Dios -enaltecido sea- está enterrado. Nadie nos salva ni condena. La verdad es un acto de violencia, la culpa una enfermedad de siervos abatidos.
Una batalla de por vida. Contra mi padre. Contra mí mismo. Y, pese a mi blasfemia, no sé si la he ganado.
[Publicado el 26/12/2007 a las 11:09]
[Enlace permanente] [Imprimir] [4 comentarios] [Enviar a un amigo]
Conocí a Ana -la vi apenas- cuando ella estaba a punto de casarse. Con un amigo mío o, debería precisar, un nuevo amigo. Lucía radiante y exaltada por la prisa. Yo tomaba un café con él, y ella llegó para llevárselo de compras: los arreglos y desarreglos de los enamorados. Me saludó con efusión y se marcharon.
No habían pasado tres meses de la boda -yo no fui requerido- cuando ya se habían separado. Un matrimonio exprés, doble catástrofe. Nunca supe los motivos. Él y yo nos distanciamos por mezquindades que no vienen a cuento y no indagué más en su efímera tragedia.
Un año después dicté una conferencia sobre Toni Negri y la afasia democrática en la Facultad de Ciencias Políticas y Ana me observaba desde el público. Trabajaba como reportera, me confió, pero había acudido aguijoneada por mi nombre. ¿La recordaba? Sus labios y su temple: por supuesto.
Compartimos el resto de la tarde, tomamos unas copas -nada extraño- y me llevó a un desabrido club de salsa, aunque se resistió a bailar conmigo, qué fortuna. La acompañé a su casa por la madrugada, no lejos de Río Churubusco, y eso fue todo.
Nos habituamos a llamarnos: me atraía su urgencia, su brío, su voz ronca. Aunque aborrezco los teléfonos, la dejaba hablar de mil cosas y ninguna -su familia, la estupidez de los políticos, su pasión por los zapatos- sin límite de tiempo. Apenas descifraba su lógica, si acaso la tenía: era perfecta.
En su departamento, blanco y despoblado -hueca galería de museo-, me presumió su colección de pipas de agua. Luego vinieron el alcohol, la cocaína, las pastillas. Sus temblores nocturnos y el pánico que le deparaba su recámara.
Yo no compartía sus aficiones -soy un cobarde que jamás pierde el sentido- y me asombraba verla pasar de la dulzura al llanto a la violencia, espectador único de los tres actos de su drama. Tardé en atisbar que, detrás del brío y sus desplantes, Ana sufría.
Una noche me llamó encogida en el armario: ojos feroces la acechaban. Rescaté su cuerpo helado, besé sus párpados y me sentí infinitamente poderoso. Ana me concedía la dicha de salvarla.
[Publicado el 21/12/2007 a las 09:30]
[Enlace permanente] [Imprimir] [9 comentarios] [Enviar a un amigo]
Me exigen que escriba sobre la humanidad, ese espejismo. Un ensayo histórico político en torno a nuestra miseria compartida. Yo, que no conozco -ni quiero conocer- a mis vecinos. Los individuos de nuestra raza nacemos y morimos aislados. Nada nos une: sólo esta verdad nos acompaña.
¿Por qué habría de dolerme una muchacha iraquí en medio del desierto?
[Publicado el 20/12/2007 a las 09:30]
[Enlace permanente] [Imprimir] [6 comentarios] [Enviar a un amigo]
Una casa, me exigía Ana al acabar cada pelea.
Una casa, la imitaba: qué egoísta.
[Publicado el 19/12/2007 a las 09:30]
[Enlace permanente] [Imprimir] [4 comentarios] [Enviar a un amigo]
Miro el techo blanco, los sucios ventanales, y me descubro en mi casa. Soy dueño de un refrigerador, una cama, un juego de colchas, media vajilla. Millares de libros y discos abandonados al garete en los estantes.
Compré este loft hace siete años.
-Inversión de jubilado- para repostar en mi ciudad las navidades y, con mala suerte, una parte del verano. Un pied-à-terre, lo llaman los franceses: jamás creí habitarlo más de dos semanas.
Aspiré a volverme nómada, moverme sin cesar, vivir lo más lejos posible. En Atlanta, Ithaca y Boston me adapté a escenografías variopintas -nunca falta un colega en sabático- o alquilé casas amuebladas. Sillas rotas, bodegones o marinas, a veces crucifijos, fotos de bodas o graduaciones: cada signo debía resaltar mi extranjería.
Elegí la impermanencia.
¿Qué hago pues en mi recámara? Comprobar que incluso aquí soy un intruso.
[Publicado el 18/12/2007 a las 09:30]
[Enlace permanente] [Imprimir] [1 comentario] [Enviar a un amigo]
Jorge Volpi (México, 1968) Es licenciado en Derecho y maestro en Letras Mexicanas por la unam y doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca.
Es autor de las novelas A pesar del oscuro silencio (Joaquín Mortiz, 1992; Planeta, 2000), Días de ira, en el volumen Tres bosquejos del mal (Siglo XXI, 1994; Muchnik Editores, 2000), La paz de los sepulcros (Aldus, 1995; Seix Barral, 2007), El temperamento melancólico (Nueva Imagen, 1996; Seix Barral, 2004) Sanar tu piel amarga (Nueva Imagen, 1997; Algaida, 2004) y El juego del Apocalipsis (DeBolsillo, 2000) y de los ensayos La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968 (Editorial Era, 1998) y La guerra y las palabras. Una historia del alzamiento zapatista (Editorial Era en México y Seix Barral en España, 2004).
En 1999 obtuvo el Premio Biblioteca Breve por su novela En busca de Klingsor (Seix Barral, 1999), con la cual inició una "Trilogía del siglo xx", y de la cual se han publicado ediciones en veintisiete idiomas y más de treinta países. En 2004 publicó la segunda parte de la trilogía, El fin de la locura (Seix Barral) y en 2006 la última parte, No será la Tierra (Alfaguara).
Ha sido profesor en las Universidades de Emory, Cornell y Las Américas de Puebla y ha dado conferencias numerosas instituciones educativas en México, Europa, América Latina y Asia. Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores de México y becario de la Fundación John S. Guggenheim. Actualmente es director del Canal 22, televisión cultural del Estado mexicano.
No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España
Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España
Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España
Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España
La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España
El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España
Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España
En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España
El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España
Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España
14/5/2008 19:27
Estimado: mira, lo que es la...
Publicado por: Sirenita
14/5/2008 16:19
Publicado por: ecografia
13/5/2008 00:16
Publicado por: jhsjh
12/5/2008 17:10
IS THERE ANYBODY OUT THERE?????...
Publicado por: Lilith
09/5/2008 03:11
Publicado por: Julio
08/5/2008 00:55
Publicado por: Noa
07/5/2008 22:26
Publicado por: Makol tao
07/5/2008 03:02
En algun jardin del pasado me...
Publicado por: confused Lilith
07/5/2008 00:43
Publicado por: usuario
06/5/2008 08:11
Publicado por: M Belén Peláez Pezzi
© 2005 La Oficina del Autor (Grupo PRISA) | Gran Vía, 32 6ª planta - 28013 Madrid | | Aviso Legal | RSS
Página desarrollada por Tres Tristes Tigres